Don Juan de Mendoza, noble español e hijo natural de don Rodrigo Enríquez, llega desterrado o autoexiliado a Nápoles tras haber afrentado en España a don Tello en un lance de honor. Presentado ante el rey napolitano con cartas de recomendación del Almirante de Castilla y de la Duquesa, obtiene amparo y un puesto en palacio. Pronto llama la atención por su gallardía y arrogancia, lo que despierta tanto admiración como burla entre los cortesanos. Casandra, prima del rey y prometida al rey de Dinamarca, se interesa por él desde el primer encuentro, ayudada por las indiscreciones del gracioso Monzón. Tras un intercambio de señales, ambos conciertan una cita nocturna en un jardín del palacio, donde se declaran mutuamente su amor. Durante esa misma noche se produce una confusa escaramuza con embozados y nuevos indicios del peligro que rodea a don Juan, pero la cita termina consolidando la relación amorosa entre los dos personajes.
En la segunda jornada, el rey empieza a mostrarse inquieto por la presencia de don Juan y por los signos ambiguos que observa a su alrededor. Un torneo cortesano, los guantes que don Juan luce como empresa amorosa y diversas conversaciones aumentan sus sospechas, aunque al comienzo interpreta erróneamente que el español puede estar relacionado con la reina Beatriz. Mientras tanto, aparece un cartel público por el que don Tello desafía a don Juan a presentarse en París, lo que obliga al protagonista a pensar en partir para salvar su honra. Casandra intenta impedirlo y pide al rey y a la reina que promuevan una reconciliación, pero el monarca, movido por sus propios celos y recelos, decide retener a don Juan con otro encargo: acompañar a Casandra hasta su boda con el rey de Dinamarca, cuya llegada se anuncia. Desesperados ante esa perspectiva, don Juan y Casandra idean una estratagema: ella fingirá una enfermedad para retrasar el viaje y poder seguir viéndolo en secreto. La treta se pone en práctica con ayuda de Silvia y de Monzón, que incluso entra disfrazado de sangrador para llevar mensajes entre los amantes. Finalmente, Casandra recibe de don Juan la promesa matrimonial y ambos llegan a considerarse ya unidos en voluntad, mientras las intrigas y vigilancias de la corte se hacen cada vez más peligrosas.
La tercera jornada conduce al desenlace mediante una serie de reconocimientos. El rey, dominado por los celos, lleva a don Juan al campo con intención de matarlo, pero antes de ejecutar su propósito escucha la verdad: el español ama a Casandra y no a la reina, y ambos desean casarse honestamente. Aliviado por comprobar que no está en juego su propio honor conyugal, el monarca decide que, entre varios males posibles, el menor es consentir la unión de su prima con don Juan. Obliga, no obstante, al galán a guardar secreto sobre sus celos y comprueba por sí mismo, oculto en el jardín, la firmeza del amor de Casandra. Desde entonces favorece abiertamente al español: lo ennoblece aún más, lo hace Almirante de Nápoles y mayordomo de su casa, preparándolo para igualar el rango de la dama. Aunque algunos nobles siguen conspirando contra él, la situación se resuelve cuando llega el rey de Dinamarca y, lejos de reclamar a Casandra, comunica que trae cartas del rey de España en favor de don Juan y pide el matrimonio de ambos. El rey de Nápoles acepta, Octavio recibe compensación honorífica con un nuevo título, Monzón es también premiado, y la comedia concluye afirmando que, cuando el mal es inevitable, conviene escoger el menor.