Cristina
Protagonista de la obra; joven pastora de extraordinaria virtud y saber religioso, consagrada a Dios, rechaza el matrimonio, padece penitencias extremas, sufre persecución y es finalmente reconocida como santa.
Juan de Matos Fragoso
Fecha de publicación del resumen: 18 de junio de 2026
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Cita sugerida
Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En Brustren, probablemente en la Alemania medieval a la que alude la obra, Ricardo deja de amar a Teodora y pretende a su hermana Cristina, pero ella rechaza el matrimonio porque ha consagrado su virginidad y su vida penitente a Dios. Tras una aparente muerte y una resurrección prodigiosa en la iglesia, Cristina afirma haber visto el purgatorio y haber vuelto al mundo para padecer por las almas, lo que provoca admiración, dudas teológicas y una persecución pública que la tacha de hechicera. En el monte y en la casa paterna se suceden nuevas violencias y milagros hasta que la santidad de Cristina acaba siendo reconocida, mientras Ricardo se reconcilia con la familia y obtiene por esposa a Teodora en el desenlace final.
La acción se sitúa en Brustren, en Alemania, y gira primero en torno al cambio amoroso de Ricardo, caballero principal del lugar, que abandona su anterior inclinación por Teodora para pedir por esposa a su hermana menor, Cristina. La causa de esta mudanza no es un simple capricho, sino la fama extraordinaria de virtud, saber religioso y santidad que rodea a la joven, humilde pastora pero admirada por todos desde la niñez. Su padre, Manfredo, explica con detalle que Cristina ha vivido entregada a penitencias severas, ayunos, disciplinas, oración y caridad, especialmente en favor de las almas del purgatorio, hasta el punto de haber dañado gravemente su salud. Ricardo obtiene licencia para verla y hablarle, pero cuando intenta persuadirla, Cristina rechaza con firmeza el matrimonio por haber consagrado su castidad a Dios. La discusión entre ambos ocupa un lugar central: él alega amor, salvación y caridad; ella responde con argumentos teológicos y morales, defendiendo que, en su caso, casarse sería descender de un estado más perfecto ya ofrecido a Dios. Paralelamente, Teodora, herida por el abandono de Ricardo, expresa celos y deseo de venganza, mientras el gracioso Antón persigue torpemente a Cristina y queda repetidas veces confundido por su agudeza espiritual. Ya en esta primera parte se insinúa que la protagonista vive bajo una protección sobrenatural: sale ilesa del derrumbe de un pajar, prodigio que aumenta la admiración de Ricardo y del entorno.
En la segunda jornada, la tensión se desplaza desde el conflicto matrimonial al ámbito abiertamente milagroso. Cristina parece morir a causa de sus penitencias y su cuerpo es llevado a la iglesia entre el luto general de Brustren y de toda Alemania. Ricardo acude desesperado para verla por última vez, pero en ese momento la joven revive y relata una visión del más allá: afirma haber muerto de verdad, haber sido llevada primero a contemplar las penas del purgatorio y luego a la presencia divina, donde Dios le habría permitido volver a la vida mortal para seguir padeciendo por las almas, aunque privada ya de la visión beatífica plena mientras permanezca en el mundo. Tras referir esta experiencia, asciende prodigiosamente por el aire y desaparece, dejando a los presentes en confusión. El caso divide las opiniones: algunos, como Ricardo, empiezan a ver en ella una mujer tocada por Dios; otros, como Tomás, abad de Santo Trudón según el relato de Manfredo, se inclinan con cautela a sospechar engaño diabólico o ilusión. La reacción popular se vuelve cruel: muchachos y vecinos la persiguen como hechicera, y su propio padre, temeroso por el honor familiar y movido por la vergüenza pública, la maltrata y encierra. Teodora, cada vez más endurecida por los celos, alimenta esa persecución. Aunque Cristina acepta los ultrajes como voluntad divina, su sufrimiento aumenta cuando se la somete a nuevas pruebas violentas, entre ellas la del fuego, del que sale viva o al menos milagrosamente preservada según lo muestra la acción conservada.
La tercera jornada presenta el desenlace de esa escalada de violencia. Manfredo y Teodora, arruinados en fama y trato social por la opinión pública que pesa sobre su casa, concluyen que solo la muerte de Cristina podrá restaurar su honor. Para ejecutarla recurren a Antón, a quien prometen el matrimonio con Bártola y cien ovejas. El pastor, aunque cobarde y vacilante, acaba aceptando y hiere a Cristina con una saeta en el monte, donde la joven vive apartada, vestida con pieles, entregada a la penitencia y a la oración en los árboles. Sin embargo, la herida no interrumpe su actitud de perdón: disculpa a Antón, permite que se atribuya el disparo a un error de caza y es llevada de vuelta con paciencia ejemplar. A medida que se acumulan nuevos prodigios —la curación de su llaga con el óleo que mana de su pecho, la transformación del pan endurecido en sustento blando, la música celestial que se oye mientras duerme y otros milagros referidos por personajes y testigos—, Ricardo y Alberto abandonan sus dudas, y hasta el ambiente que la desacreditaba comienza a mudarse en devoción. Finalmente sobreviene una visión o aparición celeste que completa en Cristina las llagas de Cristo y la prepara para una despedida gloriosa. Ante este último portento, se consuma el reconocimiento de su santidad y se produce la reconciliación social: Manfredo da los brazos para que Ricardo pueda casarse con Teodora, solución que reordena el conflicto amoroso inicial mientras la figura de Cristina queda elevada como santa y mártir de padecimientos voluntariamente aceptados por amor de Dios y de las almas del purgatorio.
Protagonista de la obra; joven pastora de extraordinaria virtud y saber religioso, consagrada a Dios, rechaza el matrimonio, padece penitencias extremas, sufre persecución y es finalmente reconocida como santa.
Caballero principal de Brustren que, admirado por la fama de Cristina, la pretende por esposa; después de ser rechazado y de dudar ante los prodigios, acaba reconociendo su santidad y se une finalmente con Teodora.
Hermana mayor de Cristina y primer amor de Ricardo; los celos por la mudanza de éste la llevan a desear venganza y a participar en la persecución contra su hermana.
Padre de Cristina y Teodora; conoce desde el principio la vida penitente de su hija, pero la presión del honor y de la opinión pública lo hace pasar de la admiración al maltrato y a la voluntad de darle muerte.
Pastor rústico y figura cómica que pretende a Cristina, sirve a la casa de Manfredo y termina, inducido por Teodora y Manfredo, hiriendo a la santa en el monte, aunque luego queda confuso y compadecido.
Amigo y confidente de Ricardo; escucha sus intenciones, presencia varios sucesos y actúa como acompañante y testigo prudente del desarrollo de la acción.
Pastora vinculada a Antón y al mundo aldeano; interviene en la trama secundaria y sirve de incentivo para que Antón acepte participar en el plan contra Cristina.
Autoridad religiosa consultada indirectamente sobre los prodigios de Cristina; en el texto conservado no se identifica como personaje de gran presencia escénica, pero su parecer influye en las dudas sobre el carácter divino o engañoso del caso.
Lugar principal de la acción, presentado como villa o población de Alemania donde viven los personajes, se fraguan los conflictos familiares y amorosos, y se forma la opinión pública que primero desacredita y luego admira a Cristina.
Espacio doméstico decisivo donde se negocia el matrimonio de Cristina, se manifiestan los celos de Teodora y donde el padre encierra, castiga y humilla a su hija.
Lugar central del episodio de la supuesta muerte y resurrección de Cristina; allí se hace visible el gran portento que transforma la percepción de varios personajes y suscita debate religioso.
Espacio de retiro ascético de Cristina en la tercera jornada, donde vive entre árboles y asperezas, y donde Antón la hiere con la saeta mientras ella permanece apartada del mundo.
Escenarios de los primeros milagros y de la vida pastoril de la protagonista, como el derrumbe del pajar del que sale ilesa y las labores caritativas relacionadas con los pobres.
Espacio de prueba violenta donde Cristina es arrojada al fuego y sobrevive, reforzando la duda entre milagro y hechicería.
La obra presenta a Cristina como una figura que abraza penitencias, enfermedades, ultrajes y tormentos para agradar a Dios y beneficiar a las almas del purgatorio.
El conflicto inicial nace del rechazo de Cristina a casarse, porque considera que ha ofrecido su castidad a Dios y que abandonar ese estado supondría una pérdida espiritual para ella.
Los prodigios de Cristina generan interpretaciones opuestas: unos los leen como señales divinas y otros como engaños, hechicería o ilusión diabólica, de modo que la acción se articula en torno a esa incertidumbre.
La familia de Cristina reacciona con violencia porque cree que los sucesos extraordinarios han dañado su reputación ante el pueblo, lo que muestra el peso del honor y de la murmuración colectiva.
La decisión de Ricardo de dejar a Teodora por Cristina desencadena un fuerte resentimiento que alimenta la trama de persecución y explica parte de la crueldad contra la protagonista.
La motivación espiritual más constante de Cristina es ofrecer sus méritos, penitencias y dolores por las almas que padecen en el purgatorio, núcleo decisivo de su conducta y de su visión sobrenatural.