La obra comienza en Barcelona, donde Leonarda, noble aragonesa depositada en casa de unos parientes por pleitos sobre su matrimonio, rechaza en un primer momento las pretensiones amorosas de Don Juan Ladrón. Ella le recuerda que él viajaba desde Valencia con intención de casarse con su prima Narcisa, mallorquina, y que su estancia en Barcelona se debe a un desvío forzoso por el mal tiempo. Sin embargo, Don Juan declara que ha olvidado a Narcisa al enamorarse de Leonarda y rompe incluso el retrato de su prima. Leonarda, aunque corresponde a ese amor, explica que su padre pretende casarla con su deudo Teodoro para conservar casa y apellido; por ello propone a Don Juan una solución violenta y clandestina: huir de noche por mar hacia Valencia. Don Juan acepta con entusiasmo, ordena aprestar la nave y, tras una noche en tierra con Leonarda, empieza a sentir dudas sobre la facilidad con que ella se le ha entregado. Al amanecer, dominado por el recuerdo de Narcisa y por el recelo, abandona secretamente a Leonarda mientras ella duerme y zarpa con Clarín rumbo a Mallorca. Al despertar, Leonarda descubre la traición, contempla desde la playa la nave que se aleja y, desesperada, intenta arrojarse al mar; entonces aparece el corsario Arnaute Mamí, a quien cuenta su agravio, y decide embarcarse con él para vengarse del fugitivo.
En la segunda jornada se ha producido un cambio decisivo. Leonarda, cautiva o acogida por Arnaute, ha renegado de su antigua condición y recibe el nombre de Celima; Arnaute, enamorado de ella, la colma de favores. Poco después, la escuadra corsaria tropieza con galeras de Malta; Arnaute muere en el combate y Celima, impulsada por el doble deseo de vengar esa muerte y de vengarse de Don Juan, asume traje, nombre y autoridad varoniles bajo la identidad de Celimo Arráez Mamí. Mientras tanto, Don Juan ha llegado a Mallorca, se ha casado con Narcisa y vive con ella, aunque recibe noticias de Barcelona: el padre de Leonarda se ha sosegado y Teodoro ha desaparecido, acaso tragado por el mar o apresado por corsarios. Ya de vuelta por mar con Narcisa, Don Juan y los suyos son capturados por Celimo. Sin revelar al principio su identidad, la corsaria reconoce en Don Juan al hombre que la deshonró y encuentra así la ocasión de su castigo. Don Juan es encadenado al remo; Narcisa es apartada a la cámara de popa, porque Celimo pretende gozarla como parte de su venganza. La situación se agrava por los celos de Don Juan, que interpreta la cercanía forzosa entre Narcisa y el corsario como verdadera infidelidad, mientras Narcisa sostiene su honra y su fidelidad matrimonial pese a las sospechas y a la violencia que los rodea.
La tercera jornada desarrolla el desenlace trágico y el cierre posterior de la intriga. Don Juan, reducido a galeote, se consume en celos; Narcisa lo defiende ante Celimo y proclama su constancia. Entonces la corsaria revela gradualmente el sentido de su venganza y conduce sus naves hasta la costa catalana donde había sido abandonada, de modo que Don Juan comprenda que Celimo es en realidad Leonarda disfrazada. Desde la playa, Narcisa y su criada Merencia quedan después rescatadas por galeras cristianas mandadas por Don Carlos de Moncada, padre de Leonarda, a quien Narcisa refiere su historia; al saber que Don Juan, causante de la desgracia de su hija, es también marido de Narcisa, Don Carlos sale en persecución del corsario. Ya en el combate final entre naves cristianas y corsarias, Leonarda, acosada por visiones y desengaños sobre su culpa, acaba enfrentándose a las fuerzas de su padre. Herida por la espada de Don Carlos, revela su identidad y, moribunda, interpreta su desgracia como castigo y oportunidad de salvación. Pide perdón a Don Juan y a todos los ofendidos, se encomienda a Cristo y a la Virgen y muere arrepentida. Las galeras cristianas remolcan las vencidas y se da sepultura a Leonarda según la fe cristiana. Tras este final, el texto añade un cierre en que Don Juan, libre ya de la intriga anterior, se orienta de nuevo hacia Leonarda en un pasaje transmitido de manera confusa, probablemente deturpado o perteneciente a otra secuencia textual; el tramo conservado no permite integrarlo con plena seguridad en la lógica del desenlace trágico previamente consumado.