Texto digital de Los infortunios del conde Neracio
Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los infortunios del conde Neracio. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/los-infortunios.
LOS INFORTUNIOS DEL CONDE NERACIO
Pag. 1
+ Comedia de los infortunios del conde Neracio. Figuras siguientes. El conde Neracio. Severio, su amigo. El conde Filastro. El duque Afrano, su primo. El Rey. La princesa, su hija. Lucilia, dama. Tandelio, caballero viejo. Un criado de Neracio. Marcelo, criado de Afrano. Cererio, criado de Filastro. Un mensajero. Una moza. Contranio, caballero. Cipredio, caballero. Un paje del Rey. Dos soldados. Un correo. Pedro Juan
Pag. 2
Página en blanco.
Jornada primera
Pag. 3
Primera jornada. Sale el conde Neracio, caída la capa y envainando la espada como que ha reñido.
¡Honras, tan mal empleadas,
como estuvistes en mí,
clamad, clamad y pedid
que os muden a otra posada!
Engañaos, no obliga a satisfa-
ción la que hay en vuestra exen-
ción, a lo menos con Neracio.
Que se atreviese el infame
y con la vida quedase
que por los pies se escapase
sin que su sangre derrame.
Conde Neracio, ¿es posible
que una tan terrible afrenta
no tomes muy a tu cuenta
dando un castigo terrible
a un aleve, fementido,
que sin temor te ofendió
y en palacio se atrevió
contra ti, y te ha desmentido?
Pues si el cielo no le cubre
o se le consume el suelo,
si no se me sube al cielo
y entre las nubes se encubre,
si no se le lleva el viento,
a la venganza me obligo,
y a dalle el justo castigo
de su loco atrevimiento.
¿Qué ruido se me ofrece?
Y si es acaso el desleal,
que le encamina su mal
al castigo que merece.
Tres me parece que son,
y si allí viene el culpado,
hoy he de quedar vengado
o morir en la ocasión.
Sacan por otra puerta Filastro y dos criados a Afrano en hombros como muerto, y llega a ellos el conde Neracio con la espada en la mano y dice.
Tengo de conocer este secreto,
¿qué gente?, no responden, ¿qué es aquesto?
Mejor lo sabes tú, yo te prometo.
¿Es despecho de olvidar tan presto?
Mírale bien, si ya le has olvidado,
o vienes a gozarte de ver esto.
Aun no te sientes, conde, bien vengado,
aun no te hallas contento, pues prosigues
a causa aquesto poco que has dejado.
Aun muerto tu venganza le persigue,
véngate más, el cuerpo despedaza,
hasta que aqueste enojo se mitigue.
La daga empuña, que el cuerpo abraza,
por si tienen las venas sangre alguna
que no sacaste, tu venganza aplaca,
porque no se halle en ti piedad ninguna.
Del todo suelta a la inclemencia el
de quien se asconde el rostro de la luna.
Estoy de cuanto dices tan ajeno
como si no te hubiera conocido.
No conocerte yo fuera más bueno,
si deste fuiste, conde, desmentido.
¿No basta que le tengas desta suerte
para que ya no sea perseguido?
Aun muerto le quieres mostrar fuerte,
y tu brazo y poder contra él levantas
después que le entregaste a la cruda muerte.
Por Dios que no te entiendo y que me espantas.
Afrano es este, Neracio, ¿de qué dudo?
¿de qué sirva el encubrirte?
¿dónde están las razones tan desnudas?
Si lo afirmas, habré de desmentirte,
y con más ocasión que lo hizo aqueste,
nada quiero, Neracio, porfiarte,
más de que ya tu furia airada cese,
vete con Dios y déjame, no vedes
que llore aqueste daño y dél me pese.
Llórale o no le llores, hacer puedes
lo que se te antojare, mas no hallaste
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aqueste muerto.
Al fin no me concedes
lo que te pido. ¿Dónde le dejaste?
No le hallé yo ni sé; son muchas las heridas.
Hartas, pues que tan presto le acabaste.
Y si quieres que sean reconocidas
de su autor, traigan luz y podrás vellas,
pues con la noche están de ti ascondidas.
Al fin das en hacerme el autor dellas.
Lo que quisieres di, que no me pesa,
sino de que no fui yo para hacellas.
Vase Neracio y levántase Afrano, que es el muerto fingido.
Pues, Afrano, importábanos la empresa.
Parécete no ha sido verdadera
mi sospecha; salió mi traza aviesa.
Harto mejor, Filastro, mejor fuera
que diéramos la muerte a este insolente,
de quien agravios mil mi vida espera.
Pudieras eso hacer tan fácilmente
como estotro; así fuera más honroso.
Salvéle la vida; al fin, el que es prudente,
ándate agora a hacer hecho hazañoso,
pierde la vida, que otra en casa tienes.
Aquí no habrá suceso peligroso.
No vino el conde solo, Filastro; mal convienes
con su industria en decir que vino solo.
Acompañado vino, mas ¿qué bienes?
Pero usaría de esta maña y dolo
para poder cogernos descuidados,
que al fin a su venganza atiende solo.
Por ahí tendrá encubiertos cien criados,
esperando a que empiece la pendencia.
Lo hecho está bien hecho; ya las dos son pasadas.
Mas creedme que ha sido inadvertencia;
sabido aquesto, mi deshonra es cierta.
Déjalo por venir a la prudencia;
yo cerraré a ese daño bien la puerta.
Fía, primo, de mí, y caminemos
de aquesta muerte sin morir despierta.
Aquello que quisieres, eso haremos.
Quédate atrás, Ceterio, y si volviere
Neracio, ven y avisa, porque andemos.
Yo avisaré de cuanto sucediere.
Alargue, sí, muerto, más el paso.
Dichoso aquel que de una vez se muere.
Vanse y quedan Ceterio y Marcelo, criados dos.
Cobardes pechos, deshonrado caso,
infame traza, tales sirvo, ¡ay triste!,
que en fuego de ira el corazón me abraso.
¿Qué es aquesto, Filastro? ¿Tanto hubiste?
Tan pocos somos los que al lado vamos,
que, temiendo, en tan vil lazo te metiste.
Pues son aquí, Ceterio, nuestros amos.
No les demos, Marcelo, aquese nombre
de nuestros amos, que nos afrentamos.
Oye una cobardía que te asombre,
oye cómo a tu amo ha vuelto muerto
la sombra solamente de un solo hombre.
¿Qué me dices, que Afrano es muerto? ¿Cierto?
Su ánimo murió, que el vivo queda,
vida que no quisiera yo, por cierto.
Bien sabes la pendencia de mi amo .
Lo que sé, que es muy poco; a que la cuentes.
Pues contaréla lo mejor que pueda:
nuestros amos y todos sus parientes,
con el conde Neracio al fin encontrados,
andaban, cual conoces, muchas gentes.
Bien sabes esto; mas bien, por mis pecados,
pues en la antecámara, en palacio,
anduvieron en pláticas pesados;
y para no cansarte tan despacio,
de una palabra cierto no afrentosa
el uno a Afrano desmintió Neracio.
Nunca culebra despertó rabiosa,
del rústico pie incauto atropellada,
esgrimiendo la lengua ponzoñosa,
cual arrancando el conde de la espada
dio tras Afrano, mas fue al fin su furia
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Por el rey que al ruido entró estorbado
llévanle las espuelas de la injuria
adonde se escondió del rey ramiando.
Viendo que vive y no se desinjuria,
por más que el rey andaba procurando
prendellos, a ninguno prender pudo,
porque luego la noche fue cerrando.
A Franco, temeroso, medio mudo,
se fue a la casa que en el campo tiene,
tras quien acuden todos y pasmado,
luego la noche más cerrada viene,
y aquí a Franco y su primo concertaron
la orden que seguir aquí conviene.
Volverse a la ciudad determinaron,
a casa de Filastro ansí volvimos
cuatro con ellos que venir mandaron.
En esta calle desde lejos vimos
a Neracio dos que íbamos delante
y conocido atrás la nueva dimos.
De ánimo fue Filastro tan constante
y de tan hidalgo pensamiento,
tras todo ese su término arrogante,
que dio en el más infame y torpe intento
y en la más desusada cobardía
que nunca dio el más vil de nacimiento.
Y vamos seis
y ya que la vergüenza le desalbo
del temor de si alguno le seguía,
tan temeroso, tan cobarde anduvo
y tan sin advertir a la nobleza
que su linaje tan de atrás mantuvo,
que encima de sus hombros y cabeza
tendió a su primo Franco como muerto.
Mira si puede ser mayor vileza.
Hecho en risa y en burla el concierto
dijo que por burlarse del conde era,
y ser por miedo ten tú por más cierto.
Llegó con furia arrebatada y fiera
Neracio, mas partióse persuadido
de que otra espada fue a herir primera.
De tal suerte el enredo fue fingido
por Filastro, teniendo por maestro
al temor que le ha el otro, al fin creído.
En aquesto es nuestro amo solo diestro.
Mira cuando esto todo el mundo sepa
qué dirá del que llamas amo nuestro.
¿Hasme hablado de veras?
No discrepa
de la verdad mi cuento solo un punto.
¿Que hay pecho do tan grande infamia quepa
y que huyó Neracio y va difunto?
Tales muestras Filastro dio y señales
que lo hiciera creer al mundo junto.
¡Celerio, y que sirvamos a los tales!
Lo forzoso no puede ser afrenta.
Dirán que somos en bajeza iguales.
Oye, Neracio vuelve, no nos sienta.
Echemos por aquí y ansí nos vamos.
Vamos a dar de cómo de cuenta.
Que aún todavía temen.
Vanse, y sale el conde Neracio y Severio su amigo.
¿Y que de searte tú le viste?
Sí, vile.
¿Y que iba del todo muerto?
Muerto.
¿Y bien le conociste?
Conocíle.
¿Quién le pudo matar?
No sé por cierto.
Pero mirando todos que yo afilé
la espada a mi venganza, desconcierto
será pensar que nadie hoy en la vida
me deje de llamar el homicida.
Pretender dar disculpas es cansarme,
pues cualquiera que sea loco o cuerdo
aun a voces tienen todos de culparme,
y con razón, que en esto yo concuerdo.
No sé qué haga, estoy por ausentarme.
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No tengo a qué, soy o por buen acuerdo,
pues cuando venga el rey a sentenciarse
que por tal hacer más de desterrarse.
Qué sé yo que a Filastio favorece
mucho, y aqueste tomará la mano;
en vengar a su primo se le ofrece,
de eso peligro mi consejo es sano,
que al fin la verdad siempre prevalece;
y cuando no por muerte de un hermano,
¿qué castigo dará el rey a un necio
que no sea con templanza y muy despacio?
¿Qué sabes tú si obra mañana indicio
de quién fue en esta muerte, y si se ausenta
sale al contrario a ti cualquier juicio,
pues ya por el culpado triste cuentas?
Harto bien, Seberio. Sacas oficio
de amigo en los consejos que presentas;
a mí me dio turbado entendimiento,
ya desraya del medio, ¡qué acaecimiento!
Yo no me ausento, cuando más no sea
de por no me ausentar de una querida
del alma, que si estoy do no la vea,
no quiero libertad ni quiero vida.
Por otra razón que, pues desea
con voluntad tan con su bien medida
la princesa tus cosas, será parte
para contra justicia libertarte.
Pero ¿quién dar la muerte a Franco pudo?
Algún traidor porque hacerme daño,
para quedar de acusación desnudo,
hará que aquesta traición y aqueste engaño
de que se me eche culpa, se ve, no lo dudo.
Sin duda es eso.
Pero ¿yo a quién daño?
Como hacen agraviados los dañosos.
También hacen los buenos envidiosos,
y no sé si alcanzar pueda el más sabio
cuál es más bueno para ser temido,
de los males, la envidia o el agravio,
por la envidia. Porque es mal más escondido,
tenga siempre sobre ojo yo al que agravio,
y del me acuerdo y tiéneme advertido.
Pero del envidioso ¿quién se guarda,
que tras cantón disimulado aguarda?
Muy mal estamos por aquí, necio,
que por este negocio en que andamos
mal estamos pegados a palacio;
ven, si a la tuya no, a mi casa vamos.
Despídese, Seberio, más despacio
de este lugar, advierte dónde estamos,
pues de aquí vemos la pared que encierra
todo el bien que encerrar puede la tierra;
adonde más seguro y descuidado
puedo yo estar que aquí, do la hermosura
divina vuelve a este lugar sagrado,
para que en él mi vida esté segura.
Aquí quiero tener el pie estampado,
aquí do mi bien todo se procura,
pues adonde mi Diosa yo contemplo
allí es mi cielo y mi sagrado templo.
Sale a la ventana la Princesa con una ropa medio desnuda, y Ruticia, dama, con ella.
¿Cuál furia ciega te llama?
¿Cuál locura te arrebata?
¿Así de tu honor se trata?
Vuelve, señora, a la cama.
¿Adónde mueves el paso?
Vuelve a la cama y en ti.
No es la cama para mí,
mira que en ella me abraso,
en ningún lugar descanso,
y a mi sosiego no acudas,
que como entre tantas dudas
¿admitiré algún descanso?
No des en aquesa tema,
cuál temor tu pecho manda.
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Anda, Neraida, en lo que anda
y tú no quieres que tema.
Por cierto, discreta eres.
Sale a buscarte tu dueño.
No me apartes de este sueño,
¡oh, milagro de mujeres!
Tu deuda por cierto es mucha;
háblala por tu consuelo.
Déte galardón el cielo.
Llega.
Déjame; ya escucha.
¿No escuchas, Rutilia, adónde
suena aquel ruido?
Señora,
pues, muchas voces agora.
Sí, mas, ¡ay!, si las del conde
no suenan; armas escucha;
oye, parece que afloja.
Señora, que se te antoja
como con sospechas luchas.
Ya es tu sufrimiento injusto.
¿Cómo no la desengañas?
Su mal siento en mis entrañas
y de él en el alma gusto
el poco de aquel favor,
y el dolor de aquella pena,
la consonancia es más buena
que sabe hacer el amor.
No es mi mal, Rutilia, antojo;
mira que el conde agraviado
se abra a la muerte arrojado,
ciego en cólera y enojo.
Mucho mal se me presenta.
Muy sin razón te fatigas.
¿No será posible, amiga,
que aquí el corazón me mienta?
Andas, y tienes paciencia;
esto mismo oirás presente.
Es gozo muy diferente,
que hay lisonjas en presencia,
y aquí no las puede haber.
¡Ay, Dios, si alguno bajase
que ya me desengañase!
Agora, al amanecer,
¿agora esperas a alguno?
Ven, que te mata el sereno.
Por demasiado os condeno.
¡Oh, cómo estáis importuno!
Yo la desengañaré.
Así hablad a voz agora.
¿No es este hombre?
Sí, señora.
Sí; se lo preguntaré.
Yo hablaré; no tengas pena.
¡Ah, gentilhombre!
¿Quién llama?
¿Hase caído a una dama
esta noche una cadena
desde aquí? Por cortesía,
que la alcéis y vuestro nombre
nos decís.
A no ser hombre
de quien fiarse podía,
a mal cobro puesta estaba
la cadena.
Severio es.
Cayóse aquí hacia mis pies.
Él es.
Pues háblale, acaba.
¿Es Severio?
Yo soy Severio,
y mirad si soy abonado
para hacer este recado
Y aun otro de más misterio.
No hay cadena que busquéis,
ni de aquí se ha caído nada;
hay una duda pesada
de que me desengañéis.
¡Qué flema tan cruel!
Aguarda; Severio.
Señora.
¿Dónde está el amigo?
Agora
me aparté, señora, de él.
Llegase Neraida al balcón y dice:
Si aquella flema culpáis,
de la mía ¿qué diréis?
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Aquí, princesa, tenéis
un siervo.
¿Por aquí andáis
a tal hora por aquí,
que os podría suceder
lo que podéis pretender,
sino hacerme enojo a mí?
Aquesta intención no muestra
sino de desagraviarme,
por ser digno de preciarme
de aqueste nombre de vuestro,
y este injustamente ocupo
mientras no me desagravio,
que no ha de haber agravio
donde vuestro nombre cupo.
Y a hablaros mi lengua viene
temerosa, que a tal bien
es injusto llegue quien
cualquier mancha de honra tiene.
Y estoy con duelo en el pecho.
En el pecho me tenéis,
y tan mal me conocéis,
yo no entiendo qué lo ha hecho.
Eso de mí se os alcanza,
tan vengativa me veis,
que hablarme envuelta queréis
en la sangre de venganza.
Pues desengañaos aquí
de ese loco parecer,
mirad que habéis de querer
o la venganza o a mí.
Y por primero, ante Dios,
mirad que quiero avisaros
que si tratáis de vengaros,
que yo me vengue de vos.
No teme el mundo de infame,
de agraviado y desmentido,
téngame por abatido,
bajo y cobarde me llame,
que yo os he de obedecer,
que en esto estriba mi honra.
Vuestra voluntad me honra,
y esa tengo de querer.
Y por más vil y villano
quede yo, si en algún día,
o por mí o por orden mía,
se hallare ofendido Afrano.
De esa largueza y promesa
ha nacido una sospecha
de ser la venganza hecha.
No es mi mano tan traviesa.
Por el cielo y por Dios juro,
princesa, y por vuestra vida,
que es la cosa más querida
que puede darse en seguro,
que Afrano no está ofendido
por mí ni por mi mandado,
y más que será guardado
lo que os tengo prometido.
Así todas vuestras cosas
conforme a vuestro deseo,
y aun como yo las deseo,
os sucedan venturosas.
Así vuestra amada tierra
gocéis de largo reposo;
así os halléis venturoso
en la paz como en la guerra.
Así de vuestra esperanza
más pretendida veáis
aquel fin que deseáis,
y sin prolija tardanza.
Así la fortuna vuelva
dichas vuestras desventuras,
y en lo que fueren venturas
jamás su rueda revuelva.
Que me cumpláis el asiento
que agora acabáis de hacer.
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Para que podáis tener
seguro de mi contento,
y si os da mi gusto, amigo,
no os procuréis ya vengar,
que al fin os ha de alcanzar
mal del mal del enemigo.
Ved, si la venganza os guía
a desventurada suerte,
de su muerte a otra muerte,
y de la otra a la mía;
agora vos le ofendáis,
agora os ofenda a vos,
¿cuál suceso de estos dos
por más seguro juzgáis?
Ambos traen fin enemigo
y mal horrendo y estraño,
pues ha de caer el daño
en vos, o si no, el castigo.
Y si miráis a la honra
tras quien vais apellidando,
ansí la ensalzáis, que cuando
fue la clemencia deshonra.
Quede mi pecho seguro
de esto, y dalde vos la mano;
y mirad que queda Afrano
debajo de mi seguro.
En mi amparo le dejáis,
yo le recibo en mi guarda,
y lo que mi mano guarda
no es justo que le ofendáis.
No os le mostréis ya cruel
ni su daño procuréis;
mirad que si le ofendéis
a mí me ofendéis en él,
a mí el mal ha de ser hecho.
Para mí espada tomáis,
y si sangre le sacáis,
la derramáis de mi pecho.
Del bando os habéis mostrado
tan de Afrano en lo que veo,
que si venganza deseo,
es celoso y no agraviado.
Ese temor no me mata,
que bien sé que me entendéis
aquesto. ¿Me prometéis?
Otro gusto es el que mata.
Heos rogado hasta aquí,
y agora os quiero mandar
que luego os vais a acostar;
por la que me toca a mí,
sosegaos el corazón.
¿Haréislo?
Luego, al momento,
porque ruego o mandamiento
vuestro es ley y de razón.
Oféndeme a la cabeza
la noche, a Dios.
Y con vos
se quede.
Seberio, a Dios.
Guarde el cielo a Vuestra Alteza.
Vanse la princesa y Rutilia, y quedan el conde Neracio y Seberio.
¡Ay, amigo, que no hay gozo
para mí ni algún placer,
que no halle para caer
a cualquiera paso un pozo!
¿De qué sirvió este contento
y aqueste ver ensalzarme,
solo fue para dejarme
entre temor y tormento?
Quien ha oído lo que oyó,
¿de qué le ha temor nacido?
Mas quien lo que oyó ha oído,
¿qué esperanza le quedó?
Quien me basta a disculpar
que no haya sido mi mano.
Pag. 10
en esta muerte de Afrano
qué disculpa pueda dar.
Y ya a mí no me pesa
por el castigo del rey,
sino solo por la ley
que me puso la princesa.
Dijeras la que era muerte,
agora y fuera mejor.
Ay, no sé lo que es peor
en qué yerro dé o en qué acierto.
Quién le diera nueva tal,
viendo que le había de dar
tan grande enojo y pesar.
Sí, mas fuera menos mal.
Y quizá fuera mayor,
pues indicios grandes daba
de que yo en la muerte andaba
haciéndome sabidor.
Verdad es, no nos cansemos
en condenar lo pasado,
porque es tiempo mal gastado.
Lo porvenir ordenemos,
y quizá antes que amanezca
tendremos buen parecer,
pues al fin podrá ser
que el que le mató parezca.
Dejémoslo a la fortuna
en lo que yo sé afirmarme
es que no he de ausentarme
ya por ocasión ninguna.
Eso muy bien me parece,
caminemos a acostar
que allá se puede tratar.
Vamos, que apriesa amanece.
Vanse. Y sale el Rey, y Filastro, y Afrano.
Tal desconcierto y en mi casa, Afrano,
tiéneme enojadísimo de cierto.
Al conde desmentís, pues es el conde
hombre con quien se suele usar tal término,
teniéndole él tan bueno para todos.
¿Quién le iguala en la corte en cortesía
con quien jamás hasta hoy se descompuso?
Es caso que me ha dado mucho enojo
y que he de castigalle, yo os prometo.
Solo de aquese enojo, rey, nos pesa,
a mi primo y a mí, que del castigo
que dieres estaremos muy contentos,
pues quedará nuestro enojo satisfecho.
Con él, y aqueste intento solamente,
es quien trae a mi primo a tu presencia
a presentarse a tu merced sujeto.
Haría de vos, conde, confianza,
vuestro primo de vos tomaría aliento
para este desconcierto, confiando
en la merced que os hago y lo que os quiero.
No fue, rey, sino desta ocasión bastante
que Nerio me dio.
No habléis palabra,
mirad que os echaré de mi presencia.
De eso, tu majestad, puede informarse
que sin duda le dio ocasión muy grande,
que es colérico el conde y se enoja
y, si la verdad, rey, he de deciros,
harto más temo agora su bonanza
que de que venía a sernos riguroso.
¿Cuál furia no tendrá, cuál rabia ciega
un caballero tal y desmentido?
¿No ha de sentir el peso de un agravio?
Siéntelo de manera que me dicen
que ha perdido el juicio y está loco.
Parécelo en el desasosiego,
que el peso de la honra con la injuria
andan peleando, como está quieto.
No, sino que me dicen que es de veras.
¿Que está Nerio loco?
Que está loco.
Y que dice que ha dado muerte a Afrano
un su enemigo, y por hacelle daño,
y que él no tiene dello culpa alguna.
¿Que piensa que está muerto Afrano?
Dice
Pag. 11
que él le vio llevar muerto aquesta noche,
¡Cuánto un intento pensamiento puede!
A puro imaginar ha dado en eso,
y de ese ha de venirle otra locura,
y hacérsenos furioso, es esto bueno.
Amigo, más quisiera verle muerto
que no de tal manera; desviadle
de mi presencia a tal desvergonzado.
Tenedle preso, conde, en vuestra casa,
y si no le tuviéredes bien preso
de vuestra cárcel, le pondré en la pública,
supuesto se ha de hacer en cualquier parte
que esté.
Pues caminad, llevadle luego.
Vanse los dos, y queda el Rey.
Mucho, Silastro, a mi voluntad debes,
pues que por tu respeto no castigo
a ese tu primo como yo quisiera,
y como lo pedía su locura
y necedad, que está loco, no lo dudo,
que siente demasiados puntos de honra.
Entra el Conde Neracio.
No quiera Dios que yo huya tu presencia,
ni que de tu justicia desconfíe;
agora mis palabras ciertas creas,
agora, Rey, a mi verdad, incrédulo,
conforme los indicios me castigues.
Tus pies he de buscar por mi seguro,
mi vida he de ponerte la en las manos,
pues lo que hicieres de ella aqueso quiero.
Clara te es la nobleza de mis padres,
oído has quiénes fueron mis pasados,
de su fidelidad tenido has muestras,
que ninguno de ellos hizo ofensa
en público o secreto a tu corona,
que no dejaron de guardar tus leyes,
que no disgustaron sus locuras,
que empuñaron armas sin tu voto,
que hicieron agravio a tus vasallos,
que te requirieron que no diesen
dar la mano en descargar sus honras,
que sus travesuras te enojaron,
que ocupaste el tiempo en reformallos,
que de ellos tu estado pidió queja,
que de aquesto solo es su alabanza.
Hallaste mentirosas sus palabras,
que hicieron delito y si le hicieron,
que a ti se le negasen ni encubriesen.
De estos desciendo, Rey, y si parezco
ser de su sangre en la nobleza y término,
en todas las costumbres y la vida,
nadie que tú mejor será testigo.
Pues por el Dios que ocupa cielo y tierra,
que puedes estar de él muy satisfecho,
que si a Frano privara de la vida,
que ni por el rigor de tu sentencia,
ni por temor de no perder la mía,
dejara de decillo a todo el mundo.
Porque más estimara la venganza
de un agravio tan grande y tan notable,
que vivir entre buenos afrentado.
De que yo le vi muerto, no lo niego,
los testigos que juran verdad dicen,
bien lo puedes tener, señor, por cierto,
muerto era Frano, pero no lo he muerto.
Viose tan gran compasión.
Loco está, sin duda alguna,
tanto la razón repugna
que le priva de razón.
¡Oh, mi vasallo leal!
Tanto siento el verte ansí,
que no tendré ante mí,
por sentir tanto tu mal,
que está vivo el delincuente,
y tanto le ha lastimado
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el verse en la honra agraviado
que le causa este accidente.
Y yo tomo aquesto a mi cargo,
ten de mí tal confianza
que a tu agravio y tu venganza
daré bastante descargo.
Vase el Rey y entra Filastro hablando aparte de Severio y él de Neracio mirándolos como elevado.
No notáis cómo lo afirma,
que él ha visto a Frano muerto,
y ante el Rey dice por cierto
que esto es ansí y lo confirma.
Que le tuve de razón.
Frano, el sentirse agraviado
que esté de su ser privado
por cierto que es compasión.
Dejadme a solas que le hable,
que quizá oyéndome a mí
decir que vivo, que vi,
será parte en reformalle.
Ay mayor mal. No por cierto,
tanto el vengarse estimó,
que como lo deseó
ansí lo imagina muerto.
Llégase Filastro a Neracio y dice.
Conde, no entendáis que el ser
amigo de su enemigo
ha de tener parte conmigo
para desearte ofender.
Pero estoy maravillado
cómo por tu confesión
y bastante información
que contra ti han fulminado,
clamando a voces la ley
que al que mata den castigo
de que esté agora contigo
tan blando y piadoso el Rey.
Y entre todos un testigo
es el que más lo confirma
pues contra ti jura y firma
Severio tu leal amigo.
Cuando a mí se me probara
y por verdad se tuviera
que yo la muerte le diera,
muy venturoso me hallara.
Fuera en morir muy dichoso
y venturoso homicida
si me quitaran la vida
por quitarla a un alevoso.
Empero, dejame aquí,
no me acabes la paciencia,
quien te ha dado a ti licencia,
¿tiene seguro de mí?
Si dices que le maté,
con morir yo, habría la palma,
pero no aflijas el alma,
traidor, vete, dejame.
Mientras dice Neracio esta copla, se desvía Filastro y se llega a Severio.
No hallo en su salud indicio,
crece su mal poco a poco,
él está del todo loco
y tan fuera de juicio
que dice que pues vos fuistes
en declarar la verdad,
que sería gran maldad
ir contra lo que dijistes.
Pues, ¿qué dice que he yo dicho,
que es lo que en esto notastes?
Dice que pues lo jurastes
que es gran verdad, vivo Dios.
Nunca tal dije.
Señores,
¿tan en amistad andáis?
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Severos, ahora tratáis,
entrambos seréis traidores.
Por vida del rey que estoy
por hacer una locura.
Huir, Seberio, procura.
Neracio, tu amigo soy.
Empuña la espada el conde Neracio, y huye Filastro, y a este tiempo sale el Rey y Tandelio, caballero viejo, y criados, y vuelve a salir Filastro.
¿Qué grita es esta? ¿Qué es esto?
¿Ahora dais en enemigos?
A los mayores amigos
veo, rey, mudar más presto.
Nace aquesta sinrazón
de que mis secretos sabes,
y te he entregado las llaves
del secreto corazón.
Seberio, ¿qué es esto? Di.
Lástima es, y bien se entiende.
Neracio me repreende
de lo que no cometí.
¿Ratificaste en el dicho?
Créelo, señor,
que es el amigo mayor
que he tenido, y él lo ha dicho.
Esto ha menester remedio.
Neracio, dadme la espada.
Fue mi prisión concertada
con vos y por vuestro medio.
Veis, rey, mis armas aquí.
Quitadme cualquier defensa,
pues ya se han vuelto en mi ofensa
los que jamás ofendí.
Por cierto, mi suerte es buena.
Muy bien sea el cielo conmigo,
pues viene el mayor amigo
a ser testigo en mi pena.
¿A quién podré presentar
para mi abono y disculpa,
si es aquel que más me culpa
amigo más singular?
Ojalá nunca halléis quien
os sea amigo peor,
que de cualquiera dolor
saldréis, Neracio, muy bien.
Bien muestra aqueste suceso
lo que más podré esperar
de amistad. ¿Podréis llamar
este verme llevar preso?
Tandelio, en vuestro aposento
tendréis al conde a recado.
Con el que espero que me has dado
tuviera mucho contento
a poderle tener él.
Ya yo le tendré desde hoy,
que desengañado estoy
del amigo más fiel.
Cuando a muerte me condenes,
rey, no te podré culpar,
que al fin has de sentenciar
con los testigos que tienes.
Que son bien fieles testigos
al menos cierto estaré,
que tachar no los podré
de que son mis enemigos,
que entre ellos amigo vi
a quien tuve por tan fiel,
que estoy por creerle a él
y por no creerme a mí.
Pienso que dice verdad,
porque hallaré más indicio
de dudar de mi juicio
que de tan firme amistad.
Vamos, conde, si os parece,
adonde el rey manda.
Voy,
que la opinión en que estoy
prisión más dura merece.
Pag. 14
Metenle dentro y queda el Rey y Filastro.
Rómpeseme el corazón
de mirar desgracia tal,
ya deshecho con este mal
quien ha dado la ocasión;
vuestro primo es el culpado
y por autor de estos daños
salga luego por cuatro años
de la corte desterrado,
y en aqueste día luego
los salga luego a cumplir.
Pues, señor, ¿no le has de oír?
Enojarme ha cualquier ruego;
que se parta hoy le dirás
y véngame a ver primero,
porque yo mostralle quiero
cómo ha de tratar de hoy más.
No te quiero replicar,
tu mandado voy a hacer.
Mirad que me venga a ver
y que hoy se ha de ausentar.
Vase Filastro y queda el Rey y sale la Princesa y Rutilia.
Señor, ¿qué ruido ha sido
aqueste? ¿En qué das? ¿Qué es esto?
Un suceso harto molesto
y que en extremo es extraño,
Neracio es loco.
Señor,
¿qué dices?
Neracio es loco.
No lo creas.
No es tampoco
que dude de este dolor.
Mira que es muy cuerdo y sabio.
Pues por los tales sucede,
porque ellos son en quien puede
más la fuerza de un agravio.
¿Neracio?
Digo que sí,
y tiempo habrá que lo veas.
Tal de Neracio no creas,
que es hacerme loca a mí.
No creello es más locura
donde hay tanta prueba dello.
Si es verdad y llego a vello
yo dudo de mi cordura;
Seberio, ¿sábeslo?
Sélo,
por mi desventura bien.
Tal cobro das de mi bien
y de mi ventura, cielo;
¿do está el loco?
En su aposento,
de Tandelio está encerrado.
Si en palacio está hospedado
no excuso el velle al momento.
Déjate de esos antojos,
que es lástima.
Helo de ver,
porque no lo he de creer
hasta vello por los ojos.
Tus cuidados son bien pocos,
en eso tu juicio da.
No te espantes, porque ya
soy muy amiga de locos.
No es loco de pasatiempo,
sino de pena y disgusto.
Causárame pena y gusto,
que para todo habrá tiempo;
si das licencia, he de velle.
¿Sabes tú en qué humor dará?
Yo sé que mal no me hará.
No te fíes en conocelle,
de Seberio es harto amigo
y agora quiso matalle.
Ocasión debió de dalle.
Nunca la tuvo conmigo,
y ahora menos yo prometo.
Pues si bien le has conocido,
el juicio habrá perdido,
no la crianza y respeto.
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Voy a velle.
Si porfías,
príncipe, en ser severo conmigo,
témole.
Sal, lo que digo,
o sencillas niñerías,
o descuidadas necedades,
no hay cuidado ni pesar,
sino solo procurar
la risa con novedades.
Sale un criado del rey.
Por Neracio ha preguntado
un hombre que quiere hablalle,
dice que le quiere, y sería dalle
unas cartas de su estado.
Di que me entre a mí a hablar,
bien responderá, por cierto,
con buen orden y concierto
sabrá de hoy más gobernar.
Sale el mensajero con una carta.
¿Qué quieres?
Señor, quería
dar esta al conde Neracio,
dícenme que está en palacio.
¿Y quién con ella te envía?
Pública, gobernador
de sus estados.
¿Hay algo
en ellos de nuevo?
Salgo
de ellos con harto dolor,
como tanto se destierra
el conde de sus vasallos,
tanto ha venido a soltallos,
que le destruyen la tierra,
que de bandos está llena,
de traiciones y motines.
Vengan más sucesos ruines
para darme a mí más pena;
remedio tendrá al pedir
esa carta.
Señor, sí.
Pues muestra, dámela a mí,
porque quiero yo cumplir.
Vanse.
Que dé respuesta.
Digo
que respuesta te daré,
en caso que no se dé
a quien partiere contigo.
Abre el rey la carta y léela entre sí.
El conde está bien dispuesto
a remediar estos daños,
que de sucesos extraños
me tienen en medio puesto.
Jornada segunda
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Jornada segunda. Sale el conde Neracio solo en la prisión.
Mi merecido me tengo,
y aun más tengo merecido,
pues por mi culpa he venido
a los males a que vengo.
Dado he de mí cuenta buena,
pues de esta muerte me alcanza
ni provecho ni venganza,
sino vituperio y pena.
Muy más sano hombre fuera
decir que yo le di muerte,
pues al fin de aquesta suerte
ya me vengara siquiera,
y no que confieso y digo
que no me he desagraviado,
y quédome al fin cargado
y en espera del castigo.
Mas esto, ¿qué mucho es?
No me maravillo, callo,
pues todas las cosas hallo
tan contrarias y al revés,
severo tú contra mí,
tú en daño mío testigo.
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son estas prendas de amigo
cuando se lo merecí.
Sale Seberio, y la Princesa, y Rutilia.
Acá fuera quedaos,
que no me atreveré a entrar.
Queda, y podrásme avisar
de quién viene.
Yo lo haré.
Quédase Seberio y llégase la Princesa.
Pues, Neracio, en prisión puesto,
pena causado me habéis,
mas de mí no os quejaréis
que no os visito bien presto.
Podré, señora, quejarme
de mi ventura, que es tal
que ya temo como a mal
este bien de visitarme.
Obra es piadosa y buena,
mas temo no la habéis hecho
por procurar mi provecho,
sino por darme más pena,
o habéis, señora, venido
por la palabra que os di
de que no sería por mí
jamás Afrano ofendido.
Veréis que bien la he guardado,
y no quiero disculparme,
que al fin ha de ser cansarme,
como lo tengo probado.
No hay disculpa que me cuadre,
luego me quiero rendir,
que al fin habéis de seguir
el bando de vuestro padre.
Mándame mi desventura
que por cierto mi mal tema,
mira cómo da en su tema
y origen de su locura.
Quebranta los corazones.
Consúltase la sentencia
contra mí, que ya paciencia
busco más que no razones.
¿De qué sirve que yo diga
con verdadero y buen celo,
dando por testigo al cielo
y a la fe que más me obliga,
haciendo de él juramento
más inviolable y temido,
y el que jamás fue rompido
del más bajo pensamiento,
pidiendo la prueba y muestra
al cielo de mi verdad,
y pena de mi maldad
si engaño mi lengua muestra,
que no di la muerte a Afrano,
si al fin ha de ser todo esto
ser enfadoso y molesto,
y haberme cansado en vano?
Esto causa su locura.
Desengañaréle yo
que no es muerto Afrano.
No,
quizá erraremos la cura,
que quizá dará en furor,
y en ánimo de venganza,
y pierda aquesta templanza,
y doblemos el dolor.
Mira que es doblar la llaga,
callar tengo por aviso.
Pues decírselo no quiso
tu padre.
No sé qué me haga.
Si como conocéis bien
el medio de atormentarme,
vierais el del salvarme,
no dudara de mi bien.
Bien, Princesa, conocéis
lo que más me duele a mí,
pues habéis venido aquí
y aun reñirme no queréis.
Culpad mi sinrazón loca,
mi poca palabra y fe,
Pag. 18
pues que cumplilla no sé
y mi mentirosa boca
poned en vituperarme
las palabras que queráis
y el rostro no me escondáis
ni dilatéis el hablarme
En aquestas opiniones
no hallé cómo me informar
de vos, sino con callar
y notar vuestras razones
y el pecho de manera
que por disculpado os doy
y en vuestra justicia estoy
muy satisfecha y entera,
verdad es que no he creído
lo que os estaba tan mal
que a creello no soy tal
que hubiera a veros venido
Pues desvuélvase ahora el rey
en darme cualquier castigo
quiera ejecutar conmigo
la más rigurosa ley
irá a la muerte mi alma, parte
gozosa y regocijada
no os viendo a vos enojada
y teniéndoos de mi parte
un término discreto
en mi corazón guardado
del mío, princesa, ha sacado
lo más oculto y secreto
Llora la princesa.
¿Quién puede tener juicio
viendo tal loco ante sí?
¿Lloráis, señora, por mí?
no es aquese buen indicio
que lágrimas son aquestas
¿qué es esto, princesa mía?
aun esta breve alegría os do
me trasponen luego, que estas
¿he causado yo ese llanto
que serán gozos estraños
si con mis bienes o daños
he llegado a poder tanto?
diré que he podido hacer
milagros en cielo y suelo
haciendo llover el cielo
y a la tierra florecer
si es, señora, que se escucha
ya sentencia de mi muerte
a mal de tan poca suerte
es aquesa pena mucha
mostradme ese rostro bello
porque, si a la muerte voy,
el tiempo que vivo estoy
hagáis que pueda vello.
Quien con de ciertas razones
juzgara el mal que tenéis
Mal, Nerón, conocéis
el punto de mis pasiones
para este llanto y dolor
no bastaba el veros preso
porque a ver peor suceso
en mí se viera peor,
mirándoos entre prisiones
¿que suspire no queréis?
Mas, princesa, conocéis
el punto de mis razones,
en prisión do podéis verme
habéis lástima de mí,
pues para venir yo aquí
diera ocasión a prenderme,
antes la peor señal
que en mis pleitos puede haber
es llegarme a conceder
que sea ventura tal.
Pag. 19
que aquel que a su corta vida
va el cuchillo amenazando,
siempre va piedad hallando
en todos a la partida.
Vamos, Rutilia, de aquí,
que se rompe el corazón.
Tienes por cierto razón,
que lo mismo veo en mí.
Todas aquestas señales
de estar en secreto hablando,
las estoy considerando
y hallo en mí que son mortales.
Ansí digo, padre amado,
tengo yo seguro y quieto
gocéis que aqueste secreto
sea por vos declarado.
Si ya la muerte me espera,
bien haréis en avisarme,
porque pueda aparejarme
para tan larga carrera.
En aquesto pidoos poco.
La verdad os he de hablar,
nace todo mi pesar
de veros, Neracio, loco.
No tenéis juicio sano
en decir tal.
Cuando ya fuera verdad
que hubiérades muerto a Afrano,
y estar contra vos probada,
la muerte habíaseos de dar,
habíase de sentenciar
causa tan arrebatada.
Mostrad mejores aceros,
que soy viva, no temáis,
aquí estoy.
Y aun por gestos
temo el morir y el perderos.
Y yo me atrevo a hacer creer
a mi padre que esta culpa
no tenéis.
Con tal disculpa
qué temor puedo tener.
Otro mal que se os descubre
es el que más me pesa.
Mucho temo a la Princesa,
muchas palabras me encubre,
yo me traiga recelos
de algunas cosas de atrás,
ya no me faltaba más
de un poco de mal de celos.
Mirad cómo habla consigo.
Habla con su fantasía.
Cuanto anoche me decía
en favor de mi enemigo,
el pedirme paz con él,
claro se me muestra aquí
no era por amor de mí,
sino por amores dél.
¿Y de qué os pasmáis de esa suerte,
que tratáis allá con vos?
Cosas que pluguiera a Dios
viniera en su voz la muerte.
Temores, señora, son.
Que no os bastó a asegurar.
No me los podrán quitar
sin quitarme el corazón.
¿Qué tanto ha que me dijistes
que os podría mi seguro
hacer de temor seguro?
Y en más temor me metistes.
Pluguiera a Dios mi ventura
diera en suceso tan sano,
que muriera yo y no Afrano.
Llora otra vez la Princesa.
Ya se vuelve a su locura.
Al llanto vuelve sin duda,
porque nombro a Afrano muerto.
Pag. 20
esto me estaba encubierto.
De qué estáis, Princesa, muda,
qué os causa ese sobresalto?
Bien sé que no es mi prisión,
que bien será su ocasión
el desentido Masfaleo,
y ojalá fuera, Princesa,
yo el muerto, y Afrano no,
porque quizá, a serlo yo,
no os pesará lo que os pesa.
Agora en celos dais;
es porque en prisión os veis,
no porque en prisión estéis,
a los ya muertos temáis.
A ordenar mi muerte Dios,
fueran mis bienes más ciertos,
pues que pueden más los muertos,
que no los vivos con vos.
Ya muy de veras me enojas,
con esas locas razones.
Con él, señora, te pones
en argüir, y te enojas;
mira que no aciertas.
Nada me pone en aprieto
como ver este secreto.
Hartas señales me das,
si es vuestro intento querer
dar orden en mi castigo,
porque venguéis al amigo,
muerto, dadmelo a entender.
Diré que yo le maté,
mátenme por homicida,
o quitarme yo la vida,
para que ese gusto os dé.
Quiébrame esto el corazón;
vamos, Rutilia, ay de mí,
que si estamos más aquí
rebentaré de pasión.
Pues ves que importa tan poco,
no le des satisfacciones,
más le matas, si te pones
en pláticas con un loco.
Vanse, y déjanle solo.
Porque su pecho encendido,
he dicho que no me aguarde,
veré cruel, ay, cuán tarde
en mi daño conocido,
encúbrese la vergüenza
de que se turba razón,
pues ya ingrata tu traición
a descubrirse comienza.
Esperábanme estos daños;
otras tan grandes daños, cielos,
ya no tengo mal de celos,
sino mal de desengaños.
Triste, que por verme en medio
de estos males no los vi,
hasta que ya estoy aquí
donde no tengo remedio.
Pónese Tandelio a la puerta.
Parece que se empeora
según su locura nace
los ademanes que hace,
más malo va cada hora.
Es lo que he visto verdad;
cierto es lo que he visto aquí;
está aquesta falta en mí,
o en tan grande lealtad.
Bien vienes a conceder
las traiciones en que das,
enemiga, pues te vas,
no hallando qué responder.
Pag. 21
Entra una moza.
Vengo a tiempo. Podré entrar.
A lo que he de hacer
entra, mas es menester
que des priesa en acabar.
Tandelio, aquí estás. ¿Qué intento
trae esta mujer acá?
Es, señor, que a barrer va
y a limpiar el aposento.
En él me encierro sin traza,
pensando que hallara amparo
en quien le vende más caro
y la vida me amenaza;
mas por cuantas vías pueda
he de huir falsos testigos,
y de tantos enemigos
que me tienen hecha rueda,
procuraré desatarme,
aunque mal a mi honra esté,
para que después me dé
tiempo el cielo de vengarme.
Vase y queda Tandelio solo.
¡Ojalá el rey me pusiera
en trabajos noche y día
y aquesta triste alcaidía
de Nerio no me diera!,
que me hace lástima tal
viendo bastante cordura
venir tan grande locura,
que temo he de ser su igual;
mas, ¡ay!, la moza está allá,
no haga algún disparate,
que podrá ser que la mate
si algún enojo le da.
Vase y sale el rey, y la princesa, y Tiberio y criados.
Conforme a lo que visto has,
mira tú cuál estaré,
que lo que viste, visto he,
y aun otra desgracia más
hoy recibí: y una carta
que para el conde venía,
en que su estado pedía
que a ponelle en su orden parta;
que le tienen disensiones
puesto a punto de perder.
Mira si tiene buen ser
para en estas ocasiones.
¡Oh, qué lástima tan grande
que su orden se podía tener!
Que lo que es posible hacer
será razón que se mande.
La orden que pienso dar
es que pues agora has de ir
a Valdefiento a cumplir
lo que no es justo olvidar,
que pues allá prometiste
que irías en romería
y alcanzaste mejoría,
cúmplase el voto que hiciste;
y pues tan cerca esta casa
está de aquellos estados
del conde, a ser remediados,
un poco adelante pasa;
a ellos podrás llegar,
y harálo tu juicio bien,
y el de Filastro también,
que te ha de ir a acompañar;
y ansí, por aqueste medio,
tú cumplirás tu promesa,
y a este daño, que da priesa,
pondrás más cierto remedio.
Siento de suerte, señor,
ver al conde de tal talle,
que pusiera en remedialle
Pag. 22
otro trabajo mayor.
Pues es menester que sea
muy en breve la partida,
que me pesará en la vida
que otro daño me vea.
Sale el conde Neracio con los vestidos de la moza, muy cubierto.
Tan severo que es Neracio.
y tras dél va Julio y dice
¿Qué es esto, Tandelio, qué has?
En este hábito rebozo
ansí sales de palacio.
Quítase el vestido.
Conde, qué poco juicio
es este, y poco talento.
De tan ruin entendimiento
dais agora aqueste indicio.
¿Cómo, tan por enemigo
y contrario me tenéis
que huir de mí ansí queréis?
Tan malos halláis conmigo.
Ved en quién yo tengo juntas
mis glorias y mi alma puesta.
No sé qué dar por respuesta,
Rey, a lo que me preguntas.
Bien sé cuán mal me dice
esto en que mi pecho da,
pero no importa, pues ya
otro mejor se desdice.
No digo que mal me tratas,
ni te huyo por riguroso,
antes por muy piadoso,
y porque ya no me matas.
Mátame tu piedad,
que si acabases mis días,
de muerte me librarías
de harto mayor crueldad.
No huyo de tu castigo
que te tengo por humano,
pero sé que tiene a Frano
prometedores contigo.
Arrojado se abalanza
mi ánimo a huir de aquí,
solo por no dar de mí
a un enemigo venganza.
Enemigo que creyera
yo lo contrario a no vello,
de ángel el rostro y cabello,
pero el corazón de fiera.
Por no verme a este sujeto,
en esta locura di,
mas no hay pretensión en mí
que pueda tener efeto.
Y es por procurar la vida,
y ansí por torcer la suerte
voy a emprender la muerte
que la vea cumplida
esta quiero de tu mano,
Rey, que a ella yo me ofrezco;
mira que bien la merezco,
que yo di la muerte a Frano.
Y aquesta mano sedienta
de venganza le mató,
aquesta mano que do
del homicida sangrienta.
Confieso que yo maté
a Frano, y a traición,
si pudo habella, razón
es que muerte se me dé.
Tu injusticia condeno,
que es justo que sea vengado
caballero tan honrado,
tan noble, tan fiel y bueno.
Lo cual virtud Rey no tenía,
que alaballe yo, y es justo,
pues sé que en ello doy gusto
a quien dél se servía.
Pag. 23
mal término conde usáis
en lo que hacéis y decís
tan presto os contradecís
mirad lo que confesáis
volved a otra prisión
que huir no es necesario
mirad que sé lo contrario
de esta vuestra confesión
Sale Filastro y Afrano y sus criados todos de camino.
veis Rey a mi primo aquí
que va a cumplir tu mandado
y sale ya desterrado
que venga me pesa a mí
Neracio aquí o mala suerte
ya ve Neracio que vivo
qué es aquesto Afrano vivo
y yo preso por su muerte
a Afrano resucitaste
que yo le vi muerto cierto
si ibas herido y no muerto
cómo tan presto sanaste
Filastro no le llevabas
en hombros aquesto qué es
si podía irse en sus pies
tú para qué te cansabas
qué ocasión tuvo tu enredo
fue por huir mi venganza
tanto temes mi pujanza
que te moriste de miedo
traidores en qué habéis dado
tanto podéis con traiciones
que me tenéis en prisiones
después de haberme agraviado
qué engaño es este villanos
guardas Rey aquí la ley
pues que no me venga el Rey
yo me vengo por mis manos
Da un bofetón a Afrano.
descomedido tampoco
mi presencia aquí aprovecha
para esto es la venida hecha
no te agravies de un loco
que al fin se vengó
volved
a ese loco a la prisión
voy Rey por el bofetón
o por la muerte o por qué
venga del cielo paciencia
bien dudo de tu justicia
pues una tan gran malicia
descubierto a mi presencia
no sé cómo Rey te libres
de culpa en este suceso
como el agraviado preso
y los ofensores libres
antes debes galardón
qué pena a lo que aquí he hecho
yo pues he fundado en derecho
esta mi justa pasión
seáis Afrano por cierto
vivo muy en hora buena
por qué no reciba pena
quien os lloraba ya muerto
no le consintáis decir
más disparates llevadle
a la prisión y guardadle
mejor pues habemos de ir
de aqueste mi desconcierto
mil desengaños recibo
vi a quien juzgué muerto vivo
y a quien juzgué vivo muerto
Vase Neracio y Tandelio con él.
es aqueste buen recado
estáis de esto satisfecho
loco a Afrano habéis hecho
pues la ocasión habéis dado
Pag. 24
la lástima no me tiene
tal que pueda agora hablaros
y como pensé enseñaros
el término que os conviene
y dorar vuestro destierro
ya se me quitó este antojo
que me encendéis en enojo
y en mi salud será yerro.
yo parto, Rey, a guardar
tu mandamiento y tu gusto
quedaos vos, Filas, será justo
que le salga a acompañar
vaya desacompañado
yo tengo que hablar con vos
Primo, pues, adiós.
a Dios
afrentado y desterrado
que no ha habido afrenta aquí
de un loco, Afrano, para conmigo
es cuerdo y de ello hay testigo
y afrentado estoy en mí
Hablan Filastro y Afrano en secreto
esta lástima me tiene
que no sé de mí.
el dolor
me tiene a mí harto peor
Pues más ánimo conviene
en quien ayuda al Conde diere
y ha de tener fortaleza
sacaréla de flaqueza
en lo que bien suyo fuere
trae aqueste acaecimiento
tan grande dolor consigo
que aquel que es mayor amigo
pierde más presto el aliento
en cuanto he estado mirando
palabra alguna no he hablado
allí me estaba arrimado
cual quien estaba soñando
de doquiera que estuviere
te escribiré.
adiós.
Vase Afrano y los criados
Bien es que remediéis vos
aquello que ser pudiere
habéis de ir con la Princesa
a cumplir su romería
y desde allí yo querría
tomásedes otra empresa
y os lleguéis a los estados
del Conde, pues cerca están
que de esta suerte serán
fácilmente remediados
dispuesta tengo la vida
solo a su gusto.
aquí importa
que la dilación sea corta
Pues sea luego la partida
mi carta habéis de llevar
y otra del Conde abremos
nosotros la escribiremos
y harémosle afirmar
diciendo que está indispuesto
y que por eso no va
Flaqueza, arte toda esta
en muy buena traza puesto
vais allá Severio.
voy
si su licencia consigo
que es negocio muy de amigo.
Pues yo la licencia os doy
por aquí he de hallar entrada
para mi venganza. Estamos
todos muy en ello.
vamos
a aparejar la jornada
Vanse, y sale Afrano y Marcelo
Puede durar más tiempo un edificio
fundado en mil traiciones y mentiras
quien del mentir sacó jamás provecho
en buen punto Filastro me ha expuesto
al fin voy desterrado y afrentado
adonde iré que encubra mi torpeza
Pag. 25
donde no se verá mi cobardía,
que hay aquí quien anteponga vida a honra
y en deshonores y en bajezas tantas
no tienes tú vergüenza de ir conmigo.
Marcelo, no te afrentas de servirme,
déjame, solo vaya donde fuere,
no participes tú, sin tener culpa,
de mis daños, mejor señor procura.
Llégate do la sombra del grande,
mira por ella siempre, amigo, y creeme
que quien la pierde pierde cien mil vidas,
nunca mayor deshonra nadie tenga.
Déjate, señor, de eso, prosigamos
nuestro camino, vámonos a Italia,
que de allí tomaremos buen consejo,
deja imaginaciones enfadosas.
Ya no hay dejallas sin dejar la vida.
Oye, ¿Contrario es este?
No quisiera
verle, ni a otro cualquiera que conozca.
Entran Contrario y su paje de caballeros de camino.
Ya viene el aposentador, supe, y dice
que estará aquí esta noche la Princesa,
tan presta a departir, tan por la posta,
en la jornada debe de haber causa.
Contrario, ¿dónde vas?
¿Qué viaje es este?
¡Oh, Afrano, pesar grande he recibido
de su destierro! Pero son enojos
que tendrán fin mañana.
Pienso me ir a Italia.
¡Allá te alejas!
Sí, para dar al Rey menor disgusto.
Este que tiene dejará bien presto,
sanará el Conde y acabaráse todo.
Y tú, ¿dónde vas?
Yo voy a Valdeciento,
a dar aviso que allá va la Infanta,
en romería llévala su primo;
desde allí pasarán a Silva estado,
veneración a poner en su orden cosas
causadas por la ausencia de su dueño.
Ciprés el aposentador por allí pasa.
¿Qué es dél? Pues he de hablalle. Adiós, Afrano.
Veámonos primero que te partas.
Yo lo procuraré, que va mi primo
así, va allá, quiero irme aunque me revuelva.
Mas no, que la Princesa allá, no quiero,
quiero dejar que estén allá, y volveremos,
que será mejor, Marcelo, advierte,
quiero partirme luego.
¿Mas, pues tan presto?
Sí, que no quiero ver a nadie de nos,
a Italia vamos como está tratado,
Filastro escribirá lo que hacer cumple.
Tu parecer y gusto en todo cumple.
Vanse, y asómase Neracio a una reja que estaba hecha como cárcel.
Basta, por loco el Rey me tiene,
y por eso me tiene preso. Digo
que es justa mi prisión y que conviene
con tal locura y opinión que sigo.
Quien ha de desengañarse, agora viene
de sus daños, que juicio trae consigo,
cualquier razón, cualquiera conjetura
dice que mi prisión es por locura.
Severio y la Princesa hablando vienen,
quiero escuchallos desde aquí encubierto.
Salen Severio y la Princesa.
Trazas, señora, son que le convienen
a Neracio, no suyas, el concierto.
De ruido su condado bandos tienen
y él para remediallos es cual muerto.
Pues está loco, si su bien pretendes,
no es bien que el parecer no malo enmiendes.
Si va Filastro solo, por sin duda
tenga de destruir todo el estado,
que do se ve una amistad desnuda
es cualquiera temor bien empleado.
Pag. 26
El Rey le quiere tanto que no duda
de su lealtad, y de él ha confiado
esta, y da que si tú no la remedias
habremos de sentir el daño a medias.
Bien has de mí, Severo, conocido
que mi pretensión solo es bien del Conde,
y este solo es mi fin, este he seguido.
Solo a esta voluntad mi pecho asconde,
sin duda he de seguir aquel partido
que a él le está mejor; póngame adonde
quisiere la fortuna, aunque sea ausencia,
que cualquier daño llevaré en paciencia.
Ingratitud pareciera ausentarme,
dejando al Conde sin juicio y seso,
¿no sería muy mejor hallarme
a lo que le sucede estando preso?
Dirán todos que voy a festejarme,
y bien parecerá tras tal suceso,
y acá su tierra pídeme remedio,
tienenme aquestas dudas puesta en medio.
Al mayor de esos daños Dios acude,
que es exponer en paz su tierra. Advierte
que el Rey le quiere mucho, y no se dude
que le ha de buscar la mejor suerte.
Aconsejasme al fin que no me mude,
sino que vaya. Doy lugar a la muerte.
Todos en pesadumbre la dejamos,
pero pues es por su provecho, vamos.
Al fin, por cierta mi sospecha sale,
loco me llaman todos por de cierto,
con razón mucha, pues tan poco vale
mi juicio, pues dio en tal desconcierto.
Por loco todo el mundo me señale,
que con su parecer yo me concierto.
Pues, ¿qué lugar le queda? Hallo conmigo
a doncella en celos, y tal amigo.
Tandelio, el Conde, ¿cómo está?
Señora,
aún peor que le vistes.
¿Cómo sale?
Sale a un negocio agora.
Ningún negocio con aqueste igualo.
Trae desvíos de él tan sola una hora,
está siempre en su guarda con los tales,
más dudosa es la vida entre sus manos
que entre los enemigos más tiranos;
y con él estoy contino noche y día.
Digo en este aposento de acá fuera.
Prosigase de hoy más, por vida mía,
esa carga, aunque sé que no es ligera.
Pero tu palabra, don Tandelio, fía
del Conde, y aun de mí también lo espera;
en caso de tal punto e importancia,
la honra de cumplille es la ganancia.
Tendré, señora, yo el cuidado
que con mi alma, Princesa, me he puesto en él,
que después que le vi me ha lastimado
de manera que no sabrás creello,
que en el pecho le llevo atravesado.
Esta jornada es tan sin duda de él,
que ablandará a dura roca, de un diamante,
mirar una desgracia semejante.
¿Y cuándo parte vuestra alteza?
Luego,
que a nueva desventura agora vengo.
¿Ya te me ausentas, Princesa?
Rogado tan de veras tengo,
sufrilde sus locuras, este ruego,
y aunque dé en disparates, yo os prevengo
que no forméis de lo que dijere enojo,
que ha de ir do le lleve un ciego antojo.
Trataréisle con término amoroso,
iréisle entreteniendo blandamente,
andad en regalarle cuidadoso,
sin ser en los trabajos impaciente.
No le mostréis semblante riguroso,
que aunque suele decirse comúnmente
que hace el castigo y pena cuerdo al loco,
es triaca que en necios vale poco.
Y mucho su salud mira vuestra alteza.
Gran compasión le tiene y no me espanto,
pues el pecho donde reina la nobleza
Pag. 27
De ajenos daños saca propio llanto.
Aquí se ve el valor y la grandeza,
en esto tendré yo cuidado tanto
como requiere el caso y tu mandado,
y pienso velle presto remediado;
aunque yo creo que su daño nace
más de amores que de otro pensamiento.
Sale Neracio.
Espera, pues, ¿qué has visto en él? ¿Qué hace?
Mil lástimas sembrándolas al viento,
dice: «Pues que mi muerte cruel te place,
yo moriré contento en tu contento.
Causa desleal, traidora e ingrata,
al fin en celos de contino trata».
¿Nombra la dama alguna vez acaso?
Jamás pude entender de quién se queja,
aquesto le oigo alguna vez que paso,
llego a oílle con atenta oreja.
Pues no lo sepas hoy más en el caso,
aunque sea loco la razón no deja
de pedir no le escuches, que le pesa;
aquesto es por si nombra a la princesa.
Bien a mí me avisáis, princesa mía,
de aviso y discreción jamás oída.
Ya que aquí estoy, Fandelio, yo querría
verle antes que llegase la partida.
Dello, señora, mucho gustaría,
si no hubiese peligro y se le impida.
Ese temor querrás más de miralle.
Solo verle, que no me atrevo a hablalle.
Voyme, no entiendan que los he escuchado.
Esta reja, señora, sale adonde
está Nervacio preso y encerrado.
Pues llámale por ahí.
¡Nervacio!
Responde.
¿Quién llama?
Será más acertado
que allá entres.
Escucha, ya responde.
¿Qué me quieres, Francisco?
Saber si mandas algo.
No, yo para mandar muy poco valgo.
Princesa y Severo, ¿cómo
no llegáis? Llegad un poco,
que, aunque sin juicio y loco,
no tanto que ignoréis cómo.
Llegad con seguridad,
que aquesta reja está en medio,
y hay en mi salud remedio
que entendí mi enfermedad.
Ya yo sé por qué estoy preso
y por qué de mí os burláis,
y de responder dejáis,
espero muy buen suceso.
Pues a Francisco escribí y cierto
estoy que no fue llevado,
y que el rey no fue informado
de nadie que yo he muerto.
Conforme a esa regla estamos
yo y Severo disculpados,
pues no seremos ya acusados
de que fe no te guardamos.
Y a mi desengaño veo
de la que me desengaño,
no me siendo, sino engaño,
verdugo de mi deseo.
Ya tengo probanza hecha
de que hay en mi juicio poco,
y salga yo de ella loco,
y no cierta mi sospecha.
Muy mejor Severo está;
trae más sosegado el pecho.
Va, señora, que sospecho
ese secreto en que da.
Diréis: «¿No veis cómo ha dado
en locura diferente,
que habla más blandamente?».
Es como estoy avisado.
¿Y de qué estáis avisado?
Que es locura mi pasión.
Ya habéis dado un bofetón
y sentiros disculpado.
Mal en eso me culpáis.
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no merece el loco pena,
no es aquesa razón buena,
o lo estáis o no lo estáis.
Si lo estáis, no os espantéis
que a cual loco preso os tengan,
y si no, en aquesto vengan
el delito que hecho habéis.
Muy bien hacéis, mi fiscal,
mas procurando por mí
respondo que loco fui,
y que sané de este mal.
Sale el Rey.
Aquí te estás tan despacio,
¿no hay nada que prevenir?
Quise, antes de partir,
despedirme de Neracio,
para decir con verdad
en su tierra que le vi,
cuando de acá me partí.
Importa la brevedad,
luego importa que partáis,
pues al punto de aquí salgo.
Vase el Rey.
Vos, Neracio, ¿queréis algo
para Silva?
¿Que allá vais?
Sí, hacia vuestra tierra voy,
que voy a mi romería.
¿Y ser esto en tiempo había,
cuando de esta suerte estoy,
y ahora que voy cobrando
nuevo ser, nueva salud,
con veros y la virtud
de loco en cuerdo trocando,
me queréis dejar, señora?
Pues si el médico me falta,
¿no veis que será esta falta
para enfermar a la hora?
Esa dulce medicina,
que mi mal humor convierte
y me restaura de muerte,
que es la presencia divina
de esa angélica visión,
no la quitéis de delante,
pues que sola ella es bastante,
y otras ningunas lo son.
Ya del sueño he despertado,
y ya he conocido el engaño
que a encender tan grave daño
me tenía embelesado.
Ya en la celosa pasión
que hasta aquí me atormentaba,
la seguridad he hallado
de vuestro amor y afición.
¿Vais a defender mi tierra,
para de nuevo obligarme,
y queréis acá dejarme
sin vos, en perpetua guerra?
Forzoso es partir de vos,
aunque me pesa, y os juro,
mas podéis estar seguro
con que vamos los dos,
que aunque acá vos os quedáis,
quedáis, y vais en el alma,
porque dentro de ella estáis.
La vuelta será tan breve
cuanto lo pide mi amor.
Con tan inmenso favor
todo mi mal es muy leve,
que a Fénix he recobrado
vida en mis cenizas muertas,
pues esperanzas inciertas
tan cierta vida me han dado.
Pag. 29
Si salgo de fausto brío
cual espero a libertad,
de tu mucha fidelidad
te pienso pagar, Seberio.
A un amigo tan leal
de quien tuve mal conceto,
siendo al fin cual perfeto,
mucho obliga a ser cabal.
Y pues no se escusa hacer
lo que el Rey quiere y ordena,
id, señora, enhorabuena,
que al fin se ha de obedecer.
Quedad a Dios, mi consuelo.
Id con Dios, mi dulce gloria,
pues queda mi memoria
colocada en vuestro cielo.
Vanse, y sale el Rey y Filastio, y estará Nervacio a la reja de manera que pueda vellos y oiga lo que dicen, y ellos no le vean.
Mi firma en blanco llevad,
y si menester la habéis,
la cédula henchir podéis,
y della os aprovechad;
y cumpliréis mis deseos,
que es de defender la tierra
del Conde, por paz o guerra,
y así escusaréis correos.
Y si necesario fuere
socorro o más gente al caso,
me avisad de todo el caso
así como sucediere.
Ansimismo llevaréis
carta del Conde Nevacio,
y como queda en palacio
indispuesto, les diréis.
Y pues ser quien sois abona
el valor de vuestro pecho,
haced en dicho y en hecho
como mi propia persona.
De general llevaréis
cargo en aquesta jornada,
y si la gente aprestada
está, luego marcharéis.
Beso esos reales pies
por tan inmenso favor,
por lo cual, Rey y señor,
en más cargo me ponéis.
Acudid a mi aposento,
de do llevaréis recado
y en blanco el papel firmado.
Haré, Rey, tu mandamiento.
Vase el Rey, y queda Filastio.
Pues que fortuna en todo me ha ayudado,
y en servir a mi Rey también me empleo,
agora hay ocasión de ser vengado,
agora, agora cumplo mi deseo,
agora desta vez morirá el Conde,
y yo quedaré ufano y con trofeos,
que bien con mis intentos corresponde
la traza tan sutil que se ha ordenado.
Si alguna desventura no la asconde,
su firma en blanco el Rey aquí me ha dado;
yo escribiré del Conde la sentencia
diciendo que está a muerte condenado;
viendo él tan verdadera la apariencia,
y más, firmada de la propia mano
del Rey, y que no tiene resistencia,
por fuerza ha de temer que es hombre humano.
Yo, viéndole en angustia desta suerte,
me mostraré piadoso aunque tirano,
diré que por librarle de la muerte,
movido de piedad y bondad tanta,
condolido de ver su pena fuerte,
por librar del cuchillo su garganta,
le quiero suspender que ejecutada
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sea en tanto que a huir muestra la planta,
y porque no me sea a mí imputada
del rey alguna culpa, a ver se haya
a tierra de otros reinos habitada,
saliendo de estos reinos y su playa.
Mi primo queda libre y usurpado,
sin que intervalo alguno jamás haya,
y si no, como aqueste está afrentado,
y al fin sabe ya claro que no es muerto,
andando el tiempo ha de quedar vengado.
Diré que el cometer aquel tuerto
de darle el bofetón en la presencia
del rey, que fue terrible desconcierto,
y que dio de enojado la sentencia,
mandándome que luego ejecutase
en él este rigor, sin resistencia.
Voylo a poner por obra antes que pase
este tiempo, sazón y coyuntura,
así en esto ventura me ayudase,
y si no me corriese desventura,
porque un Lauro en todo así quedase.
Vase, y dice Neracio desde la reja.
Traidor, infame, alevoso,
esto tenía desguardado,
en esto al cabo ha parado
vuestro semblante amoroso.
Pues no os iréis alabando
de esto que ordenado habéis,
sospecho que vos haréis
como me vaya vengando,
y del rey colegido
el mucho amor que me tiene,
y que por loco me tiene
donde estoy detenido.
Y sé también como es cierto
que está vivo el duque Asiano,
aunque creí por muy llano
(que muerto).
Pues pensar que el bofetón
que yo le di en Linaria
al rey será burlería,
tómelo en conversación.
De todo mal me asegura
el amor de la princesa,
bien se comen a una mesa
conmigo tiempo y ventura.
Rumor parece que empieza,
él debe ya de venir.
Pues imagino que ha de ir
las manos en la cabeza.
Entra Filastro con el papel en la mano.
Tan verdadera apariencia
de verdad mucho acredita
mi cautela, pues imita
a ser del rey la sentencia.
Para esto que pretendo
mis pensamientos van buenos,
pues le han de hacer por lo menos
irse de este reino huyendo.
Yo me aventuro a llegar,
con disfrazado contento.
Sosegado está y quieto,
él debe de reposar.
¡A, conde! ¡A, señor! ¡A, conde!
Algo le debe impedir,
sin duda debe dormir
pues no oye ni responde.
¡Conde Neracio! ¡A, señor!
Si es quien me llama la muerte,
tendrélo a felice suerte.
Es quien os es servidor,
y en obras lo podéis ver,
porque si esto ansí no fuera,
nunca a avisaros viniera
de lo que podéis leer.
Pag. 31
El Rey manda ejecutar
en vos luego esta sentencia.
No hay sino prestar paciencia,
pues no se puede excusar.
Va leyendo Neracio la sentencia y prosigue Filastro.
Lo que yo con vos haré,
pues que con poder me hallo,
será que en ejecutallo
un poco lo suspenderé,
y por que os deseo servir,
pues sé no lo merecéis,
que por lo que hecho habéis
os sentencien a morir.
Mas está tan indignado
el Rey, que si no se da
un orden al punto, hará
que esto sea ejecutado.
Y es que, habiendo ocasión,
os salgáis de donde estáis,
y a un reino extranjero os vais,
hasta que alcancéis perdón.
En esto de mí os sirviera
y creed, que si pudiera,
libertad del todo os diera,
la voluntad recibid.
Por cierto, esa voluntad
la recibo, y la tuviera
por amistad verdadera
si esa se llama amistad.
Pero no pretendo hacer
cosa que me cause afrenta,
si el Rey de esto se contenta
yo le pienso obedecer.
No me pretendo excusar,
que si muerte he merecido
con ser a muerte oprimido
quiero mi culpa pagar.
Pues que lo pide la ley,
úsese de su rigor;
morir, sí, y no ser traidor,
huyendo a Dios y a mi Rey.
En viéndole Neracio descuidado, cierra con él y quítale la espada.
Ingrato eres y serás y has sido
en cuanto piensas, tratas, dices y haces,
mas yo te daré el premio que merecen
tus intentos e inicuos fraudulentos.
No imagines menear el pie o la mano,
que te daré mil muertes en un punto,
traidor a aquellos con quien has tratado;
yo no lo soy, ni de lo tal me precio.
Entra, enemigo, a donde tus maldades
y tus bellaquerías me habían puesto.
Y no hables palabra ni menees
los labios ni la lengua perniciosa,
que te daré doscientas estocadas.
Métele en la cárcel donde él estaba, y quítale el vestido del cual se viste, y échale el cerrojo, y dice Filastro dentro de la reja, y vase Neracio.
Trandelio, amigo, abre aquestas puertas,
mira que el que salió era Neracio.
Ábreme presto y ve en su seguimiento,
que ha determinado de irse huyendo
a donde jamás gentes no le vean.
Sale Trandelio como que está escuchando.
Furioso está Neracio, pues vocea.
Alguna ocasión tuvo con Filastro,
que al tiempo que salió dijo que subiese.
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mucha, que con él porque necia,
el mayor frenesí que jamás tuvo.
Abre, Tandelio, que no soy Neracio;
Filastro es el que te llama, amigo.
¡Bravo furor, por Dios!, que descompone
el diablo, se llegase hacia la reja.
Llega, ¿no me conoces? No ves, caro,
que soy Filastro, tenlo por muy cierto;
que aunque saco Neracio mis vestidos,
fue porque estando yo con él hablando,
la espada me arrancó, y a punta fiera
me metió donde estoy y él se los puso.
Que hace de vacilar, si es luna nueva.
Sin duda que a cualquiera que cogiese
le hiciese entre los brazos mil pedazos,
yo le quiero dejar solo, porque
es peor cuando así le da esta furia,
estar gente con él, los sino solos.
Vase Tandelio.
¡Tandelio!, ¡ah, Tandelio!, ¡del demonio!
Basta que quedo en posesión de loco,
¡oh, malhaya el traidor que acá me trujo!
Perdido soy si aquí vienen a hallarme,
porque Neracio sabe, y muy cierto,
que Afrano, mi primo, está vivo y sano,
y según lo que ha hecho no está loco;
mi traición y el tratar de que se fuese
por miedo de la muerte, y la sentencia
ha de manifestar al rey al punto.
Pues si aquesto es así y soy tenido
por el mayor traidor que hay en la tierra,
no siento otro remedio sino es este:
hacer de aquestas sábanas escala,
y luego que anochezca y haga oscuro,
descolgarme por ellas hasta el río,
y ansí saldré de aquí sin que peligre,
y me podré escapar del rey airado.
En tanto quiero estarme sosegado.
Jornada tercera
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Jornada Tercera, salen el conde Neracio y la princesa, y Severio, y Neracio con los vestidos de Filastro.
Cuando la continua y mal
fatiga con exceso,
suele en las cosas de peso
hallarse el seso cabal.
Loco al parecer estuve,
y acrecentó este daño,
pero no fue sino engaño
de un pensamiento que tuve.
Para acabar de difinir
el no ser Afrano muerto,
me hizo ser cuerdo, cierto,
y aun por dicha no morir.
Pero esto no bastara,
si no tuviera seguro
que vuestro amor firme y puro,
solo para mí se hallara.
En lo que habéis referido
dais, señor, muestra derecha
que una celosa sospecha
de que yo hubiese querido
a Afrano podía ser
la que tanto os aquejaba.
Porque el que yo os desviaba,
el haberle de ofender,
es verdad, mas sabe Dios
que su mal no me movía,
sino el pensar que podía
por él perderos a vos.
Pag. 34
pero dejad por mi fe
sospecha tan conocida,
y dadme de esta venida
la cuenta de cómo fue.
Es de risa y pasatiempo;
despacio lo he de contar.
Tratemos del embarcar,
que conviene que sea a tiempo.
La gente que con Filastro
vino, es menester dejemos,
y los tres nos embarquemos
de modo que no hallen rastro
de do nos hemos huido;
porque como ansí me vieron,
por Filastro me tuvieron,
y al fin no me han conocido.
Iremos a mi condado,
adonde con mi presencia
de cualquiera violencia
será luego sosegado.
Y allí, señora, seréis
de mí adorada y servida
y de ellos obedecida,
no como vos merecéis.
Pero sé que en voluntad
nadie me llega en el suelo,
que es para vos poco un cielo
cuanto más una ciudad.
No más, conde, y dese orden
cómo partamos de aquí.
Vení, señora, tras mí,
porque ya está dado el orden.
Voy, Neracio, aunque primero
gustaré me deis la mano
de esposo.
Soy el que gano.
Y yo por ser el tercero.
Pues de vos sois venturoso,
y yo soy en todo dichosa,
y me doy por vuestra esposa.
Y yo me doy por vuestro esposo,
que pues tanto interés gano
en alcanzar tal blasón,
quien os dio ya el corazón
qué mucho que os dé la mano.
Vamos porque el embarcar
entiendo que es necesario
antes de tener contrario.
Dices bien, no hay que aguardar.
Vanse y salen dos caballeros llamados Contrario y Cipredio.
Por cierto es la jornada más gustosa
que después que soy hombre he caminado,
de gustos, de placeres abundosa,
libre de descontentos y cuidado;
gusto es ver la princesa cuán deseosa
que va de ver su estado apaciguado
de Neracio, aquel conde que está loco;
cualquier desasosiego estima en poco.
Filastro a quien estaban deseando
dicen que vino, aunque quedó haciendo
los negocios que iba despachando
el Rey para este efeto y concluyendo.
También dicen que habemos de ir marchando
al estado de Silva, porque entiendo
que muchos de ellos se han alborotado
viendo a Neracio ausente del condado.
Lleva poder del Rey más suficiente
y del conde también para de hecho
por paz o guerra apaciguar la gente,
y todo lo que importa a su provecho,
castigando al que hallare delincuente,
y premiando al de sano y limpio pecho.
Y la infanta también, porque el Rey quiere
que presente se halle a lo que fuere.
Sale un soldado.
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Dadme albricias, camarada.
¿De qué os las hemos de dar?
De que ya no hay que embarcar,
que es la princesa robada.
Digo que no es mala aquella
marlota de nos burlar.
No tenéis de qué dudar,
Filastro se fue con ella,
un bajel los encontró,
que a toda furia bogando,
van velas al aire dando,
y a su venir ya él la vio.
¿Es posible que Filastro
hizo tan gran villanía?
No saldrá con su porfía
sin que le sigan el rastro,
lo que conviene es que vamos,
y de ello al Rey, y demás.
Vamos, porque incurriremos
en penas si descuidamos.
Vanse, y sale el Rey, y Tandelio.
¡Qué gran cosa que hubiese,
con el Conde que se ha ido,
y se ha desaparecido
sin que ninguno lo viese!
¡Tan grande pesar me ha dado,
que estoy del enojo ciego!
Por tanto, mandad que luego
le busquen con gran cuidado;
el cómo fue, me contad.
Señor, ello sucedió
como significo yo
a tu real majestad,
que cuando Filastro entró,
él estaba muy sosegado,
pero muy alborotado
a la salida quedó,
comenzóme de llamar,
diciendo a voces que abriese,
y porque no me ofendiese,
no me osé, señor, llegar.
La puerta hacía mil pedazos,
por abrirla haciendo fuerza,
con rabia, furor y fuerza,
el cuerpo, piernas y brazos;
mil disparates hacía,
y a gran prisa me llamaba,
y como no me llegaba,
vituperios me decía.
Cuando Filastro salió,
me encargó que allí estuviese,
y que con él no hubiese,
porque un frenesí le dio;
si el caso le dio ocasión
no lo sé, pero sé y digo,
que en cuanto ha estado conmigo,
nunca le vio tal pasión,
que las sábanas rasgando,
y de ellas escala haciendo,
mientras la gente durmiendo,
señor, se fue descolgando.
Sin duda que, conmovido,
a su enemigo delante,
fue ocasión, y muy bastante,
para el furor que tomó.
Temo que le ha de seguir,
y se tiene de vengar,
donde menester será avisar,
que podrá daño venir.
Entra un paje del Rey.
Licencia para hablarte,
te pide un soldado hoy.
Dile que yo se la doy.
De algo querrá avisarte.
Sale un soldado.
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Alto señor, partimos
por la posta a avisarse con cuidado,
al punto que supimos
que Filastro probado,
tu hija y en la mar se han engolfado.
Severio y la princesa
con el conde Filastro van huyendo,
y a grande furia y priesa
tu gente con estruendo
los va por todas partes ya siguiendo.
Mas y más, si no yerro,
según la delantera que tomaron,
que habrán tomado puerto
y no los alcanzaron,
pues dende dos días nos avisaron,
y van a la ciudad
de Nervacio, según allí dijeron.
¡Oh, terrible maldad!
¿Y qué fatal letuario bebieron?
¿Mi rigor y castigo no temieron?
Pues por el Dios inmenso
que gobierna los cielos y la tierra,
que de vengallo pienso,
si el centro no lo encierra,
a poder de cuchillo, fuego y guerra.
tiendan banderas, toquen atambores,
muestren sus ademanes
los soldados menores
en perseguir a los que son traidores.
Un tan notable agravio
que no es menos que de rey la ofensa,
solo en pensallo rabio;
qué maldad tan inmensa,
por mi mano he de hacer la recompensa.
Y yo propio quiero ir
por general de todos los soldados,
y vengarme o morir
de agravios tan pesados;
mandad que al punto estén aparejados.
Vanse y salen el conde Nervacio y la princesa en la tierra de Ner.
Princesa del alma mía,
¿en mi tierra estáis contenta?
Tanto de esto que se aumenta
en mí luego esa alegría.
Bastábame a mí gozar
de tanta victoria y palma,
como es gozar cuerpo y alma
lo que puedo desear;
que mayor bien y consuelo
puedo gozar mi victoria,
que fue gozar de la gloria
que me prometió ese cielo.
Notable agravio me hacéis,
pues de mí habéis conferido
lo que es en vos conocido,
que ser ángel merecéis;
porque es la belleza tanta
de esa angelical figura,
que del conde la ventura
se estuvo en querer la infanta.
Pero no satisfaciera
en querer la infanta bella,
si en esa moneda a ella
la paga al conde no diera.
En conformidad estamos,
en deuda ninguna queda,
pues es toda una moneda
la que vos y yo pagamos.
Si me queréis y os adoro,
en cosa no soy ingrata,
y si me prestáis en plata,
yo os pago, señor, en oro.
Pag. 37
Agudo ingenio tenéis,
pagáis en oro, es verdad,
en cuanto a la calidad
que por princesa excedéis,
pero sabed que aunque conde,
en lo que es amor yo he sido
que llegar otro no pudo
donde el que tengo responde.
Sale un criado del conde Neracio.
¿Cómo vives descuidado,
con tanta quietud, señor?
Mira que con gran rigor
se destruye tu condado;
su padre de la princesa
va entrando tan poderoso,
tan pujante y orgulloso,
que según la furia y priesa,
digo, señor, que entrará
dentro de muy poco espacio
por tu ciudad y palacio,
que resistencia no habrá.
Mira que cual rayo airado
por tu tierra entra matando,
a ninguno reservando
de toda suerte y estado.
Procúrate apercebir,
pon en salvo a la princesa
con toda la mayor priesa,
si no pretendes morir.
Los infortunios mayores
que debajo de la luna
padeció persona alguna
son en darme sinfavores,
cuando más pensé que el cielo
era en mi favor propicio,
mueve Fortuna en su quicio
la rueda en mi desconsuelo,
y vos, señora, a recoger,
mientras que en esta desorden
doy la traza, modo y orden
que nos importa tener.
Yo me iré, mi dulce amor,
aunque si queréis saldré
y delante me pondré
a mi padre en su rigor.
¿Queréis, señora, ponerme
en mayor obligación?
A cualquier persecución
por vos osaré ofrecerme.
Entraos allá, que a su tiempo
se verá lo que es mejor.
Yo voy, conde, mi señor,
no a cosas de pasatiempo.
Vase la princesa y queda Neracio.
Sin duda alguna ha sabido
el rey cómo le he quitado
su hija, y que la he embarcado,
y a mi tierra la he traído.
Por fuerza lo ha de sentir,
como es razón que se sienta,
y en venganza de su afrenta
me viene de destruir.
Pues salir a defender
el paso a su poderío
será muy gran desvarío,
que es muy poco mi poder.
Vese todo alborotado,
de pareceres disformes,
que no hay cuatro mil conformes
dentro en todo mi condado.
Y será darles lugar,
viendo agora esta ocasión,
de vengar su corazón,
y me han de desamparar.
Pag. 38
lo que me importa el partir
a mi primo el rey de Hungría,
que con su gente y la mía
le podremos reducir,
que al fin, viendo en mi poder
su hija, se amansará,
y por bueno lo tendrá,
sabiendo que es mi mujer.
Vase Neracio y sale por otra puerta Filastro.
Basta que mi pretensión
salió vana y mi esperanza,
y no pudo hallar venganza
mi lascivo corazón.
Pensé que me aprovechara
de la sentencia el engaño,
y mis trazas, y su daño,
me escupieron a la cara.
Si acaso no me soltara
del modo que me solté,
por muy cierto creo y sé
que mi honra peligrara.
Y he estado bien escondido
hasta que el rey se ausentó
y en seguimiento partió
deste Neracio atrevido.
Y bien se deja entender
que sabrá que no fui yo
quien su hija le robó;
pues va a Neracio a ofender,
bien sabe ya su maldad,
pues que por su tierra entró
hasta que a poner llegó
cerco sobre la ciudad.
Ya yo estoy bien instruido
en lo que tengo de hacer,
pues sé cierto ha de saber
el rey que no le he ofendido.
Diréle que a la sazón
que con la infanta iba yo,
al camino me salió,
y hizo aquesta traición,
y en lugar de se indignar
es cierto que siendo ansí,
viéndome sin culpa a mí,
que me tiene de premiar.
Vase y sale el Rey armado de guerra con los que subiere de acompañamiento.
Aquí podéis hacer bien las trincheras,
y las tiendas poned en la vanguardia.
Los tiros asestad todos por orden
como mejor les demos batería,
que, estando ya asolada la comarca,
fácil será rendirla por fuerza.
Cualquiera que al traidor conde Filastro
prendiere, le daré diez mil ducados,
y a él la muerte, que también merece;
porque a un traidor que le fié mi hija
y sin guardarme ley me la ha robado,
y se acogió a la tierra de Neracio,
con todo el poder mío y armas suyas,
y se la tiene ansí tiranizada,
merece atenacearle diez mil veces.
Entra un soldado con el conde Filastro cubierto el rostro.
Ínclito rey, sirviendo centinela,
prendí aqueste soldado, porque andaba
entre toda la gente desta suerte,
para que se averigüe si es contrario.
Descubrilde y mirad quién es.
¿Es posible, traidor, que así has osado
de parecer delante mi presencia?
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probándome mi hija, honra y fama,
llevalde luego, y dentro de una tienda
esté, hasta que sea sentenciado
en el justo castigo que merece.
Escucha, mi señor, si eres servido,
que no soy yo quien tal traición ha hecho.
No le dejéis hablar una palabra;
llevalde donde mando luego al punto.
Señor, señor, que no soy el que piensas.
No me repliques más, pérfido, ingrato.
Llévanle preso y dice el Rey.
Ya el cielo me promete la venganza,
pues ha puesto en mis manos mi enemigo;
vamos a recogernos a las tiendas,
donde daremos la orden conveniente.
Vanse todos y sale Severio, alborotado.
¡Tan noble y hidalgo pecho
como el de Neracio, había
de hacer tan gran cobardía!
No es posible, no lo ha hecho;
no creeré sino lo veo,
que Neracio sea entregado,
que en tal bajeza haya dado.
Digo otra vez, no lo creo,
mas el vulgo me responde:
los contrarios hacen fiesta,
porque se presentó el conde;
todos a una voz publican
cómo el conde se entregó.
¿Qué diré, Neracio, yo,
si todos lo certifican?
A pedir socorro fuiste,
no fue falta de misterio;
bueno dejaste a Severio,
mejor dijeras que huiste.
Yo me presento a informar
y será por esta vía,
que un correo para Hungría
haré luego despachar,
que si por socorro fue,
como dijo, y mi carta
verá que importa se parta
y no que, seguro, esté;
quiero salir del cuidado,
y tan dudoso suceso
ver si está en Hungría opreso,
de todo seré informado;
con la princesa hablaré,
pues quedé encargado de ella,
¿qué dirás, princesa bella,
de quien requebró la fe?
Vase, y sale la Princesa.
¿Posible es que me has dejado,
cobarde Neracio, a mí?
¿Ya por librarte a ti,
tan gran bajeza has usado?
¿Es aquesta la promesa,
que seguridad me hacía,
que pudo tu cobardía
dejar ansí a la princesa?
¡Ah, falso!, que tus engaños
y tus palabras inciertas
me han abierto ya las puertas
de todos mis desengaños.
Yo he quedado a padecer
mi vergüenza y mi deshonra;
si perdí por ti la honra,
¿qué me queda que perder?
que aunque ya si contigo fuera,
ante mi padre ofendido,
viendo que eras mi marido,
muy mejor me recibiera;
mas viendo cuál me dejaste,
no me espanto que se diga
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que, aun para ser íntima amiga,
cobarde, no me estimaste;
quejaréme con razón,
y mis quejas, te prometo,
que en público y en secreto
publicarán tu traición.
Si fuiste a pedir clemencia
a mi padre, mejor fuera
que delante de ti fuera
para hacerle resistencia.
Yo tengo, pues, de imitarte,
que eres mi esposo y marido,
y pues el todo he perdido,
piérdase también la parte.
Digo que me determino,
o me cuadre o no me cuadre,
de presentarme a mi padre,
pues tú me abriste el camino.
Vase, y salen Afrano y Marcelo.
Y a gusto que quedes fuera
largo de tiempo y prolijo.
Discreto fue aquel que dijo:
«quien espera, desespera».
Cuanto a que en Italia estoy
padeciendo aquesta afrenta,
no ha hecho Filastro cuenta
de mí. Venturoso soy.
Señor, ¿podrá ser la guerra
no le haya dado lugar?
El común es de ayudar
del que está quieto en su tierra.
Dijo que al punto enviaría
a avisar de lo que hiciese,
y que cuidado tuviese
de que él me vengaría.
De Neracio, y desusitado,
veo que no lo ha cumplido,
veo que estoy ofendido,
y tras esto desterrado.
Yo entiendo que no es posible
haber podido hacer más.
¿Y si ha podido?
Jamás
vi descuido tan terrible.
Mucho tarda en darme aviso.
No sé a qué se lo atribuya,
o a mi desgracia o la suya;
mas, si no pudo aunque quiso,
que el intento que llevó
era de tomar la tierra
del conde por paz o guerra
cuando de mí se partió.
No ha en estado desgracia
trazado este fundamento.
De nada tengo contento.
Si habrá tenido desgracia,
no entiendo qué puede ser,
porque yo estoy confiado
del que me hubiera avisado
si lo pudiera hacer.
Y ansí yo me determino,
lo más sano me parece,
pues peligro no se ofrece,
tomar de Silva el camino.
No tengo por acordado,
señor, ese parecer
hasta primero saber
si es tu primo en el condado.
Que si Filastro no está
en Silva ni en esta tierra,
cualquiera sea de hacer guerra
por lo que pasado ha.
Con todo eso, podré
saber lo que allá sucede,
y lo que mi primo puede,
y conforme a aquesto haré.
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que si bien le ha sucedido
sé que ha de favorecerme,
si mal, habré de volverme
y detenerme escondido.
Hasta que el suceso aguarde,
o la ocasión oportuna
favorecer mi fortuna,
mas, si agora puede, no es tarde.
Vanse y sale Seberio.
Yo traigo muy buen recado,
fui muy de priesa a palacio
desque supe que Nevacio
al rey se había presentado.
Por si estaba afligida
la princesa de este engaño,
y hallé más doblado el daño
que ella también era ida.
Por mi fe que está muy buena
la confusión en que estoy,
que aunque culpado no soy
no estoy muy libre de pena.
¿Qué cuenta darles podré
al conde o al rey su padre?
No hay disculpa que les cuadre
sino parece que haré.
Solo pude averiguar
que dentro de su aposento
haciendo gran sentimiento
decía: iréte a buscar.
Y si aquesto verdad es
pequeño el daño será,
que mejor sucederá
estando juntos los tres.
Peor es que quede solo
metido en esta ciudad,
con tanta contrariedad
que hay en uno y otro dolo.
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Unos piden la princesa,
otros al conde Nevacio,
van y vienen a palacio
demandando a mucha priesa
que les dé de ellos razón;
y yo, como estoy inocente,
ya soy blando y ya impaciente,
metido en tal confusión.
Con todo voy a palacio
a tratar lo que conviene
entre tanto que se tiene
nueva alguna de Nevacio.
Vase y sale el conde Nevacio con una carta que le trae un correo.
Basta que Seberio envía
por esta carta a avisarme
cómo fue causa tardarme
con el socorro de Hungría
de que la infanta se fuese
con su padre, porque oyó
que me fui a presentar yo
porque no me destruyese
tan cobarde corazón.
¿Princesa, en el conde hallaste,
o es que para ello tomaste
esta liviana ocasión?
Pues ya he venido a mi tierra
adonde pluguiera al cielo
que antes me tragara el suelo
que no ver tan civil guerra.
Doyte mi palabra y fe
que es ansí como lo digo,
y que es verdad esto, amigo,
que la princesa se fue.
¿Que tal se atrevió a hacer?
¡Oh mal pesado y prolijo!
Cuán bien el refrán se dijo:
la mejor mujer, mujer,
la más firme es inhumana,
jamás tiene cosa estable.
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Y la más cierta mudable,
la más hermosa liviana,
o mal empleado querer,
el que retengo, princesa.
Puedo decir y me pesa
que es la de más ser sin ser.
Quédase Neracio elevado sobre la espada, y entra Afrano y dice:
Ya se ha trocado mi suerte;
ya hice encuentro sin buscar;
pues poco pude tardar,
Filastro, en llegar a verte.
Por fuerza tengo de ser
del conde Filastro bien
recibido, pues es quien
tiene aquí el mando y poder.
Y pues, al fin, es mi primo
y él que a la princesa tiene,
y el que a aqueste estado viene,
tendré en él muy buen arrimo;
que aunque agora esté afligido
porque el rey le hace guerra,
y le ha talado la tierra,
no seré mal recibido;
que viendo el rey que es su yerno
y con su hija casado,
se ha de ablandar, primo amado.
Demonio del mismo infierno,
¿quién te trujo a mi presencia?
Castigo del cielo ha sido;
y el traidor permitido
que mueras por mi sentencia.
Llevad a aqueste traidor,
y en prisiones le poned,
y cuenta con él tened.
Vase Neracio.
¡Oh, suceso de dolor!
¡Quien mal anda, en mal acaba!
Basta que claro entendí
que Filastro estaba aquí,
al revés el que pensaba.
Y ansí entendí por muy cierto
que Neracio era Filastro.
No sacáis bien por el rastro,
dado habéis en desconcierto.
Y adónde será posible
que no escapéis con la vida.
Yo tengo bien merecida
la muerte, aunque más terrible.
Ea, vamos a la prisión,
pues lo quiere la fortuna.
Podrá ser, si os arrepuna,
que breve alcancéis perdón.
Vanse, y salen Neracio y Severio.
Basta, mi amigo Severio,
que la princesa se fue.
Fuese, y yo solo quedé
en gobierno del imperio.
Do recibe gran contento
de verle ya en la ciudad.
Es forzoso a la amistad,
que ausente daba tormento.
El estado de la guerra,
mi Severio, ¿cómo está?
Bien se ve cuál estará,
faltando vos de la tierra,
siendo, la princesa ausente,
nuestro gobierno y amparo.
Yo entiendo, mi amigo caro,
que todo mal me es presente;
y aunque el socorro está cerca
con que me he de defender,
no me entiendo guarecer
con estos muros y cerca,
en ausencia del reparo
donde estriba el alma mía.
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que es mi princesa y la guía
de mi bien y dulce amparo.
Yo la quiero ir a buscar,
que, siendo ya mi mujer,
la honra me ha de mover
y ella me ha de estimular.
Al fin yo me determino
de morir en su presencia,
muy fiado en la clemencia
del rey y su ser divino,
que, si en el pecho han quedado
reliquias de nuestro amor,
siendo él mi suegro y señor,
algo le habrán amansado.
Severio, ¿qué te parece
de mi determinación?
Que goces de la ocasión
que el tiempo agora te ofrece,
y es el más sano camino
por estar allá la infanta.
A mover allá la planta
sin duda me determino.
Tú quédate en la defensa
de esta afligida ciudad,
por no perder tu amistad.
Lo haré.
La recompensa
de tan grande obligación,
¿cuándo la podré pagar?
No hay para qué reparar
en esto,
que más estoy obligado.
Quedad, mi Severio, adiós.
El mismo vaya con vos
y os traiga a vuestro condado.
Vanse cada uno por su parte y sale el rey con algunos de acompañamiento.
El cielo piadoso
se muestra favorable conmigo,
benigno y amoroso,
pues trujo a mi enemigo
adonde pueda dalle cruel castigo;
que a un traidor fraudulento
que me robó mi hija, su honra y fama,
pues tuvo tal intento,
la venganza reclama
que por castigo arda en viva llama.
Entra la princesa y échase a los pies del rey, su padre.
Si es de justos castigar
el delito cometido,
también es muy permitido
a los padres perdonar.
Confieso, padre y señor,
que con poco miramiento,
sin ti, hice un casamiento
forzada del mismo amor.
Conozco que te he ofendido,
mas lo que hizo aventurarme
fue la afición y el hallarme
al que quise por marido.
Pero quiso mi ventura
que, viendo que te ofendió,
de la ciudad se ausentó
para mi más desventura.
Viuda me puedo llamar
y la más triste mujer,
pues por ti vine a perder
lo que pudiera ganar.
De sobrado atrevimiento
habéis gozado, princesa.
Heme arrojado a la presa
de tu gran merecimiento.
No mires que te ofendí,
sino a tu mucho valor;
eres mi padre y señor,
haz lo que quieras de mí.
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Aunque la culpa es bastante
para estar muy indignado,
me ha la cólera quitado
en solo verte delante.
Sale un Paje.
Un hombre sin conocelle
dice si le das licencia
para hablar en tu presencia.
Di que entre, que gusto delle,
veamos qué podrá ser.
Si es algún embajador
de algún rey o gran señor.
Presto lo podremos ver.
Entra el conde Neracio con el vestido de Filastro, que ha traído siempre.
Los pies con el perdón, señor, te pido.
¿No es aqueste Neracio? Él es sin duda.
Y tu yerno, señor, y mi marido.
¿Cómo es esto, princesa? Estoy en duda.
¿No es el conde Filastro que está preso,
de quien robada fuiste, di, esta muda?
Es muy largo, señor, ese proceso.
Pero escucha y oirás todo el discurso,
que es de muy mucho gusto y mucho peso.
Sabrás, alto señor, que al tiempo cuando
Afrano y yo tuvimos la pendencia
en que me desmintió, y yo por las manos
procuré tomar de él justa venganza,
y una noche salí por ver si hallaba
la ocasión de poder darle la muerte,
él entonces, señor, de cobardía
hizo que otro y su primo le tomasen
encima de los hombros y dijesen
que yo le había dado aquella muerte
al tiempo que los dos echamos mano,
y ansí delante de mí me lo juraron,
y yo viéndolo ansí, aunque no era cierto,
lo creí cual si hubiera así pasado.
Pues como yo, señor, diese en aquesto,
fui tenido por loco ciertamente
viendo que un disparate ansí afirmaba.
Pues como sucedió que en mi condado
hubo revolución mientras que ofendí
en la reputación de que era loco,
y tú, señor, mandaste a este Filastro
que fuese a apaciguar mi tierra y gente
al tiempo que le diste sello y firma
tuya para que fuese el campo lleno
de lo que fuese a llamar conveniente,
hizo con ella y fabricó esta trama,
que en lo blanco escribió que tú mandabas
que me cortasen luego la cabeza.
Diciendo ser mi amigo, aunque fingido,
me dijo que me fuese y que él haría
amistad, suspendiendo la sentencia.
Conocida por mí su traición grande,
las armas le quité con el vestido,
y le metí en la cárcel que yo estaba,
y ansí me fui do estaba la princesa,
y la llevé a mi tierra adonde
el Afrano pensando que su primo
se había levantado con mi tierra
le fue a pedir socorro y ampararse
de su favor, y ansí vino a mis manos
donde le dejo puesto con prisiones.
Aquesta es la verdad y como os digo,
te lo he contado todo por extenso.
Brava maraña, por Dios,
es la que en esto ha pasado,
yo estaba muy descuidado
de lo que es dicho por vos.
Yo tuve siempre entendido,
buen conde, que en la prisión
sin causa ni sin razón
estabades detenido.
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Por haberme dado nueva
de haberos vos presentado
ante el rey.
Yo descuidado,
princesa, de hacer tal prueba.
Pues yo, según me informaron,
entendí fuisteis robada
por Filastro y acusada
con él, y al fin me engañaron.
Pues para que más engaño
no recibas de esa suerte,
aunque me es un trago fuerte,
pedir un tal desengaño;
pido, padre, que me des
a Neracio por marido.
Para mí es gozo cumplido
lo que pedido me habéis;
y pues vos queréis, infanta,
eso mismo quiero yo.
Jamás mujer alcanzó
en cosa ventura tanta,
yo me llamo muy dichosa.
Y yo en extremo venturoso.
Pues vos queréis ser su esposo,
yo gusto sea vuestra esposa;
vamos y celebraremos
las bodas con regocijos,
y estos disgustos prolijos
del todo desecharemos.
Pues quiero, señor, pedir
por merced mandes soltar
a Filastro y perdonar.
Todo lo quiero cumplir.
Pues yo a Franco le perdono,
y a Filastro el mal pasado;
no pretendo ser vengado,
que con ser quien soy me abono.
Vamos al otro palacio,
pues todo el mal se remedia,
dando fin a la comedia
e infortunios de Neracio.
FINIS.
