La acción comienza en el ámbito familiar de Isaac y Rebeca, donde se representa el conflicto entre sus hijos Esaú y Jacob. Esaú, cansado y hambriento tras la caza, acepta ceder a Jacob su mayorazgo o derecho de progenitura a cambio de un plato de lentejas, trato que algunos personajes consideran dudoso por afectar también a la dignidad sacerdotal asociada a esa primogenitura. Poco después, Rebeca avisa a Jacob de que Isaac, ya viejo y próximo a morir, ha mandado llamar a Esaú para bendecirlo tras comer la caza que este le traiga. Convencida de que la promesa divina favorece a Jacob, Rebeca urde un engaño: prepara un cabrito, cubre a su hijo para que parezca velloso como Esaú y lo introduce ante Isaac. El padre, aunque vacila por reconocer en parte la voz de Jacob, acaba bendiciéndolo, otorgándole abundancia, dominio sobre sus hermanos y la eficacia de su bendición. Cuando llega Esaú con la comida verdadera, descubre el fraude y estalla en ira, de modo que Rebeca ordena a Jacob huir a Canaán y después a Mesopotamia, a casa de su tío Labán, hasta que se temple la furia de su hermano.
Durante su huida, Jacob atraviesa un lugar solitario y sagrado en el que, agotado, se duerme apoyado sobre unas piedras. Allí tiene la visión de la escala por la que suben y bajan ángeles, y oye una revelación divina que le promete protección, descendencia y una elección singular ligada al futuro de la salvación. Al despertar, interpreta el sitio como lugar santo, reconoce en la escala y en las piedras un misterio sagrado y consagra el paraje a Dios con promesa de diezmo y holocausto. En la segunda jornada llega a las tierras orientales de Labán, donde encuentra a varios pastores junto a un pozo y conoce a Raquel, su prima, con la que se identifica enseguida por vínculos familiares. Labán lo recibe con festejo y hospitalidad. Jacob desea casarse con Raquel y sirve por ella siete años, pero Labán, alegando la costumbre de casar primero a la hermana mayor, le entrega secretamente a Lía en la noche de bodas. Cuando Jacob descubre el engaño, protesta, aunque acepta seguir sirviendo otros siete años para obtener también a Raquel. Desde entonces queda unido a ambas hermanas y acuerda además con Labán un salario basado en el ganado manchado, confiando en prosperar con esa parte aparentemente menor. La obra muestra al mismo tiempo la abundancia de Labán, la vida pastoril de sus criados y las celebraciones rústicas que acompañan estos sucesos.
En la tercera jornada, la prosperidad de Jacob despierta la hostilidad de Labán, quien sospecha del crecimiento extraordinario de sus rebaños y se siente perjudicado. Jacob decide regresar a Canaán con Lía, Raquel, sus hijos, criados y ganados, mientras Esaú, que sigue deseando venganza, busca apoyo en Ismael para cerrarle el paso. Antes de la salida, Raquel sustrae los ídolos domésticos de su padre, y cuando Labán alcanza a los fugitivos y los acusa de ingratitud y robo, Jacob niega haberle quitado nada. Labán registra el campamento, pero Raquel oculta los ídolos y evita que sean hallados. Resuelto ese peligro, Jacob afronta otro mayor: el encuentro con Esaú. En una noche de gran angustia lucha con un ser misterioso, probablemente angélico o divino según la propia acción escénica, del que recibe la bendición y un nombre nuevo, Israel, aunque queda cojo como señal de esa prueba. Luego envía ricos presentes a Esaú y se dispone a comparecer humildemente ante él con su familia. El desenlace transforma la amenaza en reconciliación: Esaú acepta los dones, se conmueve al ver a Jacob postrado a sus pies, le concede el perdón y abraza también a Lía, Raquel y sus sobrinos. La comedia concluye con una explícita lección religiosa, pues el perdón entre los hermanos se presenta como ejemplo de la misericordia divina y del camino de retorno a la gracia.