Naturaleza humana
Figura central del auto; aparece como enferma desde la caída original y representa a la humanidad necesitada de redención y de gracia.
Diego Nájera y Zegri
摘要发布日期: 2026年6月18日
警告
以下是使用 ChatGPT 生成的作品自动摘要,尚未经过校订。 (模型 5.4) 摘要基于现有文本,可能包含错误和遗漏。如果您发现 问题或不一致之处,请联系我们,以便我们 进行更新。
建议引用
Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En un marco alegórico y doctrinal, probablemente articulado entre la consulta de la enferma, Belén, el Jordán y la cruz, la Naturaleza humana expone los males que padece desde la caída original y que se concretan en siete pecados capitales. Una controversia entre defensores de remedios humanos y quienes anuncian el agua de mejor vida muestra que la verdadera curación no vendrá de la propia sangre de la enferma, sino de Cristo, fuente salvadora revelada por su nacimiento y por la predicación de Juan Bautista. El desenlace sitúa la salud del ser humano en los siete caudales de gracia que brotan de Cristo y se administran en la Iglesia por los sacramentos, con los que la Naturaleza recobra la gracia y esperanza de salvación.
La obra presenta, en clave alegórica y doctrinal, a la Naturaleza humana enferma y acosada por diversos males físicos y morales. Desde el comienzo se plantea una disputa entre dos modos opuestos de curación: por un lado, una medicina vinculada al agua y a una salud superior; por otro, la propuesta de sangrar a la enferma, defendida por una figura asociada a la medicina natural y combatida por fuerzas engañosas que buscan mantener el mal. La Naturaleza expone detalladamente su dolencia: desde la caída originada por haber comido una manzana en su primera patria, su estado se ha degradado hasta padecer hambre, debilidad, confusión de potencias, torpeza para obrar bien y, sobre todo, una sed insaciable. Esa enfermedad se concreta en siete achaques que corresponden claramente a los pecados capitales: soberbia, codicia, concupiscencia, ira, gula, envidia y pereza. La escena inicial se organiza así como una consulta pública en la que se trata de averiguar el origen del mal y el remedio capaz de devolver la salud perdida.
Frente a quienes sostienen que la cura ha de venir de la sangre entendida en sentido material o médico, la voz principal que guía la acción defiende que existe un agua de vida superior, capaz de sanar de raíz porque actúa sobre la causa profunda de la corrupción humana. El debate contrapone razones de filosofía natural y de teología, y poco a poco se aclara que la salud no depende solo de medios humanos, sino de una intervención sobrenatural. Se afirma que la sangre necesaria para lavar la mancha no será la de la propia Naturaleza, sino otra sangre recibida por fe; y, al mismo tiempo, se insiste en que el agua preparada por Dios ha de obrar unida a esa redención. La Malicia y la figura bestial o demoníaca que la acompaña temen este remedio, porque saben que, si la enferma lo recibe, perderán su dominio sobre ella; por eso intentan retrasarlo y desplazar la acción al plano literal de la historia sagrada. Entonces la obra retrocede tipológicamente hasta Belén y al Jordán: se muestra el nacimiento de Cristo como fuente viva, la virginidad de María, la presencia de José y de los ángeles, y la predicación de Juan Bautista, que señala al Cordero capaz de quitar los pecados del mundo y de dar el agua verdadera.
En la parte final, el auto despliega con mayor claridad su sentido sacramental. La Naturaleza, ya dispuesta con fe y arrepentimiento, pide recibir esa agua de mejor vida y es conducida a la fuente de la gracia. La visión se traslada después a la cruz, donde Cristo aparece como deidad ultrajada de cuyo pecho brotan siete caudales que remedian los siete males del ser humano; desde ahí se explica que la Iglesia administra de manera continua ese licor salvador mediante los sacramentos. El texto nombra o sugiere sucesivamente el bautismo, la confirmación, el matrimonio, la eucaristía, la penitencia, el sacerdocio y, en los pasajes conservados con menor claridad, los restantes auxilios sacramentales, siempre presentados como canales de la gracia que conservan, restauran o perfeccionan la salud del alma. La Naturaleza recibe la curación, simbolizada por la vestidura blanca y por la recuperación de la gracia perdida, aunque se recuerda que la fragilidad humana persiste y exige nuevos remedios y vigilancia. El desenlace afirma así que la enfermedad nacida del pecado original solo se vence plenamente por Cristo, por su sangre y por el agua de vida que la Iglesia distribuye hasta conducir al ser humano a la Jerusalén triunfante.
Figura central del auto; aparece como enferma desde la caída original y representa a la humanidad necesitada de redención y de gracia.
Fuerza alegórica enemiga de la curación de la Naturaleza; procura engañarla, impedir el remedio y mantenerla sometida al pecado.
Presencia fundamental aunque no siempre actúe como personaje dialogante directo; es la verdadera fuente del agua de vida y de la sangre redentora que sana a la humanidad.
Precursor que señala al Cordero de Dios y ayuda a identificar el agua verdadera con Cristo, especialmente en la escena del Jordán.
Figura alegórica o doctrinal que sostiene la superioridad del remedio divino frente a la medicina meramente humana y guía a la Naturaleza hacia la fuente de la gracia.
Personaje asociado al poder del mal; reconoce el peligro que para su dominio supone que la Naturaleza reciba el agua salvadora.
Madre de Cristo, presentada como virgen y como tierra pura de la que brota la planta o fuente salvadora en la escena de Belén.
Esposo virginal de María y guardián del nacimiento de Cristo; su función es secundaria pero significativa en la escenificación del misterio.
Espacio principal de debate donde la Naturaleza humana expone su enfermedad y se enfrentan los distintos remedios propuestos.
Lugar donde se revela que la fuente de vida ya ha venido al mundo en Cristo; funciona como escena tipológica esencial para explicar el remedio.
Espacio asociado a Juan Bautista y a la manifestación de Cristo como agua viva y Cordero que quita el pecado del mundo.
Lugar decisivo del sacrificio redentor, representado como trono sangriento del que brotan siete caudales capaces de sanar los siete males.
Marco sacramental en el que se administran de forma continua los remedios de Cristo a la Naturaleza humana por medio de los sacramentos.
Espacio final de proyección escatológica; representa la patria celestial a la que se espera llegar tras la curación y perseverancia en la gracia.
La acción muestra que la Naturaleza humana, herida por el pecado original, solo puede ser restaurada por Cristo mediante su sangre y su gracia.
El agua aparece como remedio superior a cualquier medicina humana y como imagen central de la vida espiritual que Dios comunica.
El auto presenta los sacramentos, de forma explícita o probable según el pasaje conservado, como cauces eficaces de curación, fortalecimiento y perseverancia.
La enfermedad de la Naturaleza se describe a través de siete achaques que corresponden a vicios fundamentales y explican su corrupción moral.
La obra contrapone la medicina natural y la razón limitada con la intervención sobrenatural, sin negar del todo el valor del saber humano pero subordinándolo a Dios.
La curación exige no solo la existencia del remedio, sino también fe, llanto de la culpa, humildad y deseo sincero de recibir la gracia.