La acción se sitúa en el ámbito imperial de Constantinopla y sus territorios, en un contexto de guerra contra los turcos y después contra pueblos rebeldes de Gocia y Alemania. Alegio regresa del cautiverio turco y es recibido por su hermano, el emperador Icacio, que, pese a ciertos temores proféticos ligados a su nacimiento, lo honra públicamente y lo nombra gobernador del Imperio. En la corte queda pronto planteado el conflicto principal: Alegio ama a Arminda, pero Icacio aparenta disponer su matrimonio con su hijo Alejandro. Además, Alejandro está enamorado de Arminda y, para encubrir sus sentimientos, finge galantear a Lisarda, lo que provoca celos y malentendidos. Al mismo tiempo, la ambición y los celos de Alegio se agravan cuando intercepta una carta de Eusebio en la que se advierte a Icacio del peligro que corre su vida si no vigila a su hermano. Narcés, movido por la intriga y por su propia conveniencia, persuade a Alegio de que Icacio desea matarlo con el pretexto de favorecerlo, y ambos acuerdan prevenirse asesinando al emperador mediante veneno y, si es necesario, por la fuerza.
En la segunda jornada la conjura avanza mientras Alejandro es enviado por su padre a campaña militar, circunstancia que parece facilitar a Alegio el acceso al trono. Narcés le entrega varios venenos y, aunque el primer intento en palacio fracasa, ambos trasladan el plan al monte, adonde salen de caza Icacio, Arminda y su séquito. Allí Alegio trata de envenenar el agua destinada al emperador, pero Icacio ordena que Arminda beba antes, y el culpable, incapaz de sacrificarla, deja caer el vaso y evita que el crimen se consume de ese modo. Poco después, con soldados ocultos en la espesura, intenta apoderarse del emperador; Narcés, herido accidentalmente, se arrepiente antes de morir y revela la traición. Alegio prende entonces a Icacio y lo lleva preso a Constantinopla, llevándose también a Arminda. Mientras tanto, Alejandro, que ha triunfado militarmente fuera de la capital, recibe de Libio y del gracioso Zapato noticia detallada del golpe palaciego: su tío se ha alzado contra su padre y mantiene cautiva a Arminda. Ante ello, Alejandro resuelve volver con rapidez a Constantinopla, movilizar a los leales y restaurar el orden legítimo.
En la tercera jornada, ya dueño de la corte, Alegio se muestra cada vez más tiránico. Pretende vencer la resistencia de Arminda, que lo rechaza firmemente, y ordena castigos crueles, entre ellos la ceguera de Icacio, aunque sus mandatos no siempre se ejecutan en la forma prevista. Alejandro logra entrar secretamente en palacio con ayuda de Libio, se entrevista con Arminda y luego con su padre en la prisión. Allí Icacio le descubre que nunca pensó casar a Arminda con Alegio, sino reservarla para él. Sin embargo, la intriga se precipita cuando Alegio, alertado por una carta interceptada y por delaciones, decide matar a Icacio y también a Alejandro si lo encuentra en la cárcel. En ese momento se producen apariciones o visiones amenazadoras que el propio texto presenta como señales de castigo y desengaño; finalmente, cuando Alegio lee o manipula la carta comprometedora, toma por error el veneno que había destinado a su hermano y muere consumido por su propia traición. Con la llegada de Libio y de los partidarios de Alejandro, Icacio queda libre y restituido. El emperador perdona a los demás implicados, cede la Corona a Alejandro y le da por esposa a Arminda; además, premia la lealtad de Libio otorgándole la mano de Lisarda. Así, el veneno preparado para otro se vuelve contra su autor, y la obra concluye con la restauración política, amorosa y familiar.