La obra presenta, con texto muy deturpado pero en líneas generales reconocible, la conversión del gigante cananeo Ribero o Riberio, figura que corresponde de manera probable a san Cristóbal antes de su bautismo. Al comienzo se le muestra movido por un deseo de servir siempre al señor más poderoso del mundo. Primero entra en relación con un rey, pero una señal de temor vinculada al demonio le hace sospechar que existe un poder superior. Entonces decide buscar al demonio mismo para ponerse a su servicio; llega incluso a hallarlo y a integrarse en su corte. Sin embargo, vuelve a advertir que el demonio teme a otro poder mayor, identificado con Cristo, y por ello abandona también ese servicio. En su nueva búsqueda encuentra a un ermitaño, que le explica de forma gradual quién es Cristo, le instruye en los rudimentos de la fe y, atendiendo a la fortaleza corporal del cananeo, le propone una forma concreta de servir a Dios: ayudar a cruzar un río peligroso a viajeros y peregrinos. Ribero acepta con entusiasmo, se retira a vivir junto al paso y empieza así una existencia de caridad y aprendizaje cristiano.
En la segunda jornada se desarrolla la transformación interior del protagonista. El ermitaño continúa enseñándole la doctrina cristiana, especialmente la Trinidad, la encarnación y la pasión de Cristo, mientras Ribero persevera en su tarea de pasar gente por el río con un gran bastón. El lugar se convierte en espacio de auxilio para caminantes pobres, romeros, mujeres y otros pasajeros, y el protagonista va afirmándose en la fe mediante el servicio humilde. El episodio central llega cuando un niño le pide que lo lleve al otro lado. Durante el cruce, el peso del niño se hace extraordinario, como si llevara el mundo entero; una vez pasado el río, el niño revela que es Cristo y le anuncia un nuevo nombre, asociado en el texto a Cristóbal, porque ha llevado sobre sus hombros al señor del cielo y de la tierra. Como señal milagrosa, le manda hincar su bastón en tierra, y este reverdece y da fruto. Poco después, deseoso de completar su conversión, el protagonista recibe el bautismo de manos del ermitaño. Ya como cristiano, atiende a un fugitivo perseguido por un tirano enemigo de los cristianos; el relato de la persecución despierta en él el deseo del martirio, y decide dejar el paso del río para presentarse públicamente en defensa de la fe.
La tercera jornada narra el desenlace martirial. Cristóbal comparece ante un rey pagano y tiránico, que en el texto conservado aparece como perseguidor encarnizado de los cristianos. Antes de ello, unos caballeros intentan prenderlo y quedan impresionados por su fuerza y su presencia, pero él se deja llevar voluntariamente porque desea padecer por Cristo. En prisión y ante la corte mantiene una confesión firme de su fe, predica a quienes lo rodean y logra convertir a varios presentes; entre ellos, de manera verosímil aunque el pasaje no siempre permite precisarlo con plena seguridad, algunos soldados y dos mujeres enviadas para tentarlo. El rey ordena castigos, tormentos y ejecuciones: las mujeres convertidas mueren públicamente, y finalmente Cristóbal es atado para ser asaeteado. En el suplicio se produce un milagro: una flecha hiere al propio rey en un ojo, y el santo anuncia que su sangre podrá sanarlo. Tras su muerte, la sangre de Cristóbal devuelve la vista al tirano, que, sobrecogido por el prodigio, reconoce el poder de Cristo, pide perdón y manda honrar al mártir. Así, la obra concluye uniendo conversión, testimonio y triunfo póstumo del santo sobre la idolatría y la violencia pagana.