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Texto digital de El peligro de la sangre y remedio en el acaso

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El peligro de la sangre y remedio en el acaso. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-peligro-de-la-sangre-y-remedio-en-el-acaso.

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EL PELIGRO DE LA SANGRE Y REMEDIO EN EL ACASO

Pag. 1

608

Peligro de la Sangre y remedio en el acaso =

Comedia en 3 jornadas, de D. Gaspar de Puygalt

Leg.º 17

16

Pag. 2

A

Dn Gaspar de Puygalt

El Peligro de la Sangre

y Remedio en el Acaso.

n.º 12.

[Sello de la biblioteca]

Pag. 3

3

Comedia Nueva El Peligro de la Sangre y Remedio en el Acaso De Dn Gaspar Pochalt y Uriguen 8

Jornada primera

Pag. 4

El folio izquierdo está en blanco; se transparenta el texto de la portada.

El Peligro de la Sangre y Remedio en el Acaso. Don Gaspar de Puigalt y Mugur. Personas: Carlos, galán; Don Diego, galán; Don Lope, viejo; Don Fernando, viejo; Garabato, gracioso; Doña Inés, dama; Doña Elena, dama; Laureta, criada; Otáñez, escudero; dos ladrones.

Salen Carlos y Garabato de camino.

Carlos.

¿Quedan atadas las postas?

Garabato.

Ya quedan. Cuerpo de Cristo,

llévese el diablo a quien quiere

ir por tan malos caminos

por san Crispín, que los huesos

tengo, señor, más molidos

que los de un vizcaíno a quien

pregunta con simple estilo

necedades un idiota;

pero dime, ¿tu capricho,

Carlos, qué intenta, apartado

Pag. 5

Garabato.

tanto del real camino,

faltando de aquí a Madrid

el saber cuántas son cinco.

Pues cinco leguas nos quedan

que caminar, que a un judío

desesperarían, siendo

los que más esperan.

Carlos.

Digo,

Garabato, que no sé

a qué parte mi destino

guía mis pasos, pues siendo

solamente dirigidos

a la corte, me parece

que en estos bosques sombríos

alguna dicha me espera.

Garabato.

¡Cuerpo de Cristo! ¿Conmigo,

al cabo de siete años

de guerra, donde has venido

hecho una criba de heridas,

por premio de tus servicios

a ser Quijote te metes,

hombre, y has perdido el juicio?

Vamos allí, Dios te deje

lograr tus locos designios,

con doña Inés...

Carlos.

¡Ay de mí!

Garabato.

¿Qué es eso? ¿Aún quedan resquicios

de aquel amor aldeano?

Carlos.

¡Cómo si quedan! No quiso

tanto a Adonis, a Polidoro,

Eco al hermoso Narciso,

Artemisa a Mausoleo,

Estenobea a aquel niño

que sujetando al Pegaso

llegó al globo adamantino;

a Proserpina Plutón,

Biblis a Cauno; y más fino

la adoro siempre, que Tisbe

a su Píramo, a Calixto,

Arcas, Ifis a Anaxarte,

a Aretusa Alfeo, y digo

que el amor de Polifemo,

Atis, Céfalo y Tarquino

con Galatea, Cibele,

Procris y Lucrecia, niño

fue siempre en comparación

del que adoro, Inés, publico

porque...

Garabato.

Calla, por tu vida,

y hablemos, por Dios, en juicio.

Uno es disparate intentar,

Carlos, tan gran desatino,

siendo hija doña Inés

de don Fernando Carrillo,

con ochenta mil ducados,

Pag. 6

Garabato.

señora de aquel cortijo

donde juntos nos criamos,

y fui su vasallo amigo.

Olvidemos vanidades,

que aquí somos conocidos;

que en Flandes pasases por

don tal conde palatino,

vaya con Dios; porque al fin

decía aquel vizcaíno

que el ser hidalgo consiste

en el no ser conocido:

aunque el don, sin renta, no es

(según un discreto dijo)

don, si donaire, y pues sabes

que es verdad cuanto te digo,

olvida ese loco amor

que te lleva al precipicio,

pues aunque con tus papeles

alcances de tus servicios

el justo premio, no deja

de ser Carlos, el sobrino

de Alberto, villano al fin.

Carlos.

Viven los cielos divinos,

que el sufrimiento se rinda

a esta ley del castigo,

mientes tú; y miente quien tal

diga, que tan bien nacido

soy como el planeta a quien

veneran, por Dios, los indios.

Garabato.

Aliento, pues porque no intento

enojarte, vive Cristo,

que si me alargara un poco

corriera riesgo el navío

de mis carnes; sus dos ojos

parecen dos basiliscos,

qué tal estoy.

Carlos.

Yo, villano,

cuando este brazo ha sabido

a impulsos de mi coraje

mostrar del pecho los bríos

en las marciales palestras

opuesto al campo enemigo,

siendo mi cuchilla hoz

y espigas los que en sus filos

mal informados del daño,

lisonjeando el peligro,

en sangre envueltos, cortaban

de Cloto el delgado hilo,

dejando los verdes campos,

todos con el derretido

humor de sus venas, ya

afrenta del paño tirio

Pag. 7

Dentro.

Don Lope.

Villanos, no presumáis

que están las canas sin brío,

que el Etna de mi valor

no hiela, aunque con nieve frío.

Dentro.

Ladrón 2.

Vana será su defensa.

Entrase sacando la espada.

Carlos.

De aquellas voces colijo

que riñen dos contra uno;

¡ah, cobardes, fementidos,

castigaré con mi acero

vuestros infames designios!

Garabato, aquí aguárdame.

Garabato.

Eso sí haré, que he leído

a Montalbán y a Quevedo,

y dicen donde hay ruido

no vayas; mas, ¡vive Dios,

que va como un hipogrifo!

No hay galgo que tanto corra

tras la liebre; entre, y asisto

reñir contra dos un viejo

confusamente destinos;

ya está allá Carlos; ¿qué tal

les embiste? ¡San Patricio!

Ya huyen los dos, ¡a gallinas!

¡A ellos, plegue a Cristo!

Jamás erré esta estocada,

cargo la punta de yuso,

doyle este salto, y de aquí

la italiana es un prodigio,

aunque se pongan diez hombres

uno en pos de otro, si tiro,

quedarán como morcillas

en asador; doy un brinco,

entro, y de aquí zambullida,

y un compás, con que le obligo

a la conclusión.

Sale Carlos.

Carlos.

¿Qué es esto,

Garabato?, ¿a alguno has visto

por aquí de los que huyeron?

Garabato.

Si dejas aquí algún niño

bobo, adiós, que aunque fueran

más que arena tiene el Nilo,

después de hechos mil tajadas

me los tragaría yo vivos.

Carlos.

¿Mataste alguno?

Garabato.

No, Carlos,

pero tan enfurecido

estoy, que temen los cielos

que he de hacer un desatino;

déjame.

Carlos.

¿Por dónde van?

Garabato.

No lo sé, ni a nadie he visto,

que esto es solo prevención

por si acaso.

Carlos.

¡Vive Cristo,

que me pagará el villano

lo que otros,

Pag. 8

Sale don Lope con la espada y rodela.

Garabato.

¡Ay, Carlos mío!

San Dimas, san Bábiles,

san Saturno, san Cirilo.

Don Lope.

¿Qué es aquesto, caballero?

Suspended, el rigor de vuestro acero,

y haced, que en firmes lazos

acrediten mis ya cansados brazos,

con voluntad unida,

que sois, restaurador de aquesta vida

que a vuestros pies dirijo

como a mi hermano, padre, amigo, y hijo.

Carlos.

Ese último acento

más armonía le hace a mi contento,

que es justo; que me cuadre

veneraros, aquí como a mi padre,

supuesto, que el sentido de tal arte,

vuestro agravio, señor, como si parte,

hubiera yo, en la vida que os anima

cuyo amor, el ser de hijo, legitima.

Don Lope.

Estimo, caballero,

la merced, que me hacéis, y considero

que a no ayudarme vos, sin duda alguna,

fatal despojo, de infeliz fortuna

fuera ya, a los traidores

viles pechos, de infames salteadores

cuyo bruto, dominio

les da la ley del robo y latrocinio.

Carlos.

Con brío tan valiente

manejabais, la espada, diligente,

que en cada cuchillada, si se advierte

se miraba, un amago de la muerte,

puesto, que vuestro brazo el hilo acorta

que hila, Cloto, Láquesis tuerce, y corta

Átropos, cuya herida

es fatal paroxismo de la vida;

y así, señor, por vana considero

e inútil, la defensa, de mi acero,

puesto, que cuando, furia vuestro brazo

despejó, con valor, el embarazo

que hacer en semejantes ocasiones

suelen en la campaña, los ladrones.

Don Lope.

A vos se debe el modo

de este suceso tan feliz en todo,

pues apenas os vieron

cuando, cobardes, vuestro aliento huyeron,

y supuesto, que libres de sus lazos

me veo, ya, volvedme, a dar los brazos,

que a fuer de agradecido

con amante, cariño, fiel, os pido

porque con sus empleos,

se reparen, honrados, mis deseos.

Lindo paso.

Garabato.

¿Que sin decirme a mí, allá vais, salva

se hayan hecho?; acaso yo en la malva

he nacido, o por suerte asido acaso

de algún mandria, este acero justiciero?

Pag. 9

Garabato.

pues a fe que mis fados, y reveses

en la embestida, suelen ser franceses,

y si vinieran de ellos amontones

me los zampara enteros.

Don Lope.

Los ladrones

ahuyentaste, también.

Garabato.

Lindos empleos,

aunque ellos fueran unos Briareos,

gigantes de cien manos,

serían para mi todos enanos.

Carlos.

Calla, loco, y quisiera,

señor, que vuestro labio me dijera

la causa, que así os lleva,

y permitilde al mío que se atreva

a preguntarlo, puesto que imagino

que a los dos nos convida, aquí un destino.

Don Lope.

Atendedme, si en ello, os satisfago,

pues se que en daros gusto, el gusto pago

que me dan vuestros ojos,

destierro, cierto, ya, de mis enojos.

Carlos.

Decid pues; Garabato, los caballos,

preven.

Garabato.

Iré volando, a desatallos,

y a mirar, si en la alforja un jamoncillo

sacara de mal año, el menudillo

de mis tripas vacías,

que se lamentan más que Jeremías.

Don Lope.

Diez lustros, a quien la corte

dieron gallardo mancebo,

noble sangre, honrados padres

a mi ilustre nacimiento,

en cuyo instante aciagos,

en la esfera azul se unieron

de mal aspecto, los astros,

de el zodiaco revueltos,

los planetas, tan contrarios

todos, que solo influyeron,

calamidades, desdichas,

penas, ansias, desconsuelos.

Vaticinando, ya entonces

mis trabajos venideros.

Criaronme, claro esta,

que con regalo, supuesto

que he dicho, que nobles eran

mis padres, y que debieron

a la fortuna el dominio,

de unos lugares pequeños,

cuyo humilde vasallaje

les tributaba por feudo,

cuatro mil ducados, gracia

a mis honrados abuelos.

Curse las humanas letras

hasta, que el bozo primero,

incitó amatorias glorias,

mis solícitos alientos.

Fuime a la fértil Italia,

donde a la sazón, sin freno,

a rienda suelta corria

el caballo, cuyo cuello

sujeto, al yugo español,

Pag. 10

Don Lope.

don Juan de Austria, aquel portento,

de valor, aquel Escipión

aquel Sila, aquel Pompeyo

aquel Alejandro magno,

aquel dios, en cuyos hechos

resucitó, las proezas

de sus ilustres abuelos,

debajo de sus estandartes

seguí, el militar estruendo

seis años, a tiempo que

tuve de Madrid, un pliego

en que me daban aviso

como mi padre, a otro Reino

a pagar fue con la vida

el incurable feudo,

deuda, que desde la cuna

nos, conduce al Mausoleo:

lloro mi pena su muerte,

pues embrutecidos anhelos

es de un hijo, que antepone

a el interez el manejo

o la fortuna, de verse

al lado, de quien le ha puesto

después de Dios, en estado,

de ser hombre, cuyo acuerdo

todos le deben, tener,

y mui pocos, le tenemos;

considere, ya forzosa

mi partida, pues es cierto

que pocas veces se aumenta

la hacienda, en poder ajeno.

representele, a su alteza

lo referido, y el cuerdo

príncipe, con el amor,

y afabilidad, que el cielo

le dotó, me dio el despacho,

tan breve, que pude luego

dar, lino, al Boreas, llegando,

a, Barcelona, con menos,

de ocho días, que nos fue

siempre, favorable, el viento,

por que no diga, que siempre

el ado, me ha sido, adverso.

tomé postas, y partime

para la corte, aquel cielo

de el nuevo, planeta, Carlos

atlante, de el firmamento,

que a pesar, de infames lenguas

sustentará, el grave peso

de su corona esmaltada

con las lunas, de el imperio

otomano, nunca llena,

hasta, gozar, sus Reflejos,

llegué pues, y hallé mi casa

hecha un Caos, y a mis deudos,

aún más sentidos, de verme,

Pag. 11

Don Lope.

que de la muerte, supuesto

quey tantos allino podían

ser como en mi ausencia dueños

de lo poco que mis padres

me dejaron, y es tan necio

el interés, que no sabe

disfrazar su sentimiento,

asistí todas mis cosas

y considerando, el riesgo

de un mozo en la corte, solo

traté con prudente, acuerdo

solicitar ocasiony

que concluyeran, a un honesto

galanteo, cuyo fin

mixé, al lazo de himeneo.

Con aquestas circunstancias

hallar pudo, mi deseo

en una dama, mi igual,

su amante logro, supuesto

que era hermosa lo bastante

para dymentir, lo feo

virtuosa, mucho más

y discreta, poco menos,

porque la propia mujer

ha de estar, entre dos medios,

de discreción, y hermosura,

quien la necedad hay riesgo

y en la hermosura peligro

y así ade buscar el cuerdo

por principal, la virtud

quey la que une, estos estremos,

yo pues por fortuna halle

en Casandra, lo propuesto,

caseme en fin i vivimos,

tan conformes, tan contentos,

que se decían, (según

se vio en nuestros, finos pechos)

Con un cuerpo, las dos, almas

con un alma, los dos, Cuerpos,

A la posesión, llegaron

nuestros, honestos, de seos,

con dos hijos, que de un parto

favorable, nos dio el Cielo,

todo, Regozijo entonces,

y ahora, todo sentimiento,

buscamos, quien los criare,

a entrambos. oingrato fuero,

de la vanidad, pues niega

a su sangre, el alimento,

que en lo natural, disparo

Dios, con providente acuerdo.

con animo, interezado,

de aquellos, vecinos, pueblos,

algunas pobres mujeres,

como a oposición vinieron

quey la fortuna mayor,

Pag. 12

Don Lope.

entre ellas, mirarle empeño

de ser amas, pues los andan

todas que dándose el dueño

de muchos pechos cargado

porque descarguen sus pechos;

escogimos, para el niño,

la que por conocimiento

de los físicos, mostró

ser más apta, previniendo,

para la niña, otra tal;

aquí empiezan mis tormentos,

aquí fenecen mis gustos,

aquí cesan mis contentos,

y aquí, para mis desgracias,

toma la fortuna acuerdo,

y al fin, para no gastar

circunloquios ni rodeos,

en el término que corre

toda la máquina Febo

visitando desde el pez

hasta el velloso carnero,

cuando, con blandos halagos,

con arrullos lisonjeros,

hechizos son a los padres

tiranos los hijos, supuesto

que es gracia cualquiera llanto

y cualquier risa, es despejo.

Una mañana fatal,

remate de mis consuelos,

principio de mis desdichas,

medio de mis sentimientos,

y de toda mi fortuna,

remate, principio y medio,

salió la ama con el niño

en los brazos ofreciendo

volver a la noche, porque

iba a casa de unos deudos

que tenía allí en Madrid,

fuese, y con insano acuerdo,

determinando pararse

al baldío, halló el deseo

en la ejecución logrado,

aunque mal, porque al encuentro

dos ladrones, según dicen,

atrevidos, le salieron

hurtándole de los brazos

el infante, niño tierno.

Bien claro está que ambiciosos

de sus joyas, que muy ciegos

el interés, y atropella

los más honrados respetos,

y a la mujer (¡oh, inhumanos!)

dejaron cadáver yerto,

Pag. 13

Don Lope.

Con seis heridas, fiando

a la fuga el desempeño

de un tan infame delito

de un suceso tan horrendo

quedamos, Casandra, y yo

muy hablador el silencio

allá en mi idea, que ya

no puede el cansado eco

de mi voz articular

lo que acá dentro padezco

solo dije que murió

Casandra, del sentimiento,

y que parezca yo

de insensible, pues lo mesmo

no hice viendo mis penas

tan distantes, del remedio

y después de haber buscado

con imponderable anhelo

todas las ciudades, villas,

aldeas y lugares todos

de estos contornos, no pude

saber, de mi hijo, (¡ay cielos!)

ni quiénes ser, han podido

los agresores, teniendo

el suceso en mi memoria

tan presente, y tan impreso

que al cabo de veinte años,

que esto pasó ahora vengo

de rastrear cuidadoso

alguna noticia siendo

esta la causa, que aquí

me has encontrado, y pues debo

a tu valeroso brazo

la vida, alcance mi ruego

saber, quién eres, y adónde,

te encaminas, porque creo

que has confrontación de estrellas

entre nosotros, supuesto

que no sé qué interior gozo

después que te he visto, tengo

que dejándome las penas

me olvida el sentimiento.

Carlos.

Tanto siento tus enojos

sus penas me afligen tanto

señor, que en voces o llanto

quieren decirlo mis ojos,

y estoy tal que si supiera

quiénes los traidores fueron

que atrevidos, te ofendieron

de ellos, te satisfaciera

pero pues a tu cuidado

ningún remedio colijo

si entonces perdiste, un hijo

conmigo un hijo y criado

tendrás con tan fino amor

que porque a tu gusto cuadre

Pag. 14

Carlos.

Te obedezca como a padre,

te sirva como a señor.

Don Lope.

Los finos ofrecimientos

con que mi consuelo ordenas

aligerando mis penas,

minoran mis sentimientos.

Carlos.

Lo que puedo, sin ficción,

decirte, de mal agravio,

es que lo que forma el labio

se fragua en el corazón.

Con él, señor, asistirte

cariñoso ofrezco y fiel,

deseando también con él

humilde, siempre servirte;

y supuesto que propones

ser en la corte tu empleo,

allá podrá mi deseo,

buscando las ocasiones,

lograr con amante alarde

su fineza en su obediencia,

y ahora, con tu licencia,

me iré, señor, porque es tarde.

Don Lope.

Lo que te debo confieso,

y pues es fuerza quedarme

en esta aldea, a buscarme,

gran amigo, en el buen suceso,

podrás mañana, en la tarde,

que tendré mucho consuelo.

Carlos.

Pues, señor, os guarde el cielo.

Don Lope.

El noble corazón te guarde.

Vanse, y sale Garabato con una alforja.

Garabato.

Los caballos con cuidado

previne; no fuera bueno

que mientras mascan el freno

ellos, tome yo un bocado?

Si lo fuera, pues me entrego

a esta alforja, yo me ensayo;

esta vez hace el lacayo

lo que suele hacer un lego

en semejantes funciones.

Díganme, ¿qué razón media

que coman en la comedia

no más que los motilones?

Con el jamón satisfago

la hambre que mi tripa azota,

bebamos, venga la bota,

a mi salud va este trago.

¡Qué licor tan milagroso

es este, que el vino añejo,

pues mozo a cualquiera viejo

le hace, y viejo a cualquiera mozo!

Señores, ¿qué desatino

es el de este mundo orate,

que se tome el chocolate

pudiendo tomarse el vino?

Siendo aun mucho más barato,

pues da en cuatro cuartos lumbre,

(que es lo que vale una azumbre).

Pag. 15

Vase.

Garabato.

a un candil de garabato;

pues no seré el arcaduz

del mondongo. ¡Qué dulzuras!

más que quedamos a oscuras

sobad, Ginés, santa luz.

Pero yo aquí me entretengo

y mi amo me espera allí?

Mas si él se venga a mí,

yo ¿con quién vengo? Me vengo

poquito y de cuando en cuando.

Dilo, cojula, adiós.

Mas ¡vive Dios! que los pies

me van tartamudeando,

y más que el buen viejo y Carlos

no están, si esto no hay efeto

de este blanco, tinto o prieto.

Digan, ¿dónde podré hallarlos?

Si él va, y los caballos solos

halla, aparejarme puedo,

o no parar en el ruedo

que comprehenden los dos polos.

Mas con una peregrina

mentira, es bien que esto ajuste,

voyme. Pues dame un embuste

lacayuno Celestina.

Sale don Diego, leyendo un papel.

Don Diego.

«Esta noche, que mi padre está en la aldea,

podrás hablarme a las doce por la reja

del jardín, o para menos nota, dentro,

que ya hallarás abierto el postigo o la

llave prevenida. A Dios te guarde.

Siempre tuya, Elena.»

Loco me tiene el contento,

que esta noche, hermosa Elena,

ha de fenecer mi pena,

sea de acabar mi tormento;

que con los amantes lazos

de una fe constante y pura

he de gozar tu hermosura,

enlazando tus tiernos brazos.

¡Oh, Faetonte! con desvelo

abrevia el curso veloz,

porque de Épafo la voz

negar no pueda el manejo

del flamigerante coche;

aunque, corriendo sin rienda,

se abrase el orbe y se encienda;

como apresures la noche.

Camina sin embarazo,

vuela, vuela diligente,

pues tengo de hallar mi oriente

cuando busca tú el ocaso.

No de Jove celestial,

temas el flamante rayo,

si el Po con un solo ensayo

te da tumba de cristal.

O si rindiéndote al fuego

del temor con paso tardo

vas, repara lo que aguardo,

Pag. 16

(Vase)

Carlos.

mira la dicha que espero.

mas supuesto que en la aldea

dice que su padre está

qué hace mi amor que no va

a lograr lo que desea?

aqueste, pues es el cielo

del sol que mi pecho adora

mansión, feliz de la aurora

archivo de mi consuelo,

del fuego con que me abraso

es esta, la fragua ardiente

sea a mis dichas oriente

la que es de mi gloria ocaso

entrome, pues dios vendado

puesto que mis pasos guías

alivia, las ansias mías

con el bien, anticipado.

Salen Doña Elena y Otáñez.

Doña Elena.

tan presto le dio el papel

Otáñez.

en la calle le he encontrado

y al descuido con cuidado

se le di, que siempre fiel

soy en materia que importa;

para que aunque calvo y vejete

soy el mayor alcahuete

que hay en toda aquesta corte.

Doña Elena.

puesto que Otáñez no ignora

lo importante, del secreto

no hay que advertir

Otáñez.

yo prometo

que por mi parte, señora

no se sepa, que cuitado

soy en esta, profesión

y aunque he sido, baladrón

cuando importa, soy callado.

Doña Elena.

Jacinta y Juana, cuando

han de venir

Otáñez.

ya a buscarlas

me voy

Doña Elena.

puede, acompañarlas

porque es tarde

(Vase)

Otáñez.

iré volando.

Doña Elena.

Dime en qué confusión, en qué duelo

tirano dios, tu flecha, envenenada

me ha puesto, que de mí casi olvidada

acordarme de mí, casi recelo

sujeta, mi altivez, a un reyezuelo

una roca a su ley subordinada

siendo así que jamás fue registrada

ni aun de ese luminar, que surca el cielo;

pero dirásme amor, que lo dispones

para que el orbe, quede satisfecho

que lo avasallas todo, y descompones

desde lo más selecto, a lo derecho

supuesto que al rigor de tus arpones

no hay resistencia humana, en ningún pecho

de amor exento; a don Diego

casi arrepentida estoy

Pag. 17

Sale don Diego.

Doña Elena.

que jamás las ligerezas

fueron idea del amor,

mas guiábame la pluma

el ciego amante, niño dios,

que como ciego no mira

la línea de la razón,

pero bien está lo hecho,

puesto que la Hero soy

de aquese amante Leandro,

Polimena de ese Isón,

esclava de ese turco,

Clicie de ese hermoso sol,

de aquese Alfeo, Elisa,

Diana de ese Endimión,

Eurídice de ese Orfeo,

Medea de ese Jasón,

de aquese Hipólito, Fedra,

y por fin la misma Isol

de ese Tristán, la Venus

de ese Adonis, que murió

al bruto cerdoso impulso

parándose, al fin, en flor,

y por decirlo bien claro,

Doña Elena de Obregón

soy esposa de don Diego

Sarmiento y Coronas, no.

Don Diego.

Adelante, dueño mío,

para que mi corazón,

como tan hecho a las penas,

teme que tanto favor

no le sufoque del gusto

la vital respiración;

sucediéndome lo propio

que al antiguo Filemón,

que a un júbilo repentino

la vida en el gusto dio.

Doña Elena.

Jamás pensara, don Diego,

que a riesgos de mi opinión,

con ceguedad mal mirada,

hija de su sinrazón,

y madrastra del luciente

cristal de mi limpio honor,

atropellaras, audaz, un

mira señor,

que el que aquí te ha visto entrar

y sabe que sola estoy

Aguárdate a que despliegue

esa madre del horror

su negro manto, ocultando

los rayos con que veloz

ilustra el cóncavo globo

de Admeto el rubio pastor;

mira, don Diego, que ruega

Pag. 18

18

Doña Elena.

Una mujer q es blasón

de los corazones nobles

darle el consuelo; no

no pues malogre la suerte

de tan generosa acción

por mi esta leve fineza

has de hacer mira Señor

que pues no ignora las muchas

que le debes a mí amor

que de ingrato, aquí te argüía

si anulas mi petición

Vuélvete, que a la criada

dejo aguardando, estoy

centinela que descubra

enemigos, de el honor

esta vez sola y tal vez

este en la Jurisdicion

de mi gusto, tu Respuesta

supuesto, que siempre soy

toda tuya, aunque se oponga

del cano tiempo veloz

y de la ciega fortuna

lo inconstante, ni lo atroz

Don Diego.

mi bien Señora detén te

mira que mi pretensión

no asido tratar, los Respetos

que debo a tu pundonor

perdona si mi osadía

llevada a mi pasión

Con malmirados Tropiezos

vendada, no Reparo

el casi imposible Riesgo

que me propone tu voz

Doña Elena.

más que imposible evidente

le advierte, aquí mi temor

pues aguarda, como dices

a la criada que son

pregoneras que publican

yerros, de el Vendado dios

Don Diego.

de suerte, que me he de ir

Doña Elena.

eso te pide mi amor

Don Diego.

sin lograr tanta fortuna

Doña Elena.

Jamás el tiempo falto

Don Diego.

pero cuando

Doña Elena.

aquesta noche

Don Diego.

sin falta

Doña Elena.

don Diego no

Don Diego.

habra otro Reparo

Doña Elena.

solo

puede haber el de mi honor

Don Diego.

ese mi mano le vence

Doña Elena.

pues con ella tuya soy

Don Diego.

es de veras

Doña Elena.

eso dudas

Don Diego.

dudo tan grande favor

Doña Elena.

mal me conoces

Don Diego.

conozco, mis pocos meritos

Doña Elena.

yo

Pag. 19

Doña Elena.

no los ignora, don Diego,

antes sabiendo quien sois,

no reparo dar el alma

a quien la vida me dio.

Don Diego.

por un accidente fue.

Doña Elena.

por ellos entra el amor.

Don Diego.

grande es mi fortuna, Elena.

Doña Elena.

el quererte, aunque mayor;

mas, don Diego, vete, vete,

que ya es tarde.

Don Diego.

qué dolor.

Doña Elena.

ven a las doce.

Don Diego.

seré fiscal del tardo reloj,

porque las horas que cuenta

la esperanza, largas son,

y breves las que numera

dichosa la posesión.

Doña Elena.

a la reja.

Don Diego.

ya te entiendo.

Doña Elena.

pues, adiós, mi bien, adiós.

Don Diego.

él te guarde, dueño mío;

noche, tu curso veloz

apresura, pues tu manto

negro, es blanco de mi amor.

fin de la primera Jornada

Jornada segunda

Pag. 20

Salen don Fernando y Carlos

Don Fernando.

díceme aquí don Pedro, mi sobrino,

Carlos, que vuestro esfuerzo peregrino

se ha adelantado tanto,

que es del Tártaro horror, del turco espanto,

llorando el hemisferio

de Croacia, lo grueso del imperio

aun más, después de la cadena

con que sitiada se miró Viena,

dividiendo de gran parte

a vuestro brazo en el día del de Marte,

cuando de infiel coral, rojo diluvio

purpúreo, las aguas del Danubio.

Carlos.

siempre el señor don Pedro honrar intenta

la humilde sangre que mi pecho alienta,

dándome la alabanza

que con marcial valor su brazo alcanza,

siendo tan conocido en la campaña

desde Amadón que los Rifeos baña

hasta el fértil Ródano

vena, del promontorio Perulano,

que con ebúrneo humor helado ampo

de Galia fertiliza el verde campo,

como fueron en Roma

Seleuco y Nicanor, que el orbe doma.

Pag. 21

Don Fernando.

en fin, que sus acciones varoniles

muestran su ilustre sangre;

Carlos.

Es un Aquiles,

un Alejandro, un César, un Flaminio,

un Zeno, Feralo, y un Antonio,

honrarle el señor Duque de Lorena

en el famoso sitio de Viena,

dándole una bengala,

viendo que su valor a Marte iguala;

y aun tengo por sin duda

que le adelante más en lo de Buda,

pues en esta victoria

que su Alteza alcanzó con tanta gloria

del Alemán imperio,

e ignominia del Tártaro hemisferio;

día de fe, que el árbol de la vida

llegó llorosamente, arrepentida,

después que en la ciudad, adonde mora,

el renombre alcanzó de pecadora,

cuando huyendo, los bárbaros infieles

dejaron de turbantes y alquiceles,

del campo matizado todo el llano,

con desatino infiel, sangriento adorno,

siendo, pues, janícharos (si bien lo siento)

de juntos huesos, bruto monumento,

cayendo, al tiempo que lloran con flujo,

espera lluvia infiel en el Cocito;

en esta, pues, victoria memorable,

mostróse tan de acero el incansable

de don Pedro, señor, valiente brazo,

que a sus plantas sirvían de embarazo,

con rendidos estorbos,

inútil multitud de alfanjes corvos;

siendo testigos de esta empresa rara

el príncipe Vaden, y el de Caprara,

que con fuertes alientos

del bárbaro frustraron los intentos.

Don Fernando.

Grande gusto me das con estas nuevas;

pues son de su valor bastantes pruebas.

Encárgome también que te apadrine

sobre unas pretensiones.

Carlos.

Solo vine

a pedirle a mi Rey, que guarde el cielo,

dé a mis servicios leales el consuelo

que mi deseo belicoso espera,

con la merced de darme una bandera.

No es mucho lo que pido,

pues seis años y medio que he servido

con hazañas tan nobles y atrevidas,

como lo manifiestan ocho heridas,

que en batallas campales

recibí de los brutos animales

de la Moravia, cuyo barbarismo

les niega los indultos del bautismo.

Don Fernando.

Deberé eso tomar de más espacio,

porque son los negocios de palacio

en las más ocasiones

largos, y más si son por pretensiones.

Y así, Carlos, veníos conmigo,

que quedaréis en nombre de mi amigo.

Pag. 22

Don Fernando.

que aunque eres mi vasallo,

ser caballero en tus acciones hallo,

porque la guerra la nobleza encierra

y la nobleza nace en la guerra.

Carlos.

Señor, aunque me mire en otro estado,

tendré por mayor timbre el ser criado

de un caballero cuya sangre humilla

a la de muchos grandes de Castilla;

esto supuesto, la merced estimo

y a servirte con más razón me animo.

Don Fernando.

Yo, Carlos, te agradezco los desvelos

con que tu voluntad...

Dentro.

Doña Inés.

¡Valedme, cielos!

Don Lope.

Al cuarto de doña Inés

se ha entrado el león feroz.

Dentro.

Doña Inés.

¡No hay quien atienda a mi voz!

Sale Garabato.

Garabato.

Más vale jugar de pies

que de manos, esto es cierto.

Carlos y Don Fernando.

¿De qué es tanta confusión?

Garabato.

Brava desgracia, un león

que se ha soltado, y ha muerto

un mundo de gente agora,

y aun viéndose poco harto,

se ha entrado dentro del cuarto

de doña Inés, mi señora.

Carlos y Don Fernando.

¿Qué dices? ¡Infausta suerte!

Carlos.

¡Horrible fiera atrevida,

pues me ha quitado la vida,

espera y dame la muerte!

Éntrase.

Don Lope.

Pues escucha mi valor.

¡Desdicha tan inhumana

dio a mis nevadas canas!

Que aunque cansado, hay valor.

Sale Laureta.

Laureta.

¿Adónde huiré la molestia

de esta fiera?

Garabato.

¡Oxte, puto!

Pero, Laureta...

Laureta.

De un bruto

huyo, y doy con una bestia.

Garabato.

Tú lo eres.

Carlos.

¡Bruto fiero!

Jamás mi valor se encalma,

y para quitarte el alma

has de entrar por este acero.

Garabato.

Chispas de la espada arroja,

él mostrará su valor,

porque en soplando el amor

se mueve mejor la hoja.

Laureta.

Virgen de Consolación,

puesto, seguro no hallo.

Garabato.

Acércate a mí, que al gallo

dicen que teme el león.

Laureta.

La razón es peregrina,

pero nada en tu favor,

que a un gallo tiene temor,

mas no le tiene a un gallina.

Garabato.

¿Luego yo lo soy?

Laureta.

¡Cuitado!

¿No lo eres si a tu dueño

Pag. 23

Laureta.

mira, en tan gran empeño

y le dejas

Garabato.

que a un soldado

flamante, y Recién venido

tanto, que ahora mismo llega

se atreva, aquí una Gallega

a mal matarle, perdido

esta Madrid, yo lo evito

yo Juro a la Cruz Jacaña

que si fuera, en Alemaña

me la pagará, por Cristo

Laureta.

¡Ay, Garabato!, sin duda

que Carlos mató al león

pues lo publica la acción

de la espada, que desnuda

y de Coral manchada

sirve a un brazo de embarazo

ocupando el otro brazo

mi ama, que desmayada

mues tra, con su mucha pena

los casi mortales fines

siendo sus Rosas Jazmines

y su clavel azucena,

Garabato.

bueno, si su corazón

es un Mongibelo, un flegra

matará el otro una suegra

que es más fiera que un león.

y más aquí, que mi ama

corria Riesgo evidente

y cualquier mandria es valiente

en presencia de su dama

sale Carlos con ines desmayada

Carlos.

no apodi do su desuelo

con ventaJa tan notoria

tiranizarme la gloria

de tener Atlante el cielo

de esta divina, belleza

siendo mi acero terror

de el Justo mortal castigo

que le he dado, a su fiereza,

y su deidad, soberana

que de el susto a los ensayos

tremula esconde los Rayos

de su belleza, lozana,

ya puedes volver la grana

que tus mejillas hermosas

desvanecieron, miedosas

haciendo como dos sabios

que este el clavel, en tus labios

y en tus mejillas las Rosas,

Corre la nube importuna

desos soles dueño mío

mas ¡ay, Dios!, que mi albedrío

temo no Corra fortuna

si aun al salir, de la Cuna

al sol suelen ser despojos

de sus lucientes enojos

muchos humanos faroles

como a la luz de dos soles

sean de Resistir mis ojos

Pag. 24

Foliación: 24

Doña Inés.

la desigual calidad

que ha puesto la vanidad

entre el noble y el villano

fuera de el mundo inhumano

contrario a la libertad

fuerza será el conocer

si lo miras con prudencia

que hay mucha la diferencia

de el mío a tu humilde ser

porque yo naci mujer

con nobles obligaciones

y tu aunque con tus acciones

señalaste tanto que eres

todos saben al fin que eres

menor de lo que supones

estas verdades, que son

hijos Carlos, de tu mengua

aunque las diga la lengua

no las forma el corazón

porque mi ciega pasión

siempre en quererte, constante

aun viendo el medio distante

para la unión que desea

no ha de olvidar de la idea

aquella niñez amante,

esto baste para que

sepas lo que te he debido,

y que vayas advertido

que pagarte no podré

yo confieso que te ame

y que sinti no ser tuyo

y así su deudo ciego

aunque arto, aquí mal pagado

espere verte premiado

mientras la deuda conozco

Garabato.

abra quien pueda, entender

a tu señora Laureta

de socarrona y ladina

se tiene hecho un lucifer

y intenta después volver

disimulando, rigores

a alentarle, en sus amores

vive Cristo que si fuera

yo mi amo, que le diera

bofetadas por favores

Laureta.

calla necio

Garabato.

que es callar

voto alcielo delacama

que si ella fuera mi dama

me la había de pagar

sobre eso no hay que tratar

yo haría nuevo instinto

Laureta.

pues para que, o como, bruto

Garabato.

porque tratándola mal

sería como el nogal

que a palos ofrece el fruto

Doña Inés.

como no me has respondido

que es lo que tienes

Garabato.

o rayo

el a tenido el desmayo

Pag. 25

Doña Inés.

la desigual calidad

que ha puesto la vanidad

entre el noble y el villano,

fuera de el mundo inhumano,

contrario a la libertad.

Fuerza será el conocer,

si lo miras con prudencia,

que es mucha la diferencia

de el mío a tu humilde ser,

porque yo nací mujer

con nobles obligaciones,

y tú, aunque con tus acciones

señalarte tanto quieres,

todos saben al fin qué eres,

menor de lo que supones.

Estas verdades, que son

hilos, Carlos, de tu mengua,

aunque las diga la lengua,

no las forma el corazón;

porque mi ciega pasión,

siempre en quererte constante,

aun viendo el medio distante

para la unión que desea,

no ha de olvidar de la idea

aquella niñez amante;

esto baste para que

sepas lo que te he debido,

y quedarás advertido

que pagarte no podré.

Folio 24r

Carlos.

Yo confieso que te amé,

y que sin ti no sosiego,

y así, su deseo ciego,

aunque harto aquí mal pagado,

espere verse premiado

mientras la deuda no niego.

Garabato.

Habrá quien pueda entender

a esta señora Laureta,

de socarrona y la treta

le tiene hecho un lucifer,

e intenta después volver

disimulando rigores

a alentarte en sus amores;

vive Cristo, que si fuera

yo mi amo, que le diera

bofetadas por favores.

Laureta.

Calla, necio.

Garabato.

¿Qué callar?

Voto al cielo de la cama

que si ella fuera mi dama

me la había de pagar;

sobre eso no hay que tratar,

yo haría nuevo instituto.

Laureta.

Pues para qué, o cómo, bruto.

Garabato.

Porque tratándola mal

sería como el nogal

que a palos ofrece el fruto.

Doña Inés.

Como no me has respondido,

¿qué es lo que tienes?

(Aparte.)

Garabato.

Ella ha tenido el desmayo,

Reclamo: y mi

Pag. 26

Garabato.

y mi amo está sin sentido.

Doña Inés.

Di, ¿de qué estás suspendido?

Ea, habla, ¿qué te impide

pronunciar, el labio divide?

Y porque tus atenciones

vean mis obligaciones,

de ellas los extremos mide.

Carlos.

Absorto, suspenso, mudo,

tan fuera de mí he quedado,

que del todo, enajenado,

lo mismo que toco, dudo;

que borrar la ausencia pudo,

del fiel libro de Cupido,

los caracteres que han sido

fianza de mi esperanza,

anulando esta fianza,

ingrato juez el olvido.

¿Qué dirán, señora, que,

de su ingratitud, las flores,

que los dulces ruiseñores,

que aquella fuente, que fue

dulce fiel testigo de

los favores que algún día

recibió la suerte mía

de tu boca, en cuya empresa

fui anuncio de esta tristeza,

mi anticipada alegría

equivocó tu rigor,

disfrazar con modo sabio

quiere fenecer el agravio?

Con la capa del favor,

fuera menor, mi dolor,

si en tantas penas mortales,

el hado les diera iguales

con amantes parabienes,

de regocijo, a mis bienes,

de sentimientos, a mis males;

pero mi pecho afligido,

que jamás se satisface,

lo adversario propio hace,

lo favorable fingido;

ya sé, señora, que he sido,

con osadía altanera,

de la brillante lumbrera

que nace en cuna de espuma,

Ícaro alado, sin pluma,

con remos de blanda cera.

Seguí al planeta que fija,

rayos, águila, bebí,

las luces, y que cegué

oficié su abrasada pira;

sé que a imposibles aspira

mi deseo en lo que lucha,

quien que mi razón no escucha

que en el campo de tu boca

perdí la gloria no poca

que siento con pena mucha,

esto sé, y lo que infeliz

he nacido, pero no,

Pag. 27

Carlos.

Señora, que quien te ama

por fuerca ha de ser feliz;

si la villana Raiz

de mi ser, desmereciere,

pues no podrá la suerte

quitarme (si bien lo fundo)

porque en las grandes del mundo

es la mayor, el quererte.

Pues si esta tengo, y también

mi esperanza se afianza

con una ambigua esperanza

entre favor, y desden,

y a no abra en el orbe, quien

me argüía de desdichado

porque el que al sublime estado

de ser su esclavo llego a subido.

puede blasonar que asido

feliz en último grado.

pero sofisticos son,

estos Razones pues creo

que las forma mi deseo

a instanciay a mi pasión

Razones son sin Razón

esto bien claro sein fiere

pues si a los gustos, prefiere

quien lo que quiere, a logrado

el menos afortunado

es quien pierde, lo que quiere

pues diga a qui este señor

que enacido

Doña Inés.

Carlos tente

no des luzga lo prudente

la sombra de tu dolor

que xellaste, de el Rigor

de tu estrella pues to que ella

al amor, es rebelde ella

pues tal vez se ama llorando

más que por falta de agrado

por sobra de mala estrella

Carlos.

luego bien podrán tener

alivio mis desconsuelos?

Doña Inés.

puede ser

Carlos.

que escucho cielos

omas que humana mujer

Garabato.

esto sepuede, Creer

Laureta has visto tal flor

Laureta.

efectos son de el amor

Garabato.

y si a caso enamorado

llego ay tan de

Laureta.

cuidado

quien entra mi señor

don fern, a parte

Don Fernando.

Volví de Cara a la calle

de el prado puse los pies

cuando confuso Ruido

de in ordenados Tropeles

me informa que de un León

que de el Retiro se fue

la saña cruel, la causa

de llanto a voces rresuelbe

Pag. 28

Don Fernando.

y sabiendo que fiero

al cuarto de doña Inés

se había entrado resuelto

a matarle le busqué,

para apagar con su muerte,

sangrienta y despiadada sed,

siendo el ardor de mi pena

abrasado Mongibel;

y al entrar a ese salón,

ya cadáver le encontré,

sin saber quién el dichoso

autor de su muerte fue;

y en tanto tropel de penas,

no sé si ha librádose

mi hija, o si su despojo

fue de la parca cruel.

Mas, cielos, si no me engaña

mi deseo, aquella es;

y Carlos, sin duda alguna,

la libertó del infiel,

voraz, sañudo, rugiente

bruto, de los brutos rey.

Hija, llégate a mis brazos,

puesto que te puedo ver

libre del bruto que ha sido

africano horror montés,

siendo aquí ladrón violento

del hermoso rosicler

de tus mejillas, que fueron

breve mapa de un clavel.

Doña Inés.

Feliz el susto me hace,

pues vengo a lograr por él

la fortuna de mirarme

a la cumbre de tus pies.

Don Fernando.

Y tú, Carlos, la amistad

vincula en ellos también,

puesto que el bruto cadáver

mudamente dice que es

despojo de tu cuchilla,

que a tan glorioso laurel

han de ser felice trono

sienes que saben vencer.

Carlos.

A un lance que le promueve

la obligación, no le doy

nombre de hazaña, pues fuera

acción muy poco cortés

excusarte; mas, supuesto,

señor, que tanta merced

merezco, tus plantas sellen

mis dos labios, para que

publique mudo el silencio,

que es elocuente pincel,

lo que te debo.

Don Fernando.

Levanta

del suelo, y refiéreme

cómo venciste al león,

Pag. 29

Don Fernando.

libertando a doña Inés?

Garabato.

Señor, según afortunado

alcanzar un no sé qué

que depara no sé cuándo,

sin saber cómo o por qué,

y si lograr puede una

fanfarrona acción, dije

quiso, opuesto al bulto fiero,

su ejecución

Don Fernando.

¿Cuál león,

al lado de Carlos fiel,

esperaste? ¿Qué me dices?

Garabato.

Lo que oyes.

Carlos.

Apártate.

Garabato.

Ea, pues, déjenme conmigo;

déjame hablar, déjame

desembuchar este vientre,

aun más que vomitó aquel

engaño griego que a Troya

hizo cauteloso arder.

Laureta.

No le crean, porque miente.

Garabato.

¿Quién tal dice?

Laureta.

¿No lo ves?

Garabato.

Pues sepan que la verdad

he dicho, y que la dije

en la plaza, en los campos,

en los corrillos y en el

palacio, que donde menos

se dice y soy menester;

este día, y este año,

esta semana, este mes,

de presente, de pasado,

de día, de noche y de

el género que quisieren,

que lo oigan, soy y seré

en los siglos de los siglos,

sea siempre jamás, amén.

Laureta.

¡Jesús, y qué tarabilla

de embustes! ¿Cómo ha de ser,

si de aquí no te has movido?

Garabato.

¿Soy quien se lo niega?

Laureta.

¿Quién?

¿Tú dices que esperaste

al león?

Garabato.

Simple mujer,

pues ¿no podía yo esperarle

aquí, en Flandes, en Argel,

en Tetuán, en el Cairo,

en Roma o Jerusalén?

Yo he dicho que le esperaba,

y esto es muy cierto, porque

presente me le tenía

el miedo, que sabe hacer

de una hormiga un elefante,

cuyo engañoso pincel

Pag. 30

Garabato.

matica horrores que hacen

la fiereza más cruel

pero si apartar señor

queremos las burlas, es

Carlos, mi amo el fuerte Alcides

no debanado, en la piel

nemea, como nos cuenta

el maestro cordobés,

ni tampoco Vencedor

en eximantho de aquel

puerco que al Micenense

vivo presento, si bien

es ercules de esta corte

castellano nuevo, pues

supo al soberbio, león

osada mente, Vencer

y yo solo, en tanta gloria

tengo señor, la de ser

su escudero su lacayo

su page su familiar

su cocinero; aunque no

porque si se mira Vien

no ha menester cocinero

quien no tiene, que comer

soy sirviente, perilon

o Malilla, aunque tal Vez

en tiendo el Juego de espadas

no hago basa

Doña Inés.

Carlos fue

padre y señor quien la vida

me ha dado, no se le quite

la Justa, gloria de ser

de todo mi mal el fin

y el principio, de mi bien

Don Fernando.

solo su Valor pudiera

de tan glorioso interez

ser Carlos, el dueño. el tiempo

me deje satisfacer

lo que te debo

Carlos.

Señor

siempre, deudor quedaré

aunque os esclavo sirviera

toda mi vida

Doña Inés.

detén

de su aljaba el dulce hierro

nos fijáis, amor cruel

Don Fernando.

que dices

Doña Inés.

que si me quitas

a descansar me entraré

que del susto, a la violencia

rendida, puedo temer

no se in nueve otro accidente

(Vase)

Don Fernando.

dices muy bien, Vamos pues

y allá po dra referirme

Carlos del modo que fue

la lucha

Pag. 31

Carlos.

a tu voluntad

siempre sujeto pondré

mi albedrío, vamos

Doña Inés.

Carlos

confieso la deuda

Carlos.

sí,

para que esperemos

la paga

Doña Inés.

bien puede ser

que quien no niega la deuda

no se aparta, de querer

pagarla

Carlos.

y ha de templarse

el Rigor, de tu desdén?

Doña Inés.

Al impulso del amor

en flaqueze supo dar

firme espera y no desmaye

Carlos.

Con tan no vista merced

no hay temor, que me acobarde

ni mal que pena me dé

(Vanse)

Garabato.

parece que se madura

la verdad laura, no ves

que dice de si y de no

Laureta.

que garabato

si caeré o sino, caeré.

(Vanse y sale doña Elena a una Reja)

Doña Elena.

que vigilante, es de amor

el cuidado, con que empeño

sabe desterrar, del sueño

los efectos, su Rigor,

y que flacas de Morfeo

las fuerzas contra cupido

son, pues no tuvo dormido

nunca, un amante deseo.

prevenido el mío aguarda

con necio, desasosiego

la uenida, de don Diego

cuya Tardanza acobarda

mi afligido corazón,

que con temeroso aliento

le culpa al atrevimiento

su audaz determinación,

mas suele correr, sin Rienda

quien seentrega al dios gigante

por que una pasión amante

los ojos más linces venda

Vendada, de amor, al fin

con atrevimiento, ciego

daré la llave a don Diego

para que abra del Jardín

la excusada falsa puerta

dándole amorosa entrada

que no es bien que este cerrada

si la del alma esta abierta,

aún no imagino, que han dado

las doce que como, Tarda

Pag. 32

Doña Elena.

el plazo; que ansioso aguarda

un amoroso cuidado,

mas no tarda que yo que

y hasta aquí si bien lo infiero,

quiero hablarle, mas primero

quiero verle, y con el verme.

Salen Carlos y Garabato de noche.

Garabato.

Señor, ya tus condiciones

no se pueden tolerar.

trata luego de contar

y pagarme mis Raciones.

desde el día que a Viena

dejamos aún no me has dado

una blanca, ni un cornado,

y esta no es mi mayor pena;

mas el andar como brutos

de noche en tanta fortuna

con las tripas en ayunas

como novicio Cartujo,

a cualquiera pecador

ha de apurar la paciencia

y en dios, en la mi conciencia

no se puede hacer Señor

Cuerpo de Cristo pagemos

a las migas el tributo

vaya el diablo para puto

dime cuando cenaremos

si son las que dan, tardan

las doce, y con tanta flema

como loco con su tema

vas a don Diego a buscar

hay más Ridículo encaje

en vista tal suspensión

entremos a un bodegón

que por Dios, que me desmayo.

Carlos.

Calla loco

Garabato.

no esta vien

habla Con dos mil dotores

no parezcamos pastores

en el portal de Belén

Carlos.

que me suspenda no es mucho

siglos a guardando necio

en tre el favor y el desprecio

de mi bien

Doña Elena.

con fusa escucho

mi bien, desprecio, y favor

conque cesa mi cuidado

pues sin duda, es el criado

que le acompaña.

Garabato.

hay mayor

simpleza que esta Señor

cierto que eres hombre necio

que te acuerdas de el desprecio

si estas gozando favores

no vayas como alma en pena

enamora con tramoya

que si hacerte quieres Joya

ha de perderte, esa Elena

Doña Elena.

Elena, Elena dice ninguna

Pag. 33

Doña Elena.

duda en que mi amante cabe

daré le osada, esta llave

esperando, la fortuna

de mi suerte, venturosa

pues felizmente seentrega,

a su gloria, laque llega

hacer de don Diego esposa

Carlos.

no Reparos, en que esta

una mujer, aya sola

Garabato.

pues bien, será alguna vieja

guardate, de el agua ba

Carlos.

por ver, si es dama agora

a hablarla, me ede acercar

Garabato.

no hagas particular

lo que es común en lacorte

ten cuidado, y ojo alerta

no sea, que esta, tiene llave

dale la llave

vase

Doña Elena.

oís, mi bien, esta llave

es laque habre aquesa puerta

tomala, y con paso tardo

entraréis, al en tre suelo

donde con tierno dyuelo

amante, y fina te aguardo

entrate, dentro, que estar

en lacalle es infamia

no demos ala malicia

ocasión de murmurar

y a dios, a dios, que mi amor

allá, en el cuarto, te ypera

Garabato.

esta es la entrada daprime ra

de tus fortunas, Señor

Carlos.

que me dirás, garabato

de esta mujer engañada

Garabato.

hay más linda mermelada

pues solo da tan barato

hartate, arta, que te atize

Carlos.

ella por otro me tiene

Garabato.

si, pues por eso Combiene

que alos primeros, embites

vayas Señor Con sosiegos

que siellas dama, fullera

y ose quel Naype te quiera

si te ve primero el juego

Carlos.

al fin que entre me aconsejas

Garabato.

y ay Campa, ai tales desaires

en trate, Con dos mil sastres

o con docientas mil viejas

que y lo propio qui si entraras

Con escuadrones armados

de demonios, o letrados,

a ora, en melindres Reparas

Vase

Carlos.

pues ver zenioma quiero

aquí puedo aguardarte,

Garabato.

entra pues que bran di marte

queda aunque se va Rugero

y a que me falta el socorro

de este mi amo Faraón

hinquiero, ahacer oración

a la ermita de san jordo

y el sus aventuras siga

Pag. 34

Garabato.

que yo no me satisfago

sino es con beber, un trago

después de hinchir la barriga

y aunque se halla, Congelada

mi vacía, faltriquera

no será la vez primera

que aia empeñado, la espada

Vase y sale don Diego

Carlos.

Con esto mi hambre absueluo

y voy Iunto a san gines

que hay un camarada Inglés

esperándome, que ya vuelvo

Don Diego.

Ya que de este globo ardiente

la antorcha más encumbrada

se apaga precipitada

en las aguas de occidente,

Ya quel mayor, presidente

de esa República amena

de luces, la helada arena

de los antípodas dora

y los Jardines de flora

de cándidas perlas llena

y a pues que la noche fría

con enlutados, capuces

llora ausencias de las luces

gime destierros, de el día

y ya que desatavía

a los bellos resplandores

fragante, esfera de flores

desvaneciendo, sus sombras

el manto de sus alfombras

Con el Caos de sus horrores

vengo aquí Constante, y fino

en su lóbrego estado

a adorar enamorado

un imposible divino

la dulce ley de el destino

felizmente me condena

esta noche a la cadena

de el dios que flecha el arpón

siendo el más fuerte eslabón

los brazos de doña Elena

y pues que mi suerte espera

lograr dicha tan crecida

solemnicela luzida

esa tachonada, esfera

el sol que es primer lumbrera

la luna que su fortuna

le da cristalina cuna

celebrenla, pues discretos

a su belleza, sugetos

estan cielo, sol y luna.

esta es la concha, que muro

la perla cuyo valor

la pudo, hacer superior

a todas por su hermosura

este el centro que asegura

el diamante más constante

y este, el alcázar triunfante

de la diosa que esta dentro

siendo alcázar, Concha y centro

de diosa, perla y diamante

Pag. 35

Don Diego.

al Reflejo de la luna

aunque con luz desmayada

averiguo, que Cerrada

está la puerta. fortuna

no mi dicha en la cuna

mal txaty, ya Con la muexta

esperanza poco cierta

pero mis males advierto

pues que hallarla, medito

la llave, o la puerta, abierta

inquiexalo, mi cuidado

abierta, está. ¡Santos cielos!

si se logran mis desuelos

y puesto que, descuidado

puedo estar asegurado

que su padre está en la aldea

ahí está hermosa Galatea

siga mi amor Polifemo

hasta, alcanzar el extremo

de las glorias que desea

Vase, y Sale Carlos

Carlos.

Tropezando con las sombras

Confuso caos de la noche

que Con funestay paxcay

el aire, visten de horrores

a este salón he llegado

sin más guía, sin más norte

que el que me da mi destino

cuya ceguedad, informe

suspende a mi discurrir

lay neutxaly Confusiones

todo el Jardín he pasado

sin saber cómo o por dónde

aquí está incauta mujer

han de hallar mis atenciones

pero Cielos por el mismo

Corredor que he entrado, se oyen

pasos sin duda, que es ella

que a lograr ansiosa Corre

en brazos de ajeno dueño

equivocados favores

saber quién solicita

pero no Con pecho doble

tiranizar de su honor

las quietas posesiones

que no sé qué interior pena

mi corazón Reconoce

que siente aquí como propia

las poco cuerdas acciones

que esta engañada mujer

mal informada dispone

mas ya ha entrado, no he de hablarla

hasta que su voz me informe

quién sea el galán que espera,

pues quizá sabiendo el nombre

podrán salir de la duda

mis oscuras confusiones

a esta parte me retiro

hasta examinar su voz y

Pag. 36

[Retírase y sale Don Diego.]

Don Diego.

Qué bien dicen los que dicen

que es madre de pecadores

la noche, pues con su manto

encubre los más enormes

delitos que inventar pudo

la malicia de los hombres,

aunque a este, si bien se mira,

no se le ha de dar el nombre

de crimen, porque de amor,

cuyos agudos arpones

las fuerzas de la razón

atrevidamente rompen,

porque, aniquilada, caiga

y al precipicio se arroje.

Mas, en la confusa turba

de las tinieblas, que montes

de azabache encapotados

forman negros pabellones

para conducirme al cuarto

de Elena, he perdido el norte;

pero ¿qué mucho si amor,

con volantes pasadores,

tirano pudo embargarme

del suspirar las acciones?

Llamaréla, pero no,

porque si acaso me oye

algún criado, es posible

que los demás se alboroten.

Mejor será que, tentando

con el acero, me informe

de la puerta, pues si no

me engañan mis turbaciones,

por aquí ha de estar sin duda

la del archivo que esconde

la deidad a quien tributo

rendidas adoraciones.

Carlos.

Cielos santos, de una espada

el ruido acaso rompe

del mudo quieto silencio

las mal sentidas mansiones;

hacia esta parte se sienten

las pisadas, cuyos golpes

dan a entender por lo recio

que las forman plantas de hombre.

Prevéngase cuerdo el acero,

porque en tales ocasiones

la prevención es ventaja

conocida.

[Línea tachada: Don Diego. O son los goznes]

Don Diego.

O son los goznes

de la puerta, o de una espada

rumor confuso se oye.

Inquirirélo. ¿Quién va?

Carlos.

Con el acero responde

el que ignora quién pregunta.

Don Diego.

Sus atrevidas traiciones

sabrá castigar, villano.

Pag. 37

Don Diego.

Y de aquella aleve el doble

pecho. Mas, piadosos cielos,

suspended vuestros rigores,

muerto soy.

Carlos.

Siempre un abismo

de otro abismo se compone;

¿qué haré, cielos? Aquí hallo,

sin saber quién es, un hombre

agonizando, y también

una mujer. Mas las voces

del herido han despertado

toda la familia, porque

las luces por este cuarto

con lenguas de fuego rompen

la tenebrosa quietud

del silencio de la noche;

esperarme es desatino,

no retirarme, desorden,

pues dar no podré del caso

bastantes satisfacciones,

y puesto que ha sido solo

el lance y no me conocen,

determino el ausentarme,

volviendo a salir por donde

he entrado. ¡Sáqueme el cielo

de tan ciegas confusiones!

Sale Doña Elena conturbada.

Doña Elena.

A esperar a Don Diego, ya cansada,

salir quise del cuarto apresurada.

En cuya puerta herido un hombre miro

dar a la parca el último suspiro.

Registréle medrosa,

y pude ver mi suerte rigurosa,

con ansia tan constante,

que era Don Diego mi querido amante.

Turbada, pues, dejó mi entendimiento

las potencias en manos del tormento,

cuyo dolor activo en tanta calma

solo vivo el sentir de toda el alma;

porque en tan triste suerte,

en las jurisdicciones de la muerte,

no embargase mi pena,

desforzando el dolor que me enajena;

porque es menor tormento

el morir que tener tal sentimiento.

Medrosa y triste en tanto desconsuelo,

llena de angustias, penas y recelos,

ignorando el destino de mis males,

no sé qué pueda hacer en casos tales,

pues a consecuencias ansiosa llego:

que es mi padre quien dio muerte a Don Diego;

pues siempre receloso de estos daños,

por modos, por caminos tan extraños,

en guardar el honor su honor se emplea.

Y el decirme que anoche en el aldea

Pag. 38

Doña Elena.

se que la mía fue con modo sabio

quejar, satisfacerse de el agravio

a don Diego, ai infelize y ay la muerte

mi padre ha de matarme

si me encuentra, pues cielos ausentarme

será mayor cordura, de el destino

de tomar, la errada senda determino

sintiendo la ioia, que en tal caso

el llevarla no sirve de embarazo

y pues que de el jardín la falsa puerta

por mi desdicha la e quedado avierta

determinada, me saldré por ella

fiada, en la inconstancia de mi estrella

que no hay estrella fija

que tantas penas, tantos males rija

y aun infeliz amante

es la estrella, más fija, más errante

solo para el influjo demis males

toda en la firmeza an sido iguales

ya me voy, santos cielos

dad me un alivio a tantos desconsuelos

Fin a la 2a Jornada

Jornada tercera

Pag. 39

El Peligro de la sangre y Remedio en el acaso Jornada Tercera

Salen don Fernando y doña ines

Don Fernando.

esto ha de ver Ines ignora

la nobleza de don Diego

su primo y sobrino mío

pues vincula, el parentesco

el blasón de los carrillos

con la sangre, de sarmiento,

en los bienes de fortuna

que en los degrada los tiempos

de y la edad, el interés

hace más notable agravio

no es tan avaro que deje

de poseer, por lo menor

seis mil ducados, de renta

que es bastante a un caballero

particular, pues las prendas

naturales, que son como

envidia, del más galán

y confusión del más cuerdo

en el trato es muy afable

en las palabras modesto

en las acciones valiente

sin pasar le a lo soberbio

con las damas es cortes

y liberal por extremo

con los rendidos humilde

Pag. 40

Don Fernando.

altivo con los soberbios,

prendas todas que le hacen

noble, galante, discreto,

cortés, afable, valiente,

liberal, modesto y cuerdo;

las travesuras mundanas

(de la mocedad tropiezos)

o las consumen los años

o las desvanece el tiempo.

Y más que tan otro miro

del que antes era don Diego,

después que la parca dura

(cuando el suspiro oprimido

del adverso furor violento

del acero tirana,

mares a coral deshecho,

cuyo ambiguo respirar

daba en el último aliento

entre la muerte y la vida

equivocados bostezos),

que si antes obscurecían

las sombras de los amagos

de sus nobles procederes

los rutilantes reflejos,

ya se desmienten corridas

a la luz de su sosiego.

Esto fía mi deseo,

esto, doña Inés, te advierto

para que no contradigas

a mi voluntad, sabiendo

que las razones de un padre,

aunque las disfrace el ruego,

tienen la fuerza de leyes

y sustancia de preceptos.

Doña Inés.

Permíteme, padre mío,

que de mi labio los ecos,

con mal colocadas voces,

con mal limados conceptos,

propongan para el reparo

los obstáculos que tengo,

la dificultad que noto

y el imposible que advierto;

pues de todos, si me atiendes,

dar mis razones pretendo.

Don Fernando.

No hay dificultad, Inés,

ningún obstáculo temo,

ningún imposible miro,

ningún daño considero,

ningún peligro averiguo,

ni mal alguno recelo;

esto ha de ser, baste ya,

tu esposo ha de ser don Diego.

Doña Inés.

Señor...

Don Fernando.

No hay que replicar.

Doña Inés.

Advierte...

Don Fernando.

Todo lo advierto.

Doña Inés.

Que don Diego...

Pag. 41

Don Fernando.

Es mi sobrino.

Doña Inés.

Estará...

Don Fernando.

A mi voz sujeto.

Doña Inés.

Empeñado...

Don Fernando.

Ya lo sé.

Doña Inés.

En otra dama.

Don Fernando.

Es empeño;

y ha de ser, porque el amor

tal, desmientan los celos.

Doña Inés.

De suerte, que he de rendirme

de la obediencia a los fueros,

cautivando mi albedrío

en el cancel del respeto.

Don Fernando.

Digo que ha de ser tu esposo.

Doña Inés.

¿No hay remedio?

Don Fernando.

No hay remedio.

Doña Inés.

Pues, señor, salga la voz

de la cárcel del silencio,

y mi pecho publique

los siempre vivos incendios,

que empezaron por pavesas

y acaban en mongibelos;

primero esa esfera azul,

globos del vago elemento,

que pespuntada de estrellas

y bordada de luceros,

ser quiere luciente alfombra

donde los rayos de Febo

dispensan más liberales

sus calurosos reflejos;

primero desencajada

de los ejes contrapuestos

servirá al orbe de pira

y de tumba al universo,

confundiendo equivocada

en maridaje tan bello

si es cielo lo que fue tierra,

si es tierra lo que fue cielo,

que yo a don Diego la mano

le dé de esposa; y primero...

Vase.

Don Fernando.

Calla, calla, no prosigas;

mira que ya el sufrimiento

titubea, y la venganza

viste ropajes sangrientos.

Sabe que mi gusto es,

que te cases, y que al pecho,

que será infelice vaina

de este acicalado acero,

y agradéceme el dejarte,

que de mi coraje temo

que este alfombrado salón

no haga teatro funesto,

donde represente al vivo

en las tablas del respeto

el castigo merecido

al mayor atrevimiento.

Doña Inés.

Cielos divinos, ¿qué haré?

Pag. 42

Doña Inés.

¿Qué haré, soberanos cielos?

¿Yo dar la mano a mi primo?

¿Yo casarme con don Diego?

¡Ay, Carlos del alma mía!

¡Ay, querido, dulce dueño!

¿Yo olvidarte? ¡Qué imposible!

¿Yo aborrecerte? ¡Qué yerro!

¿Yo malograr tus favores?

¿Yo despreciar tus requiebros?

No lo pronuncie mi labio,

no lo articule mi pecho,

no lo forme el corazón,

no lo advierta el pensamiento,

no lo consienta mi amor,

ni lo permita este fuego

que introduciendo, voraz,

en los más oscuros senos

donde primero respira

duras arterias latiendo

el carmín, que vivifica

a este, que membrudo elemento,

aquel tósigo suave,

aquel sabroso veneno,

aquel daño apetecido,

aquel dolor halagüeño,

aquel deseado mal,

aquel glorioso tormento,

que hasta el alma se introduce

sin dejar herido el cuerpo.

Vincula las voluntades,

vivifica los deseos,

menosprecia los peligros,

atropella los respetos,

borra las dificultades

e iguala los nacimientos;

pues siendo daño, dolor,

tósigo, mal y tormento,

atropella, vivifica,

iguala y allana a un tiempo

respetos, dificultades,

desigualdad y celos.

Si esto puede amor, ¿qué aguardo?

Si esto amor hace, ¿qué espero?

Mas, ¿qué digo?, ¿no intervienen

de un padre duros preceptos,

a quien debo obedecer

y a quien sujetarme debo?

Igualemos la balanza

de la razón, cuyo peso

ha de ser fiel desengaño

que, a la verdad atendiendo,

mida el amor y obediencia,

las pasiones y respetos.

Mucho pesan las finezas,

pero de un padre severo

el justo enojo irritado

juzgo que no pesa menos.

Pag. 43

Foliación: 41

Doña Inés.

mas cielos, ha de llenarse

del temor, mi amante pecho

dándole, cobarde y débil

la gloria, del vencimiento

no ha de ser, venza el amor

al fiero triunfo, y Soberbio

de la obediencia, y constante

desdore los privilegios

que contra su ley Severa

las decencias concedieron

empuñe, mi padre, airado

de su enojo, el limpio acero

losque halagos fueron blandos,

sean amagos sangrientos

y en borrasca tan desecha

todos. los cuatro elementos

se conjuren, contra mí

y en los activos efectos

sea el teatro la tierra

el verdugo sea el viento

el agua sea mi llanto

y el enojo sea el fuego

que activa que ejecute

que amague y abrase fiero

mi vida, mi muerte mi alma

mi corazón y mi aliento

pues para borrar las Sombras

del amor que a Carlos tengo

es menester, que se unan

verdugo teatro acero

enojo llanto y borrasca

de agua aire, tierra, y fuego

y entonces fénix constante

renacerá de si mesmo

Carlos adiós, mi esposo

Carlos,

Sale Carlos.

Carlos.

Suspende el aliento

que Carlos nació infeliz

y tan sublimes trofeos

son para pechos, que tienen

más altos merecimientos

a obediencia de tu padre

vengo señora, no puedo

articular, de mi voz

los mal pronunciados ecos

tu padre, me manda. ¡Ay, triste!,

que te diga, dolor fiero

que no desprecies, que muerte

los favores que tormento

conque fino, Riesgo grave

solicita, mal inmenso

lograr, tu mano, que pena

don Diego de Celos muero

mira si hay más fiero mal

mira si hay más grave Riesgo

mira si hay pena mayor

mira si hay dolor más fiero

Pag. 44

Foliación: 42

En la segunda columna, el copista tachó los versos "llamas llora, comunica ardientes / volcanes, esparce fieros" y los sustituyó al margen e interlínea por "llamas, piras, etnas, vesubios, / volcanes y mongibelos".

Carlos.

Mira si hay mayor angustia

ni más acerbo tormento

que mirarte, ¡ay Dios!, mi bien,

en brazos de ajeno dueño,

siendo mal, pena, dolor,

riesgo, angustia y sentimiento,

el perderte, bien mío, porque creo

que es menor mal la muerte que los celos.

Doña Inés.

¿Qué dices, Carlos, qué dices?

¿Tú perderme? Estás sin seso.

¿Celos tú? ¿De qué, mi bien?

Carlos.

Si te casas con don Diego,

¿no tengo ocasión bastante

de sentirlos y tenerlos?

Doña Inés.

¿Casarme? ¿Quién te lo ha dicho?

Carlos.

Tu padre, que airado y ciego

blasona que si atrevida

desprecias el casamiento

de tu primo, hará el mayor

espectáculo que el tiempo

en sus anales archiva

y deposita en sus senos.

Doña Inés.

Quíteme la vida Carlos,

sofóqueme los alientos

mi padre, mas no podrá

apagar el montibelo

de mi corazón, que ardiente

en mar de llamas envuelto,

Vesubios de amor exhala,

etnas respira soberbios;

llamas, piras, etnas, Vesubios,

volcanes y Mongibelos,

comparados al ardor

que amante encubro en mi abrasado pecho,

tienen lento el calor de sus incendios.

Carlos.

Pues, ¿qué pretendes, señora?

Doña Inés.

Seguirte solo pretendo.

Carlos.

¿Cómo?

Doña Inés.

En lo que tú gustares.

Carlos.

¿Y has de tomar mi consejo?

Doña Inés.

Tuya soy, juzga tú ahora

lo que hacer podré.

Carlos.

En efeto,

que me ofreces hacer cuanto

te aconsejare.

Doña Inés.

Lo ofrezco.

Carlos.

¿Y has de repugnar?

Doña Inés.

No, Carlos.

Carlos.

¿Lo prometes?

Doña Inés.

Lo prometo.

Carlos.

Pues muramos, Inés, y mueran

nuestros amantes desvelos,

que cuando el mal es tan grande,

Pag. 45

Foliación: 43

Carlos.

Solo el morir es remedio;

no disgustes a tu padre,

cásate, cásate luego,

goza a tu primo, que yo,

ya que en hado tan adverso

he nacido, habitaré

los homenajes brutescos

de esos gigantes de nieve

que escalar quieren soberbios,

a fuer de Atlantes, la vaga

región que preside el viento,

donde entre brutos seré

racional, más bruto que ellos;

si vivo en tantas desdichas,

si en tantas penas no muero.

Doña Inés.

Carlos, ¿qué dices? ¿Te burlas,

o probar intentas cuerdo,

mi amor?

Carlos.

No, señora mía,

solo que adviertas pretendo

el peligro en que te pone

tu amoroso atrevimiento;

pues no obedeciendo, corre

tu vida notable riesgo,

que entibiar suele el enojo

de la sangre los incendios.

Yo me voy; falte la causa

porque cesen los efectos.

Doña Inés.

¿Y dónde vas?

Carlos.

A morir.

Doña Inés.

¿No has de huirme?

Carlos.

No lo creo.

Doña Inés.

¿Por qué?

Carlos.

Porque mis desdichas

me lo embarazan.

Doña Inés.

Muy cuerdo

estás, o es falta de amor,

o sobra de entendimiento.

Carlos.

Mal lo discurres, señora,

no es de amor falta, ni exceso

de cordura, sobra si es

de atenciones y respetos.

Doña Inés.

¿Qué atenciones?

Carlos.

Las que debe

tener mi agradecimiento

a tu padre.

Doña Inés.

¿Luego tú

ya te olvidas?

Carlos.

¿Cómo puedo

borrar carácter que está

en mi alma tan impreso?

Doña Inés.

¿Luego me quieres?

Carlos.

Yo soy

como los brutos ligeros

que surcan campos de plata

Pag. 46

Carlos.

sobre cristales deshechos

que se rigen por los astros

sin gozar de sus reflejos

adiós señora

Doña Inés.

adiós Carlos

que me dejas

Carlos.

que te pierdo

Doña Inés.

no se Carlos, lo que diga

mas sabe, que dimi pecho

aunque otro te tiranize

Juro lo as dy ser el dueño

Carlos.

y ono se lo que Reponda

señora pero te advierto

que no siento, lo que digo

aunque digo lo que siento,

Doña Inés.

pero en fin te vas

Carlos.

me voy

Doña Inés.

no hay remedio

Carlos.

no hay remedio

Doña Inés.

pues vaya el cielo contigo

Vanse

Carlos.

que deje contigo el cielo

Sale doña Elena

Doña Elena.

en grosos obeliscos empinados

que siendo basto albergue de las fieras

puntales de estos globos jaspeados

son adonde dy cansan sus esferas

en estos digo montes coronados

de las que arroja el sol luces primeras

siendo sus Robles y vestidas haias

de sus Rayos pomposas atalaias

habito abrazador me ves asistida

de un hombre, qe la noche de la muerte

de don Diego me pudo, dar la vida

plubiera alcielo que mí infausta suerte,

agolpe tal, apena, tan crecida

cobarde se mirara, y no tan fuerte

pues fuera, menos, mi desasosiego

sigiendo, las pisadas, de don Diego

a qui estas plantas, riego con el llanto

que de mis ojos las perenes fuentes

emanan, al compas de mi quebranto

y aunque parezen de cristal corrientes

sirvieran, en el Reino de le spanto,

sus negras perlas, por mis fuegos ardientes

de pena horrible atantalos pues creo

que menos Turbios son los de el leteo

por sendas in trincadas, por caminos

Jamás de humana, planta fatigados

Con el dis fraz de pobres peregrinos

nos hemos conducido, a ystos collados

adondilos arroyos cristalinos

día mantinos faldones dypeñados

sirven al sol de cándido respetos

Pag. 47

Doña Elena.

imprimiendo en su plata sus reflejos

aquí la parda estancia de una gruta

rotura, desgajada, de esos Riscos

desaliñada cuadra, alcoba bruta

nos da con ante, puertas de lentiscos

aquí el hambriento, lobo y vulpe astuta

pizarras, que saltean los apriscos

nos conducen tal vez con tierna queja

al simple corderillo, y a la oveja

aquí las aves cítaras del viento

a oposición, de las vistosas flores

la inconstante, Region de el elemento

con sus contraaltos tiples y tenores

embelesan sirviendo de instrumento

de los sauces los tímidos temblores

cuando, celoso el céfiro los mueve

y del aura sutil las perlas bebe

entre ellos, vivo a la merced piadosa

de el cielo, y de el buen hombre que me asiste,

de el Rigor, de mi padre temerosa

solitaria, infeliz amarga, y triste

buscando, de el pastor la pobre choza

que la impiedad, de enero mal resiste

por ver si a caso a su interés atento

nos de por una joya algún sustento

Sale Garabato.

Garabato.

lleve el diablo tal mujer

esto es vivir, esto es trato

Doña Elena.

que tenemos garabato

Garabato.

buenas ganas de comer

Doña Elena.

pues no hallaste

Garabato.

son borrachos.

y que hable así no te espantes

más que todos sus diamantes

quieren ellos sus gazpachos

un bandolero bribón

llego con brava tramoya

a destocarme la joya

era vellaco el ladrón

con parola, bien sucinta

quiso ser mi amigo luego

mas yo le conocí el fuego

al instante, por la pinta

así como quien se enoja

me sacó doscientas tramas

y al ver que iba por las rramas

dile que era de la hoia

pasamos los dos infantes

por un río, y el taimado

quiso que tentase el vado

por pescarme los diamantes

mas al ver que solapado

venía de embustes lleno

sobre ser el vado, bueno

le tuve, por un mal hado

en la selva enramada

de enebros zarzas y pinos

Pag. 48

Doña Elena.

imprimiendo en su plata sus reflejos

aquí la parda estancia de una gruta

Rotura desgajada de esos Riscos

desaliñada cuadra, alcoba bruta

nos da con ante puerta de lentiscos

aquí el hambriento lobo y Vulpe astuta

piratas, que saltean los apriscos

nos conducen tal vez con tierna queja

al simple corderillo, y a la oveja

aquí las aves cítaras del viento

a oposición, de las vistosas flores

la inconstante, Region del elemento

Con sus contra altos tiples, y tenores

embelesan sirviendo de instrumento

a los sauces los tímidos temblores

cuando, celoso el céfiro los mueve

y del aura sutil las perlas bebe

entre ellos, vivo a la merced piadosa

de el cielo, y de el buen hombre que me asiste

de el Rigor, de mi padre temerosa

solitaria in feliz amarga, y triste,

buscando, de el pastor la pobre choza

que la impiedad de enero mal Resiste

por ver si acaso a su interés atento

nos de por una joya algún sustento

sale garabato

Garabato.

lleve el diablo tal mujer

esto es vivir, esto es trato

Doña Elena.

que tenemos garabato

Folio 45

Garabato.

buenas ganas de comer

Doña Elena.

pues no hallaste

Garabato.

son borrachos

y que hable así no te espantes

más que todos sus diamantes

quieren ellos sus gazpachos

Un bandolero bribón

llego con brava tramoya

a destocarme la joya

era vellaco el ladrón

Con parola, bien sucinta

quiso ser mi amigo luego

mas yo le conocí el fuego

al instante por la pinta

así como quien se enoja

me sacó doscientas tramas

y al ver que iba por las Ramas

dile que era de la hoia

pasamos los dos in fantes

por un Río, y el taimado

quiso que tentase el vado

por pescarme los diamantes

mas al ver que solapado

venía a embustes lleno

sobre ser el vado bueno

le tuve, por un mal hado

en la selva enramada

de enebros zarzas y pinos

Pag. 49

Garabato.

infeliz soy.

Señores, si yo me voy,

¿cómo puedo estarme quedo?

Ladrón 2.

¿Qué armas trae?

Garabato.

Hombre, ¿qué dice?

No se siente el buen olor.

Mis armas son en rigor

para ofender las narices.

Ladrón 1.

En darle lo que merece,

déjale a un tronco amarrado.

Garabato.

Conque morir empalado

será, según me parece.

Atánle.

Ladrón 1.

Y vos, señora, vendréis

con nosotros a una choza

adonde en la selva umbrosa

habitamos, no lloréis,

que no somos fieras brutas,

aunque en la espesura andamos

de ese piélago de ramos,

hacia población de grutas.

Ea, venid.

Doña Elena.

No permita

Dios del cielo horror tan ciego.

Ladrón 1.

Pues lo que no puede el ruego,

a la fuerza se remita.

Doña Elena.

Que no os muevan mis lamentos.

Garabato.

Si están los lobos hambrientos,

¿cómo han de dejar la oveja?

Doña Elena.

La vida podréis me quitar,

mas no el honor, fiero hado.

Garabato.

Que sobre haberme soltado,

no me pueda desatar.

Dos líneas tachadas ininteligibles

Sale Carlos.

Carlos.

Por estos ásperos montes,

atlantes, grandes colosos,

estrellados, pues sustentan

todo su peso en sus hombros,

guiado de mi destino,

fatigaba sus contornos,

por ver si hallaría un bruto

que, de cruel o piadoso,

sofocase de mi aliento

casi los últimos soplos;

y al discurrir sus veredas,

al examinar sus sotos,

de una infelice mujer

los mal formados sollozos

me informan que está su honor

padeciendo algún oprobio.

Conque...

Garabato.

Por Dios, que ponía

el sayón su esfuerzo todo

para atarme, ¡ay, Virgen pura!

¡ay, bendito San Antonio!

Carlos.

Mas que se oyen nestos ramos...

Pag. 50

Carlos.

otros acentos, que lloros

sean oídos, y me parecen

de hombre, acabad matadlo

o tu cualquiera que seas

que entre estos peñascos broncos

te lamentas infelize

dime adonde, estas

Garabato.

Si solo

Vienes a ver si entre el mugre

del archivo del mondongo

algún doblón se confita

escudriña los aforros

de estos, calzones. Mas mira

que te prevengas curioso

de algún catarro sino

quieres, mas cielos piadosos

albricias pido

Carlos.

quien eres

mas garabato, que asombro

es este que miro aquí

Garabato.

mira que huelo a Responso

desatame estos cordeles

Carlos.

quién te ha puesto de ese modo

Garabato.

quien dos ladrones que ahora

por ese camino angosto

se llevan una mujer

Carlos.

mujer pues de donde o como

Garabato.

es mui largo de contar

anda y corre como un potro

por ver si podrás librarla

Vase

Carlos.

seré exhalación de plomo

que del rigor impelida

de la poluora, es aborto

de un bronze y en su defensa

seré Rayo seré asombro

Garabato.

seguiréle pero yo

mas le serviré de estorbo

que de otra cosa y también

quiero discurrir de el modo

que he de contar, el dejarle

en aquella casa y como

en la calle a la mujer

hallé siéndome forzoso

a toda prisa sacarla

de Madrid, porque de todo

esto no sabe palabra

que esta mujer del demonio

no ha permitido que yo

le buscase, y siendo noto

de su fuga la ocasión

en tantos días, ignoro

solo se que disfrazados

con estos hábitos toscos

habitamos estas sierras

abrazos muy redondos

ella siempre mui arisca

y yo siempre como un tonto

sufriéndole sus quimeras

sin merecerle un asomo

Pag. 51

Garabato.

de esto, que dicen famosos

los galanes boquiangostos

Carlos.

Supuesto que ya pagaron

los ladrones atrevidos

con la vida su osadía

permitidme que curioso

os pregunte la ocasión

de hallaros entre estos sotos

en compañía, de quien

al caso añade otro asombro

pues veste, mi criado,

Garabato.

sí señora los dos tomos

don quijote, y sancho panza

mas di me los mondongos

llevaron con la del martes

Carlos.

uno queda muerto y otro

mal erido y caído

entre unos verdes madroños

juzgo que no vivirá

Garabato.

o Alejandro valeroso

Doña Elena.

para pagar caballero

lo que os debo, cortesano

quien su entraña archiva

todo este, constante gozo

si tuvieran escasa paga

fueran desempeño corto

mas supuesto que no puedo

satisfacer de otro modo

diré para obedeceros

el porque la causa y como

por mis fortunas habito

entre estos peñascos broncos

Garabato.

señora que es lo que intentas

quieres que salga algún oso

vamos allá a nuestra gruta

a donde diremos todos

de nuestras historias raras

los sucesos prodigiosos

porque aquí hay mucho peligro

Doña Elena.

dice bien vamos

Carlos.

abrazo

estoy hasta averiguar

acasos tan portentosos

Vanse y sale don Lope.

Don Lope.

De bronce soy pues me sobra

la vida, en desdichas tantas

como el corazón padece

como esta sintiendo el alma

cielos piadosos, que hacéis

no bastaban, no bastaban

ya las pasadas fortunas

sino que multiplicadas

se aumentan al mismo paso

que la nieve de estas canas

cuando engolfado en mis gustos

mares tranquilos surcava

perdí un hijo sin saber

si al impulso de la parca

rindió el aliento, o si vive

Pag. 52

Don Lope.

que fue mi primer desgracia

falto me después mi esposa

y en el tropel de estas ansias

una hija aliento a cielos

todo el respirar, me falta

olvidada de su sangre

y en sus gustos engañada

fue ocasión que sucediera

dentro de mi propia casa

la fatalidad de hallar

un caballero que daba

entre la vida, y la muerte

señales equivocadas

aunque después la fortuna

se le mostró poco avara

pues curo de las heridas

mui presto pero en golfada

ella en el mar de un abismo

a otro abismo despeñada

se fue sin saber adonde

ni con quien pues tan estraña

mi desdicha, que en dos meses

no e podido inquirir nada

con que viendo que mis penas

remedio ninguno alcanzan

he resuelto retirarme

a estas fragosas montañas

para acabar de la vida

el corto plazo que falta

Ladrón 1.

Cielos no abra quien atienda

a mis voces ya cansadas

Don Lope.

que es esto que escucho he cielos

en tre estas verdes retamas

quejosa una voz se oye

quiero ver quien y la causa

quien eres hombre

Ladrón 1.

si Dios

te envía para que el alma

del hombre, mas alevoso

se restituía a su gracia

oídme que arrepentido

postrado humilde a tus plantas

confesare mis delitos

y atrozidades estrañas

Don Lope.

hombre que dices no soy

quien presumes mas repara

que he nacido caballero

y sabré dar a tus ansias

el alivio más posible

di lo que tienes

Ladrón 1.

son tantas

las penas que me atormentan

que no se como empezarlas

yo estoy como ves herido

de dos fieras esto cadas

bien merezido castigo

a mis costumbres villanas

a un peregrino que acaso

por estos bosques pasava

Pag. 53

Ladrón 1.

até a un tronco por robarle

y a una mujer que llevava

consigo en el mismo trage

yo y otro mi camarada

que queda en el bosque muerto

la llevamos por quitarla

el honor, a tiempo que

por el camino pasava

un caballero y al eco

de sus quejas lastimadas

se debió obligar sin duda

a que sacando la espada

nos embistiese atrevido

dejándome cual me hallas

cinco lustros, a que soy

de estos mares pirata

salteador, de esos caminos

y horror de aquestas montañas

donde son tantos los robos

donde las muertes son tantas

que ejecute, que será

imposible numerarlas

y entre ellas no es la menor

la que con seis puñaladas

di a una mujer que encontre

que un tierno infante llevava

en los brazos por quitarle

alguna joya

Don Lope.

qué aguarda

mi valor que no ejecuta

el golpe de su venganza

pues este sin duda alguna

es de mis males la causa

mas me informare primero

de todas las circunstancias

y si es que mato a mi hijo

haré desogar, mi saña

adonde hiziste esa muerte

Ladrón 1.

junto a una aldea cercana

a este monte

Don Lope.

mucho a

Ladrón 1.

esto fue cuando empezaba

mi malicia a dilatar

de los insultos, las alas

abra algunos veinte años

Don Lope.

y el niño

Ladrón 1.

señor fue tanta

la hermosura con que el cielo

le dotó que reportada

mi crueldad, a un labrador

le di por que le criara

Don Lope.

y quien es el labrador

Ladrón 1.

no sé de él más que se llama

alberto

Don Lope.

y sabes si vive

el niño

Ladrón 1.

se que a Alemania

se pasó abra unos seis años

con un don pedro de Ayala

sobrino de don Fernando

Pag. 54

Ladrón 1.

Carrillo, que es de las cajas

adonde yo le dejé

dueño, y como se criaban

juntos Carlos y don Pedro,

que así el muchacho se llama,

no permitió su cariño

en una ausencia tan larga

dejarle, y ahora me an dicho

que ha vuelto, y le tiene en casa

don Fernando.

Don Lope.

¿Qué me dices?

¡¡Ay, hijo de mis entrañas!

Ladrón 1.

Dique, señor, ¿te enterneces?

Don Lope.

¿No tengo bastante causa

si el que dices es mi hijo?

Ladrón 1.

Pues, señor, acaba, acaba

esta vida, que zozobra

de la muerte en las borrascas.

Don Lope.

No te aflijas, que antes bien

se aumentan las circuntancias

para que más obligado

al remedio de su ansia

me aplique.

Ladrón 1.

Señor, ¿qué dices?

Don Lope.

Lo que oiy, mas palabra

me as de dar de conducirme

allá a la aldea.

Ladrón 1.

Aunque arriesgara

mi vida te obedeziera,

y más siendo la distancia

tan corta, ponme aquí un lienzo

porque la sangre no salga,

y uamos.

Don Lope.

Quisiera darte

en albricias toda el alma.

Ladrón 1.

Mui contingente será

que hallemos toda la caja

de don Fernando en la aldea.

Don Lope.

Pues, ¿por qué?

Ladrón 1.

Porque tratada

tenían para oí la boda.

Don Lope.

¿De quién?

Ladrón 1.

Pienso que se casa

la hija de don Fernando

con un primo suyo.

Don Lope.

Basta,

y mi hijo estará allí.

Ladrón 1.

No hay duda.

Don Lope.

Delante pasa.

Ladrón 1.

Pues uamos.

Don Lope.

Vamos, el viento

me dé ligero sus alas,

porque logrando a mi hijo

se me minoren las ansias.

Vanse.

Salen doña Inés y Garabato.

Doña Inés.

¡O, Garabato! ¿Qué me dices?

¿Eso es verdad?

Garabato.

Por San Pablo,

que es verdad y que en tu caja

están doña Elena y Carlos,

que él fue quien hirió a don Diego

de el modo que te e contado.

Pag. 55

Garabato.

quien contre con doña Elena

que me refirió el fracaso

ocultándome quien era

que de la corte bizarro

la saque, que por los montes

peregrinos, o ermitaños

nos fuimos dos meses, que

dos picaros ladronazos

nos quitaron una joya

que a ella se la llevaron

dejándome como un

San Andrés en tre dos palos

que a este tiempo la fortuna

trajo por allí a mí amo

que mató a los dos ladrones

que nos fue total amparo

que a nuestra cueva, nos fuimos

que seys males días, contaron

que les ofreció valeroso

volver por su honor, que hablando

le he dejado con don Diego

y mi señor, don Fernando

solo esto sé, señora

Doña Inés.

en fin que determinado

está Carlos a reñir

si a doña Elena la mano

de esposo no da don Diego

Garabato.

él la ofreció que si acaso

algún reparo, ponía

se lo diría en el campo

Doña Inés.

¡Ay, si Carlos me sacase

del aprieto, enque me hallo

sale Laureta

Laureta.

su padre dice señora

que baja luego a su cuarto

Doña Inés.

para que

Laureta.

no se por cierto

Doña Inés.

esta solo

Laureta.

un hombre anciano

al que presumo que dicen

que es padre de nuestro Carlos

que también esta vegexyto

no te detengas

Doña Inés.

volando

quisiera pues imagino

que esta mi vida, en sus manos

Vase

Garabato.

qué hay, Laureta, no le has dicho haces

una fiesta, a garabato

para que detus basquiñas

guarnezca, los estropajos

Laureta.

yo no hablo con bufones

Garabato.

anda niña, del fregado

Don Fernando.

supuyto señor don lope

que os a traido, el acaso

a mí caja con el gusto

de suceso tan estraño

como el de hallar vuestros hijos

después de tiempo tan largo

os suplico queme honrreis

Pag. 56

Don Fernando.

por lo que le estimo a Carlos

apadrinando, a mi hija

que con don Diego la caso

pues que fue para este efecto

nuestra venida, a estos campos

excusando de la corte

los no limitados gastos

que funciones semejantes

piden

Don Lope.

señor don Fernando

aunque algunos sentimientos

pudieran embarazarlo

es tanto lo que deseo

serviros, que lo agradezco

y honra que me hacéis estimo

ofreciendo apadrinaros

Don Diego.

con tan buen padrino fío

que tendré, por mío el campo

ganando de mi fortuna

todo el resto, con la mano

de mi prima

Doña Inés.

no será

sino se muestran contrarios

los cielos

Carlos.

señor don Diego

quien mano y palabra a dado

de esposo a una dama puede

sin hacer notable agravio

darla a otra

Don Diego.

no podrá

Carlos.

pues de vos señor estraño

que lo hagais

Don Diego.

yo quien tal dice

Carlos.

yo

yo lo digo

Don Diego.

es engaño

Carlos.

no es engaño y porque veáis

que es así cuanto yo hablo

salid señora, acá fuera

Doña Elena.

¡Ay, Dios!, sin aliento salgo

no es verdad traidor don Diego

qué más, cielos soberanos

mi padre es este, que haré

Don Lope.

esta es Elena a que aguardo

que no ejecuto mis iras

haciéndola mil pedazos

Carlos.

señor, deteneos que es esto

Don Lope.

que ha de ser, si eres su hermano

porque no vengo su honor

Don Diego.

suspenso estoy

Don Fernando.

y pasmado

Carlos.

esta es mi hermana

Don Lope.

tu hermana

Carlos.

pues atended al más raro

suceso que en las historias

sea escrito

Todos.

atentos estamos

Carlos.

ya se acordara, señor

de que animoso y bizarro

Pag. 57

Carlos.

se libro de los ladrones

Don Lope.

lo que, entonces a tu brazo

debí la vida, que gozo

para adelante,

Carlos.

pues pasó

entramos, aquella noche

en casa de don Fernando

Don Fernando.

cuando de el león feroz

el orgullo temerario

aplacaste con su muerte,

Doña Inés.

y a mí me sacaste en brazos

desmayada

(suspende el lance)

Carlos.

así es verdad

y después que ya en el cuarto

te deje por ser tan tarde

solo con ese cuidado

me fui a buscar a don Diego

y al llegar Junto a palacio

de una Reja una mujer

me llamo

Doña Elena.

y tu perdona señor

como padre, y bos asperos

Confiada, que en la aldea

se quedaba, con engaño

di la llave de el Jardín

a Carlos imaginando

que era don Diego, pues ya

desposo palabra y mano

medio

Carlos.

con quio la puerta

abrí y mientre

Garabato.

y garabato

como estaba aún en ascuas

de sola calle y volando

se fue a una despensa

Don Diego.

a tiempo

sería, que mi cuidado

amante, a gozar vendría

de Elena, los tiernos brazos

y Registrando, el postigo

abierto, entre, asegurado

que me aguardaba, y al fin

en las sombras, tropezando

de la noche, en el Salón

oigo el Rumor, de unos pasos

dudo, si serán de Elena

audaz quiero averiguarlo

Respondeme con la espada lengua

de un estoque asicalado

y al Repararle una punta

franqueo ala sangre el paso

dejándome sin sentidos

Carlos.

yo al ver que del otro cuarto

sacaban luces, Resuelvo

ausentarme

Pag. 58

Doña Elena.

cuando salgo

y hallo a don Diego rendido

a las fuerzas de un desmayo,

presumo que ya sin vida,

aliéntole, y recelando

quejas, tú, padre y señor,

el autor de aquel fracaso,

temiendo que me buscabas

para lavar el agravio

con mi sangre, huir intento

de tu rigor los amagos;

tomo mis joyas, y muerta

de mi casa ansiosa salgo,

y al cruzar por una calle

encuentro con Garabato;

díjole que de Madrid

me saque.

Garabato.

Con que marchamos

por esos trigos de Dios

o esas montañas del diablo;

en una cueva nos vimos

dos meses como ermitaños,

vestidos de peregrinos,

hasta que los villacacos

de los ladrones quisieron

probar del árbol vedado.

Carlos.

A tiempo que yo, sabiendo

cómo tenías tratado

el casar a tu sobrino

con la viuda, quedo laxo,

y viendo cuánta distancia

había en nuestros estados,

celoso, ya sin remedio,

a mi mal desesperado,

determiné fatigar

la bronquez de esos peñascos,

para que mi corazón

fuera de algún bruto pasto;

y sucedió lo que ya

se habrá dejado contado,

con que luego...

Don Fernando.

No prosigas,

detente, suspende el labio.

Tú de don Diego celoso,

y tú a mi hija has mirado...

¡Ay, Inés!, ¿qué es lo que dices?

Carlos.

Señor, sí que estoy, dirálo

doña Inés por mí.

Doña Inés.

No puedo

decir más que es dueño Carlos

de mi corazón.

Don Fernando.

No en balde

mis preceptos despreciando

Pag. 59

Don Fernando.

repugnabas el casarte;

¿a Carlos quieres?

Doña Inés.

Me ha dado

la vida.

Don Fernando.

Y a esto me remito,

señor don Lope, y pues ansí

la merced que vuestras mercedes

hace a doña Inés, la mano

dará, mi sobrino, a Elena,

que no habrá ningún reparo

sabiendo cuán libre está

de culpa.

Don Lope.

Siempre obligado,

señor don Fernando, quedo,

y deudor al agasajo

que me hacéis, pues tanta dicha

logro, mi honor restaurando.

Don Diego.

Lo propuesto de mi tío

con ciega obediencia aplaudo,

pues así logro mi amor

y lo que ofrecí lo pago.

Doña Elena.

Publique mudo el silencio

de mi amor el gozo y pasmo.

Doña Inés.

Felice mil veces yo,

pues soy esposa de Carlos.

Carlos.

Dichoso yo, pues merezco

la gloria de ser tu esclavo.

Garabato.

¿Qué dice Laureta, en

qué paramos?

Laureta.

Dame una mano.

Garabato.

¿De azotes, u de almirez?

Laureta.

La tuya, digo, tacaño.

Garabato.

Tómala, y aquí el poeta,

a vuestras plantas postrado,

pide perdón de los yerros

dando fin, noble senado,

al peligro de la sangre

y remedio en el acaso.

Fin y rúbrica.