La obra comienza cuando el Conde de Belmar es asaltado en el camino hacia Madrid y es socorrido por un caballero desconocido que pronto se identifica como don Juan de Guevara. Tras recuperar el dinero robado y librarse del peligro, ambos entablan una amistad inmediata. El Conde refiere entonces la causa de su reciente alteración: durante una estancia veraniega en una aldea cercana a Toledo vio pasear junto al Tajo a una mujer de extraordinaria hermosura, siguió sus pasos hasta su casa y, movido por el deseo, se introdujo de noche en su aposento. Allí la joven, lejos de corresponderle, le recordó con firmeza su honra y la autoridad de su padre anciano; el Conde, aunque enamorado, se retiró respetuosamente. Poco después fue atacado en la calle por varios hombres y decidió partir hacia Madrid. Don Juan, por su parte, cuenta su propia historia: hijo de don Rodrigo de Guzmán, noble toledano venido a menos, se negó a casarse por conveniencia con la hija de un mercader y salió de su casa jurando no volver hasta haber ganado honra y fortuna sirviendo al rey. Tras trece años en Flandes, donde alcanzó méritos militares, regresó a España con la esperanza de prosperar en la Corte. Cuando ambos se disponen a marchar a Madrid, llega una carta anónima al Conde advirtiéndole de un peligro de muerte y obligándolo a volver apresuradamente a Toledo.
En Toledo se descubre el otro núcleo del conflicto. La dama observada por el Conde es doña Elvira, hija de don Rodrigo. Su padre, viejo y celoso de su honra, sospecha que la sangre hallada junto a su casa procede de un lance amoroso relacionado con ella. Don Alonso, galán despechado, agrava la situación asegurando haber visto al Conde en casa de la joven. Fuera de sí, don Rodrigo intenta estrangular a su hija, pero el propio Conde irrumpe, la defiende y, para evitar un mal mayor, huye con ella a Madrid. Allí la aloja prudentemente en casa de un honrado anciano, Urbán, mientras intenta decidir qué hacer. Aunque Elvira reconoce el valor y la cortesía del Conde, le reprocha haberla arrancado de la tutela paterna y haberla dejado en una situación deshonrosa; por ello le exige palabra de matrimonio si realmente pretende reparar el daño. El Conde, enamorado, rehúsa comprometerse con una promesa arrancada entre lágrimas, aunque le da su palabra de no casarse con otra sin su consentimiento. Paralelamente, don Juan entra en la casa del Conde y conoce a doña Hipólita, hermana de este. La atracción entre ambos es clara, pero se complica cuando Hipólita, agradecida por el valor del soldado, acaba enamorándose de él y se declara con notable audacia. Don Juan, pese a corresponderla, se niega a aceptar ese amor porque su lealtad al Conde le impide solicitar la mano de la hermana de su amigo mientras este lo protege y honra. A esta tensión amorosa se suman los rumores cortesanos, un desafío con otros soldados y, sobre todo, la persistencia del agravio original, que sigue pesando sobre la honra de la casa de don Rodrigo.
La situación se extrema cuando don Alonso revela a don Rodrigo que don Juan vive favorecido por el Conde en Madrid, lo que hace creer al anciano que su propio hijo participa en su deshonra. Don Rodrigo escribe entonces a don Juan una carta durísima en la que le ordena vengar las canas arrancadas por el Conde y lavar con sangre la afrenta hecha a su hermana y a su padre. Entretanto, el Conde, queriendo remediar el daño causado, consulta a don Juan qué debe hacer con Elvira, y este, aunque implicado, le aconseja honradamente que la entregue en matrimonio al hombre que la iguale en calidad y que así pueda restituir su honra; el Conde acepta el consejo y decide casar a don Juan con Hipólita. Pero en ese instante llega la carta del padre y también comparece Elvira, que, ignorando todavía la identidad de don Juan, denuncia ante todos que es hija de don Rodrigo y hermana de un soldado en Flandes llamado don Juan de Guevara. Descubierto el parentesco, don Juan queda desgarrado entre la gratitud hacia el Conde, su amor por Hipólita y la obligación filial. Lo cita a un encuentro junto a San Jerónimo y, antes de batirse, le expone la carta y le pide el mismo consejo que antes recibió de él. El Conde responde con nobleza: reconoce que, en términos de honra, ambos están obligados al duelo, pero luego argumenta que no siempre la venganza sangrienta es la única salida honrosa cuando existen satisfacciones generosas y públicas. Finalmente comparecen don Rodrigo y otros personajes; el padre, testigo del comportamiento magnánimo del Conde y mejor informado por su hijo, acepta las reparaciones ofrecidas. El Conde pide la mano de doña Elvira y don Juan recibe la de doña Hipólita, con lo que quedan restauradas las honras familiares y se resuelven a la vez la amistad, la venganza y los amores cruzados.