La Vista
Sentido principal en la acción, pues por ella entra el engaño inicial y también comienza después el camino hacia el reconocimiento del misterio sacramental.
Fernando de la Torre y Farfán
Summary publication date: June 18, 2026
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Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En un jardín alegórico, probablemente identificado con el paraíso y luego con el mundo caído, el Mundo y la Carne atraen a la Vista, al Gusto y a los demás sentidos a comer un fruto engañoso que provoca su ruina. Tras ese primer pecado, los sentidos quedan sometidos al temor, la confusión y los deleites mundanos, mientras el Mundo los gobierna y la Carne adormece especialmente al Gusto en una vida de placer y olvido. Finalmente, en un monte simbólico de sentido eucarístico, el Justo conduce a los sentidos al reconocimiento por la fe del pan vivo bajado del cielo, de modo que la caída por la comida se remedia con la comida sacramental.
Este auto sacramental presenta alegóricamente a los sentidos corporales como comensales convocados por el Mundo y la Carne a un banquete engañoso. Desde el comienzo, ambos trazan una estrategia para someter a los hombres por medio de la Vista y el Gusto, a los que consideran los sentidos principales para arrastrar a los demás. En un jardín o prado elevado, dispuesto con árboles, frutas y mesa, la Vista y el Gusto se dejan atraer por la hermosura de unas manzanas prohibidas, mientras el Mundo y la Carne encubren bajo apariencia de placer un veneno moral y espiritual. A pesar de las advertencias cantadas, los sentidos comen del fruto y, con ese acto, pierden la inocencia y entran en una nueva condición dominada por el temor, el dolor y la confusión; desde ese momento, quedan sometidos a los trabajos del mundo y a las pasiones desordenadas.
Tras la caída, la obra muestra los efectos del pecado en cada sentido y en la conducta humana. El temor, la presunción, la desconfianza y el desorden se apoderan de los personajes, mientras la Gula aparece como acompañante degradante de los sentidos, inclinada siempre al exceso. El Mundo procura consolidar su dominio organizando nuevos entretenimientos y haciendo que cada sentido se ponga a su servicio: la Vista se inclina a la vanidad y al deseo de mirar, el Gusto a la satisfacción del vientre, el Oído a oír solo lo que halaga, el Olfato a los perfumes y deleites, y el Tacto al apego material. En una escena de juego y elección simbólica, el Mundo es proclamado rey y manda a cada sentido imitar figuras de soberbia, codicia o traición, con lo que la alegoría subraya su corrupción. Al mismo tiempo, la Carne aparta al Gusto, lo adormece en su regazo y trata de mantenerlo prisionero del deleite, mientras la Vista, más vacilante, comienza a entrever que solo siguiendo a Dios como camino y guía podrá dejar de errar.
En la parte final, la acción se orienta hacia el remedio sacramental. Frente al poder del Mundo y de la Carne, aparece el Justo como figura correctora y doctrinal, que explica que, si por un bocado se perdió el hombre, también comiendo podrá ser restaurado por disposición divina. La Vista y los demás sentidos son conducidos a contemplar un monte misterioso donde se manifiestan el pan y el vino como signos de una presencia superior; allí se revela un Niño divino que se identifica con el pan vivo bajado del cielo. Gracias a la fe, la Vista aprende a ver más allá de las apariencias materiales y los demás sentidos reconocen, cada uno a su modo, la verdad del sacramento. El Mundo acaba confesando su derrota y la Gula queda excluida de esta mesa sagrada, incapaz de participar dignamente en ella. La obra concluye con la conversión de los sentidos, agradecidos ante el misterio eucarístico, y con una alabanza final a Dios que revoca el daño causado por la caída inicial.
Sentido principal en la acción, pues por ella entra el engaño inicial y también comienza después el camino hacia el reconocimiento del misterio sacramental.
Sentido decisivo en la caída y en la restauración, asociado primero al apetito y al deleite corporal y finalmente al remedio eucarístico.
Figura alegórica que organiza el engaño, convoca el banquete de las frutas y procura someter a todos los sentidos a su dominio.
Alegoría de la sensualidad y del apetito desordenado, aliada del Mundo y especialmente activa en la seducción y adormecimiento del Gusto.
Personaje doctrinal que orienta a los sentidos hacia la verdad, explica el remedio divino y los conduce a la comprensión del sacramento.
Figura del exceso alimenticio que acompaña a los sentidos caídos y queda finalmente excluida de la mesa sagrada.
Uno de los sentidos que participa en la caída y en la conversión final, destacando su relación con la fe y con la escucha de la verdad.
Sentido integrado en el conjunto alegórico, atraído por fragancias y deleites, pero finalmente reconducido hacia el reconocimiento del misterio.
Sentido que participa del desorden general y representa el apego material, aunque acaba sumándose a la aceptación de la verdad revelada.
Figura divina manifestada al final en el monte, identificada con el pan vivo bajado del cielo y centro de la revelación eucarística.
Espacio central de la primera parte, poblado de árboles y frutas, donde el Mundo y la Carne tienden la trampa a los sentidos.
Lugar operativo del pecado inicial, pues en ella se consuma la comida prohibida que desencadena la caída y el desorden posterior.
Espacio alegórico más amplio en el que los sentidos padecen temor, error y servidumbre bajo el gobierno del Mundo y de la Carne.
Lugar de seducción y adormecimiento del Gusto, asociado al olvido, al sueño y al apego al deleite corporal.
Espacio culminante de la revelación sacramental, donde se manifiestan el pan y el vino y se hace visible el remedio eucarístico.
Ámbito de restauración espiritual al que son invitados los sentidos purificados por la fe y del que queda apartada la Gula.
La obra muestra cómo la Vista y el Gusto, arrastrando a los demás sentidos, se convierten en vía de entrada del engaño, el pecado y la pérdida de la inocencia.
Las apariencias hermosas, los placeres y los deleites corporales se presentan como instrumentos de seducción que apartan al ser humano de Dios.
El auto contrapone el deseo inmediato de gozar, comer y poseer con la necesidad de discernir y obedecer una ley superior.
El conflicto se resuelve afirmando que la pérdida causada por un alimento se repara por otro alimento, el cuerpo y la sangre de Cristo en el sacramento.
Los sentidos no bastan por sí solos para comprender el misterio final; solo la fe permite ver más allá de las apariencias de pan y vino.
La Gula encarna la deformación del apetito y sirve para advertir contra el consumo desordenado, incompatible con la participación digna en la mesa sagrada.