En Barcelona se preparan las fiestas por la boda de doña Gracia, hija del conde de Barcelona, con Manfredo, rey de Sicilia. Don Luis de Moncada, primo de Gracia, desespera porque ambos se aman y la voluntad paterna la entrega al rey. Aunque al principio Gracia intenta consolarlo, pronto acepta huir con él esa misma noche, aprovechando el bullicio de máscaras, fuegos y festejos para escapar hacia Castilla. Sin embargo, la situación se complica por los celos de Celia, también prima suya, que ama a don Luis y, para separarlos, finge ante Gracia que él la ha cortejado con cartas y visitas secretas. Gracia, herida por lo que cree una traición, decide marchar a Sicilia llevándose consigo a Celia y apartándose de don Luis. Esa noche, cuando los amantes iban a fugarse, se declara un incendio en la iglesia de Santa Eulalia. Don Luis renuncia a su cita para socorrer el templo y se arroja entre las llamas para salvar el Santísimo Sacramento, acción heroica que lo convierte simbólicamente en “Eneas de Dios”. Cuando vuelve, ya ha perdido la ocasión de rescatar a Gracia, que interpreta su ausencia como cobardía y engaño. Antes de embarcarse con el rey, Gracia le entrega a don Luis un bolsillo que aparenta contener reliquias, pero en realidad guarda las cartas amorosas de ambos y una nota en la que lo acusa de ingrato y cobarde.
Ya en Palermo, Gracia aparece casada con Manfredo y procura mostrarse como esposa obediente, aunque su tristeza inicial se atribuye a la ausencia de su padre. Celia, por su parte, pide a la reina que interceda para poder casarse con don Luis, y Gracia acepta escribir a Barcelona para favorecer ese enlace, convencida todavía de su deslealtad. En ese momento don Luis llega disfrazado de peregrino con su criado Salvadera para explicar su conducta y dar a Gracia un memorial donde afirma que no faltó por cobardía ni por preferir otro amor, sino por una causa mayor. Gracia, turbada, recibe varios memoriales de suplicantes y, por error fatal, entrega el de don Luis a Manfredo creyendo darle el de Celia. El rey lee así el papel en que se alude a una relación anterior entre la reina y su primo, y, enardecido por los celos y el honor, concluye que ha sido deshonrado. Aunque primero intenta averiguar lo sucedido, pronto descubre que don Luis estaba en Palermo y que Celia lo ha reconocido; entonces manda prender a Gracia y a don Luis por adúlteros. A la reina la encierra en una torre con orden de negarle incluso el agua y el sustento; a don Luis lo reduce también a prisión. Celia, que comprende que su aviso al rey ha agravado la tragedia y que, pese a sus celos, sigue amando a don Luis, resuelve reparar el daño: escribe al conde de Barcelona para informarle del ultraje y, de noche, abre secretamente una puerta olvidada que comunica con la prisión de don Luis, le da dinero para el viaje y lo ayuda a escapar rumbo a Cataluña para solicitar socorro.
En la tercera jornada, el conde de Barcelona, su hijo don Gastón y don Luis llegan con armada y ejército para vengar la afrenta hecha a Gracia. Mientras tanto, Celia y Beatriz socorren en secreto a la reina encerrada, sosteniéndola hasta que la ayuda exterior pueda llegar. La guerra se desencadena contra Sicilia: Manfredo sale a campaña y muere a manos de don Luis, aunque en medio del combate don Gastón cae prisionero. Don Luis exige no solo su rescate, sino también la entrega de Gracia; como los sicilianos vacilan y creen muerta a la reina, amenaza con arrasar Palermo. En ese momento Celia revela que Gracia vive porque ella la ha preservado ocultamente contra las órdenes del rey, y la presenta sana ante el ejército vencedor. Con la muerte de Manfredo y al faltar heredero directo, los sicilianos reconocen el derecho sucesorio de la casa de Barcelona y aclaman a Gracia como legítima reina de Sicilia, aunque ella renuncia a la corona en favor de su padre. Este, a su vez, la transmite a don Gastón, casándolo con Celia como premio por su ayuda decisiva. Para Gracia reserva otro destino: la da por esposa a don Luis, recompensando así su lealtad, su valor militar y su heroísmo religioso al salvar el Sacramento del incendio. La obra concluye con la restitución del honor de la reina, el castigo póstumo del tiránico Manfredo, la reconciliación familiar y la exaltación de don Luis como caballero ejemplar, simultáneamente amante fiel y defensor de la Eucaristía.