Texto digital de La maldición contra sí
Data de publicação: 22 de agosto de 2026
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- Vicente Exímenez y Lloris Segura
- Gênero
- Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La maldición contra sí. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-maldicion-contra-si.
LA MALDICIÓN CONTRA SÍ
Jornada primera
Pag. 1
Con ruido de cuchilladas dicen dentro Felisardo, Lisardo, Pajuela, y Auristela.
Muera el atrevido, que
nuestro designio embaraza.
Menos yo, que en toda cuenta
soy cero, y soy para nada.
¡Ay de mí!
No le podréis.
Pag. 2
ofender, porque me basta
el tener yo la razón
para vencer, y guardarla.
Salen acuchillándose.
¡Muera quien traidor al Rey
con sus bríos embaraza
el saqueo!
La traición solo en vosotros se halla,
y no en mi lealtad, villanos,
porque nuestro Rey no manda
a ninguno de sus soldados,
que latrocinios le haga;
y más, con una mujer
tan principal.
Riñendo.
¡Qué desgracia!
No te aflijas, señora,
porque a tu defensa, y guarda
tienes mi pecho, y acero,
que servirán de muralla.
¡Qué arrogante osadía!
Pues veréis, de esta arrogancia
defendida la razón;
que por fuerza, esta mañana
amanecí con un callo,
que para empuñar la espada
no deja apretar la mano.
¡Ay de mí!, muerto soy.
Cae.
Acaba.
¡Ay de mí!, que sus heridas
a mí me llegan, al alma.
Date a prisión, pues has sido
de este tumulto la causa.
¡Prendedle!
Menos a mí,
que yo no di cuchilladas.
También estás comprendido.
¿Quién se vio en igual desgracia?
Retirad ese cadáver,
en ese cuerpo de guardia.
Retiran a Felisardo los soldados, y Lisardo se lleva presa a Auristela.
¿Yo por qué?
Por criado.
Reniego de vuestra casta.
Venga.
Vamos.
Aguardad:
Pag. 3
que no puede encarcelada
estar mi persona.
Por qué?
porque hace notable falta
a todas las cocinas.
Cómo?
porque me llaman
Pajuelas todas las mozas,
y las fregonas de casa
dirán con gran sentimiento,
ay, las pajuelas se acaban.
Llévanle y salen Federico, Roberto, y soldados.
Con afecto sin igual, y noble celo
la nación milanesa, en este día,
hace que Milán parezca cielo
con júbilos y aplausos de alegría;
pues con estudio sin igual y gran desvelo
quieren con heroica bizarría
conformes y la plebe y la nobleza,
celebrar de tu entrada la grandeza.
No pensé que Milán para mi entrada,
tan prevenido de fiestas estuviera;
ni menos fuese, tan celebrada
mi entrada real; pues creí fuera
de nobles, y plebeyos, mal llegada
mi persona, o mis armas a esta tierra,
y miro que al contrario, en alegría
lo toman por gusto y no por tiranía.
Siempre, señor, Milán se ha juzgado
afecto, y muy leal a tu persona;
pues en estas muestras de su agrado
tanto con ellas su lealtad abona,
que de haberse firmes conservado
y con este regocijo se pregona
con muestras de su amor tan iguales,
que han sido tus vasallos más leales.
Cajas.
Ya Roberto me doy por convencido
viendo las demostraciones tantas
que en este pueblo se han prevenido,
que hasta en las pisadas de mis plantas,
como en primavera está florido,
cubriendo la tierra con alfombras tantas
de azahar, laurel, y diferentes flores
componiendo un vergel con sus colores.
Pero quién en este día,
al son de bastarda caja,
alborota la ciudad?
Salen Lisardo, y soldados, que traen presos.
Pag. 4
A Amintas y Pajuela.
Yo, gran señor, a tus plantas
sacrifico mi lealtad.
Pues ¿qué novedad es causa,
que en este festivo día,
con el rumor de la caza
vengáis a hablarme?
Señor,
no pude excusar la entrada,
y venir de aquesta suerte.
¿Cómo?
Sabiendo que estaba
en los campos enemigos
ese conde de Mortara,
quien parcial siempre ha sido
de las facciones de Francia;
este, pues, teniendo aquí,
dentro de Milán, su casa,
yo, con los soldados tuyos,
intentaba saquearla
o confiscarle los bienes,
ley que en la guerra se guarda
en los que son enemigos,
y, defendiendo la entrada
una hija suya, fueron
de mi orgullo en tal demanda
tantas las voces, que un hombre,
en su defensa, empeñada,
expuso su bizarría;
pues en la mano la espada
riñó, con todos nosotros,
hasta que, con fiera saña,
cayó muerto a nuestros pies;
y adonde yo estoy de guardia,
di orden que a su cadáver
retirasen; y, viendo rara
la quimera de este hecho,
mandé luego, acompañada,
traerla presa, y con ella
el criado que llevara
al muerto.
¡Fuego de Dios,
cómo canta la chicharra!
¡Que los mal contentos, siempre
son los que más se señalan!
Más siento haber, este día,
la ciudad alborotada,
que si perdiera un triunfo
de tenerla conquistada.
Pag. 5
porque al fin, en los vasallos
es menester la templanza;
y más cuando nuevamente
nuevos dominios les mandan.
adonde está esa mujer.
Puesta, señor, a tus plantas.
Que pide justicia contra
esos inhumanos.
Aparte.
¡Rara
hermosura!
Aparte.
Su vista
me ha robado toda el alma.
Aparte.
De mirarme, en la presencia
de el Rey, toda estoy turbada.
Aparte.
¿Qué fuera que en la horca
hoy ansí ambos en una pagara
pecados de un amo loco?
Miren bien qué se importaba
deste demonio, o, mujer
que saqueasen la casa,
y que robasen con ella
los diablos, mi cuerpo y alma.
Pides justicia conocer,
no siendo razón negarla
es preciso averiguar
los motivos, que dejaron
tu queja, y así prosigas,
a informarme tus palabras,
pues estoy aquí, y con gusto
te atiendo.
Gran monarca
de Nápoles, y Sicilia:
Gran Federico, que aclaman
tus nobles, y heroicos hechos,
esas voces de la fama,
pues de tu sagrado nombre,
y victoriosas hazañas
en mármol, jaspe, y bronce,
yacen esculpidas láminas;
desde el uno, al otro polo:
de tu nombre, y de tus armas,
en las remotas naciones,
se levantan, tus estatuas,
pues en la tierra tus huestes,
y en el mar, tantas armadas
no hay dominio que no rinda
vasallajes a tus plantas:
Primogénito de Aurelio
César augusto, que basta,
para sujetar a todos
Pag. 6
cuantos aleves levantan,
contra tu invicto valor
femeniles arrogancias.
Pensarán que con desdichas
lisonjeo tus hazañas
para tenerte piadoso,
pues piensan mal y se engañan,
que antes te quiero cruel,
severo y con tanta saña
como tu misma justicia,
sin que tu piedad me valga;
y para que reconozcas
que pido con justa causa
hoy el castigo, escúchame
atento, que aunque turbada
está la lengua, el error
suplirás de mis palabras.
Única hija nací,
de Felipo de Mortara
Conde, como heredera,
del estado de mi casa.
No referiré sus hechos
por ser tu contrario, y basta
para deslucir sus glorias
el hallarse en tu desgracia.
Solo te diré, que fui
en la grandeza criada
del estado de mi padre,
pues soy, de su tronco rama,
que aunque las parcialidades
que, en esta parte, le infaman,
pero, a su noble esplendor,
estos agravios no manchan;
que una inclinación que viene
por su influencia heredada
solo Dios la da, o la quita
en las potencias del alma;
y arrancarla de nosotros
humano poder, no basta:
publicáronse las guerras
entre Nápoles y Francia
por pretender de Milán
vuestro primo el de Ferrara
duque, que este por la parte
de su madre, que en Dios haya,
pretende de estos países
posesión hereditaria;
y viendo, que por concordia
no pudo ajustarlo el Papa,
pasaron luego al estruendo
Pag. 7
de la guerra, y por las armas,
que son plumas de los Reyes,
para defender sus causas,
y por ella su justicia
en la campaña, declaran.
Formaron la pretensión
vuestras dos partes contrarias
llevándole, a vuestro polaco,
tanta parte de ventaja,
que le fue fuerza pedir
a las auxiliares armas,
el socorro, y para esto,
a todas las comarcanas
tierras que su redondel
la circundan y acompañan
de Príncipes tan lucidos,
como publica la fama:
entre estos potentados,
el que mejor se señala
es Carlos el cristianísimo
Rey de la casa de Francia,
pues esta antorcha suprema
con diligencia, y ventaja
mayor que los otros Príncipes
para darte, la batalla
en defensa, de su primo,
con muy fornidas, escuadras
de caballos, y de infantes,
ocupando estas campañas.
Dio al de Ferrara, en su ayuda
una poderosa armada.
Alborotose Milán
por las fuerzas, que llevaba
vuestro polaco, y también,
los afectos, que se hallaban
en su favor, aumentaron
de aquella parte contraria
todas las fuerzas, pues todos
por parciales se declaran:
Pero su invicto valor
apenas con mano airada
levantó el acero, cuando
lloraron, su gran desgracia
sus enemigos; de forma
que de una y otra armada
mirando en ellos flaqueza,
y en los suyos la ventaja,
puestos ya, todos en fuga,
para el Piamonte, marchan,
dejándote, de despojos
Pag. 8
muy cubierta la campana.
Mi padre, que de estas tropas
por general comandaba,
con ellos se retiró:
¡oh, nunca se declarara
por vuestro primo, pues yo
lloro esta fatal desgracia!
Quedé sola, ¡qué desdicha!
¡Ah, fortuna! Y cómo varia
atropellando las dichas
de mi grandeza me apartas!
Sus tropas se acuartelaron
dentro en Milán, y arrojada
una desmandada tropa
de soldados, que comanda
ese caudillo, que aquí
me trae presa a tus plantas,
con licencioso ademán
se arrojó dentro en mi casa
con título de saqueo;
lo que yo digo, robarla,
porque siempre tales presas
se ejecutan con tal maña
que a las manos de los reyes
nunca les llega una blanca,
porque infames los que sirven
la ejecutan con tal traza
que con la capa del rey
logran todas las infamias:
y en esto deben los reyes
poner grande vigilancia
para Dios y sus vasallos,
porque Dios siempre se agravia
de estos absurdos, y suele
su justicia soberana
tal vez alzar el montante
contra los reyes, y airada
les castiga, conociendo
la sobrada confianza
que en ministros y soldados
tienen las puertas cerradas
de los oídos, y embotan
el conocimiento al alma:
y por estos latrocinios
y otros errores, descarga
la divina omnipotencia
castigo en personas sacras.
Vuestra Majestad perdone
si paso desacordada
a culpar con estas voces
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los ministros que comandan
estas marciales milicias,
pero dos disculpas bastan
el ser mujer y ofendida,
que son dos bastantes causas
para que quejosa diga,
de quien gobierna, las faltas.
Y más en la Majestad
de un Católico monarca
que siempre con pío celo,
y con religión cristiana,
guarda sus vasallos, como
los dos ojos de su cara.
Al fin este capitán
con atrevida arrogancia
atropellando el decoro,
y el respeto de una dama,
haciendo propio lo ajeno
echándome de mi casa
y lo mismo sus soldados,
arrojando a mis criadas,
sin que ruegos ni mi llanto
de su malicia tirana
mereciese su atención
una infeliz que lloraba.
hasta que llegando un joven
que con corteses palabras,
empeñó su bizarría
compadecido a mirarlas.
No valió el ruego, porque
como la empresa es villana
no caben cortesanías,
en dueño de acción tan baja:
entró el desacuerdo, y luego
trabándose de palabras
remitieron sus querellas
a la voz de las espadas:
Todos contra el infeliz
se cargan formando un ala,
para quitarle la vida
sin conocer la ventaja
de la desigual pelea
porque nunca por hazaña,
se tendrá si contra uno
todos los demás avanzan:
al fin la desigualdad,
aunque el valor acompaña,
vence lo más poderoso
pues en esta lid trabada
la razón y valentía
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de este joven, con las armas
de tanto fiero enemigo,
viéndole sangrienta parca
que a los primeros encuentros,
con el valor, rindió el alma.
Al tributo de la muerte,
feudo que todos le pagan,
retiraron su cadáver,
en ese cuerpo de guardia
y a mí abandonadamente,
transitando por las plazas
y las calles con la turba
de esa plebe desbocada,
a tu palacio me traen,
donde rendida a tus plantas
presa, suspensa, ofendida,
arrojada de mi casa
con ansias, con penas inmensas,
sin consuelo, sin esperanza,
sin alivio y sin remedio
perseguida y desdichada,
manda que me den la muerte:
anéguese en mi garganta
un cuchillo, y finalmente
del todo desesperada,
pague el enorme delito
que hicieron con mano osada
tus soldados, contra ese
que, tomando la demanda,
rindió su espíritu noble
por mí en tan fatal desgracia:
no lo mujeril te obligue
al perdón que antes con ansias
te instan a mi castigo;
rompe mi pecho, dispara
de tu justicia la flecha,
no goce mi vida el alma
que solamente los cielos,
para desdichas, la guardan.
Hallen favor, gran señor,
en lo que piden mis ansias:
así de ese Piamonte
con banderas desplegadas
tus escuadras valerosas,
de sus cumbres elevadas
venzan los soberbios riscos
para conquistar la Francia
y sujetar a tu pasmo
al gran duque de Ferrara:
rogando al cielo, que vivas
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con felicidades tantas,
que todos tus enemigos,
tengas puestos a tus plantas.
Alzad Señora del suelo,
y quedad asegurada,
que tendrán fin vuestras penas.
pues llego yo a remediarlas:
treguas a vuestros pesares.
que aunque dicen que se afea
la hermosura con el llanto,
hoy con sollozos y ansias,
he visto en ti lo contrario
pues matizándose el nácar
de tus mejillas, con perlas
de tus ojos destiladas,
no solo me enternecéis,
sino también obligada
dejas hoy a mi afición
a consolar vuestras ansias.
Que bien cuentan de Aureliano
que excusó ver a Zenobia,
por no ver, como lloraba,
porque tiene la hermosura,
para vencer tales armas
que conquistan los imperios
solamente con las lágrimas.
esto ha de ser desta suerte
Roberto.
Señor que mandas?
A Lisardo, y los soldados,
que en este insulto se hallan,
llevadlos presos.
Señor?
no os atiendo.
Pues valga
para excusarlo Señor,
el que rendida, a tus plantas
Auristela:
Levantad:
por ellos en confianza
de lo mucho, que me honráis
intercedo.
no haré tal:
perdona, hermosa madama,
el no darte gusto en esto.
pues es razón, que la fama
no tenga ocasión bastante
en los rigores que aguardan,
de decir, que Federico
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Ya declarada la infamia
de sus soldados, permite
que a sus dominios huyan.
Llevadlo de aquí.
A mí no,
porque el indulto me alcanza
de venir preso con ella.
Es verdad, ese no vaya
a la cárcel.
Vivas mil siglos.
El diablo que aquí aguardara,
denle doscientos azotes
en medio de sus espaldas.
Vase.
Vamos, Lisardo.
¡Fortuna,
que fácilmente barajas
en los que sirven a reyes
la ventura y la desgracia!
Llévanle.
Vos, Auristela, entretanto
que están en Milán mis armas,
para evitar los disgustos
que estas turbaciones causan,
excusando más pesares,
estaréis depositada
con otra dama de prendas
que es de lo mejor de España,
casada con Felisardo,
caballero de mi casa
digno de mi estimación,
que a nadie mejor fiara
vuestra custodia, por ser
tanto de mi confianza;
sin que tengáis el menor
desvelo de vuestra casa,
que yo guardaré sus bienes
poniendo un cuerpo de guardia.
A todo cuanto mandaréis
quedo, señor, obligada
a servir y obedecer.
Aparte.
¡Qué hermosura tan gallarda!
Tirano amor, fácilmente
has dado al blanco mi aljaba.
¡Holá!
Señor.
A Auristela,
en una carroza manda,
como si fuera yo mismo,
con toda asistencia y guardia,
que a casa de Felisardo
la lleven, y allí dejadla.
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Y vosotros, dos, iréis
a este cuerpo de guardia,
y sabréis si este mancebo
es ya muerto; o si se hallan
sus heridas en estado
de curarse, haced que vayan
sin la menor dilación
mis cirujanos.
Las gracias
te doy, por tanto favor
puesta, señor, a tus plantas.
No lo permiten mis brazos,
que tanto cielo se abata
con quien desea ser suyo.
Con tanto favor me ensalzas...
Parte, Auristela, y adiós.
Él te guarde edades largas.
Vase.
Y diga el mundo que el Rey
de Nápoles se avasalla,
siendo tanto su poder
a una deidad soberana.
Vase.
Salen Laura y Flora, criada.
Flora, mucha novedad,
el que Felisardo tarde
me canta.
Deja recelos,
que sabes que en parte
suelen dependencias muchas
y más ahora en el lance
de la guerra.
Razón es, que hace
consolar el corazón, y
que en tantas penas descanse.
Desde que a Tristán rendistes
pocas veces sosegaste.
El Rey le dejó a Almesperio.
¡Amor, no quieras matarme!
Detén el arpón y arco,
tan severo, le disparas
contra quien tiene rendido,
tan cautivo como amante
el corazón, pues no vive,
con este amoroso áspid
sino cuando, mariposa
con abrasados celajes,
quiere beber de la luz
aquella llama que arde.
Que ya con vuelos de amor
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dando las alas, al aire
se leva en sus resplandores
tanto, que llega a abrasarse
con el voraz elemento,
o muerta, o rendida cae:
ansí al sol de Felisardo
mi esposo, tanto, al mirarle
me elevo, con su presencia,
que mi albedrío, se abate
a sacrificarle fina
en Cupidos altares,
Dentro
¿qué es esto?
en la calle,
delante de nuestra puerta,
oí un coche; y según traen
las libreas y divisas,
tan conocidas señales,
es el coche de Palacio;
y de él se ven apearse
los de la guardia del Rey,
y en otra carroza traen
una dama con recato,
y entran en casa:
pues salte
y sabrás a lo que vienen.
Voy Señora.
Vase Flora.
qué novedades
son las que asustan mi pecho,
que parece que me traen
a temer?
Sale Flora.
Señora, Fabio
afuera está, y quiere hablarte,
de parte de nuestro Rey.
Sale Fabio, Soldados y Aristea.
dile, que entre:
perdonadme
Señora, si es que os disgusto,
que el temor, es quien me hace
el llegar a vuestra casa.
nunca, de mi Rey, cansarme
pueden sus guardias; ¿qué quieres?
su Majestad, que Dios guarde,
me envía, con esta dama,
mandándome que os encargue
su cuidado, y manutencia,
pues no es posible fiarse
de otra persona más digna
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que debo, para guardarte,
a Auristela de Mortara,
su custodia y su hospedaje.
A Auristela.
Aunque es mala la elección
conmigo, mas de mi parte
diréis a su Majestad
que, como a su esclava, mande,
que ya sabe que servirle
me toca por muchas partes.
Vos, señora, bien venida
seáis, adonde mostrarme
pueda cariñosamente
en serviros.
Dios te guarde,
y quieran los cielos que
pueda con tiempo pagarte
la fineza que recibo.
Será corto el hospedaje
de esta humilde choza, pero
vos podréis, de vuestra parte,
suplir lo que falta.
Yo
me voy, señora, a llevarle
a su Majestad la nueva
del agasajo que haces
a Auristela de Mortara.
Vase.
En mí es obligación grande
el servirla como amiga.
Tú, Flora, al mismo instante,
dispondrás cuarto, que sea
digno de aqueste hospedaje.
Voy a disponerlo todo.
Vase.
No rehúses el mandarme.
Solo precisará el servirte,
pues mi fortuna me trae
a este destierro, porque
de mi tormenta descanse.
No dudo que de esta guerra
algún accidente grave
le obligará a Federico
a mudarte de paraje.
Parece que no has leído
todas mis adversidades.
Llora.
El llanto no es de remedio,
y pues veo tan de parte
tuya a mi rey, confiada
con su patrocinio grande
puedes estar, que el alivio
será de tantos pesares.
Aunque es su Majestad
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La censura de mis males,
para el dolor que padezco,
no tiene poder bastante,
porque Dios, sobre ser Dios
en lo omnipotente y grande,
solo en olvidos remedia
lo que lloro.
Pues es fácil
ese remedio.
Pues yo,
aunque quisiera olvidarle,
no me es posible.
Y ¿puedo,
siquiera por ayudarte
a sentir, saber tu pena?
que muchas veces los males
se minoran con favor,
pasando a comunicarse.
Con la merced que recibo
no excusaré el declararte
mis desdichas, mas cuando
tan públicamente salen
por todo Milán...
Pues dime
lo que te pasa.
A escucharme
prevén tus nobles oídos,
pero temo que cansarte
pueda.
No reparéis
en esas civilidades,
pues damas de vuestras prendas
seguras deben juzgarse
de no cansar, pues oírlas
se tiene por gran esmalte.
Estimo tanto favor,
y en fe de lo dicho, baste.
Ya sabes cómo esta corte
para la entrada triunfante
del rey de Nápoles hizo
las prevenciones bastantes.
Ya lo sé.
Pues esta aurora,
cuando el sol rayos esparce
descubriendo resplandor
con luminosos diamantes,
una desmandada tropa
de unos soldados infames
se arrojaron en mi casa,
intentando saquearme.
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y oponiéndose un mancebo
noble, según las señales,
porque su brío, y valor
daban muestras de sus partes.
para impedir, tan vil hecho;
mas ellos tan arrogantes
le despreciaron, que luego
escribieron con su sangre
la vil hazaña, que todos
a montón, suelen mostrarse
el ser valientes, con muchos
cuando solos son cobardes:
muerto este caballero
mandaron, pues a llevarme
delante de Federico;
y apenas me vi delante
de su Majestad, atento
a mis infelicidades,
estuvo y mandó después
los agresores, llevarles
a la cárcel y ansí aquí
mandó me depositasen,
para que.
Aparte.
aguarda tente;
no sé en mi pecho, qué late
que con más causa me obliga
a sentir la miserable
desgracia, de ese mancebo:
¿y murió en fin?
miserable
le vi, en un cuerpo de guardia,
ya reducido a cadáver.
¡gran desventura!
yo lloro
yo con lágrimas de sangre;
porque no sé que afición,
inclinó mis voluntades,
cuando le miré empeñado,
que te aseguro, que amante
sujetó mis altiveces,
que a vivir, y ser iguales
su nobleza, con la mía
preciara: pero pesares
dejadme con mi dolor!
Sale Flora.
Señora lo que mandaste
ya está prevenido.
pues,
lo mejor es retirarte,
y cobrar con el descanso
el alivio.
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favores grandes
recibo de ti, quiera el cielo
que agradecida te pague
tantas finezas, y con bien
mis desventuras que paren.
Vamos pues. Cielos divinos,
¿qué impresión, o qué señales
han hecho en mi corazón
este desastrado lance,
de la muerte de aquel joven,
que parece que su imagen
llevo en mi pecho, anunciando
no sé qué fuertes pesares!
Vanse y sale Felisardo.
Ya que me llevas, fortuna,
con bien a mi casa, deja
que pregunte yo a mí mismo
si fue sueño mi fracaso, y mi tragedia.
Pues apenas en Milán
cesó la ira y la guerra,
cuando se ofreció el empeño
de aquella improvisa, trabada pendencia.
Solo Dantis Lemonges,
sin saber cuál fuese ella,
me obligó la cortesía
a vencer de los soldados la violencia.
¡Qué ceguez fue esta, cielos!
que sin que la conociera,
por defenderle su causa
sacrifiqué mi vida en su defensa.
Pues al golpe de un mandoble
recibido en mi cabeza,
privado el sentido, estuve
en una guardia como si muerto fuera.
Y sabiendo de mi causa,
el Rey Federico ordena,
que me den la libertad
sin saber quién fue el herido en la pendencia.
Y ahora, con el descuido
de dejar la puerta abierta,
sin llamar, entro en mi casa
buscando dónde hay luz en estas piezas.
Porque, todas descuidadas
como si dueño no hubiera,
en sus estancias están
todo en descuido, todo hecho tiniebla.
Si mi esposa, a las visitas,
como al fin es forastera,
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en Milán la habrán llevado.
Veneranda de mi desgracia la tragedia.
Parece que una criada
hacia esta parte se acerca;
sabrá que he venido y sale
con luz a recibirme a esta puerta.
Sale Auristela con una luz.
Adverso hado, ya que
de mi casa me destierras,
y en casa de no sé quién
manda el Rey por un orden que me tengan.
Dime por qué.
Túrbase.
¿Qué dice?
Dice que su inadvertencia
falta en: ¡cielos, ¿qué miro?!
¿Qué veo, cielos? Valedme, que estoy muerta.
Detente, señora, aguarda.
Huyendo.
No me persigas, espera,
sombra fría, déjame,
que la culpa no fue mía, que murieras.
Señora, ¿quién te da culpa?
Tú, que aumentas hoy mis penas;
tú, que de otra esfera vienes,
cielos santos, valedme, que soy muerta.
Cae desmayada y dice dentro Laura.
Flora, Farnisia, Danteo,
¿quién en esa cuadra altera
mi casa?
Esta es mi esposa.
Cielos, ¿qué dudas son estas?
La dama que esta mañana
yo defendí en la pendencia,
y pensando que soy muerto,
desmayada cae en tierra,
y esta no es mi mayor duda,
sino que mi casa mesma
sea su amparo o sagrado.
Detiénese.
Sale Laura, Clavela y criadas.
Dime, Auristela,
¿quién te inquieta? ¿Qué miro?
¡Mi bien, bien venido seas,
que la tardanza de hoy
ha puesto a mi pecho en pena!
Aparte.
Cielos, ¿qué pasa por mí?
Pag. 20
Aparte.
Esposa, a mis brazos llega.
Dime, que no acierto a hablar,
¿quién trajo esta dama?
Esta,
con orden de Federico,
que mandó a Fabio traella,
fiando de mi cuidado,
su custodia y asistencia.
Aparte.
¡Cuántos lances la fortuna
en sus acasos rodea!
Quiero callar a mi esposa
lo que sucedió por ella,
que yo de aquesta intención,
cuando del desmayo vuelva,
la prevendré con secreto.
Hallando la puerta abierta
entré aquí dentro, y estando
sin luces aquesta pieza,
cuando me salió al encuentro
esa dama, y como venga,
como dueño de mi casa,
a cualquier hora que sea,
entré en la cuadra, y del susto
quedó desmayada, o muerta,
de hallar un hombre aquí dentro.
Según me dijo ella mesma
bastante causa ha tenido
de tomar susto.
Aparte.
¡Qué fuera,
que se lo hubiera ya dicho!
Pero fuese lo que sea,
no darme por entendido
será esta la acción más cuerda.
Mandad, retirarla,
y el cuidado le prevenga
los remedios importantes
a su desmayo, o su pena.
Llévanla.
Van.
Entradla en su cuarto, y todas,
como si fuera yo mesma,
cuidadme de ella, que yo
presto volveré a verla,
porque estando aquí mi esposo
he de asistirle contenta,
y la obligación segunda
se deja por la primera.
¡Ah, fortuna! Y cómo eres
inconstante con mi rueda,
pues las mudanzas del mundo
fácilmente las conciertas!
Jornada segunda
Pag. 21
Tocan cajas y clarines y salen el Duque de Ferrara, y el Conde de Mortara, y soldados.
Ya llegó el día venturoso,
y que de Francia vino el poderoso
socorro de tanto escuadrón lucido,
para quedar con mis tropas unido;
pues con este cuerpo de armada
juro a los cielos santos que abrasada
quedará de Milán la corte altiva,
pues se aparta de mi dominio esquiva;
pues cuando sucesor de ella he nacido,
y al de Nápoles la obediencia le ha rendido,
haciendo, en común aprecio,
a mi real grandeza este desprecio.
Vea mi primo, que armado,
para abrasar sus muros, llego osado,
haciendo que la muerte, con ensayos,
los llene de temor, y de desmayos;
pues verán que mi fuerza se levanta,
llevando a esta conquista gente tanta
que todos esos campos, y desiertos
las gentes pueblan, y de mis ejércitos.
Gran Aristeo, Duque de Ferrara,
del cielo ha sido providencia rara,
para restaurarse la pérdida,
que haya en tu ayuda ya venido
de Francia este socorro poderoso,
que de tropas, y gentes numeroso,
podrás por muchas partes
muy seguro, a Milán darle combates.
Así, Conde de Mortara, lo confío
de las tropas que tengo, y de tu brío,
que empeñado ya en mi defensa
vengarás mis agravios, y mi ofensa.
Siendo de vuestra Alteza
tan justa la razón, hoy con destreza,
veréis como el primero soy, que criado,
cumplo con la obligación de buen soldado.
De tu valor, y lealtad lo espero.
Lo que importa es, lo primero
que la munición, y artillería
marchen en el cuerpo de la infantería,
que cubiertas, con tropas de a caballo,
con mi antigua experiencia sé, y hallo
que va segura, y con cuidado,
marchando ya el ejército formado.
A tu orden, gran Conde de Mortara.
Pag. 22
están las tropas de Francia y de Ferrara.
Puedes disponerlo todo,
a tu gusto, a tu orden, y a tu modo;
cincuenta mil hombres son los alistados
entre los amigos y los aliados,
estos, a tu mandar, siempre sujetos
veneran de mis canas los respetos.
Pues gran señor vamos marchando.
Vamos, que contigo iré animando
los soldados y con valor ardiente
haciéndole al cobarde más valiente.
Cajas.
Si esta señal no me engaña
avisa que la gente está en campaña.
Verdad es pues con orden
todas las tropas aprisa se componen.
Si vuestra alteza tiene gusto
podremos marchar.
El laurel augusto
tu arrogancia a mis sienes asegura.
Hoy verás victoriosa tu fortuna.
Vanse al son de cajas y clarines y salen Federico, Roberto, Fabio y Felisardo.
Del favor, que Auristela ha recibido,
me doy ya Felisardo por vencido.
Deja que primero, pues me toca,
en la estampa de tu pie ponga mi boca,
y pues ya la verdad habéis sabido
disponed de mí ahora.
He entendido
el rodeo de este acaso
y también de tu desgracia el fracaso,
y te doy la enhorabuena
de que tu herida no te dé ya pena,
pues con el golpe de ella fue creído
cierta tu muerte y tu falta de sentido.
No quiso la fortuna
que allí falleciese mi ventura,
pues aunque fue a costa de mi daño,
a Auristela libré de tanto daño.
Por este lance violento
castigar a Lisardo es lo que intento,
para poner escarmiento en mis soldados,
y que mis vasallos no sean tan osados.
Antes a vuestra Majestad suplico,
como a gran monarca y piadoso Federico,
pues mercedes tantas siempre he merecido,
que libertad Lisardo tenga, pido
que, aunque se opuso contra mi persona
Pag. 23
la casualidad misma le perdona,
sin ser de mí tratado,
ni menos conocido,
no excusado.
su delito está de mi castigo,
mas porque sepas ya que soy tu amigo,
su libertad concedo, pues es justo,
que en lo que me pides, te dé gusto.
Fabio.
Señor.
por Felisardo
que ruega la libertad Lisardo:
mandarás que le libren, al momento
voy a obedecerte.
Vase.
del contento
que de esta merced he recibido,
vuestros pies beso.
siempre han sido,
mis brazos a humildades tantas
agradecidos.
Señor, a tus plantas,
cuanto más rendido más me favoreces.
con mi favor Felisardo más mereces,
y desde ahora quedas hecho,
como mi amigo el más estrecho,
consejero de guerra, y de mi estado.
¿quién puede dejar de estar postrado,
besando el suelo que pisas?
con esa humildad, más te eternizas.
Salen Fabio, y Lisardo.
a vuestras plantas Señor, pongo la vida
que por Felisardo tengo concedida.
y por mi error en agravio cometido,
también el perdón pido.
pues el no conocerte me disculpa,
para que este delito sea sin culpa.
Lisardo tu fortuna
por Felisardo, ha logrado, esta ventura
sed su amigo, y eres perdonado
y por él estás libre, y no sales castigado.
A Felisardo.
de agradecido os doy los brazos.
y yo te prometo, en estos lazos,
vincular con mi cariño un lazo fuerte
y tal, siendo tu amigo, hasta la muerte.
Aparte.
yo, por esos cielos, juro
tu contrario ser, pues aseguro,
que para ser tu enemigo,
del Duque de Ferrara me haré amigo.
Pag. 24
Señor, la audiencia de Boján espera.
Voy a cumplir mi obligación primera.
Entrase el Rey haciéndole todos reverencia y vanse, quedando Felisardo y sale Pajuela.
A que el Rey se retirase.
desde esta pieza acechando,
he estado, señor, como un
grandísimo mentecato,
haciendo doscientas cruces,
como si fueras diablo.
¿Es posible que estás vivo?
Señores, ¡yo estoy borracho!
¿Dime, te has aparecido?
¿Quieres misas, o rosarios?
¿No me hablas? di, ¿qué quieres?
de parte de Dios.
Villano,
y cobarde, mal criado,
pues eres de pocas manos,
que huiste como gallina,
cuando me viste empeñado,
defendiendo aquella dama,
del rigor de los soldados,
¡aun te atreves a mirarme!
¡Fuego de Dios, cómo ha hablado!
¡Luego verdad es que vives!
Pues vamos, señor, despacio,
no, con sobrecejo mires,
a Pajuela, tu criado.
Que yo no huí por porpienso,
y miente quien lo ha contado.
¿Pues qué hiciste?
Mirar,
entre ti y los soldados,
quién salía vencedor,
y si acaso tus contrarios
te daban muerte, decirte:
Dios te haya perdonado;
y si los otros lo eran
cantar con todos laudamus:
esta es la pura verdad.
¡En fin eres hombre bajo!
Así me lo dicen muchos,
y lo doy por asentado;
y ahora, pidiéndote
que te olvides del agravio,
que contra mí tienes, pido
que vuelvas a mi rebaño,
Pag. 25
aquesta oveja perdida;
porque fuera de su pasto,
será desierto del lobo,
sin tener pastor, ni amo.
Por necio tienes disculpa:
ya de mí estás perdonado.
Vivas para mi consuelo
más que la sarna de un galgo,
que la sátira de un mezquino,
y de una suegra los años:
Y la dama de la cofia
que conmigo la llevaron
presa a Federico, sabes
adonde está?
Por sagrado
de seguridad el Rey
la puso en mi casa.
El Diablo
no ha formado otro embeleco,
como este que está pasando,
y mi señora lo sabe?
No, y conviene callarlo.
Por qué razón?
Porque nunca
en un hombre es acertado,
referirle, a su mujer
sus lances buenos, o malos:
Cumpla con su obligación,
aquel que ha nacido hidalgo,
en regalarla, y servirla;
pero si todos los casos
que le suceden, le dice
fuerza es que viva dudando,
y que descubriendo el secreto
vivirá muy mal casado.
Y si ella lo descubriese?
Yo estoy ojo, con el cuidado
de ver si la puedo hablar.
porque oírme, de pensarlo,
anoche cuando me vio
como fue de sobresalto,
mi vista, todo su aliento
perdió a un fuerte desmayo;
y por no asustarla más
no volví a verla a su cuarto.
brava arenga, apartes tenemos;
y el Rey te ha castigado
porque impediste el saqueo?
antes a mí me ha premiado,
pues sabiendo la verdad
Pag. 26
de su consejo de estado,
y guerra soy consejero.
¡De contento brinco y salto!
Vengan coches y libreas,
escuderos y lacayos,
y el gran Tamerlán de Persia
venga a servir a mi amo;
que aunque es menester dinero,
para mantener el fausto,
no importa, que a los señores
no les da ningún cuidado,
para la pompa y grandeza
sin cruces, poner calvarios;
y ¿adónde vamos ahora?
A ver al dueño adorado
de mi esposa, y a que sepa
las honras que hoy me ha dado
el Rey; vámonos a casa.
Con tanto sol, ea, vamos,
quede Milán, las fregonas
con un amor abrasado,
viendo que de un consejero
del Rey, me hallo lacayo
como yo, vaya delante
me vendrán detrás buscando.
Vanse y salen Laura y Flora.
¿Cómo se halla Auristela
de aquel pasado desmayo?
Señora, mejor, mas toda
la noche pasó llorando.
¿No ha declarado su pena?
No,
por cierto, porque es tanto
su tormento, que la habla
le priva su triste llanto.
Ella sale a recibirme;
retírate tú a ese cuarto;
puede ser que estando sola
de su pena el embarazo
rompa.
Pues yo me retiro
obedeciendo el mandato.
Sale Auristela.
¿Hermosa Auristela?
¿Laura?
¿Cómo estáis?
Pag. 27
Con el cuidado
de ver tus melancolías,
no halla mi pecho descanso,
pues de uno en otro, un instante
corriendo los sobresaltos,
con el tropel de mis dudas,
el corazón batallando
está, con las ilusiones,
siendo mi albedrío un caos.
Siento, mi Auristela, el verte
en tan infeliz estado
de tanta pena; y anoche
me dio lástima miraros
sin color y sin sentido,
sujeta a un fiero desmayo.
¿Qué mucho que me faltase
la voz y el pecho asustado
en sí embistiese el aliento,
y que el corazón helado
desmayase de el valor?
Si al retirarme a mi cuarto
con la escasa luz, que daba
bastante guía a mis pasos,
vi en el medio de la cuadra,
al caballero gallardo
que dieron muerte!
¿Quién?
Quien me defendió en el caso
que por mayor te informé:
¡Una estatua, y de mármol!
¡Válgame el cielo!, ¿qué escucho?
Y creció en mí el susto tanto,
pensando no fuese algún
castigo del cielo santo,
que en su apariencia venía,
pues fui causa de su daño;
haciendo la turbación,
y el miedo en mí efeto tanto,
que entre el susto y el temor
igualmente me labraron
estatua de mármol fría;
y después que de el desmayo
cobré el perdido color,
tuve pesar contemplando
el poco valor que tuve
no venciendo el sobresalto;
porque siendo una visión
no podía hacerme daño;
pues quien vivo me defiende,
nunca muerto me hará agravio.
Pag. 28
y si acaso estaba en vida,
era fuerza, bien mirado
el mostrarme, agradecida
a sus alientos bizarros;
y con estas competencias,
el juicio vacilando
vivo, tan fuera de mí,
arguyendo, en tal acaso,
que no sé si vivo, o muero
en este penoso caos.
Aparte.
En buena contienda el Rey
me ha puesto, pues me ha enviado
a mi casa, un laberinto
que más me parece encanto:
¿qué causa tuvo mi esposo
para ocultarme este caso?
haciendo el desentendido
cuando la miró al desmayo
rendida: ¡ah fementido!
¡qué bien fingiste, villano!
¿si diré, que fue concierto
de los dos? pero es engaño
que a ser concierto, Auristela
era forzoso el callarlo.
¿y el recatarse de mí?
conque ciertamente hallo
ser la culpa de mi esposo.
¡cómo me engañas! ¡ah falso!
Señora, ahora ha llegado,
mi señor, y con él viene
la nobleza de palacio,
dándole la enhorabuena,
y habiéndosele dejado,
ya sube por la escalera,
y aquí adentro va entrando.
Aparte.
Disimulemos, pesares.
Yo me retiro a mi cuarto;
¿para qué? conmigo asiste
Felisardo!
Salen Felisardo y Pasquín.
¡Dueño amado!
Aparte.
¡Cielos! ¿este no es el mismo
de la pendencia?
Aparte.
Turbado
está, de solo mirarlo,
¡quimeras vamos a espacio!
¿qué es esto, Laura, me ves
esposa de Felisardo?
Pag. 29
Señor, me espanto hoy, de lo mismo
que se libró del fracaso.
Aparte.
Aparte.
Mi esposa lo sabe todo;
qué dirá que le he ocultado
todo el suceso. Señora,
no sé qué digo; los labios
tengo balbucientes, como
si estuvieran con candados,
para romper las palabras.
Yo soy aquel que empeñado
por defenderte se vio
con la muerte batallando,
o rendido, a su guadaña;
pues con ella agonizando,
casi por muerto, cadáver
allí en tierra me dejaron;
bien que a esta novedad,
apliqué todo el cuidado,
para escusarle a mi esposa,
el susto, o el sobresalto;
mas ya que me veo libre
de aquel penoso letargo,
y de orden de mi rey,
haber esta casa honrado,
con vuestra ilustre persona,
mandadme, como a criado
vuestro, y el menor de todos,
quedo.
Señor, excusados
son para mí ofrecimientos,
que bastantes dueños míos
tengo yo, no que sabéis
servir, sino empeñaros
con gallarda bizarría,
a librar de entre villanos,
a una infeliz mujer;
mas no digo bien, me engaño,
antes he sido dichosa,
pues vuestra casa el sagrado
ha sido de mí, y el puerto,
donde todos mis naufragios,
después de tantas tormentas,
de su mar alborotado,
se libraron, con su abrigo;
dicha tuve en el acaso.
Y bien puede decir que
salimos bien mareados,
después de presos, y muertos,
y después de perdonados.
Obligaciones, señora,
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entre los nobles, e hidalgos
amparar a las mujeres,
y defenderlas, de cuantos
alevosos, y no atentos
contra ellas arrojados,
intentaren ofenderlas,
aun con el menor daño.
yo nada hice por ti,
porque todo fue, obligado
de mi sangre, que ella misma
hizo su efecto en el caso.
tan cortés, como valiente
me respondes, Felisardo.
solo me queda una duda
qué es señora?
haber callado
doña Laura vuestro nombre,
después de haberla contado
el lance que sucedió,
al retirarme a mi cuarto.
fue el no estar del todo cierta,
y no haberme declarado
mi esposo el suceso.
Aparte.
no,
tengo a bien el callarlo.
y más habiéndole dicho,
que el pecho estaba inclinado,
a amar a quien me libró
de esclava atroz;
dejando,
a una parte el andar yo
inadvertido, en negarlo,
y a mi esposa en no decirlo,
que todo no hace al caso;
vengo tan favorecido,
de mi Rey, que muchos años
le guarde Dios con la gracia
de consejero de estado,
y guerra, que desde luego
vengo a sacrificaros,
mi esposa, y bella Auristela
este don, que leal vasallo
de mi Rey he conseguido.
que le gocéis muchos años
será mi mayor deseo,
juntamente con tu lado
adorado dueño amado.
porque mi mayor aplauso
es gozar, en ti, mis dichas.
no puedo excusar el daros
Pag. 31
a los dos el parabién.
Vive mil siglos.
Logrado
que veáis, con vuestro padre,
la quietud, con el Condado;
bien que confío del Rey
que llegaréis a gozarlo,
por quien soy, y por mi medio.
Dios os guarde muchos años.
Pajuela, ¿qué tienes, tan
rebotado y tan hinchado?
Grave.
Soy criado de un ministro
del Consejo.
¿Y los criados
tienen algún privilegio,
de los que gozan los amos?
¡Ay craso, no, no, mentecata!
Todos suben por ensalmos,
mañana ya seré Alférez,
y antes que se acabe el cuarto,
de la luna, montaré
a Capitán de Caballos.
¡Jesús, qué prisa que tienes
en subir!
Pues ten cuidado,
que si hasta aquí fui Pajuela,
ya soy Don Pajuela el ancho.
Dentro.
Dentro.
Para el coche, para, para.
Para, con dos mil diablos,
cochero de Satanás.
De la carroza ha apeado
Fabio.
Pues quiero salir
a recibirle.
Sale Fabio.
El criado
conmigo es el cumplimiento.
Su Majestad ha mandado
que vengáis presto a Consejo,
que importa, sin dilatarlo,
la brevedad.
El que sirve
obedeciendo el mandato,
cumple con su obligación;
esposa, adiós. Vamos, Fabio.
Vanse.
¡Qué será esta novedad!
Parece que apresurado
Fabio le dio la razón
a mi esposo Felisardo.
Yo detrás de la carroza
Pag. 32
fuera el virrey con el mismo,
como a su lacayo.
mira
que un capitán de caballos
va delante y no detras.
ya vendra, vamos a espacio.
o Pajuela?
que me mandas
Señora.
tengo que hablaros
a solas.
por no estorbar,
yo me retiro a mi cuarto.
Vase
yo también tengo a donde irme
Vas[e]
Claro esta Flora.
Cuidados,
salgan a plaza mis dudas,
de mis sospechas salgamos,
porque el allanarme el paso
de Auristela, aquel fracaso,
turbarse cuando la vio,
ella declararse tanto,
ignorando, que yo era
esposa de Felisardo,
que casi de amor le daban
alcances firmes; O tirano
amor, nunca tus flechas
estuvieran tan a mano,
para matarme de celos.
mas yo celos! de que? cuando
con tan fina unión mi esposo,
y yo estamos enlazados:
mas por la misma razón
me empeño, en averiguarlos.
mi ama, sin duda, quiere
proponer algún ensayo
de comedia, según piensa,
y después vuelve mirando
las paredes de la cuadra.
Sale Auristela al paño.
Solo me trae el cuidado
de una sospecha, que Laura
para hablar con su criado,
ha querido quedar solas
y el no haverme declarado
que de Felisardo era
esposa. me ha inclinado
a pensar: detente lengua
Pag. 33
irá a decir, doble trato,
y no está bien el decirlo,
cuando yo de Belisardo
y su esposa he recibido,
a un tiempo favores tantos.
Pero como, en las mujeres,
siempre se oculta un engaño
de que la intención primera
siempre vive con recato
para conocer, si miento,
o ha sido mi sobresalto
falso, o verdadero, en Laura
desde aquí podré escucharlo.
Pajuela, yo he de hablarte:
Gracias a Dios que has hablado,
que entendí que estabas muda.
Es porque quiero encargaros
un secreto.
¿Y estarás
segura que sé callarlo?
Tú lo callarás por mí.
Dime tú, ¡ay fuertes hados!
que no sé cómo lo empiece;
y la lengua entre los labios
al quererlo pronunciar
va ella misma tropezando.
¿Dónde te hallaste, en la pendencia
que mi esposo y los soldados
en la calle de Auristela
tuvieron?
Aparte.
¡No fue en vano
mi sospecha!
Acuchillando
ellos a mi amo, y yo
acerté a tener un callo
en la mano.
No te pido
de la riña el cómo, o cuándo.
Pues ¿qué pides?
De Auristela
si él la conocía acaso.
Yo creeré que sí, porque
sería gran mentecato
sin conocerla,
Aparte.
¿Qué escucho?
el estar tan firme, empeñado
en su defensa.
Aparte.
¡Ah, fortuna!
Cómo ya voy caminando
a mi despecho, yo misma.
Pag. 34
en los celos tropezando!
¿y tú te hallaste anoche
cuando la dio aquel desmayo?
Aparte.
Le dije que sí, porque no
sepa que dejé a mi amo:
también anoche me hallé.
Con la turbación y espanto,
no lo pude percibir,
si es que estuvo este villano
allí también.
¿Y qué haré?
Hubo uno de los diablos
de revueltos, entre ellos
y entre la queja y el llanto
vino el desmayo, que está
en las damas tan a mano
que las más le llevan siempre,
en el bolsillo encerrado.
Aparte.
Mísera, si dice verdad,
o si miente: escucharlo
me importa y disimular
cualquier género de agravio.
¿Y Belisardo la quiere?
Aparte.
Señora, la está adorando.
Pero ¿qué digo? Yo miento.
Mas lo dicho ya está hablado;
yo cumplo la obligación
de chismoso de criado.
¿Luego le parece bien
Auristela?
Eso es claro,
que la tiene por hermosa,
y si la mira a mi lado
le pareces...
¿Qué, Pajuela?
Que eres como el pecado
de fea, como una tigra,
un dragón.
Dale.
Calla, villano.
Que si prosigues, la lengua
te la arrancarán mis manos.
Vete luego de mis ojos.
Ya me voy, Dios sea loado.
Vase.
¡Con qué buena opinión queda
mi honor!
¡Y qué bien pagado,
queda mi amor! de un aleve,
de un fementido, y falso
esposo.
Sale Felisardo.
¡Laura, mi bien!
Pag. 35
Ap.
A la prudencia volvamos,
y en la cárcel del silencio,
dejemos aprisionados,
mis celos: ¿qué quiere el Rey?
Con un decreto, o despacho
me manda partir a Roma.
para el Papa, consultando
ciertos cargos de la guerra.
Pues cumple con su mandado,
pues eres vasallo suyo.
Queda a Dios, dueño adorado.
Pues ¿qué queda?
Que el Rey,
ya de Milán ha marchado
para Nápoles.
¿Por qué?
Porque su primo talando
sin dar partido, ninguno,
a sangre y fuego abrasando
con un poderoso ejército,
viene por todo el estado.
¿Qué dices?
Lo que pasa.
¡Cielos! ¿qué es lo que he escuchado!
Pues esposo, lo que importa
antes que venga el contrario,
es marchar luego.
Ya está
bien despachado un criado
a la posta, por la parte
que el mar está más cercano
a prevenir un navío.
Ap.
Pues Felisardo, a embarcarnos,
no te detengas, un punto,
porque si estos, inhumanos
no dan cuartel, a ninguno,
es perderte; y entre tanto,
mandaré que me recojan
vestidos, telas, brocados,
plata, oro, y lo mejor,
de los bienes, que gozamos,
y lo cierren en baúles,
y vayan luego marchando
las cargas, que del saqueo
nada habrá seguro: ¡santos
cielos! paréceme, que
a costa de este trabajo,
pongo remedio a mis celos,
apartando, a Felisardo
de Auristela, quiera Dios
Pag. 36
que así se evite este daño.
Vase.
Sale Auristela.
Señor, Felisardo escucha,
que aunque el tiempo es limitado,
quiero aprovechar el tiempo
aunque sea breve el rato.
Qué mandáis?
Que vuestra esposa
vive en recelos, pensando
villanías de mi honor.
Callad, que para pensarlo
no es semejante delito.
Pues ya, señor ha pasado
por la lengua mi decoro,
entre Laura, y el criado:
no quisiera que contigo
me hallase.
Estoy turbado!
Yo no puedo detenerme,
porque mi honor, arriesgado
está si me hallase aquí.
Ahora contigo hablando.
Solo con breves razones
te diré ahora de paso
que supuesto que eres noble
y como a tal, el amparo
tienes por cuenta del Rey,
para mi custodia, aguardo
de ti la mayor fineza,
de cuantas habéis logrado:
pues lo que te pido es
que por mi amor, y el encargo
de ser mujer que es lo más,
que en aqueste desamparo
de esta guerra, tan sangrienta,
no me dejes, pues es claro,
según desde esa antepuerta
atenta estaba escuchando,
que entran a fuego y a sangre,
las tropas en este estado;
y habiendo marchado el Rey,
cierto será grande el daño,
y aunque mi padre acaudille,
estas tropas, yo no aguardo,
en la embestida primera,
que respeten el sagrado
de mi casa, porque entran
como a lobos arrojados,
que solo buscan la presa
a costa de mucho daño;
y así siento, el exponerme
Pag. 37
en este riesgo tan claro:
te pido, suplico y ruego,
que como noble gallardo,
y atento, me lo concedas,
pues por mí, has hecho tanto.
Llevarme contigo, a Roma
mientras que, dando un estrago
pasa a Milan, que después
procuraré con cuidado,
el escribir a mi padre,
que venga por mi: el amparo
seréis de mi vida, y yo,
he de hallar en su sagrado
vinculada la piedad:
bastante me he declarado
discreto, eres no lo ignoro,
ya me entiendes, Felisardo.
Vase.
¡Válgame el Cielo, qué escucho!
¿quién fue, el que se vio cercado,
a un tiempo, de mujer propia
y otra dama, que el amparo
busca de mi patrocinio?
no hacerlo, es de hombre bajo,
vil acción, y en saberlo
tiene de estar enojado
Federico, y con razón;
pues dirá que falte al trato,
de socorrer a esta dama,
cuando me la dio en encargo:
y si la llevo, mi esposa
como a leon irritado,
entre los celos sangrientos,
ha de formar nuevo agravio.
Todo, y todo contra mi,
que en las mujeres, cuidado,
cuando se pican de celos,
para castigar su agravio
arrojan de su malicia,
muchos repetidos daños,
que estos, (cortos de saber)
viene el marido a pagarlos.
Pero ¡mis obligaciones!
dígame Laura, si falto
cuando con el Rey, y ella
y el mundo, si no lo hago
lo que me pide, diran
que quede como a villano:
pues valgame la prudencia
en este lance estrechado.
para que Laura, Auristela
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y el Rey, sepan que cuando,
en cualquiera obligación,
se ha empeñado Felisardo,
sabe cumplir como a noble,
como atento, y como a honrado.
Vase.
Dicen dentro con ruido de guerra, cajas, clarines y tiros y salen el Duque, el Conde y soldados.
Dentro.
¡Viva Federico, viva!
¡Viva el Duque de Ferrara!
¡A la muralla!
¡Al asalto!
¡Guerra, guerra!
¡Al arma, al arma!
Tiros y cajas.
Ya la artillería ha abierto
grande brecha en la muralla.
Pues yo pretendo avanzar
con los míos a la plaza.
Dentro.
¡Guerra, guerra, soldados!
¡Soldados, al arma, al arma!
Conviene saber primero
con qué prevención se halla
el enemigo.
Aunque tenga
las inventivas troyanas,
dentro de Milán revuelto
quiero embestirles, al arma.
Vase.
¡Viva Federico!
¡Viva
el gran Duque de Ferrara!
Dentro.
¡Guerra, guerra!
Dentro.
Soldados,
al muro.
Avanza, avanza.
Cajas, clarines y tiros.
¡Con qué prodigioso esfuerzo,
animando las escuadras,
el Conde llega a los muros
para avanzar en la plaza!
Quiero de sus movimientos
seguir el diseño y traza,
que al fin es soldado viejo
en gobernar las armadas.
Vase.
Dentro.
¡Viva Federico!
¡Viva
el gran Duque de Ferrara!
Cajas y tiros y clarines.
Salen Felisardo, Laura, Rusistela, Flora y Pajuvela.
Ya al asalto de Milán
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según las voces son,
de el enemigo.
Aparte.
¡Ay de mí!
¡Qué mal hallados están
hoy los remedios conmigo!
Ya el vagel está esperando;
bien podéis ir caminando
con la ropa.
¡Oh mal amigo
es el mar, pues si se enfada,
a veces con su braveza,
le da con mucha destreza,
una embarcación volcada.
¿Qué poco gusto, que enseñas
Laura, con esta partida?
Pensé aliviar a mi vida
todo el dolor, a mis penas,
y miro que muy en vano
los remedios en mí son.
Aparte.
Hasta que la embarcación
llegue a ese pueblo Romano,
importa el disimular
de Laura el estar sentida;
que después de la partida
bien me podré desagravar.
Ya la ropa está embarcada.
Felisardo: me conviene
con esta gente que viene
el no quedar embarcada.
¿Qué dices?
Lo que has oído;
que no me quiero embarcar.
Aparte.
Disimulando pesar;
mirad a vuestro marido
en el riesgo que se halla,
si vienen los enemigos;
Con vos se serán amigos,
Aparte.
¡Qué esto escuche! lengua calla,
no te des por entendida.
¡Mira que el estar aquí
detenidos para en mí
corre gran riesgo la vida!
Sea todo, lo que fuere,
de mí, no ay que aguardar
que me haya de embarcar;
Esposa, si mereciere
mi amor, por mérito pido
no dilates la partida;
mira que tengo la vida
arriesgada, y muy rendido.
Pag. 40
con lágrimas, a tus pies,
te pido que este disgusto
me quites, y me des gusto.
Te cansas, y en vano es,
que no lo tengo de hacer.
Hacedlo, por mí, y por Dios.
Menos lo haré yo por vos.
A mucho que padecer
expones a tu marido.
Quién le dijo que viniera
a estorbar de esta manera!
Aparte.
No sé cómo enfurecido
no rompe la ira el labio.
Mira que a gran desventura
está tu esposo!
Mi ventura
ya faltará en este agravio.
No hay remedio?
No hay remedio.
No reparas que a morir
me expones míseramente!
Laura no ha de permitir
esta ruina tan grande!
Ya yo me canso, y por mí
responda el irme.
Pues.
Vive este estrellado zafir,
donde hermosas las estrellas
se hallan de mil en mil;
que por esta ingratitud
que, sin causa, veo en ti,
que lloraran, si en el cielo
nuestro amor, tan infeliz,
que reducido a desdichas
mal logro has de ver de mí;
pidiendo, al cielo, dispare,
pues tan infeliz nací,
tantos rayos, como luces
tiene en su hermoso nadir;
y que me trague la tierra
entre el padecer y gemir:
ruego al cielo que permita,
que se venguen contra mí,
hoy todos mis enemigos,
y que lleguen a teñir
sus aceros con mi sangre,
esmaltando en el carmín
de su purpúrea color,
de los campos el pensil:
quiera el cielo, que me encuentre
Pag. 41
la primer bala, que sutil
que aparte del corazón
el retrato, que imprimí
de su tiranía aleve,
hasta que llegue a rendir
en manos de mis contrarios
la vida, en sangrienta lid;
para que publique el mundo
de mi ingrato frenesí
que la amé como a tirana,
pues por ella me perdí.
Vase.
Aunque más y más me digas,
nunca podrás conseguir
el que me embarque; que ahora
rabiosa no estoy en mí,
pensando que tengo celos,
y no me sé arrepentir.
Vase.
Y yo, aunque sepa perder
aquesta vida infeliz
con esta entrada en Milán,
aunque lo llegue a sentir,
fuerza es volverme a mi casa,
y esperar allí el morir.
Felisardo, a Dios, y no
me respondas, que sin ti
me queda bastante pena:
¡el cielo mire por ti!
Vase.
De lástima que le tengo
ya me retiro de aquí.
Vase.
Yo temo, que de los cielos
el castigo ha de venir,
siendo mi ama la causa,
en su riqui, y mi quimi.
Ya se han ido, y me han dejado...
¡Cielos, yo no estoy en mí!
¿Qué es esto que me sucede?
¡Ah, fortuna, cómo infeliz
hoy con tu rueda atropellas
con lo que empecé a lucir!
Mas ¿de quién me quejo yo?
¿No será mejor sentir,
y mejor razón, quejarme
desta fementida y vil
esposa, que sin dar causa
se conjura contra mí?
Pues en los riesgos que espero
no me es posible vivir:
¿en qué te ofendí, tirana?
Aleve, ¿en qué te ofendí?
Dime, ¿qué causa te he dado?
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¿para despego tan vil?
¡Esto es amar firmemente!
¿Y a vista de esto, que tú
no te desengañas, hombre?
Corre ese velo sutil
de la venda de tus ojos.
Fuego llegue a consumir
a cuantas mujeres saben
bien engañar y fingir.
Que yo sin vida y sin alma,
de lo que pasa por mí,
del todo desesperado,
a Milán vuelvo a morir.
¡Hoy los cielos me castiguen,
cúmplase el rigor en mí,
pues eché con mis pesares,
la maldición contra mí!
Jornada tercera
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Salen Lisardo, Soldados y Felisardo.
Reconoced bien la casa,
no quede en ella rincón
sin registro, y las alhajas,
las joyas de estimación,
dinero y lo más precioso,
todo lo llevad.
No obré yo
con esa estrechez contigo,
cuando tu Rey y señor
te quería castigar,
y a mi ruego consiguió
que te diesen libertad.
Ese tiempo ya pasó.
Pasó, pero puede el Cielo,
por sus juicios que son
incomprensibles, volver
a nuestro Rey en posesión
de Milán.
¿Qué Rey?
Federico.
Calla, villano, esa voz,
si no quieres del castigo
probar el fiero rigor,
por tu infame desvergüenza.
¡Villano! No, vive Dios,
que noble el Cielo me hizo,
y nunca en mi sangre vio
infamia de villanía.
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Con mi Rey, he sido y soy
hasta morir, muy leal;
pues con firmeza, y valor
ha sido de Federico
muy amante, el corazón,
y nunca a su Real persona
fue Felisardo traidor.
Ya sé que hablas conmigo
diciéndome, desertor,
porque me pasé a esta parte.
Pero si enemigo soy
total ya de Federico,
por aquella vil prisión,
en que me puso, premio
de su fiera indignación,
que al menor oficial suyo
se lo da por galardón.
Pero el Duque de Ferrara
a quien por Rey, y señor
le doy rendida obediencia
con debida estimación,
mira, cómo este premia,
pues me ha puesto en el mejor
timbre de los militares.
En cualquiera superior
caben dos cosas, Lisardo.
Saber quiero cuáles son.
El mismo conocimiento,
y a bien clara la razón.
La traición bueno es pagarla,
mas no fiar del traidor.
Ea, soldados, llevadle,
y en esa oscura prisión
dejadle guardias de vista.
Pague, lo que me ofendió
Federico, y también pague
la atrevida presunción
de reñir con mis soldados,
aunque su orgullo pagó,
por entonces, su delito.
Sepa Federico, que yo
soy parca de sus ministros.
No temo, ya tu rigor:
Dios volverá por mi causa;
y aunque preso me hallo, yo
he obrado, en cualquiera lance,
de lo bueno lo mejor.
Envíale a Federico
a decir que venga hoy
a sacarte de la cárcel,
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en que estás.
Fío con Dios
que me dará libertad;
y en vana presunción
no haga tan vano el alarde
de sus fierezas, que yo
mandé contigo algún tiempo,
y ahora me mandas, vos.
Cuidado que este teatro
no llegue la mutación,
porque la fortuna es varia
y suele con gran baldón,
deslucir al más dichoso
y sujetarle al rigor.
Hipócrita, calla, calla,
que me ofendo, vive Dios,
de verte con esa farsa:
sabe que Lisardo soy,
que me he quedado en Milán,
para que de mi rigor,
todos lloren la ruina,
los que apasionados son
de Federico a la causa.
Ea, llevadle; que estoy
ofendido de mirarle,
cuanto y más de su razón.
Guarda el castigo del Cielo,
teme de él la indignación,
porque de la ingratitud,
Dios supremo Creador,
tanto se ofende, que paga
y castiga, según son
las obras buenas o malas
del justo y del pecador.
Vamos de aquí, Felisardo.
Vengaréme ahora yo,
que después poco me importa,
que irritado quiera Dios
ser severo, que también
si castiga da perdón.
Vanse llevando preso a Felisardo, y al son de cajas sale el Duque de Ferrara y el Conde de Morbara.
La diligencia fue importante
de no pasar el ejército adelante,
hasta dejar en la ciudad aprisionados
a todos cuantos sublevados,
apasionados de mi primo fueron;
y en esta ocasión su voz siguieron.
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Ya, señor, Milán está vendido,
porque de tu poder las iras ha temido,
y su primo con fuga apresurada
la ciudad te ha dejado abandonada,
retirándose a Nápoles temeroso,
viendo tu ejército venir tan poderoso.
Falsamente ha obrado
el tiempo que Federico ha gobernado,
pues por la ciudad publican todos
que obligados los dejó por muchos modos.
Y a cuantos publican su alabanza,
conviene tomar fiera venganza,
porque con adulaciones no nos priven
a los que a seguir se disponen
el bando poderoso de tu alteza.
Lo que dices ejecuta con presteza,
antes que estos indiciados,
a los que se hallan inclinados
a seguir de mi razón la justa parte,
con maña, con doblez, estilo y arte
los trastornen, pues con secreto engaño
pueden causar a mi dominio mucho daño.
Tocan cajas y sale Lisardo.
A vuestras plantas, señor,
vengo a dar parte o deciros
cómo Felisardo queda
en la cárcel.
¿Qué me dices?
Más importa su prisión
que de Milán el rendirme
la obediencia deseada;
y por esta nueva pide
mercedes, que concedidas
cuantas llegares a pedirme
están todas.
Gran señor,
el galardón más sublime
que puedes darme es estar
satisfecho con decirme
que te das por bien servido,
con que leal satisfice
en vuestro real empleo
mi desvelo con servirle,
y como en vuestra memoria
este afeto se eternice
no quiero mayor blasón.
Con todo lo que me dices,
no puedo dejar de honrarte,
y así mercedes y timbres
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que recibió Felisardo
de mi primo; hoy recibe,
en pago de tus servicios,
de mis tropas, y en mis lides,
eres mariscal de campo.
Señor, deja que me humille
a besar tus pies, que en ti
más se ensalza el que se rinde.
Interesado se muestra
Lisardo, para servirte.
Confío que su lealtad
le hará feliz, como insigne.
Vos, conde, será forzoso,
como el mejor que me asiste,
que de orden mía a Ferrara
vais a gobernar.
Humilde
beso tus pies, y aunque siento
partir adonde me dices,
por dejar a vuestra alteza,
mas primero los que sirven
tienen obediencia, y no
elección, cuando mis fines
tienen todo mi deseo;
como a vasallo el servirte,
es mi respuesta, señor,
decir que voy a partirme
a Ferrara.
Pues marcha,
y todo mi estado rige
como si fuera yo propio.
Vuestra vida se eternice.
Vamos, que de Felisardo
veré qué castigo elige
mi consejo, porque importa
de mi primo dividirle.
Vanse, y descúbrese Felisardo sentado en una silla con prisiones.
Fortuna, dime, ¿hasta cuándo
conmigo has de ser ingrata?
Dime pues, por qué me trata
tan mal tu rueda, estando
ya de la muerte esperando
el postrer fin de la vida?
Pues como a fiera homicida
la parca, conmigo en celos,
acrecentando a mis penas,
ver mi libertad perdida.
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si yo te hubiera ofendido,
no fuera mucho mejor
que tú misma, con rigor,
por tenerme aquí oprimido,
ni de otro haberte valido,
castigárasme, con celo;
no del tormento que peno
pues fuera en ti más gloria,
tomarte tú la victoria
que entregarme a brazo ajeno.
¿No miras, como a deidad,
que destruyes tu poder
y te apartas de mi ser,
diosa de la adversidad?
Pues de tu severidad,
dirán con buena razón,
toda la vulgar opinión,
que ya te faltaron bríos,
pues de ajenos albedríos
te vales con sinrazón.
¿Loco estoy, o estoy en mí?
¡Cuánto la imaginación
la acrecienta esta prisión,
pues por amante perdí,
la libertad... ¡ay de mí!
Que no quisiera acordarme
de mi esposa, que a matarme
basta de aquesta memoria,
lo afligido de mi historia,
para que llegue a acabarme.
¡Ah, fiera, ingrata mujer!
que por los viles recelos,
que acrecentaron tus celos,
me habéis echado a perder,
mi ruina habéis de ser.
Mal he dicho, lo habéis sido,
pues según llora ofendido
con este pesar que siento,
diré con mi sentimiento,
que tú misma me has perdido.
¿No fuera mucho mejor
pues llegasteis a apartarme,
que dispusiera embarcarme
contigo? Porque tu amor
me enseñó ¡tanto rigor!
Mas, ¿por qué sobre esto arguyo,
si nadie la culpa tuvo,
sino yo? Porque un marido
nunca ha de estar tan unido,
que se aparte de ser suyo.
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No te castiguen los Cielos
según mereces, mujer,
no llegues a padecer
por tu rigor mis recelos;
lo que merecen tus celos,
que aunque pudiera ofendido,
rogar al Cielo afligido,
castigara tu locura,
hoy me enfrena la cordura
de ver que soy tu marido.
Con lágrimas en los ojos,
lloro en aquesta prisión
mi desgracia y perdición
pues miro, en tantos enojos
mi grandeza hecha despojos,
pues cuanto el Rey procuró,
y en tus dones me encumbró,
mis enemigos airados
me hacen ver abandonados
los timbres que allá me honró.
Sale Pajuela con prisiones.
Maldita sea la vida
que apetece la prisión,
porque es inhabitación,
una cosa aborrecida.
Señor, de afuera es venida,
con un manto, una tapada
asida de su criada,
y para haberse de hablar,
me ha dicho que quiere entrar,
y viene tan recatada,
que solo se descubrió
al alcaide.
Admiración
me causa su relación,
¿y el alcaide conoció
quién era?
¿Y qué sé yo?
No puedo yo adivinar,
la mujer que quiere entrar
a hablarme, ¿quién puede ser?
Dile que entre.
Salen Laura y Flora con mantos tapadas y se descubren al salir.
No es menester
para haberte yo de hablar,
Pag. 50
mi licencia.
Laura, ¿qué es esto,
tú aquí dentro de la cárcel?
¡Pues cómo!
No te admires
que de aqueste albergue pase,
con el disfraz de este manto,
a pisarle sus umbrales;
porque como loca vivo
el rato que sin mirarte,
están mis ojos; emprendo
el vencer dificultades
por verte.
Laura, detente,
que con desengaños tales
como tengo tuyos, fuerza
es que aquí me desengañe,
de que no dices verdad.
¿Luego no te persuades?
No, porque si fueras fina,
y me adoraras constante,
conociendo mi peligro,
procuraras embarcarte.
Llora.
Culpa a mis celos, no a mí.
De ningún remedio vale
mi llanto. ¡Fiera fortuna!
Y hoy, contra mí, se disparen
todas las iras del hado,
que forzoso es que me alcancen
las maldiciones que eché
aquella infelice tarde
contra mí.
En un callado,
¿para cuándo han de guardarse
las bofetadas?
Pajuela,
¿tú sientes mucho la cárcel?
Flora, quisiera morirme.
De mi ama el disparate
todos lloramos ahora.
Si el amo no contemplase
tantas morandangas, no
sucediera este desastre.
Y cómo que razón tienes:
ella se erró en no embarcarse.
Más tiran dos tetas que
cien carretas. Del que hace
caudal de mujer reniego,
de quien las parió, y quemasen
a esta y todas las demás,
Pag. 51
Por mí te digo que, amén,
menos a mí.
La primera
habías de ser.
¡Pues, infame!
Quedo, quedo, no reparas
que están los amos delante.
Tú saldrás de la prisión.
Flora, para luego es tarde.
Sale el Alcaide.
Podrás en esta ocasión,
Felisardo, perdonarme,
que, hallándose aquí tu esposa,
a notificarte pasé
del gran Duque de Ferrara
un precepto.
¿Cuál es, Alcaide?
Cajas.
El que su Alteza ha mandado:
que a los que han sido parciales
de Federico en la guerra,
y a mi Duque desleales,
que a estos, sin dilación,
los traigan en este instante
a un castillo de Ferrara.
Es preciso el avisarte
para que estés prevenido;
y aseguro por mi parte
que siento el darte la nueva.
Por lo cual estas señales
son que la escolta os espera
para marchar; Dios os guarde.
Vase.
¡Válgame el Cielo, ay de mí!
Laura, lamentos no valen
ni a mí de alivio me sirven,
y, supuesto que me traen
a padecer mis desdichas,
ten valor; que yo constante,
a pesar de mi fortuna
(si hay fortuna a quien pesarte
puedan mis tragedias), tengo,
con un animoso semblante,
resistir de tantas iras
la influencia incontrastable.
Vuélvete a cubrir el manto
y al momento de aquí parte,
y esto sin hacer extremos.
¡Qué mal hice en no embozarme
por excusarme estas penas!
Pag. 52
Empieza ya, viene tarde
este reconocimiento;
Cajas.
ni a la memoria traslades
lo que olvidas para siempre,
quisiera yo nunca acordarme.
Quédate en paz, que las cajas
ya tocan para que marche.
Llora.
¡Qué desacorde y sin mí
estuve entonces! ¿Pesares
no basta quitarme cuantos
bienes, joyas y equipajes
tenía dentro en mi casa,
sino que también, infames,
me robáis de mi presencia
a mi esposo?
Nada vale
el llorar, ni hacer extremos.
Laura, a Dios.
Penas, matadme.
Felisardo...
Aparte.
Si al llanto vuelves,
partiré sin escucharte.
¡Ah cielos! Aunque ella es causa,
soy tan noble con mi sangre
que no me atrevo a culparla.
Tanto la adoro.
En el lance,
qué bien parece un garrote,
que por una y otra parte
le moliere las costillas.
Maldito el hombre que hace
caudal de mujeres, pues
ellas saben con tal arte
saber llorar y engañar
que a un santo harán embobarse.
A Dios.
Espera,
mi bien,
deja primero anegarme
en tus brazos.
¡Qué desdicha!
¡Qué pesar!
¡Qué triste lance!
¡Qué lastimosa partida!
¡Qué más infeliz viaje!
Fuerza es morir de la ausencia.
Ausente de ti es matarme.
Venid aprisa, desdichas.
Venid aprisa, pesares.
No viva quien tanto pena.
Cajas.
No viva con tantos males.
Pag. 53
a Dios, que de buen aviso
es este, y no piense alguien,
que por temer el castigo
rehúso este viaje.
Guarden tu vida los cielos.
Vanse.
Tu vida los cielos guarden.
Flora, a Dios.
¿Qué, tú también
con nuestro amo te partes?
Por fuerza.
¿Por qué delito?
Por criado.
Pues, ¿qué hace
el ser criado?
Vanse.
Tener
estos sayones infames,
una ley que a trochemoche
amos y criados paguen.
Salen el Conde de Mortaña, Auristela, y acompañamiento.
Ya que la suerte, Auristela, me ha llevado
a gobernar de Ferrara aqueste estado,
pues el gran Duque de Milán,
deste gobierno el peso, y desde el día
que el juramento he recibido
de Gobernador, estoy apercebido
a ver, con el cuidado, e igual celo,
de la justicia, y piedad con un desvelo;
para dar a entender, a todo el mundo,
que solo en esto fundo,
la lealtad, que a mi afecto tanto adorna,
para asegurar del Duque la corona.
en que Federico, tiranamente osado,
del drecho, y la razón, había usurpado.
Aparte.
Cajas.
Padre y señor al Cielo Santo
ruego, que su dominio sea tanto;
que, de forma, con el tiempo se eternice
que sea inmortal; ¡ay infelice!
que no puedo apartar de Felisardo
la memoria, pues gallardo
tanto empeño en mi favor su bizarría
que sentí en su esposa la tiranía
de no haberse, por entonces, embarcado.
Sale un criado.
¿Quién será el que ha ocasionado
aqueste belicoso instrumento
que ocupa con su asombro todo el viento?
Todos los que rebeldes en Milán han sido hallados
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a Ferrara los traen aprisionados:
y esta, señor, la causa ha sido
de los parches que ahora se han oído,
y los traen con ignominia tanta
que la gente de admiración toda se espanta.
Aparte.
Cielos, no sé qué sobresalto
ha puesto en mi pecho tanto espanto
al escuchar este militar estruendo;
que parece, ¡ay de mí!, que estoy viendo
amarrado a Felisardo con prisiones:
pero tente corazón, no te apasiones;
alma no pases a ser atormentada,
porque soy mujer y estoy desobligada.
Ya todos los infelices
los van entrando aquí dentro.
Salen Lisardo y soldados trayendo presos a Felisardo y Pajuela y a otros.
No excuso el besar tu mano,
ya que me permite el cielo
verte en Ferrara.
¡Lisardo,
amigo! Los brazos tengo
para recebirte ufano;
porque es tan grande el contento
de verte en Ferrara, que no
puede sosegarse el pecho
de este regocijo. ¿Qué traes?
¿Qué hay en la corte de nuevo?
¿Cómo su Alteza se halla?
Mi señor, el Duque, bueno.
Aparte.
¿Aqueste no es mi enemigo?
¡Valedme, divinos cielos!
Yo en nombre de su Alteza
esa fineza agradezco;
como también de mi parte,
lo que me honras aprecio,
que solo para serviros
a que me mandes espero.
Aparte.
En lo que es obligación,
no se obra nada menos.
Aparte.
Cielos, ¿ésta es Auristela,
su hija? ¡Válgame el cielo!
Que de verla estoy corrido;
pues es fuerza que del tiempo
pasado, se halle ofendido;
mas aquí importa el silencio,
y disimular. Señora,
si el que llega a los pies vuestros,
Pag. 55
merece besar; permite:
Aparte.
Lisardo, bueno está, bueno,
no paséis más adelante;
¡qué necia con este necio
he de mostrarme!
¿A qué a Ferrara
has venido?
Señor, vengo
con una orden del Duque
a traer los prisioneros;
y a todos los que en Milán,
en el pasado gobierno,
rebeldes fueron; mandando
su Alteza los tengas presos
en los castillos más fuertes.
Yo cumpliré su precepto.
Pues aquí traigo la lista
de quién son estos, en efeto.
Dámela, que quiero ver
sus nombres. ¡Qué es lo que leo!
¿A Felisardo traéis?
Sí, señor,
porque el gran Duque, mi amo,
no quiso canje admitir
por su persona.
Aparte.
¡Cielos!
¡A Felisardo han nombrado!
Y ya por entre los presos
le miro como a ruina
de aquello que fue algún tiempo;
no tengo valor de verle.
Aparte.
¡Fortuna, a qué más extremo
puedes haberme traído!
Yo, que la culpa no tengo
más que solo de servir,
¿por qué me han traído preso?
Mal haya el alma de quien
aquí me trujo, y reniego
de su casta y su linaje;
así en medio del infierno
le paguen el galardón
que merece de traernos
presos a Ferrara.
¡Libio!
Señor.
Estos prisioneros
llevaréis a los castillos
más fuertes de los que tengo
en este gobierno; y todos,
con el acompañamiento
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guardia, y custodia, que traen.
De aquí los llevaréis; menos
a Felisardo, que a aqueste
se le debe más respeto
tener, que no a los demás;
y cuando no fuera esto,
para la seguridad,
conviene dejarle preso
en la torre de Palacio;
que yo solamente quiero
ser guardia de su persona,
y para que mi desvelo
esté vigilante a todo
será fuerza conocerlo.
¿Adónde está?
A tus plantas
rendido; que aunque los tiempos
me han usurpado el lucir
de mis glorias, no pudieron
aquel blasón heredado
borrar, y entre los estremos
de noble y de desdichado,
puesto a tus pies, agradezco
el que, donde me pongáis
en la torre, sea respeto
de mi persona, o a mi cárcel
más seguridad, que no entro
en más, que solo deciros
que la merced agradezco.
Aparte.
Tan cortés como entendido
respondió. Saben los Cielos
que de tus adversidades
afable me compadezco.
Aparte.
Yo te agradezco, señor,
la fineza.
¡Qué severo
tiene Auristela el semblante,
que a mirar, aun no ha vuelto
los ojos a mis desdichas!
¡Oh, cómo los que cayeron
hallan mal padrino, aun
en los que favorecieron!
Aparte.
Yo estoy en mí pensando,
en lo que está sucediendo.
Aparte.
No conviene declararme
con Auristela, pues veo
que desentendidamente
borra mi conocimiento;
o no quiere declararse,
que viene a ser uno mesmo
estos dos estremos, y yo...
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de tan hidalgo me precio,
quien halla mi amparo,
los beneficios que he hecho
les acordaré; que al fin
en los que nobles nacieron,
aunque el hado les abata,
no usan de tales medios,
de representar finezas
para detener el fiero
eslabón de la cadena,
que me rinde como a preso,
que me ultraja siendo noble,
y me oprime como a reo.
Sale el Criado.
Señor, ya la guardia espera.
A Felisardo.
Pues váyanse componiendo
los soldados en sus filas,
y pongan todos los presos
desde el palacio al castillo
escuadronados, en medio.
Vamos todos, y vos venid
Felisardo, porque quiero
que en esta arrimada torre
unida con sus cimientos
yace a palacio, tendréis
seguridad y respeto
debida a vuestra persona.
La fineza os agradezco.
Vanse.
Hija, yo vuelvo al instante.
Vase.
Vuestra vida guarde el cielo.
¡Ay padre, poco conoces
al hombre que llevas preso!
Pero no he de ser quien soy,
aunque ofenda mi respeto,
sino pongo en libertad
a quien la vida le debo.
Salen Laura y Flora como que vienen de camino.
No hay quien pueda comprender,
señora, tus desatinos.
¿Quién te mete a ti en caminos?
¿Quieres acaso perder
el juicio? ¿Estás en ti?
¿Tienes el seso cumplido?
¿Por qué a Ferrara has venido?
¡Ay infelice de mí!
No entiendo tanto llorar,
¿quieres perder el sentido?
Flora, Flora, un bien perdido,
y así le vengo a buscar.
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¿Que a mi señor vas buscando?
No dudo que amor ha sido.
En Ferrara, hoy he sabido
que el conde está gobernando;
y quiero solicitar,
si puedo por este medio,
de Felisardo el remedio
para poderle indultar;
primero representando
lo que hizo por librarle
a su hija, y por guardarle
su casa.
Señora, estando
hoy el conde de Mortara
con tan próspera fortuna,
¿a su desgracia importuna
quieres que vuelva la cara?
Pues, para mi intercesión,
pretendo a Auristela hablar,
que en ella confío hallar
vinculada obligación.
Cuando está de ti ofendida,
¿qué quieres haga por ti?
Ya sé que yo la ofendí,
y que anduve inadvertida;
pero podrá disculparme
el ser mujer tan celosa,
y ella haber nacido hermosa,
lo que bastó a inquietarme;
que una mujer, siempre ha sido
enemiga a otra mujer,
que se da bien que entender,
si habla bien de su marido.
Pues si en mi mano estuviera,
y a mí eso me pasara,
que otra mujer le estimara,
a mí nada se me diera.
No sabes lo que es amor,
ni menos lo que son celos,
que en abrasados desvelos
llorarías su dolor.
¡Cuán mejor hubiera sido,
para excusar este enfado,
el haberte tú embarcado,
y seguir a tu marido!
Remedio no tiene el hecho,
y pues que tanto lo siento,
déme el cielo sufrimiento,
y resistencia en mi pecho:
lleguemos a la ciudad.
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que ya en su muro parece,
que a una extranjera le ofrece
compasiva la piedad.
Quisiéralo el cielo otorgar.
En él pongo mi esperanza,
pues una mujer alcanza
lo que pide con llorar.
Vanse, y salen Felisardo y Pajuela presos y a tientas.
Entra, Pajuela, en cuidado,
que nada el tiento apercibe.
Desdichado del que vive
en la cárcel, encerrado.
¡Ah, fementido Lisardo,
qué mal paga mi lealtad
el ponerte en libertad!
Ya ningún remedio aguardo.
Si por hacerte favor,
señor, os han puesto aquí,
y yo por servirte a ti...
Digo del gobernador,
que reniego de sus modos,
que sin darnos de comer
aquí nos mandó meter.
Lo mismo hicieron de todos
los prisioneros.
¡Pardiez,
que es mi hambre sin igual!
Y no pensé que tan mal
nos trataran a los dos.
¿Quién creerá que está conmigo
hoy el hado tan severo?
Yo, porque es un majadero
el que popa a su enemigo.
Por bien hice yo el librar
a Lisardo de la cárcel.
Ruido.
Tú pensabas que era ángel
que te había de salvar.
Pero parece que he oído,
aquí, sonar una llave;
y esto a garrote me sabe
según viene de escondido.
Para mí, dichosa palma
será el morir.
Ruido.
¡Ay, quién sea
alguno para albacea
de esta miserable alma!
Segunda vez a esta parte
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con recato, y con silencio
se escucha poner la llave
en la cerraja.
¡San Diego
me valga con sus mendrugos!
para que me quite el miedo
y la hambre.
Ya parece
que la oculta puerta abriendo
reverbera de la luz
algún escaso reflejo;
todo es un caos de dudas.
Ya se ha entrado aquí adentro
una mujer, o fantasma,
siendo para mí lo mismo
uno que otro; ¡ay, Señor!
santíguate, que moviendo
el paso aquí se encamina
y trae el rostro cubierto.
Sale Auristela con una banda en el rostro y una luz en la mano.
Corazón cobarde, alienta,
no tengas algún recelo,
cumple con tu obligación,
libra de este cautiverio
a Felisardo, aunque arriesgues
de un padre su respeto.
Viva quien me defendió
de aquel traidor, que volviendo
la cara a su Rey tomó
partido en el extranjero.
Este, según informada
estoy, es el aposento,
o calabozo, en que está
aquí Felisardo preso;
no quiero que me conozca,
y con el rostro cubierto,
de esta banda, le daré
libertad, y cumplo a un tiempo
conmigo, y con él, y queda
asegurado el secreto.
¿Felisardo?
¿Quién me llama?
Señor, santigua primero,
y forma en la mano cruces,
que con el rostro cubierto,
no puede ser cosa buena.
Apártate, y calla, necio.
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por el postigo excusado
que esta torre tiene vengo
a darte la libertad.
Santa
palabra.
Yo agradezco
la fineza que me hacéis,
pero advertid, que primero
os habéis de descubrir,
para saber a quién debo
esta fineza.
¿Qué dices?
¿Estás loco? Vamos presto,
salgamos de aquí, y nunca
quieras descubrir que es cierto
que será ángel, mujer,
deidad, Juno, Palas, Venus,
prodigio, y ¿qué más diré?
Que del todo me arrepiento
de santiguar y hacer cruces;
fíate de ella, que pienso
que es de nuestra redención
un paraninfo del cielo.
Felisardo, soy mandada
de una dama, que en secreto
para darte libertad,
se vale de este pretexto,
fiando de mi cuidado
este medio que ha dispuesto;
porque os es agradecida,
de lo que tú en algún tiempo
hiciste en Milán por ella.
Bastante digo con esto
para que sepas quién es.
Aparte.
Auristela es, ¡vive el cielo!,
aquesta que me está hablando;
y ya que por este medio
quiere darme libertad,
también yo ahora pretendo
hacer el desentendido:
segunda vez agradezco
la fineza de esa dama,
y advertirte también debo
que no sé quién obligada
de mí esté en Ferrara, y cierto
que es manifiesto el error;
pues leve conocimiento
no tengo en esta ciudad;
y si por ser estranjero
tiene piedad, hace mal
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esa dama, con pretexto
semejante, aventurar
su autoridad y respeto,
y así decidle que yo
esta atención agradezco,
y que más quiero morir,
como a noble prisionero
que no que diga la fama
que temeroso del riesgo,
me libré de la prisión.
¡Señor, has perdido el seso!
¡Jesús, y qué disparate!
Salgamos de aquí al momento;
déjate ahora de puntos
que hartos en las medias tengo:
y al cabo de la jornada
te quiero dar un consejo,
que es mejor salto de mata
que no los ruegos de buenos.
¿Tan falto estás de memoria
que te olvidas del sujeto
que a ti se halla obligada?
Te digo que no me acuerdo.
Pues no olvidas, Felisardo,
a quien te estima.
No puedo
decir otro.
Descúbrese.
Pues yo sí,
y arrebatando este velo,
¿niega ahora a vista mía
también el conocimiento?
Ya no es posible negarlo,
y rendido te confieso
que soy tu esclavo, y también
hoy a tus plantas ofrezco,
no la libertad, pues de ella
solo vuestro padre es dueño;
mas te sacrifico humilde
con debido rendimiento
alma, vida y voluntad,
corazón y fino afecto.
Pues me doy la enhorabuena
del penoso cautiverio
que padezco en esta cárcel,
pues de haber llegado a veros
a costa de mi prisión
por muy dichoso me tengo.
Felisardo, tente, tente,
que con menos rendimientos
ya me tienes obligada.
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Aparte.
¡Ha, desgracia!, que los cielos
tengan atado a este hombre,
y a la inclinación no puedo
de agradecida o rendida
apartarla de quererlo.
Con preguntas y respuestas
se estará pasando el tiempo,
y al negocio de la fuga
que tiene de ser primero:
vive Dios que no se hará
según el ensarte veo
de tanto punto deshecho.
Ruido.
Felisardo, ya que tengo
seguridad de libraros,
ven conmigo, porque quiero
que sin algún embarazo
desde mi propio aposento,
cuando ya todo el palacio
esté puesto en el silencio
para la marcha de Nápoles
tomes el viaje. Cielos,
la puerta por donde entré
parece que están abriendo.
¡Ay de mí!, que estoy perdida
si me hallan aquí dentro.
¿No lo dije yo que al postre
todo sería embeleco?
Turbado estoy, pero aquí
para en sagrado vuestro
hay segundo calabozo:
escondeos y matemos
la luz, y no temáis cosa,
que, como a noble, os ofrezco
perder mil veces la vida
antes que entren adentro
deste recelo.
Si muerta estoy.
No os alteréis,
entrad presto.
Matan la luz y escóndese Auristela, y salen el Conde con una luz, Laura y Flora.
Entrad, señora, que aquesta
es la cárcel en que tengo
a tu esposo aprisionado,
y supuesto que tu ruego
conmigo ha podido tanto,
como también el respeto
que a ti se debe, y también...
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Lo que me adviertes que debo
a Felisardo, el cuidado,
que con arrogante empeño,
expuso su bizarría,
para evitar el saqueo
de mi casa, y a mi hija
llevarla al sagrado claustro,
ignorando estas finezas,
y hallándome deste pueblo
su gobernador, falté
con Felisardo, y supuesto
que esta es la verdad, habladle
ahora, y os den consuelo,
que después a sus desdichas,
yo pondré todo el remedio.
El cielo pague a Vuestra Excelencia
tanto favor.
Yo pienso
que es este su calabozo.
¿Felisardo?
Aparte.
¿Quién? ¡Cielos!
¿Qué miro? ¿Laura en Ferrara?
Doña Laura y su nuevo dueño
viene ahora a visitaros
conmigo.
Aparte.
No tengo aliento
para poder respirar;
una estatua soy de hielo:
aunque estimo la fineza,
no deja, confuso el pecho,
de estar viendo que mi esposa
está en Ferrara.
No puedo
vivir sin mi Felisardo.
Aparte.
¡Cielos, mayor es el riesgo
del que pensaba!
¿Pajuela?
¿Flora?
Y pues, ¿te hallas contento
en la posada que tienes?
Molidos tengo los huesos,
el que nos condujo a ella.
¡Cómo estoy cuerda, si tengo
a mi esposo en mi presencia!
Dame los brazos.
Aparte.
Y con ellos,
turbada tengo la lengua,
cobro la vida.
¿Qué veo?
¿Felisardo muy turbado?
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Aparte.
dejadme un poco, recelos.
Habiendo ignorado yo,
Felisardo, lo que debo
a tu persona, es la causa
que no acudiese al respeto
que te debía; pero ya
que de vuestra espada tengo,
declarada esta verdad,
lo que mi hija al silencio
lo omitió y nunca dijo,
hoy mi palacio te ofrezco
para que sea hospedaje
de ambos a dos, pues deseo
ser tu amigo y de tenerte
a mi lado.
Sale.
Ya no tengo
embarazo que me estorbe
la salida. Yo agradezco,
por mi parte, padre mío,
su libertad.
Pues ¿qué es esto?
¿Cómo has entrado en la cárcel?
Aquí la verdad confieso:
viendo que el traidor Lisardo
llevó a Felisardo preso,
pues este fue el agresor
que atropellando el respeto
de nuestra casa, intentó
con título de saqueo
robar lo que había en ella,
y al alboroto y estruendo
llegó Felisardo, el cual...
mas ¿para qué lo refiero
si ya tú lo sabes? Vamos
al haberme hallado dentro
desta cárcel: viendo yo
la obligación que le tengo,
para darle libertad
dispuse con gran secreto
una llave, con tal fin
en vuestras manos la entrego,
y rogándole saliese
de la cárcel, tan atento
despreció su fuga, que
instándole con ruegos
se saliese, no bastaron;
entrasteis en este tiempo,
y yo, ignorando quién fuese
el que entraba aquí dentro,
solicité mi retiro.
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sea por miedo, o respeto;
y sabida la verdad
con humilde rendimiento
te doy las gracias, y pido
perdón si cometí yerro.
A celos no en vano estaba
turbada.
Ya no es tiempo
de castigar culpas, cuando
se viene al conocimiento
el origen que las causa;
y desde ahora concedo
libertad a Felisardo,
y mañana en el correo
al gran Duque de Ferrara
daré parte del suceso,
y le diré de Lisardo
los viles atrevimientos.
Deja, señor, que a tus plantas
tan rendido como preso
segunda vez sacrifique
esta libertad, que tengo.
En mis brazos te recibo
como amigo verdadero.
Y permitidme, señora,
que postrado por el suelo,
bese de tus pies las huellas,
por favores tan supremos.
A quien estoy obligada
solo con los brazos debo
recibirle y entregarte
a su esposa, advirtiendo
Laura, que el quererle tanto
no fue para darte celos.
Como amiga, te suplico
perdones mis devaneos,
que el ser mi hermano fue causa
de tener tanto recelo.
Señor, ¿y yo no estoy libre?
Sí.
Pues de este contento,
déjame dar cuatro brincos.
Pajuela, ten más sosiego.
Bastante fue mi castigo
con haber estado preso.
Y don Vicente Ximénez,
pide perdón de los yerros,
y también al auditorio,
advierte que en ningún tiempo
la maldición contra sí.
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nadie la eche, que el cielo
siempre castiga enojado
a quien, bárbaros y necios,
desesperados maldicen.
Y a la vista de este ejemplo
ofrece segunda parte
escribir de este suceso.
FIN.
