La comedia se abre con la llegada de don Fernando a Madrid para casarse con su prima Aurora por disposición familiar. Aunque el enlace parece conveniente, Fernando confiesa a su criado Gorrión que se halla lleno de recelos, primero por la incertidumbre sobre la hermosura y condición de la dama y después por unos celos y temores que no sabe explicar del todo. Al reencontrarse con su amigo don Jacinto, antiguo compañero suyo en Flandes, ambos evocan un suceso pasado: don Fernando dio muerte allí a don Diego, hermano de Aurora, cuando sorprendió a este pretendiendo forzar o deshonrar a su hermana doña Beatriz. Fernando sacó entonces a Beatriz de aquel peligro, pero Jacinto quedó unido a ella por la memoria de aquel episodio y por la admiración hacia su virtud. En Madrid se descubre además que Aurora y Fernando se aman desde antes en secreto, ayudados por Lucía, criada de la dama, gracias a un postigo disimulado que comunica dos casas contiguas. Para encubrir estas visitas nocturnas, las mujeres han difundido la ficción de que en un cuarto apartado anda un duende o fantasma, y así explican ruidos, pasos y apariciones sin despertar sospechas domésticas.
Los amores clandestinos se complican porque el padre de Aurora quiere desposarla con don Jacinto, sin saber que este ama a Beatriz ni que Fernando es el verdadero amante de su hija. Una noche, Lucía introduce a Fernando en el aposento de Aurora por el paso secreto, pero Gorrión, atemorizado y torpe, provoca sospechas al afirmar que ha visto entrar a un hombre o a un duende en el cuarto. Don Jacinto y el padre registran la estancia, mas no hallan a nadie y el episodio queda explicado como ilusión o fantasmagoría. En la jornada segunda, la red de equívocos aumenta: Aurora y Lucía entran de nuevo en el aposento de Jacinto para burlarlo y conducir a Fernando a la cita amorosa, mientras Beatriz, perseguida por los planes de su hermano para encerrarla en un convento y separarla de Jacinto, busca amparo en la casa vecina. Fernando recibe misteriosamente un retrato y un papel que lo dejan desconcertado; Aurora, al ver esas prendas, cree que él sirve a otra mujer y rompe airada con él, aunque se trata en realidad de indicios vinculados a Beatriz y al artificio de las apariciones. Jacinto, por su parte, llega a ver a una mujer desconocida que entra y sale como fantasma, y su amistad con Fernando empieza a mezclarse con sospechas, desconcierto y celos, sin que logre comprender todavía la verdad de lo que sucede en la casa vecina y en el cuarto del supuesto duende.
En la parte final, los secretos acumulados salen a la luz por la presión de los celos, las pesquisas del padre y la imposibilidad de sostener por más tiempo el fingimiento sobrenatural. Beatriz puede explicar su historia, Jacinto confirma que su amor se dirige a ella y no a Aurora, y queda aclarado que la muerte de don Diego no fue un crimen infame, sino la consecuencia de la defensa de una mujer amenazada en Flandes. Aurora y Fernando superan entonces sus recelos, pues se deshacen los malentendidos causados por el retrato, los mensajes y las apariciones nocturnas. El padre, enterado de la verdad, abandona su resistencia inicial y acepta una solución honorable que restaura la paz familiar. La comedia concluye así con el doble ajuste amoroso de Fernando con Aurora y de Jacinto con Beatriz, mientras el supuesto fantasma queda reducido a simple artificio escénico y doméstico nacido del ingenio de las mujeres y del miedo de quienes prefirieron creer en prodigios antes que en amores secretos.