
Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026
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Zitiervorschlang
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El fuego de las riquezas y destrucción de Sagunto. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-fuego-de-las-riquezas-y-destruccion-de-sagunto.
Libro 15 F Número 6 Número 25
cuatro reales de a ocho / diez y nueve... / cuatro / cuatro
Comedia famosa
Quien defendiere de que esta comedia es buena sin tener coscolitillos que hacer tenga a argüir con nosotros.
Del Legajo 54
El fuego de las riquezas y destruición de Sagunto
por mandado de los de Sagunto
Destruición de Sagunto
La destruición de Sagunto para...
Don Manuel Vidal y Salvador
No, señor mío.
María
No vale nada.
Sí vale y es buena.
Sebastián Llopt Llopt
Tanto valgo yo como tú...
Tea 1-31-13
Maarbal, 5 Alcón, 5 Lidoro, 3 Lisandra, 8 Libia, 4 Ardis, que ha de ser sombra y música. Música. Manlio. Alcón. Lidoro. Ardis. Soldados.
Comedia famosa de el fuego de las riquezas y destruición de Sagunto. 2 De Don Manuel Vidal y Salvador Personas + Aníbal 1º + Masarbal 3º + Alorco 2º + Ardid gracioso + Soldados de Aníbal + Flaucio barba + Alcón 2ª barba + Lidoro galán 1º + Rosaura dama 1ª + Lisandra 2ª + Libia 3ª + Otras mujeres Soldados de la plaza, + Músicos
Jornada 1ª
Puesta la tienda de campaña a una parte, se descubren los muros y castillo de Sagunto, y salen Aníbal general, Masarbal teniente de general, Alorco, Ardid y soldados.
Famosos capitanes excelentes,
que para el noble timbre de valientes
sin la experiencia de marcial estrago
os sobra el tener sangre de Cartago,
Soldados valerosos,
tan obedientes como belicosos
(que en la obediencia práctica se encierra
el primer instituto de la guerra),
el blasón africano
pende de vuestra mano:
Cartago, nuestra patria esclarecida,
no menos envidiada que temida
del romano poder, que altivo pecho,
vanidad de la paz, que vició el derecho,
funda su mayor gloria
en el amado fin de esta victoria.
Aníbal soy, este bastón me disteis,
después que a Amílcar y a Asdrúbal perdisteis,
entre estos enemigos celtiberos,
de suelo fértil, rígidos, severos,
que libre su república acreditan
con el veneno de oro que vomitan.
Si general me hicisteis solamente
por la ilustre memoria permanente
de mi padre y mi hermano,
este bastón ocupe nueva mano,
que yo tengo mi gloria afianzada
sobre la línea recta de mi espada.
Y en el presente asunto
de la famosa empresa de Sagunto,
para ser de la fama celebrado,
solo pretendo el nombre de soldado.
¡Viva el cartaginés Aníbal, viva!
¡Viva, que de esta república que altiva
el dominio le niega,
con voces triunfe el que con armas llega!
Para escribir su nombre mal seguros
se desaten en sílabas los muros,
y caigan con abrazos de las hiedras
los lazos verdes de las blancas piedras.
¡Viva!, y este soldado
que con nombre de Ardid fue graduado,
razón que entre festones de la guerra
se alimenta de pan y muerde tierra,
mate tantos bisoños saguntinos
cuantos la huerta me ofreció pepinos.
Pues de Marte el imperio me rendisteis
y nuevamente general me hicisteis,
observad de las armas el derecho,
no deshagáis lo mismo que habéis hecho.
Salid a los campos.
Dentro.
¡Al arma, diana!
Cruz en el margen superior
tu piedad soberana
Favor, clemencia, amparo,
contra un sitio cruel de un pueblo avaro.
De el templo de Diana, cuyo asiento
fuera está de los muros, el lamento
de las mujeres dulce nos suspende.
Y, con él, su concento me represente.
Mas por hacer de mi atención ejemplo,
la inmunidad respetaré de el templo,
ofreciendo a la Diosa
de tierno tronco lágrima preciosa,
cuyo suave perfume
levezas rindiéndolo, que ardiente asume,
y más cuando es dos veces mi sagrado,
por estar de mujeres habitado,
cuyos respectos puros
sobre nobles cimientos son los muros
que aquel que los trasciende
villano injuria que malicias ofende.
Y más, ¡ay, Dios!, si debe estar entre ellas,
como sol que presida a las estrellas,
Rosaura de Sagunto, cuyo nombre
traigo en esta sortija que aquel hombre
gallardo y valeroso...
que en la toma de Setaba famoso
pretendió defender, medio muriendo.
Su nombre leo y su hermosura entiendo.
Favor, clemencia, amparo
contra un siglo cruel de un pueblo avaro.
Por más que me culpéis, dulces sirenas,
con acentos de horror, con voz de penas,
venceré, sin las llamas del espanto,
el anuncio cruel de vuestro canto.
Y que airadas juzguéis mi pecho, siente
que pueda ser villano el que es valiente,
que respetéis a todos os advierto
al templo y las mujeres; sacro puerto
tengan en la tormenta de la guerra
las sirenas acordes de la tierra;
y el que rompa la ley de mi precepto,
morirá por mi mano.
Lo prometo,
quitar la vida al que violentamente
tanto sagrado profanar intente;
y mucho que me empeñe, si informado
de aquel noble de Setaba soldado,
sé que Rosaura, asombro de hermosura,
habita la mansión de su clausura.
Yo os ofrezco dar la muerte
+
al que, tirano, descortés, furente,
se oponga a tu precepto.
¡Ay, Rosaura, qué mucho que sujeto
quede a la información de tu belleza,
milagro tierno de naturaleza!
Antes, nobles soldados,
que, de vuestro valor estimulados,
empecéis a sembrar por este suelo
áspides de metal, lenguas de celo,
escuchad a Aníbal ciertas razones.
Si las admiten vuestros corazones,
se honren de tan osados y robustos,
siendo valientes con la voz de justos.
Los Ólcades, Vacceos, Carpetanos,
pueblos que siempre ufanos
civil derecho libremente vivieron,
a nuestras invasiones se rindieron.
Díganlo tan ilustres poblaciones
que, al aspecto de nuestros escuadrones,
apreciando sus vidas,
antes que amenazadas vi rendidas.
La ciudad de Carteya lo acredite;
con Hermandica, Arbocola repite
mis triunfos, mis victorias,
frío clarín el Tajo es de mis glorias.
Pues cien mil combatientes
venció nuestro valor en sus corrientes,
siendo en destrozo tanto
rémoras del cristal, ondas del llanto.
Pues lamentos, gemidos,
cadáveres en nieve convertidos,
del río el álveo desproporcionaban,
su peregrino curso equivocaban
cuando arenas de sangre detenía
y espumas de cadáveres corría.
La batalla de Cannas tan funesta
fue, que la Parca a mi denuedo opuesta,
con la mortal envidia que tenía
resucitaba a los que yo rendía;
con que en tan dura, en tan adversa suerte
la muerte era su vida, yo su muerte,
y a muchos, en confusos desconciertos,
les dejé de matar por verlos muertos.
Tres celemines de sortijas de oro
envié a Cartago, no por el tesoro,
sino porque se viera el estupendo
número de vencidos; pues sabiendo
que las sortijas de oro solo llevan
los que nobleza senatoria prueban,
de los nobles que son más ofendidos
Vean la multitud de los vencidos
y sepan que en victoria tan crecida
si el número es regla, la medida,
desde el seno ferrario al lactonense,
del fuerte certoneso al setabense,
la fértil Edetania
y rica Turdetania,
tengo el dominio; sola esta enemiga
república soberbia me castiga,
que de Roma asociada
desprecia los ejemplos de mi espada.
Asociada de Roma, otra vez digo,
aquel pueblo enemigo
de nuestra patria, que aun agora tiene
tratada paz, el odio que mantiene
inmortal sed de sus hijos fieros,
sin duda a los primeros
avisos de Sagunto,
tomará de la guerra por asunto,
que en el trato de paz sea comprendido
todo pueblo que a Roma se haya unido,
y con este pretexto romperemos
los Alpes, montes ásperos y eremos
de Italia en cuyas cimas navegando
ondas de hielo iremos abrasando,
para que vea Italia en tiempo breve
piras de fuego que ardan con la nieve.
¡Ea, africanos míos!
Vuestros guerreros bríos
la enemistad aliente
de la romana codiciosa gente.
De Roma digo, siempre codiciosa,
que altiva y belicosa
nos usurpó el dominio convenido
y de nuestros mayores adquirido
en Sicilia y Cerdeña,
fértiles islas donde el cielo enseña
flores de Ceres en sabrosas mieses,
frutos de Pales en nevadas reses.
Sagunto es corazón por donde asoma
con su malicia el tósigo de Roma.
Si el corazón vencemos,
por cadáver del tiempo dejaremos
las romanas ruinas,
siendo sus lenguas piedras saguntinas,
porque de ambos sucesos en la historia
uno sea el héroe y otra la memoria.
Castro alto es aquel que a nuestros ojos,
una legua distante, los despojos
Sello: Ayuntamiento de Madrid
La púnica batalla representa,
en la facción sangrienta,
murió mi padre Amílcar. Fiera
memoria, una villana
traición quitó la vida, duro estrago,
al heroico Asdrúbal, cuando de Tajo,
español, el criado vengativo
le mató con sus armas, aquí altivo.
El enojo, la rabia, el sentimiento
mueva vuestra piedad al fin sangriento
de vuestros capitanes africanos.
Vuestro crédito guíe vuestras manos;
ved que en Cartago Hanón ha persuadido,
con la atención que su malicia ha unido,
que soy joven sangriento y arrojado,
poco prudente para buen soldado;
que como soy de la facción Barcina,
no la razón, el odio es quien me inclina,
por mi sangre heredada,
a romper de la paz capitulada
(ley de los dos pueblos admitida);
sea nuestra facción la más valida;
joven soy, pero joven que me guío
más de la industria que del odio mío.
Amigos y capitán a un tiempo os llamo,
No dejéis en la vega verde ramo,
ni tronco vegetable, árido aspecto,
triste teatro, ruina miserable,
de Ceres y de Flora el campo sea.
Derrame en vez de flores Amaltea
lágrimas verdes, cándidos suspiros
a las espigas, que dorados tiros
del aura son, y en blando movimiento
bordan de julio el rico pavimento,
ofreciendo al sudor de sedientas manos
opima inundación de secos granos.
Encended, que mi aliento os presta llama,
creciendo el fuego al aire de la fama.
El agua, que de selva sierpe muda
aljófares destila, perlas suda,
quitad a la ciudad, cortando astuto
el camino al cristal, los condutos,
las acequias romped artificiales,
y ni aun para llorar tengan cristales.
Ea, nobles soldados, ea, amigos,
el cerco por tres partes está puesto;
yo antes que todos a morir dispuesto,
ningún recelo aguardo,
de nada me acobardo.
Que vive Dios, que si temer pudiera,
de mi temor corrido me muriera.
Riqueza, estimación, créditos, punto,
nos espera en la empresa de Sagunto.
Respiren los arneses
doradas llamas contra las mujeres.
Al violento contacto del acero,
enciéndase el cristal más lisonjero,
para que beba la malicia cauta,
en copa de agua, riesgo de cicuta.
Quítese el agua, que entre tantas vides
no quieren beber agua los ardides.
Rómpase a las frialdades el camino,
y si quisieren agua, traigan vino.
¡Viva Aníbal!
Al campo.
A la ribera.
¡Viva Aníbal, y el saguntino muera!
Vanse.
Salen Rosaura, Lisandra, Libia y otras.
Favor, clemencia, amparo,
oíd el llanto de un pueblo raro.
Cercada la gran Sagunto,
patria nuestra, pueblo antiguo,
que los rútulos de Ardea
y los griegos de Zacinto
ilustraron con el noble,
el famoso, el peregrino
simulacro de Diana,
en cuyo templo aprendimos
preceptos que fortalecen
la industria de los sentidos.
Muerto Celauro en el breve,
sangriento, horroroso sitio,
sujetaba, que llevaba
en una sortija escrito
mi nombre en el oro impreso,
y en mis atenciones fijo
tal odio contra Aníbal
dentro mi pecho concibo,
que temo que no me mate
el veneno de decirlo.
Y que apenas, que arrebatando
el valor del albedrío
disponen con los alientos
la fuerza de los martirios,
no amé a Celauro, mas supe
su noble sangre, su brío;
y su amor, cierto sería,
supuesto que le he perdido.
Cerco puso a nuestra patria
el Africano, el altivo
Aníbal, hijo de Amílcar
y de las fierezas, hijo,
pues refieren que su padre,
cuando a nuestra España vino,
que en sus cuatro hijos criaba,
dijo: cuatro leoncillos
que a Roma bebiesen sangre
y a Sagunto oro fundido.
Cercada nuestra grandeza,
vuelvo a decir y repito,
con el odio que me lleva,
con la admiración que animo
de Aníbal, injusto joven,
que logra en sus desvaríos
la fortuna de premiado
con la gloria de temido.
Jove, si en la bruta fragua
del Etna ardientes ministros
nubes de ceniza son
a rayos del artificio,
¿para cuándo es el llover
centellas que al enemigo
abrasen, sin que lo entiendan
los hados ni los oídos?
Hoy acaban los afeites,
los melindres, los desvíos,
del filis también, adiós,
que no habrá algún compasivo
que al señorísimo nombre
Sello del Ayuntamiento de Madrid
Efecto que de rendido,
El odio.
La saña.
El susto.
La ira.
El enojo.
El suspiro.
Me precipita.
Me ciega.
Me tiene, tiemblo al decillo,
como una víbora suegra
y una dueña basilisco.
Pero siendo yo, Rosaura,
de Sagunto, a cuyo esquivo
pecho fueron las victorias
mayores que los peligros.
Pero siendo yo, Lisandra,
en cuyo valiente arbitrio
solo tuvo nombre el premio
con la expresión de castigo.
A ningún susto me venzo.
A ningún temor me rindo.
Pues vive Jove, si encuentro...
Jove vive, si diviso...
A este Aníbal africano.
A este joven atrevido.
¡Monstruo que alimenta el fuego!
¡Mármol que hiela el estío!
¡Le daré muerte!
Dentro.
Talando
los campos el enemigo,
hojas no deja en que el viento
pueda arrullarse tranquilo.
¡Qué horror!
¡Qué asombro!
¡Qué pena!
Dentro.
Del fuego el mordaz camino
peina a las mieses el oro,
volviendo en humo los visos.
¡Qué lástima!
¡Qué desdicha!
A nuestro voto preciso
acudamos, si es que el fiero
Aníbal en este sitio
del templo, que de los muros
de Sagunto desunido,
sagrada esfera es que tiene
por móvil al cielo mismo,
nos deja atento.
No esperéis
su atención, porque imagino
que ofenderá con intentos
el que mata con avisos.
Entrad cantando a Diana,
decid con fúnebres himnos:
gloria de Palancia,
prenda de Saginto,
oye lamentos que cláusulas hablan,
mira primores que blandos suspiros.
Vanse con la música y queda Rosaura.
¡Oh, amada patria, asediada
de un africano temido,
joven cartaginés,
mal guiado y bien nacido,
soberbio por lo que emprende
y por lo que alcanza altivo!
¡Cómo mi corazón,
temerosamente fino,
llora la infelice ruina
que el hado que me previno,
esta vez bañe tus muros
con mis lágrimas, que fío,
llorando, estatua llegar
de mármol de su edificio!
Sale Aníbal.
A Diana llegué al templo,
confirmando el ya ofrecido
voto de no profanar
lo sagrado del recinto,
por ver si acaso pudiere
saber del bello prodigio.
+
Estará Rosaura con el lienzo a los ojos.
de Rosaura, pues aquel
de Setava lo bendijo
al morir: «Toma, Aníbal,
esta sortija. Y si he sido
con lo ilustre de mi muerte
de alguna fineza digno,
solo te pido que en caso
que llegues a poner sitio
a Sagunto, a esta hermosura,
cuyo nombre en oro limpio
mandé escribir, la perdones
la vida y, tú agradecido,
encuentro aquí, según miro.
Con sus lágrimas me aguardo,
sin duda seré el vencido.
Mas por esta parte llega
un soldado, y solicito
huir de su vista.
Atento
la preguntaré, advertido,
si es que a Rosaura conoce.
Mas decíale de término
que le diga a Aníbal cómo
yo con el odio que animo
bastara a darle la muerte.
Su llanto temo nocivo.
Sus armas desprecio osada.
Más me suspendo que animo.
Más que desestimo venzo.
¡Mujer!
¡Soldado!
¿Qué he visto?
¡Dioses, suya es la victoria!
¡Qué galán joven, qué digno
de mi atención!
¡Tal belleza
no he visto, cielos divinos!
Tan airoso, tan bizarro
soldado parece que hizo
menos culpable el reparo,
y más hidalgo el motivo.
¿Qué ibas a decir?
Turbado
a tu vista solo digo
que hablo con las atenciones
de las luces que distingo;
¡qué beldad! ¿En qué ibas
a mandarme?
Persuadido
mi pensamiento a que fueses
del campo contrario quiso
fiarte una diligencia.
Deja que extrañe el motivo
de mirarme como opuesto
para honrarme como digno.
¡Qué discreto!
¡Qué divina!
Mas ¿cómo, cielos, inclino
mi atención a quien odioso
sigue contrario caudillo
a mi patria?
Pero ¿cómo
compone el aliento mío
alabar como triunfante
y empezar como vencido?
Adiós, soldado.
Adiós, bella mujer.
Mas no sé qué grillos
fabrica mi pensamiento
con los yerros del destino.
Mas no sé qué propensión
en este caso averiguo,
que en la muda indiferencia
culpa la ley de mi arbitrio.
Oye.
Escucha.
Di a Aníbal,
a ese fiero, a ese enemigo...
joven que engendró Cartago,
embrión de basilisco,
reducido a humana forma,
a ser asombro, o prodigio;
que una mujer ofendida
de su nombre, que ha podido
con las voces de tirano
tener nombre de ofensivo,
basta a defender su patria;
y que si, acaso atrevido,
no respetare el sagrado
de ese templo en que vivimos
las que dejamos hermosa
la solemnidad del rito,
con las armas de su ofensa,
que son las que un pecho limpio
fortalece con la sangre
y afila con el juicio,
le daré muerte.
Obediente
seré de suerte que fío
que aunque yo quiera callarlo,
no quede el dejar de oírlo
que ofendida...
Qué cortés.
Mas si bien lo he discurrido,
será excusado el decirlo
lo que su beldad me ha dicho.
¿Por qué?
Porque asombrado
estoy dentro de mí mismo,
según que Aníbal conozco
y sus tratos examino,
que en viéndote ha de amarte
lo mismo que yo te digo.
¿Ves?
Que a tantas perfecciones
como tú, hermosa, has unido
tuviera la oposición
más fealdades que el delito.
(Aparte.)
¡Qué atento, qué cortesano!
Si fuera como el que miro
Aníbal, ¡qué bien pudiera
por la urbanidad rendirlo
y hacer que quitara el cerco
de mi patria!
Yo te pido,
pues hermosas diligencias
quieren medios peregrinos,
me digas si acaso vive
en Sagunto...
¿Quién?
Me explico
tan mal, que bien no me acuerdo
de lo que nunca me olvido.
Mas esta sortija explique
el nombre, porque es preciso
que escondan voces de oro...
Pronunciaciones de Vidrio, dando la sortija.
En la nieve de su mano
veo el temor que respiro.
¿Es cuidado o es respeto?
Más de uno y otro me libro,
de este por si no lo fuere
y de aquel por si lo ha sido.
Vuélvele la sortija.
No he de verla,
nada temas,
discreta beldad, conmigo
que accidentes del contacto
no son del alma artificios.
Lee el nombre,
con los ojos
podré excusar el peligro.
Hace que lee de la sortija que tendrá Aníbal.
Y Rosaura de Sagunto
leo el nombre, acaso digno
de admiración, él sin duda
dio muerte a Zelaura.
Admiro
que una prenda un nombre a quien
suspende muchos sentidos
conocer a esta mujer.
Si por señas que imagino
para el fin de conocernos
es para el lazo de unirnos.
Cielos, ¿si será Rosaura
esta mujer a quien rindo
un corazón sobornado
a las llamas que domino,
¡que es hermosa!
En opinión
tiene el atributo esquivo,
ella dice que no, y yo
también defiendo lo mismo.
En librarla me empeñé
de este asedio.
Lo imagino,
según que a Rosaura tengo
el corazón comprehendido,
que quien no libra a su patria
mal libertarla previno.
Mas, ¿qué me detengo?
Mas,
¿qué aguardo?, que mal vencido
no vengo dulces pasiones
cuando amargos odios sigo.
¿No es mi enemigo?
No es,
Sagunto el pueblo asido
de Roma y en castro alto
En duro, ardiente conflicto,
¿no dieron muerte a mi padre?
Pues, ¿cómo desautorizo
una enemistad que tiene
tan soberano principio?
Pues, ¿cómo agravio la acción
de mi poder, vengarlo?
¡Muera Aníbal!
¡Y Sagunto
muera! Mas no hablo contigo,
que a tu vista los respetos
son las armas que acredito;
y a estar dentro de los muros
tu deidad, te certifico
que ofendiera, temerario,
al pueblo.
Yo solicito
su defensa, casi en caso
de ver el pueblo afligido,
entraré en él por poder,
descubriendo a mi enemigo
Aníbal, darle la muerte.
Excusado será el tiro.
¿Por qué?
Porque yo...
Sale Lisandra.
¡Rosaura!
¡Mas, qué veo!
¡Mas, qué he oído!
Aquí un soldado...
Esta es,
Rosaura, el hermoso hechizo.
¿Qué decías?
No sabré,
oyéndonos referirlo.
Sígueme, vamos.
Pero antes,
pues la ocasión lo ha traído,
no puedo excusar, por Dios,
señor soldado, el deciros:
Tenéis traza de valiente;
ese garbo es muy nacido
para la guerra; y, no obstante
todo esto que os tengo dicho,
si vuestro capitán
Aníbal es el valido
de Marte en España, yo
a los dos desafío;
y no hagáis chanza del duelo.
¡Sacros globos cristalinos
que con pies de fijos astros
van caminando a los siglos,
juro que he de mantener
el homenaje prescrito,
porque al bizarro desmiente
de Aníbal el nombre invicto,
que, no obstante vuestro modo
que me parece distinto
del que el rumor de ese joven
Arrojado háseme ofrecido
solo por consideraros
soldado suyo. Confirmo
el duelo de antes, así
a Dios. Lo dicho, dicho.
Vase.
Oíd, esperad.
¿Por qué?
Qué graciosamente dijo
que no hay contra las mujeres
armas en un pecho limpio.
¡Qué saguntina, qué noble!
Pues venturoso descuido
que eres Rosaura.
Pues sé
que está empeñado tu brío
en librarme.
Este favor
te he de deber.
Yo te pido
esta fineza.
Di, ¿qué es?
Que no entres en Sagunto.
Indicio
me das de que no has de hacer
lo que con lágrimas insto,
y es que ruegues a Aníbal.
Pues no le queda albedrío
ni para no defenderte
ni para dejar el sitio.
Que no obra piedad...
Su llanto
será hermoso, aun ofendido,
que no has de vencerme.
Solo,
viviendo en mi patria, vivo.
Dentro.
Gloria de Palancia,
prenda de Sagunto,
oye los acentos que claveles abren,
mira primores que hablan los suspiros.
Dentro.
Al humo el viento es carroza,
¡qué estrago, qué horror, qué abismo!
Dentro.
Ya no hay ramas para el fuego
ni troncos para el cuchillo.
Mas la piedad...
Mas el campo...
Me llama.
Me espera activo.
Adiós, soldado.
Adiós, bella
Rosaura, a quien sacrifico,
con el honor de las armas,
de los triunfos el alivio.
Quiera el cielo...
El cielo quiera...
Que en la guerra...
En el conflicto...
No me sepulten las llamas.
Vase.
No te prenda mi cariño;
mas con Alorco Masarbal
llega, sabré desde luego,
si la tempestad de fuego
y el Vesubio de metal
en la fecunda campaña
troncó de sazón o flor,
siendo la cuchilla ardor
y siendo el fuego guadaña.
Salen Masarbal y Alorco.
Bien nos avisó el soldado,
pues junto al templo le veo.
Ya, Aníbal, en nuestro empleo
el campo queda talado;
ya de todo somos dueños,
pues reservamos astutos
para alimentar los brutos,
para sustentar los leños,
próvidamente la tierra
hace con modo eficaz
las delicias de la paz
instrumentos de la guerra.
Triunfar de mis enemigos
con mucha razón espero,
pues a los dos considero
de mi valerosa diestra, / que la ardiente porfía
tan valientes como amigos.
Como en tu ejército hacemos
todo lo que deseamos,
en la obediencia encontramos
el precepto que queremos.
En el campo en que preside
tu prudencia y tu valor,
la obediencia, en el amor,
el mismo precepto pide.
Llamada de paz han hecho.
Sin duda piedad pretenden.
Mi rabia, mi enojo encienden,
no la esperen de mi pecho.
De su pena mal seguros
y de nuestra actividad,
los héroes de la ciudad
van coronando sus muros.
Véanse sobre los muros Plácido pretor, viejo, Lidoro y Alcón, 2º barbas, con otros.
Levanta el cerco, Aníbal.
¡Qué motivo tan injusto,
o es engaño de tu gusto,
o premisa de tu mal!
No esperéis tener consuelo
en mi furia bien fundada,
que con la mano en la espada
En la parte superior de la página aparecen tachados los siguientes versos: "Ni temo que avive en mí el hielo / No es con justicia siniestra / de mi valerosa diestra / la que a esta ciudad me embía / sabía la ardiente porfía = cobrar la ciudad por mía / a ganarla como mía / o ganarla como vuestra / y a dejarla como...". A la izquierda, un recuadro indica su supresión con dos "no". En el margen izquierdo se escribió la versión definitiva de los primeros versos de la página.
De mi valerosa diestra
sabrá la ardiente porfía
cobrar la ciudad por mía,
o quitárosla por vuestra.
No desmayéis, ciudadanos,
y aunque lastimado siento
que are a los campos el viento
y siembre el fuego los llanos,
contra rigor tan civil,
contra tanto voraz rayo,
vendrá más bello otro mayo
y más florido otro abril.
Querrá Marte que yo adquiera
el dominio que ya es mío,
y podrá ser que tu brío
acabe en mi primavera.
De nuestros bienes armados
no tememos la fiereza.
Pues esa misma riqueza
convida más mis soldados.
Los saguntinos famosos
hasta hoy no han sido vencidos.
El vernos más resistidos
Nos hará más valerosos;
ciento y cincuenta mil son
los que cuenta combatientes;
si todos fueran valientes,
temieran tu oposición.
A tu cuenta le faltó
el acero en fuertes modos,
pues peleo como todos,
y en cada uno estoy yo.
Para once años de guerra
Sagunto tiene que dar,
sin los auxilios del mar
y socorros de la tierra.
Pues mi campo se alboroce,
porque si en bélicos daños
solo os resistís once años,
os rendiréis a los doce.
Viéndose Roma tenaz,
embajadores ordena
a Cartago, y te condena
por violador de la paz.
No intente Roma reñir,
mi valor y mi poder
hace justo siempre ser
por el fin de conseguir.
El odio que cruel mantienes.
+
Tendrá sucesos fatales,
yo no temo nuestros males,
esperando vuestros bienes.
En cada uno hallaréis
un vivo que se resista.
A los rayos de mi vista
todos os ablandaréis.
Sois soberbios, y en rigor
huiréis con indigna mengua.
Peleando con la lengua
mal se acredita el valor.
Tocan.
Hablen las astas y hablemos
con los aceros marciales.
Clarín.
Del clarín a las señales,
fuertes os responderemos.
¡Al combate!
¡A la defensa!
¡A la invasión!
¡Al reparo!
¡A la escalada!
¡Al amparo!
Industrias mi ingenio piensa.
No hay arte en tu furia loca.
†
A combatir.
A esperar.
A disponer.
A triunfar.
Toca al arma.
Al arma toca.
Fin de la primera jornada.
Pedro Antonio Espinosa
Página con múltiples pruebas de pluma, firmas y garabatos desordenados. A continuación se transcriben los fragmentos legibles:
Señor Morales, vecino de Huércal-Overa.
Morales. Morales.
Juan.
don Francisco de Sales.
querido, santo, chantre.
Maestro Cristo de Burgos.
que te quiero, señor...
es delito.
Sánchez Muñoz.
querido, querido, donde.
don Ginés de Valdés.
Señor, tenga vuestra merced...
vuestra merced, señor don Ginés de Valdés.
Página con diversas pruebas de pluma, firmas y garabatos ilegibles, sin texto de la obra.
Página en blanco salvo foliación y traspaso de tinta.
De la mano y pluma de don Antonio Eusebio Laplana. Año de 1692.
Yo, señor mío, la de vuestra merced hereje.
L.º 15
No vale nada porque no tienen los corchetillos qué hacer.
1966, 16, 1960, 1966, 20356.
N.º 25. Cajón 1.
Los examinadores.
Sí vale porque los coletillos la echan a perder [texto tachado ilegible].
El fuego de las riquezas y destrucción de Sagunto.
18, 18, 18, 54.
Mayo 15 de 1690 años.
Pedro Antonio de la Espinosa.
Quiero ver.
Senado Villa. Precio.
La Mermellona.
El caballero pinganillo.
Cosme Llorens.
Huéscar.
No estoy.
Página con pruebas de pluma, dibujos y operaciones matemáticas.
Sale Aníbal, de noche.
Lúcido borrón del mundo
que en el espacio del viento
derramas torpes asombros,
agotas medrosos sueños;
fúnebre dosel en cuyo
mal reconocido asiento
tranquilas adoraciones
goza la sombra del miedo;
¡oh, noche, que tiranizas
de la luz el claro imperio,
aprisionando la ilustre
serenidad del reflejo!
Valiente sosiega el campo,
descansa el valor guerrero;
con su quietud respiran,
dulce desmayan silencio,
todos duermen al cuidado
solícito de un despierto,
que en la guerra sabe ruidoso
y pende de un movimiento.
Llegué hacia el templo sagrado
el campo reconociendo,
que quien preside en la guerra
ha de observar siempre atento.
Y a las vueltas cada uno
cargan infinitos riesgos,
y que camina la industria
con pasos del desaliento,
cuando duerma el capitán,
ha de ser con el pretexto
de un descanso necesario
para un trabajo violento.
Horroroso el campo miro,
Marte heroicamente diestro
le sembró de muertas vidas,
lo regó de duros pechos.
Este horror es gloria mía
que uniforme recreo
de mi imperial reflexión,
duerman todos que lo velo.
Mas, ¡ay!, divina Rosaura,
en cuya memoria ardiendo,
aguardo el triunfo asistido
de mi amante rendimiento.
Sale Lisandra con espada y capa y sombrero, vestida de hombre, y queda a una.
Tachado: Vase Aníbal.
Porque el vestido acompañe
a mi varonil esfuerzo,
elijo el disfraz y aspiro
a ilustrar el fingimiento.
Furioso mi pecho vive
desde que, estrechando el cerco,
Aníbal, tirano injusto,
de las gentes el derecho
rompe, violando la ley
de paz que el romano pueblo
con el de Cartago dio;
y de suerte le aborrezco,
que por quitarle la vida
moriré yo, suponiendo
que quien muere por su patria
se castiga con el premio.
Con este furor, con esta
rabia he salido del templo,
fiando a mi furia toda
la ejecución del acero.
Que contra un tirano no hay
cobarde que quiera serlo,
animosa y agraviada
de sus crueldades, que es cierto
que es agravio de los justos
A nombre de los soberbios
vengo a buscarle a su campo,
no me culpen el empeño,
que hay osadías que hacen
ilustre el arrojamiento.
La puerta del templo abierta
me dice que, como el pecho
defiende el sagrado, que
el templo nos defendemos.
Más pasos siento a esa parte.
Rumor a esta parte siento.
¿Quién llega?
¿Quién va?
Del nombre,
seña y contraseña luego.
Soldado por nombre doy,
por seña que soy de Puerto,
y por contraseña, que
solo a desafiar vengo
a Aníbal, que entretanto
que vos le aviséis espero
a esta parte. Ved, soldado,
mi corto razonamiento.
Osado y sucinto sois,
vive Marte, que entiendo
Que venís muy engañado
por las sendas de resuelto,
¿sabéis quién es Aníbal?
Bastantes noticias tengo,
que siempre rumores malos
llegaron a oídos buenos.
No repliquéis, y avisalde...
¿Lo mandáis?
De mi precepto
no hagáis burla, o reñiré
con vos.
Sois hombre de duelo.
Sé cuándo debo reñir,
y que con vos reñir debo
aunque fuerais Aníbal.
Que no me apuréis os ruego,
que si pierdo la paciencia...
No la perdáis, que antes quiero
que riñáis con la ventaja
de no perder lo que pierdo.
¿Queréis morir a mis manos?
Paciente sois, vive el cielo,
si es que el vestir las palabras
es desnudar los aceros.
Pues seguidme a esta otra parte,
porque alborotar no intento
el campo.
Para reñir.
Podéis elegir el puerto,
que yo no admito presagios
en materia de sucesos.
Vamos.
Ya os sigo.
Vanse.
Sale Maharbal.
Informado que Rosaura
segura en el templo,
y que excede su hermosura
la idea del pensamiento,
porque autorice el milagro
la constancia del obsequio,
vengo, por si acaso fuese
tan dichoso mi respeto
que abriese luz misteriosa
puerta a mi conocimiento.
Sale Alorco.
Sabiendo que está Rosaura
en el templo, y que su celo
mereció a Diana toda
la ley de su hermoso imperio,
llego, por si mereciese
con la decencia del ruego
ver perfecciones que agravia
la sombra vil del deseo.
Mas pues en falso han dejado
del templo la puerta, quiero
ver si camino dichoso
donde me introduzco atento.
Vase.
Feliz quien camina sin
el cuidado de los riesgos.
Mas, ¿qué sale de esta puerta?
Hasta el umbral ver pretendo,
si usurpa el descuido algunas
reflexiones al intento.
Vase.
Se han entrado los dos por la puerta del templo, y vuelven a salir Aníbal y Lisandra.
Aquí experimentaréis
mi valor; pero os confieso
que os dejará más suspenso
mi advertencia que mi acero.
No teme mi corazón,
y así venid, advirtiendo
que no tengo más reparo
en morir que en defenderos.
¡Fuerte brazo!
¡Temeraria resolución!
Dentro cuchilladas.
Dentro.
En el templo
traición profana amenaza
la ruina del sacrilegio.
Dentro.
¡Piedad, Diana, piedad!
Grave caso.
+
Crimen fiero.
Salen Mabarbal y Alorco por la puerta mesma del templo riñendo.
Quién sois pretendo saber.
Yo callarlo.
Sale Rosaura y las mujeres con luces.
En seguimiento
de los dos sea mi luz
la que corrija dos ciegos.
Suspended las iras, si es
que yo indignada os suspendo.
Mas Lisandra aquí y en este
traje, ¿qué puede ser esto?
Sin duda Mabarbal y Alorco
atrevidos deslucieron
atenciones que dispuso
la gloria de mi decreto.
Aquí Aníbal, aquí Alorco,
ya culpo mis desaciertos,
que la dicha de un engaño
dura hasta no conocerlo.
Confusa como indignada
con esta experiencia quedo.
Pues si mal no lo distingo,
este es el soldado mesmo.
que un día me encontré bizarro
con Rosaura en este puesto.
Que presto a los desvaríos
castigan los dioses, siendo
luz de el castigo, la torpe
sombra de el atrevimiento.
Vive Dios, que aunque el disfraz
la verdad oculte, entiendo
que esta es la mujer hermosa
que vi en este sitio mesmo
con Rosaura; si vení
con ella, disculpa tengo
en no vencerla; pues siempre
las hermosuras vencieron.
Aquí miro aquel soldado
que, cortesano y discreto,
ocultó su nombre y hace
garboso el impedimento,
que no puedo creer que él sea
tan profano y desatento,
que a la inmunidad destruya
el inviolable decreto.
Soldados, que persuadidos
de un terror llegáis sirviendo
al dominio malicioso
de vuestro arrebatamiento,
jóvenes mal informados
de la razón, que asistiendo
En el margen izquierdo hay texto tachado y apenas legible, posiblemente acotaciones o nombres de personajes.
A la voluntad debistes
traición al entendimiento.
¿Cómo podéis, aunque el odio
añadir al enemigo
la violencia de lo feo?
¿Sabéis que este templo es
cándido, fragrante suelo,
donde es llama que ilumina
el humo de los sabeos?
¿Sabéis que de casta diosa
sacro bulto, mármol ceño,
sensibles horrores suda
de vuestra malicia el fuego?
Y, en fin, ¿ignoráis que en él
vivimos las que aprendemos
candideces de holocaustos
sobre obediencias de celo?
Descortésmente enemigos
procedisteis conociendo
que vivimos las mujeres
pendientes del garbo vuestro.
Cuando no, fue acción tirana
asustar hermosos pechos,
que al regazo de un descuido
gozan primores de cielo.
Débase a vuestro delirio
la reflexión, que ya es menos.
Culpable en lo arrepentido,
la indecencia de lo fiero.
¡Ah, vive Diana!, que
a entender que hicierais, necios,
preciso vuestro cuidado,
contingente el susto nuestro,
que vuestro campo abrasara
mi dolor, descomponiendo
ordenanzas militares
la voz de mi sentimiento;
antes que humano peligro
nos amenace, sabremos,
sin latir pasiones vivas,
cadáveres defendernos;
y esta luz artificial,
cuyo trémulo ardimiento
blancas lágrimas enciende
y, sujeto, llora negro,
para abrasar nuestras vidas
será precioso instrumento;
pues, elevando su llama
al indefectible techo,
por la duración intacta
del incorruptible enebro,
arderá el templo, y nosotras
materialmente arderemos,
cenizas siendo de cedros.
Cruz en el margen superior.
Para eternizar el fuego,
a cuyo fin determino
a degüello.
Suspende el vuelo
y deja, mujer peregrina,
si no quieres que el funesto
anuncio me mate, quitando
todo el valor al suceso.
No me detengas.
Espera,
que satisfacer pretendo
por todos tres como nobles,
aunque falta el sentimiento,
pues los que en el templo entraron
con la fe de caballeros
darán satisfacción, y
no quedaré satisfecho
hasta averiguar del caso
la verdad; y juro al cielo
que si descubro en los dos
vil motivo y mal siniestro,
les daré muerte, aunque pierda
todos los triunfos que espero.
Y por no ser conocido
de los que mucho desprecio,
con el nombre de Aníbal
airado no les reprehendo.
¿Qué decís, qué respondéis?
Voces dudosas...
Ignoro alientos...
viendo que quedó la puerta
de el abierta, creyendo
fuese descuido, intenté
dar aviso.
Yo a este tiempo
entré también con el mismo
fin, y encontrándonos luego,
a las espadas fiamos
la gloria de conocernos.
Pues ¿quién pudo abrir la puerta?
Yo, Rosaura.
Aparte.
Yo a ver llego.
Aparte a Rosaura.
Ya examino
Pues del odio arrebatada
que contra Aníbal mantengo,
salí del templo, fiando
a este traje el desempeño
de su muerte.
La hidalguía
de tu intención agradezco.
¿Tan fiero soy, Marte airado,
tan tirano, tan sangriento,
que en pechos blandos mi nombre
vuelve en mármoles los ecos?
No le trayo obgeto.
no.
¡Oh, infausta guerra, oh, abismo
de muertes, en cuyo seno
no se creen las piedades
afectadas del estruendo!
Aunque no me reprehendió
Aníbal, sus iras temo.
Aunque ahora calla Aníbal,
dura corrección espero
de su ceño, y su razón.
Airado voy, suponiendo
que hace Alorco vanidad
de la oposición que ha hecho.
Mas en todo caso aguardo
la resulta de el encuentro.
Vase.
Indignado voy por ver
que Maharbal, a mis afectos
y mi bando, resistió
los impulsos de mi esfuerzo.
Y en toda ocasión sabré
defender lo que defiendo.
Vase.
Pues no maté a este soldado,
al templo corrida vuelvo,
que el valor que es bien nacido
se desmaya no adquiriendo.
¡Cielos!, ¿si será Aníbal?
Mas no puede, pues veo
su garbo con bizarría.
Su afición en su entendimiento,
a quien ofende temido,
mal obligará ofendiendo.
Veré si otra vez podré
ver a mi enemigo muerto.
Vase.
Pero ya el alba madruga.
Mas ya amanece el aurora.
Con razón Sagunto llora,
con flores su llanto enjuga.
Aquí un soldado quedó,
aquí Rosaura ha quedado.
Si será quien he pensado.
Si entenderá que soy yo.
Mi temor busca mi ofensa.
Violencias busca mi amor.
Si imagina su rigor,
si discurre su defensa.
Gloria y riquezas procura.
Su patria y sus triunfos ama.
Es valiente y busca fama.
Sabe llorar su hermosura.
Si es Aníbal, ¿qué pretendo?
Si me vence, ¿qué consigo?
Huiré, pues, de mi enemigo.
De su beldad voy huyendo.
Adiós, soldado.
Adiós, bella Rosaura.
¿No puedo yo deteneros?
Sí.
¡Quién vio dos contrarios de una estrella!
Que en fin no puedo saber
quién sois, cuando procuráis
darme a entender que estimáis
preceptos de una mujer.
Así que os lo he pedido.
Texto tachado: Aníbal. Digo que soy un soldado / entre las armas nacido / en la paz el más vencido / en las guerras el más fuerte / juzgo que de aquesta suerte / quedaré bien difinido.
Si aqueso tu gusto ha sido,
en breve está declarado,
señora, soy un soldado
entre las armas nacido,
en la paz el más vencido,
en las guerras el más fuerte.
Juzgo que de aquesta suerte
quedaré bien difinido.
Parece se va.
El rigor y la clemencia
me equivocan, porque asombre
con lo fiero de su nombre
lo humano de su presencia;
mas si llego a tener ciencia
de que Sagunto asediada
está de su furia airada,
como es en mí preferida
contra una crueldad sabida
una piedad ignorada,
huyo, pues, de verle.
Aguarda,
o permite que te siga.
¡Qué mal lo tirano obliga!
Qué bien lo hermoso acobarda.
Llora y se va.
Como mi pecho aguarda
en huir, aunque se vista
plumas que el viento resista,
y cómo compones, hombre,
que quien huye de tu nombre
no se aparte de tu vista.
Su llanto ver no pretendo.
¿Qué miro, que al fin se va?
¿No ves que llorando está,
y quejoso estoy, que tiemblo?
Que eres Aníbal entiendo.
Pues en tan duro quebranto,
de la guerra en el espanto,
ambicioso de un tesoro,
despreciando lo que lloro,
te endureces en el llanto.
¿Qué pides, mujer que llora,
cuando Aníbal empeñado
procede como soldado
y tú ruegas como hermosa?
Que cese tan rigurosa
guerra, y el cerco levantes
de Sagunto, y que adelantes
nuestros trofeos seguros.
Mira que aun más que sus muros
somos mujeres constantes.
Tú mandas mi rendimiento,
a mi corazón presides,
y como ofendida pides
lo que niego como atento;
pues ves que el campo sangriento...
Este combate ha de ser.
Esperad, que sin tener
orden de Aníbal no puedo.
¡Cielos! ¿Ves cómo sucede?
mi pasión en mi tardanza,
yo me voy con la esperanza.
Yo con la injuria me quedo.
Sabré obligarte triunfando.
Sabré vencerte muriendo.
Te rogaré consiguiendo.
Te desluciré abrasando.
Amor tengo y tengo vida.
Amo mi patria y mi honor.
Seré humilde vencedor.
Seré constante vencida.
No entres, Rosaura, en la junta.
A defenderla voy luego.
Es la guerra un monstruo ciego.
Vive mi pecho difunto.
Pues repara.
Pues advierte.
Y en tal riesgo...
En tal dureza...
Defenderé tu belleza.
Harto harás de defenderte.
Vanse.
Tocan cajas y clarín, y salen Plaucio, Lidoro, Alcón y soldados.
Esforzados saguntinos,
¡Oh, hijos de la idea clara
de vuestros progenitores,
que tuvo en glorias hidalgas
de reflexiones futuras,
posesiones vinculadas!
nobles ciudadanos, que
en la civil consonancia
hacéis un cuerpo armonioso
de las letras y las armas;
esclarecido senado,
en cuyo número ensalza
Atenas disposiciones,
Lacedemonia observancias;
famosos segobricenses,
unidos a nuestras armas
con la cuna de la guerra
nacéis para nuestra patria,
edetanos, admitidos
de nuestra paz, y en la parte
fortuna esperáis constantes
los bajos de la ignorancia;
Plaucio os convoca, el pretor
de la gran Sagunto os llama,
no como orador que pule,
como viejo que relata.
2º
Aníbal, joven sangriento,
que Juno, sin duda airada
para ver Troya en Sagunto
y su fuego en nuevas llamas,
fiera racional le envía
al Idubeda de España.
Cada día va estrechando
el cerco, de suerte que halla
caminos por donde ofendan
el estrago y la amenaza.
Los arietes fabrican,
a cuyos golpes no bastan
firmezas, porque las piedras
a sus impulsos se ablandan.
Una pirámide forman
dos vigas, pendiente de ambas
otra que, impelida, va al muro,
que, de yerro coronada,
vuela con plumas de acero,
con mármol de alientos para.
Los valientes mallorquines,
que en las Baleares, insanas
hondas que ejercitan diestros
por señas, que de su infancia,
con la dulzura del seno,
quitan al hambre la rabia.
de verse que el alimento
pendiente está de una rama,
que aunque las manos le tiren,
las piedras solas le alcanzan.
Nos amenazan severos
con tal furia, con tal saña,
que apenas el brazo sierpe
tira un volcán, do en la vaga
región del viento, siguiendo
del lino las huellas blancas.
Cuando escupiendo la piedra,
aborto de su mudanza,
silbó el chasquido veneno
el polvo que de contrarias
refracciones nace, siente
a un tiempo nuestra desgracia
veloz gravedad que ardiente
en los mármoles se estampa.
De nuevo combate dieron
voz, y aunque puede ser falsa,
porque en la guerra tal vez
hay mentiras necesarias,
prevenidos esperemos,
puestos en buena ordenanza
militar. Singularmente
Dejemos pertrechada,
por menos fortalecida,
la torre que se levanta
por el valle de Sego.
Ea, soldados, al arma,
que yo ofrezco dar mi vida
antes de entregar la plaza.
Nadie tema, que a los dioses
juro de esperar la infausta
turba enemiga de Penos,
y en la trabada batalla
enmendar con mi valor
las que vizo en nieve cana.
Nadie desmaye, que yo
en ocasión de que haya
quien desmaye, trascendiendo
el humo de la distancia,
aunque cada vez fluctúe
lo vivo de la borrasca,
le animaré hasta que deje
o su vida asegurada,
o compañero en su muerte
me sepulte entre sus armas.
tachado en el margen: Clarind.
Mas, a las guardas, ¿hicieron
señal?
Ya dejan franca
la puerta que sale al río.
¿Quién esta novedad causa?
Si no es engaño, señor,
son las mujeres que estaban
en el templo.
Dices bien.
Ya entraron determinadas
en la ciudad.
Y sin duda
anuncian nuestra desgracia,
pues hermosamente ven
fierezas que las desairan.
Ya llegan a tu presencia.
Enhorabuena hayan salva,
a hermosuras recibidas
con voces de deseadas.
Salen Rosaura, Lisandra, Livia y todas las mujeres con arcos, flechas y aljabas.
Ilustre Plaucio,
pretor famoso,
viendo asediada
a la gran Sagunto,
viendo
afligida nuestra patria,
14
Porque notes,
porque veas
que las mujeres,
las damas,
inmortal gloria pretenden,
esperan eterna fama.
Aquí venimos resueltas,
venimos aquí empeñadas
en morir entre los muros,
en vivir entre las llamas.
Pues españolas valientes,
pues celtíberas gallardas,
las faláricas vibrando,
desplumándolas de jaras
a tanto injusto puñal,
a tanta sierpe africana,
seremos Porcias ilustres,
seremos nobles Cleopatras.
¡Oh valientes saguntinas!
¡Oh matronas de Palancia!
¡Oh glorias del Idubea!
¡Viva Sagunto!
¡Arma, arma!
Por esta parte, soldados,
sea de intentar la escalada.
A la defensa, al reparo
vamos todos.
¡Arma, arma!
Vanse.
Salen Aníbal, Maharbal, Alorco, Badios y todos los soldados, unos con rodelas y espadas, y otros con hondas.
¡Ea, valientes soldados,
ea, púnicas escuadras,
fieles, que en día de horrores
esgrimís astros de espadas,
por la parte de Valencia
los arietes deshagan
permanentes duraciones
con el orbe encadenadas!
A la violencia del golpe
que el hierro en las piedras labra,
saque el aire centellas,
la tierra cenizas sorba.
A la torre de la punta
arrimaréis las escalas
al mismo tiempo.
#
¡Arma, guerra!
Vanse todos menos Ardido.
¿Dónde iré que se desmanda
mi temor? Todos son golpes,
piedras, puntas, estocadas.
No hay lugar donde se coma;
en todas partes se mata.
¡Válgate el diablo por guerra,
bestia voraz que te tragas
empanados hombres con
los escudos que se cargan!
Vieja fiera, más que suegra,
a todas horas maltratas
a los soldados, que solo
viven de lo que tú ahorcas;
dueña de valientes, que
vienes a ser la que guardas
por catálogo los rostros
malos, y las buenas barbas.
¿Dónde me iré, que ni aun hay
en la guerra calabazas
para hacer broqueles tiernos
contra algarrobas tostadas?
Mas ¡ay!, que ya al muro asoman
los saguntinos, y al campo
ya viene Aníbal.
El que
va midiendo la muralla
desta parte es Aníbal.
Yo le daré muerte.
Sale Aníbal.
Aguarda,
soldado.
Un temor me llena
y voy de muy mala gana.
Vase.
A vil, a cobarde perro,
nada a mi aliento embaraza;
por esta parte yo solo
intento el asalto.
Por encima de los muros Rosaura.
Airada
busco a Aníbal. ¡Muera, cielos!
Este es Aníbal; mis ansias
entre el odio y la atención
en mi corazón batallan.
¡Ay de mí!, Rosaura entró
en Sagunto, tierna el alma
al vencimiento se acerca
y de los triunfos se aparta;
dispara el arco, beldad
prodigiosa, pero nada...
Consigues, en que si yerras,
a mis rigores agravias,
y si aciertas, arruinas
el templo de mi constancia.
¡Ay, infiel Aníbal!, que hiciste
burla de mis amenazas,
yo me empeñé en darte muerte.
Para que desempeñada
quede tu hermosura, yo
moriré de idolatrarla.
Texto tachado: Polidoro.- Por esta parte le vi.
¡Ah, tirano, que disfrazas
con lo airoso de tu afecto
de tu valor la arrogancia!
Sale del muro Lidoro con arco y saetas.
¡Muera Aníbal!
Deja que
yo, que sentí desairada
sus rigores, le dé muerte.
¿Qué te detienes? Acaba.
¡Ay de mí!, no sé qué impulso
imperioso me arrebata,
que donde las furias busca,
piedades rendidas halla.
Como yo a tus manos muera,
+
Ten entendido, Rosaura,
que logro mayor victoria,
de la que mi campo aguarda.
Mas no es mi enemigo, ea,
mátale tú.
Va a disparar.
Su arrogancia
muera.
Suspende tu brazo,
que dejo a crédito de
consumirse. Pero, cielos,
qué enemiga, qué contraria
estrella al odio me alumbra,
que me guía a la desgracia.
¿Qué indiferencia es injusta,
que te detienes?
Di en tanta
pena, susto, dolor, muerte.
Ya flecho el arco.
Dispara,
pero, cerraré los ojos,
para que en el tiro hagas
muera Aníbal.
¡Ah, enemiga!
Vase.
No hay hijo contra su patria.
Dispara una flecha Lidoro y cae Aníbal.
¡Ay de mí, dioses, valedme!
Soldados, nuestra es la palma,
pues muerto queda Aníbal.
Vase.
¡Ah indignas, sobornadas
de los hados! Mi valor
vendido, cuando esperaba
de triunfal corona, el verde
embarazo de esmeraldas,
en iras revienta el pecho,
y en esta horrorosa estancia
ardientes arenas beben
las venas que se desangran.
A cobardes africanos,
a infieles así desmaya
un número a quien preside
el mejor hijo de Palas.
Salen Maharbal, Alorco y dos soldados.
¡Ah viles! No huyáis, volved.
Mientras mi cólera apaga
la sed, bebiendo encendida
enemiga sangre humana,
con estos pocos soldados
que tu lealtad acompañan,
retira a Aníbal.
El pecho...
En el margen superior hay texto tachado e ilegible.
Semidiós de nuestras armas,
oh, valiente, infeliz joven,
a esa tienda de campaña
te llevemos.
¡Qué dolor!
Marte, si a mi brazo encargas
tus glorias, ¿cómo permites
que una flecha disparada,
encendida del rigor,
busque en mi sangre la fragua?
¡Ay, cruel Isaura, que siempre
fue la hermosura tirana,
el triunfo quise lograr
para ponerle a tus plantas!
Llévanle Masarbal y los dos soldados, y quede Alorco.
Dentro.
¡Todos huyen!
Dentro.
¡Pues seguidlos!
Ya hallaréis quien aquí valga,
solo con su aliento, a todos
los temores de una infamia.
Salen Plaucio y todos los de la plaza.
Embisten a Alorco.
Date a prisión.
No podré,
porque el honor que me inflama
solicita con mi muerte
ilustrar mi repugnancia.
No te resistas.
¡Ah, viles
perros! Mas, que ya la raya
suelo de conclamación
pisaron los que afianzan
el seguro de Aníbal.
Válgame la retirada,
que es valor en la ocasión
volver al riesgo la espalda.
Vase.
No le sigáis, que ha muerto
Aníbal; no hay circunstancia
para triunfar de nosotros.
Aparte.
Sabe el cielo, aunque ingrata,
que vivo le aborreciera,
y que muerto le llorara.
¡Victoria por nuestro pueblo!
¡Viva nuestra antigua patria!
Mueran los cartaginenses.
Sirvan de alfombra a mis plantas.
En su fuga acaben todos.
Pues hagan seña las cajas.
A acometer.
A embestir.
Guerra, guerra.
Al arma, al arma.
Fin de la segunda jornada.
¡Viva el cartaginés Aníbal, viva!
El texto de esta página está escrito con una tinta muy desvanecida y resulta en su mayor parte ilegible. Parece tratarse de apuntes o un borrador de los últimos versos o de una escena.
Mueran los cartagineses
y [...]
En su favor, saguntinos,
Que asombran nuestros [...]
Y a [...]
Y a [...]
Padres [...]
El [...]
Firma y gran rúbrica en el centro de la página, muy desvanecidas.
Sacola Pedro Antonio Espinosa a 13 de junio de 1690
Joan López de Nava.
Aquí estuvo Marcia.
Francisco de la Laza.
Concuerda con.
Concuerda con su original que pasa ante mí a que me remito.
1200028864
L.º 15
Jornada 3.ª
N.º 25
Jornada 3.ª
3.ª
El fuego de las riquezas y destruición de Sagunto
Pedro Antonio
Por mandado
Ayuntamiento de Madrid
Página en blanco. Se aprecia el texto traslúcido del recto y algunos dibujos o garabatos.
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tt
Salen Plaucio, Lidoro, Alcón, y soldados
Ya Aníbal sanó.
¡Qué presto
cobra un tirano su orgullo,
viviendo a costa del fiero
veneno que infunde al mundo!
¡Qué presto, resucitando
al vigor, halla el injusto
cuna de sangre en que anima
cenizas de su sepulcro!
¿Y cómo el pueblo romano
ha olvidado, entre los triunfos
de Sicilia y de Cerdeña,
a los hijos de Sagunto?
El desamparo es trofeo;
que ya es nuestro olvido el suyo,
pues ni aun sus embajadores
#
Texto tachado en el margen izquierdo
Llegaron, según presumo,
a Cartago.
¡Qué prodigio!
¡Qué pasmo!
¡Qué horror, qué susto!
¿Qué voces son estas?
Luego
lo sabrás, pues entre el vulgo
llegan las mujeres, siendo
sus rostros ecos difuntos.
Salen las damas.
Plaucio, Albano, Lidoro, oíd.
¿Qué ha sucedido?
Procurad
encadenar las palabras,
que el delirio que articulo
os suspenderá la causa.
Dos presagios en un punto
sucedieron, con que el fin
de nuestra patria descubro.
Yo muero de pronunciarlo.
Cobra aliento.
El pecho en fuego...
pues que me pasma el suceso...
Fabio Torrez Catuso
Con las llamas del anuncio
de esa torre, de ese alcázar
que en nuestro castillo puso
Hércules, que le dio nombre
para los tiempos futuros,
debiendo a su autor la fuerza
de homenaje tan augusto,
se movieron los cimientos
tan lentamente que estuvo
la tierra como esperando
algún abrazo robusto
de la torre, siendo el seno
con esa fiera de su bulto,
y ni giró a la tierra el viento,
y a la respiración que tuvo,
batió alas perdices;
nube de piedras la torre,
y la tierra vapor de humo,
al aspecto malicioso
del torpe bastardo influjo,
vomitaron una sierpe
tan horrible que, si estudio
su pintura en sombras, temo
que no os mate su dibujo.
Nadie este suceso niegue,
que con historia arguyo;
era tan disforme el monstruo
que si en el cóncavo puro
de la torre se extendiera
circularmente difuso,
jeroglífico del tiempo,
con los dos términos juntos,
quedando la torre en medio
mordiera su cola un mundo.
Sacudiendo hechiceras
escamas que al cielo escuro
contra el acero esmeraldas,
y contra luz escudos,
infaustamente encendiendo
dos animados carbunclos
que amanecieron errantes
en el cenit de diurnos.
Reverberando en su cuello
espeso en fragmentos muchos,
la noche mintiendo soles,
el día llorando lutos.
Miró la ciudad, y atento
a su grandeza, a sus muros,
a sus fábricas toscanas,
+
a sus corintios asuntos,
a sus pirámides bellas,
flores de oro en que dispuso
el alba plumas de llanto,
el sol de sudores, arrullos,
diciendo al aire, girando
a los cristales que el curso
voló sobre plumas de agua,
pájaro vil de Netuno,
llegó al mar y, abriendo sendas
su enrizado cuello duro,
Caribdis retrocedía
a los golpes, onda abunda;
pues bebiéndoselo amargo,
vomitaba lo cerúleo,
siendo en el tropel inquieto
de los flujos y reflujos,
copia verde que cuajaba
los altos sauces vencidos;
el otro prodigio es
el mayor de cuantos hubo
en pueblos que ya no tienen
fábricas para caducos,
siendo el vestigio dudosa
línea de su antiguo punto.
No piensen que es fabuloso
este suceso, pues hubo
pluma que lo descubrió
e historiador que lo dijo.
Nació un niño, pero apenas
entre valientes angustias,
entre desmayadas fuerzas,
y entre dolores robustos,
salió al puerto de la luz
ignorante de su rumbo,
con el timón de sus quejas
sobre las olas del mundo;
apenas, vuelvo a decir,
nació el precioso tributo
de amor que esperó Himeneo,
desde un lazo que compuso,
cuando impaciente al contacto
de la tierra, frío y duro,
retrocediendo a la luz
los malogrados minutos,
al claustro materno, aquí
me pasmo, aquí me confundo,
volvió, porque el vientre sea
cuna, alimento y sepulcro.
Abrigo de la luz, y yo,
también de mis voces, y yo,
esquivo dolor,
los desalientos que pulso,
todos estos son presagios
en que nuestra ruina fundo,
desordenándose el pecho
con los sollozos que encubro.
Mas no obstante, oh valerosos
saguntinos, yo procuro
desde hoy, con cuantas mujeres,
Belona guerrera, junto,
morir defendiendo nuestra
patria, y a Diana juro
que, en caso (tiemblo al decillo),
que Aníbal, veneno ciego,
en Sagunto, horror funesto,
con sus armas golpee duro,
entre aclamando sus glorias,
antes que al pesado yugo
de la servidumbre entregue
la ingenuidad con que juzgo,
cargada de mis riquezas,
porque su ambicioso impulso
se apague encendiéndose.
Lo precioso en lo iracundo
del fuego me arrojaré,
construyéndome el confuso
altar de preciosas telas
que verde aliento compuso;
vestida de oro y de plata,
pira buscaré en el puro
activo elemento, siendo
para más sensible abuso
materiales que autoricen
de mi tragedia el preludio,
corriendo escarchadas líneas
entre caracteres rubios.
Nadie tema, peleemos
contra estos fieros que indujo
la codicia, mal vestida
de sus colores oscuros.
Morir o vencer. Ningún
medio decente discurro,
como mujer que pudiera
facilitar el refugio.
Y a último trance, quemando
vidas, riquezas, lujos,
con lástima al enemigo,
sin opulencia y sin frutos.
no en vano el alma adivina aquel suceso, Aretino; quien duda que me guió el brazo a la ruina.
Viendo para gloria nuestra,
y para castigo suyo,
el fuego de las riquezas,
y destruición de Sagunto.
¡Oh celtíbera famosa,
oh española peregrina,
patria noble saguntina,
para valiente, hermosa!
¡Oh mujer la más constante,
que mezclas con tus primores
en vaso de blancas flores
un corazón de diamante!
¡Oh beldad, en quien apura
la desdicha su accidente!
Morir pretendes valiente,
y naciste, en fin, hermosura.
Yo, que siempre celebrada
he sido, por lo temida,
antes que alentar vencida,
he de morir abrasada;
y cuando para la hoguera
le falte el fuego a mi fe,
con mi espada encenderé
llamas sobre lo que fuera,
y entre mortales cenizas
Compondrá mi ardiente ira,
como leño de mi pira,
cadáveres de enemigos.
Vamos, pues, a defendernos.
Vamos, pues, a asegurarnos.
Mujeres, no hay que atrasarnos,
que tenemos que ponernos.
De ver si hallaré ocasión,
para hablar con Aníbal,
que un viejo castiga el mal
con el bien de la razón.
Podrá ser que mi consejo
del último fin me aparte,
que para un joven que es Marte,
puede mucho un Numa viejo.
De Hércules al templo sacro
todos iremos rendidos,
por ver si nuestros gemidos
ablandan el simulacro.
Con fúnebres endechas,
nuestro lamento alternando,
iremos equivocando
voces, lágrimas y flechas.
Pues a esperar.
A sufrir.
A tolerar.
A vencer.
A pelear.
Y a saber
triunfar, perder o morir.
Vanse.
Sale Aníbal y soldados; puesta en medio la tienda real.
Pues quiso Marte que ya
de aquella herida cruel
que entre las flechas de acero
áspid del viento esperé,
sanase, soldados míos,
yo resuelvo a acometer,
no tanto ofendido ya
de la enemiga altivez
de Sagunto, cuanto a un
recelo, a temor infiel,
no de la fortuna, solo
de su bajeza, porque
indignamente cobardes
atropellasteis la fe
del oficio militar,
pues viéndome fallecer
entre dos iras, que se ve
poco mal y mucho bien,
a Rosaura seguisteis, a que
tiranamente crueles,
dejarme para sentir
la gloria de padecer,
fugitivos me dejasteis,
huisteis en fin a un tal
desorden que a la cabeza
quitas con alas los pies;
no se nombre nuestra fuga,
tácitamente se esté
entre sombras que fomenten
la ignorancia de su ser.
Y vive Dios, que si alguno
volviere segunda vez
a volar con el temor,
y con el susto a correr,
indignamente severo
sus errores seguiré,
hasta que tropiece incauto
en la artificiosa red
que paléstrico tejiendo
la fábrica de su arnés,
y sin aguardar mi furia
la flecha, hoguera o cordel,
en pedazos horrorosos
su cuerpo dividiré,
dando a cada arena una
Clarín.
¡Oh, jazmín, infame del clavel,
sustituyendo al morir
la torpeza del nacer,
más que seña escrita!
En el centro de la página aparece escrita la palabra "Dos", anticipando el siguiente verso.
Sale Tachado: Alarcos Marbal.
Dos galeras, señor, en que
Roma dos embajadores
te envía, son las que
en la costa de Sagunto
inquietamente rompen
lazos del aura sutil,
sobre cisnes de candidez.
Publio Valerio, con Quinto
Treblio, esperan que les des
licencia.
Marbal, al punto
volved, por respuesta, que
no puedo oír su embajada
en ocasión de tener
casi la plaza rendida,
con muertes, con hambre y sed,
fuera de que entre españoles
y entre celtíberos, que
dentro, y en las más altas
especies de proceder
su inmunidad mal segura
queda, y no quiero que estén
donde el sagmen del derecho
no se guarde como ley.
Señor, repara que Roma
se irrita.
No repliquéis,
y responded lo que os digo.
Vase.
Voy al punto a obedecer,
¡oh, cómo temo que el cielo
se enoje de tu altivez,
cayendo sobre Cartago
todo el romano poder!
¿Veis, soldado, mi respuesta,
cuán breve y sucinta fue?
¿Veis que aspiro a pelear
en caso de responder?
Codician la conveniencia,
romanas gentes, porque
no es razón que tenga yo
cuanto pudiera tener,
ni me culpen la injusticia
de querer triunfar, pues sé
que el poder de la grandeza
solo consiste en poder.
+
Que a suertes para adquirir
poco tuviera que vencer,
estrechándose el valor
al sentido de males.
Dejadme todos, y en tanto
vuestras armas prevendréis
para el último combate
en que espero resolver
mis triunfos, y premiar
vuestro mérito después.
¡Viva nuestro general
Aníbal cartaginés!
Vanse.
Siéntase Aníbal en su tienda de campaña.
¡Oh, Roma, cuándo constante
lograré en tu augusto solio
entrando en el Capitolio
más valiente que triunfante!
¡Ay, Rosaura, qué previenes
con afectos desiguales!
Dichas envueltas en males,
iras mezcladas con bienes.
Porque, ¿por qué a esta ciudad
me aborreces, u ofendida
Pero, ¿qué más defendida,
si la guarda su beldad?
Sobre el odio que atropella
de mi padre la memoria,
solo aspiro a esta victoria
para hacerse dueño della.
Quédase dormido y sale Ardid con muchos papeles.
De mis servicios leales,
hijos de mi espada fiel,
caballeros de papel,
vienen estos memoriales.
Llegué a la tienda real,
sediento de pedir bien;
pero aquí miro, ¡a quién!,
dormido, al fuerte Aníbal.
Si empieza a reñir soñando,
como lo acostumbra hacer,
y me viene a acometer,
con mi temor peleando,
ahora me hallará valiente;
de mi destreza se guarde,
que no puede ser cobarde
el hombre que es pretendiente.
Soñando.
A cometer, embestir,
a los romanos dad...
Cruz en el margen superior
Yo tomo
el salirme de aquí romo,
será negocio, Badió.
Ya está soñando, cuñado,
que un instante no repose.
Pelead, que ni a los dioses
temo, contra Roma armado.
Solo falta que me embista.
Aguarda, espera, enemigo,
que con las voces te sigo,
y te mato con la vista.
Ya con los brazos forceja,
ya con los dientes se ayuda,
ya se enfurece, ya suda,
ya suspira, ya se queja.
¡Válgame Dios, qué furor!
¡Qué vanglorias pretende ánima!
Valiente mi brazo esgrima
la espada.
La muerte en flor,
mi pretensión, mal seguro
estoy, si en este accidente
él me pasa de presente
lo que sueña de futuro.
Por uno y por otro lado
me embiste, señor, señor.
Sea tu despertador
mi temor desconcertado.
Mueran.
En furiosas señas,
con burlas y veras tratas.
Si sueñas, cómo me matas?
Si me matas, cómo sueñas?
A mis cascos,
vive el cielo,
que os mate a todos, triunfando
de Roma.
Yo voy volando
temiendo su furia.
Como cobra en sí Aníbal.
Un celo
discurre mi cuerpo, oh fiera
pesadez, de sueño aleve,
si eres grave, quién te mueve?
Si eres falsa, quién te espera?
Soñé que a Roma vencía,
o qué mal que imaginaba,
si con las formas soñaba
y con las voces vencía.
Este fingimiento mismo
desastre mío se nombra,
pues peleé con la sombra
en el vencido abismo.
Sale Alorco. #
Un soldado saguntino
pide, Aníbal, tu licencia
para hablarse.
A mi presencia
llegue.
Venid.
Sale Alcón.
Imagino
que vendrá a capitular
condiciones con que luego
se entreguen. Hablad.
El ruego
atento me has de escuchar.
Generoso Aníbal, a un viejo atiende,
que tu piedad con su razón pretende,
aunque pudiera con mísero quebranto
derramando la voz, pronunciar el llanto.
Cercada tienes a mi patria amiga,
antes esclava tuya que enemiga;
desmintiendo su pena
con el rumor de racional cadena
en cuyos eslabones
se atan los militares corazones
en ocho meses de estrechez, aquesta
es la ciudad la bóveda funesta
de cadáveres vivos que allí presos
van con la voz y paran con los huesos.
Siendo en suerte tan dura
con pocos años fea la hermosura
de mujeres que viven
de los amargos sustos que reciben
que para el fin que muertes representa
cada cual con veneno se alimenta.
Y hubo mujer que en la hambre mal sufrida
se comió mucha parte de su vida
pues bárbara y voraz, aquí me aflijo,
cebada en el cadáver de su hijo
gustosa con la sangre de su aliento
se vengó del dolor del nacimiento.
La sed es tanta que hay quien ha bebido
cuanto licor inmundo ha comprendido
y en falta de licores
halló la industria el agua en sus dolores
pidiendo con enojos
cristal al pecho y perlas a los ojos.
Una línea enmarca los versos 1 al 11 por la izquierda y por abajo, indicando una probable supresión para la representación.
destas calamidades tan horrendas
atiende, ilustre Peno, que cuando asciendas
repara que los hijos de Sagunto
quieren de todo punto
morir desesperados en defensa
de su patria. Repara que es ofensa
en derecho de gentes inviolable,
usurpar el dominio disociable.
En el mundo verás, cuando se vea
que ninguno posea
los bienes que son suyos,
queriendo que todos sean tuyos,
¿qué amigos tener puedes
si el derecho, la fe, la paz excedes?
La ley, que a qué obliga,
la injusticia es de todos enemiga;
y por esto es razón práctica y llana
que la causa en la guerra pierde o gana.
Y ve que los celtíberos descendientes
son de los celtas, nobles y valientes,
famosos en la España;
pues cuando salemos a la campaña
a pelear con otros, en llegando,
a morir uno, el otro peleando,
ha de morir también, o en feliz suerte,
a todos juntos ha de darles muerte.
Mira que esta es república florida,
de todas buenas artes asistida,
de varones ilustres gobernada,
insignes en la toga y en la espada.
Mujeres tiene nobles, valerosas,
armadas siempre con la luz de hermosas,
célebres en primores,
donde aprende el abril arte de flores.
Niños hay que, a los bellos de Cupido,
que, con la ceguedad en que han nacido,
de la guerra en el último despego,
la espada librarán, verán el fuego.
Esta, más populosa
ciudad de España, siempre religiosa,
fervientes en el culto de Diana,
el mar la rinde servidumbre cana,
que en los hombros sedientos de la arena
de negros barcos sufre la cadena,
hasta que llega el día
que la rompe feliz marinería.
Ea, pues, Aníbal, no en triste caso
quieras a tanta luz poner ocaso;
no sea de este triunfo la memoria
grande tragedia para breve gloria;
levanta el cerco, si mi llanto...
En vano,
aunque discurras que te escucho humano,
a mi piedad aspiras.
Pues si ablanda tu dolor,
te ofrezco mis gracias;
atento te he escuchado,
por venir de tu edad recomendado,
que las canas en todas ocasiones
son las primeras recomendaciones.
¿Que no hay piedad?
No canses con el ruego.
¿Que quieres ver tanta braveza?
Ciego,
entre las glorias que alcanzar presumo,
yo no veré el horror, miraré el humo;
vete de mi presencia.
Desairado,
y de Aníbal mi ruego despreciado,
volver no intento a la ciudad que espera
última ruina en ocasión primera;
entre los penos moriré violento,
por no ver de mi patria el fin sangriento.
Alarco, luego, al punto,
has de entrar en Sagunto
con embajada mía.
Obedeciente,
voy, aunque, si se advierte,
en tanta obstinación, es bien que incluyas
tratables condiciones.
No me arguyas.
+
la intención que, si no se entregan luego,
entraré en la ciudad a sangre y fuego.
Anibal =
Que con él en las líneas de valiente
cumpliré con las leyes de obediente.
Vase.
¡Ay, Rosaura!, por ti no he rehusado
con el pueblo obstinado
el último castigo de la guerra.
Tu hermoso sol ceñido funesto encierra.
Marte daré a tus plantas peregrinas
carrozas de cabezas saguntinas,
y por que esta república poseas
y único dueño de su patria seas,
quiero rendirla, siendo en tanta gloria
tuyo el laurel y mía la victoria;
y al último lance solo por respeto
de tu hermosura a perdonar prometo
a Sagunto, que amor, belleza, dama,
importan más que el odio y que la fama.
Vase y salen las mujeres vestidas de negro.
Al templo de Hércules todas lleguemos,
y en él aun las tiernas en furias esquivas,
el mármol sea blando con armas de lloros,
y nuestro enemigo a las voces se rinda.
La dulzura lamentable
A nuestra esclavitud redima
siendo a oídos ambiciosos
precio airoso la armonía.
Débase a nuestro concento
la libertad pretendida,
y rompa la consonancia
el lazo a la tiranía.
Llorando una vez cantemos,
para que Sagunto diga
que niñeces de el oído
son pucheros de la vista.
Cerbero sañudo
de la parca enemiga,
que despiertas temores
al trémulo batir de la cuchilla;
portero riguroso
de violenta malicia,
que en boca de cadáver
inficionas la luz y empañas vidas;
horroroso tropiezo
de la humana fatiga,
que viscos de odios tienes,
fríos troncos de desgracias guías,
campo de las Centurias,
cuyas duras primicias
Son la sangre que riega
espadas secas, fértiles espigas.
Guerra, en fin, cuyo nombre
sangrientamente explica
la infinita distancia
del orbe accidental de las desdichas.
En el margen izquierdo aparece la indicación: 4 =
Desaliéntense, suspiren,
lloren, giman,
corazones que en hielo se encienden
y en fuego se entibian.
Sale Plaucio.
Caja.
Hermoso concurso, a cuya
perenne diestra armonía,
suspendiendo los sentidos
al eco de sus delirios,
proseguid, pero ¿qué seña
de paz esta república
Y sobre esperanza fiera
nos parece más benigna.
Sale Lídoro.
Un embajador del campo
cartaginés, solicita
en nuestro Senado audiencia.
La solemnidad precisa
de entregarles a las guardas
la lanza, y roja
Admitida
queda, después de la seña.
Vase Lídoro.
Pues tú, Lídoro, le guía,
y a las voces del clarín
los Senadores asistan.
Tocan clarines y salen Lídoro y todos los de la plaza, y detrás Alorco.
Llega, que el Pretor es este.
Venerables canas, viva,
cuyos copos a mi fuego
con el respecto mitigan.
Siéntense.
Llegad y decid.
El grande
Peno Aníbal, gloria digna
de Cartago, honor de Marte,
pues en su escuela lucida
ocupa a los cinco lustros
el bastón de la milicia,
salud al senado y pueblo
de Sagunto hoy os envía;
y dice que, pues sus armas
van triunfando peregrinas
sin el golpe de la ofensa,
con la acción de la noticia
le entreguéis esta ciudad.
Mas para que vuestra vista
de los muros que defienden,
por los grados de ruinas,
vasos de mármol en polvo,
piedras de fuego en cenizas,
en ocho meses de asedio,
toda miseria os fatiga,
creciendo vuestros dolores
al compás de nuestras iras;
otro lugar os dará
para que vuestra desdicha
en menor edad espere
la luz de favorecida.
habéis de dejar las armas
en la ciudad donde sirvan
por causa de mantenerlas
contra el odio de esgrimirlas.
Del común erario os pide
las riquezas porque aspira
desde luego a poseerlas
sin el afán de adquirirlas;
y también vuestra opulencia
particular solicita,
que trabajos militares
con muchos premios se alivian.
Dos vestidos solamente
sacaréis, que si se mira,
no es tirano quien procura
que el enemigo se vista.
Estas son las condiciones;
con ellas a vuestras vidas,
mujeres y hijos perdona.
Aceptadlas, admitidlas,
que aunque os parezcan violentas
tienen rostro de precisas.
Duras son, pero, teniendo
a la fortuna enemiga,
a fierezas adornadas
del afecto el proferirlas
crueles parecen, mas siendo
Aníbal el que os domina,
nada usurpa de lo que
como vencedor os quita;
mas si obstinados, si altivos
intentáis...
Ya no prosigas,
que se injuria mi lealtad
esperando tu osadía.
¡Qué hermosamente interrumpe
de mi obediencia la línea!
Condiciones tan tiranas
no son para referidas;
y primero que a rendirlas
España un día consienta,
mas, ¡oh presagio fatal!,
por accidente se humilla,
según veo, la altivez
de aquella torre hacia
a la parte de Valencia,
sombra de bien construida.
Cayó en fin.
Dentro.
Este accidente...
La entrada nos facilita,
mi seña aguardad, soldados,
señor, el furor olvida.
Dura tragedia os aguarda
si no os volvéis apriesa;
¿qué respondéis?
Vase.
La respuesta
será de todas y mía,
llevando para el oído
las piedades de la vista.
Muera yo antes que Sagunto
al enemigo se rinda;
seguidme todas.
Atiende,
espera, mujer divina.
No puede parar en tanto
que mis deseos la sigan;
vamos todas.
Vanse.
Todas vamos
a ver lo que determina.
Ea, responded vosotros.
A condiciones inicuas,
en ocasión que Aníbal
ya su ejército encamina
por la brecha de la torre
Tocan cajas y clarines.
Así te respondo: avisa
trompeta al pueblo; con armas
unido el valor resista,
que yo ofrezco morir antes
que a la gran Sagunto rinda.
A tu lado moriré;
toca al arma.
Vanse los de la plaza.
Sale Aníbal.
Alorco, sirva
tu respuesta para freno
de la indomable codicia
de mis soldados. ¿Qué dicen?,
¿qué responden?
Lo que miras.
Leños sacan de sus casas,
fuego a su materia aplican,
dura obstinación sus pechos
alimenta; ¿quién no admira
que suavice la miseria
el ahogo de su ferida?
Consigo mismos terribles
furiosamente caminan,
y mirándose en el daño,
al peligro de la envidia.
Secos montes de los leños
Componen, en cuyas cimas
negros cadáveres yacen
entre las pavesas vivas.
Y las mujeres, cargadas
de sus posesiones ricas,
al orbe de fuego corren,
estrellas de oro lucidas.
Se verán pasar las mujeres, entre ellas Rosaura, entre unas llamas, todas cargadas de vestidos y joyas.
y entre ellas Rosaura
Espera,
aguarda, hermosura esquiva.
De mi patria amante soy,
con que vuelo, compasiva,
a mi ruina deseada
de su destrucción crecida.
Esperad, que ya os perdono;
¿qué le queda a mi desdicha,
cuando el triunfo se envilece
con la tragedia inventiva?
Dentro la voz: ¡Rosaura, Muzio!
Sale ya.
¡Oh, dolor que me martiriza!
Muerta Rosaura a las llamas
que engendró su pena misma,
arrebolando su nieve
la voracidad activa.
Morir pretendo furioso;
siegue universal cuchilla
cuantas vidas florecieron
con el fruto de encendidas.
Mueran todos, y yo muera.
Salen los soldados saguntinos retirándose de los de Aníbal, y Aníbal se pondrá a la parte de los suyos.
¡Arma, guerra!
Aunque consigan
el triunfo, no lograréis
nuestra esclavitud sufrida.
Éntranse todos en forma de batalla.
Dentro.
Muerto soy.
Valedme, dioses.
Dentro.
¡Cartago y Aníbal vivan!
Sale.
¡Qué lastimosa tragedia
y teatro de desdichas!
Las mujeres abrasadas,
las fábricas encendidas,
los diamantes deslucidos,
el oro envuelto en cenizas,
el fuego llorando perlas
y la plata envilecida.
¡Oh, valientes españoles,
ejemplos de la hidalguía
y lealtad a vuestra patria!
¡Oh, matronas saguntinas,
que habéis vencido a Aníbal!
Pues, creyendo mi malicia,
buscasteis entre las llamas
la piedad que yo tenía.
Llore una vez el valor,
viendo que en esta conquista
la gloria me sobresalta
el triunfo me atemoriza.
+
dejando para la historia
su lealtad ennoblecida,
llore el valor su constancia,
su fidelidad mi envidia.
Salen los soldados.
¡Victoria por Aníbal,
Cartago y Aníbal vivan!
¿Qué es esto, señor, pues cuando
logras triunfo que acredita
a la púnica nación,
te afliges, lloras, suspiras?
Pues, ¿qué causa...?
Vuelve a ese
espectáculo la vista,
y verás cómo mi llanto
nace de mi valentía.
Se correrá una cortina y se verán muchas llamas, y entre ellas mujeres y hombres y niños abrazados.
¡Horror, o triunfo, o lástima!
En esta ciudad que habitan...
Armas, pobre humano suelo,
llamas sobre piedras vivas.
Corriendo sangre las calles,
insensiblemente avisan
que bocas de piedra estables
heladas rosas vomitan.
Metales de oro y de plata
con líquida simpatía
espejos lucientes corren,
llamas preciosas caminan.
Con mayor enojo, intento
marchar contra Roma altiva
desde la Iberia; y la historia
verdaderamente diga
que el fuego de las riquezas
fue de Sagunto rüina.
Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar y la pura y limpia Concepción de la Virgen María, Madre de Dios.