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Texto digital de Morir por vivir con honra

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Morir por vivir con honra. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/morir-por-vivir-con-honra.

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MORIR POR VIVIR CON HONRA

Pag. 1

T García

Comedia en 3 jornadas - Leg. 10 S. - 7 14

Pag. 2

+

Morir por vivir con honra

2

Legajo 2º, Número 3º

Jornada primera

Pag. 3

Personas.

Vilias. V.

El Rey de Creta.

El Príncipe su hijo.

Octavio, capitán.

Salchichón, gracioso.

Un embajador.

Ariadna, dama 1ª.

Rosaura, dama 2ª.

Visecrea.

Soldados.

Músicos y acompañamiento.

Sale el Rey, su hijo, Ariadna, Visecrea, Soldados y Músicos.

Músicos.

Al templo venid a ofrecer a los dioses

el debido culto,

que si es víctima sacra en sus aras

voraz alimento ha de ser con tributo.

Rey.

Vasallos de esta corona,

fiel, noble y leal concurso,

que entrambas obligaciones

cumplís con el celo justo:

ya sabéis cómo a Ariadna,

que presente está, le cupo

la suerte de tributaria

a los dioses, para el bruto

horrible, que en cada un año

Pag. 4

Rey.

aguarda aqueste tributo

y siendo tan de mi parte

el dolor, que infausto trujo

este suceso, envié

a reinos diversos nuncios

con su retrato, ofreciendo

a quien alcanzare triunfo

contra la fiera, su mano

y de Corinto el augusto

señorío y mando, como

a princesa y dueño suyo.

Y aunque es verdad que también

solicité que este injusto

feudo se desapropiase

de aquesta corona, juzgo

no ser voluntad del cielo

se defraude el instituto

que nuestros antecesores

consagraron, pues ninguno

de cuantos se han arriesgado

vencer ha podido al bruto.

Y siendo, según precepto

de las leyes, ya concluso

el término, y que no hay

remedio a tanto infortunio,

en los recientes altares

de el gran Júpiter y Juno

esta racional ofrenda

(¡bien lamentable abuso!)

entremos a consagrar,

volviendo a repetir juntos:

Música.

Al templo venid.

Repiten la música, vanse, y el Príncipe detiene a Ariadna.

Príncipe.

¿Qué solicitas a costa

de mi muerte, tan por justo precipicio?

Ariadna.

Mal me pagas el favor, cuando rehúso

que tú mueras.

Príncipe.

No es morir, si es en tu defensa, juro.

Ariadna.

Si acreditarte pretendes,

es demás cuando no dudo tu voluntad.

Príncipe.

Esto es fuerza.

Ariadna.

Y en mí también esto es justo,

y en ti rigor.

Príncipe.

Es piedad.

Ariadna.

Mucho pierdes.

Príncipe.

Logro mucho.

Ariadna.

¿Y tu padre?

Príncipe.

¿Y tu peligro?

Ariadna.

¿Y el reino?

Príncipe.

Y mi amor.

Ariadna.

¿Y el vulgo?

Príncipe.

Nada me estorba.

Pag. 5

Ariadna.

¿Que en fin te resuelves?

Príncipe.

Sí, a que juntos

hemos de morir los dos

si del bárbaro no triunfo.

Ariadna.

Ruego a los dioses, quiero

sea oráculo tu anuncio.

Príncipe.

Cierto será cuando veas

cómo la palabra cumplo.

Vanse, y vuelven a salir como antes con todo el acompañamiento. Los músicos cantan y se descubre un altar en que se pondrán todos de rodillas.

Rey.

Deidad sacra, entre los dioses

superior, dueño absoluto

de cuanto tu regia mano

del caos a su ser redujo;

yace ante tus sacras aras

este natural dibujo

de tu poder, esta ofrenda

racional, este tributo,

que suerte y obligación,

forzoso uno y otro justo,

piden cuya aceptación

esperamos en anuncios

sonoros, que pues es tanto

el dolor, será más mucho

si del mérito el aplauso

falta a tu brazo augusto.

Suena un clarín.

Príncipe.

Antes, señor, que ejecute...

Rey.

¿Qué estruendo es este que escucho?

Sale un Soldado.

Soldado.

Aquí, gran señor, aguarda

un hombre salvo conducto

para hablarte.

Vase.

Rey.

Dile que entre.

Príncipe.

No sé qué males presumo.

Salen Vicias del camino, y Salchichón con una cabeza de gigante.

Salchichón.

Buen ánimo.

Vicias.

A tus pies reales,

gran señor, no por tributo

de mis victorias te ofrezco

aqueste pequeño triunfo.

Salchichón.

Y yo también, porque triun-

fo, no sé qué de hacer vencido.

Aparte.

Príncipe.

¡Desdichas! ¿Qué es lo que veo?

Aparte.

Ariadna.

¡Pesares! ¿Qué es lo que escucho?

Rey.

¡Ah, dioses! ¿Qué es lo que toco?

Aun mirándolo lo dudo.

Alzad, héroe valeroso,

decid quién sois, que el seguro

de mi palabra ofrezco.

Pag. 6

Rey.

sin faltar a el instituto

de mis leyes infiriendo

a quien debo bien tan summo.

Vicias.

Pues tu Majestad atienda,

salvo rey, Monarca augusto,

el suceso más extraño

que ilustrar con luces pudo

la vaga región del aire

esse planeta purpúreo.

Mi nombre es Vicias:

Salchichón.

Advierto, que no es el que mató Turno

como Virgilio lo afirma

en su Eneyda, y si de el Bruto

hacer del pareciere

el retrato, en mejor rumbo

de otro ydioma podrá verlo

como es símil el asumpto

esto supuesto por cierto

prosigue agora el discurso.

Vicias.

Mi nombre es Vicias, mi nación troyana,

mi padre fue Alcanio, mi madre Hierca

de sangre tan ilustre y soberana

que puede competir de esfera a esfera:

murió mi madre flor nítida temprano

en ramas de dorada primavera,

murió también su esposo, amado padre,

con que no conocí padre ni madre:

de dos lustros el nuestro estandarte

vi mover contra un pueblo comarcano,

y yo siguiendo a el valeroso Marte

en su templo me ofrezco soberano

donde aprendí también su heroico arte

que fui terror muy presto del tirano:

pero quede mi voz en esto corta

y paso solo a lo que más importa.

Capitán general me hallaba cuando

llegaron nuncios de dolor rendidos

el instituto pío publicando

en un día feliz en quien unidos

estábamos a el Dios sacrificando

holocaustos por dones recevidos

y entregando el retrato al mando del mundo

no aguardo en este ymperio a ser segundo.

Dispongo mi viaje sin tardanza

de tan heroico zelo provocado

visto el amor y alegre confianza

en el triunfo a que aspira mi cuidado

y con valor desvelo y esperanza

Pag. 7

Vicias.

Mi patria dejé; tomo este criado,

y en un bello alazán la senda sigo

en busca de aquel bárbaro enemigo.

De un monte la soberbia arquitectura

comencé a discurrir con gran cuidado,

y admirando de peñas la estrechura

a un roble mi caballo dejo atado;

subo, y con lentos pasos la espesura

examino, y al fin descubre un prado,

y entre dos arroyuelos cristalinos

hecha una alcoba de gigantes pinos.

Era su arco de soberbias peñas,

la entrada dos peñascos componían,

la senda oscura de intrincadas breñas,

tinieblas solo al parecer lucían;

y sacando evidente por las señas

que a mis dudosos pasos dirigían,

que fuese aquel albergue del tirano,

con ánimo me arrojo más que humano.

Por él entré con bárbara osadía,

en cuyo cerco y vegetable muro

hallé la noche porque perdí el día,

mientras sin luz pasé el carril oscuro.

Volviome a amanecer porque salía

a un espantoso valle y mal seguro;

echo la vista aquí sobre unas peñas,

pero mejor te lo dirán las señas.

Un animado escollo sobre un monte,

uno de miembros empeñado risco,

en lo cruel tirano un Creonte,

en el mirar sangriento basilisco,

en el ceño perjuro Laomedonte,

en lo tremendo roca y obelisco,

tan alto que sentada su fiereza,

de vista se perdía la cabeza.

Argos del prado horrores bostezando,

viome, y los gruesos miembros destendiendo,

dos escollos profundos fue arrancando

en los pies, y dos pinos revolviendo

en los brazos, y en ellos estribando

al primer móvil casi que subiendo,

pues puesto en pie me pareció que era

puntal viviente de la azul esfera.

Quedose aquella torre organizada,

hecha atalaya de uno y otro polo,

cuya soberbia en nadie imaginada

aun fue de las regiones Mausolo,

y con la sombra nunca comparada,

por ser en él imaginada solo.

Pag. 8

Vicias.

fue resistiendo el rayo ardiente y tierno,

y a una águila sol del universo.

Dio un paso hacia mí, y aunque distante

le descubrí al segundo movimiento,

se me puso el ejército delante

causando su soberbia horror al viento,

tembló la superficie y mal sonante

un terremoto, siendo cada acento

toro a embestir, sirviendo sus temblores

de pífanos, clarines y tambores.

A lo supremo de un escollo acudo

para con él ponerme frente a frente

y tomando una peña por escudo,

y por esto que un pino fácilmente

bajar alas de sí mesmo pudo,

y con destreza y ánimo valiente,

vertiendo por la vista horror y saña,

suertes representa en la campaña.

Esgrime el tronco como arista leve,

y mi temprana muerte procurando,

para herirme, con él veloz le mueve;

mas yo, diestro, sus golpes malogrando

me defendía, y el cruel y aleve,

escudo y lanza con furor tirando,

un risco arrancó entero, y con asombro

dél hizo Atlante a sus soberbios hombros.

Con él estribó un rato y, desde adentro,

el espíritu fuerte recobrando,

y el suelo oprimiendo hacia el centro

la tierra en que los pies tuvo estribando,

casi a un lado apartó con el encuentro

el sitio donde yo estaba esperando;

cuyo golpe al monte y lo restante

temblando se quedó por largo instante.

Húrtele el cuerpo y póngome en el muro

al suyo superior, con ligereza

subir pretende, pero yo procuro

estorbarle el intento, y con presteza

tirándole peñascos me aseguro

que triunfe de mi vida su fiereza,

e irritado de verme tan valiente,

intenta temerario lo siguiente.

Del risco donde estaba yo, se abraza,

y la soberbia cumbre estremeciendo,

del centro con furor la despedaza;

pero yo, media peña previniendo,

viendo que tanto riesgo me amenaza,

tiréselo a los pies y, ambos hendiendo,

Gigante, risco y yo, como Faetonte,

todos rodando fuimos por el monte.

Pag. 9

Vicias.

Cayó sobre él el edificio fuerte

como estaba inferior de la alta cumbre,

y yo por cierta colegí mi muerte

al admirar la inmensa pesadumbre;

mas previniendo al cielo dicha y suerte,

antes que tanto horror me desalumbre,

senda aunque trabajosa abrió al cuidado

por donde pasar pude al otro lado.

A este tiempo, señor, el fiero bruto,

taladrando con pies, cabeza y brazo

el eminente escollo ya diruto,

tiraba a un lado y otro los pedazos;

pero como era tanto el resoluto,

los mismos le servían de embarazos,

y batallando con su aliento mismo,

esperaba el postrero parasismo.

Llegué con el espada, y por el pecho

que acaso descubrí di puerta al alma,

quedando su cadáver ya deshecho,

inánime el aspecto, el brío en calma.

Libre de él fui a vos, y satisfecho

viva Su Alteza, pues logró la palma

que hoy dedica a sus pies con nueva gloria

quien por ella alcanzó tan gran victoria.

Este es, en fin, mi nacimiento y fama,

y el trofeo, señor, que he conseguido,

sin más realces que mi estirpe aclama

ni otras más lides en que habré venido,

al cumplimiento la promesa llama;

y el premio, aunque de mí no merecido,

logre al fin de este triunfo mi deseo,

más heroico y magnífico trofeo.

Pues así darás motivo a que cante

la fama con sus célebres clarines

tus glorias, porque siempre se adelante

tu gran poder, y así cauto con festines

asegurando en ti siempre triunfante

en tus intentos memorables fines,

y yo a tus pies que mi humildad aclama

dicha, piedad, amparo, vida y fama.

Rey.

Llega, Viciás valeroso,

por tan heroico trofeo

a mis brazos, aunque creo

que a triunfo tan prodigioso

es corta satisfacción,

porque aunque en el deseo exceda,

para el mérito se queda

siempre con la obligación.

La palabra que ofrecí

autorizo nuevamente

Pag. 10

Vicias.

Eres monarca eminente.

(Aparte.)

Ariadna.

¿Qué escucho?

Príncipe.

¿Qué es lo que oyes?

Rey.

Y porque se admire el mundo

de mi ánimo prodigioso,

que en cumplir generoso

soy primero sin segundo,

dad la mano a la Princesa.

El Príncipe a Ariadna.

Príncipe.

Aguarda, espera.

(Aparte.)

Ariadna.

Señor:

¿hay más desgraciado amor?

Príncipe.

¿Qué haces?

Ariadna.

Morir.

Vicias.

Vuestra Alteza.

(Aparte.)

Príncipe.

Mucho sufro si esto veo.

Vicias.

En ella reciba el alma,

que si no es víctima, es palma

que alcanzáis de este trofeo.

(Aparte.)

Ariadna.

Yo la recibo, ¿qué pues?

mortal estoy.

Vicias.

Y mi amor lograra lauro mejor,

Señora, hoy a vuestros pies.

Salchichón.

Ahora más lauros mereces

en ser liberal, señor,

pues en la opinión mejor

quien da luego da dos veces.

Vicias.

Mayor belleza no vi.

(Aparte.)

Príncipe.

Es enigma lo que miro

que hace mi dolor.

Vicias.

Respiro, Señora, desde que os vi

a más venturoso estado,

porque aunque os contemplo ya

mi dicha, fue lo que va

de lo vivo a lo pintado.

Ariadna.

Tanto favor agradezco.

(Aparte.)

Príncipe.

¿Qué es esto que ha?

(Aparte.)

Ariadna.

Ciega estoy,

cuando alcanzo desdén

una vida que ofrezco.

(Aparte.)

Príncipe.

Mi amor acabó en tragedia.

Salchichón.

La comedia no acabó,

porque esta se comenzó

por el fin de otras comedias.

(Aparte.)

Príncipe.

¿Quién juzgara...

Vicias.

Perdonad, Señor, si es que inadvertido

mi descuido no ha cumplido

su obligación.

Príncipe.

Levantad.

Salchichón.

¡Oh, qué Príncipe tan tierno!

Príncipe.

Subid, Vicias, a mis brazos,

aunque en ellos mil pedazos te hiciera.

Vicias.

Tus plantas beso.

Rey.

Aunque es justo celebrar

tan impensada alegría,

Pag. 11

Rey.

mientras a la vuelta anda

y a Inés a descansar.

Salchichón.

¿Y un pobre que está callando,

señor, tendrá atrevimiento

de que entre su parlamento?

Diego.

Aparta.

Salchichón.

¿Qué es apartar?

Ha de ayunar al traspaso

mi lengua, deja que hable,

es mi nombre indeclinable,

para que dél no hagan caso.

Rey.

¿Quién sois vos?

Salchichón.

Yo soy, de cierto, el que al gigante corté

la cabeza, aunque esto fue,

gran señor, a moro muerto.

Rey.

De mucho valor infiero.

Salchichón.

Es fijo. Si me acordara,

lo que falta le cortara

para ser despojo entero.

Rey.

¿Cómo os llamáis?

Salchichón.

Salchichón.

Rey.

¿Salchichón?

Salchichón.

Por descendencia

me viene con evidencia,

porque se llamó Lechón

mi santo tatarabuelo,

su mujer ave destala,

mi bisabuela Verraca,

Berraco mi bisabuelo,

mi abuela una sabaterca,

mi buen abuelo tocino,

mi padre un lindo cochino

y mi madre una gran puerca.

Por fin, se llamó también,

de qua est natus un cebón

qui vocatur Salchichón

por siempre jamás, amén.

Y para confirmación

de mi nombre, y quiero que

acaso atenerse a la

otra singular razón.

Y que, señor, que faltando

agua para el bautismo,

andaba el padrino mismo

la parroquia alborotando.

Entre tan grande embarazo

la comadre me dejó

caer, que hendió medio

en la cabeza un porrazo.

Vino a que promovió

el chichón, y que era tal,

con mucha prisa, la sal.

Pag. 12

Salchichón.

al monaguillo pidió

y tentado el burujón

que la comadre me hizo,

él, con mucha devoción,

dijo: «acige, Salchichón»,

y luego ego te baptizo.

Rey.

Gracioso sois.

Salchichón.

De que abones eso, consuelo me da,

porque los señores ya

no se pagan de bufones.

Dale.

Rey.

Pues en prueba de mi amor,

este diamante tomad.

Salchichón.

¡Viva Vuestra Majestad

mil siglos por tal favor!

Rey.

Volvedme después a ver.

Y vos, Príncipe...

Los dos.

Príncipe y Vicias.

Señor.

Vase con el acompañamiento.

Rey.

Con los dos habla mi amor:

entraos a recoger.

Salchichón.

Y usted, mi reina, ¿está enmuda?

Nise.

Basta ser el bachiller.

Salchichón.

A ser usted chanciller,

graduado estaba sin duda.

Pero porque se provoque

a mi amistad...

Nise.

Camarada,

para hacer esa llamada,

con una piedra me toque.

Salchichón.

En este aceite me mancho.

Nise.

¿Es piedra la de anillo?

Salchichón.

Sí.

Nise.

A ver si viene al dedillo.

Salchichón.

No, que le vendrá muy ancho.

Nise.

Prestaldo, lo veré puesto,

que no me le quiere dar.

Salchichón.

Tate, que el que da en prestar,

lo vuelve tarde y no presto.

Nise.

Pues vaya el ruin.

Salchichón.

Oste, elija otra cosa en confianza,

porque ni a punta de lanza

ha de gastar la sortija.

Nise.

¿Qué dice?

Salchichón.

Que somos nuevos;

hoy y mañana vendrá, y haré...

Nise.

Mañana hará lo mismo.

Vanse los dos.

Salchichón.

No, sino que nos...

Vicias.

Venid, esposa.

Ariadna.

Ya os sigo.

Vicias.

¡Qué alegría!

Aparte.

Ariadna.

¡Qué dolor!

Príncipe.

¡Desdichas que hace mi amor,

que no ejecuta el castigo

quien en un instante vio

tan accidental mudanza!

Pag. 13

Al entrar la detiene el Príncipe de suerte que no le vea Teseo, y ella turbada mira a uno y otro lado.

Príncipe.

¿Que en fin Ariadna alcanza

un tirano?

Aparte.

Ariadna.

Déjalo, mira que...

Príncipe.

¿Qué he de mirar, si quedo muriendo?

Ariadna.

Advierte.

Príncipe.

¿Sí que le he de dar la muerte

antes que a mí mi pesar?

Ariadna.

Mira tu fama y mi honor.

Príncipe.

Celos buscas, bien mirado,

y más estando agraviado

por los dioses.

Ariadna.

El rigor de Teseo...

Príncipe.

¿Qué, ingrata, le guardas?

Ariadna.

Por ti miro.

Príncipe.

Es escusado.

Ariadna.

Repara.

Príncipe.

Ya he reparado.

Ariadna.

Que sé cómo así me acobardas.

Vuelve Teseo.

Príncipe.

¿No venís, esposa?

Aparte.

Ariadna.

Sí,

señor, y empiezo a temer.

Príncipe.

Vete pues.

Ariadna.

Pasa a decir,

pero acuérdate que aquí

más que a Dios, a Dios.

Príncipe.

Dilo, acaba.

Vase.

Ariadna.

Me dijiste:

si no triunfo hay pena triste,

hemos de morir los dos.

Príncipe.

Es verdad, pero no ignoras

que la palabra he cumplido,

pues con tantos sentimientos

como quedo, quedar vivo.

Muerto estoy pues que te pierdo,

muerto, mas, cielos, ¿qué digo?

¿Cómo el valor descaece?

¿Cómo se acobarda el brío?

¿Qué voces ansí da aquestas,

que han turbado los sentidos?

«Si no triunfo, moriremos

los dos», Ariadna dijo;

que ofrece, y es evidente,

pero en cuanto a que el motivo

el tributo no dirija,

en este caso me obligo

tener más calma; el remedio,

aquí el discurso es preciso.

Si querrá que le dé muerte

a este extranjero atrevido,

no es difícil el probarlo,

y con su razón, pues miro

que, siendo imposible ya

respecto de aquello, es fijo.

Pag. 14

Príncipe.

que lo debo entender solo

de lo presente, y confirmo

mi intento en la experiencia

de tormentos y suspiros;

y más que advertirlo aquí

fue decir: «Véngate, primo,

y véngame, que si no

triunfas de aqueste enemigo

hemos de morir los dos,

pues te pierdo y me has perdido».

Luego le debo matar

a ley de amante y de fino.

Terrible es la consecuencia,

pero el sentimiento mío

es mayor, y me disculpa

en el empeño a que aspiro.

¿Pero no será violenta

la acción en tal precipicio?

No; que tal vez son contrarios

los intentos discurridos;

y me parece, según

las circunstancias que han sido,

buen dictamen, pues no hallando

causa, origen ni motivo

de donde pudo nacer

este trágico destino,

ni yo culpado seré

ni otro menos descubrirlo,

y el ignorar nuestro amor

mi padre es medio propicio

para el disimulo de ambos,

y en fin no hallarán indicio,

y así, amor a la venganza...

Y por si sale un desvío

el intento, prevenir

será mejor los peligros,

que siempre las prevenciones

son madres de los delitos.

Abro esta puerta que sale

al campo, y este postigo

prevengo, por que si acaso

hasta aquí saliere un indicio

no tenga que queda en casa

el autor del homicidio;

esta, que es de su antesala,

abierta está; de aquí sigo

el dictamen, y esta llave,

que en otro tiempo ha servido,

dará fin a mis pesares

y a mi venganza principio.

Entrase y Ariadna dice dando voces.

Pag. 15

Ariadna.

Esposo, ¡ay de mí!, criados.

Vicias.

Hombre, cualquiera que has sido,

aguarda, que he de vengar

mi afrenta con el castigo.

Ariadna.

No hay quien nos socorra.

Vicias.

Son

muy en vano mis designios,

que aun hay más valor que juzgas.

¿La luz matas?

Sale el Príncipe con la espada desnuda.

Príncipe.

¡Oh, destino

de mi desgracia, al contrario

del intento ha sucedido!

Y por si sale, me importa

valerme del artificio.

Éntrase por la puerta del medio y vuelve a salir, a medio vestir, con la espada y una mano con sangre, y Ariadna como a oscuras.

Vicias.

¿Dónde te ocultas, traidor?

Ariadna.

Esposo, señor, bien mío.

Dentro.

Príncipe.

En el cuarto de Ariadna son las voces.

Vicias.

Ya te sigo.

Por la puerta del medio sale el Príncipe con luz.

Príncipe.

¿Qué es esto? Vos, de esta suerte,

¿quién os ofende atrevido?

Vicias.

Vos, señor. Rabio de pena.

¿Habéis acaso aquí visto

un... pero ¡oh, dolor tirano!,

que me dejéis os suplico.

Dentro.

Rey.

Llegad a su cuarto.

Ariadna.

¡Ay, triste!

Sale el Rey y acompañamiento.

Rey.

¿Qué es esto? ¿Qué ha sucedido?

Vicias.

Por esta puerta, sin duda,

el agresor ha salido.

Repara en la puerta, y al irse le detiene el Rey.

Rey.

¿No advertís que estoy aquí?

Vivas. Mas ¿quién os ha herido?

Turbado.

Vicias.

Su alteza, señor, a fiero

rigor pregunto lo mismo.

Aparte.

Príncipe.

Muerto me deja su voz.

Aparte.

Ariadna.

Cielos, si lo ha conocido.

Vicias.

Y nadie, que yo mi espada

al tomarla por los filos...

pero dejadme, señor,

que examinen mis suspiros

una duda, que mi esposa

podrá ser, no, no lo afirmo,

que sepa mejor que yo

deste suceso el motivo.

Vase por la puerta del campo.

Rey.

Vos, sobrina...

Aparte.

Ariadna.

Señor, yo

no sé, ¡qué tormento!

Pag. 16

Rey.

Idos todos.

Criado.

Ya te obedecemos.

Vanse los criados.

Príncipe.

Nuevos recelos colijo,

si con mi padre Ariadna

se queda.

Rey.

¿Veos penoso?

Príncipe.

Ya os sirvo.

Rey.

Y mi sobrina,

Príncipe.

¡Qué bien soy infeliz!

Rey.

Quedad conmigo.

Príncipe.

Desdichas agradecer

o triunfar, porque imagino

que hemos de morir los dos,

si mi intento no consigo.

Vase.

Rey.

Ya estamos, sobrina, solos;

bien podéis hablar.

Ariadna.

No admito

esa licencia, señor,

porque arguye en mí delito.

Rey.

Para castigarle no

le pregunto, si le inquiero

será remediarle, y más

que no es consiguiente, fijo,

que del delito capaz

seáis solo por decirlo.

Ariadna.

Pues con esos presupuestos,

aunque a costa de suspiros,

os declararé, señor,

el suceso, y solo digo

solo es por haceros cargo

de tragedias que imagino.

Por la muerte del rey Hiarbas,

padre mío y vuestro primo,

como ya sabéis quedé

gran señor en su dominio,

porque heredando mi hermano

la corona, a fuertes hitos

de razón, no tuve parte

alguna en el señorío,

y por evitar civiles

discordias, mi padre quiso

darme en propiedad, aunque

mi hermano lo contradijo,

el principado que gozo

de la ciudad de Corintio,

y con otras condiciones

que al presente no repito.

Vine, señor, a palacio,

¡oh nunca a su cielo divino

lo hubiese puesto en efecto

para no ver lo que miro!

Hallé al príncipe, ¡ay dolor!,

miré, ¡qué pena!, a mi primo,

tan igual en las finezas,

tan cabal en los cariños,

que como acaso tal vez

Pag. 17

Ariadna.

Suelen a un sujeto mismo

univocarse dos formas;

así los dos nos unimos

a un afecto, en tal manera

que unívocos bien pudimos

tal vez dudar si los dos

éramos uno o distintos.

A tanto extremo, señor,

llegó su amor, llegó el mío,

que su albedrío en mi mando

y en su mando mi albedrío.

Él regía mis potencias,

yo mandaba sus sentidos;

que no hay fineza mayor

entre afectos que son finos

como que mutuamente

se correspondan unidos.

Dudaréis con razón

cómo jamás hubo indicios

deste amor, cuya respuesta

en lo esencial no colijo,

como tampoco la causa

del recato; bien que afirmo

que hay amor, y desta esfera

que sea el nuestro imagino,

en sí tan escrupuloso

que entre sus amantes bríos

tanto muestra de cobarde

como tiene de atrevido.

En fin, oculto y modesto

aqueste afecto ha sido,

y aun vivirá, que un silencio

tiene pocos enemigos.

Corriendo, pues, desta forma

nuestros amantes cariños,

esperábamos un día

feliz; mas menos benignos

los dioses nos dieron otro

infausto, triste y nocivo.

Y fue, señor, perdonad

que mis acentos prolijos

os molesten, bien que a questo

respeto lo referido

es lo esencial de la historia,

que como en cualquiera libro

con un prólogo se empieza

que tal vez sirve de aviso

a la inteligencia, siendo

historia la que os repito,

lo dicho prólogo sea.

Pag. 18

Ariadna.

y agora lo demás digo.

Por obligación precisa

deste reyno, en sacrificio

una doncella ofrecía

al monstro; cuyo subsidio

duró mucho tiempo en Tebas

por ser allí su principio.

Y después, por circunstancias

que hubo, las cuales omito,

se pasó aquí y desta forma

de un rey en otro ha venido.

El modo para las suertes,

ora corrompiendo el estilo,

era echar en una urna

o cántaro los escritos

nombres de las cien doncellas;

cuyo malévolo signo

se cumplía en la infeliz

que en la mano del divino

oráculo se hallaba,

su nombre en un artificio

diabólico aunque admirable;

y después de concluido

en breve término al monstro

se entregaba, cuyo rito

impiadoso y lamentable

se celebraba en los idus

de febrero, que es a trece

en nuestro vulgar sentido.

Desta suerte, prosiguiendo

los anuales sacrificios,

llegó el no esperado tiempo

que quizás por esto vino,

de echar los escritos nombres;

y como un odio atrevido

es rayo que a lo más alto

hace con su incendio tiro,

no faltó, no, quien dijese

qué infamia, que en beneficios

tocantes a lo común

nunca excepciones ha habido.

Quisieron, en fin, sortearme.

Vencióse todo el litigio

y reservada quedé;

pero el engaño o destino

de mi suerte pudo más;

pues yendo los adivinos

este día a consultar

el oráculo, advertimos

con ellos, que injusta saña

Pag. 19

Ariadna.

que en su mano, ¡qué martirio!

tenía, ¡qué sentimiento!

la cédula o hado indigno,

cuyas cláusulas, ¡qué horror!,

contenían en su escrito

mi nombre, infeliz suceso,

pues que de aqueste tiempo mismo

sentencia da a infame muerte

más por dolo que delito.

Porque de ser, unos dicen,

otros que sí, y indeciso

el vulgo pudo temerse

otro mayor precipicio.

Segunda y tercera vez

se repite el sacrificio,

y en una vez y otra vez

se halla el propio vaticinio.

Unos dicen que es engaño,

otros dicen que es prodigio;

cuál de ellos dijo verdad

ni lo juzgo ni averiguo.

Lo primero pudo ser,

lo segundo no lo afirmo,

y pudo ser uno y otro,

y pues ya, señor, se habrá visto

que aunque lo dijo con engaños

nunca faltan artificios.

Viendo Vuestra Majestad

el suceso tan distinto

de lo que se imaginaba,

a mi suerte condolido,

procura discurrir modos

para ver si halla camino

por donde no muera, en cuyo

desvelo se le previno

uno que, por ignorado,

no pude contradecirlo,

y fue a enviar mi retrato

a otros reinos con aviso

de que aquel que diere muerte

a este de horrores abismo

tiene por premio mi mano;

cuyo juicio inadvertido,

aunque el estilo os agravia,

que un dolor no guarda estilo,

me fue tan adverso en todo,

pues cuando juzgo benigno

de un precipicio librarme,

me puso a otro precipicio;

porque ¿quién vio jamás

sin consultar albedríos

facilitar voluntades?

Pag. 20

Ariadna.

siendo extremos tan distintos.

No ignoro que vuestro celo

fue de piadoso y de fino,

y que en darme parte de ello

fuera, sin duda, más digno

de alabanza, pues entonces

me fuera, sí, más propicio

peligrar allí, que no

en otro mayor peligro.

Súpose, en fin, este intento

en palacio, a que encendidos

llantos en súplicas tiernas,

ansias, ruegos y suspiros

detuve al Príncipe, que

como otro Perseo invicto

quiso salir a librarme,

temiendo no ver perdido

en mí todo su descanso,

yo en él mi mayor alivio.

Cumplido el último plazo

de mi vida, y no cumplido

el de mis tristes fortunas,

sin recurso se previno

dar cumplimiento a las leyes:

aquí fue donde remiso

el Príncipe a mis acentos

negó amante los oídos,

pues no siendo suficientes:

quiso, jamás tiempo quiso,

salir, no porque fue tarde,

y sí, porque aun afligido

amanecen las desdichas

más presto que los alivios.

Que si son sospechas vuestras,

no sé, en vano es decirlo;

mas sé que al propio instante

se comenzaron los ritos

para la ofrenda, y estando

(¡con qué dolor lo repito!)

concluyéndola, se oyeron

entre alegres regocijos,

(mejor les llamara exequias)

victorias de mi enemigo,

más bien, que es poco, diré

a quien, ¡ay Dios!, de improviso

me hicisteis darle la mano.

Hasta aquí os he referido

lo que sabéis; ahora queda

lo que ignoráis, y inferirlo

bien podéis, juntando este

fin con aquellos principios.

El suceso de esta noche

fue que apenas sobre armiños

Pag. 21

Túrbase el Rey.

Ariadna.

de la Ilíada blanda

un curioso catre hizo

palestra a triunfos de amor,

como de Andrómaca a Pirro,

cuando de la puerta un lento

ruido, aunque leve, fue oído,

que hicieron los goznes, que unos

hierros son de otros aviso;

alborotose mi esposo,

y alzando el rostro, atrevido

un hombre al lecho se arroja;

mas no al efeto tan fijo

(por no llamarle cobarde)

que pudiese conseguirlo,

porque tomando la espada

colérico a voces dijo:

"¡Traición, y bien merecida

al que sin tener indicios

de la mujer, pone en riesgo

todo el honor adquirido!

Pero yo satisfaré

este agravio". Mas mi Jaime

salió. El dolor desvanece.

No te alteres, que tu hijo,

digo otra vez a quien amo,

para no ser conocido

encubriendo voz y rostro

se apartó de su enemigo.

Alborotose el palacio,

salisteis, señor, y herido

le visteis; si de su espada

notose, mortal os dijo

que yo sabía la causa

la cual es la que os he dicho.

Ved ahora qué remedio

habrá en tan grande peligro;

yo aborrezco y amo, y erro

por tan contrarios caminos,

pues delito en mí es amar

y aborrecer es delito.

Dos riesgos tenéis presentes,

uno es vuestro, el otro mío;

mirad, señor, lo que hacéis

en su remedio, que ha habido

medicina que a un enfermo

mató en vez de darle alivio;

a vuestra elección lo dejo,

bien conocéis el peligro,

la causa no la ignoráis:

celoso temo a un marido,

resuelto advierto un amante.

Pag. 22

Ariadna.

yo sin consuelo me miro

uno y otro arguye riesgo

pero lo que aquí os suplico

que aunque el mío sea mayor

evitéis el de mi primo

porque temo no se cumpla

en él y en mí un vaticinio

que formó en su idea viendo

los acasos sucedidos.

Y así disponed, juzgad

penas, tormentos, castigos

que resuelto ya el valor

y precipitado el brío,

toda la voluntad ciega

violentado el albedrío,

sin discurso las potencias,

sin acuerdo los sentidos,

espero, pretendo, aguardo,

apetezco, solicito

mi mal, mi pena, mi riesgo,

mi desdicha y mi destino

que hados, estrellas, planetas,

fortunas, astros y signos

me tienen para que sea

barón en jaspe y bronces a los siglos.

Rey.

¿Habrá entre cuantos acasos

pueden haber sucedido

otro semejante a este?

¡Valedme cielos divinos!

Que he de hacer, cuando tan cerca

considero los peligros:

o mal haya aquel discurso

que se fía de sí mismo

en materias contingentes.

Ariadna.

¿Qué, en en lance tan nunca oído

vuestra majestad discurre?

Rey.

Es tanto lo que imagino

que no sé por dónde empiece

cuando advierto, y cuando miro

que los aciertos son yerros,

y las ideas delirios.

Y pues el no consultar

mis dictámenes ha sido

causa de aqueste suceso

de el mismo modo es preciso

remediarlo, quizá

siendo mejor discurrido

aqueste segundo, haga

lo que el primero no hizo.

Ariadna.

Pues gran señor según

hasta aquí el caso ha corrido

Pag. 23

Ariadna.

dudo que haya algún remedio,

antes, sí, más principio.

Rey.

Yo confío que he de hallarle.

Ariadna.

Pues yo, ¡ay de mí!, desconfío.

Rey.

¿Por qué causa?

Ariadna.

Porque a males

incurables no se ha habido.

Rey.

Eso el tiempo lo dirá.

Ariadna.

Mirad, señor, que os aviso

otra vez.

Rey.

¿Qué?

Ariadna.

Que está el fuego

en su incendio muy activo,

y que si aplicáis materia

ha de ser más excesivo.

Rey.

No será, si la prudencia

de quien puede ser motivo

de sus llamas...

Ariadna.

Por mí habla. ¡Ay!

Rey.

Muestra algún pulso más tibio.

Ariadna.

Sí hará; y si el llanto bastare

a mitigarlas, obligo

se extinguirán; mas con él

toma el fuego nuevo brío.

Rey.

Haya abundancia.

Ariadna.

¿Qué más

abundancia que dos ríos?

Rey.

Pues con las tibiezas mías

yo veré si lo consigo.

Ariadna.

Pues comenzad desde ahora,

porque yo también me obligo.

Rey.

¿A qué?

Vase.

Ariadna.

A apagar tanto ardor

con lágrimas y suspiros,

o abrasarme entre las llamas

como aquella ave en su nido.

Vase.

Rey.

Y yo a rogar a los Cielos

que, pues de ello me fío,

que no ocasione más riesgos

el remedio a que hoy aspiro.

Jornada segunda

Pag. 24

Salen Vizcaya triste, y Salchichón.

Salchichón.

Señor, ¿qué te ha sucedido?

¿Tanto callar y sentir

sé que de por sí decir

casado, y arrepentido?

¿No respondes?

Vicias.

Ea, vete

de aquí, que viven los Cielos,

que haga contigo...

Salchichón.

¡Buñuelo!

Vicias.

Algún exceso.

Salchichón.

Pobrete

del que fía de un retrato,

porque si a la vista yerro

suele haber, y nos dan perro,

¿sin verlas qué darán? Gato.

Pag. 25

Salchichón.

que en fin me niegas, señor,

la causa de tu pesar?

Aparte.

Vicias.

¡Oh, quién pudiera apagar

tan desesperado ardor!

Salchichón.

Mira si quisieras darme...

(Ah, se hace el desentendido

a mi razón).

Aparte.

Vicias.

¿Yo ofendido,

y quien no puedo vengarme?

Dando voces.

Salchichón.

Señor, ¿no me oyes? (¿Hay tal

desatino?)

Vicias.

Mentecato,

¿te vas de aquí?

Salchichón.

¿Aquel retrato

es como el original?

Vicias.

Vive Dios, pícaro...

Aparte.

Salchichón.

Malo.

Vicias.

Que en ti me vengue.

Aparte.

Salchichón.

Peor.

Vicias.

¿Pues como tú...

Salchichón.

Yo, señor...

Vicias.

...tal preguntas?

Salchichón.

Por un palo.

Vicias.

¿No te vas?

Salchichón.

Ojo avizor,

para el que se ha de casar;

retratos; es invención,

vaga, pues, para no errar,

la experiencia es lo mejor.

Vicias.

¿Que no entiendes?

Vase.

Salchichón.

En mi vida

volveré, que va resuelta

la intención, porque la vuelta

es peor que la caída.

Vicias.

¿Quién duda que la malicia

deste criado, alerta,

toda mi pasión penetra

y aun mi deshonor indica?

¡Oh, qué presto la noticia

de lo que es malo corrió!

Pero no me admiro, no,

de lo que el honor padece,

pues todo se lo merece

quien se casa como yo.

Mal haya, amén, el deseo

que fácil se precipita,

al empeño que no acredita

feliz logro en el trofeo;

bien claramente lo veo

cuando en sacrílega fe

tal desigualdad hallé,

pues con contrario rigor

adoré mi deshonor

a lo mismo que adoré.

Descubrió en fin mi cuidado

la causa de su tormento;

vide, aquí me falta aliento,

todo mi mal declarado:

a juicio ya desvelado

porque en fuego mayor arda...

Pag. 26

Vicias.

Con discursos me acobarda,

y mientras más me suspende

más el agravio me ofende

puesto que el castigo tarda.

Hablar al Príncipe vi

con mi esposa, ¿qué pensar?

¿que de en sí culpa ocultar?

el honor dice que sí.

Y esto desdoro en mí,

claro está, porque mujer

que da lugar a poner

en cuidado a su marido

o tiene el honor perdido

o lo pretende perder.

Ocultóse al verle yo:

mal indicio en su defensa

porque si allí no hubo ofensa

¿a qué causa se escondió?

Aquí el discurso notó

dos culpas, y aunque cualquiera

merece venganza fiera

pues en descrédito abunda

castigara la segunda

más bien que no la primera.

Pero ¿no es indicio leve el que tengo?

¿Y será error, que por un indicio el valor

de tanta pasión se lleve?

no: que acaso no se mueve

el ánimo a la violencia

que no ha de ser la prudencia

tanto en un honroso juicio

que permita que el indicio

se pase a ser evidencia.

Y pues estoy agraviado

y la venganza me alienta

parece toda mi afrenta

fenezca con mí este cuidado

que si fuere castigado

por este justo rigor;

muera yo, porque es mejor

pues el vulgo ansí lo aclama,

morir un hombre con fama

que no vivir sin honor.

Pero, ¿no fuera acertado

para vengar mi pasión

buscar mejor ocasión

y que no de culpado?

no: porque si ya ha notado

que yo le sé, mi enemigo

no discurrirá conmigo

Pag. 27

Vicias.

que más evidencia aguardo

sino que cobarde bardo

por ser quien es, el castigo;

y puesto que la porfía

de mi honor, la competencia

ha vencido, mi prudencia

calle, y obre la osadía;

siga la indignación mía

en la venganza que espera

el dictamen que me altera

y pues no falta valor

a las manos el rigor

muera mi enemigo, muera.

Al acabar esta palabra que se iba a ir, sale el Rey al encuentro y se turba Vicente.

Rey.

¿Vicente, quién ha de morir?

Aparte.

Vicias.

¡Válgame todo el cielo!

ya pasa a ser superior

mi tormento; he de sufrir.

Rey.

¿No respondéis?

Vicias.

Señor, turbado...

Rey.

¿Turbado estáis?

Vicias.

Es verdad

que turba la Majestad

al más leal interior.

Aparte.

Rey.

Cuál ha de ser su sentimiento

conozco, y disimular

es fuerza, a ver si alcanzar

puedo, que siga su intento.

¿A quién iba vuestro aliento

a dar muerte?

Vicias.

Señor, no.

Rey.

¿Sin atención lo noto?

Aparte.

Vicias.

¿Qué más el dolor mitigo?

Rey.

Mirad que soy vuestro amigo.

Vicias.

Y yo vuestro criado yo.

Rey.

¿Quién os ofende?

Aparte.

Todas al Rey ahora.

Vicias.

¿Qué haré,

cielos, en tal contingencia?

decirlo no es prudencia,

claro está que callaré.

Pero, si el Rey mi pesar

sabe, ¿no será mejor

declararme? Sí, y mayormente

podrá remediar

aqueste daño, y lograr

mi desagravio yo en él

que en la tormenta cruel

en que resulta desmayo

para librarse de un rayo

se acogen siempre al laurel.

Dudando, en mi confusión

estaba cómo podía

señor, la desdicha mía

referirte, que si son

Pag. 28

Vicias.

alivios de una pasión

es comunicarla, ser

esto en mí puede creer

fuera aumentar el dolor.

Y si lo digo, señor,

lo hago por obedecer.

Muera mi enemigo, muera,

oyó Vuestra Majestad:

confieso esto ser verdad

que serlo tanto me altera.

Y aunque de la voz se infiera

yo aquesto mismo digo,

que esta contra un enemigo

y el acento lo notaba,

yo, cuando lo declaraba,

estaba hablando conmigo.

Dirá Vuestra Majestad

cómo puedo mi enemigo

ser yo. Y otra vez lo digo

por quererlo mi lealtad;

y porque la claridad

venza la duda que arguye,

en la explicación incluye

hoy el dolor mi pasión,

y ansí escuchad la razón

saber, señor, si concluye.

Vicias.

Ser enemigo depende

que, tormento de un agravio,

y a quien se hace

el desagravio no busca

este ansí se ofende;

de mí esto se comprende,

pues de un agravio el castigo

dejo, y más mi ofensa obligo:

ser de mí enemigo entiendo

quien se ofende, y yo me ofendo:

luego soy yo mi enemigo.

Y pretendiendo tomar

de mí esta venganza fiera,

«muera mi enemigo, muera»

fui atrevido a pronunciar.

Salisteis vos a estorbar,

no sé si por mí el despecho,

aunque, ¡oh gran señor!, sospecho

que oigo decir, noto y miro

que aunque la vida te quite

aun no quedas satisfecho.

Ved agora vos, señor,

cuál será mi sentimiento,

mi ahogo, pena, tormento,

suspiro, llanto y dolor,

y en fin en tal rigor

Pag. 29

Vase.

Vicias.

quién será. A qué resistencia

me hace, y vuestra prudencia

por si acaso es contingente

discurra el antecedente

y saque la consecuencia.

Que si no me vengo, pero

deste incendio que me abrasa

es que el respeto me atrasa

de las luces que venero;

pero si me desespero

por no quererse apagar,

al fuego me he de arrojar,

y podrá ser, ¡vive Dios!

que nos quememos los dos

sin poderlo remediar.

Rey.

Disparatadamente ha explicado

su pesar, ¡quién entendiera

tan grandes contradicciones!

Corre, en fin. Y pues granjea

mi cuidado haber dispuesto

tan bien aquesta materia,

espero desvanecer

estas fantasías necias,

que para ser ya verdades

tristes iban muy aprisa.

Mi hijo viene, no quiero

darle a entender la respuesta

de Virias.

Sale el Príncipe.

Príncipe.

¿Padre y señor?

Rey.

Hijo, habéis venido a buena

ocasión, porque yo iba a buscaros.

Príncipe.

En obediencia

casi lo infiero. Rendida

está a vuestros pies.

Rey.

Es deuda

de los hijos como vos

tener tales advertencias,

y así pretendo pagaros

igualmente.

Príncipe.

El alma tiembla

de escucharlo.

Rey.

Aquesta tarde

ha de venir la Princesa

con quien os tengo casado.

Príncipe.

¿Señor?

Rey.

Que salgáis es fuerza.

Príncipe.

¿Pues cómo?

Rey.

No repliquéis,

la palabra tengo puesta,

mirad si he de quebrantarla.

Aparte.

Príncipe.

¿Habrá quien más males vea?

Aparte.

Rey.

Mucho el susto le ha alterado.

Príncipe.

Si gustáis de ello, que sea,

pero si conviene o no...

Rey.

Que convenga, o no convenga,

esto ha de ser, porque importan

para quietud mía y vuestra.

Príncipe.

En lugar de remediarlo...

Pag. 30

Príncipe.

Se hace aquesto, señor.

Rey.

Dispuesta

la prevención tengo.

Aparte.

Príncipe.

Antes

he de ver a Ariadna bella

para que sepa este caso

y advertirle que no pierda

la esperanza de mi intento

aunque más estorbos vengan.

Aparte.

Rey.

Lo que falta solo para

sosegar esta tormenta

es que ansí que se dispongan,

Ariadna y Nise prevengan

su viaje, y desta forma

todo el daño se remedie.

Vamos, hijo.

Aparte.

Príncipe.

Voy, señor,

a morir.

Rey.

Porque se acerca

la hora.

Príncipe.

Ya lo conozco,

pero antes con la asistencia

de mis pesares haré

lo que el pecho dentro encierra.

Vanse y salen Ariadna triste y Nise.

Nise.

¿Que sea posible, señora,

que con tanto rigor sientas

tus pesares?

Ariadna.

¿Qué quieres, Nise?

Son el centro de mis quejas,

que como mi vida es todo

un sentir, está violenta

en no llorando; y si arguyes

que todo cuanto hay granjea

descanso en su centro, digo

que si el centro son las penas,

violentada la alegría

estará hasta que goce a

su centro el disgusto:

ansí me sucede, porque sepas

que el placer es tan impropio

en mí, y tan propia la queja,

que no es violencia en mí

lo que en otras es violencia.

Y ansí, déjame sentir

y llorar, Nise, que apenas

hay penas, que no discurran

que me combatan y ofendan.

Nise.

Bien dices: pero, señora,

parece que hacia la puerta

siento pasos.

Ariadna.

Será, ¡ay Dios!

mi esposo, que tan inquietas

imaginaciones le hacen

recelar contingencias.

Pag. 31

Nise.

Si él fuera, entrara.

Ariadna.

Pues mira

quién es; ay, infeliz estrella,

si en el golfo en que me anego

me acabará su influencia.

Sale Nise.

Nise.

No es tu esposo.

Ariadna.

Pues, ¿quién es?

Nise.

Señora, el Príncipe.

Ariadna.

Necia,

¿pues lo que dices...?

Nise.

Me manda

te avise que a verte entra.

Ariadna.

Qué mal mira de mi honor

los riesgos, qué poco aprecia

mi sosiego; mas supuesto

que ocasión es en que pueda

desahogar el corazón,

he de hablarle, salte fuera

por esse cuarto, por si

acaso (o nunca suceda)

viene mi esposo.

Nise.

Obedezco.

Vase por otra puerta.

Alza la cortina y ve a Nicias y se turba.

Ariadna.

Qué temeroso que llega

el corazón, qué asustado

el ánimo, qué violenta

la voluntad, y qué torpe

ya se previene la lengua,

mas para escusar los lances

de mayor peligro, sea

esta vez última en que

nuestros males se resuelvan.

Pero ¿cómo no entrará

el Príncipe? Quién creyera

que para entrar en mi cuarto

aguardara mi licencia.

Aunque es faltar al decoro

de mi casa; vuestra Alteza

bien puede entrar:

Señor, pues...

esposo... ¡ay de mí! En la puerta

cuando yo... ¿por qué ocasión

Nise dijo...? Estoy muerta.

Príncipe.

¿Esposa? Pues ¿de qué ansí

os turbáis? Las sospechas

dejadme, que aun no es tiempo

Pag. 32

Príncipe.

de dar crédito a la ofensa.

Aparte.

Ariadna.

Es que recelé, y no en vano,

que...

Aparte.

Vicias.

Es agraviar la fineza

que conozco que me hacéis.

Supuesto que la impaciencia

de vuestro afecto, tirana,

viéndome de vos tan cerca

y que no llegaba, dijo:

«bien que de entrar Vuestra Alteza».

Aparte.

Ariadna.

Leísteis todo el dictamen

del corazón. Aun no acierta

el discurso; y entended,

aunque es demás la propuesta,

que solo dije por vos

«bien que de entrar Vuestra Alteza».

Vicias.

Así, esposa, lo confieso;

pero porque la advertencia

suele prevenir acasos,

y porque otra vez no tenga

ocasión vuestra hermosura

de sustos por contingencias

de la voz, y que no haya

equivocaciones necias,

no digáis de aquí adelante

«bien que de entrar Vuestra Alteza»;

que como en palacio hay

quien ese nombre merezca,

será, no digo posible,

sino que acaso suceda

que al oírle, entre, y en algo

entonces mi fe se ofenda.

Ariadna.

Quién duda que sus palabras

aun no explican lo que encierra

su disimulo.

Vicias.

Y en tanto...

Sale Nise alborotada.

Nise.

Señora, señora, aprisa,

que tu esposo...

Ariadna.

¿Quién le llama?

Nise, ¿qué dices?

Pag. 33

Aparte.

Vicias.

que entra

querrá decir que sois,

bien que de entrar Vuestra Alteza

inferiría quizás

lo que también yo infiriera.

La criada equivocada

está, pues cuando a mi puerta

llegué, vi al Príncipe, y él

se retiró con presteza.

Aparte.

Nise.

No, señor, sino que como

anda la casa revuelta,

no sé a qué recibimiento

que se previene allá fuera,

oí decir que salíais

con Su Majestad, y aquesta

fue la ocasión de venir

a darle a mi ama cuenta,

como visteis. ¿No entró aquí

el Príncipe?

Aparte.

Vicias.

Mal propuesta

industria para quien tiene

otras mayores cautelas.

Hasta cuándo, ¡ay, sufrimiento!,

ha de durar en mis penas?

Mas pues no me abraso, creo

que no hay bastante materia.

Aparte.

Nise.

Yo no acabo de entenderlo.

Señora, ¿qué es esto?

Aurora.

Flechas

de rigores que dispara

contra mí toda la fuerza

de una indignación, efecto

solo de mi mala estrella.

Aparte.

Nise.

Mala va hasta aquí la danza,

Dios mejore lo que queda.

Vicias.

Señora, el Rey vuestro tío...

Sale Salchichón.

Salchichón.

Por cierto, ¡qué linda flema

gastáis!

Vicias.

Pues ¿qué hay, Salchichón,

de novedad?

Pag. 34

Salchichón.

Buena es esa

disimulación, pues cuando

hoy la corte se despuebla

estáis con tanto reposo.

Vicias.

¿A qué causa?

Salchichón.

A que hoy entra

la esposa del Principito

que viene como una reina.

Ariadna.

¡Cielos! Sin alma se ha quedado.

Vicias.

¿Tú estás loco?

Salchichón.

Tan secretamente

lo ha dispuesto el Rey

que hasta que vino la nueva

de que hoy entraba en palacio

esta señora princesa

no se supo, ni aun asomo.

Aparte.

Ariadna.

¡Ay esperanzas ya muertas!

Aparte.

Vicias.

No hay duda que de esta suerte

mucho mal el Rey remedia.

Salchichón.

Y para que lo creáis

oíd las voces que suenan.

Salen el Rey, el Príncipe, Rosaura, músicos y acompañamiento.

Músicos.

Lleguen en hora dichosa

el Príncipe y la Princesa

a ser soles de este imperio

a tanta luz corta esfera.

Desde hoy con glorioso aplauso

sus sienes reales posean

por méritos tan heroicos

la siempre digna diadema.

Voces.

¡Viva el Príncipe!

Aparte.

Ariadna.

¡Ay de mí!

Voces.

¡Y viva Rosaura!

Aparte.

Príncipe.

¡Ajena!

Rey.

Vasallos nobles y amigos,

cuya leal asistencia

festeja esta real presencia,

sed de mi gozo testigos.

Hoy a el Príncipe mi hijo,

para aliviar mi cuidado

de este poderoso estado,

dueño absoluto le elijo;

y porque así le reciba

vuestro amor, vuelvan veloces

a repetir vuestras voces

que viva vuestro Rey.

Voces.

¡Viva!

Príncipe.

Señor, a tan grande acción,

como tu grandeza muestra,

será la obediencia nuestra

muy corta satisfacción.

Pag. 35

Príncipe.

si bien en el digno empleo

que goza mi humilde mano

de la Princesa.

Ariadna a Tyrano. Aparte.

Rosaura.

Se corona mi deseo.

Rosaura.

Nunca a lisonjas infiero,

esposo, vuestro favor,

cuando por mi propio amor

al que mostráis considero;

no estima mi voluntad

sino el serviros aquí,

siendo esta obediencia en mí

la principal majestad.

Rey.

¡Qué honestidad!

Aparte.

Ariadna.

¡Qué tristeza!

Vicias.

¡Qué hermosura!

Aparte.

Rosaura.

¡Qué dolor!

Aparte.

Ariadna.

¡Hasta aquí llegó el rigor!

Vicias.

Dé licencia Vuestra Alteza.

Rosaura.

Llegad, Príncipe, llegad.

Vicias.

Que tanto con esto gano

a besar su augusta mano.

Aparte.

Llega.

Rosaura.

No afrentéis la majestad.

Pues, señora, que si es

tal, no me deja el dolor,

mi dicha logre el favor

de verme hoy a vuestros pies.

Aparte.

Rosaura.

Corta paga son mis brazos.

La imaginación altera

esta mujer.

Ariadna a el Príncipe, Vicias a Rosaura, haciendo cortesías se mudan.

Aparte.

Aparte.

Ariadna.

¡Quién pudiera

hacerte dos mil pedazos!

Y en vos, señor (¡ah, cruel!

se eternice, ¡qué fiereza!

por mi mal) en su cabeza

el merecido laurel.

Aparte.

Vicias.

Pues, señora, no en vano,

es mi pesar, pues los ojos

publican de sus enojos

la causa; dadme la mano,

aunque a vuestros pies lograr

puedo mayor interés,

que es bajar a vuestros pies,

caer para levantar.

Rosaura.

Si gano tan dulces lazos

por vos, Vicias valeroso,

sino igual, será forzoso

que el premio halléis en mis brazos.

Suena un clarín.

Rey.

¿Qué súbito acento es este

que así mi corte altera?

Pag. 36

Sale un soldado.

Soldado.

Dé licencia, gran señor,

un embajador agora

de Corinto.

Rey.

Dile que entre.

No sé qué males recela

el corazón de esto.

Sale el Embajador.

Embajador.

Da hoy, señor, a mi obediencia

los pies.

Rey.

Subid a mis brazos.

Sacad sillas.

Embajador.

Será fuerza,

que aunque esto es razón de estado,

es de mucha consecuencia

a lo que vengo.

Siéntanse todos.

Rey.

Empezad.

Levántase.

Embajador.

Digo con vuestra licencia:

la antigua y noble Corinto,

principado que reservó

en sí por constituciones

de su fundación suprema,

el dominio que debía

a este reino, y a su cuenta

del noble príncipe Gordio,

a quien desde hoy se sujeta

nuestro poder, repugnando

la elección que tienes hecha,

por su embajador me envía

a que por extenso sepas

las causas que le precisan

a negarte la obediencia.

La hermosísima Ariadna,

princesa y señora nuestra,

a quien solamente hoy

nuestra lealtad respeta,

muerto su padre el rey Hiarbas,

quedó única heredera

de Corinto, porque Glauco

su hermano, como este era

hijo mayor, heredó

de Tesalia la diadema;

y por excusar discordias,

y que no viniese a expensas

de Glauco, se dio a Corinto

con las dichas preeminencias

libremente, encomendando,

por quedar en edad tierna,

a tu Majestad su mando,

para que como en tutela

viviese mientras llegaba

competente edad que fuera

apta a recibir el peso.

Pag. 37

Embajador.

cuya elección fuese hecha

por los sabios electores

de Corinto, y que no puedan

sin su real aprobación

ellos confirmar, ni sea

vuestra majestad bastante

a hacerlo solo, es expresa

cláusula del Rey su Padre,

y como tal se venera.

A nuestra noticia habrá

diez días que llegó nueva

del estado que le has dado

a nuestra digna Princesa,

por cuya causa desde hoy

aquella ciudad se niega

al derecho que se debe

de nuestra parte a la herencia

que a Ariadna pertenece,

a que desde aquí resueltos

dan por nulo el matrimonio

por muchas razones: sea

la primera el mandamiento

de su Padre, siendo fuerza

el cumplirlo. La segunda

es que en cuanto a la sentencia

que Clorante previno,

no puede comprehenderla

pues siendo su Alteza de

Tesalia, y por aquí sujeta

a tributo, ¿cómo cabe

que haya de pagar la deuda,

siendo como sabéis todos

precisa obligación vuestra?

La tercera es, que habiendo

dado que perteneciera

a la Princesa el tributo,

¿ignorasteis que no hubiera

quien por su dueño la vida

arriesgara en la defensa?

La cuarta es que, sabiendo

las antiguas diferencias

de Troya, sea un troyano

quien sin méritos posea:

Vicias.

Embajador, aunque no

este nombre te convenga

por ser de un traidor, excusa

tantas razones y abrevia

la embajada, que enfadoso

a su majestad molestas.

Pag. 38

Embajador.

¿Quién os mete en eso a vos?

Rey.

Ea, escusad competencias.

Salchichón.

Si no le ataja en la cuarta

y va llegando a la tercia.

Embajador.

Digo, en fin, que desde luego

negamos la obediencia

a vos y a aquese extranjero,

y que para la defensa,

si os agrada lo contrario,

el Príncipe Gordio espera

para castigar valiente

infames correspondencias;

esto en su nombre os he dicho,

lo que aguardo es la respuesta.

Vicias.

Si Vuestra Real Majestad

gusta, por ser la propuesta

tocante a mí, que responda,

lo haré con vuestra licencia.

Rey.

Responded por mí y por vos.

Aparte.

Levántanse.

Vicias.

Buena ocasión es aquesta

en que equívocas las voces

den a entender mis ofensas.

Aunque a tus razones todas

bastantemente pudiera

contradecir una a una

con acierto y evidencia,

por mi Rey, que está presente,

por mí y por mi esposa bella,

cuatro respuestas en una

te he de dar, que aunque parezca

descrédito a una traición

satisfacer con la lengua,

porque lleves la noticia

y porque Aníbal se sepa

que quien cortés le responde

sabrá castigar su ofensa,

la respuesta que has de darle,

embajador, es aquesta:

el que goza la hermosura

de Ariadna, digna Princesa

de Corinto, y aun del mundo

serlo casi es corta empresa,

es Vicias, noble troyano,

hijo de Alcanor y Biera,

y el que antes que este farol

dé diez vueltas a la esfera

irá a quitar de sus hombros

la infame basa en que ostenta.

Pag. 39

Vicias.

Al laurel, y dirán bien,

que a su vida solo queda

todo lo que matar deje;

y así que me lo agradezca

si fuere algo más de lo que

mi justo rigor desea;

que si sabe quién es Vivas,

que lo ignora es cosa cierta,

pues a traición semejante

bien sé que no se atreviera;

y más que, reconociendo

quién soy, me da la obediencia,

no ha de hallar en mí piedad,

no ha de ver en mí clemencia,

solo por imaginar

la culpa, no por hacerla;

que viven los dioses sacros,

que si alguno presumiera,

qué es presumir, intentara,

qué es intentar, dispusiera

allá en lo más interior

del discurso o de la idea

agraviarme, entre mis brazos

más pedazos le hiciera

que átomos produce el sol,

que arenas el mar, que estrellas

ese velo azul, y si

en el centro se escondiera

por buscarle penetrara

los cóncavos de la tierra,

y a hacer posible, el alma

de partes se compusiera

o de mortal se adornara,

lo propio con ella hiciera.

¿Y qué? Mas basta lo dicho,

mucho la pasión me ciega;

ignórelo el que lo ignore,

y entiéndalo el que lo entienda.

Esto es lo que se responde,

quien presto vengarse espera.

Vete aprisa, embajador,

a llevar esa respuesta,

no sea, sí, que primero

llegue yo propio con ella.

Nise.

¡Oiga! ¿Y lo que sabe el diablo el bramo?

Salchichón.

Aquesto es fiesta

con sus vísperas; aguarde,

se llegarán las completas.

Pag. 40

Aparte.

Rey.

equívocamente ha hablado.

Aparte.

Ariadna.

¡gran valor! Arias, bien se recela

mi desvelo, pues conmigo

habló también, triste pena.

Aparte.

Aparte.

Príncipe.

parece que en sus acentos

unió con sus dos pechos.

Embajador.

Si como con las palabras

blasonas, lo que aseguro fuera

con las obras, tus intentos

pudiera ser que temiera;

mas basta que seas troyano.

Vicias.

¡vive Dios que si estuvieras

donde su real majestad

ni nos oyera, ni viera,

que de esa boca atrevida

hoy te arrancara la lengua!

mas guardando este respeto,

y porque a tu dueño vuelvas

a llevarle la noticia,

mi justo enojo te deja.

Salchichón.

que la lleve por escrito.

Va a sacar la espada y todos se levantan.

Embajador.

esto pasa a ser afrenta.

Rey.

¿qué es esto? ea, id,

si con vida, merced hecha

por embajador, y dad la respuesta.

Vase.

Embajador.

allá te espera mi valor

a ver si igualas

las manos con tu soberbia.

Rey.

notable empeño. Aguarda.

Aparte.

Vicias.

mayor es el que me queda,

mas sano tiene remedio;

no olvidaré, no, mi ofensa,

que aunque tarde el vengarla,

porque el castigo no llega

nunca tarde, cuando un hombre

de sus agravios se venga,

aliéntame la razón,

y para que en breve pueda

ir a vengar tanto agravio

solo aguardo tu licencia.

Rey.

siendo dueño desta acción

vos la tenéis, y cuarenta

mil soldados valerosos

que os ayuden en tal empresa.

Vicias.

con menos, señor, hay bastos.

Aparte.

Rey.

pues mientras los parches suenan

esperaréis. Vamos, hijos,

aquí el cuidado comienza.

Pag. 41

Aparte.

Rey.

hasta que a otro remedio

aplique mi diligencia.

Príncipe.

No extraño ya mi pesar.

Vanse los tres.

Rosaura.

Respóndate la obediencia.

Llora Ariadna.

Vicias.

Si estando un hombre en su casa

tantos recelos le cercan,

estando ausente, ¿qué hará?

¡Denme los cielos paciencia!

Esposa, vos de esa suerte...

Ariadna.

Cuando os aguarda una ausencia,

¿no queréis que sienta?

Vicias.

No,

que es dar a entender os pesa

de lo que en empresa tal

para vos mi amor granjea.

Las lágrimas estimara

si no fueran lisonjeras.

Aparte.

Aparte.

Ariadna.

Siendo tan al gusto vuestro,

será mi correspondencia

de vuestra parte alegría,

pero de la mía, pena.

¡Qué mal finjo este pesar,

cuando el corazón revienta

con dos desesperaciones

como en mí se manifiestan

de aborrecimiento y celos!

Vicias.

¡Ay, si el pecho se le viera!

Adiós, esposa.

Ariadna.

¿Que os vais?

Vicias.

Ya lo veis, mi bien, que es fuerza.

Abrázalo y se turba.

Ariadna.

Pues adiós.

Tente, ¡ay de mí!, bien sabes...

Vicias.

¿De qué te alteras?

Ariadna.

Que te estimo.

Vicias.

No lo ignoro, Ariadna, y que es fuerza que lo sienta.

Para prueba de mi agravio,

no he menester yo más prueba.

Ariadna.

La muerte temí en tus brazos.

Esposo, adiós, y él os vuelva

Vicias.

para castigar agravios.

Vase.

Ariadna.

Como el corazón desea.

Nise.

¿Señor Salchichón?

Salchichón.

¿Qué mandas?

Nise.

Quiero hablaremos aquí ora

dos palabras.

Salchichón.

No, señora.

Nise.

Válgate Dios, la comedia

tan muda para criados.

Salchichón.

Es santurrón el poeta,

y en esta ocasión no quiere

dar que hacer a los terceros.

Vase.

Nise.

Pues callaré como en misa.

Salchichón.

Eso es lo que a usted le pesa.

¿Señor?

Vicias.

¿Qué quieres, Salchichón?

Pag. 42

Salchichón.

¿Quién te ha metido en aquesta

locura?

Sale el Rey.

Rey.

Es obligación

el cumplir con esta deuda.

Vicias.

¡Vivas,

señor!

Rey.

Prevenida

toda la gente os espera,

id luego, y vuestros cuidados

desde hoy corren por mi cuenta.

Vicias.

Deja que bese tus plantas.

Rey.

Id en paz.

Vicias.

Con Dios te quedas;

Vanse con el rey.

Vicias.

pero en estando la gente

algo apartada, la vuelta

he de dar a ver si cumple

el Rey con esta promesa.

Aparte.

Salchichón.

¿Que en fin te vas?

Vicias.

Es forzoso.

Salchichón.

¿Y dime, señor, me dejas?

Vicias.

También es preciso, porque

es menester tu asistencia

en palacio.

Salchichón.

Sea en buen hora.

Ambos.

Vamos, pues, y el cielo quiera

que de la visita de esta noche

salga una buena sentencia.

Vanse todos y sale Nisse con un papel.

Nise.

Notable fortuna tengo,

no ha de ser todo desdicha,

algún día ha de haber dicha.

Con grande contento vengo,

por considerarme fiel.

El príncipe me llamó,

y a él disimulo me dio

para mi ama este papel,

que como vio que despacio

aqueste tarde le fue,

se aseguró, y yo hallé

en esta piedra reposo.

Dios le pague el beneficio,

ya desde aquí me prevengo,

pues para la edad que tengo

no he de hacer mal oficio.

Milagro fue del poeta,

que si quisiese ablandar,

mas hoy el papel a dar

no roben a la estafeta.

Pero mi ama sale, llego.

Sale Ariadna.

Nise.

¿Señora?

Ariadna.

Nisse, ¿qué quieres?

Nise.

¡Oh, industria de las mujeres!

Una cosa a tu amor ruego.

Ariadna.

¿Y cuál es?

Nise.

Que no me culpes.

Pag. 43

Nise.

Un error, que aunque no quepa en ti...

Ariadna.

Antes que lo sepa,

me admira que te disculpes.

Nise.

Tu primo...

Ariadna.

Mal comenzaste.

Nise.

Me llamó y me dijo: "Fiel,

que te trajese un papel".

Ariadna.

Dime, Nisse, ¿y lo tomaste?

Nise.

Yo, que como te quejabas

de no sé yo qué rigor,

por no darte más dolor...

Ariadna.

Pues, ¿por qué no lo tomabas?

Nise.

Que sí lo tomé.

Ariadna.

¡Atrevida!

¡Contra mi honor!

Nise.

Yo, señora, ¿no me dijiste ahora

que...

Ariadna.

Te he de quitar la vida.

Dame el papel.

Nise.

Vesle ahí.

Dáselo.

Ariadna.

Saca una luz.

Nise.

Voy por ella.

Vase.

Ariadna.

¡Lo que un desvelo atropella! ¡Ay!

Sale Nisse.

Nise.

Ya tienes la luz aquí.

Lee Ariadna.

Ariadna.

"Los sucesos no prevenidos se niegan a la satisfacción,

no obstante quise hacerlo, y estorbolo el acaso de entrar tu

esposo, con que satisfecha, me libro de la culpa, pero

no del eterno tormento de un malogrado afecto. Mas

si en ti no ha muerto lo firme, vive en mí la esperanza

de dar fin a lo comenzado, y pues ahora el cielo

ofrece lugar buscaré la ocasión de hablarte.

El cielo te guarde. Tu primo el Príncipe".

¡Ay triste, si ya no hay medio,

de qué sirve la esperanza

ni firmeza, pues no alcanza

ninguno a hallar el remedio!

No te culpo, si advierto

mi rara y cruel fortuna,

y si la culpa es de alguna,

en mi culpa se halla el mal.

Llora.

Nise.

¿Posible es que ansí se eclipse,

señora, tu gran belleza

con tan continua tristeza

que sientes?

Ariadna.

Déjame, Nisse.

Nise.

De pena el alma la llora.

Descansa un rato.

Ariadna.

¡Ay de mí!

Ha de haber unas almohadas en que se sentará, y la luz se pone sobre un bufete.

Nise.

Reposa, señora, aquí

mientras que vuelve la aurora.

Y si servirte merezco,

en aliviar tu dolor cantaré.

Ariadna.

¡Oh, cruel rigor!

Canta, pues.

Nise.

Ya te obedezco.

Canta.

Nise.

¡Ay, corazón desdichado!

Pag. 44

Nise.

y que malogrado vives,

posibles aborreciendo

e idolatrando imposibles.

Ariadna.

Qué bien la letra pondera

mi pesado sentimiento,

cuyo accidental acento

tanto rigor exagera;

pues de mis penas cualquiera,

corazón, antes que avives

mayor mal del que recibes,

lee, advierte tan postrado:

Nise y Voces.

¡Ay, corazón desdichado,

y qué malogrado vives!

Ariadna.

Si libre la condición

de algún objeto carece,

acto es que no pertenece

a contraria negación;

pero si es la privación

de afectos indivisibles

por otros aborrecibles,

Nise.

vivo por mi honor muriendo,

posibles aborreciendo

e idolatrando imposibles.

Nise.

Qué importa que, coronado,

dulces posesiones mires,

si la gloria de gozarlas

oculto rigor impide.

Ariadna.

No basta, no, que a alegrar,

corazón, llegues violento,

una alegría, incontento,

y una dicha, si el pesar

no te le deja gozar;

porque, aunque ser tanto admires

lo dicho, si el que suspires,

corazón, no se ha acabado,

Nise.

qué importa que coronado

dulces posesiones mires.

Ariadna.

No en la feliz posesión

de los bienes que poseo

halla descanso el deseo,

no sosiego la pasión,

que, como en el corazón

ajeno dolor reside,

¿qué mucho, ¡ay de mí!, que olvide

el consuelo de mirarlas?

Nise.

si la gloria de gozarlas

oculto dolor impide.

Quédase Ariadna dormida.

Nise.

Llora, corazón, tu suerte,

pues tan desgraciado fuiste,

porque siempre las desdichas

se hicieron para los tristes.

Pag. 45

Nise.

Según llego a imaginar

que se ha dormido parece;

de aqueste mal que adolece

la dejaré descansar.

Vase Nise por una puerta dejando la luz. Sale por otro lado poco a poco, y dice en la puerta.

Vicias.

En este cuarto he entrado

sin ser de nadie sentido,

solo de mi honor valido,

hoy, lo que quedé olvidado.

Con esta llave la entrada

hallé, y es bien que la alabe,

que aunque es de hierro la llave

ha sido muy acertada.

A grande riesgo me atrevo

si al pasar me encuentra el Rey.

Cuando profano una ley

pero ¿qué temo si llevo

el pesar que me ocasiona?

Y es fuerza a tanto despeño

aunque logre en el empeño

mayor riesgo, mi persona.

Sale un poco más.

Vicias.

Luz en la cuadra veo.

No fue mi recelo en vano.

¡Oh, desempeño tirano

que mal te logras al deseo!

Mas, ¿cómo así me acobardo

cuando un recelo me llama?

Aunque peligre mi fama

mucho a el desengaño tardo.

Con lentos pasos prosigo,

pues que tanto me despecha

a averiguar mi sospecha

vaya mi valor conmigo.

Apenas, ¡oh aliento!, puede

mover los pies. ¡Qué pesar!

Quiero ansí examinar

pues la ocasión me concede

tiempo, mi duda celosa.

Pero, ¡cielos!, recostada

está sobre una almohada

una mujer.

Mírala.

Vicias.

¡Y es mi esposa!

¡Vive Dios, que mal arguyo

desto primero que hallé!

Porque en este cuarto, ¿a qué?

¿Estando tan cerca el suyo?

Mal me aconseja el rigor,

mucho me anima el recelo.

Ea, comience el desvelo

a ser mi procurador.

Pero en su mano un papel.

Repara.

Vicias.

¡Cristo, ay, perdido honor!

Pag. 46

Vicias.

pues ya descubre el dolor

las cláusulas que hay en él,

oh mano, en fin, desleal;

dámele a ver si en mi audiencia

de tu culpa, o inocencia

te sirve de memorial.

Lee el papel como arriba.

Vicias.

Llegó la confirmación

de mi afrenta, y pues la suerte

me da lugar, sea la muerte

mi última resolución

en esta fiera...

Ariadna dice en sueños.

Ariadna.

Detente;

no me mates hasta ver,

señor, que en mí no es posible

pueda el Príncipe...

mirando siempre a la puerta, de suerte que al tiempo venir se ponga de suerte que mate la luz

Vicias.

Tened,

impulsos míos, ¿qué es esto?

Así he de satisfacer

mis dudas, que en tales casos

la luz buen testigo no es.

Pero ¡ay de mí!, que la puerta

siento abrir, y no podré

asegurar mis recelos.

A otro lance más cruel,

y aun peor de lo que entiendo,

si acaso no dudo, pues

los reflejos de una antorcha,

y vive Dios que es el Rey.

¿Quién duda que soy perdido?

Rey.

De esta suerte evitaré

riesgos que debo mirar.

Mata la luz de un soplo, y el Rey se turba, y deja caer la vela.

Vicias.

El entrar que me he de hacer

ciego a valor sabe mucho.

Ninguno exagere que

es hipérbole la brasa

en tal contingencia, pues

todo cabe en lo posible.

El cielo me ayude.

Rey.

¿Quién,

atrevido...?, mas ¿qué digo?

El viento sin duda fue,

que al entrar; temeridades

pudo el juicio aprehender.

No quiero inquietar la casa.

Vase.

Vicias.

Ya del lance me libré,

y pues me voy con mi agravio,

yo a borrarle volveré.

Paso a paso el Príncipe a la puerta, y venga de suerte que encuentre.

Príncipe.

Receloso de mi padre

salgo, por si puedo ver

Pag. 47

Rey.

Aquí quisiera tener

prudencia. ¿Estamos a solas?

Aparte.

Príncipe.

Sí, señor, ¡ay de mí!, ¿quién

en tales lances se vido?

Rey.

Juzgando estoy y no sé

de qué forma o de qué suerte

en esta ocasión os dé

a entender el justo enojo

(si es que llegáis a entender)

que tengo de vos. Decid:

¿en qué precepto o qué ley

halláis tales demasías?

¿de este modo anteponéis

a la razón un delirio?

¿Sabéis vos lo que es ser rey?

Es cierto que lo ignoráis,

pues ansí con trato infiel

apreciáis vuestro apetito

dando de mano al poder.

Borrad aquesas ideas

y ese ciego proceder

dejad, pues lo quiso el hado,

y puesto que os di mujer

igual a vuestra grandeza

para que no atrevido desdoréis

Pag. 48

Rey.

lo que a mi estudio le cuesta

y molesta mi vejez,

cuando se desvela Asinio

en procurar solo el bien

de la patria, y que no llegue

la plebe a reprehender

nuestro descuido insufrible,

¿este anhelo obscurecéis?

¿Qué se dirá de mí y vos

si esto se llega a saber,

de mí por que lo consiento

y de vos por que lo hacéis?

Pues, por deidades, por los dioses

sagrados, si no ponéis

a vuestra locura freno,

que yo el primero seré

quien dé lugar al castigo;

y si el peso os entregué

de la corona, juzgando

le toleraríais más bien,

como os le di, si no os veo

cumplir con lo que debéis,

aunque arriesgue otro honor

en ello, os lo quitaré.

Llegas a matar la luz,

atrevido, detened,

ya que no temor, respeto

sino de padre y juez,

como tal os reprehendo;

no por fiado aguardéis

que con diferente estilo

os castigue como rey.

Nicias es muy gran soldado,

yo y vos le hemos menester,

vos tenéis mujer hermosa,

no os digo más, entended

que la honra se antepone

al más supremo poder,

y que se pierden respetos

si esta se llega a ofender.

Vase.

Príncipe.

¿Qué es esto que me sucede?

¿Qué es esto que llego a ver?

¿Qué haré en tanta confusión?

En tantas dudas, ¿qué haré?

¿Yo matar la luz? Piadosos

cielos, ¿qué queda que ver

sobre un mal tanta desdicha?

O he de morir desta vez,

o de casos tan extraños

el motivo he de saber.

Pag. 49

Sale Ariadna turbada como que busca

Ariadna.

¡Ay de mí!

Príncipe.

Prima, ¿qué tienes?

Ariadna.

¿Qué he de tener?

¿Acaso has visto ...

Príncipe.

¿Qué dices?

Ariadna.

Digo, ¿si has visto el papel

suyo, que mientras al sueño

me rendí, o dejé caer,

o de la mano...

Príncipe.

No entiendo.

Ariadna.

Pues mucho hay, sí, que entender;

el papel digo si has visto.

Príncipe.

No.

Ariadna.

Pues yo llego a creer

que si a el sueño me persuado

presumo contra mí.

Príncipe.

¿Qué discurres?

Ariadna.

Que como otro

puñal en Jerusalén,

ha de ser para mi muerte

el verdugo más cruel.

Príncipe.

Declárate más.

Ariadna.

No puedo,

mira que puede volver tu padre.

Príncipe.

Que entre mis dudas me dejas.

Ariadna.

Yo explicaré

a mejor tiempo mis males.

Príncipe.

A tal tiempo que de ser

que ya no tengan remedio.

Ariadna.

No lo dudo.

Príncipe.

Yo sí, pues

como dure en ti el afecto

al paso que en mí la fe,

cerrando al mal los caminos

abriré puertas al bien.

Ariadna.

¿De qué suerte?

Príncipe.

Tú lo sabes.

Ariadna.

Es imposible.

Príncipe.

¿Por qué?

Ariadna.

Porque son muy cortas fuerzas

para tan grande poder.

Príncipe.

Mal conoces.

Ariadna.

Mucho alcanzo.

Príncipe.

Lo que en mí dura.

Ariadna.

Bien sé.

Príncipe.

¿Qué sabes?

Ariadna.

Lo que dijiste.

Príncipe.

Y estás en que lo haré.

Ariadna.

Parece que siento pasos.

Príncipe.

¿No respondes?

Ariadna.

Déjame,

ya a Dios que habiendo perdido...

Príncipe.

Querrás decir el papel.

Ariadna.

Sí, me ha de costar la vida.

Príncipe.

No es fácil.

Ariadna.

Y cómo que es,

puesto que en tanto consiste.

Príncipe.

¿En qué?

Ariadna.

En morir o vencer.

Príncipe.

Pues a vencer o a morir

para dar fin de una vez...

Jornada tercera

Pag. 50

Salen Ariadna y Nise.

Ariadna.

¿Es verdad lo que me dices?

Nise.

Y tan verdad que he llegado

a entender que de otra causa

nacen efetos tan raros;

tan retirado le tiene

su padre en su mismo cuarto

que parece que es nocivo;

según le sigue los pasos

si acaso me ve, que siempre

cuando me mira es acaso,

me quiere hablar con el rostro,

pero como yo no alcanzo

lo que entre dientes me dice,

con ser lo que dice bajo

me quedo de ello en ayunas,

pues aunque quisiera en algo

entenderlo, desde cerca

el demonio de criado

que tenemos da en seguirme

con tantísimo cuidado

que no soy dueño de mí,

y según he imaginado,

parece perro de muestra

que saca por el olfato.

Ariadna.

Que el Príncipe por mi causa

padezca pesares tantos,

¡y que yo viva, ay de mí!

No es posible que a tan raro

afeto, aunque honor se arriesgue,

ande amor tan tirano.

Lo que intento es aliviar

sus males solicitando

que mi olvido de su olvido

sea de servir de descanso.

¿Nise?

Nise.

¿Qué mandas, señora?

Ariadna.

Solo que tendote amparo

podrás llevarle un papel.

Nise.

Cuando con silencio tanto

en las cosas de tu honor

como conoces he andado,

me pesa que me prevengas.

Ariadna.

No te admires, y el recado

saca de escribir.

Saca el recado en una mesa.

Nise.

Honor

de intentos imaginados

no se agravia, aquí le tienes.

Grandísima paga aguardo.

Pag. 51

Nise.

De aquesta vez, llegar puedes.

Ariadna.

Espérate, Nise, un rato,

mientras escribo; perdone

mi honor, si en esto le agravio.

Mientras escribe. Salchichón, al paño.

Salchichón.

Pues está de Dios que sea

soplón, no hay sino cuidado

con los primos, que suelen

ser, cuando menos, cien palos.

Tiemblo de entrar en mi casa

aun solo de imaginarlo,

porque llama a la criada.

¿Me pueden ver? Como al diablo.

¿Si estarán aquí? Allá voy.

Saca la cabeza.

Salchichón.

Pero si mal no me engaño,

un papel mi ama escribe.

¿Si será para mi amo?

Veamos si damos luz

al pedernal, que amos...

Ariadna.

Lo que falta. Toma aprisa,

y con muy grande recato

se le darás.

Nise.

¿Eso dudas?

Ariadna.

Eres leal.

Nise.

Voy volando.

Vase.

Salchichón.

Porque no pierda gota,

he de apurar este caldo;

tras de ella tengo de ir,

si no me atajan los pasos.

Sale.

Ariadna.

Salchichón, ¿adónde vas?

Salchichón.

Voy con un cierto cuidado.

Aparte.

Ariadna.

Aquí es fuerza detenerle.

Parece que estás turbado

y el rostro algo pensativo.

Salchichón.

Es, señora, porque he dado

estos días en poeta,

y se me ha ocurrido un caso,

no sé si es de novedad,

y voy aprisa a apuntarlo,

que soy flaco de memoria.

Aparte.

Ariadna.

Malicioso es el criado.

¿Y no le podré yo ver?

Salchichón.

Eso será necesario,

pues de ti no se dirá

lo de Sintis de Tracia, claro.

Ariadna.

Pues advierte que te espero.

Aparte.

Salchichón.

Con la verdad le he engañado.

Voy a seguir esta liebre

antes que salga otro galgo.

Vase.

Ariadna.

En lo que aquí se detuvo,

Nise habrá el papel ya dado;

si bien en el pecho siento...

Pag. 52

Vase.

Músicos y el Príncipe triste.

Ariadna.

Temerosos sobresaltos,

amor, pues eres deidad,

no me atormentes; si en vano

son tus intentos, aparta

de la vista lo vendado,

para que libres los ojos

admiren su propio daño;

pero cuando considero

ser tu rigor tan contrario,

para no ver lo conozco

que me venden tus engaños.

Músicos.

Dolor que el corazón siente

sin conocer el dolor,

es dolor con más rigor

que aquel que se ve presente.

Príncipe.

Es verdad, pero dismiente

el mío por advertido

esto que es ser conocido,

pues en tan grave tormento

bien conozco en lo que siento

que es más que el que no es sabido.

Músicos.

El alivio que deseo

imposible se resiste,

porque mi dolor consiste

en todo lo que no veo.

Vanse los músicos.

Príncipe.

Y así que si el empleo

del mal está en no mirar,

nunca el mal podrá hallar

el alivio que desea,

hasta tanto que posea

en lo que estaba el penar.

No hay cosa que me divierta;

idos, y dejad el canto,

a ver si da vida el llanto

a una esperanza ya muerta.

Que sea tal el rigor

de mi fortuna, ¡ay, cruel!

¿Para qué quiero el laurel,

cuando muero de dolor?

Abráseme ya este fuego,

pues mi mal no me provoca.

Risse sale.

Nise.

A pedir vino de boca

la ocasión. Pero yo llego.

¿Señor?

Príncipe.

¿Quién me llama? Cielos,

Risse, ¿qué es esto que miro?

Ya con tu vista respiro

a echar de ver mis desvelos.

¿Qué ocasión?

Nise.

No te alborotes, que mi amor...

Habla con él y dale el papel. Y Salchichón por donde salió Risse.

Salchichón.

Bien empleado

será que aquí de contado

Pag. 53

Salchichón.

me den docientos azotes

no se ha perdido ni un paso

¿con quién habla, Jesucristo,

no es el príncipe? Muy listo

quiero darles un repaso.

qué bien sabe la lección

la Nise, ¿quién se la iguala?

yo aseguro no de mala

que tiene mucha afición

a meterse en estos lances.

para el que a papel en fin

yo le contaré en latín

a mi amo estos romances.

al.

Rosaura.

de mi esposo el sentimiento

me tiene tan disgustada

cuando alivio no halla en nada

aquel oculto tormento

que me obliga ansí a seguir

(temiendo algún accidente)

sus pasos que en verle ausente

se llega el alma a afligir.

Mira, hacia este cuarto ha entrado.

pero ¿qué es esto que veo?

¿es engaño del deseo

o es ilusión del cuidado?

no es Nise con quien está

hablando, válgame el cielo

daré lugar al recelo

ea que no, mas ¿qué hará

con ella, o ultraje cruel

mucho creen los desvelos

y aseguran los recelos:

¿no está leyendo un papel?

¡oh mal fingido pesar

que gozo que te advierto

quien tu alivio procuro!

mas penas disimular

es fuerza y que me reporte.

Salchichón.

mucho la Nise se tarda

sin duda alguna que aguarda

a tal papelillo el porte.

dale una cadena

Príncipe.

perdóname Nise bella

y toma:

Salchichón.

con una estaca.

Príncipe.

esta cadena.

Salchichón.

¡a bellaca!

Nise.

¿eso es prenderme con ella?

Príncipe.

y dile a Ariadna hermosa

Rosaura.

ya descubre mi tormento

Príncipe.

que aqueste agradecimiento

Salchichón.

aquí tuvo fin la glosa

Príncipe.

yo propio le he de llevar.

Pag. 54

Príncipe.

que aunque otro papel tenía

que le dieras, mi alegría

mejor le sabrá explicar.

a su vista.

Salchichón.

Sal que te quemas.

Nise.

pasares; que es imposible

que tu padre,

Príncipe.

Muy posible

será. Di Nise, no gastemos

Nise.

que esta noche iré.

Salchichón.

A ellos

me origina mayor pena

quien quitara la cadena

y te pusiera unos grillos.

Aparte.

Rosaura.

Que tanto sufra un agravio.

Nise.

Pues yo esperaré en la puerta.

Salchichón.

Salchichón alerta, alerta.

Rosaura.

Buscaré mi desagravio.

Salchichón.

Ahora faltan los extremos.

Nise.

Adiós señor.

Príncipe.

Adiós Nise.

Vase.

Salchichón.

Voyme, antes que me lo avise.

Vase.

Nise.

Esta noche nos veremos.

Príncipe.

Cuantas veces más le leo

se aumenta más mi esperanza.

Rosaura.

Malhaya la confianza

que goza tan mal empleo.

Silvio.

A un tiempo de dos males combatida

mi vida se miró con rigor fuerte,

pero ninguno fue bastante muerte

para acabar con mi temprana vida;

y fue porque esperaba otro homicida

que a vivir me quitase en mejor suerte.

Este es don César, ya me lo advierte

una evidencia tirana, y atrevida.

Si mi vida estimáis, no riguroso

sintáis más, que mi amor por ofendido

se dará, y estará de vos quejoso.

Pues si a los males no ponéis olvido

podrá en mí más ese dolor penoso

que lo que dos tormentos no han podido.

Con qué bizarro decoro

exagera mi pasión.

Rosaura.

Padece su fiel corazón

desprecios que desde hoy lloro.

Príncipe.

Con tan divino consuelo

se pudo el mal aliviar.

Sale.

Rosaura.

Sí, que de disimular

he de apurar el recelo.

¿Es poco?

Príncipe.

Rosaura mía.

Rosaura.

¿De qué? ¿Cómo os sentís?

Príncipe.

Cuando a verme vos venís

responde a mi alegría.

Rosaura.

Estimo mucho el favor

pero atendiendo después

Pag. 55

Rosaura.

al efeto juzgo que es

de causa más superior.

Aparte.

Príncipe.

Fuera descubierto agravio

si a tan gran Majestad

diera superioridad

hoy mi inadvertido labio,

pues respecto de mi amor

cuando por vos salud goza.

Cielos, suspira celosa,

no hay causa más superior.

Rosaura.

Muy bien la causa conozco.

Príncipe.

¿Y quién es la causa?

Rosaura.

Yo.

Aparte.

Príncipe.

Su voz el alma rindió.

Aparte.

Rosaura.

Sus recelos reconozco.

Que otra serlo no pudiera.

Príncipe.

Ni mi amor lo imaginara.

Aparte.

Rosaura.

¡Ay, si el corazón hablara!

Aparte.

Príncipe.

¡Ay, si la causa supiera!

Yo, señora, ahora pretendo

ver unos memoriales;

recogeos.

Aparte.

Rosaura.

Por mis males

ya tus traiciones entiendo.

¿Y vendréis presto?

Príncipe.

Infinito

será para mí un instante

en que no os vea el alma amante.

Aparte.

Rosaura.

¡Qué bien encubre el delito!

Pues adiós; pero avisaros quiero...

Príncipe.

¿Qué es lo que mandáis?

Rosaura.

Que si algo más os tardáis

he de salir a buscaros.

Príncipe.

No daré a ello lugar.

Rosaura.

Pues a Dios.

Aparte.

Príncipe.

El cielo os guarde.

Para mí un instante es tarde.

Vase.

Rosaura.

Mi agravio he de examinar.

Vase.

Príncipe.

Hermoso y radiante coche

es con sus luces bellas

y coros de alas y estrellas

pavellón de toda la noche.

Sale Saliento embozado.

Salchichón.

Pues que las sombras me ayudan

y he de dar cuenta de todo,

todo lo tengo de ver

pues que me cuesta tan poco.

Cuenta con la cuenta, aunque

con mucho temor mis lomos

de cierto yo los sé temer

un diluvio bien copioso

y no le pesará a nadie

por ser aun soplón, y que otros

se prevengan, que algún día

se les llegará lo propio.

Pag. 56

Salchichón.

Ahora bien, ella le dijo

que viniese y es notorio

que por aquí ha de pasar;

entre esta puerta me pongo

encubierto, por si alcanzo

a ver el fin del negocio.

Pónese hacia el lado izquierdo.

Nisse y el Príncipe por el derecho salen.

Nise.

Aquí, señor, esperad.

Príncipe.

Obligado reconozco

mi afecto a tanto favor.

Nise.

Servirte es el mayor logro

de mi interés.

Príncipe.

Mis finezas,

aunque con galas son corto,

sabrá pagar, Nisse hermosa,

cuando tanto fatigoso...

Nise.

Pues ansí, señora, vos, a avisarle.

Príncipe.

Triunfo heroico, por si alcanza el corazón.

Nise.

En eso de triunfos, yo os

apoyo, que aunque yo llevé

de vuestra venida el modo,

si no me ayuda la industria

ainas no lo repongo,

porque en mi amo hubo falta

a la jugada, mas como

tenía yo buenas cartas

pude llevármelo todo;

y siendo ansí que, perdida

ésta, en su condición noto

que haga renuncios, aunque pierda

contigo lo cariñoso,

mas vos con todo cuidado...

Por donde está sale Chichón debajo.

Salchichón.

O yo soy un poco sordo,

o por el aire oigo andar

un si es no es de un coquito.

Rosaura por donde salió el Príncipe.

Rosaura.

Ciega de un dolor tirano

y forzada de mi enojo

salgo por si evitar puedo

las traiciones de mi esposo;

por este cuarto ha de entrar

el aleve, y puesto que logro

el hallar la puerta abierta,

he de pasar por si toco

con la experiencia lo que

recelaron los ojos.

Ariadna por donde se fue Nisse.

Ariadna.

Tropezando en mil azares

camina mi honor absorto

cuando su esplendor se arriesga

Pag. 57

Ariadna.

entre asombros tiene bríos.

La luz dejé, aunque me culpe

el descuido, porque noto

que si la sacaran fuera

dar más luz al desahogo.

Un escollo es cada planta.

Hacia Salchichón.

Salchichón.

Parece que por los hombros

me hurgan. Si es algún diablo

y imagina que me ahorco

y quiere ser mi verdugo.

Encuentra con él.

Ariadna.

¡Príncipe y señor piadoso!

Salchichón.

De aquestos verdugos, muchos

tomarán en sus ahogos.

Todos aparte.

Ariadna.

Por no parecer grosera

y que ingrata correspondo

a vuestra fineza.

Salchichón.

¡Ay, Dios! Ya di en la tierra con todo.

Que soy el Príncipe juzgan

ánimas del Purgatorio.

¿Quién me metió en estos ruidos?

Si me conocen, al morro

juegan conmigo, si no

me desuellan como a zorro;

¿que pase un hombre de bien

estos sustos por un soplo?

Ariadna.

Solo por agradecer,

aunque arriesgo mi decoro...

Salchichón.

Decoro fuera mayor dejarme.

Ariadna.

Las leyes rompo de mi honor.

Salchichón.

Y mi cabeza. Pésele a los propios.

Nunca juzgué que llegase

a lance tan peligroso;

lo que falta es una luz

para llamarme dichoso.

Príncipe.

Como no vendrá Ariadna...

Rosaura.

Parece que pasos oigo.

Ariadna.

¿No habláis?

Salchichón.

Aquesto es peor

que si estuviera en un pozo.

Ariadna.

Si por no venir con luz...

Salchichón.

Dicho y hecho, por viento me

cien palos y puerta afuera.

Ariadna.

Os mostráis algo quejoso;

aunque culpen lo atrevido

los colores de mi rostro,

iré por ella.

Vase.

Salchichón.

No vais. Poeta de los demonios,

di que me esconda, ¿no hubiera

aquí para tal ahogo

un tonto de alguna dama

o una manga de un mogrollo?

Pag. 58

Salchichón.

Para delante de Dios

poeta, no te perdono

este susto, hasta el paño

que es encubridor forzoso

de escondidos estanques

se lo ha llevado el demonio.

Pero aquí topé un bufete

y pues no hallo otro modo,

aunque digan que de ajeno

me visto, debajo escondo

mis temerosas costillas,

y agora rueden los bolos.

Mientras Salchichón dice estos últimos versos, se va arrinconando abajo. Príncipe y Rosaura.

Príncipe.

¿Eres tú, mi bien?

Aparte.

Rosaura.

¿Qué escucho?

Esta es la voz de mi esposo,

que así mal logran se a ver

sus intentos cautelosos.

Príncipe.

Mas necia fue la pregunta,

cuando ya en mí reconozco

que esos resplandores son

pronósticos de tus ojos.

Sale Ariadna con la luz y se turba.

Ariadna.

Agora, señor, que la luz

tenéis delante...

Príncipe.

¡Qué asombro!

Ariadna.

¡Muerta estoy!

Aparte.

Salchichón.

¡Jesucristo!

Qué linda danza de monos,

esto estaba aquí encubierto,

si me cogen entre todos.

Aparte. Deja la luz sobre un bufete.

Ariadna.

Yo he de morir de pesar.

Aparte.

Rosaura.

Ya mis ofensas conozco.

Salchichón.

A estos les cogió la hora

como dijo cierto poeto.

Vase.

Rosaura.

Cumpla, señor, Vuestra Alteza,

como noble y generoso,

a lo que vino; que si

a buscaros salí ansioso

un recelo, como os dije,

no tardabais, y gustoso

os hallo, aunque sin vos vuelva

seguro ya mi decoro,

ya importa quedaros,

a más dulces soliloquios,

con más razón, y dejarme

a mí, a ver si es más honroso

quedar vos con esta dama

o ir yo con celos rabiosos.

Príncipe.

Aguarda, espera, ¿qué es esto?

Salchichón.

No es nada, como dijo Soto.

Ariadna.

Ya es pública mi deshonra.

Príncipe.

Y ya es mi delito notorio.

Pag. 59

Ariadna.

Injurióme con sus voces.

Príncipe.

Mátome su desahogo.

Ariadna.

Vos sois hombre y yo mujer.

Salchichón.

Lo mismo dijo Tolongo.

Ariadna.

Y yo sé el agravio más

por ser depósito heroico

del honor.

Príncipe.

No te adorara

si atrevimiento tan loco

no castigara.

Salchichón.

No es nada

si me pillaran el bulto.

Ariadna.

Y poderosa Rosaura.

Príncipe.

Mi enojo es más poderoso.

Ariadna.

Esa es para la princesa;

Príncipe.

¿Qué importa si yo te adoro?

Ariadna.

Yo soy quien lloro mi agravio.

Príncipe.

Yo tus sentimientos lloro,

y he de vengar esta ofensa.

Ariadna.

Y el peligro es forzoso.

Príncipe.

No me aconsejes.

Ariadna.

Es fuerza.

Príncipe.

¿Y tu honor?

Ariadna.

¿Y tu reposo?

Príncipe.

¿Y mi amor?

Ariadna.

¿Y mi peligro?

Príncipe.

¿Y mi dolor?

Ariadna.

¿Y mi esposo?

Príncipe.

¿Y tu fama?

Ariadna.

¿Y tu quietud?

Príncipe.

¿Y mi palabra?

Ariadna.

¿Y mi ahogo?

Príncipe.

¿Y mi castigo?

Ariadna.

¿Y tu padre?

Príncipe.

He de aventurar lo todo.

Salchichón.

Parecen gatos amantes

según los mimos que oigo.

Ariadna.

¿Que en efeto te resuelves?

Príncipe.

Tengo el agravio a los ojos.

Ariadna.

Pues aún no es tiempo.

Príncipe.

¿Por qué?

Salchichón.

Porque estamos en otoño

y matar sin frío ni

calentura es mal notorio.

Ariadna.

Yo te diré la razón

cuando yo me vengue y todo.

Príncipe.

Pues a tu elección lo dejo.

Ariadna.

Yo te avisaré.

Príncipe.

Conozco el motivo.

Ariadna.

Y yo le callo.

Príncipe.

Estaré con mil asombros

hasta lograr la ocasión.

Salchichón.

Y yo no porque ya la logro.

Ariadna.

A Dios, Príncipe.

Príncipe.

A Dios, prima.

Ariadna.

No olvides mis enojos.

Príncipe.

Como si yo soy la causa.

Ariadna.

Pues con esto basta solo.

Príncipe.

Ya aquel vaticinio, que

me sirve de mucho asombro.

Ariadna.

Ya me acuerdo. A Dios te queda.

Príncipe.

Y nos patrocine en todo;

Ariadna.

Sí hará, que es mucho el amor.

Pag. 60

Príncipe.

Y mucho más, Aogardio.

Vanse por ambos lados.

Salchichón.

Gracias doy a mi fortuna,

anda, ya con el demonio,

que con ser invierno salgo

resudado como un pollo.

Que estoy libre no lo creo,

¡Jesús, y qué fiero arrojo!

No más, en toda mi vida

me meteré en ser curioso,

y antes, que otra me suceda

esquivo, y en salvo pongo

mi persona, hasta que venga

mi amo; y eche todo.

Vase.

Sale el Rey, Octavio y acompañamiento.

Rey.

Con nuevas tan de mi gusto

se aumenta más mi alegría.

¿Sábese de cierto?

Octavio.

Graves

personajes lo atestiguan,

pero su real majestad

no haber tenido noticia

parece que duda ofrece.

Rey.

Es verdad, mas si se afirma

ser cierto o ya por correos

o por su persona misma,

y de los mayores triunfos

que las edades publican.

Ariadna y Nise al paño.

Ariadna.

Hasta aquí ha llegado, Nise,

el poder de mis desdichas,

no hay término a los tormentos

ni sosiego a las fatigas.

Nise.

Ignoro por dónde pudo

entrar.

Ariadna.

No me le repitas,

que solo de imaginarlo

me vendrá a costar la vida.

Nise.

No sé qué voces he oído

de tu esposo.

Ariadna.

Por oírlas

con verdad, más que de afecto,

solo sí de cortesía

vengo a visitar al Rey.

Salen.

Nise.

Pues mírale allí.

Rey.

¿Sobrina?

Ariadna.

Señor, si a tanto cuidado

como una ausencia anticipa

puede haber algún consuelo

que le alivie, la noticia

que de mi esposo tenéis

quisiera, señor, oírla.

Rey.

Solo consiste en las voces

la nueva, mas confirma

el valor de vuestro esposo

lo que aun no cierto se afirma.

Pag. 61

Al paño.

Rosaura.

Hoy espero la verdad de todo,

salgan mis iras, y sepa el Rey lo que pasó;

pero allí está mi enemiga,

disimular es forzoso.

Sale.

Rosaura.

¿Qué ocasión buscaré?

Rey.

¿Hijo?

Rosaura.

A los pies de tu Majestad

me tiene.

Aparte.

Nise.

Cómo se miran.

Míranse.

Aparte.

Ariadna.

Presente tengo mi agravio.

Aparte.

Rosaura.

Yo veré si se desvía.

Aparte.

Ariadna.

Aun no quisiera mirarla.

Aparte.

Rosaura.

Solo el mirarla me irrita.

Rey.

¿Y el Príncipe?

Aparte.

Aparte.

Rosaura.

Ya, señor,

con la nueva mejoría

que goza, por quien yo sé,

a costa de mis fatigas,

anda por esos jardines

entreteniendo la vista

el rato ocioso que tiene

a las audiencias.

Rey.

No implica

en su edad algún descuido

como implicara en la mía.

Aparte.

Ariadna.

Mi decoro está pendiente

de sus voces.

Aparte.

Rosaura.

Que me impida

un respeto que no debo

a no quejarme ofendida.

Aparte.

Ariadna.

Yo abreviaré los castigos

antes que su voz lo diga.

Rey.

Llamadle.

Va un criado.

Aparte.

Rosaura.

Que aquí estuviese.

Nise.

Yo apuesto que las dos niñas

si se cosieran a solas

fuera una comedia oírlas.

Sale el Príncipe.

Aparte.

Príncipe.

Señor, ¿qué es lo que me mandas?

Cielos, allí está mi prima.

Suena un clarín.

Rey.

Sobre aquellos memoriales

que en mi nombre el otro día

os dieron; pero, ¿qué ruido

es este que regocija

con bélicos alborozos

toda nuestra Monarquía?

Sale un soldado.

Soldado.

Si vuestra Real Majestad

quiere lograr con la vista

el mayor prodigio, que

hasta aquí el tiempo publica,

vuelva los ojos, señor,

verás al valiente Vivas

de sus contrarios triunfante.

Rey.

No perderéis las albricias.

Rosaura.

Y por el palacio entra.

Vivas y Salchichón al paño.

Vicias.

Es cierto lo que me avisas.

Pag. 62

Salchichón.

tanto como lo del oso.

Ap.

Vicias.

mi infamia están repetidas

en palacio, borraréla

aunque me cueste la vida.

disimula porque el Rey me espera.

Sale con algunos soldados.

Salchichón.

eso tú me avisarás.

Vicias.

a tus pies hoy, Señor, con nuevo aliento

te rindo por pequeño ofrecimiento

de una tirana luz tristes desmayos

porque esa como sol le inspire rayos.

Rey.

levanta, Vicias valeroso Atlante.

Ap.

Vicias.

no permitas, Señor, que me levante

pues a tus pies, a quien mi amor estima,

su grandeza a los astros me sublima.

mis dichas son testigos.

aquí veo, ¡ay honor!, mis enemigos.

Rosaura.

¿esposo de mis ojos?

Ap.

Vicias.

¡oh instrumento fatal de mis enojos!

Rosaura.

gocen mis brazos hoy tan nueva honra

Ap.

Vicias.

los míos no, pues solo ven deshonra.

Ap.

Príncipe.

yo, Vicias valeroso

de dolor no reposo.

quisiera entre estos lazos

que mayor premio hallarais en mis brazos.

Rosaura.

Príncipe, recibid en mi memoria

la enhorabuena de tan gran victoria.

Rey.

¿qué sucedió en la guerra?

Vicias.

pues merezco

el que me atiendas hoy, sabe que ofrezco.

Salí con toda tu gente

gran Señor, como mandaste,

a sosegar sediciones

y castigar deslealtades.

y siendo catorce mil

los combatientes, iguales

así en la caballería

como en los fuertes infantes,

todos hijos de su aliento,

o exhalaciones de Marte,

al acento de las trompas

y a los clamores de parche

dimos vista al enemigo,

quien pudiera retratarte

gran Señor, de aquesta guerra

la nunca copia de imagen,

pero cuéntenla los hechos

y las hazañas la aclamen.

Salió el atrevido joven

con un escuadrón tan grande

Pag. 63

Vicias.

de soldado, que excedía

aun casi a lo innumerable.

Puesto un campo, y otro enfrente

dan la señal de combate,

y el rebelde, revolviendo

con valor, e industria, y arte

su caballo, que aunque sea

enemigo he de alabarle,

se arrojó entre mis soldados:

en cuyo súbito instante,

trabada la escaramuza,

con estruendos formidables

de entrambas partes, se vido

por muy gran rato igualarse.

Entre la gran confusión

de muertes, y crueldades,

solo gemidos se oían,

nadie aún no conoce a nadie,

de tal suerte que unos y otros

entre confusión tan grande

ni saben con quién pelean

ni con quién batallan saben;

porque era tanto el asombro

de cuerpos que en tierra yacen,

que aquel que vivo se mira

considerando su imagen

y olvidando de su aliento

los espíritus vitales,

a vista de tanta muerte

se transformaba en cadáver.

Todo era horror, todo asombro,

allí entre rojos raudales

el aliento de la vida

llegaba al último trance;

y tantos a un mismo tiempo,

que es materia de dudarse

si siendo la muerte una

a tanta muerte bastase.

Entre este asombro indecible,

entre esta furia de Marte,

tan apretado me vide,

que ciego de mi coraje,

me entré por los enemigos;

¿no has visto rayo arrojarse

de esas etéreas regiones?

¿No has visto precipitarse

un peñasco de su asiento?

¿Un ave volar miraste?

Pues de aquesta misma suerte

Pag. 64

Vicias.

En un Pegaso arrogante,

sin exagerar mi furia,

fui rayo, peñasco y ave;

no reservaba el rigor

ni aun el ser más invulnerable,

que a lo voraz de mi furia

no apagase lo insaciable.

Adonde más el incendio

veía, me iba al instante,

y el fuego se suspendía

a costa de mucha sangre.

Desta suerte, sin haber,

Señor, de una y otra parte

esperanzas de victoria,

la sangrienta lid durable

se experimentaba, y viendo

que los dorados celajes

de la diáfana antorcha

iban cerrando la tarde;

rompí por los escuadrones,

siguiendo temeridades,

en busca de mi enemigo,

y vine, Señor, a hallarle

en ocasión que hacía

estrago traidor tan grande,

que, a no acudir el valor

de mi brazo en breve instante,

de los marciales alientos

no quedaran ni aun señales.

Llegué, apartando los míos,

y cogiéndole delante,

le dije: «Espera, traidor,

suspende ya los fatales

impulsos con que aniquilas

vidas que no han de importarte.

Y pues logramos la dicha,

yo de hallarte, y tú de hallarme,

trofeo heroico te ofrece

la ocasión, llega arrogante;

y esos impulsos crueles

conmigo más se afiancen;

pero si quieres, convencido

de la razón que te embate,

se defina, antes que llegue

a más peligroso lance:

da la obediencia a tu Rey».

«Que es obediencia más fácil,

me respondió, se verá

de ese imperial baluarte

desasirse las estrellas

y el sol negar los raudales».

Pag. 65

Vicias.

de luz, que mi altivez

se sujete a tal ultraje

y así a las ejecuciones

te reduce, no al lenguaje,

que obras sí, palabras no

en aquesta ocasión valen.

Y queriendo proseguir

el triunfo, porque neutrales

las dichas se retardaban

todavía entre los bates;

le dije, pues que conoces

la importunidad que traen

las sombras para dar fin

a tan sangriento combate,

retira tu campo hasta

que vuelva a desenlutarse

el Sol, quizás de haber visto

tan tristes fatalidades.

Sin que colijas de aquesto

que soy tímido, o cobarde,

que si no, sigue la lid

y dure lo que durare.

Respondió: bien dices, y no quiero

que tú en esto me aventajes,

pues lo doy por admitido,

y más, que porque no pasen,

como ves, a más destrozo

nuestros campos; y que alcances

tú, o yo, aplausos más insignes

para un público certamen

de armas, en que cuerpo a cuerpo

nuestros esfuerzos batallen,

te desafío, ahora elige

en breve lo que gustares.

Eso mismo, que parece

os previno mi dictamen,

le dije: y dando señal

de acogida a lo restante

de mi gente, y de la suya,

corrió la voz, y al instante,

retiradas pues las tropas,

lugar en que descansasen

se concedió, y en el día

(aquí importa escucharme)

que para tan gran facción

se previno, de ambas partes

los campos se dispusieron,

ceremonias militares

que los pactos condicionan

en ocasión semejante.

Por las puertas de un palenque

Pag. 66

Vicias.

hecho para casos tales

entró el soberbio enemigo

sobre un caballo arrogante.

Tan galán señor venía

con el lucido ropaje

de que adornó su persona,

por ser de oro los esmaltes,

que pareció que salía

no a hacer de su esfuerzo alarde,

sino que solo venía

gran señor a desposarse.

Lanza y adarga sacó,

en cuya punta brillante

enarboló un blanco velo,

y escrito en su breve margen:

«O corona, o valor

en academias marciales».

Al aviso que me dieron

salí, sin embarazarme

en galanas ceremonias

ni aderezados ropajes,

que eso es bueno a las conquistas

de Venus, no a las de Marte.

Tomé un alígero bruto,

monte hermoso de azabache,

hijo adoptivo del fuego,

aborto de los cristales,

exhalación de la tierra,

del Euro, alumno agradable,

tan arrogante en lo hermoso,

tan airoso en lo arrogante,

que siendo cuatro elementos

quien constituye sus partes,

por verle cada uno de ellos

a su ser tan semejante,

en su competencia forman,

por ver cuál ha de llevarse,

de tan no visto prodigio,

el cognomento de padre.

Uno por fuego guerrea

en lo activo, en lo insaciable;

otro por agua; la tierra

en su firmeza; en lo fácil

el viento; pero al mirar

en él estas propiedades

tan bien dispuestas, parece

que decía su semblante:

«Ni aire, ni tierra, ni fuego,

ni agua tienen en mi parte

de adopción, sino se adornan

de más superioridades,

pues para no ser en mí

en los efectos formales

Pag. 67

Vicias.

más que fuego, más que tierra,

más que agua, más que aire;

ni soy adopción del fuego,

ni aborto de los cristales,

ni exhalación de la tierra,

ni de Juno alumno agradable,

sino aliento de mí mismo,

y hijo de mi propia imagen.

En este, pues, al palenque

me acerqué, y luego al instante,

por las etéreas campanas,

resonaron los metales.

Entré dentro, y revolviendo

la vista hacia todas partes,

se embarazó de tal suerte

al ver confusión tan grande,

que aun no termino los fines

del concurso inexplicable.

Puestos uno y otro enfrente,

la señal al punto hacen,

revuelvo presto el caballo,

al mismo tiempo parte,

dándonos tan fieros golpes

de lanza, que los remates,

sin ofensa de los dos,

fueron despojos del aire.

Y arrancando valerosos,

uno y otro de su alfanje,

comenzamos tal estruendo

que al ver los brillantes

resplandores que arrojaban

los aceros arrogantes,

encubrió de sus reflejos

los incendios naturales,

como quien dice envidiosos,

al ver resplandores tales:

«Deteneos, deteneos,

pues si tenéis todo el ultraje,

que a vista de aquestos soles

vuestras luces falta no hacen».

Invencible mi enemigo,

y yo también insuperable,

sin menoscabo seguimos

casi tres horas de tarde,

hasta que ya, o por fortuna

o industria, sin alcanzarle

desquite, me dio una herida

pequeña, pero bastante

a infundir más nuevamente

de mi rencor el coraje,

los no olvidados alientos,

puesto de advertir su sangre.

Pag. 68

Vicias.

de ajeno rigor vertida

pide: mas dígalo el lance.

No hubo, señor, la cuchilla

bordado con el esmalte

purpúreo: llover vio arroyos

cuando sin poder librarse

me abracé con él de forma

desde el bruto, que sin darle

libertad a su valor,

los movimientos vitales

tanto le oprimí, que el alma

siendo aún más sutil que el aire,

puro espíritu, no hallaba

salida del que cadáver

casi traía, con que fue

menester para matarle

no ahogarle como a otros

sino antes desahogarle

para que entrara la muerte

y la vida le dejase.

Desta suerte, gran señor,

satisfice aquel desaire

cuyo difunto valor

sobre el bruto quedó inhábil,

a las vitales acciones;

no al parecer; que neutrales,

al verle sobre la silla

tumba triste y lamentable,

los ojos no se creían

de si yace, o si no yace,

hasta que viéndose el bruto

sin ningún uso o gravamen

del freno arrojó en la tierra

de su señor el cadáver.

Al ver muerto a su caudillo

comenzaron los secuaces

a interrumpir el seguro,

y al punto mis capitanes

aclamando la victoria

sosegaron los audaces

atrevimientos, rindiendo

la obediencia su vasallaje.

Esta es, señor, mi fortuna,

porque tu poder se ensalce

porque tus aplausos vuelen

porque tus glorias se canten

porque tu grandeza reine

porque tu piedad se alabe

porque tu justicia asombre

porque tu corona alcance

más engastes que la adornen

más triunfos que la realcen

y porque tu nombre viva

Pag. 69

Vicias.

en láminas de oro y jaspes,

con dignas aclamaciones

en las futuras edades.

Rey.

Llega a mis brazos otra vez, que crio

a los méritos míos de Trofeo,

pues corto ofrecimiento,

siendo más digno su merecimiento.

Vicias.

En ellos, gran Señor, con nueva gloria

se hace más plausible mi victoria.

Rey.

Príncipe, a descansar podéis entraros.

Vicias.

Antes, Señor, quería declararos

cierto secreto que pese ya al labio,

pues corresponde a un triunfo tal agravio.

Rey.

Despejad todos.

Rosaura.

Contaré mis celos

en saliéndose Vicias.

Ariadna.

¡Ay, recelos!

Con el Rey quiere hablar, he de escucharlos.

Vete tú, Nise.

Vase.

Nise.

No hay sino dejarlos.

Príncipe.

Ven, esposa.

Rosaura.

No tengo confianza.

Vanse.

Príncipe.

¿Cuándo será ocasión de mi venganza?

Vase.

Salchichón.

Pues que yo salga de la fatiga,

prosígala mi amo, o no prosiga.

Quédanse el Rey, Vicias y Ariadno al paño.

Rey.

Ya estamos solos, hablad.

Vicias.

Sí haré, Señor, aunque olvide

que referido un agravio

mayor se hace, y más sensible;

breve será llaga que esta,

porque el pesar no se alivie

mientras le digo, que no

busco alivio, solo elige

el corazón que se ahogue

al paso que se repite.

Mi honor, Señor, qué crueldad

sin aquel adorno vive

que seguró la memoria

de victorias tan insignes,

perdido está. ¿Quién pudiera

buscarle, a suerte infelice,

que queda más en respecto

que un honor? Caso terrible.

Yo me casé, gran Señor,

mas no sabe, ya lo dije,

con quién, que si adivinaran

los ojos cuando se rinden

fuera fácil evitar

deshonras que al alma afligen.

Comenzaron mis recelos,

reduciéronse a infelices

verdades. Supe la causa,

y pues tan bien la supisteis,

remedio os supliqué entonces.

Pag. 70

Sácalo.

Mírele.

Dásele.

Vicias.

que pues es suyo, os lo hicisteis,

pero de principios malos

pocos vieron buenos fines.

Una ausencia me esperaba

forzosa, mas al partirme

el consuelo que me dieron

para mis memorias tristes

fue el papel de mi deshonra.

Este es, sus líneas conformen

dudas de una Majestad

si la audiencia lo admite.

Este es el testigo aleve

de mi afrenta, este es

de mi descrédito, este

es quien mis glorias impide.

No me averigüéis, Señor,

de dónde pudo venirme,

que lo que permite el cielo

no es bien que acá se averigüe.

No es tan secreto este agravio,

porque mi voz le repite.

Confórmenle los criados

y Rosaura lo atestigüe.

Miralde muy bien, miralde,

de manera que os incite

al castigo, mientras yo

dispongo, Señor, el irme

a mi estado, que ha de ser

luego, y mirad no origine

la ausencia mayores males,

porque tengo por factible

que mi honor desesperado

atrévase, tan infelice,

ejecute lo que yo

en otra ocasión os dije.

Vase.

Rey.

Cielos, esperad, ¿quién vido

mayor confusión?

Lee el Rey, mientras dice Amad.

Ariadna.

¡Ay, triste!

¿Podrán contra mis pesares

mayores males oírse?

El papel, pero no en vano

aquí mis dudas avivan,

como en su poder está;

lo que me importa es que evite

un desvelo que me ofende

y una muerte que me sigue.

Ya llegó la ocasión

de mis intentos; arriba

una traición este pecho

que el corazón me reprime,

antes que aquel sueño infausto

sus efectos verifique.

Vase.

Rosaura al paño.

Pag. 71

Rey.

manifiesto es el agravio.

Sale.

Rosaura.

antes que el dolor se olvide

que hay agravio, tan cruel

que aun a su ídolo se remite:

hablaré al Rey: solo está

Señor?

Rey.

no será posible

el poder disimular.

al paso del Rey.

Príncipe.

Siguiendo sus pasos vine:

he de saber lo que intenta

triste a solas.

Vase.

Rosaura.

ya no impide

Señor tanto su tormento

una afrenta tan terrible

como un temor reconoce.

Si un grave pesar colige

de hijo, mas para qué

otro motivo elige

el discurso a las palabras

sus traiciones autorizan

la propuesta que podía

anteceder; qué mal hice

al negar a la experiencia

lo que ya es incorregible

y pues a esto no hay remedio

a esto es bien que se aplique

con más cuidado advirtiendo

que de este agravio prosigue

hay un padre que me ampare

hay un Dios que castigue

hay una razón que venza

y un honor regio que anime.

Rey.

Señora mirad; qué es esto

que tan cruel me persigue?

Vase.

Príncipe.

vive Dios que ha declarado

su agravio y antes que obligue

el ruego, iré a Ariadna:

esta nave se va a pique

fuerza es ponerle remedio.

Vase.

Rey.

ya es bien que aquí solicite

con el castigo la enmienda

mas dilaciones no admita

la execución, deme Cielos

acierto en lo que imagine.

Sale Ariadna por un lado, y el Príncipe por otro.

Ariadna.

que no halle al Príncipe?

míranse.

Príncipe.

Cielos, que con mi Prima no encuentre.

Ariadna.

Príncipe?

Príncipe.

Ariadna.

Ariadna.

yo

te buscaba;

Príncipe.

y yo;

Ariadna.

qué quieres?

Príncipe.

grande ahogo,

Ariadna.

no es posible, que le halles más fuerte

que a mí.

Príncipe.

no puede ser.

Ariadna.

Cómo si aguardo una muerte.

Pag. 72

Príncipe.

Como si espero un castigo...

Ariadna.

¿De qué suerte?

Príncipe.

Desta suerte.

Rosaura contó a mi padre

lo que es bien que no te cuente.

Ariadna.

Mayor es mi mal, pues vivas

con sospechas evidentes,

el papel que aquella noche

se me perdió...

Príncipe.

¿Quién le tiene?

Ariadna.

Tu padre, que él se le dio.

Príncipe.

¿Pues él cómo pudo?

Ariadna.

Advierte

que el sueño salió verdad,

y lo que resta es mi muerte.

Príncipe.

Viviendo yo, es imposible.

Ariadna.

¿Cómo no, cuando previene

ausentarme de tu vista,

y ya la licencia tiene?

Príncipe.

Pues al último remedio.

Ariadna.

¿Y cuál es?

Príncipe.

El que detienes

hasta mejor ocasión.

Ariadna.

Pues no hay otra más urgente.

Príncipe.

¿Te resuelves a mi intento?

Ariadna.

¿Y tú al mío te resuelves?

Príncipe.

¿No ves que temo un castigo?

Ariadna.

¿No ves que aguardo una muerte?

Príncipe.

Pues mueran nuestros contrarios.

Príncipe.

Pues mueran estos aleves.

Ariadna.

Cuidado con la ejecución.

Príncipe.

Eso mi afecto te advierte.

Ariadna.

Vaya mi agravio contigo.

Príncipe.

Mi ofensa presto te lleve.

Al ir a entrar suena un instrumento y se queda cada uno mirando a un lado.

Ariadna.

Pero un instrumento suena.

Príncipe.

Pero, ¿qué instrumento es este?

Nise canta.

Nise.

Corazón mal conocido,

déjame, ingrato, vivir;

porque, si cruel me matas,

los dos hemos de morir.

Ariadna.

Cielos, ¿qué voz es aquesta?

Príncipe.

Cielos, ¿qué acento es aqueste?

Ariadna.

Parece que habla conmigo.

Príncipe.

Que habla conmigo parece.

Ariadna.

Quiero volverme, ¡ay de mí!

Príncipe.

¡Ay de mí!, quiero volverme.

Los dos a un tiempo.

Príncipe.

¿A qué vuelves, Ariadna?

Ariadna.

Y tú, príncipe, ¿a qué vuelves?

Príncipe.

¿Oíste acaso esa voz?

Ariadna.

No fue acaso, pues me advierte

lo que puede suceder

en riesgo tan evidente.

Pag. 73

Príncipe.

¿Quién puede ser? Ariadna, esta, escribe,

que todas las noches suele

entretenerse a estas horas,

y ahora misterio parece.

Príncipe.

¿Y te suspende esa voz?

Ariadna.

¿Y a ti esa voz te suspende?

Príncipe.

No, porque nunca hice caso

de dudosos accidentes.

Ariadna.

Ni yo tampoco.

Príncipe.

Pues sigue

tu dictamen, no se llegue

a saber esta traición.

Ariadna.

Vuelvo, en fin.

Príncipe.

Mi aliento vuelve.

Canta.

Voz.

Atrevido corazón,

pues has sido tan civil,

yo te mataré primero,

porque no me veas morir.

Príncipe.

Ya no me mueven azares.

Ariadna.

Ya presagios no me mueven.

Príncipe.

Muera quien mi amor agravia.

Ariadna.

Muera quien así me ofende.

Vanse cada uno por su lado, y por ambos lados por más desviados salen Rosaura, y Vicias cada uno con su luz.

Vicias.

Incauta mariposa

que mi muerte procuro,

en busca de mi esposo

mis pasos apresuro;

o permita la suerte

no encuentre, o encontrarla con mi muerte.

Rosaura.

El juicio alborotado

con un triste desvelo,

irrita a mi cuidado

a apurar el recelo,

o permita el cielo

no lo asegure hallando aquí a mi esposo.

Vicias.

El corazón turbado

no sé qué pronostica.

Rosaura.

Mi aliento amedrentado

no sé qué significa.

Los dos.

Si bien el alma advierte

no sé qué fantasías de la muerte.

Vicias.

Sigo en fin el deseo.

Vense los dos

Rosaura.

Al desengaño aspiro.

Vicias.

Pero, ¡Cielos!, ¿qué veo?

Rosaura.

Pero, ¡Cielos!, ¿qué miro?

¿Príncipe a aquesta hora?

Vicias.

¿Tan tarde en este sitio, vos, señora?

Suenan pasos

Rosaura.

Mira qué gente viene.

Vicias.

Mira qué pasos siento.

Pag. 74

Rosaura.

Pues aquí te detiene

mientras pasa;

Vicias.

a tormento

mata la luz, fanal de los sentidos,

para que no seamos conocidos.

Escóndense en medio. Salen por los lados el Príncipe y Ariadna con luces y dagas desnudas.

Ariadna.

Ciega y desesperada,

tropezando entre azares,

sin verme asegurada

de mis fieros pesares,

me vuelvo a ver si encuentro

a quien es de mi vida el firme centro.

Príncipe.

De mi cólera ciego,

cual desesperado,

sin apagar el fuego

que avasalla mi cuidado,

me vuelvo a ver si veo

a quien triunfa de todo mi deseo.

Ap.

Vicias.

Cielos, ¿qué será aquesto?

Vense.

Príncipe.

Ariadna hermosa.

Ariadna.

Príncipe, ¿qué has dispuesto?

Príncipe.

No he hallado a mi esposa.

Ariadna.

Ni yo a mi dueño he hallado,

que por esto su muerte se ha tardado.

Rosaura.

Cielos, ¿qué es lo que he oído?

Príncipe.

A este cuarto me sigue.

Vicias.

¿Qué es esto que he sentido?

Príncipe.

Porque no se fatigue

tu hermosura.

Vanse juntos.

Ariadna.

Ya os sigo.

Salen.

Vicias.

Aquí a la venganza y al castigo.

Rosaura.

¿Oíste sus intentos?

Vicias.

Ya escuché sus traiciones.

Rosaura.

Pues salgan tus alientos

a tantas sinrazones.

Vicias.

Huye de aquí, Rosaura.

Rosaura.

Aunque me ofenda hoy, tu honor restaura.

Vicias.

Ya descubrí mi afrenta.

Rosaura.

Ya conocí mi agravio.

Vicias.

La venganza me alienta.

Rosaura.

Muéveme el desagravio.

Vase.

Vicias.

Y que fue mi deshonra,

he de morir para vivir con honra.

Vase.

Rosaura.

Irme al Rey intento

a contarle este caso,

antes que con lamento

se mire algún fracaso

con tantas crueldades;

¡oh, malhaya quien fuerza voluntades!

Pag. 75

Sale Ariadna huyendo con una luz que pondrá sobre un bufete y, dichos los dos versos, se vuelve a entrar.

Ariadna.

Valedme, cielos piadosos,

¡ay de mí!

Vicias tras della.

Vicias.

Espera, traidora,

que he de borrar con tu sangre

las manchas de mi deshonra.

Vuelve a salir Ariadna.

Ariadna.

¿Adónde me ocultaré

cuando no hay quien me socorra?

¡Príncipe! ¡Primo!

Vicias tras della.

Vicias.

Ya en vano

ajena piedad invocas

cuando el agravio te hace

incapaz de que te oigan;

y así, pues tan cruelmente

correspondiste a la heroica

acción, hoy tu ingratitud

es quien la venganza toma.

Dale con la daga.

Ariadna.

Muerta soy, ¡válgame el cielo!

Sale el Príncipe.

Príncipe.

¿Qué es esto?

Vicias.

Señor, mi esposa

con este acero que veis...

Príncipe.

¡Ah, tirano! ¿Desta forma

quieres encubrir tu traición?

Vicias.

Vuestra Alteza reconozca

la razón.

Desenvaine y lance.

Príncipe.

Has de morir.

Vicias.

Mi persona

defiendo, que si Vuestra Alteza,

¡vive Dios!, no se reporta...

Príncipe.

¿Qué has de hacer, cobarde?

Vicias.

¿Qué?

Morir por vivir con honra.

Éntranse riñendo.

Príncipe.

¡Ah de mi guardia! ¡Soldados!

Sale Soldado.

Soldado.

No hay gente que los socorra.

Dentro el Rey.

Rey.

¡Acudid todos!

Dentro Vicias.

Vicias.

Pues logro

ocasión tan prodigiosa,

entera satisfacción

he de dar de mi persona.

Riñen.

Príncipe.

Muerto soy.

Sale el Rey.

Rey.

¡Grande desdicha!

Sale Rosel.

Rosaura.

¿Qué es lo que escucho?

Sale Vicias herido con los soldados, y cae.

Vicias.

No importa morir.

Cae.

Rey.

Apartad, ¿qué es esto?

Soldado.

Señor, que al Príncipe ahora

deja muerto.

Rosaura y Rey.

¿Qué decís?

Vicias.

Y también a mi señora.

Rosaura.

¡Cruel castigo!

Rey.

¡Matadle!

Vicias.

No es menester, que ya ahogan

los mortales parasismos

mi vida, y pues la congoja...

Pag. 76

Muere.

Vicias.

no da lugar al descargo.

Vuestra Majestad conozca

que no soy causa en la muerte

del Príncipe, pues su loca

pasión por matarme a mí

así se la dio; y pues logra

mi nombre en esta venganza

de los tiempos la memoria,

quise morir, porque sobre

mi fúnebre pira pongan:

«no aquí yace, sí aquí vive»,

para que tan rara historia

dé admiración a los siglos,

llegando a ver en su copia

que muerto, mi fama vive;

pues supe, en acción heroica,

por satisfacer mi agravio,

morir por vivir con honra.

Rosaura.

¡Qué lástima!

Rey.

¡Qué dolor!

Rosaura.

¡Qué tormento!

Rey.

¡Qué congoja!

Nise.

¡Ay, señora de mis ojos!

Salchichón.

Solo lo que falta ahora

es que yo dé muerte a Nise

porque no acabe con vida.

Nise.

Hora mala para vos.

Rey.

Desdicha tan lastimosa

se me coge, no de susto;

y mientras que se dispongan

los sepulcros a los tres,

esperaréis vos, señora,

y luego a otros estados

enviaré vuestra persona,

quedando yo solo y triste

a sentir tantas zozobras.

Rosaura.

También será eterna en mí

de este pesar la memoria.

Salchichón.

Y aquí tiene fin, señores,

Morir por vivir con honra,

ofreciéndoos el ingenio,

si esta vuestro agrado logra,

otras muchas, y si no,

dará de mano a las obras.

Fin.