En Coímbra, don Vasco de Noroña dispone el porvenir de sus dos hijas: Leonor, inclinada a la vida religiosa, será llevada al convento de Valdefuentes, y Violante deberá casarse con don Sancho de Portugal. Violante se rebela y confiesa que ama a don Diego de Meneses, aunque sabe que él mató a su hermano en un lance de armas y que su padre lo considera un hombre violento y deshonroso. Don Vasco, indignado, maldice a su hija y, aconsejado por Leonor, pide a don Gil Núñez de Atoguía, tenido por varón santo, que exhorte a don Diego para que abandone aquella pretensión. Don Gil visita a don Diego y le amonesta sobre el honor, la muerte y la necesidad de corregir su vida; sin embargo, don Diego, pendiente de una cita secreta con Violante, no atiende de veras el aviso. Esa misma noche, Violante le envía un billete para huir con él. Cuando don Diego se dispone a consumar el rapto, don Gil vuelve a interceptarlo en la oscuridad y le dirige una larga exhortación espiritual sobre el número limitado de los pecados y la incertidumbre de la salvación. Las palabras del santo conmueven de tal modo a don Diego que se arrepiente repentinamente, renuncia al mundo y troca sus vestidos con don Gil. Pero, poco después, al oír la música convenida para la fuga y hallarse junto a la reja del jardín, don Gil vacila ante la ocasión, se deja arrastrar por el deseo y, aprovechando la oscuridad, toma la mano de Violante y huye con ella haciéndose pasar por don Diego.
Seis años después, la caída de ambos se ha consumado. Don Gil, que abandonó la virtud en el instante mismo en que sustituyó a don Diego, vive como capitán de bandoleros en los montes, entregado a robos y homicidios. Violante, que se fugó creyendo seguir a don Diego y luego quedó unida a don Gil, comparte aquella vida criminal, aunque en su interior conserva sentimientos contradictorios y empieza a cansarse del delito. En contraste, el verdadero don Diego habita retirado como penitente en una cueva, transformado por la conversión que recibió de don Gil. Durante este tiempo, en Coímbra se venera la memoria de don Gil como si fuese un santo ausente, confusión favorecida por su desaparición y por la fama de sus antiguas virtudes; su criado Golondro explota en clave burlesca esa reputación. En los montes, don Gil asalta casualmente a don Vasco y a Leonor cuando este la lleva a Valdefuentes para profesar; al verlos, perdona la vida al padre, recibe incluso su bendición sin ser reconocido y, al contemplar a Leonor, concibe un nuevo y violento deseo. Impedido de poseerla por el viaje inmediato al convento, se desespera y entonces se le aparece Angelio, figura demoníaca que se ofrece a servirle si le entrega su alma por escrito. Don Gil acepta y firma un pacto con su sangre a cambio de gozar de Leonor y vengarse de don Diego. Paralelamente, Violante, hastiada de su existencia, intenta acercarse a la conversión; guiada por el mismo ser infernal hacia la cueva del penitente, llega sin saberlo hasta don Diego. Ambos se reconocen, lloran su historia común y, aunque el antiguo afecto revive peligrosamente, don Diego la encamina a la penitencia y le aconseja evitar nuevas ocasiones de recaída. Así, la obra presenta una doble trayectoria cruzada: quien antes cayó ahora procura levantarse, y quien fue instrumento de salvación se hunde cada vez más en el pecado.
En la jornada final, don Vasco, investido de autoridad para castigar a don Diego, entra en los montes buscándolo, todavía convencido de que su hija Violante fue robada y probablemente muerta por él. Entretanto, Angelio prepara la última caída de don Gil: toma la apariencia de Leonor y lo conduce a una cueva para que crea consumado su deseo. Allí, con la ayuda providencial y la presencia activa del arrepentido don Diego, la ilusión se deshace y la supuesta hermosura se convierte en visión de cadáver y desengaño de los placeres mundanos. El demonio reclama entonces el alma prometida por la escritura, pero se entabla un debate espiritual en el que don Diego, asistido por la gracia divina, defiende que el pacto es nulo, que el alma no puede ser enajenada y que el arrepentimiento sincero obtiene perdón. Don Gil se contrita de corazón y queda libre del demonio. Después comparece ante don Vasco, confiesa ser el verdadero raptor y criminal, exculpa a don Diego y se entrega a la justicia para pagar públicamente sus delitos. Guiados por él, llegan hasta Violante, a quien hallan en trance de santidad y muerte, abrazada a una cruz en la cumbre del monte y acompañada, según muestra la escena, por auxilios celestiales. Antes de expirar, Violante declara que Dios la ha perdonado y pide a su padre que perdone también a sus enemigos. Don Vasco accede, promete erigir allí un templo en memoria del suceso, y el final encamina a los personajes supervivientes hacia la vida religiosa: don Diego resuelve perseverar en la penitencia, Leonor confirma su vocación conventual y hasta el gracioso anuncia su deseo de hacerse lego. El desenlace afirma así la posibilidad de redención tras la caída más extrema.