
Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026
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Zitiervorschlang
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Del sepulcro a la corona. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/del-sepulcro-la-corona.
Comedia Famosa Del sepulcro a la corona.
Personas 1.º Aristarco, príncipe. ...... 1.ª Irene, reina. 2.º Alejandro, galán. ........ 2.ª Rosaura, su prima. Lisipo, barba. ........... Matilde, criada. 3.º Orestes. ................. Lesbia, criada. 4.º Nicandro. ................ Guardas. Leoncio. ................. Soldados. Relámpago, lacayo. ....... Músicos.
Salen músicos cantando y detrás Irene y Rosaura, Matilde y Lesbia, y criadas.
Por el ausencia del sol
triste se queja una rosa,
que padece muchos siglos
de pesar, en pocas horas.
Si una flor sin alma, siente
de ausencia, la triste calma,
qué hará, ¡ay de mí! quien con alma
vive de su dueño ausente.
Ay, Alejandro, esta pena
que en mis lágrimas se copia
si la lloro como propia
la celebro como ajena.
Cantan.
La llora desvanecida,
de su hermosura la pompa
que es a la tarde escarmiento
la que fue al alba lisonja.
Dichosa flor que, advertida,
supo cambiar de esa suerte,
por los sustos de una muerte,
los horrores de una vida.
¡Ay, Aristarco querido,
qué mal mi amor has tratado,
pues la fe de mi cuidado
no pagas con el olvido!
Éntranse cantando y detiene Irene a Rosaura.
Deja pasar adelante
las damas, Rosaura mía,
porque mi melancolía
tenga de alivio este instante.
Contigo quiero quedar
sola, a llorar mis enojos;
desahóguense mis ojos,
pues aquí dejan llorar.
Señora, si vuestra alteza
de sus penas no se olvida,
acabará con su vida
muy aprisa su tristeza.
Pues si sabes la ocasión
que me obliga a dolor tanto,
¿cómo culpas en mi llanto
aquesta demostración?
Ya sé que llora el ausencia
hoy de Alejandro tu amor.
Conociendo mi dolor,
¿cómo extrañas mi violencia?
Debí a Alejandro la vida,
y a su valor obligada,
al riesgo de enamorada
pasé desde agradecida,
y pues te dicen mi culpa
estas lágrimas que lloro,
hoy le importa a mi decoro
que me escuches su disculpa.
Y porque lo sepas todo
ha de ser de su valor
fiel coronista mi amor.
¿Y cómo fue?
De este modo.
Era del día la estación primera,
en que estrenó su luz la primavera
porque a un tiempo los cielos y los mayos,
las flores se feriasen, y los rayos
siendo sus luces bellas
maridaje de rosas, y de estrellas
cuando salí, por darle una alborada
de canes, y monteros coronada
a fatigar aqueste monte ufano
que la cerviz oprime de este llano
a ese cuyos cogollos
de sus troncos robustos son escollos
población de obeliscos
provincia de peñascos, y de riscos,
y apenas la espesura examinando
entrebatiendo la montaña, cuando
penetró el bosque, un corzo fugitivo,
relámpago con pies, cometa vivo
cuya planta a la flor más melindrosa
que halló corriendo, no dejó quejosa
pues coronado de robustas plumas
aun no ajara del golfo las espumas
si mudando de esfera o de
volara el agua como nada el viento.
Deste pues disparado torbellino
la actividad del arcabuz inclino
y dando con veloz desasosiego
herido el pedernal gritos de fuego
despachó el plomo a toda diligencia
que creyendo del corzo la violencia
trueno del monte por buscar su centro
rayo invencible le salió al encuentro.
Herido el corzo busca el precipicio
sigo el rastro en quien es fiel indicio
el matiz rojo, pues portátil fuente
tiñó el campo de púrpura caliente
y abreviando de un salto la montaña
se arroja a un arroyuelo en que se baña,
al pie robusto de una verde encina
matizando su esfera cristalina
de líquidos claveles
yo alentando sabuesos y lebreles
llegué a la fuente, cuando
Alejandro, llegó también cazando,
Alejandro ese asombro de la guerra
árbitro de la mar, y de la tierra
a cuyo nombre heroico, y sin segundo
le viene estrecho el ámbito del mundo
porque tan grande hombre
solo cabe en su fama, o en su nombre.
Llegó pues, y aplaudiendo mis despojos
lisonjero el lenguaje de los ojos
cortesano el estilo de los labios
(si las lisonjas pueden ser agravios)
mi modestia cortésmente ofendía,
cuando me celebraba, y me aplaudía
ponderome el acierto
de mi destreza, en el corcillo muerto,
y cuando en mis aplausos, más se empeña,
del albergue funesto de una peña
que halló fortalecido
de un pardo risco, o pedernal torcido,
salió un oso, salvaje de aquel monte
a turbar la quietud de su horizonte
de cuyas señas informarte puedo
porque tan vivamente llegó el miedo
a copiar su fiereza en mi disgusto
que en la ayuda retórica del susto
lo verás vivamente, pues te informa
de que el campo asustó de aquesta forma,
teñido el rostro formidable en ira
que impaciente en la llama que respira,
su boca con mortal desasosiego
siente abrasarse de su propio fuego
y sufrir no pudiera sus enojos
a no abortar la saña por los ojos
erizada la piel que agudamente
desciende en torbellinos de la frente
o porque este es el traje
que le vistió su natural coraje
o porque teme, que aunque más resista
se emprenda en ella el fuego de su vista
y en su cólera extraña
venga a ser mariposa de su saña
la enmarañada greña que en lo feo
quiso hacer más horrible el desaseo
informe el bulto, rígido el semblante,
furioso el ademán, el brío arrogante,
terrible el ceño, el paso apresurado
fiero el garbo, el espíritu arrojado,
ligero el salto, la estatura bronca,
formidable la vista y la voz ronca;
del escuadrón molesto, aunque cobarde,
de canes acosado, en iras arde,
y aquel que más se arroja
a herirle, de la vida le despoja,
siendo así del mayor atrevimiento
riesgo, ultraje, ruina y escarmiento.
Crece el horror y crece la porfía,
y armada de cautelas la osadía
por impedir sus ímpetus veloces,
turba a un tiempo de dardos y de voces,
con golpes y con ecos repetidos
el corazón le hiere y los oídos;
púsose en pie la bestia mal segura,
y arbolando la bárbara estatura
tomó un escollo en brazos
y después, dividiéndole en pedazos
con ruda bizarría,
jugó la natural artillería,
siendo al vengar su injuria
tiro sumario y pólvora su furia.
No tan apriesa en el Diciembre helado
de granizo se cubre todo el prado,
cuando ardiente vapor al cielo sube,
el globo desgarrando de una nube,
que en comunes desmayos
se desata a relámpagos y rayos,
como el campo se cubre de despojos,
siendo vivo relámpago sus ojos,
nube el vapor ardiente que respira,
trueno el bramido y rayo cuanto tira.
vínose donde estaba
yo, que ya sin aliento le miraba,
y aunque del susto a mis acciones falto,
ayudada del mismo sobresalto,
por dilatar la muerte en mis congojas
me atrincheré a un pedernal con hojas
que recibió en mi nombre sus abrazos,
quebrantando el impulso de mis brazos.
Alejandro, en quien nada pudo el susto,
porque a su pecho Augusto
era el triunfar valiente
de la fortuna estudio, y no accidente,
al socorro llegó tan arriesgado,
fuese de su valor, o su cuidado,
que más enamorada de su brío,
por temer su peligro, olvidé el mío;
llegó Alejandro, pues, con tal denuedo
que a la misma fiereza puso miedo,
y vibrando una fuerte jabalina
tan recio le clavó contra la encina
que se pudo dudar si su fiereza
al tronco le servía de corteza.
Sintió el bruto la ofensa, y enojado
estremeció a bramidos todo el prado,
hasta que por la herida
con tanta prisa se ausentó la vida,
que el corazón, sin más temor que antes,
por su cuenta vivió muchos instantes.
No con mayor ruido,
de fiero terremoto estremecido,
un monte se desgaja,
y en piélagos de polvo al valle baja
llevándose tras sí montes y breñas,
quebrando riscos, y rajando peñas,
como el oso, con cólera tan fuerte
en las últimas ansias de la muerte
herido a tierra vino
trayéndose la encina de camino,
con que a pesar de la esperanza queda
descuadernada toda su arboleda.
Mira tú, Rosaura, ahora,
siendo mi vida, a su valor deudora,
si no tiene disculpa mi amor ciego
de inclinarme a su fuego,
porque el decoro le ame, como a esposo
y como a dueño del alma generoso,
y así firme, constante,
agradecido siempre, y siempre amante
he de mostrar al mundo este amor fino
aunque pese a las iras del destino.
Si tan justamente logra
tus favores Alejandro,
si él te quiere, y tú le adoras,
¿por qué es sentimiento tanto?
Han de vestirse los gustos
de traje de los agravios.
¿Qué he de hacer si nuestro amor
quiere turbar Aristarco,
que ayudado de la plebe
y bien visto del Senado
pretende que yo de esposa
le dé por fuerza la mano
cuando sabes que en secreto
es ya mi esposo Alejandro?
Válgame el cielo, ¿qué escucho?
Mira si es justo mi llanto.
Mas susto de mis desdichas
viene a ser el sobresalto.
Suena ruido, y dicen dentro.
¡Viva Aristarco de Tracia,
rey invicto, y soberano!
Mira qué alboroto es ese.
Persona alguna no hallo,
señora, de quien saberlo.
¡Viva el invicto Aristarco!
¡Qué voz traidora profana
la quietud de mi palacio!
¡Lisipo, Matilde, Lesbia!
¡Ah de mi guarda, soldados!
Aparte.
Que viva Aristarco dicen
las voces; ¡viva más años
que el Fénix, pues es del alma
el dueño que yo idolatro!
Sale Matilde.
Señora, grave desdicha.
Dila, pues que ya la aguardo.
Sale Lesbia.
Señora, traición notable.
Habla, que ya no la extraño.
Sale Lisipo.
Señora, terrible aprieto.
Dile, que no me acobardo.
La plebe.
Ya lo imagino.
El vulgo.
Todo lo alcanzo.
Aristarco.
¡Qué congoja!
Traidor.
Aleve.
Tirano.
Pretende.
Intenta.
Procura.
Muertes.
Ruinas.
Estragos.
Ya por su rey apellida
a Aristarco.
Fuerte caso.
¡Ay de mí!, ¿qué es lo que escucho?
Fiero riesgo, empeño raro.
Ya los nobles temerosos
le siguen.
Notable agravio.
Ya en comunes sediciones
te aclaman.
Fuerte embarazo.
Pues, ¿qué sedición es esta,
Lisipo?
Que ya el Senado
refrenar no puede al pueblo,
porque loco y temerario
el freno de la obediencia
quebró atrevido y villano.
Pues, ¿qué novedad le altera?
Temer que a señor extraño
te sujetes, viendo que
no has querido dar la mano
a Aristarco, a quien propuso
tantas veces el Senado
para tu esposo, por ser,
señora, tu primo hermano,
y a quien, si faltases tú
(que no permitan los hados),
de este reino la corona
le toca, como a inmediato.
Pues ¿cómo (de rabia muero),
los nobles no han castigado
semejante atrevimiento?
¡Cómo se ve que Alejandro
falta de Tracia, pues logra
esta traición un tirano!
Pero con él hizo el pueblo
antes de aclamarle pacto
de que si tú no le admites
le dé a Rosaura la mano.
Ya tienen mis esperanzas
más motivo, y más resguardo.
Solo aquesto puede ser
consuelo en tantos cuidados.
Pues, ¿qué has de hacer
cuando ya llega el tumulto a Palacio?
Dentro.
¡Viva Aristarco!
¡Esto sufro!
¡Viva!
¿Qué es, viles villanos?
¿Aristarco viva? Yo...
O de mi cólera en rayos
para abrasaros saldrán
mis enojos desatados.
Sale Aristarco, Nicandro, y Soldados.
Vuestra Alteza no presuma
que con mi gusto he aceptado
la Corona que me ofrecen,
irrevocable los hados,
antes atendiendo solo
al respeto soberano,
de mi Amor, vengo a ofreceros
el Cetro con que me hallo
porque me debáis a mí
lo que hoy os niegan los Astros.
Reinar sin vos no lo quiero,
pues fuera comprar muy caro
un Reino, si con él pierden
vuestra gracia mis cuidados.
Y así rendido os suplico
que premiéis afecto tanto,
asegurando mis dichas,
la gloria de vuestra mano.
Aparte.
A no saber que la reina
es esposa de Alejandro,
a quitarme muchas vidas,
bastara este sobresalto.
Ver que aun tiempo se rebelen
en vuestra dicha, y mi agravio
inconstantes las estrellas
y traidores los vasallos,
perder un reino, aunque fuesen
a su poder tributarios
cuantos el sol mira a giros,
y cuantos ilustra a rayos,
no ha sido en mi generosa
altivez, de tanto enfado
como que vos presumáis
de mi espíritu bizarro,
cuando no os quiero rendido
que os ha de admitir tirano.
Yo que soy de tan altiva
presumpción, que me embarazo
con mi ser, cuando mis bríos
desmienten todo lo humano,
yo que de mi vanidad
tanto el respecto idolatro
que en las aras de mis iras
aun es viviente holocausto,
el amor, cuya violencia
a mi decoro postrado,
lleno el templo de despojos
y el altar de simulacros.
Yo pues, cuya bizarría
pondrá en contingencia, cuantos
decretos en las estrellas
tienen imperio los hados
o turbando sus influjos
o borrando de los astros
lo preciso, porque solo
quede en la línea de acaso,
he de rendir mi albedrío
al dictamen del Senado
forzada de una amenaza
y rendida a un sobresalto.
Lo obedecer a la plebe,
lo dar a un traidor la mano,
antes con ella del pecho
arrancara hecho pedazos,
el corazón; mas no hiciera
que vive en él Alejandro.
Eso sí, de tu constancia
quede confuso y turbado,
¡oh, qué de sustos me cuesta
la incierta dicha que aguardo!
A quien hace, Irene mía,
mérito de los agravios
es el desprecio lisonja,
y la ofensa es agasajo.
A costa de muchas penas
mi amor ha de conquistaros
porque logre esta fortuna
el mérito, y no el acaso.
Seré diamante que venza
de vuestros intentos vanos
los afanes repetidos.
Mis deseos obstinados
domeñarán su dureza
con la lima de los años.
Seré contra vuestro amor
un mongibelo animado
que al cielo arroje volcanes.
Sabré seguiros los pasos
por ver si entre vuestras llamas
soy laurel cuando sois rayo.
Seré mar embravecido
que en procelosos asaltos
anegue vuestra soberbia.
Seré rebelde peñasco
que al golpe de vuestras iras
burle constante el estrago.
Antes el pecho a un puñal
diera, y la garganta a un lazo,
al veneno, y a las ascuas
ofreciera antes el labio,
que ser vuestra.
¡Qué ventura!
Pues con tantos desengaños
vuestros rigores me dejan
ofendido, y despreciado,
pues solo contra mi amor
fulmináis todos los rayos,
lográis todo lo severo,
y alistáis todo lo ingrato,
dejaré obrar a los cielos
a cuyo imperio sagrado,
mis finezas se oponían
por merecer vuestra mano,
y supuesto que en mi abono
hoy tantas disculpas hallo,
logre el cetro mi fortuna,
ea amigos, ea soldados,
ya el ser vuestro Rey acepto.
Viva el invicto Aristarco.
Viva, y Rosaura con él.
¡Ay tal dicha!
¡Ay tal agravio!
Suena ruido de salva con tiros y clarines.
Deste modo he de vencer
sus rigores inhumanos.
Pero ¿qué marcial estruendo
lisonjea el aire vago
que repetido en los ecos
del viento, es dulce embarazo.
Salva en el mar me parece
de alguna Armada que ha entrado.
Vase.
Yo voy, señor, a sabello,
de las guardas de Palacio.
Qué novedad será aquesta,
que ya el corazón a saltos
me dice lo que desea,
cielos, si será Alejandro.
Vuelven a hacer salva, y sale Nicandro.
Alejandro con su Armada
toma Puerto, que bizarro
ya del Mar, y del rebelde
dos veces entra triunfando.
Albricias, pesares míos.
A qué mal tiempo ha llegado.
Volved en vos corazón,
falte al Alma el sobresalto.
Por Irene vuelva el Cielo.
Mis dichas turban los hados.
En esta novedad, temo
de la fortuna lo vario.
aparte
Júpiter Santo, hoy esperan
mis desdichas vuestro amparo.
Sacro Amor, hoy solicitan
mis triunfos vuestros aplausos.
No os hallen sordo mis quejas
cuando os da voces mi llanto.
No os neguéis a mis finezas
cuando en mi defensa os llamo.
a Rosaura.
Rosaura, si te importare
podrás decir a Aristarco,
el empeño en que se halla
el Alma con Alejandro.
Vase.
De temor y de recelo
soy fría estatua de mármol.
Vase.
¡Ay, Amor, pues más almas
unes con tan dulces lazos,
no permita tu deidad
que las divida un tirano!
Lisipo.
Señor,
¿qué manda vuestra Alteza?
Gran soldado
es Alejandro, y quisiera
no tenerle por contrario
mi fortuna, y así importa
que vos le salgáis al paso,
pues por vuestra gran nobleza
sois príncipe del Senado,
y le digáis de su parte
que atento, cuerdo y templado,
venga a darme la obediencia,
que en mi favor y en mis brazos
honras hallará y mercedes;
mas si loco y temerario
altera con novedades
la quietud de mis vasallos,
pondré a mis pies su cabeza.
Aparte.
Luego a obedecerte salgo,
porque Alejandro advertido
llegue a besarte la mano.
Antes le aconsejaré
que te castigue, tirano.
Pues advertid vos, Lisipo,
que por mi amigo y por sabio,
hoy de todas mis acciones
la dirección os encargo,
siendo desde hoy quien presida
a mi Consejo de Estado.
Los pies os beso mil veces
por favor tan soberano.
Vase.
Tú ven a disponer
todas las cosas, Nicandro,
que tocaren a mis armas,
que desde luego te hago
mi capitán general.
Vase.
Vivas, señor, tantos años
como mi lealtad desea.
Antes que venga Alejandro
he de verme con la Reina,
porque a pesar de Aristarco
he de lograr en servirla
el nombre de leal vasallo.
Vase, y tocan cajas, y clarines y sale Alejandro, y Orestes, Leoncio, Relámpago y soldados.
Cuando llegas a Tracia victorioso
y tu nombre, Alejandro valeroso,
una y otra victoria
imprima en el papel de la memoria,
¿tan triste estás?
Señor, si a los deseos
exceden de la guerra los trofeos
que tienes.
Cuando en Tracia nos hallamos
y felices su playa ya pisamos,
háblese solamente de la guerra,
que a ese cuento del mar se le echó tierra.
Advierte que estará, sin duda alguna,
quejosa de tu pena, tu fortuna.
¿Qué tienes, gran señor? Porque te miro
formar cada razón con un suspiro,
y feriando la vista en los enojos,
vienes sin tropezar dando de ojos,
no pisas de tu patria ya la arena,
mesúrese el semblante con la pena,
dile cuatro pesares al cuidado,
trata pues al enfado, con enfado,
no aprenderás de mí, que en mi alegría,
de chanza está la misma hipocondría
y sabe cuando más cólera pillo,
que está de buen humor el tabardillo.
No has logrado, señor, el alto empeño
de castigar el atrevido Zeleño
que haciendo presunción de la violencia
a la Reina negaba la obediencia.
Amigos, si atendiendo a mi cuidado
habéis en mis tristezas reparado
sabed, que mi congoja, mi desvelo
es temor, es recelo,
de que alguna desgracia
ha sucedido contra Irene en Tracia.
Pues, ¿qué presagio tu cuidado tiene?
Muerta es sin duda Irene
porque en tan triste calma
a sobresaltos me lo dice el alma.
Qué infausto estruendo por el aire asombra,
qué sepulcro profana infeliz sombra,
qué sangriento cometa el aire inquieta,
había de morirse sin cometa,
qué eclipse enturbia el sol, mancha la luna,
¿es la Reina mujer que sin alguna
de estas señas fatales
con que se arrugan las personas reales
quieres tú que a morirse se disponga?
Pudieras pensar más de una mondonga.
Cierto es mi daño, pues cuando a sus ojos
coronado de triunfos y despojos
llego, y en sus riberas
de mi fe experiencia.
tremolan victoriosas mis banderas
no veis aquesos campos coronados
de coches, de caballos, de soldados,
en alegres festejos divididos,
ni de damas los muros guarnecidos,
antes bien en el vulgo y la nobleza,
o bien sea descuido, o bien tristeza,
al aplauso las voces apagadas,
las torres de palacio despobladas,
sin que de sus almenas
coronen muchos soles las arenas
de esta playa vecina,
a mis salvas tan sorda la marina,
la novedad sin convocar testigos,
olvidado el cortejo en los amigos,
que es la señal más cierta
de que la Reina, por mi mal, es muerta.
Pues aquí Lisipo viene.
De él te puedes informar,
gran señor, si algún pesar
hoy te ha sucedido a Irene.
Sale Lisipo.
Seas, Alejandro amigo,
ya muy bien llegado a Tracia,
que de Irene la desgracia
consuelo tendrá contigo.
Lisipo, (¡válgame el cielo!)
¿qué dices? (¡fuerte dolor!)
bien me lo dijo el temor,
bien me lo advirtió el recelo;
¿qué a la Reina ha sucedido?
sácame de aquesta calma,
pero ya me dice el alma mi mal,
con lo que os he oído.
La Reina...
Qué confusión
se halla.
Qué sentimiento.
Despojada
Qué tormento
de su reino.
Qué traición.
Aristarco es el tirano
de Tracia.
Cruel enemigo,
pero verá su castigo
antes que el cetro en su mano;
dime, ¿y la reina está buena?
Sí, señor.
Pues a ese gusto
sacrifique ya mi susto
todo el horror de mi pena.
Vamos, pues que hablaros quiere
a su fortuna rendida.
Cielos, dad a Irene vida
y venga lo que viniere.
Digo, sin ser testimonio,
porque yo a ninguno infamo,
que echa las habas mi amo
o que habla con el demonio.
Pues no dilatar conviene
su castigo y tu venganza.
Hoy logrará mi esperanza
el desagravio de Irene.
Tu amigo soy, y ya sabes
la lealtad con que te sigo.
Lo que importa ahora, amigo,
es asegurar las naves.
Yo las tendré a tu obediencia.
Yo premiaré tu valor.
En mí es el premio mayor.
que hagas de mi fe experiencia.
Contra Aristarco a tu lado
desde hoy mi industria prevengo.
Pues a Aristarco me atengo
ahora, y pierdo doblado.
Si con tu ayuda me hallo
ya no temo la fortuna.
Él no es rey, una por una,
pues Aristarco es mi gallo.
Ea, amigos, a vengar
a Irene.
Mi amor lo lleva.
Yo te ayudaré en la tierra.
Yo te serviré en la mar.
Pues con tan buenos amigos
no tengo ya que temer,
a los cielos he de hacer
de mis venganzas testigos.
Vanse, y salen Aristarco y Nicandro.
Ya los castillos seguros
tienen, señor, tus soldados,
los baluartes armados
y guarnecidos los muros.
El pueblo todo gustoso,
la nobleza sosegada,
solo señor de la armada
puedes estar receloso,
que como Alejandro es
su general, la nobleza
podrá inquietar.
Su cabeza
pienso poner a sus pies,
porque nunca fue mi amigo
y dél no he de asegurarme,
pues aun antes de envidiarme
supe que era mi enemigo.
¿Y de la Reina qué piensas hacer
para asegurarte?
Me tiene tan de su parte,
aun después de mis ofensas,
que solo sabré obligarla,
servirla, y obedecerla,
que aunque es forzoso
el temerla, es más forzoso adorarla.
Retirarla fuera justo
por que tus dichas no impida.
Antes perderé la vida
que hacerle aquese disgusto.
¿Y si mueve a la nobleza
y al pueblo inconstante incita?
¿Qué importa si se acredita
en mi riesgo mi fineza?
que solo he de asegurar
el triunfar de su rigor,
pues si no reino en su amor,
¿para qué quiero reinar?
pues fuera gran desvarío
de mi ambición pretender
que reine en Tracia el poder,
siendo esclavo el albedrío.
Al paño.
Buscando vengo a Aristarco,
ya le veo, y su presencia
me turba, porque en el alma
mucho más que en Tracia reina.
¡Ay, Irene, este delito
ocasiona tu entereza,
pues lo mismo que yo adoro
quiere el cielo que aborrezcas!
Señor, aquí está Rosaura.
Pues ¿cómo, Rosaura bella,
da tu vista a mis cuidados...
la mayor dicha les niega.
Vuestra Alteza le permita
que le dé la enhorabuena
de sus dichas, quien sus dichas
más que las suyas desea,
que no hacerlo, cuando todos
os aclaman, y os celebran
por su Rey, fue embarazarme
el respeto de la Reina.
Ay Rosaura, ay prima mía,
a qué buen tiempo que llega
tu alivio, cuando en el alma
vive un infierno de penas.
¿Vos penas, cuando os halláis,
señor, en tanta grandeza,
que vuestra fortuna teme,
que vuestro valor recela?
Sépalo yo, no me niegue
sus cuidados vuestra Alteza.
¿No te han dicho muchas veces
Rosaura hermosa mis penas,
disimuladas mis ansias,
y repetidas mis quejas?
Si dice aquesto por mí
ofendido de la Reina
claro está, pues asegura
conmigo sus conveniencias
y obliga al sentido, haciendo
mérito de la violencia.
Tú sola ignoras Rosaura
la verdad de mis finezas,
cuando te habían hecho dueño
mis ojos de todas ellas.
No empieza mal mi fortuna
quiera Amor que por bien sea.
Si mis finezas no ignoras,
porque el mérito les niegas.
¿Cómo no me pide albricias
el amor, cuando se quejan
del gusto de los oídos
envidiosas las potencias?
No lo parlaran mis ojos.
¡Ay, más gustosa evidencia,
que he de verme reina en Tracia,
o lo que debo a mi estrella!
Pues siendo tan dueño Irene
de mi amor...
Desdicha fiera.
Ignorabas...
Qué congoja.
Siendo tu amiga...
Qué pena.
Que es en el templo del alma
la deidad a quien veneran
sin libertad los sentidos,
sin arbitrio las potencias.
¡Ay, mujer más desdichada!
¡Oh, si tú hicieras con ella
que, pues vive en su hermosura,
no muriera en su fiereza!
Ya no le faltaba más
sino hacerme su tercera.
¿No me harás, prima, este gusto?
De corrida el alma tiembla.
Apiádente mis ansias,
ten lástima de mis quejas,
muévante, pues, mis suspiros.
¿Hay tal linaje de penas?
Perdone Irene, pues tengo
de su respeto licencia,
que ya contra mi silencio
toda el alma se rebela.
no pacto con el Senado
que a no admitirle la Reina
ha de ser mi esposo, luego
es tan sensible ofensa
sufrirle aqueste desprecio
de mi presunción bajeza.
¿Qué me respondes?
Que Irene
adora a Alejandro; sepa
sus celos, venguen mis celos
y del mal que muero, muera.
No he de creerte esta dicha.
Porque vuestra Alteza intenta
que adore a quien aborrece,
y a quien adora, aborrezcas
Irene; siendo dos cosas
tan contrariamente opuestas.
Pues ¿a quién (válgame el cielo)
ama Irene?
Sus finezas
al valor con que Alejandro
te dio la vida, celebran,
que hay hazañas tan dichosas
que cuando el Amor las premia
lo que fue acaso, parece
decreto de las estrellas.
¡Ay de mí!, que es lo que escucho
Rosaura, desdicha fiera,
permíteme, fuerte agravio,
que aun con ser mío no crea
tal pesar, ni tal delito
de Irene.
Pues vuestra Alteza
me siga, le pondré donde
hoy su desengaño vea,
pues ya supongo que Alejandro
entró al cuarto de la Reina.
Cómo ha de haber sufrimiento,
cielos, en tan grave pena,
y yo si muero de celos,
y mi mismo mal padezca.
Nicandro, prevén mi gente,
que contra Alejandro empieza
a alistarse mi venganza.
Que es bien justa te confiesa
mi lealtad.
Pues a buscarle,
y muera Alejandro.
Muera.
Vanse y salen Alejandro y Irene.
Dame otra vez, Alejandro,
los brazos, para que en ellos
contra los hados descanse;
de mis desdichas el peso
tenga, esposo, aqueste alivio
mi dolor, cuando a ser vengo
del poder de la fortuna
el más infeliz ejemplo.
Quién creyera, dueño mío,
que cuando a tus ojos vuelvo
entre marciales despojos,
coronado de trofeos,
te había de hallar, Irene,
entre peligros y riesgos,
ofendida de un tirano
y despojada de un reino.
Miente mi pesar y miente
el alma, pues ya del pecho
no camina a tu venganza;
en fulminados incendios
arda el corazón en iras,
que supo arder en deseos,
y sea horror vengativo
lo que fue amoroso afecto.
Pues ya, Alejandro, has sabido
de mi fortuna el suceso,
vamos al remedio, si hay
en tantos males remedio.
Obre con resolución
el valor, tome consejo
con prontitud el peligro,
porque si es en tales riesgos
el tiempo lo más precioso,
no es bien que perdamos tiempo.
Pues por si acaso el tirano
quiere impedir (que lo temo)
el que me hables, advierte
que es el más seguro medio
que salgas aquesta noche
de palacio con secreto
por el postigo que sale al mar.
Yo tendré dispuesto
el modo con que la armada
salga segura del puerto,
porque el quedarnos en Tracia
es el peligro más cierto.
Sale Relámpago, asustado.
¿Qué haces con tanta flema
cuando el mundo anda revuelto,
el motín por esas calles
y la mar por esos cielos?
La nobleza tamañica,
porque Aristarco echó un perro
contra cualquiera que aplaude
tu nombre, está que echa verbos.
Nicandro, que junta a voces
la guarda de los tudescos
—gente que cuando anda más galana
andamos en cueros—,
que quieren prenderte dicen,
y yo no te lo aconsejo,
vámonos luego de Tracia
y pongamos tierra en medio,
porque es el salto de mata
mejor que ruego de buenos.
Yendo contigo, Alejandro,
ningún peligro recelo.
Viviendo tú, qué importa
perder, mi bien, un imperio.
Que mandar o ser mandados,
que en este caso es lo mesmo
que en un pleito criminal
el ser juez o ser el reo.
Sale Aristarco al paño.
A esta parte me ha traído
Rosaura, donde encubierto
pueda averiguar ahora
sus verdades y mis celos;
ya prevenido a Nicandro
con toda la guarda dejo;
si dice verdad Rosaura
morirá, ¡viven los Cielos!
Alejandro hablando está
con Irene, estoy atento.
Al paño.
Finezas son de mi amor
cuantos delitos cometo,
y fiada en sus disculpas
obra el alma con despecho;
¡oh, Amor, deidad engañosa,
bien hacen pintarte ciego
el temor, pues en tu escuela
juzgas méritos los yerros!
Huyamos de este tirano,
demos las velas al tiempo.
De mí habla, oh qué de penas
en sus desaires padezco.
Huyamos, que en duelos siempre
hacerla, es mejor que hacerlo.
Sea arbitrio la fortuna
desde hoy en nuestros deseos.
Llévese el mar lo llorado
y lo suspirado el viento.
Vamos pues, dueño querido,
a ampararnos de otros reinos.
Ojalá yo te debiera
esa fortuna a los cielos.
Que desde allí volviese
coronado de trofeos
a darle muerte a Aristarco.
Lo merece, que es un puerco,
y tendremos un buen día.
Ya que en sangrientos incendios
arda toda Tracia.
Muera
este tirano soberbio.
Que esto sufra mi coraje.
Pues si tú alientas mi esfuerzo,
quién podrá oponerse, Irene,
a mi valor y a mi acero
en el mundo?
Sale Aristarco.
Yo, villano.
¡Ay de mí!
Malo va esto.
Que aunque intentes oponerte
a mi fortuna.
Qué riesgo.
Hoy te he de quitar la vida.
Eso será lo de menos
quien aquí no hubiera entrado.
Valedme, dioses inmensos.
No pienses que el suspenderse
mi valor, aqueste tiempo
ha sido de tu arrogancia
cuidado, sino desprecio;
que aunque bajase en tu ayuda
todo aquese firmamento,
la luz alistrada en rayos
y el horror ardiendo en truenos,
hoy triunfaré de tu orgullo.
Sale Rosaura y detiene a Aristarco, y Irene a Alejandro.
Señor, primo...
Esposo, dueño...
Aparta.
Templad las iras.
Déjame.
Sosiega el pecho,
o en el mío lograd ambos
las venganzas y los riesgos.
Pónese en medio y sale Lisipo.
Señor, ¿qué alboroto es este?
Querer castigar mis celos.
¿Qué es esto, señora mía?
Ser desgraciada en extremo.
Salen Nicandro y Soldados con pistolas.
Daos a prisión, Alejandro,
o harán ardiente veneno
en vuestro pecho el impulso
de estos áspides de fuego.
¿Yo darme a prisión, villanos?
Aquesta espada primero,
a costa de vuestras vidas,
sabrá librarme.
Mi dueño,
¿tal temeridad emprendes?
Alejandro, sed más cuerdo,
daos a prisión.
Tú me mandas, ¡ay Irene!
tal error.
Yo te lo ruego.
Tú me aconsejas, Lisipo,
tal bajeza.
Es cuerdo intento,
ya es nuestro rey Aristarco,
y así es fuerza obedecerlo.
¿No es mejor morir matando
a un traidor?
Es grande empeño,
triunfe esta vez la fortuna
del valor.
Ya os obedezco,
bien a pesar de mis iras,
y esta obediencia te ofrezco
por la última fineza
que logra mi rendimiento:
toma, Lisipo, esta espada.
Vos también venid preso.
¿Yo por qué?
Por confidente,
o alcahuete, que es lo mesmo
en lenguaje de la Villa,
no de Palacio.
Esto es hecho:
apenas llego a la cárcel
cuando me dan pan de perro,
que el que por tercero prenden
siempre halla malos terceros.
El Mundo de mi venganza
admirará los efectos.
Vamos a morir, desdichas,
¡ay Irene!, lo que siento
el peligro en que te hallas.
Adiós, vida.
Ten consuelo
de que hace tu prisión
gran ruido.
No hayas miedo,
porque en estas ocasiones
soy relámpago sin trueno.
Turbaré el Sol a suspiros,
rasgaré a quejas los Cielos.
Aristarco ha de ser mío,
a pesar de mis recelos.
De mi lealtad ha de ver
Tracia el más heroico ejemplo.
Con dar la muerte a Alejandro,
de él y de Irene me vengo.
Sabré morir con mi esposo.
Ayude mi industria el Cielo.
Sabrá el Mundo qué es Amor.
Sabrá el Amor qué son Celos.
Fin.
Salen Irene y Rosaura.
¿Tú me aconsejas, Rosaura,
que a Aristarco haga favor?
Si con engañar su amor
tu fortuna se restaura,
redima ahora tu daño
un equívoco desdén.
Dime, y ¿le puede estar bien
a mi decoro ese engaño?
Si de tu severidad
vive ofendido y celoso,
ejecutará en tu esposo
un despecho su crueldad;
y no es en tu pundonor
acción menos presumida,
por dar a Alejandro vida,
disimular un rigor.
¿He de afectar yo finezas?
Basta no decirle enfados,
que así tendrán sus cuidados
tus rigores por tibiezas.
¿Cómo puede ser decente
en mí esta acción?
Tú, señora, debes evitar ahora
el mayor inconveniente.
¿Podrá haber persona alguna
que crea que lo aconsejo
mi daño, cuando me quejo
celosa de mi fortuna?
Pero mi temor me advierte
que es riesgo más conocido,
Música.
el que Aristarco ofendido
le dé a Alejandro la muerte
pues con ella en un instante
todo aquesto se trocará
y aun en la reina, mudará
la fortuna de semblante.
Lo hablas, menos rigurosa
a Aristarco, no lo creo.
Entretenga su deseo
una esperanza dudosa
porque pueden sus recelos
precipitarle, de suerte
que de Alejandro la muerte.
No lo permitan los cielos,
ay Alejandro esta acción
a mi amor has de deber
que en mi altivez vendrá a ser
la mayor demostración.
Sale Lesbia y Matilde con instrumentos.
Como mandaste he bajado
los instrumentos, señora
a este jardín.
Cuando llora
tantas penas mi cuidado
fuera loco desvarío
el oír cantar, y te previene
de los motivos que tiene
Rosaura a este intento mío.
de Alejandro la prisión
Orestes me ha dicho que es
en estas torres que ves
coronar el torreón,
deste jardín, y así intento
que sepa, que estoy aquí
avisándole, ¡ay de mí!
con la voz, y el instrumento,
que Alejandro en conociendo
a Lesbia en la voz, saldrá
luego a verla.
Claro está.
Pues yo hablarle así pretendo
que no fuera de otro modo
posible, pues desleales
de Aristarco los parciales
guardan el palacio todo.
Ha sido traza ingeniosa.
Es hija de mi cuidado.
Qué de males ha causado
mi resolución celosa.
Canta Lesbia.
De las bellezas Amor
o ninguna o la mayor.
De las deidades Fortuna
o la mejor o ninguna.
Sale Alejandro, y Relámpago en lo alto de una torre.
Si no me engaña el deseo
a Lesbia, cantar escucho.
Por cierto que siente mucho
la desdicha en que te veo.
Que cuando estamos los dos
llorando de almas en pena
cada cual con su cadena
cante Lesbia, juro a Dios
de una pícara.
Das voces.
Ha sido poca atención.
Calla.
Di que esto es razón.
y después mátame a coces.
¿No es, prima, Alejandro aquel
que en aquella torre veo?
Sí, señora.
Aun no lo creo
de mi fortuna cruel.
¡Alejandro!
¿Quién me llama?
Su Alteza.
Querido dueño,
¿no ves que este es mucho empeño?
Ninguno teme quien ama.
Rosaura.
Señora.
Advierte
que el puesto has de asegurarme
no más que con avisarme
si alguien viene.
¿De qué suerte?
Mandando que luego cante
quien le viere.
Así lo haré,
y en tu servicio seré
centinela vigilante.
Matilde, a esta parte asista,
y tú, Lesbia, a aquella puerta.
Pues, Matilde amiga, alerta.
No la perderé de vista.
Pónese cada una a su lado y Rosaura se pasea como que hace la posta.
Alejandro.
Esposa mía.
Deja, mi bien, de llorar;
dispense con tu pesar
aquesta vez mi alegría,
que me da celos el día
viendo que su luz mejoras.
pues cuando tus penas lloras,
marchitando tu arrebol,
se va deteniendo el Sol
por ver llorar dos Auroras.
Mas si alivio puede ser
tu llanto, que en un pesar
es empezar a llorar,
a acabar de padecer,
baña el bello rosicler
de tu rostro en luces bellas,
arda en tan puras centellas
el nácar de sus colores;
mas si son de luz las flores,
de qué serán las Estrellas.
Alejandro, si ha llegado
la más forzosa ocasión
de que salga el corazón
en lágrimas desatado,
obediente mi cuidado
estas lágrimas previene.
Señora, Nicandro viene.
Pues cuando mi Amor se empeña...
Canta, Lesbia, y haz la seña
para que la entienda Irene.
Canta Lesbia, Irene representa habiéndola oído el primer verso.
Ya viene el Sol a dar vida
a las flores de este Prado
que son, si en sus luces viven,
Salamandras de sus Rayos.
Retírase Alejandro.
Pero ¡ay de mí! Lesbia canta;
retiraos, ¡ay, mayor susto!
No es la seña de mal gusto.
¿Puede haber desdicha tanta
que, aun de hablar con Alejandro,
no tenga lugar mi Amor?
Al paño.
En el jardín hay rumor.
¿Quién es, Rosaura?
Nicandro.
Vase.
Que está en el jardín la reina,
a Aristarco avisar quiero,
por si sabe que es aquí
donde está Alejandro preso.
A las mudas atalayas
se avisaba en otros tiempos,
pero aquí cantando avisan
las atalayas al fuego.
Este es el secreto a voces.
Ya se fue Nicandro.
Cielos,
una dicha he de lograr
a costa de tantos riesgos.
¡Alejandro!
Dueño hermoso,
el peligro en que te veo
me tiene asustada el alma.
Cuando por vos le padezco
no lástima, sino envidia
podéis tenerme, esto es cierto.
Sale Aristarco y Lisipo.
Lisipo, de tu lealtad
y tu industria me prometo
que tendrás dispuesto ya
el tósigo y el veneno
que le has de dar a Alejandro.
Aparte.
No lograrás ese intento.
¿Qué dices?
Que has hecho bien
para no alterar el pueblo
dar con veneno la muerte
a Alejandro, pues con eso
aseguras que no intenten
los nobles algún exceso,
y sus soldados, que tienen
de su prisión sentimiento,
a tiempo sabrán su muerte
que ya no tenga remedio,
o cuántos engaños traza
hoy mi lealtad.
De tu pecho
he de fiar solamente
la ejecución.
Es acuerdo
como tuyo.
Allí Aristarco
entre aquellas murtas veo.
A Rosaura, que llegará hacia Matilde.
Tú sabrás de quién te fías
bien a costa de tus riesgos.
Canta, pues.
Empieza a tocar Matilde.
Señor, Matilde
tocando está el instrumento,
que me maten si no viene
Aristarco. Dicho y hecho.
Canta.
Cuidado con las estrellas,
bello enigma que tu rostro
han tropezado sus luces
y vienen dando de ojos.
Que os volváis a retirar
importa.
Ya te obedezco.
¿Puede haber mayor desdicha?
¿Puede haber pesar más fiero?
Hoy en aqueste jardín
ha de andar el diablo suelto.
La Reina cantar escucha,
cobrad esperanza, aliento,
que pesar que busca alivios
no es todo del sentimiento.
¿Quién viene, prima?
Aristarco.
Solo de su nombre tiemblo.
¡Ay de mí!, que ahora empieza
la batalla de mis celos.
Sin duda que siente poco
el que esté Alejandro preso.
Que esto sufra mi fortuna.
Un Etna, es todo mi pecho.
A traidor, yo me retiro,
pero más abajo quiero
bajar, por si de esa reja
oír a Aristarco puedo.
Pues yo aquesta vez las fiestas
ver desde el terrado quiero.
Aconsejadme desdichas:
si a desaires, si a desprecios,
le ocasiono, en su poder
a mi esposo tiene preso
y ha de vengar en su vida
sus rencores, y sus celos.
Señora, empiece el engaño.
¿Y si mi decoro ofendo?
¿No adviertes lo que te importa?
¿Qué dirá mi respeto?
Mira, señora, el peligro
de Alejandro que es primero,
ceda el decoro al destino,
y la presunción al riesgo.
Habrá padecido alguno
tal linaje de tormento.
Que para abrasar al alma
encienda lo propio el fuego.
En esta ocasión conozco
lo que a tus finezas debo.
Pues aún no sabes, señora,
cuánto debes a mi afecto.
Yo llego, que me acobardo.
Sale Alejandro en otra reja que estará en la misma torre más baja entre unos ramos.
Desde aquesta parte puedo
sin ser de ninguno visto
oír todos sus intentos.
Prima, no embarace yo
tan justo divertimiento,
canten, pues, que cuando sale
hoy un sol a ser cielo
este jardín, será bien
que con suaves acentos
les den aviso a las flores
que amanecéis, porque a veros
salgan estrenando luces
y brillando lucimientos.
Dime qué he de responder,
Rosaura, que yo no acierto.
El estilo de Aristarco
más que a enojo, a rendimiento
suena.
Anímate, señora,
que tibiamente la aliento.
Nunca vos podéis, señor,
embarazar, antes quiero
que oigáis cantar, por si puede
la música entreteneros.
Cielos, ¿qué templanza es esta?
No está su rigor tan fiero.
Canta, Lesbia, pues lo manda
mi primo.
Ya te obedezco.
De Irene el semblante extraño
animó altivos deseos.
Por si olvida de su amor
la tema, así le divierto.
Canta Lesbia:
Solo el silencio testigo
puede ser de mi tormento,
y aun no cabe lo que siento
en todo lo que no digo.
Solo el silencio testigo
puede ser de mi tormento,
y aun no cabe lo que siento
en todo lo que no digo.
Con mi amor habla sin duda
esta letra.
Hacer empeño de lo que
se escucha acaso
es vanidad de discretos.
En mi amor, siendo deidad,
no hay acasos, y así quiero
que me escuches, en que funda
esta verdad mi respeto.
¿Puede haber mayor congoja?
¿Qué es esto que escucho, cielos?
¿Que he de escucharte por fuerza?
A qué madrugáis, recelos.
Y así, porque conozcáis
cómo esta verdad entiendo
discurriendo en el motivo
que me han dado aquestos versos.
Váyalos cantando Lesbia.
Por Dios que está en grande aprieto,
que aunque canten bien, el Rey
tendrá que glosar sobre ello.
Canta Lesbia y Aristarco representa, acabando el último verso de la décima cantando.
Mi amor no puede explicarse
sin peligro de ofenderse,
que alcanza por conocerse
las razones de dudarse;
pero aunque llegue a entregarse
en mi voz, sé que le obligo
cuando sus extremos digo,
porque no basta en rigor
que sea de tanto amor
solo el silencio testigo.
Qué importa que tus enojos,
bella Irene, en mis agravios
pongan precepto a los labios
si saben hablar sus ojos.
Logra mi pena en despojos
oyéndome lo que siento,
que si todo el ardimiento
ocupa de tu crueldad,
mi tormento, vanidad
puede ser de mi tormento.
Modera la sinrazón
que al silencio me condena,
deja que salga mi pena
a ensancharse de legión;
un pecho es corta prisión
para tanto sentimiento,
porque ocupa mi tormento
dejando la vida en calma
toda la esfera del alma,
y aún no cabe lo que siento.
En fin, palabras no hallo
para encarecer mi amor,
porque ocupa mi dolor
lo que digo y lo que callo,
y aunque pudiera culpallo
el alma, este rumbo sigo,
a hablar y a callar me obligo,
en lo que digo, y también
en todo lo que no digo.
Cielos, ¿qué responderá
Irene? De sus acentos
pendiente la vida tiene
a los sentidos suspensos.
Dicha ha sido que Alejandro
no lo estuviese ahora oyendo.
¡Ay tal modo de penar!
¿Qué decís?
Notable empeño.
¿Qué he de decir, sino que
sois galán, como discreto,
que vuestros méritos siempre
los conozco, como vuestros?
Que le costáis mucho al alma,
que vuestros cuidados siento
y, en fin, que como os conozco
huía de vos, porque os temo.
¡Ay, Alejandro, disculpen
esta templanza tus riesgos,
pues se disimula el odio
en equívocos afectos!
Irene. Vase y quiere seguirla y le detiene Rosaura.
Mirad, señora.
Esperad.
Pues de esta pena no muero,
o es eterno lo que vivo
o es engaño lo que siento.
¿Tú me detienes, Rosaura?
Pues ¿adónde vais?
Siguiendo
un imposible que adoro
y una deidad que venero.
Pues ¿no os basta por ahora
ese favor que os ha hecho?
Dejad obrar las estrellas,
no apresuréis los deseos;
vuestros méritos podrán
asegurar sus afectos,
que yo sé bien que os adora,
pero la tiene el respeto
embarazado el cariño.
¿Que esto escucho, airados cielos?
¿Cómo no pides albricias
al alma, si aquesto es cierto?
Os lo asegurara yo
de esta suerte, a no saberlo.
Aun con saber que es engaño,
el sentido estoy perdiendo.
¡Qué ventura!
¡Qué desdicha!
¡Qué placer!
¡Qué sentimiento!
Si vuestra alteza quisiese
fiarse de mi consejo,
dé libertad a Alejandro,
desterrándole del reino,
y verá de sus favores
coronados sus deseos.
Para qué es la libertad
cuando vida y Amor pierdo?
Ya le tengo prevenido
el más seguro destierro,
porque voy a que su muerte
asegure mis recelos.
Desdichas, a qué esperáis?
matadme, que en tantos riesgos
es delito la constancia
y bajeza el sufrimiento.
Qué hay, Relámpago?
Desdichas,
penas, sobresaltos, miedos.
Remedio tendrán tus males.
Cómo, si no hay un remedio?
El tiempo lo cura todo.
Es muy mal Médico el tiempo,
porque a un tiempo acaba con
el achaque y el enfermo.
Yo espero que por tus servicios
has de verte en alto puesto.
Dios delante, desde aquí
salir a una plaza pienso
con mi ropa.
Si eso fuera,
me holgara de tus aumentos.
Antes ciegues.
Pues a Dios,
que he de recabar si puedo
con las Guardas, que me dejen
hablarte.
Con la de reniego.
me pegas, mas si eso haces
me tendrás dos veces preso.
(Vanse, y salen Lisipo y Orestes.)
En fin dispuso la suerte
por que Alejandro no muera
que Aristarco darle quiera
hoy en secreto la muerte
que en público no se atreve.
Pues qué teme.
La nobleza
que ya mal contenta, empieza
a introducir en la plebe
miedos, y desconfianzas,
y así de temores lleno
Aristarco de un veneno
hoy fía sus esperanzas
y de mí la ejecución
¡oh providencia del hado,
con que de suerte ha templado
mi industria la confección
que en tomándola en tal calma
Alejandro quedará
por dos días, que será
yerto cadáver sin alma
sin que pueda la malicia
el engaño conocer
aunque llegase a tener
de esta cautela noticia.
Ese efecto dificulta
mi temor, y mi recelo.
Para qué benigno el cielo
crio la virtud oculta,
de tantas yerbas, y en ellas
tan diversas propiedades.
efectos y calidades,
como les dan las estrellas.
Cualquiera veneno tiene
antídoto a su fiereza,
y así la naturaleza
remedio al daño previene;
y este con tal proporción
corregir su calidad
puede, que en su actividad
modere la ejecución
a tal punto, y a tal grado
de remisión o eficacia,
como en Alejandro, Tracia
ha de ver ejecutado.
¿Hay cosa más peregrina?
De aquesta ingeniosa ciencia
se halla bastante experiencia
en la docta medicina.
Es tan prodigioso todo
que lo dudo, y no lo entiendo.
Darle a Alejandro pretendo
la libertad de este modo.
Favorezca su justicia
el cielo.
La reina viene
y es bien que demos a Irene
de nuestro intento noticia,
para que con menor susto
aquesta desdicha espere.
Dices bien.
Pues mi honor quiere
cumplir respecto tan justo,
y tú sabrás de camino
lo que por saber te queda.
Que un veneno causar pueda
efecto tan peregrino.
Sale Irene.
Lisipo, Orestes, llegad,
que no tengo más consuelo
que el veros.
Guárdete el cielo.
Solo de vuestra piedad
se halla asistida mi pena.
Vuestros riesgos, vuestros males
sentimos como leales.
Pues la sinrazón que ordena
la suerte llorad conmigo,
conózcase vuestra fe
cuando en tal riesgo se ve
Alejandro, vuestro amigo;
que esta violencia permita
vuestra lealtad generosa,
como acción tan alevosa
no os ofende, no os irrita.
Volved trances valerosos
por vosotros, y por mí,
no os dejéis manchar así
vuestros blasones gloriosos.
Pues escuche vuestra Alteza
lo que a mi industria ha debido
y a su crédito perdido
vuelve otra vez la nobleza,
porque Aristarco pretende
dar hoy la muerte a Alejandro,
pero aquí viene Nicandro
y es perdernos si lo entiende.
Que viva, cuando esto escucho,
mi amor, su crédito infama,
Sale Nicandro.
Lisipo, Aristarco os llama.
con que de pesares lucho.
Afuera podéis los dos
esperarme, que ya os sigo.
No puedo, que traigo, amigo,
orden de no irme sin vos.
Pues vamos; Orestes puede
informaros, pues lo sabe,
de nuestro intento.
Acabe
mi tormento, y no le quede
más penas, que me informéis
aguardo de mi desdicha.
Yo pienso que vuestra dicha
consiste en lo que ahora oiréis,
como Aristarco procura
dar muerte, aleve y cruel,
hoy a vuestro esposo, y él
del pueblo no se asegura.
A Lisipo le ha encargado,
pero aquí Aristarco viene.
Pues disimular conviene,
no entienda nuestro cuidado,
y yo me voy, que no quiero
empeñarme en el disgusto
de hablarle, si de este susto
antes de verle no muero.
Vanse, y salen Aristarco, Lisipo y Nicandro.
Amigos, sin duda alguna
aseguro así mi suerte,
corriendo desde su muerte
la línea de mi fortuna.
Muera Alejandro, y no sea,
en esa misma prisión,
sacadle a aqueste salón
para que después le vea
el pueblo, y en su desgracia
escarmiente la nobleza
y quedando sin cabeza
tiemble de mi enojo Tracia.
Ya el veneno prevenido
tiene, señor, mi obediencia.
Hacer, Lisipo, experiencia
de tu lealtad he querido.
Tú verás a mi deseo
igual el efecto en todo.
Que aseguras de este modo,
señor, tus fortunas creo.
Vase.
Pues a ejecutar, amigos,
las órdenes que os he dado.
Vase.
De que burlo tu cuidado
serán los dioses testigos.
Vase.
Si a Alejandro no socorre
el cielo, será impiedad.
Salen soldados.
Ea, soldados, sacad
a Alejandro de esta torre,
que en todos es justa ley
que las órdenes del rey
guardemos, pues que sabemos
que nuestro Aristarco lo es.
Aquí tienes a Alejandro.
Sacan los soldados a Alejandro preso.
Fortuna mía, ¿a qué aguardas,
si a tanto peso de agravios
se rinde ya mi constancia?
Muera yo, deba a tus iras,
esta piedad, mi desgracia,
que es la vida, nueva muerte
a quien el vivir le cansa.
Bien sabe, Alejandro, el cielo,
la lástima que me causa
ver que en riesgo tan notorio
hoy vuestra vida se halla.
Vuestra piedad agradezco,
pero tan gozosa el alma
recibe esa buena nueva,
que, si por dueño me hallara
de todo el mundo, en albricias
le pusiera a vuestras plantas.
Raro ahora es el valor.
Quien con tanto gusto aguarda
la muerte, solo padece
el tiempo que se dilata.
Pues venid, señor, conmigo,
no he visto mayor constancia.
Dichoso yo, que muriendo,
Irene cruel e ingrata,
y obedeciendo tu gusto,
pondré fin a penas tantas.
¡Qué lástima!
¡Qué valor!
¡Qué constancia tan heroica!
[Sale al paño Aristarco y Lisipo con un vaso en la mano]
Lisipo.
Señor, ya traigo
el veneno.
Pues ahora
escucha, que hable Alejandro,
sabré lo que nos informa.
Ya, ciudadanos de Tracia,
que mi desdicha es forzosa,
ya que he de morir, amigos,
permitidme que a la boca,
desde el corazón, traslade
los agravios que me ahogan.
Dejadme quejar, y sea
la última buena obra
que me hagáis, debaos siquiera
en mi muerte esta lisonja.
Decidle, amigos, a Irene,
que mi muerte hace gustosa
el saber que por su gusto
se ejecuta en mi persona;
que como sé que mi muerte
a su sosiego le importa,
procuro que en su servicio
me la den mis ansias propias;
que a saber antes su gusto,
el corazón que la adora,
aventurando el peligro,
lograré esta vanagloria;
pero quiso mi fortuna
que la ignorase hasta ahora,
porque hiciesen mis ofensas
más sensibles las congojas.
Que viva con Aristarco
siempre alegre, siempre hermosa,
tantos siglos, que al contarlos
se olviden en la memoria.
Que goce en paz este reino,
cuya invencible corona
ha debido tantas veces
a mis triunfos y victorias.
Que solo siento el no haber
puesto a sus plantas heroicas,
cuanto del mundo registra
esa luminar antorcha
desde donde nace en luces
hasta donde muere en sombras.
Vive Dios que de escucharlo
se ha corrido el alma toda;
entra y dale ese veneno,
muera su soberbia loca,
que desde aquí quiero ver
la eficacia con que obra.
Sale Lisipo.
Que Aristarco no se vaya,
que así los dioses dispongan
que hablar no pueda a Alejandro.
¡Oh, cuánta gente convoca
su desdicha!
¿Qué hay, Lisipo?
¿Cómo te avisaré ahora
de mi intento si aventuro
que aquesta gente nos oiga?
Amigo, se llega ya mi muerte,
el temor me postra.
Solo a vos le he de deber
que me hagáis esta lisonja.
Creo es crueldad, no, moderad,
Alejandro, esa congoja.
¿Cómo no llega Lisipo?
Pero el peligro me exhorta
que aventurar el suceso
es impiedad más costosa.
¿Qué os suspende?
¡Ay, tal desdicha!
¿Qué le detendrá? ¿Hay tal cosa?
[Dale el vaso]
Ya lógrese mi intento
aunque sea a toda costa.
Alejandro, beber puedes,
aqueste veneno toma,
que, pues que yo te le doy,
cree que a tu honor importa.
[Bebe]
Ya entiendo, amigo, ese enigma,
porque con fe tan heroica
cree tu voz mi amistad
que así a la muerte se arroja.
¡Gran valor, hombre notable!
Nada le importa a mi honra
como que yo muera, amigos,
pues le excuso de esta forma
que por vengar mis agravios
todo el mundo los conozca.
Quédate con Dios, Irene,
tu gusto y tu imperio goza,
y muera yo de mis celos
entre mil ansias penosas;
pero ya me va faltando
el aliento, ya zozobra
la pobre barquilla mía
de tanto asombro en las ondas;
ya un hielo torpe discurre
por las venas, y de todas
mis potencias se apodera
una calma pavorosa;
ya el tósigo va llegando
al corazón, ya se postra
el valor, ya los sentidos
turba una fatal discordia.
Ya, amigos, muero, ya muero,
ya la lengua me aprisiona
el dolor, y roba la vida,
huye el alma presurosa
[Queda muerto con la mano en la mejilla Alejandro y sale Aristarco.]
Aun con saber que es engaño
me enternece el alma toda.
Amigos, ¿quién a tan triste
espectáculo no llora?
[Vanse todos]
Con faltarme este enemigo,
aseguro mi corona.
Ya muerto Alejandro está
a tus plantas generosas.
Pues cubrid ese cadáver,
que aun viéndole así me enoja.
[Cúbrenle y sale Irene.]
Sale Irene.
Que ni Orestes, ni Lisipo
me hayan visto hoy tan penosa
confusión, cuando en mis males
confusamente me informa
Lesbia, diciendo que traen
con mucha gente de escolta
a este salón, a Alejandro.
Aquí está Irene.
Qué hermosa.
Feliz yo, si con su mano
mi amor tantas dichas logra.
Aquí está Aristarco, quiero
hablarle, que ya esto importa.
Si consigo sus favores
publique el amor sus glorias.
Señor, si la novedad
de buscaros no os enoja,
o parte a mi congoja
he de hallar vuestra piedad,
obre pues la Majestad
piadosamente constante
y olvidad aqueste instante
la queja, que es justa ley,
tar...
Cuando os busca como rey,
que no os tema como amante.
Si mi sangre en vuestras penas
con algún crédito está,
ella informaros podrá
del estado de mis penas.
Hoy os quise hablar, y apenas
lo supieron mis enojos,
cuando rindiendo despojos
el alma a su turbación,
de asustado el corazón
quiere huirse por los ojos:
a mi esposo tenéis preso.
¡Ay, más extraño pesar,
que me llegue a confesar
que es su esposo! ¡Ay, tal exceso!
Que estoy temiendo confieso
que logre el rigor la palma;
porque dejaréis en calma,
si sois, señor, su homicida,
dos almas en una vida,
o dos vidas en un alma.
Dádmele, que desterrados
deste reino nos iremos
tan lejos, que aseguremos
de una vez vuestros cuidados;
pues donde dos desdichados
que honor y reino han perdido
no tomarán de partido
por no renovar su historia,
que agravios de la memoria
se venguen con el olvido.
Y pues a vuestra piedad
apelo de vuestro enojo,
¡ánimo, a esas plantas me arrojo!
mi Rey, mi Señor.
Híncase de rodillas, y Aristarco la levanta.
Alzad,
no tan hermosa Deidad
haga firmamento el suelo
porque aumenta mi recelo
postrado vuestro Arrebol,
que despreciándome el Sol
esté a mis pies todo el Cielo
mas pues vivo cuando escucho
mi agravio y vuestro rigor
o miente todo mi Amor,
o mi sufrimiento es mucho
y aunque con mis celos lucho
en mortal desasosiego
vuestro Imperio o vuestro ruego,
tanto ha podido conmigo
que aquí el mayor enemigo
de mi fortuna te entrego.
Descubre a Alexandro, y vase él, y Nicandro, y queda sola Irene.
Llega a despertarle.
Si está durmiendo Alexandro
sí, pues como Dueño mío
con tanto descuido duerme
un corazón ofendido.
Despertad, que cuando os cercan
tan evidentes peligros
que los desprecia el cuidado
más que valor es delirio.
Señor, Señor, ¡ay de mí!
Cielos, ¿qué es esto que miro?
si es engaño lo que temo,
si es cierto lo que imagino
mas cómo no han de ser ciertos
los males, que son tan míos,
muerto está, tósigo aleve
postró su espíritu altivo
y a su actividad infame
es yerto cadáver frío.
Cielos, ¿cómo permitís
esta traición, y remisos
dilatáis en mi venganza
el asombro y el castigo?
Muera el traidor Aristarco
que cruel ha dividido
con una muerte dos almas,
que unió el amor y el cariño.
Mirad que en vuestra justicia
que juzgue el mundo es preciso
por cómplice el sufrimiento,
que disimula el delito.
Muerto es Alejandro, Cielos,
mis ofensas os intimo;
sed crueles de piadosos
y fieros de compasivos;
desátense esas esferas
y en ardientes torbellinos
de fuego, se anegue Tracia
o dejad que el pecho mío
aborte cuantos asombros
en el corazón concibo,
que envidiosos de sus iras,
si sus incendios fulmino,
aprenderán vuestros rayos
lo fiero y lo ejecutivo.
¡Venganza, Cielos, venganza!
o ese golfo aquí irrito
con el agua de mis ojos,
y el viento de mis suspiros,
haré que suba a apagar
de esa fragua del destino
donde se forjan los hados
cuanto diamante encendido
con malévolos aspectos
es luminar basilisco,
y tú, monarca del día,
que desde tu solio has visto
tragedia tan lamentable
llora, por más que hayas sido,
cómplice en las influencias
que hacen mi dolor preciso,
también hay crueldad piadosa
que la tiene el cocodrilo
si para matar engaña,
llora después compasivo,
Descubre a Alexandro.
mas ay de mí, que eres áspid
que viendo el piadoso hechizo
cautelosamente cierra
al encanto los oídos,
y lo que haré, penas mías,
cuando estas desdichas miro,
rasgaré a quejas los cielos,
turbaré el aire a suspiros,
Va a desmayarse.
siendo como la leona
que viendo nacer sus hijos,
muertos, asustando el monte
los resucita a gemidos.
Ay, esposo, ay, Alexandro,
pues ya mi vida es delito
te juro por cuantas luces
en el celeste zafiro
se tornasolan a rayos,
y se iluminan a giros
de no apartarme de ti
y siendo cadáver vivo
en tu sepulcro asistirte
hasta que el común destino
de la muerte, me sujeten
los últimos parasismos,
dioses que aquesto miráis.
Si piadosos, si benignos
os halla mi sentimiento,
¿cómo en el sagrado Olimpo
de fulminados incendios,
no se oyen los estallidos?
¡Venganza, dioses, venganza!
¡Castigo, cielos, castigo!
Fin.
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Tercera Jornada
Salen Lisipo y Orestes solos
Ya advertida la nobleza
está de lo que ha de hacer
y el Mundo ha de conocer
mi lealtad, y tu fineza.
Pues la Armada prevenida
solo nuestro aviso espera
para poblar la ribera
de la Gente más lucida
y de más satisfacción
de valor, y de lealtad,
que entrándose en la Ciudad
resistirá la Invasión
del Pueblo, y como seguros
creyendo a Alejandro muerto
están, no cuidan de Puerto
de Castillos ni de muros
mas cómo no has dicho a Irene
lo que pasa.
Mi cuidado
cuerdamente ha reparado
en el riesgo que eso tiene
antes que llorase muerto
a su esposo, lo intenté
y no pude.
Ya lo sé
Después fuera desacierto
pasado el primer espanto
con que sus penas regulo
fiar a su disimulo
Secreto que importa tanto
entremos al Panteón
donde yace sepultado,
Alejandro, y mi cuidado
embarga tu admiración
hasta que seas testigo,
de la más rara experiencia.
Creo fuera esa diligencia
mejor esta noche Amigo
No fuera posible entrar
por las guardas.
Mi recelo
es grande
Por eso el Cielo
mi intento quiere ayudar,
que como dispuesto tiene
que esta tarde en el Jardín
le haga Aristarco un Festín
a Rosaura.
Pobre de Irene
En esto está divertido
ahora todo el Palacio:
entremos que allá despacio
oirás cuanto he discurrido.
Van a entrar dentro, y dice Aristarco.
Que el fuego de mi pasión
abrase a Tracia pretendo
Pero qué confuso estruendo
escucho en el Panteón
La voz de Aristarco escucho
entre confusos rumores
Cada instante son mayores
los recelos con que lucho.
Que no basta el sufrimiento
a pesar tan inhumano
Sin duda alguna el tirano
ha sabido nuestro intento
Como tan grande desgracia
permitís, sagrados cielos.
[Sale Aristarco y soldados.]
Al afecto de mis celos
ha de admirar toda Tracia,
pues Alejandro...
¡Qué susto!
Aún no ha muerto.
¡Qué desdicha!
A mis celos y a su dicha,
¡oh, fuerza del hado injusto!
Los temores que concibo
a disimular no acierto.
Que viva querido un muerto,
y muera celoso un vivo.
¡Ay confusión más extraña!
Temiendo llego su furia,
que este agravio, aquesta injuria,
no pueda vengar mi saña.
¿Quién ocasiona
tan fuerte
pesar? Quien le ha padecido,
temerario y atrevido,
vio enojo de esa suerte.
Irene.
¡Válgame el cielo!
Decidme vuestros agravios.
Pues escucha.
De sus labios
pendiente está mi recelo.
Que Irene gobierna a Tracia
por muerte de Segismundo,
su padre, que en mejor trono
goza imperio más seguro,
Que Irene gobierna a Tracia
habrá poco más de un lustro.
con tantas felicidades
pero para qué confundo
sus dichas, con mis pesares,
sus glorias, con mis disgustos,
si ha de venir a parar
en pesares mi discurso
y es más sensible la pena
que se origina de un gusto
que al templo de su hermosura
consagró mi amor su culto
dígalo de sus rigores
tanto repetido triunfo
que obligada de Alejandro
solo aborrecerme supo,
Ya lo confiesan mis celos
escandalizando el mundo
que di a Alejandro la muerte
ya lo sabes, mas no excuso
este enfado a mi memoria
antes que empiece procuro
la línea de mis pesares
a correr desde este punto.
Luego que murió Alejandro
pagando el común tributo
de la muerte, a que mi ofensa
o su estrella le redujo.
mandé enterrarle en aqueste
Panteón, cuyos sepulcros
regiamente religiosos
Corona dosel augusto
con cuantas demostraciones
de ceremonias y lutos
con las personas reales
puestas tiene Tracia en uso,
que aun ofendido, a ninguna
honra, en su muerte me excuso.
Pues aunque viva en mi pecho
el odio el áspid oculto
tal vez importa que sea
hipócrita el disimulo.
Pasé después a ofrecer
en el templo de Saturno
por el alma de Alejandro
mil holocaustos impuros,
y tantas luces ardían
en sacrificios y cultos
que se vieron, siendo el templo
un abrasado Vesubio,
apagarse el sol en rayos
y encenderse el aire en humos;
las funerales exequias
se acabaron, cuando escucho,
con qué asombro lo refiero,
con cuánto horror lo pronuncio,
que la Reina, oh qué congoja,
obligada, oh qué disgusto,
de su amor, oh qué tormento,
a acompañar se dispuso
siendo viviente cadáver
a su marido difunto,
y estrechándose con él
a pesar del mármol duro,
a los que estaban presentes
mandó cerrar el sepulcro,
pretendiendo de esta suerte
que allí se hospedasen juntos.
a pesar del Amor, dos
a pesar del número, uno
a lo injusto del precepto
cuerdo el asombro se opuso
siendo esta vez, la primera
que obró el horror con discurso
avisáronme del caso
y tan absorto, y confuso
me dejó de tan extraña
novedad el infortunio
que aun para admirarse el alma
capaz, aliento no tuvo
y así bajé al Panteón
acompañado de muchos
asombros, y sentimientos
mas cuando ha bajado alguno
al albergue de la muerte
sin sobresalto, y sin susto
llegué a la urna en que estaban
los amantes, y descubro
estrechamente abrazados
dos cuerpos, y solo un bulto
pues no con tan fuertes lazos
le estrecha a el olmo caduco
la yedra que de corteza
sirve a su tronco robusto
como a su Alejandro, Irene
que el indisoluble nudo
de las almas en los cuerpos
también dio el Amor injusto
esta injuria pavorosa
que con los ojos escucho
este espectáculo triste
que aunque lo veo lo dudo
suspendió de suerte el alma
que me confundió en un punto
de las potencias, el orden,
de los sentidos, el uso
pues no con más sobresalto
queda el labrador inculto
viendo la encina el rayo
a el elemental impulso
u desatarse en cenizas
u desvanecerse en humos,
como yo quedé mirando
este pesado infortunio
a el desengaño tan ciego
a el sentimiento tan mudo
que tuve, cuando mis penas
más explicarlas procuro
toda la voz hacia el pecho
y toda el alma hacia el susto.
vi en fin a Alejandro muerto
a cuyo aspecto difunto
Irene de aquesta suerte
rendida el valor augusto.
todo el esfuerzo en la pasión postrado
todo el sentido en el afán rendido,
toda la vida, para el alma olvido,
todo el valor para el pesar cuidado,
uno y otro sollozo apresurado
uno y otro suspiro detenido,
el susto en las acciones repetido
el horror en las quejas dilatado,
todo asombro el semblante, suspendida
el alma, obedeciendo al trance fuerte,
incierto el pulso, la color perdida,
triunfo de la fortuna, y de la muerte,
muertas las esperanzas a la vida
vivas las esperanzas de la muerte.
No matarme esta congoja,
no acabarme este disgusto,
más que valor fue desdicha,
porque mi suerte dispuso
por saber a cuál tocaría
ser de mi vida verdugo
que se junten mis pesares
y en su desorden confuso
todas las penas del alma
llamó el dolor a concurso
a la empresa de mi muerte
llegaron males tan muchos
que sin poder distinguirlos,
me embarazo, y me confundo.
de suerte, que muchas veces
a mis pesares pregunto
por mí, y en su confesión
no me hallo, aunque me busco;
graduáronse mis penas
y aquesta, entre todas tuvo
sin competencia ninguna
el primer lugar, qué mucho
si con sola su presencia
a los males más robustos
les deslució el ardimiento
y les apagó el orgullo,
dejándoles solamente
las fuerzas para el disgusto
porque para atormentarme
a todas se les dio el uso
bien como suele en naciendo
aquese planeta rubio
alma original del día
del cielo rey absoluto
que desplegando de rayos
el lumnoso diluvio
apaga cuantas estrellas
eran del manto nocturno
o ya abrasados diamantes,
o ya encendidos carbunchos
y obscureciendo de luces
el hermoso errante vulgo
mueren para el lucimiento
y viven para el influjo
pues solamente les queda
lo malévolo, y lo adusto,
mandé llevar a la reina
a su cuarto, porque juzgo
que es piedad de mis pesares
retirarla de los suyos,
y como a mis desengaños
en mi despecho consulto
olvidar pretendo a Irene
rompiendo el pesado yugo
que en mi libertad han puesto
sus crueles estatutos
pero como el alma vive
sujeta al imperio injusto
de sus iras, no ha podido
lograr tan heroico triunfo
y así, pues me has escuchado
los rigores, que ejecuto
los imposibles que emprendo,
la muerte a que me reduzgo,
las dichas a que anochezco,
los males a que madrugo,
los pesares que publico
y los asombros que oculto,
triunfando de mi constancia
las fatigas con que lucho,
las congojas con que vivo,
el mal con que me confundo,
las iras con que me enojo,
las dudas con que me ofusco,
la razón con que me ofendo,
los riesgos con que fluctúo,
los celos con que peleo
y el horror con que discurro,
tú allá te puedes saber
si mi sentimiento es mucho.
Vase y los soldados.
Absorto estoy y admirado
de lo que a Aristarco he oído.
Gracias a Dios que ha salido
de este susto mi cuidado.
¡Oh, Irene, de tu fineza
teatro el mundo ha de ser,
pues tan heroica mujer
honra la naturaleza!
Que estamos libres, no creo
del peligro que temí.
Apenas he vuelto en mí.
Pues ya nuestra dicha veo,
mira que la dilación
nos puede ser peligrosa.
Pues no resta hacer otra cosa
más, que entrar al Panteón.
Vamos, que estoy temeroso
de que alguien mi intento impida.
Que ha de volver a la vida
Alejandro estoy dudoso.
Con esa desconfianza
mi lealtad has ofendido.
Cuando juntos no han venido
el temor, y la esperanza.
Vanse a entrar y sale Rosaura, y los llama.
Lisipo, Orestes.
Señora,
solo aquesto nos faltaba.
Qué eran las voces que daba
y con quién, mi primo ahora.
Eran, embarazo fuerte,
efectos de la fineza
de Irene, cuya tristeza
le había entregado a la muerte.
Para morir con su esposo
en su sepulcro se entró,
y allí Aristarco la halló.
Suceso bien prodigioso,
y ¿dónde Aristarco ha ido?
A su cuarto pasaría.
Decid por vida mía
¿quedó el Rey muy ofendido?
Sintiólo con mucho extremo.
Por el despecho de Irene
quien duda, si nos detiene
alguna desgracia temo.
¿Que no podáis vos con él
que olvide aquesa pasión?
¿Quién en tan fuerte ocasión
vio embarazo más cruel?
Haced que el Senado insista
en lo que siempre ha propuesto
y hablad a la Reyna en esto
pues no hay por qué lo resista.
Sí haré.
Sale Lesb. de luto:
El Rey os ha llamado.
Voy al punto a obedecelle,
que así mi industria atropella
la fuerza injusta del hado.
Dadnos, señora, licencia,
pues veis que nos llama el Rey.
Id con Dios.
¡Oh, injusta ley
del poder, y su violencia!
Del cuarto vengo de Irene,
y no está, señora, en él.
De su despecho cruel
con susto el riesgo me tiene.
Pues por tu vida, señora,
que me digas con qué aliento
puede estar tu sentimiento
para festines ahora,
pues cuando el pesar de Irene
ha llegado a tanto, es bien
que prevenga fiestas, quien
tanta obligación la tiene.
Yo pretendo conquistar
a finezas el rigor
de Aristarco, cuyo amor
se aumenta con su pesar,
porque como su fineza
tiene tanto de aprehensión
la tema de su pasión
se ayuda de su tristeza,
y así su melancolía
mi cuidado ha de templar,
pues lo que aumenta el pesar
cesará con la alegría,
y no es posible que halle
mejor modo de prendelle,
Irene como ofendelle,
y yo con agasajalle.
Dices bien.
Pues el festín
voy ahora a disponer.
Y dime cuándo ha de ser.
Esta tarde en el jardín.
Vanse y salen Irene, y Matilde.
Déjame, Matilde mía,
morir, en pena tan fuerte
que es dilatarme la muerte
más que piedad tiranía.
Injustamente porfía
señora tu sentimiento.
Morir con mi esposo intento
porque en dolor tan esquivo
para solo lo que vivo
no basta mi sufrimiento,
pues si en pena tan crecida
vivir quisiera sin él
en mi pecho de fiel
se revelara la vida,
y así mi muerte no impida
Matilde tu resistencia
pues cuando de su violencia
hace el dolor vanidad
viene a ser esa piedad
delito de la clemencia.
La acción más esclarecida
del valor última, y fuerte
es menospreciar la muerte,
no el aborrecer la vida.
Dejarse morir rendida
a los males la paciencia
es cobarde diligencia
porque es más heroica acción.
vivir por obstinación
que morir por conveniencia.
En la desdicha que siento
vivir, fuera confesar
que no es grande mi pesar
pues cabe en el sufrimiento
pero sabe mi tormento
lograr tan ilustre palma
que deja la vida en calma
para dar a conocer
que solo puede caber
en la eternidad el alma.
Salen al paño Lisipo, y Orestes.
A que a Irene persuada
a su amor, aquí me envía
Aristarco.
Eso quería.
Y pues la suerte está echada
declararme determino
aquesta vez con Irene.
Mira el riesgo que eso tiene.
Ya mi temor lo previno
pero es grave inconveniente
no gozar de esta ocasión
pues es cualquier dilación
el riesgo más evidente.
Pues yo te espero aquí fuera.
Vase.
Ampare mi intento el Cielo.
Cómo puede haber consuelo
Matilde en pena tan fiera.
Sale Lisipo.
Permítame vuestra Alteza,
que aparte le diga ahora
lo que ha debido Señora
vuestro amor a mi fineza.
Cómo llega de esa suerte
a hablarme, quien inhumano
obedeciendo a un tirano
le dio a mi esposo la muerte.
Que me dé albricias espero
vuestra Alteza.
La de que
puedo darlas
De que este
vivo Alexandro
Oír no quiero
a quien loco y atrevido
así mi enojo provoca
y resolución tan loca
en mi presencia ha tenido
Vivo gozará su esposo
aunque pese a la fortuna.
Lisipo sin duda alguna
que atrevido y cauteloso
de quien soy te has olvidado.
Que vuestra Alteza presuma
tal delito en mi nobleza
Qué furor te ha provocado
a perderme así el decoro
Solo servirte procuro
y así esta verdad te juro
por las deidades que adoro.
Yo misma le vi sujeto
al Imperio de la muerte
Que aventuréis de esa suerte
tan importante secreto
Sale Aristarco a una puerta, y Rosaura a otra.
Siguiendo a Lisipo vengo
por saber qué dice Irene
Pero aquí Aristarco viene
Aquí están, yo me detengo
Todo queda ya dispuesto
pero aquí Lisipo está
y Irene, si le hablara
en lo que yo le he propuesto.
Aristarco que os adora
No me mientes a ese hombre
De Aristarco escucho el nombre
En mí hablando están ahora
Si lo llegara a entender
Que así se finja un engaño
Hiciera mayor el daño
Pues ¿qué pudiera saber?
Que vive Alejandro.
Loco,
villano, atrevido, aleve,
así tu furor se atreve
a tenerme a mí en tan poco,
vive el cielo que te quite
la vida.
Señora, advierte
¿No hay quien dé a un traidor la muerte?
Sale Rosaura.
Prima, señora, permite
que yo sepa la ocasión
de tu enojo.
Sale Aristarco.
Porque en mí
le ha hablado Lisipo aquí,
es toda su indignación,
quiero llegar.
Riesgo extraño
¡Hola, soldados!
Sale Nicandro.
Señora.
Pobre de Alejandro, ahora
le ha de descubrir mi engaño
¿Quién enoja a vuestra alteza?
Lisipo, que desatento,
con bárbaro atrevimiento
se ha atrevido a mi grandeza.
Yo, señor, le aconsejaba
que premiase vuestro amor
¡Oh, viejo aleve y traidor!
Y viendo que ahora entraba
tu Alteza.
Quitadle luego
de su presencia Nicandro
Que vuelvan por Alejandro
humilde a los Dioses pido
pero lo voy a lograr
con su vida el desengaño.
Vanse los dos
Dudo haber mayor engaño
de quien me llegue a fiar.
De vos Lisipo ha aprendido
a perderme así el respecto
que su atrevimiento efecto
de vuestra traición ha sido
pues no se hubiera atrevido
a ofenderme vive Dios
si no tuvierais los dos
para mi ofensa cruel
vos la ejecución en él
y el ejemplar en vos
y así su delito callo
porque es vuestro a toda ley
pues el ejemplo del Rey
es precepto en el vasallo
y así en vuestro intento hallo
disculpada su traición
pues en tan bárbara acción
no es mucho según contemplo
si vos le dais el ejemplo
que él ponga la imitación.
Si Lisipo os ha ofendido
con hablaros en mi amor
para tan grande rigor
qué culpa el alma ha tenido
pero es bien que agradecido
esté a rigor tan extraño,
pues cuanto es mayor mi daño
será mayor mi fineza
y así su crédito empieza
hoy desde mi desengaño.
Mi piedad os aconseja
que en mí esa ofensa venguéis
pues en mi muerte podéis
satisfacer vuestra queja,
libre mi dolor os deja
la ocasión más oportuna
mas fuera sin duda alguna
lograr muriendo esta dicha
descuido de mi desdicha
o olvido de mi fortuna.
Pero sabré en dolor tanto
dejar mi amor satisfecho
pues saldrá el alma del pecho
disimulada en mi llanto
que si el alma es fuego, cuanto
lloro es fuego, en quien condensa
las lágrimas que dispensa
el dolor, que en triste calma
son centellas que del alma
saca el golpe de la ofensa.
Y aunque negué a mis enojos
aun el rocío más tibio,
por que no fuese este alivio
escándalo de mis ojos
hoy que en tan tristes despojos
miro mi desasosiego
diré, cuando a encender llego
del pecho la ardiente fragua
a mis ojos agua, agua,
y a mis iras fuego, fuego.
Vase.
Irene divina.
Señor,
que así os arrastra un desprecio.
de poco constante, a necio
se ha pasado vuestro amor;
tenga respecto el valor
y el decoro a resistencia,
porque es sobrada indecencia,
vuestra Alteza me perdone,
que su grandeza abandone
a una amorosa violencia.
¡Ay de mí, que hace mi engaño
de su obstinación empeño!
De tan peligroso sueño
despierte tu desengaño.
Ya advierte mi amor su daño.
Vuelva a su ser tu albedrío.
De eso solo desconfío,
porque de mi amor arguyo
que mi albedrío fue suyo
y aun antes que fuese mío.
De tu sentimiento enfrena
el afecto mal seguro.
Ya que se quiebre procuro
forcejada mi cadena,
mas no puedo.
De tu pena
tiene queja tu decoro.
No te espantes, que aunque lloro
mi amor de Irene ofendido,
a un instante que la olvido
y mil siglos que la adoro.
Pues procure vuestra Alteza
divertir ese pesar.
¡Ojalá pudiera hallar
alivios a mi tristeza!
Prevenido mi fineza
os tiene para esse fin
de las Damas un festín.
Entretener mi esperanza
solo podrá una mudanza.
Pues salgamos al Jardín.
Vanse y Sale Lisipo, y Orestes, con un perfumador, Yervas, un pomo y Vestido.
Aunque llegamos cercados
de los riesgos que confiesso,
fiemos este sucesso
de la piedad de los hados.
Restituyase a la vida
nuestro Alexandro, y despues
obre el cielo.
Mira que es
temeridad conocida.
Para que del traje mude
le ten aquí prevenido
Orestes este Vestido.
No ay cossa que aquí no dude.
Vasse.
Guardame Amigo esta puerta,
y a nadie dejes entrar.
Seguro puedes llegar,
la Urna está descubierta,
y en ella a Alexandro veo;
como es possible que viva
quien ya de la parca esquiva
es tan inutil tropheo;
Ya Lisipo le incorpora
por que reciba mejor
los humos, y mi temor
que sus efectos ignora,
juzga que es barbara hazaña
oponerse así al destino
con las aguas que previno
cienes, y pulsos le baña,
ayudando al corazón
con uno y otro fomento,
pero qué raro portento
embarga mi admiración
ya se muebe, de admirado
aún no sé si estoy en mí,
pues lo mismo que veo aquí
juzgo que es imaginado.
¿Ay de mí?
Desta voz puedes
inferir oy mi lealtad.
Con tan rara novedad
todo lo possible excedes.
¿Ay de mí?
Ya otro suspiro
de su vida es nuevo indicio
yo he de perder el Juicio.
[Sale Lisipo y Alexandro, muy confuso y admirado.]
Válgame el Cielo que miro
si es ilusión, si es encanto.
cuanto examino aún no creo
dónde estoy que es lo que veo
Su vista con nuevo espanto
todo cuanto encuentra estraña.
Alexandro
Quién me nombra
Lisipo soy.
Si eres sombra
que con vana voz me engaña
déxame.
Señor advierte
que está aquí Orestes tu Amigo.
Orestes está conmigo
Sí, Señor.
Pues de qué suerte,
ay tan grande confusión
que es lo que pasa por mí.
Cuando el veneno te di
no te advirtió mi atención
que, pues que yo te la daba,
no tenías que temer.
Sí, y lo tomé por creer
que en él mi muerte lograba.
Música.
Veo, señor, que de tal suerte
mi industria anduvo advertida
que te reservó la vida
el fiar de mí tu muerte.
Pues dime, ¿en qué te he ofendido
que con tan necios desvelos
a la muerte de mis celos
hoy mi vida has reducido?
¡Oh, mal haya tu piedad
que a tanto mal me condena!
¿Qué te importa a ti mi pena
que logras esa crueldad?
Señor.
¡Oh, amigo infiel!
Razón tu queja no tiene.
Sin duda te manda Irene
que conmigo andes cruel.
A pesar de la fortuna
con Irene has de reinar
en Tracia.
De mi pesar
os burláis sin duda alguna.
Pues disfrazarte conviene
para que salgas de aquí.
Empiezan a desarmarle.
Que en vano el alma, (¡ay de mí!)
ya se asegura de Irene.
Pues escucha, si el Amor
vio finezas con fe tantas,
pero si Lesbia las canta
de ella las oirás mejor.
Empieza a cantar Lesbia y se suspende Orestes en los dos versos cantados, y prosigue después.
Hoy la hermosísima Irene
del Amor ejemplo heroico
al ver Alejandro muerto
le dijo en tiernos sollozos.
Ay dulce esposo
solo para llorar viven mis ojos.
Voz, que con dulce armonía
suspendes mis males todos
prosigue, porque te deban
esta piedad mis enojos.
Si para morir contigo
me entro en tu Sepulcro propio
y me embarazó esta dicha
dos veces tirano el odio.
Que para morir conmigo
se entró en mi Sepulcro
Solo
logró el Amor a prodigios
en su fineza el asombro.
Y pues en Sagrado culto
arden en tu mauseolo
de mi Amor y de mi llanto
estos últimos despojos.
Prosigue y sale Irene llorando al paño.
Ay dulce esposo
solo para llorar viven mis ojos.
Va saliendo.
No cantes ya más mis penas
Lesbia, que cuando las lloro
tan dulcemente las cantas
que casi las desconozco.
Ay Alejandro querido.
Ay Irene, Dueño hermoso
Pero qué es esto que veo
pero qué es esto que oigo
que el gusto de los oídos
templa el horror de los ojos;
Cielos no es este Alejandro
que entre dudas, y entre asombros
para el susto, embarga, todas
las prevenciones del gozo
o como cobarde el Alma
huye de mirar su rostro
que esta vez, usa el cariño
de las acciones del logro.
Señor aquí está su Alteza
Hasta cuándo Dueño hermoso
había de padecer
tu ausencia.
Apenas recobro
de admirada, y de cobarde
algún aliento.
Pues cómo
Dueño mío, no me hablas.
No te espantes, que a tan poco
que veo el rostro a las dichas
que aun dudo, si te conozco
y cuando de tan extraño
prodigio, las dudas toco
el Alma falta a los labios
por atender a el asombro
eres tú Alejandro mío
que aunque cotejo tu rostro
con la Imagen que sellé
en mi corazón heroico
la novedad el prodigio
de lo posible es tan otro,
que acobarda en mi cariño
la verdad, con que te adoro.
No me espanto, porque han sido
sucesos tan prodigiosos
los míos, hermosa Irene,
que aun no los creo yo propio.
Pues con los brazos te ofrezco
el corazón en despojos.
Pídame albricias el alma
cuando tantas dichas logro.
No conoce vuestra alteza
cuán injusto fue su enojo
y que le trató verdad
mi lealtad.
Ya lo conozco,
y lo que a ese valor
debe Alejandro mi esposo.
Pues después de este suceso
sabrás los prodigios todos,
y no gastemos el tiempo
en júbilos y alborozos,
sino vamos al remedio
de los peligros que noto.
¿Cómo ha de salir de aquí
Alejandro, que es forzoso
verle, si es el sitio más
frecuentado?
De este modo,
por divertir a Aristarco
los afectos amorosos
tiene dispuesto Rosaura
un festín, y que entren todos
con máscaras, y así es fácil
que disimulando el rostro
con la máscara Alejandro,
que se introduzga con los otros
pues de cualquiera sospecha
todos estan tan remotos.
He de âssistir Yo al Festin.
Si Señor por que es forzoso
pues han de entrar â buscarte
âlli tus parciales todos
y â la seña de vn clarin
arrestados y briosos
embestiran, y en su esfuerzo
vengados veras tus odios.
Yo tengo de âcompañarte
pues con el mismo rebozo
me âsseguro, que a vista
no te han de perder mis ojos
que quiero ver del tirano
triumphar tu valor eroico.
Pues Señor âquesse quarto
el mas retirado y solo
de Palacio te retira
mientras salimos nosotros
â disponer lo que importa.
Ôbedecerte es forzoso
Yo voy â mudar de traje
Oy tu enemigo en despojos
te ofreze nra. lealtad.
Vanse y buelve â salir Alexandro por otra Puerta, solo.
Dichoso Yo, si lo logro
nunca he entrado en este quarto
ô quan confuso y âbsorto
oy me tienen mis fortunas
si es ilusion cuanto toco?
si es sueño cuanto me passa,
todo Yo soy vn assombro
Sale Relampago.
Que se abra echo mi Amo
Yo apuesto que estará el otro
con César, o con Pompeyo.
A un tiempo oyéndole, a risa
y a lástima me provoco.
Pero yo voy a buscarle
y le haré creer mañoso
que por venirle a servir
me di la muerte yo propio.
En fin, son todas locuras
cuantas dice.
Encuéntrale.
Mas, ¡qué asombro!
¡Qué fantasma, qué ilusión
es esta, que ven mis ojos!
Relámpago, ¿dónde huyes?
Yo, señor, tú, mira, cómo...
¿De qué tiemblas?
De azogado.
¿De qué te turbas?
De novio.
¿Qué tienes?, ¿estás en ti?
Bien quisiera estar en otro.
Espera.
No soy judío.
Escucha, acaba.
Soy sordo.
¿No me entiendes?
Soy un necio.
Ten juicio.
Soy un loco.
¡Qué bárbaro!
Soy un indio.
¡Qué pesado!
Soy un plomo.
Vete de aquí.
Seré un viento.
En fin, ¿huyes?
Como un potro.
¿Que me dejas?
Soy ingrato.
Vuelve, mira.
Soy un bobo.
Pues vive Dios de un infame
que has de morir de este modo.
San Mercurio que me llevan
segunda vez los demonios.
Sale Orestes, y trae máscaras.
Ya aquí las máscaras tienes.
No es este Orestes, pues como
también Orestes se ha muerto.
Y que salgas ya es forzoso.
Vamos pues, amigo Orestes.
Señor, acá estamos todos.
Que empezar el festín quieren.
Este mundo es como el otro,
también por acá hay festines.
Dale máscara a ese loco
porque importa no dejarle.
Ya mal de muchos es gozo.
Toma esa máscara.
Acá
también se usa andar de embozo.
Hoy lograrás tu venganza.
Quiéralo el cielo piadoso.
Vanse y sale Aristarco muy triste, y Lisipo.
En vano intenta Rosaura
de mi despecho amoroso
entretener las tristezas
ni divertir los ahogos.
Vuestra Alteza aquí se siente
y con semblante gustoso
premie las demostraciones
de sus deseos heroicos,
oh cuán apriesa tirano
verás tu mayor asombro.
Ay Irene, cuánto en vano
mi sentimiento reporto,
si arde en el pecho la llama
que disimulo en los ojos.
[Rosaura y las damas muy bizarras por una puerta y detrás de ellas Irene de gala, y por otra Nicandro y Orestes, y detrás Alejandro y Relámpago, todos con máscaras, y Orestes sin ella, y músicos.]
Cantad, y el festín empiece.
Entre las demás me pongo
por disimular mejor.
El danzar aquí es forzoso
con los galanes, pues fuera
el verme reparo en todos
con máscara no danzando.
Ya allí a Alejandro conozco.
Irene me está mirando.
Vuestra Alteza aquí se siente.
¡Oh cuántas penas escondo!
Pues es el disimular
padecer de nuevo modo.
[Salen a danzar.]
En la fiesta que amante dispone
la bella Rosaura,
se corona de luces y estrellas
el sol con el alba.
[De las manos.]
De haber visto a este tirano
ardientes iras aborto.
Presto verás su cabeza
ser de tus plantas despojo.
[En voces altas.]
Esperad, no cantéis más,
pues ¿quién atrevido y loco
a el festín se ha introducido
sin mi orden?
De ocho solo
le formaste, y ya son diez.
los que veo.
Que alboroto
es esse.
A todos mandad
descubrir Señor los rostros
por que sepamos quien es
quien tubo, tal desaogo,
Lo que ha mandado Rosaura
hared.
[Quitanse las mascarillas todos, menos Alejandro y Irene]
La obedecen todos.
Alejandro fuerte empeño
Cuando mi valor heroyco
te defiende, nada temas
Alli a la Reyna conozco
Descubrid aquessa Dama
y quien eres tu, que solo
te opones a mis preceptos.
Vn hombre.
Como vn Demonio.
Que saura matar
Ya empieza.
Arrestado y valeroso
a todos los que intentaren
ver, de aquesta Dama el rostro.
Ay tan grande atreuimiento
matadle.
todos sois pocos
[Sacan las espadas, suena vn Clarin, y salen todos sacando las]
Muera el traydor Aristarco.
Ay de mi, que es lo que oygo.
Muera, y viua solo Irene
con Alejandro su esposo
Viua.
Ya traces valientes
vros. blasones gloriosos
recobrad muera Aristarco
Muera.
Quién bárbaro y loco
se me atreve.
Descúbrese
Yo tirano.
Válgame el Cielo qué asombro.
Qué horror es este que miro
cuyo aspecto pavoroso
ofende el Alma, de suerte
que aunque valiente me cobro
sin que nada sobre al susto
me he menester aquí todo.
Ea, muera este traidor.
Prima a tus plantas me arrojo
no permitas tal desdicha
cuando tu clemencia invoco.
Prima Señora.
Levanta.
Que es tu Sangre mira solo,
y que de puro adorarte
nacen sus delitos todos.
Matadle.
No le matéis,
que Yo sus culpas perdono
con que a Rosaura mi prima
le dé la mano de esposo.
Arrepentido y confuso
hoy a tus plantas me postro
pues dos veces me has vencido
con la piedad, y el enojo
y a Alejandro por mi Rey,
obedeceré gustoso.
Mas quiero de vos Amigo
lograr el blasón heroico.
Pues dad la mano a Rosaura
y en público haré lo propio
con Alejandro.
Mi bien,
nuevamente soy dichoso.
Esta, Rosaura, es mi mano.
Feliz nací, pues la logro.
Así tendrá fin dichoso
del Sepulcro a la Corona,
si parece bien a todos.
Fin.