El vizcaíno fingido
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En un ambiente cortesano y urbano que se identifica con Madrid por referencias como la puerta de Guadalajara, doña Cristina y doña Brígida comentan las nuevas ordenanzas sobre coches y rostros descubiertos, mientras buscan mantener su posición en el trato galante. Don Esteban de Solórzano entra en casa de Cristina con el plan de fingir la simpleza de un supuesto vizcaíno rico, le entrega una cadena auténtica para ganar su confianza y consigue que ella adelante dinero y prepare una cena para aprovecharse del invitado. Tras simular la retirada urgente del vizcaíno y acusar a Cristina de haber cambiado la joya por otra falsa, Solórzano y sus cómplices revelan la burla, de modo que la obra concluye con una lección jocosa sobre la codicia, el engaño y la fragilidad de la supuesta astucia.
