Texto digital de Victoria de Fuenterrabía
Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Victoria de Fuenterrabía. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/victoria-de-fuenterrabia.
VICTORIA DE FUENTERRABÍA
Pag. 1
1
837
286
La Victoria de Fuenterrabía
Comedia en tres jornadas
de don Pedro Calderón de la Barca
Legajo 3.º
S-6
92
Jornada primera
Pag. 2
8
La Victoria de Fuenterrabía 1ª Jornada
De Calderón
Toquen cajas y trompetas a marchar y salen por una parte del tablado Marina de Ozúa, Beatriz y Andrea y las que pudieren vestidas a lo vizcaíno y con espadas y chuzos y por otra el gobernador Domingo de Eguía con bengala y soldados.
Vosotras, leonas, ya de ira armadas,
sí, que el valor nos ciñe las espadas.
A tal exceso, ¿qué motivo os llama?
Gran Domingo de Eguía, nuestra fama.
Pues, ¿qué intentáis así resueltas y atrevidas?
Defender nuestra patria con las vidas.
¿Qué habéis de hacer?
Examinar proezas,
rechazar los asaltos sobre el muro.
Muy prácticas traéis la resistencia.
Un riesgo enseña más que una experiencia.
¿Quién os ha persuadido?
El mismo aliento.
¿Quién os conduce?
Nuestro heroico intento.
¿No os turba el parche?
Mas nos da osadía.
¿Las balas no teméis?
Mengua sería.
¿Ni un mar de gente?
Pag. 3
En el margen izquierdo se aprecian unos versos tachados e ilegibles: "El [...] / Fuenterrabía [...] / que de corazón [...]". En la esquina superior derecha de la página derecha aparece el número de folio "3".
Ni del mar las olas.
Sois muy valientes.
Somos españolas.
En los anales que han de honrar a España
ejecutoria el tiempo vuestra hazaña,
admiración será del enemigo,
y de su orgullo singular castigo.
Francia verá, con ser copiosamente
paladión de astucias y de gente,
cómo sujeta su arrogancia loca
Fuenterrabía, aquesta pobre roca,
pero roca con alma sensitiva
pues atalaya es de pena viva.
Yo, que en el nuevo estado que prevengo,
felices bodas concertadas tengo,
no he de admitir la mano de mi esposo
hasta echar el francés escandaloso,
y todas, el valor siguiendo ufano
del marido, del hijo y del hermano,
aunque mujeres esta vez haremos
de la campaña estrado, que pisemos,
y las frías agujas, que esgrimidas
labren la muerte en las francesas vidas,
siendo de aceros al mal seguras,
blancas almohadas sus corazas duras,
el fuego que el mosquete arroja impío
hogar casero que nos temple el frío,
y la encendida cuerda, la vislumbre
antorcha que al trabajo nos alumbra;
y para imitaciones más gentiles,
cual suele en las tareas femeniles
canto apacible, el militar estrago
del clarín, de la caja y del Santiago.
La que faltare a tan leal desvelo,
por castigo ejemplar fáltele el cielo.
Que estáis dispuestas a morir tenéis
todas decís.
Y yo también lo digo,
en más cortas razones que Marina,
solo por parecer más vizcaína.
Vuestra resolución el mundo asombre.
¡España viva!
¡El Rey viva, y su nombre!
El campo del francés al arma toca.
Sin duda es la ocasión que le provoca
un hombre que penetra velozmente
sus fortificaciones, y valiente
al portillo del muro se avecina.
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Ya le disparan.
Temo su ruina.
Algún aviso que nos trae sospecho.
Oh, la cruz de Montesa ilustra el pecho.
Líbrele el cielo.
Y a su amparo vaya.
Ayudadle a trepar por la muralla.
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Jhs.
Comedia
La victoria de Fuenterrabía.
Personas que hablan en ella:
El Rey don Felipe Cuarto.
La Reina nuestra señora.
El Conde Duque.
La Infanta doña María.
Don Fadrique de Toledo.
Doña Leonor de Guzmán.
El Almirante de Castilla.
Doña María.
Don Luis de Haro.
Músicos.
Un correo.
Acompañamiento.
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Quien nos conduce agora,
fanal nos muestra la senda,
nave nos saca del golfo;
que todos con fe resuelta
te ofrecemos la venganza,
aunque acalles la queja.
Toquen a arma, y baje Domingo de Eguía en el muro.
¿Qué hacéis, afligidos pechos,
cuando Domingo de Eguía,
que salió a dar un Santiago,
se retira con presteza,
y el francés que le sigue
en su alcance al muro llega?
Corremos mucho peligro.
Pues para nuestra defensa
no está cerrado el portillo,
acudid con diligencia
a traer las prevenciones
que desde ayer tenéis hechas
para el terraplén.
Amigas,
todas me seguid resueltas.
Vamos, Marina.
Que esta acción
nos ha de dejar eternas.
Entranse, y asoman las mujeres a la muralla.
Id retirándose con orden,
que el gran don Miguel se acerca;
las fuertes vizcaínas
van conduciendo ligeras...
Pag. 17
desde la plaza hasta el muro
pertrechos que la defiendan.
Salga Marina delante con unas puertas de tierra al hombro y todas las que pudieren siguiéndola del mismo modo. Por la parte que entraren han de volver a salir con las puertas, de suerte que no dejen el tablado solo.
Para socorrer mi patria,
un monte llevaré a cuestas.
Tan aplaudido trabajo,
más que cansa, lisonjea.
Yo no he de quedarme atrás.
Y yo he de ser la primera.
¡Oh, mujeres invencibles,
cuyas memorias con lenguas
de bronce honrará la fama
entre romanas y griegas!
Que vengan con las puertas.
Nadie se rinda al cansancio,
aunque le falten las fuerzas.
Ya una tropa va llegando
de infantería francesa;
dad prisa a subir reparos,
que no sabemos qué intentan.
Salen con fajinas mujeres de los palos y encajándolas al hombro.
Ya subimos a empezar
lo que está por nuestra cuenta.
Don Miguel arriba.
Alguna gente en el campo
al francés le da soberbia,
y pues por tomar venganza
a la muralla se acercan,
pasemos a aquese rostro
por donde viene.
Pásense en medio del muro, que hasta allí ha de haber estado a un lado, e irá hablando con las mujeres porque no se confundan con los puestos.
En la abierta
pared, de ese lienzo importa
poner nuestra resistencia.
A terraplenarle a prisa.
Las mujeres empiezan.
Las mujeres arriba con las mismas puertas fingiendo que echan sobre las fajinas tierra, y vaya subiendo muy poco a poco un lienzo que habrá en medio, de diferente color que la del muro, porque parezca remiendo.
Ea, manos a la obra,
vamos echando tierra,
hasta que estén las fajinas
de todo punto cubiertas.
Ayudémoslas nosotros.
Muestra, señor, que la empresa
es con tanto; ved qué quiere
el contrario que ya llega.
Sale el Príncipe de Conde con soldados al son de cajas.
Cercados como tenéis,
¿cuándo el asedio os apremia?
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valor para resistir
tan lamentables miserias.
El valor siempre nos sobra,
aquesta heroica experiencia
lo diga, pues las mujeres
trabajan en las defensas.
Raro prodigio, el portillo
del muro veo que cierran
con mucha prisa, olvidando
sus femeniles flaquezas.
Sepa Francia que nosotras,
para que no entre por ella,
con la llave del esfuerzo
vamos cerrando esta puerta.
Si ve alientos tan notables,
¿a qué aguarda Vuestra Alteza?
Levante el sitio.
Esto es vicio.
Ya le ganó la eminencia
el de Mortara a los suyos.
Ya en victoria se apresta
de Castilla el Almirante.
A Francia el campo se vuelva,
y diga allá que en España
aun las mujeres pelean.
Mal haya el plomo ardiente,
castigue su desvergüenza.
Nuestros mosquetes darán
desde el muro la respuesta.
Tiren de una y de otra parte y cae un soldado que ha de estar junto a Marina.
¡Qué es lo que he visto! ¡Ay de mí!
¡Qué desdichada tragedia!
El que Marina esperaba
por esposo, a sus pies de ella,
cayó muerto de un balazo.
Mas no es justo que me vean
perder el ánimo aquí;
vencer me quiero a mí misma,
que a las aras del valor
sacrifico aquesta pena.
Ea, que ya el paredón
para que con las almenas
frise, muy poco le falta.
Bizarros esfuerzos muestra.
Mañana os daré el asalto.
Ya mi ciudad os espera.
Tres minas tengo empezadas.
Aparte.
No tememos sus defensas,
con el fuego de mi amor
la de mi pesar revienta.
Vase.
Pues esas piedras del muro
serán del viento cabezas.
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Yo venceré tantos riesgos.
Yo desharé tantas nieblas
con el rayo de esta espada.
Yo... Pues a ser empiezan
mi rey, mi patria y mis celos,
tres razones que me alientan.
Quítanse del muro, y tocan cajas y trompetas, y acábase la primera jornada.
Jornada segunda
Pag. 20
2.ª J.ª
+ De la Victoria de Fuenterrabía
Sale Mortara y Algarrobillas al son de cajas y clarines.
Pag. 21
En el folio izquierdo, escrito del revés y tachado:
De don Pedro Calderón, / y paz de España, / La victoria de Fuenterrabía.
El folio derecho está en blanco, con el número 23 en la esquina superior derecha.
Pag. 22
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¡Oh, gran señor, al ruego
vida le daré,
a mi...
Porque de sus hechos
y a par de...
inmortal memoria
le dé, para que
a tu nombre
y a tu gloria...!
Vase.
El Almirante y don Juan
de...
que...
le han de ser...
y...
y a...
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Y aun a mujer. Traigo yo
en peligros,
que veis morir,
el hijo,
porque el sustento
que parece
mortal,
dejó el niño
acá te doy
y favores.
Parece en la muralla Eguía.
Vase al muro
Qué presto vuelven al muro
las valerosas mujeres.
Otra Semíramis eres
en vano,
con tanto
de un asta
que será mejor
pero
fama
tú misma.
¡Válgame!
qué agujeros,
que ir allegando
una ración
sin buen efeto.
Al entrar tropieza Eguía.
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Esta mujer. los blasones mayor. que ella. yo temo.
Pase a la muralla
Salen Beatriz y Marina y todas las mujeres al muro, con sus armas y alcancías.
Si alas volare el muro,
mina que el francés reviente,
estrellas somos que cuente
en otro cielo más puro.
Beatriz, mi pecho seguro
tanto fuego ha de exhalar,
que, llegándose a encontrar
con el que nos causa espanto,
con él luchará entre tanto
que nos podemos librar.
Sale Egea al muro.
Valeroso don Miguel,
para semejantes casos
nació el valor español.
Ya previenen otro asalto
los soberbios enemigos.
Pues los dos somos soldados
con ventaja de españoles,
que el serlo ha bastado tanto
que el sufrimiento se admira.
Pues pone nuestros trabajos
a cuenta de lo inmortal,
porque ve que hemos pasado
las líneas de lo imposible,
y es nuestro aliento milagro.
Pues la plaza defendemos
al grande Filipo cuarto,
y en los últimos ahogos
nos está ya regalando
con lisonjas de padrones
para que alegres muramos,
siendo túmulo estas piedras,
no hay que decir ni aflojarnos
de nuestras obligaciones.
Hasta que padezca engaño
la muerte, y difuntos todos
vuelva otra vez a matarnos.
Seremos piedras del muro,
seremos del mundo espanto,
claro borrón de Sagunto,
mucho olvido de romanos,
ancho campo para elogios,
mármoles para epitafios.
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capas, aumentos de archivos,
como de la envidia agravios,
como de Vizcaya triunfos,
como de la fama aplausos,
como de nosotros mismos,
todo el valor que heredamos.
Ya llega el francés al muro;
lo que pierde en los asaltos
dirá su misma vergüenza,
pues sirve un mismo cuidado
a nosotros de ejercicio
y a él de afrentoso cuidado.
Disparan dentro.
Disparan otra vez y cae.
Como se valen del fuego,
no lograrán en las manos
el valor. ¡Dios sea conmigo!
Muerto soy.
¡Qué desdichado
suceso!
Piedad ahora
será acrecentar el daño,
y en las suspensiones pierden
las iras para vengarlo.
Ya en los últimos alientos,
obediente a quien me envía,
cumplo, valeroso, y guía
con dos heroicos intentos;
doy, en despojos sangrientos,
el alma a Dios, y mi amor
os deja a gobernaros;
pues si quedáis defendiendo,
yo llego a cumplir muriendo
con la amistad y el valor.
Retiradle.
Retíranle.
Pues ya llega
el orgulloso francés
a escalar los muros.
Su ambición la que le ciega.
¡Tanto su favor nos niega
el cielo!
Sale el Pe. Conde, soldados con escalas y picas y rodelas, los más que puedan.
A esa parte arrima
las escalas. Luego esgrima
sus filos el limpio acero.
Subid, que echaros espero
todos los cielos encima.
Tocan cajas y clarines, y van subiendo los franceses, y ellos se desprenden con chuzos, espadas y alcancías, y bajan rodando.
Mirad si nos falta brío.
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que mi esposo muerto ya,
hasta las piedras nos da
de su monumento frío;
que piedras de un muerto solo
tragedias han de causar
para defender y honrar;
y no es mucho presumir,
que las que saben cubrir
sepan salir a matar.
Que ya nos falta el aliento
de hambre, dice el francés;
hambre de victorias es,
y es Francia poco sustento,
pues es corto alimento
y al fin nos ha de faltar;
en comenzando a triunfar
nosotros nos sustentamos
con victorias que ganamos
de sufrir y de esperar.
¿Que os acobardáis, franceses,
con el valor de soldados?
Despiden rayos del muro.
Y no ha sido más que ensayo
del fuego que ya os previenen
estos muros, pechos y brazos.
Que mujeres os resistan,
dad a otra parte el asalto.
Quitan las escalas.
Saldréis con mayor afrenta
que han de venceros muchachos.
Id a prevenir las minas,
que está ya por lo obstinado
este lugar invencible.
Vanse los franceses todos.
¿Cuándo tendremos descanso,
Marina?
Y hasta en la guerra
el corazón tan hallado,
que ha de ser trabajo el ocio;
y es de suerte que ya, ciegos,
no dejan libres los muros
de los mortales asaltos.
Me he de ir tras de los franceses
por descansar en matarlos.
Va bajando Algarrobellas por una enramada con un lienzo en la mano.
Hace seña con el lienzo al muro.
Hasta llegar, ya se ha hecho;
hasta abajo, ya lo hago;
hasta subir, ya lo intento;
hasta esperar, ya me canso.
Señal que un español
esfuerzo heroico ha mostrado,
pues por tantos enemigos
se abrió su ventura el paso.
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Si no trae algún aviso.
Él nos lo dirá en llegando.
¿Habrá por dónde subir?
No faltará si le echamos
una cuerda.
Sea bien buena,
porque en semejantes casos
no quisiera que conmigo
quiebre por lo más delgado.
Échanle una cuerda.
Átese, amigo, bien con ella.
No falte por lo cortado,
porque lo que es la atadura,
yo la tomaré a mi cargo.
Al llano, franceses vuelven.
Si por ventura dejaron
olvidado mi peligro,
dan la vuelta a buscarlo.
¿Podremos tirar?
Señoras,
pregúntenselo a sus brazos,
que ya yo he dicho que sí.
Pesas mucho, castellano.
Un quintal peso si subo;
peso una pluma si caigo.
Ya se acercan los franceses.
Pues, amigo, ya tiramos.
Tirad de alto primero,
y veréis cómo me escapo.
En el aire hay más desdichas.
Entre ellos viene el gabacho
de la corma. ¡Juro a Cristo
que me desbarata a palos
la cristiana arquitectura!
Tirad, pesia a los diablos,
porque viene allí un francés
con quien estoy encontrado,
y es por lo terrible y fiero
quinta esencia de guiñapos.
Como no te tiren balas,
del muro te aseguramos.
Pues que anden a tirar madroños.
Si, en saliendo este trabajo,
el almirante querrá
darme otra sortija, alabo
el paréntesis, teniendo
la muerte en entrambos labios.
Salen dos franceses, y el uno es el de la corma.
Aún a esta parte responde
la mina.
¡Qué fiero y bravo
viene ya mi francesillo!
No parece que ha estudiado
los papeles de Olofernes.
Amigo, si no me engaño...
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Sube el muro un español
Matémosle.
Está muy alto.
Ya me han registrado el bulto,
y con el mismo les pago
los derechos. Ya os cansáis.
¿Es posible que vengamos
sin arcabuces?
Oficio
de artilleros, reservado
por nuestras obligaciones.
Tirad agora desvanos,
que no traen armas de fuego.
¿Qué intentas?
Descalabrallos.
Que son dos, no más, aquí,
y entra el calor que heredamos.
¡Ah, señores enemigos!
Si quieren verme en lo bajo,
ha de ser con condición.
¿Qué condición?
Que riñamos.
¿Los dos contigo?
Conmigo.
¡Vive Dios, que se ha animado!
Y he de matarle, si puedo,
la ventaja no rehusamos.
En Francia baja, que solo
quiero haber contigo el campo.
No le bajéis, que se arriesga.
Bajen. Por amor de un santo,
uno les daré el aviso.
Bájanle
Grande valor de soldado.
Vuelve por un arcabuz,
porque así hemos de matarlo,
mientras yo riño con él.
Vase
Vuelvo al punto.
Malo grado,
ha de ser, qué vencimiento
que falta el uno.
Yo basto.
Pardiez, cuantas, pañol.
Sacan las espadas y riñen
Abrázale
Pues yo soy cuarenta y cuatro,
y he de prenderte esta vez.
Si agora me vale, entablo
una treta de las mías.
Toma, francés, este tajo.
Ea, ¿qué aguardáis? Tirad
doncellas de cal y canto.
Trabajo ha de ser gustoso.
Suelta, pañol.
Sale el Francés 2º que fue por el arcabuz
En llegando arriba.
Pag. 29
Retiro agora,
he de matallos a entrambos,
que desea prisioneros.
Pues ¿qué fue tan desdichado?
Vase.
Mucho me quiere el francés,
que me ha dado mil abrazos.
Luego diré a lo que vengo,
que estoy agora cansado.
Dime, el de Condé ¿qué intenta?
Pues que no os rendís, volaros
con el prevenido fuego
quiere; poniendo a este lado,
ha de abrasaros el muro.
Pues, por Dios, que has de guardarlo.
Guárdalo tú, pues es tuyo.
Y mi aviso es que está en el campo
el Almirante con toda
la flor de España a su cargo;
y a Dios, que al campo me vuelvo.
En grande peligro estamos.
Retirémonos, señor.
Este aviso fue un milagro.
Apártanse al otro lado del muro todos, y aparece en lo alto de una colina el Príncipe Condé.
Desde esta eminencia espero
ver el espantoso estrago
de sus muros, porque luego
se facilite el asalto.
Revienta una mina, que será un estallido, arrojando mucho fuego, truenos y tierra y polvareda.
¿Qué mayor prodigio, cielos,
que los mismos se abrasaron
que dieron fuego a la mina
y nuestra muralla en salvo?
¿Qué es esto? Indignados cielos.
Reventó en mortales daños
de mi propia gente; en otro
fuego de furias me abraso.
Gracias os rindo, Señor,
que en medio de los trabajos
nos socorres.
A los cielos
les ayudan con presagios
de nuestra desdicha. ¿Quién
ofenderá sus reparos?
Ya nos sobran los socorros.
Ya para el francés sobramos.
Que hasta el fuego les ayuda.
Ya es victorioso el cuidado.
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Con elementos pelean.
Vanse todos del muro.
Cánsase el francés en vano,
que ya es dichoso el peligro
siendo los socorros tantos.
Que se rindiesen al fuego
Troya, Numancia y Cartago,
y este muro quiera el cielo
que se resista a milagros.
Sale Algarrobillas.
Pag. 31
Página en blanco.
Pag. 32
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Jornada tercera
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3.ª de Fuenterrabía
Van saliendo de una parte Marina y a otra Domingo de Eguía, mirando el paño.
En medio de tanto horror,
amigos, perdéis el brío.
Afligido pueblo mío,
para avivar el valor
dejad las quejas veloces,
que este vuestro aprieto extraño,
pues no ignoro vuestro daño,
no me infaméis con las voces.
El hambre nos desanima.
Ya juzgo vuestro tormento.
Faltándonos ya el sustento,
ya vuestro mal me lastima.
Dios lo quiere,
Dios lo ordena.
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+ niños dentro
Morimos de hambre, señor.
cuando conduce agasajo,
están de bronce el trabajo,
muy de cera el sufrimiento.
Que estoy con viva atención
al daño, abiertos previenen
los ojos, pero aún los tienen
cerrados a la ocasión.
Presto tendremos consuelo,
la muerte lo quiere ya.
+ dentro Una llamada
Presto el socorro vendrá,
o si lo quisiera el cielo.
¿No escuchas del freno duro
la seca piel castigada?
+ Un soldado y Andrea
Esta, Domingo, es llamada
que han hecho fuera del muro.
Que intenta el francés, señor,
un capitán ha llegado,
del de Condé acompañado,
de un soldado solamente.
Y porque no le condenen
la entrada sin contradecir,
según es de guerra práctica,
vendados los ojos vienen
para no ver la muralla.
Fuera de Fuenterrabía
alguna protesta envía.
Vase el soldado
A intimarme el general.
Di que el paso no les niegues.
Aquel francés que abrazado
con el español soldado
subimos al muro, y luego,
siendo en justo beneplácito,
en él volvimos a echalle,
solo por no sustentalle,
es quien viene haciendo plazos
de atambor.
¿No era artillero?
Aunque hay alguna distancia,
lugar para en todo, en Francia
da de la milicia el fuero.
Sale tocando la caja el francesillo y detrás de él un Rey de armas con su casaca de las armas de Francia, y un capitán francés, vendados los ojos, y el soldado español guiándole.
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Cercados, que habéis tenido
esfuerzo, por todos modos
estad en buen hora todos.
Monsiur, seas bienvenido.
Eguía...
No lo ignores.
Y sois...
Si solo resistís,
haz que vengan esos tristes,
míseros habitadores,
que a todos toca en rigor
lo que pienso proponer,
y huélgome de no ver,
por no sentir su dolor,
aquesta, en un enemigo
no es piedad, soberbia es.
Aparte
Mas presto verá el francés
del modo que le castigo.
Habla a Eguía, y al soldado que salió primero, que se irá luego como que va a alguna orden.
Oye, y de todo advertido,
ve a ejecutarlo ligero.
A fe de caballero,
en atambor me has convertido,
siendo artillería las costillas
quebrastesme, y habéislo aburri-
do. Vejestrio de un tan burro
me libró de garrotillas,
pero si para vengarme presto,
¡ah, dili bene ditu!
no a maco este españoleto
el labio pienso pelarme.
Con todas las prevenciones
y leal puntualidad,
y allega, al punto empezad
a formar dos escuadrones.
Sin tocar caja salen por la una parte las vizcaínas, con sus armas como la primer vez, y los soldados españoles, y pónense en forma de escuadrón, unos por la una parte y otros a otra.
Y cada uno se plante
a guisa de pelear,
porque tiene que contar
a su campo este arrogante.
Aunque concierta
el estilo militar
que a esta salida del lugar
tengas la vista cubierta,
Pag. 36
Para que cuentes mejor,
que diste a estos infelices
sin aliento, y como dices
te desanima el dolor,
tú, y los que en tu compañía
vienen, las bandas soltad,
que se pague esta piedad
con aquesta bizarría,
a que aunque tú de temores
y de miserias los vistes,
de esta suerte están los tristes
míseros habitadores.
Di allá, pues que los impiden
la quietud con su discordia,
que al pedir misericordia
con estas bocas la piden,
y ahora pues que se atiende
el concurso popular,
empieza luego a explicar
lo que el Príncipe pretende,
que es justo, aunque darme enojos
tu obediencia me ha traído,
que te responda el oído,
pues te respondí a los ojos.
Soberbia española es esta.
Castigo tendrá su error;
echa tú el bando, tambor,
que yo diré la protesta.
Da otra vez su llamada el tambor y en acabando empieza a decir así.
Monsieur de Condé, príncipe del sangre,
generalísimo por el rey su señor de los ter-
cios de infantería, coronelías de caballos,
hace estos ofrecimientos a toda la villa de Fuen-
terrabía.
Primeramente,
que ya no tenéis reparos
ni socorro en qué fiaros,
dice que por más certeza,
la gente que con su aliento
el Almirante juntó
a vista de uno la hundió
otro mar que movió el viento;
que de hambrienta miseria
y las vidas que se mueren...
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son llamas que lentas mueren
faltándolas la materia.
Viendo, pues, que estas acciones
su cristiandad satisfacen,
este daño, y los que hacen
desaguar sus escuadrones,
el lugar, porque os ampare,
dice os entreguéis rendidos,
con razón de los partidos
que son los que él señalare;
y si no, que por mostrar
su enojo y otras ruinas,
hechas tiene otras trasminas
para poderos volar.
Respondedme a lo que os pido,
o su clemencia escoger
o a su furia os resolved,
puesto que todos lo habéis oído.
Vuestro parecer me dad,
que de oírle ha de nacer
lo que yo he de responder.
Atrevida impropiedad,
¿dónde está el gobernador,
que hable una mujer, sería?
Mas las de Fuenterrabía
por nuestro mucho valor
en nada lo parecemos,
y así, con lícitos modos,
¿queréis que en nombre de todos
responda yo?
Sí, queremos.
Francés, dile a tu caudillo
que, siendo una roca dura,
como ve, Fuenterrabía,
amenazas no la turban;
que si juzga que las oye,
su mismo intento le burle,
que, como es roca, si en ella
topan cuando las pronuncia,
por volverlas castigadas,
las quiebra y no las ensancha.
No hemos menester socorro,
que en nosotros, con ser justa,
aun la natural flaqueza
la tenemos por calumnia.
Nuestro ejército, en los golfos
de las aguas que le inundan...
Pag. 38
Ya sabemos que peligra,
pero, como la conducta
del almirante la rige,
si derrotado fluctúa,
si dividido lo cobra,
fijo norte le asegura,
tranquilo puerto le aguarda,
luciente farol le alumbra.
Sus invencibles banderas,
que con el agua se arrugan,
siendo matizadas flores
que, ajadas de sol, deslustra
sus bellas listadas hojas,
ya se orean menos mustias
en los ramos de sus astas.
Pero no se lo atribuyan
a ese planeta que al viento
esparce guedejas rubias,
que el rayo del sol de España
por su cuenta las enjuga.
Yo confieso que el sustento
nos va faltando, y que injusta
es guerra civil el hambre
que acá dentro me impugna,
el hambre, lento gusano
que va por sendas ocultas
buscando sangre en las venas
y no encuentra lo que busca;
y que a conservador de esta
porfía que nos ilustra
en la llama de una tema
los esfuerzos se supuran.
Y de no encubrirte aquestas
miserias que nos angustian,
no te alientes por pensar
que aquel triunfo se os anuncia,
porque oyendo las palabras
que, puesto que están seguras
de tan doméstica guerra
nuestras valientes industrias,
no es posible que se rindan
a la que con vuestra furia
nos amenaza, que aquesta
algunas veces procura
que lleguemos a las manos.
Pero estotra, como lucha
dentro de nosotros mismos,
con instancias más agudas
siempre llega al corazón;
y así, que se dificulta
una victoria sospecho,
pues un presidio que triunfa...
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de asaltos tan de allá dentro
los de afuera no le asustan.
Presto hará sesenta días
que vuestro campo nos busca;
sierpe anudando estrecho,
enroscando su cerúlea
piel alrededor del muro,
la testa a la cola junta,
y aunque nos asombra el verla,
guardaos, nación mal segura,
cuando vuestra sierpe silbe,
de que nuestro león no ruja.
¿Qué esperáis, si las almenas
de esta Numancia segunda
son piras de nuestra fama
y de vuestros huesos tumbas?
Revienten luego esas minas
y al cielo estos muros suban,
que para volar tras ellos,
guardando sus piedras duras,
aun hasta en el viento a todos
el fuego nos dará plumas.
Contra la garza que en hombros
de este peñasco se encumbra,
ay, desarmado neblí,
haga enhorabuena puntas
ese orgulloso huracán;
intime nuevas injurias
a esa nave que en el puerto
de su firmeza está surta.
Contra ese blanco de riscos
esa flecha será aguda,
pues retirada en la cuerda
parece que lo rehúsa,
que si el fuego nos abrasa,
el mar será nuestra urna;
que el filo de nuestro acero
cortará al neblí las uñas,
que al soplo del huracán
cárcel le dará una gruta,
y a la venenosa flecha,
porque no os ofenda nunca,
la arrancaremos las alas,
la embotaremos la punta.
Pues el pueblo se desvía
de admitir esa protesta,
oye ahora la respuesta
que da Domingo de Eguía.
Por la bizarra franqueza
que el príncipe me ofreció,
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Le podrás decir que yo
beso la mano a su Alteza,
y que en cuanto a sus partidos
no juzgo considerables,
no solo los razonables,
mas ni aun los más escogidos;
que en defenderme me empeño,
por más que orgulloso ande,
la plaza a Filipo el Grande,
nuestro soberano dueño.
Pues cuando naturaleza
tan fuerte no la formara,
y orla la fortificara
del mármol de mi firmeza,
y que su Alteza no ignora
que han sido con fe valiente
las mujeres solamente
las que han peleado hasta ahora,
más que en cansándose harán,
aunque se oponga el abismo,
unos muchachos lo mismo,
pues ya enseñados están;
que aun no han experimentado
de los hombres el valor,
pues para el riesgo mayor
le tengo reservado.
Juzgue si habrá valentía
en ellos, y más atento
mude el Príncipe de intento,
puesto que mi cortesía
le advierte y le desengaña
que en comenzando a pelear
un hombre no ha de quedar
un francés en la campaña.
¿Que todos queráis hacer
vanidad de vuestra muerte?
Lo que hace al caso es volverte,
pues no hay más que responder.
Que tiraréis se os espera,
otro asalto que han de daros.
Pólvora habrá que tiraros,
¡ojalá que verdad fuera!,
pues de ochocientos quintales
ya solos dos me han quedado.
Qué ciegos habéis estado.
Mejor dirás que leales.
Del riesgo haréis experiencia.
Arruine, abrase, destroce.
Ya nuestro valor conoce.
Ya ve nuestra resistencia.
Al postrer combate apelo.
En la victoria no hay duda,
pues nuestro Rey nos ayuda
y no nos desampare el cielo.
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Sale el francés
Francia invicta, belicosa,
que con asombro la envidia
vuela desmayada viendo
toda su presunción corta;
y tú, famoso ejército,
valeroso de mi corona,
cuyas ricas flores de lis
marchitando están a la rosa;
pues tan su centro hallan vuestros
ánimos el valor que atesoran,
que nunca a mi obediencia vi la gloria,
sino es cuando en vuestras manos
por feudo se os rinde y abona,
por blasón de vuestras propias
famosas memorias;
celosos de tantas venganzas,
¿cómo a mirar os acomodáis?
A mirar a Fuenterrabía,
población de tan corta memoria,
que oponiéndose a vuestras glorias
pretenda oscurecer tantas victorias.
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Sale Algarrobillas
Como está el francés fortificado
junta a lo prevenido lo sobrado,
habremos menester la guardia.
¡Vive Dios, que ha de ser tremendo día
el de la fecha de este pensamiento!
Pero, ¿saben qué siento?,
que si es cada francés menos que un rayo,
les envío a Cañete y a Tamayo.
Manzanares es lindo lavadero
y el río de Irún es lindo ahogadero;
y me da el corazón ciertas premisas
que han de lavar vestidas las camisas,
si no es que se las dejan por salvarse;
porque es gran cosa, viendo el alarmarse,
pues si dejan sus ropas más ligeras,
aun hasta el tafetán de las banderas,
no más de por el peso;
el lienzo dejarán porque es más grueso.
A marchar dentro
¡Padre mío, ya empiezan
a marchar nuestras escuadras
divididas en sus tercios
que tiene fortificadas!
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El francés, tres eminencias
son las que ganó Mortara,
y es necesario primero
que al cuerpo de la batalla
pueda llegar nuestro campo,
ganarles aquellas plazas.
Pues todo es ya a medio día,
en dichoso punto salgan.
Con qué militar destreza,
con qué prudencia brava
el Mortara y Torrecuso
suben entrambas montañas.
A la eminencia primera
llega Torrecuso; al arma
toca el francés, y los nuestros
Santiago, y cierra España.
Tocan arma y disparan, y estruendo de cuchilladas en la eminencia de mano derecha.
Gallardamente defienden
los soldados de Francia
su puesto, y acosan arriba
ciertos leones de Ircania
en figura de españoles,
ya con el viento a las ancas
deja el francés cuesta abajo
la mal defendida plaza,
aunque se les vaya haciendo
muy cuesta arriba el dejarla.
Arma y parece arriba Torrecuso.
Mucho hay que hacer, soldados,
que aquesta es pequeña hazaña
a ganar la otra eminencia,
y en esta queden de guarda
doscientos arcabuceros.
Dístele tan buenas pasadas
como has dado pesadumbres
a los que la desamparan.
¡Oh, buen marqués, eres fuego,
porque no suben sus llamas!
Tocan arma y estruendo de armas en la otra eminencia de enfrente.
Mortara trepando el monte
acomete y desbarata
la guarnición enemiga.
Otra y la mejor nos falta.
Parece arriba Mortara en la otra.
Mal defienden lo que ocupan
siendo suyas las ventajas.
Parece en la de Torrecuso Malfexer.
El de Mortara, señor,
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dile que ya está ocupada
la eminencia que le cupo,
y que la que está más baja
de la montañuela es
la de mayor importancia,
porque tiene más defensa,
y que si gusta que vayan
los dos juntos a esta empresa.
Diga al marqués de Mortara
que ya yo lo voy haciendo,
que solo mi tercio basta.
Vase.
No responde esa acción
con tal valor.
Vase.
La arrogancia
francesa vamos templando.
Asegurada esperanza
tengo en la heroica fortuna
del gran León de España,
que le hemos de romper
el cuerpo de la batalla.
Vase.
Dice el refrán: poco a poco
lo vamos ganando todo.
Arma y cuchilladas dentro.
Cuerpo de santa Gadea,
qué lindamente los cascan.
¡Oh, Almirante de Castilla,
que has de cobrar más fama
que en Roncesvalles Bernardo,
porque alleguemos a Francia
sin salir de la materia,
aunque a ellos les saldrá tanta
de las heridas, que entiendo
que aunque tomasen prestadas
las camisas de los muertos,
aun no habrá con qué limpiarla!
El Almirante y soldados.
Buen principio de victoria
ya doy por asegurada.
¡A Fuenterrabía!
Señor,
pues fue tanta mi desgracia
que yo no fuese en los tercios
de la una y la otra montaña,
verás en sus batallones
lo que hace la toledana,
que a tu vista y a tu sombra
les hemos de echar las vainas
de los pellejos franceses;
pero no, serán de sapos,
que los sapos corren poco,
y a ellos les falta campaña
por donde corran y vuelen.
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o mis cálculos me engañan.
Salen Torrecuso y el conde Ríos por una parte, y Mortara por otra.
Bien se ha hecho hasta ahora.
Con prisa desordenada
baja el francés a lo llano
a meterse en sus escuadras.
Buena caballería
tienen, y ya nos aguardan,
pero en sus mismas trincheras.
Pues, señores, ¿qué nos falta?
El último Santiago,
y acabaremos con tanta
soberbia francesa.
Tienen
sus puestos nuestras escuadras.
El señor, el de Los Vélez,
tiene en lucida ordenanza
puesto y gente, y solo espera
la señal de nuestras cajas.
Don Alonso Girón ocupa
la parte de Irún, y marcha
la gente del de Hinojosa
la falda de la montaña.
Pues, ¡Santiago! ¡A ellos!
¡Santiago, tocad alarma!
Tocan arma y vanse.
Parecen a lo largo, arrimados al vestuario, trincheras, y detrás los franceses.
Porque habéis desalojado
de los reductos y estancias,
míseros, tristes, soberbios,
pues ahora en la batalla
lo veremos, españoles.
Parecen los marqueses y el conde Ríos, soldados y Algarrobillas.
Para socorrer la plaza
este solo es el camino.
Senda abriremos bien ancha.
Arma y arremeten los nuestros a las trincheras, y defiéndense los franceses.
¿Qué es esto, soldados míos?
Pues ¿qué resistencia humana
puede haber que os ponga estorbo?
Será de poca importancia
hacer bronces las trincheras.
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Bien sale don Juan Terrazas
con nuestra caballería
a oponerse a sus escuadras.
Volved a embestir, soldados,
opuestos a nuestras armas,
quieren dar algunas muestras
de que defienden y guardan
sus cuarteles.
Por fingir
que son hombres y no mandrias.
Venga la coronela,
la valiente, la bizarra,
la del conde duque llegue.
Para venceros no tarda,
y es corta en otra palabra,
cierra, otra vez,
cierra España.
Pelean y rompen las trincheras, entran los españoles y vuelven a salir peleando con franceses, y métenlos acuchilladas, tocando arma dentro.
Ya no hay que aguardar, soldados,
que en fuga desordenada
huye la caballería.
Al río,
a la puente,
a Francia.
los nuestros, victoria
Sale el francesillo con la caja de guerra
¿Cómo podremos huir
si llevamos esta caja?
A Dios, llevarla quisiera,
por no dejarla en España,
mas si encuentro a Algarrobilla,
¿cuál me pondrá a las espaldas?
Sale Algarrobilla
Gabacho, otra vez te encuentro.
¿Qué me quiere, su camarada?
Pues a tres va la vencida,
ya te rinden las armas,
y la caja por despojos.
Tú has de ir metido en la caja.
¿Y adónde hemos de ir?
A Esquivias.
¿Quién me ha de llevar?
No falta
una bala de cadena
que no ha menester albarda.
Pesada burla, español.
Otra tengo más liviana.
Ponte derecho.
¿Qué quieres?
Quiero darte la gayada,
y plega a Dios que la yerre.
Español, ¿por qué me gaya,
si estamos todos vencidos?
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Es verdad, no me acordaba.
Vete pues con condición.
Y ¿que con razón me sacáis
que te ahogues en el río?
De ahogar yo me ahogara
por servirte, como fuera
el agua de Rivadavia;
vete a la buena ventura,
mira en la puente no caigas,
que echarás agua en el cuero
y solo en Madrid se gasta.
Dios te dé hartas victorias.
Claro está que han de ser hartas
todas las veces que quiera
rifar con nosotros Francia.
Vase.
Adiós, valiente español.
Adiós, monilla gabacha.
Vamos a buscar la vida,
y de camino a quitarla
a todo lo que se ofreciere,
que ¡viven! de mala gana
un pajecillo francés
con alma descarnada.
Viene a dar a la poca presa
cuando fuera todo plata.
Sale al paño un muchacho francés.
Dónde me podré esconder.
Allí he visto una barraca,
si hay en ella ropa, yo
soy un mortal aduana.
Murió mi amo el alférez
y todos sus camaradas,
y a mí me han de llevar
por prisionero de España.
Sale un rapachuelo.
Que mi amo el de Alburquerque,
para blasón de su casta,
aunque en ella hay tantos que
es todo lenguas su fama,
le ha ganado al francés
en la rompida batalla
tres banderas, y que esto
nos eternice la fama,
para imitar su valor,
soy muchacho y no me encarga
mi edad que riña con hombres.
¡A quién se viera ya en Francia!
Pero allí va un francesillo
de mi tamaño; lograda
es de ver hoy mi ventura.
¡Ah, francesillo!
¿Quién llama?
Un español.
¿Rodamonte?
¿Qué Rodamonte o qué acá?
¡Ah, desvergonzado! ¿Cómo
venís a paseíllo en Francia,
a un rapacho de Castilla
habláis ansí?
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Porque estaba
viendo una chispa entre el humo
que luego se desatará.
¿Quién es chispa?
Tú eres chispa.
Pues ella pienso que basta
para que te quemes tú.
Que aun los muchachos de España
son valientes.
¡Ea, francés!
No hay sino mano a las armas,
que te quiero honrar haciendo
solo contigo batalla.
¿Qué armas, si no las tenemos?
A cachetes y a puñadas.
Esto es ya reputación,
y a otro muchacho es infamia
que un francés le tenga miedo.
¿Qué dudas? ¿Qué lo dilatas?
¡Ven, francés!
¡Ven, español!
Riñen a cachetes, y el regacho derriba al francés.
Ya toda esta tu arrogancia
francesa, ya está por tierra.
Ríndete.
Sí.
Pues levanta,
que esta liga
ha de servir
para que lleves atadas
las manos por prisionero.
Y yo fío sobre mi palabra.
Átale las manos.
No me fío de franceses.
Verás a Madrid, que es patria
común donde al extranjero
le honramos y no os engaña.
En el muro Eguía y mujeres. Vanse.
Y a este donoso socorro...
Demos al cielo las gracias.
Y a la atención generosa
del rey, que así nos ampara
con desvelo tan piadoso,
como si a la soberana
grandeza de su real genio,
solamente le encargaran
sus cuidados la defensa
nuestra, y teniendo sus armas
por el mundo repartidas,
no ha sido menor hazaña
tan gran victoria española
que ni en edades pasadas
la dio el pincel ni la pluma
a las historias romanas.
Clarines y salga el Almirante y todos.
Vizcaínos valerosos,
abrid a quien os rescata.
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del peligro el Almirante
que abráis las puertas aguarda.
Vanse.
Las puertas no, hasta tener
asegurada esta plaza,
por ese portillo roto
puede entrar la luz de España,
quien nos ha dado la vida,
quien nos defiende y restaura;
que a recibirle salimos
para ofrecerle las almas
por ofrenda a su valor.
¿Qué hay de esperanza tan vana
de naciones enemigas,
que quiera tomar las armas
contra el monarca español,
que en tan pequeña distancia
de tiempo, como hemos visto,
pudo arrojar de esta plaza
diez y seis mil hombres, y eran
cortos aquí la alabanza
los doce mil españoles?
Pues cuando se vio en campaña
el ejército del Turco,
numerando en sus escuadras
ciento y sesenta mil hombres
para venir a batalla
con el grande Carlos Quinto,
aunque en desigual distancia
de gentes, que la nuestra,
hecha de naciones vanas,
llegaba a cincuenta mil;
el Solimán, que marchaba
tan feroz, nos preguntó
y no sin desconfianza
de los cincuenta mil hombres
que rige Carlos, con tantas
ansias de encontrarme, ¿cuántos
tienen por su patria a España?
Y le dijeron: Señor,
su esperanza trae fundada
en ocho mil españoles.
Pero es muy corta esperanza,
ocho mil vestía el campo,
que es muy poco el que le aguarda,
pues si vuecelencia tiene
a Dios, ¿cómo le amparará
Francia, aunque el Turco le diera
sus banderas otomanas?
Salen Domingo de Eguía y las mujeres.
Aquí tiene vuecelencia
un soldado que se llama
victorioso defensor
de estas humildes murallas.
Los brazos me dé el mejor
capitán que vio la fama
en sus dorados archivos.
Fue nuestra miseria tanta
que el polvo, el humo, la tierra,
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Me detiene y me repara
por lo asqueroso allegar
a sus brazos, que son ramas
de laureles vencedores
con que las sienes enlaza
el grande cuarto Filipo.
A tormentos amostrara,
que monstruo no enterneciera
sus más rígidas entrañas
esta lastimosa
esta invencible constancia.
Valerosos provincianos,
esperen mercedes tantas
de nuestro rey y señor,
que las honras que les haga
eternice la memoria
para blasón de su patria,
donde las fuertes mujeres
son corona de Vizcaya,
porque tan alta defensa
y tan invencible hazaña
será eclipsado borrón
de las victorias romanas.
Y lleve al rey estas nuevas
don Bernardino de Ayala.
Donde tiene ilustre fin,
si hay fin en victorias tantas
de españoles, porque deis
con generosa alabanza
vítores a esta victoria
si a esta comedia le faltan,
por humilde lengua y pluma
que la escriben y la cantan.
Fin.
