La obra se abre en Nápoles, donde la princesa francesa Aurora debe decidir cuál de los dos hermanos gemelos, Carlos o Fadrique, heredará el reino y será su esposo, conforme al testamento del difunto rey Guillermo. Ambos príncipes exponen sus méritos ante la corte: Fadrique destaca su valor militar y su capacidad para defender el Estado por la fuerza de las armas, mientras Carlos subraya su prudencia política y su acierto en el gobierno pacífico. Aurora se inclina por Carlos, pero Fadrique rechaza la elección, se alza contra la autoridad del testamento y provoca un enfrentamiento armado que divide a Nápoles en guerra civil. En paralelo, la acción se desplaza a unos montes ásperos y costeros, donde vive oculto el duque de Montalto, desterrado de Sicilia por haber amado secretamente a la princesa siciliana; ella permanece desde hace años encerrada en una fortaleza entre peñascos, y ambos se comunican con dificultad. Allí también habita Nereida, hija de ambos, criada en libertad salvaje entre montes y fieras, ignorante en buena medida de su origen cortesano. Tras la derrota de Carlos frente a Fadrique y un naufragio en la costa, Nereida y el rústico Nicolín socorren al príncipe herido; luego el duque lo reconoce, escucha su historia y le confía la propia, estableciéndose entre ambos una alianza basada en la común desdicha.
En la segunda jornada, la corte napolitana da por casi muerto a Carlos, y Aurora, aunque afligida, procura disimular mientras el marqués sale a buscar noticias. Fadrique intensifica su galanteo y promete incluso ceder la corona a su hermano si con ello logra la mano de Aurora, aunque sus palabras dejan entrever cálculo político. Mientras tanto, en la cabaña del monte, Carlos se ha recuperado y vive enamorado de Nereida, quien lo ama con pasión nacida de la compasión y del trato continuo. La felicidad de ambos se quiebra cuando llega el marqués con cartas de Aurora y revela la verdadera identidad del príncipe. Nereida, escondida, escucha y cree que Carlos la ha engañado sobre su condición; Carlos, por su parte, ve desde lejos a Nereida abrazada a su padre sin reconocerlo y la juzga infiel. Los celos y la precipitación arruinan la confianza entre ambos: pese a que Nereida intenta explicarse y aun amenaza con arrojarse por las peñas si no es escuchada, Carlos parte hacia Nápoles llevado por el marqués. Desesperada, Nereida lo sigue por mar y llega de forma tumultuosa al palacio, donde acusa públicamente a Carlos de ingratitud, de haberla enamorado y abandonado, y de no merecer por ello la corona. Aurora, herida a su vez al saberse desplazada por una mujer de los montes, rechaza entonces a los dos hermanos y deja la sucesión al resultado de la guerra, con lo que el conflicto político y amoroso se agrava.
La tercera jornada traslada la acción a Sicilia. El duque y la princesa, ya restituidos en su dignidad según se infiere del texto conservado, lamentan la desaparición de Nereida, a quien creen perdida. Nicolín llega después a la corte y aporta noticias confusas sobre Carlos y sobre la supuesta muerte de la joven. Poco más tarde, Nereida aparece viva y descubre por fin a sus padres y su verdadera condición: es la princesa Leonora de Sicilia. Ofendida por Carlos y deseosa de reparación, pide armas y amparo para intervenir en la guerra. Entretanto, el marqués llega con una embajada de Carlos, ahora sitiado en Nápoles por Fadrique, y recuerda al duque la promesa de socorro hecha tiempo atrás. Los sicilianos parten a auxiliarle y, una vez en Nápoles, Aurora mantiene preso a Carlos bajo la protección ambigua de su favor, mientras Fadrique sigue aspirando a la corona. Se preparan nuevos desafíos, incluso entre mujeres, pues Leonora y Aurora se enfrentan por honor y por la verdad del agravio, pero la llegada del duque, la princesa de Sicilia y el marqués permite aclarar la trama. El duque revela que, si para reinar en Nápoles es preciso casar con Aurora, Carlos ya no puede pretender legítimamente esa mano porque está destinado a otro reino: el de Sicilia, al ser Leonora su heredera. De este modo, Fadrique queda encaminado al trono napolitano y al matrimonio con Aurora, mientras Carlos recibe la mano que debe a Leonora. El malentendido amoroso se resuelve cuando el reconocimiento familiar y dinástico satisface sin necesidad de largas justificaciones verbales; así se alcanza el desenlace que anuncia el título, con Leonora satisfecha por los hechos y no solo por las palabras, y con la pacificación final de los conflictos de amor, honor y sucesión.