La obra se abre en Roma con conversaciones de varios galanes y criados sobre sus amores, sus intereses y la corrupción de la ciudad. Entre ellos destaca Nicolao Laurencio, personaje de origen humilde y oficio de notario o escribano, que mantiene relaciones amorosas con Laurencia, hija de Donato, mientras en público deja ver una imaginación desmedida y un deseo de grandeza política. En la víspera de una fiesta organizada por el Senado, Nicolao participa en una representación de Julio César y, en medio del espectáculo, abandona el papel dramático para dirigirse al pueblo con un discurso exaltado sobre la antigua libertad de Roma, la majestad de la ciudad y la necesidad de acabar con sus tiranos. Su arenga provoca una reacción colectiva inmediata: el pueblo lo aclama como libertador y lo eleva de hecho a la dignidad de senador y caudillo popular. Desde ese momento, Nicolao empieza a comportarse como gobernante inspirado, mezcla de improvisación teatral, ambición política y convicción providencial, hasta el punto de presentarse como restaurador de la grandeza romana.
En la segunda jornada se muestra el rápido ascenso del nuevo poder. Roma lo celebra como príncipe, tribuno y “Caballero del Espíritu Santo”, título vinculado a la insignia recibida en San Juan de Letrán, y Nicolao emite provisiones solemnes en las que declara a Roma cabeza del mundo, revoca privilegios contrarios a su autoridad y emplaza a emperadores y príncipes cristianos para que comparezcan ante él. Al mismo tiempo, el texto insiste en que su gobierno combina rasgos de justicia efectiva y de peligrosa desmesura: castiga a los antiguos senadores Urbino y Berona por sus abusos, aunque finalmente les perdona la vida; se muestra humilde y afable con sus amigos, pero majestuoso y casi sagrado en el ejercicio del cargo. En paralelo, se complica su historia amorosa. Donato, padre de Laurencia, la había prometido a Ursino, pero Nicolao exige casarse con ella. Laurencia, que ya había dado palabra de esposa a su amante tras ser salvada por él de un toro en unas fiestas públicas, huye de casa para mantenerse fiel a ese vínculo. Una ronda la detiene, sin reconocerla, y ella expone ante el propio Nicolao la historia de su amor; después él mismo aclara el enredo, se presenta como el amante ya desposado con ella y desactiva la disputa con Donato y con Ursino, a quien procura apaciguar.
La tercera jornada desarrolla el momento culminante y problemático del poder de Nicolao. Ya consolidado en Roma, aparece como gobernante admirado por su paz, su rectitud y su capacidad de atraer embajadores y mensajes de príncipes cristianos y no cristianos, incluido el papa, varios reyes y el gran turco, todos obligados a reaccionar ante sus pretensiones universales. Nicolao escucha las reclamaciones y mantiene con firmeza la primacía de Roma, aunque declara respetar la potestad espiritual del pontífice. Sin embargo, su vida privada altera ese equilibrio: se le comunica que su esposa Laurencia ha mandado matar a Sulpicio, probablemente por razones que el pasaje conservado no permite precisar con total seguridad. Nicolao intenta actuar como juez imparcial y ordena prenderla, debatiéndose dolorosamente entre el amor y la justicia, pero su afecto lo hace vacilar de forma extrema. Poco después, el pueblo irrumpe en favor de Laurencia y la saca de prisión, prueba de que la autoridad del nuevo senador depende también del apoyo popular. En la escena final, Nicolao convierte una fuente de plata en imagen de san Juan Bautista para enseñar que no importa el origen humilde de la materia o de la persona, sino la dignidad del papel que representa. Con esa defensa simbólica de su propia elevación, obtiene de nuevo la obediencia de Roma, que lo aclama como supremo senador, y la obra se cierra anunciando que esta es solo la primera parte de su fortuna política, cuyo desarrollo posterior no se ofrece en el texto conservado.