归于> 发布日期: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La pérdida de España. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-perdida-de-espana.
Mss 16549
Biblioteca Nacional de España
Yy - 265
Mss. 16549
324
Legajo 14 16
VI
#
La pérdida de España.
De don Juan de Velasco y Guzmán.
Interlocutores =
El Rey don Rodrigo, El gran miramamolín, La Reina Anagilda, su esposa, Sultana, El conde don Julián, El capitán Tarife negro, Florinda, su hija, Salpicón, gracioso, El arzobispo don Oppas, Rosaura, criada de Florinda, Ataulfo, caballero, Lucinda, criada también, Alarico, caballero, Músicos = Moros, y cristianos
Salen músicos cantando, y detrás Florinda, dama, y Lucinda y otras criadas =
La ninfa hermosa del Tajo,
la bellísima Florinda,
sale a dar a sus cristales,
hoy, con su belleza, envidia.
Vanse.
No cantéis, que mi pasión
no admite divertimento,
solo tiene en el tormento
alivio mi corazón.
Y así aplicar el oído,
cuando mi mal es mortal,
qué efeto tan desigual,
es agravio conocido.
¿Quién, señora, imaginara
que a tu belleza pudiera
haber pena que ofendiera
ni disgusto que destemplara?
Si naciste tan hermosa,
que al verte salir el alba
viendo cómo te hacen salva
los campos, queda envidiosa.
Del sol antorcha del día
viendo su hermoso arrebol
se pone, porque tu sol
es de mayor jerarquía.
Si cuando en la iglesia estás
o en la vega a divertirte
cuantos te ven son de muerte,
pues matando a todos vas,
¿qué puede darte inquietud
de varias melancolías,
que lástima que dos días
malogre su juventud?
La mañana de San Juan
que todo el mundo celebra
en festejos, ¿no te alegra
el conde don Julián
tu padre y mi dueño, di?
¿No vive el Rey desvelado,
el Rey no está enamorado
como lo muestra de ti?
Yo no sé claro, te digo.
Señora, de sus amores
en vano son sus temores.
Llora.
Luzinda, el Rey don Rodrigo
como señor superior,
aunque con su voluntad
me ofrece seguridad,
intenta mi deshonor.
No dudo que amor le tengo
y que obligada me miro,
pero si a pagalle aspiro
y no sé qué males prevengo,
mil temores solicito,
si a escucharle me acomodo
que amor quiere, por todo,
atropellar mi crédito,
me expone en tan dura calma,
que a pesar de mi pasión
triunfa la imaginación
de los efectos del alma.
¡Oh, nunca yo le escuchara
ni mi estrella me pusiera
en ocasión que me viera!
¡Oh, nunca yo le mirara
para que tantos enojos
no aumentaran mi pesar,
o a quien podía llorar
el delito de mis ojos!
Extraño el resentimiento
que poco estimas su suerte.
Ay, Lucinda, que la muerte
adivina el pensamiento;
a temor no te espante,
que en mi pecho he prevenido,
Pocas veces has temido
quien tiene a un rey por amante.
Las mujeres de mi porte
tienen mucho que advertir.
Hay quien pueda competir
con el exento de la corte.
Por esa razón no más
tengo más a que atender.
Has de darte a padecer
solamente.
Necia estás.
No te ofendas de mi amor,
pues que a tus males consuelo.
No te quiere mi desvelo,
por no aumentar el dolor;
que cuando el remedio es tal
que adolece más que sana,
no hay cosa más inhumana
que aplicar remedio al mal.
Bien reconozco que al mío
hallar alivio pudiera
si al rey mi pecho admitiera,
pero temo su desvío;
es hombre y tan inconstante,
aun palabra yo le di,
que la dignidad de rey
desluce con la de amante,
y en medio de este advertir
vive sin sosiego el pecho
con que a padecer me entrego
en manos de mi pasión.
Si amor sus flechas pregona,
porque a ti se rindió,
no te dice que has de ceñir
en tu frente la corona
con que serás envidiada,
no hay cosa como reinar.
Mas que será por llegar
mi padre de la armada
para pasarme a mi isla,
adonde me entregue al olvido.
Que te diviertas te pido.
Tocan cajas y un clarín dentro.
Mas ¿qué instrumentos de guerra
son aquestos, suerte esquiva,
y los presagios despacio?
Parece que en el palacio
se escuchan.
¡Nuestro rey viva!
Sale Salpicón.
Vieja, más que ruin sueldo,
una dueña impertinente,
un zurdo ruin, maldiciente,
que de ninguno se duele;
sin dotor y ensamitar,
un tramposo, y embustero,
y aun un calvo que a los cerros
no se quita por San Juan.
Salpicón, ¿qué Conde es ese?
Sabráslo, si te lo digo.
Dilo, pues.
Que al Rei Rodrigo
de Toledo, aunque le pese
a muchos desta facción,
de don Sancho, le ha aclamado
por Rei, y es bien acordado,
y basta que a Salpicón
le esté bien para que estén
contentos; que, ¡vive Dios!,
porque si no, somos dos
hombres, muy hombres de bien.
Eres muy apasionado,
al Rei.
Tengo pretensiones,
yendo a algunas ocasiones,
soy, señora, su privado.
Su tercero, sospecho.
La malicia te condeno,
y aunque el oficio no es bueno,
está de mí satisfecho,
mas dejando la malicia
a un lado, ¿no me dirás
porque albricia no me das?
¿De qué?
De aquesta noticia.
Pues a mí, ¿qué me va en eso?
Luego, ¿no es interesado
en aquesto que han dado?
Que tenéis loco, confieso.
¿Tan presto dél os olvidáis?
Nunca le he tenido amor.
Así jurara Néstor,
un año en las recogidas,
O hubieran mi buena hada,
las pobres con él.
Tocan.
Temer,
que hay muy poco que robar
entre los dos, mas la caja
según da voz a porfía,
rompiendo el aire veloz,
va publicando su voz
el festejo deste día.
Al jardín por el postigo
bajar has a segura parte.
Mi pena por puntos crece.
Tocan cajas y un clarín, y sale el Rey don Rodrigo y gente, gozosos.
¡Viva nuestro Rey don Rodrigo!
(Aparte)
No me aclaméis, no, vasallos,
hasta tanto que rendidas
pueda tener en mi reino
por mí la corona invicta;
pero sí que bien hacéis
en que os gobierne yo, el Rey
don Rodrigo. Pues lo
que se halla España en tranquilas
paces, desde que nuestro Rey
y mi hermano, el que aspira
mejor trono a coronarse
pasó a la región empírea,
por mí la quietud gozáis,
por mí tenéis defendidas
vuestras vidas, y por mí
las africanas cuchillas,
que tantas veces se vieron
en vuestra sangre teñidas,
ya se embotaron sus filos,
conque ya sin las fatigas
y las prisiones del águila,
pues que a tantos humillan,
vivid todos gozando
el ocio y de las dichas,
vivid en paz, aunque yo
viva en pena tan esquiva,
viendo que don Sancho crece,
y que mi madre Anagilda
y algunos de su facción
ya por su Rey le apellidan;
conque el reino ha de quitarme,
pero no hará, que mi furia
probará primero puesto,
que quitándole la vida
templaré mi pena, ¡ay!,
los rigores de Florinda
templará, para que el alma
de esta tormenta tan prolija
saliera, mas allí está
la de mi luce divina,
¡oh, mariposa abrasada!,
logre amor aquestas dichas,
que no ha de ser su rigor
tanto como mi porfía.
Florinda hermosa.
Señor.
No en vano el jardín matiza
entre mil verdes pensiles,
para que a su planta sirvan
de alfombra, con mil colores
el suelo, y el armonía
de las bulliciosas aves.
que al alba publica
aquel hermoso jazmín,
que por las entretejidas
ramas se asomó a mirarte,
vio tu mano y se retira,
anduvo como advertido;
pues que huir pretendía
porque, a vista de tu mano,
no hay jazmín que no peligre.
Allí una rosa salió;
pero viendo tus mejillas
vino corrida, envidiosa,
se quedó entre las espinas.
Aquel clavel a tus labios
imitar quiso, mas justa
o su loca presunción tuvo
por conveniencia más franca;
por no quedar afrentado,
volver a echar la cortina.
¿Qué mucho que a tu belleza
las plantas vegetativas
se rindan, si están seguras
que de materia distinta
vienes a ver este rendido
afecto, con más viva
deliberación, supuesto
que, insensibles ellas mismas,
parece que a padecer,
si es que puede ser, aspiran?
Por ti pues, ya que sensible
materia y forma me animan,
con más razón que las plantas
podré entregarme herida
a padecer, pues por ti
llegué a tener esperanzas.
Aquesto habrá de venderse
por onza en la botica.
¿Qué he de responder, señor,
a tan finas cortesías?
Me he de valer de la rosa,
que, aunque es flor, también imita
a nuestra naturaleza.
Las plantas, a quien se mira,
y aun tal vez nos dan ejemplo
a todos, ellas lo digan.
Nace tan hermosa y bella,
tan lozana y tan galana,
aunque entre espinas gusto da,
las demás flores la envidian.
¿Por qué pensáis que adorna
de las puntas referidas?
Por guardar sus medidas.
y porque manos atrevidas
no llegue a poder ajar
aquella tez pura y limpia,
hállase en fin tan hermosa
que a contemplarse imagina
que no hay en el campo flor
que con su beldad compita.
Salió al campo una mañana,
vístela púrpura fina
de que todos la festejan
ella en sí se glorifica;
sale el sol, rey de las luces,
y por una celosía
de su belleza, ella entonces
vergonzosa se retira,
el su bulto la enamora,
ya la ronda, y la registra,
ya por una y otra parte
rayo a rayo la examina;
ella, aunque tan recatada,
viéndose favorecida,
del sol se deja mirar,
más afable que solía,
que hasta las flores se quejan
de ver que son queridas.
Mas ved lo que la sucede:
apenas agradecida,
en sus brazos la recibe,
y él en ellos se reclina;
cuando a muy breve distancia
aquel ardor se resfría,
retírase poco a poco,
dejando a la cuitadilla
triste, afligida y llorosa.
diréis que vuelve otro día;
es verdad, pero ¿a qué vuelve?,
a buscar otra más linda
que aquello que ayer festeja,
hoy como cansa se olvida.
Oye, Luzinda, por Dios,
que le has dado en la ternilla.
Con la flor de mis temores
le he declarado las cifras.
(aparte)
Con el ejemplo declara
que es temor quien la priva
de no admitir mis pasiones,
bien sus razones lo indician;
mas con la proporción
mesma, pienso desvanecellas,
y asegurar la tan fiera,
fuerzan Florinda que digan
aquesta misma opinión,
mas por diferente línea,
porque quede satisfecha.
esa rosa que afligida
por la ausencia del sol,
se lamenta, y de las iras
del sol no puede quejarse,
que apocó de sus caricias
lo que al rocío cumplió.
Ved cómo se moraliza:
nace el sol, y al mismo instante
que nace, luce, y se inclina
a festejar a las flores,
y aunque a todas comunica,
como deidad superior,
los rayos que al oriente brillan,
también bellos, descendiendo
por la campaña florida
vemos que a la más lozana
la festeja, y solicita
con más afecto que a todas,
estaba la más preferida.
notaréis, pues que la ofrece
cuando el amor se declara,
coronar su heroica frente,
hízolo sirviendo a forma
su constancia, pues en ella
solamente se ejercita.
Mientras dura el resplandor
llega al ocaso, y expira;
luego sin duda que nace
hasta que en las cristalinas
aguas donde se sepultó,
quedando su pena, y sombra,
constante, firme y leal
lealtad do un amor se da.
Llora florida la rosa,
que el sol corre con ansia ufana,
a que el tiempo que duró
cumplió con lo que debía.
En fin, todos con cuidado anexo,
diole con lozana gallardía.
Es verdad, señor, mas son
pocos los que al sol imitan.
Las deidades soberanas,
son a los demás distintas.
Tal vez suelen las deidades
usar de la tiranía
que la majestad no tiene,
límites que la dividan.
¡Oh, qué escrupulosa estáis!
No os espante que temáis
Señor, las primicias, y efectos,
que la voluntad fabrican
del apetito, primero,
que los llore arrepentido.
Irán para no llegar,
a experiencia tan indigna
de mi sangre, y despediros.
por causas que son precisas
hagáis por mí una fineza
en que vuestro amor reponga
esos ardientes impulsos;
perdonad que aquesto os pida,
aquejaré que os pido mucho,
y aunque es tan a costa mía
señor, mi honor es primero
demás que esta bizarría
debéis de hacer, no por mí,
por vos, y por infinitas
razones que para ello,
si os advertís, os obligan,
y cuando no hubiera otras
razón, más de ver que fiáis
mi padre, Manrique, dioos,
su opinión esclarecida
y que en África venciendo
las banderas enemigas,
os sirve, y tan a su costa
como la fama publica;
no será justo pagarle
con ofensa tan indigna
servicios, que estos piden
bronces, que eternos impriman
caracteres, que publiquen
a pesar de la malicia,
a triunfos, Luis Vasques,
y a que a tan conocidas
prerrogativas, señor,
les sirva que atenta viva
siempre en su ausencia, y de ver,
rota, que rinda al rigor,
el mar de vuestros cañones
y porque el mundo no diga
que contra el poder no hubo
esfuerzo, y valor, yo os rindo.
Dase.
Aguarda, detente, espera.
Como un susto vas.
Luzinda,
Por la que me lleva almas,
ver que va amparando conchas,
pues goce que llevas al mar
consigo sirenillas.
Y ¿qué te sacarás con saber,
más bien, dime, son fingidas
estas devociones?
Pienso que tienen, supo que
de mis ansias me engaño.
¡Qué tal esta alcahueta!
Aparte.
Dila, dila, cuando esté
más humana, por olvido,
desta manera, que quedo
de la mi amistad, y celos,
que Amor sin vista, no vio.
porque vivo de su vista.
Hacedlo solo por Dios,
darte he al menos en albricias
toda aquesta cadena
y joya.
Así jurarías.
Por prenda tuya las tomo.
Mejor te decían en franquía,
en una mazmorra, con
otra de quinientas libras;
(Vase.)
Adiós, señor.
En ti sola
todo mi remedio estriba,
¿de qué sirve mi grandeza,
si mi razón, que las limita,
Ataulfo, ¿qué he de hacer?
Aplicar la medicina
para el achaque, señor.
¿Cómo, si amor me castiga
con rigor?
Pon el atril,
del oído. ¡Oh, angelitas,
que conmigo la usura
tiráis un poco, metedlas
a aquella hocina,
¿Qué?
Poner más blanda que una de silla
y templada a todas horas,
con dos mil sofisterías,
no hay tal, señor, como ensillalla
Fuerzas hacer, y demasías,
acocear un tapiz,
que lo demás es boberías,
Yo muero; los infelices,
no hay cosa que no se rinda,
señor, a la majestad.
Lo que no se facilita
con la razón, el poder
es cierto que lo consiga.
Fúndase en ser que todo
cuanto quisiere ha de haber.
Y que si da
su consejo, amor me dice,
quien un respeto me quita
el logro de mis deseos
¿para qué quiero la vida?
El decir que viva Rodrigo,
nuestro Rey y Señor,
¡Vivan!
(Al oírse entrar a las voces, dentro la reina Anagilda.)
No entre conmigo ninguno,
que conmigo va mi aliento.
¿Quién turba mi gloria?
(Sale la reina toda vestida de luto.)
Yo, que lamentos apruebo,
como a nobles Toledanos,
Hechos del padre más bueno,
que tuvo el mundo, pues ya,
aunque después de muerto,
vive en su memoria en mí,
en los que nobles nacieron,
que no se olvida jamás
pérdida de tanto precio
menos que la emulación,
no tome a cargo el empeño;
Dime, si el difunto rey
tu hermano, quien puso atento
a que siendo sangre clara,
pone en tu mano el gobierno
hasta que don Sancho pueda
tomar a su cargo el peso,
¿será bien que con industria
pretendas quitarle el cetro
haciendo que tus vasallos
que sigan un mal consejo,
no te rindan la obediencia
todo a fin de que en el reino
se originen disensiones,
entre lo noble y plebeyo?
¿Será bien que incautamente
hicieses cortar los cuellos,
a los vasallos leales,
que dejó tu hermano puesto?
en las fuerzas y castillos
sin tener más fundamento
ni más causa que haber dado
presos por el Rey tenerlos
con sospechas, o delitos
que están el castigo pidiendo:
Y la ambición del reinar
te obliga a tal desacierto
dime, ¿por qué los dispones,
tan contra todo el derecho,
de leyes que tiene España;
en paz y sosiego;
que lo que un Rey debe hacer
y verdades, mas fuera bueno,
que la paz que aquí se tuvo
buscaras por otros medios,
y no dándoles permisión,
para que el grande, el pequeño
el rico y el pobre viviera;
dados al divertimiento
y a las cismas, aunque es
el fruto que ha cogido,
inficiona los vasallos
de tal manera que entienda
que cuando sienta la llaga,
quiera buscarse el remedio
según está de arraigado.
Que no ha de ser a provecho;
es política en un Rey,
que ha de mirar por su pueblo
y que a ejemplo suyo viven,
el señor, y el jornalero
el darse solo a los vicios
sin ver que el menor defecto
que en el superior se nota
es tan horrible, y tan feo
que a Dios olvidase sus fueros,
y como quien va sintiendo
el desprecio, se retira
como quien dice, no quiero
hacer aprecio de quien
me trata como con desaprecio
que disculpa podrá dar
Rey que a esto vive atento,
sin que el temor le pinten
a mil vicios desnudos,
que bien mirará el vasallo
que ha de mirarse al espejo
del Rey, notando que le falta
lo prudente, y lo más cierto,
como podrá castigar
los delitos y los yerros,
rectamente a sus vasallos
quien los eslabones junta,
o un modo de gobernar
hace del todo sujetos,
viviendo solo a cuidados
en los entretenimientos,
un Reino que tiene más,
que un organizado cuerpo,
que se compone de tantos,
y tan diferentes miembros,
y aunque tiene cada uno,
diferente movimiento,
todos como en cuerpo están,
a la cabeza sujetos,
si la cabeza padece,
al menor achaque, vemos,
que con la misma igualdad,
le padecen todos ellos.
Luego si un Rey es cabeza
de los demás, que los rige,
padece achaque humano,
fuerza es que estén padeciendo
los demás a ejemplo suyo
o a imitación, es un derecho
para un Reino guardar,
hasta el dueño dura expuesto,
es medio el que a este es dado,
para que vaya en aumento.
Al Reino alborotando,
sin saber en qué pretexto,
que las fuerzas y castillos,
que son las llaves del Reino,
en voz de suplicantes
se dividen por el suelo:
Tribunos quitan también,
dejaran más romanesco,
afeminando en España
el valor y el lucimiento;
de tan ilustres varones,
como los anales vemos,
que a España dieron victorias,
y al mundo terror y miedos;
Será bien que el enemigo,
ambicioso de trofeos,
viendo sin fuerzas a España,
y sin armas cobre aliento,
y que a un salto con esto,
se pueda entrar destruyendo
las tierras que conservaron
los antepasados nuestros.
Qué motivo es el que lleva
nuestro Rey, o mal acuerdo,
quién te aconseja tan mal,
quién vicia tu entendimiento.
Pero quien advierte dalle,
sino sus malos intentos,
que quien se olvida de Dios
en qué hará tener acierto.
O, hasta ver darle zurras,
los oídos y la vista,
los tiene a la lisonja,
como tendrá buen suceso;
no hay delito que castigue,
y no hay mal caso de su mesmo,
que no procura aplaudirlo,
o afectarlo, por lo menos.
Al humilde le atropellan,
vive en su ignorancia soberbio,
no premia al que es leal,
solo para el lisonjero
que sus defectos aplaude,
tiene prevenido el premio;
que la razón es quien mire
peligro tan manifiesto.
Ea, hermano, ea, don Diego,
vuelve, señor, en tu acuerdo,
porque es delito en un Rey
negarse al conocimiento;
despierta de ese letargo,
en que el destino te ha puesto,
Ya a la razón no te quites,
ama de estas, y el imperio,
repara en que vas perdido
mira que Dios, Rey supremo
si hoy consiente tus delitos,
mañana podrá severo,
castigártelos si no llegas,
con el arrepentimiento,
por un medio limpio claro,
a templar lo bandolero.
Vuelve, entrega, Rey divino,
cetro y corona, a un dueño,
antes que la ejecución
tome por su cuenta el cielo.
Y este amigo cruel,
a mi razón y a mi ruego,
como lo has hecho hasta aquí
desde agora te protesto,
por la vida de don Sancho,
y por los cuatro Evangelios,
que blandiendo lanza en puño
grabado arnés vistiendo,
instando ardiente bruto,
ciñendo lucido acero,
embrazando fuerte escudo,
Ira y cólera vertiendo,
has de ver que con su sangre,
la verde campaña riegue,
tanto gusto que ante iras
desmorone el pavimento,
en rubios corales truequen
al masticado hemisferio.
Vasallos leales,
ya llegó el lance postrero,
en que de vuestra nobleza,
se han de ver tantos progresos;
Anagilda, vuestra reina,
en mísero cautiverio,
con vuestro príncipe huye;
¿para cuándo el esfuerzo,
y el valor que os acreditan,
si no es para el mayor riesgo?
Nobles sois y toledanos,
salga, pues, el ardimiento,
que en vuestros pechos encierra,
la lealtad de vuestros pechos.
Y tú, tirano rebelde,
lo que has de hacer, advirtiendo,
que en la campaña te aguardo,
a donde vencerte espero,
que aunque soy mujer, y pocos
los que de mi parte tengo,
en mí hay valor para todo;
porque si rayo, si trueno,
áspid, Etna, basilisco,
víbora, volcán, incendio,
rabia, veneno, destrozo,
horror, espanto, portento,
y sobre todo, Anagilda,
que ardo de este concepto.
Calla, tente, ciega rabia,
que ya escucharte no puedo,
y me espanto, vive Dios,
de mi poco sufrimiento,
cómo he podido llegar
hasta aquí, sin que primero,
te haya arrancado la lengua.
Mas eres mujer, y quiero
que el privilegio te valga;
y porque veas cuán presto,
en valerme del poder,
castigo un atrevimiento,
ve a la campaña, que en ella
verás que este acto fiero,
en ti y en Sancho, mi hijo,
hoy lo que hasta aquí no he hecho.
Vase.
Y jura bajo, no haces
mucho, que fuera bueno.
Vase.
Yo haré que mueran los dos,
o sea perder el Reyno.
Vase.
Plega a Dios amante que veas
los prados de un escuro,
tirano, que con tu muerte,
al mundo de escarmiento;
Plega a Dios que cuando salgas,
en alborto más confuso,
que te despeñe, y dé a los uientos
hasta el más oculto seno;
Plega a Dios que algún amigo,
cuando esté más satisfecho,
descubra el caso, y prevenga
para tu muerte un veneno;
Plega a Dios que la crueldad,
que usas conmigo, que el cielo,
tome por su quenta y haga
deshazer estos acentos.
Vase Alarico
Reina y Señora,
ganais tiempo que ameis
al ynstrumento achacoso
sino apelar, al remedio,
Su vida, y la de don Sancho,
sean de ver en grande aprieto;
uno por dura cobardia,
y otro por poner tierra en medio.
Vete a Córdoba, que allí,
hallarás vasallos, deudos,
que te sirvan con lealtad
en una aflicción, y en efeto
la vida estará segura
del Príncipe.
Yo con los dos,
quiero tomar, Alarico,
con don Sancho, el consejo,
que da el Autor de mis días,
tengan a mi madre con susto,
de que entre tantas desdichas
como me cercan a un tiempo
pueda tener esperanza,
no es razón de tenerla,
ay, traidor! por tus crueldades,
de mis duelos los uientos
triste, afligida, llorosa,
y a donde mober yntento,
el Zielo con mis suspiros,
la tierra con mis lamentos.
no dé a una peña, fieras,
(Vase.)
montaña, campo, desierto,
población que no procure,
con las lágrimas que vierto
obligar aunque le falte
el natural sentimiento.
Teme de Dios el castigo,
porque a mi justicia apelo,
y que como sube a los cielos,
a Sancho, del solio regio,
no ha de faltar quien te arroje
así tan ruin, pues soberbio
lo que a él le tocase quitas,
vano, ambicioso y protervo.
Era soberbia, como pruebas,
el rigor que te prevengo,
porque para ser estorbo,
valen poco en el suceso;
a Dios solícito, alistando
que de mal calzar cadalso,
pueda ver los chapiteles,
con más gusto que aquí llevo.
Quien te oyera, a no dudar,
lo que te está sucediendo.
(Vase.)
(Salen Salpicón y Lucinda.)
Venid acá a ver al Rey.
Me contenta
que venís con él.
No falta,
ya obran los galardones,
malicioso me hueles, malo,
tuya, Lucinda, no es esta,
aquí para entre los dos,
malicia, sino advertencias.
Concluyo, quito de envidias,
eso vaya norabuena,
que la envidia es una cosa
tan usual, que cualquiera
con cara, aunque sea un santo,
si no la tiene, tenerla;
y así verás en el mundo,
que hay muchos, que se alimentan,
de envidiar a los demás,
y no solo no profesan,
la envidia, sino también
la emulación, porque de esta,
causa, se originan muchas;
repara uno en hacienda,
que un padre le ha dejado,
gozando sus conveniencias,
y dice otro, quien tuviera.
montaña, campo, desierto,
población, que no procuren
con las lágrimas que vierto
obligar, aunque les falte
el natural sentimiento.
Teme de Dios el castigo,
porque a su justicia apelo,
y que como sube a los cielos,
a Sancho del solio le echó
no ha de faltar quien te estorbe,
si también, pues soberbio
lo que a él le toca le quitas,
vano, ambicioso y protervo.
Pero, sobrina, ¿cómo pruebas
el rigor que te prevengo,
porque para ejecutarlo
a la empresa me resuelvo?
¡A Dios, Toledo, cuitas dando,
que del alcázar excelso
pueda ver los chapiteles
con más gusto que aquí llevo!
(Vase)
¡Quién te viera, fina Zilda,
lo que te está sucediendo!
(Vase)
Salen Salpicón y Lucinda
¿A qué pienso,
venís a ver al Rey?
Mi cuenta,
que tengo con él.
No falta.
Ya obran ciegas la cizaña.
Malicioso, me hieres, malo.
Mira, Lucinda, no estará
aquí para entre los dos
malicia, sino advertencias.
Concluyo que esto es envidias.
Eso vaya enhorabuena,
que la envidia es una cosa
tan usual, que cualquiera
procura, aunque sea un santo,
si no la tiene, tenerla;
y aun verás en el mundo
que hay muchos que se alimentan
de envidiar a los demás,
y no solo no profesan
la envidia, sino también
la emulación, porque desta
causa se originan muchas;
estará uno en hacienda,
a quien padres le dejaron,
gozando sus conveniencias,
y dice otro que en su vida
Se alumbró con una vela,
y en su casa se halló,
un plato de talla bien,
mire usted el señor fulano
con el fausto y la grandeza
que vive, y sabemos todos,
su origen y descendencia;
mas, hombre, pues que le envidias,
su hacienda, no le muerdas,
que no tiene culpa el otro,
pobre, que tú no la tengas,
el otro que la ha buscado,
o ya por su inteligencia,
o por su buena fortuna,
que Dios quiso darle, contra
la emulación y las envidias,
que la virtud atropellara;
y dice por Dios que aqueste,
no se fajó en buenas telas,
ya sabemos que su padre,
fue un hombre de baja esfera,
yo le conocí en tal puesto,
vino con harta miseria,
y desde Adán hasta él,
los que de él descendieran
Hombre, no basta envidiarle,
sino que le hace las pruebas.
Mil ejemplos te sacarán,
pero pierdo la paciencia
en llegando a tratar de esto,
y en fin no hay con quien no tenga,
en este mundo la envidia,
poca o mucha dependencias;
y es tan costera que algunos,
por más que gastarla quieran
a todas horas con todos,
siempre se quedan con ella.
Dichoso aquel que le envidian.
Lucinda, de esa manera,
tú eres la dichosa pues,
te envidian y quisieran,
aunque falta te sobra,
que conmigo la partieras.
Tú por la cadena adviertes.
Salpicón, que es la primera,
dádiva que el Rey me ha dado,
mira tú qué buena medra,
después de haberle servido,
tanto tiempo.
De allá a que estoy,
dijo que le viese yo.
Yo no lo niego, mas piensa,
que no se ha de llevar sin
todo el oro, y las piedras.
¿Yo te quito la ventura?
Sí, que si tú no vinieras,
fuera fuerza tenerse
todo cuanto intentaba.
¿Puedo yo dejar de hacer,
por él cualquiera fineza?
Por él lo harás solamente,
que no por lo que interesas,
pues mira cómo haces,
por quien, Lucinda...
Espera,
que sale el Rey.
Pues dejemos
para después la contienda.
Salen el Rey y Ataúlfo.
Esto conviene, Señor,
don Sancho y su madre mueran,
pues con eso te aseguras.
Bien, amigo, me aconsejas,
y pues con tanto secreto
de Toledo han hecho ausencia,
no es dudable que pretendan,
Ataúlfo, hacerme espaldas;
en Castilla se aguisan
muchos que mi mal desean,
y si en su favor se mueven,
temo algún daño en mi ofensa;
y así, Ataúlfo, al instante,
con la más gente que puedas,
has de ir en su seguimiento;
los caballos están en posta,
quiero dar, y suplícote,
que ellos la derrota llevan
a Córdoba, antes que lleguen
a la gran Sierra Morena,
podrás prender a los dos,
y si hicieren resistencia,
desas gargantas traidoras
corta sus viles cabezas,
esto sin que la piedad,
ni te obligue, ni te mueva,
¡viva yo, que es lo primero!
Harélo como lo ordenas,
que en tu servicio es lo menos,
que puedo hacer.
Pues no pierdas
la ocasión, al punto parte.
Ábranme el mundo sus puertas.
Vase.
¡Luzinda!
Señor.
¿Qué haces?
que huyendo de mí, a quien llega
que hay de mi muerte esperanzas,
dime, Florinda, ¿te templas
en tu rigor conmigo?
Sale Picón.
No quisiera que me oyeras.
Baste de aquí.
Embózase en la capa.
Que me place esta pellería,
por si el Rey la da con llopo,
¿y no quiere que yo lo vea?
Desde aquí le he de atisbar,
no le han de valer los trastos.
Di, ¿cómo queda Florinda?
dime, ¿hablas de ella en mi pena?
di, ¿dístele el diamante,
que me dé a sus bellezas?
¿Qué respondió?
Lo que siempre,
ella, señor, es tan cuerda,
que aunque vio que te tiene
amor, casi no lo muestra.
¿Qué amor me tiene, y dice?
Bien que desea que yo mienta,
pero a mí me lo parece.
¡Qué bien van urdiendo la tela!
Por el ruido que me has hecho,
toma este diamante,
¡Ah, perra!
que apoya que le hágaslo.
Cada vez, señor, que has
de darme un clavo en la frente,
Mejor te diera en la lengua.
¿Has oído ir de mí?
habla bien, estas revueltas
han de parar en un claro.
Con su desamor pelea
cada instante.
¿Pues de qué
duda acaso en mi firmeza?
Celos nacen, y pues tú,
señor, cuidado en la vena,
no extraña la causa.
En vano,
sus temores la cercan.
Pues no hay quien la saque de eso,
¿Qué haréis para que creas,
triste, mis finezas, mi amor?
Eso el tiempo lo conserva.
Si me abraso, ¿cómo puedo
dar a mi tormento treguas?
La imaginación me mata,
acaba con mi sosiego,
la memoria me lastima,
los sentidos me atormentan,
todo el pecho es un incendio,
todo el corazón un Etna,
toda el alma un laberinto,
y en fin yo estoy de manera,
que para mí no hay remedio,
si no es gozar su belleza.
Cierto que me has lastimado,
y estoy de suerte que hiciera
una fineza por ti.
Di.
Como nos sirviera, quiero.
No fíes de mí,
mira, dispón, ordena,
cuanto quisieres, que en mí,
hallarás la recompensa.
Vive Dios que has de ser esclavo,
quien alcanzarla merezca.
Mi ama desde esta noche
baja a dormir a una pieza
por estar al fresco. El cuarto
tiene a la calle una puerta,
por ella puedes entrar,
cuando esté la casa quieta,
esta es la llave, con esto,
no podrá tener sospechas,
de mí, yo estaré esperando,
y en haciéndote una seña
desde la ventana, al punto
entrar y pegar con ella.
La vida y el alma es tuya.
Oh, qué buena mercadera.
Pídeme cuanto quisieres.
No quiero más de que veas
que te sirvo, y porque es tarde
me voy si me das licencia.
Anda, vete.
Ten cuidado
con la seña.
Vete aprisa,
que ya del Sol llega el ocaso.
(Aparte.)
Esto es ser alcahueta.
Señoras amas, que no hay
criada que no pretenda
vender a su ama, en viendo
que hay con quien ponerla en ventas.
Vase.
Si quien tiene amor, nunca ha temido,
ni sabe qué es dolor, ni qué es tormento,
porque en este inaudito movimiento,
siempre está el corazón del alma asido;
entra este ardor y allégase al nido,
que aunque es tan superior es poco atento,
que viene a ser amor un mal violento,
que de repente se da sin sentido;
dígolo yo, que vivo tan postrado,
a este tirano dios, que cuando llego,
a ver de mi albedrío desmayado,
con el dolor a padecer me entrego;
mas qué he de hacer, si está aliberado,
todo el sentido a la razón de un ciego.
Vase, y sale Salpicón.
Ve aquí que he estado escondido,
ve aquí que he huido la fiesta,
y ve aquí que canto solo,
que por vida de comedia,
vamos viendo los papeles,
Lucinda hace la tercera,
y no le dispone mal,
porque la pícara es diestra,
y Florinda a la fama ofende,
que en la trampa ande revuelta,
Y el Rey, que está tan fantasma,
que ha de entrar por la gatera,
yo, cuando me vuelvo,
parece que estoy con deudas,
ensayos tiranos, ¡ay!
Pues en qué cuidan estas,
que no hacen sino el "ven acá afuera",
y "de mí también prueba cuerda"
de Lucinda, a cada paso,
y que algún misterio encierra
ella porque así le llama,
el diamante y la cadena,
y yo no he de tener más,
con el ver que ella se los lleva,
ve aquí donde entra la envidia,
que no me falten arengas
y que en aquestos amores,
añadido yo esta fiesta,
y que no me haya salido,
ni aun para unas agujetas,
¡Vive Dios, que pierdo el juicio,
solo de cómo lo piensa!
Yo aseguro que no tienen
los plateros en sus tiendas
tantas joyas como muestra.
Vase, y sale Luzinda con luces, y Florinda, y pónenlas sobre un bufete.
La ha dado en decir diversas.
Pues, por Dios, que has de decirme
qué ocasión es la que tomas
para atrair los diamantes
y las cadenas, o en prendas
que es decirle a su amador
sin que le falte una letra:
"Todo cuanto está trazado,
ya quedó con advertencias
de que si no me lo paga,
no ha de haber tordo en higuera
que cante más bien que yo".
Ahora bien, antes de empezar,
las cosas nunca se acaban,
vamos a darle carena;
quiero hacer que la Luzinda
dé la cuerda, aunque no quiera.
¿Quieres recogerte?
Sí.
Siempre sea entrar, ¡qué fresca
está la sala!
Va a entrar, y dice Luzinda:
¡Ay de mí!
¿Caíste?
Sí, ¡qué funesta
imaginación, Luzinda,
del corazón se apodera!
Deja agüeros, por mi vida.
No sé qué el alma recela.
Siempre tus melancolías
te traen de aquesa manera.
Confiésote que estoy...
¿Quieres que unas te diviertan
con la música sonora
entre tanto que te acuestas?
No, Luzinda, que también
la música me desvela.
(Aparte.)
Eso lo que quiero yo,
para que no me entretenga;
que os aseguro que el Rey
está aguardando a las puertas.
¿Quieres que entre a desnudarte?
No, amiga, sola me deja.
Pues éntrate, por mi vida,
que es tarde.
Haré más priesa;
que no descansa en el lecho
quien vive como yo, enferma.
Entrase.
Y agora de que Plasencia
se entregue, pones en la reja.
Si lienzo habrá venido,
don Rodrigo a las palabras,
yo aseguro que esta pobre,
con una vara de lengua.
Pero ya irán menguando,
de la llave a Luis de Acuña.
Miren si estaba a la vista.
Llegó a darle la obediencia,
¿no es su señor?
Sale don Luis.
Yo soy,
mi Luzinda.
¡Oh, si pudiera
abrazarte! Vía queda.
Ora, mi ama no te sienta,
que Inés está dormida.
Caí,
los pies no pones en la tierra.
¿Cerraste la puerta?
Sí.
Pues manos a la obra; aquélla
es la cuadra donde está,
tu castigo se ha de dar,
y mira lo que has de hacer;
quiero cumplido en conciencia
con todo lo que ofrecí.
La luz me llevo allá fuera,
que no quiero estar aquí;
entre tanto, por si aciertan,
Toma la luz.
Lo que mi amor te debe,
puesto que bien te venga.
Vase.
Muy buenas noches, señores,
aquí la jornada cesa;
lo que pasare allá dentro,
la que se sigue lo cuenta.
Fin de la primera jornada.
Salen el conde don Julián de barbas, y Florinda =
Decí, Florinda, llamada,
de mi perdición, mi vida,
cercado a mil temores,
cercada a mil alivios,
vengo, solo a que me digas,
a qué te obliga avenida.
sospechas y entendimiento
si de tan gran delito
había,
no se supo dar.
Di tu mal,
es infinito,
y te embarazan
mi pena,
¿quién la causa?
Cielo impío.
¿quién te ha ofendido?
mi estrella.
¿no vives tú?
Ya no vivo.
¿Por qué?
Porque vivo sin honras,
¿qué dices?
Lo que te digo,
acaba, porque me tienes
pendiente el alma de un hilo.
Escucha, si has de saberlo,
que ya decirlo es preciso.
Rodrigo...
¡Qué es lo que dices!
Harto con eso me has dicho,
no hables más.
Tienes razón,
que con decirte Rodrigo
te he dicho cuanto decir
puedo en mi agravio y el mío;
mas porque la indignación
convenga para el castigo,
quiero que sepas, señor,
más bien lo que ha presumido,
que hay delitos que es forzoso,
para darlos por sabidos,
oírlos y publicarlos
con todos los requisitos.
Rodrigo, en fin, esa fiera
que engendrarle quiso
para que de España sea
ruina, escándalo y cuchillo,
ese indómito animal,
cuyo pecho endurecido
parece que le infundieron
las entrañas de algún hirco.
Después que cetro y corona,
el gobierno y señorío
por muerte de Acosta, tuvo
como tutor de sus hijos,
que por la muerte del rey
quedó infante, tierno y niño,
y dirás que lo que juraba
es lo que te he referido.
Mas para poder decirte
lo que tú, señor, no has vido
por mi mal y por inadvertencias,
es preciso referirlo,
llevado de la ambición,
de reinar, mal advertido,
trató de quitar la vida
a don Sancho, su sobrino.
Su madre Anagilda, viendo
la crueldad y el homicidio,
por guardar su hijo, sale
de Toledo yendo
tiempo que el tirano rey,
reconociendo el peligro
en que quedaba, porque
según se tuvo entendido
iban a pedir favor
hallándose desvalidos
al gran Miramamolín;
nos salió al propio,
con gente, en su seguimiento,
aquel Ataúlfo, ministro
infame de su crueldad,
dándole al traidor premio,
para que a los dos les quite
la vida; mas con pavor
el cielo, que a mi inocencia
quiso mostrarse propicio,
no permitió que el traidor
lograse su mal designio,
antes para prevenirle
a esta fiera el precipicio,
tomó por cuenta el darles
medio lícito y más cumplido;
pues dando fin a sus días,
un achaque repentino,
sepulcro le dio la tierra,
dando a su gloria principio;
con esta triste tragedia,
que llorará eternos siglos
España, cobró al traidor,
suelto aliento, y muevo brío.
Empezó imperioso a dar,
de su crueldad gran indicio,
quitando vidas, haciendas,
honras, pueblos, señoríos,
y otras maldades, que solo,
al presenciarlas he temido.
Porque son de calidad,
Señor, que no han merecido,
ni aun el ser imaginadas,
cuanto más las repito.
En fin, Señor, esta tarde
aquí empieza el dolor mío,
me salió el Rey por mi dueña,
en un jardín florido,
estando con mis doncellas,
gozando del verde sitio.
Llamóme deidad, una anciana,
de quien estuve en mi aviso,
quien tuvo de mi recato,
el compuesto desatino:
Pues de una celosía,
pudo ver, según me vido,
lo que el cristal a un estanque
por cristal fue permitido.
Desde este instante crecieron
en móvil pecho, lascivos,
deseos bien causados
También pondrán sus gallardos,
que pasando lo inaudito,
tan escandaloso, de veras,
a hacer público en palacio
con falta de respeto, y olvido
a mi decoro, y amor.
Esto lo lloré al principio,
mas no me sirvió de nada,
porque un pecho endurecido,
ni a las lágrimas se mueve,
ni al rigor de los suspiros;
fueron pues sus halagos,
tan públicos, tan continuos,
que de noche, de mediodía,
todo campo, vega, río,
iglesia, calle, ventana,
sin el más oculto retiro,
quiso encubrir su ahogo,
para batir mi castillo,
ofreciome muchas veces,
de que hizo al cielo testigo,
Himeneo, cetro, coronas
si su amor fuese admitido.
Confieso que soy mujer,
y que tuve a su fin oídos,
ofrecimientos, atentos,
a un pecho rendido.
no determinó jamás,
ni creerlos, mas admitirlos,
que el corazón me decía
como tiene por oficio,
adivinar, no se aloque,
detente, que es desvarío,
poner la imaginación,
en quien tan conocido,
en efeto tantos humos,
los medios, y los arbitrios,
que buscó contra mi honra,
que habiéndose introducido
con una infame criada,
a quien el oro la hizo,
faltar a la lealtad,
mas bien pagó su delito.
Y una noche le dio entrada
por ese falso postigo,
que cae a mi cuarto, ya
que había al sueño rendida,
la mitad del alma, siento,
que junto a mí (¡qué delirio
sería!), que, juro y digo,
un hombre (¡extraño conflicto!,
¡qué atrevido!) fuerte pena,
intentaba (¡qué martirio!)
ofender (¡qué desventura!)
En honor claro, puro, y limpio,
(quiero, ¡ay de mí!, loco desatino)
y en vano lo solicito,
dar voces a mis criadas,
y solos ecos distingo;
pido favor a los cielos,
¿qué hablan sino suspiros?
voy a quejarme, y no puedo,
cubre el alma un sudor frío,
caigo difunta, en un pasmo,
y él con ansias, con cariños,
con lágrimas, con halagos,
como el fiero cocodrilo
que de esta industria se vale,
para lograr su designio,
procura desalentarme, vuelvo
de aquel mortal parasismo,
¿quién eres, hombre? le digo,
y él me respondió: "Rodrigo".
Di que ha ofendido a su honor,
oyó mis voces en su prisión,
como por sanar, señor,
de su ofensa, a sagrado asilo
de mi honor de aquesta suerte
así pagan los servicios,
que os hace mi padre, el conde,
y él, cerrando los oídos,
a tan constantes razones
llegó a usar el poderío,
que tiene un hombre, ¡villana
ley cruel, y áspero estilo!
que a la mujer sin arrimo,
de vaso tan quebradizo,
cual por un vaivén del agua
no rinde el navío al destino,
bien así mi valor probado,
después de haberme ofendido,
lo trueca a voces, y ansí:
hice a Dios lo que me plugo,
que hiciera cualquiera, y
se hallara en el lance mismo,
ya lo dijo, ya lo hizo,
si el haberlo cometido,
no es, Señor, mi mayor pena,
porque hay mal más esquivo,
y gran poder del pecho
otro pequeño vacío,
porque falsamente sepas,
que lo que fasta aquí has sabido;
apenas pecó el traidor,
cuando aquesto le revino,
cuando volviendo la espalda,
(Arrodillarse)
fue a rendir, y quedó mío
mi valor, hecho a los hielos,
o por lo menos pudiera,
al llanto que recocido
en el corazón se hallaba,
grandes soles que en pechos,
sino envidiosos a celos,
por lo menos competíalos;
no sin causa, no sin razón,
tuvo a tema prevenido
que dentro de pocos días,
se halló a infamia rendido,
a la beldad de una mora
que desde el África vino,
o los suyos la trujeron
cautiva, entre otros cautivos.
Dióse solo a su hermosura,
la mía pone en olvido;
como cosa que tenía
otra luz de otros bríos,
fuese a solas, claro está
que habiendo ya conseguido
la victoria, era forzoso,
buscar otro nuevo hechizo;
pidióla que le saliese,
se apartase, y la ha cogido,
Reviene a las fronteras,
viendo, pues poco ganando,
volvióse al instante,
y a secas el fementido,
con ella, con que burla das
mi decoro, como oídas;
esto es en suma, Señor,
para lo que te he traído,
pública era tu deshonra,
y sea público el castigo,
a gran daño, gran remedio,
muera este poco atrevido,
que a traición se le ha quitado
al blasón esclarecido,
para cuando el abatir,
en darlo ya se ha querido,
sino para empeños dalle,
participa furia conmigo;
que andarán a invenciones
y yo que rayos despido
por la boca y por los ojos,
ponzoñoso basilisco,
ruina de España seré,
Si tu pecho no incito
para que venganza tomes,
deste cruel enemigo,
permitime que me arrime
Excusé con mi cuello sus filos;
Como advirtió el dolor
de un achaque, o no mi muerte,
mas no se le hizo cierto
que está ofendida mi honra,
porque quitando fiera atroz
en penas tan repetidas,
quitando el alma ofendida,
que la vida me durara,
mas en mi afrenta cifrara
el consuelo a la vida.
Yo, de Rodrigo afrentado,
yo de un traidor ofendido,
yo de un tirano abatido,
yo de un infame agraviado;
cuando al mundo es menester
solo mi agravio intentan;
el deshonor se aumenta
para cuando es el castigo,
muera el infame Rodrigo,
pues es pública mi afrenta;
llore España sus ruinas,
y cuantos en ella están,
que el conde don Julián
su venganza determina;
la militar diciplina
vuelva a poblar la campaña,
no se libre de mi saña,
lugar oculto ni estrecho,
y lo que un traidor ha hecho,
ha de pagar toda España.
Del que mira malas lides,
la satisfacción aguardo,
y a mi parecer que tardo,
en dar a mis males fin,
teñirá el rojo carmín,
llenaré el suelo todo
a intrépido me acomodo,
a España ya un espantado
quien ha de quedar vengado;
mi honra él deje famosas
contra ti la ejecución,
Florinda, no solicito,
porque, aunque es duro el delito,
de Rodrigo es la traición.
Con él solo mi pasión
castigos arruinarán;
y hanse de prevenir,
sino que me mueva Arabia
que vaya venganza a Marte,
que me tenéis de parte;
Tu hazaña, mi victoria,
tomar la venganza es gloria.
Probará el traidor mi acero.
Verá mi pecho indignado,
presto sé de quedar vengado.
Haga el sentimiento alarde.
Vete, a prevenir que es tarde,
volcanes el pecho encierra.
Guerra contra España, guerra.
Adiós, mi vida, adiós.
(Vase.)
Iré a ver a este homicida,
disimulando mis ansias,
por desmentir sus sospechas
y asegurar mi venganza.
Un volcán llevo en el pecho,
una hidra llevo en el alma.
¡Ay, mal rey! ¡Ay, falso amigo!
¡Así mis servicios pagas!
Pero si rigen los cielos
tendrá el castigo mi infamia,
es este, traidor, el premio,
que se ha dado a mis azañas,
cuando, solo por tenerte,
todas tus tierras guardadas,
estaba mientras dormías,
yo velando en las campañas.
Sujeto a la inclemencia
del frío, hielos y escarchas;
esto es ser rey, ¡vive Dios!
y por toda su ley santa,
tirano, que de tus sienes,
tengo de hacer que se caiga,
la corona, pues que tú
la tienes tiranizada.
¡Vive Dios, que han de correr,
en voz de líquidas platas,
diluvios de sangre pintados,
Júcar, Ebro y Guadianas,
llorarán su triste suerte,
mas de mi pasión llevada,
a atención he llegado;
a entrarme hasta la antesala,
y aunque con su gente sale,
al sufrimiento me faltan,
al verle, mas la prudencia
en esta ocasión me valga.
Salen el Rey, Ataúlfo y Salvaje.
Conde, seáis bienvenido,
¿cuándo fue vuestra llegada?
Esta mañana, señor.
Pues, ¿cómo el día se os pasa
sin verme? ¿Con qué efecto?
Cierto que ignoro la causa,
Aparte.
Que yo aseguro que a Oviedo
que la tiene ya embolsada.
Aparte.
El traidor, ¿quién no supiera,
que fementidas palabras,
señor, dudar lo ocasiona?
Porque, como ya me tratas
con algún desabrimiento,
no es mucho caer en faltas
demás, que para serviros
achaques no me embarazan,
que soy el mismo que fui.
Ataúlfo.
¿Qué me mandas?
Parece que está ignorante
del susto que le aguardan.
Mas Florinda lo ha notado
y callará su desgracia;
ya lo hice, no hay remedio,
y aunque sentí sus pagarlas,
no pude quitarle el gusto
las acciones voluntarias.
Pues ¿de qué sirve el reinar
si el poder no se señala?
Déjalos, uno, ¿qué te importan?
Mucho, sobrino, se repara.
¿Cómo venís?
Tan quietos,
de haber llevado a mi patria,
y haber mirado, que creo,
que lo que a sentir llegaba,
en la ausencia con ser mucha
respecto de ver lo pasaban
y a mi esperanza no fue
más que una pena soñada.
Y de África las fronteras,
¿cómo quedan?
Sosegadas,
señor, con que mi persona
ganó asaz de importancia.
¿Y en el Miramamolín,
mi amigo?
Aparte.
No precio de nada,
en ser vuestro amigo; puesto
verás la suerte trocada.
Abracémonos los dos.
Aparte.
Cien verdades que se lo pagan,
¡oh, qué machucho es el viejo!
Mañana, ¡qué bien lo entabla!
Hoy no le puede estar mal
mi amistad, pues que se apaña,
por la muerte de don Sancho,
a quien el cielo le ampara,
la corona sin estorbo.
Aparte.
No se premiarán mis canas,
al advertirlo, que tardo.
De todo cuanto el Sol baña,
a poder, dueño os hiciera.
Aparte.
¿Quién te creyera? ¡Malhaya!
Ir vos con el vuelo mío,
Aparte.
Al diablo lleve mi alma,
si me fiara del viejo.
¡Mirón, qué gesto y qué caras!
Cansado venís, señor, y presto
quiera la edad os maltratar,
idos, Conde, a descansar.
Antes, Señor, que me baje,
una merced os he pedido.
Decís.
Para ver cuán largo
ha sido la ausencia mía,
y que mis tierras, mi casa
y mi hacienda están sin mí,
de que, en manos gobernados,
con algún daño darán;
es fuerza, si no se ataja,
que vaya a más cada día,
y más cuando advierto, para
ofensas de calidad,
que es preciso castigarlas;
y cuando aquesto no hubiera,
ya, Señor, no están las cosas,
para que yo las maneje,
que al valor y a la elegancia,
siempre los podrá ladear,
éstas quiero conservarlas,
en la quietud con mi hija,
que halla sola en penas tantas,
mujer viuda de consuelos,
porque es la más estimada
prenda que tengo, Señor,
y por quien os doy la palabra
si el cielo no lo revoca,
hacer eterna mi fama.
Aparte.
Lo mismo que yo deseo
me ha pedido, no es escasa
mi suerte pues que me gusta
una carga tan pesada
como tener a la vista
siempre lo que al apetito cansa.
No puedo negaros, Conde,
cosa tan precisa, y basta,
que vos tengáis gusto de ello.
Aquí solo a vuestro mandar.
¿Y cuándo os habéis de partir?
Luego, porque en la tardanza,
se aumenta más mi pasión,
Haréis mal en dilatarlo,
ya tenéis licencia, Conde.
Bien podéis iros. Mañana
Vuestra vida guarde el cielo.
Atended un Rey que os haráis
Conde. o vuestro amigo soy, y vuestro Rey,
Qué decís,
que vuestro amigo
soy, y vuestro Rey,
extraña
prevención a mi lealtad,
yo pensé que lo ignorabais
por eso os lo prevengo
no se queje mi vasallo
hasta la parte
con la ausencia del Conde.
Parece que le encarece la parte
Casi agraviarme procura,
de que en mi lealtad dudarais;
decís bien, andad con Dios,
el hacerlo no me espanta
sé que con recelo queda
un traidor cuando me agravia.
Vase.
Bien has hecho en permitirle
que de tu lado salga.
No sé qué temo, Ataulfo,
de aquesta ausencia impensada
ofendido tengo al Conde.
y Florinda se halla burlada
de mí, y aunque disimule,
por su opinión cosas claras
quien satisfacerla
no consiguen, intentarlas
no será mucho;
Advierte, señor
en vano sospechas tal
Pues cuántos intentarán tal
que a riesgos sujetallos,
al Rey de España.
Dices bien
Pues nada me embarazará
mas siento haberla Reina
Como caballero que cuantas
cosas, puedan darme penas
pues esta sola me estorba
y quiero la buen nombradía
yo presumo que es contraria
a su alivio esta sierra
y así quisiera llevarlos,
a Córdoba, algunos días
porque se halla muy templada
mas el Río Tajo y los aires,
que de aquellas sierras bajan
llegan muy purificados
y en fin es tierra más sana
y a la salud más conforme
Que yo haré que la jornada
se publique luego al punto.
Tengo a bien aqueste celo,
Ataúlfo, que primero
que de Toledo me parta
quisiera satisfacer
una duda, o una vana
curiosidad que a un efeto
que estoy para ejecutar,
mas no se ve terminado.
Ya que de aquella encantada
Torre, fiera sombra que da,
que tantos candados guardan,
los prodigios que hay en ella
quisiera ver, y aunque vanas
opiniones la declararon
de desdicha y amenazas
aquí en balde y de atrevido
a verla y examinarla
sin embargo estoy resuelto
a entrar dentro, que hazaña
y docta magia alcanzó,
porque su inteligencia rara
que un Rey valiente sería
el que entrare y quebrantara
los candados, porque aquestos
solo para un Rey se guardan
Y no hay duda que en su seno
como el mágico declara
debe de haber gran thesoro
oculto, y cuando no le haya,
con haber examinado
lo que tanto deseaban,
y vencido este imposible,
a mis dudas legítimas;
Los antepasados Reyes
siempre que se coronaban
Señor, en aquesta Cueva,
era ceremonia usada
echar un candado, y este
acierto, que lo observaban
todos porque presumen
según lo que el vulgo aclama
que al Rey que a romperlos llegue
España verá arruinada.
Cosas que al vulgo se entregan
por ser dichas bien alcanzan
y antes de entrar a verlas,
Harás bien, que nunca pasa
la mar quien no se aventura;
la dicha ha de ir a su casa
que no se ha de venir ella,
no pudieron ver qué hallaran.
un hilo de plata y oro
dentro, en que todos cargaron
vamos a verla, señor,
a su valor, cosa llana
que nada le atemoriza.
(Vase.)
Ataúlfo, es tan osada
mi alma por presunción que
no admite ilusiones vanas.
(Vase.)
Tal vez la curiosidad
anticipa la desgracia:
(Vase.)
Sinfonías se descorran,
en bien de mi estrella plata.
Salen el gran Miramamolín, Sultana, y otras personas, y canta la música, a este tenor.
A Fénix de Arabia hermosa
que renace en sus cenizas,
reina de todas las aves,
y emulación de sí misma,
envidiosa de Sultana,
ausentose de su patria,
porque hace formidables,
sola su beldad divina.
Bien Sultana su hermosura
este imperio le merece,
pues en mi pecho renace,
como en su ceniza el fénix,
y aun es más su ilustración
pues él para nacer muere,
mas tú sin morir renaces
con que no puede la muerte,
que inmortal te consideras
y tu belleza, hace verse,
goza aplausos inmortales
pues los gozas cuando quieres.
al gran Miramamolín,
Rey de la Arabia a los pies
a tu belleza, un cielo
y que del mundo me ofreces
Señor, como lo presumo
no estimara tus laureles
los triunfos ni las coronas,
mas de por que tuyas fuesen.
y por que al mundo me ofrezcan
coronar heroica frente:
Grande Miramamolín
de ilustre y noble progenie,
defensor de la morisma
siempre guerreador valiente,
agradecida Sultana
a lo mucho que te debe
no sabe con qué pagarte,
mas ya el alma, te previene
Años para ti sazón,
porque al tanto no se atreve
luna y sol juntas rendidas.
Y un amor constante siempre,
siéntate, sultana hermosa,
a la margen de esta fuente,
que mientras los ríos inmensos
lisonjean los mares, vuelven,
a fe de dar su hermosura
mi amor y mi afecto quieren
gozar de tus bellos ojos,
los rayos resplandecientes.
Volved a cantar, cantando,
que el gran Señor se divierte.
Siéntanse los dos en unas almohadas, y canta la música.
No hay gloria como vivir
gozando lo que se quiere,
que vivir con esperanzas,
no es gloria, no, sino muerte.
La letra y tono me agradan,
si a mi sultana parece
que tiene agua el vaso.
¿Por qué?
Porque si al sentido atiende,
dice muy bien que no hay glorias
donde imposibles se asienten
que a aquel que amante desea,
mientras no logra intereses,
siendo aunque la esperanza
le ofrezca amor, más padece;
que si la esperanza alienta
de amor, siempre las especies
como en la imaginación
de tan vanos pareceres
antes se entrega a las dudas
que a la razón se convence,
con lo cual el corazón
a quien sigue, siempre adolece.
Este achaque que en él lleva,
anda triste, como suele
andar la nave en el golfo
que al fiero huracán padece,
de un peligro a mil peligros,
de un vaivén a mil vaivenes.
En mi opinión, la esperanza
es de vidrio, que por leve,
a ciegas, porque sin ella
que amor fino permanece
con todo a todo pasa,
en términos diferentes,
porque como amor es fuego,
en parando aquella ardiente
constelación de las ánimas,
en cenizas se convierte;
y una vez vuelto en ceniza,
poco o nada durar puede.
El que ama con esperanza,
aunque apacible se entregue,
como leal, casto y fino,
tiene su amor permanente;
luego más estimación
a la esperanza se debe,
que no a un logrado, pues
deleite gana ya que pierde.
Sale Tarife moro.
Un cristiano, mi señor,
quien fía al amparo su
persona, a causa de las
licencias de hablarte quiere,
por quien porta a su persona.
Dile, Tarife, que llegue.
Llega el cristiano, que ya
espera un Señor de tus proezas.
Sale el Conde don Julián y Florinda.
Gran Miramamolín,
su vida el cielo le espere.
Cristiano, vengas con bien.
Y el sol de tus grandezas
para ser luz de la Arabia
siglos a tu vida cuentes.
A la fe de africana,
y su belleza conteste.
Quién eres, o a qué has venido,
saca esta mi duda.
Dale una carta.
Aqueste, ante ti, te dirá
quien soy, Señor, brevemente.
De mi gobernador Muza
es, veré lo que contiene.
Agrada este aspecto mucho;
a Solimán, en fin,
mi estrella sale, qué inmensa
lo que Muza me promete.
Oye, Zara, aunque el cristiano
el tiempo cubrió a mi ver,
bríos demuestra en su persona.
Bizarro debe de ser.
Que el Conde don Julián
eres tú, y a quien ofendes
sin un corto lisonjear.
Sí, gran Señor, que el que tiene
a su resguardo a toda España,
porque satisfecho quede
su agravio, llega a pararse,
haber satisfacción puede.
Por Mahoma que tenía
deseo de conocerte,
por las nuevas que en estas
y en otras partes levantan,
de su persona me has dado
mi general Muza, y dice
como amigo que has de hallar
en mí cuanto puedas creerte.
Llora.
No dudo que la grandeza
del ejército en mí se emplee
bien como en tantas desdichas.
Tus lágrimas me entristecen,
en que te ofendió tu rey.
En todo cuanto ofenderme
pueda sin que mi decoro
cosa que al honor me dañe.
¿No pagaba tu servicio?
Eso mi pecho no siente.
¿A qué aguarda su crueldad?
Claro mi honor parece.
Mayor pérdida es la mía,
Había nacido de mujer
el que te ofendió.
En mi honor
mira desde los enfrente.
Aunque sea que tarde,
mucho sientas los temores,
y cuando más me figuras,
de España, que me parece,
que ya la tengo por mía.
Sírveme porque te vengues,
que de mis gentes amparare.
La mano, si dar pudiera,
habrá dado a quien te ofende;
desde el Norte al Poniente.
Pues si hacéis este favor,
oh, gran Señor, quiero mostrarte,
escucha por qué más lloro,
de todo el caso te enteres,
que te he de costar campañas
porque a la empresa te alientes,
dando tú, Señor, las formas.
Dios y Almanzor te ayuden.
Junto a la parte donde el sol fenece
para volver a nacer brillante.
Donde se asientan que al orbe los fines,
fuerza le da doce aunque breve instantes,
allí donde la Europa luce en gozo,
más fértil, más copiosa y abundante,
España yace, cuya única planta,
las demás provincias adelanta.
Al modo de una piel es comparada,
por la similitud, y repartida,
una y otra provincia le quedaba,
la forma que ya tengo referida,
por una y otra parte rodeada
está del mar y siempre combatida
solo por los Alpes y Pirineos,
que en frente coronan de trofeos.
Estos montes en fin le dan la mano
cada cual con el mar por una parte,
aquí se comunica al Océano,
luego al mediodía es su baluarte,
de la banda de levante a par es el llano
guía por lo eminente con tal arte,
que aqueste empinan las murallas
y alto de su tención, junto a la vía.
Tiene de circuito su distancia
setecientas y diez leguas por tierra,
de aqueste lado, la compite Francia,
luego por Gibraltar, el África cierra.
Por este puerto, principal estancia
rinde a los moros costa de la tierra,
Gibraltar a decir quien no [ilegible]
es lo que [ilegible] con llamamos al [ilegible] .
Desde el estrecho do en curvo se hallas
toman al mediodía las [ilegible]
las [ilegible] puerto que avasallas
el brumoso mar que fiero azota
tan repetidas veces la muralla,
riendo cuando soberbia se alborota,
escollo que de envite se despecha,
volviendo atrás do cristal derecha.
Sigue Barcelona, ciudad bella,
no menos aplaudida que estimada,
Tarragona, Tortosa y luego aquellas
ciudades romanos celebradas,
Sagunto la leal, no puedo callar
dejar de hacer mención, aunque arruinada
la dejaron los siglos, pues sus muros,
hoy se oponen al mar no mal seguros.
Descúbrese Valencia después, luego,
la gran Denia también que se avista
así faltando que llega a hacer muestra
en el cabo que llaman hoy de Palos,
que primero en su idioma llamó el Griego
Eandemo que quiere decir [ilegible]
o raciona porque brota sobre las
ondas que cada cual virtud enseña.
De allí, siguiendo el puerto de Almería,
Málaga se descubre, copiosa
Lorca, que por su horca bien podía
competir con las ramas presuntuosas;
Cádiz, que opuesto al mar y su porfía,
rémora a la máquina espumosa,
después se sigue, rindiendo afanes
de los impetuosos huracanes.
Tomando por derecha al occidente,
Sevilla está, cuya cerviz humilla
Guadalquivir, a mayor obediencia atento,
y pagando al mar el feudo por Sevilla.
De allí reparte acuchillando el viento
a Tala bella, y argentadas orillas
del Tajo, en quien Febo se retrata,
y adonde bebe el sol, funda de plata.
Cerrando, gran señor, por el costado
derecho, aquesta línea, estallando,
en La Coruña, puerto muy nombrado,
luego entra Santander, con gran cuidado;
decir que baje el monte de contado,
todos los puertos que le ponen miedo
por una y otra parte el mar que bañan
las invencibles márgenes de España.
No hay reino ni provincia más copiosa
en cuanto el sol demuestra, rayo a rayo,
no hay parte en que la tierra aficionosa
no produzga un abril, no brote un mayo,
no tiene árbol, casi planta, ni rosa,
que cada cual no llegue a ser ensayo
de la apacible y verde primavera,
que a vista de todas reverbera.
No tiene el mundo sitio más ameno
ni bellos edificios superiores,
y es el temperamento allí tan bueno,
que gozan de abril sus moradores.
La tierra ofrece el más oculto seno,
para que saquen de ella sus cultores
metales tan preciosos que animaron,
que sin dudar naciones envidiaron.
Y porque veas que la Carpetana
que fue su primer nombre, con más glorias
que todas las provincias, pudo ufana
blasonar, mira atento las historias,
y verás cómo en ella, las Romanas,
los triunfos, los aplausos, las victorias,
que todas juntas sin pasión le fundo,
envidian su sujeto sin segundo.
De suerte que a su fama y antigüezas,
como es constante y grande, vinieron
extrañas gentes, y a poblar empiezan
Tubal en ella, y luego se siguieron
escitas y asianos, mas su grandeza
tanto se dilató, que se movieron
griegos, alanos, persas y fenicios,
caldeos, medos, vándalos, egipcios.
En fin, con viva memoria de todo
cuanto te he servido, don ardido,
hasta que, aunque tiranamente un godo,
quien honor y mi fama ha ascondido
te ruego y más buscando modo
mientras en mis ocios divertido,
estaba en las fronteras, pena fuerte,
con honor en mitad de la muerte.
Después que con mis afanes y ejercicios,
a este Señor la juventud lozana
después que en poca edad tantos indicios
dimostraba a una barba cana,
para que tengan premio mis servicios,
un atrevido y bárbaro profana
de mi casa el sagrado, y en un punto
mi esclarecido honor quedó difunto.
Y porque ofensa tal pida castigo,
que satisfacha quede como espero,
a darte desde aquí Señor me obligo
a España sirva de puente y dinero,
yo te pondré a tus plantas a Rodrigo,
yo quisiera que jure el mundo entero,
para que mi venganza dilatara
llantos que a todo el mundo le alcanzara.
Manda formar cincuenta escuadrones,
para que a sangre y fuego se presente
la batalla, puniendo sus pendones
en la torre más alta y eminente,
que hurtar pretende al cielo presunciones,
yo tengo de mi parte mucha gente,
quedando con la suya incorporadas,
verás como les doy libre las entradas.
Nombra un general, fío a mi lado,
raro fénix que sale de la hoguera,
a quien das buen seguro y cuidado,
de la fatal ruina que le espera
las fuerzas y las armas ha quitado
cuyos castillos con que guardar quiera
no ha de poder altiveces alguna
logra Señor tan próspera fortuna.
Jura a Dios aquesta monarquía
su frente a agraviar pues Mahoma
que en ti se ha de cumplir la profecía
de aquel mágico docto que previno
en los azules cielos que sería,
toda España a Mahoma, si divina,
de Cristo, así lo manda, así lo ordena
sea deste blasón, de ellos la ruina.
Supuesto Señor que quiere el cielo,
que yo instrumento desta ruina sea,
no ha de quedar en el hispano suelo
altivo muro, o cima que se vea,
su afrenta, su dolor, su desconsuelo,
Sagunto, y Numancia, si tuvieran
Mas no me espanto, ha de ser despojo,
de mi furia, mi cólera, mi enojo.
(Levántase)
Dile a la noble Orïana
que tan grave, tan vehemente
es la pena, que el corazón
con su desdicha previene,
que con llegar buen día,
no ofensa, mas que sepulcro,
ser sola, consuelo sería;
que hay males que muchas veces
los siente aquel que los oye,
aun más que el que los padece.
Por mi cuenta la venganza
tomaré, no de consuelo;
que por Mahoma te juro,
y por sus divinas leyes,
que si la envidia de España
franquea como lo ofreces,
ha de ser poblar sus tierras
de mis africanas gentes,
tan presto que aun ellos mismos
duden cuando a verse lleguen
a los altos de las sierras,
den del cielo vislumbres
o porque parezcan altas.
Mas dilación no consientes,
Tarife, al punto en mi corte,
harás que un bando se eche
en que pena de la vida,
dentro de un término breve,
todos cuantos amesados
sueldo mío se presenten,
sin reservar a ninguno.
Y te quiero que manejes
de capitán general,
Abalón, de su valiente
brazo, a esta empresa le fío,
guiaré como procede.
(Vase)
Para que todos según son,
voy, señor, a obedecerte.
Por mi cuenta corre, amigo,
han de ser los bajeles,
que para tan gran facción,
y fianza que consigan,
di las órdenes claras;
que pues no ignoras las leyes,
de mi secta, por hecho,
daré, todo cuanto pidieren,
al que lleva en triunfo da
a Mahoma aquel pebete.
de Alá, aqueste farol del cielo
a quien astros reverencian,
la mayor parte del mundo
en vuestros altares se postran.
Saldrá con victoria, pues,
dominios en los otros climas
Ea, a marchar con el amigo.
A ceñir, señor, tus sienes,
con la corona de España;
No sé que el Soldán lo acierte,
en fiarse del cristiano,
Quiera Alá que no se pese.
Llama del Tana al Scita,
muchos triunfos, mejores bienes
para mayor coronar
de eternos siglos su frente.
(Vanse los moros)
Logre el intento mío,
pues hay que temer vaivenes
de la fortuna, del modo
que lo pensé me sucede.
El Soldán me da su amor,
pero este tirano aleve
será el pacto desmentido,
que presto su sangre vierte
y con él todos los suyos,
y aun se le dé dura muerte,
el rigor de mi pasión
en algún modo se temple.
Se da en Málaga a escombros,
porque de él allí se dice,
dar manos hacia Tetuán, y Fas,
no vedarse, autorice.
El Arzobispo su tío,
que como amigo y pariente,
en esta empresa me ayuda,
con los demás a quien tiene
este tirano ofendidos,
padezca, aunque esté inocente
España, los desafueros,
que un Rey incesto comete.
Y, si el mundo me culpare
de cruel, y de imprudente,
cuando mi venganza vean
mire, advierta, considere,
que a un noble que sin causa se le ofende,
aun no se satisface aunque se vengue.
- Fin -
Tocan los instrumentos de guerra, cajas, para en batalla y dice dentro el Conde.
dentro.
No se reserve ninguno,
al que hiciere resistencia,
quitadle la infame vida.
Guerra contra España, guerra.
Sale el Conde con espada desnu da, y rodela.
Ea, nobles africanos,
aquesta ha de ser la empresa
en que habéis de ganar todos
nueva opinión, fama eterna.
Ea, parientes y amigos,
y a un tiempo que España vea
cómo vuestro valor toma
mi venganza por su cuenta;
ya las fronteras se rinden,
ya la entrada se os franquea,
no quede español con vida,
no haya en vosotros clemencia,
aunque de ver morir tantos
la mesma muerte se ofenda.
Valientes soldados,
a ellos, que ya se acercan;
decid que al gran Mamalín,
Omía y don Rodrigo muran.
Entranse, y tocan, y sale por un lado Ataúlfo, de la mesma manera, y dicen dentro.
¡Viva África! ¡Muera España!
Qué espanto es, aquesta
es la ocasión que ha de dar
nueva opinión a la vuestra.
Ya tenéis los enemigos
dentro de España; y a fuerza,
a costa de vuestras vidas,
que defendéis vuestra ley,
muera el sacrílego Conde
que obstinadamente entregó
a un moro su patria, deudos,
sin Dios, sin ley, sin conciencia.
Tocan.
Fuertes guerreadores,
a embestir, que ya os alienta
el metal y el parche a un tiempo;
ninguno el aliento pierda,
que quien la traición escuda,
la victoria será nuestra.
Entranse, y dase la batalla, saliendo a trozos peleando moros y cristianos.
A ellos, soldados míos.
¡Viva España!
¡África muera!
Sale Salpicón cojeando.
Tocando siempre.
Santo Porcunos, que todos
morirán, según se pegan;
válgame todo el salterio,
quién hallará una azotea
adonde estar para ver
sin tanto riesgo la fiesta.
Malo va suceso, pobre
Salpicón, de aquesta hecha,
sin cebolla han de comerte
los morillos, que te pican.
¡Ay, Dios, quién fuera mosquito,
porque ninguno me viera!
Detrás de esta peña quiero
meterme, santa Casilda
me salga en este conflito.
Entrase detrás de una peña, y dice dentro el Conde.
Parece que la violencia
de la parca van rindiendo...
Sale Ataulfo.
Como hispano les flaquea
su valor, para cuando
está sin resuello ya.
Sale el Conde.
Para, agora que verás
cómo brota de tus venas
la vil sangre.
Conde aleve,
que los míos que a tiempo vengan
sin que mi acero ataque,
agora por fama o en celos.
Pues esta es queja o cañón.
Pues queja o cañón excita,
Riñen los dos.
Para tales ocasiones,
¡qué buena es una trinchera!
¡Valor tienes!
Tú también.
No me pesa que le tengas.
Ni a mí, que si he de matarte,
¿qué mayor blasón?
Pelea,
que harto harás en defenderte
de mí.
Pues a la experiencia.
Vuelven a reñir y dice den- tro Tarife =
Ea, fuertes africanos,
tomad d'esta delantera,
porque ninguno se escape.
Que nos cortan.
Vuelta, vuelta.
De vencida van los míos,
y aun mucho aprieto dejan.
Conde, acudid e feroces
a detenerlos; no sea
lo que empezado tenemos;
por eso, dadme licencia,
que después os buscaré.
Idos enhorabuena,
que para que mueran todos
no me pesará que vuelvan.
No huirán, cobardes, porque
el morir os amedrenta. =
Vase =
¡Oh, qué bien en mis oídos
aquestos lamentos suenan! =
Vase =
Sale Salpicón dando espantos.
Triste de mí, que los nuestros
van de vencida; ¡ay, estrella
más infeliz que la mía!
Desta lucha, si me sueltan,
o me espantan, que es lo mismo,
zapatos sé que me aprietan
por detrás, porque los topan.
Con el susto andan inquietas,
que hace ímpetu por tan grande
que, lo que hiciere cualquiera
que quiere guardar la vida,
vi, sí, mas es poquedad
en un espanto, ¿qué importa
que lo sea, o no lo sea,
a mí quién me mete en eso?
Tomar quiero la vereda
firme a Córdoba, porque
lo demás es bobería.
Salen muchos moros tocando al asalto, los que vencidos.
Daste cristiano,
Cae.
¿A qué he de darme?
Tantas mil vidas perdiera
que un firme, mas ¡ay, cielos!
que ya me falta la fuerza.
Tocan y sale Tarife.
Ya la victoria, africanos,
podéis aclamar por vuestra.
Ponte, deja armas, rinde,
victoria, victoria.
Pese a
mí, que tal escuche,
primero perezca.
Va a querer levantarse y vuelve a caer.
¿Qué intentas?
Morir matando.
Sale Conde.
Dejadle.
No le matéis.
Muere.
Tarde llegas
a darme la vida, pues si
quiera, no puedo tenerla,
pues son tantas las heridas
que el alma, con ser tantas puertas
parece que se embaraza,
o quiere por todas ellas
salir, para que por todas
el duro golpe traduzca,
y aunque ya me habéis vencido,
triunfa tú.
Mucho me pesa
de no haberte yo quitado
la infame vida, mas piensa
que, como mueres también,
han de morir los que quedan.
Sale Muza, Tarife y otros y el Vizconde, y los llevan ante su Rey.
Dejaldos, no los lleven,
llévenle a mi rey Zandoca,
que adonde tantos han muerto
tuvieran cuatro por la pena.
Gran Tarife.
Conde amigo.
Ya la española soberbia
la cerviz feroz humilla,
ya mi venganza es derecha.
Cebe, gran general,
la vida a la parca entregas,
y a España, viendo el estrago,
llora su fortuna adversa.
Ya Munuza de envidia goza,
Gracias a nuestro Profeta
Mahoma, que nos ayuda,
y a su valor bien demuestra
ser noble intención que tomo
de lo que dicen lenguas.
Pues en su día lo ha ejecutado,
con que primas las banderas
africanas tremolan
en Toledo en sus almenas,
tan presto como el califa
mi hermano, sin duda.
Tanto me alegro, Tarife,
de ver tu triste ira cada día
como que en ti conozca
que cumplo con mi promesa.
Y hará, conde, que tú tengas
la debida recompensa,
de mi mano te aseguro.
Yo no quiero más grandezas
que conseguir mi venganza.
Creed, conde, a esta mi ida,
que en tanto que mucha gente
del despojo se apodera,
al gran Señor quiero dar
de aquesta victoria cuenta.
Di también a Florinda,
para que temple su pena,
que en su edad no dudo
lo que sentirá mi ausencia.
Vanse, y sale el rey don Rodrigo como asombrado, y trae unas visiones con él, y asimismo bultos que él huía.
Déjame, sombra funesta,
e imagen espantosa de la muerte,
que a todas horas venís,
que tiráis estos tiros al pecho mío,
porque amagáis hoy
qué pretenden de mí, que me persiguen.
Habla, ¿qué te detiene?
¿Qué me quieres, qué buscas aquí, cruel?
Ya me tenéis contigo,
dime, ¿quién eres?
Di al Rey Rodrigo
que en aquesta figura,
triste, buscando voy la sepultura.
Éntrase.
¡Oye, aguarda, detente!
Muerto soy, ¡ay de mí!, criados, gente.
¡Hola! ¿Nadie responde?
Hasta mi corazón también se esconde,
que arde mi pecho en llama.
¡Hola! Todos me dejan,
falta Marcos, digo, don Martín,
García, Juan.
Al Rey llama.
¿Cómo así me dejáis?
Señor, ¿qué es esto?
Vos perdido el color, vos descompuesto,
algún daño recelo,
presagios son que provocan, Cielos,
contra suerte esquiva.
¿Qué tenéis?, ¿qué sentís?, que tanto agravan
la atención.
Con cuidados.
Arzobispo don Oppas, a caballos
enviad este criado,
dejadnos solos.
Vanse todos.
Su dolor advierto,
mas ya no tiene que aguardar bonanza,
pues de La Cava fomentó la venganza.
Como a deudos y amigos,
tengo de hablar a solas contigo
cuánto tiene mi pecho
dentro dél, oculto satisfecho.
Sí, los que a Tripersona
dejé triste, mi amor, y mi corona
desde aquel triste día,
que para tanto mal la silla mía,
y a divinas faltas que ciego erré,
me hizo romper desta encantada nave
las fuertes cerraduras,
que temiendo otras, más seguras,
echaron sus candados
los Reyes que ante mí fueron coronados.
Después que caminé su oculto seno,
formando por mi mano abismos
que estaban prevenidos
para mí solo puesto su gobierno.
Quien pensó gozarlo, pena terrible,
lo que fue para tanto peso doble.
Después que de su quicio
la puerta arranqué, todo sirvió
de mi fatal ruina.
Acasos en sus influjos no declina.
Sale Salpicón corriendo.
Después que vi el escrito
y toqué los prodigios que abrió dentro,
tan confuso me ves
que la imaginación sin duda creo
que habrá de ser bastante
para acabar conmigo. ¡Qué de instante
siempre mi pensamiento
me trae aquel horror, aquel portento,
aquellas tristes voces
que por el aire oí ir aquí veloces,
el temblor de la tierra,
el aparato triste de la guerra,
todo horror, todo espanto, todo miedo
que en todo guardaba para mí Toledo!
Y en fin reconociéndolo,
lo que a España por mí va sucediendo,
y que al conde traidor Illán intentas
venganza de mi agravio con impías afrentas,
estoy tan afligido
que no tengo potencia ni sentido
que contra mí no sea;
el corazón y el ánimo flaquea,
y para más tormento,
estando retirado en mi aposento,
veo que a mí se viene
vestido un bulto que mi forma tiene;
levantóme turbado,
y él se viene con paso acelerado
que un huracán se levantó, y destempladas
las palabras me dijo: «Solo, Rodrigo,
quedará la sombra del sepulcro contigo».
La sangre se entorpece,
quiero decir más, y se desvanece;
quiero andar y no acierto,
mas ¿qué mucho, si ya me juzgas muerto?
A mis voces llegaste,
viste mi turbación, aquesto baste
para decirte que mi pena es mucha,
pues ya mi vida con la muerte lucha.
Hasta llegar a su planta,
gran señor, como una posta,
he caído sin querer
hacer venia, que no es poca
firmeza en mí, abriendo puertas,
asomarme en una sala
para darte cuenta de
la más triste y lastimosa
desgracia, que la Fortuna,
¡ea, infame socarrona!
pudo inventar contra ti.
gan, observar que más atención me oigan,
que aunque adelante disguste,
no es justo hacer caso, fiera,
a mi señor desvelo
con sus militares tropas,
de quien era general
nombrada la persona
Ataúlfo a su fin;
destrozó la furia loca
que por las costas de España
lleva en tránsito a ruina la costa.
Pasó, fue rendido, muestra,
y con osadía espantosa,
más de treinta mil infantes,
que cada cual, diestros van,
pudo dar al Marte envidia,
aunque los dioses la toman.
Partieron, en fin, tomando
a libertar la derrota,
que fue la parte por donde
entró la ruina toda.
Llegaron, por no cansarte,
a verse una gente y otra
cuando la generala
acude a los que le tocan;
formaron sus escuadrones,
y como llevan las marlotas
coloradas las plumas
de los nuestros, tan bien varía,
a mirarlo parecía
todo el campo una amapola.
Era el general Tarife
que su frente corona,
que por lo horrible bien pueda
hacer del perro una copia
tan disforme o tan furiosa
desde la planta a la cola,
que puede alcanzar cigüeñas
de la mar salpicada.
Negro el color, porque como
casi con el cielo topa,
le chamuscó el Sol el rostro
por dejándolo todo en sombras.
Pero a su naturaleza
dos linternas le acomoda
por donde quiso la luz
hacer mansión y no se asoma.
La boca de un puerco espín,
por ambas partes tan rota
que cuando más la recoge
casi todo el rostro es boca.
El brazo derecho tiene
más grande que el otro, cosa
que el asta castiga
cuando quiere, y no se agobia.
Tiene sobre el hombro mismo
un lunar grande, que brota
en lugar de blanco y rojo
unas cerdas espantosas.
Y pues te diré por qué
te he pintado su figura;
por no tenerte confuso,
quiero proseguir mi historia.
Venía el conde aqueste,
a cual fiera desuelta,
aun con los ojos bermejos
de su dura escaramuza,
y parece a vista del pueblo
que un Jueves Santo en la horca,
mas no sin dolo, ha imitado
tanto a Judas en las obras,
que pienso que se dejó
juez ser en causa propia,
para que dél en el mundo
quedase siempre memoria.
Requeríanse los parciales,
y apenas el campo forman,
cuando a embestir tocan el
atabal suena y los exhorta;
¡Muera España!, y va diciendo
al son del parche y las trompas,
se trabó la escaramuza.
Pero su parte volvía,
dio a los de ellos de manera,
que, con sacudir las orejas,
morillos iban cayendo
en el suelo como moscas.
Bien pensé que no quedara
ninguno, mas, ¡ah, traidora
fortuna, que nunca da
cumplidas todas las cosas!,
volvió de cara la rueda.
Señor, que en menos de un hora
que duró el fiero combate,
los ministros de Mahoma
mataron tantos cristianos
que la campaña arenosa
roja púrpura se viste,
en vez de verde hermosa.
Un general espanto,
viendo el alcance de alanos,
como cuando leones heridos,
buscan el líquido aljófar,
sedientos la medicina
para el mal que le apasiona.
Así por los enemigos
entró con saña rabiosa,
echando al infierno tantos,
que alcanzar hubo la corona.
entre ellos mismos, porque
les dio la puerta angosta;
en fin tantos lo cercaron,
que una vil cuchilla corva
el estambre de la vida
a breve rato le cortan.
Murió Ataúlfo, y con él
su gente; luego pregonan
por el muro sumisión,
quedó rendida Carmona.
Esta permisión del cielo,
Señor, y porque conozcas
que aquesto viene dispuesto
de mano poderosa,
a la tienda de Tarife
una mujer española
llegó, la cual le revela
una cosa prodigiosa,
y de grande admiración,
puesto que cuanto le informa
halla ser verdad, y fue
que oyó decir, siendo moza,
a un religioso de santa
vida y costumbres heroicas,
que con el tiempo será
de moros España toda.
Como el capitán que tuviese
cargo según su persona
cabría a vuestra defensa,
señales en vuestra persona
que como las que diciendo
a las que haciendo os tocan,
porque algunas de ellas son
públicas, y ocultas otras,
y en fin todas cuantas vieres
ellas por ellas confrontan
con las que dijo la vieja;
desta causa que la abona,
por esto fe le rinde,
que no fue por ceremonia,
y para acabar con ello,
tanto el perro se alboroza
con el pronóstico, y con
la referida historia,
que dice que Tarife
España ha de ser alfombra,
marchando a Córdoba, pues
mira lo que hacer importa.
Calla, calla, no prosigas,
que a una lengua alevosa,
que cada palabra un rayo,
cada voz una ponzoña,
Infame, aleve, traidor,
cómo inadvertido osas
aprovechar con tramas
palabras, vanas fianzas,
que pues que entre mis manos
te pusiste.
Señor, reporta
la indignación.
Mato a este,
porque en polvo ha de borrar
esto que más me conviene,
sobre que Dios descargó.
(Hace estruendo con los brazos, y hacía pedazos silla en que se sentara).
Cómo un vil mozo en mi esfera
de aquesta suerte blasona,
cómo contra mí se atreve,
cómo en España tremola
las banderas africanas,
cómo a mis pies no se postran,
sabiendo que don Rodrigo
lustre a la sangre os da,
para cuándo es el valor
que en mi pecho se atesora,
a una ofensa que tan mía
no castigo como propia.
¿No soy Rey? ¿no me han temido
las naciones más remotas,
desde donde nace el día
hasta la abrasada zona?
Pues, ¿cómo un mozo me inquieta?
¿cómo un traidor me alborota?
¿cómo el cielo lo permite?
¿y el cielo no lo revoca?
Pero, ¡ay mi suerte! mas, ¡ay
de mí! que de la memoria
ni de la vista se aparta
esta horrible y espantosa
imagen, que de la muerte
me representa la pompa.
Ya veo el último trance
de mi vida, la congoja,
por tierra, en el mapa de Roma.
Ya los sentidos zozobran,
¿qué quieres, ya me has rendido?
déjame, que me apasionas,
¡ay de mí!
Señor, ¿qué es esto?
¿tanto una pena ocasiona?
¿a unos suspiros requiera,
afrentas, Rey, qué ensayos
te ponen en tal estado?
Vuelve.
Pues con una ofensa sola
que hiciste en su honor al Conde,
contra ti su sangre toda
se conjura, y yo el primero
por la parte que me toca;
en la ofensa he de vengarme,
que el Conde es mi sangre propia,
y no tengo de faltarle.
Mas ya parece que cobra
si no me engaño, su aliento,
que es de señor; ¿la heroica
majestad así se rinde?
¿tan presto el valor se postra?
No te venzan las estrellas,
los hados no se trastornan,
no se desmiente un influjo,
y un presagio no se borra.
Pues, ¿por qué queréis hacer
a la razón acreedora
de una imaginación vil?
Ea, señor, que se ensalza
la majestad, cuando en ella
más el valor se acrisola;
qué importa que el moro tome
a España un puerto, y que ponga
las africanas banderas,
sobre sus almenas rojas?
¿Qué importará que hoy se lleve
el triunfo y la vana gloria
de haber vencido hoy, gente,
si mañana lo que goza
ha de volver a perderlo?
Seamos cristianos, invocas
de Dios el favor, y apelas
a su gran misericordia;
junta todos tus vasallos,
sal a campaña en persona,
sepan, señor, que también
castigas como perdonas.
Mucho alienta a sus soldados,
cuando en la lid peligrosa
ven a su rey que se arriesga,
y que la acerada cota
en vez de púrpura viste;
haz que al punto se disponga
nuevo ejército, en tu reino
gente tienes belicosa,
no quede noble ninguno
que, si la edad no lo estorba
o algún achaque, no siga
sus banderas vencedoras,
y esto con resolución.
(Aparte)
Pena de muerte afrentosa
a quien el cuartel deis,
que la lealtad me provoca
fiero, huyendo tan cruel;
mas será con cautelosa
industria para que puedan
gente, opinión, vida, y honra
sea seña, y aviso
salir al campo.
Don Orpas,
ilustre y noble Arzobispo
de Seuia, de mi corona
tomar en consejo quiero,
y así por tu quenta corra
la disposicion, al punto
se haga en España notoria
mi salida, y por un bando
que harás echar se recojan
cuantas armas en mi reino
se hallaren, aunque son pocas
las que tenemos, que irán
por las torres ruinosas
de mi Alcázar; se tremole
mi real estandarte, contra
este cruel enemigo
que la Christiandad sufoca.
Pena de traidor cualquiera
que faltare a tan honrosa
empresa, e inquieta sus facciones,
quiero que aviseis mis espaldas.
A bastón de general
estilo rompe, deroga,
cuantas órdenes hubiere
dado en contrario hasta agora,
nombra cabos, y señala
que con orden suya en todos
mis reinos la gente alisten
y aquesto hareis de forma
que de Cordova salgamos
antes, que intente, Don Orpas,
el moro entrarse, sabiendo
que no hay quien se le oponga.
Pues de Africa al desembarco
y con la abierta costa
que un castigo previenes
cuando el suceso pregona.
(Vase)
Tan tarde para el comienzo
presto verás seguras
con mi ayuda al Africano,
del poder desta Corona
afiarme al moro.
(Vase)
(Vase)
Para que mi fe conozca
salga esta fiera a campaña,
que allá verá lo que importa
ofender la sangre noble,
y cuando den las historias
cuenta en los futuros siglos
de cómo el Conde y don Orpas,
tomaron para vengarse,
satisfacción tan costosa,
podrán viendo la ofensa
que la razón reconozcan...
Salen Músicos cantando y Florinda al son de la música.
Dejadme memorias mías,
no me atormentéis el alma,
que no han de acabar las penas
lo que las penas no acaban.
Ni mi alivio pretenden,
si prevenís a alegrarme,
dejadme en la pena mía,
que mayor gusto me hacéis
en no hablar, ni me canten,
porque mi dolor creciente,
que antes deseo la muerte,
que el alivio a mi dolor
es dar ventura de amor.
La risa me da de verte.
A mí no, porque la tengo
hecha el alma a padecer;
ya para mí no hay placer,
y si acaso les prevengo,
de mi fortuna me vengo,
que como mudable bando
del corazón prevenido
para ver lo que hacer debe
y no por quien se lo estorbe,
sino por lo sucedido.
¿Quieres que me vaya?
Sí.
¿No quieres que canten?
No.
¿Ha de quedar sola?
Sí,
aunque sin mí, estoy en mí.
Vámonos todos de aquí.
(Vanse)
Qué bien hacéis en dejarme,
pues así podré quejarme
de la crueldad de mi estrella,
mas por qué me quejo de ella,
sino que sé a mí culparme;
yo misma a mí me quité
sosiego, honor, fama y vida.
de las flores la primavera,
si cupiera entre las flores
qué alivio de mi pesar.
Sale Rosaura con una carta.
¡Jesús, padre y mi señor!
esconder aqueste pliego.
¿quién os trae, Rosaura,
un pliego?
era criado del dotor,
porque hombre tan hablador
en mi vida llegué a ver.
dámelo acá.
Ya, si place,
en tus manos fío el reparado.
Lee.
De mi padre el mandado
reconozco, ¿qué he de hacer?
Hija mía, doite cuenta de la tardanza,
queja y como satisfacción de mis vo-
tos, tenía las tan adelante que me vieras;
es de tener todo lo que deseáis,
del rey don Rodrigo en la primera lid per-
dió todo, con lo cual todas las gentes
se van rindiendo a nuestras armas, que por
esta próspera fortuna que llevamos, quite
el espanto, que ya llegará la mano
Marchando al blando compás,
triste y piadoso acento.
No sé qué efeto mortal
han hecho en mí estos renglones,
que aumento más mis pasiones
con ser tan grande mi mal.
¡Ay pena más desigual,
que cuando yo pretendía
castigar las furias mías,
parece queja o viento,
mas porque si mi tormento
otro alivio no tenía;
porque España la traición
de un rey injusto y cruel,
pero si es la culpa de él,
pagarlo ella no es razón.
Paciente mi corazón,
bien que ella padece, mas digo,
queriendo pues no consigo
la satisfacción que espero,
mientras no vea primero
la muerte del rey Rodrigo.
A rigor se ha de medir
conforme el agravio fue,
mas sobre España por qué
el rigor ha de venir,
al mundo, qué ha de decir
de mí, cuando llegue a ver
pues causa vengo a ser
de desdicha tan extraña,
sino que se perdió España
por una infame mujer.
Infame dirá, es verdad,
que cuando instrumento soy
del mal que llorando estoy,
no ofendo mi castidad,
pues ¿cómo mi humildad
podrá este estrago sufrir?
Y cómo he de desmentir
lo que tan claro se ve,
de tantos males no sé
cómo tener duración.
Solo aqueste desconsuelo
ha de dar fin de mi vida,
qué pena tan repetida
en mi pecho es un Mongibelo,
mas si lo permite el cielo
¿qué me queda que esperar?
Y responder quiero, entrar
a mi padre, ¡ah, suerte fiera!
¡Oh, si tan ciega fuera,
aquesto pudiera olvidar!
Vase.
Deste valor, aunque Abulcasim se ofenda,
no hay ninguno, Tarife, que no aprenda;
pues tú por tantos modos
excedes en valor, y fuerza a todos.
A quien, noble conde, de secretos viertes,
imperios tiene aun con la misma muerte,
pues he visto que todos en España
más temen traición que fuerza extraña.
No es mucho, no, cuando contigo vengo,
que sientan la invasión, y le prevengo.
Y no es mucho, no, que a mi valor iguales;
otros ningunos pues contigo sales.
que del valor de un cristiano aguardes,
pues su valor, y puesto que acobardes ,
viene aun en todos a hacer alardes.
Hablemos desta cosa.
Lo que te han dicho Don Opas, mi deudo,
y lucido un correo.
¿Qué dice?
Que el bando viene de hacer las paces;
luego, con que a pesar de hacernos guerra,
que a la campaña saldremos juntos.
Todos se han de rendir muy fácilmente,
toquen un clarín.
Más que clarín, acuchíllanse; el ruido
por la campaña viene.
Allí se apea
un moro de un caballo.
Sale un moro con una carta.
¿Quién se emplea
que al gran Tarife en servirle acude,
que viene solo en alas del Austro?
Decid el aviso,
y dime a qué has venido.
Siempre en mí la obediencia he tenido,
Señor, a la majestad a quien sigo,
que el monarca nuestro, que su monarquía
aquí la alzó, de que a su cargo toma
ensalzar el renombre de Mahoma,
en tanto que un armado escuadrón brota,
de la africana mar la parda azota.
Para entrar por las costas de occidente,
rindió del triunfo mostrar al oriente,
cuando, que a tu valor se le ha dado
esta conquista, y que por este lado
esperan la ruina del enemigo.
Como soberana nación y como amiga,
africanos tropeles le previene,
y así marchando a toda prisa viene.
Con treinta mil infantes, Mahomato,
hijo del Rey de Túnez y su yerno,
y Zendalfario, el gran señor de Orán,
mostrando que en valor, nombre asombra,
enseñándole con pecho agradecido
que quedó del cansancio el abatido,
me adelanté con su carta a darte
la bienvenida, oh gran Tarife. Parte,
para que unidos ambos escuadrones
demos a la campaña despoblaciones.
No en vano el africano bando sus hechos
comienza, pues terrible a encender guerras
con tal personalidad, en tocando a armas,
que pide docientas que sirvan
a buscar de mi invencible arrogante
ha de dejar pero era adelante
donde la gente quedas,
Cuatro mil del ejército vienen.
Esa cuchilla,
de la cristiana sangre rubí esparció,
cada cual ha de ir cubierto de [pasmó].
No hay ningún Señor en todo el campo
que todas a la muerte dio el enojo.
Con eso la victoria me prometo,
conde; en tanto que llega Macometo,
de nuestra gente la ribera rozando,
sabremos de estas tropas qué marchantes.
Yo pienso que tendremos los bastantes.
¿Sabéis qué gente viene?
Los infantes,
sesenta mil, y con los treinta agora
que un exército haremos.
Cierto lo ignoras,
que además de estos veinte mil caballos,
tengo bastantes el mundo a conquistallos.
Vienen a dar a vuestra luz bastante
exército tan fuerte y tan pujante.
Si el mundo temblara de ver su brío.
Poblando las márgenes del río
todos de su valor hacen alarde.
Tras el de Marte corre el más cobarde.
Habrá a su lado quien conoce el miedo.
Así huyen de lobos, yo lo concedo.
De aquesta vez, Tarife, llore España,
en su dicha fatal.
Hoy por los llanos
coronaremos el laurel más soberano.
Vanse. Tocan cajas, y por otra parte salen el Rey Don Rodrigo, Don Opas, tropas con estandarte y guardas.
Bajo la altiva frente,
de este monte que quiere en lo eminente
con el cielo igualarse
el exército puede repararse
de la cruel fatiga
a que el cansancio de la marcha obliga.
Ya del monte por una y otra parte
solo se mira población de Marte.
Bien, Arzobispo, veis
lo que debo al cuidado y aliento
vuestro, pues a mis lados
brevemente habéis puesto mis soldados
a punto de batalla.
Ya la ilustre Alteza en la campaña se halla
con ciento y treinta mil de infantería
sin la caballería,
que son veinte y tres mil caballos todos,
y el valor que goza de los godos
que cada uno de ellos me advierte
horror puede causar aún a la muerte.
Brio a Sido asombroso
que a de hundirse la fiera mora
Aparte el pai
Q el en tranze sera, quiera los Cielos,
Sin enbargo que algun consuelo
tengo en mi tanto mal
de ver los españoles, que leales
Todos conparten de el
Muestran dandose segun Ven, Jura a el Ci-
elo. mas duro q de los pechos
Nunca espera ba ya menos fechos.
Los españoles, quan do no pudieran
aver Ven ci do, quan do no fueran
los primeros que dan hazienda, y Vidas,
por su patria, y su Rey;
O ren corosidad
Tu obra Sien to tus lamarziones
Que el ver asomar sus fuertes esquadrones
veras que el Sol, Como embidioso fiero
en los emboscados, de estos Soberbios
Plazen me ya de leales
Aparte el pai
Ai, Pobre Qui q puedo esperar de el?
El corazon me dize
aun que en confusas voces lastimosas
Que el dia que me aguardas
pareze que Saliendo Saco banderas
De la misma flaqueza
Tocan.
Deja Señor, discursos Alargados
que a la Razon molestais
Oien Cielos, pero q tan Sonoras
que Rompen los bronzes
Abriendo, azia esta parte nos van Cercando
A los quien geme oirlos
Su Estrago cede al Val Montañes
Quedaste, y manchando
por Sus margenes Viene ya poblando
de enemigos la Campaña Todas.
Ea españoles, Quitaranle a pedazos
buestros pechos en tierra
y Sois balientes hijos de la pelea
agora Sea de ber el fuego ardiente
quien funde Vuestro Aliento, q pavente
Teneis al Moro fiero
Sabeis de pelear, miras primero
lo que inporta Salir Con luzimiento
ya Sabeis Como Al barbaro Sangriento
por vn fiero omizida
no Solo nos parten de La Vida
Quedais luegos della, sin os quejaros
juntamente Vienen para afrentar
Patria, hazienda, gente, mirad Si buenos
que Al blason español nos ponga frenos
A este llanto feroz y mal rendido,
os tiene prevenido
que vuestra clara falta por tantos modos
sintiendo ya vivir y tocar a todos,
advertid que si os faltan
en España sin altar,
sin cruz y valor, que sois perdidos,
porque os habéis de ver desposeídos
de cuanto habéis ganado,
siendo esclavos de un moro que obstinado,
vuestros pechos quebrante,
con el castigo, y con tener delante
vuestras propias mujeres,
puestas ante los civiles pareceres,
viudas, doncellas tiernas,
e hijos para temerse;
¿quién hay que en tal desdicha quiera verse?
Ea, soldados míos, muerte honrosa
os ha de acreditar, no la afrentosa
opresión que os espera;
ésta advierta la ejecución postrera,
ninguno desconfíe
del cielo, y con valor su suerte guíe;
quiero ser el primero
que llegue, de la muerte, a los trofeos.
Vayamos a embestir, ¿aquí aguardamos? 66
A vencer o morir todos estamos.
¡España viva y muera Rey Rodrigo!
[Vase.]
Bajad, soldados míos, que ya os sigo.
Bajad con Dios, daréis el golpe fuerte
del brazo vengativo de la muerte,
que yo haré mientras dais la infame vida,
que el moro al embestir daros despida.
Vanse, y aparece Florinda en lo alto, que ha de ser como una torre en que estará una ventana, y en ella un peñasco hasta el tablado.
Desde aquí, de esta altiva torre,
que hasta el cielo se levanta,
suspiros al aire doy,
lágrimas, arroyo al agua.
Porque lloro mi desdicha,
y aunque es tanta mi desgracia,
no vengo a sentirla tanto,
como la ruina de España.
Que haya sido yo instrumento
para que mi misma patria
se pierda, y para que sea
del moro cruel esclava.
Tocan cajas como que se da batalla
Y mi honra se ha perdido,
quien se ha visto en pena tanta.
Un rumor siento que da
sustos, que por la baja
región al viento, de escuchar
mi corazón todo es ansia.
Tocan cajas, y clarines y voces dentro, Tarife y el Rey
Aquí es, nobles africanos,
donde habéis de ganar fama.
Cierra, España, Santiago.
Viva África, y muera España.
Tocan y dan la batalla, y salen los moros, y cristianos al brazo
Lejos el rumor se escucha,
sin duda alguna batalla
entre moros y cristianos,
se ha trabado, pena extraña
todo cuanto escucho, y esto
al corazón sobresalta.
Guerra contra España, guerra.
Santiago, cierra, España.
No desmayéis, españoles.
Salen el conde, y Don Opas
Ya, conde, gran llegada
la ocasión que deseamos,
no hay cosa como lograrlas,
mueran todos.
Arzobispo,
bien cumplisteis la palabra,
muera el infame Rodrigo,
muera, y cuantos le acompañan,
también, y aunque se queda
satisfecha mi venganza.
Vanse
Sale un moro, tras Salpicón
Date a prisión, cristianillo.
Mientes, perro, en cuanto a dar,
pues no he menester daros.
¿Sí?
Sí.
Pues date.
Detente, aguarda,
que aunque soy cristiano, echa,
que me achacas una plasta,
que tengo barba de mono.
Pues con aquesto me basta.
para prenderte que así
te pierdes por la ventura.
Al cabo he venido a dar
en manos de esta canalla.
Vanse.
Creciendo va por instantes
el tumulto de las armas,
o si fueran las vencidas
las banderas africanas.
Tocan y sale el Rey don Rodrigo con espada y rodela.
¡Ah, cobardes españoles!
¿agora el valor os falta?
¿para cuándo, para cuándo
queréis la sangre heredada?
No amancilléis el valor,
¿así la muerte os espanta?
¿qué os aprovecha la vida
a perder honor y fama?
Ya vencidos van los míos
y aun muchos de ellos se pasan
al ejército del moro.
De los que acción tan villana
como esta infamia consiento,
mas aquel que las escuadras
del moro alienta, no escape.
¡A traidor, qué ruin os pagáis
a su patria, y a su Rey,
pero ya vuelven las espaldas!
Cielos, ¿qué haré?, que traidores
todos me dejan postrado.
¡Victoria por nuestro Rey
Miramamolín!
¡Ay, ingrata fortuna,
cómo has cumplido
conmigo tus amenazas!
Castigo ha sido del cielo.
Como el dolor no me mata,
sin duda que inmortal soy
pues las penas no me acaban.
Venid, quitadme la vida,
venid de una vez, lograos
vuestra pretensión, ¿qué hacer?
Que volver a la batalla
no puedo, porque los moros
dueños son de la campaña;
salvar mi vida con huir,
por si le queda esperanza
a mi desdicha, estrella,
de volver a la demanda.
Y pues que la noche triste
Éntrase y sale Tarife, y Acmet y Opas saldrán al paso.
Cubierta de sombras pardas
viene la del candial día
su negro manto me valga
mas dónde iré si no tengo
castillo, fuerza, ni plaza
en que poder defenderme
ya todos me desamparan
a todos tenés ofendidos,
de Dios la divina persona
me castiga justamente
con piedad soberana;
para mí cierra las puertas
mi soberbia me hace faltar
viéndome ir de mis ruinas
a buscar en las extrañas
lo que me niegan las mías
por no saber conservarlas;
España, quedaste a Dios,
que al cielo temía espantar
con el dolor de dejarte
en poder de personas falsas.
Sin duda que se escapó,
aquí, Conde, estimarás
mucho más que la victoria,
Conde, haberle preso.
Vaya, que
quien ha perdido muy poco,
salva sus esperanzas vanas.
A vos de aquí la victoria,
Opas, se le den las gracias.
Y cumplo con lo que debo.
Gente parece que pasa
por la campaña, o suena
quien del caso me informa
¡Ah del campo!
¿Quién será,
quien desde esta torre llama?
Mi hija en la voz parece,
que vive aquí retirada.
¡Quién llama de arriba!
¡Padre!
Señor, no en vano llamas,
de que erais vos me decías.
Baja de la torre, baja,
quedo aquí satisfecho.
¿Qué decís?
Que ya vengados.
Entra y guía Rodrigo.
Me ofendió quien lo paga,
ya perdió cetro y corona,
ya llora su ruina España,
es todo lo que te ofrecí.
Aguarda, señor, aguarda,
que en vez de darme la vida
me has muerto con tus palabras;
por mí España se ha perdido,
por mí el Rey sin reino se halla,
por mí la lozana sangre
por el suelo se derrama,
por mí se han perdido tantos,
por mí se ven en desgracia
tantas huérfanas, tantas viudas,
yo sola he sido la causa.
Pues ¿cómo, cuando por mí
tantas ciudades se abrasan,
sufre, consiente, permite,
¡ay, cielos! mujer tan mala?
¿Cómo contra mí no arrojas,
en vez de la luz que exhalas,
volcanes que me consuman,
rayos que el pecho me partan?
¿Cómo ha de mirarme el mundo,
sino como a infame y falsa?
Cava cruel, yo mi vida
diera, sangre, y de su patria;
¿qué razón será que Cava,
una mujer tan liviana,
que por su culpa padece
España tan gran borrasca,
que a mí una razón me alcanza
y de su injuria venganza,
aunque le estoy condenada?
Muera yo, y pues esta torre,
que con el cielo se iguala,
y aquí me sirva de alas,
de aquesta máquina caiga,
ejecute, pues, la ira
lo que la justicia manda,
y diga el pregón: "Que muere
no la que antes se llamaba
Florinda por su belleza,
sino que muere la Cava,
causa de tantas desgracias".
Sepúlteme en sus entrañas
la Tierra, sí, que la Tierra
permita a quien la maltrata.
Asólase y cae al foso. Sale el Conde.
Caiga esta máquina altiva
donde quede sepultada,
para extraños siglos quedo
que lo merece su infamia.
Tente, aguarda, ya te has ido
hija Florinda mía
Extrañas las lástimas.
¡Qué acción tan desesperada!
¡Hija Florinda, ay de mí!
El corazón se me arranca,
Florinda, ¿ya no respiras?
Vuelve, hija, quitas estas ansias,
el cielo me dé paciencia,
mas ¿cómo el cielo ha de darla
a quien contra el cielo ando?
Gran castigo me alcanza,
ya mi delito conozco,
ya la vida me embaraza,
y a la divina Justicia
hace indina mi venganza,
contra mí fui, querelloso,
amigos, piedad se halla,
viendo mi dolor quitarme
la vida que ya me cansa.
Conde, si entre aflicciones
prudencia y valor os faltan,
más se aumenta la pasión,
más las penas se dilatan.
Con vuestra muerte a Florinda
ya no habéis de remediarla,
y así templad los gemidos,
vosotros destinadla
porque la demos sepultura.
Llévanla.
Para que mi venganza
se prosiga, marche al campo,
a Córdoba, que me alcanzan,
y destruir, y aun el mundo
he de poner a mis plantas.
Habiendo tantos traidores,
no me espanto que lo hagan.
A llorar voy mi desaire.
Conde, valor, que olvidan las...
Venid donde os esperan.
Señores, una palabra,
garrote den a Florinda,
aumento cruel pena da
su padre, mediante Dios,
cada los propios mañanas,
que quien a su patria vende,
no es mucho que tenga sarna,
lepra, y sapo, y sarampión,
y sobre todo una rabia,
y quien anda entre estos perros
es fuerza que ha de sacarla;
y aquí da fin el Poeta
a la pérdida de España;
solo porque un traidor quiso
tomar tan cruel venganza.