La obra se abre en Milán, en el entorno de la corte imperial, con un enfrentamiento entre don Alfonso de Gonzaga, conde favorecido por el César Federico, y Ascanio. Alfonso, movido por los celos, desafía a Ascanio porque cree que Serafina, condesa del Casal y parienta suya, ha puesto en él los ojos. Para justificar su enemistad, Alfonso cuenta su larga historia con Serafina: ambos se criaron juntos, él la amó desde la niñez y ella siempre respondió con desvío. Cuando Alfonso enfermó de amor, la madre de este consiguió que Serafina aceptara en apariencia casarse con él, pero la joven le confesó que le era imposible amarle. Desesperado, Alfonso abandonó Milán, ocultó su nombre y sirvió al emperador en Alemania, donde ganó honores hasta convertirse en su privado bajo otra identidad. Dado por muerto en su patria, sus estados quedaron en disputa, y la propia Serafina, sin reconocerle, pidió su apoyo ante el César para obtener la herencia. Alfonso, en vez de vengarse, la favoreció, reanudó con ella una relación por carta y Federico llegó a proponerle que la desposara. Sin embargo, cuando el emperador bajó a Milán y Serafina reconoció en el privado al antiguo Alfonso, renovó su rechazo. A la vez, el César, agraviado por la resistencia de Serafina, comienza a interesarse personalmente por ella y pretende apartar a Alfonso de aquella pasión, proponiéndole como alternativa a Lucrecia, dama enamorada de Ascanio.
Mientras Serafina rechaza tanto el matrimonio impuesto con Alfonso como la presión imperial, Ascanio insiste en que no ama a la condesa, pues su inclinación verdadera es Lucrecia. No obstante, la actitud de Serafina cambia cuando advierte que el emperador y Alfonso intentan decidir su destino. Herida en su soberbia y excitada por la dificultad, empieza a mirar a Ascanio con deseo precisamente porque se le resiste. En una escena decisiva, Serafina da a Alfonso un consejo paradójico: para conquistarla debe fingir amor por Lucrecia, obedecer al César, favorecer a Ascanio y hacer que este la pretenda; así, encareciéndose y despertando celos, quizá logre moverla. Alfonso acepta esta estrategia, resumida en el título como el primer consejo dado por el enemigo. Desde entonces, procura mostrarse enamorado de Lucrecia, mientras Ascanio, por lealtad a su amigo y por mandato imperial, entra confusamente en el juego. Las ficciones se multiplican: Lucrecia cree o quiere creer en el nuevo afecto de Alfonso; Serafina, aunque había sugerido el plan, se irrita al verse desplazada; y el emperador, que acaba confesando a Alfonso que él mismo ama a Serafina, le exige que, delante de ella y de Lucrecia, muestre desdén hacia la condesa. Alfonso intenta obedecer, pero al tener a Serafina delante no puede sostener la mentira y declara nuevamente su amor. Federico, ofendido por lo que interpreta como desacato y competencia amorosa contra su señor, manda prender a Alfonso y también recluir a Serafina en su casa.
En la tercera jornada, el encierro de Alfonso en una fortaleza y la situación de Serafina sirven al emperador para poner a prueba la lealtad de todos. Primero ofrece a Ascanio los cargos, estados y mercedes del conde, pero este rechaza aprovecharse de la caída de su amigo y prefiere perder el favor antes que mostrarse desagradecido. Entonces Federico le revela que todo ha sido en parte una prueba de amistad y servicio, aunque decide proseguirla para medir también la constancia amorosa de Alfonso. Mediante nuevas intrigas, llegan al conde noticias falsas de que Serafina piensa casarse secretamente con el César y le ha acusado de traición al imperio; aun así, Alfonso resuelve no huir para no manchar su honor. Cuando logra ver a Serafina, ambos se enfrentan creyéndose mutuamente traicionados, pero la gravedad del peligro acaba por mover a la condesa. Al saber que Alfonso puede morir si no la toma por esposa, Serafina, vencida al fin por la magnitud de sus servicios y sufrimientos, le da la mano y reconoce su mérito. En ese momento el emperador descubre el artificio general: no amaba verdaderamente a Serafina, sino que había fingido para examinar a sus vasallos y para vencer el pertinaz desdén de la condesa. El desenlace premia a los constantes: Alfonso y Serafina quedan unidos y reciben nuevas dignidades, mientras Ascanio puede casarse con Lucrecia. La comedia concluye afirmando que dar, sufrir y merecer son las pruebas necesarias del amante firme.