Al comienzo de la acción, en la corte de Hungría, el rey manifiesta su preocupación porque su hija Laura se resiste a casarse y, con ello, compromete la sucesión del reino. Se mencionan varios pretendientes nobles, como el albanés, Orón, duque de Ferrara, y otros señores, pero Laura rechaza a todos y atribuye su negativa a una inclinación interior que no puede forzarse. Paralelamente, su hermana Serafina confiesa a Laura que se ha enamorado de Carlos, un español o portugués al servicio del duque de Ferrara, después de verlo lucirse en palacio, especialmente en un juego de pelota y en una disputa de honor donde mostró un valor extraordinario. Serafina recibe y lee un billete amoroso de Carlos, mientras Laura, que al principio reprueba ese amor por la aparente inferioridad de su condición, comienza poco a poco a sentirse atraída por él cuando lo conoce personalmente. El rey, impresionado por las recomendaciones del duque y por la presencia y discreción de Carlos, lo incorpora a su servicio como secretario, elevándolo de manera visible en la corte.
La nueva privanza de Carlos altera el equilibrio de la corte. El duque de Ferrara sigue enamorado de Laura y utiliza a Carlos como mediador, pero la situación se complica cuando Laura intercepta uno de sus papeles, se muestra celosa y, lejos de favorecer al duque, empieza a distinguir al propio Carlos con regalos, colores y mandatos que revelan una inclinación amorosa. Al mismo tiempo, Serafina declara abiertamente su amor a Carlos y ambos llegan a corresponderse, aunque él se debate entre la lealtad al duque, su ascenso cortesano y la fuerza de su pasión por la infanta. La rivalidad amorosa de las dos hermanas desencadena envidias y amenazas: Laura, ya celosa de Serafina, llega a escribir a Carlos ofreciéndole amor y corona si olvida a la infanta, mientras él, con ayuda de Serafina, responde de modo ambiguo para ganar tiempo. Entretanto, los nobles húngaros, en especial el conde Cintio, agraviados por el favor real concedido a un extranjero y movidos además por los celos, conspiran contra él. Carlos mantiene un torneo con gran éxito, se enfrenta de noche a varios caballeros emboscados y vence al propio Cintio, a quien desarma y perdona, afianzando aún más su fama de valentía y cortesía.
En la tercera jornada, el conflicto alcanza su punto más tenso. El duque de Ferrara, irritado por el trato que Carlos recibe y por las sospechas surgidas en torno a Laura, lo desafía; ambos combaten, pero Carlos no solo lo vence, sino que lo perdona y entonces le revela su verdadera identidad: no es un simple secretario, sino don Dionís, hijo del rey don Pedro de Portugal y de doña Inés de Castro. Ya reconciliados, Carlos decide favorecer al duque y, fiel a la palabra dada, le entrega la llave del jardín que Laura le había dado a él para una cita amorosa, con el fin de que pueda entrar y alcanzar a la princesa. Mientras tanto, unos enemigos ocultos disparan contra Carlos y se desencadena una nueva confusión. Serafina, creyéndose comprometida por la visita nocturna, acude a su padre, pero la irrupción de Carlos ante el rey aclara todos los engaños: expone su linaje, relata las intrigas de Cintio y sus cómplices, explica su amor verdadero por Serafina y pide justicia. El rey, admirado por su nobleza y sus hazañas, ordena prender a los traidores, da la mano de Laura al duque de Ferrara y la de Serafina a don Dionís de Portugal, con lo que se resuelven al fin los celos, las porfías amorosas y el problema sucesorio de Hungría.