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Texto digital de El hijo de la cuna de Sevilla

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El hijo de la cuna de Sevilla. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-hijo-de-la-cuna-de-sevilla.

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EL HIJO DE LA CUNA DE SEVILLA

Jornada primera

Pag. 1

Comedia del hijo de la cuna de Sevilla

Leridano, labrador viejo

Rolando, que es el hijo de la cuna

Floriano, duque de Ferrara

Guberto, conde de Barcelona

Florinda, hija del conde

Clinarda, duquesa de Urbino

Gridonio, camarero de Floriano

cuatro bandoleros

un patrón de nao

Frederico, caballero barcelonés

tres moros

Gazen, moro

un príncipe moro

Muley, moro grave

Zaide, moro grave

Estagio, paje del conde

cuatro valentones

otros criados

Salen Leridano como labrador rico y Rolando vestido de camino

Leridano.

¿En efeto que gustas de ausentarte

de mi presencia y de tu patria cara

sin que para estorbártelo sea parte?

Considéralo bien, mira y repara

que dejas pobre y triste a aquesto viejo

que con tu juvenil muro se ampara.

Sabe que eres, Rolando, tú el espejo

a do me miro, y como tal me importa,

antes que muera, darte mi consejo.

Rolando.

El afligido corazón reporta,

amado padre, ten la larga rienda

al triste llanto, el suspirar acorta.

El venerable rostro no se ofenda

con lágrimas, señor, ni ellas sean parte

de no abrir a mi honor una ancha senda.

En mí siento un valor de un nuevo Marte,

de un ánimo orgulloso me provoca

a seguir de mi rey el estandarte.

Con su sonora trompa apriesa invoca

la fama a quien, pisando aquesta tierra,

de su pecho el valor inmenso apoca.

Solo pienso asistir de hoy más en guerra,

guerra me llama, guerra me convida,

solo este nombre dentro en mí se encierra.

Pienso ver por el orbe desparcida

la fama, pregonadas mis hazañas,

si el hilo no se corta de mi vida.

Pag. 2

Rolando.

quedará eternizada en las Españas

el sevillano nombre. Padre amado...

Leridano.

¿Padre me nombras?

Rolando.

Sí, ¿de qué te extrañas?

¿No merezco nombrar el regalado

nombre de padre?

Leridano.

Aqueso y más mereces,

mas, como más mayor cuidado...

Rolando.

Con ese «mas», señor, aquí me ofreces,

aclárame esa duda, no te tardes,

mira, señor, que el alma me entristeces.

Por miedo ni temor no te acobardes.

Leridano.

Temor no me acobarda el pensamiento.

Rolando.

Pues dilo presto.

Leridano.

Que te aguardes

un rato ruego, mientras que te cuento

en un breve discurso, hijo mío,

tu pobre nacimiento, estame atento.

Sabrás que en el invierno helado y frío

una noche mi esposa, al postrer cuarto,

que de gloria gozando está, confío,

tuvo un terrible y doloroso parto

en el cual parió un tierno infante muerto,

cuyo dolor jamás de mi alma aparto.

En la tierra mandé fuese encubierto

el no logrado hijo, recelando

a la recién parida un daño cierto.

En esto se llegaba el tiempo cuando

los plateados rayos de la luna

iba el dorado sol ahuyentando,

cuando, para aplacar esta fortuna,

de la iglesia mayor, a do se ampara

el huérfano, que es pobre, con la cuna,

los médicos mandaron le llevara

un niño que, criándolo a su pecho,

el blanco y fértil manantial gozara.

Fui yo buscallo, do llegando al lecho

te vide, mi Rolando, que entre todos

me dejó tu beldad más satisfecho.

Criote al fin mi esposa con mil modos,

porque, aunque vino envuelto en pobres paños,

diste muestra venir de nobles godos.

No habías cumplido apenas cuatro años

cuando pagó a la tierra el cruel tributo

que pagan todos por pasados daños;

cubrió mi cuerpo y alma un negro luto.

Pag. 3

Leridano.

Faltóte a ti la madre, a mí la esposa,

por coger en agraz la muerte el fruto;

tu legítima madre, que envidiosa

la misma hermosura entiendo estaba,

por ser en todo extremo tan hermosa,

procurando saber quién te criaba,

sacó de rastro aquel su hijo caro

que con materno amor tanto le amaba.

Era de honra y ejemplo valor raro,

dechado de virtud, y aunque pobreza

de sangre noble y de linaje claro,

en las cosas de fe mucha firmeza,

al fin el corazón. Oro de Arabia

cubierto de honestísima corteza.

Holgué de conocer mujer tan sabia,

era un extremo, que mi lengua en todo

por ser tan torpe en cortedad la agravia.

Declaróme Rolando en cierto modo

cómo eres natural, hijo de un padre

entre los más, el más hidalgo godo,

y porque aquesto ser verdad te cuadre,

que fortuna quizás tu bien procura,

este diamante me dejó tu madre.

Díjome que en la ocasión y coyuntura

que la gozó tu padre, aqueste anillo,

en quien estriba toda tu ventura,

tan solo le dejó; que en recibirlo

imagino sería cual de esposo,

pues era de su honor mortal duecillo.

No quiso darle el cielo aqueste gozo,

ni a mí en saber más della; que en la tierra

su cuerpo ha días goza de reposo.

Este discurso breve es do se encierra

tu sangre noble, que es la que te llama

y te incita a seguir, hijo, la guerra.

Procura que de hoy más vuele tu fama,

no intentes de hacer vileza alguna

robando hacienda, ni forzando dama;

que aunque es verdad ser hijo de la Cuna,

tu altivo pensamiento se levante,

sobrepujando al cuerno de la luna.

Tus virtudes y hazañas siempre cante

el maldiciente vulgo, y con tu honra

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Leridano.

Sustenta el cielo como fuerte Atlante

no caiga en ti la mancha de deshonra

que sale tarde. Antes como buen hijo

sin conocerlos a tus padres honra

y perdona Rolando si te aflijo

que son como de padre estas razones

y aunque no tuyo como tal te rijo

Rolando.

Has añadido hoy más obligaciones

a las pasadas con aquesa historia

do mi humildad ante mis ojos pones

no la pienso borrar de mi memoria

hasta que en fuego de mi honor ardiente

renazca el fénix de mi nueva gloria

Dejaré testimonio muy patente

de mis hazañas si quisiere el cielo

a la de agora y venidera gente

Verá de hoy más el sevillano suelo

que ha criado en su cuna otro tebano

de hacienda pobre mas de honroso celo

Pero volviendo al caso Leridano

mi padre cómo ha nombre es vivo o muerto

sabes si es andaluz o castellano

Leridano.

Todo Rolando para mí es incierto

si vive no lo sé menos su nombre

ni rastro de quien es no he descubierto

tu madre dijo que era un grave hombre

Rolando.

El suyo supe.

Leridano.

¿Cuál era?

Rolando.

Leonida.

Rolando.

suceso cierto digno que me asombre

pero la grata luz del sol convida

a que me aparte dame amado padre

pues que no he conocido otro en mi vida

Rolando.

Tu bendición.

Leridano.

La de mi Dios te cuadre.

Leridano.

Hijo al fin de aquella ilustre madre

tu bondad ese pecho hidalgo abona

Leridano.

¿Pretendes ir a Italia?

Rolando.

Eso pretendo.

Rolando.

desde de aquí he de partirme a Barcelona

adonde buen paraje hallar entiendo

porque mi pretensión vaya adelante

Leridano.

que adviertas a quien eres te encomiendo

llevarás hijo mío este diamante

quizás desque te veas cual yo espero

será parte eficaz causa causante

Pag. 5

Leridano.

Recibe, cual de pobre, este dinero,

y ojalá fuera Midas en hacienda,

para que fueras como yo te quiero.

Rolando.

A Dios, querido padre, me encomienda.

Leridano.

Parte en buen hora, mi Rolando caro;

haz que de tu viaje nueva entienda

luz de Sevilla y de este viejo amparo.

Vanse.

Sale Floriano, duque de Ferrara, y una criada dándole agua de manos y otro con una toalla, y Gridonio su camarero con una ropilla en la mano.

Duque.

Echa aguamanos sin tasa

para amortiguar la brasa

que se enciende acá en mi pecho,

que podría ser de provecho

para templar a quien se asa.

Servirá de algún consuelo

a esta llama el poco hielo,

cuando no aplaque el dolor

que labra en mi pecho Amor

cual fuego del Mongibelo.

De alquitrán es, niño ciego,

tu fuego, pues no sosiego

con el agua que me arrojo,

antes cuanto más me mojo

más me enciendo en vivo fuego.

Mas quien de Troya los muros,

siendo de peñascos duros,

abrasó por una dama,

no es mucho que de su llama

no estén los pechos seguros.

Abrásame, queme y arda

el pecho el fuego encendido;

quizás cual fénix gallarda

tornaré de muerto a vivo

para adorar a Elinarda.

Gridonio.

Sosiega, señor, reposa.

Duque.

¡Ah, Gridonio, poco entiendes

de una pasión amorosa!

Gridonio.

O en otro fuego te enciendes,

o te incita nueva cosa.

Sé que la ocasión primera...

aunque de necio me ultrajes,

es...

Duque.

Detente un poco, espera.

Haz, Gridonio, que esos pajes

que se salgan allá fuera.

Gridonio.

Esperad afuera un rato.

Duque.

¡Oh, Amor, qué falso es tu trato!

Vanse los pajes.

Gridonio.

Ya se han ido.

Duque.

Di, pues,

qué ocasión es la que ves

porque me aflijo y maltrato.

Gridonio.

La ocasión más principal

que de una divina empresa

es evidente señal,

es Florinda la condesa,

causa de todo tu mal.

Y ser esta es cosa clara,

y tu venida lo abona,

pues por su belleza rara

viniste desde Ferrara

a servirla a Barcelona.

Y este creo fue tu intento

y el hacer tal movimiento,

señor, a lo que imagino,

pues te pusiste en camino

por pedirla en casamiento.

Por ella, entiendo, suspiras,

y en ella con pecho franco

como en espejo te miras.

Duque.

Como buen certero tiras,

mas erraste agora el blanco.

Confieso que la condesa

fue ocasión que, aficionado

de ella, siguiese esta empresa;

mas vila y hallé a su lado

quien me tiene el alma presa;

hallé a quien la suma altura

dio de belleza la palma.

Pag. 6

Duque.

Sale quien me robó el alma,

sale la misma hermosura,

sale quien me dejó en calma,

sale un Venus hermosa.

¿Qué digo Venus? No es cosa

poner a Venus con ella,

porque es del Olimpo estrella

y de las diosas es diosa.

Sale en un rostro fijados

dos luceros esmaltados,

y ante estos divinos ojos

de Febo los rayos rojos

humillados y eclipsados.

Sale un sujeto divino,

de toda alabanza digno,

que mi alma tiene presa,

que es Clinarda la duquesa,

hija del duque de Urbino.

Y apenas su rostro bello

y aquel dorado cabello

(mucho mi lengua lo agravia,

no es dorado, que de Arabia

se ve el fino oro en vello)

cuando de un gozo y contento

casi me faltó el aliento

por hallarse en tanta gloria,

falta el alma de memoria

y suspenso el pensamiento.

Amor, pues que jamás duda

en dar diversos enojos

a quien le pide su ayuda,

como dio flecha a sus ojos,

dio habla a mi lengua muda.

Habléla, pero encubriendo

la carcoma asoladora

que así me está consumiendo,

y conoció, a lo que entiendo,

el dolor que en mi alma mora,

que aunque la lengua encubría

flechas que el alma le envía,

por no dar al conde enojos

brotaban llamas los ojos

del fuego que dentro ardía.

Al fin, Gridonio, yo muero

de amores de la duquesa,

más que a mi propio la quiero,

y de esta dichosa empresa

glorioso suceso espero.

Gridonio.

Buen suceso. ¿De qué medio?

Duque.

Oye lo que digo, advierte:

ya sabes que de Clinarda

el conde es tutor y guarda

desde la funesta muerte

de su padre.

Gridonio.

Bien prosigue,

que ya sé que es su tutor.

Duque.

Pues para que aqueste ardor

de mi pecho se mitigue,

declarándole mi amor,

el hado, que de ordinario

nunca me ha sido adversa,

no quiere que se dilate;

hoy parten a Monserrate

a cumplir un novenario,

y yo con el conde Uberto

hicimos ayer concierto

de ir a hacer esta estación,

mira tú si es ocasión

para darle vida a un muerto.

Gridonio.

¿Qué tienes de hacer?

Duque.

Buscar

un oportuno lugar

en el cual del rapaz ciego

le declare el mortal fuego

en que me veo abrasar;

querrá mi fatal destino

abrir un feliz camino

para gozar tal empresa,

que si soy duque, es duquesa

del grande estado de Urbino,

y merece su persona

con un rey.

Gridonio.

Oye, señor,

y si te enojo, perdona,

¿qué dirá de tu valor

el conde de Barcelona?

¿No viniste con intento

de pedirle a la condesa?

Señor, no haga mudamiento

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Gridonio.

son ya palabras al viento,

solo quiero a la duquesa,

no me quieras más decir,

que mal puedo resistir

una pasión amorosa.

Gridonio.

Digo que en cualquiera cosa

te debo, señor, servir.

Sale Estacio, paje del conde Uberto

Estacio.

A Vuesseñoría esperando,

en la cuadra paseando

está el conde.

Duque.

¿Y la duquesa?

Estacio.

La duquesa y la condesa

delante van caminando

a Monserrate.

Duque.

¡Oh, embajada

más que néctar regalada!

Calza presto unas espuelas,

y porque así me consuelas,

toma esta joya preciada.

Dale una joya

Duque.

Ya dentro del alma siento

un nuevo gozo y contento,

ya me incita nueva gloria,

ya regala mi memoria

un alegre pensamiento,

ya Fortuna me convida

con la ocasión ofrecida

para que goce la palma;

nuevos gozos siente el alma

y el cuerpo apacible vida.

Un nuevo gasto en mí hallo,

han ensillado un caballo.

Gridonio.

Todo está ya a punto puesto.

Duque.

Partamos, pues, de aquí presto,

que tal bien no es de dejallo.

Vanse y salen cuatro bandoleros

Primero.

La elección ha sido a gusto,

todos contentos lo están.

Segundo.

Que lo gusten es caso justo

porque es grandazo un Roldán,

mancebo fuerte y robusto,

de las escuadras querido,

en los robos atrevido,

en las palabras afable,

entre amigos amigable,

entre enemigos temido,

en extremo diligente

para alcanzar cualquier cosa,

entre contrarios valiente,

siempre sagaz y prudente,

su conversación sabrosa,

en las razones meloso,

mozo fuerte y animoso,

digno por cierto del cargo.

Tercero.

Goce dél por tiempo largo

contento, alegre y dichoso.

Cuarto.

Dejemos aparte aquesto,

solo de robar se trate.

Primero.

Yo para hacerlo estoy presto.

Segundo.

Gente va hacia Monserrate.

Tercero.

¿Por dónde?

Segundo.

Por este puesto.

Cuarto.

¿Qué temes, de qué te mueres?

Segundo.

Espérate, ¿qué más quieres?

Mujeres son, que de un coche

se apean.

Cuarto.

Aquesta noche

hay gran gira de mujeres.

Tercero.

¿Vienen hombres?

Segundo.

Dos.

Tercero.

No importa.

Primero.

Esas razones acorta

y a esconder, que no nos vean.

Tercero.

Si traen hombres que pelean,

yo tengo espada que corta.

Escóndense y salen Elinarda y Florinda, que se acaban de apear de un coche en la sierra, y dos escuderos con ellas

Florinda.

No fuera mejor pasar

adelante.

Escudero.

No, señora,

que está lleno este lugar

de bandoleros ahora

y nos podrán saltear.

Y basta que llegue el conde,

mi señor, pues que se espera

en aqueste prado adonde

una fértil primavera

entre sus flores esconde,

gozando de su frescura

y de su muda hermosura

de las flores que en sí encierra.

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Escudero.

viendo brotar de la tierra

una apacible verdura

oliendo un divino olor

de tanta diversa flor

jazmín, violeta, azucena

oyendo la filomena

el canario y ruiseñor

y otras mil diversas aves

que con sus cantos suaves

dejan un gusto extremado

y de un pecho lastimado

quita las penas más graves

un ratillo de la tarde

se puede pasar haciendo

de mil galanes alarde

del otro que está muriendo

y no alcanza por cobarde

y del otro mal galán

a quien un falso ademán

cansado de mil porfías

lo ha convertido en manías

y de otras cosas que dan

a la memoria contento

Florinda.

suspenso el entendimiento

Clinarda.

tenía por mi fe

Florinda.

bien habla

Clinarda.

bien sus razones entabla

llegan los bandoleros metiendo mano, y los escuderos también

1º Bandolero.

ya de cólera reviento

llegamos, pesia al linaje

de do vengo, y pues es bueno

gocemos deste pillaje

¿no ven que del prado ameno

hay quien impida el pasaje?

3º Bandolero.

si no quieren ver su muerte

por aqueso brazo fuerte

gusten al punto rendir

las armas

2º Escudero.

antes morir

Clinarda.

¡o dura y acerba muerte!

no hubiera una cueva oscura

donde mi corta ventura

procurara de librarme

mas quiero en el monte entrarme

y esconderme en su espesura

Florinda, vente a esconder

en el monte

4º Bandolero.

espera

huye Clinarda y síguenla 3 y 4 bandoleros

Bandolero.

tente no huyas mujer

quedan acuchillándose los escuderos con los dos bandoleros

Florinda.

sola me dejó Clinarda

cielos ¿qué podré hacer?

quiero por aqueste lado

pues uno y otro criado

impiden los otros dos

huirme. líbrame Dios

2º Escudero.

hombre a hombre hemos quedado

mas porque desta manera

en balde palabras gasto

si sois dos, mil quisiera

que para dos mil yo basto

y aun para un mundo que

1º Bandolero.

de quién es, de bandoleros

prez y honor, de que escuderos

defenderos pretendéis

tened fuerte y probaréis

de mi espada los aceros

1º Escudero.

aguarden vuesas mercedes

2º Escudero.

que es muy mucha priesa aquesta

sigamos tras la duquesa

2º Bandolero.

villanos pedid mercedes

1º Bandolero.

ya es mucha blandura

1º Escudero.

ya no puedo resistir

los golpes

2º Bandolero.

pues con esto

se acaba todo

2º Escudero.

primero

por pies escapar espero

1º Bandolero.

no aquesta vez por suya

huyen los escuderos y siguen bandoleros. y sale Rolando con vestido con que salió de señor

Rolando.

a ningún plazo perdona

el tiempo. gracias al cielo

que se ha visto mi persona

en tierra de Barcelona

pisando apacible suelo

y pues que aquesta tierra

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Rolando.

donde tanto bien se encierra,

llegue con algún solar

en paz, no buscando paz,

quiero procurar la guerra,

y porque no me dilate

el cielo mi pretensión,

antes que buscar la trate

quiero ver esta estación

que llaman de Monserrate.

Hablan dentro el 3 y 4 bandoleros

Bandolero 3.

¿Por qué de escaparte tratas?

¿Piensas que de mí te alejas?

Rolando.

Mas, ¡qué lastimosas quejas

entre estas espesas matas

han llegado a mis orejas!

Clinarda.

¿Qué quieres de mí, inhumano?

¿Por qué me quieres matar?

Rolando.

Por los cielos soberanos,

que es mujer, y he de probar

el valor de aquestas manos.

Sale Clinarda corriendo y tras de ella los dos bandoleros

Bandolero.

Poco te ha de valer el huir,

por más ligera que seas.

Clinarda.

No verás lo que deseas

aunque me cueste el vivir,

y hecha piezas me veas.

Rolando.

Que un hombre y otro persiga

una mujer, que miralla

cualquiera pena mitiga...

¡Vive Dios, que he de libralla,

que la ley de honor me obliga!

Bandolero 1.

Pensabas con tierna planta

e imitar en la huida

a la veloz Atalanta...

¡Quítale luego la vida!

¡Ponle el filo a la garganta!

Muera entre estos fuertes lazos,

hecha menudos pedazos.

Clinarda.

¡Cielo, dame tu favor!

Llega Rolando metiendo mano

Rolando.

¿Por qué quieres, di, traidor,

que rinda el alma en tus brazos?

¡Vil canalla, gente infame,

que así merece se llame

quien a mujeres agravia!

Antes que mi mortal rabia

en vuestros pechos derrame,

deja la dichosa suerte,

si no por la ley de honor

que me incita el brazo fuerte

de ejecutar mi furor

en vuestra afrentosa muerte.

Bandolero 3.

Hombre, ¿qué furor de Marte

así te incita y provoca?

¿Quién te trujo a aquesta parte

a que hablase tu boca

por lo que pienso matarte?

Bandolero 4.

¿Qué hado tan inhumano

es contigo tan tirano

que a tal empresa te llama?

¿Quieres librar la dama

porque te mate esta mano?

Rolando.

Librar la dama quiero,

vil canalla afeminada,

y en el cielo santo espero

que probaréis de mi espada

el acicalado acero.

Bandolero 3.

Primero he de ver teñida

de tu sangre atrevida

de aquesto suelo la tierra.

Rolando.

Soy el paladino en guerra,

tengo encantada la vida,

ha echado azar vuestra suerte.

Huyen

Bandolero 4.

Huyamos del brazo fuerte

deste Hércules tebano.

Síguelos

Rolando.

Será el huir en vano

y tengo de daros muerte.

Clinarda.

¡Ah, señor! No desampares

la que de ti se valió,

que el cielo aquí te envió,

si es de los doce Pares,

cómo se fue y me dejó...

Mas él va tras los traidores

que me querían matar.

¿Quién le pudiera ayudar?

¿Quién le hiciera favores?

Pag. 10

Clinarda.

¡Quién le pudiera hablar!

¡Quién cual la fama tuviera

para alcanzarlo otras alas!

¡Quién segunda vez le viera!

¡Quién fuera otra diosa Palas,

porque su ayuda le diera!

¡Quién su animosa persona

siguiera y acompañara,

siendo otra nueva Bellona!

¡Quién otra vez le mirara,

aunque fuera en Barcelona!

¡Quién, si acaso es cavallero,

supiera! Aunque tal empresa

de menos valor no espero.

Ya me tiene el alma presa,

y le adoro, amo y quiero

su gallarda compostura.

Y emprender tal aventura

me llevó el alma en despojos;

ausente adoran mis ojos

su belleza y hermosura.

Mas rumor de pasos siento,

pasos son, si no me engaña

mi afligido pensamiento.

Sale Rolando con la espada en la mano.

Rolando.

Aunque dos, y en la montaña,

pagaron su atrevimiento

los que con pecho traidor

tan gran vileza intentaron,

justo castigo llevaron.

Clinarda.

Dadme que bese, señor,

las manos que me libraron;

no me neguéis merced tanta,

si no, humillaré mi vuelo

hasta a vuestra fénix planta.

Rolando.

Alza, señora, del suelo,

que no es la imagen tan santa

que el usar dél por nobleza,

una deidad en belleza,

mucho a mi persona abona,

y humillarse a mi persona

me será extraña bajeza;

que esa beldad, y divina,

a que os adore me anima;

y a otras hazañas me inclina,

y a que bese con mi boca

tierra que esa planta toca,

y haré poco en besar,

pues vos la gustáis pisar,

la tierra de aqueste suelo,

que si de beldad sois cielo,

cielo es aqueste lugar.

Regalaré mi memoria

de hoy más con la alegre gloria

de Monserrate y su tierra,

pues gozo en aquesta sierra

de vos, de cielo y de gloria.

Clinarda.

¡Qué discreto razonar!

Rolando.

¡Qué bellísima mujer!

Clinarda.

Bien me sabéis obligar.

Rolando.

Mejor sabré defender

de quien os quería matar.

Clinarda.

La hidalguía y honor

que mostráis con el valor

por mí está bien conocida;

pero, decid, ¿habéis nacido

en Barcelona, señor?

Rolando.

No, ni jamás estampé

el pie en ella, sino agora

que a aquesta sierra llegué,

donde os liberté, señora,

del peligro en que os hallé.

Clinarda.

Pues vais caminando a solas...

Rolando.

A buscar a quien servir,

que hasta agora nada soy.

Échale una cadena al cuello.

Clinarda.

No estiméis, señor, por poco

la que por mi vida os doy;

que sentirá grave pena

mi alma si la humilde estrena

por justo premio estimáis;

suplícoos que recibáis

de mi mano esta cadena.

Yo propia os la he de poner

al cuello por enlazar

quien almas sabe prender.

Pag. 11

Clinarda.

que aunque no queréis contar

quién sois, mucho debéis ser

que vuestro valor abona

quién sois, y yo determino

deciros de mi persona.

Yo sirvo aquí en Barcelona

a la duquesa de Urbino

la cual por su devoción

iba hoy a Monserrate

y ella os pagará el rescate

y dará satisfacción

del peligroso combate.

Que acabadas de apear

en este ameno lugar

do gran contento se esconde

y también por esperar

que llegase Roberto el conde

apenas estuvo un rato

regalándose el olfato

con los divinos olores

cuando cuatro salteadores

usaron de su ruin trato.

Yo me procuré escapar

por pies huyendo la muerte

que visteis me querían dar,

aquesa dichosa suerte

por mí se puede contar.

Ha sido en extremo buena

pues solo y en tierra ajena

llevé de victoria palma,

pues que me habéis preso el alma

dejando al cuerpo cadena

que siempre os será constante,

y por la merced inmensa

toma, y no por recompensa,

aqueste pobre diamante

que traía por defensa.

El don que os ofrezco es chico,

el ánimo con que doy

recibí, que a fe que es rico,

y el ser o no ser quien soy

está en él, os certifico.

Del gran bien ha de nacer

y del gran mal resultó

por él entiendo saber

si he de ser el que soy yo

o soy otro que he de ser.

Todo es dar una en el clavo

y ciento en la herradura.

Aquesta enigma que acabo

solo sé que mi ventura

se cifra en ser vuestro esclavo

y porque más bien se entienda

que lo soy mi fe os empeño

que os doy, señora, esa prenda

a vos porque sois mi dueño

y en ella toda mi hacienda

y obligarme a decir esto

el tenerme el alma presa,

toda mi riqueza es esa.

Mas aguarda en este puesto

mientras busco a la duquesa

quizás la ligera fama

a que la libre me llama

viendo que en mí no hay temor.

Mas escucha, qué rumor

suena entre una y otra rama,

tropa de gente parece,

mas si la duquesa fuese...

Sale Florinda corriendo y tras ella los dos bandoleros, y dice Florinda

Florinda.

A ti me vengo a acoger,

destos dos me guarece

pues que me puedes valer.

2º Bandolero.

Ampárate de muralla,

¿piensas que ha de defenderte?

Rolando.

Decí, ¿no podrá libralla

solo aqueste brazo fuerte

de vosotros, vil canalla?

¿Pensáis con voces y grita

turbar el ánimo osado

que a la venganza me incita?

¿Qué tigre hircana ha engendrado

gente que a Nerón imita?

¿Nacisteis de alguna osa

o qué infierno os infundió

Pag. 12

Rolando.

que hagáis semejante cosa

o adónde jamás se vio

forzar una dama hermosa

decí, ¿no bastaba verla,

sino cual diosa adoralla,

para solo no ofenderla?

Bando 1.

Si tú pretendes libralla

será en vano defenderla

y así bien te puedes ir

si es que gustas de vivir

vete y déxanos la presa

Rolando.

dejaros la antes morir

que dejarla llevar presa

tírate a fuera, villano,

que por el Dios soberano

que has de probar mis aceros

agora veréis, bandoleros,

lo que vale aquesta mano

Pone mano y acuchíllalos y ellos se van retirando

Rolando.

ya bravatas no escupís

ya arrogancias no decís

dos sois y en una montaña

Bandol 2.

¿qué Marte, di, te acompaña?

Rolando.

solo estoy, porque huís

Huyen y va tras ellos Rolando y quedan solas Florinda y Elnarda

Clinarda.

Florinda

Florinda.

bella Elnarda

¿cómo el ver aquesta ofensa

tu ánimo no acobarda?

Clinarda.

porque tengo en mi defensa

Florinda.

¿quién?

Clinarda.

el ángel de mi guarda

Florinda.

¿es aqueste?

Clinarda.

aqueste ha sido

quien como fuerte guerrero

de otros dos me ha defendido

Florinda.

muestras da de caballero

¿haslo acaso conocido?

que es tanto el valor que encierra

en su pecho, que convida

a decir...

Clinarda.

no es desta tierra

Florinda.

por él tengo agora vida

Clinarda.

por él tengo agora guerra

Florinda.

si nos volviera a buscar...

Clinarda.

pues ¿qué le quieres?

Florinda.

pagar

esta mucha obligación

Clinarda.

ya le he dado el corazón

no tengo más que le dar

Florinda.

si desta dudosa suerte

volviera con triunfo y palma...

Clinarda.

si volviera, que es muy fuerte,

que quien a mí me robó el alma

mejor dará a esos dos muerte

Florinda.

¿cómo el alma? ¿estás herida

de su amor?

Clinarda.

no, por mi vida,

pero quien tuvo perdida

la vida, ¿es mucho que dé

el alma a quien le dio vida?

quien por quitarme enojos

puso la luz de sus ojos

a riesgo que se eclipsase,

¿es mucho que procurase

llevarme el alma en despojos?

Hablen dentro recio la gente del conde, que vienen buscando a Florinda y Elnarda

Gridonio.

por esta parte de enfrente

tomando de la maleza

otra senda diferente

que hacia allá se endereza

parece que suena gente

Duque.

pues procuremos dejar

este intricado lugar

y salgamos al camino

Florinda.

piadoso cielo benigno

tú nos procura librar

Clinarda.

¿qué habemos de hacer, condesa,

que el escapar es en vano?

Sale Geridonio

Gridonio.

¡feliz y dichosa empresa!

llega, duque Floriano,

que es Florinda y la duquesa

Sale el conde y duque y los escuderos que habían huido y dándoles aviso y

Duque.

vueseñorías me den

las manos para besar

por tan soberano bien, que

Clinarda.

vueseñoría mande alzar

del suelo, que no está bien

Pag. 13

Rey.

Silla, Florinda.

Florinda.

Señor.

Rey.

Duquesa Clinarda bella,

¿posible es que un traidor

que con tan hermosa estrella

quisiese usar tal rigor?

¿Posible es que no miró

quien daros muerte intentó

de ese rostro la hermosura?

Mas decí en tal coyuntura,

¿quién fue el que la vida os dio?

Porque del suceso apenas

tuvimos noticia cuando

por las menudas arenas

vino el frisón reventando

y el alma trotando penas.

Clinarda.

Como con fuerza violenta

zozobrar la nave intenta

cuando el aquilón se enoja

y en medio del mar se arroja

levantando gran tormenta;

y en esta temeridad

donde la gente padece

terrible calamidad

cuando Santelmo aparece

se acaba la tempestad,

así en la infelice suerte

anunciadora de muerte

cual Santelmo apareció

un mancebo que llegó

robusto, animoso y fuerte,

y apenas puso en la mano

los relucientes aceros

cuando, como tigre hircano,

dio muerte a dos bandoleros

volviendo alegre y ufano;

y ahora va como el viento

tras los dos que a la condesa

tenían confusa y presa.

Rey.

Él acabará la empresa

llevando tan noble intento.

Duque.

El valiente hecho abona,

según Clinarda declara,

que merece su persona

ser o duque de Ferrara

o conde de Barcelona,

que hecho de tanto nombre

según a mi parecer

digno es de cualquier renombre.

Conde.

Ángel creo debió ser,

que no es posible que fuese hombre,

y si lo es, yo repartiera

con él todo mi tesoro.

Duque.

Y yo, si lo conociera,

todo mi estado le diera.

Clinarda.

Yo con el alma le adoro.

Conde.

Pues al punto en toda parte

que en el monte se reparte

en bosques, llanos, cabañas,

se busque entre estas montañas

a aqueste segundo Marte;

y porque no se dilate,

Guidonio en buscarlo trate

sin tomar ningún sosiego,

y nosotros vamos luego

la vuelta de Monserrate.

Clinarda.

Antes, si no es vuestro gusto,

por sentirse mi persona

con un poco de disgusto,

demos vuelta a Barcelona.

Conde.

Hacer vuestro gusto, justo.

Duque.

No dice mal la duquesa,

hágalo Vueseñoría.

Conde.

Su voluntad es la mía,

alto, volvamos, condesa.

Duque.

Pues antes que salga el día

salgamos hacia lo llano;

en la carrera entraremos.

Conde.

Bien dijo el duque Floriano.

Clinarda.

Pues las dos juntas iremos,

poco a poco, ciego amor tirano.

Vanse y sale Rolando solo con la espada desnuda en la mano.

Rolando.

Por aquesta diestra mano,

en la región tenebrosa

el uno y otro tirano

habitan, duquesa hermosa.

Pag. 14

Rolando.

mas salió mi suerte en vano.

Anda buscándole

Rolando.

qué puede haber sucedido,

qué ocasión les ha movido

a no quererme esperar,

pero si erré el lugar

no dice que es conocido.

pues si no por qué ocasión

agradecer no quisieron

de mi pecho la afición,

al fin cual mujeres dieron

por bueno mal galardón.

por qué tan mal me pagaste,

por qué, ingrata, procuraste

que quedase el cuerpo en calma,

por qué me llevaste el alma

cuando de aquí te ausentaste.

debajo d'esa belleza

hay tan duro corazón

que intentase tal fiereza,

dirás que fue la ocasión

mi humildad y tu grandeza.

bien pudo ser instrumento

para quitarme delante

todo mi gusto y contento,

mas son palabras al viento

querellas de un tierno amante.

A encantadora sirena,

fácilmente me engañaste

cuando con dichosa estrena

cual yugo al cuello me echaste

esta pesada cadena;

mas tu fingida afición

y tu falso corazón

mi pecho bien comprehendía

que fue tesoro de duende

que se convirtió en carbón.

con todo me determino

seguir ese ser divino

aunque sé ques disparatar,

dejando de Monserrate

el empezado camino.

podrá ser que mi ventura

con aquesta coyuntura

me incita, provoca y llama

para gozar esta dama

y de su mucha hermosura.

partir quiero a Barcelona

por ver si aplaco este ardor,

pues que ya me lleva amor,

trocado ser y persona,

deme su ayuda y favor.

Jornada segunda

Pag. 15

Jornada Segunda

Salen el Duque tirando de la ropa a la duquesa y ella defendiéndose.

Clinarda.

Suélteme, vuesseñoría,

polilla de la honra mía,

y d'ese intento se aparte.

Duque.

pues lágrimas no son parte,

quizás será mi porfía.

¿Cómo, hermosa duquesa,

teniéndome el alma presa,

de tanto rigor usáis,

porque a Anaxarte imitáis

en impedirme esta empresa?

vuestra divina hermosura

y tan dichosa ventura

me incita, provoca y llama,

y amor aviva mi llama,

y me mueve a esta locura.

un amoroso deseo,

del alma mortal ruina,

dentro en mi pecho arder veo,

por vos, bella Proserpina,

he de ser un nuevo Orfeo.

por vos Amor me convida

a que goce triunfo y palma

de una victoria adquirida,

y por vos espera el alma

tener de hoy más nueva vida,

tened, señora, clemencia.

Pag. 16

Duque.

con quien desta humilde suerte

ante esa bella presencia,

está esperando sentencia,

no la pronunciéis de muerte.

Ved en mí tanta humildad,

os mueva, bella Clinarda,

a que no uséis de crueldad;

si mi sentencia se aguarda,

para oírla os levantad.

Hace que se va

Clinarda.

Y procurad, Floriano,

dejar ese loco intento,

a que os mueve amor tirano,

que son quimeras de viento

fundadas sobre aire vano;

y no porque aquesa empresa

de vuestro valor se esconde,

pues sois duque y yo duquesa,

sino porque quiere el conde

casaros con la condesa.

Siendo aquesta su intención,

bien veis no será razón

que yo la ley de honor tuerza,

y si la tuerzo, es de fuerza

que ha de haber gran confusión.

Que me dejéis os suplico,

y de hoy más, duque, seguí

este bando que aquí os aplico,

porque pretenderme a mí

es en vano, os certifico.

Duque.

Oye, escucha mi fatiga.

Vase

Clinarda.

De Florinda la amistad

a no escucharos me obliga.

Duque.

¿Hase visto tal crueldad?

No te vayas, enemiga.

¿Por qué, ingrata, así te alejas,

y vuelves sordas orejas

a un amor firme y leal?

O eres hierro, o pedernal,

pues no te ablandan mis quejas.

Condición tan inhumana

que excede a la de Diana,

siendo mujer tan hermosa,

¿diote leche alguna osa,

o dime, ¿o eres tigre hircana?

¿Cómo, di, no consideras

que de levantar quimeras

nacer suele un grave mal,

siendo noble, y yo tu igual,

por qué imitas a las fieras?

Entiendes que ha de ser parte

para dejar de acosarte

ese desdén que me enseñas.

Primero verás las peñas

ablandarse, que olvidarte;

y primero el alto cielo,

do habita la suma alteza,

cubierto de alegre velo,

querrá trocar su belleza

por las tinieblas del suelo,

que yo deje de adorar

tu hermosura, aunque un desdén

suele un amor acabar,

mas como no dura el bien,

siempre el mal no ha de durar.

Pero ya que amor me fuerza

y mi amante pecho esfuerza

a que sufra su rigor,

he de gozar de su amor

aunque leyes de amor tuerza.

Sale Gridonio

Gridonio.

Solo vengo a ver, señor,

qué ocasión tanto te inquieta,

que a voces llamáis rigor.

Duque.

Es un minotauro en Creta

del laberinto de amor;

es una fiera inhumana,

es una que es tigre hircana,

es un rostro peregrino,

es la duquesa de Urbino,

que es cuanto hermosa, tirana.

Gridonio.

No me dirás lo que ha fecho.

Duque.

Descubríle la centella

que me está abrasando el pecho,

creyendo que por ser bella

Pag. 17

Duque.

me fuera de algun prouecho

y en lugar de remediar

el fuego en que me ve arder

lo procuro de aumentar

Gridonio.

rigor al fin de mujer

mas remedio se a de hallar

Duque.

No aura ninguno que ynporte

Gridonio.

diga Vuestra Señoria

prometo dar traza y corte

con que suspiros acorte

Duque.

dilo pues por vida mia

Gridonio.

cualquier dama si es onesta

al prinzipio que el amante

su fiel amor manifiesta

responde brava arrogante

riguroza cruel molesta

con uno y otro ademan

y mill enfados que dan

al tierno amador cuidado

pero el que esta enamorado

ayer bravo oy mas galan

ya en el caballo ruando

de las agujas sacando

fuego al poner de las piernas

ya con las rasones tiernas

al tienpo que va pasando

ya dando ya prometiendo

ya de noche padesciendo

sin sueño y al sol las siestas

muchas pasiones fingiendo

aguardando las respuestas

trocando la vida en muerte

viene a gozar desta suerte

la dama gusto alegria

que galas fiestas porfia

vence la mujer mas fuerte

quiero al fin decir señor

que si de alcanzarla gustas

triunfar della y de su amor

ordenes luego unas justas

siendo tu el mantenador

que teniendote delante

muy galan brabo arrogante

de mill famozos trunfando

su desden a de yr trocando

en amor firme y constante

Duque.

que te paresse digo que a

traza y remedio escogido

para mouer a Elinarda

nueva gloria el alma aguarda

de todo el bien que a perdido

el remedio me aseguro

para gozar la duquesa

ocasión y coyuntura

dichosa y felize ynpreza

es si alcanzó tal ventura

vamos sidonio y pregona

oy por toda Barcelona

las justas pues dellas creo

que tendra fin mi deseo

aun que ariesgue mi persona

Vanse y sale Rolando muy galan y frederico caballero barcelones

Federico.

el bizarro talle basta

y el valor que en vos se encierra

y la discrezion me obliga

a que sin saberlo diga

que sois de hidalga casta

Rolando.

esas palabras suaves

medidas compuestas graves

lo vienen significando

y asi os entrego Rolando

deste corazón las llaves

Federico.

reciba esta diestra mano

cual si fuera de vn hermano

y por vn dios solo juro

que hemos de ser yedra y muro

no siendo el hado tirano

Rolando.

tratarse en Barcelona

una hidalga persona

cual la mia os certifico

que en ella soy noble y rico

Federico.

serlo ese pecho lo abona

tanto me habéis encumbrado

y de palabra obligado

con uno y otro favor

Pag. 18

Rolando.

que en mí, sed cierto, señor,

un esclavo habéis comprado

de hoy más la parlera fama

que por serlo así se llama

vuestro valor amplifica

y por el orbe publica,

divulga, extiende y derrama

el valor que en vos se encierra.

Federico.

dejemos aqueso aparte,

¿cómo os va en aquesta tierra?

Rolando.

fui siempre inclinado a Marte,

y hallome mal sin guerra.

Federico.

la inclinación es honrosa,

mas nunca os ha dado pena

una pasión amorosa.

Rolando.

un tiempo cierta cadena

atado de una mano hermosa,

me dio un disgusto mortal

que hasta ahora lo lloro.

Federico.

¿disgustó tan buen metal?

Rolando.

trocose en alquimia el oro.

Federico.

hubo ausencia.

Rolando.

por mi mal.

es peor que pestilencia

el dolor de mal de ausencia,

dolor es fiero y pesado.

asómase Elinarda, duquesa, en un balcón

Federico.

espero que hemos llegado

a estar ante la presencia

de la más hermosa dama

que hay dentro de Barcelona.

Rolando.

merece bien esa fama,

gallardo talle y persona.

¿quién es y cómo se llama?

Federico.

es la duquesa Elinarda.

mírala

Rolando.

que esta es. Espera, aguarda.

¿o engaño, o desatino?

¿sucesora del de Urbino?

mas qué temor me acobarda,

¿no es la que este brazo fuerte

libró de la cruel muerte

que le querían dar por pena,

y me debe aquesta cadena

en pago de aquesta suerte?

ella es sin duda. Engañome.

robome el alma y dejome

diciendo que ella servía,

trocó en pena el alegría,

y al fin cual mujer burlome.

conviene disimular,

que podrá caro costar

este mi amor o locura;

su belleza y hermosura

quiero ahora contemplar.

y hallo que es gran cordura,

pues gozo de su hermosura,

disimular a este punto,

quizás vendré a gozar junto

lugar y tiempo y fortuna.

Federico.

¿quieres hablarle?

Rolando.

lleguemos,

aunque sé que no merece

mi ventura que la hablemos.

Federico.

rumor de gente se ofrece,

hacia atrás nos retiremos,

no imaginen que la hablamos.

Rolando.

bien verán que no alcanzamos

al menos yo tal ventura.

A dichosa coyuntura,

si hoy a hablar la llegamos.

suenen atabales, trompetas y menestriles, y sale Guidonio con criados de librea con un cartel

Gridonio.

poneldo en presencia mía,

que a lo que el duque os envía

se ha de hacer luego a la hora.

Clinarda.

decí, Guidonio.

Gridonio.

señora,

¿qué manda Vueseñoría?

Clinarda.

¿dónde con tanto cuidado?

Gridonio.

pues que de saberlo gustas,

a hacer quede fijado

un cartel de bravas justas

que mi señor ha ordenado.

Clinarda.

¿quién es el mantenedor?

Gridonio.

quien es el duque mi señor.

Clinarda.

¿y por quién?

Gridonio.

por una dama,

por quien arde en viva llama.

Clinarda.

si son justas por amor,

procure andar diligente.

Pag. 19

Clinarda.

con las armas. Testimonio

dará su brazo valiente

mandas más. Vete, Gudonio!

que nos escucha de sa gente

deja fajado el cartelaaendo

Federico.

justas son que el duque ordena

para aliviar el cuidado

de amor que le da gran pena

Rolando.

Dime está enamorado.

Federico.

Sí, señor, y en gran cadena

sospecho le tiene pieza

el alma si no me engaño

el amor de la Duqueza

Rolando.

prición será por mi daño

de haberla visto me pera

Federico.

Bien ha puesto su afición

Huelgo que llegue ocasión

Rolando donde podremos

los que nobleza tenemos

mostrarla hoy. ¿De qué suerte í

en medio del corazón qe lo que digo advierte Federicos en secreto y en tanto dice el imda hablase

Clinarda.

Sueño o son vanos antojos.

no están mirando mis ojos.

quien me libró de la muerte.

Con viento en popa naved,

Él es y apenas lo creo

galán talle y gran valor

tiene este nuevo Tereo

por él en el mar de amor

se ha ingolfado mi deseo.

un mortal desasosiego

causado del rapás cugo

En mi pecho se ha incendido

por él seré nueva dido

aunque me consuma el fuego

o si hablarle puudiera

porque a mi amoroza hlaga

algún alivio le diera

Rolando.

Será a fe la vez primera

más vuestro gusto se haga

que como no me he criado

do se hacen tales fiestas

Federico.

Temo, señor, verme aymas,

mas después de ejercitado

viéndome las armas, pueso

por la fe de hidalgo j

deja fajado el cartelaaendo

que emvestiré con un mío

según fuerza el brazo tien

y guárdese el que mantiene

que no está de mí seguro

armas caballos y lanza

se apresten para ensayarme

de mostraré mi pujanza

que hoy tengo de aventurar

por ver el valor que alea

el corazón de este pecho

Rolando.

Rolando estad satisfecho

de que sois segundo mar

Federico.

Esperadme en esta parte

que voy a ver que se ahe

en la plaza de palacio

y que se trata de justar

mostrarla hoy. ¿De qué suerte í

que gasto de lo que gusto

toda esta merced elquacio

se er

en secreto y en tanto dice el imda

Clinarda.

Solo está solo le veo

dichoso y felice empleo

será si a hablar me lleganar

Con viento en popa naved,

por el mar de mi deseo

la nave de mi ventud

pues para hablar a mi di

dio tan félix coyuntura

qué ocasión tan venturoso

qué gallarda compostura

Plamarélo. Eella

Rolando.

a hablarla no me atrevd

que es muy público el lugar

y como en amor soy nues

no me determino a hablar

no quería que de un sal

cuando más mi amor esma

precipitado me anegue

dentro del mar, dome que

por querer volar tan al

Pag. 20

Rolando.

Afuera temor, que es tarde,

que el amor dice que llegue

a hacer de mi fe alarde,

y cuando en el mar me anegue

no dirán que fui cobarde.

Llega.

Rolando.

Tuviera a suma locura,

dama hermosa, si dejara

por temor y no llegara

a adorar esa hermosura;

que siendo cual sois tan bella,

y la ocasión en la mano,

no fuera razón perdella

por dar fe que vi una estrella

cifrada en un rostro humano;

de todos tan diferente

el cielo haceros quiso,

que como os tengo presente

me miro en vos como en fuente

y me hallo otro Narciso,

y como tal bien alcanza

mi alma, de gloria llena,

llega a vos con esperanza

que remediéis cierta pena

que le causó una mudanza.

Clinarda.

Hicisteis mal en llegar,

habiendo en este lugar,

señor, tanto cirujano

a quien no ha de remediar

mal causado de otra mano;

mas ya que favor me distes

cuando hermosa me dijistes,

tanto que desde este suelo

me subistes hasta el cielo,

y pues tanto os atrevistes,

esa vuestra enfermedad,

causada de voluntad,

haré en breve se repare,

si a lo que aquí os preguntare

me dijeredes verdad;

lo que de vos saber quiero

es quién sois, que esa persona

da muestras de caballero,

y si sois de Barcelona

natural o forastero,

qué es lo que hacéis en ella

y por quién esa querella

ante mi señor formáis,

que pues vos tanto la amáis

sin duda ninguna es bella.

Rolando.

Quién soy, por un Dios os juro,

y mi fe y palabra os doy,

sob pena de ser perjuro,

que no he sabido quién soy,

aunque saberlo procuro.

Forastero y caminante

llegué a posar esta tierra,

pretendiendo ir adelante,

y cautivome en la sierra

ver un divino semblante.

Hallé una dama ofendida;

yo por llevar triunfo y palma

de la ocasión ofrecida

le di libertad y vida,

y ella cautivome el alma.

Tan ingrata cuanto bella

era esta divina estrella,

tanto como vos hermosa,

y en cuanto habló engañosa,

pues dijo que no era ella.

Importó al fin ausentarme

por dar vida a otra dama,

que mi bien vino a estorbarme;

gustó en efeto dejarme,

quedé ardiendo en viva llama.

Víneme a aqueste lugar

por ver si podía gozar

otra vez de su hermosura,

y he tenido tal ventura

que hoy la merecí hablar.

Clinarda.

¿Os hablo y formáis querella

desa dama?

Rolando.

Sí.

Clinarda.

¿Por qué?

Rolando.

Porque siendo cual es bella

no corresponde a mi fe,

viendo que hablo con ella.

Clinarda.

¿Con ella habláis?

Rolando.

Señora.

Pag. 21

Rolando.

muy presto os vais alterando,

si dentro en mi alma mora,

no es cierto que está escusando

todo cuanto hablo agora.

Clinarda.

Es verdad, pero yo entiendo,

si es que tiene ese valor

que estáis aquí refiriendo,

que os paga amor con amor,

y muere si estáis muriendo.

Y si en el monte os dejó,

quizás fue porque llegó

hora que importó el venirse,

y no pudo despedirse

de vos cuando se partió.

Lo del engaño sería

burlando a lo que imagino

que os dijo, por vida mía.

Rolando.

Díjome que ella servía

a la duquesa de Urbino,

que por cierta devoción

quiso ir a Monserrate.

Ella os pagará el rescate

con justa satisfacción

del peligroso combate.

¿Qué paga me puede dar

con que yo quede pagado,

si se ha el nombre mudado

y gustó de me burlar?

Y al fin me dejó burlado.

Engañome su divino

rostro y su mucha belleza.

Clinarda.

Y tiene mucha nobleza.

Rolando.

Sí.

Clinarda.

¿Y quién es?

Rolando.

La de Urbino,

mirá si es poca su alteza.

Clinarda.

Muy alto, señor, picáis,

mas ¿cómo la conocistes?

Rolando.

Vídela cual vos me vistes,

y hablela cual me habláis.

Clinarda.

Y en efeto, ¿os descubristes?

Rolando.

No.

Clinarda.

¿Por qué?

Rolando.

Por su valor.

Clinarda.

Por su valor, mal hicistes,

no hay valor donde hay amor.

Y si a hablar no os atrevistes,

no alcanzaréis, de temor.

Este consejo tomar

os importa.

Rolando.

Sí haré.

Rolando.

Yo me quiero aventurar,

que aunque es muy profundo el mar

quizás no me anegaré.

Al mar de vuestra clemencia

no haciendo resistencia,

señora, he de aventurarme.

¿Qué mar puede anegarme

estando en vuestra presencia?

Vos sois el mar donde entra

la nave de mi esperanza,

a vela y remo navega,

que si a vuestro puerto llega

segura está de mudanza.

Piloto soy, y el que intenta

con mil máquinas que intenta

surgir en tan feliz puerto,

si quizás un desconcierto

no me levanta tormenta.

Otra de cierto pirata

a vuestra puerta navega,

mas es vano cuanto trata,

que la nave que agora llega

viene cargada de plata.

Clinarda.

Piloto sois muy experto

y bien habéis navegado,

y podéis estar muy cierto

que al mar que habéis arribado

os dará seguro puerto.

No recibáis, señor, pena

aunque hoy en vuestra tierra entráis,

aunque os parezca en la arena,

con tal que Ulises seáis

al canto de su sirena.

Que os he de ser fuerte muro,

señor, os prometo y juro,

y en las tormentas amparo.

Pero hablese más claro,

pues el lugar es seguro:

sabed que yo soy la dama,

y la que vuestra se llama.

Pag. 22

Clinarda.

desde la dichosa empresa,

y a quien vos llamáis duquesa,

y quien os adora y ama,

la que por vos solo muere,

la que más que el mundo os quiere

y de quien triunfar podréis

con que palabra me deis

que haréis lo que os dijere.

Rolando.

Soy, señora, vuestro esclavo;

desde aquí por buena estrena

al cuerpo echastes cadena

y en el alma ese y clavo.

Y vos salistes de pena,

yo soy quien en este suelo,

y quien hasta el alto cielo

más dicha y ventura alcanza,

pues he levantado el vuelo

con alas de esa esperanza.

Soy quien con pecho robusto

por solo hacer vuestro gusto

intentaré cualquier cosa,

fácil o dificultosa,

en caso justo o injusto.

Soy quien dentro en la región

de la oscura confusión

haré una mortal ruina

y robaré a Proserpina

aunque le pese a Plutón.

Mándame cosas horribles,

temerarias, imposibles,

pues que ya tan vuestro soy,

que mi fe y palabra os doy

que han de ser todas posibles.

Clinarda.

Más sospecha me habéis puesto

de que hay en vos gran valor

con lo que habéis prosupuesto;

que el que apriesa echa el resto

gran punto tiene, señor.

Y pues dais en encubrir

quién sois con tanta firmeza,

es lo que os quiero pedir

cosa con que descubrir

el oro de esa nobleza.

Ya sabéis lo que contiene

el cartel.

Rolando.

Bien se declara.

Clinarda.

Justas son las que allí tiene,

y que el duque de Ferrara

es quien solo las mantiene.

Rolando.

Así es verdad.

Clinarda.

Pues mi gusto

y no es pediros lo injusto,

es que salgáis en las fiestas;

que viéndoos las armas puestas,

probando el brazo robusto,

será fácil de entender

el valor que puede haber

encerrado en ese pecho;

que quien hizo el primer hecho

bien puede aqueste emprender.

Y si del mantenedor

lleváis la palma gloriosa,

mi palabra os doy, señor,

de daros mano de esposa

aunque aventure mi honor.

Bien sé que no se aventura,

antes podré estar sigura

de que si a un duque vencéis,

más que un duque merecéis

gozar de esta coyuntura.

Rolando.

Con uno y otro favor

hoy de suerte me encumbráis

que temo no descubráis

el oro de mi valor

causa que os arrepintáis;

que lo de dentro es muy pobre,

que cuando dicha me sobre

que hoy vencedor me veáis,

imagino que halláis

después oro sobre cobre.

Mas con todo estoy dispuesto

de hacer cuanto me mandáis,

principalmente en aquesto,

y pienso de echar el resto

pues tanto favor me dais.

Y no dudo de volver

ante este divino ser

esta vez con triunfo y palma.

Pag. 23

Rolando.

que quien os lleva en el alma

mil mundos podrá vencer.

Clinarda.

Pues ya que cual veis soy vuestra,

porque de mí se os acuerde,

llevad esta banda verde,

la cual os sirva de muestra

porque desto se os acuerde;

ya se alegra mi memoria

con la felice victoria

Rolando.

que la he de tener espero.

Vase.

Clinarda.

Adiós, bello aventurero.

Sale Federico.

Rolando.

Adiós, ángel de mi gloria.

¡Ah, grata y felix fortuna,

cómo en ocasiones tantas

a quien fue echado en la cuna

desde el suelo lo levantas

hasta el cuerno de la luna!

¡Oh mi Sevilla famosa,

venturosa patria cara,

leal, ilustre y generosa,

a todos madre amorosa,

que so tus manos se ampara!

¡Cuánto, ciudad, te debemos

estos que, en tu cuna echados,

por madre te conocemos,

pues de principios honrados

honrados fines tenemos!

Por el orbe se derrama,

cuna, tu nombre, pues llama

fortuna a lo que colijo

a tu venturoso hijo

para que estienda tu fama.

Federico.

¿Heme tardado?

Rolando.

Imagino

que os habéis dado gran priesa.

Federico.

¿Hablastes a la de Urbino?

Rolando.

No concedió la duquesa

que fuere de tal bien digno;

luego se entró. ¿Qué tenemos

de justas?

Federico.

Famoso alarde,

casi armarnos ya podemos.

Rolando.

¿Que en efeto justaremos?

Federico.

Sí, y la justa es esta tarde.

Rolando.

Pues por si el hado siniestro,

por no ser en justar diestro,

yo acaso fuere vencido,

no quiero ser conocido,

ni que soy amigo vuestro;

y así yo solo entraré

a justar, y probaré

a do mi ventura llega,

que si fortuna me niega

este bien, yo moriré;

y si salgo vencedor,

en virtud de un gran favor

vuestra será la victoria,

y del triunfo desta gloria

vos llevaréis lo mejor.

Federico.

Pues lacayo, armas, caballo,

yo le buscaré prestado,

y con valor esforzado

no quede hombre a caballo.

Rolando.

Ya muero por verme armado.

Federico.

Pues holgaréis ver la plaza

con tanta invención y traza,

y del uno y otro lado

muy gran lugar ocupado.

Rolando.

Siempre la gente embaraza

de la plaza lo mejor.

Federico.

A ventana o corredor,

gente noble es la que viene.

Rolando.

¿Es el duque el que mantiene?

Federico.

Él es el mantenedor.

Rolando.

¿Y a qué fin o qués su intento?

¿Quién le tiene el alma presa?

Federico.

Pedir quiere en casamiento

a Amarda, la duquesa.

Rolando.

¡A la duquesa! Reviento.

Pues alto, vamos, que quiero

que nos ensayemos.

Federico.

Vamos.

Vanse, y salen el conde y la duquesa, Elinarda y Florinda y criados, Gerundonio, que van a ver las fiestas.

Rolando.

Por verme en el puesto muero.

Duque, si nos encontramos,

que al suelo habéis de ir espero.

Pag. 24

Clinarda.

Parece que Febo quiere

pararse a mirar las fiestas.

Clinarda.

Son dignas, por cierto, aquestas

de que por verlas se espere

y tenga el dorado carro.

Clinarda.

Son los caballos veloces,

Conde.

bravos encuentros feroces,

el mantenedor bizarro,

de tanto buen justador.

Ha de sufrillos quien mantiene,

triunfar dellos le conviene.

Clinarda.

Yo espero de su valor

que ha de vencer Floriano,

dando dello testimonio.

Conde.

No es hora de ir, Gridonio.

Gridonio.

Señor, sí, aunque es temprano,

salió ya el mantenedor,

ya estará en la plaza puesto.

Conde.

Pues antes que llegue, presto

subamos al mirador,

que me nombró por juez

entre él y los aventureros.

Clinarda.

No faltarán caballeros

que pretendan llevar prez,

por dar contento a sus damas,

los que las tienen delante,

siendo verdadero amante,

si va ardiendo en vivas llamas.

Conde.

Vamos, señoras, que es hora

que vendrán los aventureros

para mostrar sus aceros.

Clinarda.

Vamos, mucho en buen hora.

Vanse, y queda solo Gridonio, en cuanto la Duquesa y la Condesa y el Conde suben a lo alto.

Gridonio.

Muy hermosa va Elinarda,

la Duquesa, sí va cierto,

y la heredera de Uberto,

no menos que ella gallarda.

No sé por qué Floriano,

siendo una y otra divina,

más a Elinarda se inclina,

gustos son de amor tirano.

Parecióle la Duquesa

a sus ojos más hermosa,

y ella es tan rigurosa,

que cuando lo ve le pesa,

y por eso a lo que entiendo,

su desdén lo ha de acabar.

Quiérome ir a ver justar,

que parece que oigo estruendo.

Suenen menestriles y trompetas y atabales, y va entrando un trompeta a caballo, y el mantenedor detrás a caballo a la brida, armado de punta en blanco con dos lacayos de librea que el uno le lleva la lanza, y el otro otras dos o tres, y él lleva sobre el yelmo un mundo de bulto con una letra que dice: «Soy señor de todo el mundo, si mi dama me da un sí, y aun es poco para mí». Llega adonde está el Conde y las damas y allí hace su acatamiento con la cabeza, y el lacayo que lleva la una lanza la dará al Conde por la punta, el cual la mirará, y desta misma manera irán entrando por la otra puerta los aventureros que vinieren.

Conde.

Bravo va el mantenedor,

mucha bizarría lleva,

hoy tiene de hacer prueba

de verdadero amador.

Clinarda.

Sí, y la divisa es nueva.

Conde.

¿Cómo la letra decía?

Clinarda.

No lo sé, por vida mía.

Conde.

¿Vistesla vosotros?

Criado.

Sí.

Conde.

Pues decidla luego aquí,

y la traza que traía.

Criado.

Soy señor de todo el mundo

Pag. 25

Criado.

si mi dama me da un sí

y aun es poco para mí

Conde.

por cierto que es sin segundo

nunca otra tal jamás

tornan a tañer y sale Rolando solo armado y a caballo y sobre él un unas alas atadas con la banda que le dio Elmarda y el lacayo con una y dásela al conde y mírala. Haciendo su acatamiento se entró como el primero

Conde.

veamos este quién es

Florinda.

debe de ser venturero

Clinarda.

y parece forastero

Conde.

muy bien le asienta el arnés

Clinarda.

debe de ser caballero

Conde.

no está mala la divisa

Florinda.

por mi fe, que es avisada

Clinarda.

alas lleva atadas

con una banda con que avisa

que todo lo tiene en nada

Conde.

cómo dice el escripto?

Criado.

las alas de mi esperanza

van asidas a esta banda

si salgo con lo que manda

tocan trompeta a justar

Conde.

ya la trompeta apercibe

que es hora de comenzar

sus, veamos justar

para ver quién muere o vive

quién es más firme en amar

suena la trompeta y hacen dentro ruido de justar y esto un rato y el Conde dice desde arriba muy alborotado

Conde.

prendeldo, o muera, no pueda

en lugar o parte alguna

escapar pues muerto queda

el duque, aunque la fortuna

lo ponga sobre su rueda

el atroz hecho convida

a ser cualquier homicida

del caballero encubierto

pues deja afrentado a Uberto

y al mantenedor sin vida

vanse y sale Rolando a pie, armado, alzada la visera y la espada desnuda en la mano

Rolando.

¡Ah canalla, gente infame!

para qué con tal estruendo

así me seguís, dejadme

venderme han caro siguiéndome

porque esa sangre derrame

¡Ay, Rolando desdichado!

cuán mal tus cosas ensayas

la fortuna y su cruel saña

pero no soy desdichado

pues he llegado a la playa

dejar importa esta tierra

donde mi muerte se trata

y a do mi vida se encierra

y en esta falua o fragata

irme a buscar donde hay guerra

¡Ah de la nave, ah, patrón!

Responden de dentro

Patrón.

quién llama allá

Rolando.

un pasajero

que procura embarcación

Patrón.

viene a muy buena ocasión

espere un poco

Rolando.

ya espero

puesta tengo mi esperanza

por ver qué ventura alcanza

en el cielo, que este mar

lo tengo de atravesar

viento en popa y mar bonanza

sale el patrón

Patrón.

en ocasión milagrosa

vuestra merced ha llegado

do la nave nada ociosa

quiero ya del mar salado

romper el agua espumosa

Rolando.

y adónde hace el viaje?

Patrón.

hasta Génova se allega

Rolando.

yo voy al propio paraje

donde la nave navega

Patrón.

yo llevo matalotaje

Rolando.

pues llévame allá con vos

que me importa el navegar

y salir deste lugar

Patrón.

concertémonos los dos

Pag. 26

Segundo.

no tenéis que concertar

yo os pagaré cual veréis

el un.

pues al momento podéis

en el batel os entrar

que es hora de navegar

Teodoro.

un amigo en mí tendréis

entranse y sale el conde alborotado con gente

Conde.

de dolor y rabia muero

de cólera me deshago

que entre tanto caballero

haciendo tan grande estrago

se fuese el aventurero

quien mi presencia intentase

de señalar su persona

y que al duque derribase

sin que hubiese en Barcelona

quien del vivir le privase

¿es posible que primero

que justarse el caballero

ni después pudisteis vello?

Criado.

no que era viento ligero

cuando fuimos a prendello

mostró valor más que humano

y venir de nobles godos

pues con su espada en la mano

rompió por medio de todos

abriendo un camino llano

apeose muy ligero

haciendo entre todos raya

el valiente caballero

y dicen tomó un lindero

que sale hacia la playa

esto señor es lo cierto

no se ha sabido otra cosa

Conde.

¡ah desdichado de Huberto!

sale estacio paje del conde

Estacio.

nueva traigo venturosa

el duque señor no es muerto

Conde.

¿quién lo ha visto?

Estacio.

está atormentado

del golpe que fue encontrado

estaba y fuera de sí

mas agora yo le vi

con buen semblante acostado

y hablar con buen aliento

Conde.

vamos hacia allá al momento

por ver si es verdad que vive

y aqueste anillo recibe

de albricias de tal contento

vanse y salen elinarda y florinda

Florinda.

nunca tuviera por cierto

si no lo llegara a ver

en el color cuasi muerto

que adoras aunque en mujer

jamás hubo amor cubierto

ocasión harto bastante

me da para sospechar

que el de Ferrara es tu amante

un contino suspirar

y tan pálido semblante

y la causa ha sido aquesta

que muy claro manifiesta

tanta tristeza y dolor

de ver que al mantenedor

le costó cara la fiesta

pues muy propio de la dama

cuando en un público alarde

sale el galán a quien ama

y ella en amorosa llama

de su amor se enciende y arde

esperar de su grandeza

premio y de su brazo fuerte

la deuda a su belleza

mas si se trueca la suerte

es todo luto y tristeza

y como fortuna avara

en sucederle tan mal

se le mostró al de Ferrara

es muy bastante señal

la que muestras en la cara

salud duquesa te sobra

desecha tanta zozobra

que a un dañoso mal convida

y pues él cobró la vida

tu salud y gloria cobra

Clinarda.

efectos con tal firmeza

que a tu sentido hacen pausa

Pag. 27

Clinarda.

no nacen de esa flaqueza,

de causa nacen que causa

doblada pena y tristeza,

otro mal, otro dolor,

otro disgusto mayor

me mueva a tanto pesar,

no amor, que yo no he de amar

a quien sin duda es tu amor;

celosa imaginación

que en ti engendró tal sospecha

me da bastante ocasión

para quedar satisfecha

que le tienes afición,

de más que a voces la fama

divulga, extiende y derrama,

y entre los suyos pregona,

que vino aquí a Barcelona

encendido de tu llama.

Causas bastantes son estas,

aunque para mí molestas,

para poder sospechar

que el Duque gustó ordenar

por tu ocasión estas fiestas.

Si le ofreciste en despojos

el alma cuando te vio,

había de causarte enojos

procurando poner yo

en quien tienes tú los ojos.

Clinarda.

De tu corazón desecha,

Florinda, aquesa sospecha,

que yo por otro mal lloro,

y de que al Duque no adoro

puedes estar satisfecha.

Florinda.

Yo al Duque, elinardo elija aquesto,

sé de Floriano de mano

que es tratar de amor molesto,

y viene el Duque Floriano

con tu padre a este puesto.

Clinarda.

Alégrate de mirallo,

qué gentil hombre que viene,

por cierto que el Duque tiene

muy gentil talle a caballo,

y más si acaso mantiene.

Salen el Conde y el Duque

con una banda en que trae el brazo.

Conde.

Ninguno puede, en efeto,

conocer quién era, duda,

para Duque en tanto aprieto,

por ser más en la caída

que el viento en el mar ayuda;

mostrósele de su parte

fortuna, que es quien reparte

sus bienes por varios modos,

rompiendo por entre todos

cual si fuera un nuevo Marte;

llegó a la playa, y aína

que una nave española

hizo de su esfuerzo prueba,

la cual el viento sur lleva

rompiendo una y otra ola;

pero, pues de la caída

no hay desgracia sucedida

sino el dolor de esa mano,

desechad, Duque Floriano,

la tristeza recibida.

Duque.

De cosas que ordena el cielo

nunca, señor, en mi vida

recibí algún desconsuelo,

que si ayer di gran caída,

mañana daré gran vuelo.

No puede ser la fortuna,

pues tiene por nombre inestable,

crecer y menguar cual luna,

siempre firme y favorable

y a todos los tiempos una;

solo en extremo gustara

que de aquí no se ausentara

quien tuvo tan feliz suerte,

porque con su brazo fuerte

otra vez me derribara.

Mas quédese aparte aquesto,

que está hablando en el puesto

la condesa, mi señora.

Conde.

Estará contenta agora

en veros también dispuesto,

es de amorosa pasión

Pag. 28

Duque.

la dulce conversación

a solas con tanto secreto

antes de un mal que en aprieto

tiene un noble corazón

que está señor la duquesa

que en verla cierto me pesa

muy triste y muy afligida

Conde.

esto me acaba la vida

qué pesadumbre es aquesa

qué ocasión hay al presente

que ese cristal trasparente

vuelva en pálido color

si tiene algún nuevo amor

Clinarda.

señor ninguno hay urgente

solo dentro el alma siento

un terrible descontento

que este disgusto me causa

y de este efecto la causa

que pueda ser no lo siento

Conde.

melancólico accidente

que suele dar de repente

sin ocasión procedido

sin duda duquesa ha sido

y para que no se aumente

me parece que hagamos

invención con que podamos

dar alivio a este pesar

y es que a la orilla del mar

todos a cazar salgamos

que ver el campo desierto

de verdes hierbas cubierto

y dos mil diversas flores

matizadas de colores

puestas con tanto concierto

y el mar que a veces furioso

y a veces con tal reposo

y mostrando una ancha plaza

al alto cielo amenaza

causa al alma eterno gozo

será bastante instrumento

para cualquier descontento

campo, hierbas, flores, mar

y también ver montear

suele dar gusto y contento

qué respondéis

Clinarda.

que es muy buena

la traza de aqueste día

vuestra señoría ordena

para causarme alegría

y dar alivio a mi pena

Conde.

pues para que un tiempo largo

no se gaste en dar más traza

al duque Floriano encargo

que tome luego a su cargo

el menester de la caza

Duque.

luego estará apercebido

lo que encargado me ha sido

porque esa estación hagamos

Conde.

alto pues señoras vamos

hasta que esté prevenido

vanse y salen un moro grave y con

Sasén y otros moros con ruido de cadena

Moro grave.

gracias a Mahoma demos

pues qué contentos pisamos

la playa de Argel

Gazen.

sí damos

pues por él la poseemos

Moro grave.

no salen, Sasén, afuera

esos esclavos

salen cautivos y entre ellos

Rolando muy triste y cabizbajo

Gazen.

ya vienen

extraña tristeza tienen

por verse desta manera

cautivos y en tierra extraña

Moro grave.

por qué, cristianos, no andáis

pues hoy a tierra llegáis

muy mejor que otra España

y si fortuna tirana

con vosotros se mostró

hoy suelo cautivar yo

y ser yo cautivo mañana

al fin ¿no quieres decir

si eres capitán cristiano?

Rolando.

que no lo soy es caso llano

para qué te he de mentir

un hombre soy que a la tierra

de Italia o Flandes pasaba

a vivir por ver si hallaba

quieta paz o mortal guerra

Pag. 29

Moro grave.

¿De dónde eres?

Rolando.

De Sevilla,

ciudad sin igual a ella.

Moro grave.

Es famosa.

Rolando.

Y extremo es bella.

Moro grave.

¿Hay la mejor en Castilla?

Rolando.

No la hay en el mundo todo

ni quien le iguale, señor.

Moro grave.

Debe de ser la mejor

que tiene vuestro rey godo.

Rolando.

No posee ningún monarca

tan fértil ni rica tierra;

dentro en Sevilla se encierra

todo cuanto el mundo abraza,

es cifra de las demás.

Moro grave.

Hasen, al punto partamos,

y de estos que cautivamos

solo aqueste ocuparás

en que limpie mis caballos

y a ratos vaya por leña,

que lo que su talle enseña

es de saber bien pensallo.

Los demás harás atar

en los bajeles ligeros

al remo.

Gazen.

Son marineros

y sabrán muy bien bogar.

Moro grave.

Ponlo, pues, luego por obra.

Gazen.

Caminen.

Moro grave.

Vamos.

Rolando.

¡Ay, mi duquesa! ¿Por vos

Rolando tal suerte cobra?

Jornada tercera

Pag. 30

Jornada tercera

Salen el duque y Gridonio solos

Duque.

Dios de amor, vendado, ciego,

¿cómo consumir no acaba

mi pecho un volcán de fuego,

si una flecha de tu aljaba

me da tan poco sosiego?

¿Cómo, ofreciendo en despojos

el alma por tu ocasión,

me causas tales enojos

y aciertas al corazón

teniendo ciegos los ojos?

¡Ay, Gridonio! Desespero

en ver que a Elinarda quiero

y que no escucha mi mal;

mortal, sin duda es mortal,

y al fin sin remedio muero.

Pensé alcanzar feliz suerte

en las justas, y que diera

ocasión mi brazo fuerte

para ablandar esta fiera

causadora de mi muerte;

y quiso el ingrato cielo

que, cual viste, me encontrase

quien mi levantado vuelo

para mayor desconsuelo

al suelo me derribase.

Trocó en infierno mi gloria

con la adquirida victoria

que en el encuentro alcancé,

y si algo estaba, borró

mi imagen de su memoria.

Vuelvo y revuelvo, y maquino,

trazo, invento, formo, adquiero

de abrir dichoso camino

por ver si acaso atino

de alcanzar por la que muero.

Ya de pedírsela a Uberto

en paso en mortal batalla,

ya de una noche roballa,

y veo que es desconcierto,

y mayor no procuralla.

Tú, como aquel que solías

darme consejo algún día

para aliviar esta pena,

alguna invención ordena

que resulte en alegría.

Gridonio.

¿Qué invención dentro en mi pecho,

señor, que no sea ya hecho,

puede haber, qué traza o modo?

Pues lo has intentado todo,

y ninguna es de provecho.

Pag. 31

Gridonio.

No hallo camino abierto

que mi pensamiento elija,

si no es pedírsela a Oberto;

mas en negocio muy cierto

que quiere darte a su hija.

Pues róbala a tu sosiego,

no cumple si no estás ciego;

desecha tan grave pena,

no sea esta mujer Elena

y abrase a Ferrare el fuego.

Ella está fuerte, señor,

en no rendirse a tu amor,

no habrá cosa que la rinda;

pon tu afición en Florinda,

pues en belleza y valor

la iguala, y si no, procura

ocasión y coyuntura,

o alguna invención intenta

con que, sin pasar tormenta,

goces de su hermosura.

Que esta es buena, imagino,

que ha de ser causa eficaz

de abrir seguro camino

para gozar la de Urbino,

a solas y en quieta paz.

Invención grata y tan buena

no es el Duque quien la ordena,

Amor solo es quien la traza.

Gridonio.

Dilo, pues.

Duque.

Hoy en la casa

se ha de remediar mi pena.

Gridonio.

Dime, señor, de qué suerte.

Duque.

De aquesta. Escúchame, advierte.

Luego has de buscar cuatro hombres

de los que en talle y en nombres

son verdugos de la muerte;

y en un lugar intricado

del camino, algo apartado

por do habemos de pasar,

cuasi a la orilla del mar,

cada uno esté ocultado.

Avisarásles que cuando

las fieras vamos cazando,

el conde y toda la gente...

Ellos lleguen de repente

de donde estén aguardando,

que yo tengo de fingir

que, con presteza infinita,

una fiera veo salir,

la cual tengo de seguir

con mucho alarido y grita.

Viendo mi veloz carrera

toda la gente ligera,

mis pisadas seguirán

y a Clinarda dejarán

por dar alcance a la fiera.

Quedará con la condesa,

hablando muy sosegada,

esta mi ingrata duquesa;

y allí tiene de ser presa

y de los cuatro llevada,

y de allí la llevarán

a las orillas del mar,

donde la podrán atar

y atada la dejarán,

diciendo la han de matar.

Dejarán la dama bella

formando triste querella

por tanta desgracia al cielo,

y en aqueste desconsuelo

llegaré yo a socorrella.

Quitaré los duros lazos

de sus cristalinos brazos

con muestras de un tierno amor,

y al fin pagará el favor

con regalados abrazos;

y no ha de ser tan cruel,

tan dura y desconocida,

viendo que le di la vida,

que a mi pecho leal y fiel

no se muestre agradecida.

Y cuando mi gusto tuerza,

pues es Amor quien me esfuerza,

y hacerlo no importa nada,

cuando no quiera, rogada,

vendré a gozarla por fuerza.

Duque.

¿Qué dices desto?

Gridonio.

Que es digno...

Pag. 32

Gridonio.

ingenio tan peregrino

de alcanzar palma de amor.

Ya te contemplo, señor,

triunfando de la de Urbino.

Duque.

Pues porque se haga luego,

vamos, Gridonio, y ruégole yo

al cielo, que es quien lo crió,

quite al alma aquesta furia,

aplacando el mortal fuego.

Vanse

Sale Rolando en traje de cautivo con una haz de leña a cuestas

Rolando.

Fortuna ingrata y fiera,

¿qué te pudo mover a tal venganza?

Pues que la primavera

de mi florida y fértil esperanza

marchitaste de suerte

que todo es pena, cautiverio y muerte.

¿Para qué levantaste

mi humilde pensamiento con tal vuelo

que cuasi lo encumbraste

sobre las luces del octavo cielo,

si de tan dulce gloria

había de resultar tan triste historia?

¿Qué pudo, di, moverte

a ponerme en el punto que me veo

desta infelice suerte,

do hizo fin la gloria del deseo,

viéndome así cautivo,

muerto al placer y para el pesar vivo?

¡Ah, mi duquesa bella,

por tu ocasión padezco aquesto agravio!

Mas, ¡oh, divina estrella!,

¿cómo puede mover contra ti el labio?

Si el instrumento fuiste,

padezca alegre el cautiverio triste.

Padezca aquesta pena,

lleve de leña la pesada carga,

y a voluntad ajena

esté sujeta aquesta vida amarga,

que siendo por tu causa

pondré contento a mi sentido pausa.

Para vivir ufano...

pero, ¡válgame Dios!, ¿qué será aquesto?

Tres moros mano a mano,

a pie en el monte y por aqueste puesto.

Quiero esconderme en tanto

que pasan por volver al triste llanto.

Escóndese, y sale un príncipe moro, y con él Muley y Zaide, moros graciosos

Pag. 33

Príncipe.

contento en ver la hermosura

de arboleda que se encierra

en toda aquesta espesura,

de cuya encumbrada altura

puede darse al cielo guerra;

y contento en ver la traza

con que la yedra se enlaza

al álamo plateado,

cuyo pimpollo extremado

al alto Olimpo amenaza.

Muley.

Contento es ver una fiera

que entre acicalados hierros

abre segura carrera

y a unos veloces perros

muestra la planta ligera.

Sácale Zayde la espada al príncipe y con ella en la mano y Muley con la suya se las ponen al príncipe al pecho

Zaide.

Y mayor es ver, tirano,

bárbaro, fiero enemigo,

robador de honra, inhumano,

que te ha de dar cruel castigo

el valor de aquesta mano,

si no me dices muy cierto

en qué lugar encubierto,

traidor, nuestra hermana escondes,

y si verdad no respondes

considérate por muerto.

Rolando.

¿Hay más rigurosa suerte?

¿Hay trance más duro y fuerte?

Al fin, bárbaros sin ley...

Príncipe.

¿A un hijo de vuestro rey

así le queréis dar muerte?

¿Es de aquí la alegre caza?

El rigor de esa amenaza...

¿A qué me trujistes fieros?

Siendo nobles caballeros

usáis de traidora traza.

¿Qué hermana pedís? ¿Qué es esto?

Yo a vuestra hermana... Zayde, responde,

dinos dónde está, sea presto.

Rolando.

Cómo mi valor se esconde

que tal sufra viendo aquesto.

Ver tal traición me convida

a ofrecer por él la vida,

vive Dios, que he de librallo.

Príncipe.

Aguárdate, buen vasallo,

que no debe ser perdida.

Llega Rolando a Zayde y quítale la espada que trae y con ella en la mano se pone al lado del príncipe contra los dos moros

Muley.

Ya la paciencia se gasta.

Verte en tal punto no basta

para decir lo que encubres,

bien moro traidor descubres

Rolando.

ser de humilde y baja casta.

Infames dos, ¿y en la sierra

a un hombre sin armas, solo,

pretendéis dar mortal guerra?

Pechos do cabe tal dolo

rieguen con sangre la tierra.

Acuchíllalos

Zaide.

¿Que un vil cautivo se atreva

a defender a un traidor

que mi honor robado lleva?

Rolando.

Quiero que de mi valor

llevéis al infierno nueva.

Muley.

Debe de ser el demonio

este que aquí apareció.

Zaide.

Eso mismo digo yo.

Muley.

Bien da dello testimonio,

o ¡pesia a quien me parió!

Rolando.

No huyáis, moros cobardes,

ni tan pequeños alardes

os muevan a tal huida.

Zaide.

Si escapar quieres con vida,

hermano Muley, no aguardes.

Huyen y quiere Rolando seguirlos y lo detiene el príncipe

Rolando.

¿No aguardáis, canalla fiera?

Porque con presteza tanta

movéis la planta ligera...

Príncipe.

Cautivo, o vigor que espanta,

venido de la alta esfera,

de Alá mensajero cierto,

pues en tanto desconcierto

Pag. 34

Príncipe.

cuando afligido me viste,

a darme ayuda veniste,

solo en aqueste desierto,

verdadero y fiel testigo

de aquesta afligida historia;

ten, no los sigas, amigo,

que adquirida es la victoria

cuando huye el enemigo.

Rolando.

Bien, pero fuera muy justo

tomara el brazo robusto

de la alevosa traición

debida satisfacción,

mas hágase vuestro gusto.

Recibí la aleve espada,

y Dios, que en el firmamento

tiene celestial morada,

sabe bien si fue mi intento

darla con sangre manchada;

mas si acaso no es molesto,

pues veis quel desierto puesto

ofrece quieto sosiego,

señor, os suplico y ruego

me contéis la ocasión desto.

Príncipe.

No quiero mostrarme esquivo,

pues que hoy por ti estoy vivo;

la causa desto diré

y verdad te contaré,

escúchame, buen cautivo.

Sabrás que el bravo Selín,

luz de la nación turquesca,

a mi legítimo padre

hizo rey de aquesta tierra,

en cuyo africano suelo

nació una mora más bella

que la que el valiente teucro

llevó robada de Grecia,

más que la que fue ocasión

que pasase a Ytalia Eneas,

y que la que por Sicarza

feneció en ardiente hoguera,

más que la que dio a Vulcano

de Marte justa sospecha,

para que ante falsos dioses

diese adúltera querella,

más que la que hizo a Or[feo]

ir a ver negras tiniebla[s],

la cual trujera sin dud[a]

si a mirarla no volviera,

más que la que al dios d[e amor]

hirió con sus proprias flec[has],

pues su pecho diamantino

lo convirtió en blanda ce[ra].

Al fin concluyo diciendo

con que es la misma bell[eza],

y no te admires, cautivo,

que no es mujer sino est[rella].

A esta quiso mi fortuna,

ojalá nunca quisiera,

pues vi de la acerba pa[rca]

afilada la tijera,

que en tanto estremo la am[aba]

que por solo obedecella,

del hondo abismo del ma[r]

sacara las blancas perl[as]

y atravesara en un pun[to]

desde la ocidental sierra

hasta adonde sus caballo[s]

Febo blancas clines pein[a],

trujera de Arabia el or[o]

corriendo en sus proprias v[enas],

junto con la ave gallard[a]

que por renacer se quem[a].

Al fin que intentara y[o]

cualquier defícil empresa,

y sin duda la alcanzara,

que el amor todo lo allan[a].

Esta, cautivo, es hermana

de los que en esta malez[a]

a traición me dieran mue[rte]

si tú no me socorrieras;

a aquesta Venus, digo, nin[fa],

por quien tengo el alma p[resa],

ha dejado de dar luz

con su divina lumbreza,

podrá haber como seis noch[es]

para mí seis mil de pena.

Pag. 35

Príncipe.

pues se juntan en mi pecho

para darme mortal guerra

amor, celos, muerte, rabia

y en efeto mal de ausencia

y imaginando que soy

yo la causa de su perdida

y que por gozar su amor

he procurado escondella

ordenaron sus hermanos

para matarme esta fiesta

saliéndonos a cazar

y al entrar de aquesta selva

dejamos gente y monteros

caballos y aves de presa

y entrámosnos por el monte

viendo esta verde arboleda

llegamos a aqueste puesto

do formando grandes quejas

estaban por darme muerte

cuando aquesa mano diestra

llegó a darme libertad

de que aurá memoria eterna

Rolando.

confuso he quedado cierto

viendo, gallardo africano,

tan estraño desconcierto

causado de amor tirano

por un caso así encubierto

ni le pueden dar los cielos

al qu'en amoroso inflama

más terribles desconsuelos

como es querer una dama

y sentir ausencia y celos

es rigurosa sentencia

amar y tener paciencia

de no ver a quien adora

siente el alma pena y llora

una rigurosa ausencia

Príncipe.

tu bien proceder declara

y manifiesta a la clara

un camino abierto y llano

que eres valiente cristiano

de sangre ilustre y preclara

y qu'en tu española tierra

no hay duda sino qu'encierra

alguna hermosa dama

por cuya amorosa llama

tu alma siente mortal guerra

cuéntamelo de so amigo

que a Alá santo y soberano

hago dello buen testigo

si aunque en ley enemigo

no te he de ser más que hermano

Rolando.

son tus demandas tan justas

que aunque fueran injustas

por renovar la memoria

contaré mi triste historia

oye, escúchame, pues gustas

yo nací dentro en Sevilla

ciudad que no tiene par

y no la quiero alabar

solo sé que allá en Castilla

no hay con quien la comparar

de allí vine a Barcelona

adonde me enamoré

de una diosa que hallé

qu'es digna de una corona

y alma y vida le entregué

ordenárome unas justas

donde salí vencedor

pues vencí al mantenedor

y fueron causa, aunque injusta,

a ausentarme de mi amor

la cual ya se me mostraba

animosa en me mandar

y convínome embarcar

en una nave que estaba

presta para navegar

y viniendo navegando

un cosario desta tierra

a uso de buena guerra

me cautivó, y así ando

por leña por esta sierra

y no siento la prisión

tanto como es la ausencia

de mi dama y su presencia

y aflígese el corazón

Pag. 36

Rolando.

sin ninguna resistencia.

Rolando.

Esta es mi pena, señor,

y pues sabes qué es amor,

duélete de este cautivo,

que es milagro que esté vivo

con tan terrible dolor.

Príncipe.

Ha causado en mi memoria,

cristiano, tal descontento,

a que por tu triste historia

que dentro del alma siento,

ningún género de gloria

desecha cualquiera pena,

que aunque te imaginas solo,

cautivo y en tierra ajena,

antes que hoy encubra Apolo

su cara de luces llena,

te doy mi palabra y mano,

por el cielo soberano,

que has de partir a la tierra

donde tu dama se encierra,

valeroso sevillano;

que si teniendo perdida

mi vida en aquesta parte,

fui por ti restituida,

con qué podré yo pagarte

si no con darte tu vida.

Vamos donde una galera,

la más veloz y ligera,

se apreste en que tu persona

pisará de Barcelona

la verde y fresca ribera;

llevarás de mi tesoro

de lo que la Arabia cría,

y en mi palabra confía,

que te doy de hidalgo moro,

que por tu gran cortesía

habemos de ser de suerte

amigos, que solo pueda

estorbarlo la cruel muerte.

Rolando.

Vida el cielo me conceda

para que yo vuelva a verte.

Vanse y suena dentro ruido de caza, llamando perros y pájaros por sus nombres, y salen el Conde y la Duquesa, la Condesa, todos de camino, y Gridonio y otros criados como cazadores.

Conde.

Llama los pelosos perros,

que la fiera se escapó

de entre los agudos sierros,

y entre aquellos altos cerros

por el bosque se escondió, y

estraño disgusto siento

que un adquirido contento

de las manos se nos fuese,

sin que ninguno pudiese

tener su furor violento.

Habla el Duque de dentro.

Florinda.

Dese disgusto me pesa,

y pues que se fue la presa,

qué se ha de hacer, señor.

Duque.

Por esta parte hay rumor,

monteros, a priesa, a pries[a].

Conde.

La fiera es sin duda, va[mos],

sigamos al Duque presto.

Vanse todos en seguimiento de la c[aza], y quedan solas Clinarda y Florind[a].

Duque.

Por aquí, entre estos ram[os].

Florinda.

Pues las dos solas quedamo[s],

Duquesa, en aqueste puesto

gastemos con alegría

lo que nos resta del día

en aqueste alegre selva,

hasta que mi padre vuelva.

Clinarda.

Tu voluntad es la mía.

Florinda.

En qué es bien que lo gas[temos]?

Salen los cuatro hombres que el Duqu[e] vio, y llevan a la Duquesa Clinar[da].

Clinarda.

En qué, en materia de amor

me parece que tratemos.

Primero.

La de este lado es, lleguemos.

Clinarda.

A dó me lleváis, traidores.

Florinda.

Dónde lleváis la Duquesa.

Ladrones, deja la presa.

Socorro, piadoso cielo.

Puede haber más desconsuel[o],

muy gran villanía es esa.

Pag. 37

Florinda.

Déme el cielo su favor

para sufrir tal rigor;

quiero llamar a gran priesa,

que roben a la duquesa.

¡Socorro, padre y señor!

Rosminda llamando, y como que hay tormenta, suena ruido de gente que dice «amaina», y disparan un tiro y sobre un palo en una gavia que aparece por lo alto del vestuario como nao o galera que se fuese anegando, y sale Rolando en camisa, y hiciese como que sale a nadar con un pedazo de remo.

Rolando.

¡Válgame Dios!, ¿dónde estoy?

¿Es este cielo o es tierra?

¿Soy yo Rolando o quién soy?

¿Es aquesta playa o sierra

por do caminando voy?

Playa es aquesta que piso;

gracias doy al Hacedor,

pues del mar y su furor

agora librarme quiso.

Tú sabes por qué, Señor,

nadando con este remo,

que de bajel me ha servido,

a esta playa he venido,

y otro algún peligro temo,

porque no soy conocido.

Tampoco sé aquesta tierra,

por no haber estado en ella;

mas a mi duquesa bella,

que su amor me hace guerra,

porque temo de perdella.

Mas, ¿qué gente es la que suena?

Della me podré informar

qué sitio es este y lugar.

Quizás mi ventura buena

me ha querido aquí arronjar.

Salen los cuatro hombres con la duquesa atadas las manos atrás.

Clinarda.

¡Qué presunción vana y loca

a hacerme aqueste agravio,

traidores, así os provoca!

Primero.

Cierre al momento la boca

y no mueva más el labio,

si no me hace que intente

darle la muerte, o callar.

Segundo.

Espera un poco, detente,

que allí a orilla del mar

parece que veo gente.

Tercero.

Pues, ¿qué os parece de aquesto?

Cuarto.

Que a un árbol de aqueste puesto,

el más cercano a la playa,

porque acaso no se vaya,

la liguemos, y sea presto.

Tercero.

Ese parecer concuerda

con el mío.

Cuarto.

Pues la cuerda

es muy mala, llegue, dama,

que para quebrar la rama,

¡por Dios!, que es muy flaca y lerda.

Riñe con ellos con el remo.

Rolando.

¿Qué es esto? ¿Dios es visión

o fantasma la que veo,

o me engaña el corazón?

Yo lo veo y no lo creo.

¡Oh, qué grave confusión!

Cuatro hombres y una mujer

atada, y en este puesto.

¡Válgame Dios! ¿Qué es aquesto?

Quiero mostrar mi poder

y acabar de echar el resto.

Con este remo haré

lo que hiciera con la espada.

Decid, gente afeminada,

sin ley, sin honra y sin fe:

¿por qué la lleváis atada?

Soltalda, perros villanos,

si es que pretendéis vivir.

Primero.

¡Camaradas, a huir!

¡Escapemos de sus manos!

Rolando.

¿Cómo huir? No hay por do ir,

que hoy he de dar testimonio

de mi persona y quién soy.

Cae.

Segundo.

¡Compañeros, muerto estoy!

Rolando.

¡Allá iréis con el demonio!

Muy buen lance he echado hoy.

Clinarda.

Ojos que miráis, ¿es sueño?

Pag. 38

Clinarda.

¿no es Rolando mi señor?

vuelve, deja ese furor,

vuelve, pues eres mi dueño.

llégate acá, por mi amor.

Rolando.

Daré fin a aquesta empresa.

Clinarda.

Llega, valeroso Marte,

darás vida a tu duquesa.

Desátala y arroja el cordel

Rolando.

¿Cómo, mi duquesa y presa

sola atada y en tal parte?

Sol divino, bello, hermoso,

¿quién fue el traidor alevoso

que a tal maldad se atrevió?

Quien, mi duquesa, os ató

tendrá el vivir muy dudoso.

Y a los que a esa beldad

se atrevieron, mi duquesa,

y usaron de tal crueldad

en pago de tal empresa,

los castigó su maldad.

Haré quinientos pedazos

estos atrevidos lazos

que os ligan, divina estrella.

Libre estáis, duquesa bella,

merezca vuestros abrazos.

Clinarda.

Ellos y el alma rendida

a aquesos vuestros ofrece,

con la voluntad debida,

pues ya dos veces merezco

gozar por vos gloria y vida.

Rolando.

Bien ve la dichosa suerte

que este lazo de amor fuerte

con voluntad enlazamos,

pues siempre juntos hallamos

pena, gloria, vida y muerte.

Clinarda.

¡Qué goce yo de tal gloria!

Rolando.

¡Qué yo en tal gloria me vea!

Clinarda.

¡Ay, tan regalada historia!

Rolando.

¡Ay, tan alegre memoria

a quien de amar se emplea!

Clinarda.

Dime, Rolando y señor,

qué ventura te ha traído

a lugar que ha permitido

que muestres tu gran valor

en todo lo sucedido.

Rolando.

Sabrás, pues, duquesa bella,

que como tú eres mi estrella

me guiaste a aqueste puerto,

y aunque llegue cuasi muerto,

he vengado tu querella.

Estame atenta y oirás,

si me prestas grato oído,

lo que me ha sucedido,

y luego me contarás

qué causa aquí te ha traído.

Después que al duque vencí

y de la ciudad salí,

los moros me cautivaron

y preso a Argel me llevaron,

donde de esclavo serví.

Y quiso mi buena suerte

que queriéndole dar muerte

a un príncipe dos villanos,

lo libré con estas manos,

causa del venir a verte.

Quien pago de este servicio

la libertad me ofreció

y una galera me dio,

quedándome muy propicio,

y gran tesoro me dio.

Y viniendo navegando,

viento en popa y mar bonanza,

se me eclipsó mi esperanza,

en un momento mudando

de los vientos la templanza;

y en furia se convirtieron,

y en el batel combatieron

de manera que lo echaron

a lo fondo y lo anegaron,

y allí todos se perdieron,

gente, tesoro y galera,

sin otra mucha riqueza,

y salí de esta manera

a do hallé tu grandeza

atada en esta ribera.

Cuéntame el suceso triste

Pag. 39

Rolando.

como a este lugar veniste,

mi bien, fue amorosa llama.

El conde dentro, que la viene buscando

Clinarda.

¡Oh, desventurada dama,

nueva pena el alma viste!

Rolando.

¿Qué voz puede ser aquesta?

¡Demonios, priesa, lleguemos!

Esta es la gente molesta.

Rolando.

Lleguemos, mala respuesta.

Duquesa, no desmayemos,

que por el cielo sagrado,

si llegan, que el brazo airado

con este bastón sin hojas

que tiene de volver rojas

las aguas del mar salado.

Clinarda.

No tenemos que temer,

que en la voz he conocido

al conde que anda perdido,

y sin duda debe ser

que alguna fiera ha corrido,

que él y el duque andan cazando,

y yo quedé en este llano

con Florinda mano a mano.

Conde.

¡Vamos la todos buscando,

y muera luego el villano!

Clinarda.

Yo no sé qué me acobarda.

Salen el conde y condesa y criados

Conde.

Mueve más la planta, aguarda.

A la vista Florinda llega,

si no es que la luz te ciega

de los rayos de Climarda.

Conde.

Antes su luz me convida

a que la abrace y no sienta

la desgracia sucedida,

pues tras de tanta tormenta

la hallo libre y con vida.

El cielo me fue propicio,

haciendo de padre oficio,

de contento he de abrazaros.

Abrázala

Conde.

La causa quiero escucharos,

si de ella tenéis noticia.

El indicio que he tenido,

porque en saberlo te asombres...

Clinarda.

Conde señor, sola ha sido

arrebatarme cuatro hombres

como la condesa vido,

y llegando a este lugar,

quizás para darme muerte,

hicieron gente junto al mar

y quisieron me dejar

atada en un árbol fuerte.

Tuve el corazón turbado,

el alma muy afligida,

el cuerpo debilitado.

Diome al fin este hombre vida

que del mar escapó a nado.

Con ese palo en la mano,

como Hércules tebano,

con los cuatro arremetió,

y a todos cuatro mató,

y él se quedó libre y sano.

Solo aqueste es el indicio

que tengo, y pues tan propicio

este hombre se mostró,

señor, os suplico yo

se quede en vuestro servicio;

que hombre tan valeroso

y que así se ha señalado

debe de ser hombre honrado,

y él se tendrá por dichoso

que lo aceptéis por criado.

Conde.

Es lo que pedís tan justo,

Climarda, que solo puede

el mío hacer vuestro gusto,

y así respondo, ¡qué gusto!,

que en mi servicio se quede.

Rolando.

Mil veces a Vueseñoría

por tanta merced le beso

las manos.

Conde.

Por vida mía

que huelgo de este suceso

porque tengáis alegría.

¿Cómo os llamáis?

Rolando.

Diré el nombre,

no importa, señor: Rolando.

Conde.

Nombre tenéis de bravo hombre.

Rolando.

No lo soy, mas peleando

gané algún tiempo renombre.

Pag. 40

Conde.

¿Sois español de nación?

Rolando.

Mis padres no sé si son

españoles, yo a lo menos

lo soy, y de los más buenos.

Conde.

Bravo sois de corazón.

Rolando.

No he sabido quién soy cierto,

que antes que naciera muerto

me dicen que era mi padre

y así lo creo, mi madre

lo que vivía encubierto

solo sé que quiso el cielo

que naciendo me criase

el fértil andaluz suelo,

y que de él solo heredase

de honor el debido celo.

Conde.

Para entender que se engasta

el valor que dicho habéis

en vos, esa razón basta;

y como así estáis, queréis

encubrir la fidalga casta.

Mas agora quédese esto

aparte, que no es el puesto

para tratar dello. Vamos.

Clinarda.

Señor, no nos detengamos

deste lugar, vamos presto.

Van entrando y queda Rolando atrás

Rolando.

¿Puede haber más feliz suerte?

Que cuando tenía perdida

mi vida en un trance fuerte,

renacer de aquesta muerte

a nueva gloria y nueva vida.

Ya en servirle me acomodo,

y pues gasta el cielo todo

a mi amor abrir camino,

para gozar la de Urbino

yo buscaré traza y modo.

Vase

Sale el duque solo de caza que anda buscando a la duquesa pensando hallarla atada

Duque.

Este es el sitio y lugar

donde sin duda ninguna

atada la he de hallar.

Halla el cordel, y como no la halla dice

Duque.

Mas como inestable fortuna

no me acabas de acabar,

que cuando tenía la empresa

en aquesta selva espesa

adquirida por mi suerte,

hallo con qué darme muerte

y no hallo a la duquesa.

Pues si ya fortuna avara

en que muera se declara,

y lo premite mi hado,

muera de un árbol colgado

luego el duque de Ferrara,

acabe mi triste vida

este lazo, o que enlazo

a aquella ingrata homicida,

muera en este lugar yo

que a un funesto mal corrió.

Échase el cordel al cuello y átalo

Duque.

Lazo duro, de tal suerte

os ligaré al tronco fuerte,

que pues en vos no hallé

mi vida, el cielo me dé

colgado en vos cruda muerte.

Queriéndose ahorcar sale Gridonio

Gridonio.

Sin duda la habrá gozado

y satisfecho a su amor,

que vino determinado...

Pero, ¿qué miro? ¡Ah, señor!

¿Quién del seso te ha privado?

Un hombre discreto y sabio

por ilusión del demonio

quiere hacerse tal agravio.

Duque.

Déjame, suelta, Gridonio,

calla, no muevas el labio.

Gridonio.

¿Cómo no, por un Dios santo,

y por quien la tierra y mar

cubre con el azul manto,

que tal fin no te has de dar?

Oye, que de ti me espanto.

Si a quedarte en esta rama,

señor, te incita y te inflama

amor que contigo lucha,

quítate este lazo, escucha,

que hoy gozarás a tu dama.

Pag. 41

Duque.

A la duquesa.

Gridonio.

Y muy cierto

es lo que, señor, te advierto.

Quita el cordel.

Duque.

¡Oh, reparo de mi vida,

pues, estando ya perdida,

la vienes a dar a un muerto!

Gridonio.

Si tanto valor se encierra

en tu pecho, si tu tierra

puede asolar la del conde,

pídesela, y si responde

a tu disgusto, la guerra

se publique a sangre y fuego

contra Barcelona; y luego,

en fin, en campal batalla

podrás entrar y roballa

sin valerte de su ruego.

Duque.

A Gridonio, fiel espejo

en que me miro, el consejo

por todo extremo me aplace;

vamos, que si no lo hace,

guerra al punto le aparejo.

Vanse y sale Clinarda sola.

Clinarda.

Es tanta la ardiente llama

de aqueste vendado ciego

que en mi pecho se derrama,

y tanto lo que me inflama

que un momento no sosiego.

Adoro en extremo, quiero

a Rolando, que me muero

en no viéndolo delante.

Condición de pecho amante,

herido del dios flechero,

siente el alma con su ausencia

un dolor que no hay paciencia

para sufrirlo de suerte

que al de la pesada muerte

no le hace diferencia.

Prometile de aguardar

en este sitio y lugar,

y es ya mucho lo que tarda.

La que bien quiere y aguarda

desespera en esperar.

Sale Rolando muy galán vestido.

Rolando.

Mucho he tardado al concierto

de mi amorosa promesa,

por causa del conde Uberto;

mas ya veo el cielo abierto,

¡oh, mi bien!, ¡oh, mi duquesa!

Clinarda.

¡Oh, mi querido Rolando!

Ya estaba con la tardanza

llamas del pecho brotando.

Rolando.

No imagines ser mudanza

que de nuevo os voy amando,

de nuevo el fuego de amor,

cuando aqueste cielo miro,

en mí ejecuta el rigor.

Clinarda.

Y yo de nuevo, señor,

ausente os lloro y suspiro,

por ser, señor de mi alma,

tanto que gozáis la palma

de las victorias de amor.

Rolando.

La mía con tal favor

tenéis, mi duquesa, en calma,

y si el inquieto sosiego

causado del niño ciego

queréis que a la cara salga,

lo que con boca hidalga

prometistes, cumplid luego.

Bien os acordáis, duquesa,

que cuando intenté la empresa

de vencer a Floriano,

de ser mi esposa la mano

me distes. Esta promesa

es, señora, la que pido

me cumpláis; y si es que ha sido

atrevimiento el hablallo,

perdonadme, que intentallo

de un amor firme ha nacido.

Clinarda.

No era menester pedir

perdón, que quien a morir

por mí mil veces se ha puesto,

merecido tiene aquesto

y quien manda ha de cumplir.

La palabra prometida

es justa razón que aquí

os sea, Rolando, cumplida.

Pag. 42

Clinarda.

y asi torno a dar el si

aun que auenture la vida

la mano os doy al ynstante

de cumplirla. y pues que soy

en quereros firme amante

por prenda mi bien os doy

vn precioso diamante

que es prenda de mas balia

esa quel alma tenia

y pues para esta ocasión

darla mayor. es Razon

Recibidla que a fee mia

por ser vuestra la estimaba

mas que a mi vida y estado

y porque el fin deseado

se acabe con que se acaba

tanto disgusto passado

es menester que busqueis

yndustria para que deis

fin a lo que aqui os consedo

quen Barcelona no puedo

cumplirlo que pretendeis

Rolando.

deja de suerte encunbrada

tan divino proceder

mi alma y tan obligada

que no se que Responder

y asi no Respondo nada

solo digo que offressida

estaba y de nuevo offresco

esta voluntad Rendida

pues por vos mi bien meresco

gozar cielo. gloria y vida

y porque mas breue acorte

platicas. Al punto ynuenta

mi pensamiento vn buen corte

que a todos señora ymporte

Estremado estame atenta

cualquier buen suceso abona

la trasa. lo que haremos

es yrnos de Barcelona

a tu estado do daremos

ante el prelado o persona

que por alli se hallare

fin a nuestro casamiento

y si contra aqueste yntento

alguno guerra yntentare

prouara el furor violento

de mi pecho a do se encierra

para dar al conde guerra

y a todo el mundo. valor

y tema cualquier señor

que le asolare su tierra

Clinarda.

el Remedio es estremado

del sin duda nacer tiene

fin dichoso y desseado

Rolando.

la condessa es la que viene

bete por aqueste Lado

que no nos halle aqui

que yo quedare trasando

como a de ser la partida

Clinarda.

a dios vida de mi vida

la hora quedo aguardando

Vase y Rolando se esconde y sale florinda

Rolando.

quierome apartar aqui

oyre lo que viene hablando

que a dias que ymaginando

anda y hablando entre si

y contino suspirando

Florinda.

de vn amoroso Rigor

forzada. buscando vengo

la causa deste dolor

y segun es el que tengo

mas que Rigor es amor

nunca los cielos me dieran

ocasión. ni permitieran

Rolando que te miraran

mis ojos y que cegaran

antes que en el mar te bieran

nunca escaparas a nado

antes en el anegado

quedara tu cuerpo en calma

pues por tu ocasión el alma

siente amor. pena y cuidado

y que hechizo fue que encanto

el que en los ojos tuuieste

que te adora mi alma tanto

Pag. 43

Florinda.

Tú alegre, yo por ti triste,

tú en gloria, yo en pena y llanto,

afligida, imaginando

cómo podré declararte

el mal que me va acabando.

Rolando.

Quiero por aquesta parte

hacer que estoy pasando,

y llegar más cerca della

para más bien entender

de quién forma su querella.

Florinda.

Contraria hallo mi estrella

en materia de querer.

Pero ¿quién con tanto estruendo

por la sala se pasea?

Cielo, ¿qué es lo que estoy viendo?

¿No es en quien mi amor se emplea,

y por quien vivo muriendo?

Él es, que el alma sentía

mientras dél estaba hablando

un género de alegría.

¿En qué se entiende, Rolando?

Rolando.

Estaba, señora mía,

renovando en mi memoria

una regalada historia

de mucho gusto y placer.

Florinda.

De amor sin duda ha de ser,

pues della nace tal gloria.

Rolando.

Nunca la amorosa llama

que en los pechos se derrama

me causó desasosiego,

que aunque esté muy cerca el fuego

jamás, señora, me inflama.

Fuera de que no es razón

que yo imagine que son

las mujeres cortesanas

en amor tan livianas

que en mí pongan su afición.

Florinda.

Antes, de muy confiado

de que sois galán discreto,

habláis con tan poco enfado.

Pues estoy en grande aprieto,

ya declaro mi cuidado.

Yo sé muy cierto de una

dama que desea hallar

ocasión tan oportuna

en que os pueda declarar

su afición.

Rolando.

Pues, ¿tiene alguna?

Florinda.

¿Cómo alguna? Y que la abrasa

tanto la amorosa brasa

que ya remedio apercibe.

Rolando.

¿Y adónde, señora, vive?

Florinda.

Por vos muere en esta casa.

Rolando.

¿En esta casa, señora?

Probarme queréis ansí.

Florinda.

Prometo os que en ella mora,

y aun está hablando agora

muy cerca de vos.

Rolando.

¡De mí!

Florinda.

Declarado le he mi amor,

plega a Dios me salga cierto.

Cielo, dadme tu favor.

Rolando.

Mudado se le ha el color,

ella se me ha descubierto.

¿Quién esta señora aquí

es, si no sois vos, que hablando

estáis y cerca de mí?

Florinda.

Yo soy, querido Rolando,

que muero y vivo por ti.

Por ti en mi pecho se encierra

de amor el fuego de suerte

que todo gusto destierra,

y hace al alma tal guerra

que temo no ver mi muerte.

Por ti aquesta fortaleza,

viendo tu talle y nobleza,

tu discreción y valor,

la tiene rendida Amor

y sujeta a tu belleza.

Por ti peno, por ti muero,

por ti suspiro, a ti adoro,

y más que a mi vida quiero,

por ti, mi Rolando, lloro,

por ti espero y desespero,

por ti, si no das un medio

bueno en aquesta pasión,

he de morir sin remedio.

Rolando.

Hállome, señora, en medio

Pag. 44

Rolando.

de una grande confusión.

La gloria en que me engrandeces,

la pena que significas,

tanta que por mí padeces,

muerte es que me pronosticas

en la vida que me ofreces.

Has puesto en confusa calma

mi alma, y cuasi rendida,

y en mérito de tal palma,

pero si te ofrezco el alma,

hame de costar la vida.

Demás desto no es razón

que mi gusto al tuyo rinda

por una vana afición,

que al fin eres Florinda,

y haré al conde traición.

Y será razón me acuerde

cuando en la ribera verde

tu padre me recibió,

y en eso honra me dio,

y en esto por mí la pierde.

Y no quiera el cielo santo,

ni el que escurece el suelo

cuando extiende un negro manto,

que por dar gusto a tu llanto

cause al conde desconsuelo.

Al de Ferrara se entregue

esa hermosura del cielo;

ciego amor nunca te ciegue,

no quieras que de gran vuelo

para que en el mar me anegue.

Florinda.

Villano, infame, traidor,

sin fe, sin ley, sin honor,

¿cómo a mí me reprehendes?

Ya imaginabas y entiendes

que yo te tenía amor.

Apenas quise hacer prueba

de tu valor, cuando luego

la ambición loca te lleva,

ya pensabas llevar nueva

de mi amor; estabas ciego.

Ya imaginabas de mí

que tenía puesta en ti

mi afición; camina, infame,

no hagas que se derrame...

Rolando.

Señora...

Florinda.

Vete de aquí,

que por la vida de Ubaldo,

mi padre, el conde, si acudo

a llamar...

Rolando.

Oye, escucha.

Florinda.

Ya es tu desvergüenza mucha.

Rolando.

Ya me voy, sin honra y mudo.

Florinda.

Fuistete ya, ¡desleal!

¿Por qué das tantas zozobras

al dios de amor, a un pecho tal?

Si de mi tributo cobras,

¿por qué me tratas tan mal?

¿Por qué diste atrevimiento

para declarar mi intento

a quien no me quiere ni ama?

Aquesto afición se llama,

llamole furor violento.

O más, ya que mi amor le elige

a Rolando, y pues mi amor

por mi voluntad se rige,

y tanto el amor me aflige,

me he de vengar del traidor.

Ya trazo cierta quimera

que parece verdadera

en mi pecho, y comprehendo,

por ella vengarme entiendo:

muera este Rolando muriendo.

A mi padre he de escribir

un billete, y en él quiero

de aqueste traidor decir

que un noble caballero,

que por poderse encubrir,

y robar a la duquesa,

por quien tiene el alma presa,

aquí aficionado vino,

de quien también se adivinó

por su amante se confiesa,

y usó de la aleve traza

de roballa allá en la casa,

y como no tuvo efeto,

agora con gran secreto

otra entre ellos se traza.

Pag. 45

Sale Estacio, paje

Duque.

que es sacarla de palacio

dentro de muy breve espacio

y llevársela a su tierra.

Gran traición aquí se encierra.

Oye, paje. Oyes, Estacio.

Estacio.

¿Qué manda vuesenoría?

Duque.

Que en mi recámara luego

me pon una escribanía.

Estacio.

Voy a hacello.

Duque.

Poco sosiego,

tanta es la rabia que cría

este pecho diamantino

antes amoroso y blando.

Yo haré que el desatino

os cueste caro, Rolando,

pues os confesáis indigno.

Vase y salen Rolando y Federico

Federico.

¿Que es posible, caro amigo,

que en esta ciudad os vea?

No puedo creer que sea,

presento a Dios por testigo;

y que todo eso ha pasado

después que al duque vencistes

y desta tierra salistes.

Rolando.

Todo es como lo he contado.

Federico.

Y ahora al conde servís.

Rolando.

Sí, y muestra que me quiere;

para servirle requiere

la sangre de do venís.

A buen amigo querido,

al fin sois caballero,

y yo en mi ventura espero

de seros agradecido

algún día.

Federico.

Yo agradezco

este reconocimiento,

y en pago deste contento

de nuevo ahora me ofrezco.

Rolando.

El conde viene. A más ver.

Federico.

Esta tarde nos veremos

adonde nos juntaremos.

Rolando.

En mi casa podrá ser.

Vase.

Sale el conde y Gridonio y criados

Conde.

Pedir que le dé la mano

por Clinarda, y tan apriesa,

sin dar parte a la duquesa,

no lo acierta Floriano,

y mucho dello me pesa.

Ya dije que le daría,

si dejare esa porfía,

por mujer a mi Florinda,

y así es justo que se rinda

pues es heredera mía.

Y no es justo así me aflija,

ni que con vanos antojos

por su apetito se rija,

teniendo yo en él los ojos

para entregarle a mi hija.

Demás que nunca perdona

la fama, que es quien pregona

este y cualquier desatino;

pues todos dicen que vino

por Florinda a Barcelona.

Si esto es así, cuasi es llano

que en pretender a Clinarda

no lo acierta Floriano.

Rolando.

¿Qué es esto, hado tirano?

Otro mayor mal me aguarda.

Sale Estacio y da un billete al conde

Conde.

¿Quién este papel te dio?

Estacio.

Mi señora la condesa

que lo trujese mandó.

Rolando.

Gridonio, ¿decí, acabó

de ofrecelle a la duquesa

mi señor el conde Uberto

al duque Floriano?

Gridonio.

En calma

hasta ahora está el concierto.

Rolando.

Y yo en mortal pena el alma;

si se la ofrece, soy muerto.

Leyendo el conde el billete, mira enojado tres o cuatro veces a Rolando

Rolando.

Airadamente a mirarme

ha vuelto el conde, y de suerte

que algún daño ha de causarme.

¿Cuándo, di, enemiga suerte,

acabarás de acabarme?

Conde.

Que intente hacer tal afrenta

Pag. 46

Conde.

en mi palazio Rolando

Rolando.

entre si esta mormurando

Conde.

como tal traision yntenta

y lo puedo estar mirando

que sea cauallero noble

y trata trato tan doble

como es Robar a elmarda

cuando darle muerte aguarda

este corazon de Roble

pues porque su yntento en uano

salga de alcansar la ynpreza

dare que el duque florino

pues que quiere a la duqueza

le de de espozo la mano

y cazar la pues desta suerte

muerte aserba dura y fuerte

al traidor se le apareza

Rolando.

muerte me sono a la oreza

si se trata de mi muerte

Conde.

ve gridonio y di a floriano

tu señor como estoy llano

y muy conforme a su gusto

que por todo estremo gusto

le de a elmarda la mano

y que de elmarda es marido

y que florinda aguardara

vase

Gridonio.

con tal nueua voy volando

Rolando.

tal nueua me acabara

que oiga tal y que pasiencia

tenga sin que en la prezencia

de alberto no me de muerte

transe aserbo . dura suerte

Riguroza y cruel sentensia

salense

Conde.

salganse todos a fuera

solo se quede Rolando

Rolando.

nueuo mal nueua quimera

sin duda se va trazando

muera ya Rolando muera

Conde.

de que esa tristeza nase

di . es de amoroza llama

Rolando.

señor amor no me aplase

Conde.

no traidor . que asi se llama

quien traizion ynuenta y h[aze]

como amar a la duquesa

pretender lleuarla preza

en esse traze encubierto

querrias . siendo yo berto

ynuentauas tal ynpreza

toda la ynuension y traza

que Resulto dela caza

y el sacarla de palazio

e sabido en breue espazio

mortal Rigor te amena[za]

muerte infame te conb[ida]

pagar tiene con la vida

quien quizo afrentar ab[erto]

Rolando.

mi afizion es conoszida

ya sabe todo el conzierto

Conde.

hacerte fuerte en su tie[rra]

pensauas y hacerme guer[ra]

despues de ser su marid[o]

tal maldad en ti se ensie[rra]

Rolando.

todo el secreto a sabido

Conde.

tu traizion es conossi[da]

por serte aduersa la sue[rte]

ya bes sercana tu muer[te]

si gustas quedar con bi[da]

haz lo que te digo aduier[te]

yntentar tan alta ym[preza]

como es Robar la duquesa

para onbre vill es gran h[echo]

valor ay en ese pecho

mas no saldras con la p[reza]

dime quien eres muy c[ierto]

y el valor que esta encubi[erto]

en ese pecho atreuido

que pretender tal no a p[odido]

de quien es menos que b[erto]

Rolando.

palabra señor te doy

por quien soy si es que al[go soy]

que ser tan poco me admi[ra]

de no confessar mentir[a]

ante el tribunal que est[oy]

una mujer noble onrra[da]

cuyo nonbre era Leonida

Pag. 47

Rolando.

de un hombre grave engañada

fue la que me dio esta vida,

pobre, triste y desdichada;

este, por sagaz y astuto,

gozó del virginal fruto

de la inestimada palma,

ocasión por quien mi alma

cubre siempre un negro luto.

De Sevilla se ausentó

que della soy natural

y en ella fue do alcanzó

todo este bien por mi mal

y preñada la dejó.

Parió, y quiso mi fortuna,

que siempre me fue oportuna,

por guardar el justo velo

de honor y deudo celo

que me dejasen en la cuna,

y en ella me vio llorando

un hombre que imaginando

lo que por verdad halló

a su casa me llevó

y al fin me llamó Rolando.

Supo mi madre al instante

do estaba su tierno infante

y que era un hombre tan fiel

que se declaró con él

y ofrescióle este diamante.

Mira el conde el diamante y mirándolo conoce

Rolando.

Díxose que aquese anillo

quien fue de su honor cuchillo

le dio por prendas de esposo,

murió y fue tan venturoso

quien era gusto encubrillo.

Crecí, ligeros los vientos

fueron al cielo encumbrando

mis altivos pensamientos,

tanto que siempre Rolando

adquirió nobles intentos,

y yendo a buscar la guerra,

mi pecho ques do se engierra

valor en cualquier empresa,

le di vida a la duquesa

estando presa en la sierra,

y della me enamoré;

por ella luego intenté

probar las fuerzas robustas,

salí en efeto a las justas

cuando al duque derribé,

libróla este brazo fuerte

otra vez saliendo a nado,

por ella estoy desta suerte,

agora dame la muerte

que ya quién soy te he contado.

Conde.

¡Oh, suceso milagroso!

Dichoso yo que dejé

diamante tan venturoso,

pues por su causa hallé

un hijo tan animoso.

¡Oh, qué ocasión tan milagrosa!

Abrázame, hijo Rolando.

Rolando.

Siento el alma temerosa

con esto que está escuchando.

Conde.

Los brazos y el alma y todo

aquesos brazos ofresco,

luz, luz de todo el suelo godo,

mas sepa yo de qué modo

tanto bien gozar merezco.

Contarlo espera, aguarda.

Sale Estacio, paje

Estacio.

Solos estáis, señor.

Conde.

Llegad presto,

moved más la planta tarda,

decí a Florinda y Elinarda

que vengan luego a este puesto.

Gobernado aquesta silla

un tiempo, desde Castilla

partí con grande aparato

a ver la nobleza y trato

de la ciudad de Sevilla,

llegué a verla, y en mi vida

otra tal pisar espero.

Rolando.

Es famosa.

Conde.

Es escogida,

al fin vi en ella un lucero

que fue a tu madre Leonida;

supe su casa y habléla.

Pag. 48

Conde.

descubríle ser su amante,

dile palabra, engañéla,

tomó por fe este diamante,

víneme al fin y dejéla,

paguéle en efeto mal,

que de pensallo me aflijo,

y esta es causa principal

porque sé que eres mi hijo.

Rolando.

¡Oh ventura sin igual!

que soy tu hijo, señor,

gracias doy al hacedor;

dame esos pies, pues qu'el cielo

ha corrido d'este velo

la cortina de mi honor.

Salen Florinda y Elinarda

Florinda.

¿Qué's lo que mandas, señor?

Conde.

Que abraces, hija, a Rolando

como a tu hermano mayor.

Florinda.

¿Mi hermano aqueste traidor?

dime, señor, ¿desde cuándo?

Conde.

No te alborotes, advierte,

luego diré de qué suerte;

llega, y dale tus abrazos.

Florinda.

¿Que a quien procuré la muerte

le tengo de dar mis brazos?

Rolando.

Bien puede Vueseñoría

llegar, como hermana mía,

a abrazar a este su hermano.

Clinarda.

¡Qué mayor bien y alegría!

Florinda.

Yo soy quien en ello gano.

Elinarda aparte como entre sí

Clinarda.

¿Pudo más darme en el suelo

el beatífico cielo?

¿ni más regalada gloria

para causarme consuelo

como ver aquesta historia?

Yo le quiero declarar

al conde lo qu'está hecho,

que pues es en el provecho

de Rolando, ha de gustar

y quedar muy satisfecho.

Señor, pues has conocido

a Rolando tu querido

por hijo, con tu licencia

quiero agora en tu presencia,

siendo como es mi marido,

el parabién a Rolando

darle de lo descubierto.

Conde.

¿Qué's lo que estoy escuchando?

¿que es tu marido?

Clinarda.

Sí.

Conde.

Gran daño se va ordenando.

Rolando.

¿De qué suerte?

Conde.

A Flo[rinda]

le prometí la duquesa.

Rolando.

Pues saldrá su intento v[ano],

a mi hermana la condes[a]

dará de esposo la man[o],

y en esto gran bien alca[nza],

que ya Elinarda no de[xa]

cumplir su vana esperan[za],

y cuando no, otra vez prue[be]

los aceros de mi lanza.

Sale el Duque muy gal[án]

con él Gridonio y otros c[riados]

Gridonio.

Y al fin con mucha ale[gría],

señor, en el puesto aguar[da].

Duque.

¡Dichoso y felice día

en que gozaré a Elinard[a]!

Conde.

Bien venga Vueseñoría,

que por mi vida que vi[ene]

en ocasión milagrosa,

pues juntos conocer tie[ne]

suegro, cuñado y esposa.

Duque.

Saber quién son me convi[ene].

Conde.

Fortuna que al desead[o]

gran bien le viene anun[ciando],

hoy le ha dado al conde Uba[ldo]

un hijo, el cual es Rolan[do],

que siempre anduvo encub[ierto].

Con Gridonio, fiel, prome[tí],

ofreciéndote la impresa

de Elinarda, te envié,

habléla, señor, y hallé

ser su esposa la duquesa.

Duque.

¿Cómo qu'es su esposa, Cond[e]?

¿ésta es tu palabra y ma[no]?

Conde.

Escucha, duque Floriano.

Pag. 49

Conde.

que la verdad no se esconde

cuando va el camino llano.

Ellos lo tienen tratado

y entre los dos concertado,

sin que yo lo haya entendido;

finalmente es su marido,

y así lo han confesado.

¿Y quién es el hijo?

Rolando.

Yo

soy quien tus fuerzas probó

en la justa que ordenaste;

tú eres quien me derribó,

con tu valor esto baste,

la duquesa es tuya, a Conde.

Esto dijo a solas y agora al Conde.

Duque.

Como me has dado de mano,

bien tu valor corresponde,

pero ganar por la mano

querría, y no sé por dónde.

Si yo tengo ya probado

deste el valor en la tela,

y Elinarda le ha agradado,

¿qué he de hacer? ¿Olvidarela,

pues nunca le di cuidado?

Si encubierto el casamiento

estaba contra mi intento,

Conde, ¿qué se puede hacer?

Si has mudado parecer,

yo he mudado pensamiento.

A mejor tiempo no pudo

ofrecerse esta ocasión,

que si agora a verte acudo

no es con la misma razón

a que antes llamado he sido.

Si está casada Elinarda,

tu hija Florinda es bella,

honesta, grave y gallarda.

Conde.

¿Quieres casarte con ella?

Duque.

Ya el desposorio se tarda,

si es que Florinda quiera.

Conde.

Basta darme a mí contento.

Rolando.

Yo de la misma manera

gustaré del casamiento

por el bien que dél se espera.

Conde.

Pues también gusta Rolando,

gustad vos, mi hija, dello.

Florinda.

¿Mándaslo tú?

Conde.

Yo lo mando.

Florinda.

Pues yo gusto de hacello.

Duque.

Y yo esas manos demando,

que es tan grande merced esa,

que no la sabré servir.

Muy bien os podéis decir,

Florinda, de hoy más duquesa.

Rolando.

Luego se ha de concluir,

dalde a Florinda la mano,

con que ha de ilustrar su honor.

Florinda.

Vuestra esclava soy, señor.

Duque.

Yo en ser vuestro soy quien gano.

Conde.

Yo agradezco ese favor.

Rolando.

Haber yo tal padre hallado

es del cielo maravilla.

Aquí, senado, se ha dado

fin al hijo afortunado

de la cuna de Sevilla.

Finis de la comedia