
Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El empeño y desempeño del Santísimo Sacramento por san Luis rey de Francia. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-empeno-y-desempeno-del-santisimo-sacramento-por-san-luis-rey-de.
Auto sacramental del empeño y desempeño del santísimo sacramento, por San Luis, rey de Francia. Personas: San Luis, rey de Francia un cardenal arzobispo don Gonzalo, alférez mayor duque el conde seis cautivos. Hablarán un maestro de niños una visión con tres niños, habla el uno un niño que se puede hacer el de la apariencia un paje, el mismo el soldán de Egipto Osmán, capitán moro otros dos moros, 1. y 2. un verdugo con un palo Fátima, madre de Osmán soldados de acompañamiento músicos los cautivos pueden ser los soldados
Sale Osmán solo, moro bizarro, con lanza y adarga.
¿Qué es esto? ¿Dónde voy? ¿A cuál empresa
tan ciego y cuidadoso me dispongo?
Día y noche el cuidado en mí no cesa,
antes del alba me armo y me compongo;
dejo las galas que mi edad profesa
y estas que muestra mi afición me pongo;
a pie, solo, y sin que haya quien me entienda,
dejo sin ocasión mi gente y tienda.
Salí de mi ciudad cuando aun del todo
libre lugar no da la noche al día,
que el oriente se ardía en llamas todo
y en el cielo alguna estrella había.
Los ojos levanté, contemplé el modo
con que el rector del mundo dividía
del día la noche, dando en partes varias
día y noche de sí muestras contrarias,
qué es ver el cielo, que las luces bellas
que en sí, a su tiempo y para cada una,
que la clara región de las estrellas,
de día se ve el sol, de noche luna;
qué es ver a su tiempo estas y aquellas
ya cubiertas de luz, ya sin ninguna,
sujetas al contrario movimiento
con que da vuelta al mundo el firmamento.
Qué cosa es ver del abrasado oriente
hecha ascuas vivas la bermeja aurora,
cuya luz de un color resplandeciente
de los montes las altas cumbres dora;
que el fresco viento, que en mi pecho y frente
causa suavidad, recrea y enamora;
que el alba aljofarada, que ya empieza
y hace acudir rocío a mi cabeza;
y sobre todo, que el saber que rige
todo esto, aquel que lo formó de nada.
Dichoso aquel que en esta vida elige
de las leyes, la ley que a Dios agrada;
esto me da cuidado, esto me aflige,
esto tiene mi vida fatigada,
pues nací de cristiano, y siendo moro
no sé si como debo a Dios adoro.
Nací de madre que antes fue cristiana
y después renegó, siguió la seta
que mucha parte de la gente humana
sigue, y nombrada por el gran profeta.
No sé si la que sigo es la ley vana,
y deseo salvarme en la perfeta;
sigo a mi madre, a una mujer varia
y que pudo elegir la ley contraria.
Sé, que de las torpezas deste mundo
me hallo lleno, y tan metido en ellas,
que ni el Nilo caudal, ni el mar profundo
me podrán, confuso, las lavar dellas;
solo en ti Dios me estampó, en ti me fundo,
que criaste, cielo, sol, luna y estrellas,
y así pido perdón ante ti puesto
de mis pasadas culpas. Mas, ¿qué es esto?
Híncase de rodillas y aparecen en una nube por tramoya, o corriendo una cortina, tres niños, vestidos de blanco, con coronas de flores puestas las manos, y dice el de en medio, y el mancebo queda admirado.
Del cielo habemos venido
a ti, hermano, y no te asombre
de haberte dado este nombre,
porque los tres lo hemos sido;
unos padres nos hubieron
y apenas los tres nacimos
cuando el ser mortal perdimos,
y el ser eterno, nos dieron.
Diósenos, porque tenemos
lo que no tienes, y es falta
que no puedes, si te falta,
verte en el bien que nos vemos;
procura saber el fin,
y sabido has por tenello,
porque es cosa que sin ello...
no puedes tener buen fin
y, sabido, se concluya
en saber que estriba, hermano,
en darte la ajena mano
y el recibirla en la tuya,
y si ha de dártelo alguno,
será Luis, rey de Francia;
procúralo con instancia
y ayúdete el Trino y Uno.
Cúbrese la tramoya o corren la cortina con música. Levántase Osmán.
¿Qué visión, cielos, es esta,
qué respuesta sin pregunta,
que tres en divina junta
para dar una respuesta?
Cuando me aflijo tanto,
ni quién en tanto me estima
que me ha propuesto la egnima
de aquel oráculo santo.
Que en gloria, hermanos, os veis
por tener lo que no tengo,
en solo esto voy y vengo
que no tengo y que tenéis.
No os entiendo, mas discierno
qué agrado, hermanos, me distes,
sin duda, hermanos, venistes
a sacarme del infierno.
¡Oh, valiente capitán!
Salen Fátima, madre de Osmán, y dos moros.
¡Oh, gente jamás domada,
¿qué venís alborotada?
A buscaros, Osmán,
que vuestra súbita falta
privó de sosiego el pecho
que está a quereros tan hecho,
que el aire lo sobresalta;
pues no estaba aquí mi gente,
sin fatigaros vos tanto.
Soy madre, no os cause espanto,
porque os amo tiernamente.
La ciudad de Damiata,
con tu ausencia está suspensa,
que estás muerto o preso piensa,
de otra cosa no se trata.
No estoy muerto, pues aún vivo,
y con obligación nueva.
Quiero volver con la nueva
de que el capitán es vivo.
Yo también iré contigo
por ganar de él albricias.
Hijo,
Vanse los dos. Va a abrazarle y él la detiene.
detén las caricias,
madre, fingidas conmigo,
si el bien, la vida y consuelo
soy vuestro; ¿por qué respeto
me encubristes el secreto
que hoy me ha descubierto el cielo?
¿En qué mal con vos anduve,
que si hermanos he tenido,
hasta hoy no he merecido
saber de vos que los tuve?
No puedo entender, por cierto,
para qué fue de importancia
haber puesto tanta instancia,
madre, en tenerlo encubierto,
y si importa qué lugar
os da el ser madre del gallo,
por cierto que yo no hallo
por qué tiene de importar.
¿Por qué no nos igualastes
si a todos cuatro paristes?
¿Qué es lo que a los tres les distes
que a mí solo me quitastes?
Dadme, madre, lo quitado,
que aunque no sé lo que pido,
bien hecho de ver que ha sido
mucho lo que me ha faltado;
es tanto, madre cruel,
más que cuantas tiene el suelo,
que a ellos los tiene el cielo
y a mí me tienes en él.
Ya, hijo, la hora llegó
en que el Señor ha querido
que os sea restituido
lo que mi culpa os quitó;
y aunque la mucha vergüenza
casi no me da lugar,
quiero, hijo, comenzar
mi triste historia.
Comienza.
En el reino que por armas
desde los dorados siglos
ha tenido en campo azul
cinco lises de oro liso,
provincia a quien los mortales,
significando su sitio,
al presente llaman Francia
y Galia llamó el antiguo,
nací, hijo, a Dios pluguiera
que nunca hubiera nacido,
pues naciendo de cristianos
soy enemiga de Cristo.
Criome mi noble padre
con regalos infinitos,
por ser única heredera
de un mayorazgo muy rico;
crecí, y en llegando edad
de sujetarme a marido,
me casó con un francés
tan hidalgo como rico;
siguiose luego al casarme
deseo de tener hijos,
del conyugal matrimonio
fruto esperado y debido.
Diome el Señor el primero,
bautizóse luego el niño,
y apenas le bautizaron
cuando murió de imprevisto;
nació el segundo, y también
recibió agua de bautismo,
y Re
y recibida murió
en los brazos del padrino.
Nació el tercero y también
lo que con los dos se hizo,
y el bautizarse y morirse
fue casi un instante mismo.
Finalmente nació el cuarto
y último de mis hijos,
y este hijo fuiste tú.
Por mal de los tres nacido,
Viendo el fin acelerado
de los mal logrados hijos,
teniendo por mal fin
como si lo hubiera sido,
no te quise bautizar
por ver si quedabas vivo,
siendo el buen fin de los tres
del mal del cuarto principio.
Pudo pues tener efeto
la causa de tu bautismo
porque el día de mi parto
tu padre una ausencia hizo.
Volvió de ella y preguntome
si era cristiano su hijo,
y certifiqué mintiendo
lo que cierto no había sido.
Creyóse, y algunos días
los dos contentos vivimos
hasta que llegó uno triste
por mi pecado y castigo,
que estando ambos en un puerto
paseándonos contigo,
de una galera turquesca
los tres asaltados fuimos.
Tu padre, como era noble,
peleó y murió en su oficio,
y por su muerte, quedamos
ambos de un turco cautivos.
Lleváronnos a Turquía,
de allí vinimos de Egipto
donde renegué en efeto.
Lo que hubo mal, ya lo has visto.
He querido muchas veces
contarte lo que has oído
y tantas lo he recelado
porque a todas he temido
que en conociendo tu engaño
tienes de volverte a Cristo
y has de morir al momento
que recibas el bautismo.
Voyme a quejar, madre, y dudo
que aunque fue grave tu error
solamente causar pudo
lo hecho ofensas de amor.
Porque yo quedase mudo,
en efeto eres mujer
de quienes propio el temer.
Y a ser mujer, se añadió
ser madre, a ser madre, ser
quien tanto siempre me amó.
Culpa tienes, cosa es llana,
pues con tu piedad materna
y tu superstición vana
¿Quieres darme muerte eterna
por estorbarme la mano?
Pero ya me hallo a punto
de cobrarlo todo junto,
pues el baptismo he recibido,
pues lo que tenía perdido
lo restauro en solo un punto.
Ya yo sé lo que tuvistes
y sé bien lo que no tuve,
y lloro las horas tristes
y el tiempo, hermanos, que anduve
sin la lumbre que me distes;
pero quien salvarme quiso
con tan vehemente aviso,
déme ahora la mano, hermanos,
que a fuerza de nuestras manos
yo ganaré el paraíso.
Mueve los pies, fuerte Osmán.
Salen los dos moros.
¿Qué hay, amigo?
Damiata,
por mandado del soldán,
de ponerse en armas trata;
acude, buen capitán.
¿Qué nuevas hay?
Por las espías
se sabe que a pocos días
que pregonó el francés suelo
guerra.
¿Por diversas vías?
Pónese pensativo.
La mano en la frente, pensativo.
Me quiere dar Dios el cielo,
y acude a las ansias mías,
no supe por la visión
que de Luis, Rey de Francia,
pendía mi salvación.
Una cosa de importancia
me ocurre en esta ocasión,
empresa rara y alta.
Sí, sí, harelo sin falta;
vamos, y sepa mi tierra,
amigos, que no les falta
su capitán. Guerra.
Guerra.
Vanse, y por otra parte sale con chirimías y atabales acompañamiento de franceses con cruces coloradas al pecho en capotillos blancos, y detrás un cardenal, y el Rey San Luis armado con manto carmesí sobre las armas coronado, y traiga el conde Ugón, alférez mayor, el estandarte Real con las flores de lis a una parte y las armas del papa que atraviesan una cruz de Jerusalén al dorso, y córrase una cortina y descúbrase un altar donde esté San Francisco, y diga el cardenal tomando el estandarte =
El día es hoy, Rey cristiano,
en que la Iglesia os entrega
esta insignia que despliega
al viento mi indigna mano,
significando por ella
que os entrega en entregalla
el lauro de la batalla,
toma el Rey el estandarte
porque, ¿qué más lauro que ella?
Francia su bien solemnice,
pues tal guion va a guiar.
Trabajo os ha de costar,
porque cruz trabajos dice;
pero es cierta la victoria,
que jamás pecho mortal
en nombre de esta señal
que no saliese con gloria.
Por el sucesor de Pedro,
capitán de Dios os nombro,
y este árbol llevad al hombro,
más levantado que el cedro.
Sus armas os doy, tomaldas,
que mejor lo harán con vos,
las armas que al mismo Dios
pudieron hacer espaldas;
y acabad, Godofre nuevo,
lo que comenzó el antiguo.
todos de rodillas al altar
Ya que su bien averiguo,
rehusar el peso no debo;
que aunque no con la pujanza
de Godofre de Bullón,
iré a cercar a Sión,
puesta en vos la confianza;
y vos, seráfico padre,
que, siguiendo el francés bando,
y de grado renunciando
casa, patria, padre y madre,
puso el buen celo en vos tanto
que el regalo pospusisteis
y a la conquista os partisteis
del sepulcro sacrosanto,
y a no seros estorbado
del mismo Dios, fuera ansí,
pues que fraile no os seguí,
merezca os seguir soldado.
Pedilde, Francisco, a Dios,
que por vuestra intercesión
haga yo agora en Sión
lo que no hicisteis vos;
porque si yo a verme llego
en su posesión seguro,
y sobre su santo muro
al aire esta cruz despliego
en sus puertas, por los dos,
pondré, padre, dos escudos
que publiquen, aunque mudos,
quién soy yo y quién sois vos.
Hechos de varios matices,
al lado diestro y siniestro,
con cinco llagas el vuestro,
y el mío con cinco lises.
Sale un paje y dice de rodillas, y levántase el Rey y todos.
La guarda, señor, impide
la entrada a un mozo valiente,
que a voces entre la gente
puerta para hablarte pide.
diré que viene de Egipto,
y confírmalo en su traje,
y, sin duda, es de linaje,
que en la frente lo trae escrito.
Entre, sepamos quién es,
que promete novedad.
De rodillas.
Sale Otmán.
Deme vuestra majestad
a besar sus reales pies.
Levanta, amigo, de tierra
y propón a lo que vienes.
Sé que pregonada tienes,
señor, contra Egipto guerra,
y esto causó que viniese,
aunque antes supe tu nombre,
que supiese que había hombre
que tal empresa emprendiese.
Noticia de ti me ha dado
el cielo; de aquí se argüya
ser buena fama la tuya,
pues hasta el cielo ha llegado.
Luego que de ti me dio
noticia, te quise bien,
y a verte partí también,
porque el cielo me envió.
Y tuve el venir por bueno,
porque hombre cuya persona
el mismo cielo la abona,
sin duda ninguna, es bueno.
No digo yo agora el modo
con que lo supe del cielo,
que no importa, que en el suelo
nunca es de decir todo.
Digo, al fin, ya que es sabido
cómo has pregonado guerra
contra el poder de mi tierra,
que a muchos has atrevido;
mas siendo yo un hombre grave
de Egipto, como lo soy,
¿qué me darás si te doy
de todo un reino la llave?
Yo rey soy por el soldán,
o, por decirte mejor,
soy por su sumo valor
de una ciudad capitán.
Puede en armas infinito,
tiene en armas fuerza inmensa;
en fin, es puerta y defensa
de todo el reino de Egipto.
Esta es, señor, Damiata,
y sin que sus muros cerques,
como tú, rey, me la merques,
te la daré bien barata.
Si es poco el precio, darélo,
porque se ahorre de guerra.
Daréte, señor, mi tierra,
porque tú me des el cielo.
En poco excluíslo, amigo,
que te ha parecido poco.
No pienses que sé tan poco
que no sé lo que me digo;
digo que te doy barata
a Damiata por el cielo,
porque no hay palmo del suelo
de los que hay en Damiata
que no le tenga comprado
a onzas de sangre y más;
y tú en darme el cielo das
lo que no te cuesta nada,
y pues por tan fácil cosa
cosa tan difícil doy,
dame el bautismo, Rey, hoy.
Es obligación forzosa.
Debo yo darte el bautismo
como tú dispuesto estés;
no dado por interés,
mas rogándote a ti mismo,
¿sabes, di, moro curioso,
lo que un buen cristiano debe?
Señor, no.
Pues es tan breve
de saber como es forzoso.
Instrúyete en la fe bien,
porque conviene sabella,
que yo haré, instruido en ella,
bautismo al punto te den.
¿Qué nombre piensas tomar?
El tuyo, Rey.
Pues Luis.
Yo me parto de París;
conmigo os podéis tornar,
y trataremos del modo
en que venga a mi poder
Damiata para hacer
lo que importe.
Sobre todo
se tiene de procurar
se me dé con brevedad,
poderoso Rey, bautismo.
Tengo el deseo mismo.
Ea, yo parto a embarcar.
Vanse todos haciendo grandes cortesías al Rey, con que se da fin a la primera jornada.
Cantan luego, y en acabándose de cantar, suenan cajas como que se da una batalla. Dicen los moros: «¡Mahoma, li, li, li!», y los franceses dicen: «¡Francia, San Dionís!». Y salgan algunos moros peleando con cristianos y vuélvanse a entrar, y digan dentro: «¡Victoria, Francia, victoria!», y parezca sobre el muro Hugón, vestido de moro capellán y bonete, tremolando el guion de Francia, y dice:
¡Victoria, franceses, vuestra es la victoria!
franceses, ya no hay quien lo ataje,
Quede desta hazaña la memoria
a los que han de venir deste linaje,
y dedes deste hecho a Dios la gloria.
Y al fuerte Osmán, después, aqueste traje
que dejar por inútil ya podemos,
pues la ciudad rendida poseemos.
Quítase el vestido de turco y queda en el de francés, y tremola la bandera, y sale el Rey con la espada desnuda y rodela.
Ya los nuestros victoria apellidaron
con voces de alegría el cielo hiriendo,
y a sus ecos los montes resonaron
los últimos acentos refiriendo;
ya los fuertes franceses acabaron
de romper la ciudad con bravo estruendo,
y el denodado Hugo dando un salto
sobre el muro la cruz levantó en alto,
ya da vuelta la insignia vencedora,
ya sus celajes por el aire suelta,
y a las torres del muro alumbra y dora
con los visos que hace a cada vuelta;
y a la sagrada cruz postrada agora
toda la gente a la muralla puesta,
y a Jerusalén humildemente
parece que me inclina la alta frente.
¿Cuántos soldados han faltado?
Sale un capitán con espada desnuda.
Algunos,
que no hay victoria libre de sucesos.
¿Qué gente habrá faltado?
Muertos unos,
y seis del enemigo al salir, presos.
Pues, capitán, sin reservar ningunos,
entiérrense estos y rescátense esos,
y el fuerte Osmán...
Rato ha que no parece.
Vámosle a buscar.
Bien lo merece.
Vanse, y por otro lado sale un Maestro de niños, y Osmán tomando lición, y un muchacho.
Digo que en mi vida he visto
hombre tan olvidadico.
¿Qué he de hacer si Dios me hizo
ansí?
Acabad, por Cristo,
y fue...
muerto y sepultado.
Y de... ¡Osmán! y...
Y descendió a los in...
Túrbase Osmán.
Si no es desde niños tiernos,
el trabajo excusado;
duéleme, ansí Dios me salve,
que ha más de un mes que no puedo
meterle a un hombrazo el credo
en los cascos, pues la salve,
más querría estar borracho
que enseñar a hombretones;
un mes en cuatro oraciones
enseñase a un muchacho.
¿Qué diremos?
¿Qué diréis?
Decid la salve; veamos,
que según aprovechamos
tampoco no la sabréis.
Salve, te...
Salve te, Dios.
Y no sabrás proseguir.
¿Quieres tú argüir?
Reina y madre.
¿Cómo vos?
Bendito de Dios seas tú
y de su bendita madre.
Padre, padre.
Yo, su padre,
sea su padre Bercebú.
Mucho reñís.
Mucho riño;
pues ¿no os tengo de reñir,
si os ha menester decir
las oraciones un niño?
Por eso haré, padre, yo
lo que no hará esa criatura.
¿Haréis vos más? A la ventura.
Diré que no,
digo que no,
que él sabe decir aquello
porque no sabrá morir,
y yo no lo sé decir
y sabré morir por ello.
No sé...
Yo sé que te engañas;
si no, entiendes de mí esto.
Ea, señor, decid presto,
que me moléis las entrañas.
Pues persignarse tan bien,
persignaos.
Por la señal
de la santa...
Hace un garabato.
¡Oh, qué mal!
Acaba, haz la cruz bien.
Y de nuestros enemigos,
líbranos Dios y Señor.
Y a mí me libre el Creador
de ti.
Quedo, que hay testigos,
y no quiero que quien viene
entienda que soy tan rudo,
que si el tiempo no lo pudo,
Dios hará lo que conviene.
Salen el Rey y Hugón, conde, y acompañamiento de soldados.
¡Oh, valeroso Luis,
seáis bien hallado, amigo!
Vengades alto contigo,
el Señor.
¿Por qué huís?
¿Cómo no habéis parecido
a celebrar la victoria?
Pretendo, Rey, otra gloria
de la que tú has pretendido.
Entrambos en una guerra
conquistamos en el suelo,
yo la conquista del cielo
y tú, Rey, la de la tierra.
Por eso, si eres quien fuiste,
dame, señor, pues te di
lo que yo te prometí,
lo que tú me prometiste.
Dame, buen Rey, el bautismo,
que, si como es imposible
fuera el dármelo posible,
me le diera yo a mí mismo.
Maestro, ¿Luis sabe aquello
que tiene de obligación?
No tiene disposición
en su vida de sabello.
¿Cómo?
Lo que agora dice,
al momento se le olvida.
Pues no es cosa permitida
que en nuestra ley se os bautice,
si en caso no estáis dispuestos.
No sabe las oraciones
del modo que tú me impones
las sabré.
¡Oh, qué lindo es esto!
Es rudísimo, señor.
Menos lo soy que tú manso.
Cánsase, a fe.
Más me canso
yo de sufrir tu rigor.
Dame a puñadas la gloria,
como si mía no fuera.
¡Ah, si por las puñadas diera
como se da por memoria...!
Empuña la espada.
Cuando es de aquesta edad
el discípulo, maestro,
sabe el que enseña, si es diestro,
enseñar con suavidad.
Yo, que nunca me desgracio,
quiero por veros cristiano
enseñaros de mi mano,
y para hacerlo despacio,
quiero que juntos hagamos
los dos un cierto camino,
que agora hacer determino,
y importa que juntos vamos,
porque donde voy de aquí
quiero por lengua llevaros.
Serviré yo de enseñaros
y vos de hablar por mí.
Y aunque en casos diferentes,
seremos lenguas los dos.
Yo vuelva a huir con Dios,
y vos, mía, con las gentes.
No sabré yo dónde has de ir.
Sí; apártate a este lado.
¿Tan presto lo has decretado,
que luego se ha de cumplir?
Apártense los dos.
El voto, conde, que hice,
si ganaba a Damiata...
Que se va lo que se trata.
No sé, que él de un voto dice.
Mira que es camino largo.
Yo tengo de ir en efeto.
Cumple tu gusto.
El secreto,
sobre todo, conde, encargo.
Muy solos sin ti quedamos.
¿No quedas tú en mi lugar?
Basta, vamos a tratar
de partirnos luego.
Vamos.
Vanse, y por otra parte salgan el Soldán de Egipto y dos moros, y seis esclavos cristianos detrás. Habla el uno no más.
En fin, ¿que el alevoso Osmán
ha entregado a Damiata?
Quien le hizo capitán
lo merece; ansí se trata
la fe debida al Soldán.
Pues por el sacro Mahoma,
más que venganza se toma
de dar palabras al viento;
viva Osmán, viva contento,
regálese bien y coma,
que yo quien soy no seré,
o a manos le cogeré.
Perros, cobardes, villanos,
que cuatro viles cristianos
pudieron daros del pie.
Si alguna venganza fuera,
aquí a todos os hiciera
colgar luego de un cordel,
mas el castigo que dél
satisfacción no se espera...
No habemos hecho tan poco,
que con nosotros traemos
presos.
Ni mucho tampoco;
os contentáis con lo poco,
grande hazaña hecho habéis
en haber prendido a seis.
Valemos los seis por mil.
Pues una gente tan vil
os prendió, poco valéis;
pues los seis, os rescatad
dentro de los ocho días,
franceses o renegad,
que por una destas vías
tendréis solo libertad,
y el que dentro del día octavo
pensare quedarse esclavo
ha de morir sin remedio.
que no ha de haber otro medio.
solo este, y con este acabo;
quitaos de delante luego,
y quitaos también vosotros,
no os abrase con el fuego
que despido a unos y a otros.
el de cólera está ciego.
Vanse los moros y los esclavos.
por ti, Alá, en cuyo ser
consiste todo el poder,
juro que he de cumplillo,
que el día octavo ha de ser
cuando los pase a cuchillo.
Salen los dos moros.
señor, de la rienda tira
al ciego furor.
¿qué ha habido?
para mitigar tu ira
un suceso ha sucedido
que como a milagro aspira.
¿en favor mío suceso?
traen tus espías dos presos
que ha sido la mejor presa
que la conquista francesa
pudo darte.
¿no entran esos?
ya
ya entran.
Salen el Rey y Osmán como peregrinos.
¿no es este Osmán,
el aleve capitán
que ha entregado a Damiata?
y este señor, ¿quién se traza,
siendo rey, como un gañán?
¿que el rey es?
el rey Luis,
que la rubia flor de lis
pone en sus reales armas,
y quien vino a tomar armas
contra ti desde París.
¿qué averiguación hay de eso?
diósele, señor, tormento
a uno que con él fue preso,
y este confesó al momento.
y yo también lo confieso:
casos son de la fortuna
de que persona ninguna
se libra de su suceso.
gran desgracia fue esa.
fuelo,
mas que en ti me libre de una.
como mi dicha fue tanta.
iba a visitar la casa
que el cristiano llama santa.
¿que a tal se atrevió?
esto pasa.
Su temeridad me espanta.
¿Cómo no habláis, traidor,
jenícaro, mal nacido,
a quien le fuera mejor
no haber al mundo nacido,
que ofender a su señor?
De haberme ofendido siento,
por ser de ti más contento,
que si ofendido no fuera,
por tratarte de manera
que al mundo quede escarmiento.
Piensas...
No me des respuesta.
Llevadme luego a ese perro,
y, por la muerte dispuesta
por la ley, pague su yerro.
No me da pena la impuesta;
solo me tiene afligido
el ver, rey, ¡ay!, al querido,
que muera sin bautizar.
No ha habido, Luis, lugar.
Lugar, Luis, has tenido.
Llévanle.
Suplico a su majestad
su castigo se suspenda,
y pide la cantidad
que quisiere de mi hacienda,
porque tenga libertad.
No te canses, que el tesoro
que las rubias venas de oro
en sus senos cría Arabia,
no han de hacer que mi rabia
no se ejecute en el moro.
Deja su rescate aparte,
y de tu rescate trata,
si quisieres rescatarte;
y mientras que se dilata,
como rey puedes tratarte;
de tu persona confía
que, del modo que la mía,
serás tratado en mi casa,
que lo que hoy por ti pasa,
pasará por mí otro día.
De fuerza he de rescatarme,
gran señor, y brevemente,
porque luego al cautivarme
envié a avisar a mi gente
que viniese a libertarme;
y ansí, sin que se dilate,
cuando quisieres, se trate
lo que has de hacer por mí,
que apenas darás el sí
cuando llegue aquí el rescate.
Muy bien está, vámonos
por ahora a mi palacio,
que allá podremos los dos
tratar aqueso de espacio.
Déte, Osmán, su favor Dios,
iré presto por tornar
a ver lo que de ti han hecho.
Sufre, que Dios en tu pecho...
asiste y te ha de ayudar.
Vanse y por otra parte salen los dos moros.
¿Que luego se ejecutó
el temeroso castigo?
Al instante, como digo.
Pues dime cómo pasó.
Usa Egipto en sus castigos
una traidora injusticia,
que el hombre que los da al mundo
de bárbaro se acredita.
Proponen con nuestra ley el
nuestros reyes lo ejercitan,
y a esos reyes hacen
en hacerlo más injusticia;
si quieres ver si es verdad,
el general pesar mira,
que muestran todas las cosas
en el Catay este día.
Mira el sol, que si hoy da rayos
más ardientes que otros días,
es porque de puro enojo
lanza llamas por la vista;
mira el mar, que si en sus conchas
perlas de su origen cría,
las crio para tener
lágrimas para este día;
mira el aire, que cubierto
hoy de nubes denegridas,
es porque se pone luto
por tan terrible desdicha;
mira, al fin, la gente mora,
que en corrillos dividida,
la novedad del castigo
por novedad llora y mira,
es, pues, el castigo enorme
que la vida a Osmán quita,
con la muerte más cruel
que fue inventada en la vida:
en un palo de una punta
tostado a sobre ascuas vivas
muere con ansias mortales,
clavado de abajo arriba;
hoy muere, y muere por Cristo,
que esto es lo que más lastima,
que le den a Dios aquello
que a Mahoma se debía;
en fin, muere pertinaz.
Que vino a morir rebelde,
verle quiero morir.
Vedle,
que ya es de vida incapaz.
Corren una cortina y parece Osmán empalado con mucha sangre por donde sale el palo.
¡Ah, desventurado mozo!
¿Cómo hiciste fin tan malo?
Porque moriste en un palo,
Dios, muero con este gozo;
si en un palo puesto en cruz
moriste, hecho pedazos,
yo en otro donde mis brazos
sin tender brazos de cruz,
y si morís, Señor,
tan ciego de amor por mí,
yo también muero por ti
abrasado de tu amor.
Nuestro fin, un fin es mismo,
pero morimos los dos,
yo hombre solo, tú hombre y Dios,
yo sin él, tú con bautismo.
Cuando en el mundo hombre humano
tan desgraciado se ha visto,
pues que muriendo por Cristo
muero sin morir cristiano.
Habla el Rey desde dentro.
Dejadme entrar, si no es muerto,
dejadme ver, por Dios.
¿Quién es?
Yo.
Va el moro a la puerta y sale el Rey.
Pasad, que a vos
no hay cosa, Rey, encubierto.
¿Ha espirado?
No he espirado,
pero estoy para espirar,
y de ir sin bautizar
en ti, Rey, la culpa ha estado.
Jamás te negué el bautismo,
yo mi culpa he negalle,
mas porque el no poder dalle
nació solo de ti mismo,
con todo eso, no es tarde si acaso
diese esta mi vida lugar.
Bien se puede ahora dar,
yo alargaré, bien elijo,
quiero ir por agua.
Ya es tarde,
y moriré antes que venga.
Yo iré sin que me detenga.
Imposible es que la aguarde.
No hay agua aquí.
Por no habella,
tanta de mis ojos sale,
que si por agua me vale,
yo soy bautizado en ella;
con todo, aunque me desangre,
si en mí hay mal que desangrar,
me tengo de bautizar
yo a mí mismo con mi sangre;
y así digo que en el nombre
del Padre, Hijo, Espíritu Santo,
me bautizo.
Toma la sangre por do sale el palo y bautiza.
¡Oh varón santo!
¡Grande fervor, grande hombre!
Ya la hora llegó en que muriendo
pudo apartarme de vos,
Rey, en tus manos mi Dios
este espíritu encomiendo.
Muere Osmán.
Llegó el postrer parasismo.
No en vano tu madre dijo,
Luis, que moriría su hijo
en recibiendo el bautismo.
Quiero, mártir celestial,
besar tus sagrados pies.
Pónese de rodillas a los pies.
Compasión tiene el francés.
Tiene al fin pecho real.
Si quieren, se puede cantar la letra que se sigue desde dentro y Osman quede los ojos clavados en el cielo, y, corriendo una cortina, aparezca Cristo en pie con una cruz grande en la mano, como se pinta en el martirio de san Esteban; y en acabando de cantar se cubra la apariencia, y si no, pase esta apariencia y música en claro.
Por conversión de Luis,
santo mártir en Turquía,
que muere por Jesucristo,
el cielo se regocija.
Óyense voces sonoras
en la sagrada capilla.
En lo que vierte la sangre
y en lo que acaba la vida,
el sagrado mártir tiende
los ojos mansos y mira
abierto un muro en el cielo,
que a Esteban en todo imita,
y con su sangre limpia
él propio con sus manos se bautiza.
Cúbrese el Cristo y sale el Soldán.
Pagó ya su alevosía
el renegado traidor.
Rato ha que tiene, señor,
pagado lo que debía.
Rey.
Poderoso soldán.
Mucho su muerte sentís.
Levántase.
Quiérole bien por Luis,
como su mal por Osman.
Murió cristiano.
Cristiano.
Que aun fue traidor a su ley.
Ahora bien, quiero dar, Rey,
a esta materia de mano.
¿Cómo os halláis en mi tierra?
Mal como libre que preso.
Ningún contrario suceso
que os acontezca os dé guerra;
que a todo lo que se ofrezca
acudirá vuestro gusto.
Será más, porque eres justo,
que porque yo lo merezca.
Entra el moro primero.
Un grande alfaquí francés,
que dice lo es de París,
se trae por el rey Luis
y a el rescate.
Llegue, pues;
ya tengo en más los cristianos
que hasta aquí los he tenido.
Con buen tiempo han acudido.
Beso, gran señor, tus manos.
Entra el arzobispo de París y dice de rodillas.
Vengáis, alfaquí, en buen hora.
También, Rey, las tuyas beso.
Ausente del su esposo,
como debe, siente y llora,
y envía de su tesoro
todo cuanto en él había;
en resolución, te envía,
rey, cien mil ducados de oro,
y deja por enviallos
robada toda la tierra,
porque la continua guerra
tiene pobres sus vasallos.
Entra uno de los cautivos franceses y dice de rodillas.
Señor, por los seis cautivos
a quien de término das
solo ocho días, no más,
en que sean muertos o vivos,
yo, que soy el uno dellos,
he venido a tu presencia,
donde, con tu real licencia,
respondo por mí y por ellos;
y así, en nombre de los seis,
digo que renegaremos.
¿Renegar queréis?
Queremos.
Pues quiero lo que queréis.
Pues esto de consentir
no es razón que se consienta;
a mis ojos una afrenta
que es tan digna de sentir,
antes quiero rescatallos
y quedarme yo cautivo,
que no, que estando yo vivo,
renieguen seis mis vasallos.
Si otra cosa ellos no acuerdan,
doy mi rescate por ellos,
y esto no por no perdellos,
mas porque ellos no se pierdan.
Libres son, habiendo eso.
No has de ser, rey, de esa suerte,
que antes queremos la muerte
que no que te quedes preso.
Lo que yo he dicho ha de ser;
lo que he dado, doy, señor.
Presos de tanto valor
mucho, rey, deben valer.
Pues el tanto ha alcanzado
que, no mucho, pero poco,
no puede enviar tan poco,
señor, el francés estado.
Con todo, si yo el tuviera
en mi tierra, no faltara
con que al fin me rescatara;
no sé entonces lo que hubiera.
Pues dime, rey, ¿qué seguro
me dejarás si te envío
a tu tierra?
En cambio mío,
no sé qué quede seguro.
¿No tienes alguna prenda
en esta ocasión
sola una,
que no hay con ella ninguna,
pero ha de haber quien la entienda.
¿Y es?
La hostia del altar
que veneran los cristianos,
donde Dios a los humanos
se comunica en manjar.
Una prenda en este mundo
cuya verdad tú no alcanzas,
a donde las esperanzas
de mi cuerpo y alma fundo.
Prenda donde Dios se pone
por prenda a aquel que la empeña.
No sé si es grande o pequeña,
pero haya quien la abone,
que dándome fiador
de que vale el interés,
acabado el pacto es.
Pues yo la abono, señor.
¿Fías al rey que vendrá
al plazo que me pusiere?
También de cuanto hiciere
le fío.
Pues hecho está.
Vamos y harasme entrego,
rey, de la prenda ofrecida.
Porque sea mi partida
luego, es bien que sea luego.
Mira, alfaquí, qué propones,
que has de salir fiador
del abono.
Sí, señor.
Y del pacto y condiciones
también.
Pues vamos al punto
a firmar nuestro concierto.
Da licencia, pues es muerto,
que se entierre este difunto.
Doyla.
Pues yo a vos os doy,
obispo, el cargo de hacello.
Acudid los dos a ello,
que al momento, amigos, voy.
Vanse el rey y el soldán.
Haciendo de vos confianza,
salí por vuestro fiador,
abonado sois, señor,
sacadme de la fianza.
Vase.
Jornada tercera. Canten, y en acabando salga el Soldán y los dos moros.
El alfaquí está a recado,
en prisión está ya puesto.
En cuidado el rey me ha puesto,
y con razón en cuidado;
que es de creer, sin fe, por fe,
que la prenda que dio es Cristo,
y que no le hayamos visto
desde el día que se fue.
Mas, si engañado me hubiese,
Señor.
Dales una llave y vanse.
Id al punto,
y ved los dos en qué punto
está lo que dejó ese.
Bueno es dejarme el francés
una cosa a mí por prenda,
sin que yo sepa ni entienda
lo que vale ni lo que es.
Que sea Dios, que no sea Dios,
que esté allí o no esté de veras,
me engaño en ambas maneras
el concierto de los dos;
si es Dios, ¿quién le quitará
que de allí no suba al cielo?
Digo que en forma recelo
que este engañado me ha.
Salen los dos moros como admirados.
Señor, un milagro grande
venimos de ver los dos;
sin duda es la prenda Dios.
No lo creo, aunque lo mande.
Vimos, en fin...
Aparte.
Pues, ¿qué vistes?
Vimos, señor, que dos velas
que dejó ardiendo allí junto
el Rey, están en el punto
que el día que alzó las velas,
de modo que siempre arden
y nunca, señor, se gastan.
Las admiraciones bastan;
para mejor fin se guarden.
Un monte fragoso y agro
tiene de dificultad
para creer que es verdad
que ahí puede haber milagro.
Amigos, todas señales
no son milagros del cielo,
porque también en el suelo
hay secretos naturales;
ni lleva buen fundamento
que por milagro se alabe.
Quiero ir y echar la llave
de mi mano al aposento,
hasta que el rey francés venga,
que hoy sin duda ha de llegar;
o el alfaquí ha de pagar
un punto que se detenga,
que hoy se cumple el plazo puesto
en la vuelta del francés.
¿Qué llevó de plazo?
Vase el Soldán.
Un mes,
¿y puede volver tan presto?
Si tiene cuidado, sí.
Pues no es nada descuidado.
Pues si no viene, cuidado
del miserable alfaquí.
mas no es este que aquí viene,
él es, lástima le tengo.
sale el arzobispo con una cadena
hoy a morir por vos vengo,
Dios, porque el Rey se detiene,
ya, Señor, en vos espero
más que en el buen Rey Luis
si vos, Señor, os servís
de que muera, alegre muero.
solo siento, gran Señor,
morir entre aquesta gente
tan bárbara e insolente
que nunca os tiene temor,
no, Señor, porque soy hombre
que temo el fuego, o la cuerda,
mas porque el rey infiel no pierda
crédito a vuestro buen nombre.
afuera, aparta, hagan plaza.
sale uno con un palo al hombro
el palo tan presto, malo,
dónde llevas ese palo,
amigo?
hasta la plaza
donde el Soldán ha mandado
que esté a tiempo prevenido
que aún no será anochecido
cuando en él estés clavado.
vase
bendito tú, que quisiste
que muriese en manos moras,
ya, Señor, le dan por horas
la vida a este que hiciste,
dame, Dios, fuerza divina
para que acabe en tu gracia.
gran dolor.
vase
brava desgracia.
rumor suena en la marina,
velas deben de venir.
mas si fuese el Rey francés,
salva le hacen, él es.
sí, ya debe de venir,
disparan dentro
ahora sí que el Soldán sale
de su aposento real,
no veis?
no está muy mal,
aquí esperemos.
más vale.
sale por una puerta el Soldán y por la otra el Rey muy galán y acompañamiento de franceses, júntanse en la mitad del tablado
déme Vuestra Majestad
las manos.
oh Rey famoso,
vencido soy, vos victorioso,
no se os niegue esta verdad:
cuando más desconfiado
de vuestra palabra estaba,
cuando menos esperaba
veros entrar por mi estado.
60/
Vos sois quien sois, en efeto,
y el ser quien sois, para mí
es el que os trujo aquí
y no ninguno otro respeto,
y así yo mal agradezco
esta vuelta a vuestras prendas,
que la prenda dada en prendas
dadme lo que no merezco;
esa gloria mejor fuera
que se la dieras a aquel
por quien soy, que a no ser él
quien es, quien yo soy no fuera.
¿Y es ese el que está en la prenda
que en prendas de tornar diste?
Este es, señor, quien asiste
en esa sagrada ofrenda,
quien la iglesia, nuestra madre,
canta por Dios verdadero
en la hostia tan entero
como a la diestra del padre.
dala llave
Tomad y abrid, que ver quiero
esto que hasta aquí no he visto,
abrid, veamos a Cristo.
híncase de rodillas en una tarima y el rostro al pueblo
Quiero le hablar primero.
Dios, cuya voluntad tan larga anduvo
conmigo, que de pan ser Dios quisiste
y luego que quisiste lo hiciste,
porque solo el querer efeto tuvo;
Dios, que, creador de primero pan que hubo,
transustanciado en Dios a Dios pusiste,
pan que cotidiano al mundo diste,
con que tierno al humano Dios mantuvo,
por aquella verdad que el rey infiel niega,
por la conservación de tu sustancia,
que convierte en criador la criatura,
que persuadas a esta gente ciega,
como sabes y puedes a mi instancia,
desta tanta verdad la deidad pura.
¡Extraño suceso!
Abre una puerta con la llave que dio el Soldán, y esté dentro una mesa con su frontal y sábanas, y en ella un cáliz y una hostia, y encima un niño Jesús de bulto en el aire, de manera que pueda subirse, y donde se puso el Rey de rodillas sea torno que levante una vara a los que quieran, y así como abren comienza a elevarse el Rey, y diga el Soldán y los moros admirados:
¡Extraño!
Rey...
en éxtasis profundo está.
Señor, vuelve al mundo
y mira este desengaño.
¿Qué tengo de ver?
Aquello
¿qué?
en cuerpo y alma a Cristo.
Ya yo por la fe lo he visto,
no quiero por vista vello.
vosotros, gente sin fe,
que ver habéis menester
para creer, podéis ver,
que a mí bástame la fe.
¿Que lo que vemos nosotros
no has de ver tú solo?
No,
que quiero merecer yo
lo que no todos vosotros.
Suena música, y el niño que está encima el cáliz se va subiendo hasta que desaparece, y al mismo compás que sube el niño bajan al Rey hasta que asiente en el tablado, y va el Soldán y ayuda a levantar al Rey y abrazándole dice:
En tu fe y en lo que he visto
veo, valeroso Rey,
que sin duda es buena ley
la que profesáis de Cristo,
a quien le pido perdón
de mi ignorancia pasada,
y aquí rindo y mortificada
mi alma y mi corazón.
Dejar quiero el Alcorán,
que es supersticioso y vano.
Yo también seré cristiano,
y imitando al fuerte Osmán,
si agua falta, quedaré
en mi sangre bautizado.
¿Y vos?
Muy determinado
a tomar la santa fe,
y así quiero que en palacio
largo de mi ley tratemos,
pues entrar, señor, podemos,
y trataremos despacio
de otro Reino, harto mejor
que te puede el mundo dar,
a donde pueda reinar
en cielo y tierra, señor,
del bien mayor que deseas;
ni desea hombre a sí mismo,
que es recibir el bautismo,
porque cual ángel te veas.
Guiad, dichoso Soldán,
con quien a todos nos guía,
que siendo del cielo vía
Dios es nuestro capitán;
que yo os seguiré gozoso,
llevando tan buen camino,
con que da fin Pan divino
vuestro milagro glorioso.
Vanse todos con música con que se da fin al famoso auto del empeño y desempeño del santísimo sacramento por san Luis Rey de Francia.
Fin.