Nadie pierda la esperanza
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En un ambiente nobiliario que pasa de Salamanca y Nápoles recordados a Faro y una villa no precisada, Don Manuel y Doña Ana se aman, pero sus mayores disponen enlaces distintos que desencadenan cartas secretas, celos y engaños. Los malentendidos promovidos por Doña Violante y su hermano Don Sebastián hacen creer a los amantes que han sido traicionados; Don Manuel se ordena en Faro, Sebastián muere en un duelo nocturno y Doña Ana decide retirarse a un convento antes que casarse con otro. Meses después, cuando todo parece perdido, una cadena de revelaciones familiares y jurídicas culmina en el descubrimiento de que las órdenes de Don Manuel no valen por un bautismo defectuoso, lo que permite su unión final con Doña Ana y confirma la idea de que nadie debe perder la esperanza.
