Texto digital de Morir por vivir con honra
Data de publicação: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Morir por vivir con honra. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/morir-por-vivir-con-honra.
MORIR POR VIVIR CON HONRA
Pag. 1
T García
Comedia en 3 jornadas - Leg. 10 S. - 7 14
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+
Morir por vivir con honra
2
Legajo 2º, Número 3º
Jornada primera
Pag. 3
Personas.
Vilias. V.
El Rey de Creta.
El Príncipe su hijo.
Octavio, capitán.
Salchichón, gracioso.
Un embajador.
Ariadna, dama 1ª.
Rosaura, dama 2ª.
Visecrea.
Soldados.
Músicos y acompañamiento.
Sale el Rey, su hijo, Ariadna, Visecrea, Soldados y Músicos.
Al templo venid a ofrecer a los dioses
el debido culto,
que si es víctima sacra en sus aras
voraz alimento ha de ser con tributo.
Vasallos de esta corona,
fiel, noble y leal concurso,
que entrambas obligaciones
cumplís con el celo justo:
ya sabéis cómo a Ariadna,
que presente está, le cupo
la suerte de tributaria
a los dioses, para el bruto
horrible, que en cada un año
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aguarda aqueste tributo
y siendo tan de mi parte
el dolor, que infausto trujo
este suceso, envié
a reinos diversos nuncios
con su retrato, ofreciendo
a quien alcanzare triunfo
contra la fiera, su mano
y de Corinto el augusto
señorío y mando, como
a princesa y dueño suyo.
Y aunque es verdad que también
solicité que este injusto
feudo se desapropiase
de aquesta corona, juzgo
no ser voluntad del cielo
se defraude el instituto
que nuestros antecesores
consagraron, pues ninguno
de cuantos se han arriesgado
vencer ha podido al bruto.
Y siendo, según precepto
de las leyes, ya concluso
el término, y que no hay
remedio a tanto infortunio,
en los recientes altares
de el gran Júpiter y Juno
esta racional ofrenda
(¡bien lamentable abuso!)
entremos a consagrar,
volviendo a repetir juntos:
Al templo venid.
Repiten la música, vanse, y el Príncipe detiene a Ariadna.
¿Qué solicitas a costa
de mi muerte, tan por justo precipicio?
Mal me pagas el favor, cuando rehúso
que tú mueras.
No es morir, si es en tu defensa, juro.
Si acreditarte pretendes,
es demás cuando no dudo tu voluntad.
Esto es fuerza.
Y en mí también esto es justo,
y en ti rigor.
Es piedad.
Mucho pierdes.
Logro mucho.
¿Y tu padre?
¿Y tu peligro?
¿Y el reino?
Y mi amor.
¿Y el vulgo?
Nada me estorba.
Pag. 5
¿Que en fin te resuelves?
Sí, a que juntos
hemos de morir los dos
si del bárbaro no triunfo.
Ruego a los dioses, quiero
sea oráculo tu anuncio.
Cierto será cuando veas
cómo la palabra cumplo.
Vanse, y vuelven a salir como antes con todo el acompañamiento. Los músicos cantan y se descubre un altar en que se pondrán todos de rodillas.
Deidad sacra, entre los dioses
superior, dueño absoluto
de cuanto tu regia mano
del caos a su ser redujo;
yace ante tus sacras aras
este natural dibujo
de tu poder, esta ofrenda
racional, este tributo,
que suerte y obligación,
forzoso uno y otro justo,
piden cuya aceptación
esperamos en anuncios
sonoros, que pues es tanto
el dolor, será más mucho
si del mérito el aplauso
falta a tu brazo augusto.
Suena un clarín.
Antes, señor, que ejecute...
¿Qué estruendo es este que escucho?
Sale un Soldado.
Aquí, gran señor, aguarda
un hombre salvo conducto
para hablarte.
Vase.
Dile que entre.
No sé qué males presumo.
Salen Vicias del camino, y Salchichón con una cabeza de gigante.
Buen ánimo.
A tus pies reales,
gran señor, no por tributo
de mis victorias te ofrezco
aqueste pequeño triunfo.
Y yo también, porque triun-
fo, no sé qué de hacer vencido.
Aparte.
¡Desdichas! ¿Qué es lo que veo?
Aparte.
¡Pesares! ¿Qué es lo que escucho?
¡Ah, dioses! ¿Qué es lo que toco?
Aun mirándolo lo dudo.
Alzad, héroe valeroso,
decid quién sois, que el seguro
de mi palabra ofrezco.
Pag. 6
sin faltar a el instituto
de mis leyes infiriendo
a quien debo bien tan summo.
Pues tu Majestad atienda,
salvo rey, Monarca augusto,
el suceso más extraño
que ilustrar con luces pudo
la vaga región del aire
esse planeta purpúreo.
Mi nombre es Vicias:
Advierto, que no es el que mató Turno
como Virgilio lo afirma
en su Eneyda, y si de el Bruto
hacer del pareciere
el retrato, en mejor rumbo
de otro ydioma podrá verlo
como es símil el asumpto
esto supuesto por cierto
prosigue agora el discurso.
Mi nombre es Vicias, mi nación troyana,
mi padre fue Alcanio, mi madre Hierca
de sangre tan ilustre y soberana
que puede competir de esfera a esfera:
murió mi madre flor nítida temprano
en ramas de dorada primavera,
murió también su esposo, amado padre,
con que no conocí padre ni madre:
de dos lustros el nuestro estandarte
vi mover contra un pueblo comarcano,
y yo siguiendo a el valeroso Marte
en su templo me ofrezco soberano
donde aprendí también su heroico arte
que fui terror muy presto del tirano:
pero quede mi voz en esto corta
y paso solo a lo que más importa.
Capitán general me hallaba cuando
llegaron nuncios de dolor rendidos
el instituto pío publicando
en un día feliz en quien unidos
estábamos a el Dios sacrificando
holocaustos por dones recevidos
y entregando el retrato al mando del mundo
no aguardo en este ymperio a ser segundo.
Dispongo mi viaje sin tardanza
de tan heroico zelo provocado
visto el amor y alegre confianza
en el triunfo a que aspira mi cuidado
y con valor desvelo y esperanza
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Mi patria dejé; tomo este criado,
y en un bello alazán la senda sigo
en busca de aquel bárbaro enemigo.
De un monte la soberbia arquitectura
comencé a discurrir con gran cuidado,
y admirando de peñas la estrechura
a un roble mi caballo dejo atado;
subo, y con lentos pasos la espesura
examino, y al fin descubre un prado,
y entre dos arroyuelos cristalinos
hecha una alcoba de gigantes pinos.
Era su arco de soberbias peñas,
la entrada dos peñascos componían,
la senda oscura de intrincadas breñas,
tinieblas solo al parecer lucían;
y sacando evidente por las señas
que a mis dudosos pasos dirigían,
que fuese aquel albergue del tirano,
con ánimo me arrojo más que humano.
Por él entré con bárbara osadía,
en cuyo cerco y vegetable muro
hallé la noche porque perdí el día,
mientras sin luz pasé el carril oscuro.
Volviome a amanecer porque salía
a un espantoso valle y mal seguro;
echo la vista aquí sobre unas peñas,
pero mejor te lo dirán las señas.
Un animado escollo sobre un monte,
uno de miembros empeñado risco,
en lo cruel tirano un Creonte,
en el mirar sangriento basilisco,
en el ceño perjuro Laomedonte,
en lo tremendo roca y obelisco,
tan alto que sentada su fiereza,
de vista se perdía la cabeza.
Argos del prado horrores bostezando,
viome, y los gruesos miembros destendiendo,
dos escollos profundos fue arrancando
en los pies, y dos pinos revolviendo
en los brazos, y en ellos estribando
al primer móvil casi que subiendo,
pues puesto en pie me pareció que era
puntal viviente de la azul esfera.
Quedose aquella torre organizada,
hecha atalaya de uno y otro polo,
cuya soberbia en nadie imaginada
aun fue de las regiones Mausolo,
y con la sombra nunca comparada,
por ser en él imaginada solo.
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fue resistiendo el rayo ardiente y tierno,
y a una águila sol del universo.
Dio un paso hacia mí, y aunque distante
le descubrí al segundo movimiento,
se me puso el ejército delante
causando su soberbia horror al viento,
tembló la superficie y mal sonante
un terremoto, siendo cada acento
toro a embestir, sirviendo sus temblores
de pífanos, clarines y tambores.
A lo supremo de un escollo acudo
para con él ponerme frente a frente
y tomando una peña por escudo,
y por esto que un pino fácilmente
bajar alas de sí mesmo pudo,
y con destreza y ánimo valiente,
vertiendo por la vista horror y saña,
suertes representa en la campaña.
Esgrime el tronco como arista leve,
y mi temprana muerte procurando,
para herirme, con él veloz le mueve;
mas yo, diestro, sus golpes malogrando
me defendía, y el cruel y aleve,
escudo y lanza con furor tirando,
un risco arrancó entero, y con asombro
dél hizo Atlante a sus soberbios hombros.
Con él estribó un rato y, desde adentro,
el espíritu fuerte recobrando,
y el suelo oprimiendo hacia el centro
la tierra en que los pies tuvo estribando,
casi a un lado apartó con el encuentro
el sitio donde yo estaba esperando;
cuyo golpe al monte y lo restante
temblando se quedó por largo instante.
Húrtele el cuerpo y póngome en el muro
al suyo superior, con ligereza
subir pretende, pero yo procuro
estorbarle el intento, y con presteza
tirándole peñascos me aseguro
que triunfe de mi vida su fiereza,
e irritado de verme tan valiente,
intenta temerario lo siguiente.
Del risco donde estaba yo, se abraza,
y la soberbia cumbre estremeciendo,
del centro con furor la despedaza;
pero yo, media peña previniendo,
viendo que tanto riesgo me amenaza,
tiréselo a los pies y, ambos hendiendo,
Gigante, risco y yo, como Faetonte,
todos rodando fuimos por el monte.
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Cayó sobre él el edificio fuerte
como estaba inferior de la alta cumbre,
y yo por cierta colegí mi muerte
al admirar la inmensa pesadumbre;
mas previniendo al cielo dicha y suerte,
antes que tanto horror me desalumbre,
senda aunque trabajosa abrió al cuidado
por donde pasar pude al otro lado.
A este tiempo, señor, el fiero bruto,
taladrando con pies, cabeza y brazo
el eminente escollo ya diruto,
tiraba a un lado y otro los pedazos;
pero como era tanto el resoluto,
los mismos le servían de embarazos,
y batallando con su aliento mismo,
esperaba el postrero parasismo.
Llegué con el espada, y por el pecho
que acaso descubrí di puerta al alma,
quedando su cadáver ya deshecho,
inánime el aspecto, el brío en calma.
Libre de él fui a vos, y satisfecho
viva Su Alteza, pues logró la palma
que hoy dedica a sus pies con nueva gloria
quien por ella alcanzó tan gran victoria.
Este es, en fin, mi nacimiento y fama,
y el trofeo, señor, que he conseguido,
sin más realces que mi estirpe aclama
ni otras más lides en que habré venido,
al cumplimiento la promesa llama;
y el premio, aunque de mí no merecido,
logre al fin de este triunfo mi deseo,
más heroico y magnífico trofeo.
Pues así darás motivo a que cante
la fama con sus célebres clarines
tus glorias, porque siempre se adelante
tu gran poder, y así cauto con festines
asegurando en ti siempre triunfante
en tus intentos memorables fines,
y yo a tus pies que mi humildad aclama
dicha, piedad, amparo, vida y fama.
Llega, Viciás valeroso,
por tan heroico trofeo
a mis brazos, aunque creo
que a triunfo tan prodigioso
es corta satisfacción,
porque aunque en el deseo exceda,
para el mérito se queda
siempre con la obligación.
La palabra que ofrecí
autorizo nuevamente
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Eres monarca eminente.
(Aparte.)
¿Qué escucho?
¿Qué es lo que oyes?
Y porque se admire el mundo
de mi ánimo prodigioso,
que en cumplir generoso
soy primero sin segundo,
dad la mano a la Princesa.
El Príncipe a Ariadna.
Aguarda, espera.
(Aparte.)
Señor:
¿hay más desgraciado amor?
¿Qué haces?
Morir.
Vuestra Alteza.
(Aparte.)
Mucho sufro si esto veo.
En ella reciba el alma,
que si no es víctima, es palma
que alcanzáis de este trofeo.
(Aparte.)
Yo la recibo, ¿qué pues?
mortal estoy.
Y mi amor lograra lauro mejor,
Señora, hoy a vuestros pies.
Ahora más lauros mereces
en ser liberal, señor,
pues en la opinión mejor
quien da luego da dos veces.
Mayor belleza no vi.
(Aparte.)
Es enigma lo que miro
que hace mi dolor.
Respiro, Señora, desde que os vi
a más venturoso estado,
porque aunque os contemplo ya
mi dicha, fue lo que va
de lo vivo a lo pintado.
Tanto favor agradezco.
(Aparte.)
¿Qué es esto que ha?
(Aparte.)
Ciega estoy,
cuando alcanzo desdén
una vida que ofrezco.
(Aparte.)
Mi amor acabó en tragedia.
La comedia no acabó,
porque esta se comenzó
por el fin de otras comedias.
(Aparte.)
¿Quién juzgara...
Perdonad, Señor, si es que inadvertido
mi descuido no ha cumplido
su obligación.
Levantad.
¡Oh, qué Príncipe tan tierno!
Subid, Vicias, a mis brazos,
aunque en ellos mil pedazos te hiciera.
Tus plantas beso.
Aunque es justo celebrar
tan impensada alegría,
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mientras a la vuelta anda
y a Inés a descansar.
¿Y un pobre que está callando,
señor, tendrá atrevimiento
de que entre su parlamento?
Aparta.
¿Qué es apartar?
Ha de ayunar al traspaso
mi lengua, deja que hable,
es mi nombre indeclinable,
para que dél no hagan caso.
¿Quién sois vos?
Yo soy, de cierto, el que al gigante corté
la cabeza, aunque esto fue,
gran señor, a moro muerto.
De mucho valor infiero.
Es fijo. Si me acordara,
lo que falta le cortara
para ser despojo entero.
¿Cómo os llamáis?
Salchichón.
¿Salchichón?
Por descendencia
me viene con evidencia,
porque se llamó Lechón
mi santo tatarabuelo,
su mujer ave destala,
mi bisabuela Verraca,
Berraco mi bisabuelo,
mi abuela una sabaterca,
mi buen abuelo tocino,
mi padre un lindo cochino
y mi madre una gran puerca.
Por fin, se llamó también,
de qua est natus un cebón
qui vocatur Salchichón
por siempre jamás, amén.
Y para confirmación
de mi nombre, y quiero que
acaso atenerse a la
otra singular razón.
Y que, señor, que faltando
agua para el bautismo,
andaba el padrino mismo
la parroquia alborotando.
Entre tan grande embarazo
la comadre me dejó
caer, que hendió medio
en la cabeza un porrazo.
Vino a que promovió
el chichón, y que era tal,
con mucha prisa, la sal.
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al monaguillo pidió
y tentado el burujón
que la comadre me hizo,
él, con mucha devoción,
dijo: «acige, Salchichón»,
y luego ego te baptizo.
Gracioso sois.
De que abones eso, consuelo me da,
porque los señores ya
no se pagan de bufones.
Dale.
Pues en prueba de mi amor,
este diamante tomad.
¡Viva Vuestra Majestad
mil siglos por tal favor!
Volvedme después a ver.
Y vos, Príncipe...
Los dos.
Señor.
Vase con el acompañamiento.
Con los dos habla mi amor:
entraos a recoger.
Y usted, mi reina, ¿está enmuda?
Basta ser el bachiller.
A ser usted chanciller,
graduado estaba sin duda.
Pero porque se provoque
a mi amistad...
Camarada,
para hacer esa llamada,
con una piedra me toque.
En este aceite me mancho.
¿Es piedra la de anillo?
Sí.
A ver si viene al dedillo.
No, que le vendrá muy ancho.
Prestaldo, lo veré puesto,
que no me le quiere dar.
Tate, que el que da en prestar,
lo vuelve tarde y no presto.
Pues vaya el ruin.
Oste, elija otra cosa en confianza,
porque ni a punta de lanza
ha de gastar la sortija.
¿Qué dice?
Que somos nuevos;
hoy y mañana vendrá, y haré...
Mañana hará lo mismo.
Vanse los dos.
No, sino que nos...
Venid, esposa.
Ya os sigo.
¡Qué alegría!
Aparte.
¡Qué dolor!
¡Desdichas que hace mi amor,
que no ejecuta el castigo
quien en un instante vio
tan accidental mudanza!
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Al entrar la detiene el Príncipe de suerte que no le vea Teseo, y ella turbada mira a uno y otro lado.
¿Que en fin Ariadna alcanza
un tirano?
Aparte.
Déjalo, mira que...
¿Qué he de mirar, si quedo muriendo?
Advierte.
¿Sí que le he de dar la muerte
antes que a mí mi pesar?
Mira tu fama y mi honor.
Celos buscas, bien mirado,
y más estando agraviado
por los dioses.
El rigor de Teseo...
¿Qué, ingrata, le guardas?
Por ti miro.
Es escusado.
Repara.
Ya he reparado.
Que sé cómo así me acobardas.
Vuelve Teseo.
¿No venís, esposa?
Aparte.
Sí,
señor, y empiezo a temer.
Vete pues.
Pasa a decir,
pero acuérdate que aquí
más que a Dios, a Dios.
Dilo, acaba.
Vase.
Me dijiste:
si no triunfo hay pena triste,
hemos de morir los dos.
Es verdad, pero no ignoras
que la palabra he cumplido,
pues con tantos sentimientos
como quedo, quedar vivo.
Muerto estoy pues que te pierdo,
muerto, mas, cielos, ¿qué digo?
¿Cómo el valor descaece?
¿Cómo se acobarda el brío?
¿Qué voces ansí da aquestas,
que han turbado los sentidos?
«Si no triunfo, moriremos
los dos», Ariadna dijo;
que ofrece, y es evidente,
pero en cuanto a que el motivo
el tributo no dirija,
en este caso me obligo
tener más calma; el remedio,
aquí el discurso es preciso.
Si querrá que le dé muerte
a este extranjero atrevido,
no es difícil el probarlo,
y con su razón, pues miro
que, siendo imposible ya
respecto de aquello, es fijo.
Pag. 14
que lo debo entender solo
de lo presente, y confirmo
mi intento en la experiencia
de tormentos y suspiros;
y más que advertirlo aquí
fue decir: «Véngate, primo,
y véngame, que si no
triunfas de aqueste enemigo
hemos de morir los dos,
pues te pierdo y me has perdido».
Luego le debo matar
a ley de amante y de fino.
Terrible es la consecuencia,
pero el sentimiento mío
es mayor, y me disculpa
en el empeño a que aspiro.
¿Pero no será violenta
la acción en tal precipicio?
No; que tal vez son contrarios
los intentos discurridos;
y me parece, según
las circunstancias que han sido,
buen dictamen, pues no hallando
causa, origen ni motivo
de donde pudo nacer
este trágico destino,
ni yo culpado seré
ni otro menos descubrirlo,
y el ignorar nuestro amor
mi padre es medio propicio
para el disimulo de ambos,
y en fin no hallarán indicio,
y así, amor a la venganza...
Y por si sale un desvío
el intento, prevenir
será mejor los peligros,
que siempre las prevenciones
son madres de los delitos.
Abro esta puerta que sale
al campo, y este postigo
prevengo, por que si acaso
hasta aquí saliere un indicio
no tenga que queda en casa
el autor del homicidio;
esta, que es de su antesala,
abierta está; de aquí sigo
el dictamen, y esta llave,
que en otro tiempo ha servido,
dará fin a mis pesares
y a mi venganza principio.
Entrase y Ariadna dice dando voces.
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Esposo, ¡ay de mí!, criados.
Hombre, cualquiera que has sido,
aguarda, que he de vengar
mi afrenta con el castigo.
No hay quien nos socorra.
Son
muy en vano mis designios,
que aun hay más valor que juzgas.
¿La luz matas?
Sale el Príncipe con la espada desnuda.
¡Oh, destino
de mi desgracia, al contrario
del intento ha sucedido!
Y por si sale, me importa
valerme del artificio.
Éntrase por la puerta del medio y vuelve a salir, a medio vestir, con la espada y una mano con sangre, y Ariadna como a oscuras.
¿Dónde te ocultas, traidor?
Esposo, señor, bien mío.
Dentro.
En el cuarto de Ariadna son las voces.
Ya te sigo.
Por la puerta del medio sale el Príncipe con luz.
¿Qué es esto? Vos, de esta suerte,
¿quién os ofende atrevido?
Vos, señor. Rabio de pena.
¿Habéis acaso aquí visto
un... pero ¡oh, dolor tirano!,
que me dejéis os suplico.
Dentro.
Llegad a su cuarto.
¡Ay, triste!
Sale el Rey y acompañamiento.
¿Qué es esto? ¿Qué ha sucedido?
Por esta puerta, sin duda,
el agresor ha salido.
Repara en la puerta, y al irse le detiene el Rey.
¿No advertís que estoy aquí?
Vivas. Mas ¿quién os ha herido?
Turbado.
Su alteza, señor, a fiero
rigor pregunto lo mismo.
Aparte.
Muerto me deja su voz.
Aparte.
Cielos, si lo ha conocido.
Y nadie, que yo mi espada
al tomarla por los filos...
pero dejadme, señor,
que examinen mis suspiros
una duda, que mi esposa
podrá ser, no, no lo afirmo,
que sepa mejor que yo
deste suceso el motivo.
Vase por la puerta del campo.
Vos, sobrina...
Aparte.
Señor, yo
no sé, ¡qué tormento!
Pag. 16
Idos todos.
Ya te obedecemos.
Vanse los criados.
Nuevos recelos colijo,
si con mi padre Ariadna
se queda.
¿Veos penoso?
Ya os sirvo.
Y mi sobrina,
¡Qué bien soy infeliz!
Quedad conmigo.
Desdichas agradecer
o triunfar, porque imagino
que hemos de morir los dos,
si mi intento no consigo.
Vase.
Ya estamos, sobrina, solos;
bien podéis hablar.
No admito
esa licencia, señor,
porque arguye en mí delito.
Para castigarle no
le pregunto, si le inquiero
será remediarle, y más
que no es consiguiente, fijo,
que del delito capaz
seáis solo por decirlo.
Pues con esos presupuestos,
aunque a costa de suspiros,
os declararé, señor,
el suceso, y solo digo
solo es por haceros cargo
de tragedias que imagino.
Por la muerte del rey Hiarbas,
padre mío y vuestro primo,
como ya sabéis quedé
gran señor en su dominio,
porque heredando mi hermano
la corona, a fuertes hitos
de razón, no tuve parte
alguna en el señorío,
y por evitar civiles
discordias, mi padre quiso
darme en propiedad, aunque
mi hermano lo contradijo,
el principado que gozo
de la ciudad de Corintio,
y con otras condiciones
que al presente no repito.
Vine, señor, a palacio,
¡oh nunca a su cielo divino
lo hubiese puesto en efecto
para no ver lo que miro!
Hallé al príncipe, ¡ay dolor!,
miré, ¡qué pena!, a mi primo,
tan igual en las finezas,
tan cabal en los cariños,
que como acaso tal vez
Pag. 17
Suelen a un sujeto mismo
univocarse dos formas;
así los dos nos unimos
a un afecto, en tal manera
que unívocos bien pudimos
tal vez dudar si los dos
éramos uno o distintos.
A tanto extremo, señor,
llegó su amor, llegó el mío,
que su albedrío en mi mando
y en su mando mi albedrío.
Él regía mis potencias,
yo mandaba sus sentidos;
que no hay fineza mayor
entre afectos que son finos
como que mutuamente
se correspondan unidos.
Dudaréis con razón
cómo jamás hubo indicios
deste amor, cuya respuesta
en lo esencial no colijo,
como tampoco la causa
del recato; bien que afirmo
que hay amor, y desta esfera
que sea el nuestro imagino,
en sí tan escrupuloso
que entre sus amantes bríos
tanto muestra de cobarde
como tiene de atrevido.
En fin, oculto y modesto
aqueste afecto ha sido,
y aun vivirá, que un silencio
tiene pocos enemigos.
Corriendo, pues, desta forma
nuestros amantes cariños,
esperábamos un día
feliz; mas menos benignos
los dioses nos dieron otro
infausto, triste y nocivo.
Y fue, señor, perdonad
que mis acentos prolijos
os molesten, bien que a questo
respeto lo referido
es lo esencial de la historia,
que como en cualquiera libro
con un prólogo se empieza
que tal vez sirve de aviso
a la inteligencia, siendo
historia la que os repito,
lo dicho prólogo sea.
Pag. 18
y agora lo demás digo.
Por obligación precisa
deste reyno, en sacrificio
una doncella ofrecía
al monstro; cuyo subsidio
duró mucho tiempo en Tebas
por ser allí su principio.
Y después, por circunstancias
que hubo, las cuales omito,
se pasó aquí y desta forma
de un rey en otro ha venido.
El modo para las suertes,
ora corrompiendo el estilo,
era echar en una urna
o cántaro los escritos
nombres de las cien doncellas;
cuyo malévolo signo
se cumplía en la infeliz
que en la mano del divino
oráculo se hallaba,
su nombre en un artificio
diabólico aunque admirable;
y después de concluido
en breve término al monstro
se entregaba, cuyo rito
impiadoso y lamentable
se celebraba en los idus
de febrero, que es a trece
en nuestro vulgar sentido.
Desta suerte, prosiguiendo
los anuales sacrificios,
llegó el no esperado tiempo
que quizás por esto vino,
de echar los escritos nombres;
y como un odio atrevido
es rayo que a lo más alto
hace con su incendio tiro,
no faltó, no, quien dijese
qué infamia, que en beneficios
tocantes a lo común
nunca excepciones ha habido.
Quisieron, en fin, sortearme.
Vencióse todo el litigio
y reservada quedé;
pero el engaño o destino
de mi suerte pudo más;
pues yendo los adivinos
este día a consultar
el oráculo, advertimos
con ellos, que injusta saña
Pag. 19
que en su mano, ¡qué martirio!
tenía, ¡qué sentimiento!
la cédula o hado indigno,
cuyas cláusulas, ¡qué horror!,
contenían en su escrito
mi nombre, infeliz suceso,
pues que de aqueste tiempo mismo
sentencia da a infame muerte
más por dolo que delito.
Porque de ser, unos dicen,
otros que sí, y indeciso
el vulgo pudo temerse
otro mayor precipicio.
Segunda y tercera vez
se repite el sacrificio,
y en una vez y otra vez
se halla el propio vaticinio.
Unos dicen que es engaño,
otros dicen que es prodigio;
cuál de ellos dijo verdad
ni lo juzgo ni averiguo.
Lo primero pudo ser,
lo segundo no lo afirmo,
y pudo ser uno y otro,
y pues ya, señor, se habrá visto
que aunque lo dijo con engaños
nunca faltan artificios.
Viendo Vuestra Majestad
el suceso tan distinto
de lo que se imaginaba,
a mi suerte condolido,
procura discurrir modos
para ver si halla camino
por donde no muera, en cuyo
desvelo se le previno
uno que, por ignorado,
no pude contradecirlo,
y fue a enviar mi retrato
a otros reinos con aviso
de que aquel que diere muerte
a este de horrores abismo
tiene por premio mi mano;
cuyo juicio inadvertido,
aunque el estilo os agravia,
que un dolor no guarda estilo,
me fue tan adverso en todo,
pues cuando juzgo benigno
de un precipicio librarme,
me puso a otro precipicio;
porque ¿quién vio jamás
sin consultar albedríos
facilitar voluntades?
Pag. 20
siendo extremos tan distintos.
No ignoro que vuestro celo
fue de piadoso y de fino,
y que en darme parte de ello
fuera, sin duda, más digno
de alabanza, pues entonces
me fuera, sí, más propicio
peligrar allí, que no
en otro mayor peligro.
Súpose, en fin, este intento
en palacio, a que encendidos
llantos en súplicas tiernas,
ansias, ruegos y suspiros
detuve al Príncipe, que
como otro Perseo invicto
quiso salir a librarme,
temiendo no ver perdido
en mí todo su descanso,
yo en él mi mayor alivio.
Cumplido el último plazo
de mi vida, y no cumplido
el de mis tristes fortunas,
sin recurso se previno
dar cumplimiento a las leyes:
aquí fue donde remiso
el Príncipe a mis acentos
negó amante los oídos,
pues no siendo suficientes:
quiso, jamás tiempo quiso,
salir, no porque fue tarde,
y sí, porque aun afligido
amanecen las desdichas
más presto que los alivios.
Que si son sospechas vuestras,
no sé, en vano es decirlo;
mas sé que al propio instante
se comenzaron los ritos
para la ofrenda, y estando
(¡con qué dolor lo repito!)
concluyéndola, se oyeron
entre alegres regocijos,
(mejor les llamara exequias)
victorias de mi enemigo,
más bien, que es poco, diré
a quien, ¡ay Dios!, de improviso
me hicisteis darle la mano.
Hasta aquí os he referido
lo que sabéis; ahora queda
lo que ignoráis, y inferirlo
bien podéis, juntando este
fin con aquellos principios.
El suceso de esta noche
fue que apenas sobre armiños
Pag. 21
Túrbase el Rey.
de la Ilíada blanda
un curioso catre hizo
palestra a triunfos de amor,
como de Andrómaca a Pirro,
cuando de la puerta un lento
ruido, aunque leve, fue oído,
que hicieron los goznes, que unos
hierros son de otros aviso;
alborotose mi esposo,
y alzando el rostro, atrevido
un hombre al lecho se arroja;
mas no al efeto tan fijo
(por no llamarle cobarde)
que pudiese conseguirlo,
porque tomando la espada
colérico a voces dijo:
"¡Traición, y bien merecida
al que sin tener indicios
de la mujer, pone en riesgo
todo el honor adquirido!
Pero yo satisfaré
este agravio". Mas mi Jaime
salió. El dolor desvanece.
No te alteres, que tu hijo,
digo otra vez a quien amo,
para no ser conocido
encubriendo voz y rostro
se apartó de su enemigo.
Alborotose el palacio,
salisteis, señor, y herido
le visteis; si de su espada
notose, mortal os dijo
que yo sabía la causa
la cual es la que os he dicho.
Ved ahora qué remedio
habrá en tan grande peligro;
yo aborrezco y amo, y erro
por tan contrarios caminos,
pues delito en mí es amar
y aborrecer es delito.
Dos riesgos tenéis presentes,
uno es vuestro, el otro mío;
mirad, señor, lo que hacéis
en su remedio, que ha habido
medicina que a un enfermo
mató en vez de darle alivio;
a vuestra elección lo dejo,
bien conocéis el peligro,
la causa no la ignoráis:
celoso temo a un marido,
resuelto advierto un amante.
Pag. 22
yo sin consuelo me miro
uno y otro arguye riesgo
pero lo que aquí os suplico
que aunque el mío sea mayor
evitéis el de mi primo
porque temo no se cumpla
en él y en mí un vaticinio
que formó en su idea viendo
los acasos sucedidos.
Y así disponed, juzgad
penas, tormentos, castigos
que resuelto ya el valor
y precipitado el brío,
toda la voluntad ciega
violentado el albedrío,
sin discurso las potencias,
sin acuerdo los sentidos,
espero, pretendo, aguardo,
apetezco, solicito
mi mal, mi pena, mi riesgo,
mi desdicha y mi destino
que hados, estrellas, planetas,
fortunas, astros y signos
me tienen para que sea
barón en jaspe y bronces a los siglos.
¿Habrá entre cuantos acasos
pueden haber sucedido
otro semejante a este?
¡Valedme cielos divinos!
Que he de hacer, cuando tan cerca
considero los peligros:
o mal haya aquel discurso
que se fía de sí mismo
en materias contingentes.
¿Qué, en en lance tan nunca oído
vuestra majestad discurre?
Es tanto lo que imagino
que no sé por dónde empiece
cuando advierto, y cuando miro
que los aciertos son yerros,
y las ideas delirios.
Y pues el no consultar
mis dictámenes ha sido
causa de aqueste suceso
de el mismo modo es preciso
remediarlo, quizá
siendo mejor discurrido
aqueste segundo, haga
lo que el primero no hizo.
Pues gran señor según
hasta aquí el caso ha corrido
Pag. 23
dudo que haya algún remedio,
antes, sí, más principio.
Yo confío que he de hallarle.
Pues yo, ¡ay de mí!, desconfío.
¿Por qué causa?
Porque a males
incurables no se ha habido.
Eso el tiempo lo dirá.
Mirad, señor, que os aviso
otra vez.
¿Qué?
Que está el fuego
en su incendio muy activo,
y que si aplicáis materia
ha de ser más excesivo.
No será, si la prudencia
de quien puede ser motivo
de sus llamas...
Por mí habla. ¡Ay!
Muestra algún pulso más tibio.
Sí hará; y si el llanto bastare
a mitigarlas, obligo
se extinguirán; mas con él
toma el fuego nuevo brío.
Haya abundancia.
¿Qué más
abundancia que dos ríos?
Pues con las tibiezas mías
yo veré si lo consigo.
Pues comenzad desde ahora,
porque yo también me obligo.
¿A qué?
Vase.
A apagar tanto ardor
con lágrimas y suspiros,
o abrasarme entre las llamas
como aquella ave en su nido.
Vase.
Y yo a rogar a los Cielos
que, pues de ello me fío,
que no ocasione más riesgos
el remedio a que hoy aspiro.
Jornada segunda
Pag. 24
Salen Vizcaya triste, y Salchichón.
Señor, ¿qué te ha sucedido?
¿Tanto callar y sentir
sé que de por sí decir
casado, y arrepentido?
¿No respondes?
Ea, vete
de aquí, que viven los Cielos,
que haga contigo...
¡Buñuelo!
Algún exceso.
Pobrete
del que fía de un retrato,
porque si a la vista yerro
suele haber, y nos dan perro,
¿sin verlas qué darán? Gato.
Pag. 25
que en fin me niegas, señor,
la causa de tu pesar?
Aparte.
¡Oh, quién pudiera apagar
tan desesperado ardor!
Mira si quisieras darme...
(Ah, se hace el desentendido
a mi razón).
Aparte.
¿Yo ofendido,
y quien no puedo vengarme?
Dando voces.
Señor, ¿no me oyes? (¿Hay tal
desatino?)
Mentecato,
¿te vas de aquí?
¿Aquel retrato
es como el original?
Vive Dios, pícaro...
Aparte.
Malo.
Que en ti me vengue.
Aparte.
Peor.
¿Pues como tú...
Yo, señor...
...tal preguntas?
Por un palo.
¿No te vas?
Ojo avizor,
para el que se ha de casar;
retratos; es invención,
vaga, pues, para no errar,
la experiencia es lo mejor.
¿Que no entiendes?
Vase.
En mi vida
volveré, que va resuelta
la intención, porque la vuelta
es peor que la caída.
¿Quién duda que la malicia
deste criado, alerta,
toda mi pasión penetra
y aun mi deshonor indica?
¡Oh, qué presto la noticia
de lo que es malo corrió!
Pero no me admiro, no,
de lo que el honor padece,
pues todo se lo merece
quien se casa como yo.
Mal haya, amén, el deseo
que fácil se precipita,
al empeño que no acredita
feliz logro en el trofeo;
bien claramente lo veo
cuando en sacrílega fe
tal desigualdad hallé,
pues con contrario rigor
adoré mi deshonor
a lo mismo que adoré.
Descubrió en fin mi cuidado
la causa de su tormento;
vide, aquí me falta aliento,
todo mi mal declarado:
a juicio ya desvelado
porque en fuego mayor arda...
Pag. 26
Con discursos me acobarda,
y mientras más me suspende
más el agravio me ofende
puesto que el castigo tarda.
Hablar al Príncipe vi
con mi esposa, ¿qué pensar?
¿que de en sí culpa ocultar?
el honor dice que sí.
Y esto desdoro en mí,
claro está, porque mujer
que da lugar a poner
en cuidado a su marido
o tiene el honor perdido
o lo pretende perder.
Ocultóse al verle yo:
mal indicio en su defensa
porque si allí no hubo ofensa
¿a qué causa se escondió?
Aquí el discurso notó
dos culpas, y aunque cualquiera
merece venganza fiera
pues en descrédito abunda
castigara la segunda
más bien que no la primera.
Pero ¿no es indicio leve el que tengo?
¿Y será error, que por un indicio el valor
de tanta pasión se lleve?
no: que acaso no se mueve
el ánimo a la violencia
que no ha de ser la prudencia
tanto en un honroso juicio
que permita que el indicio
se pase a ser evidencia.
Y pues estoy agraviado
y la venganza me alienta
parece toda mi afrenta
fenezca con mí este cuidado
que si fuere castigado
por este justo rigor;
muera yo, porque es mejor
pues el vulgo ansí lo aclama,
morir un hombre con fama
que no vivir sin honor.
Pero, ¿no fuera acertado
para vengar mi pasión
buscar mejor ocasión
y que no de culpado?
no: porque si ya ha notado
que yo le sé, mi enemigo
no discurrirá conmigo
Pag. 27
que más evidencia aguardo
sino que cobarde bardo
por ser quien es, el castigo;
y puesto que la porfía
de mi honor, la competencia
ha vencido, mi prudencia
calle, y obre la osadía;
siga la indignación mía
en la venganza que espera
el dictamen que me altera
y pues no falta valor
a las manos el rigor
muera mi enemigo, muera.
Al acabar esta palabra que se iba a ir, sale el Rey al encuentro y se turba Vicente.
¿Vicente, quién ha de morir?
Aparte.
¡Válgame todo el cielo!
ya pasa a ser superior
mi tormento; he de sufrir.
¿No respondéis?
Señor, turbado...
¿Turbado estáis?
Es verdad
que turba la Majestad
al más leal interior.
Aparte.
Cuál ha de ser su sentimiento
conozco, y disimular
es fuerza, a ver si alcanzar
puedo, que siga su intento.
¿A quién iba vuestro aliento
a dar muerte?
Señor, no.
¿Sin atención lo noto?
Aparte.
¿Qué más el dolor mitigo?
Mirad que soy vuestro amigo.
Y yo vuestro criado yo.
¿Quién os ofende?
Aparte.
Todas al Rey ahora.
¿Qué haré,
cielos, en tal contingencia?
decirlo no es prudencia,
claro está que callaré.
Pero, si el Rey mi pesar
sabe, ¿no será mejor
declararme? Sí, y mayormente
podrá remediar
aqueste daño, y lograr
mi desagravio yo en él
que en la tormenta cruel
en que resulta desmayo
para librarse de un rayo
se acogen siempre al laurel.
Dudando, en mi confusión
estaba cómo podía
señor, la desdicha mía
referirte, que si son
Pag. 28
alivios de una pasión
es comunicarla, ser
esto en mí puede creer
fuera aumentar el dolor.
Y si lo digo, señor,
lo hago por obedecer.
Muera mi enemigo, muera,
oyó Vuestra Majestad:
confieso esto ser verdad
que serlo tanto me altera.
Y aunque de la voz se infiera
yo aquesto mismo digo,
que esta contra un enemigo
y el acento lo notaba,
yo, cuando lo declaraba,
estaba hablando conmigo.
Dirá Vuestra Majestad
cómo puedo mi enemigo
ser yo. Y otra vez lo digo
por quererlo mi lealtad;
y porque la claridad
venza la duda que arguye,
en la explicación incluye
hoy el dolor mi pasión,
y ansí escuchad la razón
saber, señor, si concluye.
Ser enemigo depende
que, tormento de un agravio,
y a quien se hace
el desagravio no busca
este ansí se ofende;
de mí esto se comprende,
pues de un agravio el castigo
dejo, y más mi ofensa obligo:
ser de mí enemigo entiendo
quien se ofende, y yo me ofendo:
luego soy yo mi enemigo.
Y pretendiendo tomar
de mí esta venganza fiera,
«muera mi enemigo, muera»
fui atrevido a pronunciar.
Salisteis vos a estorbar,
no sé si por mí el despecho,
aunque, ¡oh gran señor!, sospecho
que oigo decir, noto y miro
que aunque la vida te quite
aun no quedas satisfecho.
Ved agora vos, señor,
cuál será mi sentimiento,
mi ahogo, pena, tormento,
suspiro, llanto y dolor,
y en fin en tal rigor
Pag. 29
Vase.
quién será. A qué resistencia
me hace, y vuestra prudencia
por si acaso es contingente
discurra el antecedente
y saque la consecuencia.
Que si no me vengo, pero
deste incendio que me abrasa
es que el respeto me atrasa
de las luces que venero;
pero si me desespero
por no quererse apagar,
al fuego me he de arrojar,
y podrá ser, ¡vive Dios!
que nos quememos los dos
sin poderlo remediar.
Disparatadamente ha explicado
su pesar, ¡quién entendiera
tan grandes contradicciones!
Corre, en fin. Y pues granjea
mi cuidado haber dispuesto
tan bien aquesta materia,
espero desvanecer
estas fantasías necias,
que para ser ya verdades
tristes iban muy aprisa.
Mi hijo viene, no quiero
darle a entender la respuesta
de Virias.
Sale el Príncipe.
¿Padre y señor?
Hijo, habéis venido a buena
ocasión, porque yo iba a buscaros.
En obediencia
casi lo infiero. Rendida
está a vuestros pies.
Es deuda
de los hijos como vos
tener tales advertencias,
y así pretendo pagaros
igualmente.
El alma tiembla
de escucharlo.
Aquesta tarde
ha de venir la Princesa
con quien os tengo casado.
¿Señor?
Que salgáis es fuerza.
¿Pues cómo?
No repliquéis,
la palabra tengo puesta,
mirad si he de quebrantarla.
Aparte.
¿Habrá quien más males vea?
Aparte.
Mucho el susto le ha alterado.
Si gustáis de ello, que sea,
pero si conviene o no...
Que convenga, o no convenga,
esto ha de ser, porque importan
para quietud mía y vuestra.
En lugar de remediarlo...
Pag. 30
Se hace aquesto, señor.
Dispuesta
la prevención tengo.
Aparte.
Antes
he de ver a Ariadna bella
para que sepa este caso
y advertirle que no pierda
la esperanza de mi intento
aunque más estorbos vengan.
Aparte.
Lo que falta solo para
sosegar esta tormenta
es que ansí que se dispongan,
Ariadna y Nise prevengan
su viaje, y desta forma
todo el daño se remedie.
Vamos, hijo.
Aparte.
Voy, señor,
a morir.
Porque se acerca
la hora.
Ya lo conozco,
pero antes con la asistencia
de mis pesares haré
lo que el pecho dentro encierra.
Vanse y salen Ariadna triste y Nise.
¿Que sea posible, señora,
que con tanto rigor sientas
tus pesares?
¿Qué quieres, Nise?
Son el centro de mis quejas,
que como mi vida es todo
un sentir, está violenta
en no llorando; y si arguyes
que todo cuanto hay granjea
descanso en su centro, digo
que si el centro son las penas,
violentada la alegría
estará hasta que goce a
su centro el disgusto:
ansí me sucede, porque sepas
que el placer es tan impropio
en mí, y tan propia la queja,
que no es violencia en mí
lo que en otras es violencia.
Y ansí, déjame sentir
y llorar, Nise, que apenas
hay penas, que no discurran
que me combatan y ofendan.
Bien dices: pero, señora,
parece que hacia la puerta
siento pasos.
Será, ¡ay Dios!
mi esposo, que tan inquietas
imaginaciones le hacen
recelar contingencias.
Pag. 31
Si él fuera, entrara.
Pues mira
quién es; ay, infeliz estrella,
si en el golfo en que me anego
me acabará su influencia.
Sale Nise.
No es tu esposo.
Pues, ¿quién es?
Señora, el Príncipe.
Necia,
¿pues lo que dices...?
Me manda
te avise que a verte entra.
Qué mal mira de mi honor
los riesgos, qué poco aprecia
mi sosiego; mas supuesto
que ocasión es en que pueda
desahogar el corazón,
he de hablarle, salte fuera
por esse cuarto, por si
acaso (o nunca suceda)
viene mi esposo.
Obedezco.
Vase por otra puerta.
Alza la cortina y ve a Nicias y se turba.
Qué temeroso que llega
el corazón, qué asustado
el ánimo, qué violenta
la voluntad, y qué torpe
ya se previene la lengua,
mas para escusar los lances
de mayor peligro, sea
esta vez última en que
nuestros males se resuelvan.
Pero ¿cómo no entrará
el Príncipe? Quién creyera
que para entrar en mi cuarto
aguardara mi licencia.
Aunque es faltar al decoro
de mi casa; vuestra Alteza
bien puede entrar:
Señor, pues...
esposo... ¡ay de mí! En la puerta
cuando yo... ¿por qué ocasión
Nise dijo...? Estoy muerta.
¿Esposa? Pues ¿de qué ansí
os turbáis? Las sospechas
dejadme, que aun no es tiempo
Pag. 32
de dar crédito a la ofensa.
Aparte.
Es que recelé, y no en vano,
que...
Aparte.
Es agraviar la fineza
que conozco que me hacéis.
Supuesto que la impaciencia
de vuestro afecto, tirana,
viéndome de vos tan cerca
y que no llegaba, dijo:
«bien que de entrar Vuestra Alteza».
Aparte.
Leísteis todo el dictamen
del corazón. Aun no acierta
el discurso; y entended,
aunque es demás la propuesta,
que solo dije por vos
«bien que de entrar Vuestra Alteza».
Así, esposa, lo confieso;
pero porque la advertencia
suele prevenir acasos,
y porque otra vez no tenga
ocasión vuestra hermosura
de sustos por contingencias
de la voz, y que no haya
equivocaciones necias,
no digáis de aquí adelante
«bien que de entrar Vuestra Alteza»;
que como en palacio hay
quien ese nombre merezca,
será, no digo posible,
sino que acaso suceda
que al oírle, entre, y en algo
entonces mi fe se ofenda.
Quién duda que sus palabras
aun no explican lo que encierra
su disimulo.
Y en tanto...
Sale Nise alborotada.
Señora, señora, aprisa,
que tu esposo...
¿Quién le llama?
Nise, ¿qué dices?
Pag. 33
Aparte.
que entra
querrá decir que sois,
bien que de entrar Vuestra Alteza
inferiría quizás
lo que también yo infiriera.
La criada equivocada
está, pues cuando a mi puerta
llegué, vi al Príncipe, y él
se retiró con presteza.
Aparte.
No, señor, sino que como
anda la casa revuelta,
no sé a qué recibimiento
que se previene allá fuera,
oí decir que salíais
con Su Majestad, y aquesta
fue la ocasión de venir
a darle a mi ama cuenta,
como visteis. ¿No entró aquí
el Príncipe?
Aparte.
Mal propuesta
industria para quien tiene
otras mayores cautelas.
Hasta cuándo, ¡ay, sufrimiento!,
ha de durar en mis penas?
Mas pues no me abraso, creo
que no hay bastante materia.
Aparte.
Yo no acabo de entenderlo.
Señora, ¿qué es esto?
Flechas
de rigores que dispara
contra mí toda la fuerza
de una indignación, efecto
solo de mi mala estrella.
Aparte.
Mala va hasta aquí la danza,
Dios mejore lo que queda.
Señora, el Rey vuestro tío...
Sale Salchichón.
Por cierto, ¡qué linda flema
gastáis!
Pues ¿qué hay, Salchichón,
de novedad?
Pag. 34
Buena es esa
disimulación, pues cuando
hoy la corte se despuebla
estáis con tanto reposo.
¿A qué causa?
A que hoy entra
la esposa del Principito
que viene como una reina.
¡Cielos! Sin alma se ha quedado.
¿Tú estás loco?
Tan secretamente
lo ha dispuesto el Rey
que hasta que vino la nueva
de que hoy entraba en palacio
esta señora princesa
no se supo, ni aun asomo.
Aparte.
¡Ay esperanzas ya muertas!
Aparte.
No hay duda que de esta suerte
mucho mal el Rey remedia.
Y para que lo creáis
oíd las voces que suenan.
Salen el Rey, el Príncipe, Rosaura, músicos y acompañamiento.
Lleguen en hora dichosa
el Príncipe y la Princesa
a ser soles de este imperio
a tanta luz corta esfera.
Desde hoy con glorioso aplauso
sus sienes reales posean
por méritos tan heroicos
la siempre digna diadema.
¡Viva el Príncipe!
Aparte.
¡Ay de mí!
¡Y viva Rosaura!
Aparte.
¡Ajena!
Vasallos nobles y amigos,
cuya leal asistencia
festeja esta real presencia,
sed de mi gozo testigos.
Hoy a el Príncipe mi hijo,
para aliviar mi cuidado
de este poderoso estado,
dueño absoluto le elijo;
y porque así le reciba
vuestro amor, vuelvan veloces
a repetir vuestras voces
que viva vuestro Rey.
¡Viva!
Señor, a tan grande acción,
como tu grandeza muestra,
será la obediencia nuestra
muy corta satisfacción.
Pag. 35
si bien en el digno empleo
que goza mi humilde mano
de la Princesa.
Ariadna a Tyrano. Aparte.
Se corona mi deseo.
Nunca a lisonjas infiero,
esposo, vuestro favor,
cuando por mi propio amor
al que mostráis considero;
no estima mi voluntad
sino el serviros aquí,
siendo esta obediencia en mí
la principal majestad.
¡Qué honestidad!
Aparte.
¡Qué tristeza!
¡Qué hermosura!
Aparte.
¡Qué dolor!
Aparte.
¡Hasta aquí llegó el rigor!
Dé licencia Vuestra Alteza.
Llegad, Príncipe, llegad.
Que tanto con esto gano
a besar su augusta mano.
Aparte.
Llega.
No afrentéis la majestad.
Pues, señora, que si es
tal, no me deja el dolor,
mi dicha logre el favor
de verme hoy a vuestros pies.
Aparte.
Corta paga son mis brazos.
La imaginación altera
esta mujer.
Ariadna a el Príncipe, Vicias a Rosaura, haciendo cortesías se mudan.
Aparte.
Aparte.
¡Quién pudiera
hacerte dos mil pedazos!
Y en vos, señor (¡ah, cruel!
se eternice, ¡qué fiereza!
por mi mal) en su cabeza
el merecido laurel.
Aparte.
Pues, señora, no en vano,
es mi pesar, pues los ojos
publican de sus enojos
la causa; dadme la mano,
aunque a vuestros pies lograr
puedo mayor interés,
que es bajar a vuestros pies,
caer para levantar.
Si gano tan dulces lazos
por vos, Vicias valeroso,
sino igual, será forzoso
que el premio halléis en mis brazos.
Suena un clarín.
¿Qué súbito acento es este
que así mi corte altera?
Pag. 36
Sale un soldado.
Dé licencia, gran señor,
un embajador agora
de Corinto.
Dile que entre.
No sé qué males recela
el corazón de esto.
Sale el Embajador.
Da hoy, señor, a mi obediencia
los pies.
Subid a mis brazos.
Sacad sillas.
Será fuerza,
que aunque esto es razón de estado,
es de mucha consecuencia
a lo que vengo.
Siéntanse todos.
Empezad.
Levántase.
Digo con vuestra licencia:
la antigua y noble Corinto,
principado que reservó
en sí por constituciones
de su fundación suprema,
el dominio que debía
a este reino, y a su cuenta
del noble príncipe Gordio,
a quien desde hoy se sujeta
nuestro poder, repugnando
la elección que tienes hecha,
por su embajador me envía
a que por extenso sepas
las causas que le precisan
a negarte la obediencia.
La hermosísima Ariadna,
princesa y señora nuestra,
a quien solamente hoy
nuestra lealtad respeta,
muerto su padre el rey Hiarbas,
quedó única heredera
de Corinto, porque Glauco
su hermano, como este era
hijo mayor, heredó
de Tesalia la diadema;
y por excusar discordias,
y que no viniese a expensas
de Glauco, se dio a Corinto
con las dichas preeminencias
libremente, encomendando,
por quedar en edad tierna,
a tu Majestad su mando,
para que como en tutela
viviese mientras llegaba
competente edad que fuera
apta a recibir el peso.
Pag. 37
cuya elección fuese hecha
por los sabios electores
de Corinto, y que no puedan
sin su real aprobación
ellos confirmar, ni sea
vuestra majestad bastante
a hacerlo solo, es expresa
cláusula del Rey su Padre,
y como tal se venera.
A nuestra noticia habrá
diez días que llegó nueva
del estado que le has dado
a nuestra digna Princesa,
por cuya causa desde hoy
aquella ciudad se niega
al derecho que se debe
de nuestra parte a la herencia
que a Ariadna pertenece,
a que desde aquí resueltos
dan por nulo el matrimonio
por muchas razones: sea
la primera el mandamiento
de su Padre, siendo fuerza
el cumplirlo. La segunda
es que en cuanto a la sentencia
que Clorante previno,
no puede comprehenderla
pues siendo su Alteza de
Tesalia, y por aquí sujeta
a tributo, ¿cómo cabe
que haya de pagar la deuda,
siendo como sabéis todos
precisa obligación vuestra?
La tercera es, que habiendo
dado que perteneciera
a la Princesa el tributo,
¿ignorasteis que no hubiera
quien por su dueño la vida
arriesgara en la defensa?
La cuarta es que, sabiendo
las antiguas diferencias
de Troya, sea un troyano
quien sin méritos posea:
Embajador, aunque no
este nombre te convenga
por ser de un traidor, excusa
tantas razones y abrevia
la embajada, que enfadoso
a su majestad molestas.
Pag. 38
¿Quién os mete en eso a vos?
Ea, escusad competencias.
Si no le ataja en la cuarta
y va llegando a la tercia.
Digo, en fin, que desde luego
negamos la obediencia
a vos y a aquese extranjero,
y que para la defensa,
si os agrada lo contrario,
el Príncipe Gordio espera
para castigar valiente
infames correspondencias;
esto en su nombre os he dicho,
lo que aguardo es la respuesta.
Si Vuestra Real Majestad
gusta, por ser la propuesta
tocante a mí, que responda,
lo haré con vuestra licencia.
Responded por mí y por vos.
Aparte.
Levántanse.
Buena ocasión es aquesta
en que equívocas las voces
den a entender mis ofensas.
Aunque a tus razones todas
bastantemente pudiera
contradecir una a una
con acierto y evidencia,
por mi Rey, que está presente,
por mí y por mi esposa bella,
cuatro respuestas en una
te he de dar, que aunque parezca
descrédito a una traición
satisfacer con la lengua,
porque lleves la noticia
y porque Aníbal se sepa
que quien cortés le responde
sabrá castigar su ofensa,
la respuesta que has de darle,
embajador, es aquesta:
el que goza la hermosura
de Ariadna, digna Princesa
de Corinto, y aun del mundo
serlo casi es corta empresa,
es Vicias, noble troyano,
hijo de Alcanor y Biera,
y el que antes que este farol
dé diez vueltas a la esfera
irá a quitar de sus hombros
la infame basa en que ostenta.
Pag. 39
Al laurel, y dirán bien,
que a su vida solo queda
todo lo que matar deje;
y así que me lo agradezca
si fuere algo más de lo que
mi justo rigor desea;
que si sabe quién es Vivas,
que lo ignora es cosa cierta,
pues a traición semejante
bien sé que no se atreviera;
y más que, reconociendo
quién soy, me da la obediencia,
no ha de hallar en mí piedad,
no ha de ver en mí clemencia,
solo por imaginar
la culpa, no por hacerla;
que viven los dioses sacros,
que si alguno presumiera,
qué es presumir, intentara,
qué es intentar, dispusiera
allá en lo más interior
del discurso o de la idea
agraviarme, entre mis brazos
más pedazos le hiciera
que átomos produce el sol,
que arenas el mar, que estrellas
ese velo azul, y si
en el centro se escondiera
por buscarle penetrara
los cóncavos de la tierra,
y a hacer posible, el alma
de partes se compusiera
o de mortal se adornara,
lo propio con ella hiciera.
¿Y qué? Mas basta lo dicho,
mucho la pasión me ciega;
ignórelo el que lo ignore,
y entiéndalo el que lo entienda.
Esto es lo que se responde,
quien presto vengarse espera.
Vete aprisa, embajador,
a llevar esa respuesta,
no sea, sí, que primero
llegue yo propio con ella.
¡Oiga! ¿Y lo que sabe el diablo el bramo?
Aquesto es fiesta
con sus vísperas; aguarde,
se llegarán las completas.
Pag. 40
Aparte.
equívocamente ha hablado.
Aparte.
¡gran valor! Arias, bien se recela
mi desvelo, pues conmigo
habló también, triste pena.
Aparte.
Aparte.
parece que en sus acentos
unió con sus dos pechos.
Si como con las palabras
blasonas, lo que aseguro fuera
con las obras, tus intentos
pudiera ser que temiera;
mas basta que seas troyano.
¡vive Dios que si estuvieras
donde su real majestad
ni nos oyera, ni viera,
que de esa boca atrevida
hoy te arrancara la lengua!
mas guardando este respeto,
y porque a tu dueño vuelvas
a llevarle la noticia,
mi justo enojo te deja.
que la lleve por escrito.
Va a sacar la espada y todos se levantan.
esto pasa a ser afrenta.
¿qué es esto? ea, id,
si con vida, merced hecha
por embajador, y dad la respuesta.
Vase.
allá te espera mi valor
a ver si igualas
las manos con tu soberbia.
notable empeño. Aguarda.
Aparte.
mayor es el que me queda,
mas sano tiene remedio;
no olvidaré, no, mi ofensa,
que aunque tarde el vengarla,
porque el castigo no llega
nunca tarde, cuando un hombre
de sus agravios se venga,
aliéntame la razón,
y para que en breve pueda
ir a vengar tanto agravio
solo aguardo tu licencia.
siendo dueño desta acción
vos la tenéis, y cuarenta
mil soldados valerosos
que os ayuden en tal empresa.
con menos, señor, hay bastos.
Aparte.
pues mientras los parches suenan
esperaréis. Vamos, hijos,
aquí el cuidado comienza.
Pag. 41
Aparte.
hasta que a otro remedio
aplique mi diligencia.
No extraño ya mi pesar.
Vanse los tres.
Respóndate la obediencia.
Llora Ariadna.
Si estando un hombre en su casa
tantos recelos le cercan,
estando ausente, ¿qué hará?
¡Denme los cielos paciencia!
Esposa, vos de esa suerte...
Cuando os aguarda una ausencia,
¿no queréis que sienta?
No,
que es dar a entender os pesa
de lo que en empresa tal
para vos mi amor granjea.
Las lágrimas estimara
si no fueran lisonjeras.
Aparte.
Aparte.
Siendo tan al gusto vuestro,
será mi correspondencia
de vuestra parte alegría,
pero de la mía, pena.
¡Qué mal finjo este pesar,
cuando el corazón revienta
con dos desesperaciones
como en mí se manifiestan
de aborrecimiento y celos!
¡Ay, si el pecho se le viera!
Adiós, esposa.
¿Que os vais?
Ya lo veis, mi bien, que es fuerza.
Abrázalo y se turba.
Pues adiós.
Tente, ¡ay de mí!, bien sabes...
¿De qué te alteras?
Que te estimo.
No lo ignoro, Ariadna, y que es fuerza que lo sienta.
Para prueba de mi agravio,
no he menester yo más prueba.
La muerte temí en tus brazos.
Esposo, adiós, y él os vuelva
para castigar agravios.
Vase.
Como el corazón desea.
¿Señor Salchichón?
¿Qué mandas?
Quiero hablaremos aquí ora
dos palabras.
No, señora.
Válgate Dios, la comedia
tan muda para criados.
Es santurrón el poeta,
y en esta ocasión no quiere
dar que hacer a los terceros.
Vase.
Pues callaré como en misa.
Eso es lo que a usted le pesa.
¿Señor?
¿Qué quieres, Salchichón?
Pag. 42
¿Quién te ha metido en aquesta
locura?
Sale el Rey.
Es obligación
el cumplir con esta deuda.
¡Vivas,
señor!
Prevenida
toda la gente os espera,
id luego, y vuestros cuidados
desde hoy corren por mi cuenta.
Deja que bese tus plantas.
Id en paz.
Con Dios te quedas;
Vanse con el rey.
pero en estando la gente
algo apartada, la vuelta
he de dar a ver si cumple
el Rey con esta promesa.
Aparte.
¿Que en fin te vas?
Es forzoso.
¿Y dime, señor, me dejas?
También es preciso, porque
es menester tu asistencia
en palacio.
Sea en buen hora.
Vamos, pues, y el cielo quiera
que de la visita de esta noche
salga una buena sentencia.
Vanse todos y sale Nisse con un papel.
Notable fortuna tengo,
no ha de ser todo desdicha,
algún día ha de haber dicha.
Con grande contento vengo,
por considerarme fiel.
El príncipe me llamó,
y a él disimulo me dio
para mi ama este papel,
que como vio que despacio
aqueste tarde le fue,
se aseguró, y yo hallé
en esta piedra reposo.
Dios le pague el beneficio,
ya desde aquí me prevengo,
pues para la edad que tengo
no he de hacer mal oficio.
Milagro fue del poeta,
que si quisiese ablandar,
mas hoy el papel a dar
no roben a la estafeta.
Pero mi ama sale, llego.
Sale Ariadna.
¿Señora?
Nisse, ¿qué quieres?
¡Oh, industria de las mujeres!
Una cosa a tu amor ruego.
¿Y cuál es?
Que no me culpes.
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Un error, que aunque no quepa en ti...
Antes que lo sepa,
me admira que te disculpes.
Tu primo...
Mal comenzaste.
Me llamó y me dijo: "Fiel,
que te trajese un papel".
Dime, Nisse, ¿y lo tomaste?
Yo, que como te quejabas
de no sé yo qué rigor,
por no darte más dolor...
Pues, ¿por qué no lo tomabas?
Que sí lo tomé.
¡Atrevida!
¡Contra mi honor!
Yo, señora, ¿no me dijiste ahora
que...
Te he de quitar la vida.
Dame el papel.
Vesle ahí.
Dáselo.
Saca una luz.
Voy por ella.
Vase.
¡Lo que un desvelo atropella! ¡Ay!
Sale Nisse.
Ya tienes la luz aquí.
Lee Ariadna.
"Los sucesos no prevenidos se niegan a la satisfacción,
no obstante quise hacerlo, y estorbolo el acaso de entrar tu
esposo, con que satisfecha, me libro de la culpa, pero
no del eterno tormento de un malogrado afecto. Mas
si en ti no ha muerto lo firme, vive en mí la esperanza
de dar fin a lo comenzado, y pues ahora el cielo
ofrece lugar buscaré la ocasión de hablarte.
El cielo te guarde. Tu primo el Príncipe".
¡Ay triste, si ya no hay medio,
de qué sirve la esperanza
ni firmeza, pues no alcanza
ninguno a hallar el remedio!
No te culpo, si advierto
mi rara y cruel fortuna,
y si la culpa es de alguna,
en mi culpa se halla el mal.
Llora.
¿Posible es que ansí se eclipse,
señora, tu gran belleza
con tan continua tristeza
que sientes?
Déjame, Nisse.
De pena el alma la llora.
Descansa un rato.
¡Ay de mí!
Ha de haber unas almohadas en que se sentará, y la luz se pone sobre un bufete.
Reposa, señora, aquí
mientras que vuelve la aurora.
Y si servirte merezco,
en aliviar tu dolor cantaré.
¡Oh, cruel rigor!
Canta, pues.
Ya te obedezco.
Canta.
¡Ay, corazón desdichado!
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y que malogrado vives,
posibles aborreciendo
e idolatrando imposibles.
Qué bien la letra pondera
mi pesado sentimiento,
cuyo accidental acento
tanto rigor exagera;
pues de mis penas cualquiera,
corazón, antes que avives
mayor mal del que recibes,
lee, advierte tan postrado:
¡Ay, corazón desdichado,
y qué malogrado vives!
Si libre la condición
de algún objeto carece,
acto es que no pertenece
a contraria negación;
pero si es la privación
de afectos indivisibles
por otros aborrecibles,
vivo por mi honor muriendo,
posibles aborreciendo
e idolatrando imposibles.
Qué importa que, coronado,
dulces posesiones mires,
si la gloria de gozarlas
oculto rigor impide.
No basta, no, que a alegrar,
corazón, llegues violento,
una alegría, incontento,
y una dicha, si el pesar
no te le deja gozar;
porque, aunque ser tanto admires
lo dicho, si el que suspires,
corazón, no se ha acabado,
qué importa que coronado
dulces posesiones mires.
No en la feliz posesión
de los bienes que poseo
halla descanso el deseo,
no sosiego la pasión,
que, como en el corazón
ajeno dolor reside,
¿qué mucho, ¡ay de mí!, que olvide
el consuelo de mirarlas?
si la gloria de gozarlas
oculto dolor impide.
Quédase Ariadna dormida.
Llora, corazón, tu suerte,
pues tan desgraciado fuiste,
porque siempre las desdichas
se hicieron para los tristes.
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Según llego a imaginar
que se ha dormido parece;
de aqueste mal que adolece
la dejaré descansar.
Vase Nise por una puerta dejando la luz. Sale por otro lado poco a poco, y dice en la puerta.
En este cuarto he entrado
sin ser de nadie sentido,
solo de mi honor valido,
hoy, lo que quedé olvidado.
Con esta llave la entrada
hallé, y es bien que la alabe,
que aunque es de hierro la llave
ha sido muy acertada.
A grande riesgo me atrevo
si al pasar me encuentra el Rey.
Cuando profano una ley
pero ¿qué temo si llevo
el pesar que me ocasiona?
Y es fuerza a tanto despeño
aunque logre en el empeño
mayor riesgo, mi persona.
Sale un poco más.
Luz en la cuadra veo.
No fue mi recelo en vano.
¡Oh, desempeño tirano
que mal te logras al deseo!
Mas, ¿cómo así me acobardo
cuando un recelo me llama?
Aunque peligre mi fama
mucho a el desengaño tardo.
Con lentos pasos prosigo,
pues que tanto me despecha
a averiguar mi sospecha
vaya mi valor conmigo.
Apenas, ¡oh aliento!, puede
mover los pies. ¡Qué pesar!
Quiero ansí examinar
pues la ocasión me concede
tiempo, mi duda celosa.
Pero, ¡cielos!, recostada
está sobre una almohada
una mujer.
Mírala.
¡Y es mi esposa!
¡Vive Dios, que mal arguyo
desto primero que hallé!
Porque en este cuarto, ¿a qué?
¿Estando tan cerca el suyo?
Mal me aconseja el rigor,
mucho me anima el recelo.
Ea, comience el desvelo
a ser mi procurador.
Pero en su mano un papel.
Repara.
¡Cristo, ay, perdido honor!
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pues ya descubre el dolor
las cláusulas que hay en él,
oh mano, en fin, desleal;
dámele a ver si en mi audiencia
de tu culpa, o inocencia
te sirve de memorial.
Lee el papel como arriba.
Llegó la confirmación
de mi afrenta, y pues la suerte
me da lugar, sea la muerte
mi última resolución
en esta fiera...
Ariadna dice en sueños.
Detente;
no me mates hasta ver,
señor, que en mí no es posible
pueda el Príncipe...
mirando siempre a la puerta, de suerte que al tiempo venir se ponga de suerte que mate la luz
Tened,
impulsos míos, ¿qué es esto?
Así he de satisfacer
mis dudas, que en tales casos
la luz buen testigo no es.
Pero ¡ay de mí!, que la puerta
siento abrir, y no podré
asegurar mis recelos.
A otro lance más cruel,
y aun peor de lo que entiendo,
si acaso no dudo, pues
los reflejos de una antorcha,
y vive Dios que es el Rey.
¿Quién duda que soy perdido?
De esta suerte evitaré
riesgos que debo mirar.
Mata la luz de un soplo, y el Rey se turba, y deja caer la vela.
El entrar que me he de hacer
ciego a valor sabe mucho.
Ninguno exagere que
es hipérbole la brasa
en tal contingencia, pues
todo cabe en lo posible.
El cielo me ayude.
¿Quién,
atrevido...?, mas ¿qué digo?
El viento sin duda fue,
que al entrar; temeridades
pudo el juicio aprehender.
No quiero inquietar la casa.
Vase.
Ya del lance me libré,
y pues me voy con mi agravio,
yo a borrarle volveré.
Paso a paso el Príncipe a la puerta, y venga de suerte que encuentre.
Receloso de mi padre
salgo, por si puedo ver
Pag. 47
Aquí quisiera tener
prudencia. ¿Estamos a solas?
Aparte.
Sí, señor, ¡ay de mí!, ¿quién
en tales lances se vido?
Juzgando estoy y no sé
de qué forma o de qué suerte
en esta ocasión os dé
a entender el justo enojo
(si es que llegáis a entender)
que tengo de vos. Decid:
¿en qué precepto o qué ley
halláis tales demasías?
¿de este modo anteponéis
a la razón un delirio?
¿Sabéis vos lo que es ser rey?
Es cierto que lo ignoráis,
pues ansí con trato infiel
apreciáis vuestro apetito
dando de mano al poder.
Borrad aquesas ideas
y ese ciego proceder
dejad, pues lo quiso el hado,
y puesto que os di mujer
igual a vuestra grandeza
para que no atrevido desdoréis
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lo que a mi estudio le cuesta
y molesta mi vejez,
cuando se desvela Asinio
en procurar solo el bien
de la patria, y que no llegue
la plebe a reprehender
nuestro descuido insufrible,
¿este anhelo obscurecéis?
¿Qué se dirá de mí y vos
si esto se llega a saber,
de mí por que lo consiento
y de vos por que lo hacéis?
Pues, por deidades, por los dioses
sagrados, si no ponéis
a vuestra locura freno,
que yo el primero seré
quien dé lugar al castigo;
y si el peso os entregué
de la corona, juzgando
le toleraríais más bien,
como os le di, si no os veo
cumplir con lo que debéis,
aunque arriesgue otro honor
en ello, os lo quitaré.
Llegas a matar la luz,
atrevido, detened,
ya que no temor, respeto
sino de padre y juez,
como tal os reprehendo;
no por fiado aguardéis
que con diferente estilo
os castigue como rey.
Nicias es muy gran soldado,
yo y vos le hemos menester,
vos tenéis mujer hermosa,
no os digo más, entended
que la honra se antepone
al más supremo poder,
y que se pierden respetos
si esta se llega a ofender.
Vase.
¿Qué es esto que me sucede?
¿Qué es esto que llego a ver?
¿Qué haré en tanta confusión?
En tantas dudas, ¿qué haré?
¿Yo matar la luz? Piadosos
cielos, ¿qué queda que ver
sobre un mal tanta desdicha?
O he de morir desta vez,
o de casos tan extraños
el motivo he de saber.
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Sale Ariadna turbada como que busca
¡Ay de mí!
Prima, ¿qué tienes?
¿Qué he de tener?
¿Acaso has visto ...
¿Qué dices?
Digo, ¿si has visto el papel
suyo, que mientras al sueño
me rendí, o dejé caer,
o de la mano...
No entiendo.
Pues mucho hay, sí, que entender;
el papel digo si has visto.
No.
Pues yo llego a creer
que si a el sueño me persuado
presumo contra mí.
¿Qué discurres?
Que como otro
puñal en Jerusalén,
ha de ser para mi muerte
el verdugo más cruel.
Declárate más.
No puedo,
mira que puede volver tu padre.
Que entre mis dudas me dejas.
Yo explicaré
a mejor tiempo mis males.
A tal tiempo que de ser
que ya no tengan remedio.
No lo dudo.
Yo sí, pues
como dure en ti el afecto
al paso que en mí la fe,
cerrando al mal los caminos
abriré puertas al bien.
¿De qué suerte?
Tú lo sabes.
Es imposible.
¿Por qué?
Porque son muy cortas fuerzas
para tan grande poder.
Mal conoces.
Mucho alcanzo.
Lo que en mí dura.
Bien sé.
¿Qué sabes?
Lo que dijiste.
Y estás en que lo haré.
Parece que siento pasos.
¿No respondes?
Déjame,
ya a Dios que habiendo perdido...
Querrás decir el papel.
Sí, me ha de costar la vida.
No es fácil.
Y cómo que es,
puesto que en tanto consiste.
¿En qué?
En morir o vencer.
Pues a vencer o a morir
para dar fin de una vez...
Jornada tercera
Pag. 50
Salen Ariadna y Nise.
¿Es verdad lo que me dices?
Y tan verdad que he llegado
a entender que de otra causa
nacen efetos tan raros;
tan retirado le tiene
su padre en su mismo cuarto
que parece que es nocivo;
según le sigue los pasos
si acaso me ve, que siempre
cuando me mira es acaso,
me quiere hablar con el rostro,
pero como yo no alcanzo
lo que entre dientes me dice,
con ser lo que dice bajo
me quedo de ello en ayunas,
pues aunque quisiera en algo
entenderlo, desde cerca
el demonio de criado
que tenemos da en seguirme
con tantísimo cuidado
que no soy dueño de mí,
y según he imaginado,
parece perro de muestra
que saca por el olfato.
Que el Príncipe por mi causa
padezca pesares tantos,
¡y que yo viva, ay de mí!
No es posible que a tan raro
afeto, aunque honor se arriesgue,
ande amor tan tirano.
Lo que intento es aliviar
sus males solicitando
que mi olvido de su olvido
sea de servir de descanso.
¿Nise?
¿Qué mandas, señora?
Solo que tendote amparo
podrás llevarle un papel.
Cuando con silencio tanto
en las cosas de tu honor
como conoces he andado,
me pesa que me prevengas.
No te admires, y el recado
saca de escribir.
Saca el recado en una mesa.
Honor
de intentos imaginados
no se agravia, aquí le tienes.
Grandísima paga aguardo.
Pag. 51
De aquesta vez, llegar puedes.
Espérate, Nise, un rato,
mientras escribo; perdone
mi honor, si en esto le agravio.
Mientras escribe. Salchichón, al paño.
Pues está de Dios que sea
soplón, no hay sino cuidado
con los primos, que suelen
ser, cuando menos, cien palos.
Tiemblo de entrar en mi casa
aun solo de imaginarlo,
porque llama a la criada.
¿Me pueden ver? Como al diablo.
¿Si estarán aquí? Allá voy.
Saca la cabeza.
Pero si mal no me engaño,
un papel mi ama escribe.
¿Si será para mi amo?
Veamos si damos luz
al pedernal, que amos...
Lo que falta. Toma aprisa,
y con muy grande recato
se le darás.
¿Eso dudas?
Eres leal.
Voy volando.
Vase.
Porque no pierda gota,
he de apurar este caldo;
tras de ella tengo de ir,
si no me atajan los pasos.
Sale.
Salchichón, ¿adónde vas?
Voy con un cierto cuidado.
Aparte.
Aquí es fuerza detenerle.
Parece que estás turbado
y el rostro algo pensativo.
Es, señora, porque he dado
estos días en poeta,
y se me ha ocurrido un caso,
no sé si es de novedad,
y voy aprisa a apuntarlo,
que soy flaco de memoria.
Aparte.
Malicioso es el criado.
¿Y no le podré yo ver?
Eso será necesario,
pues de ti no se dirá
lo de Sintis de Tracia, claro.
Pues advierte que te espero.
Aparte.
Con la verdad le he engañado.
Voy a seguir esta liebre
antes que salga otro galgo.
Vase.
En lo que aquí se detuvo,
Nise habrá el papel ya dado;
si bien en el pecho siento...
Pag. 52
Vase.
Músicos y el Príncipe triste.
Temerosos sobresaltos,
amor, pues eres deidad,
no me atormentes; si en vano
son tus intentos, aparta
de la vista lo vendado,
para que libres los ojos
admiren su propio daño;
pero cuando considero
ser tu rigor tan contrario,
para no ver lo conozco
que me venden tus engaños.
Dolor que el corazón siente
sin conocer el dolor,
es dolor con más rigor
que aquel que se ve presente.
Es verdad, pero dismiente
el mío por advertido
esto que es ser conocido,
pues en tan grave tormento
bien conozco en lo que siento
que es más que el que no es sabido.
El alivio que deseo
imposible se resiste,
porque mi dolor consiste
en todo lo que no veo.
Vanse los músicos.
Y así que si el empleo
del mal está en no mirar,
nunca el mal podrá hallar
el alivio que desea,
hasta tanto que posea
en lo que estaba el penar.
No hay cosa que me divierta;
idos, y dejad el canto,
a ver si da vida el llanto
a una esperanza ya muerta.
Que sea tal el rigor
de mi fortuna, ¡ay, cruel!
¿Para qué quiero el laurel,
cuando muero de dolor?
Abráseme ya este fuego,
pues mi mal no me provoca.
Risse sale.
A pedir vino de boca
la ocasión. Pero yo llego.
¿Señor?
¿Quién me llama? Cielos,
Risse, ¿qué es esto que miro?
Ya con tu vista respiro
a echar de ver mis desvelos.
¿Qué ocasión?
No te alborotes, que mi amor...
Habla con él y dale el papel. Y Salchichón por donde salió Risse.
Bien empleado
será que aquí de contado
Pag. 53
me den docientos azotes
no se ha perdido ni un paso
¿con quién habla, Jesucristo,
no es el príncipe? Muy listo
quiero darles un repaso.
qué bien sabe la lección
la Nise, ¿quién se la iguala?
yo aseguro no de mala
que tiene mucha afición
a meterse en estos lances.
para el que a papel en fin
yo le contaré en latín
a mi amo estos romances.
al.
de mi esposo el sentimiento
me tiene tan disgustada
cuando alivio no halla en nada
aquel oculto tormento
que me obliga ansí a seguir
(temiendo algún accidente)
sus pasos que en verle ausente
se llega el alma a afligir.
Mira, hacia este cuarto ha entrado.
pero ¿qué es esto que veo?
¿es engaño del deseo
o es ilusión del cuidado?
no es Nise con quien está
hablando, válgame el cielo
daré lugar al recelo
ea que no, mas ¿qué hará
con ella, o ultraje cruel
mucho creen los desvelos
y aseguran los recelos:
¿no está leyendo un papel?
¡oh mal fingido pesar
que gozo que te advierto
quien tu alivio procuro!
mas penas disimular
es fuerza y que me reporte.
mucho la Nise se tarda
sin duda alguna que aguarda
a tal papelillo el porte.
dale una cadena
perdóname Nise bella
y toma:
con una estaca.
esta cadena.
¡a bellaca!
¿eso es prenderme con ella?
y dile a Ariadna hermosa
ya descubre mi tormento
que aqueste agradecimiento
aquí tuvo fin la glosa
yo propio le he de llevar.
Pag. 54
que aunque otro papel tenía
que le dieras, mi alegría
mejor le sabrá explicar.
a su vista.
Sal que te quemas.
pasares; que es imposible
que tu padre,
Muy posible
será. Di Nise, no gastemos
que esta noche iré.
A ellos
me origina mayor pena
quien quitara la cadena
y te pusiera unos grillos.
Aparte.
Que tanto sufra un agravio.
Pues yo esperaré en la puerta.
Salchichón alerta, alerta.
Buscaré mi desagravio.
Ahora faltan los extremos.
Adiós señor.
Adiós Nise.
Vase.
Voyme, antes que me lo avise.
Vase.
Esta noche nos veremos.
Cuantas veces más le leo
se aumenta más mi esperanza.
Malhaya la confianza
que goza tan mal empleo.
A un tiempo de dos males combatida
mi vida se miró con rigor fuerte,
pero ninguno fue bastante muerte
para acabar con mi temprana vida;
y fue porque esperaba otro homicida
que a vivir me quitase en mejor suerte.
Este es don César, ya me lo advierte
una evidencia tirana, y atrevida.
Si mi vida estimáis, no riguroso
sintáis más, que mi amor por ofendido
se dará, y estará de vos quejoso.
Pues si a los males no ponéis olvido
podrá en mí más ese dolor penoso
que lo que dos tormentos no han podido.
Con qué bizarro decoro
exagera mi pasión.
Padece su fiel corazón
desprecios que desde hoy lloro.
Con tan divino consuelo
se pudo el mal aliviar.
Sale.
Sí, que de disimular
he de apurar el recelo.
¿Es poco?
Rosaura mía.
¿De qué? ¿Cómo os sentís?
Cuando a verme vos venís
responde a mi alegría.
Estimo mucho el favor
pero atendiendo después
Pag. 55
al efeto juzgo que es
de causa más superior.
Aparte.
Fuera descubierto agravio
si a tan gran Majestad
diera superioridad
hoy mi inadvertido labio,
pues respecto de mi amor
cuando por vos salud goza.
Cielos, suspira celosa,
no hay causa más superior.
Muy bien la causa conozco.
¿Y quién es la causa?
Yo.
Aparte.
Su voz el alma rindió.
Aparte.
Sus recelos reconozco.
Que otra serlo no pudiera.
Ni mi amor lo imaginara.
Aparte.
¡Ay, si el corazón hablara!
Aparte.
¡Ay, si la causa supiera!
Yo, señora, ahora pretendo
ver unos memoriales;
recogeos.
Aparte.
Por mis males
ya tus traiciones entiendo.
¿Y vendréis presto?
Infinito
será para mí un instante
en que no os vea el alma amante.
Aparte.
¡Qué bien encubre el delito!
Pues adiós; pero avisaros quiero...
¿Qué es lo que mandáis?
Que si algo más os tardáis
he de salir a buscaros.
No daré a ello lugar.
Pues a Dios.
Aparte.
El cielo os guarde.
Para mí un instante es tarde.
Vase.
Mi agravio he de examinar.
Vase.
Hermoso y radiante coche
es con sus luces bellas
y coros de alas y estrellas
pavellón de toda la noche.
Sale Saliento embozado.
Pues que las sombras me ayudan
y he de dar cuenta de todo,
todo lo tengo de ver
pues que me cuesta tan poco.
Cuenta con la cuenta, aunque
con mucho temor mis lomos
de cierto yo los sé temer
un diluvio bien copioso
y no le pesará a nadie
por ser aun soplón, y que otros
se prevengan, que algún día
se les llegará lo propio.
Pag. 56
Ahora bien, ella le dijo
que viniese y es notorio
que por aquí ha de pasar;
entre esta puerta me pongo
encubierto, por si alcanzo
a ver el fin del negocio.
Pónese hacia el lado izquierdo.
Nisse y el Príncipe por el derecho salen.
Aquí, señor, esperad.
Obligado reconozco
mi afecto a tanto favor.
Servirte es el mayor logro
de mi interés.
Mis finezas,
aunque con galas son corto,
sabrá pagar, Nisse hermosa,
cuando tanto fatigoso...
Pues ansí, señora, vos, a avisarle.
Triunfo heroico, por si alcanza el corazón.
En eso de triunfos, yo os
apoyo, que aunque yo llevé
de vuestra venida el modo,
si no me ayuda la industria
ainas no lo repongo,
porque en mi amo hubo falta
a la jugada, mas como
tenía yo buenas cartas
pude llevármelo todo;
y siendo ansí que, perdida
ésta, en su condición noto
que haga renuncios, aunque pierda
contigo lo cariñoso,
mas vos con todo cuidado...
Por donde está sale Chichón debajo.
O yo soy un poco sordo,
o por el aire oigo andar
un si es no es de un coquito.
Rosaura por donde salió el Príncipe.
Ciega de un dolor tirano
y forzada de mi enojo
salgo por si evitar puedo
las traiciones de mi esposo;
por este cuarto ha de entrar
el aleve, y puesto que logro
el hallar la puerta abierta,
he de pasar por si toco
con la experiencia lo que
recelaron los ojos.
Ariadna por donde se fue Nisse.
Tropezando en mil azares
camina mi honor absorto
cuando su esplendor se arriesga
Pag. 57
entre asombros tiene bríos.
La luz dejé, aunque me culpe
el descuido, porque noto
que si la sacaran fuera
dar más luz al desahogo.
Un escollo es cada planta.
Hacia Salchichón.
Parece que por los hombros
me hurgan. Si es algún diablo
y imagina que me ahorco
y quiere ser mi verdugo.
Encuentra con él.
¡Príncipe y señor piadoso!
De aquestos verdugos, muchos
tomarán en sus ahogos.
Todos aparte.
Por no parecer grosera
y que ingrata correspondo
a vuestra fineza.
¡Ay, Dios! Ya di en la tierra con todo.
Que soy el Príncipe juzgan
ánimas del Purgatorio.
¿Quién me metió en estos ruidos?
Si me conocen, al morro
juegan conmigo, si no
me desuellan como a zorro;
¿que pase un hombre de bien
estos sustos por un soplo?
Solo por agradecer,
aunque arriesgo mi decoro...
Decoro fuera mayor dejarme.
Las leyes rompo de mi honor.
Y mi cabeza. Pésele a los propios.
Nunca juzgué que llegase
a lance tan peligroso;
lo que falta es una luz
para llamarme dichoso.
Como no vendrá Ariadna...
Parece que pasos oigo.
¿No habláis?
Aquesto es peor
que si estuviera en un pozo.
Si por no venir con luz...
Dicho y hecho, por viento me
cien palos y puerta afuera.
Os mostráis algo quejoso;
aunque culpen lo atrevido
los colores de mi rostro,
iré por ella.
Vase.
No vais. Poeta de los demonios,
di que me esconda, ¿no hubiera
aquí para tal ahogo
un tonto de alguna dama
o una manga de un mogrollo?
Pag. 58
Para delante de Dios
poeta, no te perdono
este susto, hasta el paño
que es encubridor forzoso
de escondidos estanques
se lo ha llevado el demonio.
Pero aquí topé un bufete
y pues no hallo otro modo,
aunque digan que de ajeno
me visto, debajo escondo
mis temerosas costillas,
y agora rueden los bolos.
Mientras Salchichón dice estos últimos versos, se va arrinconando abajo. Príncipe y Rosaura.
¿Eres tú, mi bien?
Aparte.
¿Qué escucho?
Esta es la voz de mi esposo,
que así mal logran se a ver
sus intentos cautelosos.
Mas necia fue la pregunta,
cuando ya en mí reconozco
que esos resplandores son
pronósticos de tus ojos.
Sale Ariadna con la luz y se turba.
Agora, señor, que la luz
tenéis delante...
¡Qué asombro!
¡Muerta estoy!
Aparte.
¡Jesucristo!
Qué linda danza de monos,
esto estaba aquí encubierto,
si me cogen entre todos.
Aparte. Deja la luz sobre un bufete.
Yo he de morir de pesar.
Aparte.
Ya mis ofensas conozco.
A estos les cogió la hora
como dijo cierto poeto.
Vase.
Cumpla, señor, Vuestra Alteza,
como noble y generoso,
a lo que vino; que si
a buscaros salí ansioso
un recelo, como os dije,
no tardabais, y gustoso
os hallo, aunque sin vos vuelva
seguro ya mi decoro,
ya importa quedaros,
a más dulces soliloquios,
con más razón, y dejarme
a mí, a ver si es más honroso
quedar vos con esta dama
o ir yo con celos rabiosos.
Aguarda, espera, ¿qué es esto?
No es nada, como dijo Soto.
Ya es pública mi deshonra.
Y ya es mi delito notorio.
Pag. 59
Injurióme con sus voces.
Mátome su desahogo.
Vos sois hombre y yo mujer.
Lo mismo dijo Tolongo.
Y yo sé el agravio más
por ser depósito heroico
del honor.
No te adorara
si atrevimiento tan loco
no castigara.
No es nada
si me pillaran el bulto.
Y poderosa Rosaura.
Mi enojo es más poderoso.
Esa es para la princesa;
¿Qué importa si yo te adoro?
Yo soy quien lloro mi agravio.
Yo tus sentimientos lloro,
y he de vengar esta ofensa.
Y el peligro es forzoso.
No me aconsejes.
Es fuerza.
¿Y tu honor?
¿Y tu reposo?
¿Y mi amor?
¿Y mi peligro?
¿Y mi dolor?
¿Y mi esposo?
¿Y tu fama?
¿Y tu quietud?
¿Y mi palabra?
¿Y mi ahogo?
¿Y mi castigo?
¿Y tu padre?
He de aventurar lo todo.
Parecen gatos amantes
según los mimos que oigo.
¿Que en efeto te resuelves?
Tengo el agravio a los ojos.
Pues aún no es tiempo.
¿Por qué?
Porque estamos en otoño
y matar sin frío ni
calentura es mal notorio.
Yo te diré la razón
cuando yo me vengue y todo.
Pues a tu elección lo dejo.
Yo te avisaré.
Conozco el motivo.
Y yo le callo.
Estaré con mil asombros
hasta lograr la ocasión.
Y yo no porque ya la logro.
A Dios, Príncipe.
A Dios, prima.
No olvides mis enojos.
Como si yo soy la causa.
Pues con esto basta solo.
Ya aquel vaticinio, que
me sirve de mucho asombro.
Ya me acuerdo. A Dios te queda.
Y nos patrocine en todo;
Sí hará, que es mucho el amor.
Pag. 60
Y mucho más, Aogardio.
Vanse por ambos lados.
Gracias doy a mi fortuna,
anda, ya con el demonio,
que con ser invierno salgo
resudado como un pollo.
Que estoy libre no lo creo,
¡Jesús, y qué fiero arrojo!
No más, en toda mi vida
me meteré en ser curioso,
y antes, que otra me suceda
esquivo, y en salvo pongo
mi persona, hasta que venga
mi amo; y eche todo.
Vase.
Sale el Rey, Octavio y acompañamiento.
Con nuevas tan de mi gusto
se aumenta más mi alegría.
¿Sábese de cierto?
Graves
personajes lo atestiguan,
pero su real majestad
no haber tenido noticia
parece que duda ofrece.
Es verdad, mas si se afirma
ser cierto o ya por correos
o por su persona misma,
y de los mayores triunfos
que las edades publican.
Ariadna y Nise al paño.
Hasta aquí ha llegado, Nise,
el poder de mis desdichas,
no hay término a los tormentos
ni sosiego a las fatigas.
Ignoro por dónde pudo
entrar.
No me le repitas,
que solo de imaginarlo
me vendrá a costar la vida.
No sé qué voces he oído
de tu esposo.
Por oírlas
con verdad, más que de afecto,
solo sí de cortesía
vengo a visitar al Rey.
Salen.
Pues mírale allí.
¿Sobrina?
Señor, si a tanto cuidado
como una ausencia anticipa
puede haber algún consuelo
que le alivie, la noticia
que de mi esposo tenéis
quisiera, señor, oírla.
Solo consiste en las voces
la nueva, mas confirma
el valor de vuestro esposo
lo que aun no cierto se afirma.
Pag. 61
Al paño.
Hoy espero la verdad de todo,
salgan mis iras, y sepa el Rey lo que pasó;
pero allí está mi enemiga,
disimular es forzoso.
Sale.
¿Qué ocasión buscaré?
¿Hijo?
A los pies de tu Majestad
me tiene.
Aparte.
Cómo se miran.
Míranse.
Aparte.
Presente tengo mi agravio.
Aparte.
Yo veré si se desvía.
Aparte.
Aun no quisiera mirarla.
Aparte.
Solo el mirarla me irrita.
¿Y el Príncipe?
Aparte.
Aparte.
Ya, señor,
con la nueva mejoría
que goza, por quien yo sé,
a costa de mis fatigas,
anda por esos jardines
entreteniendo la vista
el rato ocioso que tiene
a las audiencias.
No implica
en su edad algún descuido
como implicara en la mía.
Aparte.
Mi decoro está pendiente
de sus voces.
Aparte.
Que me impida
un respeto que no debo
a no quejarme ofendida.
Aparte.
Yo abreviaré los castigos
antes que su voz lo diga.
Llamadle.
Va un criado.
Aparte.
Que aquí estuviese.
Yo apuesto que las dos niñas
si se cosieran a solas
fuera una comedia oírlas.
Sale el Príncipe.
Aparte.
Señor, ¿qué es lo que me mandas?
Cielos, allí está mi prima.
Suena un clarín.
Sobre aquellos memoriales
que en mi nombre el otro día
os dieron; pero, ¿qué ruido
es este que regocija
con bélicos alborozos
toda nuestra Monarquía?
Sale un soldado.
Si vuestra Real Majestad
quiere lograr con la vista
el mayor prodigio, que
hasta aquí el tiempo publica,
vuelva los ojos, señor,
verás al valiente Vivas
de sus contrarios triunfante.
No perderéis las albricias.
Y por el palacio entra.
Vivas y Salchichón al paño.
Es cierto lo que me avisas.
Pag. 62
tanto como lo del oso.
Ap.
mi infamia están repetidas
en palacio, borraréla
aunque me cueste la vida.
disimula porque el Rey me espera.
Sale con algunos soldados.
eso tú me avisarás.
a tus pies hoy, Señor, con nuevo aliento
te rindo por pequeño ofrecimiento
de una tirana luz tristes desmayos
porque esa como sol le inspire rayos.
levanta, Vicias valeroso Atlante.
Ap.
no permitas, Señor, que me levante
pues a tus pies, a quien mi amor estima,
su grandeza a los astros me sublima.
mis dichas son testigos.
aquí veo, ¡ay honor!, mis enemigos.
¿esposo de mis ojos?
Ap.
¡oh instrumento fatal de mis enojos!
gocen mis brazos hoy tan nueva honra
Ap.
los míos no, pues solo ven deshonra.
Ap.
yo, Vicias valeroso
de dolor no reposo.
quisiera entre estos lazos
que mayor premio hallarais en mis brazos.
Príncipe, recibid en mi memoria
la enhorabuena de tan gran victoria.
¿qué sucedió en la guerra?
pues merezco
el que me atiendas hoy, sabe que ofrezco.
Salí con toda tu gente
gran Señor, como mandaste,
a sosegar sediciones
y castigar deslealtades.
y siendo catorce mil
los combatientes, iguales
así en la caballería
como en los fuertes infantes,
todos hijos de su aliento,
o exhalaciones de Marte,
al acento de las trompas
y a los clamores de parche
dimos vista al enemigo,
quien pudiera retratarte
gran Señor, de aquesta guerra
la nunca copia de imagen,
pero cuéntenla los hechos
y las hazañas la aclamen.
Salió el atrevido joven
con un escuadrón tan grande
Pag. 63
de soldado, que excedía
aun casi a lo innumerable.
Puesto un campo, y otro enfrente
dan la señal de combate,
y el rebelde, revolviendo
con valor, e industria, y arte
su caballo, que aunque sea
enemigo he de alabarle,
se arrojó entre mis soldados:
en cuyo súbito instante,
trabada la escaramuza,
con estruendos formidables
de entrambas partes, se vido
por muy gran rato igualarse.
Entre la gran confusión
de muertes, y crueldades,
solo gemidos se oían,
nadie aún no conoce a nadie,
de tal suerte que unos y otros
entre confusión tan grande
ni saben con quién pelean
ni con quién batallan saben;
porque era tanto el asombro
de cuerpos que en tierra yacen,
que aquel que vivo se mira
considerando su imagen
y olvidando de su aliento
los espíritus vitales,
a vista de tanta muerte
se transformaba en cadáver.
Todo era horror, todo asombro,
allí entre rojos raudales
el aliento de la vida
llegaba al último trance;
y tantos a un mismo tiempo,
que es materia de dudarse
si siendo la muerte una
a tanta muerte bastase.
Entre este asombro indecible,
entre esta furia de Marte,
tan apretado me vide,
que ciego de mi coraje,
me entré por los enemigos;
¿no has visto rayo arrojarse
de esas etéreas regiones?
¿No has visto precipitarse
un peñasco de su asiento?
¿Un ave volar miraste?
Pues de aquesta misma suerte
Pag. 64
En un Pegaso arrogante,
sin exagerar mi furia,
fui rayo, peñasco y ave;
no reservaba el rigor
ni aun el ser más invulnerable,
que a lo voraz de mi furia
no apagase lo insaciable.
Adonde más el incendio
veía, me iba al instante,
y el fuego se suspendía
a costa de mucha sangre.
Desta suerte, sin haber,
Señor, de una y otra parte
esperanzas de victoria,
la sangrienta lid durable
se experimentaba, y viendo
que los dorados celajes
de la diáfana antorcha
iban cerrando la tarde;
rompí por los escuadrones,
siguiendo temeridades,
en busca de mi enemigo,
y vine, Señor, a hallarle
en ocasión que hacía
estrago traidor tan grande,
que, a no acudir el valor
de mi brazo en breve instante,
de los marciales alientos
no quedaran ni aun señales.
Llegué, apartando los míos,
y cogiéndole delante,
le dije: «Espera, traidor,
suspende ya los fatales
impulsos con que aniquilas
vidas que no han de importarte.
Y pues logramos la dicha,
yo de hallarte, y tú de hallarme,
trofeo heroico te ofrece
la ocasión, llega arrogante;
y esos impulsos crueles
conmigo más se afiancen;
pero si quieres, convencido
de la razón que te embate,
se defina, antes que llegue
a más peligroso lance:
da la obediencia a tu Rey».
«Que es obediencia más fácil,
me respondió, se verá
de ese imperial baluarte
desasirse las estrellas
y el sol negar los raudales».
Pag. 65
de luz, que mi altivez
se sujete a tal ultraje
y así a las ejecuciones
te reduce, no al lenguaje,
que obras sí, palabras no
en aquesta ocasión valen.
Y queriendo proseguir
el triunfo, porque neutrales
las dichas se retardaban
todavía entre los bates;
le dije, pues que conoces
la importunidad que traen
las sombras para dar fin
a tan sangriento combate,
retira tu campo hasta
que vuelva a desenlutarse
el Sol, quizás de haber visto
tan tristes fatalidades.
Sin que colijas de aquesto
que soy tímido, o cobarde,
que si no, sigue la lid
y dure lo que durare.
Respondió: bien dices, y no quiero
que tú en esto me aventajes,
pues lo doy por admitido,
y más, que porque no pasen,
como ves, a más destrozo
nuestros campos; y que alcances
tú, o yo, aplausos más insignes
para un público certamen
de armas, en que cuerpo a cuerpo
nuestros esfuerzos batallen,
te desafío, ahora elige
en breve lo que gustares.
Eso mismo, que parece
os previno mi dictamen,
le dije: y dando señal
de acogida a lo restante
de mi gente, y de la suya,
corrió la voz, y al instante,
retiradas pues las tropas,
lugar en que descansasen
se concedió, y en el día
(aquí importa escucharme)
que para tan gran facción
se previno, de ambas partes
los campos se dispusieron,
ceremonias militares
que los pactos condicionan
en ocasión semejante.
Por las puertas de un palenque
Pag. 66
hecho para casos tales
entró el soberbio enemigo
sobre un caballo arrogante.
Tan galán señor venía
con el lucido ropaje
de que adornó su persona,
por ser de oro los esmaltes,
que pareció que salía
no a hacer de su esfuerzo alarde,
sino que solo venía
gran señor a desposarse.
Lanza y adarga sacó,
en cuya punta brillante
enarboló un blanco velo,
y escrito en su breve margen:
«O corona, o valor
en academias marciales».
Al aviso que me dieron
salí, sin embarazarme
en galanas ceremonias
ni aderezados ropajes,
que eso es bueno a las conquistas
de Venus, no a las de Marte.
Tomé un alígero bruto,
monte hermoso de azabache,
hijo adoptivo del fuego,
aborto de los cristales,
exhalación de la tierra,
del Euro, alumno agradable,
tan arrogante en lo hermoso,
tan airoso en lo arrogante,
que siendo cuatro elementos
quien constituye sus partes,
por verle cada uno de ellos
a su ser tan semejante,
en su competencia forman,
por ver cuál ha de llevarse,
de tan no visto prodigio,
el cognomento de padre.
Uno por fuego guerrea
en lo activo, en lo insaciable;
otro por agua; la tierra
en su firmeza; en lo fácil
el viento; pero al mirar
en él estas propiedades
tan bien dispuestas, parece
que decía su semblante:
«Ni aire, ni tierra, ni fuego,
ni agua tienen en mi parte
de adopción, sino se adornan
de más superioridades,
pues para no ser en mí
en los efectos formales
Pag. 67
más que fuego, más que tierra,
más que agua, más que aire;
ni soy adopción del fuego,
ni aborto de los cristales,
ni exhalación de la tierra,
ni de Juno alumno agradable,
sino aliento de mí mismo,
y hijo de mi propia imagen.
En este, pues, al palenque
me acerqué, y luego al instante,
por las etéreas campanas,
resonaron los metales.
Entré dentro, y revolviendo
la vista hacia todas partes,
se embarazó de tal suerte
al ver confusión tan grande,
que aun no termino los fines
del concurso inexplicable.
Puestos uno y otro enfrente,
la señal al punto hacen,
revuelvo presto el caballo,
al mismo tiempo parte,
dándonos tan fieros golpes
de lanza, que los remates,
sin ofensa de los dos,
fueron despojos del aire.
Y arrancando valerosos,
uno y otro de su alfanje,
comenzamos tal estruendo
que al ver los brillantes
resplandores que arrojaban
los aceros arrogantes,
encubrió de sus reflejos
los incendios naturales,
como quien dice envidiosos,
al ver resplandores tales:
«Deteneos, deteneos,
pues si tenéis todo el ultraje,
que a vista de aquestos soles
vuestras luces falta no hacen».
Invencible mi enemigo,
y yo también insuperable,
sin menoscabo seguimos
casi tres horas de tarde,
hasta que ya, o por fortuna
o industria, sin alcanzarle
desquite, me dio una herida
pequeña, pero bastante
a infundir más nuevamente
de mi rencor el coraje,
los no olvidados alientos,
puesto de advertir su sangre.
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de ajeno rigor vertida
pide: mas dígalo el lance.
No hubo, señor, la cuchilla
bordado con el esmalte
purpúreo: llover vio arroyos
cuando sin poder librarse
me abracé con él de forma
desde el bruto, que sin darle
libertad a su valor,
los movimientos vitales
tanto le oprimí, que el alma
siendo aún más sutil que el aire,
puro espíritu, no hallaba
salida del que cadáver
casi traía, con que fue
menester para matarle
no ahogarle como a otros
sino antes desahogarle
para que entrara la muerte
y la vida le dejase.
Desta suerte, gran señor,
satisfice aquel desaire
cuyo difunto valor
sobre el bruto quedó inhábil,
a las vitales acciones;
no al parecer; que neutrales,
al verle sobre la silla
tumba triste y lamentable,
los ojos no se creían
de si yace, o si no yace,
hasta que viéndose el bruto
sin ningún uso o gravamen
del freno arrojó en la tierra
de su señor el cadáver.
Al ver muerto a su caudillo
comenzaron los secuaces
a interrumpir el seguro,
y al punto mis capitanes
aclamando la victoria
sosegaron los audaces
atrevimientos, rindiendo
la obediencia su vasallaje.
Esta es, señor, mi fortuna,
porque tu poder se ensalce
porque tus aplausos vuelen
porque tus glorias se canten
porque tu grandeza reine
porque tu piedad se alabe
porque tu justicia asombre
porque tu corona alcance
más engastes que la adornen
más triunfos que la realcen
y porque tu nombre viva
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en láminas de oro y jaspes,
con dignas aclamaciones
en las futuras edades.
Llega a mis brazos otra vez, que crio
a los méritos míos de Trofeo,
pues corto ofrecimiento,
siendo más digno su merecimiento.
En ellos, gran Señor, con nueva gloria
se hace más plausible mi victoria.
Príncipe, a descansar podéis entraros.
Antes, Señor, quería declararos
cierto secreto que pese ya al labio,
pues corresponde a un triunfo tal agravio.
Despejad todos.
Contaré mis celos
en saliéndose Vicias.
¡Ay, recelos!
Con el Rey quiere hablar, he de escucharlos.
Vete tú, Nise.
Vase.
No hay sino dejarlos.
Ven, esposa.
No tengo confianza.
Vanse.
¿Cuándo será ocasión de mi venganza?
Vase.
Pues que yo salga de la fatiga,
prosígala mi amo, o no prosiga.
Quédanse el Rey, Vicias y Ariadno al paño.
Ya estamos solos, hablad.
Sí haré, Señor, aunque olvide
que referido un agravio
mayor se hace, y más sensible;
breve será llaga que esta,
porque el pesar no se alivie
mientras le digo, que no
busco alivio, solo elige
el corazón que se ahogue
al paso que se repite.
Mi honor, Señor, qué crueldad
sin aquel adorno vive
que seguró la memoria
de victorias tan insignes,
perdido está. ¿Quién pudiera
buscarle, a suerte infelice,
que queda más en respecto
que un honor? Caso terrible.
Yo me casé, gran Señor,
mas no sabe, ya lo dije,
con quién, que si adivinaran
los ojos cuando se rinden
fuera fácil evitar
deshonras que al alma afligen.
Comenzaron mis recelos,
reduciéronse a infelices
verdades. Supe la causa,
y pues tan bien la supisteis,
remedio os supliqué entonces.
Pag. 70
Sácalo.
Mírele.
Dásele.
que pues es suyo, os lo hicisteis,
pero de principios malos
pocos vieron buenos fines.
Una ausencia me esperaba
forzosa, mas al partirme
el consuelo que me dieron
para mis memorias tristes
fue el papel de mi deshonra.
Este es, sus líneas conformen
dudas de una Majestad
si la audiencia lo admite.
Este es el testigo aleve
de mi afrenta, este es
de mi descrédito, este
es quien mis glorias impide.
No me averigüéis, Señor,
de dónde pudo venirme,
que lo que permite el cielo
no es bien que acá se averigüe.
No es tan secreto este agravio,
porque mi voz le repite.
Confórmenle los criados
y Rosaura lo atestigüe.
Miralde muy bien, miralde,
de manera que os incite
al castigo, mientras yo
dispongo, Señor, el irme
a mi estado, que ha de ser
luego, y mirad no origine
la ausencia mayores males,
porque tengo por factible
que mi honor desesperado
atrévase, tan infelice,
ejecute lo que yo
en otra ocasión os dije.
Vase.
Cielos, esperad, ¿quién vido
mayor confusión?
Lee el Rey, mientras dice Amad.
¡Ay, triste!
¿Podrán contra mis pesares
mayores males oírse?
El papel, pero no en vano
aquí mis dudas avivan,
como en su poder está;
lo que me importa es que evite
un desvelo que me ofende
y una muerte que me sigue.
Ya llegó la ocasión
de mis intentos; arriba
una traición este pecho
que el corazón me reprime,
antes que aquel sueño infausto
sus efectos verifique.
Vase.
Rosaura al paño.
Pag. 71
manifiesto es el agravio.
Sale.
antes que el dolor se olvide
que hay agravio, tan cruel
que aun a su ídolo se remite:
hablaré al Rey: solo está
Señor?
no será posible
el poder disimular.
al paso del Rey.
Siguiendo sus pasos vine:
he de saber lo que intenta
triste a solas.
Vase.
ya no impide
Señor tanto su tormento
una afrenta tan terrible
como un temor reconoce.
Si un grave pesar colige
de hijo, mas para qué
otro motivo elige
el discurso a las palabras
sus traiciones autorizan
la propuesta que podía
anteceder; qué mal hice
al negar a la experiencia
lo que ya es incorregible
y pues a esto no hay remedio
a esto es bien que se aplique
con más cuidado advirtiendo
que de este agravio prosigue
hay un padre que me ampare
hay un Dios que castigue
hay una razón que venza
y un honor regio que anime.
Señora mirad; qué es esto
que tan cruel me persigue?
Vase.
vive Dios que ha declarado
su agravio y antes que obligue
el ruego, iré a Ariadna:
esta nave se va a pique
fuerza es ponerle remedio.
Vase.
ya es bien que aquí solicite
con el castigo la enmienda
mas dilaciones no admita
la execución, deme Cielos
acierto en lo que imagine.
Sale Ariadna por un lado, y el Príncipe por otro.
que no halle al Príncipe?
míranse.
Cielos, que con mi Prima no encuentre.
Príncipe?
Ariadna.
yo
te buscaba;
y yo;
qué quieres?
grande ahogo,
no es posible, que le halles más fuerte
que a mí.
no puede ser.
Cómo si aguardo una muerte.
Pag. 72
Como si espero un castigo...
¿De qué suerte?
Desta suerte.
Rosaura contó a mi padre
lo que es bien que no te cuente.
Mayor es mi mal, pues vivas
con sospechas evidentes,
el papel que aquella noche
se me perdió...
¿Quién le tiene?
Tu padre, que él se le dio.
¿Pues él cómo pudo?
Advierte
que el sueño salió verdad,
y lo que resta es mi muerte.
Viviendo yo, es imposible.
¿Cómo no, cuando previene
ausentarme de tu vista,
y ya la licencia tiene?
Pues al último remedio.
¿Y cuál es?
El que detienes
hasta mejor ocasión.
Pues no hay otra más urgente.
¿Te resuelves a mi intento?
¿Y tú al mío te resuelves?
¿No ves que temo un castigo?
¿No ves que aguardo una muerte?
Pues mueran nuestros contrarios.
Pues mueran estos aleves.
Cuidado con la ejecución.
Eso mi afecto te advierte.
Vaya mi agravio contigo.
Mi ofensa presto te lleve.
Al ir a entrar suena un instrumento y se queda cada uno mirando a un lado.
Pero un instrumento suena.
Pero, ¿qué instrumento es este?
Nise canta.
Corazón mal conocido,
déjame, ingrato, vivir;
porque, si cruel me matas,
los dos hemos de morir.
Cielos, ¿qué voz es aquesta?
Cielos, ¿qué acento es aqueste?
Parece que habla conmigo.
Que habla conmigo parece.
Quiero volverme, ¡ay de mí!
¡Ay de mí!, quiero volverme.
Los dos a un tiempo.
¿A qué vuelves, Ariadna?
Y tú, príncipe, ¿a qué vuelves?
¿Oíste acaso esa voz?
No fue acaso, pues me advierte
lo que puede suceder
en riesgo tan evidente.
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¿Quién puede ser? Ariadna, esta, escribe,
que todas las noches suele
entretenerse a estas horas,
y ahora misterio parece.
¿Y te suspende esa voz?
¿Y a ti esa voz te suspende?
No, porque nunca hice caso
de dudosos accidentes.
Ni yo tampoco.
Pues sigue
tu dictamen, no se llegue
a saber esta traición.
Vuelvo, en fin.
Mi aliento vuelve.
Canta.
Atrevido corazón,
pues has sido tan civil,
yo te mataré primero,
porque no me veas morir.
Ya no me mueven azares.
Ya presagios no me mueven.
Muera quien mi amor agravia.
Muera quien así me ofende.
Vanse cada uno por su lado, y por ambos lados por más desviados salen Rosaura, y Vicias cada uno con su luz.
Incauta mariposa
que mi muerte procuro,
en busca de mi esposo
mis pasos apresuro;
o permita la suerte
no encuentre, o encontrarla con mi muerte.
El juicio alborotado
con un triste desvelo,
irrita a mi cuidado
a apurar el recelo,
o permita el cielo
no lo asegure hallando aquí a mi esposo.
El corazón turbado
no sé qué pronostica.
Mi aliento amedrentado
no sé qué significa.
Si bien el alma advierte
no sé qué fantasías de la muerte.
Sigo en fin el deseo.
Vense los dos
Al desengaño aspiro.
Pero, ¡Cielos!, ¿qué veo?
Pero, ¡Cielos!, ¿qué miro?
¿Príncipe a aquesta hora?
¿Tan tarde en este sitio, vos, señora?
Suenan pasos
Mira qué gente viene.
Mira qué pasos siento.
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Pues aquí te detiene
mientras pasa;
a tormento
mata la luz, fanal de los sentidos,
para que no seamos conocidos.
Escóndense en medio. Salen por los lados el Príncipe y Ariadna con luces y dagas desnudas.
Ciega y desesperada,
tropezando entre azares,
sin verme asegurada
de mis fieros pesares,
me vuelvo a ver si encuentro
a quien es de mi vida el firme centro.
De mi cólera ciego,
cual desesperado,
sin apagar el fuego
que avasalla mi cuidado,
me vuelvo a ver si veo
a quien triunfa de todo mi deseo.
Ap.
Cielos, ¿qué será aquesto?
Vense.
Ariadna hermosa.
Príncipe, ¿qué has dispuesto?
No he hallado a mi esposa.
Ni yo a mi dueño he hallado,
que por esto su muerte se ha tardado.
Cielos, ¿qué es lo que he oído?
A este cuarto me sigue.
¿Qué es esto que he sentido?
Porque no se fatigue
tu hermosura.
Vanse juntos.
Ya os sigo.
Salen.
Aquí a la venganza y al castigo.
¿Oíste sus intentos?
Ya escuché sus traiciones.
Pues salgan tus alientos
a tantas sinrazones.
Huye de aquí, Rosaura.
Aunque me ofenda hoy, tu honor restaura.
Ya descubrí mi afrenta.
Ya conocí mi agravio.
La venganza me alienta.
Muéveme el desagravio.
Vase.
Y que fue mi deshonra,
he de morir para vivir con honra.
Vase.
Irme al Rey intento
a contarle este caso,
antes que con lamento
se mire algún fracaso
con tantas crueldades;
¡oh, malhaya quien fuerza voluntades!
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Sale Ariadna huyendo con una luz que pondrá sobre un bufete y, dichos los dos versos, se vuelve a entrar.
Valedme, cielos piadosos,
¡ay de mí!
Vicias tras della.
Espera, traidora,
que he de borrar con tu sangre
las manchas de mi deshonra.
Vuelve a salir Ariadna.
¿Adónde me ocultaré
cuando no hay quien me socorra?
¡Príncipe! ¡Primo!
Vicias tras della.
Ya en vano
ajena piedad invocas
cuando el agravio te hace
incapaz de que te oigan;
y así, pues tan cruelmente
correspondiste a la heroica
acción, hoy tu ingratitud
es quien la venganza toma.
Dale con la daga.
Muerta soy, ¡válgame el cielo!
Sale el Príncipe.
¿Qué es esto?
Señor, mi esposa
con este acero que veis...
¡Ah, tirano! ¿Desta forma
quieres encubrir tu traición?
Vuestra Alteza reconozca
la razón.
Desenvaine y lance.
Has de morir.
Mi persona
defiendo, que si Vuestra Alteza,
¡vive Dios!, no se reporta...
¿Qué has de hacer, cobarde?
¿Qué?
Morir por vivir con honra.
Éntranse riñendo.
¡Ah de mi guardia! ¡Soldados!
Sale Soldado.
No hay gente que los socorra.
Dentro el Rey.
¡Acudid todos!
Dentro Vicias.
Pues logro
ocasión tan prodigiosa,
entera satisfacción
he de dar de mi persona.
Riñen.
Muerto soy.
Sale el Rey.
¡Grande desdicha!
Sale Rosel.
¿Qué es lo que escucho?
Sale Vicias herido con los soldados, y cae.
No importa morir.
Cae.
Apartad, ¿qué es esto?
Señor, que al Príncipe ahora
deja muerto.
¿Qué decís?
Y también a mi señora.
¡Cruel castigo!
¡Matadle!
No es menester, que ya ahogan
los mortales parasismos
mi vida, y pues la congoja...
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Muere.
no da lugar al descargo.
Vuestra Majestad conozca
que no soy causa en la muerte
del Príncipe, pues su loca
pasión por matarme a mí
así se la dio; y pues logra
mi nombre en esta venganza
de los tiempos la memoria,
quise morir, porque sobre
mi fúnebre pira pongan:
«no aquí yace, sí aquí vive»,
para que tan rara historia
dé admiración a los siglos,
llegando a ver en su copia
que muerto, mi fama vive;
pues supe, en acción heroica,
por satisfacer mi agravio,
morir por vivir con honra.
¡Qué lástima!
¡Qué dolor!
¡Qué tormento!
¡Qué congoja!
¡Ay, señora de mis ojos!
Solo lo que falta ahora
es que yo dé muerte a Nise
porque no acabe con vida.
Hora mala para vos.
Desdicha tan lastimosa
se me coge, no de susto;
y mientras que se dispongan
los sepulcros a los tres,
esperaréis vos, señora,
y luego a otros estados
enviaré vuestra persona,
quedando yo solo y triste
a sentir tantas zozobras.
También será eterna en mí
de este pesar la memoria.
Y aquí tiene fin, señores,
Morir por vivir con honra,
ofreciéndoos el ingenio,
si esta vuestro agrado logra,
otras muchas, y si no,
dará de mano a las obras.
Fin.
