La acción comienza en una aldea de Gelanda, donde Jacinto, prometido de Elisa por acuerdo entre sus familias, descubre y rompe parcialmente un billete amoroso dirigido a la joven por Felisardo, un estudiante forastero que vive allí bajo la protección del Almirante. Los celos de Jacinto revelan un triángulo amoroso en el que Elisa, aunque prudente por las habladurías sobre el origen noble o incluso real del estudiante y por el rumor de que está destinado a la Iglesia, queda impresionada por su presencia. En una escena junto a la fuente y el monte cercano, entre cantos y fiestas aldeanas, Felisardo logra hablar a solas con Elisa. Él le asegura que ignora quién es en realidad, niega con cautela las versiones que lo presentan como futuro cardenal o hijo poderoso, y le ofrece palabra de esposo. Elisa, temerosa de quedar engañada por un hombre de rango superior o destinado a otra vida, vacila, pero termina rindiéndose al amor y concierta una cita nocturna por la huerta. La intriga amorosa se mezcla desde muy pronto con la cuestión de la identidad del protagonista y con la tensión entre desigualdad social, honor aldeano y deseo.
La cita nocturna precipita el conflicto. Felisardo entra en casa de Elisa; los descubre Doristeo, padre de la joven y alcaide, acompañado por Jacinto. Aunque Elisa y Felisardo se juran mutuamente fidelidad y él insiste en que no es hombre de Iglesia, el padre teme por la honra familiar y por la posible desigualdad del enlace. Felisardo sostiene que Elisa es ya su mujer por la palabra dada y, armado con pistolas, se la lleva consigo. Doristeo decide recurrir al rey, pero antes la trama se desplaza a la corte de Gelanda, donde se revela el trasfondo político: el príncipe legítimo, Primislao, muere en combate contra los escoceses, y el Almirante descubre entonces que Felisardo es en realidad hijo natural del rey Clenardo. Elevado de improviso a heredero del reino, Felisardo obtiene reconocimiento público y es apartado de su vida anterior. Doristeo, lejos de mantener la querella, acaba aceptándolo como hijo adoptivo y consiente el matrimonio con Elisa; sin embargo, la llegada del Almirante y la noticia de la sucesión trastornan de nuevo la situación. Felisardo debe presentarse en la corte y Elisa comprende que el ascenso de su esposo puede convertir en desgracia lo que parecía reparación de su honor.
Ya en la corte, la distancia entre amor privado y razón de Estado se vuelve central. El rey y el Almirante quieren casar a Felisardo con Drusila para asegurar la sucesión, mientras Elisa llega disfrazada de paje con el nombre de Celio para seguir cerca de él. Jacinto revela al rey que Elisa existe y que es el verdadero obstáculo del nuevo matrimonio; por ello la joven es encarcelada, y Felisardo, desesperado pero obligado a obedecer, acepta la estratagema de Tristán: fingirá una locura amorosa por una estatua de mármol del jardín para evitar las bodas políticas y forzar una solución. La ficción crece hasta convencer a la corte de que solo casándolo con el mármol podrá recobrar el juicio. Mientras tanto, Tristán y Doristeo hacen salir a Elisa y Celio de peligro y organizan el desenlace. En la escena final, durante la supuesta boda con la estatua, el mármol habla: bajo su apariencia se encuentra Elisa, presentada por Tristán como la verdadera esposa de Felisardo. El príncipe declara entonces públicamente su elección y afirma contar con hombres suficientes para sostenerla. El rey, vencido por los hechos y por la habilidad del engaño, acepta el matrimonio, reconoce a Elisa como reina de Gelanda y recompensa a los principales implicados: Doristeo recibe honra cortesana, Celio queda encaminado a un enlace con Drusila, Jacinto es incorporado al servicio del nuevo rey y Tristán ve premiada su industria.