Hombre
Figura central de la obra, representa a Adán y a todo ser humano caído, sometido por el pecado y finalmente restaurado por Cristo.
Pedro Calderón de la Barca
摘要发布日期: 2026年6月18日
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Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En un marco alegórico y sagrado que va desde la caída original hasta la redención cristiana, el Demonio somete al Hombre con ayuda del Apetito y lo deja ciego, mudo y espiritualmente incapaz de volver a Dios. La acción se desarrolla en espacios simbólicos como la creación, el desierto, Jerusalén y el ámbito interior del alma humana, donde la Humana Naturaleza, la Fee, el Conocimiento y la Penitencia imploran la venida del Salvador. Cristo, presentado como Peregrino Amor y unión de Naturaleza Divina y Humana, libera al Hombre, vence al Demonio mediante su pasión, muerte y resurrección, y deja en la Eucaristía y en los sacramentos el remedio estable para la humanidad.
La obra comienza con un diálogo de alcance universal entre el Demonio y el Hombre, entendido primero como Adán y enseguida como figura de toda la humanidad caída. El Demonio recuerda que, tras el pecado original, el ser humano ha quedado sometido a la muerte y no puede reparar por sí mismo la ofensa cometida contra Dios. Desde ahí, la acción pasa del plano histórico al alegórico: comparece la Humana Naturaleza, que lamenta la ruina del género humano y pide misericordia en nombre de toda la creación, mientras las obras del mundo repiten una alabanza suplicante. El Demonio, decidido a mostrar su dominio, llama al Apetito para que convierta la culpa original en pecado actual, atrayendo al Hombre hacia los placeres de la gula y la lascivia. Frente a esta caída, la Humana Naturaleza intenta moverlo al arrepentimiento por medio del Conocimiento de sí mismo, recordándole su condición mortal, y luego por medio de la Penitencia, que debería llevarlo a confesar sus culpas. Sin embargo, el Demonio ciega al Hombre para que no pueda verse, y después le impide hablar: así queda convertido en un “diablo mudo”, es decir, en una criatura viva pero espiritualmente incapacitada, sin vista para conocerse, sin voz para confesarse y casi sin oído para recibir remedio.
A partir de este estado de postración, la Humana Naturaleza invoca con mayor intensidad a la Divina Naturaleza, acompañada por la Fee, el Conocimiento y la Penitencia, y toda la creación se suma a una gran súplica de Adviento para pedir la venida del Salvador. La Divina Naturaleza responde, se manifiesta a la Fee y anuncia la unión de lo divino y lo humano en un “Peregrino Amor”, que desciende para salvar al hombre. Desde entonces la obra recorre, de forma condensada y alegórica, la vida de Cristo: se alude a su encarnación mediante el abrazo entre la Naturaleza Divina y la Humana, a su ocultamiento bajo el velo de la humanidad y a su reconocimiento vacilante por parte del Judaísmo y la Gentilidad. El Conocimiento Humano duda ante el misterio del Hombre-Dios, mientras el Demonio, temeroso, trata de seguirle la pista. Se evocan varios episodios evangélicos, especialmente la multiplicación de los panes y los peces en el desierto, interpretada ya como anuncio sacramental, con el pan de cebada y el pez como signos de penitencia, silencio y gracia. También se representa la entrada en Jerusalén entre aclamaciones, seguida del cambio de actitud del Judaísmo, que pasa del aplauso inicial a la sospecha y la hostilidad. De este modo, el drama muestra simultáneamente la revelación progresiva de Cristo y la resistencia humana a reconocerlo.
En la parte final, el conflicto se concentra en torno al poder de Cristo sobre el hombre poseído. Ante el pueblo, el Peregrino demuestra que si devuelve al Hombre la vista, la voz, el oído y la vida espiritual, entonces es verdaderamente Luz, Camino, Verdad y Vida del “pequeño mundo” humano. Expulsa al Demonio del Hombre, y con la ayuda del Conocimiento, la Penitencia y la Fee va restaurando sus facultades: el Hombre reconoce que es polvo, recupera la confesión y empieza a creer. El Demonio, no obstante, se sirve del Judaísmo para acusar a Cristo de obrar por Belcebú y empujar el proceso que conduce a su muerte. La Humana Naturaleza recibe el golpe destinado a Cristo y muere con él, mientras la Divina Naturaleza explica que no abandona ni el alma ni el cuerpo del Salvador. Se evocan entonces la pasión, la muerte, los prodigios cósmicos del Calvario, el rasgarse del velo del templo, la resurrección al tercer día y la victoria sobre culpa y muerte. Finalmente, la obra afirma que el remedio para las culpas actuales queda depositado en los sacramentos del Nuevo Testamento, especialmente en la Eucaristía, donde la Divinidad vuelve a encubrirse bajo el “cándido velo” del pan y del vino. Todos los personajes positivos reconocen ese misterio y concluyen adorando el Sacramento, mientras la Fee suple al sentido y se impone como vía necesaria para aceptar la presencia redentora de Cristo.
Figura central de la obra, representa a Adán y a todo ser humano caído, sometido por el pecado y finalmente restaurado por Cristo.
Principal antagonista, reivindica su dominio sobre la humanidad, tienta al Hombre, le impide arrepentirse y promueve la persecución contra Cristo.
Personificación de la condición humana común, lamenta la caída del género humano, intercede por su salvación y se une al misterio de la encarnación y la pasión.
Manifestación alegórica de la divinidad de Cristo, responde a las súplicas de la Humana Naturaleza y explica la unión de ambas naturalezas en la redención.
Facultad teologal que permite ver y aceptar los misterios divinos allí donde el sentido y el entendimiento humano no bastan.
Agente de la conversión y de la confesión de la culpa, coopera en la restauración del Hombre y aparece como medio necesario de retorno a Dios.
Representa el conocimiento humano de sí mismo y del misterio; ayuda al Hombre a reconocer su miseria, aunque vacila ante la plena verdad de Cristo.
Impulso desordenado hacia el placer y el pecado actual, servidor del Demonio y guía del Hombre cuando este anda ciego.
Figura colectiva que encarna la recepción hostil o vacilante de Cristo por parte del pueblo judío en la alegoría conservada, pasando del aplauso a la acusación.
Figura colectiva del mundo pagano, observa los hechos de Cristo con distancia inicial y termina acercándose al reconocimiento de su poder.
Espacio principal y más constante de la acción, donde se representa interiormente la caída del Hombre, su posesión diabólica y su restauración espiritual.
Lugar decisivo de prueba, tentación, predicación y milagro, asociado tanto al dominio del Demonio como a la manifestación salvífica de Cristo.
Ciudad de la entrada triunfal y del conflicto público en torno a Cristo, vinculada al reconocimiento exterior, la controversia y el camino hacia la pasión.
Marco desde el que responde la Divina Naturaleza y se anuncia la salvación, conectado con la encarnación y con la perspectiva providencial de toda la obra.
Espacio cósmico invocado por la Humana Naturaleza para alabar a Dios y pedir piedad, subrayando que la caída y la redención afectan a toda la realidad creada.
Lugar áspero en que aparece el Hombre poseído y desde el cual se visualiza su miseria extrema, cercano a imágenes de abismo, caída y amenaza demoníaca.
Espacio mencionado en el desenlace por el rasgarse de su velo, signo dramático de la muerte de Cristo y de la revelación del misterio divino.
La obra parte de la culpa de Adán y presenta sus consecuencias universales: muerte, desorden interior e impotencia del ser humano para salvarse por sí mismo.
El núcleo de la acción es la venida del Salvador, su encarnación, su combate contra el Demonio, su pasión, muerte y resurrección como remedio de la humanidad.
El Demonio y el Apetito intentan retener al Hombre en el pecado, mientras la Humana Naturaleza, la Fee, el Conocimiento y la Penitencia colaboran en su rescate.
La ceguera, mudez y sordera del Hombre simbolizan su ruina moral, y su curación representa la recuperación del conocimiento, la confesión, la escucha y la vida de gracia.
La obra insiste en que el entendimiento humano por sí solo vacila ante Cristo y ante la Eucaristía, y que es la Fee la que permite aceptar lo que los sentidos no alcanzan.
La conversión del Hombre exige reconocer la propia culpa, llorarla y expresarla, de modo que la Penitencia aparece como camino efectivo de retorno a Dios.
El desenlace identifica en el Sacramento del altar y en los siete sacramentos del Nuevo Testamento el remedio duradero para las culpas actuales del hombre.
El conflicto con el Judaísmo y la afirmación final del Nuevo Testamento sitúan la acción en una visión sacramental de cumplimiento de las promesas antiguas.