Texto digital de El gran capitán
Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026
Metadatos de la obra
- Atribución tradicional
- Atribución estilometría
- No apunta hacia ningún autor No concluyente
- Género
- Comedia
- Estado del texto
- Transcripción automática de manuscrito
- Procedencia
- El texto procede de la transcripción automática del manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional de España, signatura MSS/16980.
Aviso
Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.
Licencia
Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El gran capitán. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-gran-capitan.
EL GRAN CAPITÁN
Pag. 1
85.
1
El Gran Capitán =
Comedia en 3 jornadas -
(En la portada pone: de Aguayo)
Leg.º 29 9
79
Jornada primera
Pag. 2
G S en en cu an los en ch au ca 2
de Aguayo,
Salen Alberico y Espinelo, caballeros.
Puesto que a su fortuna se atreviese
con ese valor de su invencible estrella
y de Alejandro la opinión tuviese
que por el nombre ya se iguala a ella,
saldrá el Gran Capitán aunque le pese
aquesta vez de Nápoles la bella;
porque mis cartas van haciendo efeto,
no hay que advertir a hombre tan discreto.
Pero presumo que podáis primero
caer, por más que la calumnia afirme;
a las estrellas fijas del tercero,
que entre los astros se llamaron firme,
desengastar al sol os considero
de aquel engaste azul, sin persuadirme
a que pueda bastar sola una pluma
contra el que enfrena de la mar la espuma.
Corre del norte al sur la ilustre fama
de Gonzalo Fernández de tal modo,
que el Gran Capitán, como veis, se llama,
y ya lo es tanto que lo ocupa todo;
y puesto que la envidia lo desama,
y a sus persecuciones me acomodo,
mucho temo al valor de su grandeza.
No hay en la tierra estado con firmeza.
Pag. 3
Yo he escripto al rey Fernando de Castilla
por muerte de Isabel, sin ella, agora
que aquestos reinos a Filipo humilla
por Juana de repuesto, ¡ay, aurora!
Creéralo el rey.
No hay amistad sencilla,
amor ni voluntad que en sola una hora
no derribe a los príncipes al suelo,
cualquier información, buen o mal celo.
El rey con esto sospechoso vive
y del Gran Capitán mil quejas forma,
que su inocencia, fe y lealtad le escribe.
Con que en la fama universal conforma,
mas la satisfacción tan mal recibe,
y lo que todo Nápoles le informa
por el temor que de su yerno tiene,
que ya de Flandes a Castilla viene,
que solo quiere que se vuelva a España,
y a don Alonso de Aragón envía
con el gobierno de este reino.
Extraña
causa de competencia.
El rey porfía
a quedarse en Castilla.
Amor le engaña.
Por Isabel la posesión tenía,
si hereda Juana, justamente ha sido
su rey el archiduque, su marido.
Venga Filipo de Austria, que a su nieto
Carlos no ha de quitarle el rey Fernando
el natural derecho.
Vive inquieto,
no dejará a Castilla, procurando...
Aquí mi información halló su efeto,
y persuadiréle al rey imaginando
que en el Gran Capitán caber podía
darle el reino al que a reinar venía.
Sale un criado.
El rey, mi señor, que llegue al punto,
los dos vais a palacio.
Los dos vamos
a ver lo que nos manda. ¡Suerte severa!
Cosa que haya entendido nuestro trato...
Aquesto es imposible, si el rey mismo
no se lo hubiere escripto. ¡Vive el cielo!
No puede ser.
Es imposible cosa.
Nunca tanto os fiéis de la mentira
ni la traición, porque es ruin semilla,
como moneda falsa, que por eso,
aunque finja el color, no finge el peso.
Vanse y salen Pompeya y Julia, damas.
Ya tan española estás
que todos lo echan de ver.
Mucho más lo pienso ser
si tu licencia me das.
Pag. 4
Yo no hablo con malicia
de que quieres a don Juan,
si bien por cuerdo y galán
pone a mis ojos codicia
en cualquier publicidad
y acude y galantea,
y no es posible que sea
sin tu gusto y voluntad.
No niego yo que don Juan,
como del virrey sobrino,
es de más favores digno,
por discreto y por galán.
Pero en Nápoles habrá
otras bellezas a quien
pueda don Juan querer bien,
y de mí se olvidará,
y donde está tu hermosura
no habrá, Julia, qué temer.
Al que así te llega a ver
mal podrá tener segura,
Pompeya, tu libertad,
que eres bella, mas yo sé
que, aunque lo encubra tu fe,
tiene a don Juan voluntad.
Y siendo así no haces bien,
pues siendo Fabricio un signo
de tus favores tan digno,
que no hay en Nápoles quien
por discreto y por valiente
se le pueda aventajar,
y da su amor justamente,
que tal ventura se dio,
si bien premio no lleve
de su libertad las llaves.
Pero no fueran mujeres
a no ser mudables tanto;
muestras de que estás amando
a quien te ha de aborrecer.
¿A Fabricio?
A don Juan digo.
Deja ese recelo.
No puedo,
que tengo a los tuyos miedo,
y al amor por enemigo.
Sale don Juan.
Diome aviso desta junta
Morata, y quise gozar
de tanta ventura, y dar
respuesta a vuestra pregunta,
que viene en este papel.
Siéntese Vueseñoría.
¡Ay, celosa fantasía
de un pensamiento cruel!
Siéntanse.
¿Cómo estáis? Pero recelo
Pag. 5
Mis honores, pues estáis
con los soles que mostráis
dando envidia al sol del cielo.
Bésoos las manos, mas ved,
señor, que a do Julia está,
ningún sol alumbraba.
Perdone vuestra merced,
que el estar en casa ajena
me hizo ser descortés.
Aparte.
Dios os guarde, que no es
de nuevo en vos doblar mi pena.
Digo, en fin, que respondí
a la pregunta de ayer,
como aquí lo podréis ver.
¿Respuesta a pregunta?
Sí.
Veámosla.
Perdonad,
que vos de esta vez
no habéis de ser el juez
de averiguar mi verdad.
Pompeya me preguntó.
Esperad, dígalo ella,
por ver si viene con ella
esa respuesta.
Eso no,
que necesidad no habrá
de daros satisfacción,
donde la justa opinión
tanto de su parte está.
Digo que me preguntó
qué era Amor y respondí
en este soneto ansí.
Ya quise decirlo yo,
pero por no parecer
descortés, cuando me estáis
honrando, callé.
Aparte.
No hagáis
celos, que hoy empiezo a ver
mi muerte, si han de llegar
a quererse bien los dos.
No escuchéis.
Hablando vos,
será fuerza callar.
Lee Don Juan.
La opinión general pinta desnudo
al ciego Amor y en esto no se engaña,
que cuando de intereses se acompaña
no lo es, ni lo será, ni serlo pudo.
Dicen que es gala al triste, ingenio al rudo,
propia amistad, correspondencia extraña,
mano al avaro, y al inhábil maña,
freno al soberbio y al cobarde escudo.
Dicen que es un afecto que conquista
la hermosura, en quien halla el alma empleo,
sin que prudencia humana se resista.
Yo digo que es Amor y en mí lo veo.
Pag. 6
un animal que le engendró la vista,
dio vida el trato, y mayor el deseo.
A ver ese papel, que entiendo
que lo sabe de memoria.
Viene Fabricio.
Sale Fabricio.
La historia
deste su amor voy descubriendo,
vana esperanza me engaña.
No llego a buena ocasión,
pues vuestra conversación
ocupa el valor de España.
Siempre vos, señor Fabricio,
con el valor que tenéis,
tantos favores me hacéis.
Es de esta casa vicio,
como el favor del mayor.
¿De qué se hablaba?
Leía
un soneto.
Trataría
dulces efetos de amor.
No trata de sus efetos,
sino sus definiciones.
Tiene mil aplicaciones
y diferentes conceptos.
Aquí se ha echado de ver,
pues sospecho que es favor
en vos lo que en mí rigor
y desprecio viene a ser.
Mas si conforme al sentir
se pudiera amor probar,
sé que pudiera callar
quien más supiera fingir;
de amor con el sufrimiento
que en mi corazón está,
de quien saber se podrá
que más amo, pues más siento.
Si el amor ha de juzgar
entre los que quieren bien,
por los actos que se ven
de sufrir y de callar,
o por dar al libre viento
desde el alma por los labios,
quejas, suspiros y agravios,
publicando su tormento;
yo presumo que es mayor
amor el del que, callando,
está un mismo rostro dando
al desprecio que al favor.
Sois vos, don Juan, muy secreto.
Señor Fabricio, si nace
amor del efeto que hace
el amante en el sujeto,
quiero un argumento hacer.
Señora Pompeya, estoy
rendido, ventaja os doy,
pero a ninguno en querer.
Si amase un hombre un sujeto
noble, alto y principal,
Pag. 7
publicar podéis mal
de su afición el efeto,
porque si a saberse viene
se puede desbaratar
su afición. Luego, en callar,
más seguro su amor tiene.
Así, si licencia dais,
ya sabéis...
Debe de haber
a quien de favorecer,
Pompeya hermosa, gustáis
en este caso, y así,
como de su parte os veis,
la causa que defendéis
os la ha dado contra mí.
No defiendo yo,
Pompeya, causa ninguna;
que, si defendiera alguna,
fuera la vuestra; y si agora
tuve yo necesidad
de defensa, fue por ver
mi ignorancia y conocer
vuestra rara habilidad;
y así es justo que presuma
que ventaja me podéis
hacer grande si os valéis
del ingenio y de la pluma.
Yo os la doy en efeto,
pero a ninguno daré
ventaja en la firme fe
con que he sabido servir;
las armas he profesado
siempre al lado del virrey,
mi tío, viviendo en ley
de español noble y soldado.
Vos, aunque sois tan valiente,
a escribir os aplicáis,
que así mejor declaráis
vuestro amoroso accidente.
Cada cual debe seguir
lo que más le ha de agradar;
yo me aplico a pelear,
aplicaos vos a escribir;
escribid, y el premio os dan,
pues todos, Fabricio, en suma,
dicen que a Italia la pluma
y a España las armas dan.
Bien.
Muy bien.
Si tan justa hazaña
para España pretenden,
sé que en Italia hallarán
el mismo valor de España,
letras y armas, cuyas son;
pues que César, gobernando,
fue con armas sujetando
tanta y tan fuerte nación,
donde capitanes hubo...
Pag. 8
Más valientes y mejores,
ni que cien senadores
de mayor gobierno tuvo
quien supo triunfar más bien,
trayendo a cuellos postrados
tantos reinos conquistados.
Por eso agora no hay quien
yugos ponga en su cuello,
y muchas veces España...
Eso mesmo os desengaña
de que el tiempo pudo hacello,
mas no faltar el valor
de sus ínclitos varones.
Ya entonces de otras naciones
victoriosa fue mayor,
dejando los alemanes
que le pisaron la frente;
España a nadie consiente
hoy mejores capitanes,
que yo sé que si viviera
César, dejara su laurel
al Gran Capitán, y dél
humildemente aprendiera
la militar disciplina.
Esa es soberbia española,
porque en Italia fue sola
raza insigne y peregrina
de quien todas las naciones
aprendieron.
No la mía.
Por ser bárbara podría
decirlo, pues sus pendones
no han llegado por valor,
sino por ventura, a aquel.
Levántanse alborotados.
Quien dijere, si por mí
se ha dicho tan grande error,
que España es bárbara, miente,
y esto afuera probaré
con la espada.
Y yo seré
quien esta verdad sustente,
no me detengáis, que es justo.
Vase. Hace que se va y tiénenle a él.
Suplícoos que os detengáis.
Vos el honor me quitáis,
Pompeya, por vuestro gusto.
Engañáisos, y creed
que esto es mirar el honor
de mi casa.
Ese es horror.
Hacedme a mí esta merced,
que después habrá lugar
de buscarle.
¡Vive Dios!
Que porque lo queréis vos
se atreve don Juan a hablar
tan soberbio y atrevido.
Don Juan se fue, ya podéis
dejarle ir.
Que miréis,
y solo por mi honor os pido.
Pag. 9
¡Qué buen pago de mi amor,
después de tantos desvelos!
Pues vos me matáis con celos,
y él, con quitarme el honor.
Vanse. Sale el Gran Capitán y García de Paredes.
Otra vez me vuelvo a dar
los pies.
Y otra vez abraza,
García, a quien más te quiere.
Vive Dios, que, con ser patria,
estaba de los cabellos
en España, que las alas
de los vientos, por venir
con mayor priesa, envidiaba.
¿Cómo está vuestra excelencia?
¡Ah, buen Paredes! Bien pagas
todo el amor que te tengo.
¡Pese a tal! Si la campaña
del mar fuera de enemigos,
no dude que de mi espada
huyeran las libres olas,
y yo volara en el agua.
¿Qué hay en Castilla, García?
¿Es cierto que el rey se casa?
No, señor, que ya lo está;
y al rey Fernando y Germana
de Foix hicieron las bodas,
con que está toda alterada.
Su legítimo señor,
Felipe primero, archiduque de Austria,
ya su rey por su mujer,
la princesa doña Juana,
quiere venir a reinar.
Quieren embarcarse a España,
pero Fernando no quiere
salir de ella, a cuya causa
padece el reino.
¿Qué intenta?
Intentará gobernarla.
Eso, ¿cómo puede ser,
si ya sus dueños se embarcan,
y dos señores jamás
gobiernan bien una casa?
Con ser inferior al sol,
la luna a las veces anda
opuesta a su resplandor,
y eclipsa su noble cara.
Grande amor tiene Castilla
al Católico.
Repara,
justamente, en que se debe
la grandeza en que se halla.
Él la ha honrado en muchas cosas;
mas ya que llego a tratarlo,
¿qué hay de las mías, García?
¿Qué dicen de mí? ¿Qué hablan?
Ya que saberlo queréis,
Pag. 10
que por Dios que rehusaba
llegar a hablaros en ellas,
porque me han podrido el alma.
Todo es enviar, señor,
mil informaciones falsas
contra vos estos bellacos,
pícaros, putos, canalla;
¡por vida de...!
Paso, quedo,
García, ya sé quién anda
en estas cosas.
La envidia
es sombra de vuestra fama;
bien se me alcanza, señor,
que como ya cansan tantas
vuestras proezas a algunos,
es fuerza que os envidien,
como en el verano ardiente
llueve, ¿sabéis?, y aquel agua
se convierte en sabandijas,
han sido vuestras hazañas:
de cada gota ha nacido
una envidia porque bajan
del cielo de vuestra gloria;
y porque en el grande os llaman,
hácenos cargo, señor,
que al rey Archiduque de Austria
queréis entregar las fuerzas
de Nápoles y Calabria,
que os carteáis con su padre,
porque a vuestra hija trata
de casar con don Fadrique,
hijo suyo, y a esta causa
de Nápoles no queréis
salir tan presto; y que aguarda
vuestra fortuna dudosa
estas ciertas esperanzas;
que habéis dejado pasar
la persona disfrazada
de don Alonso de Acuña
cuando Fernando os mandaba
prenderle porque quería
saber de él por unas cartas
que llevaba, dizque, el yerno,
con el Pontífice trata.
Unos rizados mozuelos
que cuando un hombre les habla
no ven si habla con ellos,
y habla con sus hermanas,
discurrían en la guerra
¡por cierto muy buena traza
para hacer un escuadrón!
Calzas, cueros, guantes de ámbar;
en una casa donde estos
a murmurar se juntaban,
decían que no queréis
salir de Nápoles fasta
engrandecer vuestras cosas;
y entonces saqué una daga
Pag. 11
Y atravesando un bufete
adonde jugando estaban,
dije: «El duque, mi señor,
sirve a Fernando en Italia
de guardarle el reino en paz,
mientras estas cosas andan,
y no por otro interés;
el que lo piensa se engaña,
o miente. Si está engañado,
mire que si viene a España,
Nápoles se ha de perder;
y miente, tome esta daga
y sígame». No salieron
las señoras de la sala,
digo, aquellos gentilhombres.
Por cierto que yo enviaba
buen embajador en vos.
¿No traéis cartas?
No traigo cartas,
porque todas son lisonjas
y mentiras disfrazadas,
y no hay para qué traerlas,
donde se ven las palabras
como las mías; os dijeron
verdades tan apuradas,
y a mí me podréis creer,
que no pretendo privanza
con el menoscabo vuestro,
ni he rogado que se caiga
este muro sobre vos,
como algunos que con falsas
cartas desean poneros
el cuchillo a la garganta;
y he reparado, señor,
que en cuanto escriben, engañan,
porque si en público alaban,
allá en secreto os difaman.
Si una cosa es lo que os dicen,
otra tienen en el alma:
no son cartas verdaderas.
Sale un criado.
Entrad, que el virrey aguarda.
Sale Espinelo.
¿Qué me manda Vuexcelencia?
Espinelo, yo he sabido
que engañado o prevenido
osáis hablar en mi ausencia,
que, aunque sea maravilla,
en ver malicia tan clara,
de Juan López de Vergara,
mi secretario en Castilla,
he sabido que escribís
al rey lo que se os antoja,
con que se altera y se enoja,
pues claramente decís
que yo le quiero entregar
esta ciudad a su yerno,
por donde nuevo gobierno
quiere Fernando enviar.
Pag. 12
Y aun me dijeron que a su hijo,
don Alonso de Aragón,
no habéis tenido razón.
Eso que Vergara os dijo,
si él en Italia estuviera,
le hiciera yo desdecir;
no me había de escribir
cosa que verdad no fuera.
Aqueste reino gané
con mi sangre y con mi espada,
y de la lealtad jurada
nunca a Fernando falté.
Es mi rey y mi señor,
y si él a llamar me envía
no será por culpa mía,
que será de algún traidor.
Id con Dios sin replicar,
y enmendar en escribir,
que es peligroso el mentir
y nunca lo fue el callar.
Ya he dicho a vuestra excelencia
que a estar aquí el secretario
no es el hablar necesario
sino...
Paredes, paciencia.
Salid fuera,
que...
García.
Vase.
Yo os daré satisfacción,
señor, en otra ocasión.
Hace que va.
¡Oh, qué paciencia tan fría!
Si vuestra excelencia trata
a estos pícaros ansí,
¿qué han de hacer? Aquello os
pese, esta flema me mata.
Déjeme vuestra excelencia,
que no quiero más de ver
si aqueste sabe correr.
Paciencia.
¡Oh, tanta paciencia!
Pues déjeme ver siquiera,
que no le quiero matar,
si aqueste sabe bajar
al patio sin escalera,
que no le haré mal, por Dios.
Eso no quiero creer,
¿cómo no se han de atrever
si sois de esta suerte vos?
Sale don Juan.
¿Qué ha hecho vuestra excelencia
a Espinelo, que ha salido
de aquí afrentado y corrido?
Sobrino, una diligencia
para templarle la pluma,
porque escribe mal de mí.
Que le habéis querido aquí
matar va diciendo, en suma.
¿Matar?
¿No fuera mejor
que se quejara de veras?
Vase.
Dejalde hablar.
Pag. 13
¿Que esto quieras?
si fuere...
¿Cómo va de amor?
Después que os fuistes, García,
muy favorecido estoy.
Si lo estáis, cuando me voy,
venir fue ignorancia mía.
En fin, os hace favor
Pompeya.
Arrojadamente.
Bien haya quien ama y siente.
Luego vos tenéis amor.
Si tuviera, que en efeto,
no soy de piedra, don Juan,
mas esto de otro galán
que pique, entiendo, y discreto,
es cosa que a cortos plazos
a la mujer degollara
y al hombre hiciera pedazos.
Lo que necesario es,
a oro se compra.
Así es verdad.
Pues quitar de voluntad
y poner en interés,
por el nombre me querían
ver en Castilla las damas,
y yo no andaba por las ramas
con algunas que me oían,
mas daba lindo dinero,
y un día una bellaca
me dijo muy socarrona:
«¡Oh, valiente caballero,
con razón entre romanos
es tu fama esclarecida,
porque no he visto en mi vida
hombre de mejores manos!».
¿Qué le distes?
Cien doblones,
que esto doy, y no doy celos;
pero si me diera celos,
la diera mil bofetones.
Sale un criado.
Una palabra querría
al señor don Juan.
Hablad.
Aquel papel tomad,
que quien le firma os le envía.
Vase.
Id con Dios, milagro fuera
no hacer este caballero
su obligación, leerle quiero.
«Don Juan, Fabricio os espera
desotra parte del río
con un amigo no más».
García, adiós.
¿Adónde vos?
Luego vuelvo.
Es desafío.
Pag. 14
Es de una dama el papel.
No lo dice su color.
Son efetos de mi amor,
que está desdeñosa en él.
Si es cosa de pesadumbre,
a estas paredes podréis
arrimaros y veréis
saltar de las piedras lumbre.
Ya he dicho que es de una dama.
Vase.
Lo que me niega don Juan
le diré al gran Capitán,
que importa a su honor y fama;
que estos pícaros se atreven
a su sangre, viendo ya
que el rey enojado está
y cuanto tienen le deben.
Vanse. Salen Pompeya y Julia.
"Junto al río", dice aquí
que me aguarda. Salir quiero,
que Fabricio es caballero
y se quejará de mí.
Mas de Paredes quisiera
llevar conmigo la espada,
que mi honra apadrinara
y mi lado defendiera.
Mas para dos, con razón
basta un Córdoba; mas creo
que aquestos tienen deseo
de haber alguna traición.
Pero de quien soy me espanto,
salir solo es lo mejor,
que las cosas del honor
no quieren pensarse tanto.
Dé la vuelta el coche luego.
Perdida vas.
Voy sin mí.
Este es el río y aquí
mal templarás tanto fuego;
porque ya desotra parte,
Fabricio esperando está
a tu don Juan, y podrá,
vengándose en él, dejarte,
que es la venganza mayor
en quien siente.
Dices bien.
Mas yo no vengo a que den
más fuerza por mí al rigor
los dos, sino a ver si puedo
su pesadumbre excusar,
por no dar que murmurar
en mi honor.
Pienso que es miedo,
más por el temer perder
a don Juan que no a tu honor.
¿No es verdad?
Pag. 15
Si tengo amor,
uno y otro podrá ser.
Por vida tuya que estás,
Julia, ya muy maliciosa
en mi amor.
Estoy celosa
y no puedo sufrir más.
Pues ¿de qué puedes tener
celos?
¿No lo sabes?
No,
que hoy solo don Juan me habló.
Salen don Juan y Morata lacayo.
Si después de anochecer
no vuelvo a casa, Morata,
dirás que a Loreto fui
a una promesa.
¿De mí
te guardas?
Si fuere ingrata
mi lengua a tu lealtad,
ya dónde voy no te digo.
No puedo, Morata amigo,
que importa a mi calidad,
y esto no es cosa que cabe
en tu valor.
No, ¿por qué?
Si siempre Morata fue
de tu secreto la llave,
¿no vine de España aquí
contigo y con el virrey
tu tío?, ¿no tengo ley
de español? ¿Qué has visto en mí?
Si es pendencia que he notado
en tu rostro no sé qué,
llévame contigo, que
verás lo que hago a tu lado,
y dame tú que me esperen,
que a fe que os dé ver y oír.
Pues, ¿tú qué has de hacer?
Sufrir.
Los palos que me cupieren.
Eres en fin un gallina.
Peor fuera ser capón
con mala voz.
Mi afición
ya de enojo desatina.
Lleva el caballo, Morata,
y no me preguntes más,
que me enojaré.
Vase.
Tú harás
alguna cosa bellaca,
mas Pompeya viene allí,
y Julia; llevo el caballo,
de ti me despido y callo,
y a quien pregunte por ti
responderé que te has ido
a nadar,
y si es que más pregunta, que volverás
cuando Dios fuere servido.
Sale el Gran Capitán y García de Paredes.
Yo os he dicho la verdad,
y es sin duda desafío.
Pag. 16
su color y a poco brío
me han dicho esta novedad,
mas por ventura me engaño
y no es lo que pienso yo,
y aun me dijo quien le vio
que iba solo.
Caso extraño,
¡ay desdicha semejante!,
que cuando con tal calor
voy a volver por mi honor
se ponga el mundo delante.
¿Qué se pudiera juntar
que más infame mi fama?
De aquesta parte la dama
por quien salgo a pelear,
y de esta el virrey mi tío.
¿Qué dirá un noble afrentado,
sino que los he llamado
a impedir el desafío?
Entre tanta confusión,
¿qué haré? Mas ya he visto un barco.
Señor don Juan, no es razón
que nos habléis.
¿Qué he de hacer?
Ah, sobrino, ¿dónde vais?
¡Oh, señor!
¿Ya no me habláis?
¡Oh, mi señora!, tener
deseara más lugar.
Ah, sobrino, oídme a mí,
que os hablo.
Yo estoy aquí.
¿Qué es lo que quiere mandar
vueselencia?, que sujeto estoy.
Perdonad, señora,
que tengo que hablar agora
con don Juan aquí en secreto.
Tomad el coche y volved
a la ciudad.
La obediencia
es debida a vueselencia.
Yo estimo aquesa merced.
Y porque lo que quería
a don Juan lo hará mejor
ese divino calor.
Señora, esta causa es mía,
con lo poco que lo entiendo,
tomad el coche y partid.
Vase.
Guarde os Dios.
Don Juan, oíd.
Sobrino, yo no me ofendo
de que sirváis a una dama,
ni de que en esta afición
se ofrezca alguna ocasión
de los que celos se llaman,
que claro está que ha de haber
celos adonde hay amor,
y aunque por vuestro calor
Pag. 17
No seré yo menester,
con todo, estoy con cuidado;
dadme luego aquel papel.
¿Qué papel?
Yo veré en él
a lo que estáis obligado.
Señor.
Acabemos ya.
De que os espanten me pesa.
Por vida de la duquesa,
que me enojéis.
Aquí está.
Pues dejádmele leer.
Paredes, ¿qué es esto?
Yo.
Vuestro tío me mandó,
a quien debo obedecer,
que le acompañase aquí.
¿Quién se lo ha dicho?
En palacio.
¿Buscáis eso?
¡Lindo espacio!
Honra y opinión perdí.
Don Juan.
Señor.
Aquí dice:
Fabricio Ursino, que salga
otro con vos.
Es verdad.
17
¿Cómo vais solo?
Pensaba
que bastaba el ser quien soy.
Para traidores no basta,
y tengo de ser, sobrino,
quien vaya con vos.
No vaya
vueselencia, gran señor,
que me quitará la fama,
pues dirán que vos vencistes.
Vaya Paredes.
La espada
de Paredes no queréis
que os quite el nombre en Italia.
Señor...
Paso, no lo entienda.
Id, acercad una barca
en que pasemos los dos.
Vase.
Vuestra excelencia lo manda,
mas yo voy con poco gusto.
Este sin dubda pensaba
hallar que aquellas mujeres
el desafío estorbaran.
¡Perdido está, vive Dios!
¡Quién pensara que faltara
mi sangre en él!, pues remedio
no falte donde ella falta.
Paredes.
Señor, ¿qué es esto?
¿Dónde va don Juan?, ¿qué tratas?
Pag. 18
¿Qué pretendes?
Un barreno
he menester.
Y dejabas
ir a don Juan que te tiene
desde las sienes al alma.
Mas, ¿dónde quieres agora
que vaya por él?
Aguarda,
allí una barca fabrican
y están clavando las tablas,
no pueden estar sin él.
Hay dellos tanta abundancia
en músicos, en poetas,
en caballeros, en damas,
que lo dudas sin razón.
En valientes no.
¡Oh, si hablas
de valientes, no sé yo
si del barreno te escapas!
¿A mí, Paredes?
Perdona,
que aunque en ejércitos mandas,
también te huelgas de noche
de darte diez cuchilladas.
Bien lo dijeras si agora
supieras lo que me aguarda;
voy a matar a un sobrino,
voy a dar vida a mi fama.
Vanse. Sale Fabricio y Espinelo.
Hoy mi deseo se verá cumplido.
Ya el barco se volvió, y agora quiero,
mientras viene el traidor que os ha ofendido,
saber la causa, y estimar primero...
A haberme entre tantos escogido,
teneros por valiente caballero.
Por mi amigo me obligo, escuchadme
y la verdad brevemente declaradme.
Que si vos le tenéis por enemigo,
por sangre del virrey también le tengo
por enemigo yo.
Vos sois mi amigo,
que hoy en aquesto a declararme vengo.
No era Pompeya tan cruel conmigo,
que de todo os advierto, y os prevengo.
Antes que el español la visitase,
mala elección, mal gusto, que os dejase.
Respondió tal vez a un papel mío,
y con risa en los ojos me miraba,
con que Amor aumentó mi desvarío,
que la correspondencia me animaba.
Tal vez la margen de este mismo río,
cuando rompiendo flores la esmaltaba,
me miró alegre recibir ufano
favores de su vista y de su mano.
Aquí la vi, y aquí la dije amores,
y aquí los escuché, y aquí a mirarme
se pararon las aguas y las flores.
Presumo que tuvieron que envidiarme,
mas todos estos lances y favores...
Pag. 19
Los olvidó Pompeya, y a matarme
se dispuso, pospuesta mi ventura,
que no hay en la mujer gloria segura,
rigores solo ya en sus ojos hallo.
No sé quién trujo esta española bella,
que por mi honor, las asperezas callo
que usa conmigo, en pago de querella.
A pie se alaba, admírale a caballo,
y siendo Italia como veis tan bella,
España ha de ser fértil, en su boca,
de cuanto en guerra y paz a un reino toca.
Hoy sobre aqueste español villano
se alargó de manera en su porfía,
que me obligó decir que estoy hispano,
como bárbaro en todo procedía.
Pompeya me detuvo.
¿Qué?
La mano.
Pues, ¿qué fue la respuesta?
Que mentía.
Veis aquí la ocasión del desafío.
Dentro.
Gracias a Dios que ya salí del río.
Un hombre a nosotros viene.
¿No es don Juan?
Extraña cosa,
¿no es este el virrey?
Sí es.
La infamia queda notoria
de su sobrino.
A cobarde
se lo ha dicho.
¿Qué más gloria
para mí?
Dices muy bien,
sin peligro le despojas.
Sale mojado el Gran Capitán.
¡Ah, caballeros!
¿Quién es?
Suplícoles que me oigan.
Este papel se escribió
a mi sobrino, en que nombran
dos a dos el desafío
que están esperando agora;
él me escogió como amigo
que de más cerca se toca,
embarcámonos los dos,
mas alteradas las ondas,
y por no saber del remo,
zozobró el agua la angosta
barquilla nuestra; yo al agua
me arrojé, pasé la onda,
mas por no saber nadar
en ella don Juan se ahoga.
Yo vengo por él, yo basto
para entrambos, que no importa
Pag. 20
que, osados, metan mano,
o ¿qué aguardan, que se alborotan?
Señor, vos sois el virrey,
representáis su persona
de Fernando en este reino;
fuera desto, las victorias
y hazañas vuestras no piden
espadas menos famosas
que de Jerjes y Alejandro.
Gran capitán, a quien honra
con aqueste nombre el mundo,
si a las armas que os adornan
habéis dado más banderas
que hay en estos sauces hojas,
¿quién ha de medir su espada
con la vuestra victoriosa?
Veis aquí las dos rendidas.
Vase.
Fabricio, si me reporta
alguna cosa, es venir
a vuestro lado persona
que con su lengua y su pluma
me difama y me deshonra,
con mi rey, pues me levanta
mil testimonios, que abona
con cautelas y traiciones
y palabras mentirosas.
No se ha de dar la vida
a lo que temer estorba;
pues si le mato dirán
que fue con intención sola
de que mis cosas escriba,
que de sus mentiras forja;
viva y escriba, que pienso
que aunque mentiras componga,
ha de tener mi verdad
más fuerza que su lisonja;
y si Dios por solo un bueno
vida a mil malos otorga,
viva un malo por mil buenos
que en este reino me adoran.
Entre la luna y el sol,
¿qué importa que se interponga
la tierra? pues ese eclipse
no dura apenas una hora.
Fernando es sol, yo soy luna;
tú, la tierra, pues ¿qué importa
que pongas sombras al sol
si has de quedarte por sombra?
Notable suceso.
Y tal,
que apenas aliento cobra
mi confusión y vergüenza.
Bien será que te disponga,
a no escribir desde hoy
sino las verdades solas.
Pag. 21
Si ya comencé a mentir
y personas poderosas
me ayudan, que en esta envidia
con mi pluma se conforman,
¿cómo he de volver atrás?
Sale don Juan mojado con espada desnuda.
Mi fortuna rigurosa
venció mi honor, que del cuello
del alma, pende por suya;
llegué a la orilla nadando,
pero con fuerzas tan pocas
que apenas tenerme puedo,
ya en la margen arenosa
me esperan mis dos contrarios.
¡Ah, caballeros!
¿Qué sombra
es esta?
Yo soy don Juan,
¿qué miran, que se alborotan?
Con un amigo venía,
zozobró el barco en las olas,
él es muerto y yo soy vivo;
mano a las espadas pongan.
Don Juan, el Gran Capitán,
visto aquí su generosa
persona como virrey,
mi honor a su cargo toma.
Yo estoy satisfecho ya,
yo no, Fabricio, que torna
mal el que es desafiado
con la sangre sin victoria.
Mirad que estoy aquí yo
y no he de dejar, perdona,
que riña solo Fabricio.
Tú eres... ¡oh, suerte de hora!
A Fabricio mataré
por el papel, que fue loca
presunción, y a ti, villano,
porque al rey mintiendo informas.
¡Palabras!
Morid, villano.
Tú lo eres,
no le respondas.
Agora veréis, cobardes,
si son las palabras obras.
Fin.
Jornada segunda
Pag. 22
Salen el Rey don Fernando y el Almirante.
22
Esto me dicen, y temo
que, según soy desgraciado,
se ha de ver aquel estado
en un miserable extremo,
si con tiempo no le acudo
a remediar; porque es
poderoso el interés
en los hombres.
Yo lo dudo,
que el infinito valor
pueda del Gran Capitán
hacer cosas que no están
puestas en razón, señor;
no lo creáis, que no es bien
con tal sospecha injuriallo,
ni que a tan noble vasallo
tan injusto premio den.
Informaos, señor, mejor
para que podáis quejaros,
que no es bien, sin informaros,
sentir mal de tal valor.
Ved si estoy bien informado,
que a esta carta lo remito,
que de Italia me han escrito,
y es quien me ha puesto el cuidado.
Tomadla y ved, Almirante.
Pag. 23
Lo que me escriben ahí,
y ved si el temor en mí
es, según eso, importante.
Lee el Almirante.
El rey Filipo, archiduque, y el
rey de Romanos, su padre, promete
al Gran Capitán, porque tenga en
su nombre las fortalezas de Nápoles
y Calabria, de irle ayudar en persona
y casar a su hija mayor con el hijo del
rey don Fadrique, haciéndoles reyes,
y poner al Gran Capitán en gobernación
perpetua de los reinos.
La firma no la leáis,
ni quisiera yo no ver
hombre que os pudo poner
en la confusión que estáis.
¿Qué os parece?
Que es mentira.
¿Mentira?
Sí, gran señor,
y no debéis al amor
de don Gonzalo esta ira
por la causa de aquesta espada.
Que miente el que esto os escribe,
y que el Gran Capitán vive
firme en la lealtad jurada;
pues cuando el rey de Romanos
eso quisiera intentar,
no diera el duque lugar
a pensamientos tan vanos;
quien el reino os ganó,
y tanto honor os ha dado,
bien merece ser honrado
con el crédito que os dio.
Ya le he mandado prender.
Erráis contra vuestro honor
y hacéis un hecho, señor,
que no podéis deshacer.
¡Vive Dios, que si en prisión
al Gran Capitán ponéis,
que con todo el mundo perdéis
honor y reputación!
¡Envidia, a lo que ha llegado!
¡Basta que intente el sol
eclipsar de un español
que tiene el mundo asombrado!
Quedo, Almirante, que luego
haré que ese acuerdo cese.
Si un ave, señor, pudiese,
fuera presto a darle el pliego.
Yo lo quiero remediar
con darle, Almirante, el pago.
Al maestrazgo de Santiago
los pies os quiero besar.
Yo le tengo amor, y quiero
tenerle siempre a mi lado,
que, estando el reino alterado,
yendo allá quietarle espero,
que en aquestas disensiones...
Pag. 24
Nápoles es mi sagrado,
y a lo que estoy indignado
me obligan sus dilaciones.
¿Por qué no se viene a España?
Porque os sirve bien allí.
No sé si lo crea ansí.
Quien os escribe os engaña;
y tratadle bien, por Dios,
que si ingrato respondéis,
a Castilla enseñaréis
a ser ingrata con vos.
Vanse, y salen el Gran Capitán y García de Paredes.
Esto me pasó con él.
¿Que en efeto se ahogó?
García, piénsolo yo.
¡Vive Dios, que tan cruel
hecho no intentó jamás
español!
Pues yo, ¿podía sufrir
una cobardía
en mi sangre? No podías
culparme, pues eres sabio,
que no era bien que el valor
de que se adorna mi honor
consintiese tal agravio.
¿No me dijiste que estaba
sin color?
Si no hay dudar.
Mas también se ha de notar
que el enojo que llevaba
al corazón atrevido,
pudo ser que se llevase
la sangre y así quedase
a rostro descolorido,
y que me engañase yo.
Paredes, ya ello está hecho.
No hay que hablarme, que sospecho
que no lo erré.
¿Cómo no?
Que, ¡vive Dios!, que hoy has muerto
al caballero mejor
de tu sangre, y que es error
no reñir tal desconcierto.
En fin, a nado salí
de la otra parte del río.
¿Cuál irías? Ya me río
de considerarte allí.
Hallé a Fabricio que estaba
con Espinelo aguardando,
como caballeros dando
muestras de que se esperaba.
¡Que no me hubieses llevado
para que yo a esos gallinas
matara!
Mal imaginas.
Fabricio es hidalgo honrado,
y dijo que no quería
sacar, porque no era ley,
la espada contra su rey.
Pag. 25
¡Oh, qué cortés cobardía!
Siempre el miedo es muy cortés,
bien hablado y comedido.
¿Algo hiciste?
No he tenido
manos jamás contra tres.
¿Ni les diste un cintarazo
siquiera?
Pardiez, no;
que un hombre que allí se halló
también me detuvo el brazo.
¿Quién era?
El Gran Capitán.
Ya lo echamos a valor.
¿Quién puede vencer mejor?
Los que rendidos están.
En mi tierra un azotado
dio al verdugo cien escudos
porque se los diese mudos,
que era honrado y delicado;
pero al salir de la puerta
así la mano asentó
que al primero que le dio
le dejó la espalda abierta;
el hombre volvió del yugo
la cabeza al golpe fiero,
y dijo: "¿Pues, y el dinero?",
a quien respondió el verdugo:
"Todos habían de ser
como este". Y así sabrá
en qué obligación me está
por el dinero de ayer,
que si quedos se los diera
claro está que no podía
conocer la cortesía
de los que adelanto espera;
aplico y digo que yo
les diera tal cintarazo
que conocieran el brazo
que los demás perdonó.
Sale un criado.
Aquí ha llegado don Juan.
¿Qué don Juan?
Cosa que fuere
tu sobrino, y que viviere.
Salen don Juan y Morata con una capa y espada en la mano.
Suspensos de verte están,
ya culparles no me atrevo,
que a no haber también nadado
ya te juzgaban pasado
por el agua como huevo.
¿Quieres callar?
Ya doy trazas
de hacerlo. Yo he de buscar
por si vuelves a nadar
unas buenas calabazas.
En el pasado peligro
también nadó Vueselencia,
que salir no fue posible
Pag. 26
A su lado, a la ribera,
envidia me dio mirarle,
sobre las aguas ligero
cortando como delfín
aquellas olas soberbias.
Perdíle luego de vista,
pues casi perdí las fuerzas
de hacer contra la corriente
tan humilde resistencia;
en fin, al cabo de rato,
aunque cansado, a la tierra
pude llegar, dando a Dios
por ello gracias inmensas.
Hallé en ella a mis contrarios,
que valerosos me esperan,
como celosos novillos
que escarban sobre el arena.
Embestílos animoso,
que no mira la nobleza,
cuando interviene el honor,
ventaja ni diferencia.
Maté a Fabricio; Espinelo
huyó, mas dejóme en prendas
esta capa y esta espada,
que trae Morata; hela muestra.
A Fabricio le quité
del cuello aquella cadena,
que, de que cobré mi honor,
por testigo se presenta.
Esto ha hecho quien de vos
tiene en las hidalgas venas
sangre ilustre, mas de veros
dudar della se avergüenza.
Otra vez, cuando el honor
con vos embarcarse quiera,
haced para que se salve
más honradas diligencias;
nunca barrenéis los barcos
adonde el honor navega,
que para viles espadas
estas barrenas son buenas.
En pechos de mis contrarios
sabe mi espada por fuerza
hacer barrenos, y vos
en mi honor hacéis la prueba.
Mas agua que allí bebí,
sangre a mis contrarios cuesta.
Dos veces sois mi padrino,
una allí y otra en la iglesia.
Para enseñarme a nadar
no fue lección verdadera,
y sois maestro en dejarme,
sin que supiese la ciencia;
pero presto colijo,
que os ofende mi presencia,
para dar la vuelta a España,
os vengo a pedir licencia.
Pag. 27
si de mi valor dudáis,
pues a quien vos sois afrenta
que mal pudo vuestra sangre
dejar de parecer vuestra;
y otra vez mirad, señor,
que el honor no se sustenta
como corcho sobre el agua,
siendo firme como piedra.
Pero finalmente soy
el mismo que de antes era:
del Gran Capitán sobrino,
duque en Terranova y Sesa,
que el agua me echó a la orilla
no como a persona muerta,
mas como al ámbar más fino;
guarde Dios a vueselencia.
Sobrino don Juan, sobrino,
hijo.
Ese nombre pudiera
solo volverme a sus pies.
Dame esos brazos, que llegan
a oscurecer mi valor.
Cualquier persona que piensa
que no soy buen nadador,
aquí mi espada le reta.
No nadó Jonás también
cuando iba en la ballena,
que del peje Nicolao
desciendo por línea recta.
Yo le enseñé a mi amo
a nadar, que siempre lleva
calabazas porque trae
tan vacía la cabeza.
Valeroso sois, Morata.
Pese a tal, agora llega
a saberlo yo y voacé;
a otros catorce que vengan.
Aquí te estarás, sobrino,
hasta que conmigo puedas
irte a España, que presumo
que ya la ocasión se acerca.
Tuyo soy.
Con mi fortuna,
don Juan, las tuyas consuela,
y no salgas de palacio
por agora hasta que puedas
más libremente.
Tu gusto
en el mío es ley expresa.
Pues, Paredes, ¿qué os parece
deste caso?
Que quisiera
más ser don Juan este día
que cuanto vale Venecia,
y os juro que no he tenido
Pag. 28
jamás envidia, mas que esta
valentía de don Juan,
hoy me ha dejado con ella.
Yo he hecho mil desafíos
entre naciones diversas,
con tudescos y franceses,
con turcos, medos y persas,
con diablos del mismo infierno,
y otra que se parezca
a esta no tuve, ni he visto
más bien lograda braveza.
Sale mensajero.
Esta carta llegó agora.
Mostrad; plega a Dios no sea
lo que teme el corazón,
que ya sus males sospecha.
¿Cómo has quedado, señor,
con el virrey en materia
de vueltos a asar?
Borracho,
¿quieres callar?
Yo quisiera
serlo más, por Dios, que tre-
mendamente lo cuelas.
Vete ya, que me amohinas.
Vase.
A nadar a una taberna
quiero ir; ¿hay quien me compre,
señores, la ropa vieja?
¡Válgame Dios!
¿Qué tenemos?
¿Cáese el mundo? ¿Qué es eso?
hacéis extremos, por Dios,
que anda el mundo en sus extremos.
Avísame aquesta carta
que el rey me manda prender.
¡Voto a los diablos!
Que ayer
la mía a Fernando parta
con tanta seguridad,
y hoy intente mi prisión!
A vuestra reputación,
grandeza y autoridad,
no puede haber cosa alguna
que ofenda, ni Dios lo quiera,
sino que la envidia fiera
emborrache la fortuna.
No me ha sacado de mí
cosa como esta en mi vida.
A ser aquí la ofendida
mi persona, fuera ansí;
pues podía esto que pasa
sacarme de mis casillas,
pero vos, ni aun de rodillas,
saldréis de tan grande casa.
Sobrino, venid conmigo,
que quiero al rey escribir.
Pag. 29
sobre este caso y decir,
pues a escribirle me obligo,
que, porque tan conocida
lealtad, trata con rigor...
A vuestro lado, señor,
pretendo perder la vida.
Y de las ajenas yo
os mando un millón entero.
Callar, Paredes.
No quiero.
Pesar de quien me parió,
cuando ya tú te amohínas,
que eres la misma prudencia,
¿quieres que tenga paciencia?
¡Pícaros, putos, gallinos!
Vanse. Sale Pompeya, de hombre.
Noche, de estrellas vestida,
encubridora de cuanto
tu negro y oscuro manto
a varias cosas convida;
amiga reconocida
de ladrones y de amantes,
pues que las luces brillantes
de la luna y las estrellas
con tus negras armas sellas,
hasta que el sol se levante,
y noche cuya sombra oscura
a quien huye el resplandor,
y al sol pareces mejor
que sus rayos de luz pura,
antípoda que procura,
ocultando su arrebol,
ser la máscara del sol
y hacer que su luz se vuelva,
hasta que a lavarse vuelva
su rostro al mar español;
noche apacible y serena,
pues fuiste siempre enemiga
de la luz, si es que te obliga
en algo mi amarga pena,
pon las luces en cadena
de las estrellas y luna,
porque no pueda ninguna
ver el exceso mayor,
con que se atreve a mi honor
una afición importuna.
A saber vengo si es muerto
o si vive el que de mí
y la vida que perdí
es dueño seguro y cierto;
tormenta quiero en el puerto
más que bonanza en el mar;
déjame desengañar,
que una pena que se alarga
es cuchillo que se encarga
de atormentar y matar.
Pag. 30
30
Y si el dolor que padezco
en ti remediar procuro,
a tu negro templo oscuro
mil sacrificios ofrezco.
Tienes favor que merezco,
de ti es razón que reciba;
a dármele te aperciba
el renombre que te dan,
porque si vive don Juan,
en ti mi memoria viva.
Salen don Juan, García de Paredes y Morata.
No me puedo sosegar.
El amor no da sosiego.
Téngole al Gran Capitán
por tantos merecimientos,
sin esto en toda la noche
ni en mil por los altos cielos
me he de quitar de esta puerta;
y que si viene el infierno
con más legiones de diablos
que de su alcázar cayeron,
no me he de quitar de aquí
sino mil pedazos hecho.
Vive Dios, que estoy temblando,
y que imagino que huelo
no muy bien, porque en las calzas
noto que humedades siento.
Mucho me admiro que haya
quien, con loco atrevimiento,
menospreciando la vida,
se determine a prenderle,
que es hombre el Gran Capitán,
que con solo el nombre ha hecho
temblar a más enemigos
que hay estrellas en el cielo.
Dame, don Juan, que decline
la fortuna, y verás luego
volver a ser tronco humilde
el más levantado cedro.
¿Nunca has oído decir
la fábula del león muerto,
tendido en un verde prado,
y cubierto de conejos?
Pues tal contemplo a Gonzalo,
no vale agora el ejemplo,
que está vivo el león.
¡Adiós!
¿Vivo llamas al que vemos
desfavorecido ya,
en odio de su rey puesto?
Ahora bien, a mí me toca
a defender este puesto;
vete a acostar.
Bien ha dicho,
ese consejo tomemos.
Vámonos, señor.
Pag. 31
¿Qué es ir?
¿Quiero ser por dicha menos
que tú?
No lo digo yo,
mas que dejo aquí el pellejo.
Gente parece que sale
de palacio, y me llego
a preguntar por don Juan.
Don Juan.
¿Qué hay?
Pasos siento.
Tenéis razón, vive Dios.
Llega, Morata, a saberlo.
¿Para qué quieres que llegue,
si, como corren los tiempos,
hay puestas por las esquinas
diez mangas de arcabuceros?
Llega y calla.
Pese a mí.
Uno, diez, treinta, quinientos...
¡Más vienen de cuatro mil!
Vámonos de aquí, ¿qué hacemos?
Como unos gigantes son,
y hay, señor, gigante destos
que de una puñada rompen
cuatro varas a un cimiento.
¿Ahora temes, gallina?
Señor, agora no temo,
que días ha que el temor
tengo metido en los huesos.
¡Quién va! Desvíense allá,
que yo sabré lo que es esto.
¿Quién va?, digo. No responde,
no se mueve, es estafermo.
¿Qué aguarda? ¿A que le sacuda?
Habla, o voyle.
¡Ah, caballero!
Tened la espada, por Dios,
y advertid que no os ofendo.
¡Qué figura! ¡Qué persona!
¿Es de la prisión del puerto?
Porque en nombrando a Gonzalo
caerán todos por el suelo.
¿Es acaso alfiler vivo?
¿Es notifico o prendeldo?
¿Es de fustibus et armis?
Porque tengo de San Pedro
esto de matar judíos.
De más cerca hablar os quiero.
Acercaos más.
¿Trae acaso
para hablar boca de fuego?
Pues tire, que, por los santos,
que lo parecen sin serlo,
que, si me yerra...
Advertid
que soy mujer.
Pag. 32
Cierto.
Cierto.
Pues veis toda la braveza
de Paredes, en oyendo
mujer, parezco gazapo.
A muy buena dicha tengo
que seáis Paredes, en vos
arrimar mi dicha quiero.
Agora
arrimarme quiero, madre.
Oíd.
¿Cuánto va que vengo,
según soy de desgraciado,
a ser alcahuete vuestro?
¿Quién sois que, siendo mujer,
y qué rebozada os veo,
a las puertas del Virrey,
del Gran Capitán, que ha puesto
su nombre sobre los nueve
que el de la fama tuvieron?
Presumo que sois la envidia;
la envidia sois, que aquí dentro
vive el valor, la lealtad,
la fama de tantos hechos,
la militar disciplina,
la fortaleza y gobierno,
que tiene puesto en olvido
a los romanos y griegos.
No creáis que soy la envidia;
su bien y aumento deseo.
Pues si la envidia no sois,
en ese traje sospecho
que debéis ser la mentira,
porque dijo della un griego
que era hermosa y se vestía
de mil colores diversos.
Sois la mentira, por dicha,
y está bien dicho, pues viendo
sus dichas, desdichas quieren
borrar sus merecimientos.
Pues, Mentira, ¿qué queréis?
¿Diréis que es Mario, Pompeyo,
Belisario y otros tales?
No decís bien, que sirvieron
a repúblicas gentiles;
y el Gran Capitán a aquellos
cuyos católicos nombres
quedarán al mundo eternos.
Al mejor rey, ¡vive Dios!,
que tuvo cristiano cetro,
a quien cobardes engañan,
mentirosos, lisonjeros,
diciendo que es desleal
el Gran Capitán.
Teneos,
que os precipita el amor.
Ya os conozco en decir eso:
vos sois la humildad, sin dubda,
que el Gran Capitán le ha puesto.
Pag. 33
que el Gran Capitán se ha quedado
a las puertas
Esta plana quedó en blanco por yerro; pasen a estotra.
Nihil deest.
33
A las puertas de su casa,
porque todos entren dentro,
quejosos por mal pagados,
soldados, rotos, enfermos,
religiosos pobres, viudas,
mujeres, niños y viejos.
¿No es verdad?
Yo soy, Paredes,
Pompeya.
Señora.
Vengo
solo a saber de don Juan,
porque me han dicho que es muerto.
Es verdad.
¡Triste de mí!
Paso, esperad.
¿Cómo puedo?
Que digo muerto de amores.
Don Juan, allí viene un deudo
de Fabricio, y viene solo;
hablad como caballero.
¿De Fabricio?
Caso extraño,
que por más que huyo de serlo
siempre he de ser alcahuete;
ya que me vistan me recelo
de terciopelo de plumas,
fondo en miel.
¡Ah, hidalgo!
¡Cielo!
Vase.
Pag. 34
La voz de don Juan conozco.
¿A buscarme en este puesto
y a estas horas? Vive Dios
que por culpable condeno.
A vos, ¡ay, Dios!, a don Juan
es solamente al que quiero,
que no a vos.
¿A qué don Juan?
Al de Córdoba.
Recelo
que con engaño venís,
que yo soy el don Juan mesmo
a quien por mí preguntáis.
Si lo sois, verelo presto,
como seáis hombre aquí
para seguirme.
Yo pienso
que lo soy en todo tanto,
que si aquí dejo de serlo
es por lo que en preguntaros
estas cosas me detengo.
Id adelante.
Vase.
Seguidme.
¡Hola!
Señor.
¿Qué se ha hecho
Paredes?
Ya se partió.
¿Que ya se ha ido?
Y diciendo
que era a tal apriete.
¿De quién?
Yo no lo sé.
Este mozuelo...
Me diste aquí que le siga,
mira que me ha dicho el eco
de la voz; pero si quieres
que yo sepa este misterio,
déjame que yo le quite
las cintas de los grigescos
y verás...
Calla, Morata,
sígueme, porque sospecho
que es mujer.
Vanse. Salen el Rey don Fernando y Nuño de Ocampo, capitán, y el Almirante.
Dices muy bien.
Vamos a verlo de presto,
porque dejarte, Paredes,
por más imposible tengo
que ser venturoso un sabio
y ser desgraciado un necio.
Las cartas he recibido
con mucho gusto y contento.
Jamás en su pensamiento
cupo alevoso ofendido.
Capitán Nuño de Ocampo,
si el Gran Capitán quisiera,
ya él en España estuviera.
No está tan seguro el campo
Pag. 35
Que sea servicio vuestro
desamparar tan gran plaza
a quien hoy Italia amenaza,
que ha envidiado el valor nuestro.
Vos, en efeto, señor,
vais a Italia y lo veréis
por vuestros ojos, y haréis
al Gran Capitán favor,
no mandando que lo impidan
rendir en Castilnovo.
Ya lo decreto y noto,
y quiero que se despidan
de llegarme más a hablar
los que mal me informan dél.
¿Qué capitán más fiel
tenéis en tierra ni en mar?
Dicen que casar intenta
su hija mayor.
No es justo,
rey poderoso y augusto,
que os pese a vos.
Por mi cuenta,
si de Próspero Colona
se la da al hijo mayor,
merecerá mi favor
el duque.
A vuestra persona
guarde mil años el cielo,
para que te honres premiando,
oh, católico Fernando,
a más obediente celo
que se conoce en vasallo
que rey cristiano ha tenido.
Del duque estoy bien servido,
y determino premiallo.
Que a Nápoles voy, si aquí
ya tiene Castilla rey,
que ya quiero ser virrey,
pues no soy rey como fui.
Previénese mi partida,
Almirante.
Sí, señor.
Aunque con tanto dolor,
mal llorada y bien sentida.
Castilla, de ti me voy,
aunque me quedo contigo;
tratásme como a enemigo
cuando más honra te doy.
Tu padre y tu amparo soy,
con mi calor te crié,
con mis armas te ilustré,
y tras de tantos enojos,
para sacarme los ojos
un cuervo en tu amor hallé.
Mientras vivió mi Isabel,
contenta te vi, Castilla,
Pag. 36
Vase.
Nápoles por mí se humilla
a tu divino laurel;
del moro, hebreo cruel,
salteador, limpié tu muro.
Ya puede vivir seguro.
¡Qué buen galardón me das!
Pues cuanto te quise más,
en ti más penas procuro.
Mientras que tuviste guerra,
buen rey fui yo para ti,
pues con valor defendí
los límites de tu tierra.
La que agora me destierra
con tan grande tiranía,
espero en Dios que algún día
ha de volverme a buscar,
aunque el amor del reinar
no consiente compañía.
Descanso en ti, siendo rey,
porque de Marte la ley
por aumentarte he seguido.
Por mi causa es conocido
un nuevo mundo que en plata
en ti sus venas dilata.
Tu rey es Filipo y Carlos,
pero déjame envidiarlos,
que te amo aunque eres ingrata.
A embarcarse finalmente
se va tu padre y tu amparo;
rey te dejó ilustre y claro,
príncipe en todo excelente.
Ruego al cielo que en la frente
de Carlos, mi nieto, veas
la corona que deseas
del gran imperio alemán,
que ya mis ojos le dan
lo que no quiero que creas.
¡Ay, lástima, cómo ver
a un rey partir de este modo!
El tiempo lo puede todo,
que tiene inmenso poder.
Cosas puede el tiempo hacer
tan notables.
El gobierno
de Castilla está en tu yerno.
Trocados, míralos dos,
que solamente el de Dios
puede ser imperio eterno.
Vanse. Sale el Gran Capitán, solo.
Cuidados, sobre servicios,
cuando sois tan mal pagados,
bien es llamaros cuidados
de olvidador beneficios,
y si olvidados vivís
por envidias de mandar,
Pag. 37
Ya os puedo llamar temores,
que a darme muerte venís.
¿Quién creyera que sin ley
hiciera el miedo impresión
en el noble corazón
de tan católico rey?
Buen pago, Fernando, dais
al que os está defendiendo,
pues a envidiosos creyendo
prenderme agora mandáis.
Bien los buenos capitanes,
como yo, os querrán servir,
si solo llegáis a oír
a traidores y a truhanes.
Mas en Dios confío, sí,
que se ha de desengañar
el rey, y ha de confesar
el valor que vive en mí.
Sale García de Paredes alborotado.
¿Habéis hecho?
¿Qué hay, García?
El diablo. Vuestra excelencia
tiene la culpa, pues quiere
que aquellas cosas sucedan.
Lleve el diablo a mi linaje
desde la primer agüela
de Caín, si es que la tuvo,
y que yo desciendo della.
¿No hubiera sido acertado
hacer lo que se aconseja
quien bien le quiere, y hacer
que lo que es menos se pierda?
Acabáramos, señor,
de una vez con todas estas
bellaquerías, colgando
dos o tres de esas almenas
con las cartas al pescuezo,
como cuando a alguno afrentan
por vender gato por liebre,
y el gato al cuello le cuelgan.
¡Que voto a...!
¡García, García!
García, García... Deja
la flema, cuerpo de Dios,
que ya está todo por tierra.
¿Cómo?
Está ahí un auditor
o calabaza, y no deja
que remitan un papel
que él mismo darse desea.
Pag. 38
38
De la corte, y voto al diablo,
que si me enojo...
Pues venga,
y démele de su mano.
¿Consentirás que te prenda,
si es acaso provisión?
Pues ¿quién habrá que se atreva
a un hombre a quien la fortuna
igualó con las estrellas?
Que agora te estés así
con tan grande flema! ¡Pese
a cuantos aduladores
en las cortes lisonjean!
Mas para que el auditor
que viene con estas nuevas
a darnos este disgusto
sin esportón no revuelva,
déjame que yo le coja
de la horcajadura, y deja
que le arroje en un tejado,
y en volatín le convierta,
que si párrafo, ni ley,
hubiere que le defienda
de volar, sea un gallina,
una mandria y una hembra;
pues bien sabe el auditor
de la ley multum que allega,
si no se reduce al acto,
a ser nada la paciencia.
Eso no quiero sufrir,
García.
¡Ay, tan linda flema!
¿Qué es lo que dudas, si a aquel
prenderte de un hombre dejas?
¡Hola! Que entre el auditor.
Pues voto a Dios que si entra,
que ni Bártulo ni Baldo
le aderecen la cabeza.
Sale el auditor.
Después de besar las manos,
gran señor, a Vueselencia,
esta carta es de Fernando.
¿Para mí?
Vino con esta
del rey para mí, y me manda
ponerla en las manos vuestras,
y así obedezco, señor.
Como veis,
dentro se encierra
una cédula.
Será
en que manda que te prendan.
La cédula quiero leer,
porque la carta es la letra
y firma del secretario.
Por Dios, que si el juez intenta...
Pag. 39
prenderle, que ha de tener
la ventana por estrecha.
Lee el Capitán.
«Acatando a los grandes servicios
que en la conquista de Nápoles y Calabria
y en las demás partes tengo recibidos
de mi Gran Capitán Gonzalo Fernández
de Córdoba, duque de Sesa y Terranova,
y que no ha recibido premio hasta
hoy en la mínima parte que nos ha
servido, es nuestra voluntad acudirle
con cien mil ducados de ayuda de
costa, resignando en su persona, como
desde luego lo hacemos, el
maestrazgo de Santiago con todas las rentas
a él anejas; y además de esto...»
No paso más adelante,
porque el gusto no me deja,
de que de mi gran lealtad
satisfacción el rey tenga.
¡Ay ventura semejante!
Los pies mil veces os besa,
gran maestre de Santiago,
esta humilde hechura vuestra.
Mil parabienes os doy.
¡Oh, qué famosa encomienda
dais esta vez a García!
Dártela mayor quisiera.
Tomad, señor Auditor,
esta cadena, aunque sea
menor que la de mis brazos.
Esa es la mayor cadena
que pueden honrar los míos.
García.
¿Qué mandas?
Vuela
por tus albricias a dar
este gusto a la duquesa.
Por Dios, que si por ventura
no era la cédula buena
y es provisión de prisión
y no provisión de hacienda,
vuela el señor Auditor...
¿Muy lejos?
No legua y media.
Fin.
Jornada tercera
Pag. 40
Disparan dentro, tocan cajas y música. Salen García de Paredes y un embajador.
40
Notable día.
Hoy veréis
en la ciudad más gallarda,
más bizarra y más hermosa
que se conoce en Italia,
los mayores regocijos
que se han visto.
De Alemania
de llegar acá voy; quiero
que me refiráis la entrada
del rey, que, aunque de suyo no
soy embajador, la fama
del gran Fernando me ha puesto
grande afición en el alma.
Partió el católico rey
de las costas catalanas
en veinte y cuatro galeras
famosas y bien formadas;
trajo consigo la hermosa
y católica Germana,
de Foix y de Aragón reina,
insigne por su prosapia.
Los castillos y los puertos
Pag. 41
Por donde sus velas pasan,
con humildad los saludan
y con amor los regalan.
Descubrieron sus galeras
ayer nuestras atalayas,
y a recibirle salió
la ciudad esta mañana;
llegaron al puerto alegres,
cogidas las velas blancas,
con vistosos gallardetes,
hechos de colores varias;
saludólos el castillo,
y antes que echaran las planchas,
desde el muelle a su real,
con maderos y con tablas,
sobre barcos amarrados,
una gran puente levantan,
de alfombras ricas cubierta,
por donde los reyes salgan;
y a un punto desembarcaron
los reyes, nobles y damas.
A este tiempo los castillos,
los baluartes y cuantas
torres la ciudad tenía,
y cuantas naves estaban
en el puerto a un mismo tiempo,
tanto número disparan
de piezas, que al mismo viento
tan horrísonos tronaban,
que con dudas hacían
si era el mar de fuego o agua.
En la puerta principal
del puerto, sobre seis aras
y bien fornidas columnas,
dos ricos arcos estaban,
adonde los magistrados,
que ricas sedas arrastran,
las llaves le presentaron
en una fuente de plata.
El noble acompañamiento
se fue prosiguiendo hasta
que a recibirle la iglesia
dieron señal las campanas.
Llegó el cardenal de Borja
y el de Sorrento, con cuantas
dignidades tan ilustres
tiene aquesta iglesia santa,
a besar la mano al rey;
que, dando a todos las gracias,
con tan ilustre ornamento,
con toda la ciudad marcha.
Contarte las colgaduras
de las calles y las plazas,
los serafines que había
en balcones y ventanas,
sería cansada cosa;
solo diré que a la casa
llegó del Gran Capitán,
donde por honra se posa.
Pag. 42
De sus servicios se apea,
y se aposenta con tantas
muestras de amor, que no quiso
llegar al insigne alcázar,
y siendo el Gran Capitán
de la gran reina germana
digno bracero, la lleva
dando plumas a la fama
para escribir los favores
con que los reyes lo ensalzan,
con que los hombres le adoran
y con que a la envidia espanta.
Música. Sale el Rey, el Gran Capitán de bracero a la reina germana, don Juan, Pompeya de hombre, Julia, dama, y Morata, y acompañamiento.
En vuestra casa, Gonzalo,
me aposento con tal gusto
como veis.
Señor augusto,
si fuera el alma regalo,
aquí la fénix se hallara,
aquí el palacio de Creso.
No es el honraros exceso,
sino amor, que no repara
más de en el que vos tenéis.
Señora, tanto favor...
Gran Capitán, este amor
no a mí sola le debéis,
sino a todos; y estimad
que aun de los que habéis vencido
sois amado y sois querido.
Duque, de vuestra lealtad
siempre seguro he vivido.
Solo por serviros callo.
Vos sois el mejor vasallo
que rey cristiano ha tenido;
levantaos, gran condestable
de Nápoles.
Aún no entráis
en mi casa y ya pagáis
posada tan miserable
con tan insignes mercedes.
Gran condestable le ha hecho.
Y aun es poco a tan gran pecho,
sí, por vida de Paredes.
Dad a la reina la mano
y entrad.
Mil años, señor,
vivas para dar honor,
ese valor soberano.
Vanse todos. Detenga Julia a don Juan, y quede Pompeya y Morata.
Detente, don Juan.
¿Qué buscas?
¿No me conoces?
Que si oyeres mi desvío,
sabes mi ser y la voz.
¿Quién eres?
Pareces, Córdoba, ingrato,
valeroso delincuente,
que pasando Dios, entonces
de su palio se favorece.
Pag. 43
Al de Fernando de Ariste
seguro sagrado tienes,
tus delitos, enemigo,
te obligan a recatarte;
porque no quieres pagar,
no porque pagar no puedes.
Pero si a los pechos nobles
obligaciones presentes
pueden obligar, las mías
no es posible que las niegues,
si no te tienen por deuda
ejecutada en los bienes
que obligada me tenías,
la que fue deuda siempre.
Julia hermosa, yo no puedo
negar, ni es bien que lo niegue,
que de mi alma tus ojos
fueron la cárcel alegre;
mas también sabes, señora,
que aunque amante y diligente
te serví, nunca mi fuego
derretir pudo tu nieve,
hasta el punto que tuviste
propia acción en las mujeres,
que me retiré cansado
de servirte y pretenderte;
y al alma, que entonces libre,
y aunque fue de tus desdenes,
en cárcel de obligaciones
otro dueño hermoso tiene.
Y pues no puedo servirte,
perdónalme, Julia, y vete,
aunque en amor desengaños
son amargos y crueles.
Español, ¿eso respondes?
¿Es esto lo que merece
mi afición, que por tu causa
me ha traído desta suerte?
¿De aqueste modo en mi cara
me dices que me aborreces?
Pero ya yo sé la causa
que te obliga a aborrecerme,
pues la que es menor escoges
y de lo que es más te ofendes.
¿Quién es lo menos, señora?
¿Sois por ventura alcahuete
suyo, que lo preguntáis?
Soy el diablo que la lleve.
¿Quién es lo menos?
Pompeya.
Luego, ¿no se ve que miente
vuestra merced, que esa dama,
por más que de sí se precie,
la hace muchas ventajas
en hermosa y en prudente?
Lo que el lampiñuelo dice
es verdad cuarenta veces;
a pagar de mi dinero,
y el que otra cosa dijere,
cuerpo a cuerpo en ese campo
yo le haré que lo confiese,
si acaso no vuelvo huyendo
como siempre me acontece.
Pag. 44
Hacer matar.
¿Para qué?
¿No ve que tengo parientes
en la corte?
¡Hay tal maldad!
Pompeya, ¿qué es esto? ¿Quieres
echarme a perder?
Bien haces,
amor mío, en detenerme,
que si no...
Vaya en buen hora,
y si quiere darse un verde
y mi amo la repula,
no faltará quien la ruegue,
que yo también soy de carne.
Vase.
¿Español, esto consientes?
Pues de mi boca sabrá
hoy el rey que ya rey tiene
Nápoles, cómo a traición
diste a Fabricio la muerte.
Mientes, vive Dios.
Aparta.
¿Qué quieres hacer?
Ponerle
cinco sellos en la cara,
para que más cuerda llegue.
Anda, loca.
Quien no sabe
lo que son celos pruebe,
lo que es amor podrá entonces
saber el poder que tiene.
Venga la mirlada y traiga
trece o catorce valientes,
que yo haré...
¿Qué harás?
¿Qué haré?
¿Qué harás?
Huir como siempre.
Vanse. Salen el Rey y un contador.
44
Por todas estas cartas te suplican
vayas a gobernar, claro Fernando,
a Castilla que ya toda alterada
no reconoce dueño ni te admite,
tu hija serenísima en la muerte
del rey Filipo inhábil ha quedado
de gobernar.
¿Que tanto lo ha sentido?
Tanto, que el que tenía está perdido,
pues siendo así, ya ves que es niño agora
tu nieto Carlos, vuelve, que te adora
Castilla, gran señor, y no permitas
que en ella pasen cosas inauditas.
Digo que buscaré el más fácil modo
entregando a Nápoles, y habiendo
virrey y general que en ella quede,
de Gonzalo Fernández sustituto,
que conmigo me le llevo a España.
Salen Alberico y Espinelo.
Entrad, que a nadie su presencia niega.
Pag. 45
El resplandor de la verdad me ciega.
Danos los pies, gran señor,
a Albano y a Espinelo.
Que os estimo sabe el cielo,
por vuestro mucho valor.
¿En fin, gran señor, te vuelves
a tu amada España agora,
y este reino, que te adora,
a dejarle te resuelves?
Esme forzoso tornar
a España, que en fin me ama,
como a padre y rey me llama,
y la tengo de amparar.
Eres católico rey,
adorado con razón.
Don Alonso de Aragón
queda aquí por mi virrey.
¿Cómo has tomado la muerte
de Fabricio Ursino?
¿Quién?
¿Esto te encubren también?
¿Murió Ursino?
De tal muerte
que mandó el Gran Capitán
que, porque no te escribiese
sus cosas, muerte le diese
secretamente Don Juan.
¿Quién es Don Juan?
Su sobrino.
Esta es la mujer del muerto.
Sale Julia, enlutada, con manto.
En aqueste engaño es cierto
vengarme el cielo divino.
Dame favor contra dos
enemigos del virrey,
estos truje porque al rey
inciten mejor.
¡Por Dios,
que, como fuera de mí,
estoy, que Ursino murió!
Si tú te paras en eso, yo,
por quien soy, o por quien fui,
hazme justicia, señor:
Don Juan de Córdoba ha muerto
a mi esposo.
¿Que encubierto
me tengan tan grande error?
De noche, con gran secreto
y armas, en mi propia casa
me le mató.
¿Que esto pasa?
Tú eres príncipe discreto,
tú, valeroso, tú sabes
las crueldades del virrey;
castiga, pues eres rey,
señor, delitos tan graves;
toma testigo, verás
lo que averiguas en él;
si quieres ver si es fiel,
toma la cuenta nomás.
Pag. 46
Vos, mi contador mayor,
se las tomad.
Será bien
que cuentas, señor, se den
a tanta lealtad y valor.
Haced luego lo que digo,
el que pone su vida al cielo
hoy conoceréis mi celo.
Vanse, queda el Contador.
A quien no tuvo enemigo
no tiene virtud, ni en él
vio señal de valor.
Sale el Gran Capitán y García de Paredes.
¿Está aquí el rey, mi señor?
Ya se ha entrado, y van con él
del reino algunos varones.
Que hablase a vuestra excelencia
me mandó, y con su licencia
óigame cuatro razones.
No tiene que recelarse;
que si todas las paredes
tienen oídos, bien puedes
dar a Paredes su parte.
Aun no sabe el contador
la merced que vos me hacéis.
Gran Capitán, ya sabéis
que si no hubiera calor,
no hubiera envidia.
Es verdad.
El rey me manda tomaros
cuentas, y os vengo a avisaros
que ha de ser con brevedad;
porque se piensa partir
luego que compuesta quede
la ciudad.
A cuanto él puede
mandar, sabré yo servir;
digo que cuentas daré
del dinero que me ha dado,
que en servirle lo he gastado,
y en dos reinos que gané.
¿Eso respondes?
¿Qué quieres?
Quien bien lo supo gastar
buenas cuentas sabrá dar.
¿Cuentas tú?
Sí, no te alteres.
Valdrá lo que el rey te ha dado
los dos reinos que le das.
Él me dará lo demás
cuando quedare alcanzado.
Voy a buscar los papeles.
Vase.
Y yo los libros.
Vase.
¿Qué es esto?
¿El rey en cuentas se ha puesto
por dos envidias crueles?
Pag. 47
con quien se ha dado a temer
de mil contrarias naciones,
y en las remotas regiones
sus armas llegó a poner.
¿Cómo han de poder dos plumas,
con números y con ceros,
reducir los verdaderos
valores a ciertas sumas?
Para poderlos contar
son números infinitos;
más que en el mundo hay escriptos,
no han de poderlos sumar.
¡A Dios, que la envidia llegue
a tiempo que a un capitán
cuentas pidan, a quien dan,
aunque ella misma la niegue,
más nombre por su valor
que Alejandro ni Aníbal!
Y que pueda sufrir tal,
¡ah, Duque, extraño rigor!
Siendo un hombre a cuya espada
se puede rendir el mundo,
¿en qué báratro profundo
vive esta envidia encerrada,
que a tal valor no perdona?
Mas que cuenten es mejor,
que he muerto a este contador.
Salen Pompeya y Don Juan.
Mi amor, Pompeya, me abona,
y no quiero que de mí
tan injustas quejas formes,
cuando de veras te informes
de que jamás te ofendí.
¡Qué bien sabes disculpar!
Sin advertir que tu culpa
hallar no podrá disculpa
que por buena pueda dar.
Vino Julia hasta la puerta
de palacio en busca tuya,
¿qué quieres, Don Juan, que arguya
de una sospecha tan cierta?
Mas yo me iré donde más
no me veas, y el creerte,
lloraré hasta que la muerte
me acabe.
Terrible está,
ya pienso que no me quieres,
pues no me crees aquí.
¿Qué he de creer si lo vi?
Terribles sois las mujeres,
y, por vida de Don Juan,
que jamás pensé ofenderte
con Julia, mas eres fuerte
si injustos celos te dan.
Bien dices: injustos celos;
porque todos vuestros gustos
eres dar celos injustos.
Pag. 48
No me den vida los cielos
si no siento, gloria mía,
tu pesar, mas por tu fe,
que agora sin causa fue.
Salen el capitán de la guarda y soldados.
Dese vuestra señoría
a prisión.
Pues, ¿por qué a mí?
¿Qué es esto?
Mándame el rey
prender a don Juan, y es ley
que yo le ejecute ansí.
Pues, ¿la causa no sabré
de mi prisión?
Solamente
obedezco diligente,
que lo demás no lo sé.
Esto de la envidia arguyo,
mas podéis creer de mí
que no llevaréis de aquí
a don Juan sin gusto suyo,
si no fuera porque están
envidiosos vigilantes,
solo por verse triunfantes,
todos del Gran Capitán.
Y si aquí a don Juan defiendo,
pensarán que está culpado,
y con haberse librado,
al Gran Capitán ofendo;
no se nos pida la espada.
No, porque no la daré,
porque yo no la saqué
contra la lealtad jurada.
No fuera bien desarmar
a tan noble caballero.
Llevaros con ella quiero.
No tienen que recelar,
Pompeya.
¿Y adónde le llevas?
A Castilnovo me mandan.
Vanse.
Buenas nuestras cosas andan.
Cuentas, prisiones y pruebas.
No he de apartarme de ti.
Decid, García, al virrey
que vaya a rogar al rey.
Vase.
¿Y podrá rogar por sí?
Que están las cosas de modo
que lo habrá bien menester;
no sé qué tengo de hacer,
que ya va perdido todo.
Mándame hablar la razón
y callar manda el respeto.
A callar estoy sujeto.
Pag. 49
Sale el Gran Capitán con unos papeles, dos contadores con dos libros de caja grandes. Haya un bufete y sillas, y recado de escribir.
Estos mis papeles son.
Siéntense.
Y estos los libros. Aquí
siéntese Vuestra Excelencia.
Y aquí he de tener paciencia.
Papelillos, pese a mí.
Ved cómo se van sentando,
ved los librachos que ojean,
que aquestas las hojas sean
que estuvieron relumbrando,
dándole eternos blasones
al Gran Capitán, y aquí
estén sujetos ansí
a mal formados renglones.
Ved qué Livio escribe allí,
o qué Cornelio discreto;
pero ya podría ser
que allí escribiese Cornelio,
que en las cortes de los reyes
hay muchos Tácitos destos,
que, para decir quién son,
dan plumas al libre viento.
Sumar quieren, contadores,
tus gastos, siendo tus hechos
los que plumas de la fama
en diamantes escribieron.
El que está sentado allí
diera a Jenofonte griego,
diera a Tranquilo romano
materia a libros eternos,
no a contadores de un rey
a quien traidores pusieron,
con el más leal vasallo,
indignado y descompuesto.
Hácese a Vuestra Excelencia
cargo.
Ya comienza el pleito.
De diez mil escudos de oro
que en Valladolid le dieron,
más veinte mil en Madrid
y treinta mil en Toledo.
A Nápoles le enviaron
con el capitán Vivero
quince, y en Alejandría
unos honrados hebreos.
Hebreos y honrados, miente,
a pagar de mi dinero,
aunque sus parientes sean,
porque después que pusieron
a Cristo en tanto trabajo...
Pag. 50
A tal desdicha vinieron,
que no tienen en el mundo
honra, casa, rey ni reino,
y, voto a Dios, si arrebato
aquel librazo de en medio,
que le he de abollar los cascos,
porque no honre el majadero
a quien Dios quitó la honra.
Señor contador, dejemos
partidas de diez y veinte,
¿no hay suma?
Aquí lo veremos,
que por la plana de atrás
suma este folio primero.
¡Ay, tan gran bellaquería!
¿Plana de atrás? ¡Vive el cielo,
que aquellos dos contadores
hechos están unos cueros
cuando Gonzalo Fernández
volvió atrás!
Deje los pliegos,
y vengamos a las sumas.
Pues que gusta de saberlo
vuestra excelencia, señor,
que bien se ve por los hechos,
la costera que ha tenido,
montan los cargos doscientos
y setenta mil ducados.
¿No más?
Y es poco.
No creo
que tal reino en todo el mundo
se haya ganado con menos.
Yo se lo voto a los diablos;
se ganaba a cuchilladas,
y qué enemigos le dieron.
También traigo yo papeles.
Vayan, vayan escribiendo;
¿papel el Gran Capitán?
Acabóse aquellos hechos,
el mundo quiere acabarse.
Memoria de lo que tengo
gastado en esta conquista,
que me cuesta sangre y sueños
y algunas canas también.
Allá decía un discreto
que no venían por años
ni las canas ni los cuernos;
vese claro, pues el sol,
a tantos años que vemos,
y se está tan boquirrubio
como al principio del tiempo.
La luna está toda cana,
Pag. 51
desde niña, y la nacieron
cuernos aquel mismo día
que en el cielo la pusieron,
y a más de cinco mil años.
Primeramente se dieron
a devotas religiosas
y a religiosos conventos,
por misas y sacrificios,
doce mil y setecientos
y cuarenta y seis ducados
de limosnas.
¿A qué efeto?
A efeto de que sin Dios
nunca hay prósperos sucesos.
Y como, demás, que entonces
todo andaba tan revuelto,
que un capellán no se hallaba
por un ojo.
Al paso desto
yo aseguro que se alcance.
Como se va el rey huyendo
de tantas obligaciones,
quiero alcanzarle y no puedo.
Más: de llevar a caballo
soldados pobres y enfermos,
y de curar los heridos,
veinte mil ducados.
Bueno.
Más: que se dieron a espías
en diversas veces ciento
y setenta mil ducados.
¡Jesús!
¡San Blas!
Y en correos
que se partían a España,
a Granada y otros reinos,
diez y siete mil ducados
y cuatro reales y medio.
Voto a Dios que se le olvidan
más de dos mil y quinientos
que en caballos se gastaron;
que, como era el tiempo recio,
más rocines se morían
que tienen las cuentas ceros.
Más: que se dio a sacristanes
que en las iglesias tañeron
por las victorias que Dios
fue servido concedernos,
diez mil ducados y treinta
y un real.
¿Tanto?
Sí, que fueron
infinitas las victorias
y andaban siempre tañendo.
Oigan, oigan, por mi vida.
Más: de pólvora trescientos
Pag. 52
Y setenta mil ducados
y tres reales.
Ya podemos
dejar las cuentas.
Bien hacen,
enemigos son del fuego.
Más de plomo para balas:
treinta y seis mil y seiscientos
y cuarenta y dos ducados.
Levántese.
No solo satisfaciendo,
va vuestra excelencia al rey,
mas que no podrá, sospecho,
pagarle con cuanto tiene.
Suplícole que dejemos
las cuentas, que quiero hablarle.
Pues ¿qué hay de nuevo?
Que ha mandado el rey prender
a don Juan.
¿Cierto?
Y tan cierto,
que si no fuera por vos,
a los que por él vinieron
yo les diera muchos palos,
porque miré a vuestros pleitos,
al capitán de la guarda,
que es mi amigo y vuestro deudo,
y por eso lo dejé.
Voy a hablar al rey.
Yo entiendo
que será bien menester
que le habléis, pero primero,
señor, a estos contadores,
¿no dejaréis que al infierno
los envíe yo a contar?
Que digáis eso no quiero.
Vase.
Dejadme, por vuestra vida,
meterles cuatro cuadernos
desto de plana de atrás
dentro de los mismos sesos.
¿Qué os parece?
Que estoy maravillado
de las cuentas.
El rey.
✝
Sale el rey.
Pues ¿qué hay de cuentas
con el Gran Capitán?
Que las ha dado,
mas yo no sé lo que con él intenta,
de espías y de misas ha contado
más que le ha dado.
¿Pues las misas cuenta?
Dice que no hay sin Dios buen suceso.
Tiene razón.
Con un millón de excesos
se alcanza en dos partidas tan notorias,
que a solo sacristanes que tañeron
a las fiestas, señor, de sus victorias.
Pag. 53
Diez mil ducados cuenta que les dieron,
sin más treinta y un reales.
Justas glorias
sus proezas insignes merecieron.
Pues de espías, señor, nos dio sumados...
¿Cuánto?
Ciento y sesenta mil ducados.
De pólvora es locura lo que cuenta.
Debe de castigar malos deseos.
Treinta mil y quinientos y sesenta
y tres ducados cuenta de correos,
y añade cuatro reales a esta cuenta
para justificarla.
Sus trofeos
dan voces contra tanta envidia fiera,
puesto que en balde su valor altera.
Si oyeras a García de Paredes
contar cómo las postas se morían,
sospecho que le hicieras mil mercedes.
Entra el Gran Capitán y García de Paredes.
García, a España desta vez me envían.
Agora libremente hablarle puedes.
Bravos alientos las verdades crían.
Aquí, invicto señor, a tus pies tienes
tu hechura.
53
¡Oh, condestable, a tiempo vienes!
¿No sabes cómo ya me vuelvo a España,
y conmigo te llevo?
Y sirviendo
a vuestra majestad; pero primero
quiero que sepa lo que hablarle quiero:
que este reino famoso con mi sangre
y el de Calabria lo he ganado solo.
Ha dado una miseria para ello
vuestra real majestad, y estoy tan pobre
que habiendo consumido aquí mi hacienda,
no me ha quedado un plato, ¡vive el cielo!,
en que comer.
Verdad, por Jesucristo.
Que a vuestra majestad en este cargo
de virrey he servido noblemente,
aunque le han dicho que desleal he sido...
¿Qué importa que lo digan, si han mentido?
A vuestra majestad le han dado cartas
envidiosos de mí, diciendo en todas
que yo le ofendo, y mal le han informado.
Sí, por vida del diablo, y son gallinas.
Y que tiene en prisión a mi sobrino
porque muerte le dio a Fabricio Ursino,
no a traición como dicen envidiosos,
sino como valiente en desafío.
Sí, por vida del diablo, treinta veces.
Pag. 54
¿Quién es este soldado?
Este es García de Paredes.
¿Vos sois aquel sonado...?
No sé si soy sonado o soy mocoso,
mas sé que he servido, ¡oh, generoso
rey de Aragón!, de Nápoles al lado
del mejor capitán que el cielo ha dado
a todo el mundo.
¿Es pobre este Paredes?
Mas, ¿qué quiere? ¿Pedirme algo prestado?
Señor, de fama y de virtudes rico.
Más rico soy que vos, rey poderoso,
porque quien no desea cosa alguna,
dos higas puede dar a la fortuna.
Pues de renta le doy tres mil ducados.
Y prometo que son bien empleados.
Esos gastaré yo, rey soberano,
con soldados, amigos, camaradas,
cuyas lenguas, señor, son tasajadas,
no como estos bellacos gallinosos.
Ya sé que mal me informan envidiosos.
Pero vamos, que quiero, antes que parta,
hacer que luego en Nápoles publiquen
un testimonio del valor del duque;
y por don Juan yo mismo servir quiero,
que soy su alcaide y vuestro prisionero,
y soy su esclavo.
Sois mi amigo, duque.
¡Tres mil de renta! Y, oh brindis, fortuna,
a la salud de todos los amigos,
aunque pese a gallinos y enemigos.
Vanse. Sale Pompeya y Morata.
¿Qué es lo que dices?
Que aprestes
tus cojines y maleta,
que ya está libre don Juan.
Ya a España damos la vuelta.
En albricias quiero darte,
Morata, aquesta cadena
y estos abrazos, amigo.
¿Qué me dices? ¿Qué me cuentas?
Que ya está libre mi bien,
de suerte que no te vuelvas,
loca, has de hacer tu figura,
porque es todo cosa cierta.
El capitán de la guarda
del rey la licencia lleva
de soltarle.
Toma, amigo, este diamante.
Muestra,
que en aquesto de tomar...
Pag. 55
Soy de condición tan buena
que a nadie dije de no,
y es porque nací una fiesta
del mismo Santo Tomás.
¡Ay, amigo! Considera
que sin don Juan yo vivía
como sin agua la tierra,
como sin su luz el sol,
como el fuego sin materia
que consuma; que, en faltando,
necesario es que él se muera;
y, en fin, como sin mí misma,
que es la cosa de más fuerza.
Voyle a ver un rato. Adiós.
Adiós, Nápoles, que os llevan
vuestro mejor bebedor
treinta enemigas banderas
a las castellanas costas,
a las benditas tabernas
del bendito San Martín,
que a todos su capa presta.
Adiós, mis bellas madonas,
¡ayme, que el corazón me lamenta!
Enlútense por mí todas
las fregonísimas hembras.
Adiós, que voy por el agua,
y plega a Dios no suceda
que en ella agüemos el vino
y el botico se nos vuelca,
donde este pobre mosquito,
vecino de las bodegas,
lo vaya a ser del océano
y en camarón se convierta.
Vanse. Tocan cajas. Sale el rey Luis de Francia y un capitán.
Días ha que tuve nuevas
que de Nápoles partía
el rey Fernando y quería,
por darme de su amor pruebas,
descansar en este puerto
de Marsella, hasta que el mar,
para poder navegar,
dé el tiempo seguro y cierto;
y para que la amistad
nuestra confirmada quede,
en alegría excede
aquesta insigne ciudad
a mucha...
... nuestra Marsella,
del valor las justas leyes;
pues tres poderosos reyes
se han de aposentar en ella,
dando de su amor fiel...
Pag. 56
El calor que está mostrando
en barcos el rey Fernando,
y juntamente con él
aquel varón singular
que tanto valor encierra,
que, siendo rayo en la tierra,
lo viene a ser en el mar.
Disparan.
Salva es esta, gran señor,
sin dubda el rey ha llegado.
Bien este puerto ha mostrado
su voluntad y mi amor.
Música. El rey y la reina, y el Gran Capitán por su bracero, don Juan Pompeya, y García de Paredes y acompañamiento.
Días ha que estaba aquí
esperando a que viniera
vuestra majestad.
Señor,
tanto amor, fineza es esa,
que dobla mi obligación
y mi justo amor aumenta.
¿Viene vuestra majestad
buena?
La que a veros llega,
¿cómo puede, rey famoso,
dejar de venir muy buena?
56
Duque de Sesa.
Señor.
¿Cómo venís?
Si la reina,
mi señora, respondió
que viene buena quien llega
a veros, ¿qué han de decir
los que son hechuras vuestras?
Vos sois el Gran Capitán.
Rey Luis, vuestra grandeza
hace humildes los leones,
y las águilas soberbias.
Si fuérades mi vasallo,
yo sé, Gonzalo, qué hiciera.
¿Qué hiciérades, gran señor,
con quien hoy los pies os besa?
Ganara el mundo con vos.
Que le gano es cosa cierta,
pues sois mayor y he ganado
que me honréis de esta manera.
Hola, dadnos de cenar.
La reina no viene buena,
pero verános cenar.
Dalde, gran señor, licencia.
Pag. 57
al Gran Capitán, que cene
con nosotros.
Fuera
quitarle ese honor crueldad.
Sentaos, duque.
Hayan sacado las mesas con todo aderezo y descubren una vajilla de plata en un aparador, siéntense.
Si la rueda se sienta, de mi fortuna...
Sentaréme a detenerla.
Quien vence reyes bien puede
sentarse, duque, a su mesa.
Van comiendo y bebiendo con cortesía.
¿Qué dirán los envidiosos,
dime, don Juan, cuando vean
que con tres reyes sentado
está Gonzalo a la mesa?
¡Ah, putos, por cuantos quejos
de cortesanos en tierra!
La pretensión y el despacho,
que suele andar con muletas,
que si yo os cogiera aquí...
Paso, que los tienes cerca.
¿Y quién son, por vida vuestra?
Alberico y a quien yo
le rompí media cabeza.
Pues hablen, y, ¡voto a Dios!,
de romperle la otra media.
Cantan.
Con tres poderosos reyes
está sentado a la mesa,
cenando, el Gran Capitán,
en la ciudad de Marsella.
Aquel valeroso Alcides,
de Italia segundo César,
aunque segundo en el nombre,
primero en valor y en fuerzas,
honrándole estaba el rey
como a su persona mesma,
que quien a los reyes vence,
también con reyes se sienta.
Levántanse.
Las mesas dejan los reyes.
Toda esa vajilla es vuestra,
Gran Capitán, disponed
a vuestra voluntad della.
Bésoos, gran señor, los pies,
pues me dais tanto que pueda
socorrer a mis soldados.
¡Ea, soldados, a priesa,
entre todos la partid!
Ese valor me contenta,
nadie me llegue a este frasco.
Pag. 58
ni aquella cantimploreja
del clarinillo, que es mía,
a pesar de cuantos vengan.
Vase.
Reyes famosos, pues hoy
es el día de clemencia,
hacer mercedes a todos,
interponiendo las prendas
y autoridad del gran rey
que hoy os ha dado esta cena,
pido a vuestras majestades
se sirvan en esta fiesta
de perdonar a don Juan,
que, casado con Pompeya,
les sirve en esta jornada.
Huélgome de conocerla.
Y yo de hacerla merced;
sí, mas es razón que advierta
el duque que también él
ha de hacer lo que aconseja.
¿Cómo, señor?
Perdonando.
Pues, ¿hay alguno a quien pueda?
A Alberico y a Espinelo.
A tus pies, señor, confiesan
que eres grande, pues la envidia
no pudo romper tus fuerzas.
Yo los perdono y suplico
que por amigos me tengan.
Y aquí de El Gran Capitán
ha dado fin la comedia.
58
Fin.
