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Texto digital de La inocencia en el desierto, Santa Genoveva

Data de publicação: 22 de agosto de 2026

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Citação sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La inocencia en el desierto, Santa Genoveva. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-inocencia-en-el-desierto-santa-genoveva.

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LA INOCENCIA EN EL DESIERTO, SANTA GENOVEVA

Pag. 1

ARROYO. LA INOCENCIA EN EL DESIERTO

Mss 15224

Biblioteca Nacional de España

Pag. 2

Vv 335

Mss. 15224

Pag. 3

Vr_335

Jornada primera

Pag. 4

7

144

1

Comedia famosa.

La Inocencia en el desierto.

Por Don José de Arroyo.

Personas

Sifredo, conde palatino.

Lauro, su privado.

Osorio, barba.

Enrique, capitán.

Mosquito.

Drogan.

Ricardo.

Anfiro.

Genovefa, condesa.

Flora.

Damas.

Félix, niño.

Dos ángeles.

Música y acompañamiento.

Un niño nazareno.

Primera jornada.

{Dentro ruido de instrumentos militares}

Unos.

Viva Carlos.

Otros.

Carlos viva,

pues al valor de Sifredo

Pag. 5

Salen Sifredo, Enrique, Mosquete y soldados envainando las espadas.

Voces.

Ya el africano rebelde

es de su espada trofeo.

Otros.

¡Viva la fe!

Otros.

¡La fe viva!

Mosquete.

A muchos el viva ha muerto.

Por Dios, que esta vez los moros

han llevado pan de perro.

Enrique.

Más de cien mil se presume

de los contrarios han muerto.

Sifredo.

Sin que hayan faltado mil

al parecer de los nuestros.

Mosquete.

¿Y a cómo le habrá tocado

a este espárrago de acero?

Enrique.

¡Qué necia pregunta!

Mosquete.

Pues, ¿no soy yo también del cuento?

Sifredo.

Enrique, ya retirado,

aunque el aplauso y festejo

de tanto marcial tumulto

darme triunfos es su empeño,

retirado, a decir vuelva,

estoy, y aunque tal suceso

compite a rendirme glorias,

mas el huirlas deseo,

pues logran en la soledad

quietudes mis pensamientos.

Suena como a lo lejos el ruido de instrumentos militares acompañando a Enrique. Dice.

Enrique.

Es justa razón sentir

tu retiro, mas advierto

que el deber a tu grandeza,

ser capitán y el primero

que en tu concepto merece

desahogos a tu pecho,

no es para que sin tu gusto

deba desear el medio

de saber qué nueva causa

ocasiona tu desvelo,

que te retira de todos,

cuando todos, previniendo

laureles a nuestro rey,

por ti repiten diciendo:

«¡Viva Carlos, Carlos viva,

pues al valor de Sifredo

ya el africano rebelde

es de su espada trofeo!»

Y cuando, Sifredo, tú

has sido el glorioso dueño

de esta victoria, no huyas

a tan debidos festejos,

o merezca en tus cuidados

parte alguna con saberlos.

Sifredo.

Porque mi afecto no culpes,

no admiren mis sentimientos,

escucha, diré la causa

tan justa de que me quejo:

Tréveris es la ciudad

Pag. 6

3

Sifredo.

maravilla por lo excelso,

Babilonia por lo vario

de vecinos extranjeros,

por lo apacible, gentil

imitación del primero

donde por ser todo gracia

tuvo el pecado destierro

es mi patria; dejo aparte

mi origen, y nacimiento

pues publican que me hizo

fénix de tal concha el cielo

y que palatino conde,

me juraron desde luego

que de cavernas maternas

gocé anchurosos reflejos.

es divertir el discurso

y no acudir al intento.

No a cuatro lustros mis años

pagaban apenas feudo

cuando el cuidado en los míos

dispuso me redujese

al vínculo, y lazo estrecho

del matrimonio, porque

tener el príncipe dueño

es útil en los vasallos

y al logro deste deseo

de diferentes bellezas

los.

Sifredo.

los retratos condujeron

unos primores del arte

en lo diestro y lo supremo;

otros siendo aun beldades

retóricos lisonjeros

para que en la variedad

dudase el entendimiento

siendo todos el mejor

cuál robaría mi afecto;

uno entre todos miré

que pudo con sumo imperio

dar leyes al albedrío

y a la obediencia preceptos

decir pude al verle absorto

acá en mi propio concepto

ya para la adoración

me obligas al rendimiento,

que a ser gentil, yo te hiciera

con holocausto tal templo

que desconociera a aquel

que abrasó Eróstrato necio

Esto al retrato, imagina

siendo más bello el objeto

al verle, qué le diría

te aseguro, que suspenso

reñí al pincel, que no puede

él ni humano pensamiento

ceñir un mar de hermosura

Pag. 7

Sifredo.

de un corto espacio al estrecho.

Era pues de Genovefa

este que robó mi afecto,

siendo un atractivo imán

tan amoroso, tan tierno,

que con hacerme su esclavo

no mejorara de dueño.

Habiéndole ya elegido

sin dudar en el acierto,

partí a Brabante su patria

a disponer fuese luego

lo que el amor deseaba;

que dilaciones, las tengo

por esperanzas dormidas

a poco ardientes deseos;

dejo aparte que a sus luces

los príncipes extranjeros

mariposas de su amor

diesen gustosos al fuego

la vida, y en sus cenizas

labrasen merecimientos.

Y que festines, saraos,

invenciones, justas, juegos,

palestras, lides, sortijas,

toros, cañas, y torneos

fuesen de brío y valor

teatro donde se vieron

competir con lo gallardo

a porfía lucimientos;

y que lograse yo solo

las dichas de todos ellos,

que

4

Sifredo.

que lo diré en el discurso.

Aparte también lo dejo

por que pondere infinito

del retrato lo perfecto,

que al verle pude hallar

más que me informó el diseño,

que sus heroicas virtudes,

buen discurso, agudo ingenio,

solo el pincel de la fama

copia en la tabla del tiempo.

No bien hube mi propuesta

a su anciano padre hecho,

cuando él a su voluntad,

siendo tercero a mi ruego

se lo advierte, que no quiere

sin ella obrar; es buen medio

que si hicieran así todos,

hubiera menores yerros,

y las dichas se lograran

en brazos de los aciertos.

Su recato, en fin, después

que a costa de sus luceros

puso en manos de su padre

el logro de mis anhelos,

librando mis ansias todas

en un sí, muchos imperios.

Verla pude en un jardín,

dando a las flores alientos,

Pag. 8

5

Sifredo.

Ponderar que su descuido

pudo avivar más mi fuego

no te admire, pues así

como suele el mayo bello,

depositario de aromas,

ostentar el candor regio

de la rosa entre otras flores

que la duplican su aumento;

así entre las que asistían

resplandecía, que es cierto

no compiten con el sol

aunque luzcan los reflejos.

Viome, mas nombrarme suyo

no la excuso, que del mismo

jardín pudieran las flores

tributar colores bellos

a su rostro; pues en él

de todos miré un compuesto

ocultase con recato

usando medios modestos,

que a un amante le parecen

de la estimación efectos.

Este esmalte en su hermosura

más valor por el deseo,

que el diamante no gozara

de aquel excesivo precio

si le poseyeran todos

solo a costa del quererlo.

Después que ya de Brabante

se mostró aquel noble afecto

que en los vasallos reinaba

en fiestas, bailes y juegos;

siendo de burlas la corte

copia de aquel Mongibelo

que abortó de sus entrañas

rencor, traiciones e incendios

en el belicoso bruto,

en el cauteloso ingenio,

dio gloria a los inventores,

a los troyanos lamentos.

Y después que a los festines

sus ideas compitieron,

dispuse para mi corte

no con poco sentimiento

de todos llevar mi esposa,

que era justo, a lo que entiendo

el no usurparles tal dicha

a mis vasallos y deudos.

Pues queja fuera, si Apolo

cuando ocupando su asiento,

un trono ardiente de luces,

no gozase a un mismo tiempo

alta cumbre, humilde valle,

ancho mar, corto arroyuelo.

Tréveris nos recibió,

excuso largos progresos.

Pag. 9

Sifredo.

Como fue, pues diré solo,

que el regocijo y contento

tuvo principio por donde

todos los más fenecieron.

Dos veces aquesa antorcha

que domina el cuarto cielo

devanó de su madeja

los puros rayos febeos,

gozando de paz tranquila

dos años, pues adquiriendo

delicias que tributaba

un lazo tan halagüeño

estuvimos; ¿quién dijera

se desunieran dos pechos

que vivían con una alma?

Mas no es accidente nuevo

ser copia los azares

comúnmente a los festejos.

Desde que era no bien

en una quinta hube puesto

el pie, que de allí distante

a dos millas discurriendo

está, donde los sentidos

hallan tal divertimiento

que, sin cometer delito,

apetecen estar presos;

cuando al logro de esta empresa

Carlos me llama el guerrero.

Considera qué batalla

formarían a este tiempo

amor, voluntad, honor,

nobleza, amoroso afecto

en la congojosa plaza

del alcázar de mi pecho,

uniendo en aqueste lance

lo amante a lo caballero,

lágrimas de un bien perdido

por la ley, rigor severo

del amor, tiernas caricias

y de quien es el precepto

es constante, que a no ser

de la religión el celo,

que mi estado se perdiera,

que formaran mal concepto,

que no me juzgaran noble,

que atribuyeran a miedo

mi quietud; que en sangre ilustre

no es baldón de poco peso.

No lo tuviera a calumnia

si es que amante poseyendo

de mi esposa Genovefa

estuviese a cuellos tiernos

que con ella nada es mucho

y sin ella todo es menos.

Mira si con justa causa

doy rienda a los sentimientos

pues por lograr una dicha

Pag. 10

Sifredo.

son mil las glorias que pierdo.

Mosquito.

Cierto señor que fue Nino

Sifredo.

el amante más perfecto.

Para contigo, ¿te acuerdas

de aquella historia de Orfeo,

cuando con sonoras cuerdas

de un bien templado instrumento

pulsando trastes de oro,

blandamente orando al plectro,

trocando en piernas de araña

el bullicio de sus dedos,

por de Eurídice el amor

se fue por su pie al infierno?

Pues tengo entendido que

contigo no manda pleito.

Enrique.

Justa razón, gran señor,

de tan noble sentimiento.

Sifredo.

Que aun no dice la voz

lo que pronuncia el silencio.

Mas este cuidado tiene

afianzado su desvelo

en Lauro, que ha merecido

de mi privanza el afecto,

de modo que en mis estados

su gusto es ley y precepto.

Mosquito.

Señor.

Sifredo.

Razones busca.

Enrique, vamos, que quiero

a mi Genoveva amada

aliviar con el consuelo

de eximirla los pesares

que servirán de tormento

a su afable corazón.

Mosquito llevará el pliego.

Enrique.

Mucho siento de opinión

hayas de asistir al cerco.

A Mosquito.

Sifredo.

Así lograré la gloria

de rendirla más trofeos.

Vamos para que te partas.

Mosquito.

A la cuaresma con eso,

que como yo soy un bobo,

llámame parte, me entero,

y te aseguro, señor,

será feliz tu deseo,

que va en alas de Mosquito,

que es un ave de gran vuelo.

Vanse, y sale Genoveva, Flora, Lauro, damas, músicos y acompañamiento.

Flora.

Suponiendo esta armonía

al gustoso de contento,

al triste de sentimiento,

y al bien y al mal de alegría,

permite, señora mía,

las voces sonoras den

aumento al pesar, o al bien,

pues de su efecto verás

si gustosa estarás más,

y si triste más también.

Genoveva.

Ausente Sifredo, ¿qué

ha de haber, que baste, o pueda

Pag. 11

Genoveva.

a lo ardiente de mis ansias

servir de alguna tibieza;

¡ay, esposo, ay, dueño mío!

Lau.

Señora, suspiros templa,

que aunque ya ves ser justos,

me ocasionas que prevenga

presumas de mis cuidados

el tener alguna queja.

Gen.

No, Lauro, antes os estimo

la cuidadosa asistencia.

Aparte.

Lau.

¡Oh, razón, lo que acobardas!

¡Oh, voluntad, lo que alientas!

Tal satisfacción, señora,

en el alma queda impresa.

Mas permitid que las voces

lisonja al oído sean,

que no borran del amor

aquellas memorias tiernas;

antes bien arden de nuevo

las cenizas que están muertas.

Gen.

Como es incapaz mi pecho

de que más vivas las tenga,

fuera agraviar la memoria

si tal recuerdo la hiciera.

Lau.

Ya mi afecto reconoce,

no es digno que Vuestra Excelencia

con darse por bien servida

premio a su mérito fuera.

Gen.

Es razón que quien mi gusto

con tanto fervor desea

no halle en mi atento cuidado

menores correspondencias.

Cantad, pues; pero advertid

que sea donde se entienda

el concepto mal formado

o las voces lleguen muertas.

Aparte.

Lau.

Fortuna, pudiste hallar

ocasión mejor que aquesta

para que del corazón

mi labio intérprete sea?

Pues los mando que de lejos

canten; y dos en la bella

estancia de esos jardines,

al son de métricas cuerdas

formad acorde armonía

que su Excelencia lo ordena.

Vanse.

Todos.

Ya todos te obedecemos.

Aparte.

Lau.

Bien mi gusto lisonjean,

ahora delante mis ansias

el que la condesa entienda

equívoco mi cuidado.

Cantan a lo lejos de modo que la música no perturbe la representación.

Flor.

Fía de mi diligencia,

así lo haré.

Lau.

De ese campo

tengo esta espía secreta,

favorable a mis designios,

bien que a su crédito adversa.

Pag. 12

Lau.

que a batallones de oro

en muradas fortalezas

no hay piedra que no se ablande

ni cuidado que no duerma.

¡Oh, interés, cuántos baldones

le ha dado al honor, por estar!

No me acobardes, temor,

porque donde el amor reina

es agravio a su deidad

el no querer por fineza;

solo esta; alentad, razones.

Mas balbuciente la lengua

ni se anima, ni desmaya

ni se acobarda, ni esfuerza.

Genoveva.

¿Qué suspenso, Lauro, os miro?

Turbado.

Lauro.

Tal vez dicen que las penas

hallan alivio, señora,

si es que con otros se encuentra

que el rigor de sus pesares

con un mismo dolor sienta

en mí también.

Aparte.

Genoveva.

No, no dudo

ser cierto; que te despeñas,

ya conozco su intención

y disimular es fuerza.

No dudo, pues, que tendréis

igualdad en la tristeza.

Aparte.

Lauro.

Fortuna a las confusiones

da para respirar treguas.

Genoveva.

Y que de una misma causa

los dos efectos procedan,

que el ser tan leal vasallo

y de vuestro dueño la ausencia,

faltar a su compañía,

su señorío y grandeza,

del acaso la desdicha

librada a la contingencia

de un suceso, me ocasiona

que cuanto dijiste crea.

Lauro.

¡Qué respeto sus palabras

son rémora a mis potencias!

Genoveva.

Así será, ¿quién lo duda?

Turbado.

Lauro.

Es verdad, mas no está exenta

la voluntad de un cariño

que en el corazón se engendra.

Cantando de lejos.

Genoveva.

Luego estimáis...

Lauro.

¿Quién lo duda?

Genoveva.

Siendo expuesto a la vehemencia

de ausente dueño, ya juzgo

a mi pena igual la vuestra.

Lauro.

A mayor extremo pasa

de mi pesar la violencia.

Genoveva.

¿Cómo puede ser a más?

Lauro.

Idolatrando belleza

a quien no pueden mis ansias

publicar la causa de ellas.

Pag. 13

Genoveva.

¿Que vuestra dama no escucha?

Aparte.

Lauro.

Sí, dadme valor, cautela.

Mas temo, si me declaro,

que toda su gracia pierda.

Aparte.

Genoveva.

Y no mal, pues el delito

es de tu infamia profeta.

Ya parece que los ecos

a aquesta parte se acercan.

Música cerca.

Lauro.

Querrán que su habilidad

de tu atención premio tenga.

Suena la música dentro y que se oiga.

La música va a cantar glosando.

Música.

No me engañes, pensamiento,

por consolarme no más,

que la esperanza que das

es duplicado tormento.

Lauro.

Hecha neblí mi esperanza

tan remontada se eleva,

que en sí la palma se lleva

aunque la empresa no alcanza;

y sé que nace su bonanza

del ver que el entendimiento

la alienta, abatimiento

de conseguir esta gloria;

y pues vivo en tal memoria,

Él y Música.

no me engañes, pensamiento.

Lauro.

Decir quiero mi pasión,

pero al ver que no merezco

atento oído, enmudezco,

volviéndola al corazón.

Mas me obliga tal razón

a que no olvide jamás

que tú me disculparás

si explico la idea mía,

que tiernamente porfía.

Él y Música.

por consolarme no más.

Lauro.

Si a callar rindo mi brío,

hago insufribles los días

llorando desdichas mías

por un ajeno albedrío;

vivo con tal desvarío

que hablándole pierdo más;

ciego Dios, no excusarás

a tu arpón aquesta herida,

mira que es más dolorida

Música y Él.

que la esperanza que das.

Lauro.

Con que de cualquiera suerte

temo perder lo que adoro,

porque si me explico lloro,

y en no hacerlo hallo mi muerte;

y así mi discurso advierte

sepulte en el sentimiento

el dolor, o entregue al viento

los suspiros de mi llanto,

pues habiendo rigor tanto,

Música y Él.

es duplicado el tormento.

Lauro.

Mira si hay pena mayor

que morir sin declararme,

siguiéndose el abrasarme

Pag. 14

Lauro.

al explicar mi dolor

que es dueño tan superior

que temo si digo el acento.

Lauro.

No me engañes, pensamiento,

por consolarme no más,

que la esperanza que das

es duplicado tormento.

Genoveva.

¿Dónde te lleva el destino?

Lauro, tu orgullo detén.

Aparte.

Aparte.

Lauro.

Tercero sea a mi bien

el jardín del Palatino,

y porque veas si fino

estar debo en el querer,

permite el rostro volver

a esa hermosa galería,

verás de la pena mía

lo noble del padecer.

¡Oh, lograse mi intento

con un retrato que hay suyo!

Genoveva.

Vuelva en mí aliento, que arguyo

ser otro su pensamiento;

que yo, que siempre el aumento

solicito a vuestra fama,

voy a ver quién es la dama,

podéis hablarme después.

Al quererse ir la Condesa se detiene a la razón de Lauro y se mudará el jardín en una galería, y en ella se verá el retrato de Genoveva; y se turba al verle. Se le caerá un guante que levanta Lauro y, de rodillas, en el sombrero le dará a su tiempo.

Lauro.

Este su retrato es,

él dirá cómo se llama.

Genoveva.

Ni el rayo en alta región

ni el trueno por él causado

cual tu veneno ha abortado.

Previene más confusión.

¿Es aquesa la atención

a tu dueño? ¿Así esclareces

tus hechos? ¿Así agradeces

aumentos de tu persona?

¿Así ilustras tu corona?

Mira qué gusto anochece.

Lauro.

Señora, el guante.

Dale con él en el rostro.

Genoveva.

Tirano,

aunque sea prenda mía,

de tan vil hipocresía

así le toma mi mano.

Vuestro delito villano

os cause arrepentimiento,

porque si no el escarmiento

veréis en vuestra cabeza,

y aun para tanta bajeza

es moderado tormento.

Aparte.

Lauro.

Ya los criados al ruido

se acercan de la Condesa.

Disimulo aunque me pesa.

Genoveva.

Si mi rigor no es temido,

mirad que tengo marido

que sepa vuestra osadía.

Aparte.

Lauro.

Ya le faltó luz al día.

Salen.

Muñoz.

¿Ordena algo, señora?

Genoveva.

Decir que no es fuerza ahora.

Pag. 15

Genoveva.

venid en mi compañía.

Sale Drogan.

Lauro.

¡Oh sentido en que borrascas

tan sin sentido te anegas!

Para el oído un ultraje,

para la vista una afrenta.

¡Mirad que tengo marido

que vuestra osadía sepa,

que yo la vida desprecie,

y aquestas razones tema!

Sí, que perderla no es mucho

como con crédito sea,

o a lo menos que intentadas

las traiciones no se vean.

Mas que yo beneficiado

del gran Sifrido mantenga

embozado en su cariño

con tal veneno la fuerza,

y que al culto de su fe

sacrifique tal ofrenda...

Que si mi intento se sabe,

a un tiempo todo lo pierda,

fama, crédito y honor,

vida, privanza y nobleza,

que son de tal proceder

las seguras recompensas.

No, por Dios, viven los cielos,

no he de estar a contingencia

que mi elevada fortuna

verla en un punto deshecha!

Drogan, humilde criado,

¿no es el que agrada la idea,

por repartir las limosnas

de aquesta enemiga fiera?

¿No da indicios que su seno

viviente fruto alimenta?

Pues con tales prevenciones

he de apurar su inocencia,

intentando el más enorme

delito, la más horrenda

maldad que haya visto el mundo;

pues conseguiré con ella

cerrar al temor el daño,

abrir al amor las puertas.

Previniendo; mas Drogan

aquí parece se acerca.

Loco pensamiento, calla,

y advierte que no es vileza

en la corte de Cupido

ser traidor, que es cosa cierta

que el cauteloso es leal,

y ama el que no con tibieza.

Viéndole, se detiene.

Drogan.

Lauro está aquí, pues bien cierto

mil parabienes me diera

por no hallarle, que el humilde,

como vive en su miseria,

hospeda mal en su pecho

Pag. 16

Drogan.

Vanas pompas de soberbia,

volveréme sin hablarle.

Lauro.

¿Dónde vas, Drogan? Espera.

Drogan.

Como advertí que no está

en este jardín su Alteza,

se vuelve mi rendimiento

sin la fortuna de verla.

Lauro.

Asistir a su cuidado

es de todos igual deuda;

disponga mi engaño arte,

saber desmentir sospechas,

porque la lisonja siempre

mucho vale y poco cuesta.

(Aparte.)

Drogan.

¿Desde cuándo, afable Lauro,

mis servicios lisonjea?

Dices bien, pero ya advierto

ociosa mi diligencia

en buscarla, porque sola

pasa al cuarto.

(Quédase al paño y sale Genoveva.)

Lauro.

Aquí se queda.

Ya la verás. ¡Oh, cuánto temo

correr segunda tormenta!

Desde aquí podrá mi amor

gozar de toda su esfera.

Genoveva.

Pues, Drogan, ¿cómo permites

a tu atención tal ofensa?

Tanto ausente de mi vista,

¿es buena correspondencia

qué responder?

Drogan.

Afligido por los pobres hoy me viera

para librar su socorro

en tu piadosa grandeza.

Genoveva.

Pues, ¿ha faltado qué darles?

Drogan.

No, que es tal la Providencia

que en todos tiempos acude;

mas no aguardar a que venga

caso en que pedir milagros,

es prevención justa y cuerda.

(Quítesela.)

Genoveva.

Pues, ¿hay en mí erario, alhaja,

que de ello dueños no sean?

¿Mi palacio, mis tesoros,

mi voluntad, mis riquezas,

no son a sus infortunios

francas y comunes puertas?

Y aun mi adorno, esta sortija,

será fundamental piedra

que labre en mi ardiente celo

la basa de sus promesas.

(Aparte.)

Lauro.

Nuevo aliento ha recibido

con aquesto ya mi empresa.

(Vase.)

Genoveva.

Dale luego su valor,

porque la magnificencia

del dar no está en el dar mucho,

sino en darlo con presteza.

Pag. 17

Dro.

¡Oh prodigioso colmo de virtudes!

¡Oh singular grandeza dadivosa!

¡Oh mano liberal, que siempre acudes

a ser tan franca, como fructuosa!

Con acción tan piadosa, ya no dudes

a la luz de tu incendio mariposa,

te sigan de tu afecto tales medras

que en panes se conviertan ya las piedras.

Sale Lauro.

Aparte.

Lau.

De la acción de la Condesa

amigo Drogane he visto

gran virtud. ¿Hay más que hacer?

Su generoso cariño

aún excusar el mandarme

por ser más liberal quiso.

La sortija volverás,

que yo el valor más crecido

de lo que vale esa joya

te daré, y así consigo

no se malogre una alhaja

de valor tan excesivo.

Que este obsequio, aunque ella es dueña,

de mi buen afecto es hijo,

que ausente Sifredo es

obligación de mi oficio.

Bien le aliento, que a sus daños

este es seguro camino.

Dro.

Porque la Condesa ajena

no esté de afecto tan fino,

iré y en su mano propia,

después que haya repartido

la recompensa a los pobres,

la pondré si así te sirvo.

Dale un bolsillo.

Lau.

Esas cien doblas dar pueden

a tanta piedad principio.

Vase.

Dro.

Harélo como lo ordenas,

que transformado le admiro.

Sale Anfriso y Ricardo.

Lau.

Anda, que cuantos animas

son pasos al precipicio.

Que mis confidentes busque

para el intento es preciso,

y que verdad este engaño

hacer puedan los indicios.

Aunque a mis subordinados

a todo están prevenidos,

he de ocultar mi intención,

haciendo que ellos mismos

sean de mi ciego arrojo

si quedan fieles testigos.

Mas Ricardo acompañado

viene a esta parte de Anfriso.

Ric.

¿Lauro, pues cómo tan solo?

Aparte.

Lau.

Vengáis en buen hora, amigos.

Empiece a obrar mi cautela.

No lo extrañéis, que colijo,

si de mí pudiera huir,

me ausentara de mí mismo.

Ric.

¿Qué ocasiona tu tristeza?

Pag. 18

Lau.

Pues que sois en quien yo fío

el peso de mis secretos,

este a todos ha excedido

y así medid con mis voces

la atención de vuestros oídos.

Ya sabéis que por ausencia

de nuestro Sifredo invicto

al cuidado de su casa

Argos quedé, que corrido

el labio pronunciar teme

que como yo más asisto

a nuestra aleve condesa,

por esa causa haya sido

el que entienda, que ha violado

el honor más peregrino

del linaje más ilustre

que en duro bronce está escrito.

¡Cuánto estimara callaros

su ofensa! Pero advertido

de que nada así remedio,

quiero ver si en el decirlo

hallo consejo que pueda

ser a tanto mal alivio.

Con qué vergüenza os diré

el traidor vil atrevido

a tanta gloria. ¿Quién sea?

Pues Drogan. Aun el estilo

de las razones no encuentro

cómo podré referirlo.

¿Juzgáis que tanta maldad

no se reboza en los visos

de su infame hipocresía?

Que ese es el medio mismo

con que goza sus caricias,

y triunfa de su albedrío.

Y es cierto que sin su error

no fuera el conde ofendido.

Y que en ella se quedara

yo callara; pero miro

oscurecidas sus glorias

no ilustradas del castigo;

y así que a mí me toca

quien después de dar avisos

a no tan presto por si puede, capte

rendir mi amor persuasivo

su constancia con violencia

ya que no con los cariños.

Y pues me toca en su ausencia

atento mostrarme y fino,

su honor manchado peligra,

para estorbarlo os suplico

me digáis qué debo hacer.

Mas no, excusad el decirlo,

hasta que por algún medio

sean vuestros ojos mismos

los que lo vean, y entonces

el parecer no esté tibio.

Ric.

Te aseguro.

Anf.

Te prometo.

Pag. 19

Ric.

Yo te protesto.

Anf.

Te afirmo.

Los dos.

Que sin ti para creerlo

ha sido todo preciso.

Lau.

No es ocasión de dudar,

cuando en mí hubiera sigilo,

sin cuidado a vuestros ojos

se vinieran sus delirios.

Anf.

Pues mirar por nuestro dueño

es lealtad.

Ric.

Muy bien has dicho.

Retíranse los tres al paño, sale Genoveva con una carta, Flora, damas y Mosquito.

Aparte.

Lau.

La Condesa con un pliego

se va acercando a este sitio

y así, entre tanto que pase,

retirémonos, amigos.

Quiera el Cielo que logren

aquí aliento mis designios.

Gen.

¿Tienes más de qué informarme?

Mosq.

Todo, Señora, lo he dicho.

Gen.

Vuelvan a leer mis ojos,

en muestra del regocijo.

Lau.

Sin duda que algún despacho

a la Condesa ha venido,

y, pues asistirla es fuerza,

en habiéndolo sabido,

volveré; a que me esperad.

Los dos.

Tu gusto, en todo, seguimos.

Gen.

Me alegro que a tan buen tiempo

lleguéis, Lauro.

Aparte.

Lau.

Solo ha sido

malo para mí, no estando

siempre a tu gusto rendido.

Con falso arrepentimiento

templemos su enojo altivo.

Aparte.

Dale la carta.

Gen.

Equívoco da a entender

que su culpa ha conocido,

y por obligarle a que

su yerro enmiende, permito

a mi recato franquee

lo que al Conde le he debido.

Sifredo de aquesa suerte,

da treguas al dolor mío;

leed, porque conozcáis

qué debéis a su cariño,

en tanto que en su respuesta,

cortas razones escribo. Flora.

Flo.

Ya tienes aquí

tinta y papel prevenido.

Mosq.

¡Por Dios, que la tal Florilla

no tiene muy mal hocico!

Señores, ¿no es un retrato

de mi cara, en lo bonito?

Lee Lau.

Si la esperanza a mi pena

le viste solo el alivio,

y si la ausencia me ahoga,

con su brevedad respiro;

bruto deslumbrado, espero

ser mariposa, que al fuego

Pag. 20

Lee Lau.

en el ardor de tus soles

galantee su peligro.

Y en tanto, ser Lauro a quien

toda tu asistencia fío,

puede aliviar mi pesar.

Adiós, bello dueño mío.

Levántase de rodillas.

Genoveva.

¡Oh, quiera el cielo que vayas

al paso de mis suspiros!

Mosquito.

¡Vive Dios, que este señor

tremendo agravio te hizo!

Genoveva.

¿De qué suerte?

Mosquito.

Porque estás cuatro dedos, yo lo fío,

sí, más bizarra que un día

te pintó; y a él permito

los ayes para quejarse,

fuego para su cariño,

tierra para su fiereza,

viento para los suspiros,

y agua en que le doy licencia

para hacer dos pucheritos.

Dale la carta.

Genoveva.

Lauro, premiad la lisonja,

y con aquesta que he escrito,

cerrándola, despachadle.

A Mosquito.

Lauro.

A solo servirte aspiro.

Esperadme, que ya voy.

Vase.

Mosquito.

Mirad que no soy judío.

Genoveva.

Dejadme.

Vanse los dos.

Florida.

¿Sola te quedas?

Genoveva.

Mis penas están conmigo.

17

A Lauro.

Ricardo.

Vámonos.

Lauro.

¿Quedarse sola?...

Esperad porque imagino,

¿no es acaso...

Ricardo.

Di, ¿Drogan no es aquel?

Sale Drogan.

Lauro.

Sí, detenidos por un instante aguardemos,

que podrá ser su incentivo

ardor, pues tiene ocasión

dar de verlo algunos visos.

Drogan.

Señora, muestre mi afecto

hoy también su regocijo.

Genoveva.

En todo pagas, Drogan,

lo grande de mi cariño.

Drogan.

El corresponder es deuda.

Genoveva.

Eres siempre agradecido.

Drogan.

Sí, señora, he de mostrarme

liberal sin serlo.

Genoveva.

Dilo.

Ricardo.

Los ojos muestran parleros

lo que previene el oído.

Vuelve la sortija.

Drogan.

Recibid esta sortija.

Lauro.

Mirad su intento atrevido.

Genoveva.

Pues ¿cómo sin que me digas

en qué estado el amor mío

su recompensa ha logrado,

puedo admitirla?

Toma la sortija.

Drogan.

Yo fío,

que tu afecto, gran señora,

está bien correspondido.

Pag. 21

Genoveva.

Con tal calidad la acepto,

ven, y en el frondoso sitio

del jardín divertirás

con el suceso el oído.

Vanse. Salen los tres.

Lauro.

Decir pueden las sospechas

ser más claras.

Ricardo.

Aturdido

dudo si despierto o sueño.

Anfriso.

A mí me engaña el sentido.

Lauro.

Ya veis en nuestra lealtad

salpicado aquel antiguo

blasón, porque nuestro dueño

siendo el móvil, es preciso

el acaso bueno o malo

reparta en sus individuos.

Anfriso.

Solo a vengarle aspiramos,

Ricardo, su rumbo sigo,

que cuando no publicara

la traición aqueste indicio,

es soberbio y poderoso.

Ricardo.

Pues el conde le ha admitido

en su lugar, no me toca

más que obedecer rendido.

Lauro.

Cómo ha de ser.

Los dos.

Eso quede a disposición y arbitrio

que discurrir puedes pues.

Lauro.

Pues el parecer es que sigo

que este mísero criado

traigan hoy preso y cautivo

en una oculta prisión

viva muriendo, y a un mismo

tiempo también la condesa

por más decente camino

tenga más noble custodia,

para que así el poderío

no la dé lugar a que

dé libertad al impío

Paris de tanto tesoro,

y ejecutado el aviso

daremos a nuestro dueño,

luego que al orbe ofrecido

haya el fruto que albergado

en sus entrañas cobijo,

que no dudo a los pasados

ha de exceder este indicio.

Los dos.

Dices bien, no lo dilates.

Lauro.

Yo cruzaré ese peligro,

a fortuna están las velas

al aire de tu destino

no en playa serena ampare

algún oculto bajío.

Fin de la Primera Jornada.

Jornada segunda

Pag. 22

Segunda Jornada.

Sale el Conde Sifredo, y Mosquito con una carta en la mano.

Sifredo.

¿Qué frío me has tenido?

Dale la carta.

Mosquito.

De los finos amantes

siempre ha sido

arenga muy usada,

aunque sea muy corta la jornada,

hacer a los instantes

horas, y vigilantes

las horas días, los días semanas,

y aumentando a su pelo dos mil canas

a las semanas meses prolongados,

años los meses, y desesperados

siglos los años; de donde se infiere

que vive la esperanza el gusto muere,

porque el tiempo se alarga, según veo,

si camina en los brazos del deseo.

Mas esta se ha tardado;

me disculpe, señor, del mal recado,

que en haciendo el negocio que conoces

puede dar el criado cuatro voces.

Sifredo.

Mi afecto lo ocasiona.

Lee Sifredo.

Mosquito.

Acabará con ello tu persona.

Sifredo.

El iris de vuestro alivio ha sido consuelo a

mis males, y clara serenidad a mi borrascoso

dolor; mas no ocasiones con vuestra

dilatada ausencia sean triunfos de

la parca dos víctimas que contingencia

tiene la que viviente en mi claustro se

alimenta, labrar con tanta pena su sepulcro.

= Vuestra Genovefa.

Que ya tiene mi cuidado

quien queda continuará el heredado

blasón, y el adquirido

de tanto ilustre conde esclarecido.

Sin duda el amor quiso

no dejar al Parnaso que indeciso

cariño tan unido

quedase en dos amantes dividido.

¿Cómo quedó mi esposa?

Mosquito.

De tu ausencia llorosa,

dando a las flores perlas,

que decir pude al verlas

cayendo del cielo:

me hizo ver las estrellas en el suelo.

Pues si yo te dijera

al ver su rostro, que era

de mil auroras salva,

lo creyeras, que tocando el alba

vi las manos hermosas,

y envidioso el cabello de estas cosas,

si vieras cómo huía,

y al céfiro decía:

no riguroso como juez me trata,

que no he de buscar fuego donde hay mata.

Luego mar componía su hermosura

y al ver que se explayaba en su blancura

con ánimo desvelo

el mar andaba suelto por el cielo.

Pag. 23

Mosquito.

que él reformaba airoso

un escuadrón copioso,

descubriendo tal frente a su hermosura

que ni sobra ni falta se le apura;

a sus ojos y cejas dio las bellas

armas Cupido, pues con arcos ellas

flechas arrojan de amoroso fuego,

de donde colegir pude yo luego,

viendo que la color tan negra sea,

que nacieron sus niñas en Guinea;

viera a la nariz (ay, que no es nada)

en destreza un tantico apasionada,

pues la admiré perfecta

porque en perfil estaba estando recta;

despreciaban las rosas sus mejillas

que no se adornan ya de estas cosillas,

pues fuera agravio al cielo

realzar sus quilates con el suelo;

no me empeño en pintar, señor, la boca,

por ser para mi musa cosa poca;

dos claveles sus labios admiraba,

rasgados sí, pues con temor dudaba,

cada vez que la veía,

si era rojo coral que se vertía;

los dientes es locura ponderarlos,

en plata he de contarlos,

que como son menudos

no puedo en mis conceptos que son rudos;

la garganta ostentaba ser señora

20

Mosquito.

gastando mucha nieve a cualquiera hora;

efectos de verdad su talle tiene

pues sin quebrar delgado se mantiene.

Ves la aquí mi pintura ya acabada,

que aunque faltan los pies no es casi nada,

perdona lo atrevido

y prémiame con darte por servido.

Sifro.

Nueva guerra has formado al pensamiento.

Morg.

Pues señor, como ciego de mí cuento,

estándola copiando por traerte

su belleza pintada de esta suerte,

se fue con sus criadas

y no pude seguirla sus pisadas

porque no distinguía.

Sifro.

Calla, calla,

que a todas las potencias das batalla.

De Aviñón el combate humilló al moro,

por cuya causa tal ausencia lloro,

adonde la victoria si fue suerte

morir Enrique, fue para mí muerte,

y pues falta no más sus torreones

dejarlos con defensa y guarniciones;

luego esta diligencia fenecida

vamos donde renazca a nueva vida,

pues vivo con celos ya sin remedio

habiendo tierra tanta de por medio.

Morg.

Vamos, señor, mas sabes qué reparo...

Sifro.

¿Qué?

Morg.

Abenamar el moro de lo caro

Pag. 24

Sifredo.

Desamparado el campo el temor cesa.

Margareto.

Mi cobardía librar no prospera,

de amor el arte, y teme mi flaqueza

nuestro quebradero de cabeza.

Vanse y sale Lauro, abriendo una puerta, y una llave en la mano, y a un lado del teatro habrá una reja como de prisión.

Lauro.

Abro la primera puerta,

no hollada de humana planta,

desde que yacen sirvientes

cadáveres en la estancia

desta torre la condesa,

y abogan en partes varias.

Reducir este imposible

no pueden mis ciegas ansias.

Un hierro enlaza otro hierro,

que entendí que violentada

tu altivo blasón rindiera

a mi loca confianza.

Ya es delirio el discurrir

que es cierta la publicada

traición, me importa que sepan

y que en aqueste alcázar

de la prisión, ha ofrecido

el fruto de sus entrañas,

no sabiéndolo ninguno

sino es aquesa criada,

que la truje a quien yo traje

ausente Sifredo para

que obediente a mi precepto

su voluntad granjeara;

que siendo cómplice tengo

mi intención asegurada;

y de quien yo he de valerme,

porque su padre en la magia

es árbitro, en que patente

a la adulación bastarda

adornos de verdad viste,

como áspid en flores varias,

a cuyo ruego rendido

halla alivio mi esperanza.

Y aunque un tierno infante ha dado

de tinieblas a luz clara,

un mes ha, que ha nacido,

ha de ser la voz y fama

corriente, que si en diez meses

que el gran Sifredo ha que falta

al fin de ellos se publica,

el parto hará disonancia

a lo natural de donde

han de colegir la infamia;

y aunque la filosofía

por sus principios alcanza

puede, en un año y más tiempo,

habitar la breve estancia

maternal lo concebido,

no todos de ella se abrazan;

y más cuando las sospechas

a evidencias se adelantan.

Esto ha de ser, y a Sifredo

avisaré con tal traza,

Pag. 25

22

Lauro.

que agradezca mi cuidado

moviéndole a que la saña

de su cólera reduzca

a breve pira la llama

que ardiente vive en su pecho.

Disponiendo forma que haga

montes de ira soberbios

que obliguen a sepultarla.

Su prisión es esta, yo

he sido el alcaide y guarda

que de otra suerte pudiera

mi traición correr borrasca.

Dentro.

Genoveva.

Piedad, clemencia santa,

si es que puede moverte pena tanta.

Drogan dentro. Ruido de cadenas.

Lauro.

A esta parte la Condesa

se lastima, no intentara

mi traición, su tierno llanto

confieso que me templara.

Drogan.

Tirano, ya postrada

tienes aquesta vida desdichada.

Como que abre otra puerta y a este tiempo se verá como un cuarto alhajado de libros y escritorios.

Lauro.

Aquí al son de la cadena

Drogan afligido labra

al compás de sus pesares

lastimosas consonancias,

y en ambas partes el llanto

y la queja en partes ambas.

Veo si habrá tal rigor

triunfado de la constancia,

deste hielo a mis suspiros,

de aqueste bronce a mis ansias.

Mas no muera mi porfía

aunque viva en su desgracia.

Abro esta puerta segunda

que del retiro es estancia

de la Condesa, ¡oh fortuna

si una vez te mejoraras!

Noble Condesa del tronco

de Bravante ilustre rama.

Genoveva.

¿Quién de mí tiene memoria?

Lauro.

Quien nunca de ti la aparta.

Genoveva.

Falso tirano, ¿qué quieres?

Cruel traidor, ¿no te basta

el rigor con que soberbio

hoy mi inocencia maltratas,

sin que el objeto presente

tenga en ti de mi desgracia?

Lauro.

Suspende, divino dueño,

las iras con que amenazas,

que para darme la muerte

tus ojos hermosos bastan.

Genoveva.

No te canses, falso, aleve,

desvanece tu esperanza,

que Deyanira he de ser

no rindiendo mi constancia.

Aunque Alcides en valor

y traiciones te mostraras,

pues robar o aprisionar

con suposición falsa

este despojo viviente

Pag. 26

23

Genoveva.

podrás; mas quédame el alma

que no se rinde a violencias,

ni rigores la contrastan.

Lauro.

Libertad vengo a ofrecerte,

aunque yo solicitarla

debiera de ti; pues eres

el dueño por quien esclavas

mis potencias se confiesan

de su atrevimiento errada.

Admítela por favor,

si solamente la cambias

a que alienten mis congojas,

a que se templen mis ansias,

a que cesen mis suspiros,

a que premies penas tantas.

(Vase.)

Genoveva.

Tirano cruel, no juzgues

que el rigor con que me tratas

a vista de tus caricias,

ha de abandonar la clara

fe con que a mi esposo adoro.

Ejecuta, piensa, traza

nuevos modos de tormentos,

que todos juntos no bastan

a salpicar del armiño

de mi honor aquella blanca

piel que le conserva hermosa

la castidad, también guarda.

Mártires a quien coronas

ofrece y de eternas palmas,

una de ellas apetezco.

Escollo soy, que no acaban

del viento golpes soberbios;

antes más bien le reparan,

que si furiosas las ondas

le encuentran, ellas le labran;

pues las ofensas le pulen

y los combates le esmaltan.

Conmigo no han de poder

ni violencias, ni templanzas,

ni dulzura, ni crueldad,

ni lisonjas, ni amenazas.

Mira si este desengaño

te da alguna confianza.

Lauro.

Espera, fiera, detén,

halle alivio el mal que ultraja

mi corazón en tus voces.

Floro.

Es una tigre de Hircania.

Lauro.

Pues supiste mi intención.

Floro.

Ya sé que de mí aprobada

fue, creyendo las violencias

rindieran altivez tanta.

Pues así como la abeja

de amargos licores saca

dulce néctar que aprisiona

la colmena en cárcel parda,

así juzgué que pudiese

reducirla.

Lauro.

Pues no bastan

medios ningunos, ya es fuerza

Pag. 27

Lauro.

confirmar la publicada

traición; y así a tus ardides

mi riqueza es tributaria.

Floro.

Ten por cierto que el servirte

fue siempre mi mayor ansia

y que por hacerlo soy

cómplice en fortunas varias.

Lauro.

Lo sé, porque a no serlo

un veneno asegurara

el secreto, pues ahora

la mayor fineza falta

que hacer.

Floro.

Si en mi diligencia

la tienes, señor, librada,

no es mayor pues todo es poco

para darte gusto.

Lauro.

Basta;

Sifredo sabrá su pena,

que despaché con la carta

a Ricardo, y por si altivo

e irritado de la saña

que el aviso ha de causarle

dispone que la venganza

sea por sí, determino

ver de Aviñón las murallas

que teniéndole ya ciego

el enojo, cosa es clara

podré guiar su pasión

donde asegure mi fama.

La Condesa, como que está en el cuarto con un papel en la mano, y Lauro y Floro como que le están hablando.

Echa el papel en el escritorio.

Genoveva.

Pues llora esta divertida

y contra mí conjurada,

siendo a tanta pesadumbre

en parte la mayor causa.

Este papel cuyos rasgos

mi infeliz suerte retratan

escrito con sangre, que

también quiere mi desgracia

negro licor, no permitan

por este riesgo a mis ansias

sea quien en algún tiempo

por si las penas me acaban

diga cómo mi fortuna

a un casto amor fue contraria.

Este retiro del Conde

tal vez suele ser estancia

y pues el breve resquicio

de este escritorio me llama

a que por él a su centro

pueda dejar sepultadas

las razones que contiene,

logre la breve esperanza

de que algún día por él

se publique traición tanta.

Floro.

Y estando tú ausente...

Lauro.

Fío de Anfriso la vigilancia.

Esto ha de ser, mis cautelas

sabrás después lo que trazan.

Floro.

Pues de que te he de asistir

puedes tener confianza.

Vase.

Pag. 28

Lau.

A cerrar vuelvo la torre,

mi intención asegurada

considero; pues testigos,

indicios que el parto causan,

magia que mira a mal fin,

a que obras no tema bastan.

Vuelve el teatro como estaba. Vase.

Salen Morquito y Sifredo, parándose.

Morq.

¿No dejan de darme enfados

los caballos aunque pocos?

Mas ya a los dos como locos

los dejo, señor, atados.

Sifre.

Dolor, la pena es forzosa,

a vista de tal tormento;

pues mi mayor sentimiento

es no saber de mi esposa;

y pues ya de la pasada

herida que en esta mano

logró el bárbaro africano

mejoró nuestra jornada,

prosigamos.

Morq.

Fue impensado

el rebelión que formó.

Sifre.

Mucha gente nos quitó.

Morq.

Mas quedó descalabrado.

Pero me admiro, y no en vano,

de aquestos que te han herido,

siendo tú tan corregido,

que te vayan a la mano.

Sifre.

Deja pensamientos vanos,

pues hemos de llegar presto.

Morq.

Eso vaya, mas por esto,

hubo moros y cristianos.

Sifre.

La ausencia, muchos destierros

me causa.

Morq.

A mí dos mil lloros,

que de tratar con los moros,

estamos dados a perros.

Mas un consuelo imagino

que nos queda.

Sifre.

¿Cuál es, di?

Morq.

Valer a Maravedí

cada cántara de vino.

Sifre.

El gustarlo no es decoro

de mi ley.

Morq.

Dicen, ufanos, moros no beben, cristiano,

sino beber, moro y moro.

Cuando ellos comían, vi,

cuya regla observo yo,

pedir agua de por no,

mas el vino de por sí,

con que ausentes sus personas,

nuestro vino dejarán,

y se irán a Tetuán

los tales a coger monas.

Sifre.

Mas, ¿quién a la vista está?

Morq.

Lo sabré; pero ya viene.

Sifre.

Ya llega. Di lo que conviene.

Morq.

Ya, señor, él lo dirá.

Sale Ricardo con una carta.

Ric.

Permite sellen mis labios

la estampa que tu pie forma.

Pag. 29

Sifredo.

Ricardo, sube a mis brazos,

de esa tu esperanza logre

de mi mano las albricias,

¿ha tributado la concha

de mi esposa aquella perla

que en su nácar aprisiona?

¿Te suspendes? ¿Enmudeces?

Dime, ¿acaso se transforma

mi dicha en que haya apagado

la Parca la ardiente antorcha

de la vida de uno u otro,

o ambos trocaron a sombras

la luz de su vida? Di.

Ricardo.

Permite, señor, que a solas

quedemos, que así presumo

a Vuestra Alteza le importa.

Sifredo.

Dejadnos solos, Mosquito.

Vase.

Mosquito.

¿No es bien desdichada cosa

que pequemos de ordinario

en el undécimo, y da

la vida, cuando hay que hablar,

está el criado de sobra?

Ricardo.

Pues, señor...

Sifredo.

Ricardo, di.

Ricardo.

Aquesta el silencio rompa.

Sifredo.

Muestra, que presagios ciegos

el corazón alborotan.

Lauro desta suerte escribe.

Ricardo.

Temiendo está el alma toda.

26

Lee.

Representa.

Sifredo.

Si no temiera decir

tu desgracia lastimosa,

a este papel confiara

el testigo que me ahoga.

Bien temo que tu familia

no deja estar noticiosa,

y así Ricardo dirá

la pena que me congoja.

Ningunos medios bastaron

a estorbarlo, porque toda

mi actividad engañó

la modesta cautelosa.

Y porque culpar no puedas

mi fidelidad heroica,

aqueste infeliz aviso

te doy aunque a mucha costa

hasta que el tuyo me informe.

Siendo los que le ocasionan,

detenidos estarán

con vigilancia y custodia.

Aún viven mis confusiones

en sí mismas, pues zozobran

en la duda, no ignorando

ser la tormenta forzosa.

Este enigma me descifra.

Ricardo.

No obedecerte perdona

que mi voz...

Sifredo.

No te suspendas.

Ricardo.

Pues tu honor...

Sifredo.

Voz rigurosa.

Ricardo.

Se ha eclipsado.

Sifredo.

Pena fuerte.

Pag. 30

27

Ricardo.

Faltando...

Sifredo.

¡Aguardad, congojas!

Ricardo.

A la ley...

Sifredo.

¡Terrible caso!

Ricardo.

Conyugal...

Sifredo.

Ahora, ahora,

penas, llegad todas juntas.

Ricardo.

Con Drogan...

Sifredo.

¡Oh, vil deshonra!

Ricardo.

De cuya traición...

Sifredo.

¡Ah, rabia!

Ricardo.

El fruto...

Sifredo.

¡Mortal congoja!

Ricardo.

De un infante...

Sifredo.

¡Qué rigor!

Ricardo.

Da resultado...

Sifredo.

¡Ah, engañosa!

Ricardo.

Que tú ausente...

Sifredo.

Aquí, atención.

Ricardo.

Diez meses, duque...

Sifredo.

¡Traidora!

Ricardo.

A luz dio...

Sifredo.

¡Rigor esquivo!

Ricardo.

Quien publique tu deshonra.

Sifredo.

Calla, cierra el labio, calla,

qué tósigo, qué ponzoña

se ha apoderado en mi pecho.

¡Ah! ¿En aquesta forma

habías de oscurecer

las luces de tanta gloria

como ha adquirido mi brío?

Eres esfinge engañosa,

sirena que es la virtud

extranjera en su persona,

falsa Circe, tus halagos

son espinas venenosas,

que no se siente el dolor

hasta que el cuerpo inficionan;

cocodrilo que en el llanto

cifra intenciones traidoras.

¿No has ultrajado mi honra,

no has abatido mi pompa?

Pues yo la daré la vida

con la que está en ti de sobra,

y aun más; pues curaré una

a costa de dos, y a costa

de ese que es quien tu delito

en mudas voces pregona.

Mas, ¿dónde vas, pasión mía?

¿Adónde vas, furia loca?

Suspende un poco las iras.

¿Es posible aquella hermosa

imagen de Genoveva,

quien la que mi pecho adora,

lo que hace mi valor

haya de borrar su sombra?

No, no, no es posible, no,

aquella honestidad corra

por sendas de contagiosos

celos que el alma alborotan.

Siempre admiré sus acciones.

Pag. 31

28

Sifredo.

de virtudes muy copiosas.

No puede ser, miente el mundo,

el cariño es quien informa,

no fue siempre grande, si

luego es cierto, no se ignora.

Si otro hubiera me avisara

el que tuvo, mas ya es cosa

muy usada en las mujeres

acariciar cuando roban

el honor; pues aseguran

el que no esté sospechosa

su traición, ¡qué grande es esta!

Dime ¿has visto algunas sombras

que hayan turbado mi honor?

Ricardo.

Señor, no es bien tu persona

acentos que son agravios

y que tanto al honor tocan

segunda vez repetidos

de quien te estima, los oiga.

Sifrido.

¡Ah rencor, ah rabia, ah celos!

Prevenid bosque furiosa

vuestra saña tal castigo

que iguale la ofensa toda.

Ricardo vuélvete al punto

y di a Lauro que disponga

prisión más estrecha a quien

tanto mi enojo ocasiona.

Presto vean mi castigo.

Ricardo.

Así lo haré.

Vase.

Sifrido.

Ahora, ahora celos abreviad la vida,

desquiciad las luminosas

antorchas; prevenid rayos

que sepulten mi deshonra: ay

si conmigo sois crueles

¿cómo piadosos os nombran?

¿no hay un rayo para un triste

de cuantos la nube forjan?

Sale Ricardo.

Ricardo.

Gran señor.

Vuelve.

Sifrido.

¿Cómo a mis ojos,

cuando os da mi pensamiento

alas que excedan al viento

para explicar mis enojos

a Lauro, aunque a tanta costa

vuelves a verme? Ira ciega.

Ricardo.

Porque a aqueste sitio llega

corriendo, señor, la posta.

Sale Lauro de camino.

Lauro.

Permite tus reales plantas

una y mil veces te bese.

Sifrido.

Amigo, en mi estimación

mejor los brazos mereces:

en fin mi honor yace muerto.

Lauro.

¡Oh cuánto el corazón siente

tu desgracia, oh quien pudiera!

Sifrido.

Suspende el labio, suspende,

que un puñal es cada voz,

veneno que el alma bebe,

¿y la condesa?

Lauro.

En tu cuarto yace cadáver viviente.

Pag. 32

Sifredo.

¡Ah, infame, que tal engaño

en tanta virtud cupiese!

Turbado.

Lauro.

Yo, señor, hoy, cuando se...

me prevengo a obedecerte.

Sifredo.

Tú cumpliste.

Deprisa.

Lauro.

Sí, señor.

Por tu respeto obediente,

vasallo fiel me mostré;

mil temores me previene

la fantasía; excusemos

razones, que es contingente,

siendo muchas, una a otra

se contradigan, o encuentren;

para excusar este riesgo

cauto el discurso me advierte

hacer notorio el engaño

que prevengo; pues se ofrece

Flora, a que queda su padre

hacer la traición patente,

en cuya asistencia ya

me ha pedido que se quede,

el cual prevenido queda

a mi persuasión, de suerte

que vida y alma no dudo

por solo obligarme arriesgue,

tanto el poder y riqueza

en humildes pechos puede.

Sifredo.

¿Posible es que en Genovefa,

tan grande traición cupiese?

29

Aparte.

Lauro.

Mi traición con este engaño

asegurarse pretende.

Señor, ya tendrás noticia

cómo en esa quinta agreste

en lo oculto de una gruta

que mal formada parece

Orzio habita, cuya ciencia

podrá ser haga evidentes

con mi aviso conformando

sus traiciones; porque puede

tanto su ciencia, que el tiempo

más remoto hace presente

cuya fama me condujo,

invicto Sifredo, a verte.

Sifredo.

Sus magias, Lauro, no estimo,

porque equivocarse suelen

natural y judiciaria.

Lauro.

La científica no ofende.

Sifredo.

Suponiendo obrar por ella,

aunque es suposición leve,

llevo a seguirte ánimo.

Para diligencia breve

que hallar pueda lo contrario,

bien es que el medio imprudente

despaches, Ricardo, solo.

(Vase.)

Ricardo.

Voy, señor, a obedecerte.

Paseándose él y el conde.

Lauro.

Su ciencia y saber es tanta

que dicen dominio adquiere

en aves, fieras y plantas.

Pag. 33

Lauro.

En tierra, en el mar, en peces,

En aves, cielo y abismo,

En nubes y en cuanto tiene

Dentro de su redondez

Ese zafiro celeste.

A la clara luz del sol

A su pesar oscurece,

Forma batalla en los aires

Y de un río la corriente

Enfrena, las aves torpes

Con su voz al suelo vienen;

Las yerbas y flores muchas

Muestra en el agosto verdes

Entendiendo sus virtudes

El mar gime, y le obedece,

El viento, la tierra firme

A su voz fácil se mueve.

Mas ya a su estancia llegamos.

Sif.

¿Reparas lo que guarnece

Esa puerta?

Véase la boca de una gruta guarnecida de diferentes testas de animales.

Lau.

Sí, de testas

De varios brutos agrestes,

Y por no dudar llamemos.

Suena ruido de tempestad y se cubre la luz.

Sif.

Digo: ¡Ah del albergue

Lóbrego de aquesta gruta!

¡Ah del caos, ah de la siempre

Confusa y trémula estancia!

¿Qué nos responde? Parece

Que sopló el aire, pues forma

De negras nubes mil huestes.

Lau.

Sin duda son prevenciones

Para que el ánimo prueben

A los que le buscan.

Sif.

Pues nunca el valor desfallecer

Ha de.

Sale Onofre de pieles, báculo y barba larga.

Ono.

Ya vengo a saber

Qué tus deseos me quieren.

Sif.

Antes que al intento pase,

Dime por ventura, ¿eres

Corsario de estas campañas?

Porque la puerta me ofreces

Con despojos venatorios

La duda, y así...

Ono.

Detente, que satisfecha presumo

Quedará de aquesta suerte.

Vuelve a mi estancia los ojos

Y mira lo que te ofrece.

¿Qué ves?

Sif.

Variedad de vidrios

Cuyos licores parece,

Según los muestran sus copas,

Son en color diferentes.

Ono.

¿Qué más?

Sif.

Una esfera admiro

Que todo el volumen mueve

En dos polos, cuyos puntos

Su diámetro contienen.

Ono.

Pues porque la duda ya

En tu concepto no reine,

Dicen los que ves aquí:

Pag. 34

31

Ono.

cifrados que se previene,

mi estudio para su asiento

de animales diferentes

por cuyas virtudes toco

los influjos más celestes

de los astros que a los cuerpos

sublunares les dan leyes,

cuya unión a flores varias

arduos secretos emprende.

Ya responde a tu pregunta,

prosigue, di lo que quieres?

Sifredo.

¡Ah, rigor!, que los deseos

me obliguen, rindan y fuercen

que no solo por oídos

sino por la vista entre

el dolor de quien desea.

Lauro.

Yo lo diré, porque deje

el sentimiento al silencio

tu voz, te has de hacer presente

parte de uno que ha pasado

en término de diez meses

con la condesa y Drogan,

que es en el que ha estado ausente

Sifredo.

Onofre.

Mal quedo yo.

Lauro.

Sabes lo que me conviene.

A Lauro.

Onofre.

Sí, mas decir que mal quedo

es para avivar su ardiente

deseo que el apetito

de la privación previene,

y confía he de servirte

aunque yo propio me arriesgue.

Lauro.

Bien está, su gran señor le persuade.

Sifredo.

Cuanto tiene el mar en ondas ocultas,

cuanto dora el sol ardiente

es poco para rendirte

si mi fineza te debe este agasajo.

Onofre.

Señor, ¿es posible que te lleve

después que así...

Sifredo.

No te canses,

porque de esa suerte crecen

mis presunciones.

Onofre.

¿No temes tu peligro?

Sifredo.

Si de verle mariposa soy que anhela

por el alivio a la muerte.

Onofre.

¿Tendrás valor?

Sifredo.

¿Eso dices?

Onofre.

¿Me culparás?

Sifredo.

¿Tal previenes?

Onofre.

Pues atended cuidadosos,

¡oh esferas!, a cuyos ejes

lince de toda la tierra

el tiempo que fue, y presente

para eterna duración

les tributa caracteres;

favoreciendo mi ciencia

disponed que claramente

mi intención Sifredo vea.

¿Cómo os resistís, rebeldes?

¿Aguardáis que a vuestro curso

Pag. 35

Onofre.

movimiento nuevo enseñe?

Sifr.

Ya a tu horrible voz la tierra

se alborota y oscurece

el sol,

Suena tempestad, se muda el teatro en el jardín donde se ve la condesa, de gala y Drogan.

Ont.

Vuelve los ojos

y el cuidado les advierte.

Dro.

A que mi bien, donde apenas

el descuido de los ojos

el cristal rinde en despojos

plata argentada en sus venas,

aquí, que breve pensil

sitio abundante y hermoso

donde para lo frondoso

no le hace falta el abril,

puedes descansar señora,

pues muestran en su alegría

las flores, que es cierto el día

si las visita el aurora.

Gen.

Drogan, en mi estimación

todo cuanto el orbe encierra

en el nudo de la tierra

no tiene comparación

para lo que yo te estimo,

que aunque la vida perdiera

y el estado nada fuera

si por ti.

Sifr.

Qué mal reprimo

el dolor siendo tan fuerte,

que esto sufra, ¡ay pena igual!

Dejad; que en este puñal

vean una justa muerte.

Como que despechado quiere ir a ellos y le detienen.

Lau.

Repara que esto es fingido

para dolor tan severo.

Arrebátase.

Sifr.

¿Pues cómo por verdadero

el corazón lo ha sentido?

No estorbéis que tal delito

sin el castigo se quede,

daréles muerte.

Ont.

No harás,

que todo falto yo ausente.

Desaparécese Ontigón como arrebatado y vuelve el teatro como estaba, y quedan ellos dos.

Sifr.

Lauro amigo, ya es tardanza

cuanto mi rabia detiene,

el furor con que me incita

alevosía tan fuerte.

Mueran los dos a mis manos,

lávense en coral corriente

de su sangre, que esta mancha

no ha de salir de otra suerte.

Aparte.

Lau.

Disuadirle de que sea

quien lo ejecute conviene,

que naufragio mi intención

padecerá si es que al verse

le templa el airado brazo

de su causa lo inocente,

que es el principal motivo

que a este fin pudo traerme.

Señor, por más acertado

tuviera, así lo previene

mi discurso que ordenaras

Pag. 36

Lau.

que con secreto se diere

muerte a la infeliz Condesa,

y que hasta hacerlo se quede

detenida tu persona

en este embargo, que suele

el mal publicarse mal

cuando se queja el doliente,

y nunca el médico aún se curó.

Sifro.

Como su muerte mi cólera no dilate,

sea como tú quisieres.

Lauro.

Yo tendría por mejor

que a algún criado se diese

orden para ejecutarlo.

Sifro.

Bien discurrido parece.

Cuida que está, y a quien tanto

de mi honor; ¡cielos, valedme!

he de encargar esta acción.

Tú, Lauro, disponer puedes

el modo de ejecutarlo,

imaginando que eres

otro yo.

Lauro.

Bien consideras

que mi lealtad no merece

ser instrumento.

Sifro.

Por eso lo has de hacer, que me previene

el discurso que si empeños

de casos arduos defienden

de lealtad y diligencia,

a quién me dirás que puede

mi confianza fiar

siendo de tal peso este,

y así Lauro a disponerlo.

Lauro.

Con la obediencia enmudece

mi acento.

Sifro.

Con tal amigo

treguas las penas me ofrecen.

(Aparte.)

Lauro.

Pongan por mi mano acabe

pues mi vida está en su muerte.

Sifro.

Tu cuidado me asegura.

(Vase.)

Lauro.

Voy, señor, a obedecerte,

ya que mi traición se oculte

en dos vidas inocentes.

(Pasease con acciones de sentimiento y sale Morquito.)

Sifro.

Ea, elementos forjad

penas tantas que me anegue

la desdicha, venid muchas

como esa esfera luciente

del fuego oculta sus rayos

cuando esgrimir los conviene.

Morquito.

Señor, ¿qué voces son estas?

¿Por qué con este humor vuelves?

Sifro.

¿Cómo el aire en terremotos

no revuelve, y desvanece

a un desdichado que lloro?

¿Cómo la tierra consciente

a quien tan de sobra vive

sin que sus bocas despliegues?

Morquito.

Mira que me has despertado,

y por si algo te debe

Pag. 37

Morquito.

el sueño más perezoso

del más remolón durmiente.

Sife.

¿Cómo Neptuno a sus ondas

el curso claro suspende,

cuando en tropas de cristales

labrar debiera vena breve?

Mosq.

Te suplico me des treguas

por algunos remanentes

que de Coca y San Martín

a este mosquito se atreven.

(Vase.)

Sife.

Fuego, aire, tierra, agua, socorredme,

si queréis darme vida

con la muerte.

(Vase, y sale la Condesa en hábito humilde y Ricardo con una escopeta.)

Mosq.

Fuese sin decirme nada.

Ea, Mosquito, prevénte

sobre tal desaire, que

es lo que discurrir puedes.

Mas puede ser que soñase

y revueltas las especies

de lo tinto con lo blanco

el caso no distinguiese.

Bien puede ser, y también

sucedido haber no puede,

que por divertir cuidados

querido haya entretenerse,

y perdido con tahúr

que a medio ganar le deje

diciendo: no juego más,

aunque dando pleito enfrente;

que es para un hombre picado

plato compuesto de hieles.

Bien puede ser, con que digo

que en este duelo no tiene

que discurrir el primor

de mi razón; pero este,

di en ello, sin duda ando,

mas sea lo que quisiere.

Gen.

Quédate con Dios, cruel

prisión, donde en pena fuerte

siempre el nudo de la muerte

tuvo en mi cuello el cordel.

Ric.

Que así vengamos vestidos,

Anfriso, es justa razón,

y aun recela el corazón

que hemos de ser conocidos.

Gen.

El mal que siento importuno,

tierno infante, es el que veas

la crueldad antes que seas

digno de castigo alguno.

Ric.

Ya, señora, hemos llegado

donde tu suerte dispuso

a lo natural pagases

aquel último tributo.

(Al oír a Anfriso, quiere entrar la Condesa. Sale Anfriso con un puñal y la detiene.)

Anfr. dent.

Ricardo, este infante sea

quien antes pruebe el agudo

filo de aqueste puñal.

Gen.

No hagas tal.

Anfr.

Detén el curso.

Gen.

Pues primero que formen

rojos raudales purpurinos

Pag. 38

Gen.

abrazarán los rigores

mi pecho siendo más justo,

muera una vez, y no tantas

porque mis brazos de muro

le servirán hasta que

fallezca aqueste caduco

edificio racional

y aun después cuando difunto

el corazón no palpite

al mover el brazo adusto

para ejecutar el golpe

le he de llorar que no dudo

tal dolor se haga sensible

después del último susto.

Merezca, por desdichada,

si os mueve mi llanto puro

por mujer, y porque fui

a vuestros males escudo

algún tiempo, el que yo sea

del acero el primer triunfo.

Anfriso.

Aunque es consuelo pequeño

pues todo es morir, reduzca

a tus ternuras mi brazo.

Llora.

Genoveva.

En tu piedad, señor, busco

amparo y aquesta caridad

en tus manos sustituyo.

Ricardo.

Anfriso, tanto conmigo

su dolor puede que escucho

dar voces a los piadosos,

si ejecuta nuestro orgullo

el rigor de tal mandato

que al ver este lance juzgo

aun siendo Lauro un peñasco

no fuera a su llanto duro;

pues nosotros sin saber

más que un indicio confuso

que la cautela fingió

por algún designio pudo

hemos de ser de las vidas

de nuestros dueños verdugos.

¿Qué decís?

Anfriso.

Que cuando humanos

no fuéramos en los brutos

hallaríamos ejemplos,

pues si quejidos difusos

en su lengua no entendida

oyen, se socorren unos

a otros, y siendo así

aquí tu piedad procuro.

Ricardo.

Demos vida a la condesa,

podrá ser por varios rumbos

que algún día nos la pague.

Anfriso.

Dices bien.

Ricardo.

Pauta por tuyo

el albedrío, señora,

usa de él, y al más oculto

albergue de aqueste monte

ofreced como a sepulcros

vuestras vidas advirtiendo

no os vea viviente alguno,

que no debe un beneficio

esperar riesgos futuros.

Los dos.

A Dios.

Pag. 39

36

Genoveva.

Detened la planta,

pero ya en vano procuro.

Sepan de mi noble afecto

agradecimientos sumos.

¿Quién podrá, eterno Señor,

investigar de tus juicios

la causa que, beneficios

son los que juzgue rigor?

¿Quién dijera que su ardor

se convirtiese en tibieza?

Mas no es mucho a tu grandeza

disponer que el instrumento

que se previene al tormento

sea donde el bien empieza.

Suena ruido.

Genoveva.

Parece que hacia esta parte

rumor de gente he sentido,

aquí me oculto, no sea

me vean; pesares míos

dejad que los sobresaltos

vengan con pasos más tibios.

Escóndese y salen Anfriso y Ricardo con escopetas.

Anfriso.

El acordarnos fue dicha.

Ricardo.

Y el buscarla desvarío.

Genoveva.

Pues los conozco saldré.

Ricardo.

Ya nosotros compasivos,

olvidados de ser orden

llevar aquel peregrino

instrumento que en la voz

forma conceptos distintos,

les dimos la libertad,

mas cuando el Cielo ha querido

por conservar nuestras vidas

de olvido tanto advertirnos,

con darles muerte se enmienda.

Genoveva.

Cielos, ¿qué escucho?

Anfriso.

En lo espeso tú la busca.

Ricardo.

Pues los riscos he discurrido.

Anfriso.

Sí, haré.

Vanse.

Genoveva.

Servidme, ramas, de abrigo,

que no por mí, por este ángel

vuestro amparo solicito.

Señala mirando adentro, hace que se tapa con las ramas, paseándose.

Anfriso.

¡Genoveva!

Ricardo.

¡Genoveva!

Anfriso.

Ricardo somos y Anfriso,

no temas.

Genoveva.

Pasos y voces

que vuestro canto he entendido.

Disparan.

Anfriso.

¿Genoveva? Mas ¿qué trueno

es el que asustó el oído?

Sin duda que ya Ricardo

la ha muerto. ¡Dolor esquivo!

¡Oh penas! si perseguís,

¿de qué sirve resistirnos?

¡Oh, mi duda es evidencia,

mayormente cuando miro

la lengua en sus manos, Cielos!

Sale Ricardo ensangrentadas las manos y en la una una lengua.

Ricardo.

Escucha el mayor prodigio.

A la Condesa buscaba

para ejecutar altivo

el mandato, y su especie

me representó el sentido.

Pag. 40

Ricardo.

tan vivas que pude al verla

llamarla más fugitiva

me pareció modo el paso

cuando yo por redimirnos

del riesgo que nos espera

pronto levanto el gatillo,

la escopeta arrimo al hombro

y disparando hice el tiro

en que persiguiendo un ciervo

le acosaba con latidos

cuya lengua es esta, y ya

que favorable aquí ha sido

el cielo, como a otro Abrahán

sirviese de sacrificio

ha de suplir por la suya

y libraros, siendo al vivo

en obediencia y virtud

otro Isaac de amor vestido.

Anfrido.

Cuando otra cosa intentara

no te pidiera eso mismo.

Vanse y sale la Condesa

Licinio.

Cierto fuera ya el buscarlo

teniendo a Dios por padrino.

señala

adentro

Genoveva.

Cómo he de poder pagar

tanto número de bienes

Señor, a tu cargo tienes

esta causa, tú has de dar

la sentencia, confiar

podrá atento mi cuidado

que teniéndote a mi lado,

no he de temer pena alguna.

Porque es cierta mi fortuna

con tan famoso abogado,

mis males viera deshechos

si este infante no pasara

alimentos que alentara

su inocencia que a mis pechos

Señor como a penas hechos

ha faltado el nutrimiento

no se diga que el sustento

se ha negado a vuestra hechura

cuando toda criatura

vive a expensas de su mundo.

1º.

No temas.

2º.

No temas.

Véanse dos ángeles que cruzarán el teatro cantando y le repiten haciendo ecos dentro (tu pena)

Música.

No temas.

1º.

Confía.

Música.

Confía.

2º.

Espera.

Música.

Espera.

1º.

Pues a tu pena.

Música.

Pues a tu pena.

2º.

Hallarás Genovefa.

Los dos.

Sí, brutos los hombres

humanas las fieras.

Música

Ángel 1º.

Roma dejó a dos infantes

renombre de ser tierna

y ellos a un bruto alimento

en su fatiga primera.

Repite el coro a lo lejos hasta el último verso el Confía Espera.

2º.

Con cuanta mayor razón

a aqueste afligido espera

cuando gozaron gentiles

de Dios tan gran providencia.

Los dos.

Confía, espera, pues a tu pena,

hallarás Genovefa.

Pag. 41

Los dos.

si brutos los hombres

humanas las fieras

confía, espera.

Genoveva.

Divinas voces, en cuyos

acentos hallan mis penas

más favores que al destino

pude repetirle en quejas,

aguardad; pero, Señor,

si a este alivio el pesar truecas,

la Inocencia en el desierto

no es fácil correr tormenta

y por consuelo tan noble

vengan males, ansias vengan.

Jornada tercera

Pag. 42

Tercera Jornada.

Sale la Condesa de una gruta

vestida de pieles.

Genoveva.

Espesura montuosa,

albergue de mis males,

que hospedaje me has dado siete años

al principio escabrosa,

pues negaste caudales

de tu claro cristal, ya en desengaños

toco que fueron sanos.

Si la ambiciosa de bienes

mi palacio habitara,

pues en él se mostrara

adornando las sienes

la adulación traidora

que el amargo licor fingido dora.

Próvida me mostraste,

al formar mis querellas,

bullicioso en aljófar y la plata,

y mi sed remediaste

apagando centellas

de aquella que a mi hijo le maltrata.

Y de una cierva grata

ofreciste alimento

el que faltó a mis pechos,

y mis males derechos

fueron por el sustento

que le dio compañía,

porque en algo aliviado, feliz viva.

Mi habitación y adorno

es caverna horrorosa;

mis cortesanos fieras montaraces;

el pavor es retorno

de la quietud gustosa,

son los placeres, festejos y solaces

penas que no hacen paces

nunca con la alegría;

mi mal, en fin, es tanto

que olvidadas del canto,

al reírse el día

lloran todas las aves

siendo endechas sus metros más suaves.

Jamás el tiempo quiso

dejar que el sol entrase

Pag. 43

Genoveva.

al retiro que hospeda nuestra suerte,

y en que de algún aviso

prevenido quedare

si en las breñas daría con la muerte,

pues tal es su espesura

que si desplegar deja

de su rubia madeja

la radiante hermosura

en razón cierta fundo

no le viera otro día arder el mundo.

Por esta causa el frío

continuamente habita;

jamás hay primavera, ni verano,

solo el invierno incita

a venerar el monte por lo cano,

haciendo alarde ufano

detenidos, rendidos y llorosos.

Mas, Señor, deseosos

caminan mis gemidos

a tu amoroso pecho,

en tierno llanto el corazón deshecho.

Si en cuanto cubre el manto

del zafiro que en esos polos vuela

¿habrá otro que se duela

de tantas desventuras

como el alma atormentan

y el dolor acrecientan?

¿habrá quien amarguras

tantas probase? No,

quien padeció sin culpa

más que yo.

39

Suena una voz en el aire que acompañada hace eco la música.

Voz.

Yo.

Música.

Yo.

Genoveva.

Discurso mío, detente.

¿Luego pena otro inocente?

Voz.

Inocente.

Música.

Inocente.

Genoveva.

¿Qué sonoro el eco oí?

¿Pues dices: "Cuál padecí?"

Voz.

Padecí.

Música.

Padecí.

Genoveva.

De las voces colegí

que mi labio articuló

y el eco me respondió:

yo inocente padecí.

Ella, Música y Voz.

Genoveva.

Si desfallece mi aliento,

¿habrá más que mi tormento?

Voz.

Mi tormento.

Música.

Tormento.

Genoveva.

¿Cuál pueda ser? No lo sé,

sino el que en mi esposo fue.

Voz.

Fue.

Música.

Fue.

Genoveva.

¿A mi excesivo dolor

igualará otro mayor?

Voz.

Mayor.

Música.

Mayor.

Genoveva.

Pues templar podré el ardor

que a mi pesar le da aumento,

cuando hay quien diga en el viento:

mi tormento fue mayor.

Ella, Música y Voz.

Genoveva.

¿No engendra en la caridad

acto de amor la humildad?

Voz.

Humildad.

Música.

Humildad.

Genoveva.

Siendo también consecuencia

a la humildad la paciencia.

Voz.

Paciencia.

Música.

Paciencia.

Pag. 44

Genoveva.

¿Por quién se alivia el dolor

y se convierte en amor?

Voz.

Amor.

Música.

Amor.

Genoveva.

Pues cese, pena, el rigor,

o me permita que exhale

la queja, al ver no me vale

humildad, paciencia, amor.

Voz, y música.

Genoveva.

Señor, suspende la vara,

y tu justo golpe, para.

Voz.

Para.

Música.

Para.

Genoveva.

¿El sufrir y padecer

no ha de bastar a vencer?

Voz.

Vencer.

Música.

Vencer.

Genoveva.

¿Cómo permitís que, aun,

la inocencia que creáis...

Voz.

Creáis.

Música.

Creáis.

Genoveva.

...peligre, Señor? A ti,

con el lloro acompañada,

en esta fuerza formada

para vencer creáis.

Ella, voz y música.

Genoveva.

Vos, gran Señor, no decís

que no ha de haber nada oculto;

pues ¿cómo de aqueste insulto

la verdad no descubrís?

¿La inocencia permitís

peligre tanto?

Aparécese en un globo un Niño Nazareno con una cruz, y luego que diga la redondilla, desaparece, la cual irá acompañando la música.

Niño.

Sí;

yo, inocente, padecí,

mi tormento fue mayor:

humildad, paciencia, amor,

para vencer creáis.

Desaparece.

Genoveva.

Ya conozco que mi aliento

ha sido el que ha respondido,

Señor, espera, ¿quién vio

más duplicado el tormento?

No se trueque este contento

en que yo juzgue, Dios mío,

ha sido mi desvarío

causa alguna de engañaros.

Para poder obligaros

quisiera nuevo albedrío;

Dulce Jesús, yo no dudo

que fuisteis Vos la Inocencia

y que sufrió esa clemencia

de la pena el golpe crudo;

Vos, mi bien, fuisteis escudo

del más acerbo rigor;

mas, el quejarme, Señor,

de los males no es por mí,

solo por Félix sentí

ver sin culpa el dolor.

Si Vos queréis castigar

a la madre, Señor, sea,

y siendo culpada vea

las miserias sin cesar;

pero, ¿bien podéis tomar

del hijo la protección?

¿No sois aquel campeón

que venga cualquiera ofensa?

Pues es a Vos la recompensa.

Pag. 45

Genoveva.

os toca de esta traición,

mas otra de esta armonía

mi sentido turba así.

Suena música y aparecen dos ángeles en dos grutas por de nubes, y en medio se descubrirá un peñasco en cuyo remate aparece una imagen de Cristo crucificado.

Ángel 1º.

Venga a noticia de cuantas

penas contigo hacen lid,

cómo conforta tu pecho

el Adonai más feliz.

Ángel 2º.

Venga a noticia de todos

repita otra vez y mil

cómo a confortarte envía

el más heroico adalid.

Ángel 1º.

Manda que en aquesta imagen

tus males miren su fin,

pues en él se sustituyen

los que padeció por ti.

Ángel 2º.

Si la amargura de tantos

te pudieron afligir,

considera qué tormentos

contra él no emprendió el ardid.

Los dos.

Creyendo que no

te ayudará a sufrir

favor de deidad,

mas de humano sí.

Ángel 1º.

Si tu hijo te atormenta

mira qué sería allí

ver la madre de las luces

al que las hizo morir.

Ángel 2º.

Si tu cáliz con el suyo

unes, lograrás feliz

más dichas que pudo penas

del destino discurrir.

Ángel 1º.

Ya miras el mejor sol,

de tu habitación cenit,

y que al afán de tu llanto

es Iris la flor de lis.

Ángel 2º.

Y fía que de esta unión

has de mirar producir

los favores ciento a ciento

y las dichas mil a mil.

Los dos.

Fiando que dé el aura sutil

a tu fama la pluma, y aliento el clarín.

Al Cristo.

Genoveva.

Trono divino, inteligente esfera,

mas a la vista tengo el estandarte

que será a mis horrores baluarte.

Nada temo, Señor, ya en tu bandera

me alisto firme, me consagro fuerte,

no temiendo, ¡gran Dios!, aun a la muerte.

Las señas de tu rostro, yo confieso

que atrevidas mis culpas las borraron,

y en sangriento rubí te transformaron.

El nácar del sol puro por mi exceso

no ignoro de este pelo que pendiente

de tu frente

está caído

el que haya sido

mi pecado

el que ha causado.

Si verte de este modo me concedo

para que vaya a ti tejidas redes.

Pag. 46

Genoveva.

tu boca que el clavel miró corrido

y en lirio transformada considero,

tu tálamo y descanso es un madero

y el rosado color veo perdido.

Mi ingratitud, señor, lo ha ocasionado.

Castigado

mi error sea,

porque vea

mi delito

solícito

borrarle, aunque es pequeño, gran tormento,

no mostrando a las penas sentimiento.

Precepto le has puesto de obediencia

a las fieras y bravos animales,

efecto de tu grande providencia,

tanto que con mi hijo se entretienen;

y así vienen

retozando,

en que alabando

tu cuidado

ven, sagrado,

sujetando su furia de improviso,

este monte es segundo paraíso.

Sale Félix niño con un brazado de yerbas que pondrá en el peñasco donde está el Santo Cristo, y un león y una cierva como jugando con él.

Félix.

Madre y señora, ya traigo

en aquestas yerbas verdes

el sustento que me diste,

es manjar que nos mantiene;

écheme su bendición.

Genoveva.

La de Dios primeramente

te alcance, y luego la mía.

Félix.

A este león decir que se

que se vaya a su cabaña,

y que en la mía me deje,

no quiero jugar con él.

Aparte.

Genoveva.

Qué gracia y donaire tiene.

Félix.

La cierva sí, ¿no es verdad?

Aparte.

Genoveva.

Qué sencillez tan prudente.

Sí, mi bien, qué donosura,

mas ¿a qué el cariño atiende?

Félix.

No estoy bien con sus cariños,

porque halagando me muerde.

Vase el león.

Genoveva.

Oh, qué cariñosa queja,

hijo, cuánto el alma siente

no tener con qué abrigar

aquesa ternura débil,

para que a tanta inclemencia

algo resistir pudiese.

Quién dijera: mas no es justo

que las delicias acuerde.

Félix.

Madre, no llores.

Genoveva.

Ay, hijo,

cuánto el dolor me enternece

verte cómplice en los males

sin haber visto los bienes.

Félix.

¿No me dices, madre, tú

que Dios es muy providente

cuidando de todos?

Genoveva.

Sí.

Félix.

Pues, señora, el llanto cese,

que Dios nos socorrerá,

pues que Dios acá nos tiene.

Genoveva.

Oh, sabiduría inmensa,

Pag. 47

Genoveva.

Ya es preciso me consuele,

pues hallo alivio en un ángel

para que mi pena temple;

¡ay, en la corte habitaras,

y a la calidad que tienes

correspondiera el vestido,

cuánto fuera diferente!

Félix.

Madre, dime qué es la corte

que te he oído muchas veces

hablar de ella.

Genoveva.

No eres, hijo,

sujeto en quien caber puede

comprenderla; mas a mí

quien sea este engaño acuerde.

La corte es voluntaria prisión vana,

esclavitud que hierros eslabona;

el peso lo dorado no perdona

ni el cuidado se alivia con la grana;

es pompa que al nacer se ostenta ufana,

sin mirar que la parca la abandona,

y aunque hermosa parece su corona

espinas en su red teje y devana.

El clarín lisonjero que allá suena,

en esta fuente oímos cristalina;

lo que allá pinta Marte, muestra amena

esta cumbre que al cielo se avecina;

es lisonja a la rosa aquí la espina

y allá el verse con ellas la da pena.

Félix.

Pues yo no quiero ir allá

si tan malas cosas tiene.

43

Genoveva.

Muere quien para ella vive

vive quien para ella muere.

Félix.

Pues yo he de vivir; mas ¿dónde

el león se fue?

Sale el león con una piel en la boca como ofreciéndosela a la Condesa.

Haciendo una.

Échase como temeroso.

Levántase el león como haciendo fiesta.

Genoveva.

Obediente

al ver que tú le reñías

se ausentó; mas no, que viene

ocupado con la piel

de algún cordero inocente.

¿Qué es esto? ¿Me la presenta?

¿Para qué? ¿Para que albergues

a Félix? ¿Cómo atrevido

te prodigas de los bienes

que no son suyos? ¿Un bruto

ha de costar una muerte?

¿Diga, el vestir a mi hijo

ha de costar desnudeces

a quien este monte pisa?

¿Sabe que aborrezco siempre

que se obre la sinrazón

del uso de los poderes?

No te suceda otra vez

y en esto advertido quede

que, si no quiere enojarme,

toda su crueldad es temple.

Señor, a tantos favores

preciso es que me confiese

deudora sin merecerlos.

¡Oh, qué buen mercader eres!

Ya, Señor, mis libramientos

Pag. 48

Genoveva.

ninguna protesta teman,

pues apretando mis letras,

también despachadas vienen

que a luego vista mi pena

remedias y favoreces.

Vase.

Múdase el teatro en la galería, sale el Conde vistiéndose, Lauro y música, y acompañamiento. Dánsele.

Lauro.

Cantad y divertiréis

el pesar que le atormenta.

Dánsele.

Sifredo.

Toda alegría es molesta

a mi gusto, no cantéis,

que poco descanso ofrece

a un triste su pensamiento;

la llegada, cualquier contento

como pesar aborrece.

Cualquiera bien hace igual

al mal, conque en mí se ven

el mal que a hacerme bien,

y el bien que a hacerme mal.

El sombrero; fantasea

que me quiere desamar.

Si las andas les quité

razón tuve en tal porfía.

A Lauro fiar quisiera

el asombro que en el sueño

me asustó. A dos.

Morgante.

¡Qué ceño nos pone!

A Lauro, y vanse los demás.

Sifredo.

Solo te esperas.

Aparte.

Lauro.

Ya, señor, obedeciente

mi fe se dispone fiel;

todo es terror.

Sifredo.

El tropel

de mi pesar me advierte,

cuando en el catre mullido

esta noche descansaba,

con violencia imaginaba

que osado, torpe, atrevido,

del catre un dragón horrible

me arrebataba a mi esposa,

y que al llamarme llorosa

fue el ampararla imposible.

El viento rompió veloz

dejándome, con su huida,

para alentar poca vida,

para sentir mucha voz.

Lauro.

Lo mesmo que te avasalla

y el susto, señor, te causa,

es una evidencia viva

para vencer tal batalla;

un dragón dices que fue

de tu esposa el alcotán.

Ese dragón es Drogan,

bien claramente se ve

ser cierto que se penetra

el sentido, has de topar

son unas al pronunciar,

dragón, o Drogan sus letras.

Mira si está conocido

su delito, y si es bien cierto

puedes creerlo despierto

cuando lo has visto dormido.

Sifredo.

No en vano en mi estimación

Lauro amigo has de encontrar

dispuesto el mejor lugar.

Pag. 49

Lau.

Pues alivias mi pasión,

divierte, señor, la idea

que atribuirán a locura

dejar que de la cordura

una pasión triunfo sea.

Sif.

Aunque a su voz doy licencia

de reducir mi razón,

parece que el corazón

no halla en ello conveniencia.

Lau.

A los que la audiencia esperan

diré que entren.

Sif.

Antes bien

pretendrás que a ti te den

los memoriales y vean

que parto con tu persona,

como digna del favor

de mi estado, su valor

y el precio de mi corona.

El quedar solo deseo.

Aparte.

Lau.

Así tu poder ostentas,

cuando la nada acrecientas

hasta el estado que veo.

Vase.

Véase el aparato del cuarto del Príncipe.

Sif.

Ya se fue. Razón, afuera,

inclinación yo te llamo,

pues aunque aquélla concluye

no me convence a tirano

rigor, que sin ser mi esposa

me cegare la ira tanto

que no reparase que pudo

ser a sus culpas descargo,

y que ciego a su delito

sus vidas en holocausto

tributase. ¡Qué dolor!

Compasivo estoy dudando

de aquella honestidad grave,

de aquel cariñoso halago,

que el templo de honor se viese

por su deslealtad profano.

No es posible. Aquí solía

asistir, decidme estrados

que mirasteis sus acciones,

¿con algunas ha violado

el puro candor? Más justo

toca el informe a los claros

espejos donde solía

hacer reverberar rayos

de su hermosura. Decid,

¿le engañó su Sol acaso

alguna vez, vuestra luna?

Respondedme, ¿si ha turbado

el eclipse de mi honor

algún tiempo? No, callando

me dicen que se quejaran

si estuvieran agraviados

aquí, donde las caricias

en sombra de los halagos

eran envidia de Apolo

a Daphne lisonjeando.

Fue su funesta prisión

Genovefa, tu descargo

oír quiero; ¿no respondes?

¿Dónde estás? Mas un retrato

Pag. 50

Al ir a buscar el retrato halla el papel.

Sifredo.

de tu belleza que tiene

este escritorio guardado

dirá por ti que no fuiste

libre de este falso engaño

a mi pesar; mas un papel

advierto, que está cerrado

sin sobrescrito, no hecho

nunca en él algún reparo

de quién será con carmín

parece estar delineado

de la condesa...

Mirando el papel se suspende. Sale Lauro con memoriales y viéndose se detiene.

Lauro.

Señor, mas ¿qué suspensión?

Sifredo.

¡Ah, falso!

Lauro.

Ya, señor.

Aparte.

Sifredo.

Oh, Lauro amigo,

mejor dijera tirano,

mas disimular conviene.

Lauro.

Los memoriales me han dado.

Aparte.

Sifredo.

El castigar tu traición

es lo que toca a mi agravio;

deja de informarme de ellos,

que este que ves en mi mano

contra un soberbio conspira

mi justicia; y así, Lauro,

fiando de tu prudencia

el consejo a tal cuidado

quiere deber, que pronuncie

el modo de castigarlo;

y porque el decreto luego

no peligre en dilatarlo,

prevendrás que esté la guarda

toda dentro de mi cuarto,

que la he menester.

Aparte.

Vase.

Lauro.

Sí haré;

¿qué es esto, yo me acobardo?

No estoy seguro, que temo.

Como turbado.

Sifredo.

No en balde los sobresaltos

del corazón me decían

la traición de aqueste engaño.

¡Oh, qué tarde la disculpa

a mi noticia ha llegado!

Invente el furor castigos.

Esposa, mi bien, en vano

te busca quien te ha ofendido;

detén el airado brazo,

el duro golpe suspende,

cuando me rindo al amago;

no me aflijas, no me aflijas,

ya sé, lealtad.

Sale Lauro.

Lauro.

Esperando

que las mandes tus escuadras están.

Sifredo.

Pues ahora, tirano,

haré veras de mis iras

en ti un ejemplar estrago.

Turbado.

Lauro.

Señor, yo siempre obediente

a tu voz nunca sí, cuando

Lee.

Sifredo.

Escucha lo que contienen

aquestos sangrientos rasgos.

Con gusto muere Sifredo,

sabiendo que me consagro,

por no rendirme a un traidor,

a la parca, que es del mármol

más digno, diga aquí muere.

Pag. 51

Sifredo.

quien conservó su honor claro

que no decir aquí vive

quien ultrajó su recato.

Armiño soy que el pellico

con la vida desnudando

en manos de Lauro ofrezca

antes que vea manchado

el vellocino que adorna

mi honor puro, terso y blanco.

Repres.ta.

Aleve, ya tus palabras

no podrán a un desengaño

convencer.

Lauro.

Señor, escucha y dame muerte.

Sifro.

¡Ah, tirano! ¿Qué dirás?

De rodillas.

Lauro.

Como he vivido siempre, con lealtad mirando

por tu honor que estimo en más

que mi vida; no ha causado

mutación alguna en mí

lo que te ha irritado tanto.

Un papel te descompone

siendo suyo; dime, ¿acaso

has visto que alguna vez

diga el reo que es culpado?

Superfluos fueran tormentos,

demás fueran los cadalsos,

si en disculpándose el reo

no se le hiciera más cargo.

Si el decir, soy inocente,

basta, aunque culpa no alcance,

inocente soy, señor,

tus ojos no han visto claro

su deshonor, ¿no testigos,

no han sido muchos criados?

¿La sombra mental de un sueño

no está a voces publicando

ser verdad? Dime, ¿es posible

lo que tan averiguado

está, no ha de merecer

de las leyes el mandato?

Si del castigo te pesa

te desluces, ¿no es errado

dictamen que por el hijo

el de todos sea falso?

Y al fin la naturaleza

mejor informe no ha dado,

pues ha de haber sido avara

o ajeno el fruto del parto?

Y si no bastan, señor,

evidencias y tan claros

indicios, templa en mi cuello

la furia de aqueste brazo,

que en rendir la vida muestra

su lealtad, el buen vasallo.

Aparte.

Sifro.

Mi enojo, Lauro, disculpa,

que en el tiempo transformado

de sus mentidas caricias,

dejé vencerme del cauto

veneno que en mudas voces

tiene este papel cifrado.

Ya mi razón en la tuya

halló consuelo y descanso.

No mucho, que ver procuro

Pag. 52

Sifro.

teniéndole asegurado

si a este indicio le acompaña

de otro, aun el menor amago.

Lau.

Libre ya de esta borrasca

no temo ningún naufragio.

Ricardo, Anfriso.

Salen Ricardo y Anfriso.

Anfr.

¿Qué intentas?

Lau.

Que solicitéis bizarros

todos, al Conde festejos,

que diviertan su cuidado.

Sale Mosquito.

Ric.

¡Rara pasión!

Anfr.

¡Grave mal!

Mosq.

Dios bendito y alabado,

que como yo la hambre mate,

por nada de esto me mato.

Anfriso y Ricardo aparte.

Anfr.

Ricardo, aunque habemos sido

los que la vida dejamos,

a la Condesa no hallamos

indicio que haya podido saber de ella.

Ric.

Yo colijo vacilando en mil quimeras

si quitarían las fieras

con su aliento el de su hijo.

Lau.

Advierte que una pasión

no es justo tenga que triunfe

del valor y la prudencia,

y que festejos anule.

Mosq.

Y aun, cuando, señor,

pañales de mejor lustre

vea el gracioso, has de estar

siempre triste, junta y une

al llanto letras alegres;

no cítaras y laúdes

lisonjeen tus orejas,

ni a tus oídos que escuchen

al son de las castañuelas

retembos de los adufes.

Siempre gementes et flentes.

Desdichada suerte tuve

en esta comedia; pues

he sido gracioso inútil.

Llore un yerno si la suegra

da en vivir, que le consume

de corazón, lo que hereda,

cuando la tierra la cubre.

Llore un tabernero que

a su trabajo le luce

valiendo el agua que llora

a veinte y dos el azumbre.

Llore, llore.

Sife.

Calla, necio.

Mosq.

Por vida que me consume

este humor, que destemplado

y siempre de temple estuve.

Sale Sife.

Sife.

Cuánto pensamiento necio

me atormentas, tente, Sife.

El ímpetu de tus iras

no rompas la muchedumbre

de las penas, tiempo queda

en que el rigor ejecutes.

Lau.

¿Qué quieres, señor?

Sife.

Solo quiero me dejes, porque produce

Pag. 53

Sife.

lo ameno de este jardín

que este mirador descubre,

algún alivio a mi pena.

Vanse todos, quedándose solo el Conde, y Lauro dice desde el paño.

Paño.

Lauro.

Al temor que juzgas te burle

la fortuna, porque dudas

sino que tal vez descubren

la verdad, pues en la fuga

mis recelos auguré,

mayormente cuando quedo

a disponer, se disimule

mi cautela, esto ha de ser;

no triunfar el hado, juzgue

que en sus influjos domina

el que sus decretos huye.

Vase.

Sife.

Pesar, ahogue mi voz

o me abata, mas no dudes

entre el bien, y el mal que causa

repetidas pesadumbres.

Dentro Drogán, que saldrá pálido de difunto.

Dentro.

Drogán.

Sifredo.

Sife.

¿Quién me ha nombrado?

Sale.

Drogán.

Yo, que pretendo que escuches

una queja.

Sife.

Tente, aguarda. ¿Quién? No en mi pecho

ejecutes venganzas, que ya confieso

mil crueldades.

Drogán.

No te asustes. ¿Me conoces?

Sife.

No sé. ¿Qué dudo? Drogán.

Drogán.

Sí, yo soy, no dudes

otra cosa, que Dios quiere

que mi cuerpo le sepultes

en más decente lugar.

Sin atender a si tuve

culpa o no, que no merezca

decirlo. Dios, que lo sufre,

y su traición dará el castigo

que su clemencia descubre

desde el centro de la tierra

hasta esos globos azules

cuanto pasa en su intermedio,

que esto se sabrá no dudes.

Y en tanto dame sepulcro,

que es piadosa mansedumbre.

Sife.

¿Dónde yace?

Drogán.

Aquel árbol

que mi tronco le cubre.

Vase.

Sife.

Así lo haré. ¿Qué temor

se comunica e infunde

al pecho? Mas, ¿cuándo a mí

pudo caber el vislumbre

del miedo? Jamás, he visto.

¿Qué rencor habrá que use

ya difunto el enemigo

tal rigor, que no sepulte

el cuerpo en parte sagrada?

¡A vil traidor! Ya no dude

que tu traición, la cautela

piélagos de iras fluctúe.

¿Cómo has de ser verdadero

si de ser piadoso huyes?

Cuando, otro no, este delito

tu castigo constituye.

Pag. 54

Sife.

ya acabaron sus engaños

no he de aguardar que disculpe

con sofísticas razones

las torpes ingratitudes

a tu dueño; ya cerrado

la atención porque no escuche

el oído, que está cerca

de piadoso, quien acude

a darle plaza al descargo,

porque tal vez se reduce

a una razón, y no quiero

que esta duda me aventure.

Quedase suspenso y sale Mosquito con un papel, y Sifredo hace las acciones que dice.

Mosquito.

Soliloquios; que me empalen

si hay buen humor, o me emplumen,

si no está gastado el malo.

Tirar las cejas, arguye

admiración; suspirar

gran sentimiento descubre;

torcer las manos, furor;

pataditas, pesadumbre;

ahora voy, llego y le doy

este papel que le hube

de un ermitaño señor.

Sifredo.

¿Quién es?

Mosquito.

Haz fuerza, desbuche.

Un anacoreta monje

aqueste papel conduce

por mi mano, y solo espera

sí o no por respuesta, dulce.

Sifredo.

Muestra, ¿te dijo quién era?

Mosquito.

No, pero ya lo discurre

mi pensamiento.

Sifredo.

Pues di.

Mosquito.

Un cocinero. ¿Te aturde?

Sifredo.

¡Qué disparate!

Mosquito.

No es, y para que no lo dude,

en el sayo repartida

trae una arroba de mugre.

Mira tú dónde se pega,

si en los libros, o en la lumbre.

Lee.

Sifredo.

El Mágico Osorio aquí

estas razones esculpe.

Leo, que ya no hay acaso

que no me asalte, y asuste.

El interés y el poder

reyes son del albedrío;

por él sujeté yo el mío

a lo que no debí hacer;

causas me pudo vencer

a que te hiciera patente

ver culpada una inocente.

Y pues fallece mi vida,

perdón halle a la partida,

si tu valor lo consiente.

Sifredo.

Considero que tu llanto

estas palabras prorrumpe;

y así te perdono en premio

de la verdad que descubres.

No contra ti, aunque pudiera

Pag. 55

Sifredo.

solo es justo que pronuncie

contra ese traidor aleve

mil tormentos, y ejecute

el rigor de mi justicia

y en él mis iras dibuje

de que se.

Mosquete.

¿No más?

Sifrido.

No más.

Mosquete.

Por si se olvida en mi estuche

traigo libro de memoria,

lo escribiré, que confunden

tantas razones a un hombre

y es bien de esta treta use.

Sifrido.

Dirás a Anfiso y Ricardo

que verme luego no excusen.

(Vase.)

Mosquete.

Así lo haré, Jesucristo,

y que confuso está el numen.

Sifrido.

¡Oh, pesar! Y cuánto tardo

en que el castigo sepulte

sus traiciones! No he de usar

de los suplicios comunes

que al delito extraño, extraño

es bien que tormento angustie

el favor que me has debido.

No hayas miedo que te libre,

te precipite al abismo

quien te ensalzó a la cumbre.

(Salen Anfiso y Ricardo.)

Ricardo.

Señor, a ver lo que ordenas,

a tus pies la lealtad une

nuestras vidas.

51

Sifrido.

Disponed,

luego, luego se ejecute

poner a Lauro en prisión

que a mi servicio conduce.

Los dos.

Mal podemos porque ausente...

(Vase y sale la Condesa en el monte con el niño de la mano.)

Sifrido.

¿Qué decís? No, no pronuncie

vuestro labio más, buscadle,

y todos los que reducen

a mi imperio el albedrío

conmigo talen, asusten

montes, valles, peñas, riscos,

sotos, prados, bosques, cumbres

hasta que el mar de mis iras

su falso bajel inunde.

Genoveva.

No prueben mis alientos

Señor el cargo grave de mi hijo

porque los documentos

de la fe no le dije. Ya corrijo

su ignorancia inocente

cuando el llanto, Señor, me lo consiente.

Hijo, Dios te muestre

esta escuela por aquestos altos riscos.

Repite el Padre Nuestro

que aunque en ricas ciudades y obeliscos

no asistas, vida mía,

fuerza es ir a la escuela cada día.

Félix.

Dime, madre y señora,

¿quién es mi padre?

Genoveva.

¡Ay, hijo de mi vida!

Félix.

Que yo nunca hasta ahora le he visto.

Pag. 56

52

Genoveva.

El alma ya afligida,

el corazón deshecho,

al oír tus razones, ve en el pecho.

¡Ay, infante pequeño,

que arpón a la memoria has disparado!

Un insensible leño

en dolor se admirara transformado,

si articular te viera

tal razón, vida mía, en tal esfera;

tu padre en Dios le tienes.

Félix.

¿Y dónde está, que nunca yo le veo?

Genoveva.

Del mundo en los vaivenes

los ojos no le ven, vele el deseo;

guárdale ese azul velo,

porque tiene su alcázar en el cielo.

Félix.

¿Y acaso me habrá visto?

Genoveva.

Sí, bien mío, ¡qué pena tan extraña!

mal el dolor resisto.

Félix.

Pues ¿cómo, si está rico, a la montaña

a vivir nos condena?

¿Y nuestros males, madre, no serena?

Genoveva.

Porque tesoros guarda

para cuando te vea en su palacio.

Félix.

Madre, ¡qué mucho tarda!,

sin duda que se viene con espacio;

y en tanto padecemos,

y comemos muy mal, o no comemos.

Dentro.

Sifredo.

Cercad el monte, que en él,

de nuestras tropas huyendo,

un bruto hijo del Bórea,

a quien alas presta el viento,

de un hombre se oculta.

Genoveva.

¡Ay, triste!

Hijo, aquí nos alberguemos,

que no es bien nadie nos vea.

Félix.

Déjame, madre, que quiero

ver cómo los hombres son.

Genoveva.

No hagas tal, acaba presto.

Entra la condesa al niño en la cueva, y sale Lauro turbado.

Lauro.

Tropezando en mis pesares,

¡oh, mi delito!, cayendo,

ni bien la tierra me abraza,

ni bien me suspende el viento.

¡Oh, condesa! Y que a su cuenta

el vengarse toma el cielo;

¿qué haré, cuando ya razones

no han de valer, que el secreto

sé que dijo Oracio estando

al parasismo postrero?

Desespéreme el furor,

penetre un puñal mi pecho.

Dentro.

Sifredo.

No quede tronco ni rama

que no examine el deseo.

A la puerta.

Genoveva.

Del conde esta voz parece,

y este es Lauro, ¡santo cielo!

ya que amparáis mi inocencia,

por modos varios advierto.

Lauro.

Para alentarse los pies

olvidan el movimiento,

el corazón ya cobarde

late alterado en el pecho.

Pag. 57

Lauro.

y la voz tímida al labio

la pronuncia sin aliento.

¡Qué pesar! mas para alivio

allí descubro un bostezo;

Entrase en la cueva. Salen Sifredo, Anfriso, Ricardo y Morgante de acompañamiento.

Lauro.

él mi sepulcro se llame,

pues en él me oculto muerto.

Sifredo.

Di por humildes los sauces,

di los robles por soberbios,

perdone vuestro cuidado.

Sale la Condesa turbada, huyendo de Lauro y él asombrado.

Genoveva.

No presumas, monstruo fiero,

intentar nuevas traiciones,

sabiendo que soy tu dueño.

Lauro.

No me aflija tu memoria

que eres el mayor tormento,

ya, señora, mi delito

en tu inocencia confieso.

A la puerta de la gruta.

Genoveva.

No fantástica me juzgues

que vivo, animo y aliento.

Sifredo.

¿Qué ruido es ese?

Morgante.

La presa, que entre las manos tenemos,

aqueste es Lauro, señor.

Sifredo.

Prendedle. Muera.

Genoveva.

Teneos.

Ricardo.

Nuevo prodigio, señor.

Anfriso.

¿Qué miro? Mayor portento.

Sifredo.

¿Qué os suspende?

De rodillas.

Los dos.

Ver tu esposa,

a quien en este desierto,

moviendo superior causa,

nuestra piedad dejó.

Vase a dar de rodillas.

Sifredo.

¡Cielos!

Páguente mi bien los brazos

deuda que tan justa debo

y basta que sin oírte

señora esté satisfecho.

Si una vida sola puede

ser cambio al rigor severo

que habéis padecido, esta

a vuestras plantas ofrezco.

Genoveva.

Sifredo, esposo, señor.

Sifredo.

Aunque ha perturbado el tiempo

de ese rostro las señales,

que a las escarchas de invierno

son las rosas del abril

despojo y triunfo de enero,

no la memoria que guarda

lo amoroso de mi afecto.

Vasallos, celebrad todos

el regocijo y contento

y en una dicha y castigo

ponderad el más supremo

prodigio que ha de esculpir

en duro bronce el acero.

Muera ese traidor aleve

y viva mi amado dueño.

Todos.

La Condesa viva, viva.

Morgante.

Usted ha negociado presto.

A Lauro.

De rodillas a la Condesa.

Lauro.

Gran señora, en tu piedad

halle mi defecto puerto.

Sifredo.

Aunque si os dejan hablar

que no tengáis culpa temo.

Pag. 58

Sifredo.

abonad vuestras traiciones.

Lauro.

Qué prodigio, ni el sol mismo

entre celajes de oro

al dar lucidos reflejos

es más puro que el honor de tu esposa.

Sifredo.

¡Ah, ingrato! ¡Ah, fiero!

no ha de valerte lo humilde,

que se quejara el supremo

juez si quien le sustituye

trocase el castigo en premio.

Genoveva.

Señor, templad el enojo,

no desmerezca mi afecto

su perdón; yo soy quien pide,

Lauro, señor, es el reo;

no solicito su muerte,

su vida, señor, pretendo.

Antes bien a sus traiciones

agradecida estar debo

pues he gozado por ellas

aunque sin merecimientos

favores tan repetidos

de que soy deudora al cielo;

demás que en la sangre heroica

que ilustra los nobles pechos

es más blasón de un rebelde

hacerle amigo, que el precio

en una campal batalla

del contrario el vencimiento.

Sifredo.

Genovefa, tus razones

en mí tuvieran imperio

a no mirar que aún es corto

castigo el que en mi concepto.

Vete.

Genoveva.

Suspende el enojo.

Viva Lauro y a mi ruego,

Señor, no basta la prenda,

empeñaré que más quiero

a Félix.

Sale el niño.

Félix.

Madre mía.

Abrázale.

Sifredo.

Por ti vivía

mas en continuos tormentos.

¡Y dichoso yo pues hallo

tesoro de tanto precio!

El iris es de mis penas.

¡Oh qué donoso y qué bello!

Vamos donde el triste solio

se trueque en feliz festejo,

¿no te vendrás tú conmigo?

Félix.

Sin mi madre yo no quiero.

Arsenio.

Felices somos los hombres

que tantos prodigios vemos.

Félix.

Madre, ¿qué son hombres? Dicen,

tan bien me parezco a ellos.

Sifredo.

¡Oh qué gracioso donaire!

Vamos donde celebremos mi dicha.

Genoveva.

Qué hermosura. Llegó el tiempo

en que has de ver a tu padre.

Félix.

Madre, ¿ha venido del cielo?

Genoveva.

Esta respuesta dirá

quién sea, y pues no de menos

Pag. 59

Genoveva.

estimación de la vida

que doy por la suya en precio.

Llegad, Anfiso y Ricardo.

Los dos.

Señora.

Genoveva.

Mirad, que os tengo

muy en la memoria.

Los dos.

Siempre

fue el servirte logro nuestro.

Marqués.

Y sagrado en la atención

ha merecido el festejo.

Para la segunda parte,

convido, y en mejor tiempo,

ya que tiene fin dichoso

la Inocencia en el desierto.

Finis coronat opus.