归于> 发布日期: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de San Atilano. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/san-atilano.
1 882 4-6 Don Diego Pablo de Velasco. San Atilano Con censura Legajo 5.º 19
A. 58. L. 2 Comedia famosa de San Atilano de Don Diego Pablo de Velasco Jornada primera Leg.º 24 San Atilano Recaredo Rosaura Pobres Hospitalera 2 ángeles Tarazona El conde Flavio Guion Un soldado Hospitalero Zamora Una voz Un ciego
Salen Recaredo y Flavio
Hoy el amor y amistad
me traen a verte, señor,
tan cercado de dolor
cuanto movido a piedad;
pudo del rey la crueldad
de su presencia apartarte,
mas como no pudo darte
en mi opinión qué temer,
en tus penas quiero ser
quien te aplique alguna parte.
Buen examen, valiente
cuando te vengo a ver a
mi lealtad de lo que soy,
y mi amor de lo que siento;
pues con ansias indiferente,
sin temer del rey la ira,
tan valiente a ti conspira
que pretende mi lealtad
acreditar la verdad
y deshacer la mentira.
Afecto llegas a mudar
lo que he recibido,
siéndote pues prevenido,
es víspera de un pesar;
pues desierto llego a estar
entre amar y padecer,
que no te quisiera ver,
porque según lo que siento,
algún porfiado tormento
llamas el presente placer.
Temo del rey el rigor
si esta tu visita entiende,
porque cualquier cosa ofende
al poder de un disfavor;
y me estuviera mejor
haber dejado de verte,
dulce amigo, que exponerte
a las manos de su ira.
Pues así aleve conspira
cuando rehúsa mi muerte,
no receles, Recaredo,
los peligros de mi vida,
que si llega a ser perdida
por ti ganancioso quedo.
Satisfacerte no puedo
el amor que me has mostrado,
según estoy adeudado,
con otro modo mejor
que exponiéndome a un rigor
de que vivo amenazado.
Hoy mi amor gustoso empieza
a mostrar con esta acción
una nueva obligación.
Ello ya llama extrañeza.
No mostrar esta fineza
fuera hacerme a mí un agravio.
Basta, amigo.
Deja, Flavio,
no me prives del sentir
cuando es preciso el salir
la calentura a mi labio;
ninguna satisfacción
puede haber mi pena a vos
mejor que mostrar la voz.
lo que siente mi corazón,
no fuera, pues, noble acción
atarme en nudo tan fuerte
que el desempeño no acierte,
porque fuera interesar
lo que no ha de uno obligar,
o de por vida o por muerte.
Siempre me habéis de vencer.
Forzoso es mi rendimiento.
Diréisme si estáis contento
retirado.
Es de saber
que nunca con más placer,
pues que sin ser envidiado
hoy en un perfecto estado
estoy mirando, advertido,
que lo mismo que he perdido
es lo que tengo ganado.
Ojeando laderas y montañas,
con el afán de privar,
casi siempre llegué a hallar
falto lo que deseaba;
lo que poseía ignoraba;
pero ya, con mejor obra,
seguro de embates, cobra
mi gusto esto que he granjeado,
pues lo que no he deseado
me parece que me sobra.
El águila por el viento,
dulce escándalo de plumas,
cuando los aires abruma
me deja conocimiento;
pues aunque a su altitud vuelo
pudiera hacerle desvelo,
contenta y alegre vive
en el aire en que recibe
lo más que le ha dado el cielo.
El oso crespo, erizado,
y el león escabroso y fiero,
cada cual se muestra entero
con lo que el cielo le ha dado;
mírase este rey del prado
y estotro membrudo y fuerte,
mas esto no les divierte
a nueva conspiración,
porque el oso y el león
se contentan con su suerte.
Miro al escamoso pez
que ama el agua, propia esfera,
y cuando della está fuera
ya la suspira otra vez;
a descaecida vejez
llegan el ave y el bruto,
y recibiendo el fruto
que les da naturaleza,
así acaba como empieza
su ser, su vida y tributo,
y faltos de razón
el león, el pez y el ave
solo por instintos sabe
vivir sin emulación.
Porque yo en quien hay razón
no me quiero contentar
con lo que me llega a dar
mi suerte, pues que con ella
gozo de mejor estrella
no teniendo que desear.
Otro desengaño emprendo
en la humilde mariposa:
libre está mientras reposa,
muerta resta pretendiendo;
peligros crece luciendo,
ciegos logra asentada,
vive mientras sosegada;
y de su anhelo se infiere
que si de afectuosa muere,
a la mejor luz errada.
Busque Flavio quien la quiera
mientras que yo estoy mirando
que ronda el peligro cuando
sin sosiego la respeta,
y yo viva de manera
que con discurso y razón
goce libre de ambición
sin riesgos de mariposa
la satisfacción airosa
del ave, del pez y el león.
Confieso que condolido
os vine a ver, pero ya
mi mayor consuelo está
en veros tan prevenido,
con que más aparecido,
por lo que os veo gustoso
en vuestro estado dichoso,
de tal suerte venga a estar
que os he llegado a envidiar
lo que no estáis envidioso.
¿Qué hace Rosaura?
Animosa
vive gustosa y constante,
contra las penas diamante,
para mi consuelo hermosa;
dulcemente prodigiosa,
es de la fortuna agravio,
pues excediendo a lo sabio,
sin faltar a su decoro,
suspende lo que yo lloro
con candados en su labio.
De este destino guarnece
con generosos desmayos
vuelve la nieve con rayos
cuando la casa apetece,
y como en su lado crece
un número de esplendores,
tomándole sus candores,
le miro que a manos llenas
da vidas a las azucenas
y nuevo aliento a las flores.
Miro en ella en copia breve,
entre prisiones de hielo,
alcanzar de ese arroyuelo
que le paga lo que debe.
Allí envidiosa la nieve,
corrida y avergonzada,
por el prado deshilada,
y equivocado el color,
dice que no es por calor,
mas sí por desesperada.
Dichoso yo, pues merezco
en tan tierna suspensión
la mayor estimación
de lo poco que te ofrezco;
con que penas que padezco
reduzco a glorias, pues veo
que ufano y libre poseo,
al trueco de padecer,
la gloria del merecer
cuanto anhela mi deseo.
Mas ¿qué hace el rey?
En su vicio descansa
dejando al gobierno ocioso.
Desdichado el poderoso
que toma tal ejercicio.
Allí alterado el oficio
y el ánimo sin concierto,
ni bien vivo ni bien muerto,
dudoso siempre el sentido,
para el bien está dormido
y para el daño despierto.
Ojalá en esta ocasión
llamara como su hermano,
como fray San Atilano.
Remedia con su aflicción,
y así con mucha razón
los suspiráis.
A porfía
la pena que padecía
se alivió.
Ángeles fueron
que el castigo suspendieron
trocándolo en alegría.
Muchos los provechos fueron
que los dos ocasionaron.
Con su ejemplo mejoraron
cuantos trataron y vieron
ricos, dice que salieron
de licencias y de dones.
En las nuevas fundaciones
que hicieron se deja ver,
y una dellas llega a ser
este vecino convento.
Visitallos ahora intento.
Tendréis en ello placer.
Pues vamos.
Vamos los dos,
pues fío que habéis de hallar
en él el cielo.
Imitar
en el servicio de Dios
los quisiera.
Eso está en vos,
Flavio, que si os disponéis,
mucho granjeado tenéis.
Señor, disponed de mí,
para que merezca así
vuestro agrado.
Andad... ¿qué hacéis?
Pero, esperad.
¿Qué os suspende?
Y el conde está en la privanza.
Mucho del agrado alcanza
del rey, solo en eso entiende.
Como asimismo se ofende
con tan necia tiranía;
mas vamos, que es mi porfía
inútil, Dios le dé bien.
Perdonáis vos como quien
sois.
Fue desdicha mía.
Vanse los dos y sale Guion, monje lego.
Gracias a Dios que esta vez
me han entregado las llaves
del convento, con que puedo
divertirme y aliviarme.
Alguno creerá que yo
tengo mis cuitas, pesares,
con la monástica vida,
cuando no hay dificultarme,
que si tengo algún deporte,
se agua por cuatro mil partes.
Sino va de discurso,
y aquí el más cuerdo repare
que esta ociosidad que gozo
es un molino de sangre,
va de rueda en la clausura,
que es fuerza que observe y guarde
ley de calidad de grillo.
Pues aunque me ven que cante,
es porque excusar no puedo;
mas no porque hay que dudarse,
que si pudiera escapar,
diera brincos cada instante.
Mírese también que estoy
sujeto a las miserables
inclemencias de una vida,
que sin ser mía es de naide.
Aquí me acomete el piojo,
la chinche, la pulga, el landre,
la suciedad que se causa
de mudarme y no mudarme.
Esto pasa por mayor,
pero no es justo que pase
tan por menor mi sustento,
que puede dificultarse.
Lo ordinario en refetorio
son hierbas, y los fiambres,
nada; cuando el escabeche,
pepinillos y tomates.
Pescado, si no lo envían,
jamás podemos pescarle;
huevos tampoco se ven,
sino a nones y no a pares.
El vino, ni por el vino,
porque al que llega a gustarle,
como color no le descubren
en las venillas y carnes.
Pues que si se mira bien,
la escudilla del potaje
tan transparente parece
como la parió su madre.
El pan es tan limitado
que sin ser franco reparte
a todos, pero de suerte
que aun no cabe por adarmes.
Los platos que se permiten
se parecen de estudiantes,
pues es su singular mucho
y el plural indeclinable,
forma fantástica toma
el revés entrar y sentarse,
pues si el abad dice oremus,
responde el prior levate.
Tan limpias están las mesas
que no tienen en qué emplearse
tejedores, si ya de ellas
en ellas arañas no hacen.
Liberal sola la puerta
a los pobres satisface,
con que sin ser ellos ricos
son los monjes mendicantes.
Por esta causa la busco
porque pueda remediarme.
Advertí, estando así muerto,
hallo un requiescat in pace.
Así, sin dar cata, se me
no poder hallar alcance
del sueño, porque yo ofrezco
que es la más penosa parte;
y si no, contémplense
las celdas, porque han de hallarse,
que parecen sepulturas
en lo estrecho que se parten.
Las camas son de jergón,
pajas podridas formidables,
de tal manera se asientan
que no hay quien pueda asentarse.
El hábito, ya se ve,
nos simboliza cadáver,
y tiene algo de divino,
porque no llega a mudarse.
Aquí el chinche me acomete,
la pulga toma picante,
las liendres pregonan guerra,
el rascar hace el ensanche.
La queja no se permite,
la pena es incomparable,
la clausura siempre es una
para los ojos hay paredes;
para boca, candados;
para el desuello, donaires,
y solo para penar
licencias. Mas aquí paren
estos encarecimientos,
porque parece que sale
nuestro prior de allá dentro.
Sale San Atilano de monje Benito, y arrodíllase Guion muy compuesto.
Benedícite, mi pater.
Dios nos dé su bendición,
hermano Guion, levante.
¿Cómo va en la portería?
Tres días hace, caballero,
que asisto en ella, y por esta
aún no podré declararme;
mas yo me declararé
con el tiempo.
Pues rezaré
los ratos que se permite
sin ocupaciones grandes;
no los pierda, empléelos
en servir a un Dios tan grande.
Gracias por lo que ha dado,
porque son inestimables.
los instantes que le da
y no puedan recobrarse
si una vez llegas a perderlos.
Yo ofrezco que aunque mi frágil
naturaleza lo impida,
me he de portar con tal arte
que sea al mundo escarmiento.
Bien hará, que su bien hace
y del próximo.
aparte
Este mío
es el que ha de adelantarse
desta vez; perdone el mundo,
porque es fuerza que me llamen,
antes para mi provecho,
sordo a sus comodidades.
Pero, ¿qué lleva en la manga?
Estos repartidos panes
para los pobres.
Confieso
que le envidio cuán constante
se apasiona en la limosna.
Esto la obediencia lo hace.
Si esta otra manga me mira,
pegamos con todo el traste,
porque una bola la ocupa
que es de mis enfermedades
el alivio más seguro.
Ruido de gente
Gente se oye hacia esta parte.
A qué buen tiempo que viene,
pues le deberé el rescate
del aprieto en que me veo.
Aguarde, que yo repare,
¿no es Recaredo el que viene?
Él es, como yo soy fraile.
Pues vamos a recibirle,
que le amo mucho.
Y es galante.
No en vano temo sus riesgos,
pues han podido sacarle
de su casa para que
tuviese el más fiero estrago.
Ya no hay para qué salir,
pues en tu presencia yace.
Salen Recaredo y Flavio
Danos, Atilano santo,
esas plantas venerables
para que le preste trono
a quien las adora.
Dame,
para que merezca en ellas
el más lucido realce.
Muy pobres deben de estar,
pues piden al primer llame,
y a los pies de Atilano
pienso mis barrigas darles.
Hijos, levantad de tierra,
levantad, porque os abrace,
que es impropio a mi bajeza;
sino queréis afrentarme
mientras estéis de esa suerte,
como os va.
A informarte, oh justo,
do en esa aldea
hallo la dicha más cierta
y el desengaño más grande.
Yo vengo huyendo la corte,
pues sus confusiones hacen
que siendo toda festiva
se trueque en penalidades.
Mucho le debéis al cielo,
pues desengaños os parte,
que en la confusión del mundo
no es la materia más fácil.
La llaneza perdonadme,
porque voy a toda prisa
a reparar ciertos males
en esa vecina aldea,
y si dilato el llegarme,
corre riesgo a mil desdichas;
no fue posible negarles
esta parte de verdad;
mas, ¿qué importa, si no saben
ni la aldea ni la causa?
Antes de todo, ignorantes,
aquí podrán detenerse,
y yo podré remediarles.
Fuerza es el acompañaros.
No es posible. Dios os guarde.
Guion llevará a los dos
al padre abad, y repare
en decille tan secreto
que a Recaredo haga alcance,
dándole más que pudiere
detenerle.
No embarguen
las porfías nuestro curso,
que esperaré aunque descanse
solo toda aquesta noche
en la cuna de azabache
hasta que volváis a verme.
Dios nuestros intentos pague;
en dejándolos, Guion hermano,
acelere hasta alcanzarme.
que yo, por no detenerme,
voy caminando adelante.
Aunque me salga tan caro,
digo, padre, que me parte.
Vuelva brevemente,
y lo que yo me alargare
podrá suplir su cuidado;
hijos, adiós.
Dejarte
será agraviar mi fijeza.
No impidas el gozo, padre,
que me ha de dar tu presencia,
si requiere este viaje.
Dos los quieren seguir,
y yo quisiera quedarme.
Eso es imposible, amigos,
adiós; dejadme, dejadme.
¡Qué calidad tan perfeta!
¡Qué humildad tan admirable!
Bien sabe Dios lo que siento
dejaros en este lance,
en ocasión como esta.
Muy presto daré la vuelta.
Adiós, señor.
Dios os guarde.
¡Qué seguro vive el hombre!
¡A ruinas y a desaires
tal vez le están esperando,
oh naturaleza frágil!
Vanse Recaredo, Flavio y Guión.
Entre espumosas ondas, sin concierto,
corre un batel al aire violentado,
pareciendo sacre en lo animado
por caminos que duda, corre incierto;
este, a vista del amado puerto,
se preció de jarifo arrebatado,
de un huracán deshecho, ve su estado
en un instante, como vivo, muerto.
Del mismo modo yo, náufrago, muero
a la vista del puerto más dichoso,
pues si en la religión mi bien espero,
corro por el tan poco provechoso,
que ya de mí perder, fiel, infiero,
que soy batel que corre proceloso.
Sale Guión, arremangado el hábito, y déjase caer en tierra.
Gracias a Dios, que he llegado.
padre mío, a tu presencia.
Pues, ¿qué tiene, buen Guion?
Solo faltaba esta flema.
Tengo muchísimos males,
tengo lo que no quisiera,
tengo un temor que me aflige,
tengo un dolor que me aprieta,
tengo una llaga reciente,
un bocado que me pesa,
un ahogo que me oprime,
un dolor que me atormenta,
y lo más con que me hallo
es lo que falta a estas piernas.
Pues, ¿qué ha sido?
¿Qué ha de ser?
Que cuando, estando en carrera
para venir a buscarte,
y entre aquestas malezas
algunas obscuras voces,
a cuya grita suspensa
el alma solicitaba
la causa, y por la carrera
desatados se ofrecieron
dos perros, si no son perras,
que, guiñándome los dientes,
me llegaron a hacer presa.
El más devoto de entrambos
asió mi hábito, y a fuerza
de su nueva devoción
se llevó la delantera.
El otro, menos atento,
me agarró, mas con tal fuerza,
que se me llevó, ¡ay de mí!,
desta pierna la corteza.
Uno y otro me acosaban,
y, sin hallar resistencia,
si cada cual me vencía,
cada cual me echaba en tierra.
Díjeles: "Hermanos perros,
tengan un poco paciencia,
que yo les ofrezco dar,
si se llegan a la puerta
del convento, de limosna,
pan". Pero de tal manera
se encarnizaron entonces,
que nuevamente me aprieta.
Miraron mis escrutinios,
y viendo en las faltriqueras
pan y medio, se llevaron
con tan activa violencia,
que me dejaron huir;
por esto, con tanta pena,
que, aunque cojo y con temor,
he venido tan apriesa,
que, porque me lo mandaste,
faltará jamás mi obediencia.
llevo tal puntualidad.
Guión, el cielo lo ordena,
porque sepa obedecer.
Padre, si yo resistiera,
tiene razón, mas si he sido
tan vendido a la bajeza
de unos perros que pretende
de mí...
Que de hoy más aprehenda
a sufrir y obedecer,
porque un monje que profesa
el ayuno y la templanza,
es muy poca continencia
prevenirse en pan y medio
dentro de la faltriquera.
Y en el estado que tiene,
cualquiera falta pequeña
es un delito muy grave.
Si algunos perros me encuentran
quitarán esta ocasión,
pero ¿cómo se remedia
el daño que he recibido?
Es contener paciencia.
Vamos a la aldea, vamos.
No puedo andar.
Venga, venga,
que obedeciendo hallará
el remedio a tal flaqueza.
Milagro, que ya estoy sano.
Deje, padre, que le vuelva
las gracias por este bien.
Ruido.
Dios ha obrado con largueza,
que a mí muy poco se debe.
Sin duda que quien altera
estos montes es el rey,
que sale a caza. ¡Oh, si fuera
quien como tigre se arranca,
quien los alcances hiciera!
¿Qué hiciera el padre prior
si las botas que se encierra
en mi manga prevenida
llegara a entender que aprietan,
y me trata peor
que a los perros?
No divierta
los pasos, sígame atento.
Ya voy, mas voy con vergüenza.
Vanse San Atilano y Guión y salen el conde y Rosaura.
Señor conde, ¿cómo así
vos a deshora en mi casa,
vos y Recaredo ausentes,
vos derecho de la guarda
que os asiste, que os obliga?
¿Qué recelos os sobresalta
y qué novedad os alienta?
Porque es acción excusada
no prevenir un recado
cuando a persona tan alta,
y aun privado de los reyes,
no era razón que faltara
un alivio prevenido,
ya que otras riquezas faltan.
No vengo a tu casa, no,
hermosísima Rosaura,
ni a obligarte con finezas,
ni a persuadirme esperanzas;
no vengo, no, a darte avisos,
que no es posible los haya
en quien a los suyos mismos
o se niega o se defrauda;
ni el alivio ni el adorno
me ofenden ni me maltratan,
que no ha limitado el gusto
sus afectos en las galas.
A buscar vengo, ¡ay de mí!,
el remedio en mis desgracias,
la descifra de mis dudas
y el alivio de mis ansias.
Vengo a buscar imposibles:
seguridad en el agua,
sujeción al elemento,
a vencer fortunas varias,
a templarme entre las iras,
a hallar en el mal templanza,
en el peligro el alivio,
en la duda la esperanza,
y en tanta duda el acierto,
y la vida donde acabas.
Mucha dicha fuera mía
si, cuando os maltratan
vuestras dudas, dar pudiera
las soluciones más claras;
si pudiera ser alivio
a las penas que os contrastan,
si redujeran a factibles
los imposibles que os afanan.
Si el reprimir elementos
al valor no se negara,
si el fuego su actividad
a mi afecto tributara,
y si se dejara ver
poner freno a la mudanza,
animar lo desvalido
y alentar lo que desmaya.
Pero venís de ocasión,
y es porque soy desgraciada,
que es imposible ayudaros,
pues en causas tan contrarias,
estando mi esposo ausente...
yo soy lo mismo que nada.
Parece que me ha entendido,
según mi discurso ataja.
Detener quise el amago
para excusarle su infamia.
Pero, ¿qué he de hacer, amor,
para tus fieras instancias?
Mas mi riesgo es conocido
pues por dos me amenaza.
Mas la ocasión es valiente.
No hay temor para quien ama.
Con la fuerza he de vencerte.
Mucho mi honor me adelanta.
Amor, dadme tus alientos.
Honor, préstame tus armas.
Que, aunque el mundo...
Aunque el poder...
Aunque la ofensa...
Aunque el alma...
Me pretendan detener...
Hagan resistencias claras.
Esta vez he de lograrme.
He de vencer sus instancias.
¿Qué espero? ¿Qué pierdo el tiempo?
¿Qué temo, a qué me acobarda?
Ánimo, resolución.
Honor, entrad en batalla.
Si consigo mi deseo,
no hace el cielo fuerza airada.
Si con honor mereciste,
la misma acción me dé paga.
¿Para qué quiero la vida
en penalidades tantas?
¿Para qué la vida quiero
si el honor no la acompaña?
Veré si puedo vencella
primero con mis palabras,
que, si es violentado el gusto,
al que la recibe agravia.
Darme por desentendida
veré primero si basta,
pues en los lances de honor
peca de temeraria.
Ya, pues, Rosaura divina...
Ese término os extraña
mi pundonor.
Jamás yo,
Rosaura, os he hallado humana;
ya, pues, que es fuerza deciros...
Más quisiera que callaras
El intento que me trae...
Mejor fuera lo dejaras.
Escúchame.
Ya te atiendo.
Ojalá que lo excusaras,
porque pienso que aun oírlo,
según mi honor se recata,
me ha de atropellar la vida.
Pero ya es fuerza que salgan
afectos del corazón,
para ver si aquí obligada
lo que mi amor no ha podido
lo conquista la amenaza.
Paga mi amor, pues ha sido
quien de tal suerte se avanza,
que en la corte fue el más firme
y en la aldea busco trazas
para que solas por mí
te dejaran tus criadas,
para que Tello se entregue
con la caza a la montaña,
y yo merezca alcanzar
lo que no pude en tu gracia.
Ya, aleve conde, te he oído,
y así hasta aquí se desata
tu atrevida lengua a ser
la más penetrante parca.
No ignoro tu atrevimiento
cuando en la corte tratabas
mi ofensa, no ignoro, no,
que con presunciones varias
te atreviste a mi sagrado,
ni que tu traición tirana
desacreditó a mi esposo
con el Rey para venganza,
indigna acción para un noble;
pues no ha de perder la fama
un hombre por otro antojo,
o por resistir su ufanía
su mujer, porque antes bien
en un hombre de importancia
fuera de merecimiento
lo que para ti fue rabia.
Ahora cautelosamente
a los vecinos engañas,
a mis criadas ausentas,
cuando atrevido te alargas.
No puede inclinarte a quererte,
pues ofendes cuando halagas.
En vano es tu resistencia.
En mí misma confiada,
ni te temo ni me altero.
Pues busca ahora quien te valga.
El cielo me hará justicia.
Dame los brazos, ¿qué aguardas?
Va le a abrazar y cógele la espada de la cinta.
Cogerte este blanco acero
para que en su vista blanca
el sol se desmaye viendo
que se tiñe en escarlata
lo que matizó en cristales,
lo bebió en esmeraldas.
Mucho porfías, ¿qué esperas?
Mas, ¡cielos!, ¿quién en la sala
se entra sin pedir licencia?
Sale San Atilano y Guion.
Quien tus intentos ataja.
Traicioncita, señor conde,
jugarte quiso la dama,
pero una pieza secreta
le dio mate.
Pena extraña
que Atilano me detenga.
Señor conde, yo ignoraba
que estuvierais aquí dentro,
y como a dueño de Vargas,
a mis afectos con obras
quise esta tarde pagarlos,
haciéndole una visita.
Que a mí el prior estorbara
lo que deseando muero.
Vuelva, vuélvalo a la vaina,
que esta vez se ha acatarrado.
El rey a la corte marcha
y os ha de echar menos, conde;
id a seguirle.
Restauras,
Atilano, mi decoro.
También es justo que vaya
con vos, Guion.
Procesión
será de Semana Santa
con tal paso y tal guion.
Aunque el afecto embarazo,
desmintámoslo esta vez,
pues es reserva gallarda
para mejor ocasión
amar que a imposible llama.
el haber dicho Simiro
de este gran varón la cara,
en estimación estoy
del aviso, y pues baraja
su luz el día, señora,
dadme licencia.
Obligada
quedo en vuestra cortesía.
Vuestro nací.
A Dios, que vaya
acompañándoos.
Quedad con él.
Que tocan a marcha.
Vamos, que es buena ocasión
para sacar de la manga.
Vase el conde y Guión.
Ya estamos solos los dos.
¿Qué ha sido esto que aquí pasa?
Decídmelo, no os turbéis,
pues sabéis que vuestras causas
son propias mías.
Señor...
El instante que dilatáis
el decirme lo que ha sido,
eso es matarme con pausas.
Supuesto pues que es preciso
que te informen mis palabras
de la verdad del suceso
para que al remedio salgas,
escucha lo que ha pasado.
Ya te atiendo.
Pues repara.
Bostezó alegre luz el nuevo día,
entonaron las aves a porfía,
vistióse al ver de sol ese horizonte,
rizóse la cabeza a nuestro monte,
y aquí, perdiendo el miedo,
retirado a la sombra, Recaredo,
salió a buscar deporte
de las melancolías que la corte
le hace con sus memorias,
que cuando son de las perdidas glorias,
son el mayor tormento;
y entregándose al bélico instrumento
hacia el campo se aplica,
con que más mis desvelos multiplica,
pues con lo que servirle pudo al gusto
preparó a mi desmayo pena y susto.
De esta suerte, mi cuerpo mal hallado,
aumentó ay dolor a mi cuidado,
y vagando en la casa toda incierta,
registré las ventanas y la puerta,
porque como no hallaba
lo que el alma deseaba,
una vez y otra atenta,
teniendo por afrenta
que engañase el suceso a mi deseo,
sin mejorarme mi desvelo creo.
Todo lo que se retarda
al deseo que espera y que le aguarda,
como resuelta, atropellada y ciega,
al monte, al valle, al bosque Amor me entrega.
Desmentí a los sirvientes mis cuidados
y así, tomando de ellos descuidos,
como aficionada con la caza lucho;
el darle a entender no ha sido mucho
que yo a caza salía,
pero todo lo hacía
por buscar a mi amante,
que por el monte lo buscaba errante;
con que el deseo de mi amado dueño
para buscarle más me hizo el empeño;
que una mujer que quiere tiernamente
jamás a los descansos se consiente;
antes bien, sin sosiego, atropellada,
muere mientras no ve la cosa amada.
De esta suerte, llevada del destino,
por inculta vereda abro camino,
fatigo el monte, el valle solicito,
a cuanto es más oculto me permito.
Subo al monte erizado,
padrastro de ese prado,
miro desde su cima unas ramas,
según los movimientos, eran camas
de fatigados brutos que veloces
se retiraron por algunas voces.
La curiosidad llama,
la novedad a mi deseo inflama.
Ya presto bajo, que en oculto seno,
de arboledas y malezas está lleno,
miré entre verde hierba, que erizada,
una rústica bestia estaba echada,
tan hosca, tan horrible y arrogante,
que fuego vomitaba de su semblante;
sus ojos, por lo fieros,
eran de sangre lánguidos luceros;
la cerviz embebida,
la boca sin medida,
cabeza prolongada,
frente espaciosa, altiva y derramada;
uñas al parecer de acero,
su mirar muy entero,
y en dos manos distintos,
de sangre manchadas, varios pintos.
Era, según se advierte,
un ministro seguro de la muerte,
y, si mejor lo igualas,
risco con armas y animal con alas.
Mírome cruel, examinome atenta,
hizo la novedad, recelo a afrenta;
púsose en pie, y sus iras recelando,
si ella me mira, yo la estoy mirando.
Quiere acercarse a mí, yo lo recelo,
y haciendo el caso vuelo,
cuando ella se previene en ofenderme,
yo busco defenderme,
y, cargando mi enojo,
el arcabuz al ojo,
tan fino tomo el punto,
tan ciertas, tan iguales, tan en punto,
vi su fiereza envuelta en humo y plomos,
que, hiriéndola en los pechos y en los lomos,
la que estaba despierta,
antes que se moviese estaba muerta.
Repetí la herida,
ociosa acción para su propia vida,
pues murió tan temprano,
que el estallido la ganó de mano.
Triunfante, pues, y en tanta dicha ufana,
viendo los lauros que mi esfuerzo gana,
resolviendo la vuelta mis cuidados,
a pocos pasos pierdo mis criados;
entre mí me lastimo,
la cólera reprimo,
y, cuando por desquite del cansancio,
en la quietud tomaba algún espacio,
oigo que golpes dan en esa puerta,
y a poco rato la franqueo abierta,
porque, como creía,
que al bien a recaudo restituía,
sin poder detenerme la templanza,
adelanto al deseo la esperanza.
Con cariño le hospedo y le recibo;
mas, ¡ay de mí!, que no sé cómo vivo,
pues en vez de mi esposo se me ofrece
un novel sucedido,
y haciéndome perdida,
peligros conociendo,
desmintiendo lo mismo que le entiendo,
disimulo advertida
que tal vez un callar guarda una vida.
Pero ¿cómo se atreve
a no templar su fuego con mi nieve?
Si viera a un tiempo mismo
mi honor sin lustre, y yo en un parasismo,
quiso unirse a los dueños de mis brazos,
mas deseando tantos embarazos,
Estas armas de que nos prevenía,
valiéndome de defensas mías,
y cuando yo fluctuando
me estaba en tantas penas anegando,
llegaste tú, remedio a mis fatigas,
y venciendo las fuerzas enemigas,
triunfé desta manera
del conde, como allá de aquella fiera;
a tu favor adeudo esta victoria,
que ha de vivir eterna en mi memoria,
pues fuiste para dar fin a su intento,
plomo, pólvora, fuego y instrumento.
Mucho debe Recaredo
a tu valor, pues le cobras
más con esta hazaña sola
que con cuantas goza suyas.
¡Ay, padre, que teme el alma
cuando la experiencia acusa
que ha de porfiar más el conde,
pues su favor le ayuda,
y en este caso mi honor
grandemente se aventura,
pues lo que hoy parece fineza,
mañana parece culpa!
Pero, ¿quién entra en el cuarto?
Sale Recaredo.
Es quien en tus ojos busca
sus alivios. Mas, ¿de esto,
Atilano aquí se oculta?
¿Después de decirme allá
que una ocasión importuna
le llama para una aldea?
¿Después que se dificulta
en su detención el medio?
¿Después de ver que me excusa
a acompañarle? ¡Cielos!
Sacadme de tantas dudas.
Dudoso está Recaredo,
y no es mucho que presuma
cuando con indicios tantos
faltas a su honor acusa,
mas disimular conviene.
Necia pasión disimula,
que es avisarle al peligro
el descubrirse en la lucha.
Perdonadme, amado padre,
pues no será bien que arguyas
a falta de voluntad
el no hablarte, y cuando ajusta
la parte de fino amante,
antes que la misma tuya.
No podéis faltar conmigo,
Recaredo, pues que nunca...
pudo más la cortesía
del amor que os apresura.
Dichoso mil veces soy,
pues os obligó la angustia
de la tarde a recogeros
en mi casa.
Ha sido mucha
la pasión que me condujo
a veros.
¡Oh, cruel fortuna!,
que aun de esta suerte no puedo
apurar lo que me apura.
Sale Guión.
Ya lo dejo despachado,
pero, con que no destruyas
fábricas que hizo el silencio,
pues si algo más avilantas,
podrá ser que Recaredo
despierte con que conturbas
la paz en que se hallan todos.
Aquí ha de valer la industria;
en fin, Guión, que ya has hecho
lo que te encargué.
La pluma
no ha volado más ligera
mientras por los aires surcas
que yo por obedecerte.
Sospechas, si el pecho apuras,
que intentes no es prudencia
arrojarme a dicha ventura.
Hágote saber, mi padre,
que viendo que yace en lutos
el sol, suyo sus candores
en la tierra no se ocultan,
al convento parte el Rey.
¿Qué dices?
Como lo escuchas.
Pues vamos corriendo allá,
porque fuera causa injusta
el faltar a recebille,
cuando a su grandeza suma
se deben estos obsequios.
Si Atilano no deslumbra
recelos de Recaredo,
¿qué he de hacer cuando fluctúa
entre huracanes de celos
y entre borrascas de dudas?
A mí olvidábaseme
que os sigue una inmensa chusma
de persona.
Pues, adiós.
Peligraré sin su industria.
Rosaura, indecisa corre.
El Rey tan cerca, ¿quién duda...
de esta cercana mi ofensa.
Que no haya cabalgadura
para excusar ir a pie,
y para aquel hideputa
no faltase.
Más valor,
que cuando me hallo sin culpa
cualquier ofensa me basta.
Más dudo que le acuda
el favor más soberano
estando inocente.
Supla
la razón a mis recelos,
que la retocan o alumbran.
porque con ella reduzcáis
mis intentos, siendo así
que según es su hermosura
no permite lo imperfecto,
pues sin admitir disputa,
faltará naturaleza
licenciándole una arruga
a quien para darle adorno
la retoca o alumbra.
Adiós, Rosaura.
Adiós, padre.
Quien la llama se asegura
que para cualquiera ocasión...
Como tu sombra me encubra,
desvanezca el peligro.
¡Oh, cuántas sombras oscuras
embargan a Recaredo!
Recaredo, adiós.
Hechuras
soy vuestras, mas permitid
que os acompañe.
No ajusta
con el mío ese dictamen,
pues si el rey en la clausura
está del convento, y yo
con el compás forzoso
que aventurar un riesgo,
llegar allí.
Sustituya
la voluntad mi defecto.
Dios os ampare.
Concluyo
mi razón diciendo a horas:
adiós.
Vase San Atilano y Guion.
Con qué ansia y suma
estoy de vuestra tardanza,
pues sabiendo que pende asida
mi vida en vuestros peligros,
y que cual tórtola viuda
solo halla descanso cuando...
en vuestra gracia se humilla,
fuerza es que aun lo indiferente
mi amor a agravios reduzca.
Ay, Rosaura, que la causa
que vive en el pecho oculta
no es posible declararla.
Déjame.
Si esto perturba
tus intentos, ya te dejo,
porque no es bien que quien busca
darte gustos sea causa
para que penas influya.
Vase Rosaura.
Honor, batalla tenéis,
celos, mucha es la apretura;
Atilano dio la causa
y Rosaura es quien me deslumbra.
Él me dijo que a una aldea
venía y que esta oportuna
ocasión que le llamaba
la detención dificulta.
Rosaura, cuando he llegado,
si no se encoge, se asusta;
los criados no responden,
ella el adorno rehúsa.
El rey ha salido acaso
y se esconde en la espesura
de ese monte, en el convento
se acoge quien deslumbra.
Lo que entró diciendo y todo
cuanto he mirado me acusa;
si me ha ofendido Rosaura,
pero no miente, si justa
el corazón contra ella,
mienten cuantos lo articulan;
porque cuando esfuerza en ella
todas las gracias concurran,
dejara de ser perfecta
si aquí le faltara alguna.
Pero ¿qué tengo de hacer,
honor y celos? Discurran.
Que disimule me dice
el honor, que pase y sufra
hasta mayor desengaño;
la resolución me gusta.
Socorredme, cielos santos,
sacadme de tanta angustia,
para que en lo porvenir
el tiempo en bronces esculpa
que hay hombre que supo hallar
entre los celos cordura.
Finis.
Jornada 2.ª de San Atilano
Salen S. Atilano, Recaredo y Guion con una bufía.
Tráeme esa silla, Guion,
y asienta sobre este bufete
la luz, y tú, Recaredo,
escúchame.
Prontamente
te obedezco.
Yo quisiera,
mas está el sueño rebelde.
Ya, Recaredo, que admites
el gobierno desta gente,
y en oposición del moro
gustosamente se ofrece,
óyeme algunos consejos
que nunca excusarte deben,
cuando es oíllos cortesía
y elección les prefiere.
Son los tuyos para mí
leyes inviolables siempre,
por quien debo gobernarme.
Como noble eres prudente.
Sábete que en este puesto
de cauto portarte debes,
previniendo propio de todos.
nada para sí reserves.
Primero has de ser de Dios,
pues que de su mano pende
el acierto de tus obras
y las dichas de tus bienes.
Jamás fíes del recelo;
llegues a obrar lo que quieres,
antes bien de tus afectos
siempre debes desposeerte;
por eso poniendo así
como causa de proceder
los bienes irregulados
a divinos intereses,
miras a defender vas
a Dios en aquestos fieles;
pues a buscar su honor,
pues al tuyo le prefieres,
que estriba en ti su fe,
que vas a excusar vaivenes
en su divino decoro,
y sus casas le defiendes;
que el moro amenaza y libra
y que con razón le ofendes,
si el tirano iras respira,
que tú estas iras detienes;
que la justicia te asiste,
que el ídolo al mal se concede,
y que a ti te ayuda el cielo,
y él a los cielos ofende.
Esta es la parte primera,
y la segunda es el verte
obligado del afecto
deste pueblo rectamente;
pues cuando elegir pudiera
otro capitán que fuese
su natural, solo en ti
confía lo más que puede;
que es su ruina y su sosiego,
su libertad con que puede.
Te hallarás más obligado
a paso que más lo pienses,
pago de esta obligación.
No será justo te aleves
a dignidad, antes bien
que te portes de tal suerte
que sin faltar al decoro
humano, siempre te muestres;
pues puede más el cariño
que no el rigor las mujeres.
Parte liberal con todos
todo aquello que granjees,
que ansí será todo tuyo
lo que das y lo que tienes.
Las ofensas de mi Dios
excusa cuanto pudieres,
pues siendo como es tan bueno,
no será justo ofenderle.
Porque cuanto te he dicho
lleves siempre muy presente,
entra en esa pieza y saca
de en medio de unos papeles
uno que hallarás cerrado.
Vase.
Voy por él.
¿Qué te parece,
opinión de la ciudad?
Has fecho muy lindamente,
mas en ocho días solos,
¿qué juicios ni pareceres
puedo hacer, cuando es posible
suceder lo que sucede
con las novias de estos años?
Vemos ordinariamente:
cásanse dos, verbigracia,
y los dos primeros meses
como dos aves se arrullan,
se gorjean y entretienen;
entra el tercero y verás
conmutados los placeres
en pesares, porque si hay
con una cara de escorpión
una suegra sin paz,
muestran los celos y embelecos
que, sin haberle pensado,
un hermano se aparece.
Con ahínco repite las visitas,
una vecina chismosa,
lo echa a rodar todo, a trece;
si el gasto, el vestido, el coche,
el melindre y el afeite,
lo afectado del marido,
lo crudo, lo maldiciente,
el zapato, los tocados,
la criada un poco verde,
luego el ama, el gato, el niño,
sus lágrimas, sus juguetes,
y todas las otras cosas
que un matrimonio consiente;
o por sobras o por faltas,
han de venir a remoquetes.
Todos los gustos pasados
de tal suerte se revuelven,
que cada gusto de aquellos
se paga con mil reveses.
Sácate la cuenta ahora:
querrás que, de esta suerte,
hoy lo pasamos con gusto,
mañana, aunque más te pese,
recargará en tu cuidado
tanto golpe de accidentes.
que si hoy no dio placer a Dios,
has de ver que te entristeces
dentro de muy poco tiempo.
Forzoso es que lo confiese,
pero dime, ¿hay muchos pobres?
Hasta ahora se desparecen,
mas dejad entre por casa el
erizado diciembre
y verás que son muy pocos
aquellos que se calienten.
Pues ruégote que me traigas
todos los más que pudieres.
De eso bien habrá abundancia,
mas, ¿qué has de darles?
No pienses
en lo que se pueda dar,
porque el cielo lo previene
a quien conquista todo.
Sé que tan exhausto tienes
el erario de tu bolsa
que rezar un cuarto que fiese
se te puede caer un cuarto,
y no he de dudar.
Roquete
no tengo, ni hay pectoral,
anillo, que si sucediese
quitarnos nuestro sustento
por darles, ¿qué más bienes
que hallarlos multiplicados
entre las manos celestes?
Mucho me has desconsolado,
Guion.
Pues Dios nos consuele,
porque han llegado al sustento
no hay cosa que más me pruebe.
Tarde parece que vaya.
Si amanece o no amanece,
está clareando el día,
y más para quien se duerme.
Mas, ya vuelve Recaredo.
Retírate mientras vuelve.
Sale Recaredo y vase Guion.
¿Traes el papel?
Ya lo traigo.
Muéstrale, pues.
Creo es este.
Es verdad, mas mira ahora
lo que muestra.
En imagen breve
es de un Dios que en una cruz
murió por el hombre.
Ceniza este que miras así.
Dime ahora que no merece...
por grande, por bienhechor,
por amante, por tenerte
preso para darte más.
No hay paga que recompense
la fineza de su amor.
Hasta entregarse a la muerte
no paró, solo por ti.
¿Quién hay que no reverencie
esa verdad?
¿Con trabajos
y con tormentos crueles
no pasó toda su vida?
Pues, ¿quién es aquel que teme
los trabajos cuando son
prendas que su amor merecen?
En los demás, búscalos;
síguelos, no te exasperen;
abrázalos si te acogen;
ámalos, que eso es quererte.
Con este ejemplar te mide
y verás que te convence,
que te reanima y te anima,
que en tus tibiezas reprende,
que aviva tu confianza,
y también si yo viviere,
que me ofrezco a mirar por ti
en esta ausencia que emprendes.
Ea, parte, Recaredo,
que ya el sol en el oriente
te aconseja presuroso.
Estas lágrimas que vierten
los ojos, indicios son
del valor que me guarnece;
pues al modo que una planta
cuando con pujanza crece,
primero de brotar, llora,
para primicias alegres
de su suerte, el corazón
tan inquieto y tan ardiente,
está necesitado,
que por los ojos reviente
las primicias del amago
de victoriosos laureles;
pero, ¿qué mucho si llevo
esta luz que me aconseje,
esta señal que me anima,
este rayo que me enciende,
este imán que me apresura,
este valor que me vence,
este general que es guía,
y favorece con este
el acierto en tus consejos.
Tus memorias presentes,
favorables tus promesas
y en ellas felice suerte.
Grande consuelo me has hecho
con oírte; el cielo preste
los aciertos a este empleo.
Para servirte me ofrezco.
Pues cuanto soy, seré tuyo.
Yo cuanto alcanzare y fuere
deberé a tu favor.
Pues, Recaredo, previene
el viaje, que pide prisa
la ocasión.
Pues, ahora, deme
su bendición, señor.
Que esta jornada prospere
el cielo, las glorias tuyas.
Con su terneza me enciende.
Con su humildad me acaricia;
el cielo de dichas aumente.
Siempre ha de ser la mayor
como en su servicio emplee
mi vida.
Eso es lo más cierto,
que lo demás no es quererte.
Pues rompa el clarín el aire.
Eso a los moros publiquen
que puede la justicia.
Los estandartes celebren
en las alas del viento
católicos parabienes.
Recaredo, vamos,
que no es justo que se espere
el número de varones
que con vigores ardientes
está convidando al moro.
Vamos, que el alba revuelve,
que debo ser el primero,
ya que el gobierno cometen
a mi voluntad.
Señor,
vuestro estado haced de suerte
que vuestro nombre se ensalce,
que el moro de vos tiemble
y que, con verlo vencido,
mi corazón se sosiegue.
Vanse, y salen León y don Flor.
Jornada segunda
¿Partió Recaredo?
Sí,
y con gloriosas fatigas
que de su pueblo ha sacado,
y dio el aplauso a sus dichas;
como esto pudo causar
alguna melancolía,
la ida del Rey a mí
me ha ocasionado alegrías.
Pues ¿cómo, así, que un Reino
tiene de su tiranía
tanta experiencia?
Porque
mi fe de su amor confía.
que el escarmiento del moro
ha de hacer que le rinda,
de aquesta y en adelante
no vuelva en todas ruinas.
Todo saldría el gran Recaredo,
valiente con bizarría;
lo tranquilo aseguraba,
lo tumultuoso atranquilla;
conservaban su valor
el gran Toro, y Tordesillas,
Valladolid, y otros pueblos;
porque en acción tan prevista,
viendo allí su interés,
cada cual se prometía
victoria en cada soldado,
y lauro a su frente altiva.
- Salió el grande Recaredo,
varón noble de Castilla,
desatado, descuidado,
pues su sangre se deriva
vistiendo campos de plata
con que la nieve era tinta;
porque los jazmines todos
le parece que le envidian.
Sujetó un caballo bello,
corto cuello, testa erguida,
crin poblada, pecho abierto,
mano inquieta, planta fija,
y ganando de las picas
lauros con cortesanías,
me pareció el más galán
que pudo alcanzar mi vista;
pero qué mucho, si es
quien se adelanta a mis dichos,
- donde el afecto contrario
de tal modo me lo pinta,
que cuando verdad no fuera,
a mí me lo parecía,
pues el más diestro pincel
es el que tiene la envidia.
- Un rayo se adelantó
para poderle hacer guía,
más que mucho si llevaba
los aceros a la vista.
Lustrosas tropas siguieron
sus huellas porque sabían
que es el más seguro acierto
en aquello que le imitan;
arrojados al concurso
todas se ofrecen festivas,
que lo que se hace con gusto
la pena en gozo conquista.
Cada cual apresuroso,
cada uno la vida libra
al riesgo, porque la fe
sus estandartes esgrima;
no hubo estorbos por los puestos,
pues de tal suerte se animan,
que despertando su valor
la emulación determina.
los tafetanes al aire
van publicando sus iras
y con sangrientos colores
castigos muchos fulminan.
Despertaba su valor
tanta luciente cuchilla,
que pareció puesta al aire
un campo de plantas ricas.
Tan compuestos iban todos
que siendo la bizarría
tan propia de los soldados
pareció esta vez mentira,
porque sobre ser bizarros
en su obediencia rendida
era una religión nueva
o una nueva compañía.
Desde un balcón Atilano
explayó en ellos la vista
y enternecido el afecto
bendiciones les envía.
Rosaura hermosa llorando
de una espesa celosía
arrojó rayos en sombras
y como rosa entre espinas,
adelantándose a todas,
les llevó la primacía;
y aunque se quiso encubrir
se descubrió más, tan linda
que disparando en sus rayos
una nueva artillería
quien pudo admirarla humana
pudo dudarla divina.
Aquí, viendo la ocasión
que se me ofrece propicia,
pues en medio de esta ausencia
puedo hablar a mi enemiga,
oculto vine por ver
si esta pena que me obliga
o sin remedio me mata
o favorable me alivia.
Todo lo juzgara fácil
si viera que no asistía
en su favor Atilano;
pero cuando no mitiga
sus cuidados por hacer de
la más sagrada una espía,
fío de tu logro poco.
Amigo, deja que siga
mi discurso la mi pasión,
que por lo menos arbitra
el pensar que por mi parte
no reservo en la conquista
ni por merecer el riesgo
ni para obligar la vida,
y cuando más no se pierda
quedará en tanta porfía.
el consuelo de que hago
cuanto es posible.
Anticipa
ejecuciones en mí
veras tan claras y noticias
de ser tuyo, que no bastan
para hacerme cobardías
ni recelos ni los riesgos,
ni aun acciones que desdigan
a quien soy, que esto es lo más,
pues esta acción por indigna
en los hombres de mi sangre
es la que el honor peligra.
La vida, amigo, me has dado.
Eternas edades vivas.
Ánimo, conde, que el arte
tal vez con sus demasías
sabe granjear las victorias
que al discurso se limitan.
Salen San Atilano con museta de obispo y Flavio.
Este rato que permito
a ocupaciones precisas,
quiero tomar un descanso,
dándole memorias mías
en lo porvenir desastres
y echando en lo pasado lágrimas.
Salte fuera, Flavio.
Voy,
porque no es justo que impida
lo que intentas.
Justo me haces.
Vase.
Mi devoción determina
mirar por aquel resquicio
lo que le pasa.
Ya acaudillan
los sentidos al discurso
y, entre señas conducidas,
pues que es tiempo, hagamos examen
y cojamos las noticias.
Dime, ¿quién soy, pensamiento,
que tan fuera de mí estoy?
Quien supiera quién soy,
fuera ya conocimiento.
Si es mi vida vano viento
que no para en el correr,
ni el hombre qué puede haber,
déjame considerar
que no tiene el respirar
ni consistencia ni ser.
Un compuesto vano soy
de dos materias distantes,
que mido por los instantes;
plazos los que faltan hoy
en los viviendo voy,
y continuo movimiento,
y como es el argumento
humano frágil sedal.
Lo que en mí es, si natural,
que el vivir es violento.
De tan vil generación
fui formado, que mi ser
tuvo su principio en ser
agua, lodo, corrupción.
Junto con mi concepción
fue la culpa dolor fuerte,
pues tuve tan triste suerte
en empezar a vivir
que pude luego sentir
prevenidos achaques de muerte.
Pues como, si miro atento,
a mi fin estoy llamando,
y no sé cómo ni el cuándo
ha de ser, vivo ni siento
qué especie de tormento
rehuir, desesperado,
como yo, malconfiado,
con una indecisa vida.
Uno lloro, la pérdida,
y otro mi error de estado.
A vagante peregrino,
y en lo incierto del mundo,
cómo en sus cosas me fundo,
cómo a sus bienes me inclino.
Si me espera fin divino,
cómo a lo mortal me entrego.
Y cuando el golfo navego
de la vida que pretendo,
sin duda es que no me entiendo
o vive el discurso ciego.
Es mi vida una jornada,
y anda presurosamente
mi constancia, un accidente,
que es el mundo una posada.
Luego si yo no soy nada,
y si no soy un nacido
que a sus bienes despido,
qué jornada me espera
esté para ella siquiera
pues cierto o prevenido,
que esta jornada se ve,
aunque a un tanto se tarda,
aquel punto que me aguarda,
pues que es cierto, no lo sé.
Qué prevenciones haré
en lance tan desigual,
si el haber obrado mal
me acobarda de tal suerte,
que entre la vida y la muerte
solo un punto hallo fatal.
Ya es jornada mi vida,
y en un término incierto
ha de coger seguro puerto
adonde tenga acogida.
Ya a mí el gusto lo impida,
que a eso me determino,
a irme peregrino
por el áspero sendero,
que otra jornada ha de ser
para un incierto camino.
Desconocido, pobre,
mis muchas culpas llorar,
cuando llegue a visitar
urnas que ofrece la fe,
valles, riesgos que hallaré,
con consuelo deseado
para el tiempo pasado.
Para medicina halle calma
con lágrimas de mi alma,
desquites de mi pecado,
que a la pena he merecido
con ofenderos, Señor,
pues soy hombre pecador
y vos Dios, y el ofendido.
Perdón de mi culpa pido,
y bien fiado de vos
creo que habéis, como Dios,
desta acción apiadaos,
a que llegue a merecer
gozos de gloria a los dos,
mas si tengo en encomienda
este pequeño rebaño.
Como en evidente daño
se ha de dejar que se entienda,
luego no es firme mi enmienda.
Si por querer mejorar
mi vida vengo a causar,
voluntario desterrado,
por hallarme mejorado,
ocasiones de pecar,
facilitar no es acierto
de tantas dudas, Señor,
que mal acude el pecador
advirtiendo a su dueño.
Si es cierto, yo triste siento
en un naufragio mi ánimo,
se logre de que advertido
para mejorar mi suerte,
en una vida una muerte
y en la memoria un olvido.
Sale Guion
No quiero negarte nueva
tan de gusto.
Pues, ¿qué ha habido?
En este instante ha venido
un propio con que se prueba
su recado, y diligente,
tan briosos van marchando
que quedan asegurando
una victoria excelente.
Dicen del moro que viendo
nuestra gente en tanto alarde,
ya se recela, cobarde,
y ellos le van ofendiendo,
con que desde hoy adelante
será tanto su escarmiento
que excusarán el rompimiento
ya que es incierto.
No os espante
ver tan feliz suceso,
que a cuando Dios interesa
cualquiera peligro zela.
Es así, yo lo confiesso,
mas si sobre estar ocioso
recarga el verte obligado
de aquel continuo cuidado
que pones en tu oración,
mal la dicha se asegura
porque se prenda su amor
cuando hay algún mediador.
Eso sí, prueben ventura,
que si de Dios el honor
padece algún detrimento,
cualquier peligroso intento
halla el remedio mejor,
y aunque en el riesgo nos veamos,
viva nuestra fe, no es poca,
aunque con agua en la boca
no creemos que perezcamos.
A Laura a buscar quiero,
porque sin duda estará
con pena por la que da
la ausencia, y así a lo primero
he de ser quien darte pueda
el alivio que he tenido,
que desdichas de un marido
no hay quien sentirlas no pueda.
Vase Atilano
Solos avemos quedado,
y pues debo a vuestras voces
las noticias que granjeo
de la partida, que entonces
pintasteis de recatado...
te pido ahora que convoques
la verdad para decirme
de Atilano los primores
con que le ha heredado el cielo.
Precísome,
porque logre mi deseo.
Atentamente te escucharé.
Pues oye:
De generosa prosapia,
de entre triunfantes blasones,
de la sangre ilustre goda,
y de la planta más noble,
tomaron gloriosamente
dos invencibles consortes
la virtud como el herencio
y el ejemplo como el nombre.
Dioles patria Tarazona,
ciudad que anima esplendores
desde Tubal, que a estos reinos
redujo en campaña dócil,
mostrando ambos su valor.
Y aunque a fastidio, a golpes,
las medias lunas atroces,
no por eso desmintieron
la fe que en sus corazones
vincularon diestramente
desde sus nobles mayores,
examinólos el cielo
aún más, pues les negó entonces
la sucesión que esperaban,
pues tal vez quiere que el hombre
o lo pida o lo merezca,
la desee o la sazone,
pues son apercebimientos
para que en ella se goce.
Mirábanse al rostro,
que en su edad se hallaba torpe
la naturaleza ya;
solas ya las oraciones,
las lágrimas y suspiros,
y las llamas que del corazón broten,
en tan deseado alcance
podían ser fiadores,
debajo de esta esperanza
entrambos a dos conformes
apelaron a los cielos,
y hallaron sus peticiones
rubricadas por el supremo
tribunal que a todo oye.
Un día, pues, que la madre
repetía al cielo voces,
vio que desde él descendió
un airoso y bello joven,
que, prometiéndole un hijo,
desvaneció sus temores.
Fuese el ángel, y quedó
entre dulces suspensiones,
y prometió agradecida
consagrarle el bien que logre
en la regla de Benito,
madre de las religiones,
como a la virtud mejor.
también los mejores dotes,
apenas del mes primero
pasaron horas, recelos,
cuando se conoció encinta;
que al parto el tiempo llegóse,
y para alegrías suyas
tan lleno de perfecciones
nació Atilano, que fue,
según las demostraciones,
como escogido del cielo,
el remedio de los hombres.
Diréis que tengo olvidados
de entrambos padres los nombres,
pero no es descuido mío,
antes es del cielo orden
que no lleguen a saberse,
y se oculten o se ignoren,
porque, negándolo al mundo
por hijo suyo, le adopte,
que es como querer decir
no han de quedar presunciones
al mundo de que haya sido
suyo aquel a quien disponen
con naturaleza humana
divinas resoluciones.
Bautizaron a Atilano,
nombre propio a sus acciones,
porque si antes un Atila
fue de la Iglesia el azote,
otro Atila naciese,
cuyos bellos resplandores
a la militante Iglesia
la defiendan o adornen.
Crióse el hermoso infante,
y apenas a los balcones
se asomó de la razón,
que fue a los años catorce,
cuando, venciendo a su edad,
de como en las letras corre,
es solución en el porte.
Aquí su conocimiento
obligó sus atenciones,
y despreciando del mundo
tantos caducos honores,
a la villa de los Fayos
se conduce, puesto donde
la religión del Benito
prestó al mundo muchos soles.
Es el convento en los Fayos,
según he tenido informes,
seno de una bronca peña,
de la tierra oculto esconce,
inundación de las lluvias,
donde el aire a reventones
toma origen y sus ecos
lo viviente descomponen.
Fatal desmayo del día,
y ciega tumba en la noche
horror de toda la luz,
cueva donde el sol se esconde.
Con estrecheces poco abriga,
y repara los ardores
del estío incombustible
y en los húmedos vapores
de un río que le festeja,
nubes que con sucesiones
animan a penitencia,
le sirven despertadores
para que jamás se olvide
de sus justas obligaciones.
Conocida su virtud
le ordenó de sacerdote,
y como nuevos alientos
fue fuerza que se remonten,
con espíritu doblado
con licencias que le abonen
partió a Sahagún, entró en él
y viendo aquellos renglones
que en defensa de María,
hermosa flor de las flores,
escribió Ildefonso a tiempo
que unos herejes atroces
su virginidad negaron,
porque el tiempo no los borre
devotamente animado
hace copia dellos y recoge,
contra tan cruel herejía,
sin temer que se le estorbe;
que aun aquí halló sosiego
porque guiado de amores
de más penitente vida,
tomó por seguro norte
este monte Caturrino
donde Froilán tentaciones
repele, abraza pobreza,
muestras corteses dándole;
surca piélagos de penas
y de desnudas pasiones,
prendas todas con que el cielo
va departiendo favores.
Llegó Atilano a su vista
y entrambos a dos se encogen
en tomar el gobernalle,
mas venció Atilano entonces,
y así quedando Froilán
superior, lo reconoce
humilde súbdito suyo
quien fue prior de los monjes.
A poco tiempo después
numerosos escuadrones
en sus banderas se alistan,
porque como los descoge
Atilano, no haya alguno
que en tan gloriosos pendones
no busque el seguro sueldo
y no asegure prisiones;
viendo pues que la estrechez
del limitado horizonte
Clérigos los que pretenden,
el valle del Esla escogen,
donde otro número grande
se les metió tan conforme
que siendo invidia del mundo
llegaron a sus honores.
Reinaba en León a este tiempo
Ramiro, que con inormes
pecados obligó al cielo
a que en entrañas de bronce
denegase el cielo lluvias
y le privase de brotes.
Y últimamente al castigo
de aquel del sol Almasary,
Allagib envió constante, pujante,
y con lides vencedores
destruyó, taló y robó
el reino, las huertas y montes.
Despertó el rey al castigo
y buscando mediadores
que con virtudes insignes
a los cielos desenojen,
envió a llamar a Atilano.
Otro Atilano en la corte,
y predicando resuelto
hizo que el vulgo mejore;
aquí también fue preciso
que Ramiro el pecho postre,
que el palacio lo venere,
y que la plebe lo adore.
Dejó contento la corte, contento
y rico de pasaportes,
brevemente se dispuso
para nuevas fundaciones.
Fue Moreruela una de ellas,
donde en tales opiniones
se acredita que a su sombra
los busca el mundo conforme.
Mas ¿qué mucho si sus obras
son los que a todos socorren,
porque en ellas el remedio
está de las aflicciones,
siendo así que cobran vista
los ciegos, los mudos voces,
los sordos oídos despiertos,
pasos ligeros los torpes?
los muertos vital aliento,
los cielos más esplandores,
gloria España, dicha el reino,
timbre con lauros el orbe,
su religión mucho lustre,
Zamora eternos blasones,
y Tarazona su patria,
gloria, dicha, honor, renombre.
Prodigiosa vida.
Espasmo.
Hoy que con tales pastores
Zamora y León se previenen,
y mucho será que logren
con su amparo, ¡mísera suerte!,
y es mucho que mejoren
de fortuna, haciendo que
el moro se excuse el choque
que le ofrece Recaredo.
Son ambos del cielo móvil.
Grande regocijo ofrecen
estas nuevas, que veloces
adelantan los deseos;
pero, ¿quién es que del golpe
de la gente se descuelga?
Sale un criado.
Yo soy, oídme, señores:
ya se confirma la nueva,
ya ha granjeado pundonores
la patria, ya se castigan
del moro las presunciones,
ya se sabe de Recaredo;
y porque es justo se ahorren
las palabras, cuando el reino
tan propias proporciones,
despedid necios temores,
pues la fortuna asegura
tan felices ocasiones.
Grande nueva.
De contento
salto y brinco con desorden.
Cielos, ¿qué ha de ser de mí?,
pues cuando todos cogen
esta nueva por feliz,
a mí me descompone.
Pero pregunto, ¿ha venido
Recaredo?
Señor conde,
aún no ha venido.
Esperanzas,
aun revivir no es malogre,
mi intento despertad,
porque el corazón aborte
intentos que le conducen.
Verdad es que se concibe
que no ha de tardar, porque
su amor se llama conforme
a la vista de Rosaura.
Forzoso lance es que adore
su belleza por divina,
como despides de la noche
la luz el que sale della.
Tampoco es justo se ignore
que a los jardines Rosaura
ha salido.
Estos doblones
den muestras de mi alegría.
Sacaime de confusiones,
pues no tendré que temer
los falsificados golpes
de las menudas desdichas,
de las mayores que corren.
Priesa pide la ocasión,
no es justo que se perdone,
que es el consuelo sobrado
cuando hay tan pocos que logre.
Vanse y sale Rosaura.
En este hermoso jardín,
en quien el primor y el arte
entraron ambos en parte,
ya en cristal, y ya en jazmín,
quiero ver si tiene fin
mi necia desconfianza;
pues de tal suerte porfía,
que en la más prolija ausencia,
del gusto sin diferencia,
recela esta tiranía.
Mírome como en espejos
en la una y otra flor,
pues le encogen el vigor
que causa el sol los reflejos;
mas cuando ya sus reflejos
animan sus opresiones,
desplegando sus botones,
me dicen sin diferencia
que es locura una ausencia
de todas sus perfecciones;
la hiedra, que enlazando
con sus riscos, o su peña,
ésta lo más de la peña
asida estarla coronando,
símbolo del que está amando;
pues si se ve desasida
de la suerte está perdida,
y del objeto apartada
muere cuando desalada
lo que vivió cuando asida.
No es mucho, pues, si yo ignoro
el efecto de una ausencia,
cuando ha tomado experiencia
en las plantas de que lloro,
ni es posible que mejore
hasta que él a mi amor
que me dice su rigor
sin que admitas intercadencia,
que puede darme una ausencia
la muerte, como a la flor.
Salen el Conde y Floro, ciudadano del hambre.
Con nuevas ansias, mis penas,
¡ay!, habéis solicitado,
porque no es amar de veras
el recelar los peligros;
sino, baste el desengaño,
en mis instancias prosigo,
que es cobardía del gusto
el asustarse a riesgos.
No me basten desengaños
cuando no los acredito,
pues mejor pinta el amor
con mil aparentes visos.
El que admite desengaños,
nunca pudo ser muy fino,
pues de veras hacen la prueba
de lo mismo que ha querido;
por eso yo en este lance,
constantemente apercibo
nuevo afecto a mis congojas,
sin que me permitas arbitrios.
Temo lo mismo que adoro,
huyo lo mismo que sigo,
nunca pudo el afecto
pagarse de lo poquito,
y tira buscar a Rosaura
a Zamora prevenido;
vengo con decir que busco
estorbos al enemigo.
pero descúbrete primero
que intente hallar escondido
el remedio de mis ansias,
hablando con Laura a escusito,
adonde el alma, segura,
adonde todo peligro,
y en cuyas memorias solas
me detengo y me limito,
pues ausente de su esposo
está mi bien más propicio;
válgame amor, ya que él solo
puede prestarme el alivio;
y tú, Floro, no te admires
de mi obstinado delirio,
que cuando está la ocasión
tan de mi parte, y asido
como el fuerte Recaredo,
da clarísimo indicio
de la dicha que me espera,
fuera de mi amor delito
cobardear en lo aparente
el negar lo ejecutivo.
Repara, señor, en ti,
repórtate, y el sentido,
como le das a la pena,
dalo también al arbitrio.
Con tan desigual tormento
sufro, paso, peno y vivo,
que sin detenerme al riesgo
adoro lo que peligro.
Pues dime, si acaso fuere
que aquí por lance preciso
te hallaran, ¿qué has de decir?
Que busco al señor Obispo.
Pues por eso mejor fuera
buscarte luego.
No, amigo,
que reservar la disculpa
para lance más preciso
es cordura.
Pasar quiero
por máxima lo que has dicho;
pero también te pregunto
por qué vienes a este sitio
que por desusado puede
descubrirte.
Advierte, ha sido
que esta mañana, si Laura
baja a tomar las caricias,
me prometió la ocasión,
o trae seguro el motivo;
y cuando no lo supiera,
bastaba a darme el aviso
el corazón, que es la guía
más puntual, dándome indicios
de esta verdad tantas flores
que con retoques más finos
le publican huésped suyo
y la dan el bienvenido;
pero, ¡cielos!, ¿no es aquélla?
Sí, porque en ella he visto...
siendo, alma del jardín,
es del amor precipicio;
hacia a la puerta se llega
del palacio a lo que miro,
yo el paso quiero ganarle,
deme Amor todos sus bríos.
Ya en sus sacros altares
holocausto me dedico;
recluso en aqueste cuadro,
oculto seré testigo
de mis desdichas, o dicha.
Ya a la vista me retiro.
Salen Rosaura como que quiere irse por la otra puerta, y detiénela del brazo el Conde.
Esta vez, aunque no quieras,
hermosísimo prodigio,
vuelvo a adorar tus rigores,
a repetir mis delitos;
otra vez vuelvo a buscar
la quietud en el peligro,
en las dudas el acierto
y la vida en el martirio;
otra vez vuelvo a tener,
para hacer mejor juicio,
sagrado en tus baldones
y en tu rigor asilo;
no te desazone el ver
que siempre amante porfío,
pues nunca peco paramando,
ni es especie de delito;
buscar remedio en el daño
es un natural designio;
y aquel que de adelantado
desmerece por remiso,
es mucho que hoy busque,
aunque tema sus desvíos,
mi remedio, cuando en él
el aliento y vida libro.
Asómase Ricardo a paño.
Apenas salgo de un lance,
cuando, a un riesgo conocido,
a otro más fuerte me llama.
¿Qué es esto, cielos divinos?
Apenas dejo del moro
los intentos reprimidos,
cuando en olas de tormentos
me amenaza un nuevo abismo.
Cuando buscando a mi esposa
al descanso me apercibo,
en vez de granjear agrados,
hallo en su vista un cuchillo;
mostré en el campo valor,
victoria, el cielo propicio,
mas hoy el campo de amor
me ofrece nuevos desafíos.
Hablándose están los dos,
sin duda que he confundido
lo racional, y a solo
me quedé vegetativo,
porque cuando en tanto golpe
a sus iras me permito,
o no vivo o lo que siento...
sustento lo que vivo,
mataré y a los dos,
si espero que me resisto,
pero, como de sus culpas
la substancia no examino,
¿Rosaura no es noble? Di.
¿Y amante? Pues ¿qué me aflijo?
Cuando el amor y el honor
están de su parte finos,
arrojarme sin bajeza
a un golfo de delirio,
que nunca puede ser culpa,
ser atento no averiguo;
no es posible que me engañe
cuando a indicios me permito;
no es posible que los dos
engañen a los ojos,
pues, si esto es así, ¿qué importan
prevenir los castigos,
si engaña tal vez la vista
lo que asegura el oído?
Todos los... no faltan
como los demás sentidos,
la causa que hizo apariencias
no supone en el juicio;
pues, siendo así, ¿cómo yo
me dejo llevar rendido
de una pasión, siendo así
que incertidumbre permito?
Honor, no te alteres, tente,
no esgrimas sangrientos filos,
que no siempre en lo apretado.
Bien pudieran, señor conde,
obligar a mis retiros,
para excusarme estos sustos,
de mi valor tan indignos,
si como decís mandáis;
cómo cabe a un tiempo mismo
el ejecutar agravios
y ponderar los cariños.
Ya sé que representáis,
para aplacar lo fingido,
pues nunca fue voluntad
lo que aplaza el apetito.
Empeño es de persuadiros
que han de poder sus alivios,
pensamientos más que en mí,
castos ardores que animo.
Vender finezas, un agravio
es error; aun ofendido,
pretender satisfacerle
no es cordura, es desatino.
No admitir los desengaños
es correr a precipicios,
y querer que, si una vez
saliste de un laberinto
sin hallar otra salida,
tengas fin en su principio.
Vivas mil años, Rosaura,
pues que me han restituido
tus palabras el aliento.
Salen al paño San Atilano, Flavio y Guión.
Yo, con mis ojos lo he visto.
Engaño es todo del sentido.
Tan cierto es como he dicho.
Pues, ¿cómo ha entrado sin verme?
Bellísima Rosaura,
mas si el conde fementido
pretende violar su honor,
viva en su intento el castigo.
Buscando vengo a Atilano,
pero ¿qué es esto que miro?
Dándose estaba Lucrecia
de las astas con Tarquino.
Abraza el conde.
Déxame ya.
No es posible.
¿Quién lo impide?
Yo lo impido.
Esto es preciso;
a tan grande atrevimiento
fulmine el plomo el castigo.
Hace como que derriba un tabique que ha de dar sobre el conde, y el conde en tierra.
¡Jesús!
Desgracia notable.
Matóle como un cochino,
aunque la historia, un tabique
dice que fue de ladrillo.
¿Qué veo, cielos? ¿Qué es esto?
¡Atilano!
Danse la mano
Lo testifico
para dar a Recaredo
crédito de tu honor limpio.
Satisfecho estoy de todo,
padre.
¿Por adónde vino
Atilano tan aprisa?
Rosaura se ha suspendido.
Esposa.
Señor.
Los cielos
a tu vista me han traído,
porque examine en rigor
el remedio a mis peligros.
Yo salía...
Ya lo sé.
Yo encontré...
Todo lo he visto.
Yo procuré...
Ya lo entiendo.
Yo respondí...
Ya lo he oído.
Pues si lo viste, lo oíste,
lo sabes y has entendido,
para desquitar mis penas
repara lo que te he dicho.
Vuelve en ti, Rosaura hermosa,
vuelve en ti, dulce prodigio,
que no es bien que sienta tanto
quien resistirse ha sabido.
Sé que entrando en el jardín
el conde atrevido quiso
violentarte, y sé que tú,
más inmóvil que esos riscos,
le despreciaste.
Y yo sé
que el conde dio en el vacío
que tenemos, pues queriendo
alborotar su albedrío
llegó a morir por amar,
que es la muerte del borrico;
y que este por la cebada
ha dado por esos trigos.
Esto es cierto, no hay dudarlo.
Mirad si es muerto.
Está frío
por lo que anduvo caliente.
Permitid, Señor divino,
darle vida, porque pueda
llamaros arrepentido.
Échanle todos la bendición
Quiero probar mi virtud
por ver si le resucito.
Ay, Dios, mi culpa os confieso;
el perdón, señor, os pido.
Lo siento, que soy santo.
Esto tenía yo escondido;
bien merezco que me dé
el conde unos guantes ricos,
pues le excuso el cirujano,
que andaría en los orificios
mirando la piamáter
y los demás escrutinios,
que platican con los nombres
que no entienden ellos mismos.
Miren, si ellos no lo entienden,
cómo harán de un muerto vivo,
pues hacer de vivos muertos
es lo que tienen de oficio.
A ti, divino Atilano,
debo la vida.
Prodigios
son todos los de este santo.
Admirada estoy.
¡Por Cristo,
que es bueno hacer yo el milagro
y decirle que él lo hizo,
siendo yo más santo que él!
Lo que va de mí a un obispo.
Hijos, vamos a dar gracias
a Dios, sed agradecidos
al cielo en este suceso,
pues a un tiempo habemos visto
la ignociencia con victoria
y con castigo el delito.
Atilano, nada temo
si entre los tuyos me alisto.
Como tú siempre me ampares,
saldré de cualquier peligro.
Vanse.
Desde hoy más será por ti
mi vida, nuevo prodigio.
¿Y a mí no me dicen nada?
Con mi milagro se ha ido
el conde; pues no haya miedo,
el señor conde corito,
que si otra vez le hallo muerto,
aunque me lo pida a gritos,
que vuelva a resucitalle.
Señores, cuenta conmigo:
yo no hice este milagro,
y el conde me le ha corrido;
pues por vida de mi madre,
que nunca la he conocido,
que no he de hacer más milagros
y que he de quemar mis libros.
Fin.
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Jornada 3ª de San Atilano
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3ª Jornada
Salen Recaredo y Rosaura
Hasta aquí puede llegar
la demostración, señor,
pues es tan grande mi amor
que no se deja obligar.
Mayores demostraciones
no alcanzan a merecer
lo que llegan a deber
mis muchas estimaciones.
¿Cómo a extraña me tratáis,
cuando es tan vuestra soy?
Rosaura, ¿cuánto os doy?
Todo vos os lo ganáis.
Bien parece excusado
el decir si me queréis.
Si vos misma lo sabéis,
¿por qué lo habéis preguntado?
Porque como al firme amor
siempre veo al mal contento,
lo mismo que experimento
me hace vivir con temor.
y busco satisfacción
al paso que más os quiero,
porque en lance tan severo
dudar es más afición.
Cuando se llega a dudar
en amor que recompensa,
está evidente la ofensa
contra aquel que llega a amar.
Porque como aquel que ama
solo quiere ser amado,
si sirve asenso otro cuidado,
nuevo cuidado le inflama.
Y así esto no puede ser
en aquel que llega a amar,
para querer obligar,
dudar de su merecer.
Verdad es, pues el dudar,
por cuanto es desconfianza,
mayor mérito se alcanza
en aquel que llega a amar.
Luego a quien por más querer
nuevas causas asegura,
ama con mejor ventura,
y nunca llega a ofender.
Sale San Atilano y dice dentro en el vestuario.
No creeré de mis pecados,
mientras no le vuelva a ver
anillo, que puedan ser
por ser tantos perdonados.
Escuchen esa campana,
una voz triste y doliente.
Oíd, de mí, por la corriente
del Duero, el aire acompaño.
La voz en el aire crece.
Mi curiosidad se aumenta.
Hombre que así se lamenta
todo alivio sí merece.
A buscarle quiero ir.
Yo te quiero acompañar.
No, que a mí toca el buscar
voz que así sabe gemir.
Sale Flavio.
No hay para qué.
¿Cómo así?
Porque de todo el suceso...
que os alborota, daré
satisfacción.
Ya lo espero.
Apenas esta mañana
a los primeros bosquejos
con que dio su luz el día,
si bien con rayos inciertos,
cuando cobré libertad
de las prisiones del sueño,
pues aquel que está dormido
está como en cautiverio,
cuando en dudosos desmayos
un bien condolido acento
oigo que me está llamando,
y aquí, más vivo, despierto,
aplicándome el cuidado,
dudo, escucho, advierto, y temo.
Conocí que era Atilano
quien me llamó, y como el pecho
lo sobresaltó el amor,
hasta estar con él me llego.
Froilán me dijo entonces: "Calla,
no te alteres, que es tu maestro
el que te habla, y el que te llama,
a tu amor para el secreto".
Bien sabes, Dios, que ya
antes de llegar al puesto
que hoy indignamente ocupo
fui monje, estado perfecto
donde el amor se espacia;
pero yo, no respondiendo
a los auxilios divinos,
en vez de sacar provecho
saco mayor confusión,
pues el recibir talentos
y el no buscarles descargos
hace mayor el empeño.
Por esto, pues, entre dudas,
lleno de conocimiento,
tales escrúpulos hago
que vivo mal satisfecho;
y por esto ha muchos días
que me llama el pensamiento
a un nuevo, penitente,
un voluntario destierro;
desconocido del mundo,
y peregrino pretendo,
al costo de mis fatigas
Aumentar merecimientos,
y, como juzgo que voy,
me socorrió un compañero.
San Julián, como seas
quien ayude a mis deseos,
hoy ha de ser la partida.
Oh, pues en ella intereso
sosiego de mis penas,
que no te impida, te ruego.
Con silencio he de salir,
ayuda a llevar el peso
de la cruz que al hombro cargo,
pues cuando volver no intento
hasta que el cielo me haga
un signo manifiesto
de que perdona mis culpas,
o consolida mis yerros.
Ni conmigo puedo más,
ni con mi alma puedo menos,
todo queda prevenido.»
Me dijo en sollozos tiernos:
«Zamora queda con paz,
mis súbditos bien contentos;
para la mitra, también
dejé bastante gobierno,
y a quien por ser tan fiel
le nombro por limosnero,
este arancel ha quedado
a pie de un cristo que es centro
donde debiéramos todos
enderezar nuestros deseos,
bien como en aquella imagen
se halla el mejor testamento.»
Concedíme a lo que quiso,
y dentro de poco tiempo
nos salimos del palacio,
y al puente de San Lorenzo
pasamos, donde el anillo
echó gustoso en el Duero,
y dijo: «Mientras que no
vuelva a mí, no pretendo
que hayan de estar perdonados
mis culpas, y aviso cierto,
que si cerca del hospital
del aragonés me meto,
siquiera de San Vicente
entre muchos pasajeros...»
que seguían el camino,
lo busco, miro, y lo pierdo;
por ver, viendo un imposible
el hallarlo, a casa vuelvo,
sí, para llorar la pena,
a contaros el suceso.
Referidlo a los queridos,
y todos juntos lloremos,
que yo, que tanto he perdido,
todo mi consuelo niego.
Vase.
Cielos, ¿qué queréis de mí?
¿Qué pretendéis de mí, cielos?
¿Para qué quiero la vida
cuando a Atilano pierdo?
Ya dado fin mi esperanza,
no alcanza el sentimiento.
Vanse.
Sale Guión.
Ya que esta vez puedo a solas
divertir los sentimientos,
fuerza era que, algún tanto,
dentro en mí, soliloquiemos.
Pasemos cuentas, Guión,
que, si cuando avisan los duelos
se hacen poco de sentir,
decid, mas son pocos los nuestros.
Antes de llegar a monje,
supe del mal y del bueno;
de malo, por mis costumbres,
de bueno, por mi deseo.
Entréme en la religión,
y, aunque pasé por lo lego,
jamás me llegué a aplicar
ni a verbos, ni a rudimentos.
Con todo, un año pasé
al estado de profeso,
donde, pareciendo simple,
tuve asomos de compuesto.
Subí a más, que no fue poco,
quemé días en el puesto,
cuando, so color de santo,
detenía los pensamientos.
¡Oh de mí!, ¡moditos míos!
Sin llorar, muchos pucheros,
porque a fuerza del mendrugo...
Siempre hicieron calderero,
propio bien y bien empleado
en diversos ministerios;
y en todos ellos saqué
muy poco aprovechamiento.
Gustó el prior de mi humor,
y hízome de su consejo,
con que, sin darme un bocado,
me llegó a poner un freno.
Hiciéronle obispo a él,
y a mí luego me pusieron
en esta, de que pensé
que sería de zahumerios;
y ya que en tantas tormentas
gozo tiempo más sereno,
pues para dar la limosna
todo en sus manos se ha puesto,
con esto puedo decir:
soy obispo, hecho y derecho,
pues sin cargo de conciencia
llevo los emolumentos.
Junto a palacio estoy, y
ya a su servicio me entrego.
Dios me ayude para dar;
con muy mal principio empiezo.
Pasos oigo, y me presumo
que ya deben ser de aquellos
que saben para holgar
porfiar cuando están pidiendo.
Un buen rato me he de dar.
Póngome acá rostro tuerto;
que si bien que si me piden
nada he de dar halagüeño.
Salen los pobres.
Dios sea padre con todos.
Muchos hay que quieren serlo
y no pueden alcanzarlo.
Como este capón que vemos
por el niño de la bola,
que dé limosna a este enfermo.
Hermano, ruede la bola,
y quedará satisfecho.
Todos cantan dentro
no contrapunto
Ha quedado a cargo vuestro
la limosna.
Quién lo duda.
Denos pues.
Esto os quiero.
Aprietan necesidades.
Pues si aprietan ya me aprieto.
Esto es caridad.
Írsele ascondiendo
Estoy
pero qué tiene él.
Yo, padre.
Algo ha aprendido en el ejercicio
del paternóster, pues sabe
el páter y el darnos ciego.
Baldada tengo una pierna.
Mucho mejor fuera ciego
el brazo que con destreza
juega al uno y otro lado, presto
fuera baldado.
Y aun fuera
mejor el ojo derecho,
y a en su lengua le batieran.
Y el que tiene.
Lo que tengo
es muy grande enfermedad.
Alto, eso no ha sido fuego
de San Antón, o algún aire
corrupto, pues siempre de esto
ponderación de bribones.
Es mi mal de nacimiento.
Pues ahora lo quiero curar.
De su santidad lo creo.
Dale.
Con este báculo solo.
Ven cómo hace movimientos,
estos mis milagros son.
Por Dios que estamos muy buenos.
Padre, yo no tengo padre.
Hijo, yo no quiero serlo,
pues cuando pueden ser tantos,
la obra de ser de remiendos
y el que busca.
No lo sabe que
cuando ser pobre confieso.
No ha tenido habilidad.
Músico.
Qué instrumento.
Cante.
¿Y qué voz?
Contrabajo.
Pues este así hallaremos;
que faltándole la voz
se esté en su estado primero;
veamos si destreza tiene
en la mano.
Es lo menos.
por menear los dedos le conozcan y digan, en la mano así lo dice
No lo dudo, pues creo...
Yo soy, padre, hombre de bien.
Yo de ese merecimiento
no le quito ni una pizca.
Que algo más pretendo.
Miren al otro, hijo del diablo.
Dime, hombre de trapos viejos,
alma de estos mil embustes,
¿qué tienes?
Lo que ves tengo.
Eso lo creo muy bien.
Tengo un abrasado incendio.
Descúbrelo.
Vesle aquí.
Desata más.
Soy contento.
¡Vive Dios que destas veces
me cogís de medio a medio!
Ea, acaba, ¿en qué reparas?
Ya está todo descubierto.
La misma verdad has dicho;
por a fuerza de mi ingenio
picaron, bribón, ¿qué esperas?
Responde, ¿cómo has compuesto
esta llaga subrepticia?
Con el romano y ungüento.
Si tú te lo dices todo,
¿para qué quieres saberlo?
Vete de aquí, di, ¿qué esperas?
Ir recogiendo estos lienzos,
que para mí es la mayor riqueza
y de mejor precio.
El desahogo me ha agradado.
Vengan todos acá dentro,
recibirán su limosna
con tal que en este intermedio...
encomiendo al obispo
a Dios.
Con gusto lo haremos,
que es nuestro padre y amparo;
quiera Dios podamos verlo.
Vanse, y sale San Atilano, andrajoso y pobre.
Dulce cosa es padecer
por agradaros, Señor,
pues a fuerza del amor
la pena se hace placer.
Muda así el hombre de ser,
pues tales prendas merece
en lo mismo que padece,
que con modo celestial
el bien se le trueca en mal,
y el mal como a bien se ofrece.
Logra el hombre en esta acción,
en premio del padecer,
que lo que deja de ser
es con mayor perfección;
pásase a la posesión
desde el bien de la esperanza,
y acreditando bonanzas,
con padecer y sufrir,
con solo querer sentir,
todo lo que pierde alcanza.
Dichoso yo que he gozado
de bien tan alto y divino,
cuando andando peregrino
gozo un permanente estado;
pues de tal suerte me he hallado,
mientras padeciendo voy,
que parabienes me doy
de las dichas que me ofrezco,
pues todo lo que padezco
se redobla en dichas hoy.
Pecó el hombre tan de fuerte,
perdió el bien, desdicha suma,
y pasó desde la cuna
del bien hasta el mal de muerte.
Solo le quedó por suerte
el poderse recobrar
en el penar y el llorar,
porque el uno y otro son
las muestras del corazón,
ánima para obligar.
Llore y llore su delito,
y pene siempre constante,
pues granje en un instante
tantos siglos de perdido;
y pues tengo conocido
que consiste mi reposo
solo en teneros gustoso,
lo que faltare por mí...
Acordando de lo que fui,
suplico, Señor piadoso;
desde mi miseria espero
el perdón que sabéis dar,
porque en mi mucho pesar
menos que con todo un cielo
no puedo tener consuelo.
Y así a vos llamo, Señor,
no neguéis vuestro favor;
antes, siempre liberal,
aplicad para mi mal
la piedad más superior.
Mi iniquidad y pecado
lavalde una y muchas veces,
porque no queden ni aun heces
de lo que antes me ha manchado;
pues que tan feo he quedado
según lo que soy y fui,
que, si no es cerrando así
para el mal todo resquicio,
si queda asomo de vicio,
siempre llama contra mí.
Si sois la suma belleza
y yo inmunda criatura
que no tiene hora segura,
que declina cuando empieza,
si eterna naturaleza
no se os deja comprender,
¿cómo os puedo merecer,
si ya vuestra perfección
no me da otro corazón
o infunde otro nuevo ser?
Volved los divinos ojos,
no me neguéis vuestra vista,
pues en ella se conquista
el fin de vuestros enojos;
y, mirándome despojos
de lo que antes llegué a ser,
vendré de hoy más a tener
a fuerza de ser bondad
la mejor libertad
o un dilatado placer.
Y pues el gusto mayor,
Señor, que tenéis mostráis
cuando ya a mirar llegáis
reducido un pecador,
adelantad mi dolor,
pues es prenda de mi bien,
con que, reparando en quien
os mira con afición,
le haréis ser otra Sión
o nueva Jerusalén.
Mas ¡ay!, que rendido estoy.
Cansado me hallo y pretendo
un breve tiempo durmiendo
dar muestras de lo que soy,
pero a más dudas me doy
viendo que este golpe fuerte,
aunque forzoso en mi suerte,
es de mi fin un empeño,
ya que siempre ha sido el sueño
un remedo de la muerte.
Pónese a dormir San Atilano y aparece el niño Jesús.
Atilano.
¿Quién me llama?
Quien te ama.
Decidme pues, ¿quién sois vos?
Tu Dios.
¿Cómo aquí, si infiel me arguyo?
Eres suyo.
Pues con eso me concluyo,
prevenido con creer
que aunque le llegue a ofender,
hoy me ama Dios como suyo.
¿Quién mitigó tu rigor?
Mi amor.
¿Y cómo a ti llegaré?
Con fe.
Es terrible tu presencia.
Penitencia.
Me lleva sin resistencia
a que olvide mis enojos,
pues que me llevan los ojos
mi amor, tu fe y penitencia.
Mi bondad tu culpa absuelve.
Vuelve.
Que quiero darte sosiego.
Luego.
Pues que aunque la mitra dejas,
A tus ovejas.
Con mis amorosas quejas,
con sobresaltos y fatigas
me persuaden que te diga:
Vuelve luego a tus ovejas.
Sé que allí me servirás,
Más.
Y que tendré en mi memoria,
Darte gloria.
porque tienes merecida
tu vida,
antes juzgaste perdida,
tales premios que has de ver
que llegues a merecer.
para más gloria inaudita.
Cúbrese el Niño y despierta San Atilano.
Aguarda, espera, Señor,
¿dónde te vas? Tente, tente,
que el huir tan diligente
es limitarme el favor.
Ya es especie de rigor,
mas, ¡ay!, que no te he ofendido,
y cuando tengo merecido
tal dicha en tal confusión,
pero cuando el corazón
supo templar su sentido.
A mi iglesia volver quiero,
aunque conozco evidente
que, según soy negligente,
ninguna dicha le espero;
pero también considero
que, negado a mi pasión,
obedecer es mi acción,
y que sabréis disponer,
de suerte que llegue a ser
de hoy más vaso de elección.
Vuélvome, pues, a Zamora,
que, estando sediento el pecho,
en parte se ha satisfecho
con las penas y mejora;
y pues Dios sabe en una hora
dar favores tan extraños,
aunque más fueron los daños,
desde hoy he de confesar
que a un instante de pesar
da de gloria muchos años.
Vase San Atilano y salen Recaredo y Rosaura.
No hay gusto como el que hallamos
saliendo de la ciudad.
Hace el campo novedad
al paso que lo ignoramos,
que es el ver que con porfía
las aves a un tiempo están
celebrándole, galán,
y afectando melodía,
que es ver una flor y otra flor
con vegetativo ser.
hurtarte sin ofender,
ya el aliento y ya el calor,
que es ver salir comedida
por entre espinas la rosa,
y que necesita hermosa
de estar siempre guarnecida;
que es mirar en una acción
que unas y otras plantas crece,
y que cada cual merece
vivir sin oposición;
todo esto junto, a mi ver,
por su mucha vanidad
no lo tiene la ciudad.
Pero lo puede tener,
pero tú, bella y hermosa,
das a la ciudad primores,
y a todas las demás flores
les prefieres como rosa;
si en ti el ave lisonjea,
como su curso veloz,
los alientos de su voz,
por los aires emplea;
si en ti las flores hermosas
pretenden imitación,
y sin haber oposición
te se ofrecen vergonzosas,
y, últimamente, al deber,
que con valiente destreza
en ti la naturaleza
hace cuanto pueda hacer;
pues si más distintamente
gozaron de tus primores
epílogo estos favores,
juntos en tu hermosa frente,
son el templar dulce, suave,
con industria y con primor,
efectos juntos de flor,
de la rosa, campo y ave.
Aves, campo, rosa y flor
alcanzan intercadencias,
cuando padecen la ausencia
del sol que les da esplendor;
y así, Isabel, quiero ser
ave, campo, flor y rosa;
no porque busque de hermosa
lo he podido merecer,
sino porque está presente
el preste donde Atilano
le dio a sus luces de mano,
y es fuerza me represente
en su ausencia lastimosa.
con un noble sentimiento
otro igual descaecimiento
como el del campo y la rosa.
Quita esta melancolía,
y pues no quiero ser
el que te prive de ver,
vuelva a amanecer tu día.
Deseche la imperfección
de entre trémulos ensayos
tanta oposición de rayos,
se matan a oposición;
y pues ya cierra la noche,
en la ermita nos entremos
para que en ella esperemos
a que torne vuelta el coche.
¡Ah de casa!
Desde dentro el Hospitalero y hospitalera
Gente suena,
habrá perdido el camino.
Siempre, bellaca, andáis
a verte como alma en pena;
mujer, la curiosidad
que tenéis es excusada,
porque en las mujeres honradas
es mucha facilidad.
Apenas un ruido oís
cuando corréis presurosa;
vos decís que por curiosa,
y no sé yo si mentís;
y sea tarde o mañana,
si alguno llama a las puertas,
sois quien las tiene abiertas,
o quien abre la ventana.
Mirad que, atento, he advertido
que si yo llego a llamar
siempre me hacéis esperar,
¡que de ser soy marido!
Desechad vanos recelos,
que yo solo os quiero a vos.
Mejor me ayude Dios.
Lo que sufro, porque es consuelo,
desta vez he de salir
de la miseria en que estamos
con esta gente que hallamos.
Vamoslos a recibir.
Pues tened por cosa cierta
que os daré de mala gana,
pues siempre abro la ventana
o tengo abierta la puerta.
Mujer, procurad medir
que en el pedir y el hablar
que hace empeños pasados
aquel que llega a pedir.
Muy bien me podéis fiar
y haced en mí la experiencia,
pues desde hoy en mi conciencia
que me habéis de ver negar.
Muy bienvenidos, señores,
sean de esta casa santa,
que con su presencia pasa
hoy a mejores mayores;
nuestros rudísimos primores
mejoran hoy diestramente,
pues honrada con tal gente
tanto toda se guarnece
que el arte se desparece,
lo natural se desmiente.
De nuestra suma pobreza
solo les llego a ofrecer
un poco agua que beber,
la cual por naturaleza
de un pozo a nacer empieza,
mas tan limpia y transparente
que, motejada por fuente,
si llega al río corrida
nos da señal conocida
del arruido corriente.
Estimo esa voluntad.
Agradezco el desempeño.
¿Sois vos de la casa dueño?
Aquí sirvo a la ciudad.
Por dineros tomad.
Que ella se alargase así...
partiréis.
No, pero sí...
no os enojéis.
Si me enojo
ya sabéis que os meto a palos.
Mas ¿qué es lo que veo aquí?
Sale San Atilano, de pobre mendigo.
Señores, si es permitido
dar en este hospital
alivio a quien llega tal
que viene muerto y rendido,
que me remedien les pido,
pues de cerca la guadaña
hoy a mi vida acompaña;
mueva a piedad la ocasión.
¡Qué venerable varón!
¡Qué pobreza tan extraña!
Aquí pretendo ocultarme,
porque fuera fe muy poca
decir quién soy, pues le toca
solo al cielo el declararme;
aquí quiero recobrarme
hasta que permita el cielo
satisfacer mi desvelo,
pues de esta suerte he de hallar,
después de tanto penar,
la paz y todo el consuelo.
Esta noche y otras muchas
hay posada para vos.
Tal caridad pague Dios.
Dime, Rosaura, ¿no escuchas
este pobre? Di, ¿qué tachas
por preguntarle...
Su intento,
allano mi pensamiento.
Respóndeme, peregrino:
¿viste en tu largo camino
un peregrino?
¿A qué intento
preguntas por él?
Ha sido
a quien siempre más amé
y como de él nunca sé,
ya le lloro por perdido.
¿Qué señas tiene?
Escogido
entre muchos ha de ser.
¿Y su nombre?
¡Qué placer!
Si no le ha oído lo humano,
se ha de llamar Atilano.
Pues sí lo he llegado a ver,
si bien tan diferente le vi,
y aunque ahora otra vez le viera,
casi no lo conociera.
¿Adónde le viste? Di.
Algún tiempo con él fui.
Dinos el cómo y el cuándo.
Los lugares visitando
de Jerusalén estaba.
¿Y dijo si se acordaba
de alguien que le estaba amando?
Y cómo que la nombró
a esta ciudad de quien dijo...
ser natural sin ser hijo.
Decid, ¿cómo? Y quedo.
Porque quiso proseguir
su viaje con devoción.
Muy ciertas las señas son,
de hoy más empiezo a vivir.
Alegre nueva nos dais.
No tendremos otro igual.
Qué suerte en este hospital,
eso es lo que precio más.
Luego a la ciudad vuelvas,
que está loca de contento.
Ya, Señor, experimento
la fuerza de tu favor,
pues enciegas al amor
al tener conocimiento.
Tomad por nueva tan grata
esa limosna.
Los cielos
paguen tan justos desvelos.
A mí en vellón y a él en plata.
Partió de lo mojigata.
Parta de lo recibido.
Ayudado del huésped, pido,
quedad, amigo, con Dios.
Cielos, ampare a los dos.
Vanse Recaredo y Rosauro.
Desgraciados lo hemos sido,
en este pobre aposento
os habéis de recoger.
¿Tendréis algo que comer?
Porque muy flaco me siento.
Es nuestro común sustento
un trago de vino y pan.
Pues traedle, que ahí están
todos los bienes cifrados.
No es poco haberlos hallados.
Tarde es ya, vamos, mujer,
que se habrá de recoger,
porque, a fe, estamos cansados.
Queda San Atilano solo.
Ya, Señor, obedeciendo
tus órdenes celestiales,
entré en estos hospitales
de Zamora, donde entiendo
que podré estaros sirviendo.
Sobra tu sabiduría,
ya que no puede la mía
más que obedecer gustoso.
y que es más poderoso
aquel que solo en ti fía.
Obre, Señor, ¿qué quieres
del mío en incierto todo?
Dame el arte, dame el modo
que tengo de obedecer.
Espero que amanecer
quieras tu luz soberana,
ya que mi afecto te gana,
que en mi socorro acudas;
y, Señor, sácame de dudas.
¡Oh, gloriosa mañana!
Fía, Atilano, de mí,
que si para tu consuelo
bajó a la tierra del cielo,
no puede olvidarte a ti.
Piadoso el cielo ha querido
que salgas de esta ciudad
mañana, desconocido,
con peregrina humildad,
siendo tu dichoso nido.
Como tengo confianza,
verás que, restituida
para mi bien tu esperanza,
con un desengaño alcanzo
la gloria y la eterna vida.
Ya fin el destierro ha dado
y ya se alienta más el pecho;
mas ¡ay!, que estar satisfecho
es vivir muy confiado.
Pero ¿qué dudo, en estado
que el mismo Dios lo ha ofrecido?
Pero ¿no pudo haber sido
afecto de la aprehensión?
Sí, que tal vez la pasión
hace engaños al oído.
Limpiad, ojos, con pureza,
con el lienzo el corazón,
no quede en él el borrón
que hizo la naturaleza.
Gemid ya vuestra tibieza,
que pues sois del bien la fragua,
y pues el alma desagua
por vosotros sus ardores,
merezca en vuestros favores
toda la dicha en el agua.
Vase, y sale Guión, un ciego y un soldado.
La limosna, caballeros.
no a fuerza se ha de llevar,
porque si consiste en dar,
nunca es bueno dar por fieros.
Necios y porfiados
están. Deténganse un rato,
mas que me admiro si trato
este tiempo con lisiados.
¿A qué esperan? ¿No se van?
La limosna se ha acabado,
tal prisa es la que se han dado,
ya a los dineros y al pan.
Pues pregunto, ¿es providencia
dar a muchos y quedar
otros sin que paladear?
Hermano, tenga paciencia.
Sabe que soy un soldado
tan bizarro y tan valiente,
que tengo muerta más gente
que un médico graduado.
Sabe que en un lance fuerte
hice a mis hechos testigos,
pues maté más enemigos
que mató la misma muerte.
Sabe que a mí me ha de dar
la limosna que me niega,
y que a mi cólera ciega
le está bien saber templar.
Sabe que este brazo ha hecho
más hazañas...
Solo sé
que no hay qué darte.
¡Muere!
¿Qué?
Ya quedo satisfecho.
Mil gustos de amor me ha dado.
Tome.
Voy agradecido,
bien me avisto.
Sí.
Pues ido,
no me ha de ver aselado.
Si no es que algo recibamos,
no me iré, porque soy ciego.
Pues tome y váyase luego.
Sálvete.
¡A qué suspiramos!
Si os he dado, hospitalero,
¿qué esperáis? Idos con Dios.
Doblad la limosna vos.
¿Por qué?
Porque un pasajero
con tan grande desnudez...
llegó ayer al hospital
que no se ha visto otra igual.
Pues restitúyame el pez
y porque pueda suplir
para el jueves este intento
daca.
No es mal suplemento.
Esto es pedir,
y merecer comedido.
Vanse.
El santo obispo bien supo
elegir con su prudencia
quien partiera en esta ausencia
su limosna.
A mí me cupo,
y fuera mi dicha mayor,
si los otros que han llegado
le hubieran acontentado,
el irse como te vas.
Pero yo te ofrezco dar
en la primera ocasión.
Ven conmigo.
La razón
es la que se ha de desear.
Vanse. Salen san Atilano, el hospitalero y su mujer.
Padre, con contento
puedes tomar sustento
en este pan sabroso,
y a este pez argulloso
que entre esmeraldas se ofrece lo primero
se le ofrece a las manos placentero.
Mira en su argullo, y brío
uno pececito del río
que ligero y flotante,
siendo su acero punta de diamante,
a la vista que reduce en breve suma
monstro que triste se convierte espuma.
Advierte cómo airado
corre precipitado
el húmedo elemento,
y cómo atropellado vence al viento
y al agua, aventurando el curso breve,
fuego vomita, lo que despeña nieve.
Mira cómo recibe
el aliento en que vive
y símbolo del mundo
se encalla en los tarquines del profundo
dudando entre el azor de la espuma
céfiros blandos que levantan pluma.
Toma este don pequeño
de nuestro obispo empeño,
que hizo en largos destierros
descuentos crueles a sus yerros
y abraza, penitente voluntario.
Penas que conduce el mundo vario.
Pídeles a los cielos
que alivien sus desvelos,
y vuelvan a Zamora
su perlado, que ausente siempre llora,
para que, mejorada en su asistencia,
recobre glorias que perdió en su ausencia.
Limpiadle ese rostro
al huésped en este pozo,
que le ofrece ahí dentro
brazo del mar y de la tierra centro;
cuya agua, por risueña y transparente,
cristal se ofrece cuando hace frente.
Que, mientras tanto, iremos,
para que le adoremos
yo y mi esposo valiente,
a este monte elevado y eminente;
pues, franco y liberal a darse empeña,
fuego en la falda y en la cumbre leña.
Tome el cielo a su cargo
el prevenir descargo
a obligación tan fuerte
como esta que me inspira fiel,
pues aunque al pago sea ya el mundo parco,
si del cielo no son, son gracias pocas.
Id ambos y traed leña,
y cuando es fe la seña
de otro que, con más suerte,
la llevó presurosa de su muerte,
traedla en hombros puestos de luto,
pues miráis que perdéis su verde fruto.
Esa agua transparente,
ese espejo luciente
que sereno conquista
agradables aplausos a la vista
en carro de cristal, que el campo deja,
la pureza mejor nos aconseja.
Id, hijos, aquí espero,
que, mientras tanto, quiero
limpiar del huésped pecho
caduca alcoba o aposento estrecho,
que en cárceles ocultas es figura
de la que está esperando sepultura.
Al instante hacemos,
y, en mientras, le traemos
del monte leña y fuego.
Espere un poco, y volveremos luego.
Vanse los hospitaleros.
Pagar no puedo. Y tanto desvelo,
con mano liberal lo premie el cielo.
A vuestros pies, otra vez,
me acojo, Señor divino,
para asegurar así
lo que dudo y lo que os pido.
Vuestra voluntad divina
a este puesto ha conducido
mis pasos. Sin acción propia,
seguro, ciego, me encamino.
Obrad en mí a gusto vuestro
y gobernad mis designios,
que los afectos del alma,
todos a vos los dedico.
Y ya, Señor, que podéis,
obrad en mí tan activo,
pues, siendo mi ser tan bajo...
Ábrese el pozo.
le levantéis al empíreo,
pero si mi insuficiencia
dentro de mí la examino,
siendo flacos los cimientos,
se arruinará el edificio.
Pero en fin, yo más no puedo,
a vuestra vista rendido,
sin tener voluntad propia,
la que tengo os sacrifico.
Ea, Señor, aquí estoy,
todo vuestro y nada mío.
Valgan con vos mis lamentos,
apiádenos mis suspiros,
y pues habéis hecho empeño
de que me daréis indicios,
aseguren mi perdón,
que lo mostréis, os suplico.
Porque son tantas mis culpas,
fueron tantos mis delitos,
que solo vuestro amor santo
será quien oiga suplicios.
Pero ya mi gente al monte
sin duda habrá discurrido,
y la leña al incendio.
Y bien, para prestarme alivio...
Pero, ¿qué hago? ¿Será bien
que cuando en mi beneficio
trabajan tanto, yo sea
quien se niegue al ejercicio?
No, que fuera ingratitud,
y jamás el cielo quiso
que se niegue a obligaciones
el que a ellas nació rendido.
Y nunca tuviera encuentro,
siendo un ayuno preciso,
ni elevación para el alma,
ni para el cuerpo lo activo.
Sacar quiero agua del pozo,
a ver si en su cristal rico
hallo a un tiempo dulcemente
los símbolos de lo limpio.
Después rompo.
¿Pues qué es esto que miro?
¡Cielos! ¿Qué es lo que he encontrado?
¿Cómo mis gozos reprimo?
¿Cómo mi llanto se calma?
¿mis contentos regocijos?
¿No es este, sin duda,
aquella prenda o anillo
que al Duero arrojé, es lo cierto?
Pues ¿qué lo dudo indeciso?
¿Qué me espanta y me sucede,
cuando los cielos propicios
me aseguran en su vista
los desengaños más finos?
Ahora sí que aquellos sueños
verdaderos acredito,
pues hallo seguridades
en que mis dichas confirmo.
A mi esposa tiernamente
la deseo con cariños,
pues en este pez he hallado
mil glorias apercibido.
Aquí se ve la paloma
que trajo el ramo de olivo,
que en la mayor tempestad
prometió tiempo tranquilo;
el iris de paz demuestra
con que los cielos benignos
las amenazas del tiempo
redujeron a cariños.
Como otro pez de Tobías,
aquí el remedio apercibo
con que recobro la vista
que he perdido con mis vicios.
Señor, ¿cómo tal favor
a quien no lo ha merecido?
Bajan los ángeles y cogen en medio a San Atilano, y en bajando dicen:
Porque ya te envía el cielo
de tus penas los alivios.
Sea aqueste sacro adorno,
santo pastor, tu pellico,
para que sobre él la oveja
perdida vuelva a tu aprisco.
Sea el báculo o cayado,
donde el rebaño del siglo
al verle en tu mano advierta
lo que yerra en lo torcido;
ciña tu frente dichosa
este pasmoso prodigio
con que el cielo te señala
por llamado y elegido.
Queda en paz, varón dichoso.
Queda en paz, varón divino.
que yo cortando los vientos
por esferas de zafiros
vuelvo penetrando nubes
a mi esfera.
Vanse los ángeles.
Paraninfos
divinos, ¿por qué en el suelo
me dejáis así? Prodigios
de luz, aguardad, llevadme
con vosotros al empíreo.
En la otra y tocan las campanas. Salen el hospitalero y su mujer.
¿Cómo tanto os detuvisteis?
Si atendierais en Zamora
las voces de las campanas,
vierais que se hacen sonoras,
vierais confusas las gentes,
y de todas bulliciosas;
si con novedad se mueven,
con la novedad se estorban.
Grande novedad prometen.
Así es, mirad, ya en tropas,
por este puente vecino,
se guían o se arrojan.
Este sin duda es el carro
que las campanas pregonan
voy a dar el aviso.
Mujer, un poco reposa,
que tienes la dicha en casa
y no la de buscar a otra;
si por pasearte nace
este extremo de loca,
mas ¿qué gente viene
por este camino loca?,
y podremos preguntarlo.
Salen Recaredo, Flavio, los dos ciudadanos y Rosalvo.
Dejadnos ver la persona
de un peregrino que anoche
entró a acogerse a deshora
en esta casa.
Es verdad,
aquí entró y aquí reposa.
Miralde para admirarle.
Cielos, ¿qué es esto? Sabrosa
el alma lo está dudando.
Quien le vio con tal pompa,
no sé...
Mientras que fuimos
a buscar por esa bronca
meda del fuego, y leña,
con fin de hacerle lisonjas,
previniéndole comida,
nos le dejamos a solas,
y estaba, cuando volvimos,
en aquesta misma forma.
Cielos, ¿no es este Atilano?
Él es, no es a quien adora
el alma, sin duda es él.
El corazón se alborota,
nuestro obispo es el que miro.
Un pez de su mano goza.
¿Qué tiene en la otra?
Un anillo,
¿hay cosa más milagrosa?
Será sin duda este aquel
que arrojó a Duero.
Su gloria
parece ha bajado aquí.
Arrodíllanse.
Padre...
Señor...
Mira...
Ahora
dé amor a nuestros afectos.
no a nuestras lágrimas sorda
niegues oídos.
a qué esperas
no es posible que responda
Oh, sois maravilloso Dios
pues vuestro poder no estorvan
mis merecimientos
para que me hagáis tal honra
pero qué es esto que advierto
aquí estás Rosaura hermosa
y tú también Recaredo
ciudadanos de Zamora
y Flavio, ¿quién os ha traído?
Solo el cielo nos convoca
para gozar de tus triunfos
en voces el pecho rompa
el regocijo que encubre
mis brazos os aprisionen
levantaos hijos de tierra
en tus plantas prodigiosas
estamos mejor Señor
esa es acción muy impropia
levantaos, venid a mí
que mi aliento se recobra
viéndoos a todos presentes
y tan cercana mi esposa.
ella sale a recibiros
en procesión pues recobra
el esposo más prudente
la alabanza me enojara
al encuentro le salgamos
qué cantidad prodigiosa
qué humildad
qué amor
qué celo
hijos, la mayor victoria
no asegura aportar
si en el fin no se corona
Venid conmigo que ya
le quedan muy breves horas
a mi vida, que la parca
su débil estambre corta
Vanse todos cantando el Te Deum laudamus
afanes que te heredaron,
tus nobles gentes, Zamora,
si cotejas la presente
serán ningunas o pocas;
pues a un tiempo en Atilano
es justo te reconozca
feliz, pues has merecido
ser de santo obispo esposa.
Todo se te debe a ti,
celebrada Tarazona,
pues sobre haber sido quien
a resplandecer su pompa,
desde Hércules egipcio
vinculó en ti sus victorias,
sobre haber criado santos
que a Roma la adornan,
o ya con santos consejos
o ya con sus milagrosas
vidas, llegas a tener
para timbre más dichosa
un hijo que para España
y es de la Iglesia una antorcha.
Verdad es que le crié,
pero si tú te atesoras,
la dicha, Zamora, es tuya,
si tú fuiste merecedora
de gozarle vivo en vida,
y en muerte le gozas sola,
luego siempre tienes más,
pues los cielos esto copian,
más en tu dicha como esta
que en cuantas otras blasonas.
Démonos los parabienes,
pues siendo al cielo deudoras
una se asegura dichas,
otra se promete glorias.
¡Qué tiempo vendrá en que veamos
esta estrella luminosa
radiar tan hermosos rayos,
que hagamos a su memoria
festivos aplausos, fiestas,
cuando con ansias devotas
cada cual quiere ganarle
en servirle una corona!
Pues prevengámonos ambas,
porque ya en el puerto aporta
Atilano.
Ya se encubre
la nave, siempre gloriosa,
sobre el colmo de sus dichas
en el eterno se goza.
Ya a su fin va presurosa.
Ya muy cerca creo que habrá
arribado.
Y a los hombres,
cuando le ganan, le lloran.
No [En el margen izquierdo, repetido tres veces, abarcando toda la columna]
Yo quien para conquistar
su constancia valerosa
quise con necesidades
obligar la afición loca;
para esso al Rey le propuse
que Recaredo en persona
su fe manteniesse a ratos
con traición ignominiosa.
Con esto le derribé
de su privanza gloriosa,
reduciéndolo a una aldea
breve y mal dispuesta concha,
para que gozar pudiera
de su Laura a menos costa;
mas ya el acontecimiento
con su fuerza primorosa
llama a mi arrepentimiento
a la vida religiosa,
me acogeré en Moreruela,
donde con vida pasmosa
a la penitencia el cuerpo
sino el ánima le exhorta;
pero por él a Recaredo
justo premio le responda.
El siguiente texto, hasta la intervención de Floro, aparece enmarcado en un recuadro.
Este le he de dar al Rey
que de la verdad se informa.
Desta vez la hizo celada,
y yo metídome a las ollas,
que por lo menos en ellas
no me ha de faltar la sopa.
Y aquí tiene fin, senado,
esta verdadera historia
del divino aragonés,
prodigio de Tarazona,
que fue milagrosamente
noble obispo de Zamora.
Fin.
este enfado al rey
que de la verdad le informa
Desta vez y soldada
y yo me vuelvo a las ollas
que por lo menos en ellas
no me ha de faltar la sopa. +
Texto tachado: Recaredo. vayan perdonando Por. acudamos a la pompa que se hace al santo entierro que lo demás poco importa
Pues yo sé que importa mucho
El qué
que quede gustosa
esta ciudad del haber visto
a un hijo que la enamora
la comedia.
Razón tienes.
Pues supliquemos de ahora
que perdone nuestros yerros
Para que sea acción propia
Y aun más, que ha de ser, prometo
la traslación milagrosa
de su reliquia, y las fiestas
que a esta causa se ocasionan