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Texto digital de La descendencia de los Vélez de Medrano

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La descendencia de los Vélez de Medrano. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-descendencia-de-los-velez-de-medrano.

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LA DESCENDENCIA DE LOS VÉLEZ DE MEDRANO

Pag. 1

202

Comedia de la descendencia de los Vélez de Medrano. Figuras siguientes: Adarramén, rey de Córdoba. Alí, sobrino suyo. Mahomad, secretario de Adarramén. Cayro, secretario de Alí. Celino, capitán. Ardina, mora. Axa, dama. Barrabás. Bercebú. Don García, rey de Navarra. La reina, su mujer. Infanta Clara, sobrina del rey. Don Felis, capitán. Máximo, espía. Nuestra Señora. San Andrés. Un ángel.

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Compuesta por Francisco de Tamayo, el sevillano.

Jornada primera

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Salen Ardina y Axa, moras, y sacan un vestido de cristiano.

Ardina.

Comiénzame a desnudar,

Axa, y advierte el oído

si oyes algún ruido

que aquí nos pueda estorbar.

¿Oyes algo?

Axa.

No, señora.

Nada de eso se te antoje.

Ardina.

Ese vestido descoge,

vísteme luego a la hora.

Axa.

Dime qué quieres hacer

agora vestida de hombre.

Ardina.

Axa, nada no te asombre,

después lo podrás saber.

Mas en vestirme te apresta,

porque me va mucho en ello.

Axa.

Ponte, señora, este cuello,

que la ropa ya está puesta.

Ardina.

¿Quedóte noticia entera

del vestido del cristiano?

Axa.

Yo le vestí por mi mano,

verá de aquesta manera.

Púsose un sayo primero

como este, y por consiguiente

un cuello, ansí propiamente,

y como aqueste un sombrero,

y unas mangas como aquestas,

y un gregüesco, y medias calzas,

y para tener las calzas

ligas de esta suerte puestas.

Ardina.

¿Y qué zapatos se puso?

Axa.

Puso unos alpargatados,

picados y acuchillados

que llaman ellos al uso.

Ardina.

Al fin, de esta suerte iba

aquel cristiano que viste.

Axa.

De aquesta manera viste.

Ardina.

En esta manera estriba

todo el fin de mi tormento.

Axa.

Acaba de declararte.

Ardina.

Yo te daré de ello parte.

Por darte aquese contento,

date priesa, por tu vida.

Axa.

Señora, no falta nada,

sino cíñete esa espada.

Ardina.

La espada ya está ceñida.

Esas ropas guardarás

en un cabo de esta selva,

y hasta que a volverte vuelva

no las des.

Axa.

Pues, ¿dónde vas?

Ardina.

Dírelo. Parezco agora

cristiano.

Axa.

Con ese traje,

más estás cristiano paje

que no una princesa mora.

Ardina.

No quisiera que sintieras,

Axa mía, lo que siento.

Axa.

¡Oh, qué terrible tormento!

Señora, ¿lloras de veras?

Ardina.

Demás que de veras lloro

con el alma y corazón.

Axa.

Dame del llanto razón.

Ardina.

Porque me destierra un moro.

Axa.

¿De qué manera?

Ardina.

Que vivo

olvidada de Alí,

y tengo entendido en mí

que de otra vive cautivo;

y ansí, mientras que yo vengo

de Navarra, ten secreto.

Axa.

Eso yo te lo prometo.

Ardina.

Pues mucho aquí me detengo.

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Axa.

¿Al fin, señora, te vas?

Ardina.

Voyme, que me cumple ansí.

Axa.

Pues, ¿qué haré yo sin ti?

Dime, ¿cuándo volverás?

Ardina.

Yo no sé si volveré,

Axa, mas aquesta tierra

que voy a meterme en guerra

de la cual no escaparé.

Abrázame antes que parta,

que aunque me aparto de ti,

tú no te apartas de mí,

y dame luego esa carta

que tomaste en mi aposento.

Axa.

Vesla aquí, señora mía,

y ruego a Alá que algún día

te vea con el contento

que quiere tu libertad,

y mi corazón desea.

Ardina.

Ruego yo a Alá que te vea

con mucha prosperidad.

Vase Axa.

Ardina.

A Córdoba de mi alma,

¿es posible que te dejo?

No me voy, aunque me alejo

de ti, que en ti dejo el alma.

No me alejaré de ti,

aunque más de ti me alejo,

porque el rato que te dejo

me dejará el alma a mí.

No dejaré de tener

sin ti, mi bien, por dudoso,

ni jamás tendré reposo

hasta que te vuelva a ver.

Vase, y salen Adarramén, Cayro, Alí y Celino, moros.

Adarramén.

Ha querido encumbrarme la fortuna,

mi querido sobrino, en su alta rueda,

tanto, que ya sin mácula ninguna

por blasón y trofeo decir pueda

que en todo cuanto alumbra sol y luna,

si con victoria salgo, en lugar queda;

tan victorioso un rey no vieron solo

en cuantos reinan hoy de polo a polo.

La causa de ello yo, aunque lo atribuyo

a fortuna y su rueda, como es llano,

que dar y quitar bienes es de suyo,

digo que mi gran fama vuestra mano

me la aumenta, y al fin digo y concluyo

que el valor de ese brazo soberano

me da renombre tal, caro sobrino,

y me hace que sea de más bien dino.

Alí.

Eso a los capitanes valerosos

que de la insigne Córdoba has alabado,

lo puedes, rey, decir, que deseosos

de darte la victoria lo han mostrado,

tan invencibles siempre y belicosos,

que al mundo tienen ya atemorizado;

tanto, que por sus hechos tu gran fama

por todo el universo se derrama.

Testigo de esto son, allá en Castilla,

muchas villas y pueblos de su tierra,

que aunque el rey de Granada y de Sevilla

quisieron defendértelos por guerra,

han quedado sujetos a tu silla.

Adarramén.

Aqueso y el valor que dentro encierra

ese pecho invencible y alma tuya,

hace que aquesta palma te atribuya.

No gastemos el tiempo, pues que estamos

en Navarra, la insigne y belicosa,

mas de conformidad todos hagamos

que la adquirida fama victoriosa,

pues tan subidos en la fama vamos,

no la vuelva fortuna de envidiosa.

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Adarramén.

Mas con esfuerzo y ánimo pujante

llevemos nuestro honor siempre delante.

Mahomad.

Dos meses ha, señor, que tus soldados

tienen cercada la ciudad de Estella;

con aquestos que agora son llegados,

manda que tu sobrino dé sobre ella.

Adarramén.

Dices bien; de los fuertes y esforzados

escoge cuatro mil, que es gente bella,

para poner en tierra su castillo,

siendo, como seréis, de ellos caudillo.

Alí.

Holgárame que el cielo me hiciera

tan venturoso, poderoso tío,

que otro Sansón o Hércules yo fuera,

y otro más pujante en poderío,

para que por tu fama antes pusiera

en peligro cualquiera el brazo mío,

para encumbrarte tanto en tu fortuna

que casi compitieras con la luna;

mas confía en aqueste brazo fuerte

y en el poder supremo de Mahoma,

que ha de hacer en tu favor de suerte

que en todo lo que el orbe en cerco toma,

antes que la temida y triste muerte,

que a los pechos más fuertes rinde y doma,

venga a rendir el tuyo soberano,

que a Navarra te doy llana en tu mano.

Cayro.

No es menester, señor, ofrecimiento

adonde la razón tanto requiere;

no hay quien por ti no muera muy contento,

y aun por verse morir muriendo muere.

Celino.

No hay para qué hablar de cumplimiento,

que adonde tu sobrino Alí fuere,

por ruin es tenido el de tu hueste

que en competencia el arma no se apreste.

Mahomad.

Mi parecer, señor, es que la gente

se arrime poco a poco al fuerte muro,

y retírese un tercio solamente

para favorecer al mal futuro,

que, guardado de aqueste inconveniente,

tu real quedará, señor, seguro,

sin que pueda socorro de la tierra

entrar, ni ellos salir a darte guerra.

Adarramén.

Discretamente hablas; vamos luego

a mi tienda real y échese un bando

que den en la ciudad a hierro y fuego,

a ningún hombre de ellos perdonando;

y no te vuelva a ser benigno el ruego,

antes el hierro en medio atravesando,

les sal a recibir.

Alí.

Dalo por hecho.

Cayro.

Por el jardín te ve derecho.

Vanse, y sale el rey don García de Navarra, y don Felis y otros cristianos.

Don García.

Temor terrible, capitanes fuertes,

tengo en el alma del asalto fiero

que nos dio Adarramén; dos tantas muertes

hizo probar al presente acero,

tantas graves desdichadas suertes;

a nuestro desastrado e infausto agüero

atribuyo de aquesto el mal suceso

por nuestro mal vivir, y esto confieso.

Ya debe de querer el justo cielo

darnos, amigos, este crudo pago,

pues permite que en nuestro patrio suelo

nuestro enemigo haga tal estrago;

veo, pues nos castiga tan sin duelo,

que Navarra se vuelve otra Cartago,

pues tanta gente ya nos falta de ella,

y agora combatida nuestra Estella.

Don Felis.

Rey invencible, esfuérzate y confía

en aquel gran Señor que es uno y trino,

Pag. 6

Foliación manuscrita: 204v

Don Felis.

y en la Virgen santísima María,

madre pía de aquel Verbo divino,

que trocará tu pena en alegría

y al moro torcerá el falso camino,

dejándote en su casa vitorioso,

libertada Navarra y con reposo.

Sale Máximo, espía.

Máximo.

Nuevas traigo, gran Rey, de las espías

que envió tu majestad, y son muy ciertas.

Don García.

¿Qué son?

Máximo.

Adarramén dentro en dos días

quiere el real poner junto a las puertas

de la ciudad, si no se lo desvías,

y en un punto las piensa ver abiertas,

combatiendo el castillo a pura guerra

hasta allanar los muros por la tierra.

Don García.

¿De dónde lo supistes?

Máximo.

Lo supimos

de un moro que hallamos escondido

entre unas peñas cuando claro vimos

las tinieblas haber desfallecido.

Y a pura fuerza al fin le compelimos

hasta que declaró aquesto que has oído,

y esta es pura verdad.

Don García.

¡Oh, caso triste,

si Dios, por su bondad, no lo resiste!

Máximo.

Mandó, cual dijo, un tercio se quedase

en un secreto bosque para estorbo

del socorro de gente que llegase,

y que el río atajasen, porque un sorbo

de agua a la ciudad no le llegase;

y ansí, poniendo el pecho al hierro corvo,

unos al agua van, otros al muro,

haciendo fosos para más seguro.

Don Felis.

Yo sé cierto que todos los humanos

no podrán detener el raudal río,

pues arrimarse al muro son muy vanos

sus pensamientos y es gran desvarío.

Ellos vienen a dar en nuestras manos,

si nosotros hacemos cual confío;

échese un bando luego que hacemos

que la victoria en casa la tenemos.

Don García.

Las puertas se abran luego, y de arrebato

salga el tropel de a pie y los de a caballo,

delante, que yo sé que en breve rato

habemos de poder desbaratallo,

y esto se ha de hacer con tal recato

que, cuando Adarramén pueda pensallo

y su fiero sobrino venga a punto,

a estar mi campo con el suyo junto.

Don Felis.

Alto, vamos sobre esta gente perra,

destrúyase esta ley tan enemiga,

hagámoslos dejar aquesta tierra,

no haya niño ni viejo que no diga

por todo aqueste campo: «¡guerra, guerra!»

El que fuere soldado, ese me siga.

Digan y sepan todos cómo hago:

¡al arma, al arma, ayúdenos Santiago!

Tocan la caja y vanse dando voces, y sale Alí y Cayro, su secretario.

Alí.

Confuso estoy, por Alá.

Malhayan mis pensamientos,

que doy en pensar contentos,

cuando el Rey en guerra está.

No sé qué mudanza fiera

en estas entrañas mora,

que ansí en ellas cada hora

tan de raíz se apodera.

¡Ah, Cayro!

Cayro.

Señor.

Alí.

¿Qué hora es?

Cayro.

Aunque el reloj no he oído,

a lo que tengo entendido,

deben de ser ya las tres.

Pag. 7

Alí.

Por el sol lo podrás ver,

si sabes de astrología,

cual yo de melancolía.

Cayro.

Has dado en quererlo ser;

mas dime por qué razón

lo eres.

Alí.

No sé dar cuenta

de un nuevo ser que se aumenta

de nuevo en mi corazón.

La puerta de ese aposento

guarda y advierte no venga

alguno que me detenga

un profundo pensamiento

que en este punto me ha dado.

Cayro.

Seguro puedes estar

que naide lo ha de estorbar.

Alí.

Con eso estoy descuidado.

Siéntase como dormido.

Cayro.

¡Bravo caso, por Mahoma,

por verdadero he hallado:

que un amoroso cuidado

un pecho de acero doma!

Quien vio en Córdoba a Alí,

galán, bizarro entre damas,

que ya de amorosas llamas

llevaba a todas tras sí.

Quien le vio en tantos torneos

llevar la victoria y palma,

y rendirle el mundo el alma

tras los gallardos meneos,

que calle de la Feria arriba

a caballo iba haciendo,

y tras él todos diciendo:

«¡Viva Alí, viva, viva!».

Quien vio el gallardo jaez,

notado en la bizarría

de aquella caballería

de Córdoba y de Jerez.

Quien lo ha visto en campo armado,

que quien lo ve junto así

entiende que tiene allí

a todo el mundo a su lado.

Quien lo ve agora que tiene

en el casco esta quimera

Sale Ardina.

Ardina.

¿Hay gente por aquí fuera?

Cayro.

¿Quién habla fuera, quién viene?

Ardina.

Yo soy.

Cayro.

¿Con qué atrevimiento

te atreves a entrar aquí?

¿No ves que duerme Alí?

Sal fuera del aposento.

Ardina.

Sosiégate, por tu vida,

que entré por no saber más.

Cayro.

¿Quién eres o adónde vas?

Ardina.

Breve sabrás mi venida.

De Córdoba soy enviado

a Alí con esta carta

de Ardina, mira si es harta

ocasión de haber entrado.

Cayro.

Tienes razón, fuera vete,

que al punto se la daré.

Ardina.

Dásela, que yo estaré

detrás de aqueste retrete.

Cayro.

De pensamiento te aparta.

Señor, ¿oyesme?

Alí.

¿Qué quieres?

Cayro.

Escúchame, si oír quisieres,

de tu Ardina cierta carta.

Alí.

¿Qué es lo que me escribe Ardina?

Cayro.

Por aquesta lo verás.

Alí.

¿Vinieron con esta más?

Cayro.

No, que no se determina.

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Cayro.

de escribirte como suele.

Alí.

Deben de ser causa celos.

Cayro.

Sí, serán, o algunos duelos

que ya por su causa duele.

Alí.

Ahora bien, de esto te aparta,

y lee alto el papel.

Ardina.

Haces burla del cruel.

Cayro.

Oiga tu alteza la carta:

«La más triste y olvidada

que jamás hombre olvidó».

Alí.

¡Qué bien sospechaba yo!

En celos viene fundada.

Di adelante.

Cayro.

«Esta te escribe

de tu descuido quejosa».

Alí.

¡Ah, cielos, y qué celosa

que viene!

Ardina.

¡Ah, perro! Y aún vive

tal desamor.

Cayro.

«Di, traidor,

¿es de firme enamorado

vivir tú tan descuidado

en conservarme tu amor?»

Alí.

Sal. Punto, no digas más.

¿Quién trujo aqueste recado?

Cayro.

De Ardina cierto criado.

Vuelve el rostro y lo verás.

Ardina.

Yo soy, Alí, el mensajero.

Alí.

¿De dónde eres?

Ardina.

Por mi mal,

de Córdoba natural,

y hijo de un escudero,

que, cual la afición me inclina,

en palacio se crio,

y por sus méritos yo

era ya paje de Ardina.

Alí.

¿Cómo te vistes ansí?

Ardina.

Para no pasar con mengua

por Castilla, que la lengua

de mi padre la aprendí.

Alí.

Por Alá, que me contenta

su modo de proceder,

y que al primer parecer

a mi Ardina representa.

Ten este anillo guardado,

y métete allí en mi tienda,

y haz que ninguno entienda

que vienes con tal recado.

Vase Ardina.

Alí.

No sé si responderé.

Cayro.

Sí, señor, y el amor viva.

Alí.

Mejor me diré que le escriba.

Cayro.

Óyeme, señor, ¿por qué?

Alí.

Por cierta ocasión

que tengo yo acá en mi pecho.

Cayro.

¿No me dirás qué te ha hecho?

Alí.

Diré, mas con condición

que no saldrá de tu boca

para persona viviente,

porque será inconveniente

que mucho a mi honra toca.

Cayro.

Como lo mande tu alteza,

no daré en decillo paso,

aunque sobre el mismo caso

perdiese yo mi cabeza.

Alí.

Pues, mi Cayro, has de saber

que la verdadera causa

por quien tanto hago pausa

de escribir a esa mujer,

es porque, andándome un día

por Córdoba paseando,

y por un jardín mirando

mil cautivos que allí había,

apartado de allí un trecho,

vide uno arrodillado,

para el cielo levantado

el rostro, brazos y pecho.

Y vi que del alto cielo

una claridad salió,

tan trasparente que yo

tuve en vella gran consuelo,

y por incomprensivo

modo la vide bajar.

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Alí.

hasta cercar el lugar

adonde estaba el cautivo,

quedé yo una estatua hecho.

Tonto de ver tal visión,

y por saber la ocasión,

casi abrasado mi pecho,

al cautivo me llegué.

Después de aquesto acabado,

y que me diese un traslado

de la oración, le rogué.

Diome un papel que tenía

de mujer una figura,

y en brazos una criatura,

y por letra Ave María.

Y es tanto el gozo que siento

aquel día que la digo,

que no puedo estar conmigo

de gloria, gozo y contento.

Cayro.

Por Mahoma, brava cosa

es esta que me has contado;

si de la suerte ha pasado

que me cuentas,

Alí.

más copiosa

te la podría mostrar.

Cayro.

Holgaréme, por mi vida.

Alí.

Aquí la traigo escondida,

y te la quiero enseñar.

Búscala y no la halla.

Alí.

¿Qué es aquesto? ¡Santo Alá!

Cayro.

Señor, ¿qué te ha sucedido?

Alí.

Cayro, que se me ha perdido,

porque en mi seno no está.

Cayro.

Míralo bien.

Alí.

Bien lo veo,

que no está do la dejé.

¿Qué es esto, Alá? Pues, ¿por qué

me has quitado mi deseo?

Cayro.

Príncipe, vuelve a acordarte,

que en otro cabo estará.

Alí.

Ya nadie la hallará.

Voces suenan: ¡tente aparte!

Sale Celino, capitán, de rebato.

Celino.

Invencible Alí, ¿qué te ha tenido

de esta cruda batalla descuidado?

¿Posible es que a tu oreja no ha venido

el daño que fortuna nos ha dado?

Mira que tu real valla ha rompido,

y el campo todo ya desbaratado,

y el rey anda en peligro de la vida,

que temo que la tenga ya perdida.

Alí.

Que vaya solo yo con Cayro agora

poco socorro es a tal fortuna,

porque si tan derrota se apeora,

la ayuda de los dos será ninguna.

Todo el temor desecha, gente mora,

Celino, y no recibas pena alguna,

mas cuenta y recopila tu memoria

cómo lleva el cristiano la victoria.

Celino.

Yo lo diré, señor. El rey, tu tío,

esta tarde movió toda tu gente,

y fueron invencible poderío

a ponerse al castillo frente a frente,

y dende allí nos manda, a desvarío,

que cada cual se muestre diligente

en arrimar un foso o cobertizo

que para la defensa un moro hizo.

Juntámonos mil hombres los más fuertes,

de los del campo libres de embarazos,

y con cabezas y hombros de mil suertes,

el cobertizo alzamos en los brazos,

y al arrancar causó a los más las muertes

que, cayendo, los hizo mil pedazos,

porque era tan pesado, grueso y duro,

que bastaba romper un fuerte muro.

Y vinieron otros mil y, en lugar destos,

arrimaron los hombros por debajo,

que aunque eran de cerviz y brazos tiestos,

Pag. 10

206v

Celino.

los agobiaba el peso para abajo.

al fin llegaron en el peso enhiestos

aunque en llegar pasaron gran trabajo

porque de arriba el paso defendían

tantos que de los nuestros mil morían

estando ya debajo la muralla

el cobertizo el Rey se entretenía

en resistir aquella vil canalla

que con furioso ímpetu venía

entran pues de refresco a la batalla

diciendo con estruendo y vocería

que sin pensar nos puso en breve rato

en funesto y mortal trance y rebato

vamos si habemos de ir señor que es tarde

antes que el campo aflicto y espantado

no desmaye del todo y se acobarde

porque no quedará vivo soldado.

Vase Celino.

Cayro.

andemos ya más tiempo no se aguarde

que va nuestro real desbaratado

entremos voceando guerra guerra

vuelvan sobre ellos húndase la tierra

Alí.

de mala gana voy por vida mía

porque aunque vaya yo ha de ser en vano

pero voy porque mucho holgaría

de coger a mis manos un cristiano

que me vuelva a escribir la avemaría

alto amigos las armas en la mano

vamos todos diciendo guerra guerra

volved los míos húndase la tierra

Suena dentro la batalla y salen Adarramén y Mahomad y otros moros.

Adarramén.

no quiere el santo Alá caros amigos

que llevemos victoria de esta Estella

los miedos y pavores son testigos

que me dieron amigos solo en vella

huyamos ya de nuestros enemigos

apartémonos luego todos della

que imposible será entralle el armada

si su Dios se la tiene tan guardada

tengo un temor y espanto de haber visto

tantos cuerpos allí hechos pedazos

y el polvo con la sangre rojo mixto

aquí cabezas piernas allí brazos

que muy claro se vee librarlos Cristo

y en la fuerza y destreza de sus brazos

que han hecho a nuestra costa tanto estrago

hace que lo atribuya a su Santiago.

Mahomad.

lástima tengo Rey de tu sobrino

que andará ya perdido si no es muerto

tomemos luego todos el camino

enderezado algún seguro puerto

alto vamos señor y de camino

la gente que en huir hizo concierto

de paso por delante llevaremos

y nuestro roto campo ordenaremos

Vanse y sale Alí con la espada en la mano y Cayro con él.

Alí.

es posible cielo santo

que la fortuna enemiga

tan de veras me persiga

en lo que yo quiero tanto

posible es que de mi mano

tan libres se han escapado

mil cristianos que he encontrado

sin coger ningún cristiano

no sé en qué pienso o qué hago

como viendo este suceso

no arrebato el mundo en peso

y en los brazos le deshago.

Cayro.

ah señor vuélveste loco

esa cólera mitiga

que a tu sobra de fatiga

aprovechará muy poco.

Pag. 11

Alí.

Mal mi pecho has entendido,

digo que no me pesara

si una nueva me llegara

que era mi estado perdido.

Cayro.

Pues, ¿por qué penarte quieres?

Alí.

Porque tan solo un cristiano

no me ha venido a la mano.

Cayro.

No hay por qué te desesperes,

que ya que en la gente vil

no has cogido solo uno,

tiempo te vendrá oportuno

donde cojas más de mil.

Alí.

No trates con tanta mengua

a cristianos, que contino

que lo dices me amohíno

cuando en ellos pones lengua.

Cayro.

Pues ¿qué pena te da a ti?

¿Por ventura eres cristiano?

Alí.

Yo no soy, sino pagano;

empero, pésame a mí

cuando en aquesto se toca.

Cayro.

Eso me fuerza que diga

que tienes con ellos liga.

Alí.

¡Ah, Cayro, punto en la boca!,

que si alguna liga tuviera,

no tanto el secreto mora

en mí, que luego a la hora,

Cayro, no te lo dijera.

Cayro.

Por Mahoma que me admira

tu alteza, pues causa hay.

Alí.

Hay, porque decir que no hay,

será decirte mentira.

Si quies saber la ocasión,

escúchame y está atento,

porque por el pensamiento

se gobierna la razón:

sábete que como yo

muchas veces he rezado

de la oración el traslado

que el cautivo me enseñó,

tengo de nuevo en mi pecho,

de mudanza, un no sé qué,

por donde claro se ve

que en mí tal mudanza ha hecho.

Que si posible me fuera

poner esta vida y ciento

por los cristianos, contento

sin réplica las pusiera.

Y aquesta es la principal

causa que me escandalice

cuando veo que se dice

de cristianos algún mal.

Cayro.

Haces al fin cual si fueras

cristiano y a toda ley.

Alí.

Sí, que por vida del rey

que te lo digo de veras.

Cayro.

Apártate de abusiones,

quién te las hace creer.

Vase Cayro.

Alí.

¡Ah, Cayro! Hazme placer

de dejar esas razones,

y entra por el instrumento

que dentro en mi tienda queda,

y cántame algo que pueda

darme agora algún contento.

Que creo que de otra suerte

no habré de ser remediado,

ni se ha de poder dar vado

aqueste dolor tan fuerte.

Mas ¿qué digo?, ¿qué alegría

me puede música dar,

si no he podido hallar

quién me dé el avemaría?

¡Oh, qué dolor tan cruel,

cruel sin comparación,

Pag. 12

207v

Alí.

que me dé tanta pasión

el verme sin un papel.

Sin duda que no merezco

traer conmigo tal cosa,

pues, ¡qué pasión tan rabiosa!

Por verme sin él padezco.

Sale Cayro con la guitarra.

Cayro.

Ya traigo, no tengas pena.

Alí.

Arrímame acá esa silla

y cántame una letrilla

que te parezca que es buena.

Siéntase Alí como dormido, y canta Cayro "Penas tiene mi corazón y tiene razón", y en cantando dice:

Cayro.

Quedado se me ha dormido.

Quiérome salir acá,

quizá se le olvidará

esta pasión que ha tenido.

Va a salir, y el ángel dice de adentro: "¡Alí!" tres veces, y levántase Alí alborotado, y dice:

Alí.

¡Santo Alá! ¿Quién llama aquí?

¡Ah, Cayro! ¿Qué ha sucedido?

Cayro.

Señor, una voz he oído

que tres veces dijo: "Alí".

Suena la música y aparece un azor con un avemaría en el pico y pónesele en la mano, y dice el ángel de adentro:

Ángel.

Recibe el avemaría,

Alí, bajada del cielo,

que por tu ferviente celo

la Virgen sacra te envía.

Vuelve a sonar la música y sube el azor y vase, y Alí quedó con el avemaría.

Alí.

¡Oh Alá santo y divino,

poderoso y soberano!

Vuelve a este moro cristiano,

pues de tal merced es dino.

¡Oh oración santa y sagrada

de aquella Virgen María,

de mí serás cada día

con más devoción rezada!

Quiero en mi pecho ponerte,

aunque parezca atrevido,

porque ninguno ha nacido

que ansí merezca traerte.

Cayro.

¡Santo Alá! ¿Qué es lo que veo?

¡Oh, qué celeste visión!

Alí.

Alégrate, corazón,

que tienes lo que deseo.

¿Qué te parece de aquesto?

Cayro.

¿Quién habrá que no se asombre?

Yo digo que ningún hombre

en tal no se ha visto puesto.

Alí.

En eso verás aquí

si es vana mi oración.

Cayro.

Yo pido, señor, perdón

de cuanto reprehendí.

Alí.

Si tú a rezarla te obligas,

yo te la trasladaré.

Cayro.

Yo, señor, me holgaré.

Alí.

Pues a ninguno lo digas.

Vanse, y suena gran ruido de cadenas y fuego, y salen Barrabás y Bercebú.

Barrabás.

Bercebú, ¿qué llanto es ese?

¿Por qué es tu ronco llorar?

¿Qué te puede atormentar,

que tan de veras te pese?

Bercebú.

Déjate, Barrabás,

que el corazón me revienta.

Pag. 13

Barrabás.

Di qué es lo que te atormenta,

porque estás de ese arte tú.

Bercebú.

Háceme agravio terrible,

Barrabás, esta María

de enviar el avemaría

por un milagro visible

a aquese moro Alí,

sobrino de Adarramén,

que ya has sabido tú bien

que era su alma para mí.

No me bastó en el camino

quitalle la del cristiano,

sino que agora en la mano

se la dio en un pergamino.

Grande agravio se me hace,

y la razón lo condena.

Barrabás.

Dame de oíllo tanta pena

que el alma se me deshace;

yo digo que no es bien hecho,

y que es agravio evidente,

con que manifiestamente

nos quita nuestro provecho.

Bercebú.

Mi contento va perdido.

Barrabás, germano mío,

de tu dañado albedrío

consejo demando y pido.

Desnúdase y queda como paje.

Barrabás.

Bercebú, menos tibieza

requiere lo que pretendes.

Desnúdate, si me entiendes,

esa forma de tristeza,

y toma un traje galano;

dígote galano un traje

que parezcas propio paje

vestido en traje cristiano.

Y este retrato de aquella

sobrina del rey navarro,

más linda que la que el carro

guía de Diana bella,

presenta luego a Alí;

que si al punto que la viere

a tu amistad no volviere,

yo quiero pagar por ti.

Bercebú.

Aquí no hay más que hacer,

desnudo estoy, Barrabás,

infórmame de esto más,

no me acierte allá a perder.

Barrabás.

Tú te has de ir a presentar

diciendo que eres cristiano,

y que para ser pagano

esa ley vas a dejar,

y que pretendes quedarte

para siempre en su servicio;

y trastórnale el juicio

con la estampa estando aparte,

y cuando de la centella

lo hubieres abrasado,

yo tendré especial cuidado

de hacer lo propio con ella;

que si por ventura acierta

a traballe la princesa,

no dejará por la presa

persona viva ni muerta,

antes tema tomará

y tanta ira contra el rey,

que cuanto quiere esa ley

muy más la aborrecerá.

Bercebú.

Príncipe infernal, bien hablas,

mucho tu habla me anima,

con la endemoniada enigma

con que mi provecho entablas.

Quiero partir como viento

a buscar buena ocasión

de ejecutar tu intención

con mi diabólico intento.

Barrabás.

Lucifer te dé gobierno.

Pag. 14

208v

Barrabás.

que sacas en tu provecho.

Bercebú.

Voyme a Navarra derecho.

Barrabás.

Y yo me bajo al infierno.

Jornada segunda

Pag. 15

Sacan los pajes sillas y salen el Rey Don García, y la Reina y la Infanta Clara, y Don Felis, y siéntanse.

La Reina.

Por cierto que escandaliza

el tumulto y vocería.

Don García.

El vulgo es, señora mía,

que al parecer soleniza

esta pasada victoria

que del moro hemos tenido.

Infanta Clara.

Cierto que, según he oído,

es dina de gran memoria.

Don García.

Dina de memoria tanta

que el que fue presente a vella,

de solo pensar en ella,

se atemoriza y espanta.

Don Felis.

¿Qué corazón podría haber

que no hiciese mudanza

si tan sangrienta matanza

llegara entonces a ver?

Que viera como una sierra

ir rompiendo a los caballos

y aquellos atropellallos

y a los otros echar por tierra;

a cuál de la silla sacar

de un encuentro larga pieza;

a cuál rota la cabeza

con un asta en tierra estacar;

cuál pierde un brazo o una mano,

cuál pierna, pie, muslo o lado;

cuál de una flecha pasado

da al cielo voces en vano;

cuál va cayendo y lanzando

de sangre mil espadañas;

cuál abiertas las entrañas

de muerte va agonizando;

cuál se ve en polvo ahogado,

cuál quebrantado los huesos,

cuál de los encuentros gruesos

sin aliento se ha quedado.

Al fin, señoras, fue guerra

de tan sangrienta batalla

que de miralla a contalla

va cual del cielo a la tierra.

Infanta Clara.

Ese trabajo tenemos

estas que somos mujeres;

si no son fiesta o placeres

nada por milagro vemos.

Digo que si me hiciera

el cielo hombre y no mujer,

nada dejara de ver

aunque por vello muriera.

La Reina.

No tuviera obligación,

no ánimo para vello,

pero doy gracias por ello

a quien tengo obligación.

Tocan adentro una trompeta.

Don Felis.

Máscara alguna tenemos,

que la grita suena en casa.

Don García.

Sentémonos mientras pasa.

La Reina.

Razón es que nos sentemos.

Sale Cupido y lleva preso a un cristiano, y el cristiano a un moro. Dan cédulas el moro a la Reina, y el cristiano a la Infanta, y vanse.

Don García.

La máscara va muy buena.

La Reina.

Según ha dado a entender,

cautivos deben de ser

los dos que van en cadena.

Infanta Clara.

De ser cautivos, si son,

Pag. 16

Infanta Clara.

pero por saber nos resta

si por honra de la fiesta

es de amor esta prisión.

Don Felis.

En la cédula vendrá

la queja del prisionero.

La Reina.

Ahora bien, leella quiero,

ahora veamos qué dirá:

"Del mundo puede vencer

y tener victoria estrella,

si hay tales damas en ella".

Don Felis.

A damas le da el poder.

Don García.

Esa la fama pedrica

donde la victoria mora.

Infanta Clara.

Leamos aquesta agora,

veremos qué significa:

"Poco a mi mal aprovecha

ser del mundo vencedor,

si a mí me vence el amor".

Don García.

Gustado ha de amor la flecha.

Vuelven a tañer.

Don Felis.

Otra máscara nos viene,

porque ya en el patio suena.

La Reina.

La pasada ha sido buena,

veamos lo que esta tiene.

Sale Cupido asido de un cautivo y el cautivo preso de un cristiano, y el cristiano asido de los cabellos de la Ocasión. Da una cédula el moro a la Reina, y el cristiano otra a la Infanta.

Don Felis.

Buena va aquesta por cierto.

Don García.

Serán muy poco entendidos,

por ir todos cuatro asidos.

La Reina.

Hanse fecho de concierto.

Don García.

Pocos tal concierto aciertan.

Infanta Clara.

Cosas en amor fundadas,

aunque sean desconcertadas,

ellas propias se conciertan.

Don García.

Presto se podría ver

por lo que escriben ahí.

La Reina.

Esta me dio el moro a mí,

quiero la primero leer:

"Cautivo soy de un cristiano

y me deja, aunque soy suyo,

por amor, y de amor huyo".

Don Felis.

Para aquel fue amor humano.

Infanta Clara.

Humano fue, por mi vida.

Mas veamos la razón

del que lleva la Ocasión

de los cabellos asida:

"No hago caso de victoria

cuando la ocasión me llama

al servicio de mi dama".

Don García.

Por Dios que tanta memoria

no puede pagada ser

sino es con doblado amor.

Infanta Clara.

Pues da el galán tal favor,

bien le deben de querer.

Vuelven a tañer.

Don Felis.

Otra máscara ha sonado,

aguardemos qué traerá.

La Reina.

Por cierto, buena será,

si es como las que han pasado.

Sale una mora vendados los ojos, y Cupido detrás della ciego, y un hombre armado asido de Cupido ciego también; dan cédulas y vanse.

Don García.

Va cierto maravillosa

y de sobrado entender.

Infanta Clara.

No puede otra cosa ser

sino maraña amorosa.

Pag. 17

Infanta Clara.

aquel de armas se apercibe,

mas no le aprovechará.

La Reina.

La cédula lo dirá,

leámosla a ver qué escribe:

"Soy vencedor y vencido.

De esta mora, y a mi ruego,

hallo su amor sordo y ciego".

Infanta Clara.

Quite el de en medio a Cupido.

Don García.

No hace nada si lo quita,

aunque más se martirice.

Leámos a ver qué dice

aquesta cédula escrita:

"Soy esclava del esclavo

que me entrega el alma y vida,

y por otro voy perdida".

La Reina.

¡Oh, qué desdichado esclavo!

Don García.

En cualquier arte y tráfago

viene delante el amor.

Don Felis.

Máximo viene, señor.

Don García.

Quiera Dios no sea aciago.

Sale Máximo espía y dice.

Máximo.

Cristianísimo rey, a quien triunfante

sigo contino con la fe sagrada,

aquel que lo criado manda y rige,

aquesta madrugada antes que Febo

desbaratase las escuras nieblas

de la asombrada noche, estando puesto

entre unas yerbas, juncos y espadañas,

de una laguna que al real contrario

por la parte de oriente se avecina;

vi que del enemigo fue acordado

que el rey Adarramén luego partiese

por algún bastimento y gente a Córdoba.

Y ansí esta madrugada se partieron,

dejándose a Alí con poca gente

en guarda del real, suspenso el cerco.

Don Felis.

Y aun pensaba según la confianza

que de su esfuerzo y brazo tiene el tío,

que queda en quedar él el mundo todo.

Infanta Clara.

Brava es la gentileza y valentía

que por el mundo suena de este mozo,

que dicen que es cortés como valiente.

La Reina.

Mucho más hay en él que acá se suena,

el rey en su alabanza nunca cesa.

Don García.

Mejor máscara es esta que las otras,

yo tengo confianza en Jesucristo

que si otra vez el moro vuelva a Estella,

que escarmentado volverá huyendo.

Publíquese esta nueva, porque todos

cobren nuevo vigor y den al cuerpo

con más fiestas un poco de descanso.

Infanta Clara.

Máximo, hazme placer de irte al muro,

que junto con el muro, y allí aguarda,

porque te quiero dar cierto recado.

Máximo.

Haré, señora mía, tu mandado.

Vanse, y salen Cayro y Ardina.

Cayro.

Al fin que Ardina la bella,

por Alí muriendo está.

Juro por el santo Alá

que tengo lástima de ella,

aunque más por otro cabo

me da contento su daño,

que he de dar en serle extraño,

pues me trató como esclavo.

Ardina.

Pregunto, Cayro, a qué fin

has dicho aqueso que dices.

Cayro.

Razón es te escandalices.

Mas yo lo diré, Ardina:

sabe que me da alegría

de vella que anda muriendo.

Porque una tarde viniendo

de un jardín que el rey tenía,

en un lugar apartado,

le descubrí mi afición,

y no mostró más pasión

Pag. 18

Foliación: 210

Cayro.

que tú por mí la has mostrado

antes convertida en fiera

no mirando mi valor

me mostró gran desamor

como si fuese quienquiera

Ardina.

y no hizo caso della

Cayro.

dejome la abencerraje

por Alí rey de linaje

mas no como yo cegrí

Ardina.

Cayro, a risa me provoca

lo que dices si es de veras

Cayro.

quisiera que me creyeras

Ardina.

no te creo que me toca

a mí mi parte de ver

que tan presto te aparejas

para formar tantas quejas

del dicho de una mujer

no mirabas la ocasión

que a hacello la forzaba

Cayro.

ya vide que Alí andaba

metido en su pretensión

mas fuera más acertado

bajarse y no ir tan alta

con Alí, que ya le falta

la palabra que le ha dado

Ardina.

ella al fin lo quiso bien

mas yo la veo de manera

que arrepentir se quisiera

de su sobrado desdén

ya sé yo que está de suerte

que si otra vez la hablaras

otros favores llevaras

que cuando dio en no quererte

Cayro.

Ardayn, estás burlando

acaso de verme ansí

Ardina.

yo sé que Ardina de ti

se acuerda de en cuando en cuando

Cayro.

que al fin dices que se acuerda

no se acordará cual yo

porque ningún paso doy

que de la memoria pierda

Ardina.

este te doy por favor

de Ardina aunque en ausencia

que yo sé que en su presencia

te será de algún valor.

Cayro.

este es suyo, ¡oh bello anillo!

cuatro mil veces te beso

que por ti salgo de un peso

de amor que no sé decillo.

Sale Bercebú.

Bercebú.

a muy buen tiempo he llegado

que están en conversación

y esta es muy buena ocasión

de acabar lo comenzado.

Cayro.

¡hola, Ardayn!, ¿no es cristiano

este que a nosotros viene?

Ardina.

traje de cristiano tiene

pon luego a la espada mano

Cayro.

cristiano, si no hay valor

en ti para resistencia

date, irás a la presencia

de Alí nuestro señor.

Bercebú.

valor demasiado tengo

mas defenderme no quiero

que por vuestro prisionero

de mi voluntad me vengo

que ha mucho que he deseado

la ley de Cristo dejar

y aquestaltra tomar

y por aqueso de grado

aquí a los dos me presento

para que allá me llevéis

y vuestra ley me enseñéis

Ardina.

pues vamos luego al momento

Bercebú.

vamos, amigos, andemos

que solo aqueso procuro

Cayro.

bien puedes venir seguro

con nosotros caminemos.

Pag. 19

[Folio 210v]

Vanse y sale la Infanta y Máximo.

Infanta Clara.

Máximo, porque te quiero

descubrir mi pensamiento,

me has de hacer juramento

en esta mano primero

que secreto guardarás.

Máximo.

Por la mano que esta toca,

que no saldrá de mi boca;

y esto, infanta, lo verás

andando el tiempo si vivo.

Y porque mejor lo creas,

ruego yo a Dios que me veas,

antes de un hora, cautivo,

si, mientras que yo viviere,

saliere de aqueste pecho,

sea en daño o en provecho

del rey, de mí o quien quisiere.

Infanta Clara.

Sábete que la gran fama

de los hechos de Alí

está impresa tanto en mí,

que en fuego de amor me inflama.

Halo el rey tanto alabado

y los que llevó consigo,

que como te dije digo,

que siento el pecho abrasado.

Y ansi, Máximo, quisiera,

pues en tu mano es hacello,

que alcanzase solo a vello,

o hablallo, si pudiera.

Que de mí serás pagado

como a ello te apercibas,

con lo que a tu gusto vivas

para siempre descansado.

Responde, no estés dudoso.

Máximo.

Señora mía, por fuerza

lo estaré, porque no tuerza

la traza el hado alevoso,

que podría suceder,

si el rey esto imaginase,

que a los dos matar mandase,

y aun se podría perder

la ciudad dando llegada

de esa suerte al enemigo.

Infanta Clara.

De eso no te pene, amigo,

que hablar no es dalle entrada;

cuanto más que no hablaré

por darte a ti más seguro,

sino como llegue al muro

desde el muro lo veré.

Máximo.

Yo le dejaré llegar

cuando aquí venir le vea,

y si tu alteza desea,

desde aquí lo puede hablar.

Infanta Clara.

¿Viene a punto señalado?

Máximo.

Desde el punto que anochece,

casi hasta que amanece,

se pasea rebozado.

Infanta Clara.

Bien está, pues quede ansi,

hasta que la noche venga.

Máximo.

Tu alteza no se detenga,

que no faltará por mí.

Vanse y salen Alí, Ardina, Cayro y Bercebú.

Alí.

¿A qué hora se partió

a Córdoba Adarramén?

Cayro.

No hubo el sol salido bien

cuando de mí se apartó.

Alí.

Ansi, Bercebú amigo,

¿qué dices, que te ha movido

esto que de mí has oído

para pasarte conmigo?

Yo te lo agradezco, cierto;

mas, ya que dejaste al rey,

no quisiera que en tu ley

hicieras tal desconcierto.

Porque, en cuanta tierra he andado,

otro cristiano no he visto

que renegase de Cristo

como has hecho tan de grado.

Pag. 20

Asómase la infanta.

Infanta Clara.

Cansada estoy de esperar,

de aquí veo un hombre estar;

válame Dios, si es Alí.

Paréceme que se vuelve,

¡ay, Dios!, fortuna cruel.

¿No le veis ir, si es él,

verse, si a traza se resuelve?

Alí.

De hablar luego se apreste,

porque allí queda asomada.

Ventura es esta sobrada,

allá voy.

Infanta Clara.

¡Ay, Dios!, ¿si es este

quien anda abajo palizada arriba?

Alí.

¿Quién es?

Infanta Clara.

Bien pregunta, a fe.

Guardia, ¿quién vive?

Alí.

No sé,

si tú no quieres que viva.

Infanta Clara.

¿Qué dices?

Alí.

Que soy soldado

que desde hoy a mediodía

hago de mi parte espía.

Infanta Clara.

Desde hoy ya estaba cansado.

Alí.

De estar cansado, si estaba,

porque aguardando el favor

que me da ese mirador

de esperar desesperaba;

mas ya que claro y abierto

veo el cielo para mí,

y el tormento que hay en mí

en contento lo convierto.

Infanta Clara.

¿Qué es la causa?

Alí.

Vista tal.

Infanta Clara.

¡Bravo requiebro de espía!

Es este, por vida mía.

Alí.

Ansí conviene a mi mal.

Infanta Clara.

Holgábame conocer,

fuera de burla, quién es.

Alí.

Si gustas saber quién es,

presto lo podrás saber.

Soy criado de Alí,

un mozo de mucho nombre.

Infanta Clara.

Ese nombre de ese hombre

me ha puesto en el muro aquí.

Que soy de la infanta bella

criada, y por su decoro

aguardo aquí a ese moro

para hablalle por ella.

Alí.

También Alí a mí me hace

que venga a hablar por él.

Infanta Clara.

Y diga, ¿dónde está él?

Alí.

Por cierto, de ello me place.

Mas quisiera que primero,

pues se quieren los ausentes,

nos diésemos los presentes

fe de amor firme y entero.

Infanta Clara.

Sí haré, si me da gusto.

En lo que estoy sospechosa.

Alí.

No es persona generosa

quien ofende tan real gusto.

Mi diosa, Alí me llamo,

y por el propio Alí

a hablarte vengo aquí,

porque requiero y te amo.

Infanta Clara.

Pues la infanta es la que está

hablándote de su parte.

Alí.

¡Ay, cielos!, que en contemplarte

temor al alma me da.

¡Oh, si me hubiera venido

mucho antes esta ventura,

o si el ver tu hermosura

jamás me fuera escondido!

Infanta Clara.

Quejosa estoy de la luna,

porque aunque presente ves

todo el fin de mi deseo,

no veo cosa ninguna.

Alí.

Para eso no he menester

que luna ni sol me alumbre,

que tú me das clara lumbre

para poderte bien ver,

aunque soy como villano

en decir esto.

Infanta Clara.

¿Por qué?

Alí.

Porque aún no me dan el pie,

y ya me tomo la mano.

Pag. 21

Infanta Clara.

mano, y fiel corazón

a tu voluntad entrego.

Pero agora no me llego

a tu pensada razón.

Alí.

Pues ¿a qué razón, señora?

Infanta Clara.

A que, siendo de otra ley,

no podrás, aunque eres rey,

verme cual me ves agora.

Alí.

¡Ah, Diosa mía! No te ofenda

aqueso en solo un cabello,

aunque deje yo por ello

ley, honor, vida y hacienda.

Infanta Clara.

Alguna prenda querría

que me dieses de tu mano.

Alí.

Quien su pecho ha puesto llano,

¿qué dará, señora mía?

Mas quiero darte esta liga

de mi pierna la derecha.

Infanta Clara.

Esta será venda y flecha

para el amor que me obliga.

Y aquesta cruz que traigo al cuello

pondrás luego en su lugar.

Alí.

Liga que merece estar

ligada a cuello tan bello,

será dalle poca palma

si en la pierna la trabase,

y luego no la vendase

en los ojos y en el alma.

Bercebú.

Señor, señor, gente he oído.

Vámonos de aquí, que es hora.

Infanta Clara.

Bien dice Bercebú, en buen hora,

que ya la guarda ha salido.

Vanse. Y salen dos hombres armados, y dan una vuelta y éntranse. Y sale Cayro.

Cayro.

Traigo sospechosa espina

que, viniendo tras Alí,

vi de pasar por aquí

al mensajero de Ardina;

y quisiera saber cierto

a qué vino a este lugar,

que me hace sospechar

que ha venido a algún concierto.

Sale Ardina.

Cayro.

Gente suena.

Ardina.

¡Oh, tiempo amargo!

¡Cómo me has sido cruel!

Cayro.

Quiero apartarme, si es él,

para que pase de largo.

Ardina.

Agora es tiempo, cielo,

que salga de este pecho triste y ronco

el lamentable duelo

de la desdicha bronco,

más que la amarrada estuvo al tronco.

¡Oh cielo empíreo y santo,

que con tiernas estrellas, sol y luna

si de mi triste llanto

tienes lástima alguna,

mátame, y no seré en esto importuna.

¡Oh sierra levantada,

que con tus peñas hasta el cielo alcanzas,

¿por qué, si lástima da

estas de mis mudanzas,

algo que me despeñe no abalanzas?

Cayro.

¡Oh santo Alá! En confusión

me pone este lamentar,

que es mujer en el llorar

y en el vestido, varón.

Ardina.

¡Amor, a desdichada,

más que cuantas nacieron sin ventura

en hora desastrada,

y en fuerte coyuntura,

entregaste a Alí tu hermosura!

Cayro.

¡Oh ventura extraña y brava,

de más que de dioses digna!

Por mi asma, que es Ardina

la que ser Ardayn pensaba.

Ardina.

¡Oh más duro que fierro,

corazón de diamante o tigre fiera!

¿Por qué me dejas, perro?

¿Por qué quieres que muera?

Pag. 22

Ardina.

¿Por qué de mí te vas de esa manera?

Cayro.

¿Cómo puedo sufrir tanto,

sabiendo claro que es ella,

y cómo de tal querella

dejo que prosiga el llanto?

Quiérome llegar corriendo

a hablalla, mas primero

hacer un ruido quiero,

que no la he visto, fingiendo.

Hace un ruido.

Ardina.

Cayro es aqueste. ¡Ay de mí!

¿Ha oído mi lamentar?

Yo quiero disimular.

¿Quién se queja por aquí?

Cayro.

Por Mahoma, bravo pecho

es el de aquesta mujer,

que hombre podía hacer

el disimulo que ha hecho.

Ardayn, ¿quién lamentaba

en lugar tan apartado?

Ardina.

A saber eso he llegado,

que a pasión me provocaba.

Cayro.

Santo cielo, ¿dónde iría?

Ardina.

No sé, paréceme a mí

que sonaba por aquí.

Cayro.

Yo por aquí lo oía.

Sin duda que se escondió.

No la busques, déjala,

ayúdela el santo Alá,

que a compasión me movió.

Ardina.

Bien dices, quédese agora

llorando su desventura,

que su descanso procura

la que sus trabajos llora.

Cayro.

Ardayn, no se me quita

de este anillo el corazón,

y la pasada afición

con vello en mí resucita.

No hay hora que no se encienda

de nuevo Ardina en mi pecho,

y aquesto que por mí has hecho

es causa de que se prenda;

y no sé si agradecerte

esto que has hecho por mí,

o si me queje de ti,

por causarme nueva muerte.

Mas, al fin, siendo memoria

de la que amo y tanto amé,

cualquier dolor que me dé

me lo convierten en gloria.

Ardina.

Pluguiera a este cielo santo

que remediarte pudiera

con ruegos que yo hiciera,

que tú no penaras tanto.

Cayro.

¡Ah, Ardayn, y cuán humano

te me muestras con la boca!

Yo sé que la que esta toca

tiene mi gloria en su mano.

Yo sé que si tú la alcanzas,

dando el sí, no con hablar,

sino solo con callar,

mis tormentos remediaras.

Ardina.

Holgárame si el provecho

tuvieses como confías

en prendas y cosas mías.

Pero confuso me has hecho

oír, que de remediarte

mucho mejor con callar.

Cayro.

Yo me quiero declarar,

y decirte de qué arte.

Ardina.

Mas me holgaré que digas.

Cayro.

Esas ansias callaré,

que no, amigo, yo diré

a Ardina esas fatigas.

Ardina.

¿Por qué?

Cayro.

Porque pienso yo,

que cuando tienes secretas

mis ansias, el sí me acetas,

y si hablas, dices no.

Ardina.

¿Soy yo Ardina o su presencia?

Cayro.

No, mas eres Ardayn.

Pag. 23

212v

Cayro.

que en las tres letras del fin

consiste la diferencia.

Ardina.

Por cierto, mucho te debo

por el amor que me tienes.

Cayro.

Todos esos son desdenes

para matarme de nuevo.

Ardina.

Ahora bien, haz como quieras,

que a todo yo callaré.

Cayro.

¿Burlaste?

Ardina.

No burlo, a fe,

que lo digo muy de veras.

Cayro.

Pues esta mano divina

quiero tomar en mi mano,

porque siendo propia mano

de Ardayn, lo fue de Ardina,

y dos mil veces la beso

con el corazón y boca,

boca que aunque aquí la toca,

no la merece, confieso.

Ardina.

En confusión me has dejado.

Declárate, por tu vida.

Cayro.

Es tanto de mí querida

porque a su mano has tocado.

También esos ojos bellos

quiero mirar libremente,

porque viendo ojos y frente

veo los de Ardina en ellos;

y en esos gloriosos brazos

me quiero agora enlazar,

porque ansí me veré estar

enlazado en unos lazos

más bellos que los desnudos

de la bella Venus cuando

Adonis iba enlazando

con mil amorosos nudos.

Sale Bercebú, y hacen que luchan.

Ardina.

¡Ay, que viene Berdilón!

Cayro.

Teneos bien, que vos caeréis.

Ardina.

¿Pensáis que aunque ansí me veis

que me falta corazón?

Bercebú.

¡Hola! ¿Qué hacéis aquí?

Cayro.

Venímonos a luchar.

Bercebú.

Ya es tarde para jugar,

vamos, que llama Alí.

Ardina.

Si tan de priesa nos llama,

vámonos los dos corriendo.

Bercebú.

Idos luego, porque entiendo

que se quiere ir a la cama.

Vanse los dos y queda Bercebú.

Bercebú.

Al contrario me va saliendo

cuanto he andado trazando,

que el amor se va aumentando

muy en paz, según voy viendo.

Yo me voy luego a contallo

al rey, que sabiendo el caso,

él querrá, más que de paso,

de Navarra desterrallo;

y podrá ser que se encienda,

al desmán, parar la tierra

tan sangrienta en la guerra,

que tenga fin mi contienda.

Jornada tercera

Pag. 24

Sale la Infanta con Máximo, la espía.

Infanta Clara.

Máximo, pues que te has hecho

de mis secretos archivo,

y de la suerte que vivo

te manifiesto mi pecho,

no quisiera que anduvieras

tan corto en darme contento,

sino que a mi mandamiento

te aplicases más de veras.

Dígolo porque te mando

que bajes luego a mirar

si acude Alí al lugar

que suele, y vaste escusando.

Máximo.

Yo, señora, no me escuso

de obedecer tu mandado.

Pag. 25

Máximo.

sino que mi triste hado

tanto temor en mí puso,

que el miedo me hace cobarde;

mas determinado estoy

de aguardallo allí todo hoy,

aunque el rey a mí me aguarde.

Infanta Clara.

Anda, bien, vete en buen hora,

y avísame cuando esté

junto al muro.

Máximo.

Sí haré.

Pero sosiega, señora,

que me parece que viene

don Felis y el rey acá.

Infanta Clara.

El rey con don Felis va,

algunos negocios tiene;

vete como yo apartando

donde no te pueda ver,

y procura de entender

qué es esto que van tratando.

Apártanse los dos a una parte y salen el rey y don Felis hablando.

Don García.

¿Estamos solos?

Don Felis.

Nadie no parece.

Don García.

Pues no hay rumor de gente, quiero darte

cuenta estrecha de aquello que sucede,

mi fama, si se sabe en cualquier parte.

Don Felis.

Si es aquesa ocasión donde se ofrece

que ofrezca brazo y pecho al fiero Marte,

por ti yo lo haré.

Don García.

Menester era,

mas no sea de hacer de esa manera.

¿Ya viste cuando estaba ayer conmigo

hablando aquel mancebo?

Don Felis.

Sí, le cierto.

Don García.

Pues díjome que el propio era testigo

que mi sobrina Clara hizo concierto

de dalle aqueste mozo, mi enemigo,

una noche el castillo y muro abierto,

y un modo para que a ella le sacase

y a Córdoba consigo la llevase.

Avisóme también que por el muro,

junto adonde el cimiento del castillo

asienta en el peñasco grueso y duro,

está un muy secreto rinconcillo,

de donde la habla el moro muy seguro,

y que ella le responde y sale a oíllo

encima de un balcón o miradores

que rematan los anchos corredores.

Don Felis.

Por Dios, que tengo atónito el sentido,

y me hallo confuso y espantado,

tanto que no pudiera ser creído

de mí, si me lo hubiera otro contado;

mas, al fin, pues que aqueso ha sucedido,

tu alteza, gran señor, está obligado

a atajar esas cosas por tal vía

que nadie lo entienda.

Don García.

Y eso querría,

y ansí, tú propio, en esa torre fuerte,

a Clara, mi sobrina, luego encierra,

hasta que la consuma allí la muerte;

y a Alí le daremos tanta guerra,

que en breves días se verá de suerte

que dejará, sin duda, aquesta tierra;

y ansí, quedaré ya libre y vengado

del yerro que uno a otro se han causado.

Don Felis.

No conviene, señor, que eso sea hecho;

a la reina le manda que la guarde,

de modo que tú quedes satisfecho,

y a Alí escribiremos esta tarde

que levante el real, y que, de hecho,

a Córdoba camine, y más no aguarde,

que viéndose sin gente, en tanto aprieto,

por fuerza lo hará, yo te prometo.

Don García.

Bien dices, yo me voy luego a decille

a la reina que de ella no se aparte;

tú puedes a Alí luego escribille,

y por embajador al punto parte

a dalle la embajada y requerille

de parte de mi reino y de mi parte

que lo haga, y el secreto te encomiendo.

Don Felis.

Señor, a hacer eso voy corriendo.

Pag. 26

Vanse, y sale la Infanta y Máximo de adonde estaban apartados.

Infanta Clara.

¿Dónde en el mundo hay mujer

que sea tan desdichada?

Aun no he comenzado nada,

y ya lo ha venido a saber

quien fue el tirano atrevido

que fue con tal disparate.

Máximo.

Del cielo un rayo me mate,

mi señora, si yo he sido.

Infanta Clara.

¡Oh, qué desdichado amor!

No sé qué me haga desto.

Máximo.

Lo que has de hacer, haz presto,

y no te ocupe el temor.

Tinta y papel traigo aquí,

y pluma; escribe una carta

para que luego me parta

a entregársela a Alí;

que cuando haya de partir,

sin ti no ha de dar un paso.

Infanta Clara.

Aqueso me hace al caso,

comienza luego a escribir.

Empieza a escribir Máximo.

Máximo.

Escribo, pues.

Infanta Clara.

Porque obliga,

Máximo.

porque obliga,

Infanta Clara.

la afición,

Máximo.

la afición,

Infanta Clara.

al corazón,

Máximo.

corazón,

Infanta Clara.

que con fatiga,

Máximo.

fatiga,

Infanta Clara.

sintiendo que vas

Máximo.

vas,

Infanta Clara.

ausente de sus ojos,

Máximo.

ojos,

Infanta Clara.

y que sus despojos

Máximo.

despojos,

Infanta Clara.

no verás más;

Máximo.

más;

Infanta Clara.

considera la pena

Máximo.

pena,

Infanta Clara.

que tendrás sin ti

Máximo.

sin ti,

Infanta Clara.

el corazón, que en mí

mora y vive.

Máximo.

Gente suena.

Infanta Clara.

¡Ay de mí! La Reina es,

guárdalo, no te lo lleve.

Máximo.

Quien saca siete de nueve,

quedan dos, y estos son tres.

Sale La Reina.

Infanta Clara.

Date priesa, por tu vida,

que tu tardanza me espanta.

La Reina.

¿En qué se entiende aquí, infanta?

¿En qué cuenta estáis metida?

Máximo.

Señora, estoyle sumando

qué tantos extraños fueron

los que en la guerra murieron.

Infanta Clara.

Esta cuenta me está dando.

¿Acabas ya de sumalla?

Máximo.

Sí, señora.

Infanta Clara.

¿Y cuántos fueron?

Máximo.

Tres mil y ciento murieron

en esta cruda batalla.

Infanta Clara.

Lástima sería de ver.

La Reina.

Deja cuenta como aquesta,

que me siento mal dispuesta

y no lo quiero saber.

Infanta Clara.

Si hay en qué servirte pueda,

señora, yo lo haré.

La Reina.

Contento recibiré,

aquí, si por vos no queda.

Pedíle al Rey que os pidiese,

porque indispuesta me siento,

que conmigo en mi aposento

estos días os tuviese,

que con vos pienso tener

un poquito de alegría.

Infanta Clara.

Yo lo haré, señora mía,

por darte aquese placer.

La Reina.

Pues vamos, infanta bella.

Infanta Clara.

Ya he caído en lo que intenta.

Ten con esa carta cuenta,

y dame respuesta della.

Vanse las dos, y queda Máximo.

Máximo.

Al punto la llevo a casa,

esto ha salido bien hecho.

Pag. 27

Máximo.

A Alí me voy derecho

a decille lo que pasa.

Vase y salen Alí y Celino.

Alí.

Celino, grande contento

me has dado con esta carta,

que ya pesadumbre harta

me daba el detenimiento

que hacía el Rey mi tío.

Celino.

Señor, no ha podido más,

empero agora verás

gente tal que yo confío

que aunque se volviese Estella

roca de acero en el suelo,

o cuando al más alto cielo

se subiese hecha estrella,

la ferocidad que encierra

en sí gente tan famosa,

sin más armas ni otra cosa,

dará con ella por tierra.

Alí.

Buena gente es para mí.

Y ¿adónde quedan, Celino?

Celino.

Real asentó en el camino

el Rey, tres leguas de aquí.

Alí.

Pues estése agora allá

y despacha un mensajero,

diciéndole al Rey que quiero

que agora no venga acá,

sino que ansí como viene

se detenga con su gente,

porque hay cierto inconveniente

que detenerse conviene;

y que yo avisaré a qué hora

y a qué tiempo ha de llegar.

Vase.

Celino.

Yo lo voy a despachar.

Alí.

No quiero que venga agora,

porque me ha de ir a la mano

en esto que he comenzado.

Sale Bercebú.

Bercebú.

Aquí un cristiano ha llegado

de parte del rey cristiano.

Alí.

Désele al momento entrada.

Sale Don Felis.

Don Felis.

Prospere a tu alteza el cielo.

Alí.

Levantaos luego del suelo.

Don Felis.

Príncipe, con embajada

vengo, con esta que escribe

el propio Rey Don García.

Alí.

¿Qué es lo que a decir me envía?

Don Felis.

Dice aquí que, porque vive

fuera de la libertad

que el cielo le da en su tierra,

que por paz luego o por guerra

desampares la ciudad.

Alí.

¿Y el Rey me escribe eso a mí?

Don Felis.

Señor, sí.

Alí.

Pues vuelve, amigo,

y dile al Rey que yo digo

que sus cartas recibí,

y que yo responderé

al recado que me envía

dentro de hoy en todo el día.

Vase.

Don Felis.

Señor, yo se lo diré.

Alí.

A buen tiempo me despide,

que me dan con gente priesa.

Sale Cayro.

Cayro.

De parte de la princesa,

un cristiano puerta pide.

Alí.

Pues, ¿quién la puerta le veda?

Entre sin réplica alguna.

Sale Máximo, espía.

Máximo.

Encúmbrete la fortuna

en la cumbre de su rueda.

Alí.

Vengáis en buenhora, hermano,

¿qué traéis?

Máximo.

Este recado,

que la infanta me ha mandado

que lo pusiese en tu mano.

Pag. 28

Alí.

en mi mano ya está puesto,

agora bien, veamos qué es,

responderemos después.

Por Alá, no entiendo aquesto.

¿Déjola yo o quién la deja,

para qué tenerse quejar,

que yo la quiero dejar?

Tachadura en el margen izquierdo: Garc)

Cayro.

Señor, con temor se queja,

porque ha sabido su tío

lo que contigo ha tenido,

y el correo que te ha venido

pidiéndote este desvío,

es porque ansina lo ordena

el Rey, y ella teme más

de no verte si te vas,

que de dalle el miedo pena.

Alí.

Cayro, porque este se parta

a la princesa volando,

como agora voy notando,

la escribirás una carta,

y di que aunque en estas manos

viniese de golpe el cielo,

y me convirtiese el suelo

en sierras todos sus llanos,

y que aunque la mar faltase

de su centro a darme guerra,

y saliese de la tierra

un fuego que me abrasase,

que no me apartaré della

la distancia de un cabello.

Vase.

Cayro.

Al punto voy a hacello.

Saca el retrato.

Suena música y dice el Ángel de dentro.

Alí.

¿Cuál piloto sin estrella

me partiera yo sin ti,

Clara mía y cielo mío,

que a tu celeste albedrío

llevas las almas tras ti?

¡Qué loco habrá de dejar

ausentes tus ojos bellos,

que en tus dorados cabellos

pudiera un punto olvidar!

¿Quién está un momento ausente

de aquesa cara hermosa?

¿Quién a boca tan graciosa

no está contino presente?

¿Quién tus cristalinos pechos

no deshace a puros besos?

¿Quién de sus brazos y desos

no hace lazos estrechos?

Responde, mi diosa, habla,

porque verte hablar deseo,

mira que viva te veo

aunque pintada en tabla.

Ángel.

¿Qué es lo que haces, Alí,

en qué estás embelesado?,

que a Dios tienes enojado

del descuido que hay en ti.

No es tiempo de estar agora

pensando en cosas del suelo,

vuelve el pensamiento al cielo,

que es donde la gracia mora.

Saca la oración.

Alí.

¡Santo Dios! ¿Qué voz terrible

es aquesta que sonó?

¡Ay de mí, que me espanto

con su retumbo invisible!

¡Oh, qué descuidado he sido

en cumplir mi devoción!

Pues que en lugar de oración

ando en amores metido.

Vaya fuera lo mundano,

y no pare más conmigo

este retrato enemigo,

no pares más en mi mano.

Pag. 29

Alí.

ven acá, tú verdadero,

de la que Virgen quedó

después que Virgen parió

a aquel virginal cordero.

Tú eres el que sacando

me estás contino de yerro.

Híncase de rodillas y sale Bercebú.

Bercebú.

Cual al bramar del becerro

viene la vaca bramando,

ansí vengo yo a saber,

por las voces que este da,

en qué pensamiento está

o lo que quiere hacer.

Ya lo he visto, triste lance

se me ordena en este día,

que está en el Ave María

y no habrá quien le dé alcance.

¡Oh, cómo de envidia rabio!

Ayuda, viejo Aquerón,

con figura de dragón,

pues eres mago tan sabio,

que quizá se espantará

y no la rezará más.

Sale un dragón.

Alí.

¡Oh, qué espantable que vas!

¿Qué es aquesto? ¡Santo Alá!

¡Ay de mí, que muerto soy!

¡Oh, Madre de Dios, Señora,

dadme vos esfuerzo agora

en el peligro en que estoy!

Quiero armarme con la cruz,

porque dicen que es señal

que libra de todo mal,

en el nombre de Jesús.

Hace la cruz y desaparece.

Bercebú.

¡Ah, enemigo! ¿Quién te enseña

esa defensa tan fuerte?

¿Quién te enseña a darme muerte

con tan vitoriosa seña?

¡Ah, diablos!, que me consumo

de pura rabia y coraje;

estoy por dejar el traje

y desvanecerme en humo.

Socorre, Plutón sapiente,

dende tu carro de fuego,

y aparécete aquí luego

en figura de serpiente,

que tú me lo has de espantar

de arte que quede medroso.

Sale una sierpe.

Alí.

¡Oh, prodigio monstruoso!

¡Ay, que me quiere tragar!

¡Oh, Virgen, Madre de Dios,

que al ojo veo mi muerte!

¡Y en coyuntura tan fuerte,

Señora, ayudadme vos!

En virtud de esta gloriosa

cruz, que en mi frente y mi pecho

hago, de este trance estrecho

me libra Dios, de tal cosa.

Hace la cruz y desaparece.

Bercebú.

¡Oh, que al temor más le esfuerza

y pone más devoción,

y no he de hallar visión

que en tal camino le tuerza!

Ya ninguna cosa siento

con que poder asombralle,

ni aquesta tarde quitalle

de aqueste tan santo intento.

¡Oh, Astorol!, sal de tu cueva,

y socorre mi apretura

con una enorme figura,

horrible, espantable y nueva.

Pag. 30

Folio 215v

Alí.

que podría ser que en verte

dejase yo de pecar,

o que bien lo has de espantar.

Sale un diablo feo.

Alí.

Agora veo mi muerte.

Jesús crucificado,

Hijo de Santa María,

socórreme en este día

contra este falso dañado.

Y vos, Virgen, que con él

sois del mundo intercesora,

libradme en aquesta hora

de esta visión tan cruel,

en virtud de la cruz santa

que hago en mi pecho y frente.

¡Valme Dios omnipotente!

Libre de esto que me espanta.

Hace la cruz y desaparece.

Bercebú.

Harto estoy ya de asombrarte

con enredos y visiones,

y de aquesas oraciones

nunca he podido apartarte.

Pero, ¿qué he de hacer agora

sin poderte resistir?

Quiérome de aquí partir,

donde el llanto eterno mora.

Vase y desaparece Bercebú, y suena la música y aparece el ángel con la cruz en la mano.

Ángel.

Esfuerza, fuerte varón.

Ángel soy de Dios enviado,

a decirte que pagado

está Dios de tu oración;

y ansí te digo de parte

de aquella Virgen María

que recibas alegría,

Porque hoy quiere mostrarte

aquel rostro angelical

para que la fe recibas,

y como cristiano vivas,

en virtud de esta señal;

y también con ella vendrá

Andrés, el apóstol mismo,

y este dándote el bautismo,

nombre santo te dará.

Prepárate, varón santo,

para lo que aquí te digo,

la gracia quede contigo

del propio Espíritu Santo.

Suena la música y vase.

Alí.

Gracias te doy, Dios eterno,

que te muestras tan benigno

a un pecador que es tan digno

de las penas del infierno.

Y a vos, Virgen escogida,

madre y esposa de Dios,

gracias os doy que por vos

es ya mi gloria cumplida.

¡Ah de fuera! ¡Hola! ¿Hay alguno?

¡Hola, pajes! ¿Qué hacéis?

¿Ninguno no respondéis?

¿Hay alguien?

Bercebú.

Sí, señor, uno.

Sale Bercebú.

Alí.

¿Qué es aqueso, Berbilón,

de qué estás descolorido?

Bercebú.

Señor, he estado metido

en una gran confusión;

que uno aquí procuraba

sin agraviallo matarme.

Alí.

Pues ¿no podías llamarme?

Bercebú.

Señor, hartas voces daba.

Alí.

Ven conmigo a mi aposento,

que quiero un recado darte.

Pag. 31

Barrabás.

y con él luego te parte,

que parezcas propio viento,

y antes de un hora lo da

al propio rey don García,

porque hoy en este día

tiene de venir acá.

Bercebú.

¡Oh, cómo me voy perdiendo

en aquesto que este ordena!

Alí.

¿Qué dices?

Bercebú.

Que enhorabuena

iré yo, y vendré corriendo.

Vanse, y sale Ardina.

Ardina.

Vide a Bercebú subir

con Alí medio corriendo;

confusa estoy, porque entiendo

que a la ciudad deben de ir.

Sale Cayro y apártase a un lado.

Cayro.

¿Quién se ha escondido de mí?

¡Oh, qué triste y desdichado

me hizo mi triste hado!

Ardina.

¿Quién lamenta por aquí?

Cayro.

Que estuviese con Ardina,

y que muy claro supiese

que era ella, y me encubriese

aquella beldad divina.

¡Oh, qué corto de ventura

para amores he nacido!

Ardina.

Aqueste me ha conocido,

no hay irse en tal apresura.

Cayro.

¡Oh, sol del alma, que está

puesta ante ti de hinojos!

Vuelve acá tus claros ojos,

da gloria a mi alma ya.

No permitas que de ese arte

viva aqueste que te adora;

no te receles, señora,

que los pies quiero besarte.

No es tiempo ya de que estés

al que te adora encubierta;

habla, mi bien, ¿estás muerta?

Dame esos divinos pies.

Ardina.

¡Hola, Cayro!, estás sin ser,

¿no echas de ver que soy hombre?

Cayro.

Diosa mía en solo el nombre.

Diferencias de mujer

Ardina.

eso te hace decir

tu demasiada afición.

Cayro.

Díceme el corazón

que no me puede mentir.

A causa de estar tan dura,

al que te ha hecho su cielo,

¿por qué con tan triste velo

me encubres tu hermosura?

Abre, señora, esos brazos,

y descubre tus cabellos,

y con esos ojos bellos

hazme el alma mil pedazos.

Ardina.

Ahora bien, no digas más,

Cayro, porque Ardina soy.

Cayro.

Eres el cielo do estoy

colocado.

Ardina.

Tente atrás.

Cayro.

Pues, ¿por qué, señora mía,

te encubrías para mí?

Ardina.

No me encubrí yo por ti,

que por Alí me encubría.

Cayro.

Ya no te quiere Alí,

diosa mía, sino yo.

Ardina.

Si Alí ha dicho que no,

quien adora, ¿dirá sí?

Cayro.

No canses, perla divina,

que ya te ha dado de mano,

que quiere, siendo cristiano,

casarse con la sobrina

de este rey de aquesta tierra.

Ardina.

No hay que aguardar de esa suerte,

Cayro.

Es querer contra la muerte

defenderse a pura guerra.

Déjalo, que aquí estoy yo,

que haré cuanto quisieres;

dame esa mano, si quieres.

Ardina.

Espera, que le motivo

Pag. 32

Ardina.

Para convertirse tanto.

Cayro.

Unas visiones del cielo

que le enviaba Dios al suelo

de grande terror y espanto.

Ardina.

También estás tú engañado.

Cayro.

Yo haré bien lo que digo,

porque he sido buen testigo

de todo cuanto ha pasado.

Ardina.

Da muestra de eso que cuentas,

de suerte que yo lo vea,

que como esto verdad sea,

daré todo lo que intentas.

Cayro.

Pues esa mano te pido,

en fe de que cumplirás,

que esta tarde lo verás

en un lugar escondido,

adonde yo te pondré

sin que ninguno lo sienta.

Ardina.

Pues con eso soy contenta,

vamos, que yo lo haré.

Vanse y salen el rey don García y Alí.

Don García.

Príncipe ilustre he quedado

tan obligado contigo,

que de obligación me obligo

a servirte cual criado,

que a un príncipe que en el suelo

tanta fama y nombre alcanza,

a su infinita alabanza,

tiene ya obligado al cielo.

Alí.

Rey, si un pecho tan altivo

como ese tuyo se sumilla,

no tengas a maravilla

que me dé por tu cautivo;

mas esto dejado aparte,

pues aquí hay comodidad,

si me oye tu majestad,

quiero mi vida contarte.

Don García.

No habrá para mi corona

de tanto contento y gloria,

que aplicar a mi memoria

los fechos de tal persona.

Alí.

Sabe, Rey, que yo tenía

mucho ha una devoción

de rezar una oración

que dicen avemaría;

y poniéndome a rezalla

un día muy afligido,

porque se me había perdido

y no podía hallalla,

y estando entre mí confuso,

vide un azor que en el pico

trujo la oración que explico

y en la mano se me puso,

y tomando un pergamino,

oí una voz que decía:

«La Virgen este te envía,

que por fe eres de ella dino».

Primero me había llamado

tres veces otra gran voz,

y otra sonó más feroz

estando hoy aquí postrado;

y aparecióme después

un ángel que me decía

que aquesta tarde vendría

la Virgen con san Andrés,

y que el agua del bautismo

me daría de su mano,

y ansí quiero ser cristiano,

movido antes de mí mismo.

Don García.

Estoy, por Dios, tan suspenso

de aquesto que vas contando,

que entiendo que estoy soñando,

o no sé lo que me pienso.

Alí.

Y vuelto a lo de la tierra,

quiero que sepas, señor,

que estoy cautivo de amor

tanto, que me da tal guerra,

que si tú, Rey, me negases

tu sobrina a quien adoro,

me había de quedar moro

hasta que me la entregases.

Don García.

Pues ¿quién había de negar

a tal hombre su sobrina?

Pag. 33

Don García.

¡Oh, qué música divina

es esta que oigo sonar!

Suena la música y sale San Andrés con un manual en la mano, y Nuestra Señora con un capillo, y un ángel con una fuente y salero, y otro con agua bendita y vela.

Nuestra Señora.

Devoto mío, ya es hora

para que conmigo valgas,

que ya, muy de veras, salgas

de secta tan pecadora;

alegre recibirás

el bautismo consagrado,

y con él serás lavado

de hoy para siempre jamás.

Andrés, mi apóstol querido,

administra el sacramento.

Y tú, rey bueno, que atento

tienes el humano oído,

mi hijo te ha fecho digno,

por lo que por él peleas,

de que todo aquesto veas

y le prestes padrino

de este devoto ahijado,

que hoy recibe nuestra fe;

y yo madrina seré

en misterio tan sagrado.

Suena la música y vanse, y salen Cayro y Ardina.

Ardina.

No sé si traigo sentido,

según vengo de espantada.

¡Ay de mí, Cayro, qué errada

en esta secta he vivido!

Claro he visto que son vanos

aquestos dioses que quiero,

y que solo es verdadero

este Dios de los cristianos;

y yo luego ya, de buena gana,

dejaría nuestra ley;

si quiere admitirme el rey,

yo me volveré cristiana.

Cayro.

Pues sabe, Ardina querida,

que si en ser moro he durado,

es porque me has estorbado

tú sola con tu venida.

Pero ya que satisfecha

estás de aquesto que has visto,

recibe la ley de Cristo

y aquesta falsa desecha.

Ardina.

Ahora bien, pues que Alí

tan de veras me ha dejado,

déjolo, y tú que has estado

tan firme en quererme a mí,

toma luego aquesta mano

de mujer con buena gana

de volverme ya cristiana,

como te vuelvas cristiano.

Cayro.

Abre, diosa, aquesos brazos,

que con firmezas concluyo,

y enlázame como a tuyo

con dos mil nudos y lazos;

y vámonos al momento

al rey don García mismo,

y pidámosle bautismo,

y él hará este casamiento.

Vanse, y salen Adarramén, Celino y Mahomad.

Adarramén.

¡Oh, de Mahoma reniego,

porque tal hace y consiente!

¡Hola, Mahomad! Que mi gente

en armas se ponga luego;

y a aquel traidor de Alí,

a pesar del mundo todo,

de cualquier manera o modo,

me lo traigan preso aquí;

que yo le daré un castigo

tan cruel y riguroso,

que ningún rey poderoso

lo haya fecho a su enemigo.

Pag. 34

217v

Adarramén.

Perro vil, de mala casta

e infame traidor villano,

¿qué te movió a ser cristiano?

Mahomad.

¡Basta, señor, basta, basta!

Repórtate, que estas cosas,

aunque más terribles sean,

hasta que claro se vean

suelen salir fabulosas.

Sépase antes claramente.

Celino.

Con el rey quedaba ya,

y lo que digo dirá

a voces toda la gente.

Adarramén.

Alto, adereza tres yeguas

y todos tres como un viento

corramos en un momento

por la posta estas tres leguas.

Vanse y sale Bercebú solo.

Bercebú.

¿A dónde me iré huyendo

de esta gente que ha venido

con aqueste convertido,

que ansí me andan persiguiendo?

Y aquel que más me atormenta

sobre todos es Andrés;

quiero arrojarme, que este es,

quizá en mí no vendrá a cuenta.

Sale el Rey, y Alí bautizado con una alba de belfa vestida, y San Andrés con un escudo que tiene pintada una aspa en medio y un azor con él, a Bercebú.

San Andrés.

Pues de belfa estás vestido,

y lavado por mi mano

y por Dios hecho cristiano,

toma, Andrés, aqueste escudo,

con el azor que colgada

lleva la traición del pico

en campo de plata rico,

sobre la mano asentada,

y el aspa, que es mi blasón,

donde fui martirizado,

porque por mí te fue dado

el nombre en tu conversión.

Armas son de fe constante,

porque constante serás,

Andrés, y no pecarás

contra Dios de aquí adelante.

Da voces Bercebú.

Bercebú.

¡Quién sufriera tanta pena!

Andrés, no me des tal pago;

no me dirás qué te hago

para tenerme en cadena.

Déjame ir a sepultar

a las cuevas infernales.

San Andrés.

Traidor, tus hechos y males

tengo de manifestar.

Quiero que veas agora

quién era el que te servía,

y borrar de ti quería

la fe que tienes agora,

Y en virtud del que sacó

a las almas del infierno,

y con su poder eterno

las puertas dél quebrantó.

Te mando que te desnudes

la cristalina vestidura

y que de aquella figura

que andas siempre no te mudes.

Bercebú.

Siempre me has de atormentar

a donde quiera que estés.

No me atormentes, Andrés,

acaba con desnudar.

San Andrés.

Mira, Andrés, qué torpe y ciego

estabas, y qué engañado.

Vete al infierno, dañado,

a tu morada de fuego.

Desaparece dando voces.

Pag. 35

Alí.

Suprema sabiduría,

tú que lo riges y ordenas,

gracias te doy, que mis penas

acaban en este día.

Dame, Dios, gracias que esté

firme y constante en tu amor,

para que amor ni temor

no me aparten de tu fe.

Y tú, gloriosa oración

que me alcanzaste tal palma,

yo te meteré en mi alma

y dentro en mi corazón.

¡Oh, príncipe singular,

venturoso y noble Andrés,

dame esos dichosos pies,

que te los quiero besar!

Don García.

¡Oh, cristianísimo rey!,

esos tuyos me da a mí,

pues me ha fecho Dios por ti

merecedor de tu ley;

pues esos brazos te pido,

y ese don de ti merezca,

porque de veras me ofrezca

a quien en tanto amerezca.

Alí.

Alto rey, yo te los doy,

mi alma a tu amor rindiendo,

en señal que me encomiendo

a tu servicio desde hoy.

Don García.

Vámonos, porque la reina

lo sepa, y todo mi reino,

y vean que ya en mi reino

otro rey de nuevo reina.

Vanse, y salen Adarramén, Celino y Mahomad.

Mahomad.

Desdichados, gran rey, habemos sido,

porque según me dicen esta tarde

con el rey don García se ha partido,

y venimos en vano y en el aire.

Adarramén.

¡Ah, infame perro bajo, malnacido,

traidor que te conviertes de cobarde!

Pues ¿qué locura es esta que le ha dado?,

si no medra, ¿qué busca en reino extraño?,

que si no ha de medrar en este reino,

y es, sin medrar, morir como tacaño;

mal medrará holgándose en mi reino;

no ha medrado conmigo, soyle extraño;

medrará y fuera rey, aunque yo reino;

¿qué medra con el rey?

Celino.

Nada ha medrado,

ni medre quien tal traición ha ordenado.

Adarramén.

Recoge aquese campo tú, Celino,

y en lugar de Alí pasa la gente

a Córdoba con la otra que ayer vino,

de modo que la lleves brevemente;

tomaremos los dos otro camino

para en Córdoba entrar secretamente,

que no quiero de nadie ser sentido

por entrar sin Alí tan abatido.

Vanse, y sale el rey don García y Alí.

Don García.

Hanme dicho que moíno

Adarramén se partía.

Alí.

Y va tanto, que decía

a voces por el camino:

«¿Qué ha de medrar aquel perro?,

¿y ha de medrar algo? No.

¿Qué locura le movió,

sin medrar, hacer tal yerro?».

Don García.

Medráis con blasón, señor,

que son fe sus chapiteles,

aspa y oración y el Vélez,

que es en blanco, vence el amor.

Junto aqueste letrero

poned las que os doy,

porque habéis de ser desde hoy

de Dios real caballero;

que con el nombre cristiano

y el «no medra» del revés,

harán un mosén Andrés,

después Vélez de Medrano.

Sale la Reina y la infanta.

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18v

Alí.

¡Oh, serenísima Infanta!,

merezca poner mi boca

adonde tu planta toca.

Infanta Clara.

Príncipe ilustre, levanta,

que esa es mucha cortesía

para quien poco merece;

que en los tuyos si se ofrece

pondré luego aquesta mía.

Alí.

Señora, eso no es razón.

La Reina.

Infanta, de hablar te aleja,

y tú, Príncipe, esto deja

para otra conversación.

Don García.

Con vuestro consentimiento

y con el de mi señora,

quiero fenecer agora

un real prometimiento.

La Reina.

Yo me siento por dichosa

en que al momento sea fecho;

fuera de ser mi provecho,

seré en ello venturosa.

Don García.

Pues este es vuestro marido,

y vos sois ya su mujer,

y aquesto se ha de facer

porque se lo ha prometido.

Infanta Clara.

Digo que en nombre de suya

con este abrazo concluyo.

Alí.

Señora, en nombre de suyo

con este mi amor concluya.

Salen Cayro y Ardina.

Cayro.

Rey cristiano, pues que a Dios

nuestro Señor ha querido

servirle, en fe convertido,

queremos decir los dos,

que, siendo el padrino mismo,

nos mandes la fe enseñar

y primeramente dar

agua del santo bautismo.

Don García.

Gracias a Dios, que os ha puesto

en camino verdadero.

Digo que facello quiero,

y que lo haré muy presto.

Alí.

Abrázame, Cayro amigo,

que como amigo leal

siempre en el bien y en el mal

quisiste quedar conmigo.

Y tú, Ardayn, ven acá.

Ardina.

Ardina, de en cuando en cuando.

Alí.

Ardayn, ¿estás burlando?

Ardina.

Que no hay Ardayn ya.

Alí.

¡Oh, mi Ardina! Pues, ¿por qué?

Ardina.

Eso no tira de ahí;

si dirás de Cayro, sí,

que no me faltó su fe.

Alí.

Para bien seas casado,

y para bien seas casada,

que tú vas bien empleada,

y tú estás bien empleado.

Don García.

Todo aquesto ha sido gloria.

Para mi persona, al fin,

entremos y demos fin

a la recitada historia.

FINIS [Rúbrica]