La acción se inicia en la Corte, probablemente en Madrid, con una riña nocturna en la calle en la que don Rodrigo de Mendoza mata a un hombre y, huyendo de la justicia, se refugia por azar en la casa de Leonor. Allí, oculto y herido en un brazo, es asistido por la joven y por su criada, y entre ambos nace de inmediato una atracción amorosa favorecida por la intimidad del peligro. Cuando la justicia registra la casa, Leonor protege al desconocido y facilita su huida por el jardín; antes de marcharse, él revela su nombre. Poco después se sabe que Leonor, llamada también en algunos pasajes Leonida, ama a don Diego, con quien está casada en secreto o unida por promesa muy firme según se infiere de la acción conservada, y que además ha tenido un hijo suyo. Sus hermanos, al descubrir ese vínculo oculto y juzgarlo afrenta para el honor familiar, deciden darle muerte en secreto y enterrarla en la huerta de la casa para encubrir el suceso.
Mientras los hermanos preparan la ejecución, don Rodrigo vuelve a aparecer de manera decisiva. Al intentar salir con su criado Tristán, cae en la sepultura abierta y oye las quejas de Leonida; comprendiendo que pretenden asesinarla, idea un rescate extremo: prende fuego a la casa para provocar confusión y, en medio del tumulto, salva a la joven y al niño. Ya en la segunda jornada, Leonida narra con más detalle su historia: nacida en Valladolid y llevada a Madrid con sus hermanos, conoció a don Diego, se enamoró de él y quedó unida amorosamente, pero él se ausentó antes de que pudiera hacerse pública su situación. Don Rodrigo, movido por nobleza más que por interés propio, la protege y procura restituirla a su esposo. Paralelamente se desarrolla otra trama amorosa: don Rodrigo ama a Márcela, hermana de don Diego, pero una cadena de recados confusos, visitas equívocas, celos y malentendidos hace creer alternativamente a unos y otros que hay engaños sentimentales, promesas incumplidas o relaciones impropias entre los personajes.
Las confusiones se agravan cuando don Diego llega sin conocer toda la verdad y sospecha de la lealtad de Leonida y de la conducta de don Rodrigo; sin embargo, este le ofrece una explicación completa y afirma haber salvado a su esposa y a su hijo sin deshonrarla. A la vez, el Vizconde, hermano de Márcela, había proyectado casarla con don Fadrique, pero finalmente se descubre que don Diego estaba ya casado con Leonida y que don Rodrigo ha obrado siempre con honor. En la tercera jornada, los celos de don Rodrigo respecto de Márcela y las dudas de ella se mantienen hasta que nuevas cartas, avisos y encuentros nocturnos permiten aclarar la situación. Cuando Márcela y don Rodrigo intentan reunirse o partir, los hermanos de Leonida vuelven a intervenir violentamente y se produce un enfrentamiento armado en el campo o en las afueras. En ese trance final, don Diego defiende públicamente la castidad y legitimidad de Leonida, y también se reconoce la palabra dada entre Márcela y don Rodrigo. El desenlace restablece el orden mediante el esclarecimiento de los engaños, la neutralización de la venganza familiar y la promesa de que, llegados a la Corte, todos quedarán casados conforme a honor y justicia.