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Texto digital de La maldición contra sí

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La maldición contra sí. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-maldicion-contra-si.

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LA MALDICIÓN CONTRA SÍ

Jornada primera

Pag. 1

Con ruido de cuchilladas dicen dentro Felisardo, Lisardo, Pajuela, y Auristela.

Lisardo.

Muera el atrevido, que

nuestro designio embaraza.

Pajuela.

Menos yo, que en toda cuenta

soy cero, y soy para nada.

Auristela.

¡Ay de mí!

Felisardo.

No le podréis.

Pag. 2

Felisardo.

ofender, porque me basta

el tener yo la razón

para vencer, y guardarla.

Salen acuchillándose.

Todos.

¡Muera quien traidor al Rey

con sus bríos embaraza

el saqueo!

Felisardo.

La traición solo en vosotros se halla,

y no en mi lealtad, villanos,

porque nuestro Rey no manda

a ninguno de sus soldados,

que latrocinios le haga;

y más, con una mujer

tan principal.

Riñendo.

Auristela.

¡Qué desgracia!

Felisardo.

No te aflijas, señora,

porque a tu defensa, y guarda

tienes mi pecho, y acero,

que servirán de muralla.

Lisardo.

¡Qué arrogante osadía!

Felisardo.

Pues veréis, de esta arrogancia

defendida la razón;

Pajuela.

que por fuerza, esta mañana

amanecí con un callo,

que para empuñar la espada

no deja apretar la mano.

Felisardo.

¡Ay de mí!, muerto soy.

Cae.

Lisardo.

Acaba.

Auristela.

¡Ay de mí!, que sus heridas

a mí me llegan, al alma.

Lisardo.

Date a prisión, pues has sido

de este tumulto la causa.

Todos.

¡Prendedle!

Pajuela.

Menos a mí,

que yo no di cuchilladas.

Soldados.

También estás comprendido.

Auristela.

¿Quién se vio en igual desgracia?

Lisardo.

Retirad ese cadáver,

en ese cuerpo de guardia.

Retiran a Felisardo los soldados, y Lisardo se lleva presa a Auristela.

Pajuela.

¿Yo por qué?

Soldados.

Por criado.

Pajuela.

Reniego de vuestra casta.

Soldados.

Venga.

Otros.

Vamos.

Pajuela.

Aguardad:

Pag. 3

Pajuela.

que no puede encarcelada

estar mi persona.

Lelio.

Por qué?

Pajuela.

porque hace notable falta

a todas las cocinas.

Lelio.

Cómo?

Pajuela.

porque me llaman

Pajuelas todas las mozas,

y las fregonas de casa

dirán con gran sentimiento,

ay, las pajuelas se acaban.

Llévanle y salen Federico, Roberto, y soldados.

Roberto.

Con afecto sin igual, y noble celo

la nación milanesa, en este día,

hace que Milán parezca cielo

con júbilos y aplausos de alegría;

pues con estudio sin igual y gran desvelo

quieren con heroica bizarría

conformes y la plebe y la nobleza,

celebrar de tu entrada la grandeza.

Federico.

No pensé que Milán para mi entrada,

tan prevenido de fiestas estuviera;

ni menos fuese, tan celebrada

mi entrada real; pues creí fuera

de nobles, y plebeyos, mal llegada

mi persona, o mis armas a esta tierra,

y miro que al contrario, en alegría

lo toman por gusto y no por tiranía.

Roberto.

Siempre, señor, Milán se ha juzgado

afecto, y muy leal a tu persona;

pues en estas muestras de su agrado

tanto con ellas su lealtad abona,

que de haberse firmes conservado

y con este regocijo se pregona

con muestras de su amor tan iguales,

que han sido tus vasallos más leales.

Cajas.

Federico.

Ya Roberto me doy por convencido

viendo las demostraciones tantas

que en este pueblo se han prevenido,

que hasta en las pisadas de mis plantas,

como en primavera está florido,

cubriendo la tierra con alfombras tantas

de azahar, laurel, y diferentes flores

componiendo un vergel con sus colores.

Pero quién en este día,

al son de bastarda caja,

alborota la ciudad?

Salen Lisardo, y soldados, que traen presos.

Pag. 4

A Amintas y Pajuela.

Lisardo.

Yo, gran señor, a tus plantas

sacrifico mi lealtad.

Federico.

Pues ¿qué novedad es causa,

que en este festivo día,

con el rumor de la caza

vengáis a hablarme?

Lisardo.

Señor,

no pude excusar la entrada,

y venir de aquesta suerte.

Federico.

¿Cómo?

Lisardo.

Sabiendo que estaba

en los campos enemigos

ese conde de Mortara,

quien parcial siempre ha sido

de las facciones de Francia;

este, pues, teniendo aquí,

dentro de Milán, su casa,

yo, con los soldados tuyos,

intentaba saquearla

o confiscarle los bienes,

ley que en la guerra se guarda

en los que son enemigos,

y, defendiendo la entrada

una hija suya, fueron

de mi orgullo en tal demanda

tantas las voces, que un hombre,

en su defensa, empeñada,

expuso su bizarría;

pues en la mano la espada

riñó, con todos nosotros,

hasta que, con fiera saña,

cayó muerto a nuestros pies;

y adonde yo estoy de guardia,

di orden que a su cadáver

retirasen; y, viendo rara

la quimera de este hecho,

mandé luego, acompañada,

traerla presa, y con ella

el criado que llevara

al muerto.

Pajuela.

¡Fuego de Dios,

cómo canta la chicharra!

Federico.

¡Que los mal contentos, siempre

son los que más se señalan!

Más siento haber, este día,

la ciudad alborotada,

que si perdiera un triunfo

de tenerla conquistada.

Pag. 5

Federico.

porque al fin, en los vasallos

es menester la templanza;

y más cuando nuevamente

nuevos dominios les mandan.

adonde está esa mujer.

Auristela.

Puesta, señor, a tus plantas.

Que pide justicia contra

esos inhumanos.

Aparte.

Federico.

¡Rara

hermosura!

Aparte.

Roberto.

Su vista

me ha robado toda el alma.

Aparte.

Auristela.

De mirarme, en la presencia

de el Rey, toda estoy turbada.

Aparte.

Pajuela.

¿Qué fuera que en la horca

hoy ansí ambos en una pagara

pecados de un amo loco?

Miren bien qué se importaba

deste demonio, o, mujer

que saqueasen la casa,

y que robasen con ella

los diablos, mi cuerpo y alma.

Federico.

Pides justicia conocer,

no siendo razón negarla

es preciso averiguar

los motivos, que dejaron

tu queja, y así prosigas,

a informarme tus palabras,

pues estoy aquí, y con gusto

te atiendo.

Auristela.

Gran monarca

de Nápoles, y Sicilia:

Gran Federico, que aclaman

tus nobles, y heroicos hechos,

esas voces de la fama,

pues de tu sagrado nombre,

y victoriosas hazañas

en mármol, jaspe, y bronce,

yacen esculpidas láminas;

desde el uno, al otro polo:

de tu nombre, y de tus armas,

en las remotas naciones,

se levantan, tus estatuas,

pues en la tierra tus huestes,

y en el mar, tantas armadas

no hay dominio que no rinda

vasallajes a tus plantas:

Primogénito de Aurelio

César augusto, que basta,

para sujetar a todos

Pag. 6

Auristela.

cuantos aleves levantan,

contra tu invicto valor

femeniles arrogancias.

Pensarán que con desdichas

lisonjeo tus hazañas

para tenerte piadoso,

pues piensan mal y se engañan,

que antes te quiero cruel,

severo y con tanta saña

como tu misma justicia,

sin que tu piedad me valga;

y para que reconozcas

que pido con justa causa

hoy el castigo, escúchame

atento, que aunque turbada

está la lengua, el error

suplirás de mis palabras.

Única hija nací,

de Felipo de Mortara

Conde, como heredera,

del estado de mi casa.

No referiré sus hechos

por ser tu contrario, y basta

para deslucir sus glorias

el hallarse en tu desgracia.

Solo te diré, que fui

en la grandeza criada

del estado de mi padre,

pues soy, de su tronco rama,

que aunque las parcialidades

que, en esta parte, le infaman,

pero, a su noble esplendor,

estos agravios no manchan;

que una inclinación que viene

por su influencia heredada

solo Dios la da, o la quita

en las potencias del alma;

y arrancarla de nosotros

humano poder, no basta:

publicáronse las guerras

entre Nápoles y Francia

por pretender de Milán

vuestro primo el de Ferrara

duque, que este por la parte

de su madre, que en Dios haya,

pretende de estos países

posesión hereditaria;

y viendo, que por concordia

no pudo ajustarlo el Papa,

pasaron luego al estruendo

Pag. 7

Don Juan.

de la guerra, y por las armas,

que son plumas de los Reyes,

para defender sus causas,

y por ella su justicia

en la campaña, declaran.

Formaron la pretensión

vuestras dos partes contrarias

llevándole, a vuestro polaco,

tanta parte de ventaja,

que le fue fuerza pedir

a las auxiliares armas,

el socorro, y para esto,

a todas las comarcanas

tierras que su redondel

la circundan y acompañan

de Príncipes tan lucidos,

como publica la fama:

entre estos potentados,

el que mejor se señala

es Carlos el cristianísimo

Rey de la casa de Francia,

pues esta antorcha suprema

con diligencia, y ventaja

mayor que los otros Príncipes

para darte, la batalla

en defensa, de su primo,

con muy fornidas, escuadras

de caballos, y de infantes,

ocupando estas campañas.

Dio al de Ferrara, en su ayuda

una poderosa armada.

Alborotose Milán

por las fuerzas, que llevaba

vuestro polaco, y también,

los afectos, que se hallaban

en su favor, aumentaron

de aquella parte contraria

todas las fuerzas, pues todos

por parciales se declaran:

Pero su invicto valor

apenas con mano airada

levantó el acero, cuando

lloraron, su gran desgracia

sus enemigos; de forma

que de una y otra armada

mirando en ellos flaqueza,

y en los suyos la ventaja,

puestos ya, todos en fuga,

para el Piamonte, marchan,

dejándote, de despojos

Pag. 8

Auristela.

muy cubierta la campana.

Mi padre, que de estas tropas

por general comandaba,

con ellos se retiró:

¡oh, nunca se declarara

por vuestro primo, pues yo

lloro esta fatal desgracia!

Quedé sola, ¡qué desdicha!

¡Ah, fortuna! Y cómo varia

atropellando las dichas

de mi grandeza me apartas!

Sus tropas se acuartelaron

dentro en Milán, y arrojada

una desmandada tropa

de soldados, que comanda

ese caudillo, que aquí

me trae presa a tus plantas,

con licencioso ademán

se arrojó dentro en mi casa

con título de saqueo;

lo que yo digo, robarla,

porque siempre tales presas

se ejecutan con tal maña

que a las manos de los reyes

nunca les llega una blanca,

porque infames los que sirven

la ejecutan con tal traza

que con la capa del rey

logran todas las infamias:

y en esto deben los reyes

poner grande vigilancia

para Dios y sus vasallos,

porque Dios siempre se agravia

de estos absurdos, y suele

su justicia soberana

tal vez alzar el montante

contra los reyes, y airada

les castiga, conociendo

la sobrada confianza

que en ministros y soldados

tienen las puertas cerradas

de los oídos, y embotan

el conocimiento al alma:

y por estos latrocinios

y otros errores, descarga

la divina omnipotencia

castigo en personas sacras.

Vuestra Majestad perdone

si paso desacordada

a culpar con estas voces

Pag. 9

Auristela.

los ministros que comandan

estas marciales milicias,

pero dos disculpas bastan

el ser mujer y ofendida,

que son dos bastantes causas

para que quejosa diga,

de quien gobierna, las faltas.

Y más en la Majestad

de un Católico monarca

que siempre con pío celo,

y con religión cristiana,

guarda sus vasallos, como

los dos ojos de su cara.

Al fin este capitán

con atrevida arrogancia

atropellando el decoro,

y el respeto de una dama,

haciendo propio lo ajeno

echándome de mi casa

y lo mismo sus soldados,

arrojando a mis criadas,

sin que ruegos ni mi llanto

de su malicia tirana

mereciese su atención

una infeliz que lloraba.

hasta que llegando un joven

que con corteses palabras,

empeñó su bizarría

compadecido a mirarlas.

No valió el ruego, porque

como la empresa es villana

no caben cortesanías,

en dueño de acción tan baja:

entró el desacuerdo, y luego

trabándose de palabras

remitieron sus querellas

a la voz de las espadas:

Todos contra el infeliz

se cargan formando un ala,

para quitarle la vida

sin conocer la ventaja

de la desigual pelea

porque nunca por hazaña,

se tendrá si contra uno

todos los demás avanzan:

al fin la desigualdad,

aunque el valor acompaña,

vence lo más poderoso

pues en esta lid trabada

la razón y valentía

Pag. 10

Auristela.

de este joven, con las armas

de tanto fiero enemigo,

viéndole sangrienta parca

que a los primeros encuentros,

con el valor, rindió el alma.

Al tributo de la muerte,

feudo que todos le pagan,

retiraron su cadáver,

en ese cuerpo de guardia

y a mí abandonadamente,

transitando por las plazas

y las calles con la turba

de esa plebe desbocada,

a tu palacio me traen,

donde rendida a tus plantas

presa, suspensa, ofendida,

arrojada de mi casa

con ansias, con penas inmensas,

sin consuelo, sin esperanza,

sin alivio y sin remedio

perseguida y desdichada,

manda que me den la muerte:

anéguese en mi garganta

un cuchillo, y finalmente

del todo desesperada,

pague el enorme delito

que hicieron con mano osada

tus soldados, contra ese

que, tomando la demanda,

rindió su espíritu noble

por mí en tan fatal desgracia:

no lo mujeril te obligue

al perdón que antes con ansias

te instan a mi castigo;

rompe mi pecho, dispara

de tu justicia la flecha,

no goce mi vida el alma

que solamente los cielos,

para desdichas, la guardan.

Hallen favor, gran señor,

en lo que piden mis ansias:

así de ese Piamonte

con banderas desplegadas

tus escuadras valerosas,

de sus cumbres elevadas

venzan los soberbios riscos

para conquistar la Francia

y sujetar a tu pasmo

al gran duque de Ferrara:

rogando al cielo, que vivas

Pag. 11

Auristela.

con felicidades tantas,

que todos tus enemigos,

tengas puestos a tus plantas.

Federico.

Alzad Señora del suelo,

y quedad asegurada,

que tendrán fin vuestras penas.

pues llego yo a remediarlas:

treguas a vuestros pesares.

que aunque dicen que se afea

la hermosura con el llanto,

hoy con sollozos y ansias,

he visto en ti lo contrario

pues matizándose el nácar

de tus mejillas, con perlas

de tus ojos destiladas,

no solo me enternecéis,

sino también obligada

dejas hoy a mi afición

a consolar vuestras ansias.

Que bien cuentan de Aureliano

que excusó ver a Zenobia,

por no ver, como lloraba,

porque tiene la hermosura,

para vencer tales armas

que conquistan los imperios

solamente con las lágrimas.

esto ha de ser desta suerte

Roberto.

Roberto.

Señor que mandas?

Federico.

A Lisardo, y los soldados,

que en este insulto se hallan,

llevadlos presos.

Lisardo.

Señor?

Federico.

no os atiendo.

Auristela.

Pues valga

para excusarlo Señor,

el que rendida, a tus plantas

Auristela:

Federico.

Levantad:

Auristela.

por ellos en confianza

de lo mucho, que me honráis

intercedo.

Federico.

no haré tal:

perdona, hermosa madama,

el no darte gusto en esto.

pues es razón, que la fama

no tenga ocasión bastante

en los rigores que aguardan,

de decir, que Federico

Pag. 12

Federico.

Ya declarada la infamia

de sus soldados, permite

que a sus dominios huyan.

Llevadlo de aquí.

Pajuela.

A mí no,

porque el indulto me alcanza

de venir preso con ella.

Federico.

Es verdad, ese no vaya

a la cárcel.

Pajuela.

Vivas mil siglos.

El diablo que aquí aguardara,

denle doscientos azotes

en medio de sus espaldas.

Vase.

Roberto.

Vamos, Lisardo.

Lisardo.

¡Fortuna,

que fácilmente barajas

en los que sirven a reyes

la ventura y la desgracia!

Llévanle.

Federico.

Vos, Auristela, entretanto

que están en Milán mis armas,

para evitar los disgustos

que estas turbaciones causan,

excusando más pesares,

estaréis depositada

con otra dama de prendas

que es de lo mejor de España,

casada con Felisardo,

caballero de mi casa

digno de mi estimación,

que a nadie mejor fiara

vuestra custodia, por ser

tanto de mi confianza;

sin que tengáis el menor

desvelo de vuestra casa,

que yo guardaré sus bienes

poniendo un cuerpo de guardia.

Auristela.

A todo cuanto mandaréis

quedo, señor, obligada

a servir y obedecer.

Aparte.

Federico.

¡Qué hermosura tan gallarda!

Tirano amor, fácilmente

has dado al blanco mi aljaba.

¡Holá!

Criado.

Señor.

Federico.

A Auristela,

en una carroza manda,

como si fuera yo mismo,

con toda asistencia y guardia,

que a casa de Felisardo

la lleven, y allí dejadla.

Pag. 13

Federico.

Y vosotros, dos, iréis

a este cuerpo de guardia,

y sabréis si este mancebo

es ya muerto; o si se hallan

sus heridas en estado

de curarse, haced que vayan

sin la menor dilación

mis cirujanos.

Auristela.

Las gracias

te doy, por tanto favor

puesta, señor, a tus plantas.

Federico.

No lo permiten mis brazos,

que tanto cielo se abata

con quien desea ser suyo.

Auristela.

Con tanto favor me ensalzas...

Federico.

Parte, Auristela, y adiós.

Auristela.

Él te guarde edades largas.

Vase.

Federico.

Y diga el mundo que el Rey

de Nápoles se avasalla,

siendo tanto su poder

a una deidad soberana.

Vase.

Salen Laura y Flora, criada.

Laura.

Flora, mucha novedad,

el que Felisardo tarde

me canta.

Flora.

Deja recelos,

que sabes que en parte

suelen dependencias muchas

y más ahora en el lance

de la guerra.

Laura.

Razón es, que hace

consolar el corazón, y

que en tantas penas descanse.

Flora.

Desde que a Tristán rendistes

pocas veces sosegaste.

El Rey le dejó a Almesperio.

Laura.

¡Amor, no quieras matarme!

Detén el arpón y arco,

tan severo, le disparas

contra quien tiene rendido,

tan cautivo como amante

el corazón, pues no vive,

con este amoroso áspid

sino cuando, mariposa

con abrasados celajes,

quiere beber de la luz

aquella llama que arde.

Que ya con vuelos de amor

Pag. 14

Laura.

dando las alas, al aire

se leva en sus resplandores

tanto, que llega a abrasarse

con el voraz elemento,

o muerta, o rendida cae:

ansí al sol de Felisardo

mi esposo, tanto, al mirarle

me elevo, con su presencia,

que mi albedrío, se abate

a sacrificarle fina

en Cupidos altares,

Dentro

Laura.

¿qué es esto?

Flora.

en la calle,

delante de nuestra puerta,

oí un coche; y según traen

las libreas y divisas,

tan conocidas señales,

es el coche de Palacio;

y de él se ven apearse

los de la guardia del Rey,

y en otra carroza traen

una dama con recato,

y entran en casa:

Laura.

pues salte

y sabrás a lo que vienen.

Flora.

Voy Señora.

Vase Flora.

Laura.

qué novedades

son las que asustan mi pecho,

que parece que me traen

a temer?

Sale Flora.

Flora.

Señora, Fabio

afuera está, y quiere hablarte,

de parte de nuestro Rey.

Sale Fabio, Soldados y Aristea.

Laura.

dile, que entre:

Fabio.

perdonadme

Señora, si es que os disgusto,

que el temor, es quien me hace

el llegar a vuestra casa.

Laura.

nunca, de mi Rey, cansarme

pueden sus guardias; ¿qué quieres?

Fabio.

su Majestad, que Dios guarde,

me envía, con esta dama,

mandándome que os encargue

su cuidado, y manutencia,

pues no es posible fiarse

de otra persona más digna

Pag. 15

Fabio.

que debo, para guardarte,

a Auristela de Mortara,

su custodia y su hospedaje.

A Auristela.

Laura.

Aunque es mala la elección

conmigo, mas de mi parte

diréis a su Majestad

que, como a su esclava, mande,

que ya sabe que servirle

me toca por muchas partes.

Vos, señora, bien venida

seáis, adonde mostrarme

pueda cariñosamente

en serviros.

Auristela.

Dios te guarde,

y quieran los cielos que

pueda con tiempo pagarte

la fineza que recibo.

Laura.

Será corto el hospedaje

de esta humilde choza, pero

vos podréis, de vuestra parte,

suplir lo que falta.

Fabio.

Yo

me voy, señora, a llevarle

a su Majestad la nueva

del agasajo que haces

a Auristela de Mortara.

Vase.

Laura.

En mí es obligación grande

el servirla como amiga.

Tú, Flora, al mismo instante,

dispondrás cuarto, que sea

digno de aqueste hospedaje.

Flora.

Voy a disponerlo todo.

Vase.

Laura.

No rehúses el mandarme.

Auristela.

Solo precisará el servirte,

pues mi fortuna me trae

a este destierro, porque

de mi tormenta descanse.

Laura.

No dudo que de esta guerra

algún accidente grave

le obligará a Federico

a mudarte de paraje.

Auristela.

Parece que no has leído

todas mis adversidades.

Llora.

Laura.

El llanto no es de remedio,

y pues veo tan de parte

tuya a mi rey, confiada

con su patrocinio grande

puedes estar, que el alivio

será de tantos pesares.

Auristela.

Aunque es su Majestad

Pag. 16

Auristela.

La censura de mis males,

para el dolor que padezco,

no tiene poder bastante,

porque Dios, sobre ser Dios

en lo omnipotente y grande,

solo en olvidos remedia

lo que lloro.

Laura.

Pues es fácil

ese remedio.

Auristela.

Pues yo,

aunque quisiera olvidarle,

no me es posible.

Laura.

Y ¿puedo,

siquiera por ayudarte

a sentir, saber tu pena?

que muchas veces los males

se minoran con favor,

pasando a comunicarse.

Auristela.

Con la merced que recibo

no excusaré el declararte

mis desdichas, mas cuando

tan públicamente salen

por todo Milán...

Laura.

Pues dime

lo que te pasa.

Auristela.

A escucharme

prevén tus nobles oídos,

pero temo que cansarte

pueda.

Laura.

No reparéis

en esas civilidades,

pues damas de vuestras prendas

seguras deben juzgarse

de no cansar, pues oírlas

se tiene por gran esmalte.

Auristela.

Estimo tanto favor,

y en fe de lo dicho, baste.

Ya sabes cómo esta corte

para la entrada triunfante

del rey de Nápoles hizo

las prevenciones bastantes.

Laura.

Ya lo sé.

Auristela.

Pues esta aurora,

cuando el sol rayos esparce

descubriendo resplandor

con luminosos diamantes,

una desmandada tropa

de unos soldados infames

se arrojaron en mi casa,

intentando saquearme.

Pag. 17

Auristela.

y oponiéndose un mancebo

noble, según las señales,

porque su brío, y valor

daban muestras de sus partes.

para impedir, tan vil hecho;

mas ellos tan arrogantes

le despreciaron, que luego

escribieron con su sangre

la vil hazaña, que todos

a montón, suelen mostrarse

el ser valientes, con muchos

cuando solos son cobardes:

muerto este caballero

mandaron, pues a llevarme

delante de Federico;

y apenas me vi delante

de su Majestad, atento

a mis infelicidades,

estuvo y mandó después

los agresores, llevarles

a la cárcel y ansí aquí

mandó me depositasen,

para que.

Aparte.

Laura.

aguarda tente;

no sé en mi pecho, qué late

que con más causa me obliga

a sentir la miserable

desgracia, de ese mancebo:

¿y murió en fin?

Auristela.

miserable

le vi, en un cuerpo de guardia,

ya reducido a cadáver.

Laura.

¡gran desventura!

Auristela.

yo lloro

yo con lágrimas de sangre;

porque no sé que afición,

inclinó mis voluntades,

cuando le miré empeñado,

que te aseguro, que amante

sujetó mis altiveces,

que a vivir, y ser iguales

su nobleza, con la mía

preciara: pero pesares

dejadme con mi dolor!

Sale Flora.

Flora.

Señora lo que mandaste

ya está prevenido.

Laura.

pues,

lo mejor es retirarte,

y cobrar con el descanso

el alivio.

Pag. 18

Auristela.

favores grandes

recibo de ti, quiera el cielo

que agradecida te pague

tantas finezas, y con bien

mis desventuras que paren.

Vamos pues. Cielos divinos,

¿qué impresión, o qué señales

han hecho en mi corazón

este desastrado lance,

de la muerte de aquel joven,

que parece que su imagen

llevo en mi pecho, anunciando

no sé qué fuertes pesares!

Vanse y sale Felisardo.

Felisardo.

Ya que me llevas, fortuna,

con bien a mi casa, deja

que pregunte yo a mí mismo

si fue sueño mi fracaso, y mi tragedia.

Pues apenas en Milán

cesó la ira y la guerra,

cuando se ofreció el empeño

de aquella improvisa, trabada pendencia.

Solo Dantis Lemonges,

sin saber cuál fuese ella,

me obligó la cortesía

a vencer de los soldados la violencia.

¡Qué ceguez fue esta, cielos!

que sin que la conociera,

por defenderle su causa

sacrifiqué mi vida en su defensa.

Pues al golpe de un mandoble

recibido en mi cabeza,

privado el sentido, estuve

en una guardia como si muerto fuera.

Y sabiendo de mi causa,

el Rey Federico ordena,

que me den la libertad

sin saber quién fue el herido en la pendencia.

Y ahora, con el descuido

de dejar la puerta abierta,

sin llamar, entro en mi casa

buscando dónde hay luz en estas piezas.

Porque, todas descuidadas

como si dueño no hubiera,

en sus estancias están

todo en descuido, todo hecho tiniebla.

Si mi esposa, a las visitas,

como al fin es forastera,

Pag. 19

Felisardo.

en Milán la habrán llevado.

Veneranda de mi desgracia la tragedia.

Parece que una criada

hacia esta parte se acerca;

sabrá que he venido y sale

con luz a recibirme a esta puerta.

Sale Auristela con una luz.

Auristela.

Adverso hado, ya que

de mi casa me destierras,

y en casa de no sé quién

manda el Rey por un orden que me tengan.

Dime por qué.

Túrbase.

Felisardo.

¿Qué dice?

Dice que su inadvertencia

falta en: ¡cielos, ¿qué miro?!

Auristela.

¿Qué veo, cielos? Valedme, que estoy muerta.

Felisardo.

Detente, señora, aguarda.

Huyendo.

Auristela.

No me persigas, espera,

sombra fría, déjame,

que la culpa no fue mía, que murieras.

Felisardo.

Señora, ¿quién te da culpa?

Auristela.

Tú, que aumentas hoy mis penas;

tú, que de otra esfera vienes,

cielos santos, valedme, que soy muerta.

Cae desmayada y dice dentro Laura.

Laura.

Flora, Farnisia, Danteo,

¿quién en esa cuadra altera

mi casa?

Felisardo.

Esta es mi esposa.

Cielos, ¿qué dudas son estas?

La dama que esta mañana

yo defendí en la pendencia,

y pensando que soy muerto,

desmayada cae en tierra,

y esta no es mi mayor duda,

sino que mi casa mesma

sea su amparo o sagrado.

Detiénese.

Sale Laura, Clavela y criadas.

Laura.

Dime, Auristela,

¿quién te inquieta? ¿Qué miro?

¡Mi bien, bien venido seas,

que la tardanza de hoy

ha puesto a mi pecho en pena!

Aparte.

Felisardo.

Cielos, ¿qué pasa por mí?

Pag. 20

Aparte.

Felisardo.

Esposa, a mis brazos llega.

Dime, que no acierto a hablar,

¿quién trajo esta dama?

Laura.

Esta,

con orden de Federico,

que mandó a Fabio traella,

fiando de mi cuidado,

su custodia y asistencia.

Aparte.

Felisardo.

¡Cuántos lances la fortuna

en sus acasos rodea!

Quiero callar a mi esposa

lo que sucedió por ella,

que yo de aquesta intención,

cuando del desmayo vuelva,

la prevendré con secreto.

Hallando la puerta abierta

entré aquí dentro, y estando

sin luces aquesta pieza,

cuando me salió al encuentro

esa dama, y como venga,

como dueño de mi casa,

a cualquier hora que sea,

entré en la cuadra, y del susto

quedó desmayada, o muerta,

de hallar un hombre aquí dentro.

Laura.

Según me dijo ella mesma

bastante causa ha tenido

de tomar susto.

Aparte.

Felisardo.

¡Qué fuera,

que se lo hubiera ya dicho!

Pero fuese lo que sea,

no darme por entendido

será esta la acción más cuerda.

Mandad, retirarla,

y el cuidado le prevenga

los remedios importantes

a su desmayo, o su pena.

Llévanla.

Van.

Laura.

Entradla en su cuarto, y todas,

como si fuera yo mesma,

cuidadme de ella, que yo

presto volveré a verla,

porque estando aquí mi esposo

he de asistirle contenta,

y la obligación segunda

se deja por la primera.

Felisardo.

¡Ah, fortuna! Y cómo eres

inconstante con mi rueda,

pues las mudanzas del mundo

fácilmente las conciertas!

Jornada segunda

Pag. 21

Tocan cajas y clarines y salen el Duque de Ferrara, y el Conde de Mortara, y soldados.

Duque.

Ya llegó el día venturoso,

y que de Francia vino el poderoso

socorro de tanto escuadrón lucido,

para quedar con mis tropas unido;

pues con este cuerpo de armada

juro a los cielos santos que abrasada

quedará de Milán la corte altiva,

pues se aparta de mi dominio esquiva;

pues cuando sucesor de ella he nacido,

y al de Nápoles la obediencia le ha rendido,

haciendo, en común aprecio,

a mi real grandeza este desprecio.

Vea mi primo, que armado,

para abrasar sus muros, llego osado,

haciendo que la muerte, con ensayos,

los llene de temor, y de desmayos;

pues verán que mi fuerza se levanta,

llevando a esta conquista gente tanta

que todos esos campos, y desiertos

las gentes pueblan, y de mis ejércitos.

Conde.

Gran Aristeo, Duque de Ferrara,

del cielo ha sido providencia rara,

para restaurarse la pérdida,

que haya en tu ayuda ya venido

de Francia este socorro poderoso,

que de tropas, y gentes numeroso,

podrás por muchas partes

muy seguro, a Milán darle combates.

Duque.

Así, Conde de Mortara, lo confío

de las tropas que tengo, y de tu brío,

que empeñado ya en mi defensa

vengarás mis agravios, y mi ofensa.

Conde.

Siendo de vuestra Alteza

tan justa la razón, hoy con destreza,

veréis como el primero soy, que criado,

cumplo con la obligación de buen soldado.

Duque.

De tu valor, y lealtad lo espero.

Conde.

Lo que importa es, lo primero

que la munición, y artillería

marchen en el cuerpo de la infantería,

que cubiertas, con tropas de a caballo,

con mi antigua experiencia sé, y hallo

que va segura, y con cuidado,

marchando ya el ejército formado.

Duque.

A tu orden, gran Conde de Mortara.

Pag. 22

Conde.

están las tropas de Francia y de Ferrara.

Puedes disponerlo todo,

a tu gusto, a tu orden, y a tu modo;

cincuenta mil hombres son los alistados

entre los amigos y los aliados,

estos, a tu mandar, siempre sujetos

veneran de mis canas los respetos.

Pues gran señor vamos marchando.

Duque.

Vamos, que contigo iré animando

los soldados y con valor ardiente

haciéndole al cobarde más valiente.

Cajas.

Conde.

Si esta señal no me engaña

avisa que la gente está en campaña.

Duque.

Verdad es pues con orden

todas las tropas aprisa se componen.

Conde.

Si vuestra alteza tiene gusto

podremos marchar.

Duque.

El laurel augusto

tu arrogancia a mis sienes asegura.

Conde.

Hoy verás victoriosa tu fortuna.

Vanse al son de cajas y clarines y salen Federico, Roberto, Fabio y Felisardo.

Federico.

Del favor, que Auristela ha recibido,

me doy ya Felisardo por vencido.

Felisardo.

Deja que primero, pues me toca,

en la estampa de tu pie ponga mi boca,

y pues ya la verdad habéis sabido

disponed de mí ahora.

Federico.

He entendido

el rodeo de este acaso

y también de tu desgracia el fracaso,

y te doy la enhorabuena

de que tu herida no te dé ya pena,

pues con el golpe de ella fue creído

cierta tu muerte y tu falta de sentido.

Felisardo.

No quiso la fortuna

que allí falleciese mi ventura,

pues aunque fue a costa de mi daño,

a Auristela libré de tanto daño.

Federico.

Por este lance violento

castigar a Lisardo es lo que intento,

para poner escarmiento en mis soldados,

y que mis vasallos no sean tan osados.

Felisardo.

Antes a vuestra Majestad suplico,

como a gran monarca y piadoso Federico,

pues mercedes tantas siempre he merecido,

que libertad Lisardo tenga, pido

que, aunque se opuso contra mi persona

Pag. 23

Federico.

la casualidad misma le perdona,

sin ser de mí tratado,

ni menos conocido,

no excusado.

su delito está de mi castigo,

mas porque sepas ya que soy tu amigo,

su libertad concedo, pues es justo,

que en lo que me pides, te dé gusto.

Fabio.

Fabio.

Señor.

Federico.

por Felisardo

que ruega la libertad Lisardo:

mandarás que le libren, al momento

Fabio.

voy a obedecerte.

Vase.

Felisardo.

del contento

que de esta merced he recibido,

vuestros pies beso.

Federico.

siempre han sido,

mis brazos a humildades tantas

agradecidos.

Felisardo.

Señor, a tus plantas,

cuanto más rendido más me favoreces.

Federico.

con mi favor Felisardo más mereces,

y desde ahora quedas hecho,

como mi amigo el más estrecho,

consejero de guerra, y de mi estado.

Felisardo.

¿quién puede dejar de estar postrado,

besando el suelo que pisas?

Federico.

con esa humildad, más te eternizas.

Salen Fabio, y Lisardo.

Lisardo.

a vuestras plantas Señor, pongo la vida

que por Felisardo tengo concedida.

y por mi error en agravio cometido,

también el perdón pido.

pues el no conocerte me disculpa,

para que este delito sea sin culpa.

Federico.

Lisardo tu fortuna

por Felisardo, ha logrado, esta ventura

sed su amigo, y eres perdonado

y por él estás libre, y no sales castigado.

A Felisardo.

Lisardo.

de agradecido os doy los brazos.

Felisardo.

y yo te prometo, en estos lazos,

vincular con mi cariño un lazo fuerte

y tal, siendo tu amigo, hasta la muerte.

Aparte.

Lisardo.

yo, por esos cielos, juro

tu contrario ser, pues aseguro,

que para ser tu enemigo,

del Duque de Ferrara me haré amigo.

Pag. 24

Fabio.

Señor, la audiencia de Boján espera.

Federico.

Voy a cumplir mi obligación primera.

Entrase el Rey haciéndole todos reverencia y vanse, quedando Felisardo y sale Pajuela.

Pajuela.

A que el Rey se retirase.

desde esta pieza acechando,

he estado, señor, como un

grandísimo mentecato,

haciendo doscientas cruces,

como si fueras diablo.

¿Es posible que estás vivo?

Señores, ¡yo estoy borracho!

¿Dime, te has aparecido?

¿Quieres misas, o rosarios?

¿No me hablas? di, ¿qué quieres?

de parte de Dios.

Felisardo.

Villano,

y cobarde, mal criado,

pues eres de pocas manos,

que huiste como gallina,

cuando me viste empeñado,

defendiendo aquella dama,

del rigor de los soldados,

¡aun te atreves a mirarme!

Pajuela.

¡Fuego de Dios, cómo ha hablado!

¡Luego verdad es que vives!

Pues vamos, señor, despacio,

no, con sobrecejo mires,

a Pajuela, tu criado.

Que yo no huí por porpienso,

y miente quien lo ha contado.

Felisardo.

¿Pues qué hiciste?

Pajuela.

Mirar,

entre ti y los soldados,

quién salía vencedor,

y si acaso tus contrarios

te daban muerte, decirte:

Dios te haya perdonado;

y si los otros lo eran

cantar con todos laudamus:

esta es la pura verdad.

Felisardo.

¡En fin eres hombre bajo!

Pajuela.

Así me lo dicen muchos,

y lo doy por asentado;

y ahora, pidiéndote

que te olvides del agravio,

que contra mí tienes, pido

que vuelvas a mi rebaño,

Pag. 25

Pajuela.

aquesta oveja perdida;

porque fuera de su pasto,

será desierto del lobo,

sin tener pastor, ni amo.

Felisardo.

Por necio tienes disculpa:

ya de mí estás perdonado.

Pajuela.

Vivas para mi consuelo

más que la sarna de un galgo,

que la sátira de un mezquino,

y de una suegra los años:

Y la dama de la cofia

que conmigo la llevaron

presa a Federico, sabes

adonde está?

Felisardo.

Por sagrado

de seguridad el Rey

la puso en mi casa.

Pajuela.

El Diablo

no ha formado otro embeleco,

como este que está pasando,

y mi señora lo sabe?

Felisardo.

No, y conviene callarlo.

Pajuela.

Por qué razón?

Felisardo.

Porque nunca

en un hombre es acertado,

referirle, a su mujer

sus lances buenos, o malos:

Cumpla con su obligación,

aquel que ha nacido hidalgo,

en regalarla, y servirla;

pero si todos los casos

que le suceden, le dice

fuerza es que viva dudando,

y que descubriendo el secreto

vivirá muy mal casado.

Pajuela.

Y si ella lo descubriese?

Felisardo.

Yo estoy ojo, con el cuidado

de ver si la puedo hablar.

porque oírme, de pensarlo,

anoche cuando me vio

como fue de sobresalto,

mi vista, todo su aliento

perdió a un fuerte desmayo;

y por no asustarla más

no volví a verla a su cuarto.

Pajuela.

brava arenga, apartes tenemos;

y el Rey te ha castigado

porque impediste el saqueo?

Felisardo.

antes a mí me ha premiado,

pues sabiendo la verdad

Pag. 26

Felisardo.

de su consejo de estado,

y guerra soy consejero.

Pajuela.

¡De contento brinco y salto!

Vengan coches y libreas,

escuderos y lacayos,

y el gran Tamerlán de Persia

venga a servir a mi amo;

que aunque es menester dinero,

para mantener el fausto,

no importa, que a los señores

no les da ningún cuidado,

para la pompa y grandeza

sin cruces, poner calvarios;

y ¿adónde vamos ahora?

Felisardo.

A ver al dueño adorado

de mi esposa, y a que sepa

las honras que hoy me ha dado

el Rey; vámonos a casa.

Pajuela.

Con tanto sol, ea, vamos,

quede Milán, las fregonas

con un amor abrasado,

viendo que de un consejero

del Rey, me hallo lacayo

como yo, vaya delante

me vendrán detrás buscando.

Vanse y salen Laura y Flora.

Laura.

¿Cómo se halla Auristela

de aquel pasado desmayo?

Flora.

Señora, mejor, mas toda

la noche pasó llorando.

Laura.

¿No ha declarado su pena?

Flora.

No,

por cierto, porque es tanto

su tormento, que la habla

le priva su triste llanto.

Laura.

Ella sale a recibirme;

retírate tú a ese cuarto;

puede ser que estando sola

de su pena el embarazo

rompa.

Flora.

Pues yo me retiro

obedeciendo el mandato.

Sale Auristela.

Laura.

¿Hermosa Auristela?

Auristela.

¿Laura?

¿Cómo estáis?

Pag. 27

Laura.

Con el cuidado

de ver tus melancolías,

Auristela.

no halla mi pecho descanso,

pues de uno en otro, un instante

corriendo los sobresaltos,

con el tropel de mis dudas,

el corazón batallando

está, con las ilusiones,

siendo mi albedrío un caos.

Laura.

Siento, mi Auristela, el verte

en tan infeliz estado

de tanta pena; y anoche

me dio lástima miraros

sin color y sin sentido,

sujeta a un fiero desmayo.

Auristela.

¿Qué mucho que me faltase

la voz y el pecho asustado

en sí embistiese el aliento,

y que el corazón helado

desmayase de el valor?

Si al retirarme a mi cuarto

con la escasa luz, que daba

bastante guía a mis pasos,

vi en el medio de la cuadra,

al caballero gallardo

que dieron muerte!

Laura.

¿Quién?

Auristela.

Quien me defendió en el caso

que por mayor te informé:

Laura.

¡Una estatua, y de mármol!

¡Válgame el cielo!, ¿qué escucho?

Auristela.

Y creció en mí el susto tanto,

pensando no fuese algún

castigo del cielo santo,

que en su apariencia venía,

pues fui causa de su daño;

haciendo la turbación,

y el miedo en mí efeto tanto,

que entre el susto y el temor

igualmente me labraron

estatua de mármol fría;

y después que de el desmayo

cobré el perdido color,

tuve pesar contemplando

el poco valor que tuve

no venciendo el sobresalto;

porque siendo una visión

no podía hacerme daño;

pues quien vivo me defiende,

nunca muerto me hará agravio.

Pag. 28

Auristela.

y si acaso estaba en vida,

era fuerza, bien mirado

el mostrarme, agradecida

a sus alientos bizarros;

y con estas competencias,

el juicio vacilando

vivo, tan fuera de mí,

arguyendo, en tal acaso,

que no sé si vivo, o muero

en este penoso caos.

Aparte.

Laura.

En buena contienda el Rey

me ha puesto, pues me ha enviado

a mi casa, un laberinto

que más me parece encanto:

¿qué causa tuvo mi esposo

para ocultarme este caso?

haciendo el desentendido

cuando la miró al desmayo

rendida: ¡ah fementido!

¡qué bien fingiste, villano!

¿si diré, que fue concierto

de los dos? pero es engaño

que a ser concierto, Auristela

era forzoso el callarlo.

¿y el recatarse de mí?

conque ciertamente hallo

ser la culpa de mi esposo.

¡cómo me engañas! ¡ah falso!

Flora.

Señora, ahora ha llegado,

mi señor, y con él viene

la nobleza de palacio,

dándole la enhorabuena,

y habiéndosele dejado,

ya sube por la escalera,

y aquí adentro va entrando.

Aparte.

Laura.

Disimulemos, pesares.

Auristela.

Yo me retiro a mi cuarto;

Laura.

¿para qué? conmigo asiste

Felisardo!

Salen Felisardo y Pasquín.

Felisardo.

¡Dueño amado!

Aparte.

Auristela.

¡Cielos! ¿este no es el mismo

de la pendencia?

Aparte.

Laura.

Turbado

está, de solo mirarlo,

¡quimeras vamos a espacio!

Auristela.

¿qué es esto, Laura, me ves

esposa de Felisardo?

Pag. 29

Laura.

Señor, me espanto hoy, de lo mismo

que se libró del fracaso.

Aparte.

Aparte.

Felisardo.

Mi esposa lo sabe todo;

qué dirá que le he ocultado

todo el suceso. Señora,

no sé qué digo; los labios

tengo balbucientes, como

si estuvieran con candados,

para romper las palabras.

Yo soy aquel que empeñado

por defenderte se vio

con la muerte batallando,

o rendido, a su guadaña;

pues con ella agonizando,

casi por muerto, cadáver

allí en tierra me dejaron;

bien que a esta novedad,

apliqué todo el cuidado,

para escusarle a mi esposa,

el susto, o el sobresalto;

mas ya que me veo libre

de aquel penoso letargo,

y de orden de mi rey,

haber esta casa honrado,

con vuestra ilustre persona,

mandadme, como a criado

vuestro, y el menor de todos,

quedo.

Auristela.

Señor, excusados

son para mí ofrecimientos,

que bastantes dueños míos

tengo yo, no que sabéis

servir, sino empeñaros

con gallarda bizarría,

a librar de entre villanos,

a una infeliz mujer;

mas no digo bien, me engaño,

antes he sido dichosa,

pues vuestra casa el sagrado

ha sido de mí, y el puerto,

donde todos mis naufragios,

después de tantas tormentas,

de su mar alborotado,

se libraron, con su abrigo;

dicha tuve en el acaso.

Pajuela.

Y bien puede decir que

salimos bien mareados,

después de presos, y muertos,

y después de perdonados.

Felisardo.

Obligaciones, señora,

Pag. 30

Felisardo.

entre los nobles, e hidalgos

amparar a las mujeres,

y defenderlas, de cuantos

alevosos, y no atentos

contra ellas arrojados,

intentaren ofenderlas,

aun con el menor daño.

yo nada hice por ti,

porque todo fue, obligado

de mi sangre, que ella misma

hizo su efecto en el caso.

Auristela.

tan cortés, como valiente

me respondes, Felisardo.

solo me queda una duda

Felisardo.

qué es señora?

Auristela.

haber callado

doña Laura vuestro nombre,

después de haberla contado

el lance que sucedió,

al retirarme a mi cuarto.

Laura.

fue el no estar del todo cierta,

y no haberme declarado

mi esposo el suceso.

Aparte.

Auristela.

no,

tengo a bien el callarlo.

y más habiéndole dicho,

que el pecho estaba inclinado,

a amar a quien me libró

de esclava atroz;

Felisardo.

dejando,

a una parte el andar yo

inadvertido, en negarlo,

y a mi esposa en no decirlo,

que todo no hace al caso;

vengo tan favorecido,

de mi Rey, que muchos años

le guarde Dios con la gracia

de consejero de estado,

y guerra, que desde luego

vengo a sacrificaros,

mi esposa, y bella Auristela

este don, que leal vasallo

de mi Rey he conseguido.

Laura.

que le gocéis muchos años

será mi mayor deseo,

Felisardo.

juntamente con tu lado

adorado dueño amado.

porque mi mayor aplauso

es gozar, en ti, mis dichas.

Auristela.

no puedo excusar el daros

Pag. 31

Auristela.

a los dos el parabién.

Laura.

Vive mil siglos.

Felisardo.

Logrado

que veáis, con vuestro padre,

la quietud, con el Condado;

bien que confío del Rey

que llegaréis a gozarlo,

por quien soy, y por mi medio.

Auristela.

Dios os guarde muchos años.

Flora.

Pajuela, ¿qué tienes, tan

rebotado y tan hinchado?

Grave.

Pajuela.

Soy criado de un ministro

del Consejo.

Flora.

¿Y los criados

tienen algún privilegio,

de los que gozan los amos?

Pajuela.

¡Ay craso, no, no, mentecata!

Todos suben por ensalmos,

mañana ya seré Alférez,

y antes que se acabe el cuarto,

de la luna, montaré

a Capitán de Caballos.

Flora.

¡Jesús, qué prisa que tienes

en subir!

Pajuela.

Pues ten cuidado,

que si hasta aquí fui Pajuela,

ya soy Don Pajuela el ancho.

Dentro.

Dentro.

Voces.

Para el coche, para, para.

Pajuela.

Para, con dos mil diablos,

cochero de Satanás.

Flora.

De la carroza ha apeado

Fabio.

Felisardo.

Pues quiero salir

a recibirle.

Sale Fabio.

Fabio.

El criado

conmigo es el cumplimiento.

Su Majestad ha mandado

que vengáis presto a Consejo,

que importa, sin dilatarlo,

la brevedad.

Felisardo.

El que sirve

obedeciendo el mandato,

cumple con su obligación;

esposa, adiós. Vamos, Fabio.

Vanse.

Laura.

¡Qué será esta novedad!

Parece que apresurado

Fabio le dio la razón

a mi esposo Felisardo.

Pajuela.

Yo detrás de la carroza

Pag. 32

Pajuela.

fuera el virrey con el mismo,

como a su lacayo.

Flora.

mira

que un capitán de caballos

va delante y no detras.

Don Juan.

ya vendra, vamos a espacio.

Laura.

o Pajuela?

Pajuela.

que me mandas

Señora.

Laura.

tengo que hablaros

a solas.

Auristela.

por no estorbar,

yo me retiro a mi cuarto.

Vase

Flora.

yo también tengo a donde irme

Vas[e]

Pajuela.

Claro esta Flora.

Laura.

Cuidados,

salgan a plaza mis dudas,

de mis sospechas salgamos,

porque el allanarme el paso

de Auristela, aquel fracaso,

turbarse cuando la vio,

ella declararse tanto,

ignorando, que yo era

esposa de Felisardo,

que casi de amor le daban

alcances firmes; O tirano

amor, nunca tus flechas

estuvieran tan a mano,

para matarme de celos.

mas yo celos! de que? cuando

con tan fina unión mi esposo,

y yo estamos enlazados:

mas por la misma razón

me empeño, en averiguarlos.

Pajuela.

mi ama, sin duda, quiere

proponer algún ensayo

de comedia, según piensa,

y después vuelve mirando

las paredes de la cuadra.

Sale Auristela al paño.

Auristela.

Solo me trae el cuidado

de una sospecha, que Laura

para hablar con su criado,

ha querido quedar solas

y el no haverme declarado

que de Felisardo era

esposa. me ha inclinado

a pensar: detente lengua

Pag. 33

Auristela.

irá a decir, doble trato,

y no está bien el decirlo,

cuando yo de Belisardo

y su esposa he recibido,

a un tiempo favores tantos.

Pero como, en las mujeres,

siempre se oculta un engaño

de que la intención primera

siempre vive con recato

para conocer, si miento,

o ha sido mi sobresalto

falso, o verdadero, en Laura

desde aquí podré escucharlo.

Laura.

Pajuela, yo he de hablarte:

Pajuela.

Gracias a Dios que has hablado,

que entendí que estabas muda.

Laura.

Es porque quiero encargaros

un secreto.

Pajuela.

¿Y estarás

segura que sé callarlo?

Laura.

Tú lo callarás por mí.

Dime tú, ¡ay fuertes hados!

que no sé cómo lo empiece;

y la lengua entre los labios

al quererlo pronunciar

va ella misma tropezando.

¿Dónde te hallaste, en la pendencia

que mi esposo y los soldados

en la calle de Auristela

tuvieron?

Aparte.

Auristela.

¡No fue en vano

mi sospecha!

Pajuela.

Acuchillando

ellos a mi amo, y yo

acerté a tener un callo

en la mano.

Laura.

No te pido

de la riña el cómo, o cuándo.

Pajuela.

Pues ¿qué pides?

Laura.

De Auristela

si él la conocía acaso.

Pajuela.

Yo creeré que sí, porque

sería gran mentecato

sin conocerla,

Aparte.

Auristela.

¿Qué escucho?

Pajuela.

el estar tan firme, empeñado

en su defensa.

Aparte.

Laura.

¡Ah, fortuna!

Cómo ya voy caminando

a mi despecho, yo misma.

Pag. 34

Laura.

en los celos tropezando!

¿y tú te hallaste anoche

cuando la dio aquel desmayo?

Aparte.

Pajuela.

Le dije que sí, porque no

sepa que dejé a mi amo:

también anoche me hallé.

Auristela.

Con la turbación y espanto,

no lo pude percibir,

si es que estuvo este villano

allí también.

Laura.

¿Y qué haré?

Pajuela.

Hubo uno de los diablos

de revueltos, entre ellos

y entre la queja y el llanto

vino el desmayo, que está

en las damas tan a mano

que las más le llevan siempre,

en el bolsillo encerrado.

Aparte.

Auristela.

Mísera, si dice verdad,

o si miente: escucharlo

me importa y disimular

cualquier género de agravio.

Laura.

¿Y Belisardo la quiere?

Aparte.

Pajuela.

Señora, la está adorando.

Pero ¿qué digo? Yo miento.

Mas lo dicho ya está hablado;

yo cumplo la obligación

de chismoso de criado.

Laura.

¿Luego le parece bien

Auristela?

Pajuela.

Eso es claro,

que la tiene por hermosa,

y si la mira a mi lado

le pareces...

Laura.

¿Qué, Pajuela?

Pajuela.

Que eres como el pecado

de fea, como una tigra,

un dragón.

Dale.

Laura.

Calla, villano.

Que si prosigues, la lengua

te la arrancarán mis manos.

Vete luego de mis ojos.

Pajuela.

Ya me voy, Dios sea loado.

Vase.

Auristela.

¡Con qué buena opinión queda

mi honor!

Laura.

¡Y qué bien pagado,

queda mi amor! de un aleve,

de un fementido, y falso

esposo.

Sale Felisardo.

Felisardo.

¡Laura, mi bien!

Pag. 35

Ap.

Laura.

A la prudencia volvamos,

y en la cárcel del silencio,

dejemos aprisionados,

mis celos: ¿qué quiere el Rey?

Felisardo.

Con un decreto, o despacho

me manda partir a Roma.

para el Papa, consultando

ciertos cargos de la guerra.

Laura.

Pues cumple con su mandado,

pues eres vasallo suyo.

Felisardo.

Queda a Dios, dueño adorado.

Laura.

Pues ¿qué queda?

Felisardo.

Que el Rey,

ya de Milán ha marchado

para Nápoles.

Laura.

¿Por qué?

Felisardo.

Porque su primo talando

sin dar partido, ninguno,

a sangre y fuego abrasando

con un poderoso ejército,

viene por todo el estado.

Laura.

¿Qué dices?

Felisardo.

Lo que pasa.

Auristela.

¡Cielos! ¿qué es lo que he escuchado!

Laura.

Pues esposo, lo que importa

antes que venga el contrario,

es marchar luego.

Felisardo.

Ya está

bien despachado un criado

a la posta, por la parte

que el mar está más cercano

a prevenir un navío.

Ap.

Laura.

Pues Felisardo, a embarcarnos,

no te detengas, un punto,

porque si estos, inhumanos

no dan cuartel, a ninguno,

es perderte; y entre tanto,

mandaré que me recojan

vestidos, telas, brocados,

plata, oro, y lo mejor,

de los bienes, que gozamos,

y lo cierren en baúles,

y vayan luego marchando

las cargas, que del saqueo

nada habrá seguro: ¡santos

cielos! paréceme, que

a costa de este trabajo,

pongo remedio a mis celos,

apartando, a Felisardo

de Auristela, quiera Dios

Pag. 36

Felisardo.

que así se evite este daño.

Vase.

Sale Auristela.

Auristela.

Señor, Felisardo escucha,

que aunque el tiempo es limitado,

quiero aprovechar el tiempo

aunque sea breve el rato.

Felisardo.

Qué mandáis?

Auristela.

Que vuestra esposa

vive en recelos, pensando

villanías de mi honor.

Felisardo.

Callad, que para pensarlo

no es semejante delito.

Auristela.

Pues ya, señor ha pasado

por la lengua mi decoro,

entre Laura, y el criado:

no quisiera que contigo

me hallase.

Felisardo.

Estoy turbado!

Auristela.

Yo no puedo detenerme,

porque mi honor, arriesgado

está si me hallase aquí.

Ahora contigo hablando.

Solo con breves razones

te diré ahora de paso

que supuesto que eres noble

y como a tal, el amparo

tienes por cuenta del Rey,

para mi custodia, aguardo

de ti la mayor fineza,

de cuantas habéis logrado:

pues lo que te pido es

que por mi amor, y el encargo

de ser mujer que es lo más,

que en aqueste desamparo

de esta guerra, tan sangrienta,

no me dejes, pues es claro,

según desde esa antepuerta

atenta estaba escuchando,

que entran a fuego y a sangre,

las tropas en este estado;

y habiendo marchado el Rey,

cierto será grande el daño,

y aunque mi padre acaudille,

estas tropas, yo no aguardo,

en la embestida primera,

que respeten el sagrado

de mi casa, porque entran

como a lobos arrojados,

que solo buscan la presa

a costa de mucho daño;

y así siento, el exponerme

Pag. 37

Auristela.

en este riesgo tan claro:

te pido, suplico y ruego,

que como noble gallardo,

y atento, me lo concedas,

pues por mí, has hecho tanto.

Llevarme contigo, a Roma

mientras que, dando un estrago

pasa a Milan, que después

procuraré con cuidado,

el escribir a mi padre,

que venga por mi: el amparo

seréis de mi vida, y yo,

he de hallar en su sagrado

vinculada la piedad:

bastante me he declarado

discreto, eres no lo ignoro,

ya me entiendes, Felisardo.

Vase.

Felisardo.

¡Válgame el Cielo, qué escucho!

¿quién fue, el que se vio cercado,

a un tiempo, de mujer propia

y otra dama, que el amparo

busca de mi patrocinio?

no hacerlo, es de hombre bajo,

vil acción, y en saberlo

tiene de estar enojado

Federico, y con razón;

pues dirá que falte al trato,

de socorrer a esta dama,

cuando me la dio en encargo:

y si la llevo, mi esposa

como a leon irritado,

entre los celos sangrientos,

ha de formar nuevo agravio.

Todo, y todo contra mi,

que en las mujeres, cuidado,

cuando se pican de celos,

para castigar su agravio

arrojan de su malicia,

muchos repetidos daños,

que estos, (cortos de saber)

viene el marido a pagarlos.

Pero ¡mis obligaciones!

dígame Laura, si falto

cuando con el Rey, y ella

y el mundo, si no lo hago

lo que me pide, diran

que quede como a villano:

pues valgame la prudencia

en este lance estrechado.

para que Laura, Auristela

Pag. 38

Felisardo.

y el Rey, sepan que cuando,

en cualquiera obligación,

se ha empeñado Felisardo,

sabe cumplir como a noble,

como atento, y como a honrado.

Vase.

Dicen dentro con ruido de guerra, cajas, clarines y tiros y salen el Duque, el Conde y soldados.

Dentro.

Unos.

¡Viva Federico, viva!

Otros.

¡Viva el Duque de Ferrara!

¡A la muralla!

¡Al asalto!

Unos.

¡Guerra, guerra!

Otros.

¡Al arma, al arma!

Tiros y cajas.

Duque.

Ya la artillería ha abierto

grande brecha en la muralla.

Conde.

Pues yo pretendo avanzar

con los míos a la plaza.

Dentro.

Voces.

¡Guerra, guerra, soldados!

Otros.

¡Soldados, al arma, al arma!

Duque.

Conviene saber primero

con qué prevención se halla

el enemigo.

Conde.

Aunque tenga

las inventivas troyanas,

dentro de Milán revuelto

quiero embestirles, al arma.

Vase.

Unos.

¡Viva Federico!

Otros.

¡Viva

el gran Duque de Ferrara!

Dentro.

Voces.

¡Guerra, guerra!

Dentro.

Conde.

Soldados,

al muro.

Todos.

Avanza, avanza.

Cajas, clarines y tiros.

Duque.

¡Con qué prodigioso esfuerzo,

animando las escuadras,

el Conde llega a los muros

para avanzar en la plaza!

Quiero de sus movimientos

seguir el diseño y traza,

que al fin es soldado viejo

en gobernar las armadas.

Vase.

Dentro.

Voces.

¡Viva Federico!

Otros.

¡Viva

el gran Duque de Ferrara!

Cajas y tiros y clarines.

Salen Felisardo, Laura, Rusistela, Flora y Pajuvela.

Felisardo.

Ya al asalto de Milán

Pag. 39

Felisardo.

según las voces son,

de el enemigo.

Aparte.

Laura.

¡Ay de mí!

¡Qué mal hallados están

hoy los remedios conmigo!

Felisardo.

Ya el vagel está esperando;

bien podéis ir caminando

con la ropa.

Pajuela.

¡Oh mal amigo

es el mar, pues si se enfada,

a veces con su braveza,

le da con mucha destreza,

una embarcación volcada.

Felisardo.

¿Qué poco gusto, que enseñas

Laura, con esta partida?

Laura.

Pensé aliviar a mi vida

todo el dolor, a mis penas,

y miro que muy en vano

los remedios en mí son.

Aparte.

Auristela.

Hasta que la embarcación

llegue a ese pueblo Romano,

importa el disimular

de Laura el estar sentida;

que después de la partida

bien me podré desagravar.

Pajuela.

Ya la ropa está embarcada.

Laura.

Felisardo: me conviene

con esta gente que viene

el no quedar embarcada.

Felisardo.

¿Qué dices?

Laura.

Lo que has oído;

que no me quiero embarcar.

Aparte.

Auristela.

Disimulando pesar;

mirad a vuestro marido

en el riesgo que se halla,

si vienen los enemigos;

Laura.

Con vos se serán amigos,

Aparte.

Auristela.

¡Qué esto escuche! lengua calla,

no te des por entendida.

Felisardo.

¡Mira que el estar aquí

detenidos para en mí

corre gran riesgo la vida!

Laura.

Sea todo, lo que fuere,

de mí, no ay que aguardar

que me haya de embarcar;

Felisardo.

Esposa, si mereciere

mi amor, por mérito pido

no dilates la partida;

mira que tengo la vida

arriesgada, y muy rendido.

Pag. 40

Felisardo.

con lágrimas, a tus pies,

te pido que este disgusto

me quites, y me des gusto.

Laura.

Te cansas, y en vano es,

que no lo tengo de hacer.

Auristela.

Hacedlo, por mí, y por Dios.

Laura.

Menos lo haré yo por vos.

Felisardo.

A mucho que padecer

expones a tu marido.

Laura.

Quién le dijo que viniera

a estorbar de esta manera!

Aparte.

Auristela.

No sé cómo enfurecido

no rompe la ira el labio.

Pajuela.

Mira que a gran desventura

está tu esposo!

Laura.

Mi ventura

ya faltará en este agravio.

Felisardo.

No hay remedio?

Laura.

No hay remedio.

Felisardo.

No reparas que a morir

me expones míseramente!

Auristela.

Laura no ha de permitir

esta ruina tan grande!

Laura.

Ya yo me canso, y por mí

responda el irme.

Felisardo.

Pues.

Vive este estrellado zafir,

donde hermosas las estrellas

se hallan de mil en mil;

que por esta ingratitud

que, sin causa, veo en ti,

que lloraran, si en el cielo

nuestro amor, tan infeliz,

que reducido a desdichas

mal logro has de ver de mí;

pidiendo, al cielo, dispare,

pues tan infeliz nací,

tantos rayos, como luces

tiene en su hermoso nadir;

y que me trague la tierra

entre el padecer y gemir:

ruego al cielo que permita,

que se venguen contra mí,

hoy todos mis enemigos,

y que lleguen a teñir

sus aceros con mi sangre,

esmaltando en el carmín

de su purpúrea color,

de los campos el pensil:

quiera el cielo, que me encuentre

Pag. 41

Felisardo.

la primer bala, que sutil

que aparte del corazón

el retrato, que imprimí

de su tiranía aleve,

hasta que llegue a rendir

en manos de mis contrarios

la vida, en sangrienta lid;

para que publique el mundo

de mi ingrato frenesí

que la amé como a tirana,

pues por ella me perdí.

Vase.

Laura.

Aunque más y más me digas,

nunca podrás conseguir

el que me embarque; que ahora

rabiosa no estoy en mí,

pensando que tengo celos,

y no me sé arrepentir.

Vase.

Auristela.

Y yo, aunque sepa perder

aquesta vida infeliz

con esta entrada en Milán,

aunque lo llegue a sentir,

fuerza es volverme a mi casa,

y esperar allí el morir.

Felisardo, a Dios, y no

me respondas, que sin ti

me queda bastante pena:

¡el cielo mire por ti!

Vase.

Flora.

De lástima que le tengo

ya me retiro de aquí.

Vase.

Pajuela.

Yo temo, que de los cielos

el castigo ha de venir,

siendo mi ama la causa,

en su riqui, y mi quimi.

Felisardo.

Ya se han ido, y me han dejado...

¡Cielos, yo no estoy en mí!

¿Qué es esto que me sucede?

¡Ah, fortuna, cómo infeliz

hoy con tu rueda atropellas

con lo que empecé a lucir!

Mas ¿de quién me quejo yo?

¿No será mejor sentir,

y mejor razón, quejarme

desta fementida y vil

esposa, que sin dar causa

se conjura contra mí?

Pues en los riesgos que espero

no me es posible vivir:

¿en qué te ofendí, tirana?

Aleve, ¿en qué te ofendí?

Dime, ¿qué causa te he dado?

Pag. 42

Felisardo.

¿para despego tan vil?

¡Esto es amar firmemente!

¿Y a vista de esto, que tú

no te desengañas, hombre?

Corre ese velo sutil

de la venda de tus ojos.

Fuego llegue a consumir

a cuantas mujeres saben

bien engañar y fingir.

Que yo sin vida y sin alma,

de lo que pasa por mí,

del todo desesperado,

a Milán vuelvo a morir.

¡Hoy los cielos me castiguen,

cúmplase el rigor en mí,

pues eché con mis pesares,

la maldición contra mí!

Jornada tercera

Pag. 43

Salen Lisardo, Soldados y Felisardo.

Lisardo.

Reconoced bien la casa,

no quede en ella rincón

sin registro, y las alhajas,

las joyas de estimación,

dinero y lo más precioso,

todo lo llevad.

Felisardo.

No obré yo

con esa estrechez contigo,

cuando tu Rey y señor

te quería castigar,

y a mi ruego consiguió

que te diesen libertad.

Lisardo.

Ese tiempo ya pasó.

Felisardo.

Pasó, pero puede el Cielo,

por sus juicios que son

incomprensibles, volver

a nuestro Rey en posesión

de Milán.

Lisardo.

¿Qué Rey?

Felisardo.

Federico.

Lisardo.

Calla, villano, esa voz,

si no quieres del castigo

probar el fiero rigor,

por tu infame desvergüenza.

Felisardo.

¡Villano! No, vive Dios,

que noble el Cielo me hizo,

y nunca en mi sangre vio

infamia de villanía.

Pag. 44

Felisardo.

Con mi Rey, he sido y soy

hasta morir, muy leal;

pues con firmeza, y valor

ha sido de Federico

muy amante, el corazón,

y nunca a su Real persona

fue Felisardo traidor.

Lisardo.

Ya sé que hablas conmigo

diciéndome, desertor,

porque me pasé a esta parte.

Pero si enemigo soy

total ya de Federico,

por aquella vil prisión,

en que me puso, premio

de su fiera indignación,

que al menor oficial suyo

se lo da por galardón.

Pero el Duque de Ferrara

a quien por Rey, y señor

le doy rendida obediencia

con debida estimación,

mira, cómo este premia,

pues me ha puesto en el mejor

timbre de los militares.

Felisardo.

En cualquiera superior

caben dos cosas, Lisardo.

Lisardo.

Saber quiero cuáles son.

Felisardo.

El mismo conocimiento,

y a bien clara la razón.

La traición bueno es pagarla,

mas no fiar del traidor.

Lisardo.

Ea, soldados, llevadle,

y en esa oscura prisión

dejadle guardias de vista.

Pague, lo que me ofendió

Federico, y también pague

la atrevida presunción

de reñir con mis soldados,

aunque su orgullo pagó,

por entonces, su delito.

Sepa Federico, que yo

soy parca de sus ministros.

Felisardo.

No temo, ya tu rigor:

Dios volverá por mi causa;

y aunque preso me hallo, yo

he obrado, en cualquiera lance,

de lo bueno lo mejor.

Lisardo.

Envíale a Federico

a decir que venga hoy

a sacarte de la cárcel,

Pag. 45

Lisardo.

en que estás.

Felisardo.

Fío con Dios

que me dará libertad;

y en vana presunción

no haga tan vano el alarde

de sus fierezas, que yo

mandé contigo algún tiempo,

y ahora me mandas, vos.

Cuidado que este teatro

no llegue la mutación,

porque la fortuna es varia

y suele con gran baldón,

deslucir al más dichoso

y sujetarle al rigor.

Lisardo.

Hipócrita, calla, calla,

que me ofendo, vive Dios,

de verte con esa farsa:

sabe que Lisardo soy,

que me he quedado en Milán,

para que de mi rigor,

todos lloren la ruina,

los que apasionados son

de Federico a la causa.

Ea, llevadle; que estoy

ofendido de mirarle,

cuanto y más de su razón.

Felisardo.

Guarda el castigo del Cielo,

teme de él la indignación,

porque de la ingratitud,

Dios supremo Creador,

tanto se ofende, que paga

y castiga, según son

las obras buenas o malas

del justo y del pecador.

Soldados.

Vamos de aquí, Felisardo.

Lisardo.

Vengaréme ahora yo,

que después poco me importa,

que irritado quiera Dios

ser severo, que también

si castiga da perdón.

Vanse llevando preso a Felisardo, y al son de cajas sale el Duque de Ferrara y el Conde de Morbara.

Duque.

La diligencia fue importante

de no pasar el ejército adelante,

hasta dejar en la ciudad aprisionados

a todos cuantos sublevados,

apasionados de mi primo fueron;

y en esta ocasión su voz siguieron.

Pag. 46

Conde.

Ya, señor, Milán está vendido,

porque de tu poder las iras ha temido,

y su primo con fuga apresurada

la ciudad te ha dejado abandonada,

retirándose a Nápoles temeroso,

viendo tu ejército venir tan poderoso.

Duque.

Falsamente ha obrado

el tiempo que Federico ha gobernado,

pues por la ciudad publican todos

que obligados los dejó por muchos modos.

Conde.

Y a cuantos publican su alabanza,

conviene tomar fiera venganza,

porque con adulaciones no nos priven

a los que a seguir se disponen

el bando poderoso de tu alteza.

Duque.

Lo que dices ejecuta con presteza,

antes que estos indiciados,

a los que se hallan inclinados

a seguir de mi razón la justa parte,

con maña, con doblez, estilo y arte

los trastornen, pues con secreto engaño

pueden causar a mi dominio mucho daño.

Tocan cajas y sale Lisardo.

Lisardo.

A vuestras plantas, señor,

vengo a dar parte o deciros

cómo Felisardo queda

en la cárcel.

Duque.

¿Qué me dices?

Más importa su prisión

que de Milán el rendirme

Conde.

la obediencia deseada;

Duque.

y por esta nueva pide

mercedes, que concedidas

cuantas llegares a pedirme

están todas.

Lisardo.

Gran señor,

el galardón más sublime

que puedes darme es estar

satisfecho con decirme

que te das por bien servido,

con que leal satisfice

en vuestro real empleo

mi desvelo con servirle,

y como en vuestra memoria

este afeto se eternice

no quiero mayor blasón.

Duque.

Con todo lo que me dices,

no puedo dejar de honrarte,

y así mercedes y timbres

Pag. 47

Duque.

que recibió Felisardo

de mi primo; hoy recibe,

en pago de tus servicios,

de mis tropas, y en mis lides,

eres mariscal de campo.

Lisardo.

Señor, deja que me humille

a besar tus pies, que en ti

más se ensalza el que se rinde.

Conde.

Interesado se muestra

Lisardo, para servirte.

Duque.

Confío que su lealtad

le hará feliz, como insigne.

Vos, conde, será forzoso,

como el mejor que me asiste,

que de orden mía a Ferrara

vais a gobernar.

Conde.

Humilde

beso tus pies, y aunque siento

partir adonde me dices,

por dejar a vuestra alteza,

mas primero los que sirven

tienen obediencia, y no

elección, cuando mis fines

tienen todo mi deseo;

como a vasallo el servirte,

es mi respuesta, señor,

decir que voy a partirme

a Ferrara.

Duque.

Pues marcha,

y todo mi estado rige

como si fuera yo propio.

Conde.

Vuestra vida se eternice.

Duque.

Vamos, que de Felisardo

veré qué castigo elige

mi consejo, porque importa

de mi primo dividirle.

Vanse, y descúbrese Felisardo sentado en una silla con prisiones.

Felisardo.

Fortuna, dime, ¿hasta cuándo

conmigo has de ser ingrata?

Dime pues, por qué me trata

tan mal tu rueda, estando

ya de la muerte esperando

el postrer fin de la vida?

Pues como a fiera homicida

la parca, conmigo en celos,

acrecentando a mis penas,

ver mi libertad perdida.

Pag. 48

Felisardo.

si yo te hubiera ofendido,

no fuera mucho mejor

que tú misma, con rigor,

por tenerme aquí oprimido,

ni de otro haberte valido,

castigárasme, con celo;

no del tormento que peno

pues fuera en ti más gloria,

tomarte tú la victoria

que entregarme a brazo ajeno.

¿No miras, como a deidad,

que destruyes tu poder

y te apartas de mi ser,

diosa de la adversidad?

Pues de tu severidad,

dirán con buena razón,

toda la vulgar opinión,

que ya te faltaron bríos,

pues de ajenos albedríos

te vales con sinrazón.

¿Loco estoy, o estoy en mí?

¡Cuánto la imaginación

la acrecienta esta prisión,

pues por amante perdí,

la libertad... ¡ay de mí!

Que no quisiera acordarme

de mi esposa, que a matarme

basta de aquesta memoria,

lo afligido de mi historia,

para que llegue a acabarme.

¡Ah, fiera, ingrata mujer!

que por los viles recelos,

que acrecentaron tus celos,

me habéis echado a perder,

mi ruina habéis de ser.

Mal he dicho, lo habéis sido,

pues según llora ofendido

con este pesar que siento,

diré con mi sentimiento,

que tú misma me has perdido.

¿No fuera mucho mejor

pues llegasteis a apartarme,

que dispusiera embarcarme

contigo? Porque tu amor

me enseñó ¡tanto rigor!

Mas, ¿por qué sobre esto arguyo,

si nadie la culpa tuvo,

sino yo? Porque un marido

nunca ha de estar tan unido,

que se aparte de ser suyo.

Pag. 49

Felisardo.

No te castiguen los Cielos

según mereces, mujer,

no llegues a padecer

por tu rigor mis recelos;

lo que merecen tus celos,

que aunque pudiera ofendido,

rogar al Cielo afligido,

castigara tu locura,

hoy me enfrena la cordura

de ver que soy tu marido.

Con lágrimas en los ojos,

lloro en aquesta prisión

mi desgracia y perdición

pues miro, en tantos enojos

mi grandeza hecha despojos,

pues cuanto el Rey procuró,

y en tus dones me encumbró,

mis enemigos airados

me hacen ver abandonados

los timbres que allá me honró.

Sale Pajuela con prisiones.

Pajuela.

Maldita sea la vida

que apetece la prisión,

porque es inhabitación,

una cosa aborrecida.

Señor, de afuera es venida,

con un manto, una tapada

asida de su criada,

y para haberse de hablar,

me ha dicho que quiere entrar,

y viene tan recatada,

que solo se descubrió

al alcaide.

Felisardo.

Admiración

me causa su relación,

¿y el alcaide conoció

quién era?

Pajuela.

¿Y qué sé yo?

Felisardo.

No puedo yo adivinar,

la mujer que quiere entrar

a hablarme, ¿quién puede ser?

Dile que entre.

Salen Laura y Flora con mantos tapadas y se descubren al salir.

Laura.

No es menester

para haberte yo de hablar,

Pag. 50

Laura.

mi licencia.

Felisardo.

Laura, ¿qué es esto,

tú aquí dentro de la cárcel?

¡Pues cómo!

Laura.

No te admires

que de aqueste albergue pase,

con el disfraz de este manto,

a pisarle sus umbrales;

porque como loca vivo

el rato que sin mirarte,

están mis ojos; emprendo

el vencer dificultades

por verte.

Felisardo.

Laura, detente,

que con desengaños tales

como tengo tuyos, fuerza

es que aquí me desengañe,

de que no dices verdad.

Laura.

¿Luego no te persuades?

Felisardo.

No, porque si fueras fina,

y me adoraras constante,

conociendo mi peligro,

procuraras embarcarte.

Llora.

Laura.

Culpa a mis celos, no a mí.

Felisardo.

De ningún remedio vale

mi llanto. ¡Fiera fortuna!

Y hoy, contra mí, se disparen

todas las iras del hado,

que forzoso es que me alcancen

las maldiciones que eché

aquella infelice tarde

contra mí.

Pajuela.

En un callado,

¿para cuándo han de guardarse

las bofetadas?

Flora.

Pajuela,

¿tú sientes mucho la cárcel?

Pajuela.

Flora, quisiera morirme.

Flora.

De mi ama el disparate

todos lloramos ahora.

Pajuela.

Si el amo no contemplase

tantas morandangas, no

sucediera este desastre.

Flora.

Y cómo que razón tienes:

ella se erró en no embarcarse.

Pajuela.

Más tiran dos tetas que

cien carretas. Del que hace

caudal de mujer reniego,

de quien las parió, y quemasen

a esta y todas las demás,

Pag. 51

Flora.

Por mí te digo que, amén,

menos a mí.

Pajuela.

La primera

habías de ser.

Flora.

¡Pues, infame!

Pajuela.

Quedo, quedo, no reparas

que están los amos delante.

Flora.

Tú saldrás de la prisión.

Pajuela.

Flora, para luego es tarde.

Sale el Alcaide.

Alcaide.

Podrás en esta ocasión,

Felisardo, perdonarme,

que, hallándose aquí tu esposa,

a notificarte pasé

del gran Duque de Ferrara

un precepto.

Felisardo.

¿Cuál es, Alcaide?

Cajas.

Alcaide.

El que su Alteza ha mandado:

que a los que han sido parciales

de Federico en la guerra,

y a mi Duque desleales,

que a estos, sin dilación,

los traigan en este instante

a un castillo de Ferrara.

Es preciso el avisarte

para que estés prevenido;

y aseguro por mi parte

que siento el darte la nueva.

Por lo cual estas señales

son que la escolta os espera

para marchar; Dios os guarde.

Vase.

Laura.

¡Válgame el Cielo, ay de mí!

Felisardo.

Laura, lamentos no valen

ni a mí de alivio me sirven,

y, supuesto que me traen

a padecer mis desdichas,

ten valor; que yo constante,

a pesar de mi fortuna

(si hay fortuna a quien pesarte

puedan mis tragedias), tengo,

con un animoso semblante,

resistir de tantas iras

la influencia incontrastable.

Vuélvete a cubrir el manto

y al momento de aquí parte,

y esto sin hacer extremos.

Laura.

¡Qué mal hice en no embozarme

por excusarme estas penas!

Pag. 52

Felisardo.

Empieza ya, viene tarde

este reconocimiento;

Cajas.

Pajuela.

ni a la memoria traslades

lo que olvidas para siempre,

quisiera yo nunca acordarme.

Quédate en paz, que las cajas

ya tocan para que marche.

Llora.

Laura.

¡Qué desacorde y sin mí

estuve entonces! ¿Pesares

no basta quitarme cuantos

bienes, joyas y equipajes

tenía dentro en mi casa,

sino que también, infames,

me robáis de mi presencia

a mi esposo?

Felisardo.

Nada vale

el llorar, ni hacer extremos.

Laura, a Dios.

Laura.

Penas, matadme.

Felisardo...

Aparte.

Felisardo.

Si al llanto vuelves,

partiré sin escucharte.

¡Ah cielos! Aunque ella es causa,

soy tan noble con mi sangre

que no me atrevo a culparla.

Tanto la adoro.

Pajuela.

En el lance,

qué bien parece un garrote,

que por una y otra parte

le moliere las costillas.

Maldito el hombre que hace

caudal de mujeres, pues

ellas saben con tal arte

saber llorar y engañar

que a un santo harán embobarse.

Felisardo.

A Dios.

Laura.

Espera,

mi bien,

deja primero anegarme

en tus brazos.

Felisardo.

¡Qué desdicha!

Laura.

¡Qué pesar!

Felisardo.

¡Qué triste lance!

Laura.

¡Qué lastimosa partida!

Felisardo.

¡Qué más infeliz viaje!

Laura.

Fuerza es morir de la ausencia.

Felisardo.

Ausente de ti es matarme.

Laura.

Venid aprisa, desdichas.

Felisardo.

Venid aprisa, pesares.

Laura.

No viva quien tanto pena.

Cajas.

Felisardo.

No viva con tantos males.

Pag. 53

Felisardo.

a Dios, que de buen aviso

es este, y no piense alguien,

que por temer el castigo

rehúso este viaje.

Laura.

Guarden tu vida los cielos.

Vanse.

Felisardo.

Tu vida los cielos guarden.

Pajuela.

Flora, a Dios.

Flora.

¿Qué, tú también

con nuestro amo te partes?

Pajuela.

Por fuerza.

Flora.

¿Por qué delito?

Pajuela.

Por criado.

Flora.

Pues, ¿qué hace

el ser criado?

Vanse.

Pajuela.

Tener

estos sayones infames,

una ley que a trochemoche

amos y criados paguen.

Salen el Conde de Mortaña, Auristela, y acompañamiento.

Conde.

Ya que la suerte, Auristela, me ha llevado

a gobernar de Ferrara aqueste estado,

pues el gran Duque de Milán,

deste gobierno el peso, y desde el día

que el juramento he recibido

de Gobernador, estoy apercebido

a ver, con el cuidado, e igual celo,

de la justicia, y piedad con un desvelo;

para dar a entender, a todo el mundo,

que solo en esto fundo,

la lealtad, que a mi afecto tanto adorna,

para asegurar del Duque la corona.

en que Federico, tiranamente osado,

del drecho, y la razón, había usurpado.

Aparte.

Cajas.

Auristela.

Padre y señor al Cielo Santo

ruego, que su dominio sea tanto;

que, de forma, con el tiempo se eternice

que sea inmortal; ¡ay infelice!

que no puedo apartar de Felisardo

la memoria, pues gallardo

tanto empeño en mi favor su bizarría

que sentí en su esposa la tiranía

de no haberse, por entonces, embarcado.

Sale un criado.

Conde.

¿Quién será el que ha ocasionado

aqueste belicoso instrumento

que ocupa con su asombro todo el viento?

Criado.

Todos los que rebeldes en Milán han sido hallados

Pag. 54

Criado.

a Ferrara los traen aprisionados:

y esta, señor, la causa ha sido

de los parches que ahora se han oído,

y los traen con ignominia tanta

que la gente de admiración toda se espanta.

Aparte.

Auristela.

Cielos, no sé qué sobresalto

ha puesto en mi pecho tanto espanto

al escuchar este militar estruendo;

que parece, ¡ay de mí!, que estoy viendo

amarrado a Felisardo con prisiones:

pero tente corazón, no te apasiones;

alma no pases a ser atormentada,

porque soy mujer y estoy desobligada.

Conde.

Ya todos los infelices

los van entrando aquí dentro.

Salen Lisardo y soldados trayendo presos a Felisardo y Pajuela y a otros.

Lisardo.

No excuso el besar tu mano,

ya que me permite el cielo

verte en Ferrara.

Conde.

¡Lisardo,

amigo! Los brazos tengo

para recebirte ufano;

porque es tan grande el contento

de verte en Ferrara, que no

puede sosegarse el pecho

de este regocijo. ¿Qué traes?

¿Qué hay en la corte de nuevo?

¿Cómo su Alteza se halla?

Lisardo.

Mi señor, el Duque, bueno.

Aparte.

Auristela.

¿Aqueste no es mi enemigo?

¡Valedme, divinos cielos!

Lisardo.

Yo en nombre de su Alteza

esa fineza agradezco;

como también de mi parte,

lo que me honras aprecio,

que solo para serviros

a que me mandes espero.

Aparte.

Conde.

En lo que es obligación,

no se obra nada menos.

Aparte.

Lisardo.

Cielos, ¿ésta es Auristela,

su hija? ¡Válgame el cielo!

Que de verla estoy corrido;

pues es fuerza que del tiempo

pasado, se halle ofendido;

mas aquí importa el silencio,

y disimular. Señora,

si el que llega a los pies vuestros,

Pag. 55

Lisardo.

merece besar; permite:

Aparte.

Auristela.

Lisardo, bueno está, bueno,

no paséis más adelante;

¡qué necia con este necio

he de mostrarme!

Conde.

¿A qué a Ferrara

has venido?

Lisardo.

Señor, vengo

con una orden del Duque

a traer los prisioneros;

y a todos los que en Milán,

en el pasado gobierno,

rebeldes fueron; mandando

su Alteza los tengas presos

en los castillos más fuertes.

Conde.

Yo cumpliré su precepto.

Lisardo.

Pues aquí traigo la lista

de quién son estos, en efeto.

Conde.

Dámela, que quiero ver

sus nombres. ¡Qué es lo que leo!

¿A Felisardo traéis?

Lisardo.

Sí, señor,

porque el gran Duque, mi amo,

no quiso canje admitir

por su persona.

Aparte.

Auristela.

¡Cielos!

¡A Felisardo han nombrado!

Y ya por entre los presos

le miro como a ruina

de aquello que fue algún tiempo;

no tengo valor de verle.

Aparte.

Felisardo.

¡Fortuna, a qué más extremo

puedes haberme traído!

Pajuela.

Yo, que la culpa no tengo

más que solo de servir,

¿por qué me han traído preso?

Mal haya el alma de quien

aquí me trujo, y reniego

de su casta y su linaje;

así en medio del infierno

le paguen el galardón

que merece de traernos

presos a Ferrara.

Conde.

¡Libio!

Criado.

Señor.

Conde.

Estos prisioneros

llevaréis a los castillos

más fuertes de los que tengo

en este gobierno; y todos,

con el acompañamiento

Pag. 56

Conde.

guardia, y custodia, que traen.

De aquí los llevaréis; menos

a Felisardo, que a aqueste

se le debe más respeto

tener, que no a los demás;

y cuando no fuera esto,

para la seguridad,

conviene dejarle preso

en la torre de Palacio;

que yo solamente quiero

ser guardia de su persona,

y para que mi desvelo

esté vigilante a todo

será fuerza conocerlo.

¿Adónde está?

Felisardo.

A tus plantas

rendido; que aunque los tiempos

me han usurpado el lucir

de mis glorias, no pudieron

aquel blasón heredado

borrar, y entre los estremos

de noble y de desdichado,

puesto a tus pies, agradezco

el que, donde me pongáis

en la torre, sea respeto

de mi persona, o a mi cárcel

más seguridad, que no entro

en más, que solo deciros

que la merced agradezco.

Aparte.

Conde.

Tan cortés como entendido

respondió. Saben los Cielos

que de tus adversidades

afable me compadezco.

Aparte.

Felisardo.

Yo te agradezco, señor,

la fineza.

¡Qué severo

tiene Auristela el semblante,

que a mirar, aun no ha vuelto

los ojos a mis desdichas!

¡Oh, cómo los que cayeron

hallan mal padrino, aun

en los que favorecieron!

Aparte.

Auristela.

Yo estoy en mí pensando,

en lo que está sucediendo.

Aparte.

Felisardo.

No conviene declararme

con Auristela, pues veo

que desentendidamente

borra mi conocimiento;

o no quiere declararse,

que viene a ser uno mesmo

estos dos estremos, y yo...

Pag. 57

Felisardo.

de tan hidalgo me precio,

quien halla mi amparo,

los beneficios que he hecho

les acordaré; que al fin

en los que nobles nacieron,

aunque el hado les abata,

no usan de tales medios,

de representar finezas

para detener el fiero

eslabón de la cadena,

que me rinde como a preso,

que me ultraja siendo noble,

y me oprime como a reo.

Sale el Criado.

Criado.

Señor, ya la guardia espera.

A Felisardo.

Conde.

Pues váyanse componiendo

los soldados en sus filas,

y pongan todos los presos

desde el palacio al castillo

escuadronados, en medio.

Vamos todos, y vos venid

Felisardo, porque quiero

que en esta arrimada torre

unida con sus cimientos

yace a palacio, tendréis

seguridad y respeto

debida a vuestra persona.

Felisardo.

La fineza os agradezco.

Vanse.

Conde.

Hija, yo vuelvo al instante.

Vase.

Auristela.

Vuestra vida guarde el cielo.

¡Ay padre, poco conoces

al hombre que llevas preso!

Pero no he de ser quien soy,

aunque ofenda mi respeto,

sino pongo en libertad

a quien la vida le debo.

Salen Laura y Flora como que vienen de camino.

Flora.

No hay quien pueda comprender,

señora, tus desatinos.

¿Quién te mete a ti en caminos?

¿Quieres acaso perder

el juicio? ¿Estás en ti?

¿Tienes el seso cumplido?

¿Por qué a Ferrara has venido?

Laura.

¡Ay infelice de mí!

Flora.

No entiendo tanto llorar,

¿quieres perder el sentido?

Laura.

Flora, Flora, un bien perdido,

y así le vengo a buscar.

Pag. 58

Flora.

¿Que a mi señor vas buscando?

No dudo que amor ha sido.

Laura.

En Ferrara, hoy he sabido

que el conde está gobernando;

y quiero solicitar,

si puedo por este medio,

de Felisardo el remedio

para poderle indultar;

primero representando

lo que hizo por librarle

a su hija, y por guardarle

su casa.

Flora.

Señora, estando

hoy el conde de Mortara

con tan próspera fortuna,

¿a su desgracia importuna

quieres que vuelva la cara?

Laura.

Pues, para mi intercesión,

pretendo a Auristela hablar,

que en ella confío hallar

vinculada obligación.

Flora.

Cuando está de ti ofendida,

¿qué quieres haga por ti?

Laura.

Ya sé que yo la ofendí,

y que anduve inadvertida;

pero podrá disculparme

el ser mujer tan celosa,

y ella haber nacido hermosa,

lo que bastó a inquietarme;

que una mujer, siempre ha sido

enemiga a otra mujer,

que se da bien que entender,

si habla bien de su marido.

Flora.

Pues si en mi mano estuviera,

y a mí eso me pasara,

que otra mujer le estimara,

a mí nada se me diera.

Laura.

No sabes lo que es amor,

ni menos lo que son celos,

que en abrasados desvelos

llorarías su dolor.

Flora.

¡Cuán mejor hubiera sido,

para excusar este enfado,

el haberte tú embarcado,

y seguir a tu marido!

Laura.

Remedio no tiene el hecho,

y pues que tanto lo siento,

déme el cielo sufrimiento,

y resistencia en mi pecho:

lleguemos a la ciudad.

Pag. 59

Laura.

que ya en su muro parece,

que a una extranjera le ofrece

compasiva la piedad.

Flora.

Quisiéralo el cielo otorgar.

Laura.

En él pongo mi esperanza,

pues una mujer alcanza

lo que pide con llorar.

Vanse, y salen Felisardo y Pajuela presos y a tientas.

Felisardo.

Entra, Pajuela, en cuidado,

que nada el tiento apercibe.

Pajuela.

Desdichado del que vive

en la cárcel, encerrado.

Felisardo.

¡Ah, fementido Lisardo,

qué mal paga mi lealtad

el ponerte en libertad!

Pajuela.

Ya ningún remedio aguardo.

Si por hacerte favor,

señor, os han puesto aquí,

y yo por servirte a ti...

Digo del gobernador,

que reniego de sus modos,

que sin darnos de comer

aquí nos mandó meter.

Felisardo.

Lo mismo hicieron de todos

los prisioneros.

Pajuela.

¡Pardiez,

que es mi hambre sin igual!

Y no pensé que tan mal

nos trataran a los dos.

Felisardo.

¿Quién creerá que está conmigo

hoy el hado tan severo?

Pajuela.

Yo, porque es un majadero

el que popa a su enemigo.

Felisardo.

Por bien hice yo el librar

a Lisardo de la cárcel.

Ruido.

Pajuela.

Tú pensabas que era ángel

que te había de salvar.

Pero parece que he oído,

aquí, sonar una llave;

y esto a garrote me sabe

según viene de escondido.

Felisardo.

Para mí, dichosa palma

será el morir.

Ruido.

Pajuela.

¡Ay, quién sea

alguno para albacea

de esta miserable alma!

Felisardo.

Segunda vez a esta parte

Pag. 60

Felisardo.

con recato, y con silencio

se escucha poner la llave

en la cerraja.

Pajuela.

¡San Diego

me valga con sus mendrugos!

para que me quite el miedo

y la hambre.

Felisardo.

Ya parece

que la oculta puerta abriendo

reverbera de la luz

algún escaso reflejo;

todo es un caos de dudas.

Pajuela.

Ya se ha entrado aquí adentro

una mujer, o fantasma,

siendo para mí lo mismo

uno que otro; ¡ay, Señor!

santíguate, que moviendo

el paso aquí se encamina

y trae el rostro cubierto.

Sale Auristela con una banda en el rostro y una luz en la mano.

Auristela.

Corazón cobarde, alienta,

no tengas algún recelo,

cumple con tu obligación,

libra de este cautiverio

a Felisardo, aunque arriesgues

de un padre su respeto.

Viva quien me defendió

de aquel traidor, que volviendo

la cara a su Rey tomó

partido en el extranjero.

Este, según informada

estoy, es el aposento,

o calabozo, en que está

aquí Felisardo preso;

no quiero que me conozca,

y con el rostro cubierto,

de esta banda, le daré

libertad, y cumplo a un tiempo

conmigo, y con él, y queda

asegurado el secreto.

¿Felisardo?

Felisardo.

¿Quién me llama?

Pajuela.

Señor, santigua primero,

y forma en la mano cruces,

que con el rostro cubierto,

no puede ser cosa buena.

Felisardo.

Apártate, y calla, necio.

Pag. 61

Auristela.

por el postigo excusado

que esta torre tiene vengo

a darte la libertad.

Pajuela.

Santa

palabra.

Felisardo.

Yo agradezco

la fineza que me hacéis,

pero advertid, que primero

os habéis de descubrir,

para saber a quién debo

esta fineza.

Pajuela.

¿Qué dices?

¿Estás loco? Vamos presto,

salgamos de aquí, y nunca

quieras descubrir que es cierto

que será ángel, mujer,

deidad, Juno, Palas, Venus,

prodigio, y ¿qué más diré?

Que del todo me arrepiento

de santiguar y hacer cruces;

fíate de ella, que pienso

que es de nuestra redención

un paraninfo del cielo.

Auristela.

Felisardo, soy mandada

de una dama, que en secreto

para darte libertad,

se vale de este pretexto,

fiando de mi cuidado

este medio que ha dispuesto;

porque os es agradecida,

de lo que tú en algún tiempo

hiciste en Milán por ella.

Bastante digo con esto

para que sepas quién es.

Aparte.

Felisardo.

Auristela es, ¡vive el cielo!,

aquesta que me está hablando;

y ya que por este medio

quiere darme libertad,

también yo ahora pretendo

hacer el desentendido:

segunda vez agradezco

la fineza de esa dama,

y advertirte también debo

que no sé quién obligada

de mí esté en Ferrara, y cierto

que es manifiesto el error;

pues leve conocimiento

no tengo en esta ciudad;

y si por ser estranjero

tiene piedad, hace mal

Pag. 62

Felisardo.

esa dama, con pretexto

semejante, aventurar

su autoridad y respeto,

y así decidle que yo

esta atención agradezco,

y que más quiero morir,

como a noble prisionero

que no que diga la fama

que temeroso del riesgo,

me libré de la prisión.

Pajuela.

¡Señor, has perdido el seso!

¡Jesús, y qué disparate!

Salgamos de aquí al momento;

déjate ahora de puntos

que hartos en las medias tengo:

y al cabo de la jornada

te quiero dar un consejo,

que es mejor salto de mata

que no los ruegos de buenos.

Auristela.

¿Tan falto estás de memoria

que te olvidas del sujeto

que a ti se halla obligada?

Felisardo.

Te digo que no me acuerdo.

Auristela.

Pues no olvidas, Felisardo,

a quien te estima.

Felisardo.

No puedo

decir otro.

Descúbrese.

Auristela.

Pues yo sí,

y arrebatando este velo,

¿niega ahora a vista mía

también el conocimiento?

Felisardo.

Ya no es posible negarlo,

y rendido te confieso

que soy tu esclavo, y también

hoy a tus plantas ofrezco,

no la libertad, pues de ella

solo vuestro padre es dueño;

mas te sacrifico humilde

con debido rendimiento

alma, vida y voluntad,

corazón y fino afecto.

Pues me doy la enhorabuena

del penoso cautiverio

que padezco en esta cárcel,

pues de haber llegado a veros

a costa de mi prisión

por muy dichoso me tengo.

Auristela.

Felisardo, tente, tente,

que con menos rendimientos

ya me tienes obligada.

Pag. 63

Aparte.

Auristela.

¡Ha, desgracia!, que los cielos

tengan atado a este hombre,

y a la inclinación no puedo

de agradecida o rendida

apartarla de quererlo.

Pajuela.

Con preguntas y respuestas

se estará pasando el tiempo,

y al negocio de la fuga

que tiene de ser primero:

vive Dios que no se hará

según el ensarte veo

de tanto punto deshecho.

Ruido.

Auristela.

Felisardo, ya que tengo

seguridad de libraros,

ven conmigo, porque quiero

que sin algún embarazo

desde mi propio aposento,

cuando ya todo el palacio

esté puesto en el silencio

para la marcha de Nápoles

tomes el viaje. Cielos,

la puerta por donde entré

parece que están abriendo.

¡Ay de mí!, que estoy perdida

si me hallan aquí dentro.

Pajuela.

¿No lo dije yo que al postre

todo sería embeleco?

Felisardo.

Turbado estoy, pero aquí

para en sagrado vuestro

hay segundo calabozo:

escondeos y matemos

la luz, y no temáis cosa,

que, como a noble, os ofrezco

perder mil veces la vida

antes que entren adentro

deste recelo.

Auristela.

Si muerta estoy.

Felisardo.

No os alteréis,

entrad presto.

Matan la luz y escóndese Auristela, y salen el Conde con una luz, Laura y Flora.

Conde.

Entrad, señora, que aquesta

es la cárcel en que tengo

a tu esposo aprisionado,

y supuesto que tu ruego

conmigo ha podido tanto,

como también el respeto

que a ti se debe, y también...

Pag. 64

Conde.

Lo que me adviertes que debo

a Felisardo, el cuidado,

que con arrogante empeño,

expuso su bizarría,

para evitar el saqueo

de mi casa, y a mi hija

llevarla al sagrado claustro,

ignorando estas finezas,

y hallándome deste pueblo

su gobernador, falté

con Felisardo, y supuesto

que esta es la verdad, habladle

ahora, y os den consuelo,

que después a sus desdichas,

yo pondré todo el remedio.

Laura.

El cielo pague a Vuestra Excelencia

tanto favor.

Conde.

Yo pienso

que es este su calabozo.

¿Felisardo?

Aparte.

Felisardo.

¿Quién? ¡Cielos!

¿Qué miro? ¿Laura en Ferrara?

Conde.

Doña Laura y su nuevo dueño

viene ahora a visitaros

conmigo.

Aparte.

Felisardo.

No tengo aliento

para poder respirar;

una estatua soy de hielo:

aunque estimo la fineza,

no deja, confuso el pecho,

de estar viendo que mi esposa

está en Ferrara.

Laura.

No puedo

vivir sin mi Felisardo.

Aparte.

Auristela.

¡Cielos, mayor es el riesgo

del que pensaba!

Flora.

¿Pajuela?

Pajuela.

¿Flora?

Flora.

Y pues, ¿te hallas contento

en la posada que tienes?

Pajuela.

Molidos tengo los huesos,

el que nos condujo a ella.

Laura.

¡Cómo estoy cuerda, si tengo

a mi esposo en mi presencia!

Dame los brazos.

Aparte.

Felisardo.

Y con ellos,

turbada tengo la lengua,

cobro la vida.

Laura.

¿Qué veo?

¿Felisardo muy turbado?

Pag. 65

Aparte.

Auristela.

dejadme un poco, recelos.

Conde.

Habiendo ignorado yo,

Felisardo, lo que debo

a tu persona, es la causa

que no acudiese al respeto

que te debía; pero ya

que de vuestra espada tengo,

declarada esta verdad,

lo que mi hija al silencio

lo omitió y nunca dijo,

hoy mi palacio te ofrezco

para que sea hospedaje

de ambos a dos, pues deseo

ser tu amigo y de tenerte

a mi lado.

Sale.

Auristela.

Ya no tengo

embarazo que me estorbe

la salida. Yo agradezco,

por mi parte, padre mío,

su libertad.

Conde.

Pues ¿qué es esto?

¿Cómo has entrado en la cárcel?

Auristela.

Aquí la verdad confieso:

viendo que el traidor Lisardo

llevó a Felisardo preso,

pues este fue el agresor

que atropellando el respeto

de nuestra casa, intentó

con título de saqueo

robar lo que había en ella,

y al alboroto y estruendo

llegó Felisardo, el cual...

mas ¿para qué lo refiero

si ya tú lo sabes? Vamos

al haberme hallado dentro

desta cárcel: viendo yo

la obligación que le tengo,

para darle libertad

dispuse con gran secreto

una llave, con tal fin

en vuestras manos la entrego,

y rogándole saliese

de la cárcel, tan atento

despreció su fuga, que

instándole con ruegos

se saliese, no bastaron;

entrasteis en este tiempo,

y yo, ignorando quién fuese

el que entraba aquí dentro,

solicité mi retiro.

Pag. 66

Auristela.

sea por miedo, o respeto;

y sabida la verdad

con humilde rendimiento

te doy las gracias, y pido

perdón si cometí yerro.

Laura.

A celos no en vano estaba

turbada.

Conde.

Ya no es tiempo

de castigar culpas, cuando

se viene al conocimiento

el origen que las causa;

y desde ahora concedo

libertad a Felisardo,

y mañana en el correo

al gran Duque de Ferrara

daré parte del suceso,

y le diré de Lisardo

los viles atrevimientos.

Felisardo.

Deja, señor, que a tus plantas

tan rendido como preso

segunda vez sacrifique

esta libertad, que tengo.

Conde.

En mis brazos te recibo

como amigo verdadero.

Felisardo.

Y permitidme, señora,

que postrado por el suelo,

bese de tus pies las huellas,

por favores tan supremos.

Auristela.

A quien estoy obligada

solo con los brazos debo

recibirle y entregarte

a su esposa, advirtiendo

Laura, que el quererle tanto

no fue para darte celos.

Laura.

Como amiga, te suplico

perdones mis devaneos,

que el ser mi hermano fue causa

de tener tanto recelo.

Pajuela.

Señor, ¿y yo no estoy libre?

Conde.

Sí.

Pajuela.

Pues de este contento,

déjame dar cuatro brincos.

Flora.

Pajuela, ten más sosiego.

Pajuela.

Bastante fue mi castigo

con haber estado preso.

Todos.

Y don Vicente Ximénez,

pide perdón de los yerros,

y también al auditorio,

advierte que en ningún tiempo

la maldición contra sí.

Pag. 67

Todos.

nadie la eche, que el cielo

siempre castiga enojado

a quien, bárbaros y necios,

desesperados maldicen.

Y a la vista de este ejemplo

ofrece segunda parte

escribir de este suceso.

FIN.