La obra se abre con un intento de asesinato contra el rey Alfonso, frustrado cuando los agresores huyen y dejan caer un puñal y unas cartas dirigidas al marqués Suero Peláez y, en su ausencia, al conde don Julián. El alcaide de Madrid, Beltrán Ramírez de Vargas, recoge esas pruebas y se las muestra al marqués, cuya reacción revela en secreto su implicación en la conjura con el rey moro de Toledo. Desde ese momento, el marqués decide sostener el engaño y convertir al propio Beltrán en culpable. Ante el rey, con la ayuda del conde, hace pasar las cartas por prueba de la traición del alcaide, mientras este intenta defender su inocencia y acusa a ambos nobles. Alfonso, aunque vacila al principio por la reputación de Beltrán, acaba creyendo la versión del marqués y manda prender al alcaide, confiscar su casa y encerrar a su hija doña Ana. Al mismo tiempo, la caída del valido abre paso al ascenso de sus enemigos, que buscan consolidar su poder cortesano y ocultar su trato con el moro.
Mientras Beltrán es apartado, su hijo don Fernando Ramírez regresa victorioso de la guerra contra los moros, acompañado por don Garcerán de Molina, ignorando aún la desgracia de su casa. El rey lo recibe con frialdad y, sin escuchar de verdad su relato de méritos militares, ordena también su prisión. Fernando logra resistir en una torre de San Martín, cercada durante días por orden del marqués, hasta que una dama segoviana, doña María de Luján, enamorada de su valor y movida por compasión, abre secretamente un paso subterráneo desde su casa hasta la iglesia y le proporciona comida y vía de escape. Paralelamente, doña Ana permanece encerrada bajo la vigilancia del conde don Julián, que mezcla la ejecución del mandato real con un deseo amoroso violento y amenazador. Fernando, enterado del peligro que corre la honra de su hermana, entra de noche en la casa para salvarla; persuadido de que el conde intentará forzarla y creyendo que solo la muerte puede preservarla del deshonor, le ofrece elegir entre un puñal y un veneno. Doña Ana, firme en su honor, bebe el veneno con entereza, y Fernando, horrorizado por lo que ha hecho, queda momentáneamente convencido de haberla matado.
Sin embargo, el veneno no produce una muerte definitiva, sino una suspensión de los sentidos, y el conde encuentra después a doña Ana todavía viva. Aprovechando su extrema vulnerabilidad, le promete amparo y matrimonio, ofreciéndose como sustituto del padre y del hermano perdidos, y ella, deshecha por las calamidades sufridas, acepta prudentemente esa salida. Mientras tanto, Fernando, refugiado otra vez con ayuda de doña María de Luján, decide no huir a otro reino, sino encaminarse disfrazado a Segovia para preparar allí su venganza y demostrar la inocencia de su linaje. Ambos se comprometen en secreto y ella idea el medio del disfraz: apoyarse en su viejo escudero Pedro Alonso, antiguo tejedor segoviano, para que Fernando adopte su nombre y oficio. Antes de partir, el protagonista finge su propia muerte colocando en un cadáver irreconocible sus papeles, llaves, rosario y sortija, de modo que el conde crea muerto a su enemigo y lleve al rey la falsa noticia. La jornada termina con Fernando ya transformado en tejedor en Segovia, recibido como “Pedro Alonso” junto a la mujer amada, mientras el rey, todavía engañado por el marqués y el conde, da por cierta su muerte. El cierre anuncia así la continuación de la historia en una segunda parte, donde habrá de cumplirse la venganza y la restauración de la verdad.