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Texto digital de Los tres hermanos del cielo y mártires de Carlete

Data de publicação: 22 de agosto de 2026

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Felipe Godínez Provável
Gênero
Comedia
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Procedência
El texto procede de la transcripción automática del manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional de España, signatura MSS/15204.

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Citação sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los tres hermanos del cielo y mártires de Carlete. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/los-tres-hermanos-del-cielo.

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LOS TRES HERMANOS DEL CIELO Y MÁRTIRES DE CARLETE

Pag. 1

Autógrafa 3ª

1 997

99

Los tres hermanos del Cielo y Mártires de Carlete, de Francisco de la Calle.

Leg.º 215

21

65

Pag. 2

Página en blanco.

Pag. 3

Los tres hermanos del cielo y mártires de Carlete. 1.ª jornada.

Amete, que es San Bernardo. Almanzor, rey. Zayda, dama. Zorayda, dama. Chorizo, gracioso. Bártola, villana. Jacinto, bandolero. Celio, bandolero. Celín, moro. Músicos. Un abad, barba. Un ángel.

Jornada primera

Pag. 4

Salen los músicos vestidos de moros y los más que puedan con fuentes de toallas pasando de un lado a otro y detrás Almanzor y Zoraida, su hermana.

Música.

En hora dichosa lleven

perlas y telas costosas

por tributo a mi rey Zaida

al Conde de Barcelona,

y vuelvan felices

a su patria heroica

con nuevos laureles

sus sienes victorias.

Almanzor.

Ya que a la menguante luna

de nuestro turbante quiso

Mahoma afilar sujetando

tantos encorvados filos

que desnudó nuestra gente

y los vistió a un tiempo mismo

en sangre cristiana, siendo

la primer causa Rodrigo,

ya que ha partido mi hermano

llevando a Zaida consigo,

y que el tributo hoy le llevan

en un hermoso hipogrifo,

tan Moncayo en lo nevado

que cada vez que le miro

Pag. 5

Almanzor.

dudo si es bruto o si es monte

hasta que del laberinto

de tanta duda me saca

la claridad de un relincho.

Ya que el tributo hoy pagamos

a don Ramón, y que ha sido

costumbre que le llevase

el príncipe, como hijo

que ha de heredar la corona,

porque jure en nuestros ritos

al conde de no negarle

el tributo que ha adquirido

su casa contra la nuestra

desde el antiguo principio

de aquella batalla donde

se hallaron y nos perdimos,

que por no darles más gloria

de nuevo no la repito.

Ya que a mi padre le agravan

tantos achaques prolijos,

que está aguardando por horas

de Cloto el agudo filo,

por cuya causa en ausencia

de Amete al gobierno asisto,

siendo tú, hermosa Zoraida,

de tanto peso el alivio,

Pag. 6

Almanzor.

quiero en aquestos jardines

partir mi pena contigo.

Corayda.

Dame cuenta de tus males,

que siendo tuyos, son míos.

Almanzor.

Oye, Corayda, mis ansias.

Corayda.

Descansa, hermano, conmigo.

Almanzor.

Cansado de la tarea

que el que gobierna ha tenido

siempre, porque los cuidados

tienen mucho de enemigos,

pues robaba la memoria

por la puerta del oído,

me entregué al sueño, y apenas

me ensayé en el paraninfo

de la vida, cuando advierto

que entre las flores me miro

de un monte cuyo penacho

era garzota de riscos.

Aromatizado el viento

deleitaba a los sentidos.

Un arroyuelo corría

riéndose de sí mismo,

que de aquel monte,

fue gigante cristalino.

Los árboles parecían

Pag. 7

Almanzor.

árboles del paraíso,

las aves canoras eran

músicos sin artificio,

pues nadie dirá que erraron

jamás la solfa sus picos.

Un alcázar elevado

estaba en este obelisco,

cuyos bellos chapiteles

eran del cielo registros.

La gente que le habitaba

no parecía del siglo,

porque era la vestidura

más blanca que los armiños;

entre los cuales, ¡qué pena!

vi a mi hermano convertido

de moro en cristiano; entonces

yo, irritado y vengativo,

quise en su sangre alevosa

manchar este acero limpio.

Zaida, contigo, a sus pies,

le pedíais el bautismo

y él os le daba, dejando

nuestra ley por la de Cristo.

Pag. 8

Almanzor.

y yo vengando las ofensas

a los tres a un tiempo mismo

mataba; siendo mi brazo

ejecutor del martirio;

desperté todo turbado,

vine a ver si había partido

Amebe, cuando se halló,

y el sueño se me repite

para que un claro ingenio

me declare este prodigio.

Corayda.

Hermano, nunca los sueños

dicen que han de ser creídos,

no des crédito a apariencias

ni a engaños. Vente conmigo,

que quiero en esos jardines

que te diviertan los ricos

cuadros que la primavera

pinta y borda a un tiempo mismo.

Almanzor.

Vamos.

Corayda.

Volved a cantar.

Vanse.

Música.

Para servirte nacimos.

Cuando pisa Coray de los campos

el prado galán,

nuevas flores ofrece a su huella

bellas florecen por solo mirar.

Pag. 9

Suena grande tempestad con Relampagos Y truenos Y van dentro Y luego salen amete Y cay jay pasan sin berse ni encontrarse

Amete.

piedad, ala Sagrado

Zayda.

Cielos piedad

Amete.

Sisean desencasado

los dos eges del cielo encuyo asiento

Semuebe el tachonado firmamento

Zayda.

Terrible tempestad La tierranada

sin duda esta esla esfera trastornada

que horrible obcuridad Ya perdi eltino

Amete.

Ya para allarme yo no allo camino

Zayda.

temiendo estoy el ultimo desmayo

Amete.

Relampago fue aquel,

Zayda.

aquel fue rayo

Amete.

quien me podra lebrar sin que me enquiete

El Rygor de tu mano alla

Jacinto.

Poblete

Adios que ya de ti me voy huyendo

Amete.

La Raridad del ayre compitiendo

parece que pronuncia en silbos roncos

Ecos formados en silbestres troncos

no esta lejos poblete

alo que entiendo yo

Jacinto.

amete

Amete.

amete

parece que escuche mas por el biento

ede buscar las cercas del combento

[entrase y sale jacinto con el niñito y le pone en un arbol]

Pag. 10

dentro

(Vase

Jacinto.

Amete Religión, ya no te amo

Sale

Pag. 11

dentro

Chorizo.

quienes

Jacinto.

Ya beis el tiempo que hace

a bre pastor

Chorizo.

que me praze

Jacinto.

A que aguardas a bre pues

Chorizo.

no me praze hasta despues

miren a que guena moza

e de abrir

Bártola.

quien os Retoza

marido

Chorizo.

un hombre mujer

Jacinto.

Sino abris e de poner

fuego boraz a la choza

Chorizo.

Un poco no aguardara

asi el demonio se lleue

no beque con lo que lluebe

el fuego se apagara

Jacinto.

Antes ardera mejor

Chorizo.

pues ya le pretendo abrir

Barto la empieza a pedir

misericordia al señor

Pag. 12

abren.

Jacinto.

el diablo que os lleue

cierra

Chorizo.

Pues no quiero abrir al diablo

Bártola.

Pensais que os a de comer

abre

Chorizo.

abrid le

por san antonio

que le de abrir al demonio

por ver si os lleua mujer

mucho de beis de temer

Jacinto.

Vosotros quizá sois buenos

pero yo que lo soy menos

de lo que pensais los dos

pienso que me riñe dios

Y que son voces los truenos

Chorizo.

parecéis asombradizo

Si este es moro y el tributo

lleua con salvo conduto

Jacinto.

Como te llamas

Chorizo.

chorizo

Pag. 13

Jacinto.

buen nombre

Chorizo.

tubo bentura

Bártola.

en su principio

Chorizo.

callad mujer, mi linage

desciende de estremadura

Mira en empeños hon Rados

que an tenido los chorizos

de banqueros y bautizos

siempre emos sido estimados

Jacinto.

tendras donde Recogerme

Chorizo.

una pieza Rica a lajas

Jacinto.

tengo

Chorizo.

cual

La sala Vaja

ques a donde el Rocín duerme

Jacinto.

Vien esta con el mozo

Chorizo.

Como que; no quiero yo

Jacinto.

a acostarme digo

Vase Jacinta

Chorizo.

O.

Pense que a lleuarse le

dentro.

Jacinto.

A mete echa por aca

vuelve vuelve hacia el camino

Pag. 14

Zayda.

fuerza de fatal destino

Conjura contra mi a la

Sale Amete.

Amete.

Por donde perdida ba

La mitad del alma mia

que antes que el farol del dia

a su negro ocaso llegue

Asi nos dibida y ciegue,

nube escura y sombra fria

parece que de funesto

Luto La tierra se biste

Y que en vuelto en horror triste

Al primer caos indigesto

se vuelve el mundo que es esto

Chorizo.

En trate bartola y cierra

{Vanse los dos}

Zayda.

o el cielo a mobernos guerras

Todo el océano sube

o se pasa en esta nube

Toda La mar a la tierra

dentro

Amete.

Sagrada Virgen deten

que yra desta vengativa

Como faeton me derriba

del monte y del pala fren

Zayda.

A mete señor mi bien

aguarda un Rato pequeño

Amete.

Valgame a la

[Cae Rodando y da en los brazos de Zaida]

Pag. 15

Zayda.

Amado dueño

Tente en mis brazos

Amete.

Parece

que en ayre se desbanece

La tormenta y que fue sueño

Sin duda se a de perder

Toda mi gente ay de mi

Zayda.

tu Zayda amese esta aqui

Amete.

Ylusion debio de ser

Zayda.

mi bien que oculto poder

te tiene asy (ay desdichada)

Amete.

Bueno estoy no a sido nada

Ya e vuelto en mi Ya me aliento

oye y sabras el portento

De esta tempestad Pasada

Si puede Ordenar discursos

Una ofuscada memoria

que de si misma a si misma

peregrino tan Remota

aunque enturbadas Ydeas

Como en alteradas olas

Las imágenes O especies

se confunden Y trastornan

Restituydo al Vital

espiritu que me informa

Dire de tiempo tan breue

nobedad tan prodigiosa

Pag. 16

Zayda.

esos temores destierra

que aunque parece que asombran

son hechizos de la magia

de estos cristianos, que adoran

a esa maria; y pretenden

con sus fantasticas formas

acreditar sus engaños

Amete.

Verdades son prodigiosas

las que te e contado cayda

no mentiras fabulosas

Zayda.

que es esto príncipe Como

tan cobardes se reportan

dos almas en que ay nobleza

africana y española

Pag. 17

Amete.

Dizes bien q ue es cobardia

Rendir mi altibez heroyca

Pag. 18

Amete.

a fantasticos asombros

o a fantasias dudosas.

yo bengare cayda mia

ofensas de mi persona,

que estas preneces de agravios

monstruos de venganza abortan

Ya toca el alma en el pecho

dando saltos se alborota

que un gran corazón no sufre

Capacidad tan angosta

Salga fuera de si mismo

Y en estas Reliquias godas

que quedaron de pelayo

Obrare hazañas heroycas

pero espera Cayda espera

+ sin duda que se adorna {Vee lauíto}

de esta blancura algun fraile

+ que los a Vitos ah despoja

gran industria se me ofrece

O vestido con esta Ropa

abrasare el monasterio

Yran haciendo me escolta

mis criados yo fingiendo

que soy monge Entre la tropa

de los de mas he de entrarme

Y cuando esten en sus Oras

En el coro he de abrasar los

Pag. 19

Amete.

aqui cerca esta una choza,

que esta vecina al conVento

espera aqui que Recoja

migente que anda Perdida

por estas sierras fragosas

depradas Blason antiguo

del granduque de cardona

Oy dicen que es noche buena

pues sera mala queoy toma

satisfacción este brazo

Zayda.

En los mios amorosa

te pago ya bienque asido

agran deuda Paga corta

abracanse

Amete.

Ypor estos lazos que duren

Eternidades dichosas

que enviendo poblete apenas

Ruina de sus memorias

Seran meras cenizas

de llamas abrassadoras

Guadalupe. Monserrate

Y el pilar de Zaragoza

Zayda.

esto es lo queyo deseo

arda lamontaña toda

Vanse lleuando cautivo amete

Y sale chorico Y Bartola

Pag. 20

Bártola.

Buena laechamos Marido

Chorizo.

quien metistis en lachoca

pues queay de nuevo os Retoza

Bártola.

despacio estaba seaydo

y lleua el Rocín

Chorizo.

el hombre

que bino ahora

Bártola.

puesquien bedlo

Chorizo.

lleuael Rocín bedlo bien

Bártola.

que flema

Chorizo.

Sabeis le el nombre

Bártola.

que simple

Chorizo.

es cierta la nueua

Bártola.

Una legua de aqui esta

Chorizo.

Va enel

Bártola.

Y como queua

Chorizo.

Pues bastola no le lleua

Bártola.

Vilo yo

Chorizo.

decir en fin

que ua en el Pues siba enel

el Rocín le lleua ael

mujer que no el al Rocín

Bártola.

sos untonto

Chorizo.

Yase aclara

El ayre y todo se alegra

Bártola.

Yano ayuna nube negra

Chorizo.

Por un ojo de la cara

(sale Zaida

Chorizo.

Si que el sol sale

Zayda.

Cristianos

Pag. 21

Chorizo.

guardeos alla

que es alta

Dios nos guarde a Maya ca

por dios gentil besa manos

Zayda.

Yo soy una noble mora

que con el príncipe amete

hijo del Rey de Garlete

boy a Barcelona ahora

Esta tempestad pasada

nos aparto del camino

y quedarme determino

aqui si medais posada

Chorizo.

ya la tempestad Serena

buesso cielo de hermosura

Y si estimais mi fegura

no faltara cama Y cena

Past.

Vos mora sos linda dama

mas no ay recado pardios

para amete y para bos

que es de galgos Nuesa cama

y son forzosos los yerros

que aca no somos hidalgos

bien que una cama de galgos

no es mala para dos perros

Bártola.

soy celosa un poco

mi marido tierno un mucho

si el os abla Y yo lo escucho

ara el amor como un loco

Pag. 22

Bártola.

Cantase al niño la gala,

esta noche no se cena,

y así, pues es Nochebuena,

os podéis ir noramala.

Zayda.

Con razón está celosa,

dejadme mientras aguardo

Chorizo.

que venga Amete,

y a tardo

en pediros una cosa.

Chorizo.

Mas, ¿qué es esto?, el hombre vuelve

a traernos el rocín.

Sale Jacinto de bandolero con otros.

Bártola.

Gente parece ruin.

Jacinto.

A quien así se resuelve

sus mismos vicios le dan

licencia libre y supuesto

que me escogisteis tan presto

por caudillo y capitán.

Pag. 23

Jacinto.

dejaos gobernar por mí,

el primer robo ha de ser

por mi gusto, la mujer

de un villano que está aquí,

que en mis brazos, como hiedra

en los del olmo la pinto.

Celio.

¿Cómo te llamas?

Jacinto.

Jacinto;

no la flor, sino la piedra,

que tengo el alma muy dura.

Celio.

¿Para qué es la labradora,

si se ofrece aquella mora

tan peregrina hermosura?

Jacinto.

Es un ángel soberano.

Robémosla, ven conmigo.

Chorizo.

¿Qué es del rocín, a quien digo?

Jacinto.

Yo le he menester, villano.

Chorizo.

No es mío, mas yo os le doy.

Bártola.

¿Cómo se le podéis dar,

Chorizo.

pues ¿quién se le ha de quitar

a un señor ladrón?

Zayda.

Yo soy

una mora a quien Amete

lleva ahora a Barcelona,

y advierte que la corona

heredaré de Carlete;

no emprendas tan grande hazaña,

que si Amete vuelve aquí

y lo sabe, con Alí

conjurará la montaña.

Pag. 24

Jacinto.

No me costará desvelo

su cuidado, y no te asombre,

que no ha de temer a un hombre

quien perdió el temor al cielo.

Mora, vamos.

Zayda.

¡Suerte fiera!

Celio.

Yo he menester la villana.

Chorizo.

Ella irá de buena gana

al monte, salid afuera.

Y vos con este señor.

Bártola.

¿Yo, marido?

Chorizo.

Sí, mujer,

que diz que os ha menester,

y id de grado, que es mejor,

si eis de ir ansí como así.

Bártola.

Vos que estáis haciendo gestos,

¿qué teméis?

Chorizo.

Que alguno de estos

me haya menester a mí.

Jacinto.

No temas, que soy cristiano,

y empiezo a quererte ya,

aunque soy tal que quizá

me deja Dios de su mano.

No pienso obligarte a nada,

si tú por gusto me quieres;

yo querré muchas mujeres,

pero ninguna forzada,

que goza cuerpo grosero

Pag. 25

Jacinto.

no alma noble; aquel las fuerza,

donde cuando más se esfuerza

el vicio, aún no es vicio entero,

pues quien goza con violencia

vendrá solo a poseer

la mitad de una mujer

por la honrada resistencia;

mas si a ser querido espera

ese a quien el alma han dado,

cuando goce, habrá gozado

toda la mujer entera.

Zayda.

Pues ¿por qué me llevas, siendo

yo el alma del que me adora?

Jacinto.

Por lo que espero, que ahora

no gozo, sino pretendo.

Zayda.

De la muerte cuando venga

esta desdicha...

Chorizo.

Irme quiero

con vos, señor bandolero.

Aquí no hay honra que tenga;

ya que el rocín os lleváis,

si está vaca o alguna plaza

de bandolero en la caza,

que tengo valor informáis.

Recibidme a mí también

en tan santa religión,

por salteador motilón.

Pag. 26

Jacinto.

No quiero hacerte ese bien.

Chorizo.

¿Por qué?

Jacinto.

Porque le has llamado

religión, que soy un hombre

que aborrezco hasta su nombre.

Chorizo.

Yo seré ladrón honrado.

Jacinto.

Vamos de aquí.

Zayda.

Ten piedad

de una mujer.

Jacinto.

Yo prometo

guardar a tu honor respeto,

y a ti te doy libertad,

quédate con tu marido.

Chorizo.

¿Aquel señor no decía

que menester os habría?

Celio.

El capitán no ha querido.

Chorizo.

¡Ay, que me muero, señor,

ya la vida se me apura!

Celio.

Pues te ha dado la ventura...

Chorizo.

medio mujer, que es peor.

Jacinto.

Si acaso a mí se viniere,

dile que yo me he llevado

la causa de su cuidado;

que me busque si quisiere.

Cante.

Chorizo.

Si se emboscan los ladrones

en medio de aquestos cerros,

no darán con ellos perros,

sabuesos, galgos, ni hurones.

Pag. 27

Sale Amurates y los suyos.

Amete.

Di, villano, ¿viste ahora

una mora por aquí?

Chorizo.

Sí, señor.

Bártola.

No hay tal.

Chorizo.

Mentí,

que fue mora zarzamora.

Mirad, un ladrón llegó,

y como la halló sin dueño,

pardiobre, sin más empeño,

la zarzamora robó.

Amete.

¿Qué dices? De ti reniego.

Mahoma, falso tirano,

como caballo troyano

pondré a Cataluña fuego.

Chorizo.

Pues si quieres emprendella,

yo te traeré el eslabón,

mas con una condición:

que yo no he de estar en ella.

Bártola.

El juicio está perdiendo

por la mora; y vos, marido,

por mí no os habéis perdido.

Aparte.

Chorizo.

Hago bien, que yo me entiendo.

Con esto iré tras la mora.

Yo sé poco más o menos

todas las cuevas y senos

que hay en esta sierra ahora.

Los bandoleros son dos,

y será razón, en fin,

que cobremos el botín,

porque excusemos ruidos.

Pag. 28

Chorizo.

y así, por cuantos rincones

tien la sierra, los busquemos,

diciendo que no queremos

ser frailes, sino ladrones;

y, cuando durmiendo estén,

subiendo a las ancas vos

del rocín, no hay sino a Dios.

Vanse los moros.

Bártola.

Eso no, que queréis bien

a la mora y vais por ella.

Aparte.

Chorizo.

Yo la halago porque vaya,

que en vos estos celos haya,

siendo a mis ojos tan bella...

¿Qué tiene otra más que vos?

Bártola.

Ser otra.

Chorizo.

Eso es bobería.

Vos sois toda el alma mía,

y esto para lo de Dios.

Vos sois mujer diligente,

cuerda, aliñada, hacendosa,

agradable, limpia, hermosa,

sabia, discreta, prudente.

Vuestra voz, como la salva

que hace al sol la Filomena;

cada diente, una azucena,

y toda la risa, un alba;

cada mejilla, una luna;

cada vista, una advertencia;

cada dicho, una sentencia,

y en todas y cada una

Pag. 29

Aparte.

Chorizo.

las gracias de dos en dos,

como frailes de convento.

Si en cuanto he dicho no miento,

mala pascua me dé Dios.

Bártola.

Todo eso hay en mí.

Aparte.

Chorizo.

Y aun creo

que más, otra vez mentí.

Bártola.

Todos lo dicen así

y yo también me lo veo.

Y hemos de hacer muchos robos

mientras el rocín cobramos.

Chorizo.

Cuantos quisieres.

Bártola.

Pues vamos.

Vanse y sale Amete y Formoso.

Chorizo.

Así engañan a los bobos.

Amete.

Sin duda la tierra misma

dentro en sus propias entrañas

los escondió.

Celín.

Inaccesibles

son estos montes de Pradas.

Amete.

A Zayda, a Zayda me roban.

Por la reliquia sagrada

que veneramos en Meca,

que en precio suyo no bastan

las vidas de mil cristianos.

Por aquí ha de estar la casta

de los monjes de Poblete,

y aunque ya la noche aclara,

Pag. 30

Tocan.

Tocan órgano o chirimías.

Amete.

no hemos topado con ella,

mas vamos, que las jornadas

que se caminan de noche

parecen siempre más largas.

Sin duda no hemos llegado;

pondréme esta toga blanca,

llegaré a la portería,

fingiré que caminaba

a Castilla y me perdí,

y que ahí busco posada

en convento de mi orden,

y mientras la misa acaban

que llaman ellos del gallo,

será mía y su alcázar;

pero ¿qué es esto? Parece

que suena música, aguarda.

Celín.

Los frailes son, en el coro.

Amete.

Por fuerza, Celín, te engañas,

¿cómo podemos oírlos

si estamos a tanta distancia,

que no vemos el convento?

Celín.

Escucha, que ahora cantan.

Música.

Música.

Capa leal forastero,

Todos.

todo sea él.

1.

Que pobre y disimulado

viene a llevarse el ganado

que ha de perderse por él.

Todos.

Todo sea él.

Pag. 31

Amete.

Por Alá, que están los frailes

en maitines, que es mañana

la Navidad que celebran

del que nació entre unas pajas;

vestirme el hábito quiero.

Vístese de fraile.

Celín.

Bien te ha de estar esta gala.

Amete.

Si aquí tan cerca se escuchan

los versos y consonancias,

¿dónde se esconde el convento,

cuyas torres y murallas

se suelen ver de tan lejos?

Celín.

Si son sombras o fantasmas

los músicos y las voces,

ilusión imaginada...

Vuelven a cantar.

Música.

Zagales, etc.

Amete.

Ya que aquí está el convento,

las voces me desengañan.

No es este; aire vano toco.

¡Oh casa, ahora encantada!

¡Fantástico edificio,

donde al llegar me reapartas!

¿Esto consientes, Mahoma?

¿Por qué con rayos no abrasas

el convento en que a María

cantan himnos y alabanzas?

Mas ¿qué sol rompe las sombras

de la noche en luces claras?

¿Quién es que aquí al mismo sol

los rayos le desencaja?

Aparece la Virgen en una tramoya y Amete la mira temblando.

Pag. 32

Virgen.

Moro, ¿por qué me persigues?

En la tempestad pasada,

¿no viste humillado el bruto

a mi vista soberana?

¿No te dije que siguieras

mi religión? ¿A qué aguardas?

Esa blanca vestidura,

Bernardo, es la que me agrada;

que no fue acaso que tú

en el campo le encontraras.

A Bernardo el bautismo

pide; Bernardo te llamas

desde hoy, pues de Bernardo,

mi hijo, heredas la casa,

que mereció ser hermano

del que estuvo en mis entrañas,

pues el licor de mis pechos

fue de Bernardo sustancia.

Pide el hábito que tienes

al abad, que tu abogada

seré desde hoy en el cielo.

Queda en paz.

Vase la tramoya.

Amete.

Señora, aguarda.

Virgen, Madre, Hija y esposa,

que en la Trinidad Sagrada

por el Padre, Hijo y Esposo

estos tres nombres alcanzas,

Pag. 33

Amete.

Ya te confieso, Señora,

que eres la llena de gracia.

Ya soy Bernardo, hijo tuyo.

Celín.

Ciego quedé a luz tanta.

Amete.

Amigos, volved vosotros,

cercad toda la montaña,

buscad a Zayda otra vez

y decidla que la aguarda

en Poblete mayor dicha.

Virgen, hacedla cristiana.

Celín.

¿Dónde he de buscarte?

Amete.

Aquí,

en el convento.

Vanse.

Celín.

En fin, mandas

que te dejemos, pues vamos.

Descúbrese el convento.

Llama a la portería.

Amete.

Parece que unas escamas

se han caído de mis ojos.

Ciego totalmente estaba.

¡Qué dudo! Este es el convento,

esta es la insigne portada

de la iglesia; aquí se ve

la portería; aquí llaman

los que llegan. Aquí está

el cordel de la campana.

Pag. 34

Abad.

Abrid la puerta y veamos

si es fray Jacinto, que falta

del convento hoy todo el día.

Y una visión soberana

me dijo ahora en maitines

que venga y las puertas abra

a un monje que busca a Dios.

Deo gracias, padre; Deo gracias.

¿Otro monje es? ¿Qué es aquesto?

Amete.

Padre, no te admire nada,

yo soy un gusano humilde,

admite en tu santa casa

a un ciego que la luz busca

de la ley de Cristo.

Abad.

Aguarda.

¿No eres fraile de mi orden?

Amete.

Padre, mi historia es muy larga.

Abad.

Ven y dirasme quién eres,

que potestad más que humana

tu vocación solicita.

Amete.

María, llena de gracia,

Bernardo soy; y vos, Cristo,

cumplidme vuestra palabra.

Vanse.

Fin.

Pag. 35

Faltan los títulos y primera jornada.

Jornada segunda

Pag. 36

La página presenta texto borrado o lavado apenas legible sobre el que se ha escrito el título. Se aprecian algunas palabras como "Almanzor y Zoraida su hermana", "Mus.", entre otras.

Pag. 37

Salen cantando los músicos y luego Almanzor y Corayda, su hermana.

Música.

Pues Hamete desprecia este imperio,

merezca Almanzor

que corone su frente dichosa

el oro, que es hijo adoptivo del sol;

de Corayda celebre los años

el mayo gentil,

que a su planta dichosa le teje,

en selvas de flores, tapetes abril.

Almanzor.

Dejad de cantar, que en vano

queréis a mis fantasías

estorbar con alegrías

la venganza de un hermano,

de un aleve, un fementido,

pues, olvidando su ley,

de la diadema de rey

le miro destituido.

Olvidando al gran profeta

por aquel crucificado

que murió en la cruz clavado,

azote de nuestra secta,

más presto que la corona

hoy me ciño, he de buscalle

hasta prendelle o matalle

por toda la ardiente zona.

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Almanzor.

toda mi gente en Carlete

se aliste; el sagrado monte

tiemble, y todo el horizonte,

pues salgo contra Poblete.

Corayda.

Y cuando falte valor

que vengue tu heroico brío,

no podrá faltar el mío

yendo a tu lado, Almanzor,

hasta acabar con la vida

del que, afrentando a Carlete,

renuncia el nombre de Amete

y Bernardo se apellida.

El mujeril traje quiero

trocar por el de varón,

y esgrimir en la ocasión

a tu lado el corvo acero.

Toca a marchar al instante;

puebla de hombres la montaña;

no quede choza o cabaña

que no tiemble; el sol brillante

huya de la acción que emprendo,

toda su luz eclipsando,

que lo que él fuere apagando

irá mi enojo encendiendo.

Almanzor.

Pues contigo al mundo asombre

mi rigor

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Corayda.

Hoy han de ver

que es demonio la mujer

cuando toma el traje de hombre.

Almanzor.

Este acero ensangrentinto

verá, Zaida, pues me ignoro,

que en su filigrana de oro

veta engastando un jacinto;

que en esos montes de Pradas,

es dueña de mil riquezas,

bien que todas sus proezas

son de riquezas hurtadas.

Y así pretendo sitialle

por uno y otro camino

que a fuerza de su destino

he de prendelle o matalle.

Este bizarro ardimiento

en mi pecho no se apaga

hasta que a los tres los haga

beber a sorbos del viento.

Corayda.

Pues siquiera que logremos

nuestra venganza mejor,

de modo que los sitiemos,

suba valeroso Almanzor

en esta acción que emprendemos.

La montaña has de sitiar

y yo al convento tengo de ir.

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Corayda.

y en viendo a Amete salir,

podré atrevida llegar

a reducir su locura

y a sacarle de su encanto,

porque nadie alcanza tanto

como puede una hermosura.

Donde no basta el ruego,

las lágrimas y suspiros,

tendré en aquellos retiros

quien ponga a pólvora fuego;

siendo yo noble homicida

de Amete, antes que se vuelva,

siendo aquella verde selva

el teatro de su vida.

Alí.

Bien dices, vamos, Corayda,

que ya tu consejo admito,

y mi cólera repito

cada vez que nombro a Zayda;

muera Jacinto, y Amete,

y sea el mundo testigo

de mi rigor.

Corayda.

Mueran, digo,

y viva el rey de Carlete.

Vanse.

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Salen Chorizo y Bartola, vestidos de bandoleros, rústicamente.

Bártola.

Todo es embustes y engaños,

que a la he sos un ruin,

pues con color del rocín

sos salteador ha dos años.

Chorizo.

Que, ¿dos años? Más han sido;

de dos y medio,

¿qué importa

hacer la cuenta tan cierta?

Bártola.

Todo este tiempo, marido,

ha que queréis ser galán

de la mora; pero ella

(tan ingrata como bella)

no le ha dado al capitán

en estos montes de Pradas

una mano, ni él la toma,

que allá por lo de Mahoma

hay también moras honradas.

Chorizo.

Zaida se deshace en llanto

desde la hora que Amete

se metió fraile en Poblete.

Bártola.

Ese sí que es un gran santo,

fray Bernardo se llamó

en el bautismo, y el día

de la Asunción de María,

Madre de Dios, profesó.

Chorizo.

Y por su mucha humildad

diz que le han hecho portero.

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Chorizo.

del convento y limosnero,

que es mucha su caridad.

Bártola.

Un limosnero he notado

que tiene famosa vida:

si reparte la comida,

se zampa el mejor bocado.

Chorizo.

Pardiez, que tienes razón,

que el diablo, aunque es bellaco,

no halla limosnero flaco

en ninguna tentación;

mas Bernardo es muy devoto

de la Virgen.

Bártola.

Es Bernardo...

Chorizo.

Como era rey, es gastando

liberal y manirroto

con los pobres.

Bártola.

Si no tiene

qué darles, pide licencia,

hace del convento ausencia

y a estos lugares se viene,

donde siempre recogió

mucha limosna.

Chorizo.

A un donado

que de ellas iba cargado

robé el otro día yo.

Bártola.

Falsos sois.

Chorizo.

Éste me dijo

del fraile grandes historias

y aun maravillas notorias.

Bártola.

En fin, de un rey era hijo.

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Chorizo.

Que el rey, su hermano Almanzor,

y se corregía este hermano,

se viniese a hacer cristiano.

Bártola.

Volvamos a nuestro amor,

que por eso os truje aquí,

vos os casastes conmigo,

y debéis hacer lo que os digo.

Chorizo.

Si fuere lícito, sí,

pero yo so laico y mico.

Bártola.

Pues, Chorico, yo deseo

no ver famosa...

Chorizo.

Ya veo

que aborrecéis su belleza.

Yo la adoro en puridad.

Bártola.

¡Mas que os masco entre los dientes!

Chorizo.

No está en manos de las gentes

esto de la voluntad.

Bártola.

¡Ya yo no puedo sufrillo!

Chorizo.

No alteraremos, mujer,

que yo lo hago por ver

si tengo en ella un chiquillo.

No gruñáis, hay en qué yerra

esta mora, y yo en qué yerro.

Bártola.

¿Cómo en qué? En que sois un perro,

pues andáis tras de una perra.

Chorizo.

No es ansí, buena mujer.

Celio está ahí, que es buen juez,

sabrá quién digo, el que dice.

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Bártola.

que me habrá menester,

como enamorado está,

que son los hombres traviesos;

una vez me dio dos besos

y yo le dije: «¡arre allá!».

Otra vez que me decía

lo que por mí gime y llora,

le dije: «dejaldo ahora

y decídmelo otro día».

Otra vez que hubo lugar,

que estaba lejos y sola,

me dijo: «ahora, Bartola,

cuatro abrazos te he de dar».

Yo respondí: «mas no nada,

¿cuatro abrazos? ¡Pardios,

que no le di más de dos!».

Pues si yo soy tan honrada

y os guardo a vos tanta fe,

¿es razón que con desvelos

por la mora me deis celos?

Digo, mujer, que has de contar por Dios quién es, mata luego.

Chorizo.

¡Ay, honra mía! ¿Qué haré?

¿Si degollaré a Bartola?

¿Si mataré a mi ofensor?

Ofendióme en el honor,

pues muera. Decí, ¿estáis sola?

Bártola.

¿No lo veis?

Chorizo.

Quiero apurar

mis celos. Aquesto es hecho,

sacad a Celio del pecho.

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Chorizo.

porque le quiero matar.

Bártola.

¿Qué es lo que decís? ¡Ay, Dios!

Chorizo.

¿Por qué dais en tal quimera?

Mujer, echalde acá fuera,

o, si no, llevaréis vos.

Bártola.

¿Cómo he de echarle?

Chorizo.

Empujando,

pues vuestro pecho es su centro.

Hace fuerza Bartola.

Bártola.

Yo no le tengo acá dentro.

Chorizo.

Ahora le ibais cobrando

y le habéis vuelto a engullir.

Echalde luego, al instante,

o, si no, de aquí adelante

cada día heis de morir.

Bártola.

Marido, yo no le tengo,

por toda mi santiguada,

por aquesta cruz jurada.

Chorizo.

Mujer, con quien vengo, vengo;

mi honor está hasta el gollete,

y os tengo de degollar

y luego os he de ahorcar.

Sale Celio.

Bártola.

¡Favor, favor!

Celio.

¿Quién le mete

en matar esta cordera?

Que a su defensa me obligo;

basta mandarlo un amigo

para dejar la cólera.

Sale Amese, que ya se llama Bernardo, vestido de fraile, Bernardo y Celio y otro bandolero.

Bernardo.

Si sois hombres de razón,

cuando rigores mostréis,

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Bernardo.

y a que el dinero robéis,

respetad la religión.

Chorizo.

Bien dice, venga el dinero,

que harto habrá recogido.

Bártola.

Grande ladrón sois, marido.

Chorizo.

Mujer, no seré el postrero.

Celín.

Venga el dinero al instante.

Bártola.

Pardiez, que el fraile es escaso.

Chorizo.

Venga o muera.

Sale Jacinto.

Jacinto.

Paso, paso.

Bártola.

Ya metió paz el montante.

Jacinto.

¿Qué llevas? ¿De dónde vienes?

Bernardo.

Pedir limosna no más

es mi oficio.

Jacinto.

A pobres das;

el dinero aquí sostienes.

Bernardo.

De pobres son estos bienes,

si sois pobres, yo os los doy.

Jacinto.

Aun sin espíritu estoy

cuando yo a robarte vengo,

y así, pues que no le tengo,

pobre de espíritu soy.

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Bernardo.

Judas eres, ya lo he visto,

que si él en esta ocasión

miraba, siendo ladrón,

por los pobres contra Cristo;

tú también eres malquisto

Judas, que a Cristo te opones

en todas las ocasiones,

y aun peor te solicitas,

pues a los pobres lo quitas

y lo das a los ladrones.

Chorizo.

Judas llamó al capitán

el frailecillo atrevido.

Celín.

Matémosle.

Jacinto.

Eso os impido,

que los que conmigo están

quitan hacienda, no dan

la muerte a nadie, que fuerte

sangre de rendidos vierte.

No basta que a un pasajero

le hayáis quitado el dinero,

sino que le deis la muerte.

Ya lo he dicho y ya lo digo,

el bandolero homicida

que quitare a alguna vida

mientras robare conmigo

me tenga por su enemigo.

Celín.

¿Por qué?

Jacinto.

Porque ese rigor

de matar

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Jacinto.

de ir a manos del juez.

Menos mal le estará, tal vez,

al muerto que al matador.

Celín.

La razón de eso pregunto.

Jacinto.

Porque ignora qué será,

y examinarle toca

la vida de este difunto.

Advertid bien este punto,

decidme, ¿será cordura

cortar la mano al que os cura?

Claro está que es loco intento

quitarle el mismo instrumento

con que sanaros procura.

Manos de Dios que se ven

son los hombres. Solas dos

tiene el hombre, y muchas Dios;

que cada vida con quien

puede Dios haceros bien,

mano es de Dios, no hay dudar;

luego en el mismo quitar

la vida de un hombre es llano

que a Dios quitáis una mano

con que os puede remediar.

Bernardo.

Contento me has dado y pena,

tú eres salteador, mas eres

fuera de salvarte.

Jacinto.

No esperes

jamás de mí cosa buena,

¿que Caín no se condena?

Bernardo.

¿Luego estás desesperado?

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Jacinto.

No, pero estoy en estado

que a mi salud no hallo medio.

Bernardo.

Dios puede darte el remedio;

no vivas desconfiado.

Jacinto.

¿Cómo está nuestra Señora

de Poblete? Yo solía

visitarla cada día

y sé que mi ausencia llora.

Bernardo.

¿Por qué no la ves ahora?

Jacinto.

Porque soy muy conocido

de los frailes, y temido

después que soy bandolero;

de ti una limosna espero,

como pobre te la pido.

Yo sé que eres en Poblete

fraile nuevo, porque allí

nunca yo te conocí.

Bernardo.

Dices bien.

Jacinto.

¿Eres Amete,

hijo del rey de Carlete?

Bernardo.

Ahora soy fray Bernardo.

Jacinto.

¡Vive Dios que estás gallardo

con el hábito! Mas creo

que es injuria del deseo

el lo que en decirlo tardo.

Ver en Poblete quisiera

a la Virgen, y que todo

se dispusiera de modo

que ningún fraile me viera.

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Jacinto.

que de requiebros dijera

a aquel relicario santo

de que estoy ausente ha tanto.

Bernardo.

Viendo por lo que te escucho

que a la Virgen quieres mucho,

me baño en gozo y en llanto.

Mira, retirado estoy

de otras celdas, que la mía

casi está en la portería,

después que portero soy.

Ve a Poblete y yo te doy

mi palabra si allá vas

que yo te veré nomás.

Jacinto.

Si lograses mi fe.

Bernardo.

Yo solo a ti te veré,

y tú a la Virgen verás.

Jacinto.

Pues esta noche después

que se recoja el convento,

acción temeraria invento,

iré a Poblete.

Bernardo.

Adiós, pues.

Mira que de pobres es

todo aquel dinero.

Jacinto.

Ya

convertido en sangre está.

Bernardo.

Vete con Dios.

Jacinto.

Él te guarde.

Espera, aunque vaya tarde.

Bernardo.

Nunca va tarde el que va.

Vase Bernardo.

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Jacinto.

Zayda es esta.

Zayda.

¿Quién estuvo,

Jacinto, contigo aquí?

Jacinto.

¿A quién viste?

Zayda.

A un fraile vi

que contigo se detuvo.

No le vi la cara.

Jacinto.

Anduvo

discreto amor; te pesara

de haberse visto la cara,

que el fraile era Hamete.

Zayda.

¡Ay, cielos!

Vase y con él los bandoleros.

Jacinto.

Zayda, amor corre con celos,

que es desbocado y no para.

Desarrepiento por hoy,

porque me espera una dama

milagrosa que me llama

con el alma que la doy;

esta noche a verla voy.

Volveré, y pues te poseo,

lograré aquí mi deseo,

que no es el monte palacio

para lograr tan despacio

la flema de un galanteo.

Zayda.

La amenaza mayor daño

mi fortuna, y ya ha tres días

que entre vanas fantasías

voy disponiendo un engaño

para algún suceso extraño

que no acabo de entender.

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Zayda.

aquí a Ahamete pude ver.

Pero, ¿ya qué dicha espero,

mientras este bandolero

me tuviere en su poder?

En gran peligro estoy puesta

si falta la cortesía

que hasta ahora me tenía.

Bártola.

Marido, la mora es esta;

si tenéis algún recado

del capitán, ya está sola.

Chorizo.

Ya yo he engañado a Bartola.

(Aparte.)

(Al paño.)

Bártola.

Yo me voy, mas por un lado

me he de poner a atisbar.

Chorizo.

¡Quién le comiera una mano!

Zayda.

Pues me quiere este villano,

de él me tengo de fiar.

Chorizo.

Cayda, no sé qué os diga,

siempre que os veo me place,

y el amor por vos me hace

cosquillas en la barriga.

Y cuando así quedo en calma,

os doy cada vez que os miro

en cada vista un suspiro,

y en cada suspiro un alma.

Yo por aquesas pestañas

sirviera otros siete años,

como sirvió por engaños

aquel tal de las lagañas.

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Zayda.

¿Harás un atrevimiento

por mi amor?

Chorizo.

Por vida vuestras,

que lo digáis muy apriesa.

Zayda.

Yo deseo ir al convento

de Poblete para ver

esta imagen.

Chorizo.

¿Tenéis gana

por dicha de ser cristiana?

Zayda.

Con gran secreto ha de ser,

vistiéndonos en secreto

de peregrinos los dos.

Chorizo.

Bien habéis dicho, ¡pardiós!,

que quizá para ese efeto

a los romeros quitamos

tres días ha los vestidos.

Zayda.

Pues cuando más divertidos

los compañeros veamos,

juntos nos habemos de ir.

Aparte.

Bártola.

¡Ah, ladrón!

Chorizo.

Zayda, ¡pardiez!,

que mi rocín esta vez

para ambos ha de servir,

y, fuera de cumplimiento,

por llevaros caballera,

en esta ocasión quisiera,

Zayda, ser un gran jumento,

y tan grande en conclusión...

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Chorizo.

que en las ferias no se hallará

por el cuerpo y por la cara

otro mayor garañón.

Vase.

Bártola.

El rocín para la mora

yo le daré, mas será

mejor cogerlos allá

y dejarlos ir ahora.

Chorizo.

Ya todos hacia el camino

se han ido y solos estamos;

no hay sino que nos vistamos,

que hasta el traje es peregrino.

Zayda.

Dices bien.

Vanse.

Chorizo.

Si me deslizo,

Bartolo, no hay que gruñir;

los que le vieron ir

no verán más a Chorizo.

Sale el Abad.

Abad.

Muchos pobres han llegado

por limosna y no ha venido

Fray Bernardo, ¿qué habrá sido?,

que me tiene con cuidado.

Mas es tal su devoción

con el nombre de María,

que se pasa noche y día

contemplando en la oración.

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Sale Bernardo y un Ángel de peregrino.

Abad.

Y así, cuando venga quiero

que recoja su virtud

a su celda, y su inquietud

renuncie a ser limosnero,

que un varón tan virtuoso

como Bernardo es mejor

que al superior e inferior

enseñe a buen religioso.

Mas otro pobre ha llegado

y con él Bernardo viene;

con el pobre se entretiene.

Ángel.

Por Cristo crucificado,

Bernardo, limosna os pido.

Bernardo.

Amigo, a tal ocasión

llegáis, que mi corazón

le traigo bien afligido.

En el monte me encontraron

los ladrones, y el dinero

me ha robado un bandolero,

y más pobre me dejaron.

Mas claro está que sería

por mis culpas.

Abad.

¡Qué humildad!

Bernardo.

Mas toda necesidad

remedian Dios y María,

padre mío.

Abad.

Hijo amado,

seáis mil veces bienvenido.

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Bernardo.

Con el pobre divertido

los pies aun no le he besado.

Abad.

Álcese, hermano, del suelo.

¿De qué llora?

Bernardo.

¡Ay, padre mío!

De que a este pobre le envío

sin limosna ni consuelo.

Que en este monte de Pradas

los ladrones me encontraron

y el dinero me robaron.

Ángel.

¡Oh, maravillas sagradas!

Dadme alguna caridad,

Dios permite que le pidas

porque en su humildad y vida

conozcan su santidad.

Bernardo.

No tengo, hermano, qué dalle.

Vase.

Abad.

Entre, hijo, a descansar,

no le aflija este pesar,

que este mundo, al fin, comparalle

podemos al monstruo fiero

de la muerte, que atrevida

a uno le quita la vida

para dar a otro el dinero.

Y así este mismo ejemplar

el consuelo facilita,

que si hoy el mundo lo quita

mañana lo podrá dar.

Mira la manga.

Ángel.

Mientras, desconsolado,

mira la manga, quizás

algo que darme hallarás.

Bernardo.

¡Cielos, mi bien he hallado!

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Bernardo.

Con la misma cantidad

que de limosna junté.

Sin duda milagro fue,

porque en la necesidad

mayor, nos socorre Dios;

y así, por este camino,

socorre a este peregrino;

tomad, todo es para vos.

Ángel.

No lo he menester, amigo;

tu custodio y compañía

soy; queda en paz.

Vuela y el soldado se va y salen Caya y Choric.

Chorizo.

Lleguemos, pues yo lo digo,

que algún diablo os aconseja.

Zayda.

Debajo de este vestido

traigo el de mora escondido.

Chorizo.

Lobos sois con piel de oveja.

Mas no veis cómo está

la robada, y otead

si acaso algún ángel veis.

A una vieja he visto ya.

Vuelve.

Bernardo.

Si fue sueño lo que vi,

quién tal dicha mereció.

Chorizo.

Mi ángel custodio me habló,

fue cierto.

Bernardo.

¿Quién está aquí?

Zayda.

Dos peregrinos.

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Bernardo.

Llegad,

que ya limosna ha venido;

para vosotros ha sido,

ea, mis pobres, tomad.

Chorizo.

Estes, no otros pelones

que no darán un dinero

si los ahorcan; yo quiero,

hermano, algunos doblones;

hágame, pues, caridad,

déme de ellos un bolsillo,

que de este ungüento amarillo

tengo gran necesidad.

Zayda.

No te entretengas, Chorizo.

Chorizo.

Por sacar doblones, yo

al padre que me engendró,

y aun a la madre que me hizo,

entretendré.

Zayda.

Déjale,

que hoy tengo de ver si puedo

lograr mi ardid, si me quedo

con su celda.

Chorizo.

¿Para qué?

Zayda.

Para hablalle.

Chorizo.

¿Ha de haber más

que hablalle?

Zayda.

No sé tú, sé zorro,

que no es hombre un religioso.

Chorizo.

¿No es hombre? Allá lo verás.

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Chorizo.

Mira un demandante un día

llegó en casa de una dama,

destas que tienen la fama

de hacer cualquier obra pía.

Llamó, y, bajándole a abrir,

dijo el bigardo: «Cabales

traigo aquí mis cuatro reales,

¿podré, hermanita, subir?».

La dama se alborotó

y temiendo alguna tanda,

prosiguió con su demanda

a voces, con que escapó.

Aplica tú ahora el cuento;

si un hombre, saliendo fuera,

suele andar desta manera,

¿qué hará dentro del convento?

Zayda.

Deja locuras, y llega,

dile que me dé posada

en su celda.

Chorizo.

Aquí apartada

estad. Lo que se me pega

me obliga a ser consejero.

Sale Bartola de pobre.

Bártola.

Lindamente me he venido

de pobre tras mi marido.

Bernardo.

Si vendrá aquel bandolero...

Hablaré con el abad,

y luego, aunque se detenga,

le esperaré hasta que venga

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Bernardo.

Ea, mis pobres, tomad.

Bártola.

Allí están los peregrinos;

bien hice en ponerme aparte,

los celos tienen gran arte.

Bernardo.

Llegad, retratos divinos.

Vos, que estáis tan retirada,

humilde sois, quiero a vos

daros antes que a los dos.

Bártola.

Contenta estoy, no pagada.

Chorizo.

Padre, dice el compañero

si en su celda quiere dalle

posada, que quiere hablalle,

que esto estima y no el dinero,

y verá cómo le cuenta

mucho de Jerusalén,

donde murió nuestro bien.

Vanse los dos.

Bernardo.

Si darme ese precio intenta,

celda y vida le daré.

Véngase conmigo luego;

vos, tomad limosna, os ruego.

Solos.

Bártola.

Deje, padre, no le dé,

que yo le tengo de dar.

Chorizo.

Esta tiene algún regalo.

Quítale el palo a Chorizo.

Bártola.

Dadme primero este palo

en que me pueda arrimar.

Chorizo.

Por eso es bueno un cordón.

Alzad la cara. ¡Hola, hola!

¿Sois la pobre o sois Bartola?

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Bártola.

Aquí vos tengo, ladrón.

Costilla en vos no ha de haber

que no os quiebre sin mancilla.

Chorizo.

Mirad que de la costilla

salió la mujer, mujer

quedo, mirad cómo dais.

Bártola.

Aun faltan manos y boca.

Chorizo.

Que me matáis. ¿Estáis loca?

¡Mirad cómo pellizcáis!

Bártola.

En tanto que de la moza

me vengo, no he de cansarme.

Chorizo.

Eso es quererme, es matarme,

¡ay, que me ha mordido ahora!

Bártola.

Decid, ¿habéis de querer

a la moza, socarrón?

Chorizo.

No, mujer, con condición,

que no volváis a morder.

Bártola.

Pues decid al padre abad

que la encerró fray Bernardo.

Aparte.

Chorizo.

Diréle que es un bigardo,

y esto es la pura verdad;

diréle que es un hereje

y moro, aunque es cosa vieja,

y que es corredor de oreja.

Le diré porque me deje,

somos amigos nosotros,

Bártola.

mientras que somos testigos

que hay amigos, solo amigos,

para vender a los otros.

Vanse.

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Sale Jacinto y Bernardo solos.

Bernardo.

A buen tiempo has venido,

ya está todo el convento retirado;

entra en la iglesia, pues que aquella puerta

que está junto del claustro tengo abierta.

Tú verás a la Virgen, yo me quedo

en mi celda, aunque pobre, ve sin miedo.

Jacinto.

Ya conozco esta celda, ¿dentro había

otro aposento?

Bernardo.

Está la portería

tan cerca, como ves los pobres vienen

y ese aposento por albergue tienen;

dentro está un peregrino

que de la Tierra Santa ahora vino.

Jacinto.

Y, ¿podrá conocerme?

Bernardo.

Desde el punto que entró pienso que duerme,

porque todo está quieto.

Era al anochecer y te prometo

que no le he visto el rostro con cuidado

de tu venida; y antes ocupado

con el Abad que me ha pedido cuenta.

Dice que está la renta

del convento gastada,

que no hay aceite, trigo, ni cebada,

ni en las arcas dinero

después que soy en casa limosnero.

Jacinto.

Quédate, padre, a Dios, que viene el día.

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Jacinto.

y voy a ver el alba a María.

Bernardo.

Prodigioso eres, hombre,

pues invocas devoto el dulce nombre

de María divina.

Sin duda que tu vida es peregrina,

algún misterio encierra.

Sale Cay. dama muy bizarra por las espaldas de Ver. y él se sienta y se pone a leer.

Zayda.

Da la guerra,

a Bernardo publicas

en el pecho;

un infierno de amor, salga derecho

del pecho el corazón, y menos cauto

traslade su pasión del pecho al claustro.

Todo el infierno pienso que se ha entrado

dentro de mí.

Escribe.

Bernardo.

Bernardo es enamorado.

Como hijo vuestro, dice, Virgen pura,

que no sabe pintar vuestra hermosura.

Zayda.

De una dama está hablando,

y aun pienso que la escribe; estoy rabiando.

Bernardo.

Si os comparo, Señora,

a la cándida luz, vos sois la aurora;

si al diamante diurno,

mejor diamante os sirve de coturno;

si a la rosa del prado,

sois la rosa mejor que el mundo ha dado;

si a la palma, ciprés y a las estrellas,

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Bernardo.

lucís vos sola más que todas ellas,

pues sois huerto, sagrario, fuente viva,

azucena, ciprés, zarza, oliva.

Zayda.

Hoy de este agravio me veré vengada,

que ignora el huésped a quien dio posada.

¡Suelta el papel ingrato!

Bernardo.

¿Qué es esto, cielos?

Zayda.

Tú con doble trato

desprecias mi cariño,

porque el vendado dios, el ciego niño,

la causa ha sido de tu nuevo empleo;

monje te finges para tu deseo.

Si por otra me dejas,

suelta el papel.

Bernardo.

Escucha.

Zayda.

Ya mis quejas

en tales ocasiones

no están para escuchar satisfacciones.

Quítale el papel y hace que le quiere romper, y no puede, y baja el Ángel y se le quita, y vuela.

Zayda.

Pedazos le he de hacer, ¡suelta, villano!

Ángel.

No mereces tenerle tú en tu mano.

Pag. 65

Zayda.

¿Qué mucho, si el papel solo decía

la salutación, Ave María?

Bernardo.

Ahora conocerás,

Cayda, que no ando razones,

los que sigo, ni la magia,

aunque cause admiraciones,

puede hacer sus apariencias

verdades, sino ficciones.

Zayda.

Hamire...

Bernardo.

Detén la lengua,

que ya es Bernardo mi nombre.

Zayda.

Si tú eres Bernardo, yo

soy Cayda, ¿no me conoces?

Bernardo.

Si tú eres, yo no soy;

fuerza es que aquí me reporte

por no alborotar la casa,

que di la palabra a un hombre

que nadie aquí le vería;

pero si entraste a esta torre

de Dios, a esta fortaleza

donde militan los monjes

como soldados de Cristo,

Dios, que en la ocasión me pone,

me sacará libre de ella,

no harás engaño que importe.

Zayda.

Mi bien, mi señor...

Bernardo.

Aparta,

que algún espíritu torpe

Pag. 66

Bernardo.

se ha entrado en tu pecho.

Zayda.

Mira

que mis rendidos amores

tienen ruegos de forzadas

con la obligación de nobles.

Bernardo.

Mujer, desvía, ¿qué intentas?

Llora.

Zayda.

Que en recíprocas uniones

dos voluntades ajusten

un lazo sin que divorcie

tu voluntad mi hermosura;

no falten las atenciones

de tu sangre; advierte, primo,

que me adoraste; no estorbe

la religión que profesas

a que yo esta dicha goce;

a Zayda, pues, en tu celda,

que no a un peregrino, acoges.

¿Qué hombre ha andado tan cobarde

cuando en un lance le ponen?

Bernardo.

Deja el llanto, cocodrilo,

que, aunque armado de traiciones,

cojas el agua en la boca

y todo el camino mojes

para que en ella resbale,

como pasajero torpe,

no has de alcanzarme corriendo,

pues rodeando mil montes

seguiré las asperezas

huyendo de tus rigores.

Pag. 67

Bernardo.

y así los ojos enjuga,

porque regando las flores

de tus mejillas advierto

que quieres con trato doble

matar como el cocodrilo

a este pasajero pobre.

Zayda.

¿Qué es lo que dices, Bernardo?

Desesperada daré voces,

que así me dejas, ingrato,

que así me olvides y adores

a María, que por ella

de tus galas te despojes

y tan vil hábito vistas.

El alma tienes de bronce.

Bernardo.

Cayda, vete de mi lado,

por persuadirte que invoques

a Dios y a la Virgen antes

que alma y cuerpo te deshonren

los bandoleros que sigues.

Zayda.

No son tan firmes los orbes

como mi fe, dueño mío.

No quiso Venus a Adonis

como yo a ti que te adoro.

Testigos son estos bosques,

¡ah, cruel!, que de arroyuelos

se ríen de que yo llore.

Sale un villano.

Jacinto.

Aquí está Cayda, ¡oh qué bueno!

¿Hay mágica que le asombre?

Pag. 68

Jacinto.

del aire vano.

Zayda.

No pido sino que me desengañes.

Bernardo.

Cayda, Cayda, si deseas

en recíprocos amores

lograr méritos, atiende.

¿Quieres un amante noble?

Al hijo de Dios te ofrezco.

¿Quiéresle valiente, joven?

Su edad es treinta y tres años.

¿Quieres que beldad le adorne?

El más hermoso le aclaman

de los hijos de los hombres.

¿Quiéresle sabio? Es la ciencia

de Dios. ¿Quieres que aficione

con gracias? Todas las tiene

en sus divinas facciones.

¿Quiéresle afable? Es cordero.

¿Quiéresle humilde? A los doce

lavó los pies en la cena,

con ser buenos solos once.

¿Quiéresle santo? Es Dios mismo.

¿Quiéresle fuerte? De un golpe

venció a la muerte, él desnudo

y ella armada de traiciones.

¿Quiéresle de grandes fuerzas?

Pendiente está todo el orbe

de tres dedos de su mano.

¿Quieres que pródigo compre...

Pag. 69

Bernardo.

su amor, con dádivas quiso

darnos cuanto pudo, y diose

a sí mismo en un manjar;

¿quieres finezas mayores?

Dio por ti su vida propia.

Cayda, ¿este galán no escoges?

¿Esta verdad no te obliga?

¿A este amor no correspondes?

Ámale y conocerásle,

porque es fuerza, aunque lo ignores,

conocelle si le amas

y amalle si le conoces.

Jacinto.

Aqueste es santo sin duda.

Sale Jacinto.

Bernardo.

No estés tan ciega, disponte,

recibe el bautismo.

Jacinto.

Padre,

ya recé mis devociones.

No prediques más a Cayda,

que hay mujeres de buen porte

que en lugar de convertirse

cuando van a los sermones

procuran convencer ellas

así a los predicadores.

Zayda.

¿Tú estás aquí?

Tocan.

Jacinto.

Fuerza ha sido

que me asombres y te asombres.

Bernardo.

¿Qué es esto? A maitines tocan;

sentiré que se alborocen

si encuentran aquí esta mora.

Pag. 70

Jacinto.

Como conmigo se torne,

se excusa el inconveniente.

Da voces.

Zayda.

Contigo antes daré voces.

¡Padres, padres, venid todos!

Bernardo.

Calla, calla, no te enojes.

Zayda.

Este fraile me ha engañado.

Jacinto.

Todos aquí me conocen,

si llegan, yo soy perdido.

Bernardo.

¿Qué dices? ¿Qué quieres?

Jacinto.

Voime,

que es fuerza. Dame esa llave.

Zayda, ni aun entre ladrones

mato a nadie, tú lo sabes,

pero tú harás que me ahogue

a mayor peligro.

Vase Jacinto.

Bernardo.

Vete,

no aguardes que te lo estorben.

Sale el Abad y Chorizo y Bartola.

Abad.

Hasta ahora no os creía,

aunque os detuve con orden

de averiguarlo en secreto.

Zayda.

Libre estoy de salteadores,

lo demás no importa nada.

Bártola.

Mire, padre, si recoge

la mora que le hemos dicho.

Chorizo.

Váyase a ver, galeote,

o que miente, que tan moro...

Pag. 71

Chorizo.

es él como la consorte;

aquí lo pagaréis todo.

Abad.

¿Estas son sus oraciones

y limosnas, fray Bernardo?

Bártola.

Padre, deje que yo azote

a la mora.

Bernardo.

Padre mío,

cuando del caso se informe

Vuestra Reverencia...

Abad.

Basta,

los padres definidores

le examinarán conmigo;

que el que era moro y esconde

aquí una mora, y muestra

el riesgo que su fe corre...

Zayda.

Esto quiere su enemigo.

Abad.

No se irán los labradores,

ni la mora, hasta que en todo

la resolución se tome.

Bártola.

Padre, entrégueme la mora,

que yo la mataré a azotes.

Abad.

En el cuarto retirado,

que es donde asisten los pobres

pasajeros, estará;

y servirán de prisiones

los dos, que la guardarán

en tanto que se dispone

lo que más convenga.

Bártola.

Vamos.

Pag. 72

Bártola.

y mire que no me enoje,

porque ha de haber azotea

a ruina de los talones.

Bernardo.

Virgen, valed por mi causa.

Zayda.

Caigan sobre mí los montes.

Chorizo.

Padre abad.

Abad.

¿Qué me quieres?

Chorizo.

Que a fray Bernardo se borre

de ser limosnero y haga

que yo lo sea en su nombre.

Entréguenme a mí el dinero,

el aceite, miel, arrope,

trigo, pan, carne y tocino,

vino blanco, vino aloque,

con las demás zarandajas

que en un convento se comen,

que aunque haya para diez años,

sin darles nada a los pobres

ni a los padres, he de hacer

que mi panza se lo emboque.

Pag. 73

Página en blanco; solo transparentado del reverso.

Jornada tercera

Pag. 74

Tercera Jornada\nDe\nlos Mártires de\nCarlete y tres her-\nmanos del Cielo.

Pag. 75

Página en blanco; solo transparentado del reverso.

Pag. 76

Salen Chorizo y Bartola.

Chorizo.

Mujer, yo estoy aburrido,

tratad de moriros luego,

o si no, me meto lego

por no ser vuestro marido.

Bártola.

No podréis siendo casado

sin que yo consienta en ello.

Chorizo.

Pues donadme a poder hacello,

y veréis si soy donado.

Nadie del mundo se acuerde

de sus dulces y conservas,

no hay cosa como las yerbas

para los que comen verde,

que llenan bien los baúles,

y vende de esta manera

el filósofo en su quimera

un verde con dos azules.

Yo quiero ser un gran santo

y hacer milagros, ¡qué vicio!

Bártola.

Y te has de poner cilicio.

Chorizo.

¿Para qué, si duele tanto?

Bártola.

Tu carne has de castigar

para merecer con Dios.

Chorizo.

Bien decís, mujer, con vos

me quiero mortificar.

Bártola.

Es verdadera doctrina.

Chorizo.

En efeto es verdadera

Pag. 77

Bártola.

Sí, marido.

Chorizo.

Ropa afuera,

que saco la disciplina.

Bártola.

Decid, ¿qué queréis hacer,

simplón, bruto, majadero?

Dale.

Chorizo.

Castigar mi carne quiero,

pues sos mi carne, mujer.

Bártola.

La paciencia se me apura.

¡Aquí de Dios, que me mata!

Chorizo.

Callad, que esto es catarata.

Dentro, Bernardo.

Bernardo.

Volved por mí, Virgen pura.

Chorizo.

¡Válame Dios!, ¿qué es aquello?

Bártola.

Escuchad.

Dale.

Chorizo.

Mientras escucha,

no os daré poco ni mucho,

pero volvamos a ello.

Bártola.

¡Ay, que me mata!

Chorizo.

Atención.

Dentro, Bernardo.

Bernardo.

Quien tiene la culpa, digo,

que merece este castigo.

Dale.

Chorizo.

Bartola tiene razón.

Bártola.

¡Ay, que me mata!, jumento.

No me deis, que es cosa vieja.

Dentro, Bernardo.

Bernardo.

¡Ay de mí!

Chorizo.

Mas, ¿quién se queja?

Bártola.

Escuchadlo en este cuento.

Pag. 78

Bártola.

De limosna y sin dinero

la barba hacía a un pastor,

con la navaja peor,

desazonado, un barbero.

Como la navaja estaba

con mil mellas que tenía,

el cabello no partía,

pero el rostro desollaba.

Conoció el pastor el yerro,

mas vio ser fuerza que calle,

y en este tiempo en la calle

le daban palos a un perro.

«¿Qué será aquello?», decía

el barbero a sus oídos,

«como con los alaridos

el perro los aturdía».

El pastor respondió allí,

viendo que en saberlo escarba:

«Deben de hacerle la barba

de limosna, como a mí».

Chorizo.

Sin duda que es fray Bernardo

a quien pusieron ahora,

por hallarle con la mora,

las espaldas como un cardo,

el que encerrado en su celda...

Pag. 79

Chorizo.

tiene el abad, y librarme

no es fácil, ni el escaparme,

¡pardiez, sino las apelda!

Bártola.

Por vos está allí encerrado.

Chorizo.

¿Qué decís, mala cristiana?

Mordistes vos la manzana,

y he de pagar yo el pecado.

¿Vos no hicistis el enredo?

Bártola.

¿Quién se lo dijo al abad?

Chorizo.

Ambos a dos.

Bártola.

Es verdad.

Chorizo.

Pues si es verdad,

Bártola.

Quedo, quedo;

no volvamos a reñir,

que perderé la paciencia.

Chorizo.

Pues mirá, en buena conciencia

os habéis de desdecir,

o, si no, de cuando en cuando

llevaréis con gran primor...

Bártola.

Pues ¿soy yo acaso pintor

para andarme retratando?

Chorizo.

Y desde hoy os ofrezco

la diciplina en garrote,

que me ha cansado el azote,

y ahora andará a palo seco.

Bártola.

Como no me deis, fiaré,

y enmendaré todo el daño.

Pag. 80

Chorizo.

Para ser santo ermitaño,

en vos me ensayonaré.

Bártola.

Ermitaño, en conclusión,

¿queréis ser?

Chorizo.

Es linda vida.

Bártola.

¿Y en qué ermita?

Chorizo.

En la Florida,

que llaman de la Asunción,

que como murió el santero,

si de ella no me deslío,

nunca faltará chorizo

a cualquiera pasajero.

Y, supuesto que no puedo,

por estar matrimoniado,

ser fraile ni ser donado,

seré ermitaño a pie quedo.

Bártola.

Y en estos desiertos agros,

¿quién nos dará de comer?

Chorizo.

Mi virtud, que sabe hacer

a racimos los milagros.

Bártola.

¿Milagros? Mucho me espanta,

siendo tan malo.

Chorizo.

Mujer,

yo bien puedo santo ser,

pero vos no seréis santa.

Bártola.

Pues, ¿por qué no en conclusión?

Pag. 81

Bártola.

decidlo, pues lo sabéis.

Chorizo.

Porque vos siempre caéis

en cualquiera tentación.

Bártola.

Callad, simple.

Chorizo.

Andad, Bártola.

Bártola.

No quiero andar.

Chorizo.

¿Cómo no?

Alza el palo.

Vanse.

Bártola.

Andad, o os daré yo

un... digo, ¡que en bola!

Sale San Bernardo y el Ángel.

Bernardo.

¿Quién eres, bello prodigio?

¿Quién eres, divino joven,

que sin quebrantar las puertas

me sacas de las prisiones?

¿Quién eres, que los candados

con divina mano rompes

por sacar a un vil gusano

del capillo que le esconde,

de cuyo sepulcro vuelve,

como yo, a los resplandores

del mundo? Dime, ¿quién eres?

Ángel.

Bernardo, tus oraciones,

tus penitencias y ayunos

acepta Dios, tan conforme,

que por pagarte, me manda

que yo te diga en su nombre

te prevengas para verle

mañana, y que en ese monte

Pag. 82

Ángel.

donde está una santa ermita

entre rústicos pastores,

a quien la Asunción se llaman,

padezcas los rigores

del martirio, en el camino

cosa ninguna te estorbe,

porque tienes que vencer

dificultades mayores.

Pon en Dios la confianza

y ve a la ermita conforme

con la voluntad del cielo

adonde te espera el golpe

de un clavo que te hará esclavo

de la Madre de Dios, hombre;

por tu virtud quiere Dios

obrar milagros mayores.

Mañana, pues, en tu muerte

se hallarán los salteadores,

y Zaida y Coraida siendo

tu hermano el agudo estoque

que ha de quitarte la vida

para que otra vida goces.

En el convento han hallado

duplicado todo al doble,

con lo cual de tu virtud

se han satisfecho los monjes;

a la Virgen le has pedido

Pag. 83

Ángel.

que ha sido tu claro norte,

que fuese tu muerte el día

de la Asunción, que lo otorgue

no es mucho, si tú le sabes

obligar con oraciones.

Bernardo, el día es mañana

de la Asunción; y en el monte

te aguarda la mayor dicha;

pues con el agua que llores

bautizarás a Zoraida

y a Zaida, dándoles nombres

de Gracia y María, siendo

mártires contigo. A voces

pedirá la confesión

un apóstata, y entonces

subiréis todos triunfantes

a gozar los resplandores

de la gloria, dando al mundo

prodigios de admiraciones.

Queda en paz, que yo contigo

siempre estoy.

Vuela.

Bernardo.

Divino joven,

paraninfo bello, aguarda.

Elévase.

Salen el abad, Bartola y Chorizo.

Pag. 84

Chorizo.

Digo, padre, que me ahorquen

si aquel no fue testimonio,

que fray Bernardo es un monje

santo, pero para mí,

no sé si es ni mujer ni hombre.

Bártola.

Padre, todo fue mentira,

que por vengarse una noche

se metió Zayda en su celda.

Chorizo.

Pues eso, ¿no se conoce?

Abad.

¿En qué?

Chorizo.

En que ya nos buscan

las hembras a los varones.

Bártola.

Padre, ¿qué se hizo la mora?

Abad.

Ya se fue libre.

Bártola.

¡Pardiobre!

Que a saberlo yo le diera

colación de canelones.

Abad.

Ya yo he sabido el engaño,

y su santidad conoce

todo el convento, que ahora

se halla oro en arcas y cofres,

en los graneros no coge,

ni cabe el trigo, y el vino

vertiéndose está.

Chorizo.

¡San Jorge!

Padre, no se vacíe el vino,

aunque se vacíe la troj.

Abad.

¿Cómo está aquí fray Bernardo?

Bártola.

Su reverencia solo está.

Saca una llave.

Abad.

No, porque aquesta es la llave.

Bártola.

Aquí misterio se esconde.

Chorizo.

Aquella es llave capona,

y Dios abrió con la doble.

Pag. 85

Bártola.

No hay cosa como ser santo

para aquestas ocasiones.

Chorizo.

Pardiore, que decís bien.

Padre abad, en este bosque

hay una ermita y no tiene

ermitaño que la adorne.

Yo soy un santo novicio,

cuyos milagros disformes

se verán andando el tiempo,

que ahora estoy en opiniones.

Yo quiero ser ermitaño,

con que me dé ración doble

de comida digo, no

de disciplinas ni azotes.

Abad.

Andad, cuidad de la ermita

y los ornamentos doblen,

con curiosidad, y adviertan

que ha de estar con mucha orden

todo aseado mañana,

que es la fiesta.

Vanse.

Chorizo.

Al punto voyme.

Mas aunque sea ermitaño

por vos tengo alcornoque.

Llega el abad a Bernardo que ve.

Abad.

En virtud de la obediencia,

vuelva hermano a mis razones.

Bernardo.

Padre abad, su reverencia,

¿qué me manda?

Abad.

Que perdone,

hermano, a quien le ha ofendido,

déme esos pies.

Pag. 86

Bernardo.

No se postre

a los pies de un vil gusano

vuesa reverencia; tome

mis brazos, que yo venero

quien la luz de Dios conoce

tan claramente que guía

por ella a los pecadores.

Abad.

¿Cómo salió de la celda?

Bernardo.

No sé, padre.

Abad.

No me estorbe

el que lo sepa; en virtud

de la obediencia, me informe.

Bernardo.

Pues oiga su reverencia,

que mi lengua, pincel torpe,

no sabrá copiar un rasgo

de lo que pasó esta noche.

Después de hacer oración

pedí con lágrimas tiernas

a la Virgen que volviese

piadosa por mi ignorancia,

y apenas fueron los dos

allanados de la fuerza

que el corazón disparaba,

cuando por la celda entra

Pag. 87

Bernardo.

Un hermoso peregrino,

desterrando las tinieblas,

sin quebrantar los candados,

vide las puertas abiertas;

y de la mano me saca,

diciéndome que me espera

mayor dicha en esta ermita

de la Asunción, que no tema

los rigores que me aguardan,

y que vaya con presteza

a la ermita donde tengo

de padecer, en su fiesta

que hoy se celebra, el martirio;

y así, pues Dios me revela

tal dicha, le pido, padre,

que licencia me conceda

para partir al momento

a la ermita; que el que espera

a su Dios, es bien que haga,

para verle, diligencia.

Líneas tachadas: Abad. Mucho siento, hermano mío, / que me falte, mas la fuerza

Pag. 88

Abad.

No le quiero replicar,

pero será bien que advierta

que cuando da la virtud

de un varón santo más muestras,

entonces el enemigo

usa más estratagemas.

¿Qué sabe si es el demonio?

que por esa parte intenta

despeñarle; y toma forma

de ángel: no es la vez primera

que ha vencido su malicia

usando de esa cautela.

Bernardo.

Los auxilios de la fe

son las militantes fuerzas

para librarse de todo

lo que el enemigo intenta.

El buen celo salva al hombre,

pruébolo de esta manera:

un peregrino fue a Roma

y ofreció a un hombre en su tierra

traer de la cruz de Cristo

una astilla; y como era

imposible tal reliquia

adquirir, que la moneda

le faltaba; porque todo

se empleaba en la galera,

Pag. 89

Bernardo.

acertó a quebrarse un remo

y él con grande sutileza

envolvió en muchos papeles

una astilla muy pequeña.

Llegó a su tierra, y al hombre

dijo que de la cruz mesma

de Cristo, era la astilla,

y como por verdadera

la tuvo, la hizo engastar

en oro con piedras bellas.

Sucedió en aquel tiempo

que en el lugar o la aldea

había una endemoniada;

llegó el hombre con la mesma

reliquia que veneraba,

y llegándola a poner

a la endemoniada, dijo

dentro de la mujer mesma

el espíritu: «La fe

con que la pones me aprieta

a que salga de este cuerpo,

no el remo de la galera».

Lo mismo le digo, hermano:

con buena fe nada tema,

ponga en Dios la confianza,

y con ella nada tema.

Pag. 90

Bernardo.

pues qué importa, Padre mío,

que el demonio use de tretas

contra mí, si con la fe

me libro de todas ellas.

Abad.

Bien dices; mas padecer

martirio en aquesta tierra

parece imposible cosa,

mas si Dios se lo revela

yo no quiero poner duda.

Solo le pido que tenga

cuidado de la limosna,

que de la gente que llega

podrá ser que junte alguna,

en tanto que yo en la iglesia

dispongo la procesión.

Bernardo.

Haré, padre, lo que ordena

vuesa reverencia.

Abad.

El cielo

haga su virtud eterna.

Vanse y salen Almanzor y Corayda vestida

de hombre en hábito de moro, y Celín.

Almanzor.

Ya estamos en la montaña

de gradas, Corayda bella,

desde aquí se ve una ermita

entre aquellas pardas peñas.

Pag. 91

Almanzor.

donde hoy me ha dicho un cristiano

que una fiesta se celebra

en que los monjes asisten

de Poblete por grandeza,

sin que en toda la comarca

quede cabaña ni aldea

que sus rústicos vecinos

hoy no las dejen desiertas.

Pues, ¿qué mejor ocasión

para vengar mis afrentas

puedo esperar, emboscada

esta mi gente en las breñas

de este monte, y tan cercanos

que están mirando las tejas

de la ermita, que hoy será

ruina de mi soberbia?

Ea, Corayda, ya es tiempo

de que el rigor de tu diestra

pruebe ese alevoso hermano

que, olvidando al gran profeta,

por la falsa ley de Cristo

dejó la corona regia.

Búscale, en tanto que yo

no dejo en toda la sierra

bandolero que no mate,

hasta que caído le veas,

como arroyo desangrado,

todo el coral de sus venas.

Pag. 92

Corayda.

Palabra doy al sol mismo

que hasta que logre la empresa

no me han de ver tus vasallos

adornando rubias trenzas

de mi pelo, los rubíes

ni del alba el bello néctar.

Almanzor.

Alá te guarde, Corayda.

Contigo un escuadrón queda

para lo que sucediere.

Corayda.

Harto escuadrón soy yo mesma.

Almanzor.

Vamos, Celín.

Celín.

Ya te sigo,

que tener gana muy buena

de dar con aqueste alfanje

al cristiano en la cabeza.

Vanse.

Sale Zayda y Jacinto.

Jacinto.

Zayda, tu consejo estimo,

mas la fuerza de mi estrella

para que hoy vaya a la ermita

me arrastra con su influencia;

no dudo que si allá vamos

logremos alguna presa

de importancia, que las damas

siempre, cuando van a fiestas,

es cierto que valen más

por la riqueza que llevan.

Pag. 93

Jacinto.

Si algunas joyas robamos,

cuando ser tuyas merezcan,

entonces tendrán valor;

que en las villanas groseras

las joyas parecen mal

y en ti parecen de perlas.

Y todo el disgusto pasado

te perdono, porque veas

que soy firme en adorarte

al paso que me desprecias,

y aunque pudiera ofenderme,

basta, Zaida, que te vuelvas

arrepentida a mis brazos,

para que yo te defienda,

guardando como tesoro

la joya de tu belleza.

Zayda.

Jacinto, el favor te estimo,

y mucho más te quisiera

si fuéramos de una ley;

mas como tú nunca intentas

faltar a la cortesía

venerando mi belleza,

presumo que a la resguarda

para otra mayor empresa,

y más cuando ha sido un sueño

quien me lo afirma en la idea.

Jacinto.

¿De qué forma?

Zayda.

Escucha atento,

que ya te le refiero.

Jacinto.

Empieza.

Zayda.

En aquesa amena estancia,

donde el sol apenas entra

porque los árboles tejen

pabellón para la yerba,

apenas por la fatiga

del calor le pedí treguas

al sueño, y el blando soplo

del céfiro con las hebras

de mi pelo como amante

Pag. 94

Zayda.

empezó a jugar con ellas

hasta que de puro libre

fue deshaciendo las trenzas,

que como cosa gozada

descompuso la madeja

cuando soñé que te vía

en pobrete, con la mesma

vestidura de Bernardo.

Jacinto.

Cielos, ¿qué es esto? Si aquesta

moza sabe que soy monje,

y por aquí me da cuenta

de lo que sabe. ¿Prosigues?

Zayda.

Fiaré, si el temor me deja.

Soñé pues que te mataban,

y yo con lágrimas tiernas

pedía el bautismo.

Jacinto.

Calla,

cuando todo eso suceda

nada me estará mejor

que el hábito; si deseas

darme gusto, deja ahora

los sueños y las quimeras;

recojamos nuestra gente

porque el tiempo no se pierda

para lograr la ocasión.

Zayda.

Vamos, Jacinto, Alá quiera

que el sueño sea mentira

y que no pare en tragedia.

Vanse.

Pag. 95

Sale Zoraida, sola.

Corayda.

Desde aquesta parte intento,

doméstico basilisco,

atalayar a Bernardo

en saliendo de ese altivo

alcázar, que está apostando

a duración con los siglos.

He de salirle al encuentro

para vencer sus delirios;

A la María, veamos,

siendo huerto y siendo lirio,

quién se lleva aquesta palma

de vencer un albedrío;

que yo, sin los atributos

que le adornan al sol mismo,

en defensa de Mahoma

me atreveré. Mas ¿qué digo?

Hasta la ocasión dilate

ufana el intento mío.

Pero, ¿no es aquel Bernardo?

Aunque otra vez no le he visto,

con el traje que le veo

sin dificultad lo afirmo.

Sí es; al encuentro salgo,

puesto que le he conocido.

Sale Bernardo.

Bernardo.

Ya de la ermita descubro

el frondoso laberinto

que de los árboles verdes

ha formado el tiempo mismo.

Pag. 96

Bernardo.

la festividad celebran

los parleros pajarillos,

que, siendo del aire remos,

son cítaras de los ríos.

Y los arroyuelos risueños

hacen burla del rocío

que suele llorar la aurora

sobre olorosos tomillos.

¡Oh, qué galán está el prado!

¡Qué hermoso está! ¡Qué bien hizo

en guardar para este día

todo el campo lo florido!

Pero, ¿qué es aquesto, cielos?

Sale Corayda.

Corayda.

Detente, a mí ves.

Bernardo.

¿Qué he visto?

¿No eres Corayda, mi hermana?

Corayda.

La misma soy.

Bernardo.

Pues, ¿qué ha sido

la causa de que tú vengas

en el traje que te miro?

Corayda.

Ver si puedo reducirte.

Bernardo.

No te canses, que yo sigo

la ley de Cristo constante.

Corayda.

Pues ven acá, fementido,

la ley de nuestro profeta

desprecias, ¿así?

Bernardo.

Sus ritos

son engaños del demonio,

Pag. 97

Corayda.

Pues ¿cómo tú la has seguido

hasta que la ley cristiana

te venció con sus hechizos?

Bernardo.

Yo te lo diré, Corayda;

piérdese entre dos caminos

un caminante, y tomando

el que parece más limpio,

suele dar a breve rato

en el mayor precipicio;

conoce el riesgo, y volviendo

por las huellas que ha venido,

encuentra el camino bueno;

lo mismo me ha sucedido:

iba yo errado en tu ley,

volvíme a la ley de Cristo,

con que ya no temo errar

por tan seguro camino.

Corayda.

¿Para qué son penitencias,

abstinencias y cilicios?

¿para qué son los ayunos?

Bernardo.

Para vencer a los vicios,

y en las batallas del mundo

asegúrelo este ejemplo:

Nicolás de Mira, obispo,

afirman sujetos grandes

que tomaba siendo niño

dos días en la semana

el pecho, raro prodigio.

Pag. 98

Bernardo.

de Mayoro y Bonifacio,

de Edmundo y de Severino,

de Gerónimo y Severo,

de Eufrasia y otros leímos,

según la historia lo cuenta,

de Nicolás Tolentino,

que por ayunos llegaron

a conservar más propicios

las virtudes que laurean

sus sienes en el empíreo.

Imagen del vivir quieto

llama al ayuno Basilio,

y dice dos alas tiene

con que vuela al paraíso.

Bernardo también le llama,

si miramos sus escritos,

la justicia y la oración;

y Crisóstomo nos dijo:

alimento para el alma

es el ayuno, que ha sido,

cuando enemigo del cuerpo,

del alma el mayor amigo.

Corayda.

Pues di, ya que me convences

con lugares que no he visto,

cómo puede ser que sea

buena tu ley, si distingo

que a un tiempo tenéis tres dioses.

Pag. 99

Bernardo.

Y creéis que es uno mismo.

No es justo que yo te explique

los misterios infinitos.

De la Trinidad Sagrada

sé que hay Dios Padre, Dios Hijo

y Dios Espíritu Santo.

Corayda.

¿No son tres personas?

Bernardo.

Digo que sí.

Corayda.

Pues ¿cómo son una,

si son tres y tú lo has dicho?

Dobla el escapulario.

Bernardo.

Para darte la respuesta,

sólo a un lego es permitido

lo que ahora verás. Aguarda.

Mira este doble.

Corayda.

Ya miro.

Bernardo.

Póngole otro al mismo lado,

tan igual como el que has visto.

¿Cuántos son?

Corayda.

Dos.

Bernardo.

Y con este,

¿no son tres?

Corayda.

Sí, tres diviso.

¿Y todos tres son iguales?

Descógelos.

Bernardo.

Pues mira los descogidos

y verás que tres son uno.

Corayda.

Con eso me has convencido.

Ya entiendo lo que ignoraba.

Pag. 100

Corayda.

No me rehusaré contigo,

Bernardo, que yo conozca

a tu Dios.

Bernardo.

Sin el bautismo

no le podrás conocer.

Un hombre en el punto mismo

que nació se quedó ciego,

y de todo aqueste siglo

lo que más ver deseaba

era la pintura; vino

a su casa un gran pintor

y le copió un santo Cristo.

Pasó el ciego por el lienzo

la mano, y hallole liso

cuando imaginó encontrar

a Cristo en el lienzo mismo.

Pidió con lágrimas tiernas

a Dios que fuese servido

de darle vista por ver

la copia de su divino

retrato; cobró la vista

y entonces conoció a Cristo.

Haz tú lo mismo, si quieres

conocerle, ven conmigo

a la ermita, y pide en ella

el sacramento divino.

Pag. 101

Bernardo.

del bautismo, y al instante

que tú le hayas recibido,

te abrirá los ojos Dios

con sus divinos auxilios.

Corayda.

Vamos, Bernardo, señor,

en vuestro favor confío.

María, llena de gracia,

sed mi abogada, y pues quiso

mi dicha que en vuestros días

merezca el bien que recibo,

de hoy más me llamaré Gracia,

si hasta aquí Corayda he sido.

Vanse.

Sale Chorizo con una bota, vestido de ermitaño.

Chorizo.

¡Válgate el diablo la gente,

lo que ha cargado en la ermita!

¿Pensáis que es agua bendita

un vino? Es como aguardiente.

Al licor que esta destila,

tanta gente se llegaba,

que yo mismo imaginaba

que llegaban a la pila;

mas, ¿qué es esto, amada bota?

Pag. 102

Tírala.

Chorizo.

¿no tenéis gota que dar?

Pues idos a pasear,

bota, si no tenéis gota.

Que esto le pase a un santero

como yo, que es medio santo,

más que no chupaban tanto

en casa de un tabernero,

adonde el demonio fragua

que uno lleve en su destino

la mitad de aguado vino,

la mitad de pura agua.

Como abejas se llegaban

a la bota, y yo, ¡qué pena!,

pensando que era colmena,

pregunté si la castraban.

Respondiome allí una vieja

papanduja endemoniada:

«es cosa más regalada

porque es vino de una oreja».

Quitéles mi bota aprisa

y, furioso y enojado,

de la ermita los he echado

hasta que toquen a misa.

Vayan a poner las ollas,

jueguen, pues están solos,

las mujeres a los bolos,

los hombres a las argollas.

Pag. 103

Sale Zoraida y Bernardo. Salen puestos en los alambres.

Bernardo.

¿Qué es lo que dices, Zoraida,

pues es mi hermana carnal?

Corayda.

Es tu hermana natural,

pero no es tu prima Zaida.

Esto es cierto, declarado

el rey lo ha dejado así.

Bernardo.

No puede ser para mí

mejor nueva.

Chorizo.

Ya ha llegado

fray Bernardo, y un morillo

trae a su lado, de fama;

pardiez, si yo fuera dama,

que yo tomara al perrillo.

Bernardo.

¡Chorizo!

Chorizo.

¡Hermano Jamón!

Bernardo.

¿Cómo le va?

Chorizo.

Muy bien, creo.

Bernardo.

¿Se azota?

Chorizo.

Tengo el baleo

como ruedas de salmón.

Bernardo.

Será su virtud espanto.

Chorizo.

Pues eso ya no se ve,

hoy a la ermita llegué,

y a esta hora ya soy santo.

Bernardo.

¿Y Bartola, dónde está?

Chorizo.

La envié a ser penitente,

porque la carne presente

cualquiera la comerá.

Pag. 104

Bernardo.

Pues la tentación resista,

que es de las almas el ascua.

Chorizo.

Padre, no hay nadie la Pascua

que con la carne no embista.

Bernardo.

Dígame, ¿cómo en tal día

no abre la ermita, siendo hora?

Chorizo.

Porque aquí a aquesta señora

quitaron lo que tenía.

Bernardo.

Bien hace, que en estos sotos

hay bandoleros muy fieros.

Chorizo.

Estos no eran bandoleros.

Bernardo.

Pues, ¿qué?

Chorizo.

Muy finos pilotos.

Bernardo.

No está la ermita segura,

según eso que ha contado.

Salen Jacinto y Zaida.

Jacinto.

Digo, Zaida, que he mirado

moros en esa espesura.

Y, por si acaso es tu hermano,

hacia la ermita he venido,

donde, si fuere vencido,

moriré como cristiano,

que, como aquí no se extraña

pasar moros por instantes,

pareciendo sus turbantes

almendros de la campaña,

y al fin, como este es el paso

por donde con atributo

Pag. 105

Jacinto.

pasan con salvo conducto,

de ver moros no hacen caso;

con lo cual puede buscarme

tu hermano como ofendido,

y viniendo prevenido

con gente, puede cercarme.

Aquí estaré más seguro

de su poder superior,

mas de valor a valor,

soy contra Almanzor un muro.

Zayda.

Ay, Jacinto, el cielo quiera,

cuando a Dios el alma aspira,

que mi sueño sea mentira

y no historia verdadera.

Hoy seré cristiana yo,

y el bautismo pediré

de tu católica fe.

Miran a Zoraida.

Jacinto.

Mi muerte, Zayda, llegó.

Chorizo.

Aquesta es otra pavana.

Padre, ¿no ve un bandolero?

Jacinto.

¿No ves un moro? Yo muero.

Zayda.

Esta es Zoraida, mi hermana.

Corayda.

¿Esta es Zayda?

Zayda.

Amete es él, ¿ves?

Chorizo.

Y yo, ¿quién soy? Un chorizo

de toda casta mestizo,

hijo de la misma peste.

Pag. 106

Bernardo.

¡Oh, prodigios soberanos!

¿No es acaso que a las dos

os junte conmigo Dios

hoy, siendo los tres hermanos?

[tachado]

Zayda.

¿Cómo hermanos?

Bernardo.

Porque tú,

aunque nunca lo has sabido,

natural hermana has sido.

Chorizo.

¡Acaben con Belcebú,

que llegan!

Salen Almanzor y los que puedan.

Almanzor.

Aquí vinieron,

y aquí los he de matar.

Celín, no se han de escapar;

si de mi enojo no huyeron

estos son; mueran. Traidor,

bandolero, vil cristiano,

aleve, Paris troyano,

quien te mata es Almanzor.

Dale.

Margen derecho:

Jacinto.

Y a mí tu amor raya en mi mano,

enemigo sarraceno.

Celín.

¿Cómo moriréis tres

juntos?

Antes que morir los tres jamás...

Jacinto.

¡Jesús!

Almanzor.

Muere, tú, alevosa.

Chorizo.

¿Qué es esto?

Zayda.

¡Jesús me valga!

Celín.

Señor, aquí está la galga,

al caldillo de raposa.

Pag. 107

Celín.

la que cristiana volver

y a ti te ha ver engañado.

Almanzor.

Dale, Celín.

Mete aqueste alfanje. Dale.

Celín.

Por un lado.

Almanzor.

Mueran, Celín.

Celín.

Aleve sois,

te quiere dar buena pieza.

Huye y vase.

Chorizo.

Yo guardaré mi cabeza.

Sale a dar con el alfanje Almanzor a Bernardo y sale una cruz con tres clavos y pónesele en medio.

Almanzor.

Pero ¿qué es esto? Una cruz

en medio se puso; un clavo

de ella tengo de arrancar.

Como a esclavo te he de herrar

para hacerte vil esclavo.

Quítale un clavo que se le pone a Bernardo como clavado en la frente.

Almanzor.

Pues ya logré mi intención,

seguidme todos ahora.

Vanse.

Celín.

No vale más el ser mora

que no morir.

Jacinto.

Confesión,

la sangre me va faltando.

Zayda.

Bernardo, el bautismo pido.

Vase.

Jacinto.

Confesión, nadie me ha oído,

iré a buscarla arrastrando.

Pag. 108

Bernardo.

Hermanas, llegaos a mí,

mi sangre recogeré,

con que el bautismo os daré

por faltar el agua aquí.

Pero, ¿qué miro?, dos fuentes

esta cruz ha producido,

agua del cielo ha venido

por conductos diferentes.

María y Gracia, con llanto

os bautizo y regocijo

en nombre del Padre, y Hijo,

y del Espíritu Santo.

Llegan a él como arrastrando, y Bernardo coge agua de la cruz y las bautiza.

Salen Chorizo y el Abad.

Chorizo.

Aquí los hemos de hallar.

Abad.

Fray Jacinto me admiró,

apenas se confesó

cuando acabó de espirar.

Bernardo.

Como cristianos muriendo

digamos con gran fervor:

Los tres y la música.

En vuestras manos, Señor,

mi espíritu os encomiendo.

Bajan tres ángeles con coronas de flores y se las ponen a los tres, y vuélvense a subir y canta la música.

Pag. 109

Música.

Ven en paz, ven en paz,

Bernardo, que el cielo

tus ruegos acepta,

con Gracia y María

que a tu lado están.

Ven en paz, ven en paz,

y ciñan guirnaldas

las sienes dichosas

de los que han sabido

muriendo triunfar.

Ven en paz.

Cantando la música, suben los tres.

Abad.

Gran prodigio estoy mirando,

gran música se escuchó.

Chorizo.

Ángeles que truje yo

son esos que van cantando.

Abad.

De mártires llevan palmas.

Chorizo.

Padre, no nos descuidemos,

con sus tres cuerpos carguemos,

ya que se nos van las almas.

Porque esta gente es cuitada,

tanto que vino no prueban,

porque solamente llevan

agua para su jornada.

Y será cosa bonita

que hallando posada franca,

Pag. 110

Chorizo.

se vayan sin pagar blanca

al ventero de la ermita.

Vase.

Abad.

Deje locuras y vamos.

Chorizo.

Señores, esto está visto:

ya se llevó Jesucristo

a los tres; solos quedamos

en la ermita yo y Bartola,

y fray Jacinto ya muerto.

Mas si resucita, es cierto

que al punto escurro la bola,

sin parar hasta Poblete.

[Voz no identificada].

Y aquí dan fin con buen celo

Los tres hermanos del cielo

y mártires de Carlete.

Escribiose en Caragoza a 15 de abril de 1660.