归于> 发布日期: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La descendencia de los marqueses de Mariñán. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-descendencia.
+
Jhs
Duquesa Margarita, Duquesa de Milán, y mujer suya Lorenzo, criado suyo y de la Duquesa , ha de salir galán Marrán Enrico Enrico, Duque de Mahón
Jornada primera. Salen el duque Esforcia y don Diego, Soto y don Alonso y don Sancho, y el secretario del duque. Asiéntase el duque y hacen comedimiento a don Sancho para que se asiente.
No haré tal cosa.
Haráslo, aunque no quieras.
Sobra es eso.
Sobra, y ves que tú faltas.
Aquí tienes lugar.
No ha de ser de veras.
Habrá habido, señores, varias faltas
y no pocas de mi pobre cena y casa,
de personas tan graves y tan altas,
mas si la fuerza y mano ha sido escasa,
la grata voluntad pesad, e importa,
que a gran distancia de la vuestra pasa.
Aunque eso, excelso duque, no se acorta
a gastar por servirte sin sosiego
con honra, hacienda, estado, vida corta.
Ya que tan largo fue el injusto juego,
a tiro por mejor.
Ochenta tantos
nos debió de costar a mí y a don Diego,
y acaso convertirían, no sé cuántos,
que en seis lances ganó Luis de Soto,
los alegres saraos en tristes llantos.
De eso me escandalizo y alboroto.
¿Y quién fue la causa, Soto?
Quien se mueve
de liviana ocasión, grande alboroto;
el que menos respeta, al que más debe;
mármol en condición, o duro bronce;
quien, más ni más, sin término se atreve,
el que se atravesó con don Luis Ponce,
ayer sobre unos tantos altercando,
si fueron ciento y diez, o ciento y once,
fuese el ocasionado y fue jurando
hacer de su edad bastante prueba
en campal desafío, cada y cuando.
Cuando a furor y sin razón le mueva
alguna, el alborotado y mal sufrido
ocasionando al cuerdo a que se atreva,
puesto que si de coro está ofendido
en mostrarse apacible se señala
la hidalga condición de un bien nacido.
Ningún vigor la loca furia iguala,
y en el blando sujeto caso es llano
hacer menos señal la ruda bala.
Trabar nueva amistad es, como sano,
y en el caso, aunque poco peligroso,
si de algún valor soy, pondré la mano.
No fuera otro ninguno poderoso
al estrechado pecho dar vado ancho,
que algún motín en juegos es forzoso.
¿Cómo osáis, o alegre estáis, don Sancho?
Como gané, no me eché en un enredo,
un rico lance y ganancioso rancho.
Si va a decir verdad, corrido quedo
contemplando lo poco que he perdido,
mas el deseo suple lo que puedo.
Si a la espaciosa sala os entráis do
se fue por daros de gusto nuevo modo,
con otra gente que juntan sordo ruido,
tendrá la fiesta así sin fin del todo
y reposar y reís pues esta noche.
No basta el dado gusto.
Pues está dada
aquesa farsa o comedia.
¡Secretario!
Señor.
¿Tiene...?
Más propio nombre este día
si se advierte el fin que tiene,
porque fuera del teatro
lo vi de ensayar ayer
y hay muchas cosas que ver.
¿Y es la tragedia?
Señor, que cuatro
traban combate reñido.
Fama y Fortuna a una parte,
a la otra el valiente Marte
y el amoroso Cupido.
Con armas y con razones
se pretende la victoria
y una y otra antigua historia
alegan por sí a montones.
Maraña es harto discreta,
de buen método y concierto,
donde se ha mostrado cierto
harto curioso el poeta.
Y viendo que aquestas fiestas
con tan grandes veras amas,
concertamos con tres damas,
no se quedarán honestas.
Y acá lo verán, y así gustáis.
Antes, por ser regocijo largo,
por lo aguardado, os encargo
que se pague a los farsantes
que bien debido se debe.
Y luego al punto traeréis
las damas que dicho habéis,
pues es negocio más breve.
Va por las danzas.
Pues la mayor alegría,
siendo alargada, es enfado;
dejar parece acertado
la farsa para otro día.
Estad, señores, atentos,
que siento ya salir gente,
que resuena dulcemente
los músicos e instrumentos.
Sale la máscara y en ella Brasilda. Va a pisar al secretario en el pie, danzando; después de acabada:
La fiesta ha estado curiosa.
No hay de poco tal contento.
Ni tal entretenimiento.
No vi más alegre cosa.
Pues yo pesadumbre siento,
de impropiedades sin tasa,
si la fiesta se compasa
con vuestro merecimiento.
No siento ansí, Dios me guarde,
cosa en que se pongan tachas.
Enciendan los pajes hachas
y partamos, que es muy tarde.
Si os da algún gusto, entre tanto,
con brevedad nos veamos.
Ganamos muy mucho; Soto, vamos,
que aguardan a grande rato.
Pueden salir pajes de fuera con hachas.
Adiós, quede tu excelencia.
Prospere el Cielo tu suerte.
Con brevedad vuelvo a verte.
No será larga mi ausencia.
Partid con Dios, que yo en tanto
prevendré a espacio las fiestas.
Vanse los cuatro y queda el duque diciendo:
Aunque si han de ser como estas,
nombre merecen de llanto.
Mortal brío y acuerdo
pierdo, y todo estoy confuso,
y a errar confieso el uso,
mas ya todo yo me pierdo;
y abrasan mil quebrantos,
y en el hado tiembla el alma mía.
¡Justicia, cielos santos,
contra tal tiranía!
¡Justicia, que me abraso en nieve fría!
Pídola al ancho mundo,
al más nevado risco y peña umbrosa;
justicia, mar profundo,
venced la llama mía.
¡Justicia, que me abraso en nieve fría!
Pues falta en este curso,
naturaleza pródiga, este día,
lo que en común curso,
y la experiencia guía.
¡Justicia, que me abraso en nieve fría!
¡Justicia, que a mi suerte
el llanto alegre ofende el alegría!
¡Justicia, que le es muerte
la vida al alma mía!
¡Justicia, que me abraso en nieve fría!
Excelso duque, ¿qué es esto?
¿Qué es la razón de este llanto?
que nunca te he visto tanto
alterado o descompuesto.
Nunca, secretario, tanto
lo estuve ni alguien lo estuvo,
porque nunca naide tuvo
ocasión de tanto llanto.
En tan breve, tan terrible
fuerza tiene el mal que dices.
En breve ha echado raíces
que arrancallas no es posible.
Siga el gozo al pensamiento,
no estés tan remoto y tibio,
cobra, señor, cobra alivio.
Aún no muestro lo que siento.
¡Crudo amor!
¿Qué es lo que pasa?
Mucho pasa.
Ten sosiego.
Tiemblo con un vivo fuego
y un helado temor me asa.
Crece el mal y multiplica
su fuerza, siendo encubierto,
que crece fuego cubierto;
y, si se me comunica,
de remediar tengo intento
tu tan áspera dolencia;
siéntese ya tu Excelencia.
Si del corazón me siento,
En esa silla se asiente
y esplíqueme su tormento.
Yo me siento y tanto siento,
como la muerte se siente.
Lo que siento callo y digo,
lo menos a que me atrevo,
a comunicalo pruebo,
siéntate tú aquí conmigo.
Acaba, siéntate aquí.
No me lo mandes, por Dios,
que es dar uno de los dos
en locura o frenesí.
Mandallo es cosa excusada.
Siéntate, que de eso gusto.
Si en ser yo Duque es injusto,
no soy Duque, no soy nada;
venció el llanto a la alegría,
y venció el mal a mi bien,
y al dueño mírame bien,
que no soy quien ser solía.
Hombre no, que, si eso fuera,
hubiérame el dolor muerto;
no piedra o metal, que es cierto
que el llanto me enterneciera.
Ya, dejando de ser vos,
¿Cómo así? Duque, ¿qué es esto?
De lágrimas soy compuesto,
o no sé lo que me soy.
Desventurado de mí,
más que necedad y engaño
la causa del llanto y daño
me veda el nombrarme ansí.
Entre dichosos me cuenten,
mas, ¡ay triste!, que no oso
darme nombre de dichoso,
ni mis ansias tal consienten.
Secretario, yo estoy loco,
yo me aflijo extrañamente.
No llores, que es accidente.
Es lanzar suspiros poco.
Siéntate, señor, por Dios,
y descubre tu ardiente llama.
A la entendida dama
que estuvo aquí junto a vos,
esta faz, que a Apolo bella,
más que el día ha graciosa,
esta disfrazada diosa,
esta radiante estrella;
aquesta, cuya belleza
el amor sube de punto,
de beldad vivo trasunto,
resto de naturaleza;
por esta en llorar me ocupo,
de aquesta aprendí las danzas,
las más trabadas mudanzas
que jamás corazón supo.
Aquesta el ser mío ha trocado.
¿Sabes su nombre y su vida?
es hija muy recogida
de un hombredalgo harto honrado.
Su nombre ignoro al presente,
ella Brasilda se llama.
Brasa que enciende tal llama
nombre tiene conveniente,
pues importa, secretario,
el veros vos con Brasilda
y en viéndoos allá decilda
que es al duque necesario,
mas no decid que pretendo,
o que, si la diera gusto,
no decid que es caso injusto,
vive Dios, que no me entiendo;
allá podréis informalla
cómo en amorosa fragua
ardiendo quedo, y que el agua
ella sola basta a echalla,
y pues soy tan suyo todo
podrás decir, si quisieres,
que del ducado ya veres
disponga y corte a su modo.
Ya de mí estarás seguro,
pues de mis varias maneras
probaste con cuántas veras
siempre tu gusto procuro.
Yo parto a verme con ella,
pues mil veces confiaste
su persona de mí, baste,
fíame el remedio della.
Al punto que sean partidas
las dos damas que danzaron,
que en su casa se quedaron,
descubriré tus heridas.
Al fin sosiega, que aquesto
tomo yo a mi riesgo y cargo.
Pues yo de aguardar me encargo
con lágrimas el suceso.
Vanse, y sale Brasilda con las dos damas que danzaron y quiérense ir, y dice la una:
Mi señora Brasilda, ¿a qué quedáis?
Vaya, que a quien amáis usamos mal término
con gente de su casa y tan su sierva.
Mas antes tengo conocida deuda
a acompañarlas; oyes, dame un manto.
No trate de eso, mire que es tardísimo,
y en palabras el tiempo está gastando
que importa poco; más gustosa plática
de esta vuestra, enamorada, y esa falta
nos compelía a dejalla; vuestro bien se entiende,
sobrar materia y que hay del tiempo falta,
diciendo mal de mí porque a quien la ha dicho
es decir mal, que en amorosa cárcel
os tiene el secretario, pues se viámoslo
tan claro como el sol sus rayos muestra;
turbaseos no la vista, mas el ánimo,
asistesle la mano y le pisastes,
perdistes el compás dos o tres veces,
más que os vide los ojos en él fijos
de tal manera que de dar dejastes
una vuelta sola, y esta falta
fue tan notable que la vieron muchos.
No digas tal, que gastas largas burlas
andando en grande enojo y recato,
y plegue al alto Dios...
Basta, Brasilda,
quedaos con Dios, que es tarde, y perdonarás.
Vanse las damas y queda Brasilda sola.
Mal finge burlas el airado rostro,
mal hace del valiente el hombre temido,
mal firme amador desamor finge.
Entra un paje y dice:
Un criado llegó del duque esforzado
que te pretende hablar, si das licencia.
¿Del duque? ¿Y sabes quál pasa suceso?
¡Ay mísera! Ya ha sentido mi flaqueza,
¿en qué reputación, triste Brasilda,
te tendrás ya de hoy más? ¿Qué luego dirásle?
Que se vaya con Dios, porque es infame
de recogidas y de honestas damas.
el dar audiencia. Mas, ¿qué digo? Vuélvete,
dirásle que en su presencia gozan mis
mis ojos, pues de mí podré quejarme,
riesgo es el mal teniendo el bien tan grande.
Miedo nacido del veros,
certidumbre de enfadaros,
temor grande de enfadaros,
sobresalto de ofenderos
son causa que temeroso
mil veces la lengua mueva,
y osar mil veces me atreva,
y ninguna de ellas oso.
Un poco eclipsad los ojos,
que tanto no reverberen;
y si algunos os vinieren,
suspenderéis los enojos.
Mostraréis algo afable,
y prestaréis grande audiencia,
hablando mejor, paciencia;
y conviene, porque hable,
que estas cosas de ocasiones
servirán con que prosiga,
o de que turbado diga
dos mal limadas razones,
que como quien va saliendo
de la ciega escuridad,
va a una escura ceguedad,
con la claridad rindiendo.
Ansí estaba en vuestra ausencia,
en negras tinieblas puesto,
y sufro mal tan de presto,
luz de tan grande excelencia.
Por tan grande cumplimiento
besoos las manos, señor,
por la merced o favor,
favor con carecimiento.
Supuesto pues que disculpa
esta beldad soberana,
a quien daréis vida sana
si en amores tiene culpa,
y supuesto que al descargo
también vos por más seguís,
si a mí y al que muerto habéis
hacéis de atrevido cargo,
y yo os suplico seáis servida
de aliviar el llanto y queja
de aquel que de vivir deja
antes de acabar su vida
y su insufrible dolor
volved en contentamiento,
aunque siento un gusto y siento
que es no aguardar mal mayor.
No otro le satisface,
porque del sabroso amor
la mortal llaga y dolor
remedie la quien la hace;
y si no es de vos, señora,
el mal que indigno parece
salud sin culpa merece,
no os amar, quien os adora,
quien jamás supo sentir
dolores tan desiguales,
y es el mayor mal de males,
no saber al mal sufrir.
Mirad que ofende un resabio
de crueldad esa belleza,
mitigad tanta crueza
que a vos misma hacéis agravio.
Volved, por Dios, esto os pido,
no venguéis vuestros enojos
en quien, dándoos por despojos
el alma, está tan rendido.
El blando amor atrevido
y fortuna favorable
quien me ha con semblante afable
ocasión tal ofrecido.
Y pues uno y otro ordena
tan amoroso con medio,
no es razón negar remedio
al alma, tan grave pena,
muy poco encubrille presta
pues él vendrá a descubrirse,
que fuego, se ve encubrirse,
más presto se manifiesta.
No hay más, sino porque muestra
de crueldad me habéis sentido
que antes a mí me han venido
mil recelos de la vuestra.
Si vos me queréis, yo os quiero,
y sufro todos dolores;
si morís de mal de amores,
yo de mal de amores muero.
Mirad en qué deuda os queda
quien de aquestas suertes paga,
y más que la mejor paga
es en la propia moneda;
y antes sospecha concibo
que en amor no me igualáis,
pues ansí en deuda me estáis
que es más que el gasto el recibo;
y aquesto a dudar me obliga,
en otra cosa no dudo.
¿No respondéis? ¿Estáis mudo?
No sé, por Dios, qué me diga.
Parece sois temeroso.
En esta ocasión sí soy,
y tan dichoso que estoy
de mi ventura quejoso.
Dulce amigo, ¿en qué imagináis?
No os vayáis, señora, alargando,
no más que vais explicando.
Al sano las medicinas,
y no digo que quereros
no quisiera, y que quisiera
que algún valor en mí hubiera
para poder mereceros;
mas el duque, mi señor,
me ha puesto a mí por su medio;
a él daréis el remedio,
que es quien padece el dolor.
Justo pago tiene y siente,
viendo tan grande desorden,
quien se arroja tan sin orden
y enconsideradamente.
Antes aquí os he mostrado
grande voluntad y amor,
que en un duque estáis mejor,
y señora, que en un criado.
Siento que por ser tercero
os burláis de mi afición,
siendo mejor ocasión
por sobrar para primero.
No me deis, Brasilda, nombre
de alcahuete o tercería,
que lo uno es mengua mía
y hace lo que debe un hombre;
aunque en razón y verdad
ese trato nombre tiene,
si el interés no conviene,
de verdadera amistad.
No es razón que me convenza,
y concluye malhadada
que amistad bien ordenada
desde sí mismo comienza.
Señora, el caso es injusto,
pues se ofende el duque de ello;
no tratemos más en ello,
valga por razón mi gusto:
que no es justo que contraste
mi gusto con su servicio,
y cumplo mal con mi oficio
si para mí negociase.
Muéveme mucho y convida
a lástima el ver la suya,
esta pobre se destruya,
y no su importante vida;
con lágrimas baña el suelo,
y con ardientes gemidos
rompe el aire, y alaridos,
y con suspiros el cielo.
La alegría le importuna,
triste, y dichoso se llama,
teme, quiere, ama, desama,
bien y mal, dice fortuna.
Finalmente, no se agravia
su valor más de eso poco,
viendo que vive el loco
con una amorosa rabia,
y dad, señora, en esto un medio.
porque he visto a lo que tal,
que a sentir yo el propio mal
quitara de mí el remedio.
No niego yo que me ame,
pero veda alguna ley
que el ser amiga de un rey
ha de ser hecho infame.
No siento ley que esto vede,
mas al fin es más honroso,
honroso y aun provechoso,
que un duque mucho es y puede;
y en su nombre os certifico
que, si propicia le fuéredes,
os dará cuanto pidiéredes;
haced ya lo que os suplico.
Que a medrar tal no mandes,
y gozarme quieres, dejarme,
y con un paje casarme,
que es común uso en los grandes.
Y quieres ver el lance que echan
las que este camino siguen,
mira el pago que conciben,
que aun los pajes las desechan;
y si no, saca por ti
si ha pasado lo que digo,
te casas tú conmigo.
Sospecho, por Dios, que sí;
pues salud al duque ofrezco,
digo que sí, y es buen modo,
y aun después de aqueso todo
soy cierto que no os merezco.
Pues dadme antes que partamos
firme palabra y la mano.
Sí doy, alegre y ufano.
Partamos a velle, y vamos.
Vanse, y sale el duque.
Solícitos temores destos varios,
vana esperanza, tierno sentimiento,
contrarios a los cielos, adversarios,
trocad de perseguirme el crudo intento,
deshaced movimientos mal contrarios,
quien la alma triste y afligida asienta,
ved que es para sufrir tan grave carga,
la vida corta y la esperanza larga.
Brasilda, dulce sílaba y brasa,
merece aqueste nombre de hoy más,
temo que la he de ofender, siéndome escasa,
humano avara tu beldad extrema.
Una guerra campal en mi alma pasa,
en la cual yo, y en fin, me contenía,
con el bien breve, el mal que va a la larga,
la vida corta y la esperanza larga.
No digo aquesto porque el mal rehúse,
que gloria es padecer por quien padezco,
de aborrecerme gusto, que pues puse
en ti, do mi amor, a mí aborrezco;
temo que tu limpieza te me excuse,
y el bien me quite, y mal que no merezco
dando, ¡oh, cuál me dará mi suerte amarga!,
la vida corta y la esperanza larga.
En ti pondero, variedad de sobras,
Brasilda hermosa, y variedad de faltas,
pues para ser manceba mucho sobras,
y para ser duquesa en algo faltas.
Mas perdióme por ti, si no me cobras;
aunque me admire el veros a tan altas,
el verme fuerza echarme con la carga,
la vida corta y la esperanza larga.
Excelso duque, ¿qué es eso
que te celen, duque, te aflige?
Aguardo, como te dije,
con lágrima el suceso.
Antes parece que afloja
del mal la furia algún tanto.
Es que va menguando el llanto
como crece la congoja.
Si es porque me he detenido
gran sobra de razón tienes.
Suple lo que te detienes,
al gozo de que has venido,
y aquesto y desconfianza
me han cumplido a que mida
la brevedad de mi vida
y longura de esperanza.
Antes, Duque, lo que importa
es, trocando el negro luto,
medir de esperanza el fruto
con la vida, que más corta.
¿Cómo ansí? Que estoy suspenso.
Mi triste suerte mejora,
di la causa.
Entra.
Entrad, señora.
¿Es Brasilia, o bien inmenso?
¿Es verdad, o falso sueño?
Servicio tal, ¿qué merece?
De los menores parece,
pero no es el más pequeño.
Quien tamaño bien me ordena...
Quien ha sido un grande asno,
pero ya me desenasno
y soy cuerdo por la pena.
Falto méritos ajenos
en mí del bien que me das,
mas ni pude pedir más
ni pudiste darme menos.
Córrome mucho, y apoco
de lo que escuchando estoy,
que aunque lo que pido doy,
sé que más puedo, y doy poco.
Muy mucho me dais, por Dios.
Que fue el serviros necesario
pertenece a el secretario
y ser el primero vos.
Pues valgo yo por mí menos,
o por sí sola mi fe.
No más, no digáis que fue
ocasión la fausta, al menos.
Baste, y razón es esa,
que mil servicios me hizo,
y siempre me satisfizo.
Y de este solo me pesa.
Tal me habéis puesto, señora,
y en mi triste corazón
hizo el mal tal impresión
que al bien no conozco agora.
Y qué cosas de alegría
suceden ya a las funestas.
¡Ah, Duque, cuánto me cuestas
por la gran necedad mía!
Del bien la fuerza he sacado
de que vence a mi tormento.
¡Ah, reniego de contento
tan a mi costa alcanzado!
Grande obligación os tengo,
mas veréis si salgo de ella.
Cuando no cumplas con ella,
harto apercibida vengo.
Contra verdad se comete
agravio en dudar lo cierto.
Quien fue canal descubierto
de su mujer alcahuete.
En esto, pues que se trata,
no trato, mas no te trates,
que pierde de sus quilates
el bien cuando se dilata.
Por gozar alegre el fin,
digno a los dolores míos,
Secretario, los dos, iros
a la casa del jardín,
y aguardad mientras despacho
un mensajero que importa.
Será la tardanza corta
y es razón darle despacho.
Allí y doquiera me obligo
que hagas de mí a tu modo,
pues es ya tan tuyo todo.
¿A quién dices?
¡A ti digo!
Id, llevadla de manera
que naide entienda el secreto.
Duque, de hacerte prometo
a otro, si para mí fuera.
Vanse.
Al propio metido han
las cosas como deseo.
Hola, llamadme al correo
que vino de Marxiñán,
y ya no va quedando cosa
de que repugnancia sienta.
aunque un poco me atormenta
una sospecha celosa,
lo que digo y la belleza
de Brasilda a esto me mueve;
mas del secretario debe
sospecharse tal bajeza.
Entra el correo.
¿En qué estado están las cosas,
que agora estoy para oírte?
Ya hoy comencé a decirte
las revueltas contenciosas,
peligros, pendencias, fueros,
mil bandos y disensiones,
alborotos, divisiones,
amenazas, desafueros,
que en Mariñán son comunes;
tanto que el fuerte se estraga,
viendo que segunda paga
se les debe desde el lunes,
y quizá les va oprimiendo
la cruda hambre de manera
que más guerra no les diera
el enemigo viniendo.
Suplícate que dispongas,
vuestro general Lindano,
y tu poderosa mano
en casos tan arduos pongas,
que ya no hay maña en sí
con que la gente entretenga,
que no hay soldado que tenga
tan solo un maravedí;
y viendo la furia rara
de su campo alborotado,
por su mujer ha enviado
y su mujer a Ferrara,
y razón de que satisfagas
obligación tan urgente.
Dirásle que brevemente
daré el sueldo de dos pagas.
Luego tomarás la vía.
Di que lo menos aguarde,
con lo más será más tarde;
dentro de tercero día,
que es por agora imposible.
No te detengas más, vete
y que la gente quiete
de la manera posible.
Jornada segunda
Sale Brasilda y el secretario.
Ni el troyano con su Elena,
ni con Ero su Leandro,
ni con Campaspe Alejandro,
ni Jove con Alcmena,
ni otros varios que no muestro,
gozaron, Brasilda hermosa,
ocasión tan venturosa
como aqueste siervo vuestro,
que el gusto y lance más raro
que la antigua edad celebra,
gran falta padece y quiebra
si con este le comparan.
Es estilo común tuyo
dar un favor y otro injusto,
siendo la igualdad de gusto
dar a cada cual lo suyo.
Córrome en ver que me falta
fuerza en que tampoco exceda,
en cosechar que no pueda
serviros, merced tan alta.
Nombre honroso dais y propio
a tan pequeño servicio;
mi deuda cumplo y oficio,
dándoos lo que es propio.
Aunque por la desiguala
era de tan bien remoto
amor de igualdad devoto,
lo más desigual iguala.
De engrandecerme no acaba
tanto cuanto os ha humillado
Ruido siento apresurado.
El duque es, que ya tardaba.
Descubramos, si el cometerlo...
Encubrirlo es lo mejor.
Dejaba de ser amor,
si pudiera ser cubierto.
Entra el duque
Secretario, ¿en qué se entiende?
Era Brasilda estar temiendo,
y ansí estaba la diciendo
que a su gran valor ofende.
Y decidme, ¿si fue posible
que de alguna parte os viesen,
o que venir os sintiesen
a aqueste sitio apacible?
El negocio está encubierto
hasta aqueste punto, y todo
lo habemos hecho de modo
que mal será descubierto.
Ya estaba bien claro aqueso,
que en manos del secretario
el caso más arduo y vario
tuviera feliz suceso.
En todo lo que a eso toca
no hay duda ni iniquidad,
pero pésame en verdad
el oírlo de tu boca,
ansí que en aquestas obras
mucho le debéis por acierto.
En voluntad, mucho cierto.
Lo más que deudo, son obras.
Obras debéis a Brasilda,
hacéisme formar sospecha.
Basta la merced hoy hecha.
Hoy merced cual es debida.
Parécete chica obra
delante ti acreditarme
y con palabras honrarme,
pues para quien yo soy, sobra.
Está bien, es necesario,
porque coja el fruto tierno,
perdido a tan largo invierno,
que te vayas, secretario,
presto.
No te contradice
jamás, a quien te entregó.
¡Ah, secretario, sea luego!
El corazón se me aflige,
soy contra mí mismo y doyme
con tal herida en el pecho.
Sale de rempujones el duque
Aguardad, que haga un mal hecho.
Vete, secretario.
Voyme.
Esconde parleras aves,
cuadros de varios rosales,
verdes árboles frutales,
en gusto y sabor suaves;
flores purpúreas, rosas,
piden que nos asentemos,
y aun convidan a que echemos
con fin dulce, aparte cosas.
¿Qué teméis? No sé qué hubiste,
quién el temor te ha causado.
Verte tan determinado,
y al secretario tan triste,
duéleme dél grandemente,
y admírame tu aspereza.
¿Por qué razón?
La tristeza
que le siente, Brasilda siente.
El atrevimiento y culpa
perdona, con que a ti vengo,
pues que la ocasión que tengo,
y tu beldad me disculpa.
¿Qué haces, duque? Detente,
que la fortuna y amor
daba otro modo mejor,
más idóneo y más decente.
Si por tibieza o temor,
como me vine me vaya,
daránme matraca y vaya
los profesores de amor.
De forzarte lugar me ofreces,
y el bien que se estima y precia,
dado a fuerza se desprecia,
y el liberal da dos veces.
Bien es el casto temor
y tierno deseo amanses.
Tente, duque, no te canses,
ocasión habrá mayor.
No daba la ocasión modo
que al principio aquesa diosa
muestra la frente greñosa
después calvo es otro todo.
Mírame con fama, y tu honra
a la tuya das aumento,
y al mal estraño que siento
nombre añades de deshonra.
Nombre de asno el duque cobra,
porque una afrentosa albarda
da el vulgo, a quien tiempo aguarda.
Teniendo de tiempo sobra,
amansa, Brasilda, presto
esa condición terrible.
Es por agora imposible.
Algún misterio hay en esto.
Sin duda ha tenido efeto
mi concebida sospecha.
Gran traición me ha sido hecha;
fuera femenil afeto.
Pónela una daga a los pechos, y dice:
Juro por el eterno Dios del cielo,
si más con tus razones porfiadas,
por bien o mal, por torpe o casto celo,
y en mis nuevos intentos no me agradas,
de con tu roja sangre el verde suelo
teñir, dándote muerte a puñaladas.
Di lo que en esto hay; porfías esquivas,
en qué razón o fundamentos estribas.
Sin multiplicar blasones,
ni tan furiosa insolencia,
dijera ante tu presencia
lo que pasa en dos razones.
Y a no ser tan necesario,
sirviera poco todo eso;
y ansí, que tuve, confieso,
grande amor al secretario.
Y fui a declarar mi intento,
y viéndole tan injusto,
y tan honesto mi gusto,
me le ofrecí en casamiento.
Y él con generoso pecho,
sus ansias viendo y disgusto,
trocó por tu gusto injusto
su tan honroso provecho.
Y desto solo movido,
tu bien por tu mal trocando,
una condición sacando,
acetólo ya ofrecido.
Y fue aquesa: que ante todo,
perdiendo de su interese,
tu voluntad torpe fuese,
y ansí te ofreció este modo.
Y si de algo temido,
quedando solos los dos,
se duele, ofensa de Dios
y traición de mi marido.
Ya pues tan vanos antojos,
dé de mano tu Excelencia,
y a mí, si gusta, licencia.
Vase Brasilda.
¡Oh, nunca tuvieran mis ojos!
¿Qué es aquesto, cielos santos,
que el placer tan breve llevo,
multiplicando mis llantos?
Un mal como aqueste, eterno,
no cabe en humano pecho,
porque decís me habéis hecho
un Tántalo en el infierno.
¿Gustáis de nuevo padezca?
¿Qué es esto? Decidme, os ruego,
¿rociáis con agua el fuego
para que de nuevo crezca?
¿Al secretario disculpa
su voluntad? Mas ¿qué digo,
en tan mortal enemigo,
que impidió mi bien? No hay culpa,
su muerte pide el deseo,
mas es dél indigno pago,
pues no hay otra orden, ¿qué hago?
En gran confusión me veo.
gran riña trabó conmigo,
y esta temeridad notoria
pretender ganar vitoria,
porque Amor me es enemigo.
Extremos mil que no digo
ya me vienen a parar
como a roca el recio mar,
y ansí combaten conmigo,
y aunque tan flaco, peleo,
especialmente con tres:
honra, amor y mi interés.
Dos extremos y un deseo:
bien es darse al más pequeño
contrario, tan desmayado.
Tanto estoy, y a fe que ha dado
la imaginación en sueño.
Siéntome al pie de este aliso,
que el ánimo a él provoco,
por si de aliviarme un poco
fuese de amor este aviso.
Árbol, al mal que padece
mi alma, no des aumento,
cual nogal que al soñoliento
convida y le desvanece.
Échase y sale el Amor asido a la Honra.
Torpe Amor, sucio, atrevido,
arrevolvedor de placeres,
suéltame, di, ¿qué me quieres?
Aun nunca me has entendido.
Dime, Amor, ¿todos no saben
como es notoria verdad
que el amor y majestad
en un sujeto no caben?
Bien aquesto entiendo,
mas yo solo en el que digo
quiero estar y no contigo.
Pues tanto en ello me ofendo,
con venganza me confundo,
de que compararse quiera
un hijo de una ramera
con la que gobierna el mundo.
La fanfarria está donosa,
mis obras muestran quién soy,
y lo que nunca das, doy,
honra grande y provechosa.
Das lo que te falta, infame,
mengua darás y deshonra,
si no pierde el de más honra
por el mismo caso que ame.
Mueves deseo furioso
que a la razón desordena,
no descubre su faz serena
luz con velo tenebroso.
Ciego error que el mundo abarca,
oráculo de mentira,
cárcel perpetua de ira,
puerto peligroso a barca.
Cierta guía de tristeza,
amigo del enemigo,
enemigo del amigo,
monstruo de naturaleza.
Mortal laberinto oscuro,
desenfrenada locura
del cuerdo, que de ti cura,
inquietud del más seguro.
Rey de llanto y peña fuerte,
autor de secreto engaño,
cifra de revuelta y daño,
lazo de notoria muerte.
Quien de Dios nombre te ha dado
te pintó de esa manera,
otro ninguno lo hiciera
que amador apasionado.
Solo es ciego aquel que guía
su voluntad al tormento
y rinde el que en un momento
tema, espere, llore y rría.
Es tu llama rigurosa
del triste amante el intento,
cáusalas su pensamiento
o su esperanza dichosa.
Tus armas y oficios varios,
flechas y prisión esquiva,
de la voluntad cautiva,
son efetos voluntarios.
Manchaste la feliz suerte
del gran César, Turno y Niso
haces Orfeo, Narciso,
y Fis, y Agamenón fuerte,
del cauto Aníbal, que hiciera
otras mil varias hazañas.
Si en amorosas marañas
el humano no le mintiera,
con Lucrecia y Vitrucia, nida
de castidad cada cual,
ha de querer ser igual
la adúltera por maestra.
Tienen las dos igual precio,
porque nombrando a Lucrecia,
dice el vulgo: «puta y necia».
Más tonto es este, y más necio;
a Briselda, Torpesila,
Cornelia, Persia y Lavisa,
¿no es el comparallas risa
con una Porcia o Camila?
¿Cuál más nombre adquiriría:
una Naxares en piedra,
o la deshonesta Fedra,
que a Hipólito requería?
Y porque hablar es loable,
César, en razón fundada,
hable la Troya abrasada,
Grecia alborotada hable.
Si la pasión no me engaña,
podrá aquesta contra Persia
soltar, Francia, Italia y Persia,
y la flor del mundo, España.
Y, ¡ay!, reina, donde yo reino
no alboroto, antes veo
que amor de Tulia y Pompeyo
fue paz del romano reino;
y después que fenecido
hubo, con notorio engaño,
trabaron combate extraño
César, su padre y marido.
Con mil infames que ha habido,
más que las dos y Eferea,
es bien comparada sea
la honesta y varonil Dido.
Dido honesta, el gran troyano
de eso será gentil prueba,
y la cavernosa cueva
donde entraron mano a mano.
Mira si acaso deseas 193
ver de eso un breve compendio,
si el desesperado incendio,
por verse dejar de Eneas,
por honra de su suelo
quiso en vivo fuego arder,
y por no satisfacer
del rey Iarbas el deseo.
Desque los griegos dejaron
la fuerte Troya asolada,
hasta ser Roma fundada,
¿di, cuántos años pasaron?
Pues tus medios fraudulentos
fueron de aquel mal las llaves,
por lo menos muy bien sabes
que fueron más de trecientos.
Antes luego imposible hago
esta ignominiosa afrenta:
que antes de Roma sesenta
años se fundó Cartago.
Y el troyano fue venido
a las libias riberas,
que, a no ser ciego, las vieras
antes que naciese Dido.
De guerras y sinrazones
has sido siempre autor diestro
y fabuloso maestro
de poéticas ficciones.
De Lidia, por quien moría,
tuvo el famoso Marón
para encumbrar ocasión
la latina poesía.
A Galo a Eserinia inclina,
y Lico, la Lesbia a Catulo,
Plania al famoso Tibulo,
y al grande Ovidio Corina.
Y si pasas con porfía
a tus confirmaciones ciegas,
lo que por tu parte alegas,
es probación de la mía.
Dicen tus razones necias
que a Aníbal y a otros vencí,
y en amores me así,
pensando que me desprecias.
y comenzando de atrás
los dioses de los gentiles,
puedes consultar y diles
que entre ellos valió más.
Jove hecho toro a Europa,
Jove hecho fuego a Egina,
pastor hecho a Mnemósina,
y hecho sátiro a Antíopa,
hecho cisne, es cierta cosa,
ser Leda por él gozada,
y hecha una lluvia dorada
gozó de la Dana hermosa,
caballo hecho porque asalte
a Neptuno dos mujeres,
no poco Medusa y Ceres,
hecho carnero a Besalte,
por ser adúltera ves
a Jove hecho Anfitrión,
y por la propia ocasión
se volvió Neptuno Alfeo,
dejando el curso divino,
a Porsile da a Saturno
fue convertido en caballo,
y no es lo menos que estimo,
Midón de poca honra sacó,
vergüenza al padre Baco
a Erígone hecho racimo;
y referirte no quiero
otras suficientes pruebas
de aquestos tiempos más nuevas,
que es agravio de tercero.
Mas para poner la cima
a lo que dudando estás,
y tú parte, y luego verás
en cuánto el Duque te estima.
Vase el Amor.
v
Si de ti, lascivo Amor,
alguna vez soy vencida,
es por ser mal conocida,
mas no por ser tú mejor.
Vase la Honra y despierta el Duque.
¡Válgame Dios, qué confuso
despierto! Malhaya el sueño,
pensó hacer mi mal pequeño
y en más confusión me puso.
Acuerdóme que, durmiendo,
en mi triste fantasía,
el crudo Amor embestía,
un mal hecho persuadiendo.
La Honra dijo que aspire
a cosas de noble pecho,
y, dejando el torpe hecho,
a mi honra y quién soy mire.
Mil juicios varios revuelvo,
mas dar muerte al secretario
es sutil y necesario,
y en aquesto me resuelvo.
Vase, y sale Brasilda.
Pensaba el Duque que, a todo hecho,
por verse en el jardín conmigo a solas,
sin advertir que nunca el noble pecho
con duras amenazas se viola,
que fuerza o que valor o qué cohechos,
de ocasión fiera la rotunda bola,
quién basta a contrastar el querer mío,
si el propio Dios no fuerza el albedrío.
Sale el Secretario, y hace que no la ve.
v
¡Oh, qué venturoso encuentro!
¿No me veis? Tened el paso.
Al fin vine a vos, acaso
como la piedra a su centro.
Mas dando licencia, aparto,
porque solo por no hablaros,
y temiendo de encontraros,
me aparté por este cuarto.
¿Por no encontrarme, decid?
Por no os encontrar, Bra.
¿Qué ofensa
os hice, que estoy suspensa?
Tu injuria, Bra, pues bien se ha oído.
Sabed que a solas estando,
lamentando mi pasión
y el fuego del corazón
con lágrimas mitigando...
Aún cumplía a mitigallo.
Llegó.
Decid, ¿quién llegó,
qué hubieseis?
El que encuentro,
y que tiemblo en imaginallo,
y del caso sucedido
me dio claro testimonio
que a algún furioso demonio
en él viene revestido,
y con crecida insolencia,
de enojos y cólera ciego,
dijo: «Impórtame que luego
hagáis una breve ausencia».
¿«Breve», dijo? ¡Oh, caso fuerte!
No advirtió que la más breve
que hacer puedo de vos, debe
depender mi vida o muerte,
y lo que más, que me ha dicho,
siento, y me tiene confuso,
y es que en el veros me puso
y está claro su entredicho.
Señor, si el duque tirano
se nos muestra tan cruel,
si vos queréis usar dél,
el remedio está en la mano;
llevadme, mi bien, os ruego,
con vos.
Luz de aquestos ojos,
dais al duque más enojos
y echamos leña en el fuego.
Pues este siquiera os cuadre:
pues peor, ya que si quedo
sin vos, porque vivir puedo,
viva yo en cas de mi padre.
A la mano os id un poco,
no injuriéis a aquel de quien
vuestro reparo y mi bien
depende.
Aquese tampoco;
solo a vos tengo por bien,
con quien me dejáis, decí,
con él, sin vos, y sin mí,
mirad con quién y sin quién.
Vuestro llanto y grave carga
al menos aliviar debe
el ver que la ausencia es breve.
La más breve ausencia es larga;
Escuchad.
¿Qué os da congoja?
¡Adiós, mi gloria!
Aguarda,
¿no viene el duque?
A causa,
con el miedo, se os antoja.
Miedo es o no.
¿Pues qué tanto
os alteráis?
Que deseo
no partir de vos, y veo
que su mandado quebranto.
Con dineros y esta carta
parto a Marviñán, y luego
dadme ya licencia, os ruego,
pues luego mandó que parta.
Partid, pues os da contento.
Nada os tengo que encargar;
bien sé que habéis de llevar
adelante el casto intento.
Desto no siento ninguno,
sino es que mi vuelta aguarda.
Pues sea presto, que si tarda,
no aguardo ese ni otro alguno.
Siento el corazón sin vos
con mil sospechas dudoso.
Es el amor temeroso;
adiós, mi Brasil.
Adiós.
Jornada tercera. Sale el Secretario y Teodoro, su criado.
Anda, amigo, lamentemos
el mal que ansí me contrasta,
pues a lloralle no basta
uno, los dos lloraremos;
que si alguna vez oíste
que el mal callando decrece,
cosa incierta me parece,
y en opiniones consiste;
que es de una aflición esquiva,
que va el alma consumiendo,
se contempla, y en diciendo
piensa que su fuerza aviva.
Espántame cuán poco andas.
Voy atónito y suspenso.
¿Qué imaginas?
Señor, pienso
eso que pensar me mandas.
Y otros inconvenientes
que contrastan mi deseo.
Según alegarte veo,
muestras mucho y poco sientes.
Ser quisiera, mas no puedo,
más compasito, más blando;
pero, la verdad hablando,
en sentimiento te excedo.
No, por del mal consolarte,
me excedes en sentimiento,
pues soy yo quien el mal siento.
Bueno aqueso.
¿De qué suerte?
En breve lo has de decir,
no me interrumpas el llanto.
Siento el mal presente tanto
y más siento el porvenir.
Necia razón y aun proterva,
poco concluyes con eso,
porque el futuro suceso
a Dios solo se reserva.
No es bien que a aqueso resista;
pero, señor, imagino
que con el dedo adivino
lo que no vee la vista,
porque di que ya me alargo,
el duque quiso encargarte,
trabajase por una parte,
y trabajoso cargo
el de tu oficio.
Pregunto,
¿es bueno trocar mi oficio
y perder por su servicio
de quien soy?
¡Gran mal barrunto!
Barruntas mal, que es deseo
de se asegurar.
En fin,
vuelves de ruán a ruin,
de secretario a correo.
Pues responde a lo que digo,
que a rato que miro en ello
no es ese su propio sello.
Sí.
Pues ¿cómo va contigo?
Debió sin falta impidille
la variedad de cuidados
con este multiplicados,
y olvidósele el pedille.
¡Qué flacas esas razones!
Y aquesta carta, quienquiera,
no ser de humano escrita.
Tuve mil ocupaciones
y, para decir verdad,
debióla de escribir él
o algún su vasallo fiel
para mayor brevedad.
Ten, señor, el ojo alerta,
que te aviso.
¿Qué me avisas?
Que llegue de estas premisas
la conclusión, pues es cierta.
¿Qué conclusión?
Imagino...
¿Qué imaginas? Dilo presto.
Que hay traición alguna en esto.
¡Qué gracioso desatino!
¿De el duque el valor ofendes
y en mi lealtad pones duda?
El corazón se me añuda
con sospechas.
Mal lo entiendes.
¿Resiste a quien te acomete
y ofende?
Que es razón,
y aun es hacerle traición
abrir la carta.
Villete
y es justa ley. Cuánto dañas,
confianza, esa ley quiebra;
que una enroscada culebra
siento viva en las entrañas.
Quieres, señor, desatalla,
que puedes perder en vella
y escribir otra como ella,
si no me engaño, y sellalla.
Liviano es el que se cree
tan de presto.
Acaba de hacello.
¿Quieres, pues tú, que estás de ello,
estás contento?
Sí, lee.
Abre la carta y léela.
«Tener a Lindano no ha sido posi-
ble antes de agora y me ha costado
atrasadas dos pagas a quien las
lleva, que es nuestro secretario. Me
importa que con el secreto posi-
ble deis la muerte y no os altere».
Este mandamiento ni parezca
os cruel, básteos saber que es muy
justo, y que importa a la quietud
de nuestro estado y seguridad de mi
persona, y de cualquiera riesgo,
si alguno puede correr, os sacaré
a paz y a salvo, y el duque es fuerza.
Castigo das tan terrible
al que asombró tu corona
con riesgo de mi persona,
mil veces con guerra horrible.
Pues suplico a Dios eterno
que la tierra se me hunda,
y con rayos me confunda,
y aunque el mundo se trabuque
no averigüe la injuria hecha.
Mira cómo mi sospecha
ofende a valor del duque.
Con mil tamañas desgracias
que a porfía se amontonan.
Yo callo por no afligirte,
aunque era buena ocasión.
Qué maltrato, qué traición
trataba yo para hundirte.
Diré, viendo ejecutada
en mí tan injusta ley,
que le pudo hacer un rey,
mas yo no le debo nada.
Este pago ha merecido
el que su estado gobierna,
y desde su niñez tierna
se ha en servirte consumido.
¿En qué, duque, te ofendí?
Mas pago justo es que digo,
pues fui, por serte a ti amigo,
traidor contra Dios y mí.
No, estas cartas en mi presencia,
mas pues que me certificas
deste mal y notificas
de mi muerte la sentencia,
romperéte en partes mil,
que si el duque aquí estuviera
y a la obligación rompiera
natural y la servil.
Mas mal hago si la rompo,
¿qué hace al caso a lo que trato?
Y si rompo algún pedazo
mis intentos interrompo.
Teodoro, vuelve a Milán
y con un modo discreto
sabe el punto con secreto
en que las cosas están;
y cuando lugar tuvieres,
usando de estas dos llaves,
en mi escritorio, ya sabes...
Ya lo entiendo, di, ¿qué quieres?
Pues gustas que me resuma,
no quiero alargarme más.
Sólo digo que hallarás
el dinero y buena suma.
Ten presto, que el fuego en que ardo
atizas mientras más tardas.
Y dime, ¿en qué parte aguardas?
Dentro en Mariñán te aguardo,
y con una razonable arte,
si no me engaño trazada,
tengo con qué franca entrada
me darán. Ya es tarde, parte.
Mas será que razonable
pues tú la traza. Adiós.
Vaya, Teodoro, con Dios,
y mis negocios entable.
Vanse, y sale el duque y un criado.
No digo más, parte al punto.
Pondrélo por obra ansí.
Pues por vella aguardo aquí,
y mi bien o mi mal junto...
Pobre de mí, que es tal mi desventura,
y mi mal a tal término ha llegado,
y a tal punto el dolor remitiéndome,
que ya de todo estoy ronco y cansado
de estar pidiendo a voces muerte dura
para remedio del dolor que siento.
Busco la muerte de morir sediento,
muero por memoria y nunca muero,
que esta rabiosa vida
que tengo aborrecida,
me quiere sola porque no la quiero.
Déjame, vida; date priesa, muerte.
Mas ¡ay, cuitado!, que os trocáis la suerte,
no tienes muerte, no te fuiste, vida;
ni tú te fuiste, ni la muerte viene.
En fin, entrambas procuráis mi daño;
a la que llamo apriesa se detiene,
y aquella que quería ver partida,
no se parte por darme el desengaño.
Sigo la vida, mas con miedo extraño.
Cuanto puedo aplicar para perdella,
dello se desaplica, y de suyo se aplica
para que pueda conservarme en ella,
que para a mí no quiere Amor que haya
muerte que venga, o vida que se vaya.
Entra Brasilda y dice.
Señor, por obedecerte
vengo.
Seas bienvenida,
aunque en tan penosa lida
viniera mejor la muerte.
Pero, Brasilda, no acabo
de entender ese favor;
¿cómo me llamas señor,
si me das por esclavo,
con palabras me haces rico,
cómo "obedecer" me dices,
pues que siempre contradices
lo que tanto te suplico?
Señor, esas quejas tristes
son después que vine yo.
No, mi Brasilda, sino
después que os miré y me vistes,
que de tal suerte me vi
después que merecí veros,
que por ganar el quereros
el ser natural perdí.
De todo perdido fui,
pues vos no me recibistes.
Pues si sois quien me perdistes,
vos daréis cuenta de mí;
veo la perdición que hicistes,
mío, ni vos me tenéis,
fui, ni yo ni vos sabéis,
cuyo soy o a quién me distes.
Duque, ser tuya presumo.
¡Oh, Brasilda!, no estoy loco.
No soy; pues tan poco a poco
en pasiones me consumo.
Advierte que no es razón
que tu hermosura me mate
y está pagado el rescate,
sin esperar redención.
Dar remedio a un corazón
que en fuego se está abrasando,
¿acaso holgarás notando
que es de fuego la pasión?
No venga lo que presumo,
mira que es injusto intento
que des de fuego el tormento
y la esperanza de humo.
Mira, duque, que es contrario
lo que pides a tu ser,
pues sabes que soy mujer
de tu propio secretario.
¡Ay, insufrible dolor,
que es tanto de ti querido!
La obligación de marido
añade, duque, el amor.
Grande amor será, por cierto.
Y muy mayor el recibo.
No le alabarás vivo.
¿Qué dices, duque?
Él está muerto.
¿Que está muerto?
Pasa ansí.
A Mariñán le envié,
y darle muerte mandé,
solo por gozar de ti.
Dejarte quiero y entrarme
a llorar mi desconsuelo.
Deme paciencia el cielo
y quien ha de ti vengarme.
Brasilda, o Brasilde, déjame entrar
en un lugar escondido,
que quien a tanto perdido
mucho tiene que llorar.
Pues, Brasilda ingrata, ¿cómo...
¿Quién podrá prestarte audiencia?
Sacad, dame licencia,
y si no, yo me la tomo.
Vase Brasilda.
Inconsiderable cuerdo,
del todo habré de perderme,
pues por dos pensé valerme,
más a remate me pierdo.
Vase el Duque y sale el secretario y habla al pie del fuerte.
Celos rabiosos, natural dolencia
del firme amante, fiero mal remata,
y otro ninguno, no con vehemencia,
en mí ejecute su violencia brava;
¿no bastaba a decirme el mal que causa,
y si esto no, decirme, no bastaba
para acabar mi vida tan estrecha,
del crudo amor la penetrante flecha?
Un poco alivia mi insufrible llaga,
pues llego a Mariñán.
Sale arriba en el fuerte el general Lindano y los soldados con sus espadas desnudas.
¡Oh mi interese,
o la vida me da!
Si no me paga,
por el supremo Dios, que le atraviese.
Paga, pues que se debe a todos, ¡paga, paga!
Ea, señores, vuestra furia cese;
el fuerte es, y a razón desamparemos,
que en nuestras casas de comer tenemos.
Por Dios, que un hombre llega junto al muro,
el secretario es en efeto y talle.
Si fuese el enemigo, por Dios juro
que a solo el general ha de aguardalle;
¿Y quién va?
Paz, la paz, podéis, y oíd seguro.
Dime, por fuera el pedille, ¿qué es?, el dalle.
El duque esforzado, y firma, muestra y dello,
mirad sus cartas, ved su mismo sello.
Paga tenéis; bajad todos.
Suspende en este discurso,
fortuna, tu fatal curso,
y da fin próspero a mis miedos.
Salen los soldados y el general.
Oh señor secretario, en esta tierra...
Señor Lindano, sí que aunque me interese
en veros, mayor bien del que merecía,
pues deja de ser suyo el que a otros sirve,
donde me fuerzan vengo, no de gusto.
Acortando razones, no sé el Duque,
las tan debidas y aguardadas pagas,
pedidas y aguardadas cien mil veces...
Sí dio, y aquesta carta (al fin bien nos muestra)
lo que la carta dice, pues el Duque
de nos secreto alguno nunca asconde.
Señor, si consta que verdad diciendo
del mal que aguardo mi disgusto nace.
Pues luego en alta voz podré leella.
Lee la carta.
Carta
Leídas las postreras palabras
desta, daréis principio a la venida,
para esta ciudad de Milán;
porque de vuestra presencia nos
es importante por algún tiempo;
al que esta lleva que es nuestro,
dejaréis en vuestro lugar, para
que pague y quite esa gente;
que, hasta que seáis de vuelta,
que será presto, que lo que es fuerza.
No es razón diferir más el partime,
un caballo al momento me apercibe,
con tu licencia, y la de todos, parto.
Prospere Dios tu ida, y a todos la del humo.
Naide entienda que no riges mi intento,
vivir cual este con inmenso aprieto,
daros áspera vida trata nuestro
el que me diere a mí, deseos prometo,
y pues que las palabras lleva el viento,
y es en obras hablar cumplir perfeto,
porque el general es justo satisfaga,
os quiero a todos dar cumplida paga.
Todos adentro entrad, que es conveniente,
quedando solo aquel que tiene lista,
y suele daros paga comúnmente,
porque un común contento a todos vista;
entrad, tráiganse mesas brevemente.
Hombre ninguno a bravas resista.
La brevedad me importa, ¿para qué aguardamos?
Comencemos a entrar, todos vamos.
Asiéntase.
Con mayor brevedad que naide piensa,
pues mis intentos van cumpliendo el cielo,
poner la cima importa, allanó caso
que traigo y entre manos tengo.
Que comience a llamar cual ser costumbra,
por orden venga cada cual, porque comienzo.
Cervantes.
Aquí estoy por general.
Valdés, enteras las pagas y las deudas.
De aqueste y los demás pon a mi cuenta.
¡Viva el general quinientos años!
Escalante.
Aquí estoy.
¿Ganáis vos cuatro?
Antes, por Dios, se deben que se cobran.
Las deudas todas tomo yo a mi cargo,
otro llama, que vais despacio.
Vargas.
Ya viene Vargas, señor.
Que debe el propio.
Y aun no llega, por Dios, la sal al agua;
que de un montante fino, cota y casco
debo más que soy yo.
Pasa adelante,
decid al acreedor que de mí cobre.
Venga.
Decían, ¿no es costumbre
poner señas y la tierra
de cada cual como en la guerra,
donde hay mayor muchedumbre
y hay mil cautelas y engaños?
Y esos modos son tenidos,
acá somos conocidos,
y no en lugar esos daños.
Pues llama más con presteza,
que es ese el orden mejor.
Aquí sale el atambor borracho, dígase.
¿Dónde está el general, o
Óyase, escuche, atambor,
que nos quiebra las cabezas.
¿No oyes? Vayas a juras, me atrevo
que ha bebido largamente.
Dígame la honrada gente,
¿dónde está el general nuevo?
Fuera, que voy de pendencia.
¡Oyes, necio! ¿No le ves?
Perdone, señor, él es.
Dios guarde a su reverencia.
¿Qué hay de nuevo, atambor?
Señor, vengo
valientemente enojado,
enojado y agraviado,
y rengo, no sé qué tengo.
Sabiendo que a todos esos
llevo en trabajar ventaja,
y que me tiene esta caja
atormentado estos huesos,
primero que aquesta gente
fuera bueno que viniera
y a darme paga primera.
Tente, no te caigas, tente.
Bien sé yo por qué me caigo.
Por la gran carga que tienes.
Dejé en la taberna el sayo.
Y, ¿cuánto podrás deber?
Poco, que yo poco bebo.
¿Más o menos cuánto?
Debo
cuatro azumbres desde ayer.
Dadle su paga y más alguna cosa;
mirad que procedemos a la larga.
Yo me voy, quede a Dios su señoría.
Generalico de Corpus Christi,
Deja la caja y nunca más vuelvas.
Deisla ahí a asentar real, si queréis fuero.
Ya, ya, buen barato.
Jugará un ratillo yo.
Todos tres jugar podemos.
Si quiere Vargas, juguemos.
¿Cuándo dije yo de no?
Están jugando, y llama el contador a Avellaneda, Córdova, Beamonte, Orozco, Cartagena, Gustamante. Ganan a escudos.
Daldos presto, contador,
Castañeda, Reynoso,
Peñalosa.
Daldos a todos, el debido sueldo y aderezo,
a todos esos de las deudas lo uno y lo otro,
e irme en breve, y dadlo por bueno, si hace
al caso, y pondré allí mi firma si así es costumbre.
Catorce he echado en el suelo.
¿Nosotros en qué entendemos?
Yo traigo naipes, juguemos.
Tended la capa en el suelo.
Mi paga a los vueltos juego.
Requieren vista de lince.
Juguemos un poco al quince.
Presa y pinta es mejor juego.
Todo el cielo me destruya
si solo un lance he ganado.
Alzad, que harto ha barajado,
presa y pinta por la suya,
¿no acabaste de dar mano?,
¿quieresla dar otra vez?
Si diera, y aun otras diez,
presa sencilla la gano.
Quien debió aquesto, sosiegue.
Porque en parte el naipe gusta, yo parto.
Señores, falta aquí un cuarto,
bien juega Beamonte.
Juegue.
Harto están ya barajados.
Más tengo de barajar,
por si pudiese sacar
un par de encuentros pintados.
Entremos ya, ¿qué hacemos?
¡Oh, qué venturosa suerte!
¿Qué me importa ver el fuerte?
Jueguen un poco, pesia, juguemos.
Tiene el naipe Avellaneda.
Sí, Gusta, cien suertes habéis hecho.
Ocho reales, y diez y ocho.
La mitad de mi moneda.
Naipe ayuda, pinta ciego.
¡Oh, malhaya el puto juego!
Deme el pie.
Es excusado,
puedo lo hacer pues no juego.
Levántase, y va donde están jugando a los dados en el atambor, y dice:
Acotad algo de luego
para este pobre soldado.
Arroje algo, caballero,
de esta mano que gano.
¡Malhaya quien me parió,
que pierdo todo el dinero!
Aquesto está jugado muy ruinmente
con dado falso, y yo lo probaré,
al que eso diga le diré yo...
Escaramuzan.
Tente.
Suéltame, que mataréos hoy, bastardos,
que con mi camarada ruinmente...
A cuantos eso tal de mí pretenden
darélos a entender que no lo entienden.
¿De cuándo acá, pregunto, así blasona?
No sabe ya aquel que da en estas manos.
A todos abarcará mi persona,
que sois ambos muy pocos caballeros.
Repare aqueste golpe, que así a este le abono,
de aquestos tus intentos bajos, vanos.
Encuentro y pinta, todo me lo debes.
Gusta, deme el arrojo de ochos y nueves.
¿No notáis la arrogancia que este tiene?
Tiene por qué tenerla.
Que al falso le conviene.
Por el eterno Dios, que alabarrone,
no suelo yo espantarme de más que eso.
Paz, caballeros, paz, que no conviene
esta liviandad hacer gente de peso.
Mejor será esa furia ejecutalla
con el fiero enemigo en la batalla.
Sobrada fuerza tengo para todo.
Abrázanse todos
La blanca espada cada cual envaine,
y en mi presencia el amistad acorde;
luego os lució la supitánea cólera.
Bien conozco estas cóleras de ocasión,
todos se abracen, naide me replique.
No hay que espantar de que agravios súbitos
y confusión en tanta muchedumbre,
y el dividido reino está deshecho
con el primer encuentro, mas ¿qué digo?
deshacen entre sí sin enemigo.
A nuestro fuerte en peregrino traje
llegó una dama. / Secretario ¿Dama, a quién procura?
Al general, entiendo ser sin falta,
la mujer de Lindano. / Secretario ¿A qué propósito?
Habrá tres días que envío por ella.
Naide se descomida de que entre.
Entra la dama y abrázase con el señor.
Señor Lindano, ¡ay mísera!, ¿qué digo?
Decid, señores, ¿qué es de mi Lindano?
Injusto cielo, ¿cómo di conmigo?
Engañoso te muestras, di, tirano.
Soy vuestro siervo, amigo y no enemigo;
al temeroso espanto dad de mano.
Mucho me admira ver que no le vistes,
si el camino que llevo descubristes,
porque con cierto engaño, aunque harto justo,
le forcé que a Milán al punto fuese;
no recibáis agravio ni disgusto,
entrad, descansaréis, aunque ahora os pese.
Vengarme quiero de ese duque injusto,
pues la razón ayuda a mi interese,
que pague mis servicios con robarme
mi mujer, pretendiendo muerte darme.
Y la verdad del negocio os está dicha,
entrar podéis y reposar segura.
Aunque el faltar Lindano fue desdicha,
y juzgue por muy corta mi ventura,
que tengo el veros a vos a mucha dicha,
mas que un punto nada me asegura,
dadme licencia con que parta luego,
sin que a un punto reciba desosiego.
Vuestro gusto cumplid y allá diréisle
que me ha dado la suya grave pena,
de la verdad del caso informaréisle,
pues vista no me falta escusa buena,
y que apacigüe al duque pediréisle,
que un buen pecho a lo que el hado ordena
muestre; decí a mi esposa. / Dama ¿A quién?
Tendréis en casa el duque nueva de ella.
Mil cosas le pidas, cosas de tu parte
le diré, que por ser breve en esto toco;
con tanto, adiós. / Secretario Apartaos, con Dios parte.
¿Dinero es necesario? / Dama Importa poco.
Si gente quieres para acompañarte,
escoge la que gustas, llama. / Dama No, tampoco.
Pues ve con Dios, tu gusto en todo alabo.
Él propio mis intentos lleve al cabo.
Vase
Miran todos la carta
¡Qué gallardo bien vendría
a quien me tiene usurpada
mi mujer, y con celada
darme muerte pretendía!
Si os admira lo que hago,
para que no os admiréis,
ved esa carta y veréis
de mis servicios el pago.
Ayudadme en este trance,
caballeros valerosos,
si estáis acaso ganosos
de algún venturoso lance.
Venid con mucha alegría,
que no solo Mariñán,
mas la ciudad de Milán
espero ver vuestra y mía.
Solo en vosotros estriba
mi servida gloria entera.
¡Muera el duque Sforcia!
¡Muera!
¡Viva el secretario! ¡Viva!
Álzanle los soldados en peso, y dan vuelta al tablado y éntranse.
Sale el Duque solo.
Brasilda aborrecible,
cuyo amor me da vida,
naciste en el Cáucaso fragoso
de quien humano oso
fuiste; o qué tigre hircana procreída
que amor no es poderoso
con tu furia insufrible,
volver enamoroso, fiero y tierno,
porque en tan triste infierno,
quieres que viva, di, sierva y señora,
una alma que te adora.
Y que, por si tal pago bien le venga,
siquiera por ser tuya no le tenga.
Dime, Brasilda, ¿has sido
nacida por ventura
del alterado mar o proceloso?
¿Qué áspid venenoso
te crio? ¿Qué serpiente en roca dura?
que un suspirar lloroso
deshacer no ha podido
esa indomable furia.
Baste la hecha injuria,
pues ves que ya me acabo,
tenga tu furia cabo.
Mas, ¡cuán errado en esta queja vivo!
Lindano ha llegado ahora,
quiere entrar.
Pues, ¿qué es esto? Llámale.
¿Quién dices, paje?
Lindano.
¿Lindano?
Lindano.
Tan a deshora
entre.
Entre Lindano, bese los pies a su Excelencia.
¿Por qué suspira él?
No es en vano.
Con qué vergüenza entra en mi presencia.
Siempre os juzgué, Lindano, por cristiano,
a quien dejáis del fuerte la tenencia.
¿A dónde os vais, tan manos sobre mano?
Si ansí pensáis cumplir con el encargo
de llave y fuerte, que otro tendrá el cargo.
Tu mandado no cumplo.
¡Bueno es eso!
¿Mandé yo tal?
Pues leed esa, me disculpa.
Lee el Duque la carta, paséase y dice.
Exorbitante mal y raro suceso,
caso inaudito, irreparable culpa,
traición es esta, no hay reparo al exceso,
infame secretario, ¿qué disculpa
darás, aunque haya alguna defensión?
¿Qué hay en eso, señor?
Traición y engaño;
ha de sacar iras su furia estrecha,
que a naide tengo a quien mi honra arrime,
la gente toda llevarás, que hay hecha,
hecha para otro caso, que me aprime,
yo propio iré contigo, qué aprovecha,
porque el cobarde y flaco más se anime,
a ir con el estandarte se despliegue,
porque la gente acá más se allegue.
Declaro por traidor al secretario.
Tóquense cajas, venga quien quisiere,
prometed grandes sueldos y salario,
pues es grave el negocio, y lo requiere.
Proceder a la corte es necesario,
de aquesta gente y más la que acudiere,
andá partiendo luego, a que se tarde
muestra gallarda y general alarde.
Según eso, ya se tarda.
Partiendo luego, aun tardamos.
Pues no se tarde más, vamos.
Mírase el duque y tiran un papel a Lindano del vestido.
Dos palabras, Linda[no], sueltas y de guarda.
Di, pues dos palabras solas.
Mi señora está a la puerta,
algo tapada y cubierta,
pretendiendo hablarte a solas.
Entra la Dama
¡Oh, gozo alegre de mi triste vida!
Descanso dulce de mi gran deseo.
Dadme otro abrazo, Linda[no], en la despedida,
será, si ha sido esto porque os veo.
No me tratéis, por Dios, de esa partida,
¿queréis faltarme cuando aún no os poseo?
¿Cómo no os gozo bien? Vuestra presencia,
y volváis a traerme ya de ausencia.
Hay entre el duque y yo firme concierto
de dar áspera guerra al secretario;
Su aspecto afable al corazón más yerto,
de empedernido bronce o mármol pario,
ablanda, y ese justo desconcierto
sigo por serle el duque tan contrario,
que yo le vi de yelo y hoy os ruega
que excuséis, si ser puede, esta refriega.
Está tan enojado el duque y ciego
que ni él lo hará ni yo pedillo oso.
Pues llevadme con vos, solo esto os ruego,
en hábito de paje más airoso,
que sin vos solo un punto no sosiego;
admirando un trance y otro peligroso,
en que os metéis, mirad qué caso fuerte,
si triunfase de vos ahora la muerte,
y juzgad pues qué locos por cosa injusta
queréis ausencia dar, y ansia a la larga.
Por Dios, que vos pedís cosa muy justa,
mas esta guerra es muy pesada y larga.
Con vos es leve, Linda[no], y mi cielo justo,
tendrá fin dulce, y no crüel y amarga;
vamos, y en tus caminos y combates,
seré Laodice yo, tú Mitrídates.
Vanse, y sale Teodoro respondiendo del fuerte.
Tan camino que dudo
ser a maravillar llegado,
sin huelgo vengo, cansado,
válgame Dios, cómo sudo,
fuerza me es el sueño, a que piense
que si ahora me acostara
en dormir, sobrepujara
al Epiménides cretense,
del cual dicen que se prueba,
y a esto no con engaños,
dormir setenta y un años
en un valle ameno o cueva;
quiero llamar. ¡Ah del muro!
¿Dónde tan determinado?
Ábrame, señor soldado.
No me dices si es seguro,
responda, ¿cómo no habla?
Del general soy crïado.
Bajad, y abridle, soldado,
yo le conozco en la habla.
Por momentos le aguardaba,
¿qué nuevas traes, Teodoro,
de Brasilda, en quien adoro,
no sabes?
Ya subo.
Acaba.
Por muy largos años goces
el cargo honroso en que estás.
Basta, no te alargues más,
pues mis intentos conoces,
dime bien, y gloria entera
me da nuevas al momento.
Señor, en su firme intento,
ni mudable, persevera,
a todo cierra las puertas,
y de ti solo se precia,
también supe que desprecia
del duque dádivas o ferias.
Brasilda, flor de mujeres,
Lo que me acaba, no tenerte,
es la miserable muerte,
pues sola mi vida eres.
¿Si no encontraste a Lindano
cuando viniste?, y imagino
que le encontré en el camino
que tuerce a la diestra mano.
Sí, en aquella parte fui,
yo, por ver qué sucedía,
dejando de andar corría;
mas, guardándole el decoro,
dijo: «Vas a ver, Teodoro,
a tu amo el general»,
y yo repliqué: «Señor, sí»,
y vos, pues tan denodado,
olvidósele un recado,
le dije, y ansí partí.
Tú, veloz rueda, asegura,
no despegues tus dobleces,
Fortuna, pues que me ofreces
tiempo, lugar y ventura;
con evidencia se sabe
que guerra el duque ha de darnos,
los dos velando, pues os cabe,
y porque más satisfaga
el deseo de agradaros,
mañana pretendo daros
otra adelantada paga.
Aquí dicen a voces otra vez: «¡Viva el secretario!». Quedan las dos centinelas velando, y dice la una:
¡Plegue a Dios que no nos venza
el sueño, centinela! Pues, ¿qué haremos
para no dormir?
Cantemos.
¡Pardiez, cantemos! Comienza.
Que comience no me atrevo,
ninguna letra me acuerdo.
Eres en todo muy lerdo,
¿no sabes algo a lo nuevo?
Ni a lo viejo, que es peor.
Una letra vieja digo:
«¿Duermes ya, centinela...»?
Lo más viejo es lo mejor.
Canta.
«Esta noche me cabe la vela,
plegue a Dios que no me duerma».
¡Qué ciercecito que sopla,
por Dios, que quita el sentido!
¡Hola, centinela, alerta, que estás dormido!
¡Que no, pardiez! Pues oye la copla.
Canta.
«El velar me da congoja,
y esta peña no me afloja,
y cada árbol se me antoja
el francés de la Rochela.
Esta noche me cabe la vela,
plegue a Dios que no me duerma».
Cantan otra vez juntos: «Esta noche me cabe la vela», errándose a cada paso, y quédanse ambos dormidos, y luego suenan trompetas y levántase la 1.ª centinela y dice:
¡Son de guerra me despierta!
¡Duermes, hola, centinela!
«Esta noche me cabe la vela».
¡Pesia a mí! ¡El ojo alerta!
Y, ¿quién no guarda el muro y se arma?
¿Duermes? Mira lo que pasa,
que está el enemigo en casa.
¡Toca, pesiatal, al arma!
Tocan al arma, y sale al muro el Secretario.
No tanto ruido y asalto.
¡Gran descuido, extraño mal!
¡Al arma, al arma general!
Pues, ¿bien hay de nuevo algo?
¿No sientes los atambores?
El enemigo es venido.
Calla, que poco hay perdido.
¡Al arma, al arma, señores!
Aquí sale el Duque y Lindano, su general.
Duque excelso, ya se tarda
en dar la guerra, Duque prudente;
¿cómo llega nuestra gente?
Buena, lucida y gallarda.
El real está asentado,
están formados bestiones,
grandes trincheas, pontones.
Ninguna cosa ha faltado;
lo que falta es que ya venga
la gente, y se dé un asalto.
Será bien, muy bien, suba alto,
no hay que hacer más larga arenga,
vengan ya, no con desorden.
Marchen al campo.
Aquí sale el ejército en orden.
¡Qué bien viene!
Todo el orden de mí tiene.
Vos le disteis gentil orden.
Este es, señores, el punto
que no os quiero estar cansando,
en quien vos está estribando
honra, estado y mi ser junto.
Id con ánimo seguro,
común, el sangriento Marte;
ved que por aquesta parte
parece flaqueza el muro.
Entra Lindano con el ejército; dase asalto adentro, quedando de fuera el Duque y la mujer de Lindano en hábito de paje, y sale Lindano.
Admirado, por Dios, vengo,
valientemente combaten;
todo nuestro esfuerzo abaten,
muy poca esperanza tengo,
poco sienten el asalto hecho.
De vergüenza me confundo,
volved, dadles el segundo.
¡Quiera Dios sea de provecho!
Mas, ¿para qué quedo aquí?
¿Dónde vas, Duque? Detente.
A animar la flaca gente,
aguardar puedes ahí.
Vase el Duque, y queda la mujer de Lindano, y dice:
¡Ay, a quién tamaño peligro
como este estuvo cercando!
Pues peligraba quedando,
y, viniendo, más peligro.
El grave mal en que estoy
me aflige siempre de nuevo.
Sale Brasilda en hábito de hombre con una banda tapada, y dice:
Decidme, ¿quién sois, mancebo?
Soldado del Duque soy.
Mátanos esos cuidados;
¡ay, qué acabar me conviene!
¿Posible es que el Duque tiene
tan femeniles soldados,
que barba, qué talle y gesto...
No soy tan cobarde, a fe.
ni es tan malo el talle, que...
mas, ¿quién me mete a mí en esto?
Echa mano Brasilda y dice:
Probaré si son mayores
tus bríos, que si encontraba
al Duque, con él probara.
Salen dos soldados estando acuchillando las dos mujeres y dice el uno:
¿Por qué es el ruido, señores?
¿Sobre qué es esta reyerta?
No lo sé, por vida mía,
sospecho que esta es espía
del secretario encubierta.
Quitad la banda, señor.
¡Ay del que se me descomida,
que le quitaré la vida!
Sale el Duque diciendo:
¡Ah, secretario traidor!
Mientes, Duque engañoso, fuerte,
que tal cosa se consienta,
que hay aquí quien me desmienta,
y aun quien te dé cruda muerte.
Va Brasilda a dar al Duque y acuchíllase un poco contra los soldados.
¿En qué os detenéis? Seguidle.
Dase y quítanle las armas.
Ya se acaba, ¿qué procuras,
ventura, cuán poco duras?
No le deis la muerte, asidle,
atadle las manos presto.
Atanla las manos los soldados.
¿Quién vido maldad tan rara?
Descubridle aquesa cara.
¿Eres Brasilda? ¿Qué es esto?
¿Qué vestido es este y traje?
Brasilda, ¿qué es lo que pasa?
No soy sino viva brasa
encendida en el coraje;
soltadme, si no, confío
de haceros cien mil pedazos
con estos dientes y brazos.
Abajad, señora, el brío.
¿Qué es aquesto, avara suerte?
Ved que se suelta, apretadla.
Dieras mejor: matadla,
que a buscar vine la muerte.
Sale Lindano con la gente de dar el asalto.
No hay hombre que los embista,
pujanza alcanzan terrible;
casi parece imposible
que el demonio le resista.
Y menos es medio postrero,
nuestra gente está muy rota,
no osaré con esta flota
dar el asalto tercero.
Asómase el secretario arriba en el fuerte y dice:
Soberano Dios, ¿qué veo?
Amigo Teodoro, ven,
¿no es aquel mi alegre bien?
Sí, señor, o me engaña el deseo.
Di, mi Duque, ¿en qué imaginas
aquesa nueva furia?
mira en quien con tanta injuria
tu loco enojo terminas.
Tienes una mujer flaca,
si cuando sus manos atas
aquestas torpes desatas.
Qué bien tu excelencia saca.
Esposo dulce y marido,
esposa y señora mía,
no lloréis, cobra alegría.
Sin vos todo bien despido.
Vuestra triste aflición cese,
que harto siento en veros presa.
De que vos lo estéis me pesa,
de mí no, ni a vos os pese.
No es bueno que esté yo a ver
estos requiebros y amores.
Tocad trompas y atambores,
volvedlos a acometer.
En las cosas justas dudo,
señor, solo obedecer.
Lindano, ¿qué veis lo hacer?
Vive Dios que no me atrevo.
Dame, excelso duque, pena
tu vana astucia y quebranto,
que por Brasilda ha de tanto
como Grecia por Helena.
Apaga ya tu centella,
y mira que no valió
Grecia más que valgo yo,
ni es Brasilda menos que ella.
Y ten por cosa sabida,
si no enmiendas estos daños,
que no te daré diez años
guerra, mas toda la vida,
pago tan aventajado
de un perpetuo siervo ofreces,
tanto la vida aborreces,
que sea en servirte gastado,
porque quisiste dar muerte
a quien en batalla cruda
sufrilla por ti sin duda
tuviera por feliz suerte.
Y si fue para matarme
Brasilda alguna ocasión,
por lo propio era razón
de engrandecerme y honrarme;
pues debieras acordarte
que tan a mi costa hice
a gusto y le satisfice
en cuanto fue de mi parte;
mas a vuestro disgusto injusto,
y ofréceme guerra injusta,
yo te la ofreceré justa
haciendo mi gusto justo.
Híncase Lindano de rodillas.
Yo suplico a tu excelencia
que el ardiente enojo encubra,
y en esta ocasión descubra
la usada magnificencia,
y advierta que es necesario
sufrir por más bien un mal,
y que un vasallo que es tal
se pierda en el secretario,
y infamia grande aquel cobra
por quien en guerra ha de verse
lo que por bien ha de hacerse,
y más si razón no sobra.
Híncase de rodillas la mujer de Lindano y dice
Duque excelso, a lo que debes,
pues el secretario gusta
que yo sé que es guerra injusta
y que contra mí la mueves.
La ira y furor destierra,
sigue al francés enemigo,
que, pues la haces a un amigo,
a ti propio haces guerra.
Híncase de rodillas Brasilda.
Destierra ya, Duque fuerte,
esa esquiva ceguedad.
Dame ya mi libertad
con darme la vida o muerte.
Baste ya el agravio hecho,
que a ti propio más deshonra,
que en volver tú por tu honra
consiste nuestro provecho.
Todos tenéis razón, baja, bien puedes,
por él, recibo por perfeto amigo
gente, pertrechos, máquinas y redes,
guárdese todo para mi enemigo,
alegando suave agravio, más mercedes
tu palabra y gusto en todo sigo.
Si especie de traición sientes en ella,
toma esta espada, corta aqueste cuello.
Vuelve a tu Brasilda pues la quieres,
y padrino seré en el casamiento,
y posteridad que en ella hubieres
valido yo sé, fuerte, muy contento,
y el título marqués de él también eres
a que sea al Rey deleite y gozamiento
de mudar el consejo, como sabio,
y viéndose hecho desacierto, agravio.
La virtud rara que en el pecho esmaltas
sea bien claro por mi bien mostrada,
nunca de baja se dan personas altas,
la buena mano siempre recae buen dado,
y aquí diremos, pues, sus varias faltas
la prolija os ha causado,
entendimiento, juicio y la memoria,
y el deseado fin a nuestra historia.
FIN.