Texto digital de La inocencia en el desierto, Santa Genoveva
Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La inocencia en el desierto, Santa Genoveva. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-inocencia-en-el-desierto-santa-genoveva.
LA INOCENCIA EN EL DESIERTO, SANTA GENOVEVA
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ARROYO. LA INOCENCIA EN EL DESIERTO
Mss 15224
Biblioteca Nacional de España
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Vv 335
Mss. 15224
Pag. 3
Vr_335
Jornada primera
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7
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1
Comedia famosa.
La Inocencia en el desierto.
Por Don José de Arroyo.
Personas
Sifredo, conde palatino.
Lauro, su privado.
Osorio, barba.
Enrique, capitán.
Mosquito.
Drogan.
Ricardo.
Anfiro.
Genovefa, condesa.
Flora.
Damas.
Félix, niño.
Dos ángeles.
Música y acompañamiento.
Un niño nazareno.
Primera jornada.
{Dentro ruido de instrumentos militares}
Viva Carlos.
Carlos viva,
pues al valor de Sifredo
Pag. 5
Salen Sifredo, Enrique, Mosquete y soldados envainando las espadas.
Ya el africano rebelde
es de su espada trofeo.
¡Viva la fe!
¡La fe viva!
A muchos el viva ha muerto.
Por Dios, que esta vez los moros
han llevado pan de perro.
Más de cien mil se presume
de los contrarios han muerto.
Sin que hayan faltado mil
al parecer de los nuestros.
¿Y a cómo le habrá tocado
a este espárrago de acero?
¡Qué necia pregunta!
Pues, ¿no soy yo también del cuento?
Enrique, ya retirado,
aunque el aplauso y festejo
de tanto marcial tumulto
darme triunfos es su empeño,
retirado, a decir vuelva,
estoy, y aunque tal suceso
compite a rendirme glorias,
mas el huirlas deseo,
pues logran en la soledad
quietudes mis pensamientos.
Suena como a lo lejos el ruido de instrumentos militares acompañando a Enrique. Dice.
Es justa razón sentir
tu retiro, mas advierto
que el deber a tu grandeza,
ser capitán y el primero
que en tu concepto merece
desahogos a tu pecho,
no es para que sin tu gusto
deba desear el medio
de saber qué nueva causa
ocasiona tu desvelo,
que te retira de todos,
cuando todos, previniendo
laureles a nuestro rey,
por ti repiten diciendo:
«¡Viva Carlos, Carlos viva,
pues al valor de Sifredo
ya el africano rebelde
es de su espada trofeo!»
Y cuando, Sifredo, tú
has sido el glorioso dueño
de esta victoria, no huyas
a tan debidos festejos,
o merezca en tus cuidados
parte alguna con saberlos.
Porque mi afecto no culpes,
no admiren mis sentimientos,
escucha, diré la causa
tan justa de que me quejo:
Tréveris es la ciudad
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maravilla por lo excelso,
Babilonia por lo vario
de vecinos extranjeros,
por lo apacible, gentil
imitación del primero
donde por ser todo gracia
tuvo el pecado destierro
es mi patria; dejo aparte
mi origen, y nacimiento
pues publican que me hizo
fénix de tal concha el cielo
y que palatino conde,
me juraron desde luego
que de cavernas maternas
gocé anchurosos reflejos.
es divertir el discurso
y no acudir al intento.
No a cuatro lustros mis años
pagaban apenas feudo
cuando el cuidado en los míos
dispuso me redujese
al vínculo, y lazo estrecho
del matrimonio, porque
tener el príncipe dueño
es útil en los vasallos
y al logro deste deseo
de diferentes bellezas
los.
los retratos condujeron
unos primores del arte
en lo diestro y lo supremo;
otros siendo aun beldades
retóricos lisonjeros
para que en la variedad
dudase el entendimiento
siendo todos el mejor
cuál robaría mi afecto;
uno entre todos miré
que pudo con sumo imperio
dar leyes al albedrío
y a la obediencia preceptos
decir pude al verle absorto
acá en mi propio concepto
ya para la adoración
me obligas al rendimiento,
que a ser gentil, yo te hiciera
con holocausto tal templo
que desconociera a aquel
que abrasó Eróstrato necio
Esto al retrato, imagina
siendo más bello el objeto
al verle, qué le diría
te aseguro, que suspenso
reñí al pincel, que no puede
él ni humano pensamiento
ceñir un mar de hermosura
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de un corto espacio al estrecho.
Era pues de Genovefa
este que robó mi afecto,
siendo un atractivo imán
tan amoroso, tan tierno,
que con hacerme su esclavo
no mejorara de dueño.
Habiéndole ya elegido
sin dudar en el acierto,
partí a Brabante su patria
a disponer fuese luego
lo que el amor deseaba;
que dilaciones, las tengo
por esperanzas dormidas
a poco ardientes deseos;
dejo aparte que a sus luces
los príncipes extranjeros
mariposas de su amor
diesen gustosos al fuego
la vida, y en sus cenizas
labrasen merecimientos.
Y que festines, saraos,
invenciones, justas, juegos,
palestras, lides, sortijas,
toros, cañas, y torneos
fuesen de brío y valor
teatro donde se vieron
competir con lo gallardo
a porfía lucimientos;
y que lograse yo solo
las dichas de todos ellos,
que
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que lo diré en el discurso.
Aparte también lo dejo
por que pondere infinito
del retrato lo perfecto,
que al verle pude hallar
más que me informó el diseño,
que sus heroicas virtudes,
buen discurso, agudo ingenio,
solo el pincel de la fama
copia en la tabla del tiempo.
No bien hube mi propuesta
a su anciano padre hecho,
cuando él a su voluntad,
siendo tercero a mi ruego
se lo advierte, que no quiere
sin ella obrar; es buen medio
que si hicieran así todos,
hubiera menores yerros,
y las dichas se lograran
en brazos de los aciertos.
Su recato, en fin, después
que a costa de sus luceros
puso en manos de su padre
el logro de mis anhelos,
librando mis ansias todas
en un sí, muchos imperios.
Verla pude en un jardín,
dando a las flores alientos,
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Ponderar que su descuido
pudo avivar más mi fuego
no te admire, pues así
como suele el mayo bello,
depositario de aromas,
ostentar el candor regio
de la rosa entre otras flores
que la duplican su aumento;
así entre las que asistían
resplandecía, que es cierto
no compiten con el sol
aunque luzcan los reflejos.
Viome, mas nombrarme suyo
no la excuso, que del mismo
jardín pudieran las flores
tributar colores bellos
a su rostro; pues en él
de todos miré un compuesto
ocultase con recato
usando medios modestos,
que a un amante le parecen
de la estimación efectos.
Este esmalte en su hermosura
más valor por el deseo,
que el diamante no gozara
de aquel excesivo precio
si le poseyeran todos
solo a costa del quererlo.
Después que ya de Brabante
se mostró aquel noble afecto
que en los vasallos reinaba
en fiestas, bailes y juegos;
siendo de burlas la corte
copia de aquel Mongibelo
que abortó de sus entrañas
rencor, traiciones e incendios
en el belicoso bruto,
en el cauteloso ingenio,
dio gloria a los inventores,
a los troyanos lamentos.
Y después que a los festines
sus ideas compitieron,
dispuse para mi corte
no con poco sentimiento
de todos llevar mi esposa,
que era justo, a lo que entiendo
el no usurparles tal dicha
a mis vasallos y deudos.
Pues queja fuera, si Apolo
cuando ocupando su asiento,
un trono ardiente de luces,
no gozase a un mismo tiempo
alta cumbre, humilde valle,
ancho mar, corto arroyuelo.
Tréveris nos recibió,
excuso largos progresos.
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Como fue, pues diré solo,
que el regocijo y contento
tuvo principio por donde
todos los más fenecieron.
Dos veces aquesa antorcha
que domina el cuarto cielo
devanó de su madeja
los puros rayos febeos,
gozando de paz tranquila
dos años, pues adquiriendo
delicias que tributaba
un lazo tan halagüeño
estuvimos; ¿quién dijera
se desunieran dos pechos
que vivían con una alma?
Mas no es accidente nuevo
ser copia los azares
comúnmente a los festejos.
Desde que era no bien
en una quinta hube puesto
el pie, que de allí distante
a dos millas discurriendo
está, donde los sentidos
hallan tal divertimiento
que, sin cometer delito,
apetecen estar presos;
cuando al logro de esta empresa
Carlos me llama el guerrero.
Considera qué batalla
formarían a este tiempo
amor, voluntad, honor,
nobleza, amoroso afecto
en la congojosa plaza
del alcázar de mi pecho,
uniendo en aqueste lance
lo amante a lo caballero,
lágrimas de un bien perdido
por la ley, rigor severo
del amor, tiernas caricias
y de quien es el precepto
es constante, que a no ser
de la religión el celo,
que mi estado se perdiera,
que formaran mal concepto,
que no me juzgaran noble,
que atribuyeran a miedo
mi quietud; que en sangre ilustre
no es baldón de poco peso.
No lo tuviera a calumnia
si es que amante poseyendo
de mi esposa Genovefa
estuviese a cuellos tiernos
que con ella nada es mucho
y sin ella todo es menos.
Mira si con justa causa
doy rienda a los sentimientos
pues por lograr una dicha
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son mil las glorias que pierdo.
Cierto señor que fue Nino
el amante más perfecto.
Para contigo, ¿te acuerdas
de aquella historia de Orfeo,
cuando con sonoras cuerdas
de un bien templado instrumento
pulsando trastes de oro,
blandamente orando al plectro,
trocando en piernas de araña
el bullicio de sus dedos,
por de Eurídice el amor
se fue por su pie al infierno?
Pues tengo entendido que
contigo no manda pleito.
Justa razón, gran señor,
de tan noble sentimiento.
Que aun no dice la voz
lo que pronuncia el silencio.
Mas este cuidado tiene
afianzado su desvelo
en Lauro, que ha merecido
de mi privanza el afecto,
de modo que en mis estados
su gusto es ley y precepto.
Señor.
Razones busca.
Enrique, vamos, que quiero
a mi Genoveva amada
aliviar con el consuelo
de eximirla los pesares
que servirán de tormento
a su afable corazón.
Mosquito llevará el pliego.
Mucho siento de opinión
hayas de asistir al cerco.
A Mosquito.
Así lograré la gloria
de rendirla más trofeos.
Vamos para que te partas.
A la cuaresma con eso,
que como yo soy un bobo,
llámame parte, me entero,
y te aseguro, señor,
será feliz tu deseo,
que va en alas de Mosquito,
que es un ave de gran vuelo.
Vanse, y sale Genoveva, Flora, Lauro, damas, músicos y acompañamiento.
Suponiendo esta armonía
al gustoso de contento,
al triste de sentimiento,
y al bien y al mal de alegría,
permite, señora mía,
las voces sonoras den
aumento al pesar, o al bien,
pues de su efecto verás
si gustosa estarás más,
y si triste más también.
Ausente Sifredo, ¿qué
ha de haber, que baste, o pueda
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a lo ardiente de mis ansias
servir de alguna tibieza;
¡ay, esposo, ay, dueño mío!
Señora, suspiros templa,
que aunque ya ves ser justos,
me ocasionas que prevenga
presumas de mis cuidados
el tener alguna queja.
No, Lauro, antes os estimo
la cuidadosa asistencia.
Aparte.
¡Oh, razón, lo que acobardas!
¡Oh, voluntad, lo que alientas!
Tal satisfacción, señora,
en el alma queda impresa.
Mas permitid que las voces
lisonja al oído sean,
que no borran del amor
aquellas memorias tiernas;
antes bien arden de nuevo
las cenizas que están muertas.
Como es incapaz mi pecho
de que más vivas las tenga,
fuera agraviar la memoria
si tal recuerdo la hiciera.
Ya mi afecto reconoce,
no es digno que Vuestra Excelencia
con darse por bien servida
premio a su mérito fuera.
Es razón que quien mi gusto
con tanto fervor desea
no halle en mi atento cuidado
menores correspondencias.
Cantad, pues; pero advertid
que sea donde se entienda
el concepto mal formado
o las voces lleguen muertas.
Aparte.
Fortuna, pudiste hallar
ocasión mejor que aquesta
para que del corazón
mi labio intérprete sea?
Pues los mando que de lejos
canten; y dos en la bella
estancia de esos jardines,
al son de métricas cuerdas
formad acorde armonía
que su Excelencia lo ordena.
Vanse.
Ya todos te obedecemos.
Aparte.
Bien mi gusto lisonjean,
ahora delante mis ansias
el que la condesa entienda
equívoco mi cuidado.
Cantan a lo lejos de modo que la música no perturbe la representación.
Fía de mi diligencia,
así lo haré.
De ese campo
tengo esta espía secreta,
favorable a mis designios,
bien que a su crédito adversa.
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que a batallones de oro
en muradas fortalezas
no hay piedra que no se ablande
ni cuidado que no duerma.
¡Oh, interés, cuántos baldones
le ha dado al honor, por estar!
No me acobardes, temor,
porque donde el amor reina
es agravio a su deidad
el no querer por fineza;
solo esta; alentad, razones.
Mas balbuciente la lengua
ni se anima, ni desmaya
ni se acobarda, ni esfuerza.
¿Qué suspenso, Lauro, os miro?
Turbado.
Tal vez dicen que las penas
hallan alivio, señora,
si es que con otros se encuentra
que el rigor de sus pesares
con un mismo dolor sienta
en mí también.
Aparte.
No, no dudo
ser cierto; que te despeñas,
ya conozco su intención
y disimular es fuerza.
No dudo, pues, que tendréis
igualdad en la tristeza.
Aparte.
Fortuna a las confusiones
da para respirar treguas.
Y que de una misma causa
los dos efectos procedan,
que el ser tan leal vasallo
y de vuestro dueño la ausencia,
faltar a su compañía,
su señorío y grandeza,
del acaso la desdicha
librada a la contingencia
de un suceso, me ocasiona
que cuanto dijiste crea.
¡Qué respeto sus palabras
son rémora a mis potencias!
Así será, ¿quién lo duda?
Turbado.
Es verdad, mas no está exenta
la voluntad de un cariño
que en el corazón se engendra.
Cantando de lejos.
Luego estimáis...
¿Quién lo duda?
Siendo expuesto a la vehemencia
de ausente dueño, ya juzgo
a mi pena igual la vuestra.
A mayor extremo pasa
de mi pesar la violencia.
¿Cómo puede ser a más?
Idolatrando belleza
a quien no pueden mis ansias
publicar la causa de ellas.
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¿Que vuestra dama no escucha?
Aparte.
Sí, dadme valor, cautela.
Mas temo, si me declaro,
que toda su gracia pierda.
Aparte.
Y no mal, pues el delito
es de tu infamia profeta.
Ya parece que los ecos
a aquesta parte se acercan.
Música cerca.
Querrán que su habilidad
de tu atención premio tenga.
Suena la música dentro y que se oiga.
La música va a cantar glosando.
No me engañes, pensamiento,
por consolarme no más,
que la esperanza que das
es duplicado tormento.
Hecha neblí mi esperanza
tan remontada se eleva,
que en sí la palma se lleva
aunque la empresa no alcanza;
y sé que nace su bonanza
del ver que el entendimiento
la alienta, abatimiento
de conseguir esta gloria;
y pues vivo en tal memoria,
no me engañes, pensamiento.
Decir quiero mi pasión,
pero al ver que no merezco
atento oído, enmudezco,
volviéndola al corazón.
Mas me obliga tal razón
a que no olvide jamás
que tú me disculparás
si explico la idea mía,
que tiernamente porfía.
por consolarme no más.
Si a callar rindo mi brío,
hago insufribles los días
llorando desdichas mías
por un ajeno albedrío;
vivo con tal desvarío
que hablándole pierdo más;
ciego Dios, no excusarás
a tu arpón aquesta herida,
mira que es más dolorida
que la esperanza que das.
Con que de cualquiera suerte
temo perder lo que adoro,
porque si me explico lloro,
y en no hacerlo hallo mi muerte;
y así mi discurso advierte
sepulte en el sentimiento
el dolor, o entregue al viento
los suspiros de mi llanto,
pues habiendo rigor tanto,
es duplicado el tormento.
Mira si hay pena mayor
que morir sin declararme,
siguiéndose el abrasarme
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al explicar mi dolor
que es dueño tan superior
que temo si digo el acento.
No me engañes, pensamiento,
por consolarme no más,
que la esperanza que das
es duplicado tormento.
¿Dónde te lleva el destino?
Lauro, tu orgullo detén.
Aparte.
Aparte.
Tercero sea a mi bien
el jardín del Palatino,
y porque veas si fino
estar debo en el querer,
permite el rostro volver
a esa hermosa galería,
verás de la pena mía
lo noble del padecer.
¡Oh, lograse mi intento
con un retrato que hay suyo!
Vuelva en mí aliento, que arguyo
ser otro su pensamiento;
que yo, que siempre el aumento
solicito a vuestra fama,
voy a ver quién es la dama,
podéis hablarme después.
Al quererse ir la Condesa se detiene a la razón de Lauro y se mudará el jardín en una galería, y en ella se verá el retrato de Genoveva; y se turba al verle. Se le caerá un guante que levanta Lauro y, de rodillas, en el sombrero le dará a su tiempo.
Este su retrato es,
él dirá cómo se llama.
Ni el rayo en alta región
ni el trueno por él causado
cual tu veneno ha abortado.
Previene más confusión.
¿Es aquesa la atención
a tu dueño? ¿Así esclareces
tus hechos? ¿Así agradeces
aumentos de tu persona?
¿Así ilustras tu corona?
Mira qué gusto anochece.
Señora, el guante.
Dale con él en el rostro.
Tirano,
aunque sea prenda mía,
de tan vil hipocresía
así le toma mi mano.
Vuestro delito villano
os cause arrepentimiento,
porque si no el escarmiento
veréis en vuestra cabeza,
y aun para tanta bajeza
es moderado tormento.
Aparte.
Ya los criados al ruido
se acercan de la Condesa.
Disimulo aunque me pesa.
Si mi rigor no es temido,
mirad que tengo marido
que sepa vuestra osadía.
Aparte.
Ya le faltó luz al día.
Salen.
¿Ordena algo, señora?
Decir que no es fuerza ahora.
Pag. 15
venid en mi compañía.
Sale Drogan.
¡Oh sentido en que borrascas
tan sin sentido te anegas!
Para el oído un ultraje,
para la vista una afrenta.
¡Mirad que tengo marido
que vuestra osadía sepa,
que yo la vida desprecie,
y aquestas razones tema!
Sí, que perderla no es mucho
como con crédito sea,
o a lo menos que intentadas
las traiciones no se vean.
Mas que yo beneficiado
del gran Sifrido mantenga
embozado en su cariño
con tal veneno la fuerza,
y que al culto de su fe
sacrifique tal ofrenda...
Que si mi intento se sabe,
a un tiempo todo lo pierda,
fama, crédito y honor,
vida, privanza y nobleza,
que son de tal proceder
las seguras recompensas.
No, por Dios, viven los cielos,
no he de estar a contingencia
que mi elevada fortuna
verla en un punto deshecha!
Drogan, humilde criado,
¿no es el que agrada la idea,
por repartir las limosnas
de aquesta enemiga fiera?
¿No da indicios que su seno
viviente fruto alimenta?
Pues con tales prevenciones
he de apurar su inocencia,
intentando el más enorme
delito, la más horrenda
maldad que haya visto el mundo;
pues conseguiré con ella
cerrar al temor el daño,
abrir al amor las puertas.
Previniendo; mas Drogan
aquí parece se acerca.
Loco pensamiento, calla,
y advierte que no es vileza
en la corte de Cupido
ser traidor, que es cosa cierta
que el cauteloso es leal,
y ama el que no con tibieza.
Viéndole, se detiene.
Lauro está aquí, pues bien cierto
mil parabienes me diera
por no hallarle, que el humilde,
como vive en su miseria,
hospeda mal en su pecho
Pag. 16
Vanas pompas de soberbia,
volveréme sin hablarle.
¿Dónde vas, Drogan? Espera.
Como advertí que no está
en este jardín su Alteza,
se vuelve mi rendimiento
sin la fortuna de verla.
Asistir a su cuidado
es de todos igual deuda;
disponga mi engaño arte,
saber desmentir sospechas,
porque la lisonja siempre
mucho vale y poco cuesta.
(Aparte.)
¿Desde cuándo, afable Lauro,
mis servicios lisonjea?
Dices bien, pero ya advierto
ociosa mi diligencia
en buscarla, porque sola
pasa al cuarto.
(Quédase al paño y sale Genoveva.)
Aquí se queda.
Ya la verás. ¡Oh, cuánto temo
correr segunda tormenta!
Desde aquí podrá mi amor
gozar de toda su esfera.
Pues, Drogan, ¿cómo permites
a tu atención tal ofensa?
Tanto ausente de mi vista,
¿es buena correspondencia
qué responder?
Afligido por los pobres hoy me viera
para librar su socorro
en tu piadosa grandeza.
Pues, ¿ha faltado qué darles?
No, que es tal la Providencia
que en todos tiempos acude;
mas no aguardar a que venga
caso en que pedir milagros,
es prevención justa y cuerda.
(Quítesela.)
Pues, ¿hay en mí erario, alhaja,
que de ello dueños no sean?
¿Mi palacio, mis tesoros,
mi voluntad, mis riquezas,
no son a sus infortunios
francas y comunes puertas?
Y aun mi adorno, esta sortija,
será fundamental piedra
que labre en mi ardiente celo
la basa de sus promesas.
(Aparte.)
Nuevo aliento ha recibido
con aquesto ya mi empresa.
(Vase.)
Dale luego su valor,
porque la magnificencia
del dar no está en el dar mucho,
sino en darlo con presteza.
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¡Oh prodigioso colmo de virtudes!
¡Oh singular grandeza dadivosa!
¡Oh mano liberal, que siempre acudes
a ser tan franca, como fructuosa!
Con acción tan piadosa, ya no dudes
a la luz de tu incendio mariposa,
te sigan de tu afecto tales medras
que en panes se conviertan ya las piedras.
Sale Lauro.
Aparte.
De la acción de la Condesa
amigo Drogane he visto
gran virtud. ¿Hay más que hacer?
Su generoso cariño
aún excusar el mandarme
por ser más liberal quiso.
La sortija volverás,
que yo el valor más crecido
de lo que vale esa joya
te daré, y así consigo
no se malogre una alhaja
de valor tan excesivo.
Que este obsequio, aunque ella es dueña,
de mi buen afecto es hijo,
que ausente Sifredo es
obligación de mi oficio.
Bien le aliento, que a sus daños
este es seguro camino.
Porque la Condesa ajena
no esté de afecto tan fino,
iré y en su mano propia,
después que haya repartido
la recompensa a los pobres,
la pondré si así te sirvo.
Dale un bolsillo.
Esas cien doblas dar pueden
a tanta piedad principio.
Vase.
Harélo como lo ordenas,
que transformado le admiro.
Sale Anfriso y Ricardo.
Anda, que cuantos animas
son pasos al precipicio.
Que mis confidentes busque
para el intento es preciso,
y que verdad este engaño
hacer puedan los indicios.
Aunque a mis subordinados
a todo están prevenidos,
he de ocultar mi intención,
haciendo que ellos mismos
sean de mi ciego arrojo
si quedan fieles testigos.
Mas Ricardo acompañado
viene a esta parte de Anfriso.
¿Lauro, pues cómo tan solo?
Aparte.
Vengáis en buen hora, amigos.
Empiece a obrar mi cautela.
No lo extrañéis, que colijo,
si de mí pudiera huir,
me ausentara de mí mismo.
¿Qué ocasiona tu tristeza?
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Pues que sois en quien yo fío
el peso de mis secretos,
este a todos ha excedido
y así medid con mis voces
la atención de vuestros oídos.
Ya sabéis que por ausencia
de nuestro Sifredo invicto
al cuidado de su casa
Argos quedé, que corrido
el labio pronunciar teme
que como yo más asisto
a nuestra aleve condesa,
por esa causa haya sido
el que entienda, que ha violado
el honor más peregrino
del linaje más ilustre
que en duro bronce está escrito.
¡Cuánto estimara callaros
su ofensa! Pero advertido
de que nada así remedio,
quiero ver si en el decirlo
hallo consejo que pueda
ser a tanto mal alivio.
Con qué vergüenza os diré
el traidor vil atrevido
a tanta gloria. ¿Quién sea?
Pues Drogan. Aun el estilo
de las razones no encuentro
cómo podré referirlo.
¿Juzgáis que tanta maldad
no se reboza en los visos
de su infame hipocresía?
Que ese es el medio mismo
con que goza sus caricias,
y triunfa de su albedrío.
Y es cierto que sin su error
no fuera el conde ofendido.
Y que en ella se quedara
yo callara; pero miro
oscurecidas sus glorias
no ilustradas del castigo;
y así que a mí me toca
quien después de dar avisos
a no tan presto por si puede, capte
rendir mi amor persuasivo
su constancia con violencia
ya que no con los cariños.
Y pues me toca en su ausencia
atento mostrarme y fino,
su honor manchado peligra,
para estorbarlo os suplico
me digáis qué debo hacer.
Mas no, excusad el decirlo,
hasta que por algún medio
sean vuestros ojos mismos
los que lo vean, y entonces
el parecer no esté tibio.
Te aseguro.
Te prometo.
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Yo te protesto.
Te afirmo.
Que sin ti para creerlo
ha sido todo preciso.
No es ocasión de dudar,
cuando en mí hubiera sigilo,
sin cuidado a vuestros ojos
se vinieran sus delirios.
Pues mirar por nuestro dueño
es lealtad.
Muy bien has dicho.
Retíranse los tres al paño, sale Genoveva con una carta, Flora, damas y Mosquito.
Aparte.
La Condesa con un pliego
se va acercando a este sitio
y así, entre tanto que pase,
retirémonos, amigos.
Quiera el Cielo que logren
aquí aliento mis designios.
¿Tienes más de qué informarme?
Todo, Señora, lo he dicho.
Vuelvan a leer mis ojos,
en muestra del regocijo.
Sin duda que algún despacho
a la Condesa ha venido,
y, pues asistirla es fuerza,
en habiéndolo sabido,
volveré; a que me esperad.
Tu gusto, en todo, seguimos.
Me alegro que a tan buen tiempo
lleguéis, Lauro.
Aparte.
Solo ha sido
malo para mí, no estando
siempre a tu gusto rendido.
Con falso arrepentimiento
templemos su enojo altivo.
Aparte.
Dale la carta.
Equívoco da a entender
que su culpa ha conocido,
y por obligarle a que
su yerro enmiende, permito
a mi recato franquee
lo que al Conde le he debido.
Sifredo de aquesa suerte,
da treguas al dolor mío;
leed, porque conozcáis
qué debéis a su cariño,
en tanto que en su respuesta,
cortas razones escribo. Flora.
Ya tienes aquí
tinta y papel prevenido.
¡Por Dios, que la tal Florilla
no tiene muy mal hocico!
Señores, ¿no es un retrato
de mi cara, en lo bonito?
Si la esperanza a mi pena
le viste solo el alivio,
y si la ausencia me ahoga,
con su brevedad respiro;
bruto deslumbrado, espero
ser mariposa, que al fuego
Pag. 20
en el ardor de tus soles
galantee su peligro.
Y en tanto, ser Lauro a quien
toda tu asistencia fío,
puede aliviar mi pesar.
Adiós, bello dueño mío.
Levántase de rodillas.
¡Oh, quiera el cielo que vayas
al paso de mis suspiros!
¡Vive Dios, que este señor
tremendo agravio te hizo!
¿De qué suerte?
Porque estás cuatro dedos, yo lo fío,
sí, más bizarra que un día
te pintó; y a él permito
los ayes para quejarse,
fuego para su cariño,
tierra para su fiereza,
viento para los suspiros,
y agua en que le doy licencia
para hacer dos pucheritos.
Dale la carta.
Lauro, premiad la lisonja,
y con aquesta que he escrito,
cerrándola, despachadle.
A Mosquito.
A solo servirte aspiro.
Esperadme, que ya voy.
Vase.
Mirad que no soy judío.
Dejadme.
Vanse los dos.
¿Sola te quedas?
Mis penas están conmigo.
17
A Lauro.
Vámonos.
¿Quedarse sola?...
Esperad porque imagino,
¿no es acaso...
Di, ¿Drogan no es aquel?
Sale Drogan.
Sí, detenidos por un instante aguardemos,
que podrá ser su incentivo
ardor, pues tiene ocasión
dar de verlo algunos visos.
Señora, muestre mi afecto
hoy también su regocijo.
En todo pagas, Drogan,
lo grande de mi cariño.
El corresponder es deuda.
Eres siempre agradecido.
Sí, señora, he de mostrarme
liberal sin serlo.
Dilo.
Los ojos muestran parleros
lo que previene el oído.
Vuelve la sortija.
Recibid esta sortija.
Mirad su intento atrevido.
Pues ¿cómo sin que me digas
en qué estado el amor mío
su recompensa ha logrado,
puedo admitirla?
Toma la sortija.
Yo fío,
que tu afecto, gran señora,
está bien correspondido.
Pag. 21
Con tal calidad la acepto,
ven, y en el frondoso sitio
del jardín divertirás
con el suceso el oído.
Vanse. Salen los tres.
Decir pueden las sospechas
ser más claras.
Aturdido
dudo si despierto o sueño.
A mí me engaña el sentido.
Ya veis en nuestra lealtad
salpicado aquel antiguo
blasón, porque nuestro dueño
siendo el móvil, es preciso
el acaso bueno o malo
reparta en sus individuos.
Solo a vengarle aspiramos,
Ricardo, su rumbo sigo,
que cuando no publicara
la traición aqueste indicio,
es soberbio y poderoso.
Pues el conde le ha admitido
en su lugar, no me toca
más que obedecer rendido.
Cómo ha de ser.
Eso quede a disposición y arbitrio
que discurrir puedes pues.
Pues el parecer es que sigo
que este mísero criado
traigan hoy preso y cautivo
en una oculta prisión
viva muriendo, y a un mismo
tiempo también la condesa
por más decente camino
tenga más noble custodia,
para que así el poderío
no la dé lugar a que
dé libertad al impío
Paris de tanto tesoro,
y ejecutado el aviso
daremos a nuestro dueño,
luego que al orbe ofrecido
haya el fruto que albergado
en sus entrañas cobijo,
que no dudo a los pasados
ha de exceder este indicio.
Dices bien, no lo dilates.
Yo cruzaré ese peligro,
a fortuna están las velas
al aire de tu destino
no en playa serena ampare
algún oculto bajío.
Fin de la Primera Jornada.
Jornada segunda
Pag. 22
Segunda Jornada.
Sale el Conde Sifredo, y Mosquito con una carta en la mano.
¿Qué frío me has tenido?
Dale la carta.
De los finos amantes
siempre ha sido
arenga muy usada,
aunque sea muy corta la jornada,
hacer a los instantes
horas, y vigilantes
las horas días, los días semanas,
y aumentando a su pelo dos mil canas
a las semanas meses prolongados,
años los meses, y desesperados
siglos los años; de donde se infiere
que vive la esperanza el gusto muere,
porque el tiempo se alarga, según veo,
si camina en los brazos del deseo.
Mas esta se ha tardado;
me disculpe, señor, del mal recado,
que en haciendo el negocio que conoces
puede dar el criado cuatro voces.
Mi afecto lo ocasiona.
Lee Sifredo.
Acabará con ello tu persona.
El iris de vuestro alivio ha sido consuelo a
mis males, y clara serenidad a mi borrascoso
dolor; mas no ocasiones con vuestra
dilatada ausencia sean triunfos de
la parca dos víctimas que contingencia
tiene la que viviente en mi claustro se
alimenta, labrar con tanta pena su sepulcro.
= Vuestra Genovefa.
Que ya tiene mi cuidado
quien queda continuará el heredado
blasón, y el adquirido
de tanto ilustre conde esclarecido.
Sin duda el amor quiso
no dejar al Parnaso que indeciso
cariño tan unido
quedase en dos amantes dividido.
¿Cómo quedó mi esposa?
De tu ausencia llorosa,
dando a las flores perlas,
que decir pude al verlas
cayendo del cielo:
me hizo ver las estrellas en el suelo.
Pues si yo te dijera
al ver su rostro, que era
de mil auroras salva,
lo creyeras, que tocando el alba
vi las manos hermosas,
y envidioso el cabello de estas cosas,
si vieras cómo huía,
y al céfiro decía:
no riguroso como juez me trata,
que no he de buscar fuego donde hay mata.
Luego mar componía su hermosura
y al ver que se explayaba en su blancura
con ánimo desvelo
el mar andaba suelto por el cielo.
Pag. 23
que él reformaba airoso
un escuadrón copioso,
descubriendo tal frente a su hermosura
que ni sobra ni falta se le apura;
a sus ojos y cejas dio las bellas
armas Cupido, pues con arcos ellas
flechas arrojan de amoroso fuego,
de donde colegir pude yo luego,
viendo que la color tan negra sea,
que nacieron sus niñas en Guinea;
viera a la nariz (ay, que no es nada)
en destreza un tantico apasionada,
pues la admiré perfecta
porque en perfil estaba estando recta;
despreciaban las rosas sus mejillas
que no se adornan ya de estas cosillas,
pues fuera agravio al cielo
realzar sus quilates con el suelo;
no me empeño en pintar, señor, la boca,
por ser para mi musa cosa poca;
dos claveles sus labios admiraba,
rasgados sí, pues con temor dudaba,
cada vez que la veía,
si era rojo coral que se vertía;
los dientes es locura ponderarlos,
en plata he de contarlos,
que como son menudos
no puedo en mis conceptos que son rudos;
la garganta ostentaba ser señora
20
gastando mucha nieve a cualquiera hora;
efectos de verdad su talle tiene
pues sin quebrar delgado se mantiene.
Ves la aquí mi pintura ya acabada,
que aunque faltan los pies no es casi nada,
perdona lo atrevido
y prémiame con darte por servido.
Nueva guerra has formado al pensamiento.
Pues señor, como ciego de mí cuento,
estándola copiando por traerte
su belleza pintada de esta suerte,
se fue con sus criadas
y no pude seguirla sus pisadas
porque no distinguía.
Calla, calla,
que a todas las potencias das batalla.
De Aviñón el combate humilló al moro,
por cuya causa tal ausencia lloro,
adonde la victoria si fue suerte
morir Enrique, fue para mí muerte,
y pues falta no más sus torreones
dejarlos con defensa y guarniciones;
luego esta diligencia fenecida
vamos donde renazca a nueva vida,
pues vivo con celos ya sin remedio
habiendo tierra tanta de por medio.
Vamos, señor, mas sabes qué reparo...
¿Qué?
Abenamar el moro de lo caro
Pag. 24
Desamparado el campo el temor cesa.
Mi cobardía librar no prospera,
de amor el arte, y teme mi flaqueza
nuestro quebradero de cabeza.
Vanse y sale Lauro, abriendo una puerta, y una llave en la mano, y a un lado del teatro habrá una reja como de prisión.
Abro la primera puerta,
no hollada de humana planta,
desde que yacen sirvientes
cadáveres en la estancia
desta torre la condesa,
y abogan en partes varias.
Reducir este imposible
no pueden mis ciegas ansias.
Un hierro enlaza otro hierro,
que entendí que violentada
tu altivo blasón rindiera
a mi loca confianza.
Ya es delirio el discurrir
que es cierta la publicada
traición, me importa que sepan
y que en aqueste alcázar
de la prisión, ha ofrecido
el fruto de sus entrañas,
no sabiéndolo ninguno
sino es aquesa criada,
que la truje a quien yo traje
ausente Sifredo para
que obediente a mi precepto
su voluntad granjeara;
que siendo cómplice tengo
mi intención asegurada;
y de quien yo he de valerme,
porque su padre en la magia
es árbitro, en que patente
a la adulación bastarda
adornos de verdad viste,
como áspid en flores varias,
a cuyo ruego rendido
halla alivio mi esperanza.
Y aunque un tierno infante ha dado
de tinieblas a luz clara,
un mes ha, que ha nacido,
ha de ser la voz y fama
corriente, que si en diez meses
que el gran Sifredo ha que falta
al fin de ellos se publica,
el parto hará disonancia
a lo natural de donde
han de colegir la infamia;
y aunque la filosofía
por sus principios alcanza
puede, en un año y más tiempo,
habitar la breve estancia
maternal lo concebido,
no todos de ella se abrazan;
y más cuando las sospechas
a evidencias se adelantan.
Esto ha de ser, y a Sifredo
avisaré con tal traza,
Pag. 25
22
que agradezca mi cuidado
moviéndole a que la saña
de su cólera reduzca
a breve pira la llama
que ardiente vive en su pecho.
Disponiendo forma que haga
montes de ira soberbios
que obliguen a sepultarla.
Su prisión es esta, yo
he sido el alcaide y guarda
que de otra suerte pudiera
mi traición correr borrasca.
Dentro.
Piedad, clemencia santa,
si es que puede moverte pena tanta.
Drogan dentro. Ruido de cadenas.
A esta parte la Condesa
se lastima, no intentara
mi traición, su tierno llanto
confieso que me templara.
Tirano, ya postrada
tienes aquesta vida desdichada.
Como que abre otra puerta y a este tiempo se verá como un cuarto alhajado de libros y escritorios.
Aquí al son de la cadena
Drogan afligido labra
al compás de sus pesares
lastimosas consonancias,
y en ambas partes el llanto
y la queja en partes ambas.
Veo si habrá tal rigor
triunfado de la constancia,
deste hielo a mis suspiros,
de aqueste bronce a mis ansias.
Mas no muera mi porfía
aunque viva en su desgracia.
Abro esta puerta segunda
que del retiro es estancia
de la Condesa, ¡oh fortuna
si una vez te mejoraras!
Noble Condesa del tronco
de Bravante ilustre rama.
¿Quién de mí tiene memoria?
Quien nunca de ti la aparta.
Falso tirano, ¿qué quieres?
Cruel traidor, ¿no te basta
el rigor con que soberbio
hoy mi inocencia maltratas,
sin que el objeto presente
tenga en ti de mi desgracia?
Suspende, divino dueño,
las iras con que amenazas,
que para darme la muerte
tus ojos hermosos bastan.
No te canses, falso, aleve,
desvanece tu esperanza,
que Deyanira he de ser
no rindiendo mi constancia.
Aunque Alcides en valor
y traiciones te mostraras,
pues robar o aprisionar
con suposición falsa
este despojo viviente
Pag. 26
23
podrás; mas quédame el alma
que no se rinde a violencias,
ni rigores la contrastan.
Libertad vengo a ofrecerte,
aunque yo solicitarla
debiera de ti; pues eres
el dueño por quien esclavas
mis potencias se confiesan
de su atrevimiento errada.
Admítela por favor,
si solamente la cambias
a que alienten mis congojas,
a que se templen mis ansias,
a que cesen mis suspiros,
a que premies penas tantas.
(Vase.)
Tirano cruel, no juzgues
que el rigor con que me tratas
a vista de tus caricias,
ha de abandonar la clara
fe con que a mi esposo adoro.
Ejecuta, piensa, traza
nuevos modos de tormentos,
que todos juntos no bastan
a salpicar del armiño
de mi honor aquella blanca
piel que le conserva hermosa
la castidad, también guarda.
Mártires a quien coronas
ofrece y de eternas palmas,
una de ellas apetezco.
Escollo soy, que no acaban
del viento golpes soberbios;
antes más bien le reparan,
que si furiosas las ondas
le encuentran, ellas le labran;
pues las ofensas le pulen
y los combates le esmaltan.
Conmigo no han de poder
ni violencias, ni templanzas,
ni dulzura, ni crueldad,
ni lisonjas, ni amenazas.
Mira si este desengaño
te da alguna confianza.
Espera, fiera, detén,
halle alivio el mal que ultraja
mi corazón en tus voces.
Es una tigre de Hircania.
Pues supiste mi intención.
Ya sé que de mí aprobada
fue, creyendo las violencias
rindieran altivez tanta.
Pues así como la abeja
de amargos licores saca
dulce néctar que aprisiona
la colmena en cárcel parda,
así juzgué que pudiese
reducirla.
Pues no bastan
medios ningunos, ya es fuerza
Pag. 27
confirmar la publicada
traición; y así a tus ardides
mi riqueza es tributaria.
Ten por cierto que el servirte
fue siempre mi mayor ansia
y que por hacerlo soy
cómplice en fortunas varias.
Lo sé, porque a no serlo
un veneno asegurara
el secreto, pues ahora
la mayor fineza falta
que hacer.
Si en mi diligencia
la tienes, señor, librada,
no es mayor pues todo es poco
para darte gusto.
Basta;
Sifredo sabrá su pena,
que despaché con la carta
a Ricardo, y por si altivo
e irritado de la saña
que el aviso ha de causarle
dispone que la venganza
sea por sí, determino
ver de Aviñón las murallas
que teniéndole ya ciego
el enojo, cosa es clara
podré guiar su pasión
donde asegure mi fama.
La Condesa, como que está en el cuarto con un papel en la mano, y Lauro y Floro como que le están hablando.
Echa el papel en el escritorio.
Pues llora esta divertida
y contra mí conjurada,
siendo a tanta pesadumbre
en parte la mayor causa.
Este papel cuyos rasgos
mi infeliz suerte retratan
escrito con sangre, que
también quiere mi desgracia
negro licor, no permitan
por este riesgo a mis ansias
sea quien en algún tiempo
por si las penas me acaban
diga cómo mi fortuna
a un casto amor fue contraria.
Este retiro del Conde
tal vez suele ser estancia
y pues el breve resquicio
de este escritorio me llama
a que por él a su centro
pueda dejar sepultadas
las razones que contiene,
logre la breve esperanza
de que algún día por él
se publique traición tanta.
Y estando tú ausente...
Fío de Anfriso la vigilancia.
Esto ha de ser, mis cautelas
sabrás después lo que trazan.
Pues de que te he de asistir
puedes tener confianza.
Vase.
Pag. 28
A cerrar vuelvo la torre,
mi intención asegurada
considero; pues testigos,
indicios que el parto causan,
magia que mira a mal fin,
a que obras no tema bastan.
Vuelve el teatro como estaba. Vase.
Salen Morquito y Sifredo, parándose.
¿No dejan de darme enfados
los caballos aunque pocos?
Mas ya a los dos como locos
los dejo, señor, atados.
Dolor, la pena es forzosa,
a vista de tal tormento;
pues mi mayor sentimiento
es no saber de mi esposa;
y pues ya de la pasada
herida que en esta mano
logró el bárbaro africano
mejoró nuestra jornada,
prosigamos.
Fue impensado
el rebelión que formó.
Mucha gente nos quitó.
Mas quedó descalabrado.
Pero me admiro, y no en vano,
de aquestos que te han herido,
siendo tú tan corregido,
que te vayan a la mano.
Deja pensamientos vanos,
pues hemos de llegar presto.
Eso vaya, mas por esto,
hubo moros y cristianos.
La ausencia, muchos destierros
me causa.
A mí dos mil lloros,
que de tratar con los moros,
estamos dados a perros.
Mas un consuelo imagino
que nos queda.
¿Cuál es, di?
Valer a Maravedí
cada cántara de vino.
El gustarlo no es decoro
de mi ley.
Dicen, ufanos, moros no beben, cristiano,
sino beber, moro y moro.
Cuando ellos comían, vi,
cuya regla observo yo,
pedir agua de por no,
mas el vino de por sí,
con que ausentes sus personas,
nuestro vino dejarán,
y se irán a Tetuán
los tales a coger monas.
Mas, ¿quién a la vista está?
Lo sabré; pero ya viene.
Ya llega. Di lo que conviene.
Ya, señor, él lo dirá.
Sale Ricardo con una carta.
Permite sellen mis labios
la estampa que tu pie forma.
Pag. 29
Ricardo, sube a mis brazos,
de esa tu esperanza logre
de mi mano las albricias,
¿ha tributado la concha
de mi esposa aquella perla
que en su nácar aprisiona?
¿Te suspendes? ¿Enmudeces?
Dime, ¿acaso se transforma
mi dicha en que haya apagado
la Parca la ardiente antorcha
de la vida de uno u otro,
o ambos trocaron a sombras
la luz de su vida? Di.
Permite, señor, que a solas
quedemos, que así presumo
a Vuestra Alteza le importa.
Dejadnos solos, Mosquito.
Vase.
¿No es bien desdichada cosa
que pequemos de ordinario
en el undécimo, y da
la vida, cuando hay que hablar,
está el criado de sobra?
Pues, señor...
Ricardo, di.
Aquesta el silencio rompa.
Muestra, que presagios ciegos
el corazón alborotan.
Lauro desta suerte escribe.
Temiendo está el alma toda.
26
Lee.
Representa.
Si no temiera decir
tu desgracia lastimosa,
a este papel confiara
el testigo que me ahoga.
Bien temo que tu familia
no deja estar noticiosa,
y así Ricardo dirá
la pena que me congoja.
Ningunos medios bastaron
a estorbarlo, porque toda
mi actividad engañó
la modesta cautelosa.
Y porque culpar no puedas
mi fidelidad heroica,
aqueste infeliz aviso
te doy aunque a mucha costa
hasta que el tuyo me informe.
Siendo los que le ocasionan,
detenidos estarán
con vigilancia y custodia.
Aún viven mis confusiones
en sí mismas, pues zozobran
en la duda, no ignorando
ser la tormenta forzosa.
Este enigma me descifra.
No obedecerte perdona
que mi voz...
No te suspendas.
Pues tu honor...
Voz rigurosa.
Se ha eclipsado.
Pena fuerte.
Pag. 30
27
Faltando...
¡Aguardad, congojas!
A la ley...
¡Terrible caso!
Conyugal...
Ahora, ahora,
penas, llegad todas juntas.
Con Drogan...
¡Oh, vil deshonra!
De cuya traición...
¡Ah, rabia!
El fruto...
¡Mortal congoja!
De un infante...
¡Qué rigor!
Da resultado...
¡Ah, engañosa!
Que tú ausente...
Aquí, atención.
Diez meses, duque...
¡Traidora!
A luz dio...
¡Rigor esquivo!
Quien publique tu deshonra.
Calla, cierra el labio, calla,
qué tósigo, qué ponzoña
se ha apoderado en mi pecho.
¡Ah! ¿En aquesta forma
habías de oscurecer
las luces de tanta gloria
como ha adquirido mi brío?
Eres esfinge engañosa,
sirena que es la virtud
extranjera en su persona,
falsa Circe, tus halagos
son espinas venenosas,
que no se siente el dolor
hasta que el cuerpo inficionan;
cocodrilo que en el llanto
cifra intenciones traidoras.
¿No has ultrajado mi honra,
no has abatido mi pompa?
Pues yo la daré la vida
con la que está en ti de sobra,
y aun más; pues curaré una
a costa de dos, y a costa
de ese que es quien tu delito
en mudas voces pregona.
Mas, ¿dónde vas, pasión mía?
¿Adónde vas, furia loca?
Suspende un poco las iras.
¿Es posible aquella hermosa
imagen de Genoveva,
quien la que mi pecho adora,
lo que hace mi valor
haya de borrar su sombra?
No, no, no es posible, no,
aquella honestidad corra
por sendas de contagiosos
celos que el alma alborotan.
Siempre admiré sus acciones.
Pag. 31
28
de virtudes muy copiosas.
No puede ser, miente el mundo,
el cariño es quien informa,
no fue siempre grande, si
luego es cierto, no se ignora.
Si otro hubiera me avisara
el que tuvo, mas ya es cosa
muy usada en las mujeres
acariciar cuando roban
el honor; pues aseguran
el que no esté sospechosa
su traición, ¡qué grande es esta!
Dime ¿has visto algunas sombras
que hayan turbado mi honor?
Señor, no es bien tu persona
acentos que son agravios
y que tanto al honor tocan
segunda vez repetidos
de quien te estima, los oiga.
¡Ah rencor, ah rabia, ah celos!
Prevenid bosque furiosa
vuestra saña tal castigo
que iguale la ofensa toda.
Ricardo vuélvete al punto
y di a Lauro que disponga
prisión más estrecha a quien
tanto mi enojo ocasiona.
Presto vean mi castigo.
Así lo haré.
Vase.
Ahora, ahora celos abreviad la vida,
desquiciad las luminosas
antorchas; prevenid rayos
que sepulten mi deshonra: ay
si conmigo sois crueles
¿cómo piadosos os nombran?
¿no hay un rayo para un triste
de cuantos la nube forjan?
Sale Ricardo.
Gran señor.
Vuelve.
¿Cómo a mis ojos,
cuando os da mi pensamiento
alas que excedan al viento
para explicar mis enojos
a Lauro, aunque a tanta costa
vuelves a verme? Ira ciega.
Porque a aqueste sitio llega
corriendo, señor, la posta.
Sale Lauro de camino.
Permite tus reales plantas
una y mil veces te bese.
Amigo, en mi estimación
mejor los brazos mereces:
en fin mi honor yace muerto.
¡Oh cuánto el corazón siente
tu desgracia, oh quien pudiera!
Suspende el labio, suspende,
que un puñal es cada voz,
veneno que el alma bebe,
¿y la condesa?
En tu cuarto yace cadáver viviente.
Pag. 32
¡Ah, infame, que tal engaño
en tanta virtud cupiese!
Turbado.
Yo, señor, hoy, cuando se...
me prevengo a obedecerte.
Tú cumpliste.
Deprisa.
Sí, señor.
Por tu respeto obediente,
vasallo fiel me mostré;
mil temores me previene
la fantasía; excusemos
razones, que es contingente,
siendo muchas, una a otra
se contradigan, o encuentren;
para excusar este riesgo
cauto el discurso me advierte
hacer notorio el engaño
que prevengo; pues se ofrece
Flora, a que queda su padre
hacer la traición patente,
en cuya asistencia ya
me ha pedido que se quede,
el cual prevenido queda
a mi persuasión, de suerte
que vida y alma no dudo
por solo obligarme arriesgue,
tanto el poder y riqueza
en humildes pechos puede.
¿Posible es que en Genovefa,
tan grande traición cupiese?
29
Aparte.
Mi traición con este engaño
asegurarse pretende.
Señor, ya tendrás noticia
cómo en esa quinta agreste
en lo oculto de una gruta
que mal formada parece
Orzio habita, cuya ciencia
podrá ser haga evidentes
con mi aviso conformando
sus traiciones; porque puede
tanto su ciencia, que el tiempo
más remoto hace presente
cuya fama me condujo,
invicto Sifredo, a verte.
Sus magias, Lauro, no estimo,
porque equivocarse suelen
natural y judiciaria.
La científica no ofende.
Suponiendo obrar por ella,
aunque es suposición leve,
llevo a seguirte ánimo.
Para diligencia breve
que hallar pueda lo contrario,
bien es que el medio imprudente
despaches, Ricardo, solo.
(Vase.)
Voy, señor, a obedecerte.
Paseándose él y el conde.
Su ciencia y saber es tanta
que dicen dominio adquiere
en aves, fieras y plantas.
Pag. 33
En tierra, en el mar, en peces,
En aves, cielo y abismo,
En nubes y en cuanto tiene
Dentro de su redondez
Ese zafiro celeste.
A la clara luz del sol
A su pesar oscurece,
Forma batalla en los aires
Y de un río la corriente
Enfrena, las aves torpes
Con su voz al suelo vienen;
Las yerbas y flores muchas
Muestra en el agosto verdes
Entendiendo sus virtudes
El mar gime, y le obedece,
El viento, la tierra firme
A su voz fácil se mueve.
Mas ya a su estancia llegamos.
¿Reparas lo que guarnece
Esa puerta?
Véase la boca de una gruta guarnecida de diferentes testas de animales.
Sí, de testas
De varios brutos agrestes,
Y por no dudar llamemos.
Suena ruido de tempestad y se cubre la luz.
Digo: ¡Ah del albergue
Lóbrego de aquesta gruta!
¡Ah del caos, ah de la siempre
Confusa y trémula estancia!
¿Qué nos responde? Parece
Que sopló el aire, pues forma
De negras nubes mil huestes.
Sin duda son prevenciones
Para que el ánimo prueben
A los que le buscan.
Pues nunca el valor desfallecer
Ha de.
Sale Onofre de pieles, báculo y barba larga.
Ya vengo a saber
Qué tus deseos me quieren.
Antes que al intento pase,
Dime por ventura, ¿eres
Corsario de estas campañas?
Porque la puerta me ofreces
Con despojos venatorios
La duda, y así...
Detente, que satisfecha presumo
Quedará de aquesta suerte.
Vuelve a mi estancia los ojos
Y mira lo que te ofrece.
¿Qué ves?
Variedad de vidrios
Cuyos licores parece,
Según los muestran sus copas,
Son en color diferentes.
¿Qué más?
Una esfera admiro
Que todo el volumen mueve
En dos polos, cuyos puntos
Su diámetro contienen.
Pues porque la duda ya
En tu concepto no reine,
Dicen los que ves aquí:
Pag. 34
31
cifrados que se previene,
mi estudio para su asiento
de animales diferentes
por cuyas virtudes toco
los influjos más celestes
de los astros que a los cuerpos
sublunares les dan leyes,
cuya unión a flores varias
arduos secretos emprende.
Ya responde a tu pregunta,
prosigue, di lo que quieres?
¡Ah, rigor!, que los deseos
me obliguen, rindan y fuercen
que no solo por oídos
sino por la vista entre
el dolor de quien desea.
Yo lo diré, porque deje
el sentimiento al silencio
tu voz, te has de hacer presente
parte de uno que ha pasado
en término de diez meses
con la condesa y Drogan,
que es en el que ha estado ausente
Sifredo.
Mal quedo yo.
Sabes lo que me conviene.
A Lauro.
Sí, mas decir que mal quedo
es para avivar su ardiente
deseo que el apetito
de la privación previene,
y confía he de servirte
aunque yo propio me arriesgue.
Bien está, su gran señor le persuade.
Cuanto tiene el mar en ondas ocultas,
cuanto dora el sol ardiente
es poco para rendirte
si mi fineza te debe este agasajo.
Señor, ¿es posible que te lleve
después que así...
No te canses,
porque de esa suerte crecen
mis presunciones.
¿No temes tu peligro?
Si de verle mariposa soy que anhela
por el alivio a la muerte.
¿Tendrás valor?
¿Eso dices?
¿Me culparás?
¿Tal previenes?
Pues atended cuidadosos,
¡oh esferas!, a cuyos ejes
lince de toda la tierra
el tiempo que fue, y presente
para eterna duración
les tributa caracteres;
favoreciendo mi ciencia
disponed que claramente
mi intención Sifredo vea.
¿Cómo os resistís, rebeldes?
¿Aguardáis que a vuestro curso
Pag. 35
movimiento nuevo enseñe?
Ya a tu horrible voz la tierra
se alborota y oscurece
el sol,
Suena tempestad, se muda el teatro en el jardín donde se ve la condesa, de gala y Drogan.
Vuelve los ojos
y el cuidado les advierte.
A que mi bien, donde apenas
el descuido de los ojos
el cristal rinde en despojos
plata argentada en sus venas,
aquí, que breve pensil
sitio abundante y hermoso
donde para lo frondoso
no le hace falta el abril,
puedes descansar señora,
pues muestran en su alegría
las flores, que es cierto el día
si las visita el aurora.
Drogan, en mi estimación
todo cuanto el orbe encierra
en el nudo de la tierra
no tiene comparación
para lo que yo te estimo,
que aunque la vida perdiera
y el estado nada fuera
si por ti.
Qué mal reprimo
el dolor siendo tan fuerte,
que esto sufra, ¡ay pena igual!
Dejad; que en este puñal
vean una justa muerte.
Como que despechado quiere ir a ellos y le detienen.
Repara que esto es fingido
para dolor tan severo.
Arrebátase.
¿Pues cómo por verdadero
el corazón lo ha sentido?
No estorbéis que tal delito
sin el castigo se quede,
daréles muerte.
No harás,
que todo falto yo ausente.
Desaparécese Ontigón como arrebatado y vuelve el teatro como estaba, y quedan ellos dos.
Lauro amigo, ya es tardanza
cuanto mi rabia detiene,
el furor con que me incita
alevosía tan fuerte.
Mueran los dos a mis manos,
lávense en coral corriente
de su sangre, que esta mancha
no ha de salir de otra suerte.
Aparte.
Disuadirle de que sea
quien lo ejecute conviene,
que naufragio mi intención
padecerá si es que al verse
le templa el airado brazo
de su causa lo inocente,
que es el principal motivo
que a este fin pudo traerme.
Señor, por más acertado
tuviera, así lo previene
mi discurso que ordenaras
Pag. 36
que con secreto se diere
muerte a la infeliz Condesa,
y que hasta hacerlo se quede
detenida tu persona
en este embargo, que suele
el mal publicarse mal
cuando se queja el doliente,
y nunca el médico aún se curó.
Como su muerte mi cólera no dilate,
sea como tú quisieres.
Yo tendría por mejor
que a algún criado se diese
orden para ejecutarlo.
Bien discurrido parece.
Cuida que está, y a quien tanto
de mi honor; ¡cielos, valedme!
he de encargar esta acción.
Tú, Lauro, disponer puedes
el modo de ejecutarlo,
imaginando que eres
otro yo.
Bien consideras
que mi lealtad no merece
ser instrumento.
Por eso lo has de hacer, que me previene
el discurso que si empeños
de casos arduos defienden
de lealtad y diligencia,
a quién me dirás que puede
mi confianza fiar
siendo de tal peso este,
y así Lauro a disponerlo.
Con la obediencia enmudece
mi acento.
Con tal amigo
treguas las penas me ofrecen.
(Aparte.)
Pongan por mi mano acabe
pues mi vida está en su muerte.
Tu cuidado me asegura.
(Vase.)
Voy, señor, a obedecerte,
ya que mi traición se oculte
en dos vidas inocentes.
(Pasease con acciones de sentimiento y sale Morquito.)
Ea, elementos forjad
penas tantas que me anegue
la desdicha, venid muchas
como esa esfera luciente
del fuego oculta sus rayos
cuando esgrimir los conviene.
Señor, ¿qué voces son estas?
¿Por qué con este humor vuelves?
¿Cómo el aire en terremotos
no revuelve, y desvanece
a un desdichado que lloro?
¿Cómo la tierra consciente
a quien tan de sobra vive
sin que sus bocas despliegues?
Mira que me has despertado,
y por si algo te debe
Pag. 37
el sueño más perezoso
del más remolón durmiente.
¿Cómo Neptuno a sus ondas
el curso claro suspende,
cuando en tropas de cristales
labrar debiera vena breve?
Te suplico me des treguas
por algunos remanentes
que de Coca y San Martín
a este mosquito se atreven.
(Vase.)
Fuego, aire, tierra, agua, socorredme,
si queréis darme vida
con la muerte.
(Vase, y sale la Condesa en hábito humilde y Ricardo con una escopeta.)
Fuese sin decirme nada.
Ea, Mosquito, prevénte
sobre tal desaire, que
es lo que discurrir puedes.
Mas puede ser que soñase
y revueltas las especies
de lo tinto con lo blanco
el caso no distinguiese.
Bien puede ser, y también
sucedido haber no puede,
que por divertir cuidados
querido haya entretenerse,
y perdido con tahúr
que a medio ganar le deje
diciendo: no juego más,
aunque dando pleito enfrente;
que es para un hombre picado
plato compuesto de hieles.
Bien puede ser, con que digo
que en este duelo no tiene
que discurrir el primor
de mi razón; pero este,
di en ello, sin duda ando,
mas sea lo que quisiere.
Quédate con Dios, cruel
prisión, donde en pena fuerte
siempre el nudo de la muerte
tuvo en mi cuello el cordel.
Que así vengamos vestidos,
Anfriso, es justa razón,
y aun recela el corazón
que hemos de ser conocidos.
El mal que siento importuno,
tierno infante, es el que veas
la crueldad antes que seas
digno de castigo alguno.
Ya, señora, hemos llegado
donde tu suerte dispuso
a lo natural pagases
aquel último tributo.
(Al oír a Anfriso, quiere entrar la Condesa. Sale Anfriso con un puñal y la detiene.)
Ricardo, este infante sea
quien antes pruebe el agudo
filo de aqueste puñal.
No hagas tal.
Detén el curso.
Pues primero que formen
rojos raudales purpurinos
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abrazarán los rigores
mi pecho siendo más justo,
muera una vez, y no tantas
porque mis brazos de muro
le servirán hasta que
fallezca aqueste caduco
edificio racional
y aun después cuando difunto
el corazón no palpite
al mover el brazo adusto
para ejecutar el golpe
le he de llorar que no dudo
tal dolor se haga sensible
después del último susto.
Merezca, por desdichada,
si os mueve mi llanto puro
por mujer, y porque fui
a vuestros males escudo
algún tiempo, el que yo sea
del acero el primer triunfo.
Aunque es consuelo pequeño
pues todo es morir, reduzca
a tus ternuras mi brazo.
Llora.
En tu piedad, señor, busco
amparo y aquesta caridad
en tus manos sustituyo.
Anfriso, tanto conmigo
su dolor puede que escucho
dar voces a los piadosos,
si ejecuta nuestro orgullo
el rigor de tal mandato
que al ver este lance juzgo
aun siendo Lauro un peñasco
no fuera a su llanto duro;
pues nosotros sin saber
más que un indicio confuso
que la cautela fingió
por algún designio pudo
hemos de ser de las vidas
de nuestros dueños verdugos.
¿Qué decís?
Que cuando humanos
no fuéramos en los brutos
hallaríamos ejemplos,
pues si quejidos difusos
en su lengua no entendida
oyen, se socorren unos
a otros, y siendo así
aquí tu piedad procuro.
Demos vida a la condesa,
podrá ser por varios rumbos
que algún día nos la pague.
Dices bien.
Pauta por tuyo
el albedrío, señora,
usa de él, y al más oculto
albergue de aqueste monte
ofreced como a sepulcros
vuestras vidas advirtiendo
no os vea viviente alguno,
que no debe un beneficio
esperar riesgos futuros.
A Dios.
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Detened la planta,
pero ya en vano procuro.
Sepan de mi noble afecto
agradecimientos sumos.
¿Quién podrá, eterno Señor,
investigar de tus juicios
la causa que, beneficios
son los que juzgue rigor?
¿Quién dijera que su ardor
se convirtiese en tibieza?
Mas no es mucho a tu grandeza
disponer que el instrumento
que se previene al tormento
sea donde el bien empieza.
Suena ruido.
Parece que hacia esta parte
rumor de gente he sentido,
aquí me oculto, no sea
me vean; pesares míos
dejad que los sobresaltos
vengan con pasos más tibios.
Escóndese y salen Anfriso y Ricardo con escopetas.
El acordarnos fue dicha.
Y el buscarla desvarío.
Pues los conozco saldré.
Ya nosotros compasivos,
olvidados de ser orden
llevar aquel peregrino
instrumento que en la voz
forma conceptos distintos,
les dimos la libertad,
mas cuando el Cielo ha querido
por conservar nuestras vidas
de olvido tanto advertirnos,
con darles muerte se enmienda.
Cielos, ¿qué escucho?
En lo espeso tú la busca.
Pues los riscos he discurrido.
Sí, haré.
Vanse.
Servidme, ramas, de abrigo,
que no por mí, por este ángel
vuestro amparo solicito.
Señala mirando adentro, hace que se tapa con las ramas, paseándose.
¡Genoveva!
¡Genoveva!
Ricardo somos y Anfriso,
no temas.
Pasos y voces
que vuestro canto he entendido.
Disparan.
¿Genoveva? Mas ¿qué trueno
es el que asustó el oído?
Sin duda que ya Ricardo
la ha muerto. ¡Dolor esquivo!
¡Oh penas! si perseguís,
¿de qué sirve resistirnos?
¡Oh, mi duda es evidencia,
mayormente cuando miro
la lengua en sus manos, Cielos!
Sale Ricardo ensangrentadas las manos y en la una una lengua.
Escucha el mayor prodigio.
A la Condesa buscaba
para ejecutar altivo
el mandato, y su especie
me representó el sentido.
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tan vivas que pude al verla
llamarla más fugitiva
me pareció modo el paso
cuando yo por redimirnos
del riesgo que nos espera
pronto levanto el gatillo,
la escopeta arrimo al hombro
y disparando hice el tiro
en que persiguiendo un ciervo
le acosaba con latidos
cuya lengua es esta, y ya
que favorable aquí ha sido
el cielo, como a otro Abrahán
sirviese de sacrificio
ha de suplir por la suya
y libraros, siendo al vivo
en obediencia y virtud
otro Isaac de amor vestido.
Cuando otra cosa intentara
no te pidiera eso mismo.
Vanse y sale la Condesa
Cierto fuera ya el buscarlo
teniendo a Dios por padrino.
señala
adentro
Cómo he de poder pagar
tanto número de bienes
Señor, a tu cargo tienes
esta causa, tú has de dar
la sentencia, confiar
podrá atento mi cuidado
que teniéndote a mi lado,
no he de temer pena alguna.
Porque es cierta mi fortuna
con tan famoso abogado,
mis males viera deshechos
si este infante no pasara
alimentos que alentara
su inocencia que a mis pechos
Señor como a penas hechos
ha faltado el nutrimiento
no se diga que el sustento
se ha negado a vuestra hechura
cuando toda criatura
vive a expensas de su mundo.
No temas.
No temas.
Véanse dos ángeles que cruzarán el teatro cantando y le repiten haciendo ecos dentro (tu pena)
No temas.
Confía.
Confía.
Espera.
Espera.
Pues a tu pena.
Pues a tu pena.
Hallarás Genovefa.
Sí, brutos los hombres
humanas las fieras.
Música
Roma dejó a dos infantes
renombre de ser tierna
y ellos a un bruto alimento
en su fatiga primera.
Repite el coro a lo lejos hasta el último verso el Confía Espera.
Con cuanta mayor razón
a aqueste afligido espera
cuando gozaron gentiles
de Dios tan gran providencia.
Confía, espera, pues a tu pena,
hallarás Genovefa.
Pag. 41
si brutos los hombres
humanas las fieras
confía, espera.
Divinas voces, en cuyos
acentos hallan mis penas
más favores que al destino
pude repetirle en quejas,
aguardad; pero, Señor,
si a este alivio el pesar truecas,
la Inocencia en el desierto
no es fácil correr tormenta
y por consuelo tan noble
vengan males, ansias vengan.
Jornada tercera
Pag. 42
Tercera Jornada.
Sale la Condesa de una gruta
vestida de pieles.
Espesura montuosa,
albergue de mis males,
que hospedaje me has dado siete años
al principio escabrosa,
pues negaste caudales
de tu claro cristal, ya en desengaños
toco que fueron sanos.
Si la ambiciosa de bienes
mi palacio habitara,
pues en él se mostrara
adornando las sienes
la adulación traidora
que el amargo licor fingido dora.
Próvida me mostraste,
al formar mis querellas,
bullicioso en aljófar y la plata,
y mi sed remediaste
apagando centellas
de aquella que a mi hijo le maltrata.
Y de una cierva grata
ofreciste alimento
el que faltó a mis pechos,
y mis males derechos
fueron por el sustento
que le dio compañía,
porque en algo aliviado, feliz viva.
Mi habitación y adorno
es caverna horrorosa;
mis cortesanos fieras montaraces;
el pavor es retorno
de la quietud gustosa,
son los placeres, festejos y solaces
penas que no hacen paces
nunca con la alegría;
mi mal, en fin, es tanto
que olvidadas del canto,
al reírse el día
lloran todas las aves
siendo endechas sus metros más suaves.
Jamás el tiempo quiso
dejar que el sol entrase
Pag. 43
al retiro que hospeda nuestra suerte,
y en que de algún aviso
prevenido quedare
si en las breñas daría con la muerte,
pues tal es su espesura
que si desplegar deja
de su rubia madeja
la radiante hermosura
en razón cierta fundo
no le viera otro día arder el mundo.
Por esta causa el frío
continuamente habita;
jamás hay primavera, ni verano,
solo el invierno incita
a venerar el monte por lo cano,
haciendo alarde ufano
detenidos, rendidos y llorosos.
Mas, Señor, deseosos
caminan mis gemidos
a tu amoroso pecho,
en tierno llanto el corazón deshecho.
Si en cuanto cubre el manto
del zafiro que en esos polos vuela
¿habrá otro que se duela
de tantas desventuras
como el alma atormentan
y el dolor acrecientan?
¿habrá quien amarguras
tantas probase? No,
quien padeció sin culpa
más que yo.
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Suena una voz en el aire que acompañada hace eco la música.
Yo.
Yo.
Discurso mío, detente.
¿Luego pena otro inocente?
Inocente.
Inocente.
¿Qué sonoro el eco oí?
¿Pues dices: "Cuál padecí?"
Padecí.
Padecí.
De las voces colegí
que mi labio articuló
y el eco me respondió:
yo inocente padecí.
Ella, Música y Voz.
Si desfallece mi aliento,
¿habrá más que mi tormento?
Mi tormento.
Tormento.
¿Cuál pueda ser? No lo sé,
sino el que en mi esposo fue.
Fue.
Fue.
¿A mi excesivo dolor
igualará otro mayor?
Mayor.
Mayor.
Pues templar podré el ardor
que a mi pesar le da aumento,
cuando hay quien diga en el viento:
mi tormento fue mayor.
Ella, Música y Voz.
¿No engendra en la caridad
acto de amor la humildad?
Humildad.
Humildad.
Siendo también consecuencia
a la humildad la paciencia.
Paciencia.
Paciencia.
Pag. 44
¿Por quién se alivia el dolor
y se convierte en amor?
Amor.
Amor.
Pues cese, pena, el rigor,
o me permita que exhale
la queja, al ver no me vale
humildad, paciencia, amor.
Voz, y música.
Señor, suspende la vara,
y tu justo golpe, para.
Para.
Para.
¿El sufrir y padecer
no ha de bastar a vencer?
Vencer.
Vencer.
¿Cómo permitís que, aun,
la inocencia que creáis...
Creáis.
Creáis.
...peligre, Señor? A ti,
con el lloro acompañada,
en esta fuerza formada
para vencer creáis.
Ella, voz y música.
Vos, gran Señor, no decís
que no ha de haber nada oculto;
pues ¿cómo de aqueste insulto
la verdad no descubrís?
¿La inocencia permitís
peligre tanto?
Aparécese en un globo un Niño Nazareno con una cruz, y luego que diga la redondilla, desaparece, la cual irá acompañando la música.
Sí;
yo, inocente, padecí,
mi tormento fue mayor:
humildad, paciencia, amor,
para vencer creáis.
Desaparece.
Ya conozco que mi aliento
ha sido el que ha respondido,
Señor, espera, ¿quién vio
más duplicado el tormento?
No se trueque este contento
en que yo juzgue, Dios mío,
ha sido mi desvarío
causa alguna de engañaros.
Para poder obligaros
quisiera nuevo albedrío;
Dulce Jesús, yo no dudo
que fuisteis Vos la Inocencia
y que sufrió esa clemencia
de la pena el golpe crudo;
Vos, mi bien, fuisteis escudo
del más acerbo rigor;
mas, el quejarme, Señor,
de los males no es por mí,
solo por Félix sentí
ver sin culpa el dolor.
Si Vos queréis castigar
a la madre, Señor, sea,
y siendo culpada vea
las miserias sin cesar;
pero, ¿bien podéis tomar
del hijo la protección?
¿No sois aquel campeón
que venga cualquiera ofensa?
Pues es a Vos la recompensa.
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os toca de esta traición,
mas otra de esta armonía
mi sentido turba así.
Suena música y aparecen dos ángeles en dos grutas por de nubes, y en medio se descubrirá un peñasco en cuyo remate aparece una imagen de Cristo crucificado.
Venga a noticia de cuantas
penas contigo hacen lid,
cómo conforta tu pecho
el Adonai más feliz.
Venga a noticia de todos
repita otra vez y mil
cómo a confortarte envía
el más heroico adalid.
Manda que en aquesta imagen
tus males miren su fin,
pues en él se sustituyen
los que padeció por ti.
Si la amargura de tantos
te pudieron afligir,
considera qué tormentos
contra él no emprendió el ardid.
Creyendo que no
te ayudará a sufrir
favor de deidad,
mas de humano sí.
Si tu hijo te atormenta
mira qué sería allí
ver la madre de las luces
al que las hizo morir.
Si tu cáliz con el suyo
unes, lograrás feliz
más dichas que pudo penas
del destino discurrir.
Ya miras el mejor sol,
de tu habitación cenit,
y que al afán de tu llanto
es Iris la flor de lis.
Y fía que de esta unión
has de mirar producir
los favores ciento a ciento
y las dichas mil a mil.
Fiando que dé el aura sutil
a tu fama la pluma, y aliento el clarín.
Al Cristo.
Trono divino, inteligente esfera,
mas a la vista tengo el estandarte
que será a mis horrores baluarte.
Nada temo, Señor, ya en tu bandera
me alisto firme, me consagro fuerte,
no temiendo, ¡gran Dios!, aun a la muerte.
Las señas de tu rostro, yo confieso
que atrevidas mis culpas las borraron,
y en sangriento rubí te transformaron.
El nácar del sol puro por mi exceso
no ignoro de este pelo que pendiente
de tu frente
está caído
el que haya sido
mi pecado
el que ha causado.
Si verte de este modo me concedo
para que vaya a ti tejidas redes.
Pag. 46
tu boca que el clavel miró corrido
y en lirio transformada considero,
tu tálamo y descanso es un madero
y el rosado color veo perdido.
Mi ingratitud, señor, lo ha ocasionado.
Castigado
mi error sea,
porque vea
mi delito
solícito
borrarle, aunque es pequeño, gran tormento,
no mostrando a las penas sentimiento.
Precepto le has puesto de obediencia
a las fieras y bravos animales,
efecto de tu grande providencia,
tanto que con mi hijo se entretienen;
y así vienen
retozando,
en que alabando
tu cuidado
ven, sagrado,
sujetando su furia de improviso,
este monte es segundo paraíso.
Sale Félix niño con un brazado de yerbas que pondrá en el peñasco donde está el Santo Cristo, y un león y una cierva como jugando con él.
Madre y señora, ya traigo
en aquestas yerbas verdes
el sustento que me diste,
es manjar que nos mantiene;
écheme su bendición.
La de Dios primeramente
te alcance, y luego la mía.
A este león decir que se
que se vaya a su cabaña,
y que en la mía me deje,
no quiero jugar con él.
Aparte.
Qué gracia y donaire tiene.
La cierva sí, ¿no es verdad?
Aparte.
Qué sencillez tan prudente.
Sí, mi bien, qué donosura,
mas ¿a qué el cariño atiende?
No estoy bien con sus cariños,
porque halagando me muerde.
Vase el león.
Oh, qué cariñosa queja,
hijo, cuánto el alma siente
no tener con qué abrigar
aquesa ternura débil,
para que a tanta inclemencia
algo resistir pudiese.
Quién dijera: mas no es justo
que las delicias acuerde.
Madre, no llores.
Ay, hijo,
cuánto el dolor me enternece
verte cómplice en los males
sin haber visto los bienes.
¿No me dices, madre, tú
que Dios es muy providente
cuidando de todos?
Sí.
Pues, señora, el llanto cese,
que Dios nos socorrerá,
pues que Dios acá nos tiene.
Oh, sabiduría inmensa,
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Ya es preciso me consuele,
pues hallo alivio en un ángel
para que mi pena temple;
¡ay, en la corte habitaras,
y a la calidad que tienes
correspondiera el vestido,
cuánto fuera diferente!
Madre, dime qué es la corte
que te he oído muchas veces
hablar de ella.
No eres, hijo,
sujeto en quien caber puede
comprenderla; mas a mí
quien sea este engaño acuerde.
La corte es voluntaria prisión vana,
esclavitud que hierros eslabona;
el peso lo dorado no perdona
ni el cuidado se alivia con la grana;
es pompa que al nacer se ostenta ufana,
sin mirar que la parca la abandona,
y aunque hermosa parece su corona
espinas en su red teje y devana.
El clarín lisonjero que allá suena,
en esta fuente oímos cristalina;
lo que allá pinta Marte, muestra amena
esta cumbre que al cielo se avecina;
es lisonja a la rosa aquí la espina
y allá el verse con ellas la da pena.
Pues yo no quiero ir allá
si tan malas cosas tiene.
43
Muere quien para ella vive
vive quien para ella muere.
Pues yo he de vivir; mas ¿dónde
el león se fue?
Sale el león con una piel en la boca como ofreciéndosela a la Condesa.
Haciendo una.
Échase como temeroso.
Levántase el león como haciendo fiesta.
Obediente
al ver que tú le reñías
se ausentó; mas no, que viene
ocupado con la piel
de algún cordero inocente.
¿Qué es esto? ¿Me la presenta?
¿Para qué? ¿Para que albergues
a Félix? ¿Cómo atrevido
te prodigas de los bienes
que no son suyos? ¿Un bruto
ha de costar una muerte?
¿Diga, el vestir a mi hijo
ha de costar desnudeces
a quien este monte pisa?
¿Sabe que aborrezco siempre
que se obre la sinrazón
del uso de los poderes?
No te suceda otra vez
y en esto advertido quede
que, si no quiere enojarme,
toda su crueldad es temple.
Señor, a tantos favores
preciso es que me confiese
deudora sin merecerlos.
¡Oh, qué buen mercader eres!
Ya, Señor, mis libramientos
Pag. 48
ninguna protesta teman,
pues apretando mis letras,
también despachadas vienen
que a luego vista mi pena
remedias y favoreces.
Vase.
Múdase el teatro en la galería, sale el Conde vistiéndose, Lauro y música, y acompañamiento. Dánsele.
Cantad y divertiréis
el pesar que le atormenta.
Dánsele.
Toda alegría es molesta
a mi gusto, no cantéis,
que poco descanso ofrece
a un triste su pensamiento;
la llegada, cualquier contento
como pesar aborrece.
Cualquiera bien hace igual
al mal, conque en mí se ven
el mal que a hacerme bien,
y el bien que a hacerme mal.
El sombrero; fantasea
que me quiere desamar.
Si las andas les quité
razón tuve en tal porfía.
A Lauro fiar quisiera
el asombro que en el sueño
me asustó. A dos.
¡Qué ceño nos pone!
A Lauro, y vanse los demás.
Solo te esperas.
Aparte.
Ya, señor, obedeciente
mi fe se dispone fiel;
todo es terror.
El tropel
de mi pesar me advierte,
cuando en el catre mullido
esta noche descansaba,
con violencia imaginaba
que osado, torpe, atrevido,
del catre un dragón horrible
me arrebataba a mi esposa,
y que al llamarme llorosa
fue el ampararla imposible.
El viento rompió veloz
dejándome, con su huida,
para alentar poca vida,
para sentir mucha voz.
Lo mesmo que te avasalla
y el susto, señor, te causa,
es una evidencia viva
para vencer tal batalla;
un dragón dices que fue
de tu esposa el alcotán.
Ese dragón es Drogan,
bien claramente se ve
ser cierto que se penetra
el sentido, has de topar
son unas al pronunciar,
dragón, o Drogan sus letras.
Mira si está conocido
su delito, y si es bien cierto
puedes creerlo despierto
cuando lo has visto dormido.
No en vano en mi estimación
Lauro amigo has de encontrar
dispuesto el mejor lugar.
Pag. 49
Pues alivias mi pasión,
divierte, señor, la idea
que atribuirán a locura
dejar que de la cordura
una pasión triunfo sea.
Aunque a su voz doy licencia
de reducir mi razón,
parece que el corazón
no halla en ello conveniencia.
A los que la audiencia esperan
diré que entren.
Antes bien
pretendrás que a ti te den
los memoriales y vean
que parto con tu persona,
como digna del favor
de mi estado, su valor
y el precio de mi corona.
El quedar solo deseo.
Aparte.
Así tu poder ostentas,
cuando la nada acrecientas
hasta el estado que veo.
Vase.
Véase el aparato del cuarto del Príncipe.
Ya se fue. Razón, afuera,
inclinación yo te llamo,
pues aunque aquélla concluye
no me convence a tirano
rigor, que sin ser mi esposa
me cegare la ira tanto
que no reparase que pudo
ser a sus culpas descargo,
y que ciego a su delito
sus vidas en holocausto
tributase. ¡Qué dolor!
Compasivo estoy dudando
de aquella honestidad grave,
de aquel cariñoso halago,
que el templo de honor se viese
por su deslealtad profano.
No es posible. Aquí solía
asistir, decidme estrados
que mirasteis sus acciones,
¿con algunas ha violado
el puro candor? Más justo
toca el informe a los claros
espejos donde solía
hacer reverberar rayos
de su hermosura. Decid,
¿le engañó su Sol acaso
alguna vez, vuestra luna?
Respondedme, ¿si ha turbado
el eclipse de mi honor
algún tiempo? No, callando
me dicen que se quejaran
si estuvieran agraviados
aquí, donde las caricias
en sombra de los halagos
eran envidia de Apolo
a Daphne lisonjeando.
Fue su funesta prisión
Genovefa, tu descargo
oír quiero; ¿no respondes?
¿Dónde estás? Mas un retrato
Pag. 50
Al ir a buscar el retrato halla el papel.
de tu belleza que tiene
este escritorio guardado
dirá por ti que no fuiste
libre de este falso engaño
a mi pesar; mas un papel
advierto, que está cerrado
sin sobrescrito, no hecho
nunca en él algún reparo
de quién será con carmín
parece estar delineado
de la condesa...
Mirando el papel se suspende. Sale Lauro con memoriales y viéndose se detiene.
Señor, mas ¿qué suspensión?
¡Ah, falso!
Ya, señor.
Aparte.
Oh, Lauro amigo,
mejor dijera tirano,
mas disimular conviene.
Los memoriales me han dado.
Aparte.
El castigar tu traición
es lo que toca a mi agravio;
deja de informarme de ellos,
que este que ves en mi mano
contra un soberbio conspira
mi justicia; y así, Lauro,
fiando de tu prudencia
el consejo a tal cuidado
quiere deber, que pronuncie
el modo de castigarlo;
y porque el decreto luego
no peligre en dilatarlo,
prevendrás que esté la guarda
toda dentro de mi cuarto,
que la he menester.
Aparte.
Vase.
Sí haré;
¿qué es esto, yo me acobardo?
No estoy seguro, que temo.
Como turbado.
No en balde los sobresaltos
del corazón me decían
la traición de aqueste engaño.
¡Oh, qué tarde la disculpa
a mi noticia ha llegado!
Invente el furor castigos.
Esposa, mi bien, en vano
te busca quien te ha ofendido;
detén el airado brazo,
el duro golpe suspende,
cuando me rindo al amago;
no me aflijas, no me aflijas,
ya sé, lealtad.
Sale Lauro.
Esperando
que las mandes tus escuadras están.
Pues ahora, tirano,
haré veras de mis iras
en ti un ejemplar estrago.
Turbado.
Señor, yo siempre obediente
a tu voz nunca sí, cuando
Lee.
Escucha lo que contienen
aquestos sangrientos rasgos.
Con gusto muere Sifredo,
sabiendo que me consagro,
por no rendirme a un traidor,
a la parca, que es del mármol
más digno, diga aquí muere.
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quien conservó su honor claro
que no decir aquí vive
quien ultrajó su recato.
Armiño soy que el pellico
con la vida desnudando
en manos de Lauro ofrezca
antes que vea manchado
el vellocino que adorna
mi honor puro, terso y blanco.
Aleve, ya tus palabras
no podrán a un desengaño
convencer.
Señor, escucha y dame muerte.
¡Ah, tirano! ¿Qué dirás?
De rodillas.
Como he vivido siempre, con lealtad mirando
por tu honor que estimo en más
que mi vida; no ha causado
mutación alguna en mí
lo que te ha irritado tanto.
Un papel te descompone
siendo suyo; dime, ¿acaso
has visto que alguna vez
diga el reo que es culpado?
Superfluos fueran tormentos,
demás fueran los cadalsos,
si en disculpándose el reo
no se le hiciera más cargo.
Si el decir, soy inocente,
basta, aunque culpa no alcance,
inocente soy, señor,
tus ojos no han visto claro
su deshonor, ¿no testigos,
no han sido muchos criados?
¿La sombra mental de un sueño
no está a voces publicando
ser verdad? Dime, ¿es posible
lo que tan averiguado
está, no ha de merecer
de las leyes el mandato?
Si del castigo te pesa
te desluces, ¿no es errado
dictamen que por el hijo
el de todos sea falso?
Y al fin la naturaleza
mejor informe no ha dado,
pues ha de haber sido avara
o ajeno el fruto del parto?
Y si no bastan, señor,
evidencias y tan claros
indicios, templa en mi cuello
la furia de aqueste brazo,
que en rendir la vida muestra
su lealtad, el buen vasallo.
Aparte.
Mi enojo, Lauro, disculpa,
que en el tiempo transformado
de sus mentidas caricias,
dejé vencerme del cauto
veneno que en mudas voces
tiene este papel cifrado.
Ya mi razón en la tuya
halló consuelo y descanso.
No mucho, que ver procuro
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teniéndole asegurado
si a este indicio le acompaña
de otro, aun el menor amago.
Libre ya de esta borrasca
no temo ningún naufragio.
Ricardo, Anfriso.
Salen Ricardo y Anfriso.
¿Qué intentas?
Que solicitéis bizarros
todos, al Conde festejos,
que diviertan su cuidado.
Sale Mosquito.
¡Rara pasión!
¡Grave mal!
Dios bendito y alabado,
que como yo la hambre mate,
por nada de esto me mato.
Anfriso y Ricardo aparte.
Ricardo, aunque habemos sido
los que la vida dejamos,
a la Condesa no hallamos
indicio que haya podido saber de ella.
Yo colijo vacilando en mil quimeras
si quitarían las fieras
con su aliento el de su hijo.
Advierte que una pasión
no es justo tenga que triunfe
del valor y la prudencia,
y que festejos anule.
Y aun, cuando, señor,
pañales de mejor lustre
vea el gracioso, has de estar
siempre triste, junta y une
al llanto letras alegres;
no cítaras y laúdes
lisonjeen tus orejas,
ni a tus oídos que escuchen
al son de las castañuelas
retembos de los adufes.
Siempre gementes et flentes.
Desdichada suerte tuve
en esta comedia; pues
he sido gracioso inútil.
Llore un yerno si la suegra
da en vivir, que le consume
de corazón, lo que hereda,
cuando la tierra la cubre.
Llore un tabernero que
a su trabajo le luce
valiendo el agua que llora
a veinte y dos el azumbre.
Llore, llore.
Calla, necio.
Por vida que me consume
este humor, que destemplado
y siempre de temple estuve.
Sale Sife.
Cuánto pensamiento necio
me atormentas, tente, Sife.
El ímpetu de tus iras
no rompas la muchedumbre
de las penas, tiempo queda
en que el rigor ejecutes.
¿Qué quieres, señor?
Solo quiero me dejes, porque produce
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lo ameno de este jardín
que este mirador descubre,
algún alivio a mi pena.
Vanse todos, quedándose solo el Conde, y Lauro dice desde el paño.
Paño.
Al temor que juzgas te burle
la fortuna, porque dudas
sino que tal vez descubren
la verdad, pues en la fuga
mis recelos auguré,
mayormente cuando quedo
a disponer, se disimule
mi cautela, esto ha de ser;
no triunfar el hado, juzgue
que en sus influjos domina
el que sus decretos huye.
Vase.
Pesar, ahogue mi voz
o me abata, mas no dudes
entre el bien, y el mal que causa
repetidas pesadumbres.
Dentro Drogán, que saldrá pálido de difunto.
Dentro.
Sifredo.
¿Quién me ha nombrado?
Sale.
Yo, que pretendo que escuches
una queja.
Tente, aguarda. ¿Quién? No en mi pecho
ejecutes venganzas, que ya confieso
mil crueldades.
No te asustes. ¿Me conoces?
No sé. ¿Qué dudo? Drogán.
Sí, yo soy, no dudes
otra cosa, que Dios quiere
que mi cuerpo le sepultes
en más decente lugar.
Sin atender a si tuve
culpa o no, que no merezca
decirlo. Dios, que lo sufre,
y su traición dará el castigo
que su clemencia descubre
desde el centro de la tierra
hasta esos globos azules
cuanto pasa en su intermedio,
que esto se sabrá no dudes.
Y en tanto dame sepulcro,
que es piadosa mansedumbre.
¿Dónde yace?
Aquel árbol
que mi tronco le cubre.
Vase.
Así lo haré. ¿Qué temor
se comunica e infunde
al pecho? Mas, ¿cuándo a mí
pudo caber el vislumbre
del miedo? Jamás, he visto.
¿Qué rencor habrá que use
ya difunto el enemigo
tal rigor, que no sepulte
el cuerpo en parte sagrada?
¡A vil traidor! Ya no dude
que tu traición, la cautela
piélagos de iras fluctúe.
¿Cómo has de ser verdadero
si de ser piadoso huyes?
Cuando, otro no, este delito
tu castigo constituye.
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ya acabaron sus engaños
no he de aguardar que disculpe
con sofísticas razones
las torpes ingratitudes
a tu dueño; ya cerrado
la atención porque no escuche
el oído, que está cerca
de piadoso, quien acude
a darle plaza al descargo,
porque tal vez se reduce
a una razón, y no quiero
que esta duda me aventure.
Quedase suspenso y sale Mosquito con un papel, y Sifredo hace las acciones que dice.
Soliloquios; que me empalen
si hay buen humor, o me emplumen,
si no está gastado el malo.
Tirar las cejas, arguye
admiración; suspirar
gran sentimiento descubre;
torcer las manos, furor;
pataditas, pesadumbre;
ahora voy, llego y le doy
este papel que le hube
de un ermitaño señor.
¿Quién es?
Haz fuerza, desbuche.
Un anacoreta monje
aqueste papel conduce
por mi mano, y solo espera
sí o no por respuesta, dulce.
Muestra, ¿te dijo quién era?
No, pero ya lo discurre
mi pensamiento.
Pues di.
Un cocinero. ¿Te aturde?
¡Qué disparate!
No es, y para que no lo dude,
en el sayo repartida
trae una arroba de mugre.
Mira tú dónde se pega,
si en los libros, o en la lumbre.
Lee.
El Mágico Osorio aquí
estas razones esculpe.
Leo, que ya no hay acaso
que no me asalte, y asuste.
El interés y el poder
reyes son del albedrío;
por él sujeté yo el mío
a lo que no debí hacer;
causas me pudo vencer
a que te hiciera patente
ver culpada una inocente.
Y pues fallece mi vida,
perdón halle a la partida,
si tu valor lo consiente.
Considero que tu llanto
estas palabras prorrumpe;
y así te perdono en premio
de la verdad que descubres.
No contra ti, aunque pudiera
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solo es justo que pronuncie
contra ese traidor aleve
mil tormentos, y ejecute
el rigor de mi justicia
y en él mis iras dibuje
de que se.
¿No más?
No más.
Por si se olvida en mi estuche
traigo libro de memoria,
lo escribiré, que confunden
tantas razones a un hombre
y es bien de esta treta use.
Dirás a Anfiso y Ricardo
que verme luego no excusen.
(Vase.)
Así lo haré, Jesucristo,
y que confuso está el numen.
¡Oh, pesar! Y cuánto tardo
en que el castigo sepulte
sus traiciones! No he de usar
de los suplicios comunes
que al delito extraño, extraño
es bien que tormento angustie
el favor que me has debido.
No hayas miedo que te libre,
te precipite al abismo
quien te ensalzó a la cumbre.
(Salen Anfiso y Ricardo.)
Señor, a ver lo que ordenas,
a tus pies la lealtad une
nuestras vidas.
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Disponed,
luego, luego se ejecute
poner a Lauro en prisión
que a mi servicio conduce.
Mal podemos porque ausente...
(Vase y sale la Condesa en el monte con el niño de la mano.)
¿Qué decís? No, no pronuncie
vuestro labio más, buscadle,
y todos los que reducen
a mi imperio el albedrío
conmigo talen, asusten
montes, valles, peñas, riscos,
sotos, prados, bosques, cumbres
hasta que el mar de mis iras
su falso bajel inunde.
No prueben mis alientos
Señor el cargo grave de mi hijo
porque los documentos
de la fe no le dije. Ya corrijo
su ignorancia inocente
cuando el llanto, Señor, me lo consiente.
Hijo, Dios te muestre
esta escuela por aquestos altos riscos.
Repite el Padre Nuestro
que aunque en ricas ciudades y obeliscos
no asistas, vida mía,
fuerza es ir a la escuela cada día.
Dime, madre y señora,
¿quién es mi padre?
¡Ay, hijo de mi vida!
Que yo nunca hasta ahora le he visto.
Pag. 56
52
El alma ya afligida,
el corazón deshecho,
al oír tus razones, ve en el pecho.
¡Ay, infante pequeño,
que arpón a la memoria has disparado!
Un insensible leño
en dolor se admirara transformado,
si articular te viera
tal razón, vida mía, en tal esfera;
tu padre en Dios le tienes.
¿Y dónde está, que nunca yo le veo?
Del mundo en los vaivenes
los ojos no le ven, vele el deseo;
guárdale ese azul velo,
porque tiene su alcázar en el cielo.
¿Y acaso me habrá visto?
Sí, bien mío, ¡qué pena tan extraña!
mal el dolor resisto.
Pues ¿cómo, si está rico, a la montaña
a vivir nos condena?
¿Y nuestros males, madre, no serena?
Porque tesoros guarda
para cuando te vea en su palacio.
Madre, ¡qué mucho tarda!,
sin duda que se viene con espacio;
y en tanto padecemos,
y comemos muy mal, o no comemos.
Dentro.
Cercad el monte, que en él,
de nuestras tropas huyendo,
un bruto hijo del Bórea,
a quien alas presta el viento,
de un hombre se oculta.
¡Ay, triste!
Hijo, aquí nos alberguemos,
que no es bien nadie nos vea.
Déjame, madre, que quiero
ver cómo los hombres son.
No hagas tal, acaba presto.
Entra la condesa al niño en la cueva, y sale Lauro turbado.
Tropezando en mis pesares,
¡oh, mi delito!, cayendo,
ni bien la tierra me abraza,
ni bien me suspende el viento.
¡Oh, condesa! Y que a su cuenta
el vengarse toma el cielo;
¿qué haré, cuando ya razones
no han de valer, que el secreto
sé que dijo Oracio estando
al parasismo postrero?
Desespéreme el furor,
penetre un puñal mi pecho.
Dentro.
No quede tronco ni rama
que no examine el deseo.
A la puerta.
Del conde esta voz parece,
y este es Lauro, ¡santo cielo!
ya que amparáis mi inocencia,
por modos varios advierto.
Para alentarse los pies
olvidan el movimiento,
el corazón ya cobarde
late alterado en el pecho.
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y la voz tímida al labio
la pronuncia sin aliento.
¡Qué pesar! mas para alivio
allí descubro un bostezo;
Entrase en la cueva. Salen Sifredo, Anfriso, Ricardo y Morgante de acompañamiento.
él mi sepulcro se llame,
pues en él me oculto muerto.
Di por humildes los sauces,
di los robles por soberbios,
perdone vuestro cuidado.
Sale la Condesa turbada, huyendo de Lauro y él asombrado.
No presumas, monstruo fiero,
intentar nuevas traiciones,
sabiendo que soy tu dueño.
No me aflija tu memoria
que eres el mayor tormento,
ya, señora, mi delito
en tu inocencia confieso.
A la puerta de la gruta.
No fantástica me juzgues
que vivo, animo y aliento.
¿Qué ruido es ese?
La presa, que entre las manos tenemos,
aqueste es Lauro, señor.
Prendedle. Muera.
Teneos.
Nuevo prodigio, señor.
¿Qué miro? Mayor portento.
¿Qué os suspende?
De rodillas.
Ver tu esposa,
a quien en este desierto,
moviendo superior causa,
nuestra piedad dejó.
Vase a dar de rodillas.
¡Cielos!
Páguente mi bien los brazos
deuda que tan justa debo
y basta que sin oírte
señora esté satisfecho.
Si una vida sola puede
ser cambio al rigor severo
que habéis padecido, esta
a vuestras plantas ofrezco.
Sifredo, esposo, señor.
Aunque ha perturbado el tiempo
de ese rostro las señales,
que a las escarchas de invierno
son las rosas del abril
despojo y triunfo de enero,
no la memoria que guarda
lo amoroso de mi afecto.
Vasallos, celebrad todos
el regocijo y contento
y en una dicha y castigo
ponderad el más supremo
prodigio que ha de esculpir
en duro bronce el acero.
Muera ese traidor aleve
y viva mi amado dueño.
La Condesa viva, viva.
Usted ha negociado presto.
A Lauro.
De rodillas a la Condesa.
Gran señora, en tu piedad
halle mi defecto puerto.
Aunque si os dejan hablar
que no tengáis culpa temo.
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abonad vuestras traiciones.
Qué prodigio, ni el sol mismo
entre celajes de oro
al dar lucidos reflejos
es más puro que el honor de tu esposa.
¡Ah, ingrato! ¡Ah, fiero!
no ha de valerte lo humilde,
que se quejara el supremo
juez si quien le sustituye
trocase el castigo en premio.
Señor, templad el enojo,
no desmerezca mi afecto
su perdón; yo soy quien pide,
Lauro, señor, es el reo;
no solicito su muerte,
su vida, señor, pretendo.
Antes bien a sus traiciones
agradecida estar debo
pues he gozado por ellas
aunque sin merecimientos
favores tan repetidos
de que soy deudora al cielo;
demás que en la sangre heroica
que ilustra los nobles pechos
es más blasón de un rebelde
hacerle amigo, que el precio
en una campal batalla
del contrario el vencimiento.
Genovefa, tus razones
en mí tuvieran imperio
a no mirar que aún es corto
castigo el que en mi concepto.
Vete.
Suspende el enojo.
Viva Lauro y a mi ruego,
Señor, no basta la prenda,
empeñaré que más quiero
a Félix.
Sale el niño.
Madre mía.
Abrázale.
Por ti vivía
mas en continuos tormentos.
¡Y dichoso yo pues hallo
tesoro de tanto precio!
El iris es de mis penas.
¡Oh qué donoso y qué bello!
Vamos donde el triste solio
se trueque en feliz festejo,
¿no te vendrás tú conmigo?
Sin mi madre yo no quiero.
Felices somos los hombres
que tantos prodigios vemos.
Madre, ¿qué son hombres? Dicen,
tan bien me parezco a ellos.
¡Oh qué gracioso donaire!
Vamos donde celebremos mi dicha.
Qué hermosura. Llegó el tiempo
en que has de ver a tu padre.
Madre, ¿ha venido del cielo?
Esta respuesta dirá
quién sea, y pues no de menos
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estimación de la vida
que doy por la suya en precio.
Llegad, Anfiso y Ricardo.
Señora.
Mirad, que os tengo
muy en la memoria.
Siempre
fue el servirte logro nuestro.
Y sagrado en la atención
ha merecido el festejo.
Para la segunda parte,
convido, y en mejor tiempo,
ya que tiene fin dichoso
la Inocencia en el desierto.
Finis coronat opus.
