La obra presenta primero a Leonido como un personaje entregado al crimen, la blasfemia y la soberbia, convencido de que Dios pagará por él sus delitos y de que después ya responderá si llega el caso. En Sicilia, entra en casa de su cuñado Dionisio con intención expresa de deshonrar a su propia hermana Marcela, no por amor, sino por el placer de afrentar a su sangre y destruir el honor familiar. Marcela se defiende, y Leonido la hiere en el rostro; después maltrata también a Dionisio cuando este intenta socorrerla. Gerardo, padre de Leonido y de Marcela, oye la relación de los hechos y se enfrenta a su hijo, pero Leonido no solo no se arrepiente, sino que confiesa con arrogancia su intento, desafía a su familia, golpea a su cuñado y acaba abofeteando a su propio padre. Gerardo lo maldice entonces con imágenes de cautiverio, arrastre y suplicio, mientras Dionisio se mantiene como yerno fiel y apoyo del anciano. Huido de la ciudad, Leonido se encamina a la costa siciliana; allí, tras un breve episodio de desafío y sueño, es sorprendido por moros llegados de Túnez. Aunque se resiste ferozmente y mata a uno de ellos a palos, termina apoderándose del jefe moro Berlerbeyo, invierte la situación a su favor y, tras jactarse de su vida monstruosa y de sus mayores impiedades, acepta vestirse como moro, renegar públicamente del cristianismo y marchar a Túnez bajo el nombre de Argolán.
Ya en Túnez, convertido exteriormente al islam, Leonido-Argolán se gana el favor del rey y de la mora Lidora, que se enamora de él, aunque él la trata con mezcla de altivez, rechazo y deseo de dominación. Su soberbia lo lleva a amenazar al propio rey y a alardear de poder destruir ciudad, ley y monarca, aunque por intercesión de Lidora se suspende de momento el conflicto. Paralelamente, llegan a Túnez nuevos cautivos sicilianos capturados por Zulema: entre ellos están Marcela, su padre Gerardo y, de manera probable según la acción conservada, otras figuras de su círculo inmediato, con Tizón como acompañante cómico. Lidora acoge con compasión a los cautivos y en especial a Marcela y al anciano, a quien trata casi como padre; cuando Argolán reconoce en ellos a su familia, lejos de conmoverse, vuelve a humillarlos. Hace arrodillar a Gerardo, lo insulta y lo pone bajo sus pies; después intenta forzar otra vez a Marcela y, para vencer su resistencia, amenaza con matar al padre delante de ella. En el momento extremo, Lidora y Berlerbeyo intervienen y frustran la violencia, de modo que Argolán queda momentáneamente desplazado. Desde entonces, mientras Lidora se acerca cada vez más a los cautivos cristianos y aprende con Tizón los rudimentos de la fe cristiana, se prepara el castigo del protagonista. Por su parte, Argolán, arrojado después por el mar a un paraje solitario, encuentra a un misterioso pastor que representa a Cristo. El pastor le habla como buen pastor que busca a la oveja perdida y le muestra en un zurrón la corona de espinas, la túnica, los azotes, la soga y la cruz, haciéndole comprender que todas sus ofensas han recaído sobre Dios mismo y que la supuesta “fianza” divina de que abusaba era en realidad la pasión de Cristo.
Conmovido por esta visión, Leonido reconoce la gravedad de sus culpas, hace una confesión general, pide perdón a Dios y decide mudar de vida de forma radical. Se despoja de los signos moriscos, toma para sí la túnica, la corona, la soga y la cruz como emblemas de penitencia y acepta ser prendido sin resistencia por Zulema y Berlerbeyo, que apenas creen en la sinceridad de su cambio. Mientras tanto, en Túnez avanza la conversión interior de Lidora, que recibe de Tizón una imagen del Niño Jesús y manifiesta verdadero deseo de bautismo. Dionisio llega también a la corte para rescatar a Marcela y a Gerardo, y se confirma la nobleza de todos ellos frente a la antigua violencia de Leonido. Berlerbeyo captura finalmente a Argolán ya penitente y lo lleva a presencia de los demás. Allí Leonido pide perdón a su padre, a su hermana y a Dionisio, y confiesa además un crimen aún mayor: haber matado años atrás a su madre cuando esta estaba de parto, dejando expuesta a una niña recién nacida. Una carta del anciano rey de Túnez aclara entonces que Lidora no es mora de nacimiento, sino una niña cristiana arrebatada en otro tiempo a una osa en la ribera de Alicata; así se descubre que es la hermana perdida de Marcela y Leonido. Berlerbeyo, impedido ya de casarse con ella, renuncia con cortesía y decide dar libertad a los cautivos. Antes de que la reconciliación se complete, Leonido aparece ya ajusticiado en un madero, aceptando su muerte como satisfacción de sus culpas y entrega a Dios. En ese trance final, su sangre devuelve milagrosamente la vista a Gerardo, y el antiguo pecador muere arrepentido, pidiendo misericordia. Con su muerte queda “satisfecha” la fianza divina en el sentido dramático de que la gracia de Dios ha provocado su conversión, ha hecho posible el perdón y ha restaurado, al menos en parte, el orden moral y familiar quebrantado por sus delitos.