La obra presenta al rey Enrique III de Castilla en un momento de enfermedad física y de profunda preocupación política. Mientras la reina lo acompaña en un retiro campestre cercano a Burgos, el monarca lamenta tanto sus cuartanas como la ruina de su hacienda real, hasta el punto de no tener con qué cenar y depender de empeños hechos por su despensero. La reina le advierte que muchos nobles se enriquecen con las rentas de la corona y viven con gran ostentación mientras el rey permanece pobre. En ese mismo paraje llegan Fernando Yáñez, médico enviado por la Universidad de Salamanca, su hija Elvira y la criada Casilda; también aparece don Mendo Alfonso, noble altivo que conoce a Elvira de sus años salmantinos y la corteja. El rey, ocultando en parte su identidad, conversa con Yáñez, aprecia su prudencia y lo lleva a palacio. Más tarde, movido por la sospecha de los abusos de sus ricoshombres, acude de incógnito a una fastuosa cena en una quinta donde varios nobles se entregan al lujo. Allí comprueba que celebran banquetes espléndidos mientras él mismo carece de sustento, y un incendio de la quinta, contemplado como señal reveladora, lo decide a castigar y reformar aquel desorden.
En la continuación de la acción, Enrique convoca a los nobles y, con energía, los acusa de haberse hecho dueños de las rentas, fortalezas y bienes de la corona, comportándose como si fueran reyes dentro del reino. Aunque un acceso de su enfermedad interrumpe la escena, su autoridad queda afirmada y en la jornada siguiente recibe de varios magnates la restitución de haciendas y títulos. Solo don Mendo mantiene una actitud soberbia, protesta contra las medidas del rey y termina desterrado de la corte. Paralelamente se desarrolla la intriga privada de Elvira: don Mendo, ayudado por Casilda y por el bachiller Cangrejo, logra entrar de noche en su cuarto y la vence con engaños y promesas, dejándole una cédula donde aparenta comprometerse a casarse con ella. Sin embargo, por un trueque de papeles se descubre otro escrito suyo mucho más ofensivo, en el que declara que solo se casará con Elvira cuando Fernando Yáñez sea su igual y cuando haya en Castilla rey con poder para mandárselo. Fernando, herido en su honor de padre, y Elvira, ultrajada en su honra, llevan la queja al rey. Entonces la trama privada y la pública se unen: Yáñez describe el reino como un cuerpo místico en el que la cabeza real sufre cuando un brazo poderoso maltrata a los miembros humildes, y presenta a don Mendo como ese miembro corrupto cuya violencia enferma al conjunto.
En la tercera jornada, don Mendo, retirado en una aldea para evitar al rey, persiste en su soberbia, desprecia las súplicas de Fernando Yáñez y afirma que en su estado él mismo es rey. Incluso llega a jactarse de que, si el monarca le mandara casarse con Elvira, antes la mataría a ella y a su padre. Enrique, que ha escuchado de incógnito estas palabras, se descubre, lo vence y ordena prenderlo, escarmentando así su desacato. Ya en presencia de todos, el rey enfrenta a don Mendo con la cédula firmada por él y le exige que cumpla lo escrito; el noble intenta resistirse alegando la desigualdad de linaje, pero Enrique declara que Fernando Yáñez merece honra singular por haberle devuelto la salud y por su lealtad. Finalmente, el monarca resuelve el conflicto de forma drástica y ejemplar: para restituir el honor de Elvira y castigar al soberbio sin premiarlo con un matrimonio ventajoso, toma el poder de don Mendo y, en su nombre, da la mano de Elvira, elevando socialmente a Fernando y deshaciendo la pretensión del noble. Así, la obra concluye con la curación política del reino y con la reparación del agravio familiar mediante una justicia regia que se presenta a la vez severa, ordenadora y protectora de los humildes frente a la arrogancia nobiliaria.