Texto digital de El ladrón del sacramento
Data de publicação: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El ladrón del sacramento. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-ladron-del-sacramento.
EL LADRÓN DEL SACRAMENTO
Pag. 1
Cubierta del manuscrito. En el lomo, etiqueta con la signatura: Mss 16680. En la esquina inferior derecha, marca de agua de la Biblioteca Nacional de España.
Pag. 2
Tq - 85
Manuscritos 16680
Pag. 3
742
El ladrón del Sacramento.
Comedia en 3 jornadas.
Legajo 2º 4-6
13
12
718
Jornada primera
Pag. 4
En el margen superior izquierdo: 1 2 (o invocación). En el superior derecho: 1. Cruz en el centro superior.
Comedia famosa El Ladrón del Sacramento.
Personas Don Pedro Graellas Jaime, bandolero Don Juan Graellas Doña María Cristóbal Granollaque Pierres, lacayo Domingo Clasquerri Ángela, criada Don Andrés Graellas Otros bandoleros La Justicia Tres caminantes Ramón, bandolero Centinela Músicos
Mancha de tinta y número 12 en el margen derecho, junto a la lista de personajes. Sello ovalado en el margen derecho del texto principal.
Salen Don Pedro Graellas y Pierres y Ángela y Doña María.
Mucho de vuestro rigor,
hermosísima señora,
usáis con el que os adora
debiéndole tanto amor;
mas pienso que el ciego Dios,
para aumentar mis sospechas,
rompió en mí todas las flechas
y le faltan para vos,
Pag. 5
Injustas son las querellas,
señora, que de mí tenéis,
para que encubrir queréis,
señora, esas luces bellas.
Dejad que estén como están,
si de mí estáis ofendida,
que, cuando no me den vida,
por dicha, me acabarán,
y será felice suerte
que me quitara el deseo,
que ya en mis desdichas veo
que está mi bien en mi muerte.
¿Qué te tapas?
Por no verte,
mujer,
vive Dios que me has de ver.
Vete a limpiar tus gualdrapas.
Siempre tienes en la boca
cosas sucias.
Es verdad.
Que tal constancia y lealtad
a amarme no te provoca.
Mal me quieres.
No hago tal.
Todo es venir a ofenderme,
pienso que por no quererme.
No queréis quererme mal,
mirad que en la calle estáis
y que le importa a mi honor.
Mayor recato, señor,
ahora llego, ¿por qué os vais?
¿Dónde vais?
Voy a mirar un poco el mar.
Si es ansí,
que al mar vais, venid aquí,
que soy centro de la mar.
¡Oh, amar! Aquí os entrego
en borrascas más cruel,
mas no lleguéis mucho a él,
no os abraséis en su fuego.
Que me encienda no os agrada.
Tanto en mí sois querida,
que os quisiera agradecida,
señora, y no enamorada,
que es un tormento inmortal
amar y sufrir también,
y así como os quiero bien
no os deseo tanto mal.
Dios entienda los deseos
de un amante, porque es llano
que no puede juicio humano
entender sus devaneos;
por ver que favores llora,
y aquí dellos se retira,
si no le quiere, suspira,
y no quiere amor ahora.
Déjale este majadero,
después cuando la conquiste
Pag. 6
cuando quise, no quisiste;
ahora que queréis, no quiero.
A quien un amor nomás,
quemada te quiero ver.
Muy fría debéis de ser,
y en las llamas no arderás;
mas, cuando fuere pequeña
la que amor niño te abrasa,
chimeneas hay en casa
y dineros para leña.
Aquesto lo que me quieres.
¿Que de este amor no te agradas?
Querer niñas tan quemadas,
estéis todas las mujeres.
¿En qué veis que ingrata soy?
Bastante indicio dais
en el rigor que mostráis.
Sale Cristóbal.
Cuando toda el alma os doy,
desde mi casa he venido
siguiendo a doña María,
que, aunque al mar venía,
menos quedó embravecido.
La color hurtó a los cielos
para mostrarse cruel,
y a los cielos y a él
por dar a entender mis celos;
aunque soy favorecido,
mas mi sentido se altera,
porque el que es amado espera
celos, ausencia y olvido.
Por dejar estos temores
no quieren bienes fatales,
que ya el que tiene los males
nunca teme otros mayores,
pero, ¡ay, mi desventura!
muestra de mi mal el centro,
porque ya tan mal encuentro
un grande azar me asegura.
Llegar enojado quiero,
formando injustas querellas.
Gentes de don Pedro Graellas,
rico, noble y caballero,
en vano el enojo abona
mi confuso entendimiento,
porque él y su atrevimiento,
que mandan a Barcelona
Ya no tengo que temer;
ciertos mis bienes están,
si de este Pierres galán
Magalona quieres ser.
Bien es que el rigor aplaque.
Beso tus pintados pies.
Perdida soy, este es
mi Cristóbal Franslaque;
no quisiere que celoso
algún disparate hiciera
con que la vida perdiera,
que es don Pedro valeroso,
¿A quién pudiera avisarle?
En vano el furor resisto.
Pag. 7
Quejoso, señora, he visto
a este hombre en vuestra calle.
No sé a fe
que algo quiere.
Ya a aquella esquina ha parado,
el color habéis mudado.
Callad, señor, no os altere,
dejadle.
Mi bien perdí.
¿Buscáis ese hidalgo a vos,
Ángela, que vive Dios?
¿Hidalgo, qué busca aquí?
Fíese de mí, que arde.
Serviros solo deseo con mi vida.
Yo lo creo, pero ahora váyase.
No imaginéis que os ofendo
aquí en nada.
Muerta soy.
Deje el servirme por hoy,
que criados no pretendo.
Yo me iré.
Pues mucho tarda.
Un caso triste recelo.
(Vase)
No, la espada, vive el cielo,
sino el poder me acobarda.
Que me tenga no podré,
por Dios, lindo majadero;
Con vuestra licencia quiero
volverme a casa.
No a fe,
segura podréis estar,
de aquese galán, conmigo,
que a defenderos me obligo
cuando os quisiere enojar.
Valiente debe de ser,
valor le ha dado el favor
vuestro.
¿En qué lo veis, señor?
No más que en veros temer.
¿Es cosa suya el mancebo
arrimado?
No sé, a fe.
Luego que llegué se fue.
Asombrele caso nuevo.
A ti huyó, bueno, a mi cría,
en lo que dices reparas.
Pues si no tengo yo cara
Vuelve Cristóbal.
Por tu vida, a sombra guía.
No puedo apartarme un paso
del lugar do los dejé,
aquí están, cielos, ¿qué haré?
En vivos celos me abraso.
La vuelta ha dado, por Dios,
aquí fue Troya.
Ay de mí, ha vuelto Cristóbal, sí;
Cuidado tiene con vos.
Mucho os quiere y muy a fe
que la calle ha de dejar.
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Es perderme procurar
que agora nota se dé,
señor.
Ella se detiene.
¡Vive el cielo que se adora!
Dejadme por Dios, señora,
que esto a mi honor le conviene;
que ya parece desprecio,
el que este hace de mí.
No me detengáis ansí.
Soy quien te detiene, necio.
Graciosa respuesta ha sido
cuando otra desgracia espero.
Tende esa capa.
No quiero.
Que yo me doy por tendido.
Si hablarle me dejáis,
grande merced me haréis.
Mucho conmigo podéis.
Hidalgo...
¿Qué me mandáis?
Corrida estoy por mi vida
de que la calle paséis,
tantas veces, y mostréis
alma y dolor ofendida.
¿Tenéis alguna sospecha
que os obliga a tanto, mía?
Pues la vuestra fe podría
estar de mí satisfecha,
pues que toda Barcelona
lo está de quien soy y he sido,
y que tenéis qué ha sucedido,
pues mi nobleza me abona
a aquesta su ciudad,
a donde hablando estoy,
puede disculparme hoy
con vos, y con la ciudad.
El señor don Pedro aquí,
llegó con este criado,
cortésmente ha preguntado,
y cortés le respondí.
Corrida estoy, ¡por los cielos!,
de que no me conozcáis,
porque en lo que hacéis mostráis
que os mueven algunos celos.
Celos, de mi bien, ¡por Dios!
que soy de una noble mujer;
celos se deben tener,
mas quejosa estoy de vos.
¿Sois de mí favorecido?
¿Por ventura sois amado?
¿Habéis en mi casa entrado?
¿Habéis prenda recibido?
Con eso dais a entender
que sí, a toda la ciudad,
pues cuando fuera verdad,
no lo debierais hacer.
Llegáis aquí a recelar
de que olvidaros procurar
Pag. 9
bien podéis estar segura,
que no os vengo a olvidar,
que como no os he querido
está seguro el rigor,
que donde no ha habido amor
cómo puede haber olvido.
Id con Dios y entended bien
estas palabras que os digo.
Partid seguro, amigo,
sin recelar ni dudar,
mirad quién es el que está
conmigo, no os arrojéis,
que haciéndolo me perdéis.
Buenas disculpas le da.
Ay de mí, si me ha entendido,
el pecho está temeroso,
porque a un amante celoso
siempre le falta sentido.
Que niegue ahora el amor
que me tuvo, caso fuerte,
ay celos, mal de la muerte,
que allegar fuera mejor
ya sin duda me olvidó,
sin causa culpado he sido,
que de quien no me ha querido
nunca tuve celos yo,
fácil la disculpa espero,
no temo vuestro desdén,
nunca me quisisteis bien.
Pues yo ni os quise ni os quiero
no tenéis que os disculpar
conmigo de esta manera,
que cuando yo os mereciera
eso tuviera lugar.
El señor don Pedro puede
hablar y habláis vos con él,
que no es bien serle cruel
pues a todos nos excede;
y de vos estoy satisfecho.
Perdonad, si os he enojado.
El pecho tengo abrasado,
abrasado tengo el pecho,
que niegue que me ha querido;
¿qué tal el cielo consiente?
A celos ha, fuego ardiente
que me abrase el sentido.
Quedad, señores, con Dios.
Dudoso estoy y turbado.
Nunca os quise y os he amado.
Vase.
Digo, nunca os quise a vos.
No quiere a doña María,
y habla con tanta duda,
y todo el color demuda.
Si quiere a la prenda mía
da celos a un tormento,
que el alma me desmorona
a escandalosa pregona.
Pag. 10
Volverme don Pedro intento.
Y yo en otra compañía.
Ni es mi gusto, ni es razón,
ya basta aquesa ocasión
para la desdicha mía.
Basta el daño que ha pasado,
para que el sentido pierda,
que si el daño se me acuerda,
con veros será doblado.
Ya no quiero ver el mar,
pues que llevo su color.
Dejadme por Dios, señor,
que a gusto pueda escusar.
Quedad con Dios, enemigo,
ansí se premia una fe,
puesto a tu crueldad daré
olvido, y presto castigo.
Vanse doña Man., y Ángela.
Vive el cielo, que le adora,
pues tanto su enojo siente.
¿Qué tal, el cielo consiente
a fraudulenta pregona?
Ay, sentidos temerosos.
Para su loco abrocalle,
hoy ha hecho aquesta calle
doce arrobas de celosos.
Vanse don Pedro, y Pierres, y entran don Andrés, y Domingo Blasquerri.
7
En fin yo no lo he de hacer.
Muy mal pagáis mi amistad,
señor don Andrés, mirad
qué noble mi proceder,
y os he pagado el respeto
que os tengo; es bien pagaros,
y no habéis de aventajaros
conmigo, pues sois discreto,
por vuestro hijo, y por vos,
el respeto os he tenido.
Sois de todos bien querido,
yo, Domingo Blasquerri,
hacienda no he menester
para darme a conocer,
pues soy honrado por mí.
Vos sois mercader, y rico,
aunque no sois caballero,
y que pudiera el dinero
daros honra, os certifico,
que a mí sola mi nobleza,
sin mi hacienda, y estado,
me hace rico, y honrado.
Ya vuestro furor empieza.
En el pleito que he tenido,
sabéis que tengo razón,
y sin ella compasión,
siempre me habéis perseguido.
¿No me debéis el dinero?
Sí.
¿Por qué no me pagáis?
Pag. 11
Con Dios, que errado estáis,
o no lo tengo, o no os quiero,
que no queréis bien, a fe,
que no es ley ni justicia,
mas es enredo y malicia.
Yo mi hacienda cobraré,
Sale D. Juan.
señor don Andrés Graellas,
¿qué es esto?
Mira, con sola
que como aquí se acrisola,
forma sus justas querellas.
Y, ¿qué ha sido la ocasión?
Con el señor don Andrés
quedad para después,
si tenéis carta, razón,
y no alteréis la justicia,
que a solas os pagaré.
¿Qué ha sido?
Yo lo diré.
Señor don Juan, en verdad,
que cuando llegó aquel navío
de Nápoles, do venía
alguna mercaduría
y parte del caudal mío,
algunas piezas de aquellas
de más precio e interés,
llevó el señor don Andrés,
debiendo el dinero de ellas,
por una firme escritura
de plazo que ya es pasado.
Con el dinero he llegado
que su nobleza asegura.
Y enojar de manera
porque le pido, que temo
a su cólera en extremo,
que sin razón me ofendiera.
Yo digo que he de cobrar
mi hacienda, que hay razón,
esta y será la ocasión.
Pues en eso, ¿hay que dudar?
¿No es el señor don Andrés
un hombre de quien se fía
en Barcelona este día
cosas de más interés,
ha de dejar de pagaros?
Ya mi pecho afirmar osa,
y a la parte poderosa,
don Juan, queréis arrimaros,
pues mostráis tan noble y fiero.
Porque sois tan noble vos,
porque de noche, por Dios,
también soy yo caballero,
y por diferentes modos
cobrar mi hacienda procuro,
porque de noche a lo oscuro
por Dios, que unos somos todos.
Mas, ¿y que formar querellas
vengan más las que hoy?
Mirad cómo habláis aquí,
señor don Andrés Graellas.
Pag. 12
Como hombre de bien tratadme,
por honrado me tened,
como noble proceded,
y como honrado pagadme.
Antes castigaros quiero.
Tened, don Andrés, amigo.
No os han de valer conmigo
las leyes de caballero.
Ved que soy hombre de bien,
y que siempre donde he estado
he sido muy estimado.
Y yo.
Lo seréis también.
¿Quién lo duda?
Idos con Dios,
que yo he de ser el juez.
Y yo, con Dios, aquesta vez
que os compondré a los dos.
Señor don Juan, advertid
que el plazo ha pasado ya,
y que ha mucho, y no será
mucho aguardar.
Es ansí,
mas no con los caballeros
ha de ser todo rigor.
Muy bien se hará, por mi amor,
que uséis conmigo fueros.
Voyme.
Cesad las querellas,
que aquí del límite salen.
Poco las noblezas valen
porque pocos usan dellas.
Vanse y salen a la ventana doña María y Ángela.
¿Qué te parece el desprecio
de Cristóbal?
Caso extraño.
Tan notorio desengaño,
amiga, no tiene precio;
mas la venganza aseguro
tan grande sin razón vale
que al agravio en todo iguale,
pues poco en ello aventuro.
Pues lo que puedes perder
en el suceso pasado,
antes, señora, has ganado,
si tomas mi parecer,
que otra mujer principal
cuanto en la ciudad vale
amor, a quien no la iguale,
sino es darle muy mal
don Pedro, a quien se merece;
si fue aguardar casamiento,
esto es lo que me parece.
Siento el verte con pasión.
Poco de amor considera
el amante que no espera
halle el enojo perdón.
Pag. 13
en los casos parecidos
al que ven mis pensamientos
Cristo, mil juramentos
pero muy pocos cumplidos.
Siempre el jugador picado
promete dejar el juego,
pero vuelve a jugar luego
de su pérdida incitado.
De la ceguedad me espanto,
si te pica el jugador,
vuelve.
Pues si juega amor,
¿hay juego que pique tanto?
Sale Cristóbal.
Perdido de celos vengo
a la calle desta ingrata
que sin duda no me mata
porque en el pecho la tengo.
Y cuando quiere, cruel,
darme ya el fin que sospecho
cesa de ofender mi pecho
por no morir ella en él.
¡A poderoso interés!
¿Cómo muestras tus rigores?
Pues que si el rapaz amor
puso su fuerza a tus pies,
¿qué, por pobre me desprecia
siendo su amante primero,
y que solo por dinero
a don Pedro estima y precia?
Mas, ¿en qué me cuido, loco,
si me dice mi dolor
que no se estima el valor
si en él no es animal celoso
a puertas, a duras rejas,
duras como brutos dueños,
por quienes mi bien pequeño
mas ella escucha mis quejas.
Este es Cristóbal sin duda.
Viene el traidor a vengarme.
Esta pretende culparme
Cuando el interés la muda
¿quiere aguardar a que llame?
Quiere aguardar a que llegue.
No es bien que el amor me ciegue.
No es bien que el amor me inflame.
Amo, llega.
No me llama.
Pues lo que espero
¿qué espero?
Llamo, no.
Llego, no quiero.
Pues necio galán y dama
Aquí le tengo de hallar.
Sin duda la calle es esta
de ingrata que no me basta
el querer y porfiar.
Sale don Pedro, y Pierres.
Siempre en su calle pasea.
No es bien que en hallarle dude,
pues que puesto a su calle acude
que esto sufra
Pag. 14
Cierta que esto vea.
Que ella a la ventana esté.
Que a la ventana esté ella.
Ay, no os canse, cuando vella.
Pues ofendiste mi fe,
Don Pedro, es burla de mí.
Sin duda se llega a hablar,
el daño quiero escusar,
pues también la causa di;
a Don Pedro le daré
favores, porque se aplaque,
que después con gran achaque
mejor me disculparé.
Si es que ha de haber cuchilladas,
prevengámonos primero;
lleguemos a este barbero,
amolémos las espadas,
que la del perrillo es buena,
que se ve por varios modos.
¿En qué?
En que los perros todos
llegan a mearse en ella.
Hidalgo, mucho me admira.
La cólera reportad.
Don Pedro, señor, mirad,
reportad la injusta ira,
no os pongáis en ocasión,
que por amor de mí,
pondréis el peligro aquí,
las cuerdas del corazón.
Pues Don Pedro, vuestra vida,
a quien ofendéis tales,
no huye por bien los males,
claro, que visto el peligro le convida,
ha vuelto a tal maldad.
Aquí tengo de morir,
no temáis verme reñir.
Ingrato, pues lo temo.
No me cause mayor llanto.
Que dos mancebos con Dios,
que yo solo estoy, no me voy
de mí, porque os reís tanto,
todo hoy me andáis persiguiendo.
Con Pedro, ¿qué me queréis?
Vos, no sé qué pretendéis
ahora que no os entiendo,
pues conmigo os igualáis.
Pues ¿no soy, si lo advertís,
como vos, yo?
Mentís.
¡Ay!
Meten mano.
Con la espada no agraviáis.
A quien la muerte se diera...
¡Auxilio!
Salen Don Andrés y Don Juan.
¿Cómo, tantos para uno?
¿Con Don Pedro?
Sí.
Pues muera.
Ahora sí llegaré.
Llegad y acabemos presto.
Pag. 15
Sale Dom. pastor a un hom[br]e que oye esto.
Hacernos.
Sale Justicia y Criados.
Afuera, atended, ¿qué es esto?,
¿Qué puede ser?
¿Quién pesadumbre os ha dado?
Prenden y atan a Cristóbal.
Prendedle.
¿Y al agraviado
se suele, Señor, prender?
Vos tenéis atrevimiento
para echar mano a la espada
con Don Pedro.
El alma honrado
es el honor el cimiento,
y como el onor perdí,
pena de aquesta manera,
que todo el sentimiento era
en este yerro caí.
¿Conmigo os igualáis vos?
¿Cómo, Señor, no prendéis
al que es más culpado? Veis...
Dejadme, ¡que vive Dios...!
Detente, hijo,
bueno está.
Señor Don Pedro, que estoy
yo por medio.
Muerta soy.
Perdida la ley está
que no ha de aver para un rico
justicia siendo culpado.
Hombre, calla.
¡Cielo ayrado!
A castigarle me aplico.
Que esto la tierra consiente.
Villano, pues ¡vive Dios!
Soy tan bueno como vos.
Dale una bofetada.
Toma.
¡A, perro!
Asidle.
Tente.
¡Vive el cielo, que hay mal echo...!
No mováis otro alboroto.
No hubieras, mi pecho roto,
no hubieras abierto el pecho,
pues cobarde a un hombre atado
ansí la opinión se gana.
Línea tachada: quitase de la Ventana
Pone D. Mar. a Cristóbal a su lado. Vanse los dos.
¡Ay, Cielos, que aquesto veis!
No procedáis como sabio,
Que oy de tan grande agravio,
con la vida me paguéis.
Su proceder lo ha causado.
Que ande la verdad a escuras,
¡Por Dios que trae erraduras!
Señor, el que me ha fiado,
a la cárcel se le aplica
sin contra vos el proceso,
que al fin el tenerle preso
buena culpa califica;
mas es bien que esto se cubra
y de haceros amistad.
Pag. 16
No hay quien en la mocedad
sus aceros no descubra.
Ni un miñón se ha de igualar,
señor, con los caballeros.
Que un miñón
le ofendiera,
aquí no se ha de tratar;
aunque por descomedido
era justo castigar.
En más pretendo agradaros,
que hagáis las paces os pido.
Desta suerte llego a verme.
Yo he presumido ansí en vano.
¿Y queréis tomar la mano
vos, sí, en ofenderme;
no advertís en mis pasiones,
señor, que quiso dejarme
la obligación de vengarme
escrita en cinco renglones?
Pero echad en todo el resto,
dos manos tengo, escucha,
aquesta mano tomad,
que en el carrillo me han puesto.
Ved, que no se juega aquí;
pedidme la mano en vano,
pues gano por la mano,
lo que de mi honor perdí.
Falta ser herido yo,
y aquesta mano creed,
que hizo mi rostro pared,
donde mi agravio escribió,
como si yo no sabía,
queréis que entre mis fortunas,
dejéis que cinco colunas,
donde se fundó mi agravio,
solo se aumenta mi pena,
que ya del límite pasa,
queréis que de aquella brasa
aquí con la mano ajena
muy mal me tratáis, a fe.
Ya las afrentas pasadas,
si me las tenéis atadas,
¿qué mano queréis que os dé?
¿No sabéis que no hay afrenta
delante de la justicia?
Esa es fundada malicia;
mas esta deshonra aumenta,
no me deis ese consuelo;
¿no veis que por cosa clara
que tengo escrito en mi cara
todo el libro de mi duelo?
Yo alivio afrenta mía,
honor que tanto se estima.
Que poco su honor estima,
señor, quien de otro se fía;
pero si de mi venganza
el honroso fin aguardo,
¿por qué en dar la mano tardo,
si así críe mi esperanza?
Y aquí ha de acabar.
¿Por qué la culpa me dais,
si a cargo mi honor tomáis?
Pag. 17
Ya la mano os quiero dar,
desatadle, y de la cruz.
Soy su amigo.
No me agrada.
Yo lo soy.
Dadle su espada al punto.
Beso los pies.
No ha sido advertencia honrada
en estar aquí delante.
En todo sois arrogante.
si hiciera, don Juan, a fe
que en otra parte mejor os lo dijera.
¿Qué error?
Seguidme, y callad.
Sí haré.
Quedad con Dios.
No iréis.
Resulta más agraviado
que en el encuentro pasado.
Vanse todos, y queda Cristóbal solo.
calle, que fuiste testigo
de mi injuria y de mi afrenta,
paredes que, pues oís,
sabéis ya todas mis penas,
qué os parece de mi pena,
qué dais por respuesta,
casa de mi dueño, ingrata,
mudas y cerradas puertas,
a quien vio doña María,
a los hierros de estas rejas,
todos los yerros que hice,
y que aquesta vista me cuesta,
y que en aqueste punto mismo
me acometió, y luego llegan
padres, criados, parientes,
y como a toro me cercan;
asió de mí la justicia,
unos dadle, y otros muera,
atáronme entrambas manos,
mas fueron locas las cuerdas;
no prendieron a don Pedro,
que es rico, y tiene hacienda,
la vara de la justicia
mueve el oro como pesa;
yo soy pobre, y desdichado,
sin padres, y sin hacienda,
yerro de los hombres ricos
luego se cubre con tierra;
quiso enojarme furioso,
ofendióse con soberbia,
y el arcabuz de su ira
dio en mi rostro la respuesta;
quiso forzar a mis males
el eco a mis tristes quejas;
poco hice, estaba atado,
y soy su amigo por fuerza,
hanme dejado en la calle
porque me queje a estas piedras.
Pag. 18
Doy voces, no ay quien me escuche,
lloro, no ay quien se enternezca,
y a un tiempo me atormentan,
afrenta el cuerpo y el alma mil sospechas;
antes que de nuebo el sol
alumbre aquestas riberas,
y antes que coja su manto,
corrida la noche negra;
a de morir a mis manos,
porque me pague la afrenta.
Montes ay en Cataluña
que me escondan en sus peñas,
por el Cielo que nos mira,
y por Dios que nos sustenta,
por su pasion que alabo,
y aquella noche efimera,
por su Madre pura y Virgen
que en el Cielo empíreo Reina,
cuya deuocion estimo
por mi amparo y mi defensa;
que he de vengarme de todo.
A Dios, Barcelona toda,
madre donde yo naci,
para que dejaros sienta;
a Dios, mujer enemiga,
cuyas mudanzas me cuestan
tanto, y a mi el santo Cielo
sufrimiento en tanta ausencia;
pero ahora me enternezco.
Con amorosas querellas,
a blasfemo del amor
que promete y tarde premia;
que ya llega la noche,
preuinireme y dare bueltas,
que he de beuer de su sangre,
a pesar de la soberbia.
Ruego al Cielo que a mis brazos,
si no me vengare muera,
y rebolcado en mi sangre
quede muerto entre la yerba;
dejarle entre los dientes,
si las manos no aprouechan,
y del reues a la punta
saldra la espada sangrienta;
reuolcarele en el suelo,
sacare el alma, y con ella
el amor de aquesta ingrata,
que cuanto me desprecia,
a un tiempo me atormentan,
afrenta el cuerpo y el alma mil sospechas.
Vase y sale Ramon y Domingo.
Fuy por tan seuero ceño
de mi señor Marques,
Viue el Cielo, que senti
ver tan grande sin razon,
y algo aquella erida de Don Juan.
No sera nada,
que no entro mucho la espada,
no peligrara su bida.
Pag. 19
Mas con todo será bien,
que temprano os acostáis,
buenos consejos me dais.
Y he de seguirlos también.
Hay vuestra casa entrad,
la sinrazón me movió.
La queja se pasó,
estimo vuestra amistad.
Vanse y sale Don Pedro y Pierres y músicos.
Esta es la calle, cantad,
ya os digo que no quisiera
que mi padre lo supiera,
de esto advertidos estad,
que por lo que ha sucedido
será notado el salir de casa
hartos de reñir.
Al sereno hemos venido,
no entiendo su intento a fe.
Sin duda estás sin sentido,
de mi padre es el vestido
de su retrete saqué,
que es el que ordinariamente
de noche suele sacar,
y no me habéis de nombrar,
que a mi intento es conveniente,
ponte tú en aquella esquina.
Apartarte de mí quieres.
Ya de temeroso mueres.
Qué desgracia peregrina.
No me he de apartar de ti,
¿no quieres dejarme?
No.
A aquella esquina.
Yo,
venga aquella esquina a mí.
Ea, a la una no seáis necio.
Claro estoy de temor,
falta que de mí se ría.
Siempre has de hacer menosprecio
quien y sabe.
Sí, señor.
Válgame la Trinidad,
de esa esquina cantad,
dando muestras de mi amor.
Cantan.
En la noche muda y triste
enemiga cuanto hermosa,
vivo en justo desdén, y
el alma afligida llora.
Escuchad mis ayes tristes
por causarlos los dichosos.
Cantaré el principio y causa
de mis penas y congojas.
Sabe Cristo,
válgame santa,
que se hiela.
Y prosiguen cantando.
Del aljófar de esos dientes
adonde los cielos forjan
una casa de coral
que las perlas la escondan,
a vuestros rubios cabellos
que todo el oro atesoran,
todas mis penas nacieron,
y canto al son de estas arpas.
Pag. 20
Vivas largos años, zagala hermosa,
aunque muera de celos, con dicha corta.
Válgame el ángel San Blas,
del cura de la parroquia
el gallo de la Pasión,
del río de San Cristóbal,
que lo que busca esta gente
aquí ha llegado mi tía.
Quiero llegarme a los míos
para que ellos me socorran.
No es ninguno destos hombres,
¡ay, enemiga engañosa!
Músicos a su ventana.
¿Qué es aquesto? ¿Dónde tornas?
Un aire pestilencial
que entra por aquella boca
de calle, me hace que vuelva.
Malo.
Síguele la ropa.
Vuelve, necio.
Ya vuelvo.
Bien es que aquí me disponga
a aguardar a mi enemigo.
Escucha, que a cantar torna.
Cantan.
Vivas largos años,
zagala hermosa,
aunque muera de celos
con dicha corta.
Sale Don Andrés, disparado.
Que un día que ha reñido,
vuelva mi hijo a esta calle
para salir a buscalle,
tras ese propio vestido.
Sin duda a mí se ha vuelto
para salir, yo lo creo.
No es Don Pedro este, que veo.
A vengarme estoy resuelto.
A huir de aquí me voy,
quedad con Dios, Barcelona,
que así mi intento se abona.
Muere.
¡Jesús, muerto soy!
El huir es conveniente.
Vase.
¡Jesús!
¿Qué es esto que ha sido?
Sale la justicia y criados.
¿Qué voces estas he oído?
Reconoced esta gente.
Aquí está un hombre tendido.
¡Ay, arriba, un hombre han muerto!
Este es Don Andrés.
Es cierto.
Con la voz le conocía.
¿Qué gente?
Don Pedro y...
A tanto caso llegad,
y a vueltas deste mirad.
Pag. 21
Que está muerto a vuestros pies.
¿Qué decís?
Lo que pasa.
¡Ay desdicha semejante!
Quedo, señor, no se espante,
que yo sé quién le mató.
Lo que supiereis decid.
A mi padre desdichado,
pues el que muerte le ha dado
es Domingo Velázquez,
por una aleve pasión,
y estando yo presente
escuché que injustamente
le amenazó, y sin razón,
de noche, después que había
de hablarle de lo que digo.
Don Juan será buen testigo.
¡Triste suerte, infeliz día!
Luego a su casa llegad.
Sin duda la prueba es cierta,
pues de su casa es la puerta
la que miramos.
Llamad,
y pues cierto el daño está...
Dentro Domingo.
Sufra mil muertes y enojos.
¿Qué grita es esta, qué voces?
¡Ah de casa!
¿Quién va ahí?
¡Oh, qué inocente se hace!
Grande andó su malicia.
La justicia, abrid aquí.
Aguárdense, que me calce.
Líneas tachadas: Sin duda de la herida que esta tarde a don Pedro di, cuando en el campo reñí, está a peligro su vida, y me vienen a prender solo por este reencuentro, mas si yo en la cárcel entro qué muerte he de perecer.
Abrid aquí.
Don Pedro es.
Bien digo yo que es su amigo,
que a librarme me obligó,
pues me va tanto interés.
Derribad luego esas puertas.
Aguarde, don,
hágaseme más merced,
que luego las verá abiertas.
Váyase.
Sin duda que es el culpado,
que claros indicios son
su notable turbación,
pues no osó hablar de turbado.
Quedo, ya bajan a abrir.
Bien, que el suceso espere.
Sale Domingo con espada y rodela.
Entre ahora quien quisiere,
y yo ya quiero salir.
Pag. 22
Prendedle.
Guardo mi vida.
Muerte le dio.
Pues se ve que se resiste.
No afee.
Solo le di una herida.
Si de esa herida murió,
vanos son esos desvelos.
Cierto fueron mis recelos.
Prendedle.
Muera.
Eso no.
Con él por un lado cierra.
Poco importa el pelear,
quiero mi vida guardar
y asegurarme en la sierra.
Esto su traición abona.
Muerto,
Cierra.
infeliz suerte.
Para mí se ha dado muerte
el miñón de Barcelona.
Fin a la primera jornada.
Jornada segunda
Pag. 23
Salen Cristóbal y Jayme, de bandoleros.
Altas montañas frías,
coronadas de nieve,
que se derriba a llano derretida,
lleno valle que crías
el laurel que se debe
a Apolo por su Dafne convertida,
verde yerba florida,
arroyuelos vistosos
que corréis temerosos,
fuentes de risa llenas
que por abiertas venas
sangráis el llano en cantos sonoros,
altos peñascos y elevadas cumbres,
las nubes os sirven de techumbres,
y Cristóbal Grapolaque,
vengado de su afrenta,
en oscuras cuevas busca su morada,
de donde no le saque
el rey que que se aumenta
un ánimo en los filos de una espada,
tú, sierra levantada,
que a alta los cielos subes
con follaje de nubes,
con adargas de yelo.
Pag. 24
que conquistan el Cielo
temerosas de ver obras querubes
que con espadas santas
como en Babel derriban otras plantas
guardad el cuerpo mío
yo quiero nombrar guardas
aunque parezcan locos desatinos
mi espejo será el río,
y serán alabardas
los bien sacados troncos destos pinos
estos robles vecinos
que con ñudosos lazos
forman piernas y brazos
serán hombres que unos
armados de sus hojas
amarillas y verdes a pedazos
y aunque toquen silvestres aves mudas
por velar hagan ojos de sus ñudos
para mayor contento
esta vega mi alfombra
bordado con acanto y maravillas
esta cueva aposento
estos mirtos la sombra
copas para beber estas orillas
las simples avecillas
con tonos diferentes
músicas aparentes
mil perlas y bordados
carambolos helados
como racimos del laurel pendientes
que en el otoño uvas si me agradan
serán las hojas que en las fuentes nadan
estas matas espesas
se darán por columbre
caza y si con cazar la pena pierdes
las peñas, lisas mesas
estas varas la cumbre
y yedra bella los manteles verdes
y cama que remede
a cuando hubiere dormido
las fuentes su ruido
para mullida cama
tendrás la humilde grama
que el algodón contrahace en mudo olvido
estos regalos en el alma estampo
a la noche tendrás cama de campo
que pide en el suelo
si la vega se esmalta
y tiene por bordado pavimento
estrellado cielo
mas una cosa falta
que más es menester y que más siento
que todo ese contento
es bien que te dé espanto
pues que te guardas santo
del peligro futuro
que estás aquí seguro
pues reliquias no tienes de algún santo
que puestas y guardadas en tu pecho
quedes de su custodia satisfecho
De que Cristóbal nace
Pag. 25
ahora de tristeza,
cuando estáis tan vengado de don Pedro.
Poco me satisface
esta muda aspereza
que cerca está de aquel divino cedro
que con flores la empiedro;
que al fin temprano, o tarde,
es bien que me acobarde,
pues no traigo en el pecho
cosa de algún provecho
que el corazón divinamente guarde,
mas ¿qué mayor reliquia en tal abismo
puedo tener conmigo
que a Dios mismo?
En esta santa ermita,
toscamente labrada,
que a los vientos parece que se humilla,
aunque el temor le quita
esta sierra empinada,
donde al nacer del sol se levanta y brilla,
a quien baña esta orilla,
que es justo que se note,
acude un sacerdote,
que de mi bien me avisa,
continuo a decir misa,
yo quiero, aunque la razón me alborote,
cosa que solo a él es reservada,
hurtar la hostia estando consagrada.
Tal un hombre imagina
notable pensamiento.
Con causa justa puedes asombrarte,
pues ya se determina
mi alma a este intento,
que ¿quién mejor que Dios podrá guardarme?
No pongas otra duda,
que solo el que se ayuda
con el clérigo viene,
que a dar luz previene
la misa santa, el alma queda muda.
En la sierra no hay hombre que me asombre,
que no huyo ni descubro un hombre
ea cobarde miedo,
deja el pecho libre.
Confieso que estás determinado,
persuadirte no puedo,
pues no temes que vibre
sus rayos Dios y mire tu pecado.
De temor voy helado,
no es bien que me prediques
ni el mal me pronostiques,
pues es muy justo que tema
de la deidad suprema,
por que el miedo en mi pecho multipliques,
entra en la ermita.
Voy temeroso.
Ladrón del sacramento voy medroso.
Pag. 26
Vanse, y salen don Pedro y don Juan.
Al fin por la pendencia que he contado,
de que quedé igual, veis, con una herida,
Domingo el aragonés huyó engañado,
y arriesgose, hacienda con la vida;
que de repente, viéndose cercado
de la gente llamándole homicida,
pensó que era muerto, y por la armada
gente, camino abrió su limpia espada.
Sin duda ha sido verdadero engaño,
don Pedro, el que hasta ahora habéis tenido;
pues os puede servir de desengaño
ver que en toda la noche había salido.
Hizo la resistencia por su daño,
pues, soberbio y atrevido,
a tres hombres dio muerte en la pendencia,
no se ha visto jamás tal resistencia.
Dícenme que en el monte, bandolero,
se ha hecho por temor de la justicia.
Siento su mal, a fe de caballero,
pues no sentirlo en mí fuera malicia.
Que gran lance, que le dio muerte, y infiero,
cuando con él se vio tal sin justicia,
que ciego del amor que ha tenido,
la mano en él, que por mi mal ha sido.
Mas con todo se aumenta mi tormento,
al gusto regocijos y alegría,
con aqueste tratado casamiento.
Merece tanto bien doña María,
aunque tuvo contrario pensamiento,
ha vencido mi amor y mi porfía,
esta es su casa, entrad, pues que sus ojos
me miran ya sin lágrimas y enojos.
Vanse, y sale Cristóbal con el Sacramento.
No puedo el paso mover,
confuso estoy y afligido;
válgame Dios, ¿qué he de hacer?
En la ermita me he perdido,
y así no acierto a volver.
Un Cristóbal, señor mío,
os lleva, de vos confío
que por tan notable caso,
con vos otros montes paso,
como el otro pasó el río.
Señor, salgamos los dos,
mas, ¡qué mal podemos ir
vos conmigo y yo con vos,
si al fin no queréis salir
conmigo, Cuerpo de Dios,
a dar un paso no acierto,
grande fue mi desconcierto
dejar la puerta a fe mía,
llave de la sacristía,
¡ay de mí!, cerrado asisto.
Si he de quedar encerrado,
mas cómo pudiera entrar.
Pag. 27
ha estado, estoy engañado,
por aquí voy al altar.
Confuso estoy y admirado,
triste fortuna cruel,
que mi muerte solicita,
laberinto hacéis la ermita,
que no acierto a salir dél.
Mil culpas he cometido,
bien sé que, culpado, huido.
Piadoso conmigo andáis,
porque sin duda gustáis
que ande siempre retraído.
Cuando llegó sobre Atenas
Epaminondas, temieron
los atenienses sus penas,
y en retrato pusieron
pendientes de las almenas.
A placaros, y pues está
claro que os enojará
mi pecado y mi mal trato,
mostraré vuestro retrato,
y quizá os aplacará.
Vos, santos divinos Apeles,
a vos mismos os retratáis
con aficiones tan fieles;
la color fue los claveles,
y vuestros dedos, pinceles.
Sale Jayme.
Cristóbal.
Ese es mi nombre
y no es justo que me asombre,
porque si el otro al pasalle
niño no quiso llevalle,
¿cómo he de llevarle hombre?
¿No sales?
Si tengo en mi vida,
no está la puerta cerrada,
Troya es de mixto tejida,
que tiene fácil la entrada
y difícil la salida.
Abierta está, ¿no la ves?
Ya lo veo.
Vamos, pues.
Pocos fueran mis enojos,
si adonde miran mis ojos
pudiera guiar los pies.
Ven tras mí.
Tras ti voy.
Pues así a quejarte das.
Perdido en la ermita estoy.
Dame la mano y saldrás.
¿La mano?
Sí.
Ya la doy,
por el cielo soberano,
que te dé muerte, villano.
Pag. 28
Vente.
No fue de malicia
e imaginé que la Justicia
me pide otra vez la mano.
toma
Conmigo saldrás.
Un monte en cada pie llevo.
Acaba, caminarás.
Ya salimos.
Caso nuevo.
Fuera de la ermita estás.
¿Es posible que he salido,
que piadoso el cielo ha sido,
cuando no tengo disculpa?
Todo pienso que me culpa
por el yerro cometido.
Holgaréme si escurece,
y a la noche solicito;
mal el día me parece,
que el que ha hecho un gran delito
siempre la luz aborrece.
¡Ah, si la noche llegara,
que de penas le quitara
a mi loca fantasía,
que la claridad del día
hace mi culpa muy clara!
No oso levantar los ojos,
que les ha puesto el temor,
y a mis nublados antojos,
como al siervo que al señor
le causó algún enojos.
Mas con todo me parece
que ya el ánimo en mí crece
con el galardón que alcanza;
ya mi suave esperanza
con mil flores reverdece.
Cristóbal, contento estoy,
pues, ¿qué puedo pedir más?
Ya que en el monte nos vemos,
di, Cristóbal, ¿qué haremos?
Mi industria ahora verás;
mas, ¡ay de mí!, que el amor
no deja que esté contento;
celoso de un disfavor,
inmensos temores siento,
que no hay amor sin temor.
Amigo Jaime, perdona,
y mi nuevo intento abona.
Di, ¿qué procuras?
Quería
que antes que pasase el día
partieses a Barcelona,
ansí el dolor que me mata
podrá consuelo tener,
pues airado me maltrata.
Visita aquella mujer
tan hermosa como ingrata,
Pag. 29
Pregunta qué ha sucedido
del yerro que he cometido,
a quien fue causa el amor,
y si para más dolor
dará su tirano olvido.
Dirás que pague la fe
que debe a mi amor constante,
y que la perdonaré
haber sido inconstante.
Con que de celos me de
no eres allá conocido,
ni delito cometido
por donde verla no puedas,
y así por mí bueno quedas,
si haces lo prometido.
Quiero partirme a agradarte.
Dame los brazos, amigo,
quien pudiera acompañarte.
Mas con el alma te sigo.
¿Y adonde tengo hallarte?
Si eso solo se desvela,
parte sin recelo, vuela.
Al punto me partiré.
Pues en la Venta estaré
que llaman de Pimpinela.
Vase.
Adiós.
Él vaya contigo.
No hay mayor bien que un amigo,
si es perfecta una amistad
vas con más seguridad.
Del monte la senda sigo,
este es el camino y quiero
antes que suba a la sierra
aguardar un pasajero,
que por vida de la tierra
que no reina en mí el dinero.
Gente parece que suena
y a mi remedio se ordena,
pues dármelo el cielo quiso,
desde el cerro los diviso,
muchos son, no me da pena.
Quiero sacar mis gorrillas
como suelo, y coronar
las retamas amarillas,
que el deseo de robar
puede hacer maravillas.
Por las ramas escondidas
y en los troncos repartidas
personas parecerán,
y los que vienen darán
o la hacienda o las vidas.
Ya no tengo que temer,
agora aunque solo quede
y más vinieran, hacer
que lo que fuerza no puede.
Pag. 30
Salen y caminan.
Y la industria ha de poder,
largas leguas, a fe mía.
¿Qué mal el que las medía
midió si las midió alguno?
Quedo, no salga ninguno
de toda mi compañía,
la que viene es gente honrada,
y dará luego el dinero,
no repararán en nada.
Jayme, Antonio, compañeros,
deténgala, camarada.
¿Posible es que no te enflemas
de cólera y no le infamas?
Por Dios, que son unos fieros.
Si hay quinientos bandoleros
metidos entre las ramas,
esos gozques vienen o de dos
o uno de pistolas faltos,
no los veis entre los senos,
pues antes son los altos,
que también habrá pequeños.
No se aflijan, caballeros.
Nayde de mis compañeros
ha de salir a robar,
que nayde ha de peligrar
sino solo los dineros,
que aunque todos hombres son
de tanto valor y brío,
por mi industria y opinión
a los compañeros míos
los traigo yo en el zurrón,
nunca de mi gusto salen,
y hago que no se señalen
cuando aplicarlos me obligo,
que porque vienen conmigo
ganan más de lo que valen.
Manifiesten la moneda,
que aplacar un hombre puede
tanto, su valor le abona.
No se menee persona;
toda ánima se asegura.
Las capas y las espadas
aquí a tu servicio están.
Oh, qué enojados están.
De vernos, dan carcajadas,
fieras armas humillas,
con notables maravillas.
No miren con atención,
hagan cuenta que no son
más de los caperucillos,
y no estén temblando así.
Y el dinero.
Veslo aquí,
las vidas hay de dejar.
No tienen que se guardar
de nayde más que de mí,
ea, que el dinero han dado,
no salga ningún soldado.
Pag. 31
que yo lo repartiré.
Ea, hidalgos, váyanse.
Vive Dios, que hay hombre honrado,
bien pueden aviso dar
que yo miraré por mí,
si sale todo un lugar
y otros que están aquí,
ninguno ha de peligrar
no les parezca importuno
no ha de peligrar ninguno
que por diferentes modos
de un mesmo paño son todos.
Y valiendo cada uno
al mundo no temerán,
ni caso terrible y fiero,
tampoco recelarán
que si viene el mundo entero,
pechos dobles estarán,
todos son hidalgos nobles,
armados de pechos nobles,
que si por las asperezas
vende fiera las cabezas,
corazones son de robles.
Toda aquesta valentía.
Creo dellos
y pensar
lo que hay, por vida mía,
ya bien pueden pasar,
aguarde mi compañía,
Jayme, no deje llegar
a nadie, cincuenta escudos
hay para partir y dar.
Todos te hemos de ser mudos.
Vanse los caminantes.
Vase.
Que nadie ha llegado a hablar.
Fuéronse; ¡ea, soldados!
ya son, no estén empinados,
den luego vuelta al cañón,
háganlo como quien son,
pues me dan estos cuidados,
bien puedo estar arrogante,
pues no hay cosa que me espante,
que llevo no quiero más;
trescientos hombres atrás,
y todo el cielo delante.
Salen Domingo, Ramón y bandoleros.
Esto es verdad.
Caso fuerte,
vino don Juan.
No se engaña,
su voluntad.
Que no es muerto,
y que ausente de mi patria
vivo, Ramón, engañado;
mi infeliz suerte lo causa.
Yo vengo de Barcelona,
y sé en ella lo que pasa;
el muerto fue don Andrés,
Pag. 32
a quien su lengua amenaza
el día de aquella noche
que sucedió su desgracia,
antes pienso que don Juan
muestra su nobleza clara,
pues de su ofensa se olvida,
quiere volverse a su gracia.
Eso es imposible ya,
que mi delito adelanta
la resistencia que hice,
pues quedaron por mi espada
algunos muertos, y creo
que, fulminada la causa,
correrá riesgo mi vida
si a Barcelona, mi patria,
deseo amigos volver,
y así queriendo hacer casa
de estos montes, y vivir
pues tal gente me acompaña,
de robar los pasajeros.
Y los demás camaradas
que de saltear vivimos
de ordinario a los que pasan,
por capitán te elegimos,
que tu valor nos declara
tus altivos pensamientos.
Mucho publica su fama
en estos montes, de robar.
¿Qué dirá de ti tu patria
Barcelona?
Mi valor
en las lenguas de la fama.
Hurtar es cosa tan digna
de gente ilustre e hidalga,
cuantos verás por ejemplos
de las historias pasadas.
Arsaces, rey de los partos,
fue academia en su casa
en que enseñaba a ladrones;
juzgo ciencia noble y rara,
pues ser arte liberal
del mismo nombre se jacta;
y no fue solo este rey,
que el rey Dionisio se alaba
de que por robar a un templo
los dioses por la mar alta
le dieron viaje alegre
y volvieron a su casa.
Viriato portugués
fue ladrón, dio guerra a Italia,
espanto solo dio a Roma
con mil ladrones de fama.
No agraviando a los presentes
que hacéis uno mil hazañas,
y por falta de cabeza
no habéis honrado la patria.
Pag. 33
El Emperador León,
que Coprónimo se llamaba,
robó una corona de oro
de diamantes y esmeraldas.
Mas ¿qué mucho, si los dioses
antiguamente robaban?
Mercurio, el dios de ladrones,
y robó toros y vacas;
Caco, hijo de Vulcano,
hizo cosas temerarias;
de Prometeo se cuenta
que hurtó a los dioses la llama.
Mas ¿de qué sirven ejemplos?
Sea de hacienda, de fama,
de gloria, de empeño, de honra;
¿quién no hurta, quién no engaña?
Los rayos hurtan al sol
la luna y estrellas claras;
hasta la muerte las vidas
muchas veces arrebata.
Yo tengo por imposible
volver, Ramón, a mi patria.
Yo he de vivir estos montes,
donde halle amigos y casa.
De hacerme vuestra causa
os queda el alma obligada,
y así, a cada uno ofrezco
por la vida vidas y almas.
Digo que el honor estimo
dese cargo de importancia,
como estimara el del César
si me eligiera Alemania.
¡Qué cargo, de un capitán
de una gente tan honrada!
No pienso que es menos noble
que el de la más fuerte armada.
Dadme todos esos brazos,
un amigo soy del alma;
que, si es leal un amigo,
por mil enemigos bastan.
Su valor nos da señales
de la nobleza que alcanza.
Su amigo soy.
Y yo juro
serlo hasta que la parca
corte el hilo de la vida.
Yo te ofrezco vida y alma.
Pues en el monte te quedas,
en él Ramón te acompaña.
No quiero el mal de mi amigo;
vuélvete luego a tu casa.
He de ser, no pongas duda,
testigo de tus hazañas.
Mal entiendes tú la vida
que en estos montes se pasa.
Dormir a la escarcha y yelo
Pag. 34
Con mil recelos, sin tasa,
con temor de la justicia,
las injurias de la fama,
sobresaltos y desvelos.
Ramón, vuélvete a tu casa,
digo, que por su amistad
estimo esta humilde grama
más que los ricos palacios
de Barcelona mi patria.
Yo he de quedarme contigo,
que persuadirme te cansa.
Parece que suena gente.
Vamos, si hay que quitar.
No te quiero porfiar,
aguarda un poco, detente.
Apártanse. Sale Cristóbal solo.
Buscar qué comer deseo
en la venta Pimpinela.
Llega, pues, que se recela.
Parece que gente veo.
Bien es que la espada afiles.
Del trato son temerarios,
pues de cosario a cosario
solo llevan los barriles.
Pues yo me aventuro con ellos,
quedo aguardando, me están.
¿Dónde va?
Y ellos, ¿do van?
¡Tengan!
Deténganse ellos.
Buen modo de responder,
buen modo de preguntar.
Muy poco pueden ganar
conmigo, sino perder.
Todo cristiano se aleje,
gracioso está, por mi vida,
para que quede con la vida,
como el dinero nos deje.
¡Por Dios, gentil majadero!
Gana tiene de jugar.
Véngole yo a saludar
y pídeme a mí el dinero.
A nosotros.
Sí, que es no.
Es sordo, que no me entiende,
ea, a la fe, ¿qué pretende?
No soy muchas veces yo.
¡Hola! ¿Qué es esto? Apartad.
¡Oh, qué gentil gurullada!
Pues todo no importa nada,
Señor Clasquerri, llegad.
Clasquerri, seguros van.
Que es muy valiente también,
hele visto hombre de bien
otra vez.
Pag. 35
Sí, capitán,
visto nos hemos los dos,
y más, sino que vos fuistes;
no digáis cómo me vistes,
que me agraviaréis por Dios.
De mi deshonra pasada
no quiero que me deis cuenta,
no me renovéis la afrenta
porque la temo avergonzada.
¿No sois, Frandaque...
Sí.
De su mal sois la ocasión,
pues por aquella cuestión
todo mi gusto perdí.
Esta amistad me debéis
en la sierra adonde estáis,
y con que de mí os sirváis
deseo que me paguéis,
que os soy muy aficionado.
Aunque en mi afrenta vistes
ese día que os perdistes,
tenedme por hombre honrado.
Por honrado aquí os tendré,
que estando atado, confieso
vuestro valor.
No por eso,
sino porque me vengué
de el traidor que me afrentó,
por derribar mi esperanza,
para tomar la venganza
aquella noche murió,
sabed, que yo le maté
de seguro, porque mi honra
se labrara así mejor.
Engañado estáis a fe,
don Pedro no es muerto.
¿No?
Yo lo vi luego a mis pies.
Sin duda fue don Andrés
que aquella noche murió.
¡Ah, efeto necio, extraño,
que de nuevo ahora me aflijo!
Con un vestido del hijo
salió y este fue el engaño.
¡Qué tal el cielo consiente
que ansí desterrado voy,
enemigo de quien no estoy
aun vengado de mi afrenta!
¡Ah, cobarde mano mía!
Ciegos y engañados ojos,
de noche tenéis antojos,
viendo la afrenta de día,
que no me vengue, ¡ah, cobarde!
Luego la espada volviste,
presto vengarte quisiste,
pero agora será tarde.
¡Enemigo desengaño,
que tanto daño me ofrece!
Si un desengaño entristece,
Pag. 36
no muriera yo en mi engaño,
pero el que me sirviera
estando engañado así,
¿ser honrado para mí,
si para nayde lo era?
Mejor es que mi deshonra
sepa con justa querella,
porque viéndome sin ella,
procure cobrar mi honra.
Amigo, no os aflijáis;
si queréis estar conmigo,
a que ayudaros me obligo.
Yo confieso que me honráis,
pero no he de ser soldado,
porque mal me estaría
sin honra en la compañía
de un capitán tan honrado;
andarme solo procuro
hasta que muerte le dé,
que sé que, aunque solo esté,
estoy de todos seguro;
seguro esta empresa sigo
y solo contento voy,
que sé que guardado estoy,
que, pues llevo a Dios conmigo,
conocedme por crïado,
quedad en paz y adiós.
Decís que Dios va con vos,
a fe que quedo admirado.
De vos estoy satisfecho,
y si como hombre discreto
me prometéis el secreto,
diré qué traigo en el pecho.
Nayde por Dios lo sabrá.
Espantoso enredo ha sido
por mi vida el sucedido.
De mí encubierto será.
Pues partirme determino;
ea, señores, adiós.
Guardeos el que va con vos.
Vanse todos, sale Pierre y Ángela.
¡Hola, al camino, al camino!
Ya el casamiento se ha hecho
de don Pedro y tu señora,
tú, más que turco, traidora,
muestras de dïamante el pecho,
porque no quieres casarte
conmigo, que te merezco,
y ves el mal que padezco.
Pierre, ¿quieres no cansarte?
No me tengo de casar
contigo.
¿Pues no te agrada
estar conmigo casada?
Quiérome, ingrata, ahorcar.
Enemigo, tigre hambriento,
pues estás airada y fuerte...
Pag. 37
Yo me haré cargo de mi muerte,
a Dios, le daré la cuenta.
No faltan vigas en casa,
esos serán tus regalos;
no me harto yo de palos,
siempre ofreces como en cara.
Sale Don Pedro y Doña María.
Tras el disgusto pasado
que gozó mi amor su fruto,
despidió ya el triste luto
ceñido a mi padre amado;
mas no temeré que olvides,
mi bien, la justa venganza,
y allegaré mi esperanza,
que ya mi ofensa lo pide.
¿Sabéis quién muerte le dio?
Ignoro la que fue, sin duda,
que tenéis, de que estáis muda.
Ignoro la que le mató.
Sí, parece que os turbáis,
gustáis de que yo le nombre.
Mucho me enfadáis, a fe,
muy sin razón me culpáis;
después que la mano os di,
es bien perdáis el temor,
que desdora vuestro honor
yendo con dudar de mí.
¡Cuán honrada advertencia!
y la que más satisface;
pero ya mi temor nace,
aunque corta, de una ausencia;
es fuerza que a un lugar mío
vaya por algunos días.
Ya crecen las ansias mías.
Volveré muy presto, confieso,
a prevenir la partida
voy, esta es fuerza agora.
Ya toda el alma os adora
como a dueño de mi vida,
que volváis muy presto aguardo.
Mío el cuidado será.
Mucho cuidado, señor, me da,
el mal de que me acobardo;
llevadme, señor, con vos,
si darme gusto queréis.
Presto, mi bien, me veréis.
¿Qué es esto, válgame Dios?
¡Pierres!
Señor.
Apercibe nuestra partida.
¿También quieres que vaya?
Pues bien.
Que de casarme me prives,
que pierda tus luces bellas.
Mucho debes de temer.
No me cabrá una mujer
a mí si me dan con ellas.
A Dios, mi bien, luego vuelvo.
¿Pues no me queréis llevar,
que al fin me queréis dejar?
Pag. 38
En dejaros me resuelvo.
Quejarme por mostrar.
Llévame.
Sí llevaré.
Como vaya por su pie.
Quedad con Dios.
Con él vais.
Vanse, y dicen dentro soldados y el Conde.
Atajadle por el monte,
no se esconda en su maleza,
no corra en sus asperezas,
ni aun tu mismo horizonte.
Sale Cristóbal.
En vano será escaparme,
cercar el monte ha mandado
el Virrey, mas ya ha llegado,
al río quiero arrojarme,
en medio su cristal claro,
hasta que la noche venga,
porque con su manto tenga
en su oscuridad amparo.
Vos, santa y divina guarda,
salid agora del pecho,
porque con vos satisfecho
ningún temor me acobarda;
fíe la espada en esta mano,
y vos por escudo en esta,
la victoria manifiesta
probaré con vos ufano.
Venid, que el favor que siento
me hace al peligro animoso,
y si por ladrón famoso,
soy Ladrón del Sacramento.
Vase, sale el Conde y soldados.
Arrojose en medio el río.
Mil balas le disparad,
que en su cristal le matad.
A su vida desconfío.
Muera el infame asesino,
al Cielo y al Rey traidor.
Sale otro soldado.
¡Ay, tan extraño valor!
¿Qué hay, Roberto?
Que imagino
que a este hombre guarda el Cielo,
que parece que revive
con balazos que recibe.
Sale otro soldado.
Sin duda alguna recelo,
gran señor, que se escapó
dél, a mi ver, o queda muerto.
En el río, que es muy cierto,
¿no lo habéis visto?
Llegó
la noche y su oscuridad
nos le quitó de delante.
Solo el Cielo fue bastante
a usar con él de piedad.
Si acaso libró la vida...
Retírase a Barcelona,
Excelencia.
En persona
castigaré este homicida.
Pag. 39
Si quedo vivo y vendré
a castigar estos hombres
que con tan infames nombres
viven ajenos de fe.
Vase y sale Cristo solo
Triste suerte, extraña desventura,
muerto sin duda vengo, es imposible
que el menudo granizo de las balas
el cuerpo no pasase varias veces,
más de trescientos hombres que han seguido
con el conde de Sástago y el alarbe,
subiendo con el agua hasta la cinta
la furia de sus balas, y detuve
toda su gente en la ruinosa orilla;
más de dos horas, mas llegó la noche
que fue la causa de que me escapase.
¡Oh, manto oscuro de la noche negra,
estrellas de oro, luna plateada,
sed testigos ahora de mi muerte!
Pasado está el jubón por varias partes,
quiero sentarme y ver estas heridas.
Aquí sentí un balazo, mas no hay nada;
aquí quedó la bala, pasó el cubo;
aquí, por el lagarto deste brazo,
sentí otras dos, mas no me hicieron daño,
pues no le siento, rota está la manga.
En los pulsos no siento herida alguna.
¡Vive Dios, que me dieron en la frente
más de dos balas! ¿Es posible, cielos?
Milagro ha sido de la guarda mía,
no solamente no me hicieron daño,
pero porque sintieron alcanzada
mi munición, alguna me dejaron
metida entre la carne y la camisa.
Sentarme quiero en esta fuente clara,
quién sino Dios ahora me guardara.
Del triste que se ausentó,
bien sé yo
que es para mayor tristeza,
no hay en la mujer firmeza,
ni se halló.
Téngase por avisado
el descuidado
que de su dama se aleja,
que piensa que un muro deja
levantado;
siempre a su ser asedió
de su amor la fortaleza,
no hay en la mujer firmeza,
ni se halló.
Indicios bien ciertos son
estos de mi perdición;
ya se añublan mis celos,
hurtó el color a los cielos
mi afligido corazón.
Este mi pronóstico,
el mal que he temido yo.
Ese hombre hacia acá endereza.
Sale Jayme cantando
No hay en la mujer firmeza,
ni se halló.
Pag. 40
¿No es Jayme? Sin duda, y él.
Jayme, dame aquesos brazos,
que ya los míos te esperan.
Con amigables abrazos,
como tras ausencias se dieran,
no mostraran embarazos.
Y a tu condición excuso,
y casi me has declarado
que es mal pagada mi fe,
cuéntame lo que ha pasado.
Escucha, yo lo diré.
Entré como me mandaste
en la ilustre Barcelona,
que para quien fue de un monte,
fue como entrar en la gloria.
Vi sus calles y sus plazas,
vivo traslado de Roma,
insigne en letras y armas
por los hijos de que goza.
A las nueve de la noche,
entre las nocturnas sombras,
a casa fui de mi dama,
ingrata cuanto hermosa.
Hallé la calle ocupada
con criados y carrozas,
y en el patio de la casa,
mil encendidas antorchas.
Quedé turbado y confuso,
luego el alma se alborota,
porque si el leal amigo
en su amigo se transforma,
entrar quise en una sala,
entre la confusa tropa
de pajes y de criados,
con mil libreas costosas.
Entré al fin, vi la cubierta
de cojines y de alfombras,
de requemados tapices
que de oro fino se bordan.
Vi cifrada la belleza
en mil damas y en sus ropas,
todas las Indias cifradas
en oro, perlas y aljófar.
Quedé entre tanto confuso,
hasta que vide entre todas
a tu divina María,
que a Dianas y Venus borra.
Alegres sus ojos vi,
señal que no la congojan
la larga y prolija ausencia.
Que te aflige la memoria,
¿que alegre estaba María?
Bella, mirando amorosa
a tu mayor enemigo.
Digo lo que vi, perdona.
Llegué a preguntar al paje
la causa de tal deshonra,
y dijo: "Doña María
con don Pedro se desposa".
Dejé afligido la sala,
que sentí su pena propia,
Pag. 41
Ya se casó su María,
esta es la nueva, Cristóbal.
¿Que María se ha casado?
¿Que es de mi enemigo esposa?
¿Que en otros brazos se alegra?
¿Que ya ambos gustos goza?
¿Que se ha casado María?
¿Que mi esperanza se acorta?
Dime, Jayme, dime, amigo,
¿estará con ella agora?
Sí, que es de noche y es tarde.
¡Ah, cielos! ¡Hábil ponzoña
ha confirmado sospechas!
¡Fácil mujer engañosa!
¿Los amores eran estos?
¿Las finezas amorosas?
¡Cuántas veces, enemiga,
oí de tu dulce boca:
«Tú solo serás mi dueño»!
¡Ah, falsa, ingrata, alevosa!
De don Pedro eres mujer;
¡ah, corazón, que tal oigas!
¡Ah, penas, que me matáis!
Pues yo entraré en Barcelona
y abrasaré vuestra casa.
Mi venganza se disponga;
fiéme de tus palabras,
contrarias fueron las obras.
Pero contaba las mías
el mar con sus voces sordas;
no gozarás al marido;
serán tus placeres sombra,
y el sol, que ha nacido claro,
yo haré que oscuro se ponga.
Yo haré que sepas, ingrata,
lo que es vivir entre congojas,
para que de su firmeza
ese fácil pecho compongas.
¡Ah, sierras que del sol priváis!
¡Ah, montañas peñascosas!
No os asombréis de mis quejas,
porque vengo el alma loca.
Cristóbal.
Déjame, Jayme.
Menester es que te escondas,
que, sin duda, viene gente.
Hoy de la vida se despojan;
no quedará pasajero
con vida, mientras las olas
del mar de amor me maltratan,
que en lo más alto se engolfan.
Sale un Caminante cantando lo siguiente.
¿Qué hará la pajarilla,
pobre de ella,
si los bandoleros se van?
Morirá de sed.
¡Tente, perro!
Cielo santo,
que aun no sé qué responde.
Pag. 42
Deja el dinero o la vida;
quien a matarte me estorba,
¿adónde pasas, cobarde?
Señor, llevo algunas joyas
y camino a Monsarrate
que son de nuestra Señora.
Joyas de la Virgen son,
ella en mi mal me socorra;
¡ha, Madre de Dios, qué haré!
Vete con ellas, perdona.
Solo su nombre pudiera
aplacarme en tanta cólera.
Dete el cielo larga vida.
A ir solo no os dispongáis, que
aquí por estas montañas
muchos bandoleros roban,
y porque vayas seguro
olvido un poco mi historia;
ven, que quiero acompañarte.
Ella te pague esta obra.
¡Ha, Virgen de Monsarrate!
Esto pudierais vos sola.
¿Que me olvidaste, María?
¿Sabes quién soy?
Guardajoyas de la Virgen.
Dices bien,
este apellido me toca;
soy ladrón del sacramento
y el miñón de Barcelona.
Fin.
Pag. 43
Debajo del título hay un garabato en forma de espiral. A continuación, un texto borrado y sumamente tenue del que solo se distinguen algunas palabras sueltas. Se transcribe lo legible.
Leon. Tambien ilegible dicen que ilegible a ilegible prendieron ilegible si ilegible si era ilegible verdad jurada en mi cara que un gallego ilegible en calle de ilegible a Madrid que mil ilegible no traygo yo ilegible con despojo ilegible que ya ilegible y a ilegible ilegible la ilegible
Jornada tercera
Pag. 44
Salen Don Pedro y Pierres.
¿Qué me dices?
Lo que pasa.
Triste y infelice día;
mi esposa doña María
al fin falta de mi casa,
triste y llorosa ocasión.
También Ángela ha faltado;
dicen que las ha robado
¿de Barcelona el miñón
Granolaque?
Sí.
Detente,
ciertos fueron mis recelos.
Verdad, Pierres, son mis celos,
que no pudiera la gente
sacarla de la ciudad,
aunque mil hombres moviese,
si mi esposa no saliese
con su propia voluntad.
Para al gusto te casaste,
mujer por mi mal hallada;
si estabas enamorada,
di, ¿para qué me engañaste?
¿Forcé yo tu voluntad
a vil y engañoso amor?
Pag. 45
que ansí premias una fe,
¡ay de mí!, ¿cómo podré
cobrar mi ofendido amor, honra?
También mi desdicha es cierta
que estaba por mayor tormento
concertado el casamiento,
con Ángela, a vida muerta,
no es justo que me alboroce,
mejor es que se resuelva
en salir, que cuando vuelva
quizá me hará algún bote,
no volveré a la ciudad,
vil e inconstante mujer,
hasta que pueda volver
vengado de su maldad.
Ya tengo echada la suerte
de pena y enojo, rabio,
yo satisfaré mi agravio,
enemiga, con tu muerte,
partiré luego a la sierra
pues mi mal se multiplica,
que quien deshonras publica
a fuego y sangre la guerra
a honor fundado en mujeres,
que desigual fundamento,
siendo tan flaco el cimiento,
es fácil de caer en tierra.
Parto celoso, afligido,
pues he sido desdichado,
triste, como enamorado,
celoso como marido.
A mujer que tal rigor
con un amante ha tenido,
sin fe, sin ley, sin sentido,
sin constancia y sin amor,
yo te partiré a buscar
para causarte más guerra,
como lince por la tierra,
como buiano en el mar.
Vase.
Salen Cristóbal, y Bandoleros, Tomás, y Ángela.
Ya con medrosos pies el monte pisas,
ya veis los robles y los olmos bellos,
que de que estén contentos los alisos,
y humillarán los levantados cuellos
para besar con boca de esmeralda
el divino color de tus cabellos,
y esa crinera que sirve de guirnalda
derrotará la nieve blanca y pura
para poner caireles a tu falda,
todos allegan por ver esa hermosura
que darán gusto y cantarán las aves
versos de mi rigor y tu ventura,
pero dirán entre sus tonos graves,
que este querer sin fraude y sin olvido,
y sin cruel hacer mudanza, sabes,
vive desesperado y afligido,
mirando tu inconstancia y mi firmeza,
a vengarme de ti parto atrevido,
Junté con frecuente aspereza
duzientos hombres que están conmigo.
Pag. 46
el notable valor y fortaleza,
mi intento, y repara por mi bien contigo,
que en mi poder estáis, y yo por verte
en mí no estoy que ando, ves que estoy contigo.
No olvido causa tu infelice suerte,
que fiase de ti sola, no me culpes
porque quisiste apresurar mi muerte.
Di, María, no es bien que te disculpes,
di, ¿por qué te casaste, di, o respondes
sin duda en el callar, mi muerte esculpes.
Si he visto que el honor no castigando,
entre estos montes sin razón te escondes,
y allí vive tu olvido claramente.
Pues que negaste la amistad pasada,
y aquí robas y matas tanta gente,
¿qué milagro que viéndome afligida
de un hombre que se ausenta y que se aleja
procure verme del desdén vengada?
No sé quién se ausentó, el que se queja
que no procura como es caso llano,
el necio amante que su prenda deja.
¿Para qué me robaste, di, tirano,
que mi honra y mi fama se desdora
desde que di a don Pedro vida y mano?
Calla, cruel, no hables, calla ahora,
pues delante de mí dices su nombre,
que a tal se atreve, ¡ay, mujer traidora!
Justo es, ingrata, que de ti me asombre,
mas, ¿qué dará tu esposo deshonrado
por que pierdas la vida y el renombre?
Será testigo el monte, vega y prado
de su deshonra y la venganza mía,
en que mi honor y el suyo es estimado.
Olvida, gran roque, esta porfía,
dame la muerte, y el honor me guarda,
mira que ya no soy quien ser solía.
No sé quién a forzarte me acobarda.
No estás en mi poder, dejadme solo,
advierte, suerte, si la muerte tarda,
mi honor con estas cruces adviértolo.
¡Ay, cielos de mi vida!
Vanse, y quedan Doña María y Cristóbal.
A la mitad del curso llega Apolo.
No estéis, señora, triste y afligida,
no lloréis, mi bien, por Dios,
solos estamos aquí,
mas no sé si somos dos,
porque yo no estoy en mí,
por estar, señora, en vos.
Sola os halláis en la sierra,
que tanta aspereza encierra,
sola estáis, mas de veras
que dentro del corazón,
señora, el que os hace guerra,
pero ya sin mí quedasteis
cuando estaba satisfecho,
de pediros me obligasteis
cuando salí de su pecho.
Decid, ¿dónde me dejasteis,
entrad en cuenta a quien
a mí propio os ofrecí.
María, bien lo sabéis,
Pag. 47
Bien sé que razón me deis
y me doy cuenta de mí,
tres años con vos estuve
siendo a un pecho guarida,
mi bien, donde me encontré retuve;
pero para dar caída
siempre el desdichado sube.
Ya no será de provecho,
señora, abrasar mi pecho,
ya sabéis mi fortuna,
y no es sana ninguna
hacer lo que está ya hecho.
Tened lástima de mí,
por donde mi esperanza
fundé, mirándome ansí,
pronósticos de mudanza
vueltos en sus niñas vi.
No sois vos, bella María,
la que juró de ser mía,
bien estaba receloso,
que siempre el fruto es dudoso
de una esperanza tardía.
Desta misma suerte estoy
y aquel mismo soy que he sido,
mas, ¡ay!, engañado voy,
que soy el que fui querido
y el aborrecido soy.
Mas el que yo vengo a ser,
si es tan fácil la mujer
siempre en el arte de amar,
que quiera para olvidar
y olvida para querer.
Si de vos estás ofendido,
si en verte he hecho afrenta,
que un poco escuches te pido.
Cristóbal, aguarda, aguanta,
que eres mi propio marido,
haz cuenta que estoy casada
con ciego.
¡Ay, esposa amada!
Grande bien, grandes favores
os cuenta que salteadores
de ti me llevan robada.
No mandes, señora, tal,
aguarda, advierte,
que es fortuna desigual,
y basta darme la muerte
pensar mi bien en el mal.
Y que, después de robada
y del capitán forzada,
siendo tu propia mujer,
vuelvo a mi propio poder
afligida y deshonrada.
¡Ah, cielos! ¿Qué tal oís?
¿Qué decís, doña María?
¿Cuándo al mal os persuadís?
Cuando sois esposa mía,
mi bien, sin honra venís.
Vos sin honra y yo con vida,
yo vivo y vos ofendida.
¿Quién os ha robado?
¿Quién la honra os ha quitado,
por que otros males impida?
Pag. 48
Jesús, ¿quién os ha agraviado,
y pues, ¿y por qué con mi muerte
quede yo, mi bien, vengado?
Caso nuevo, triste suerte,
bien su valor ha mostrado,
así mi intento se abona,
y mi yerro se perdona,
estoy, mi bien, ofendida,
robóme esposo querido
Almirón de Barcelona,
entró en la ciudad, contento,
creyendo ansí conseguía
su injusto y tirano intento.
Que veis, señora mía,
notable vergüenza siento,
qué grande culpa he tenido,
bien sé que el culpable he sido,
bien os podéis ya volver,
que yo propio vengo a ser
el ofensor y ofendido.
Yo me afrento, caso fuerte,
mi desdicha se declara,
yo me ofendo desta suerte,
a quien su honra lavara,
cielos, con su misma muerte.
Si desta suerte has sentido
verte en burlas ofendido,
por fin de mis penas fieras,
mira, Cristóbal, de veras,
qué ha de sentir un marido:
considéralo y verás
por tus males los ajenos,
para que vuelvas atrás,
no puede sentirse menos,
ni puede perderse más.
Bien te quise, que sería
negarlo necia porfía;
ausentaste forzoso,
caséme, soy de mi esposo,
Cristóbal, yo no soy mía,
la que ser honrada intenta,
no tenga retrato a su lado,
el esposo, a quien no afrente
memoria de lo pasado,
ni voluntad de presente.
Razones son que he buscado,
ingrata, tu pecho airado
contra mi amor y lealtad,
que donde no hay voluntad,
nunca excusas han faltado.
No hables como mujer,
que ellas no saben cumplir
lo que saben prometer;
mas tú sabes bien decir,
y sabes mejor hacer.
Ya la esperanza perdí,
quiérelo mi suerte ansí,
pues por diferentes modos,
lo mudable para todos,
es constante para mí.
Qué fuerte estás, qué arrogante,
qué señora de tu honor,
Pag. 49
y de mi pecho triunfante
a fee que en tenerme amor
que no fueras tan constante,
salen Jayme y Bandoleros.
gente viene escondete
y no llegues por tu fee
que es del Rey mui temida
Moneda.
y a quien me se da
el dinero quitare
a quitarselo me atrevo
grande bien os pronostico
si robar rico deseo
no es esto reparo chico
no empece mi atrevimiento
porque en mi ventura siento
dejar en la ocasion
de ser para el Rey ladron
si lo soy del sacramento
no esteis medrosos llegad,
ay Capitan perdonad,
que trezientos hombres vienen
con ellas gran fuerza tienen
armas de su Magestad,
a cobardes que temeis
por que tantos hombres veis
y mi valor es crisolo
gana la moneda solo,
pues esperad, y vereis
que son que mueva las plantas
vencer a riesgos levantas
maquinas del pecho fuerte
mira que voy a la muerte
para no sufrir espantos
Vasse
brauo echo, estraño caso,
salgamos todos al passo
a piques que le dan la muerte
brauo valor, pecho fuerte
ya de colera me abraso
ya detener me no puedo
retiraos cobardia
a Pizarro en animo excedo
ya no ay mayor valentia
que tener perdido el miedo
Vanse, y salen quatro Guardas
tengan quenta alerta amigos
que a gritos montes estan
menos de mil enemigos
de varias muertes que dan
seran los cielos testigos
dentro Chri, perro dejad la moneda
mueran
vil canalla queda
Veamos que gente acude
no ay quien tu corazón mude
salen todos, y los vandoleros
ay animal que te escude
ea tenedlos ay
las cargas en un llano
dejen llegar aqui,
ellos
vaya pues hermano,
e vengan los pobres a mi
donde caminan hermanos
Pag. 50
+ Jhs.
¿Dónde caminan, hermanos,
que hayamos dado en sus manos?
¡Ay, Italia, qué bien argullen,
por Cristo, que nos argullen
a gustos y italianos,
pues no es esta cosa extraña,
que goze vuestro dinero
la provincia más extraña!
Embiá, Milán, hacer
y llevan oro de España,
con sus petos y esquinelas,
guardabrazos, escarcelas,
estos bocales los traen
las islas Corcu, Cambray,
y Nápoles con sus perlas,
que los estados defienden
de Flandes; quien tal ha visto,
que tener provecho entienda
de tierra que crie Cristo,
que se come su hazienda
cuando el dar en forma trata.
Italia, España, ¡qué ingrata,
con sus naturales queda!
Le da pistos ella moneda
y medidas de plata;
descansen esos caballos,
hagan sin ir a la guerra
del Phelipe los vasallos,
que hay pobres en esta tierra
y es menester remediallos.
Señor...
Echadlos de ahí.
Dejad la moneda aquí.
(Echan las guardas.)
En aquese llano quedan.
Contento es ver la moneda.
¿Viene alguna gente?
Sí.
Sale un pobre cantando.
¡Ay, que desde Brenes
a Cantillana
hay una legüita
de tierra llana!
¿Dónde con la priesa va?
Camina que dará estafeta.
¿Están en gente discreta?
Limosna no me dará,
sino es con una escopeta.
¿Pasas con necesidad?
¿No lo ve en la humildad
con que una limosna pido?
A muy buen puerto has venido.
Que esa moneda le dad,
del Rey los dineros son;
hinche la alforja
hasta que el dinero sobre,
diez hombres pueden llevar
diez mil ducados que quiero
que vayan a su lugar,
y ya que tengo dinero,
quiero mis deudas pagar.
Esa yegua se mate...
Pag. 51
A un viejo sáquele
denle quinientos escudos
y después con mis soldados
lo que sobra partiré.
A la vuelta del corral
la maté como sabéis.
Tres gallinas.
¡Pese a tal!
Cien escudos la daréis.
Mas que no queda un hilo.
Parecéis al panadero,
y seiscientos escudos quiero
enriquecer el lugar.
Qué bien tenemos que dar.
Qué liberal caballero.
A cenar a aquella venta
dejamos tu bella ingrata,
busca más modos de afrenta
mientras el mal que me mata
que yo lo sufra y consienta.
Agora te estimo y precio,
mas ya no quiero ser necio,
que estando entre mi escuadrón
la mucha conversación
es causa de menosprecio.
Cuando el alma me provoca
porque mis penas se atajen,
quedo de su guerra loca,
como el que limpia una imagen
que con vergüenza la toca.
Alterar a mi fe y prometo
que mi amor nunca sujeto
a su rigor ha de estar.
Pues de hoy limpiaré el altar,
vais repartiendo el respeto.
Vanse y quedan Antonio y un bandolero.
Antonio, escucha.
Ya espero
en que pruebes mi amistad,
pues de ella el estremo infiero
en los dos.
Mi voluntad
en la tierra considero
y ansí en cualquiera ocasión
No admitan comparación,
no pongas en eso dudas,
porque claras y desnudas
en mí las verdades son.
Habla qué es lo que se ofrece
en tu servicio.
Ya sabes
cómo nuestra vida crece
entre mil peligros graves,
cada día que acontece
tener la muerte a los ojos
ya por últimos despojos.
Es verdad.
También sabrás
que el virrey por mil enojos
de Cristóbal estos días
Pag. 52
Mandó en un pregón, al
cual que diere su caueza,
le dará por premio igual,
siendo de su nobleza,
mil escudos, y si el tal
también le perdona y hace
libre de cualquier delito.
Yo siento que satisface
a queste público edito
a nuestra culpa, y deshaze
nuestro bando. Como amigo,
desto te doy parte, y digo
que, procurando también,
los dos podremos muy bien
darle muerte y el castigo.
Que se previene el Virrey;
y es de amistad justa ley
hacer de un amigo el gusto,
y siendo lo uno tan justo,
pues se sirve a Dios y al Rey,
de quien tendremos perdón.
Y aunque esse ha sido mi intento,
y esse mesmo pensamiento
me ha ofrecido la ocasión,
me ha faltado atrevimiento
para la empresa; mas, di,
¿cómo podremos aquí
emprender los dos su muerte?
Muy fácil será la suerte.
Él viene de noche aquí,
a essa peña más cercana,
y en una cueva escondida
asiste hasta la mañana
de su soledad, no visto,
en quien su agravio allana;
allí, cuando echa al suelo
la noche su negro velo,
tendrá el fin que procuramos
su vida.
Pues alto, vamos,
y ayude su intento el cielo.
(Vanse, y sale Licen. y con Pinela, ventero.)
¿Ay qué cenar?
Sí, señor,
que nada falta en la venta.
Si no conveniencia en la quinta.
Essa tenemos mejor,
por vida suya.
Esto importa
para un passaxero honrado;
por Dios, que vengo cansado,
(Sale D. Pedro)
que no es la jornada corta.
Guárdeos el cielo.
¡Ay, señor!
Passo, no os alborotéis.
Amigo, ¿con porras le véis?
Por Dios, que no es salteador.
Ay santos en esta tierra,
que, cuantos armados vemos,
que son ladrones creemos.
Muy sin temor, destierra
Pag. 53
que nadie te ha de ofender
y los que vienen aquí
pero en esta sierra di
bandoleros suele aver
mas de trecientos vinieron
y a comer a esta venta
que después ha azer la quenta
mil pesadumbres nos dieron
solo si en bien venían
a fee pues que me pagaron.
al capitán no asombraron
era él hombrón
dos damas que la una dellas
sin duda es la prenda mía
en la frente el sol traya
y en los ojos dos estrellas
no vi más bella mujer
y era buena la criada
junto a estotra no era nada
y vengo yo a perecer
por ella al diablo la ofrezco
ha cielos qué me queréis
qué, señor, que tenéis
qué tales males padezco
a fee que vuestra tristeza
que aquí demuestre la cara
al momento se os quitara
si viérades su belleza
y aun de vella estoy ansí,
nunca yo visto la huviera
estaba
de qué manera
con el capitán aquí
diziéndola mil amores y
que a su lado ya tenía
a contraria suerte mía
a covardes a traydores
qué tal el cielo consienta
ya ha llegado otra gente
cerca de la venta tanta
loco estoy con esta afrenta
a gralla y mi gente
sí
que es suya en efeto
sí es
mas me parece a mí que oy
de Domingo la siguen
al fin en aquesta cavaña
se juntan mil enemigos
al miñón d'él son amigos
ya se hace a caballo la guerra
mil pedazos nos arán
quién te ha metido, asno,
agora en ser salteador
muy en breve llegarán
fíngete tú cavallero
y yo seré tu criado
para que tumbe el nublado
sobre mí solo
a qué espero
los pistoletes esconder
quiero porque no los bean
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que si asentarme desean
tengo aquí de cenar
toma este sombrero y calla
al fin a morir me ofreces
la industria e infinitas veces
pienso vencer la batalla
señora por vuestra vida
que calléis
yo callaré
porque sé
que sois gente bien nacida
así mi paciencia ensayo
soy ángel o cocinero
en los palos caballero
salen Domingo y Ramón
y en la comida lacayo
en la orilla desta fuente
que en la venta no cabe
esta gente
está grave
en la venta hay gente tanta
¡hola!
señor
gansos pido
la cena hemos de reñir
si es que vengo de morir
quiero morir bien comido
qué mozo tan mal criado
chulo
no tienes razón
gozo mi jurisdicción
con las tachas me he alquilado
sí pero por el ensayo
para hacer burla de mí
yo soy caballero así
sino vuélvome lacayo
ea di lo que quisieres
pues no quiero otro regalo
goce uno del pan y el palo
penginela
que tú me quieres
quien es este
un caballero
que ha llegado ahora aquí
no he visto yo este hombre
mal criado majadero
tome
señor
pues creed
que me lo habéis de pagar
ahora bien quiero llegar
de dónde es vuesa merced
de caballeros
y al fin
por dudoso huir me quiero
y de dónde es caballero
caballero de mohíno
dónde camina
es importante el saberlo
que no lo sé
cómo voy aquí
soy un caballero andante
y lleva dinero al fin
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Porque su traje lo enseña,
metiéndola está en su vaina,
y en mi bolsa no hay cuatrín.
El negallo es excusado.
Mi fin sin duda llegó,
no traigo el dinero yo,
aquí lo trae mi criado.
¡Hola, hola, hola, qué digo!
¡Hola! ¿Cómo no responde?
Ah, señor, ¿dónde te escondes?
Señor, voyse.
¿Y lo dice?
Sosiéguese, caballero.
Quién en esto me metió.
No soy caballero yo.
¿Y el dinero?
Del dinero no me hable,
que cuando sin amo estoy,
por no tener blanca voy
por la sopa a Monserrate.
Pues un criado,
su amo es el caballero.
Gabelas jamás espero.
Gracioso punto.
Extremado.
Ea, no llore, que aquí
no faltará qué cenar.
Salteador singular,
y a los más lindos que vi,
dame tus pies y tus manos,
que quiero hacer legitoria,
sabroso fin de historia.
¿Al fin te quedas?
Sí, hermano,
donde me dan de comer
do me tengo de quedar.
En esta venta he de estar,
Ramón, hasta amanecer.
Ven, que quiero regalarte.
De ti estoy más obligado.
Y alto, que hoy han robado,
miren que me ha de dar garrote.
Vanse, y sale Cristóbal.
¡Cuán divertido, oh amor,
me trae tu engañoso cebo!
que en baño aliviarme puedo
de tu terrible rigor.
¿Es posible que sea tal
la fuerza de tu desdén,
que poseyendo mi bien
siento que es mayor mi mal?
Que ausente pobre mujer,
puedas guardar tanto honor,
contra mi ingrata, ¡ah rigor!
imposible de creer.
Con mi amorosa porfía
de la venta a salir vengo,
la costumbre que aquí tengo
es que en viendo que apaga el día,
vence la tiniebla obscura
de la noche en su llegar,
que a estas peñas da lugar
a mi temor sepultura,
por sola guarda divina,
defensa de mis desgracias.
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Dadalle de todo gracias,
mi humilde pecho se inclina;
luego destas verdes gramas
hago para el sueño lecho,
que son leales, sospecho,
destos árboles las ramas;
quiero deste pedernal
sacar fuego porque encienda
las luces de una ofrenda
deste altar al cielo igual.
Venid, Señor soberano,
porque en parte os pague el bien
que me envía vuestra mano.
Vase y sale el Bandolero y don Antonio.
Pisa quedo, pase entro;
poned la pistola a punto,
que del bulto hecho difunto
con los males que causo.
Más luces vi encender,
con que se adorna un altar,
y de rodillas creo estar
a Cristóbal.
No hay que ver,
dispara y muera el villano.
Muerto soy.
Dispara la pistola y cae muerto el Bandolero, ábrese la peña y aparece Cristóbal de rodillas ante un altar lleno de luces y en él el Santísimo Sacramento.
¡Válgame el cielo!
¿Qué milagro es este? Recelo
del cielo, guió la mano;
este misterio encierro,
que la pistola no ha oído,
ni de un lugar se ha movido;
ángel fue que le guardó,
que errar deste modo el tiro
por darle a él la muerte.
Trocóse tan mal la suerte,
suceso es de que me admiro.
Callaré este desconcierto,
por mil modos me conviene,
y el remedio que esto tiene
es dar sepultura al muerto.
Quede el hato, amigo, ven,
que bien dice, ejemplo igual,
que el que busca ajeno mal
ajeno vive en el bien.
Vanse, y sale Cristóbal.
Mil gracias os doy, Señor,
ya mi obligación he hecho.
Denme destos campos, lecho,
amigos de más valor,
que al mundo dais siempre dobles,
que no hay más buena amistad
que en la muda soledad
las encinas y los robles;
quiero en tanto descansar
que llegue el alba risueña,
por ver si el sueño me enseña
camino para olvidar.
Sale don Pedro.
Perdíme en la aspereza
de aqueste monte, y perdí mi gente;
vuelva el sol al oriente
para que alivie un poco mi tristeza,
por aquesta maleza
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Folio 51v
buscar el nacimiento desta fuente
mientras del sol la frente
del mar no sale y muestra su riqueza
amante rigurosa
el amor cruel y causa de mi muerte
o mi querida esposa
notoria fue mi rigurosa suerte
mas antes venturosa
si el fin de tantos males pudo verle
quien del amor se queja
Líneas tachadas: Don Lorenzo. que ruydo he sentido entre la grama presto la cama deja Don Lorenzo. pues la ocasion te llama
ola quien va que gente
no es de los mios escucharle quiero
Un pasagero triste
que huyo de la sierra cruda fama
cansado del camino y del sol fiero
quien eres
Soy un hombre desdichado
que el amor ha dejado
para exemplo de amantes verdaderos
que en mi sus golpes y desdichas muestra
llegad por vida vuestra
que quiero ver pues he llegado a veros
si a mi amor ha igualado
el excessivo que me aveis contado
yo quiero entretenerme
por ver que quiere este hombre
en esta sierra
esta podra valerme
si publico la guerra
Contra el misero hado
que a Hombre Carlos de Valois crio
dentro,
ya estoy sentado
de mi te fia y al temor destierra
Hay una marca de tachado antes de la siguiente línea que dice Chris.
espero en tu balor de quien me fio
que es tan grande el mal
es infinito
pues saber solicito
si es mayor que mi mal el que as tenido
siempre mis gustos ya sin esperanza
que de la mudanza
de una mujer que mucho me ha querido
es su rigor de suerte
que ha de ser ynstrumento de mi muerte
Desde el laurel as bisto
Negro Celo que el infierno embia
Por suerte a Sevilla
mi amorosa porfia
tengo en cuita con ella
porque es para mis penas y mis llantos
tan dura como bella
Dichoso yo si hiziese dos tantos
avnque della grande mal padesces
discreto me pareces
una mano si quiera no la toco
que desta suerte el cielo lo ordena
preguntame de Elena
si me dejara no te siruo poco
pues secreto y ayuda te prometo
verdad he fiado en tu secreto
soy un noble cavallero
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Cuyos deudos y parientes
de claro estirpe y linaje,
de fina planta descienden,
anidando en Barcelona,
ciudad, entre todas fuerte,
donde los antiguos condes
dieron envidia a los reyes.
Desde mis años floridos
el rapaz amor me prende
de una divina mujer
que es a mis ruegos rebelde;
en continuos pensamientos
gastaba mis años verdes,
que no hay invierno ni otoño
que mis desprecios no lo siente.
Enamorose mi dama
(que aun repetillo me ofende)
de un hombre de baja sangre,
pero yo de mala suerte
iba a ver mi dama un día
al mar que sin duda crece
hasta besalle los pies,
para que sus olas quiebre.
Fui haciallas a más quina,
vi el galán que en solo verme
con ella el color demuda,
baja el rostro, el labio muerde;
penetré las intenciones
y llegalle al fin a velle.
Vuelve otra vez y mi dama
le envía, y corrido fuese
para abreviar en su calle,
le volví a encontrar, llaméle.
Ay, más quiero callar
hasta ver lo que pretende.
Atrevido me responde;
dígole al instante: "Miente".
Saco la espada, sáquela,
la justicia nos detiene,
huyéronse los criados
y a lo confuso mil veces.
Que hiciese mal en lo que hice,
a enemigo, matarele,
pues por saber si ha venido
aquí con armada gente,
disimularé entre tanto.
Prosigue, ¿en qué se detiene
saña de un ofendido,
de que a tajo le rindiesen?
Puse la mano en su cara...
¡Ah, Cielo santo!
¿Qué tienes?
No, nada, prosigue.
Al fin,
la justicia, como suele,
hizo que diese la mano.
Mal hizo.
No fue prudente;
afrentado mi enemigo,
viendo que la noche tiende
su capa negra y oscura,
vino a buscarme impaciente.
Salí disfrazado entonces,
mi casa a buscar me viene
con el vestido engañoso.
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y vio a mi lado la muerte,
ausentóse, y mi enemiga,
más afable y más alegre,
me promete ser mi esposa.
Fíome de sus palabras,
pero ¿qué mal no padecen
los que confiados viven
en lágrimas de mujeres?
¡Fálteme nunca los cielos!
Dejarán que tal hiciese;
solo siento, entre mis penas,
que la que adoro le premie.
No digas más, caballero,
fue quien no lo merece.
Cuenta haz toda mi historia
por que mi verdad se pruebe.
A ciertos lugares míos
por buen engaño ausentéme,
y el miñón de Barcelona,
que este es el nombre que tiene,
llamado de mi enemiga,
entró en la ciudad y prende
a mi esposa, que con él
salió voluntariamente.
Supe luego mi desdicha,
que se saben brevemente
las desdichas, cuando tardan
en declararse los bienes.
Con gente armada he venido
al monte donde pretende
del miñón falso vengarse
mi pecho que fuego enciende.
Ayer, por mi mal, amigo,
de mi gente adelantéme,
y temí quedarme allí
si me quisiese dar muerte.
De noche dejé la venta,
entre los matos entréme,
perdíme, que un desdichado
nunca deja de perderse
aunque amigo se halle.
Y sin duda el cielo quiere
que se alivien mis desdichas,
pues tú tu ayuda me ofreces.
En busca, pues, del miñón
vienen ya para prenderle
ducientos hombres, mi gente.
Si unos y otros se juntan,
y tú tu ayuda me dieres
enseñándome al miñón,
vengaré muy fácilmente.
Ayúdame, pues, amigo,
que si tu ayuda me ofreces,
tuya será mi hacienda,
y poco llego a ofrecerte.
Fácil cosa fuera aquí,
dar a este loco la muerte;
pública fue mi deshonra,
morirá públicamente.
Venturoso habéis andado,
y lo más en que sirviere,
que al miñón venís buscando,
que también a mí me ofende,
solo puedo en vuestras manos
sin duda alguna ponelle.
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que sé muy bien dónde come,
dónde cena y dónde duerme,
y nos hemos visto y hablado
los dos infinitas veces.
Venturoso fui en hallarte.
No lo fui bien; detente
dentro en mí, y de ese monte
a los llanos salarite
porque busquemos de día
esos que contigo vienen.
Vamos.
Vente tras mí.
Vanse.
¡Ah, cielo, me favorece!
¡Oh, mariposa engañada,
y cómo a abrasarte vienes!
Salen Jayme y dos bandoleros.
Lleve el diablo la venta, ¡vive Cristo!,
que no hay en la galera tantas chinches.
No he pegado los ojos un instante.
Coserlos a los lomos, si no puedes.
¿Aún el capitán ahora se ha levantado?
Aún no ha llegado el día; ¿a qué propósito
ha de salir tan presto?
¿Qué os parece
esa mujer que tanto le ha costado?
Bravamente le embiste a su porfía.
Valiente es el miñón, ¡muy vive Cristo!,
que con esta mujer anda cobarde.
¿A qué diablos aguarda? Si no, entréguela
aquí al brazo seglar, que brevemente
perderá la soberbia y el garlito.
Entréguela al compañero, sin gorja.
Sí, razonablemente, ya derrama
el alba aquestas que unos llaman perlas,
mas yo lo llamo vino. Dios llovió,
que me tienen mojadas las entrañas.
¿Perlas? Pues ensartad algunas de ellas.
Ellas se ensartan en las yerbas verdes.
No nos traiga concetos tan gerundios,
sino hable en lengua cristiana ahora;
esto es llover poquito en buen romance.
Antes llueve en latín, que no lo entiendo.
Salen Don Carlos y el Miñón.
¡Hola! Los hombres vienen.
¡Vengan treinta!
¿Dónde me lleva entre aquestos montes?
Silba.
Ahora lo verás.
La seña es esta
de nuestro capitán.
¿Qué es lo que haces?
¡Perdido soy, sin duda es este engaño!
Date a prisión, cobarde; date luego, átale.
¿Quién eres, que me tratas de esta suerte?
Porque más penes, hoy te doy la muerte.
A mis manos has venido,
que los cielos te han traído
a pagar lo que debías.
Di, cobarde, ¿mirarás
en la mujer que tenías?
¿Sabes quién es la mujer?
Pues ahora lo verás,
que ya que has de perecer,
quiero yo que sientas más.
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Es que vienes a perder
a mi amor resistido,
pobre, con mejor fortuna,
y ausente de tu marido,
mira tú si ha habido alguna
que tan constante haya sido.
Las demás con la riqueza
entretienen la tristeza,
pero ejemplo puede ser
en el mundo la mujer
que es honrada con pobreza.
Recibe esta buena obra
que te hago, cuando espero
ver cómo mi honra se cobra,
que donde falta el dinero
pocas veces honra sobra.
Digo que dichoso he sido
en haber aquí venido,
ya no tengo qué sentir,
que es gusto el morir
por saber lo que he sabido.
La vida ahora me has dado
con lo que te veo aquí
por mi consuelo alentado,
que si sin honra viví
hoy quiero morir honrado.
Que ya que vida y muerte
me dio aquí de una suerte,
aborrida o requerida,
ella es quien en muerte y vida
para vella y por no verte,
también servido serás.
En Dios creelo ansí,
como no procures más
que viendo a tu esposa aquí
y sin verme morirás;
mas porque la dicha mía
sepa quien mi mal sentía,
y los que mi bien desean
para que todos te vean
quiero que mueras al día.
Llevadle preso, y a ella
sin que dello se aparte
a quien dio su esposa bella
que tarde lugar gozarte.
Llévenle.
Que gusto muero sin vella.
Ya quiere salir el sol
con su dorado arrebol,
y con ellos la gente
declara que así detente.
Sale Domingo y Ramón.
Es un valiente español,
nunca aguardó su alabanza
del que noble se alinea
por el gran valor que alcanza,
y gustaré de que vea
el fruto de mi venganza.
Huésped muy bien venido,
el abrazarse así cuando
de su amigo deseado.
Y vos muy bien hallado,
Cristóbal, ¿qué, cómo ha ido?
Mil sucesos temerarios
y a mí me han pasado.
¿Cómo?
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son caso estraordinario,
ya me parece gracioso
venganzas de mis contrarios
da enuidia el sol sus cabellos
y yo me alegro con ellos
pues aqui voluntad
espiritual esta amistad
en lazos añude estos cuellos
ea ya a llegado el dia
veras vn varon en mi,
dilo pues por vida mia:
trae tu a don Pedro aqui
sube por Doña Maria
y mi venganza se trata
mi furor se dilata
Sale D. P.o y Doña Maria
acaba dilo por Dios
aqui estan señor los dos
Jesus los robles los ata
de mi desdicha me admiro
Cielos que es esto que miro
este no es don Pedro graillas
ya se acaua mi esperanza
Cielos terrible mudanza
quien mucho daño preuiene
sino a mi me conuiene
tomar desta la venganza
por esta estoy destruido
por esta toda mi hazienda
y mi nobleza he perdido
no te espantes el que embida
que te ha faltado el sentido
hablas con migo
pues no
di no saues que estoy yo
deste traidor agrauiado
con mi dama se ha alexado
y atreuido a mi ofendio
como procuras assi
hauiendo de mi desden
domingo ygualarte a mi,
vete
tratemonos bien
gran vellaque
las guerras
por su causa salteados
vine a ver perdi mi onor
Como dare buen castigo
no le han de valer con migo
luego escusa su favor
hoy conoce mi Razon
dessa que de su maldad
tome la satisfacción
no procures mi amistad
ea domingo
ea caminon
pues tu con migo te ygualas
luego por la boca exalas
Saca las pistolas
que esto sufra pecho vil
ea que hablas con agenas alas
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Yo. Pues no bastan las mías.
Con lo que traes en el pecho
igualarte a mí lo tratas.
No me entiendes que lo has hecho.
Así, con razón temías,
pero, de temor aparte,
tu poder, pues que matarte
pudo, solo bien se ve,
pues que yo solo probé
ofenderte y castigarte.
Pues en ello.
¡Vive Dios,
villano, basto, soez,
que he de saber quién sois vos!
Pone el arma en el árbol el Miñón.
Si he de morir otra vez
para que temáis los dos,
acudid, aquí se espera,
cuando dos vidas tuviera,
dándole una a cada uno,
mis deudas satisficiera.
Ya le quité, ven tras mí,
aguardad, que aquí
ninguno de nuestra gente
se mueva.
Caíme, detente.
Ea, vamos,
agora sí.
Cargad el paso, detén
encima de los peñascos
hay un llano.
Danse.
Está muy bien.
Mas que se hagan pedazos.
Bien atados quedan, ven.
Vanse, y quedan atados Doña María y Don Lope.
Sabrosa muerte en tu presencia espero,
querida esposa, halla en tu pecho brío
este prolijo mal por bien nacido.
Viva muriendo, pues viviendo muero,
en tus ojos, mi bien, me considero,
en sus dos niñas mi retrato al vivo;
pero la muerte con su golpe esquivo,
trocará los colores por entero:
pondrán morados los labios, tus zafiros,
amarillo el color azul, y importa,
así trae la muerte sus despojos,
solo siento que el alma han de quitarte.
Mas ¡ay de Dios! perdóname, marido,
si encargo tomo, yo contigo muero.
Cae Cristóbal.
¡Ay, Virgen de Monserrate!
¡Valedme, Madre y Señora!
a que vos son estos cielos.
¿A quién acuda por estos míseros ruegos?
Desátalos de los árboles.
Un soberbio derribado,
que por subir ha caído.
Ya se ha trocado la suerte,
bien me avisaste, Domingo.
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abrazado con el tronco
cuyas ramas ha tenido
las riquezas de los cielos
las Indias del cielo y empíreo
a cuya vida tan mala
vuélvanse mis ojos ríos misericordias,
que aunque os haya ofendido
bien sabéis vos perdonar
al que perdón ha pedido
Señor, goces en la muerte
el que siempre os trató vivo
mas ya la muerte llegó
y la flecha ha sacudido
el cuerpo pongo a tus pies
y en tus manos mi espíritu,
Raro caso
brava cosa
A qué es este ruido
sale Ramon
Después que mató a Cristóbal
supo el Virrey que Domingo
que aquí con quinientos hombres
a estos montes ha venido
huyendo sus compañeros
le han atado y rendido
salen el Conde, y Don Juan y soldados traen preso a Domingo
a dónde está el cuerpo
por aquí rodando vino
y quedó vivo Don Pedro
aquí está a vuestro servicio
Bese los pies, Excelencia
yo Señor los pies os pido
aquí está Don Cristóbal muerto
toda gente ha huido
y hemos preso a Falsiguerra
no son tantos sus delitos
que siendo quien es merezca
la muerte
Ya yo he dicho
que el perdón del Rey se allane
y que nos hagáis amigos
despáchese un correo
aquí a vuestros pies me rindo
dadme las manos y brazos
El sacramento divino
dejó el copón en el árbol
darán a su lugar aviso
para que con pompa se lleve
y este el fin que tuvo es
este caso peregrino
del Ladrón del Sacramento
de quien el perdón os pido
Fin
