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Texto digital de El fuego de las riquezas y destrucción de Sagunto

Data de publicação: 22 de agosto de 2026

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Comedia
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El texto procede de la transcripción automática de un manuscrito de la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid (signatura Tea 1-31-13).

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Citação sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El fuego de las riquezas y destrucción de Sagunto. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-fuego-de-las-riquezas-y-destruccion-de-sagunto.

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EL FUEGO DE LAS RIQUEZAS Y DESTRUCCIÓN DE SAGUNTO

Pag. 1

Libro 15 F Número 6 Número 25

cuatro reales de a ocho / diez y nueve... / cuatro / cuatro

Comedia famosa

Quien defendiere de que esta comedia es buena sin tener coscolitillos que hacer tenga a argüir con nosotros.

Del Legajo 54

El fuego de las riquezas y destruición de Sagunto

por mandado de los de Sagunto

Destruición de Sagunto

La destruición de Sagunto para...

Don Manuel Vidal y Salvador

No, señor mío.

María

No vale nada.

Sí vale y es buena.

Sebastián Llopt Llopt

Tanto valgo yo como tú...

Tea 1-31-13

Pag. 2

Maarbal, 5 Alcón, 5 Lidoro, 3 Lisandra, 8 Libia, 4 Ardis, que ha de ser sombra y música. Música. Manlio. Alcón. Lidoro. Ardis. Soldados.

Jornada primera

Pag. 3

Comedia famosa de el fuego de las riquezas y destruición de Sagunto. 2 De Don Manuel Vidal y Salvador Personas + Aníbal 1º + Masarbal 3º + Alorco 2º + Ardid gracioso + Soldados de Aníbal + Flaucio barba + Alcón 2ª barba + Lidoro galán 1º + Rosaura dama 1ª + Lisandra 2ª + Libia 3ª + Otras mujeres Soldados de la plaza, + Músicos

Jornada 1ª

Puesta la tienda de campaña a una parte, se descubren los muros y castillo de Sagunto, y salen Aníbal general, Masarbal teniente de general, Alorco, Ardid y soldados.

Aníbal.

Famosos capitanes excelentes,

que para el noble timbre de valientes

sin la experiencia de marcial estrago

os sobra el tener sangre de Cartago,

Pag. 4

Aníbal.

Soldados valerosos,

tan obedientes como belicosos

(que en la obediencia práctica se encierra

el primer instituto de la guerra),

el blasón africano

pende de vuestra mano:

Cartago, nuestra patria esclarecida,

no menos envidiada que temida

del romano poder, que altivo pecho,

vanidad de la paz, que vició el derecho,

funda su mayor gloria

en el amado fin de esta victoria.

Aníbal soy, este bastón me disteis,

después que a Amílcar y a Asdrúbal perdisteis,

entre estos enemigos celtiberos,

de suelo fértil, rígidos, severos,

que libre su república acreditan

con el veneno de oro que vomitan.

Si general me hicisteis solamente

por la ilustre memoria permanente

de mi padre y mi hermano,

este bastón ocupe nueva mano,

que yo tengo mi gloria afianzada

sobre la línea recta de mi espada.

Pag. 5

Aníbal.

Y en el presente asunto

de la famosa empresa de Sagunto,

para ser de la fama celebrado,

solo pretendo el nombre de soldado.

Todos.

¡Viva el cartaginés Aníbal, viva!

Maharbal.

¡Viva, que de esta república que altiva

el dominio le niega,

con voces triunfe el que con armas llega!

Alorco.

Para escribir su nombre mal seguros

se desaten en sílabas los muros,

y caigan con abrazos de las hiedras

los lazos verdes de las blancas piedras.

Ardid.

¡Viva!, y este soldado

que con nombre de Ardid fue graduado,

razón que entre festones de la guerra

se alimenta de pan y muerde tierra,

mate tantos bisoños saguntinos

cuantos la huerta me ofreció pepinos.

Aníbal.

Pues de Marte el imperio me rendisteis

y nuevamente general me hicisteis,

observad de las armas el derecho,

no deshagáis lo mismo que habéis hecho.

Salid a los campos.

Dentro.

Música.

¡Al arma, diana!

Pag. 6

Cruz en el margen superior

Música.

tu piedad soberana

Dentro, músicos.

Favor, clemencia, amparo,

contra un sitio cruel de un pueblo avaro.

Maharbal.

De el templo de Diana, cuyo asiento

fuera está de los muros, el lamento

de las mujeres dulce nos suspende.

Aníbal.

Y, con él, su concento me represente.

Mas por hacer de mi atención ejemplo,

la inmunidad respetaré de el templo,

ofreciendo a la Diosa

de tierno tronco lágrima preciosa,

cuyo suave perfume

levezas rindiéndolo, que ardiente asume,

y más cuando es dos veces mi sagrado,

por estar de mujeres habitado,

cuyos respectos puros

sobre nobles cimientos son los muros

que aquel que los trasciende

villano injuria que malicias ofende.

Y más, ¡ay, Dios!, si debe estar entre ellas,

como sol que presida a las estrellas,

Rosaura de Sagunto, cuyo nombre

traigo en esta sortija que aquel hombre

gallardo y valeroso...

Pag. 7

Aníbal.

que en la toma de Setaba famoso

pretendió defender, medio muriendo.

Su nombre leo y su hermosura entiendo.

Música.

Favor, clemencia, amparo

contra un siglo cruel de un pueblo avaro.

Aníbal.

Por más que me culpéis, dulces sirenas,

con acentos de horror, con voz de penas,

venceré, sin las llamas del espanto,

el anuncio cruel de vuestro canto.

Y que airadas juzguéis mi pecho, siente

que pueda ser villano el que es valiente,

que respetéis a todos os advierto

al templo y las mujeres; sacro puerto

tengan en la tormenta de la guerra

las sirenas acordes de la tierra;

y el que rompa la ley de mi precepto,

morirá por mi mano.

Maharbal.

Lo prometo,

quitar la vida al que violentamente

tanto sagrado profanar intente;

y mucho que me empeñe, si informado

de aquel noble de Setaba soldado,

sé que Rosaura, asombro de hermosura,

habita la mansión de su clausura.

Alorco.

Yo os ofrezco dar la muerte

Pag. 8

+

Alorco.

al que, tirano, descortés, furente,

se oponga a tu precepto.

¡Ay, Rosaura, qué mucho que sujeto

quede a la información de tu belleza,

milagro tierno de naturaleza!

Aníbal.

Antes, nobles soldados,

que, de vuestro valor estimulados,

empecéis a sembrar por este suelo

áspides de metal, lenguas de celo,

escuchad a Aníbal ciertas razones.

Si las admiten vuestros corazones,

se honren de tan osados y robustos,

siendo valientes con la voz de justos.

Los Ólcades, Vacceos, Carpetanos,

pueblos que siempre ufanos

civil derecho libremente vivieron,

a nuestras invasiones se rindieron.

Díganlo tan ilustres poblaciones

que, al aspecto de nuestros escuadrones,

apreciando sus vidas,

antes que amenazadas vi rendidas.

La ciudad de Carteya lo acredite;

con Hermandica, Arbocola repite

mis triunfos, mis victorias,

frío clarín el Tajo es de mis glorias.

Pag. 9

Aníbal.

Pues cien mil combatientes

venció nuestro valor en sus corrientes,

siendo en destrozo tanto

rémoras del cristal, ondas del llanto.

Pues lamentos, gemidos,

cadáveres en nieve convertidos,

del río el álveo desproporcionaban,

su peregrino curso equivocaban

cuando arenas de sangre detenía

y espumas de cadáveres corría.

La batalla de Cannas tan funesta

fue, que la Parca a mi denuedo opuesta,

con la mortal envidia que tenía

resucitaba a los que yo rendía;

con que en tan dura, en tan adversa suerte

la muerte era su vida, yo su muerte,

y a muchos, en confusos desconciertos,

les dejé de matar por verlos muertos.

Tres celemines de sortijas de oro

envié a Cartago, no por el tesoro,

sino porque se viera el estupendo

número de vencidos; pues sabiendo

que las sortijas de oro solo llevan

los que nobleza senatoria prueban,

de los nobles que son más ofendidos

Pag. 10

Aníbal.

Vean la multitud de los vencidos

y sepan que en victoria tan crecida

si el número es regla, la medida,

desde el seno ferrario al lactonense,

del fuerte certoneso al setabense,

la fértil Edetania

y rica Turdetania,

tengo el dominio; sola esta enemiga

república soberbia me castiga,

que de Roma asociada

desprecia los ejemplos de mi espada.

Asociada de Roma, otra vez digo,

aquel pueblo enemigo

de nuestra patria, que aun agora tiene

tratada paz, el odio que mantiene

inmortal sed de sus hijos fieros,

sin duda a los primeros

avisos de Sagunto,

tomará de la guerra por asunto,

que en el trato de paz sea comprendido

todo pueblo que a Roma se haya unido,

y con este pretexto romperemos

los Alpes, montes ásperos y eremos

de Italia en cuyas cimas navegando

Pag. 11

Aníbal.

ondas de hielo iremos abrasando,

para que vea Italia en tiempo breve

piras de fuego que ardan con la nieve.

¡Ea, africanos míos!

Vuestros guerreros bríos

la enemistad aliente

de la romana codiciosa gente.

De Roma digo, siempre codiciosa,

que altiva y belicosa

nos usurpó el dominio convenido

y de nuestros mayores adquirido

en Sicilia y Cerdeña,

fértiles islas donde el cielo enseña

flores de Ceres en sabrosas mieses,

frutos de Pales en nevadas reses.

Sagunto es corazón por donde asoma

con su malicia el tósigo de Roma.

Si el corazón vencemos,

por cadáver del tiempo dejaremos

las romanas ruinas,

siendo sus lenguas piedras saguntinas,

porque de ambos sucesos en la historia

uno sea el héroe y otra la memoria.

Castro alto es aquel que a nuestros ojos,

una legua distante, los despojos

Sello: Ayuntamiento de Madrid

Pag. 12

Aníbal.

La púnica batalla representa,

en la facción sangrienta,

murió mi padre Amílcar. Fiera

memoria, una villana

traición quitó la vida, duro estrago,

al heroico Asdrúbal, cuando de Tajo,

español, el criado vengativo

le mató con sus armas, aquí altivo.

El enojo, la rabia, el sentimiento

mueva vuestra piedad al fin sangriento

de vuestros capitanes africanos.

Vuestro crédito guíe vuestras manos;

ved que en Cartago Hanón ha persuadido,

con la atención que su malicia ha unido,

que soy joven sangriento y arrojado,

poco prudente para buen soldado;

que como soy de la facción Barcina,

no la razón, el odio es quien me inclina,

por mi sangre heredada,

a romper de la paz capitulada

(ley de los dos pueblos admitida);

sea nuestra facción la más valida;

joven soy, pero joven que me guío

más de la industria que del odio mío.

Amigos y capitán a un tiempo os llamo,

Pag. 13

Aníbal.

No dejéis en la vega verde ramo,

ni tronco vegetable, árido aspecto,

triste teatro, ruina miserable,

de Ceres y de Flora el campo sea.

Derrame en vez de flores Amaltea

lágrimas verdes, cándidos suspiros

a las espigas, que dorados tiros

del aura son, y en blando movimiento

bordan de julio el rico pavimento,

ofreciendo al sudor de sedientas manos

opima inundación de secos granos.

Encended, que mi aliento os presta llama,

creciendo el fuego al aire de la fama.

El agua, que de selva sierpe muda

aljófares destila, perlas suda,

quitad a la ciudad, cortando astuto

el camino al cristal, los condutos,

las acequias romped artificiales,

y ni aun para llorar tengan cristales.

Ea, nobles soldados, ea, amigos,

el cerco por tres partes está puesto;

yo antes que todos a morir dispuesto,

ningún recelo aguardo,

de nada me acobardo.

Pag. 14

Aníbal.

Que vive Dios, que si temer pudiera,

de mi temor corrido me muriera.

Riqueza, estimación, créditos, punto,

nos espera en la empresa de Sagunto.

Alorco.

Respiren los arneses

doradas llamas contra las mujeres.

Aníbal.

Al violento contacto del acero,

enciéndase el cristal más lisonjero,

para que beba la malicia cauta,

en copa de agua, riesgo de cicuta.

Ardid.

Quítese el agua, que entre tantas vides

no quieren beber agua los ardides.

Rómpase a las frialdades el camino,

y si quisieren agua, traigan vino.

Todos.

¡Viva Aníbal!

Aníbal.

Al campo.

Maharbal.

A la ribera.

Todos.

¡Viva Aníbal, y el saguntino muera!

Vanse.

Salen Rosaura, Lisandra, Libia y otras.

Música.

Favor, clemencia, amparo,

oíd el llanto de un pueblo raro.

Pag. 15

Rosaura.

Cercada la gran Sagunto,

patria nuestra, pueblo antiguo,

que los rútulos de Ardea

y los griegos de Zacinto

ilustraron con el noble,

el famoso, el peregrino

simulacro de Diana,

en cuyo templo aprendimos

preceptos que fortalecen

la industria de los sentidos.

Muerto Celauro en el breve,

sangriento, horroroso sitio,

sujetaba, que llevaba

en una sortija escrito

mi nombre en el oro impreso,

y en mis atenciones fijo

tal odio contra Aníbal

dentro mi pecho concibo,

que temo que no me mate

el veneno de decirlo.

Y que apenas, que arrebatando

el valor del albedrío

disponen con los alientos

la fuerza de los martirios,

no amé a Celauro, mas supe

su noble sangre, su brío;

y su amor, cierto sería,

supuesto que le he perdido.

Pag. 16

Lisandra.

Cerco puso a nuestra patria

el Africano, el altivo

Aníbal, hijo de Amílcar

y de las fierezas, hijo,

pues refieren que su padre,

cuando a nuestra España vino,

que en sus cuatro hijos criaba,

dijo: cuatro leoncillos

que a Roma bebiesen sangre

y a Sagunto oro fundido.

Cercada nuestra grandeza,

vuelvo a decir y repito,

con el odio que me lleva,

con la admiración que animo

de Aníbal, injusto joven,

que logra en sus desvaríos

la fortuna de premiado

con la gloria de temido.

Jove, si en la bruta fragua

del Etna ardientes ministros

nubes de ceniza son

a rayos del artificio,

¿para cuándo es el llover

centellas que al enemigo

abrasen, sin que lo entiendan

los hados ni los oídos?

Sabino.

Hoy acaban los afeites,

los melindres, los desvíos,

del filis también, adiós,

que no habrá algún compasivo

que al señorísimo nombre

Sello del Ayuntamiento de Madrid

Pag. 17

Sabino.

Efecto que de rendido,

Rosaura.

El odio.

Lisandra.

La saña.

Livia.

El susto.

Rosaura.

La ira.

Lisandra.

El enojo.

Livia.

El suspiro.

Rosaura.

Me precipita.

Lisandra.

Me ciega.

Livia.

Me tiene, tiemblo al decillo,

como una víbora suegra

y una dueña basilisco.

Rosaura.

Pero siendo yo, Rosaura,

de Sagunto, a cuyo esquivo

pecho fueron las victorias

mayores que los peligros.

Lisandra.

Pero siendo yo, Lisandra,

en cuyo valiente arbitrio

solo tuvo nombre el premio

con la expresión de castigo.

Rosaura.

A ningún susto me venzo.

Lisandra.

A ningún temor me rindo.

Rosaura.

Pues vive Jove, si encuentro...

Lisandra.

Jove vive, si diviso...

Rosaura.

A este Aníbal africano.

Lisandra.

A este joven atrevido.

Pag. 18

Rosaura.

¡Monstruo que alimenta el fuego!

Lisan.

¡Mármol que hiela el estío!

Las dos.

¡Le daré muerte!

Dentro.

Plaucio.

Talando

los campos el enemigo,

hojas no deja en que el viento

pueda arrullarse tranquilo.

Rosaura.

¡Qué horror!

Lisan.

¡Qué asombro!

Lib.

¡Qué pena!

Dentro.

Alcón.

Del fuego el mordaz camino

peina a las mieses el oro,

volviendo en humo los visos.

Los de la plaza.

¡Qué lástima!

Otros.

¡Qué desdicha!

Rosaura.

A nuestro voto preciso

acudamos, si es que el fiero

Aníbal en este sitio

del templo, que de los muros

de Sagunto desunido,

sagrada esfera es que tiene

por móvil al cielo mismo,

nos deja atento.

Lis.

No esperéis

su atención, porque imagino

que ofenderá con intentos

el que mata con avisos.

Pag. 19

Rosaura.

Entrad cantando a Diana,

decid con fúnebres himnos:

gloria de Palancia,

prenda de Saginto,

oye lamentos que cláusulas hablan,

mira primores que blandos suspiros.

Vanse con la música y queda Rosaura.

Rosaura.

¡Oh, amada patria, asediada

de un africano temido,

joven cartaginés,

mal guiado y bien nacido,

soberbio por lo que emprende

y por lo que alcanza altivo!

¡Cómo mi corazón,

temerosamente fino,

llora la infelice ruina

que el hado que me previno,

esta vez bañe tus muros

con mis lágrimas, que fío,

llorando, estatua llegar

de mármol de su edificio!

Sale Aníbal.

Aníbal.

A Diana llegué al templo,

confirmando el ya ofrecido

voto de no profanar

lo sagrado del recinto,

por ver si acaso pudiere

saber del bello prodigio.

Pag. 20

+

Estará Rosaura con el lienzo a los ojos.

Aníbal.

de Rosaura, pues aquel

de Setava lo bendijo

al morir: «Toma, Aníbal,

esta sortija. Y si he sido

con lo ilustre de mi muerte

de alguna fineza digno,

solo te pido que en caso

que llegues a poner sitio

a Sagunto, a esta hermosura,

cuyo nombre en oro limpio

mandé escribir, la perdones

la vida y, tú agradecido,

encuentro aquí, según miro.

Con sus lágrimas me aguardo,

sin duda seré el vencido.

Rosaura.

Mas por esta parte llega

un soldado, y solicito

huir de su vista.

Aníbal.

Atento

la preguntaré, advertido,

si es que a Rosaura conoce.

Rosaura.

Mas decíale de término

Pag. 21

Rosaura.

que le diga a Aníbal cómo

yo con el odio que animo

bastara a darle la muerte.

Aníbal.

Su llanto temo nocivo.

Rosaura.

Sus armas desprecio osada.

Aníbal.

Más me suspendo que animo.

Rosaura.

Más que desestimo venzo.

Aníbal.

¡Mujer!

Rosaura.

¡Soldado!

Aníbal.

¿Qué he visto?

¡Dioses, suya es la victoria!

Rosaura.

¡Qué galán joven, qué digno

de mi atención!

Aníbal.

¡Tal belleza

no he visto, cielos divinos!

Rosaura.

Tan airoso, tan bizarro

soldado parece que hizo

menos culpable el reparo,

y más hidalgo el motivo.

¿Qué ibas a decir?

Aníbal.

Turbado

a tu vista solo digo

que hablo con las atenciones

de las luces que distingo;

¡qué beldad! ¿En qué ibas

a mandarme?

Rosaura.

Persuadido

mi pensamiento a que fueses

Pag. 22

Rosaura.

del campo contrario quiso

fiarte una diligencia.

Aníbal.

Deja que extrañe el motivo

de mirarme como opuesto

para honrarme como digno.

Rosaura.

¡Qué discreto!

Aníbal.

¡Qué divina!

Rosaura.

Mas ¿cómo, cielos, inclino

mi atención a quien odioso

sigue contrario caudillo

a mi patria?

Aníbal.

Pero ¿cómo

compone el aliento mío

alabar como triunfante

y empezar como vencido?

Rosaura.

Adiós, soldado.

Aníbal.

Adiós, bella mujer.

Rosaura.

Mas no sé qué grillos

fabrica mi pensamiento

con los yerros del destino.

Aníbal.

Mas no sé qué propensión

en este caso averiguo,

que en la muda indiferencia

culpa la ley de mi arbitrio.

Rosaura.

Oye.

Aníbal.

Escucha.

Rosaura.

Di a Aníbal,

a ese fiero, a ese enemigo...

Pag. 23

Rosaura.

joven que engendró Cartago,

embrión de basilisco,

reducido a humana forma,

a ser asombro, o prodigio;

Rosaura.

que una mujer ofendida

de su nombre, que ha podido

con las voces de tirano

tener nombre de ofensivo,

basta a defender su patria;

y que si, acaso atrevido,

no respetare el sagrado

de ese templo en que vivimos

las que dejamos hermosa

la solemnidad del rito,

con las armas de su ofensa,

que son las que un pecho limpio

fortalece con la sangre

y afila con el juicio,

le daré muerte.

Aníbal.

Obediente

seré de suerte que fío

que aunque yo quiera callarlo,

no quede el dejar de oírlo

que ofendida...

Rosaura.

Qué cortés.

Aníbal.

Mas si bien lo he discurrido,

será excusado el decirlo

lo que su beldad me ha dicho.

Pag. 24

Rosaura.

¿Por qué?

Aníbal.

Porque asombrado

estoy dentro de mí mismo,

según que Aníbal conozco

y sus tratos examino,

que en viéndote ha de amarte

lo mismo que yo te digo.

Rosaura.

¿Ves?

Aníbal.

Que a tantas perfecciones

como tú, hermosa, has unido

tuviera la oposición

más fealdades que el delito.

(Aparte.)

Rosaura.

¡Qué atento, qué cortesano!

Si fuera como el que miro

Aníbal, ¡qué bien pudiera

por la urbanidad rendirlo

y hacer que quitara el cerco

de mi patria!

Aníbal.

Yo te pido,

pues hermosas diligencias

quieren medios peregrinos,

me digas si acaso vive

en Sagunto...

Rosaura.

¿Quién?

Aníbal.

Me explico

tan mal, que bien no me acuerdo

de lo que nunca me olvido.

Mas esta sortija explique

el nombre, porque es preciso

que escondan voces de oro...

Pag. 25

Pronunciaciones de Vidrio, dando la sortija.

Rosaura.

En la nieve de su mano

veo el temor que respiro.

¿Es cuidado o es respeto?

Más de uno y otro me libro,

de este por si no lo fuere

y de aquel por si lo ha sido.

Vuélvele la sortija.

Aníbal.

No he de verla,

nada temas,

discreta beldad, conmigo

que accidentes del contacto

no son del alma artificios.

Rosaura.

Lee el nombre,

con los ojos

podré excusar el peligro.

Hace que lee de la sortija que tendrá Aníbal.

Aníbal.

Y Rosaura de Sagunto

leo el nombre, acaso digno

de admiración, él sin duda

dio muerte a Zelaura.

Aníbal.

Admiro

que una prenda un nombre a quien

suspende muchos sentidos

conocer a esta mujer.

Rosaura.

Si por señas que imagino

para el fin de conocernos

es para el lazo de unirnos.

Pag. 26

Aníbal.

Cielos, ¿si será Rosaura

esta mujer a quien rindo

un corazón sobornado

a las llamas que domino,

¡que es hermosa!

Rosaura.

En opinión

tiene el atributo esquivo,

ella dice que no, y yo

también defiendo lo mismo.

Aníbal.

En librarla me empeñé

de este asedio.

Rosaura.

Lo imagino,

según que a Rosaura tengo

el corazón comprehendido,

que quien no libra a su patria

mal libertarla previno.

Rosaura.

Mas, ¿qué me detengo?

Aníbal.

Mas,

¿qué aguardo?, que mal vencido

no vengo dulces pasiones

cuando amargos odios sigo.

Rosaura.

¿No es mi enemigo?

Aníbal.

No es,

Sagunto el pueblo asido

de Roma y en castro alto

Pag. 27

Aníbal.

En duro, ardiente conflicto,

¿no dieron muerte a mi padre?

Rosaura.

Pues, ¿cómo desautorizo

una enemistad que tiene

tan soberano principio?

Aníbal.

Pues, ¿cómo agravio la acción

de mi poder, vengarlo?

Rosaura.

¡Muera Aníbal!

Aníbal.

¡Y Sagunto

muera! Mas no hablo contigo,

que a tu vista los respetos

son las armas que acredito;

y a estar dentro de los muros

tu deidad, te certifico

que ofendiera, temerario,

al pueblo.

Rosaura.

Yo solicito

su defensa, casi en caso

de ver el pueblo afligido,

entraré en él por poder,

descubriendo a mi enemigo

Aníbal, darle la muerte.

Aníbal.

Excusado será el tiro.

Rosaura.

¿Por qué?

Aníbal.

Porque yo...

Sale Lisandra.

Lisandra.

¡Rosaura!

Aníbal.

¡Mas, qué veo!

¡Mas, qué he oído!

Lisandra.

Aquí un soldado...

Pag. 28

Aníbal.

Esta es,

Rosaura, el hermoso hechizo.

Rosaura.

¿Qué decías?

Lisandra.

No sabré,

oyéndonos referirlo.

Rosaura.

Sígueme, vamos.

Lisandra.

Pero antes,

pues la ocasión lo ha traído,

no puedo excusar, por Dios,

señor soldado, el deciros:

Tenéis traza de valiente;

ese garbo es muy nacido

para la guerra; y, no obstante

todo esto que os tengo dicho,

si vuestro capitán

Aníbal es el valido

de Marte en España, yo

a los dos desafío;

y no hagáis chanza del duelo.

¡Sacros globos cristalinos

que con pies de fijos astros

van caminando a los siglos,

juro que he de mantener

el homenaje prescrito,

porque al bizarro desmiente

de Aníbal el nombre invicto,

que, no obstante vuestro modo

que me parece distinto

del que el rumor de ese joven

Pag. 29

Lisandra.

Arrojado háseme ofrecido

solo por consideraros

soldado suyo. Confirmo

el duelo de antes, así

a Dios. Lo dicho, dicho.

Vase.

Aníbal.

Oíd, esperad.

Rosaura.

¿Por qué?

Aníbal.

Qué graciosamente dijo

que no hay contra las mujeres

armas en un pecho limpio.

Rosaura.

¡Qué saguntina, qué noble!

Aníbal.

Pues venturoso descuido

que eres Rosaura.

Rosaura.

Pues sé

que está empeñado tu brío

en librarme.

Aníbal.

Este favor

te he de deber.

Rosaura.

Yo te pido

esta fineza.

Aníbal.

Di, ¿qué es?

Rosaura.

Que no entres en Sagunto.

Rosaura.

Indicio

me das de que no has de hacer

lo que con lágrimas insto,

y es que ruegues a Aníbal.

Aníbal.

Pues no le queda albedrío

ni para no defenderte

ni para dejar el sitio.

Pag. 30

Rosaura.

Que no obra piedad...

Aníbal.

Su llanto

será hermoso, aun ofendido,

que no has de vencerme.

Rosaura.

Solo,

viviendo en mi patria, vivo.

Dentro.

Música.

Gloria de Palancia,

prenda de Sagunto,

oye los acentos que claveles abren,

mira primores que hablan los suspiros.

Dentro.

Los de la plaza.

Al humo el viento es carroza,

¡qué estrago, qué horror, qué abismo!

Dentro.

Los de Aníbal.

Ya no hay ramas para el fuego

ni troncos para el cuchillo.

Rosaura.

Mas la piedad...

Aníbal.

Mas el campo...

Rosaura.

Me llama.

Aníbal.

Me espera activo.

Rosaura.

Adiós, soldado.

Aníbal.

Adiós, bella

Rosaura, a quien sacrifico,

con el honor de las armas,

de los triunfos el alivio.

Rosaura.

Quiera el cielo...

Aníbal.

El cielo quiera...

Rosaura.

Que en la guerra...

Aníbal.

En el conflicto...

Pag. 31

Rosaura.

No me sepulten las llamas.

Vase.

Aníbal.

No te prenda mi cariño;

mas con Alorco Masarbal

llega, sabré desde luego,

si la tempestad de fuego

y el Vesubio de metal

en la fecunda campaña

troncó de sazón o flor,

siendo la cuchilla ardor

y siendo el fuego guadaña.

Salen Masarbal y Alorco.

Alorco.

Bien nos avisó el soldado,

pues junto al templo le veo.

Maharbal.

Ya, Aníbal, en nuestro empleo

el campo queda talado;

ya de todo somos dueños,

pues reservamos astutos

para alimentar los brutos,

para sustentar los leños,

próvidamente la tierra

hace con modo eficaz

las delicias de la paz

instrumentos de la guerra.

Aníbal.

Triunfar de mis enemigos

con mucha razón espero,

pues a los dos considero

Pag. 32

de mi valerosa diestra, / que la ardiente porfía

Aníbal.

tan valientes como amigos.

Alorco.

Como en tu ejército hacemos

todo lo que deseamos,

en la obediencia encontramos

el precepto que queremos.

Maharbal.

En el campo en que preside

tu prudencia y tu valor,

la obediencia, en el amor,

el mismo precepto pide.

Aníbal.

Llamada de paz han hecho.

Alorco.

Sin duda piedad pretenden.

Aníbal.

Mi rabia, mi enojo encienden,

no la esperen de mi pecho.

Maharbal.

De su pena mal seguros

y de nuestra actividad,

los héroes de la ciudad

van coronando sus muros.

Véanse sobre los muros Plácido pretor, viejo, Lidoro y Alcón, 2º barbas, con otros.

Plácido.

Levanta el cerco, Aníbal.

¡Qué motivo tan injusto,

o es engaño de tu gusto,

o premisa de tu mal!

Aníbal.

No esperéis tener consuelo

en mi furia bien fundada,

que con la mano en la espada

Pag. 33

En la parte superior de la página aparecen tachados los siguientes versos: "Ni temo que avive en mí el hielo / No es con justicia siniestra / de mi valerosa diestra / la que a esta ciudad me embía / sabía la ardiente porfía = cobrar la ciudad por mía / a ganarla como mía / o ganarla como vuestra / y a dejarla como...". A la izquierda, un recuadro indica su supresión con dos "no". En el margen izquierdo se escribió la versión definitiva de los primeros versos de la página.

Aníbal.

De mi valerosa diestra

sabrá la ardiente porfía

cobrar la ciudad por mía,

o quitárosla por vuestra.

Plaucio.

No desmayéis, ciudadanos,

y aunque lastimado siento

que are a los campos el viento

y siembre el fuego los llanos,

contra rigor tan civil,

contra tanto voraz rayo,

vendrá más bello otro mayo

y más florido otro abril.

Aníbal.

Querrá Marte que yo adquiera

el dominio que ya es mío,

y podrá ser que tu brío

acabe en mi primavera.

Lidoro.

De nuestros bienes armados

no tememos la fiereza.

Aníbal.

Pues esa misma riqueza

convida más mis soldados.

Alcón.

Los saguntinos famosos

hasta hoy no han sido vencidos.

Maharbal.

El vernos más resistidos

Pag. 34

Plaucio.

Nos hará más valerosos;

ciento y cincuenta mil son

los que cuenta combatientes;

si todos fueran valientes,

temieran tu oposición.

Aníbal.

A tu cuenta le faltó

el acero en fuertes modos,

pues peleo como todos,

y en cada uno estoy yo.

Plaucio.

Para once años de guerra

Sagunto tiene que dar,

sin los auxilios del mar

y socorros de la tierra.

Aníbal.

Pues mi campo se alboroce,

porque si en bélicos daños

solo os resistís once años,

os rendiréis a los doce.

Plaucio.

Viéndose Roma tenaz,

embajadores ordena

a Cartago, y te condena

por violador de la paz.

Aníbal.

No intente Roma reñir,

mi valor y mi poder

hace justo siempre ser

por el fin de conseguir.

Plaucio.

El odio que cruel mantienes.

Pag. 35

+

Aníbal.

Tendrá sucesos fatales,

yo no temo nuestros males,

esperando vuestros bienes.

Lidoro.

En cada uno hallaréis

un vivo que se resista.

Alorco.

A los rayos de mi vista

todos os ablandaréis.

Alcón.

Sois soberbios, y en rigor

huiréis con indigna mengua.

Maharbal.

Peleando con la lengua

mal se acredita el valor.

Tocan.

Aníbal.

Hablen las astas y hablemos

con los aceros marciales.

Clarín.

Plaucio.

Del clarín a las señales,

fuertes os responderemos.

Aníbal.

¡Al combate!

Plaucio.

¡A la defensa!

Maharbal.

¡A la invasión!

Lidoro.

¡Al reparo!

Alorco.

¡A la escalada!

Alcón.

¡Al amparo!

Aníbal.

Industrias mi ingenio piensa.

Plaucio.

No hay arte en tu furia loca.

Pag. 36

Maharbal.

A combatir.

Lidoro.

A esperar.

Alorco.

A disponer.

Alcón.

A triunfar.

Unos.

Toca al arma.

Otros.

Al arma toca.

Fin de la primera jornada.

Pedro Antonio Espinosa

Pag. 37

Página con múltiples pruebas de pluma, firmas y garabatos desordenados. A continuación se transcriben los fragmentos legibles:

Señor Morales, vecino de Huércal-Overa.

Morales. Morales.

Juan.

don Francisco de Sales.

querido, santo, chantre.

Maestro Cristo de Burgos.

que te quiero, señor...

es delito.

Sánchez Muñoz.

querido, querido, donde.

don Ginés de Valdés.

Señor, tenga vuestra merced...

vuestra merced, señor don Ginés de Valdés.

Pag. 38

Página con diversas pruebas de pluma, firmas y garabatos ilegibles, sin texto de la obra.

Pag. 39

Página en blanco salvo foliación y traspaso de tinta.

Pag. 40

De la mano y pluma de don Antonio Eusebio Laplana. Año de 1692.

Yo, señor mío, la de vuestra merced hereje.

Pag. 41

L.º 15

No vale nada porque no tienen los corchetillos qué hacer.

1966, 16, 1960, 1966, 20356.

N.º 25. Cajón 1.

Los examinadores.

Sí vale porque los coletillos la echan a perder [texto tachado ilegible].

El fuego de las riquezas y destrucción de Sagunto.

18, 18, 18, 54.

Mayo 15 de 1690 años.

Pedro Antonio de la Espinosa.

Quiero ver.

Senado Villa. Precio.

La Mermellona.

El caballero pinganillo.

Cosme Llorens.

Huéscar.

No estoy.

Pag. 42

Página con pruebas de pluma, dibujos y operaciones matemáticas.

Jornada segunda

Pag. 43

Sale Aníbal, de noche.

Aníbal.

Lúcido borrón del mundo

que en el espacio del viento

derramas torpes asombros,

agotas medrosos sueños;

fúnebre dosel en cuyo

mal reconocido asiento

tranquilas adoraciones

goza la sombra del miedo;

¡oh, noche, que tiranizas

de la luz el claro imperio,

aprisionando la ilustre

serenidad del reflejo!

Valiente sosiega el campo,

descansa el valor guerrero;

con su quietud respiran,

dulce desmayan silencio,

todos duermen al cuidado

solícito de un despierto,

que en la guerra sabe ruidoso

y pende de un movimiento.

Llegué hacia el templo sagrado

el campo reconociendo,

que quien preside en la guerra

ha de observar siempre atento.

Pag. 44

Aníbal.

Y a las vueltas cada uno

cargan infinitos riesgos,

y que camina la industria

con pasos del desaliento,

cuando duerma el capitán,

ha de ser con el pretexto

de un descanso necesario

para un trabajo violento.

Horroroso el campo miro,

Marte heroicamente diestro

le sembró de muertas vidas,

lo regó de duros pechos.

Este horror es gloria mía

que uniforme recreo

de mi imperial reflexión,

duerman todos que lo velo.

Mas, ¡ay!, divina Rosaura,

en cuya memoria ardiendo,

aguardo el triunfo asistido

de mi amante rendimiento.

Sale Lisandra con espada y capa y sombrero, vestida de hombre, y queda a una.

Pag. 45

Tachado: Vase Aníbal.

Lisandra.

Porque el vestido acompañe

a mi varonil esfuerzo,

elijo el disfraz y aspiro

a ilustrar el fingimiento.

Furioso mi pecho vive

desde que, estrechando el cerco,

Aníbal, tirano injusto,

de las gentes el derecho

rompe, violando la ley

de paz que el romano pueblo

con el de Cartago dio;

y de suerte le aborrezco,

que por quitarle la vida

moriré yo, suponiendo

que quien muere por su patria

se castiga con el premio.

Con este furor, con esta

rabia he salido del templo,

fiando a mi furia toda

la ejecución del acero.

Que contra un tirano no hay

cobarde que quiera serlo,

animosa y agraviada

de sus crueldades, que es cierto

que es agravio de los justos

Pag. 46

Lisandra.

A nombre de los soberbios

vengo a buscarle a su campo,

no me culpen el empeño,

que hay osadías que hacen

ilustre el arrojamiento.

La puerta del templo abierta

me dice que, como el pecho

defiende el sagrado, que

el templo nos defendemos.

Aníbal.

Más pasos siento a esa parte.

Lisandra.

Rumor a esta parte siento.

Aníbal.

¿Quién llega?

Lisandra.

¿Quién va?

Aníbal.

Del nombre,

seña y contraseña luego.

Lisandra.

Soldado por nombre doy,

por seña que soy de Puerto,

y por contraseña, que

solo a desafiar vengo

a Aníbal, que entretanto

que vos le aviséis espero

a esta parte. Ved, soldado,

mi corto razonamiento.

Aníbal.

Osado y sucinto sois,

vive Marte, que entiendo

Pag. 47

Aníbal.

Que venís muy engañado

por las sendas de resuelto,

¿sabéis quién es Aníbal?

Lisandra.

Bastantes noticias tengo,

que siempre rumores malos

llegaron a oídos buenos.

No repliquéis, y avisalde...

Aníbal.

¿Lo mandáis?

Lisandra.

De mi precepto

no hagáis burla, o reñiré

con vos.

Aníbal.

Sois hombre de duelo.

Lisandra.

Sé cuándo debo reñir,

y que con vos reñir debo

aunque fuerais Aníbal.

Aníbal.

Que no me apuréis os ruego,

que si pierdo la paciencia...

Lisandra.

No la perdáis, que antes quiero

que riñáis con la ventaja

de no perder lo que pierdo.

Aníbal.

¿Queréis morir a mis manos?

Lisandra.

Paciente sois, vive el cielo,

si es que el vestir las palabras

es desnudar los aceros.

Aníbal.

Pues seguidme a esta otra parte,

porque alborotar no intento

el campo.

Lisandra.

Para reñir.

Pag. 48

Lisandra.

Podéis elegir el puerto,

que yo no admito presagios

en materia de sucesos.

Aníbal.

Vamos.

Lisandra.

Ya os sigo.

Vanse.

Sale Maharbal.

Maharbal.

Informado que Rosaura

segura en el templo,

y que excede su hermosura

la idea del pensamiento,

porque autorice el milagro

la constancia del obsequio,

vengo, por si acaso fuese

tan dichoso mi respeto

que abriese luz misteriosa

puerta a mi conocimiento.

Sale Alorco.

Alorco.

Sabiendo que está Rosaura

en el templo, y que su celo

mereció a Diana toda

la ley de su hermoso imperio,

llego, por si mereciese

con la decencia del ruego

ver perfecciones que agravia

la sombra vil del deseo.

Maharbal.

Mas pues en falso han dejado

del templo la puerta, quiero

ver si camino dichoso

Pag. 49

Maharbal.

donde me introduzco atento.

Vase.

Alorco.

Feliz quien camina sin

el cuidado de los riesgos.

Mas, ¿qué sale de esta puerta?

Hasta el umbral ver pretendo,

si usurpa el descuido algunas

reflexiones al intento.

Vase.

Se han entrado los dos por la puerta del templo, y vuelven a salir Aníbal y Lisandra.

Aníbal.

Aquí experimentaréis

mi valor; pero os confieso

que os dejará más suspenso

mi advertencia que mi acero.

Lisandra.

No teme mi corazón,

y así venid, advirtiendo

que no tengo más reparo

en morir que en defenderos.

Aníbal.

¡Fuerte brazo!

¡Temeraria resolución!

Dentro cuchilladas.

Dentro.

Rosaura.

En el templo

traición profana amenaza

la ruina del sacrilegio.

Dentro.

Todos.

¡Piedad, Diana, piedad!

Lisandra.

Grave caso.

Pag. 50

+

Aníbal.

Crimen fiero.

Salen Mabarbal y Alorco por la puerta mesma del templo riñendo.

Maharbal.

Quién sois pretendo saber.

Alorco.

Yo callarlo.

Sale Rosaura y las mujeres con luces.

Rosaura.

En seguimiento

de los dos sea mi luz

la que corrija dos ciegos.

Suspended las iras, si es

que yo indignada os suspendo.

Mas Lisandra aquí y en este

traje, ¿qué puede ser esto?

Aníbal.

Sin duda Mabarbal y Alorco

atrevidos deslucieron

atenciones que dispuso

la gloria de mi decreto.

Maharbal.

Aquí Aníbal, aquí Alorco,

ya culpo mis desaciertos,

que la dicha de un engaño

dura hasta no conocerlo.

Lisandra.

Confusa como indignada

con esta experiencia quedo.

Pues si mal no lo distingo,

este es el soldado mesmo.

Pag. 51

Lisandra.

que un día me encontré bizarro

con Rosaura en este puesto.

Alorco.

Que presto a los desvaríos

castigan los dioses, siendo

luz de el castigo, la torpe

sombra de el atrevimiento.

Aníbal.

Vive Dios, que aunque el disfraz

la verdad oculte, entiendo

que esta es la mujer hermosa

que vi en este sitio mesmo

con Rosaura; si vení

con ella, disculpa tengo

en no vencerla; pues siempre

las hermosuras vencieron.

Rosaura.

Aquí miro aquel soldado

que, cortesano y discreto,

ocultó su nombre y hace

garboso el impedimento,

que no puedo creer que él sea

tan profano y desatento,

que a la inmunidad destruya

el inviolable decreto.

Soldados, que persuadidos

de un terror llegáis sirviendo

al dominio malicioso

de vuestro arrebatamiento,

jóvenes mal informados

de la razón, que asistiendo

Pag. 52

En el margen izquierdo hay texto tachado y apenas legible, posiblemente acotaciones o nombres de personajes.

Rosaura.

A la voluntad debistes

traición al entendimiento.

¿Cómo podéis, aunque el odio

añadir al enemigo

la violencia de lo feo?

¿Sabéis que este templo es

cándido, fragrante suelo,

donde es llama que ilumina

el humo de los sabeos?

¿Sabéis que de casta diosa

sacro bulto, mármol ceño,

sensibles horrores suda

de vuestra malicia el fuego?

Y, en fin, ¿ignoráis que en él

vivimos las que aprendemos

candideces de holocaustos

sobre obediencias de celo?

Descortésmente enemigos

procedisteis conociendo

que vivimos las mujeres

pendientes del garbo vuestro.

Cuando no, fue acción tirana

asustar hermosos pechos,

que al regazo de un descuido

gozan primores de cielo.

Débase a vuestro delirio

la reflexión, que ya es menos.

Pag. 53

Rosaura.

Culpable en lo arrepentido,

la indecencia de lo fiero.

¡Ah, vive Diana!, que

a entender que hicierais, necios,

preciso vuestro cuidado,

contingente el susto nuestro,

que vuestro campo abrasara

mi dolor, descomponiendo

ordenanzas militares

la voz de mi sentimiento;

antes que humano peligro

nos amenace, sabremos,

sin latir pasiones vivas,

cadáveres defendernos;

y esta luz artificial,

cuyo trémulo ardimiento

blancas lágrimas enciende

y, sujeto, llora negro,

para abrasar nuestras vidas

será precioso instrumento;

pues, elevando su llama

al indefectible techo,

por la duración intacta

del incorruptible enebro,

arderá el templo, y nosotras

materialmente arderemos,

cenizas siendo de cedros.

Pag. 54

Cruz en el margen superior.

Rosaura.

Para eternizar el fuego,

a cuyo fin determino

a degüello.

Aníbal.

Suspende el vuelo

y deja, mujer peregrina,

si no quieres que el funesto

anuncio me mate, quitando

todo el valor al suceso.

Rosaura.

No me detengas.

Aníbal.

Espera,

que satisfacer pretendo

por todos tres como nobles,

aunque falta el sentimiento,

pues los que en el templo entraron

con la fe de caballeros

darán satisfacción, y

no quedaré satisfecho

hasta averiguar del caso

la verdad; y juro al cielo

que si descubro en los dos

vil motivo y mal siniestro,

les daré muerte, aunque pierda

todos los triunfos que espero.

Y por no ser conocido

de los que mucho desprecio,

con el nombre de Aníbal

airado no les reprehendo.

Rosaura.

¿Qué decís, qué respondéis?

Pag. 55

Maharbal.

Voces dudosas...

Alorco.

Ignoro alientos...

Maharbal.

viendo que quedó la puerta

de el abierta, creyendo

fuese descuido, intenté

dar aviso.

Alorco.

Yo a este tiempo

entré también con el mismo

fin, y encontrándonos luego,

a las espadas fiamos

la gloria de conocernos.

Rosaura.

Pues ¿quién pudo abrir la puerta?

Lisandra.

Yo, Rosaura.

Aparte.

Maharbal.

Yo a ver llego.

Aparte a Rosaura.

Alorco.

Ya examino

Lisandra.

Pues del odio arrebatada

que contra Aníbal mantengo,

salí del templo, fiando

a este traje el desempeño

de su muerte.

Rosaura.

La hidalguía

de tu intención agradezco.

Aníbal.

¿Tan fiero soy, Marte airado,

tan tirano, tan sangriento,

que en pechos blandos mi nombre

vuelve en mármoles los ecos?

No le trayo obgeto.

Pag. 56

no.

Aníbal.

¡Oh, infausta guerra, oh, abismo

de muertes, en cuyo seno

no se creen las piedades

afectadas del estruendo!

Maharbal.

Aunque no me reprehendió

Aníbal, sus iras temo.

Alorco.

Aunque ahora calla Aníbal,

dura corrección espero

de su ceño, y su razón.

Maharbal.

Airado voy, suponiendo

que hace Alorco vanidad

de la oposición que ha hecho.

Mas en todo caso aguardo

la resulta de el encuentro.

Vase.

Alorco.

Indignado voy por ver

que Maharbal, a mis afectos

y mi bando, resistió

los impulsos de mi esfuerzo.

Y en toda ocasión sabré

defender lo que defiendo.

Vase.

Lisandra.

Pues no maté a este soldado,

al templo corrida vuelvo,

que el valor que es bien nacido

se desmaya no adquiriendo.

¡Cielos!, ¿si será Aníbal?

Mas no puede, pues veo

su garbo con bizarría.

Pag. 57

Lisandra.

Su afición en su entendimiento,

a quien ofende temido,

mal obligará ofendiendo.

Veré si otra vez podré

ver a mi enemigo muerto.

Vase.

Rosaura.

Pero ya el alba madruga.

Aníbal.

Mas ya amanece el aurora.

Rosaura.

Con razón Sagunto llora,

Aníbal.

con flores su llanto enjuga.

Rosaura.

Aquí un soldado quedó,

Aníbal.

aquí Rosaura ha quedado.

Rosaura.

Si será quien he pensado.

Aníbal.

Si entenderá que soy yo.

Rosaura.

Mi temor busca mi ofensa.

Aníbal.

Violencias busca mi amor.

Rosaura.

Si imagina su rigor,

Aníbal.

si discurre su defensa.

Rosaura.

Gloria y riquezas procura.

Aníbal.

Su patria y sus triunfos ama.

Rosaura.

Es valiente y busca fama.

Aníbal.

Sabe llorar su hermosura.

Rosaura.

Si es Aníbal, ¿qué pretendo?

Aníbal.

Si me vence, ¿qué consigo?

Rosaura.

Huiré, pues, de mi enemigo.

Aníbal.

De su beldad voy huyendo.

Pag. 58

Rosaura.

Adiós, soldado.

Aníbal.

Adiós, bella Rosaura.

Rosaura.

¿No puedo yo deteneros?

Aníbal.

Sí.

Rosaura.

¡Quién vio dos contrarios de una estrella!

Que en fin no puedo saber

quién sois, cuando procuráis

darme a entender que estimáis

preceptos de una mujer.

Así que os lo he pedido.

Texto tachado: Aníbal. Digo que soy un soldado / entre las armas nacido / en la paz el más vencido / en las guerras el más fuerte / juzgo que de aquesta suerte / quedaré bien difinido.

Aníbal.

Si aqueso tu gusto ha sido,

en breve está declarado,

señora, soy un soldado

entre las armas nacido,

en la paz el más vencido,

en las guerras el más fuerte.

Juzgo que de aquesta suerte

quedaré bien difinido.

Pag. 59

Parece se va.

Rosaura.

El rigor y la clemencia

me equivocan, porque asombre

con lo fiero de su nombre

lo humano de su presencia;

mas si llego a tener ciencia

de que Sagunto asediada

está de su furia airada,

como es en mí preferida

contra una crueldad sabida

una piedad ignorada,

huyo, pues, de verle.

Aníbal.

Aguarda,

o permite que te siga.

Rosaura.

¡Qué mal lo tirano obliga!

Aníbal.

Qué bien lo hermoso acobarda.

Llora y se va.

Rosaura.

Como mi pecho aguarda

en huir, aunque se vista

plumas que el viento resista,

y cómo compones, hombre,

que quien huye de tu nombre

no se aparte de tu vista.

Aníbal.

Su llanto ver no pretendo.

Rosaura.

¿Qué miro, que al fin se va?

Aníbal.

¿No ves que llorando está,

y quejoso estoy, que tiemblo?

Rosaura.

Que eres Aníbal entiendo.

Pag. 60

Rosaura.

Pues en tan duro quebranto,

de la guerra en el espanto,

ambicioso de un tesoro,

despreciando lo que lloro,

te endureces en el llanto.

Aníbal.

¿Qué pides, mujer que llora,

cuando Aníbal empeñado

procede como soldado

y tú ruegas como hermosa?

Rosaura.

Que cese tan rigurosa

guerra, y el cerco levantes

de Sagunto, y que adelantes

nuestros trofeos seguros.

Mira que aun más que sus muros

somos mujeres constantes.

Aníbal.

Tú mandas mi rendimiento,

a mi corazón presides,

y como ofendida pides

lo que niego como atento;

pues ves que el campo sangriento...

Dentro, voces.

Este combate ha de ser.

Dentro, Maharbal.

Esperad, que sin tener

orden de Aníbal no puedo.

Aníbal.

¡Cielos! ¿Ves cómo sucede?

Pag. 61

Aníbal.

mi pasión en mi tardanza,

yo me voy con la esperanza.

Rosaura.

Yo con la injuria me quedo.

Aníbal.

Sabré obligarte triunfando.

Rosaura.

Sabré vencerte muriendo.

Aníbal.

Te rogaré consiguiendo.

Rosaura.

Te desluciré abrasando.

Aníbal.

Amor tengo y tengo vida.

Rosaura.

Amo mi patria y mi honor.

Aníbal.

Seré humilde vencedor.

Rosaura.

Seré constante vencida.

Aníbal.

No entres, Rosaura, en la junta.

Rosaura.

A defenderla voy luego.

Aníbal.

Es la guerra un monstruo ciego.

Rosaura.

Vive mi pecho difunto.

Aníbal.

Pues repara.

Rosaura.

Pues advierte.

Aníbal.

Y en tal riesgo...

Rosaura.

En tal dureza...

Aníbal.

Defenderé tu belleza.

Rosaura.

Harto harás de defenderte.

Vanse.

Tocan cajas y clarín, y salen Plaucio, Lidoro, Alcón y soldados.

Plaucio.

Esforzados saguntinos,

Pag. 62

Plaucio.

¡Oh, hijos de la idea clara

de vuestros progenitores,

que tuvo en glorias hidalgas

de reflexiones futuras,

posesiones vinculadas!

nobles ciudadanos, que

en la civil consonancia

hacéis un cuerpo armonioso

de las letras y las armas;

esclarecido senado,

en cuyo número ensalza

Atenas disposiciones,

Lacedemonia observancias;

famosos segobricenses,

unidos a nuestras armas

con la cuna de la guerra

nacéis para nuestra patria,

edetanos, admitidos

de nuestra paz, y en la parte

fortuna esperáis constantes

los bajos de la ignorancia;

Plaucio os convoca, el pretor

de la gran Sagunto os llama,

no como orador que pule,

como viejo que relata.

Pag. 63

Plaucio.

Aníbal, joven sangriento,

que Juno, sin duda airada

para ver Troya en Sagunto

y su fuego en nuevas llamas,

fiera racional le envía

al Idubeda de España.

Cada día va estrechando

el cerco, de suerte que halla

caminos por donde ofendan

el estrago y la amenaza.

Los arietes fabrican,

a cuyos golpes no bastan

firmezas, porque las piedras

a sus impulsos se ablandan.

Una pirámide forman

dos vigas, pendiente de ambas

otra que, impelida, va al muro,

que, de yerro coronada,

vuela con plumas de acero,

con mármol de alientos para.

Los valientes mallorquines,

que en las Baleares, insanas

hondas que ejercitan diestros

por señas, que de su infancia,

con la dulzura del seno,

quitan al hambre la rabia.

Pag. 64

Plaucio.

de verse que el alimento

pendiente está de una rama,

que aunque las manos le tiren,

las piedras solas le alcanzan.

Nos amenazan severos

con tal furia, con tal saña,

que apenas el brazo sierpe

tira un volcán, do en la vaga

región del viento, siguiendo

del lino las huellas blancas.

Cuando escupiendo la piedra,

aborto de su mudanza,

silbó el chasquido veneno

el polvo que de contrarias

refracciones nace, siente

a un tiempo nuestra desgracia

veloz gravedad que ardiente

en los mármoles se estampa.

De nuevo combate dieron

voz, y aunque puede ser falsa,

porque en la guerra tal vez

hay mentiras necesarias,

prevenidos esperemos,

puestos en buena ordenanza

militar. Singularmente

Pag. 65

Plaucio.

Dejemos pertrechada,

por menos fortalecida,

la torre que se levanta

por el valle de Sego.

Ea, soldados, al arma,

que yo ofrezco dar mi vida

antes de entregar la plaza.

Alcón.

Nadie tema, que a los dioses

juro de esperar la infausta

turba enemiga de Penos,

y en la trabada batalla

enmendar con mi valor

las que vizo en nieve cana.

Lidoro.

Nadie desmaye, que yo

en ocasión de que haya

quien desmaye, trascendiendo

el humo de la distancia,

aunque cada vez fluctúe

lo vivo de la borrasca,

le animaré hasta que deje

o su vida asegurada,

o compañero en su muerte

me sepulte entre sus armas.

tachado en el margen: Clarind.

Flavio.

Mas, a las guardas, ¿hicieron

señal?

Pag. 66

Alcón.

Ya dejan franca

la puerta que sale al río.

Plaucio.

¿Quién esta novedad causa?

Lidoro.

Si no es engaño, señor,

son las mujeres que estaban

en el templo.

Plaucio.

Dices bien.

Ya entraron determinadas

en la ciudad.

Alcón.

Y sin duda

anuncian nuestra desgracia,

pues hermosamente ven

fierezas que las desairan.

Lidoro.

Ya llegan a tu presencia.

Plaucio.

Enhorabuena hayan salva,

a hermosuras recibidas

con voces de deseadas.

Salen Rosaura, Lisandra, Livia y todas las mujeres con arcos, flechas y aljabas.

Rosaura.

Ilustre Plaucio,

Lisandra.

pretor famoso,

Rosaura.

viendo asediada

a la gran Sagunto,

Lisandra.

viendo

afligida nuestra patria,

Pag. 67

14

Rosaura.

Porque notes,

Lisandra.

porque veas

Rosaura.

que las mujeres,

Lisandra.

las damas,

Rosaura.

inmortal gloria pretenden,

Lisandra.

esperan eterna fama.

Rosaura.

Aquí venimos resueltas,

Lisandra.

venimos aquí empeñadas

Rosaura.

en morir entre los muros,

Lisandra.

en vivir entre las llamas.

Rosaura.

Pues españolas valientes,

Lisandra.

pues celtíberas gallardas,

Rosaura.

las faláricas vibrando,

Lisandra.

desplumándolas de jaras

Rosaura.

a tanto injusto puñal,

Lisandra.

a tanta sierpe africana,

Rosaura.

seremos Porcias ilustres,

Lisandra.

seremos nobles Cleopatras.

Plaucio.

¡Oh valientes saguntinas!

Lidoro.

¡Oh matronas de Palancia!

Alcón.

¡Oh glorias del Idubea!

Todos.

¡Viva Sagunto!

Dentro, Aníbal y todos.

¡Arma, arma!

Pag. 68

Dentro, Aníbal.

Por esta parte, soldados,

sea de intentar la escalada.

Plaucio.

A la defensa, al reparo

vamos todos.

Todos.

¡Arma, arma!

Vanse.

Salen Aníbal, Maharbal, Alorco, Badios y todos los soldados, unos con rodelas y espadas, y otros con hondas.

Aníbal.

¡Ea, valientes soldados,

ea, púnicas escuadras,

fieles, que en día de horrores

esgrimís astros de espadas,

por la parte de Valencia

los arietes deshagan

permanentes duraciones

con el orbe encadenadas!

Maharbal.

A la violencia del golpe

que el hierro en las piedras labra,

saque el aire centellas,

la tierra cenizas sorba.

Aníbal.

A la torre de la punta

arrimaréis las escalas

al mismo tiempo.

Pag. 69

#

Todos.

¡Arma, guerra!

Vanse todos menos Ardido.

Ardido.

¿Dónde iré que se desmanda

mi temor? Todos son golpes,

piedras, puntas, estocadas.

No hay lugar donde se coma;

en todas partes se mata.

¡Válgate el diablo por guerra,

bestia voraz que te tragas

empanados hombres con

los escudos que se cargan!

Vieja fiera, más que suegra,

a todas horas maltratas

a los soldados, que solo

viven de lo que tú ahorcas;

dueña de valientes, que

vienes a ser la que guardas

por catálogo los rostros

malos, y las buenas barbas.

¿Dónde me iré, que ni aun hay

en la guerra calabazas

para hacer broqueles tiernos

contra algarrobas tostadas?

Mas ¡ay!, que ya al muro asoman

los saguntinos, y al campo

ya viene Aníbal.

Pag. 70

Don Teodoro.

El que

va midiendo la muralla

desta parte es Aníbal.

Rosaura.

Yo le daré muerte.

Sale Aníbal.

Aníbal.

Aguarda,

soldado.

Ardid.

Un temor me llena

y voy de muy mala gana.

Vase.

Aníbal.

A vil, a cobarde perro,

nada a mi aliento embaraza;

por esta parte yo solo

intento el asalto.

Por encima de los muros Rosaura.

Rosaura.

Airada

busco a Aníbal. ¡Muera, cielos!

Este es Aníbal; mis ansias

entre el odio y la atención

en mi corazón batallan.

Aníbal.

¡Ay de mí!, Rosaura entró

en Sagunto, tierna el alma

al vencimiento se acerca

y de los triunfos se aparta;

dispara el arco, beldad

prodigiosa, pero nada...

Pag. 71

Aníbal.

Consigues, en que si yerras,

a mis rigores agravias,

y si aciertas, arruinas

el templo de mi constancia.

Rosaura.

¡Ay, infiel Aníbal!, que hiciste

burla de mis amenazas,

yo me empeñé en darte muerte.

Aníbal.

Para que desempeñada

quede tu hermosura, yo

moriré de idolatrarla.

Texto tachado: Polidoro.- Por esta parte le vi.

Rosaura.

¡Ah, tirano, que disfrazas

con lo airoso de tu afecto

de tu valor la arrogancia!

Sale del muro Lidoro con arco y saetas.

Lidoro.

¡Muera Aníbal!

Rosaura.

Deja que

yo, que sentí desairada

sus rigores, le dé muerte.

Lidoro.

¿Qué te detienes? Acaba.

Rosaura.

¡Ay de mí!, no sé qué impulso

imperioso me arrebata,

que donde las furias busca,

piedades rendidas halla.

Aníbal.

Como yo a tus manos muera,

Pag. 72

+

Aníbal.

Ten entendido, Rosaura,

que logro mayor victoria,

de la que mi campo aguarda.

Rosaura.

Mas no es mi enemigo, ea,

mátale tú.

Va a disparar.

Lidoro.

Su arrogancia

muera.

Rosaura.

Suspende tu brazo,

que dejo a crédito de

consumirse. Pero, cielos,

qué enemiga, qué contraria

estrella al odio me alumbra,

que me guía a la desgracia.

Lidoro.

¿Qué indiferencia es injusta,

que te detienes?

Rosaura.

Di en tanta

pena, susto, dolor, muerte.

Lidoro.

Ya flecho el arco.

Rosaura.

Dispara,

pero, cerraré los ojos,

para que en el tiro hagas

muera Aníbal.

Aníbal.

¡Ah, enemiga!

Vase.

Rosaura.

No hay hijo contra su patria.

Dispara una flecha Lidoro y cae Aníbal.

Pag. 73

Aníbal.

¡Ay de mí, dioses, valedme!

Lidoro.

Soldados, nuestra es la palma,

pues muerto queda Aníbal.

Vase.

Aníbal.

¡Ah indignas, sobornadas

de los hados! Mi valor

vendido, cuando esperaba

de triunfal corona, el verde

embarazo de esmeraldas,

en iras revienta el pecho,

y en esta horrorosa estancia

ardientes arenas beben

las venas que se desangran.

A cobardes africanos,

a infieles así desmaya

un número a quien preside

el mejor hijo de Palas.

Salen Maharbal, Alorco y dos soldados.

Maharbal.

¡Ah viles! No huyáis, volved.

Alorco.

Mientras mi cólera apaga

la sed, bebiendo encendida

enemiga sangre humana,

con estos pocos soldados

que tu lealtad acompañan,

retira a Aníbal.

Maharbal.

El pecho...

Pag. 74

En el margen superior hay texto tachado e ilegible.

Maharbal.

Semidiós de nuestras armas,

oh, valiente, infeliz joven,

a esa tienda de campaña

te llevemos.

Soldados.

¡Qué dolor!

Aníbal.

Marte, si a mi brazo encargas

tus glorias, ¿cómo permites

que una flecha disparada,

encendida del rigor,

busque en mi sangre la fragua?

¡Ay, cruel Isaura, que siempre

fue la hermosura tirana,

el triunfo quise lograr

para ponerle a tus plantas!

Llévanle Masarbal y los dos soldados, y quede Alorco.

Dentro.

Lidoro.

¡Todos huyen!

Dentro.

Plaucio.

¡Pues seguidlos!

Alorco.

Ya hallaréis quien aquí valga,

solo con su aliento, a todos

los temores de una infamia.

Salen Plaucio y todos los de la plaza.

Pag. 75

Embisten a Alorco.

Plaucio.

Date a prisión.

Alorco.

No podré,

porque el honor que me inflama

solicita con mi muerte

ilustrar mi repugnancia.

Todos.

No te resistas.

Alorco.

¡Ah, viles

perros! Mas, que ya la raya

suelo de conclamación

pisaron los que afianzan

el seguro de Aníbal.

Válgame la retirada,

que es valor en la ocasión

volver al riesgo la espalda.

Vase.

Plaucio.

No le sigáis, que ha muerto

Aníbal; no hay circunstancia

para triunfar de nosotros.

Aparte.

Rosaura.

Sabe el cielo, aunque ingrata,

que vivo le aborreciera,

y que muerto le llorara.

Plaucio.

¡Victoria por nuestro pueblo!

Rosaura.

¡Viva nuestra antigua patria!

Pag. 76

Alcón.

Mueran los cartaginenses.

Lisandra.

Sirvan de alfombra a mis plantas.

Lidoro.

En su fuga acaben todos.

Plaucio.

Pues hagan seña las cajas.

Unos.

A acometer.

Otros.

A embestir.

Otros.

Guerra, guerra.

Otros.

Al arma, al arma.

Fin de la segunda jornada.

Pag. 77

Otros.

¡Viva el cartaginés Aníbal, viva!

Pag. 78

El texto de esta página está escrito con una tinta muy desvanecida y resulta en su mayor parte ilegible. Parece tratarse de apuntes o un borrador de los últimos versos o de una escena.

Todos.

Mueran los cartagineses

y [...]

Moros.

En su favor, saguntinos,

Relámpago.

Que asombran nuestros [...]

Voces.

Y a [...]

Otros.

Y a [...]

Otros.

Padres [...]

Todos.

El [...]

Firma y gran rúbrica en el centro de la página, muy desvanecidas.

Pag. 79

Sacola Pedro Antonio Espinosa a 13 de junio de 1690

Pag. 80

Joan López de Nava.

Aquí estuvo Marcia.

Francisco de la Laza.

Concuerda con.

Concuerda con su original que pasa ante mí a que me remito.

1200028864

Pag. 81

L.º 15

Jornada 3.ª

N.º 25

Jornada 3.ª

3.ª

El fuego de las riquezas y destruición de Sagunto

Pedro Antonio

Por mandado

Ayuntamiento de Madrid

Pag. 82

Página en blanco. Se aprecia el texto traslúcido del recto y algunos dibujos o garabatos.

Jornada tercera

Pag. 83

2

tt

Salen Plaucio, Lidoro, Alcón, y soldados

Alcón.

Ya Aníbal sanó.

Plaucio.

¡Qué presto

cobra un tirano su orgullo,

viviendo a costa del fiero

veneno que infunde al mundo!

Lidoro.

¡Qué presto, resucitando

al vigor, halla el injusto

cuna de sangre en que anima

cenizas de su sepulcro!

Plaucio.

¿Y cómo el pueblo romano

ha olvidado, entre los triunfos

de Sicilia y de Cerdeña,

a los hijos de Sagunto?

El desamparo es trofeo;

que ya es nuestro olvido el suyo,

pues ni aun sus embajadores

Pag. 84

#

Texto tachado en el margen izquierdo

Plaucio.

Llegaron, según presumo,

a Cartago.

Dentro Rosaura.

¡Qué prodigio!

Dentro Lisandra.

¡Qué pasmo!

Todas.

¡Qué horror, qué susto!

Plaucio.

¿Qué voces son estas?

Lidoro.

Luego

lo sabrás, pues entre el vulgo

llegan las mujeres, siendo

sus rostros ecos difuntos.

Salen las damas.

Rosaura.

Plaucio, Albano, Lidoro, oíd.

Plaucio.

¿Qué ha sucedido?

Rosaura.

Procurad

encadenar las palabras,

que el delirio que articulo

os suspenderá la causa.

Dos presagios en un punto

sucedieron, con que el fin

de nuestra patria descubro.

Yo muero de pronunciarlo.

Plaucio.

Cobra aliento.

Rosaura.

El pecho en fuego...

pues que me pasma el suceso...

Pag. 85

Fabio Torrez Catuso

Rosaura.

Con las llamas del anuncio

de esa torre, de ese alcázar

que en nuestro castillo puso

Hércules, que le dio nombre

para los tiempos futuros,

debiendo a su autor la fuerza

de homenaje tan augusto,

se movieron los cimientos

tan lentamente que estuvo

la tierra como esperando

algún abrazo robusto

de la torre, siendo el seno

con esa fiera de su bulto,

y ni giró a la tierra el viento,

y a la respiración que tuvo,

batió alas perdices;

nube de piedras la torre,

y la tierra vapor de humo,

al aspecto malicioso

del torpe bastardo influjo,

vomitaron una sierpe

tan horrible que, si estudio

su pintura en sombras, temo

que no os mate su dibujo.

Pag. 86

Rosaura.

Nadie este suceso niegue,

que con historia arguyo;

era tan disforme el monstruo

que si en el cóncavo puro

de la torre se extendiera

circularmente difuso,

jeroglífico del tiempo,

con los dos términos juntos,

quedando la torre en medio

mordiera su cola un mundo.

Sacudiendo hechiceras

escamas que al cielo escuro

contra el acero esmeraldas,

y contra luz escudos,

infaustamente encendiendo

dos animados carbunclos

que amanecieron errantes

en el cenit de diurnos.

Reverberando en su cuello

espeso en fragmentos muchos,

la noche mintiendo soles,

el día llorando lutos.

Miró la ciudad, y atento

a su grandeza, a sus muros,

a sus fábricas toscanas,

Pag. 87

+

Rosaura.

a sus corintios asuntos,

a sus pirámides bellas,

flores de oro en que dispuso

el alba plumas de llanto,

el sol de sudores, arrullos,

diciendo al aire, girando

a los cristales que el curso

voló sobre plumas de agua,

pájaro vil de Netuno,

llegó al mar y, abriendo sendas

su enrizado cuello duro,

Caribdis retrocedía

a los golpes, onda abunda;

pues bebiéndoselo amargo,

vomitaba lo cerúleo,

siendo en el tropel inquieto

de los flujos y reflujos,

copia verde que cuajaba

los altos sauces vencidos;

el otro prodigio es

el mayor de cuantos hubo

en pueblos que ya no tienen

fábricas para caducos,

siendo el vestigio dudosa

línea de su antiguo punto.

Pag. 88

Rosaura.

No piensen que es fabuloso

este suceso, pues hubo

pluma que lo descubrió

e historiador que lo dijo.

Nació un niño, pero apenas

entre valientes angustias,

entre desmayadas fuerzas,

y entre dolores robustos,

salió al puerto de la luz

ignorante de su rumbo,

con el timón de sus quejas

sobre las olas del mundo;

apenas, vuelvo a decir,

nació el precioso tributo

de amor que esperó Himeneo,

desde un lazo que compuso,

cuando impaciente al contacto

de la tierra, frío y duro,

retrocediendo a la luz

los malogrados minutos,

al claustro materno, aquí

me pasmo, aquí me confundo,

volvió, porque el vientre sea

cuna, alimento y sepulcro.

Pag. 89

Rosaura.

Abrigo de la luz, y yo,

también de mis voces, y yo,

esquivo dolor,

los desalientos que pulso,

todos estos son presagios

en que nuestra ruina fundo,

desordenándose el pecho

con los sollozos que encubro.

Mas no obstante, oh valerosos

saguntinos, yo procuro

desde hoy, con cuantas mujeres,

Belona guerrera, junto,

morir defendiendo nuestra

patria, y a Diana juro

que, en caso (tiemblo al decillo),

que Aníbal, veneno ciego,

en Sagunto, horror funesto,

con sus armas golpee duro,

entre aclamando sus glorias,

antes que al pesado yugo

de la servidumbre entregue

la ingenuidad con que juzgo,

cargada de mis riquezas,

porque su ambicioso impulso

se apague encendiéndose.

Pag. 90

Rosaura.

Lo precioso en lo iracundo

del fuego me arrojaré,

construyéndome el confuso

altar de preciosas telas

que verde aliento compuso;

vestida de oro y de plata,

pira buscaré en el puro

activo elemento, siendo

para más sensible abuso

materiales que autoricen

de mi tragedia el preludio,

corriendo escarchadas líneas

entre caracteres rubios.

Nadie tema, peleemos

contra estos fieros que indujo

la codicia, mal vestida

de sus colores oscuros.

Morir o vencer. Ningún

medio decente discurro,

como mujer que pudiera

facilitar el refugio.

Y a último trance, quemando

vidas, riquezas, lujos,

con lástima al enemigo,

sin opulencia y sin frutos.

Pag. 91

no en vano el alma adivina aquel suceso, Aretino; quien duda que me guió el brazo a la ruina.

Rosaura.

Viendo para gloria nuestra,

y para castigo suyo,

el fuego de las riquezas,

y destruición de Sagunto.

Flavio.

¡Oh celtíbera famosa,

oh española peregrina,

patria noble saguntina,

para valiente, hermosa!

Alcón.

¡Oh mujer la más constante,

que mezclas con tus primores

en vaso de blancas flores

un corazón de diamante!

Lidoro.

¡Oh beldad, en quien apura

la desdicha su accidente!

Morir pretendes valiente,

y naciste, en fin, hermosura.

Lisandra.

Yo, que siempre celebrada

he sido, por lo temida,

antes que alentar vencida,

he de morir abrasada;

y cuando para la hoguera

le falte el fuego a mi fe,

con mi espada encenderé

llamas sobre lo que fuera,

y entre mortales cenizas

Pag. 92

Lisandra.

Compondrá mi ardiente ira,

como leño de mi pira,

cadáveres de enemigos.

Plaucio.

Vamos, pues, a defendernos.

Vorauza.

Vamos, pues, a asegurarnos.

Libia.

Mujeres, no hay que atrasarnos,

que tenemos que ponernos.

Alcón.

De ver si hallaré ocasión,

para hablar con Aníbal,

que un viejo castiga el mal

con el bien de la razón.

Podrá ser que mi consejo

del último fin me aparte,

que para un joven que es Marte,

puede mucho un Numa viejo.

Plaucio.

De Hércules al templo sacro

todos iremos rendidos,

por ver si nuestros gemidos

ablandan el simulacro.

Vorauza.

Con fúnebres endechas,

nuestro lamento alternando,

iremos equivocando

voces, lágrimas y flechas.

Plaucio.

Pues a esperar.

Alcón.

A sufrir.

Pag. 93

Rosaura.

A tolerar.

Isidoro.

A vencer.

Lisandra.

A pelear.

Todos.

Y a saber

triunfar, perder o morir.

Vanse.

Sale Aníbal y soldados; puesta en medio la tienda real.

Aníbal.

Pues quiso Marte que ya

de aquella herida cruel

que entre las flechas de acero

áspid del viento esperé,

sanase, soldados míos,

yo resuelvo a acometer,

no tanto ofendido ya

de la enemiga altivez

de Sagunto, cuanto a un

recelo, a temor infiel,

no de la fortuna, solo

de su bajeza, porque

indignamente cobardes

atropellasteis la fe

del oficio militar,

pues viéndome fallecer

entre dos iras, que se ve

poco mal y mucho bien,

a Rosaura seguisteis, a que

Pag. 94

Aníbal.

tiranamente crueles,

dejarme para sentir

la gloria de padecer,

fugitivos me dejasteis,

huisteis en fin a un tal

desorden que a la cabeza

quitas con alas los pies;

no se nombre nuestra fuga,

tácitamente se esté

entre sombras que fomenten

la ignorancia de su ser.

Y vive Dios, que si alguno

volviere segunda vez

a volar con el temor,

y con el susto a correr,

indignamente severo

sus errores seguiré,

hasta que tropiece incauto

en la artificiosa red

que paléstrico tejiendo

la fábrica de su arnés,

y sin aguardar mi furia

la flecha, hoguera o cordel,

en pedazos horrorosos

su cuerpo dividiré,

dando a cada arena una

Pag. 95

Clarín.

Aníbal.

¡Oh, jazmín, infame del clavel,

sustituyendo al morir

la torpeza del nacer,

más que seña escrita!

En el centro de la página aparece escrita la palabra "Dos", anticipando el siguiente verso.

Sale Tachado: Alarcos Marbal.

Maharbal.

Dos galeras, señor, en que

Roma dos embajadores

te envía, son las que

en la costa de Sagunto

inquietamente rompen

lazos del aura sutil,

sobre cisnes de candidez.

Publio Valerio, con Quinto

Treblio, esperan que les des

licencia.

Aníbal.

Marbal, al punto

volved, por respuesta, que

no puedo oír su embajada

en ocasión de tener

casi la plaza rendida,

con muertes, con hambre y sed,

fuera de que entre españoles

y entre celtíberos, que

dentro, y en las más altas

especies de proceder

Pag. 96

Aníbal.

su inmunidad mal segura

queda, y no quiero que estén

donde el sagmen del derecho

no se guarde como ley.

Maharbal.

Señor, repara que Roma

se irrita.

Aníbal.

No repliquéis,

y responded lo que os digo.

Vase.

Maharbal.

Voy al punto a obedecer,

¡oh, cómo temo que el cielo

se enoje de tu altivez,

cayendo sobre Cartago

todo el romano poder!

Aníbal.

¿Veis, soldado, mi respuesta,

cuán breve y sucinta fue?

¿Veis que aspiro a pelear

en caso de responder?

Codician la conveniencia,

romanas gentes, porque

no es razón que tenga yo

cuanto pudiera tener,

ni me culpen la injusticia

de querer triunfar, pues sé

que el poder de la grandeza

solo consiste en poder.

Pag. 97

+

Aníbal.

Que a suertes para adquirir

poco tuviera que vencer,

estrechándose el valor

al sentido de males.

Dejadme todos, y en tanto

vuestras armas prevendréis

para el último combate

en que espero resolver

mis triunfos, y premiar

vuestro mérito después.

Todos.

¡Viva nuestro general

Aníbal cartaginés!

Vanse.

Siéntase Aníbal en su tienda de campaña.

Aníbal.

¡Oh, Roma, cuándo constante

lograré en tu augusto solio

entrando en el Capitolio

más valiente que triunfante!

¡Ay, Rosaura, qué previenes

con afectos desiguales!

Dichas envueltas en males,

iras mezcladas con bienes.

Porque, ¿por qué a esta ciudad

me aborreces, u ofendida

Pag. 98

Aníbal.

Pero, ¿qué más defendida,

si la guarda su beldad?

Sobre el odio que atropella

de mi padre la memoria,

solo aspiro a esta victoria

para hacerse dueño della.

Quédase dormido y sale Ardid con muchos papeles.

Ardid.

De mis servicios leales,

hijos de mi espada fiel,

caballeros de papel,

vienen estos memoriales.

Llegué a la tienda real,

sediento de pedir bien;

pero aquí miro, ¡a quién!,

dormido, al fuerte Aníbal.

Si empieza a reñir soñando,

como lo acostumbra hacer,

y me viene a acometer,

con mi temor peleando,

ahora me hallará valiente;

de mi destreza se guarde,

que no puede ser cobarde

el hombre que es pretendiente.

Soñando.

Aníbal.

A cometer, embestir,

a los romanos dad...

Pag. 99

Cruz en el margen superior

Badió.

Yo tomo

el salirme de aquí romo,

será negocio, Badió.

Ya está soñando, cuñado,

que un instante no repose.

Aníbal.

Pelead, que ni a los dioses

temo, contra Roma armado.

Badió.

Solo falta que me embista.

Aníbal.

Aguarda, espera, enemigo,

que con las voces te sigo,

y te mato con la vista.

Badió.

Ya con los brazos forceja,

ya con los dientes se ayuda,

ya se enfurece, ya suda,

ya suspira, ya se queja.

¡Válgame Dios, qué furor!

¡Qué vanglorias pretende ánima!

Aníbal.

Valiente mi brazo esgrima

la espada.

Badió.

La muerte en flor,

mi pretensión, mal seguro

estoy, si en este accidente

él me pasa de presente

lo que sueña de futuro.

Pag. 100

Badió.

Por uno y por otro lado

me embiste, señor, señor.

Sea tu despertador

mi temor desconcertado.

Aníbal.

Mueran.

Ardid.

En furiosas señas,

con burlas y veras tratas.

Si sueñas, cómo me matas?

Si me matas, cómo sueñas?

Aníbal.

A mis cascos,

vive el cielo,

que os mate a todos, triunfando

de Roma.

Ardid.

Yo voy volando

temiendo su furia.

Como cobra en sí Aníbal.

Aníbal.

Un celo

discurre mi cuerpo, oh fiera

pesadez, de sueño aleve,

si eres grave, quién te mueve?

Si eres falsa, quién te espera?

Soñé que a Roma vencía,

o qué mal que imaginaba,

si con las formas soñaba

y con las voces vencía.

Este fingimiento mismo

desastre mío se nombra,

pues peleé con la sombra

en el vencido abismo.

Pag. 101

Sale Alorco. #

Alorco.

Un soldado saguntino

pide, Aníbal, tu licencia

para hablarse.

Aníbal.

A mi presencia

llegue.

Alorco.

Venid.

Sale Alcón.

Aníbal.

Imagino

que vendrá a capitular

condiciones con que luego

se entreguen. Hablad.

Alcón.

El ruego

atento me has de escuchar.

Generoso Aníbal, a un viejo atiende,

que tu piedad con su razón pretende,

aunque pudiera con mísero quebranto

derramando la voz, pronunciar el llanto.

Cercada tienes a mi patria amiga,

antes esclava tuya que enemiga;

Pag. 102

Alcón.

desmintiendo su pena

con el rumor de racional cadena

en cuyos eslabones

se atan los militares corazones

en ocho meses de estrechez, aquesta

es la ciudad la bóveda funesta

de cadáveres vivos que allí presos

van con la voz y paran con los huesos.

Siendo en suerte tan dura

con pocos años fea la hermosura

de mujeres que viven

de los amargos sustos que reciben

que para el fin que muertes representa

cada cual con veneno se alimenta.

Y hubo mujer que en la hambre mal sufrida

se comió mucha parte de su vida

pues bárbara y voraz, aquí me aflijo,

cebada en el cadáver de su hijo

gustosa con la sangre de su aliento

se vengó del dolor del nacimiento.

La sed es tanta que hay quien ha bebido

cuanto licor inmundo ha comprendido

y en falta de licores

halló la industria el agua en sus dolores

pidiendo con enojos

cristal al pecho y perlas a los ojos.

Pag. 103

Una línea enmarca los versos 1 al 11 por la izquierda y por abajo, indicando una probable supresión para la representación.

Alcón.

destas calamidades tan horrendas

atiende, ilustre Peno, que cuando asciendas

repara que los hijos de Sagunto

quieren de todo punto

morir desesperados en defensa

de su patria. Repara que es ofensa

en derecho de gentes inviolable,

usurpar el dominio disociable.

En el mundo verás, cuando se vea

que ninguno posea

los bienes que son suyos,

queriendo que todos sean tuyos,

¿qué amigos tener puedes

si el derecho, la fe, la paz excedes?

La ley, que a qué obliga,

la injusticia es de todos enemiga;

y por esto es razón práctica y llana

que la causa en la guerra pierde o gana.

Y ve que los celtíberos descendientes

son de los celtas, nobles y valientes,

famosos en la España;

pues cuando salemos a la campaña

a pelear con otros, en llegando,

a morir uno, el otro peleando,

ha de morir también, o en feliz suerte,

a todos juntos ha de darles muerte.

Mira que esta es república florida,

Pag. 104

Alcón.

de todas buenas artes asistida,

de varones ilustres gobernada,

insignes en la toga y en la espada.

Alcón.

Mujeres tiene nobles, valerosas,

armadas siempre con la luz de hermosas,

célebres en primores,

donde aprende el abril arte de flores.

Niños hay que, a los bellos de Cupido,

que, con la ceguedad en que han nacido,

de la guerra en el último despego,

la espada librarán, verán el fuego.

Esta, más populosa

ciudad de España, siempre religiosa,

fervientes en el culto de Diana,

el mar la rinde servidumbre cana,

que en los hombros sedientos de la arena

de negros barcos sufre la cadena,

hasta que llega el día

que la rompe feliz marinería.

Ea, pues, Aníbal, no en triste caso

quieras a tanta luz poner ocaso;

no sea de este triunfo la memoria

grande tragedia para breve gloria;

levanta el cerco, si mi llanto...

Aníbal.

En vano,

aunque discurras que te escucho humano,

a mi piedad aspiras.

Pag. 105

Aníbal.

Pues si ablanda tu dolor,

te ofrezco mis gracias;

atento te he escuchado,

por venir de tu edad recomendado,

que las canas en todas ocasiones

son las primeras recomendaciones.

Alcón.

¿Que no hay piedad?

Aníbal.

No canses con el ruego.

Alcón.

¿Que quieres ver tanta braveza?

Aníbal.

Ciego,

entre las glorias que alcanzar presumo,

yo no veré el horror, miraré el humo;

vete de mi presencia.

Alcón.

Desairado,

y de Aníbal mi ruego despreciado,

volver no intento a la ciudad que espera

última ruina en ocasión primera;

entre los penos moriré violento,

por no ver de mi patria el fin sangriento.

Aníbal.

Alarco, luego, al punto,

has de entrar en Sagunto

con embajada mía.

Alorco.

Obedeciente,

voy, aunque, si se advierte,

en tanta obstinación, es bien que incluyas

tratables condiciones.

Aníbal.

No me arguyas.

Pag. 106

+

Aníbal.

la intención que, si no se entregan luego,

entraré en la ciudad a sangre y fuego.

Anibal =

Janto.

Que con él en las líneas de valiente

cumpliré con las leyes de obediente.

Vase.

Aníbal.

¡Ay, Rosaura!, por ti no he rehusado

con el pueblo obstinado

el último castigo de la guerra.

Tu hermoso sol ceñido funesto encierra.

Marte daré a tus plantas peregrinas

carrozas de cabezas saguntinas,

y por que esta república poseas

y único dueño de su patria seas,

quiero rendirla, siendo en tanta gloria

tuyo el laurel y mía la victoria;

y al último lance solo por respeto

de tu hermosura a perdonar prometo

a Sagunto, que amor, belleza, dama,

importan más que el odio y que la fama.

Vase y salen las mujeres vestidas de negro.

Albura.

Al templo de Hércules todas lleguemos,

y en él aun las tiernas en furias esquivas,

el mármol sea blando con armas de lloros,

y nuestro enemigo a las voces se rinda.

Rosaura.

La dulzura lamentable

Pag. 107

Ros.a =.

A nuestra esclavitud redima

siendo a oídos ambiciosos

precio airoso la armonía.

Lisand.=.

Débase a nuestro concento

la libertad pretendida,

y rompa la consonancia

el lazo a la tiranía.

Libia.=.

Llorando una vez cantemos,

para que Sagunto diga

que niñeces de el oído

son pucheros de la vista.

Cant.a lamenta.ble.

Cerbero sañudo

de la parca enemiga,

que despiertas temores

al trémulo batir de la cuchilla;

portero riguroso

de violenta malicia,

que en boca de cadáver

inficionas la luz y empañas vidas;

horroroso tropiezo

de la humana fatiga,

que viscos de odios tienes,

fríos troncos de desgracias guías,

campo de las Centurias,

cuyas duras primicias

Pag. 108

Cantan.

Son la sangre que riega

espadas secas, fértiles espigas.

Guerra, en fin, cuyo nombre

sangrientamente explica

la infinita distancia

del orbe accidental de las desdichas.

En el margen izquierdo aparece la indicación: 4 =

4.

Desaliéntense, suspiren,

lloren, giman,

corazones que en hielo se encienden

y en fuego se entibian.

Sale Plaucio.

Caja.

Plaucio.

Hermoso concurso, a cuya

perenne diestra armonía,

suspendiendo los sentidos

al eco de sus delirios,

proseguid, pero ¿qué seña

de paz esta república

Pag. 109

Plaucio.

Y sobre esperanza fiera

nos parece más benigna.

Sale Lídoro.

Lidoro.

Un embajador del campo

cartaginés, solicita

en nuestro Senado audiencia.

Plaucio.

La solemnidad precisa

de entregarles a las guardas

la lanza, y roja

Lidoro.

Admitida

queda, después de la seña.

Vase Lídoro.

Plaucio.

Pues tú, Lídoro, le guía,

y a las voces del clarín

los Senadores asistan.

Tocan clarines y salen Lídoro y todos los de la plaza, y detrás Alorco.

Lidoro.

Llega, que el Pretor es este.

Alorco.

Venerables canas, viva,

cuyos copos a mi fuego

con el respecto mitigan.

Siéntense.

Plaucio.

Llegad y decid.

Alorco.

El grande

Peno Aníbal, gloria digna

Pag. 110

Alorco.

de Cartago, honor de Marte,

pues en su escuela lucida

ocupa a los cinco lustros

el bastón de la milicia,

salud al senado y pueblo

de Sagunto hoy os envía;

y dice que, pues sus armas

van triunfando peregrinas

sin el golpe de la ofensa,

con la acción de la noticia

le entreguéis esta ciudad.

Mas para que vuestra vista

de los muros que defienden,

por los grados de ruinas,

vasos de mármol en polvo,

piedras de fuego en cenizas,

en ocho meses de asedio,

toda miseria os fatiga,

creciendo vuestros dolores

al compás de nuestras iras;

otro lugar os dará

para que vuestra desdicha

en menor edad espere

la luz de favorecida.

Pag. 111

Alorco.

habéis de dejar las armas

en la ciudad donde sirvan

por causa de mantenerlas

contra el odio de esgrimirlas.

Del común erario os pide

las riquezas porque aspira

desde luego a poseerlas

sin el afán de adquirirlas;

y también vuestra opulencia

particular solicita,

que trabajos militares

con muchos premios se alivian.

Dos vestidos solamente

sacaréis, que si se mira,

no es tirano quien procura

que el enemigo se vista.

Estas son las condiciones;

con ellas a vuestras vidas,

mujeres y hijos perdona.

Aceptadlas, admitidlas,

que aunque os parezcan violentas

tienen rostro de precisas.

Sileno.

Duras son, pero, teniendo

a la fortuna enemiga,

a fierezas adornadas

Pag. 112

Sileno.

del afecto el proferirlas

crueles parecen, mas siendo

Aníbal el que os domina,

nada usurpa de lo que

como vencedor os quita;

mas si obstinados, si altivos

intentáis...

Rosaura.

Ya no prosigas,

que se injuria mi lealtad

esperando tu osadía.

Alorco.

¡Qué hermosamente interrumpe

de mi obediencia la línea!

Plaucio.

Condiciones tan tiranas

no son para referidas;

y primero que a rendirlas

España un día consienta,

mas, ¡oh presagio fatal!,

por accidente se humilla,

según veo, la altivez

de aquella torre hacia

a la parte de Valencia,

sombra de bien construida.

Lidoro.

Cayó en fin.

Dentro.

Aníbal.

Este accidente...

Pag. 113

Dentro voces.

La entrada nos facilita,

mi seña aguardad, soldados,

señor, el furor olvida.

Alorco.

Dura tragedia os aguarda

si no os volvéis apriesa;

¿qué respondéis?

Vase.

Rosaura.

La respuesta

será de todas y mía,

llevando para el oído

las piedades de la vista.

Muera yo antes que Sagunto

al enemigo se rinda;

seguidme todas.

Alorco.

Atiende,

espera, mujer divina.

Lisandra.

No puede parar en tanto

que mis deseos la sigan;

vamos todas.

Vanse.

Mujeres.

Todas vamos

a ver lo que determina.

Alorco.

Ea, responded vosotros.

Plaucio.

A condiciones inicuas,

en ocasión que Aníbal

ya su ejército encamina

por la brecha de la torre

Pag. 114

Tocan cajas y clarines.

Plaucio.

Así te respondo: avisa

trompeta al pueblo; con armas

unido el valor resista,

que yo ofrezco morir antes

que a la gran Sagunto rinda.

Lidoro.

A tu lado moriré;

toca al arma.

Vanse los de la plaza.

Sale Aníbal.

Aníbal.

Alorco, sirva

tu respuesta para freno

de la indomable codicia

de mis soldados. ¿Qué dicen?,

¿qué responden?

Alorco.

Lo que miras.

Aníbal.

Leños sacan de sus casas,

fuego a su materia aplican,

dura obstinación sus pechos

alimenta; ¿quién no admira

que suavice la miseria

el ahogo de su ferida?

Alorco.

Consigo mismos terribles

furiosamente caminan,

y mirándose en el daño,

al peligro de la envidia.

Aníbal.

Secos montes de los leños

Pag. 115

Aníbal.

Componen, en cuyas cimas

negros cadáveres yacen

entre las pavesas vivas.

Alorco.

Y las mujeres, cargadas

de sus posesiones ricas,

al orbe de fuego corren,

estrellas de oro lucidas.

Se verán pasar las mujeres, entre ellas Rosaura, entre unas llamas, todas cargadas de vestidos y joyas.

y entre ellas Rosaura

Aníbal.

Espera,

aguarda, hermosura esquiva.

Rosaura.

De mi patria amante soy,

con que vuelo, compasiva,

a mi ruina deseada

de su destrucción crecida.

Aníbal.

Esperad, que ya os perdono;

¿qué le queda a mi desdicha,

cuando el triunfo se envilece

con la tragedia inventiva?

Pag. 116

Dentro la voz: ¡Rosaura, Muzio!

Sale ya.

Aníbal.

¡Oh, dolor que me martiriza!

Muerta Rosaura a las llamas

que engendró su pena misma,

arrebolando su nieve

la voracidad activa.

Morir pretendo furioso;

siegue universal cuchilla

cuantas vidas florecieron

con el fruto de encendidas.

Mueran todos, y yo muera.

Salen los soldados saguntinos retirándose de los de Aníbal, y Aníbal se pondrá a la parte de los suyos.

Todos.

¡Arma, guerra!

Plaucio.

Aunque consigan

el triunfo, no lograréis

nuestra esclavitud sufrida.

Éntranse todos en forma de batalla.

Pag. 117

Dentro.

Plaucio.

Muerto soy.

Lidoro.

Valedme, dioses.

Dentro.

Voces.

¡Cartago y Aníbal vivan!

Sale.

Aníbal.

¡Qué lastimosa tragedia

y teatro de desdichas!

Las mujeres abrasadas,

las fábricas encendidas,

los diamantes deslucidos,

el oro envuelto en cenizas,

el fuego llorando perlas

y la plata envilecida.

¡Oh, valientes españoles,

ejemplos de la hidalguía

y lealtad a vuestra patria!

¡Oh, matronas saguntinas,

que habéis vencido a Aníbal!

Pues, creyendo mi malicia,

buscasteis entre las llamas

la piedad que yo tenía.

Llore una vez el valor,

viendo que en esta conquista

la gloria me sobresalta

el triunfo me atemoriza.

Pag. 118

+

Aníbal.

dejando para la historia

su lealtad ennoblecida,

llore el valor su constancia,

su fidelidad mi envidia.

Salen los soldados.

Soldados.

¡Victoria por Aníbal,

Cartago y Aníbal vivan!

Maharbal.

¿Qué es esto, señor, pues cuando

logras triunfo que acredita

a la púnica nación,

te afliges, lloras, suspiras?

Pues, ¿qué causa...?

Aníbal.

Vuelve a ese

espectáculo la vista,

y verás cómo mi llanto

nace de mi valentía.

Se correrá una cortina y se verán muchas llamas, y entre ellas mujeres y hombres y niños abrazados.

Maharbal.

¡Horror, o triunfo, o lástima!

En esta ciudad que habitan...

Pag. 119

Maharbal.

Armas, pobre humano suelo,

llamas sobre piedras vivas.

Alorco.

Corriendo sangre las calles,

insensiblemente avisan

que bocas de piedra estables

heladas rosas vomitan.

Aníbal.

Metales de oro y de plata

con líquida simpatía

espejos lucientes corren,

llamas preciosas caminan.

Con mayor enojo, intento

marchar contra Roma altiva

desde la Iberia; y la historia

verdaderamente diga

que el fuego de las riquezas

fue de Sagunto rüina.

Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar y la pura y limpia Concepción de la Virgen María, Madre de Dios.