La acción se sitúa en una aldea cercana a la corte de Moscovia, donde un labrador llamado Ludovico fantasea con una grandeza impropia de su condición y es elegido por juego “rey de la aldea” por los villanos. Ese gesto festivo adquiere un sentido inesperado cuando un águila deja caer una corona de laurel destinada a la coronación de Mauricia, legítima duquesa de Moscovia, y la corona pasa a sus manos. Paralelamente, se descubre la intriga de Juan Jacobo, tío y tutor de Mauricia y del conde Ludovico, que ambiciona apoderarse del estado. Aunque finge lealtad y organiza la ceremonia de la soberana, en secreto teme que Mauricia y su primo recuperen plenamente el poder y frustren sus planes. En medio de estos presagios, el viejo Leonido revela al supuesto labrador una verdad decisiva: en realidad es Leopoldo, príncipe oculto y primo de Mauricia y del conde Ludovico, a quien él salvó de niño junto con su hermana Lisarda, haciéndolos pasar por muertos para librarlos de la persecución de Juan Jacobo. Así, el rústico rey de juego resulta ser de sangre noble, criado en la aldea bajo nombres fingidos mientras esperaba la ocasión de restaurar su linaje.
La intriga se complica cuando el conde Ludovico, primo de Mauricia y casi idéntico a Leopoldo, es asesinado por orden de Juan Jacobo en un paraje apartado. Esa semejanza permite que el protagonista sea confundido con el conde y se vea arrastrado al corazón mismo de la corte, donde su presencia altera los planes del usurpador. Mauricia, por su parte, oscila entre la autoridad política que debe ejercer como duquesa y los afectos que despierta en ella este hombre cuya identidad parece incierta. Juan Jacobo intensifica entonces sus maniobras con venenos, engaños y encierros, decidido a eliminar tanto a la soberana como a cualquiera que pueda disputar su dominio. Mientras tanto, Leonido, Basilio y otros personajes fieles tejen en secreto una red de lealtades destinada a conservar pruebas, proteger a los herederos legítimos y preparar el momento en que la verdad pueda salir a la luz.
En la parte final, la violencia del tirano parece imponerse cuando Mauricia es dada por muerta y llevada al panteón real, pero ese aparente triunfo se convierte en el principio de su ruina. La duquesa sobrevive, las identidades fingidas se aclaran y sale a la luz toda la cadena de crímenes con la que Juan Jacobo había intentado borrar a los descendientes legítimos. Leopoldo recupera su nombre, su sangre y su puesto, Lisarda ve restituida también su condición, y los fieles reciben reconocimiento por haber preservado la justicia en medio del engaño. La caída del usurpador permite restaurar el orden político y familiar de Moscovia, de modo que los hados que parecían caprichosos terminan mostrando una providencia que eleva a los justos y castiga a los ambiciosos.