La obra presenta primero a Bernardo, joven criado como hijo del conde don Rubio, que llega desde el ámbito aldeano y montaraz a la corte leonesa. Aunque muestra valentía natural y ansia de armas, su supuesto padre lo trata con aspereza, le niega la espada y hasta lo llama villano, dejando ver una hostilidad que Bernardo no comprende. El rey Alfonso, en cambio, reconoce su valor, lo arma caballero y lo incorpora a palacio, gesto que humilla todavía más a don Rubio. Paralelamente aparece el verdadero gran privado del rey, el conde de Saldaña, victorioso en la guerra contra los moros, cuya fama militar y nobleza lo sitúan en el centro de la corte. La infanta doña Jimena, hermana del rey, reconoce en Bernardo indicios que la conmueven, mientras el propio conde de Saldaña y la infanta revelan en un diálogo amoroso que ambos se aman en secreto. El rey, ignorante al comienzo de la extensión de esa relación o fingiendo no advertirla, encarga precisamente al conde persuadir a Jimena para que se case con el conde de Barcelona, con lo que queda planteado el conflicto entre obediencia política y amor clandestino.
En la segunda jornada se agravan a la vez el conflicto familiar de Bernardo y la intriga amorosa. Don Rubio, celoso y resentido, insiste en que Bernardo no es su hijo, mientras el conde de Saldaña, profundamente afectado, deja traslucir que conoce el secreto de su nacimiento, aunque no se atreve a declararlo de forma abierta. El rey acaba reconociendo públicamente a Bernardo como su sobrino, sin nombrar al padre, lo que honra al joven pero también prolonga su incertidumbre. Al mismo tiempo, Jimena confiesa al rey que ama al conde de Saldaña y que Bernardo es hijo de ambos; Alfonso decide perdonarlos de palabra, pero, llevado por la razón de Estado y por su idea regia de la castidad y de la sucesión, trama en secreto la ruina del conde. Fingiendo confianza, lo envía con una carta al castillo de Luna y allí queda preso por mandato real, encadenado y destinado a perder la vista. Mientras tanto, Bernardo, que solo conoce fragmentos de la verdad, pide insistentemente saber quién es su padre para no vivir deshonrado en la corte. La jornada termina con el lamento del conde prisionero, que acepta su caída amorosa pero se duele sobre todo de no haber podido revelar a Bernardo que es su hijo.
La tercera jornada muestra las consecuencias políticas y bélicas de esos secretos. El rey intenta asegurar la sucesión llamando a Bermudo como heredero y sometiendo a Jimena a mayor rigor, al tiempo que llegan amenazas exteriores: un embajador moro propone el matrimonio de Jimena con Almanzor o la guerra. Bernardo responde con arrogancia patriótica y, después, por cuenta propia, busca y mata a Abenyusef, alcaide del Carpio, conquista esa plaza y otros castillos, y vuelve cargado de gloria. Doña Sol, enamorada de Bernardo, le da la clave para deshacer el “encanto” del castillo de Luna; allí el joven entra con Monzón, encuentra a un preso ciego y envejecido, escucha la historia del conde de Saldaña y descubre al fin que es su padre. Decidido a liberarlo, se enfrenta al rey dentro del castillo y ofrece rescate, servicios y victorias a cambio de su libertad; si no, amenaza con la violencia antes de someterse después a la obediencia. Entonces Alfonso declara que había entrado dispuesto a devolverle a su padre y a legitimar el matrimonio con Jimena, pero la revelación llega tarde: el conde acaba de morir, vencido por el sufrimiento y por la impresión del reconocimiento final. La obra concluye así con un desenlace trágico, en el que se juntan la reparación tardía, la muerte del padre, la legitimación de Bernardo y la promesa de nuevas bodas, mientras el propio Monzón cierra con tono jocoso una materia dominada por el dolor familiar, la honra y la autoridad real.