Albedrío
Figura central de la acción alegórica, asociada al Hombre peregrino, que debe elegir entre el camino de Jerusalén y la seducción de Babilonia.
Antonio Enríquez Gómez (Fernando de Zárate)
Дата публикации краткого содержания: 18 июня 2026 г.
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Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En un marco alegórico de peregrinación terrenal hacia la Jerusalén celestial, la Alegoría enseña al Hombre que los siete planetas significan los siete sacramentos que deben guiar su albedrío. Cuando la Culpa y la Lascivia lo desvían hacia Babilonia, espacio del placer mundano, los planetas-sacramentos se eclipsan y son sustituidos por los pecados capitales en un sarao de desorden moral. Al llegar la ruina y la conciencia de la muerte, el pecador se arrepiente, recupera la luz sacramental y la loa culmina con una afirmación eucarística y con alabanzas a Sevilla y a sus autoridades religiosas y civiles.
La loa se abre con la aparición alegórica del Hombre, presentado como «mundo menor» y peregrino en la tierra, que contempla el firmamento como si en él estuviera escrito su destino. Ante su desconcierto interviene la Alegoría, que corrige su primera interpretación astrológica y le explica que los siete planetas no determinan fatalmente su vida, sino que, en sentido cristiano, representan auxilios espirituales concedidos por Cristo después de la redención. A partir de esta enseñanza se establece una equivalencia doctrinal entre los siete planetas y los siete sacramentos: la Luna corresponde al bautismo, Mercurio a la confirmación, Saturno a la penitencia, el Sol a la comunión, Júpiter al orden sacerdotal, Marte a la extremaunción y Venus al matrimonio. Con ellos, el Hombre podrá atravesar el áspero desierto del mundo y encaminarse hacia la Jerusalén celestial, siempre que su albedrío no se aparte de esa luz.
La acción cambia cuando el Albedrío se deja tentar por la Culpa y la Lascivia, que lo atraen hacia un espacio de placer identificado con Babilonia y opuesto a Jerusalén. En forma de dama seductora, la Culpa ofrece al peregrino una ciudad más grata para los sentidos, y el Albedrío vacila entre la luz divina y la sombra del deleite mundano. Como consecuencia de esta elección errada, los planetas-sacramentos se van retirando uno tras otro y explican por qué dejan de asistirlo: el bautismo se eclipsa cuando no produce obras, la confirmación se olvida, la penitencia no convive con la delicia, la comunión no alumbra donde falta la gracia, la extremaunción queda frustrada por el pecado mortal, el orden sacerdotal no corresponde al hombre cautivo del vicio y el matrimonio deja de existir allí donde reina el adulterio. Ya en Babilonia, el Albedrío presencia un sarao de los siete pecados capitales, que sustituyen a los planetas celestes y simbolizan el desorden moral en que ha caído.
El desenlace presenta las consecuencias de esa vida mundana cuando sobreviene la muerte o, al menos, una crisis extrema que derriba al Albedrío. Rodeado de riquezas, honras y placeres, descubre que todo era humo, ilusión y vanidad pasajera, pues amigos, criados, bienes y dignidades lo abandonan. Desde esa ruina nace el arrepentimiento: llora sus culpas, reconoce a Cristo crucificado y confiesa su pecado con verdadera contrición. Entonces se restablece el orden perdido y los siete planetas vuelven a alumbrar su «cielo racional» como sacramentos que iluminan el entendimiento y conducen a la salvación, culminando en la exaltación del pan eucarístico. La loa concluye con un cierre encomiástico propio del género, en el que se alaba a autoridades eclesiásticas y civiles de Sevilla, a la ciudad misma y a la fiesta sacramental, de modo que la instrucción doctrinal inicial se integra en una celebración pública del poder religioso y político vinculado al Corpus.
Figura central de la acción alegórica, asociada al Hombre peregrino, que debe elegir entre el camino de Jerusalén y la seducción de Babilonia.
Personaje doctrinal que interpreta el sentido cristiano de la acción y explica la correspondencia entre los siete planetas y los siete sacramentos.
Fuerza personificada del pecado que aparta al Albedrío del camino recto y lo conduce hacia la vida mundana y Babilonia.
Impulso pecaminoso vinculado al deleite sensual, aliado de la Culpa en la seducción del protagonista.
Condición universal del protagonista, presentado al comienzo como «mundo menor» y peregrino; su identidad se funde en gran medida con la del Albedrío.
Primer planeta alegórico y representación del bautismo, cuyo eclipse simboliza la pérdida de la vida cristiana efectiva.
Planeta que representa la confirmación y cuya retirada expresa el olvido de la firmeza cristiana.
Planeta asociado a la penitencia, que se aparta cuando el protagonista prefiere el deleite a la contrición.
Planeta principal de la serie sacramental, imagen de la comunión y culminación de la restauración espiritual del protagonista.
Planeta que simboliza el orden sacerdotal dentro de la exposición doctrinal de la loa.
Planeta identificado con la extremaunción, ligado en la acción al tránsito final y a la advertencia de la muerte.
Planeta que representa el matrimonio, aunque en la zona de tentación aparece también asociado al atractivo amoroso y al riesgo de adulterio.
Meta espiritual del peregrino y símbolo de la salvación, la vida perdurable y la plena luz de los sacramentos.
Ciudad alegórica opuesta a Jerusalén, identificada con el pecado, el engaño del mundo y los placeres que desvían al Albedrío.
Espacio general de la existencia humana, concebido como tránsito áspero en el que el hombre debe orientarse moralmente.
Ámbito simbólico del que proceden los siete planetas y donde se visualiza el orden divino que la Alegoría interpreta sacramentalmente.
Espacio festivo de tentación donde se escenifica el dominio de la Culpa y de los pecados capitales sobre el protagonista.
Lugar simbólico de la conversión final, contemplado por el penitente como signo de la muerte redentora de Cristo.
Espacio del cierre encomiástico, claramente nombrado en el texto, donde la loa sitúa su celebración pública y sus alabanzas institucionales.
La obra identifica los siete planetas con los sacramentos y los presenta como auxilios necesarios para conducir al hombre hacia la salvación.
El protagonista debe decidir entre seguir la luz divina o dejarse arrastrar por la Culpa, lo que subraya la responsabilidad humana en la salvación o la caída.
La acción se organiza en torno a dos ciudades alegóricas: una representa la vida eterna y la otra el mundo del pecado y de la confusión.
La Culpa, la Lascivia y el sarao de los pecados capitales muestran cómo el deleite, la soberbia y la riqueza apartan al hombre del buen camino.
Tras experimentar la vanidad del mundo, el protagonista reconoce su culpa, llora sus pecados y recupera la luz de los sacramentos.
La obra insiste en que riquezas, cargos, amistades y grandezas desaparecen ante la muerte y no aseguran la verdadera vida.
El desenlace culmina en la adoración del sacramento del pan consagrado, núcleo doctrinal y festivo de la loa sacramental.
En su tramo final, la pieza enlaza la enseñanza religiosa con la alabanza de prelados, cabildos y gobernantes, especialmente en relación con Sevilla.