
Publication date: August 22, 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de También se vengan los dioses. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/tambien-se-vengan-los-dioses.
También se vengan los Dioses, Comedia Zarzuela, con Sainete, de Don Lorenzo de las Llamosas
Apolo
Isico
Zéfiro
Anfión
Teresias Sacerdote
Cuervo Gracioso
Cupido
Venus
Coronis
Flora
Cloris
Clarinda
Acompañamiento de Pastoras
Acompañamiento de Ninfas
Coro de Venus
Coro de Apolo
Canta dentro el Coro de Venus
Con luces, y Flores
con Galas, y acentos
rendid hoy amantes
obsequios a Venus
Aparece a un lado el teatro, Coronís dormida en una cabaña, y dice entre sueños.
Luciente arpón, ¿hacia dónde
esgrimes esos alientos?
Mira que solo a las dichas
no va ocioso el escarmiento.
Voces dentro.
¡Aferra!
¡Amaina!
¡Echa el bote
y ve calando los remos!
Céfiro a un lado dentro.
Surca ese cristal, y sabe
cuando le oprimes rompiendo,
que te vas dando de vida
lo que te afliges de aliento.
Voces dentro.
¡Piedad, dioses soberanos!
¡Favor, que me anego, cielos!
Repite el coro dentro.
Rendid hoy, amantes,
obsequios a Venus.
Voces a otro lado dentro.
Al llano.
Al valle.
Hacia el río.
Por el halda.
Yendo lejos.
Sacro amor, si es que en las ondas
arde tu sagrado incendio,
¿cómo, en ahogarme quieres,
desacreditas tu fuego?
Que será por la arboleda.
Acudid al monte presto.
Levántase Coronis y dice huyendo.
Para no amar ese ingrato,
ni sentir su ardor violento,
busqué a vuestras iras, dioses,
algún alivio huyendo.
Ábrese el punto y aparece en el mar zozobrando Ysico sobre un cuartel de navío.
Amor, ampara mi vida,
que tu luz se está ofendiendo
de ver que la espuma pueda
ser en mi agua llama riesgo.
Va atravesando Cupido el teatro y se irá ejecutando lo que dijere.
Ah de las ondas adonde,
a pesar de Tetis, Venus
mi madre sola domina
en las ondas y en los vientos.
Música detrás del mar.
¿Qué mandas, Cupido,
que intimas tu aliento?
Canta Cupido, y vase obedeciendo su voz.
Que serenando las olas
sus fatales movimientos,
a suspensión se reduzca
de sus reflujos lo inquieto.
Desde el principio de la copla se serena el mar.
Ya al blando mar sereno
aun el aire le está desconociendo.
Y que un delfín en la espalda
ofrezca escamado leño,
a este pastor que en el susto
me va afinando los ruegos.
Isico, de sobre el cuartel, se pasa a un delfín.
Ya dócil a tu imperio
le asegura en su espalda amado puerto.
Que a las arenas le encargue
donde con gratos afectos
me haga de la playa fría
ardiente lúcido templo.
Entrase Isico.
Ya en la tierra, su aliento
sacrifica a tu voz su rendimiento.
Y que en templados, corteses,
dulces, acordes acentos,
convoquéis a mis aplausos
con estas voces diciendo:
Sale Isico, como que sale de el Mar, y canta Cupido, el Coro de Venus, y las voces del Mar.
Con luces, y flores,
con galas, y acentos
rendid hoy amantes
obsequios a Venus.
Ciérrase el Mar, y éntrase Cupido
Amor, ¿qué haré del sentido
si ya la vida te debo?
Apenas de un riesgo salgo
cuando me hallo en otro riesgo:
pues buscando la hermosura
que es de este retrato dueño
me embarqué; pero ¿qué miro?
¡Ay infelice! ¿Qué veo?
que perdí el de quien adoro
y traigo al con quien me ofendo:
pues me acuerda de una hermana
el aleve galanteo
que mi enojo huyó, y no sé
dónde asista; mas ¿qué atiendo
que me hace hallar otra duda
en la calma que padezco?
Si oráculo de estos montes
eres, templado concento,
aguardaré alguna dicha
en tu valle lisonjero.
Canta Anfión dentro.
No esperes, que los rigores
solo aguardan tus deseos
para escribir en tus ruinas
sus fatales escarmientos.
Qué voz es esta, que suave
me va asustando con ecos,
como que a mí me robara
para su rumor mi aliento?
Canta.
De un corazón que rendido
se ofrece en el pensamiento,
es castigo las más veces
el pesar de su silencio.
Va saliendo con un instrumento.
Canta.
Si se explica, entre los labios
también falta a los respetos,
con que hace del desahogo
al dolor merecimiento.
Lo más seguro es amante
querer más, y vivir menos
que un infeliz solo nace
a morir a los desprecios.
Y así en las soledades
lloraré mi amor tierno
pues, ni me oyen los troncos,
ni me escuchan los vientos.
Arroja el instrumento.
Representa.
Remedios me doy, y no hallo
en la música remedios
pues no se llevan las voces
el ardor tras el acento.
De este pastor, a quien cuando
le escucho, saber no puedo
si el lamento es armonía
si la armonía es lamento:
me informaré; mas él llega
Este es aquel forastero
a quien desde esa eminencia
vecina al mar, vi rompiendo
segundo Arión la indomable
cólera de ese elemento.
Pastor si acaso permiten
las disculpas de extranjero
que curioso repregunte
a qué valle?
Él, y la Música
Antes deseo
que sin costo de preguntas
dejes de ignorarlo luego.
La famosa Arcadia es esta
donde hoy a la diosa Venus
y a otros dioses el concurso
religioso ofrece obsequios;
de que testigos te informan
las voces que van diciendo:
Rendid hoy amantes
obsequios a Venus
a este fin los cazadores
con noble gentil denuedo
el bosque todo confunden
con el venatorio estruendo
pues se oye que se repite
de esotra parte en los ecos
Dentro
Al río que va a templarse
de las flechas el veneno
Y porque solo te queda
que saber, por qué mi pecho
quiso partir su dolor
con ese triste instrumento,
escucha: y en tus piedades
haz menos mal mi tormento.
Apenas esta mañana
llegué al valle, cuando, ¡ay, cielo!
Vi una ninfa que pasaba
por el ribazo soberbio
de un monte lleno de flores,
con tanta luz, que al reflejo
retocando sus matices
las desminuía lo bello
con hacerlas más hermosas;
pues al dorarse, fue cierto,
mostraron para su injuria
en lo que el brillo crecieron,
que al poder ser más hermosas
tenían aquello menos.
Pasaba así, y el aljófar
a los blandos movimientos
las iba desperdiciando
o porque al sentir su incendio
los ardores no templasen,
o porque se fuese huyendo
en aquel celeste llanto
pagada ya en sentimientos
la ausencia que les dejaba
cuando ella se iba partiendo.
Llegué a hablarla, mas turbado
desordené los alientos
y solo vi los arpones
de sus manos, y luceros:
los unos en la amenaza
y los otros en el pecho.
Retireme, y mientras iba
con el sentido suspenso
quise el ansia divertirme,
mal dije: quiso mi afecto
enternecer con mis voces
al aire lisonjero,
porque aun las respiraciones
al caminar hacia el pecho
fuesen ya como prendadas,
y no admiraren el nuevo
tributo, que iban pagando
en suspiros los alientos.
En fin, venciendo las dudas,
llegué, y díjela (temiendo
que las voces mal formadas
me las robare el respeto):
«Si ha menester tu hermosura
otro infelice trofeo
para que llegue a servirte
de descuido en el desprecio,
recibe un alma que ya
es último don postrero
del Amor que en mis sentidos
se va de cortés muriendo».
Oyome, y fuese dejando
contentos mis males, puesto
que se llevó el albedrío
quedando sin queja el pecho.
No porque yo a sus piedades
les merecí lo sereno,
sino es porque me dio vida
para dedicarla ruegos.
Tuve, y entre mis discursos
este infeliz instrumento
fió la voz, la planta al susto,
el sentido a lo suspenso:
pues al mirar que el retiro
iba en mis pasos creciendo
cada ademán parecía
que lo gobernaba el miedo
hasta que en esta cabaña
de Coronis hoy te encuentro.
Tente, que si no es engaño
de mi rendido deseo
presumo que has dicho el nombre
que aman por fe mis afectos.
Vuelve a repetirle, vuelve
a que guste del veneno,
la amante pasión que vive
de solo estarse rindiendo.
Coronis dice, ¿qué dudas?
¿Dónde mi ventura, ¡ay, cielo!?
¿podrá hallar esa hermosura?
Zéfiro dentro.
Aquí, pastor, que al albergue
de Coronis pasa huyendo.
¡Oh, si acertase el acaso
a ver oráculo cierto!
Sale Zéfiro con un venablo, matizado todo el vestido de flores, y en la cabeza una guirnalda, y Cuervo.
Por aquí; mas, Anfión, ¿tan de mañana
al valle vuestro desvelo?
Esta es una de las siete
mortales de un majadero,
pues di, tú que lo preguntas,
¿madrugaste acaso menos?
Sí, Zéfiro, que hoy al monte
me trajo un mismo intento
que no digo porque estoy
a este pastor asistiendo.
Quédase pensativo.
Ya también por mis memorias,
¡ay, Flora! la caza dejo;
Aquesta majadería
le toca a su pensamiento.
Sale Coronis al bastidor
Tomándome esta licencia,
entre las de forastero
te pido busques quien diga
a esa Deidad, a ese dueño
de mis sentidos, que amante
de su copia a los reflejos
el alma a un retrato suyo
le está consagrando templo.
Tirana Deidad, ¿no es este
pastor aquel que en el sueño
dijisteis que al corazón
estrenaría el afecto?
Pues ¿cómo le estoy ternuras
que a mí no me dice oyendo?
Mejor es que tú la aguardes
pues cruzando el valle espero
que la encuentres, y es más fácil
persuadirla, si va el ruego
en lo humilde de las voces
copiando los rendimientos;
que en tanto irá a mi cabaña
a prevenirte al menos,
amante, si no decente,
hospedaje, mi deseo.
Vete; y el cielo te guarde.
Sale Flora a otro bastidor.
Buscando a Zéfiro vengo,
por ver qué hacia el albergue
de Coronis busca; pero
¡ay, triste!, que allí le miro,
ea, temor, escuchemos.
Según los extremos, yo
soy grandísimo discreto,
porque estos de necedades
son hoy dos veces extremos.
Hermoso, apacible, dulce,
sagrado, noble veneno,
¿por qué retiras tus luces
si estoy a tu ardor muriendo?
Sin duda que este hombre quiere
(según dice los requiebros)
ser nefando con el aire.
Permíteme, sacro, bello...
primor, que trate tus aras,
pues para el culto prometo
entregar todo el descuido
en manos de mis respetos.
También este pobre loco
está con el tema mesmo.
Estos que quieren al aire,
aun tienen al aire celos.
Sale Coronis.
Averigüe el mal su ofensa.
Sale Flora.
El dolor averigüemos.
Ve a Flora, Coronis.
Flora es: no en vano temía
la ofensa mi sentimiento.
Ve a Coronis, Flora.
¡Coronis es! ¡Oh, qué poco
me engañaron los recelos!
Holgárame, que las dos
los estuviesen oyendo.
Cuervo, ¿qué haces por acá?
¿Qué buscabas aquí, Cuervo?
Esto a mí se me pregunta
por ustedes caballeros,
y así para responder
les doy los poderes mismos.
Noble, adorada hermosura
pues a tus ojos hoy llego,
y pagado ya con verte
pierde el mérito el incendio,
por tu piedad le permito
a mi dolor, que por dueño
de las cenizas te adore
amante el conocimiento.
No os entiendo; a quién decíais
antes otros rendimientos,
podéis también dedicarle
esos mentidos requiebros.
Ninfa, pues que ya la vista
no envidia a mi pensamiento
vuelve a verme, porque puedan
de mis ojos tener celos.
¿Mandóte acaso Coronis
dijeres esos afectos?
No te entiendo.
Y aun es más
que no quisiera entenderlo.
Tocan instrumentos.
Pastor, pues ni sé quién sois,
ni os conozco, forastero,
dejadme; mas, ¿qué armonía
roba al aire el movimiento?
Canta Cupido dentro.
¡Ah del prado!
Escuchad mi aliento,
que aunque halago parece,
solo es imperio.
A las aras os convoco
donde cortés el incendio
sacrifica como llama,
sin arruinar como fuego,
aun son mérito los humos
con que se ofrece el obsequio;
pues condensados en nubes
enriquecen más los ruegos.
Sin dilación id al solio
a mi hermosa madre Venus,
que sin culto es edificio
el que con víctima es templo.
Vase.
Ya te sigo.
Vase.
Dos deidades
con una acción obedezco.
Vase.
Ya voy tras tu voz, Cupido.
Vase.
No sé a qué amor sigo atento.
Aparece Cupido, y va bajando.
Vase.
Voyme, por solo llenar
el blanco de estos dos versos.
Canta.
Vuestra esperanza, la sepa
la fe, pero no el desvelo:
que puede la adoración
pasarla a usura el deseo.
Ah del prado,
escuchad mi aliento,
que aunque halago parece,
solo es imperio.
Al llegar al teatro, se muda en perspectivas de columnas, y en el punto se verá la puerta del templo de Venus.
Con luces y flores,
con galas y acentos,
rendid hoy, amantes.
obsequios a Venus.
Este es el templo felice;
pero ¿qué es esto que veo?
Cerradas están las puertas
del sagrado solio excelso:
mas abríranse a la dulce
violencia de mis imperios.
¡Ah del coro sagrado
luciente de Venus!
¿Quién llama formando
tan dulces concentos?
Cupido soy, que os mando
en dulce, blando aliento
que del altar las puertas
queden abiertas luego.
Ábrese el punto, y aparece Venus en un trono, y algunas ninfas de acompañamiento.
Venid, venid,
de Venus divina a las aras venid.
Salen Céfiro, Flora, Ísico, Coronis, Anfión, y Cuervo.
Pues os miráis pastores
en este templo, sea
vuestra mental idea
la fija a los fervores;
mientras halla propicio
de el numen al favor, el sacrificio.
Canta Venus.
Deja, Cupido, el acento,
que en un imperio sagrado
lo que tiene de violento
el corazón dedicado
pierde de merecimiento,
mejor es que la influencia
en la elección mande al ruego,
pues entonces la obediencia
por nacer del mismo fuego
no queda como violencia.
Los que van sacrificando
de tus voces al imperio
dejan la deidad dudando
si el susto de el cautiverio
al culto los va obligando.
Y así vosotros, pastores,
libres podéis festejarme
que quiero que sin temores
cuando lleguéis a rogarme
ejecutéis los favores.
Pues alegres celebremos
con un baile a nuestra Diosa.
Muy bien, admirable cosa
vaya, y todos bailaremos.
Hacen un baile con esta copla que se cantará dentro, y fuera.
Celebrando hoy a Venus
bellas zagalas,
prueban que hacen finezas
velas mudanzas.
= repite el Coro celebrando, y bailan.
Cáesele el retrato a Isico, y cógele Anfión.
A Isico; pero luego
se le daré en la cabaña.
Allí se cayó un retrato
de Isico, y Anfión le guarda
sabré cuyo es para ver
si las sospechas me agravian.
Cantan, y bailan otra vez
con esta copla.
Un nuevo abril componen
sus bellas galas
excediendo a las flores
brillo, y fragancias.
Repiten dentro
un nuevo etcétera y vuel-
ven a bailar.
Algo lejos el coro de
Apolo.
Aplaudid de Apolo
la deidad sacra,
pues que todo lo alumbran
sus luces claras.
Tened, parad los festejos
que no es bien estéis con galas
a vista de las injurias
de vanidad adornadas.
En ese vecino monte,
un templo aleve se guarda
de Apolo, de cuyo aplauso
escuchar las consonancias.
Y no es bien que cuando vivo
de sus luces injuriadas,
eco a sus voces respondan
los mármoles de mis aras;
primero pague la ofensa
que debe a mi ardiente saña
republicar que amoroso
el Dios Marte; pero basta
de recuerdos, no las iras
en la memoria contrahagan
la pena que en el olvido
es menos disimulada.
Mejor es que en mis silencios
quede su culpa sellada,
pues me ahorraré de sentirla
todo el tiempo de callarla.
Dices bien, y porque quede
con mis arpones vengada
haré que rindiendo el pecho
al brío de una zagala
el sufrimiento se apura
hasta la última desgracia.
Pues en tanto que el poder
ejecuta esa amenaza
tan justa, que aun es castigo
sin que llegue a ser venganza,
paren hoy los sacrificios,
porque la luz de la llama
es desaire cuando vive
la majestad ultrajada.
Pues quedando las lucientes
puertas del templo cerradas
de sus aplausos confundan
mis voces las consonancias.
Ay de Apolo, y sus luces,
que hoy le amenaza
del dios alado con iras
el rigor de la aljaba.
Repite esta copla el Coro, y sube Cu- pido por su vuelo, y ciérrase el fondo del teatro.
Vase.
Con qué cobardía alienta
viendo a Coronis el alma;
mas quiero, a pesar del susto,
ver el peligro en rogarla,
que si el riesgo se compone
de contingencias contrarias,
podrá ser enternecerla
si puede ser enojarla;
y así en la senda la espero
que conduce a su cabaña.
Isico se fue, ni aun sabe
engañar mi desconfianza;
pero hace bien, no dé celos
la fineza a la desgracia.
Vase.
¿Céfiro aquí? ¿Allí Coronis,
y mi ofensa comenzada?
Quiero irme de aquí por ver
si con seguirme me engaña.
Vase.
Flora se fue, vaya el fuego
a ofrecerle su eficacia.
Voy a seguir a estos bobos
por aprender de sus gracias.
Vase.
Anfión, en aquel festejo
que hoy se dispuso en las aras
vi se le cayó un retrato
a Asico, y quisiera...
Va a darle el retrato, mírala, y detiénese.
Basta,
si el retrato es suyo, vea,
cuánto amante le idolatra,
aunque dársele quería
como yo sé lo que te ama,
lo mismo.
Pero, ¿qué es esto?
Aquí de mis sufrimientos,
¿qué tienes? Dámele.
Aguarda:
que al acaso de los ojos
se me arruina toda el alma.
Pues dime, ¿a ti qué te aflige
con novedad tan extraña
el mirar ese retrato?
Fue más que encontrar copiada
en mano ajena mis ojos,
aquella deidad tirana,
por quien amante el rendido
humildemente se abraza,
no idolatra, que es muy pura
obediencia el adorarla,
y es idolatría solo
lo que torpe incendio abrasa.
¡Qué es esto, Amor! Si unos celos
el primer pesar me causan,
¿dónde encontraré el extremo
al rigor de mis desgracias?
Muriendo a un arpón
Un acaso me amenaza
con una flecha, a que un sueño
añade más circunstancias.
Válgame, Amor, ¿si es engaño?
Sale Cupido atravesando el teatro.
No puede ser muriendo a un arpón,
pues va rindiendo
a celos mortales el corazón.
Qué importa, Apolo, que ciñas
de luces diadema sacra
¿si padecerán eclipses
a oposición de mis llamas?
Teme mi rigor, que quiero
advertirte tu desgracia,
porque veas que, aun sabida,
no has de poder evitarla.
Las armas solo has de ser
tú, ninfa, de mi batalla,
pues en tus ojos contienes
las más venenosas armas.
Y así a su templo camina,
donde mi influjo te aguarda
para que tengas un triunfo
y yo logre una venganza.
(Vase.)
Canta el coro de Venus
¡Ay de Apolo, etcétera!
¿Quién puede, Amor, resistirse
a tu voluntad sagrada?
Mas, volviendo a mis pesares,
dime, Anfión, ¿cómo se llama
el dueño de ese retrato?
Aunque he logrado el hablarla
pocas veces, he sabido
se llama Cloris.
Anfión se queda viendo el retrato
y sale Zéfiro a un bastidor.
Aguarda.
Que rara vez la sospecha
en los pesares se engaña:
esta es Flora, pues a un tiempo
Cloris, y Flora se llama,
paciencia, Cielos, y vamos
a llorar tanta desgracia.
No sé hacia qué parte Flora
se iría, que en su cabaña
hasta ahora mis ternuras
aguardaron a rogarla.
Mas aquí Anfión; si la vista
al sentido no me engaña,
todo elevado a un retrato
las suspensiones encarga,
quiero escuchar, podrá ser
que entre el afecto le valga
a la voz alguna seña
de la deidad que idolatra.
Dulce beldad, fuego blando
en cuya apacible llama
cuanto en el pecho se enciende
con el respeto se apaga.
Dulce Clori, a quien el prado
ciñe de flores guirnalda
porque paguen a tu frente
cuanto deben a tu planta.
¿Qué escucho? Si Flora solo
Clori en el campo se llama,
¿quién duda que este pastor
me ofende con adorarla?
Saldré a quitarle la vida
si infelice se declara.
Flora a otro bastidor.
Hacia el jardín de Clarinda
fui a engañar mis esperanzas
por ver si Céfiro iba
a solicitarme grata.
Mas Anfión allí a un retrato
caricias le dice blandas.
Si has oído de mis suspiros
las tiernas débiles ansias
por qué te arriesgas a estar
de otro menos adorada?
Luego ella ya le ha escuchado.
¡Ha! Injusta belleza ingrata;
pero como eres hermosa
tienes la firmeza varia,
haciendo de implicaciones
tu esquiva beldad más rara.
Quién supiera quién le ofende
y a cuál pastora es la que ama?
Que no eres tú sola? ¡Ay triste!
mas averigüe mi rabia.
Sale enojado, y Anfión guarda el retrato
Las sospechas que me afligen
cobarde Pastor aguarda:
y verás como mi impulso
toma no solo venganza
de ti, mas de otro aleve
que esa Deidad idolatra.
Luego también a mi dueño
adoras; ¿qué dices? Calla.
Luego Zéfiro me ofende
amante de la Zagala
que ama Anfión, pues tiene
celos de escuchar sus ansias.
Luchan, y sale Flora.
También mis iras procuran
desahogo a ofensa tan clara:
y así mis brazos robustos
soliciten el lograrla.
Zéfiro, ¡ay triste! mas ¿dónde
el afecto me llevaba
maltratando mi decoro
entre mis propias palabras?
Suspende, embarga al impulso
tu altiva, fuerte arrogancia,
que en lo indeciso del triunfo
miro aventurada el alma.
¡Ah, ingrata! Y cómo no solo
me ofendes, mas ni aun disfrazas
el dolor de que peligre
en el furor de mi saña.
En vano librar presumes
tu vida, cuando batallas
con el aire que me enciende,
con el fuego que me abraza.
Firesias, Coronis, ninfas,
venid presto, que ya pasa
a servir el desaliento
de débil fuerza a la maña.
Canta el coro de Apolo dentro.
Venid, venid, de Apolo divino
a las aras venid.
¡Ay, triste! Llegad, pastores,
si no queréis...
Calla, calla.
Venid, venid al Apolo
divino a las Aras venid.
Pastores Zagales, todos
acudid breve.
Salen Tiresias, Cuervo, y el acompañamiento de Pastores.
¿Quién llama?
Pero ¡qué miro! ¿Qué es esto?
Quita Anfión, Zéfiro aparta,
que cuando aun las hojas mudas
de esos bosques en las ramas,
amorosas se entretejen,
y cortésmente enlazadas,
a la luz que las anima
tejen corteses Guirnaldas,
no es bien que vosotros solos
por las ansias del enojo
dejéis del Amor las ansias,
y más, ya que la armonía
suena diciendo acordada:
Con flores, y galas venid, venid etcétera.
Quede en mi ardor la violencia
suspensa, mas no apagada,
que oprimidos los incendios
crecen la fuerza a sus llamas.
Embargue la reverencia
la ejecución a mi rabia,
pues bien puedo en el enojo
suspenderla, y no acabarla.
Pues ya vuestras arrogantes
iras hoy ceden templadas
a la atención que corteses,
guardáis a mi adusta, anciana
religiosa edad; conmigo
Anfión alguna distancia
venid, y Zéfiro luego
con vosotros a las aras
norte seguiréis las voces:
en ese mar de esmeraldas,
pues atended ya que dicen
en métricas consonancias
Venid, venid, de Apolo divino
a las aras venid.
Vanse Anfión, y Tiresias.
Dejadme, que yo iré al Templo,
y pues que ya el desengaño
se llevó todo mi engaño,
quédeme todo su ejemplo.
Quizá negarme pretende
la razón para mi ofensa;
¿qué mucho si la vergüenza
las razones me suspende?
Todos al Templo guiad.
Dice bien; váyanme hablando,
que estaba ya reventando
con toda mi voluntad.
Diga: ¿quién le dice nada?
Harto nada es cada una,
¿que no ha de poder ninguna
estarse un rato callada?
Deja eso, Licio, y vamos
al Festejo.
Vamos luego,
que solo se espera el ruego,
y ofendemos si tardamos.
Vanse mientras repite el Coro
su Estribillo, y quedan a un la-
do Céfiro, y a otro Flora.
No sé si llegue a quejarme
de un dolor tan encontrado,
que viendo ajena la culpa
es mío todo su daño.
No sé si llegue a acusarte
en una fineza lo ingrato,
que estoy temiendo no valga
tras del enojo el halago.
¡Ay, ingrata Ninfa!, ¿cómo
ofendiste amor tan casto
que la vil pasión primera
¿la ha aprendido en tus agravios?
¡Ay, Zéfiro, cómo aleve
me has ofendido!; mas ¿cuándo
al umbral de la fineza
los celos no se encontraron?
Ni aun la permite el delito
hablarme, porque hasta el labio
teme verse en los temores
de la culpa tropezando.
¡Ni aun finge disculpas, cielos!
Qué infelice soy, pues hallo
que solo para mi alivio
no sabe una vez ser falso.
Mas quiero hablarla.
Ya llega,
mucho me temo el agrado.
Pues sin reparar, ingrata,
la adoración en que abraso
de reverentes afectos
amorosos holocaustos,
has permitido que a glorias
de otros, sea desdichado,
y muera en mi fe, y tus ojos
mi fineza, y tu recato,
Quédate ya; y tu esquivez
pues hoy muere mi cuidado
y es de mármol a mis ruegos
en mi urna sirva de mármol.
Mas no quede prenda tuya
en mi cadáver helado,
que pues tú para ofenderme
aun sabes fingir milagros
temo que porque me vea
segunda vez desdichado,
les informen otra vida
a mis cenizas tus rayos.
La condición que en un tiempo
dócil la ablandé a mi llanto
inmóvil a mis suspiros
la fije el desdén ingrato,
que si se hace tu delito
de no pagar mi cuidado
yo mudaré mis afectos
con eso Ninfa veamos
si haciendo la culpa mía
puedo hacer tuyo el agravio.
Los pastores que infelices
aman tus bellos encantos,
prosigan, que mi venganza
se formará en sus estragos,
y serán sus escarmientos
de mi envidia desagravios,
que si tú infiel ignoraste
agradecer mi amor casto
no he de hacerlos venturosos
a costa de tu recato.
Y ahora en fin pues que te olvido
aunque me parece vano
(pues lograr quiero advertido
lo que he de hacer descuidado)
huye tus ojos, y deja
anochecido mi infausto
cobarde afligido aliento
porque aun estar retirado
de tu resplandor, no vea
elección, sino un estrago
que se ejecuta en mi pecho
y se dispone en tus astros.
Calla: que si ya mudable
te aventuras al acaso
de enternecer con el ruego
otra deidad, no me agravio
pues a hacer las elecciones
delitos en los cuidados
te condenaba por culpa
que me estuvieres amando.
Solo siento que te expongas,
al afán de estar mirando
un Cielo, donde las luces
en continuos sobresaltos
si anochecen son ruinas
y si alumbran, son estragos.
Mas conoce en tus empeños
si te vieres desgraciado,
que no es de amor injusticia,
sino un merecido daño
de tu mudanza, y mi ofensa,
de mi injuria, y de tu agravio,
ya ahora vete, porque quiero
que si valiere mi llanto
del fuego de mis enojos
tibiamente desatado,
presente tú, no se injurie
la parte de mi recato:
pues aunque triunfa más bella
mujer que mira llorando,
con el despojo aún no paga
lo que el triunfo le ha costado.
Ya me voy, porque no quiero
escuchando tus razones
encender más las pasiones
en el ardor de que muero.
Mas firme al amante ciego
con mis afectos le pido,
que si tu amor he ofendido
que no me alumbre su fuego.
Vase
Instrum.
No te entiendo, pero vea
mi pena tan entendida
que de no estar ofendida
busque razón en la Idea.
Sea; pero qué armonía
halaga amorosa al viento,
y hace acorde que a su acento
le imite la melodía?
Sale Anfión con su Lira cantando.
Solo, triste, ausente, enamorado,
daré mi voz al viento,
veamos en mis suspiros
cuál puede más de entrambos elementos.
Vi tu hermosura afable
y huiste de mi afecto
dejando a mi memoria
en el ardor la Imagen de su fuego.
Mejor fuera que esquiva
volvieres al lamento,
que aun sorda te adorara,
y los ojos son oídos del silencio.
La culpa tú la tienes,
vendado, injusto ciego,
pues ofendiendo a entrambos
la Deidad dividiste de los ruegos.
Si alentaste la llama,
¿por qué negaste el Templo?
Si quieres que haga solio,
con lo voraz lo asusta del incendio.
En fin, nada me divierte
sino volverme a la pena,
mas allí a Flora miro,
la cortesana belleza.
Qué dolor, o qué desdén,
te causa tanta tristeza,
que tristes las aves solo
aprenden de ti a ser tiernas?
Ya es esta mala ocasión
de averiguar mis ofensas.
Ay, Flora, no sé qué diga,
pues antes en mi impaciencia
quiere el dolor acusar
de poco eficaz la pena;
desde que vi la hermosura
a quien rendí mis potencias,
solo me amanece el día
a ser noche con mi ausencia;
después, ya a Céfiro viste
celoso, pero aquí llega
la dulce tirana injusta,
esquiva deidad sangrienta.
Bella divina pastora,
si acaso por extranjera
merecen hoy mis desgracias
que afable me favorezcas,
haga tu piedad sagrada
que tan infeliz no vea.
Pues el dueño de mis recelos,
hoy se valga de mí misma,
si acaso de otra infelice
puede servir la asistencia.
será mi primera fortuna
ofrecerte mi fineza.
El cielo; pero ¿qué miro?
Este es Anfión, si con ella
estaba a solas, ¿quién duda
que algunos amores tenga?
Desentenderme es, sin duda,
en lo que menos se arriesga.
Infinita deidad, pues quiere
piadoso el cielo que vea
en tus ojos la apacible,
dulce amorosa violencia
que me consume labrando
vanidad de lo que quema;
permite...
Yo ni os entiendo,
ni sé qué voces son esas
que la indignación las mira
como atrevidas licencias.
A nadie mejor que a mí
le estará el que esta agradezca
de Anfión la amable eficacia.
conque adora en su firmeza,
y así yo de sus favores
he de ser hoy la tercera.
No ingrata a tantos cariños
negar las piedades quieras
pues dar lugar a que injusta
tirana llamarte pueda
paga agradable; mas ya
las zagalas aquí llegan.
¿De un infelice las dichas
que ligeramente vuelan?
Salen Tiresias, y las Ninfas que pudieren cantando con el Coro
Vaya de baile, vaya de fiesta
y venguemos del tiempo
lo que se venga.
Vamos hacia el Templo todas
tú Flora, y esa extranjera
discurriendo de ese Bosque
las varias, hermosas sendas:
buscad flores que nevado
ardientes aromas sean;
y ahora, porque en los ecos
aun den aplauso las selvas,
vamos repitiendo todos
en acordadas cadencias:
Vanse cantando, como entraron.
Vaya de baile, vaya de fiesta,
y venguemos del tiempo
lo que se venga.
Vamos juntas, porque temo
que en la confusa arboleda,
o entre los troncos peligres,
o entre las ramas te pierdas.
Vase.
Vamos, oh, quiera Cupido
que en vano el aliento temas.
Ya se fue, y no se sigan
a sus ultrajes mis quejas,
pues aun más que en el morirme,
en enojarla se arriesga.
Lo más seguro será,
llevar al templo mi pena,
porque el respeto le enseñe
sufrimiento a mi paciencia.
diciendo para el alivio
del camino, y de mi ofensa.
Coge la lira, y canta paseándose.
¡Ay de aquel que en sus penas
solo es el viento dueño de sus quejas,
ni los troncos, ni las flores,
ni los astros, ni las peñas,
ni las ondas, ni las aves,
ni las hojas, ni la esfera
tienen lástima a un triste,
si amante llora su infeliz ausencia!
Los troncos inmobles,
las fuentes risueñas,
las flores fragantes,
altivas las fieras,
parece que sordas
desean ver que alguno de amor muera.
A mi voz en los montes
obedecen sus peñas,
las pieles más tiernas,
las ondas más ligeras,
mas no el dolor me escuchan.
sino solo el rumor de la cadencia.
Llega hacia el punto, y descúbrese la fachada del templo.
Zéfiro al bastidor
Divertido en la Armenia
he llegado ya a las puertas
de un Dios, que no sé qué culto
cuando estoy sin Alma espera,
mas dedicaré a sus Aras
tierno el Voto porque sea
la autoridad de adorado
felicidad del que ruega
Mas ay de mí que el recuerdo
trae el dolor a la idea,
quiera amor que pues ya Flora
sabe el ansia de mi pena
de parte de mi fortuna
quiera poner su belleza.
Puedo escuchar sus delitos
con más claras evidencias?
Ay, dueño querido, sabe
que solo yo en esta selva
te adoro.
Sale Zéfiro.
Pastor confiado,
con qué razones intentas
quererte ver venturoso
al favor de dos estrellas
en las piedades errantes,
y fijas en las ofensas?
Mas yo te daré el castigo
de mi rabia a la violenta
indignación con que el alma
en crueles iras se quema.
Y advierte que no, no celos
a castigarte me fuerzan,
pues bien conocido tengo
de la condición severa
de esa que a un tiempo es asombro
de hermosura, y de fiereza.
que más que lástima envidia
en adorarla merezcas.
Solo es darte un desengaño
de que confiado te atrevas
a pensar que su deidad
solo tu amor la venera,
cuando solas sus noticias
sin deberle a su belleza
conjuraciones tiranas,
de esquiva impiedad sangrienta
son en la Arcadia continuas
ardientes, dulces, hogueras
de cuantas almas contienen
en flores, ondas, y fieras
la multitud numerosa
de mares, montes, y selvas,
y así
Al embestirse, se abre el punto y aparece Apolo en su altar.
Pero mi coraje
embargue la reverencia
Sale Tiresias, Clarinda, Isico, Cuervo, y acompañamiento de Ninfas, y pastores.
Venid, venid de Apolo divino
a las aras venid.
En hora feliz al templo
vengáis a ofrecer, unidos,
para que las amistades
las confirme el sacrificio,
quedando vuestros enojos
desde hoy mayores delirios.
Sale Flora con una guirnalda en las manos.
Vase.
Por más cuidado que tuve
perdí a Cloris, sin que sepa
hacia qué parte del bosque
penetró las asperezas.
Pues sin Cloris vuelve Flora,
vaya a buscarla mi pena.
Tiresias, deja que traiga
algún adorno a la fiesta.
Bien adviertes, Flora, acaba
de hacer ese don u ofrenda.
Esas que de tu aurora
bebieron lo encendido,
sudando en ámbar bello
los rayos que chuparon cristalinos,
sean, sagrado Apolo,
a tu luz culto mío,
pues en sus hojas bellas
fragantes corazones te dedico.
Tiresias, recibe atento
ese don, pues le previno
la reverencia amorosa
a Flora, y agradecido
oráculo a sus afectos,
prevénle con vaticinios,
alguna dicha, animado
de mis influjos lucidos.
Canta.
Ni engaños amantes temas,
ni falsedad en cariños,
quedándose tus sospechas
en recelos advertidos.
Con Céfiro los imperios
tendrá feliz tu cariño.
desde la Rosa soberbia
hasta el humilde Jacinto.
¡Ay Dioses! Y ¿quién pudiera
con Corazones distintos
darle uno a las esperanzas
y otro solo a los peligros?
Voyme a buscar qué ofrecer
porque estoy sin un cuartillo.
(Vase)
Isico llega a las Aras
a dedicarte rendido
(Aparte)
Ya te obedezco aunque el Alma
como no suena a gemido,
el ruego que en la fineza
dispone para su alivio
le desconoce, y le niega
las eficacias de fino.
Dale Isico un Laurel al Sacerdote
Ese Laurel que en certamen
de bien ingenioso brío
ciñó mis sienes buscando
modo de rendir lo esquivo
en este culto a la gala
de tanto rayo divino),
ofrezco humilde mi acaso,
no disculpa, por ser mío.
Del Oráculo prosigue
el acento peregrino.
Canta.
Entre el favor, y el desdén
amante elige advertido,
que el uno es peligro hermoso
si el otro aleve peligro.
Yo...
dentro
¡Ay, señor, qué jabalí!
Aguardad, oíd este ruido.
Anfión dentro.
¿Qué aguardas?, huye, tirano,
injusto hermoso prodigio.
Dentro Cupido canta al otro lado.
Bella hermosura, detente,
que en amor no es lo mismo
seguirle que tenerle.
Percibimos mucho, y solo
confusiones percibimos.
dentro
Huye, beldad.
dentro
Bella hermosura, detente,
que en amor no es lo mismo
seguirle que tenerle.
No sé qué nueva ocasión
forman estas dudas, puede,
pues al tiempo que esto...
dentro
Detente, que en amor no es lo mismo
seguirle que tenerle.
Se está de otra parte oyendo
voz que dice diferente:
dentro
¿Qué aguardar? Huye, tirano,
injusto prodigio aleve.
dentro
Pescozones de aquesta vez.
dentro
Mirón, y mi lira enfrene
el peligro en que se arriesgan
en una vida dos muertes.
A no valernos las aras,
pudiéramos...
Instrumentos dentro.
Calla, atiende.
Injusta deidad hermosa,
si importa que tú te alejes,
yo me quejaré llorando
pues huyes mis quejas siempre.
Camina al Templo, aunque juzgo
que si llego en él a verte
en la deidad se detenga
el obsequio indiferente.
Que te retires te pide
mi adoración reverente
por ofrecer a tus ojos
el mérito de no verte.
Desdenes son los que pido
a tus bellas esquiveces,
si no es que por deseados
son favores los desdenes.
Mira esa Fiera que dócil
a mi acento se detiene
verás cuáles son tus iras
pues a mi voz no se mueven.
dentro
Sale corriendo Cuervo.
Mientras sus colmillos oyen,
nuestras pobres vidas vuelen.
Di, ¿qué causa te ha traído?
huyendo, o porque así vienes.
Señor, como aquestas Fieras
las hermosas ver no pueden
sino es por Anfión.
Aguarda
que otra vez la voz se atiende.
Canta Cupido al otro lado.
Al Templo camina hermosa,
dulce belleza luciente,
donde a pesar de sus Aras
la Religión te venere.
Al mármol que a los Buriles
cedió cortés lo rebelde
informarían más suave
las hojas de dos claveles
el ara que a las violencias
del golpe, alumbró quien teme,
no admita con vanidades
luz de dos Rayos Celestes.
Camina al Altar adonde
logres en triunfos lucientes
suspiros en los desaires,
rendimiento en los desdenes.
Yo, que deidad de los Dioses
te mando que osado lleves,
en mis flechas te asegura
cuanto recelo subieres.
Ciego Rapaz, hijo infame
de aquella Deidad, que siempre
ha dado todo lo esquivo
por comprar lo delincuente,
aquella, en quien los favores
tampoco estimarse deben,
que quien más los vulgariza
es quien menos los ofende.
¿Beldad humana, que venza
mis autoridades quieres,
cuando, o de Rayos se adorne
o se matice de Nieve,
vive al impulso sujeta?
de mis imperios ardientes.
Venga a mis aras veamos
Sale Cloris tropezando
Templo, pues lo sois valedme
Désele como le valga
que sea lo que quisiere
¡Qué es lo que miro! ya he hallado
esta infame hermana aleve
que huyendo de mí; mas quiero
por ahora desentenderme.
Zagala extranjera mira
que tan ofendida vienes
esta deidad, que aun no cabe
Calla Tiresias, y advierte
que esa Ninfa a quien Cupido
aun más que halaga la ofende
pues no son dichas aquellas
que castigos se merecen
ha de ser a mi venganza
víctima donde ensangriente
el cuchillo los templados,
religiosos filos crueles,
y mientras este decreto
dejare de obedecerte,
negaré al orbe enojado
las nieblas que le enriquecen,
los rayos que le iluminen,
y las lluvias que le alienten,
jurando por que mis iras
en la piedad no se arriesguen
del inmortal lago Estigio
a las sagradas corrientes,
que no revoque mi enojo
aunque su beldad le temple.
Sale Anfión.
Pues, ninfas, vendadle el rostro
en tanto que le previene
la hoguera brillante, sacra
pira de llamas lucientes.
Cogen dos ninfas en medio a Clori.
¿Qué escucho? ¡Destino infausto!
¡Piadosos cielos, valedme!
Sagrado Apolo, ¿qué culpa?
en vano será que aliente,
si a mí me enmudece el susto
y a él el rigor le ensordece.
¿Fue culpa, cuando contigo
el amor quiere ofenderme
y colocarte en mis aras
para mi ultraje pretende?
¿No se ha dividido injusto
deste Templo porque al verte
se paren a idolatrar
los obsequios reverentes?
Yo cuando, si de una fiera
huyendo; pero detente
labio infeliz que allí miro
que otro riesgo se previene.
A Isico mi hermano miro
conque es menester que cele
ser la voz de Anfión a quien
el hallarme aquí se deba.
Llevadla vosotros,
Vamos.
Véndanla los ojos.
Piedad, estrellas celestes.
Vase Cloris, Clarinda, Flora y todas las ninfas de acompañamiento.
Después iré a ver si acaso
librarla mis voces pueden.
Vosotros idos, y atentos
prevenid lo que pudiereis
para que en el sacrificio
que el cielo hoy al cielo ofrece
hagáis con vuestros adornos
la víctima más solemne.
Vase Zéfiro.
Dichoso yo, pues he hallado
a todo un dios que me vengue.
Vase con los pastores.
Voy a ver para vengarme,
cuando llegue a aborrecerme,
si puedo hurtarle su vida
a los riesgos de su muerte.
Vase.
Voy a traer brasas y leña
porque más breve la tuerzan.
Vase.
Instrumentos.
Fierezas; pero ¿qué acorde
dulce armonía suspende
la voz, y desde los labios
a los silencios la vuelve?
Canta dentro Cupido.
Pues cobarde no vas a vencerle,
deja que amor en sus alas te lleve.
Aguarda, que estos acentos,
presumo, a lo que se entiende,
que mi enojo y juramento
otra verdad comprende,
dejando ya acreditada
la extranjera de inocente.
Baja por un lado del teatro Cupido y trae a Coronis.
¿Por qué tan medrosa dudas,
cuando, de mi imperio tienes,
la tiranía que incline
la suavidad que violente
No los rayos te acobarden,
pues en tus ojos contienes
contra lucientes imperios
hermosas flechas lucientes.
Entra a sus aras adonde
porque cortés te respete
aun haré que en adorarte
se tenga por delincuente.
De mi poder, y mis voces
el alivio espera siempre,
pues dirá en sus armonías
para que hermosa te alientes.
Déjala en el teatro, y sube.
Cantando.
Pues cobarde no vas a vencerla,
deja que amor en sus alas te lleve.
Tiresias, esa infelice
vana hermosura, que viene
dándole a sus sacrificios
número en sus altiveces,
por mi enojo, y juramento
destinada está aunque pese
a mi piedad a que injusta
víctima piadosa temple
del ara el mármol helado
con su púrpura caliente.
Ocupe el lugar de aquella
peregrina, en quien al verse
fueran por no merecidas
las sacras, iras, crueles
muera a pesar de Cupido
por más que repita aleve
Canta dentro Cupido y dice Apolo
Pues cobarde no vas a atreverte
deja que amor en sus alas te lleve.
Aun repite el Dios vendado
mi ofensa otra vez al viento
dándole su atrevimiento
razón a lo desdichado
No es, que mueras impiedad
pues me ofende en tu hermosura
que mi indignación procura
vengarse de tu beldad.
Si no te ofendo, divino,
injusticia es,
De esa suerte
la querella de tu muerte
será contra tu destino.
Vendada fuera del templo,
aguarde a que mis enojos
ponga a cuenta de sus ojos
dos luces para un ejemplo.
Llevadla, Tiresias, pero
qué oculto impensado fuego
me está aguardando su ruego
por no mirarlo severo.
¿Qué es esto? Que cuando aliento
con deseos de irritarme,
del pretender enojarme
el corazón me atormento.
Vamos.
Aguarda siquiera
a que, pues muero llorando,
con la armonía halagando
mis mismos suspiros muera.
Canta.
Este insufrible tormento
que me ofende con rigor,
bien conozco que es dolor
mas no sé por qué le siento.
Dudo si son mis pesares
por el ardor que me inflama,
pues veo vivir su llama
siendo mis ojos dos mares.
Si traiciones las presumo
del traidor tirano ciego,
no sé si alentar el fuego
es cegarme con el humo.
En fin, en mi mal severo,
cuando aleve me maltrata,
siento el golpe que me mata,
no la culpa por que muero.
No sé qué haga, pues parece
que el alma siente sus males.
Canta dentro Cupido
Pues cobarde no vas a temerle,
deja que amor en sus alas le lleve.
Llora Cloris.
Llevadla, ¿qué escucho? Aleve,
injusta Deidad si amante
has presumido que rinda
mi luz para mis ultrajes.
Ahora verás cómo vuelve
las que guardan los altares
de mármol aras lucidas,
manchadas aras de jaspe.
Llevadla, sin permitirle
que se descubra el semblante,
porque se arme ociosamente
cuando del llanto se arme.
Mas detente, peregrina,
sacra Deidad, cuyo ultraje
aun sintiéndole el decoro
el alma quiere adorarle.
No llores, que si el tirano
injusto rapaz se vale
de los arcos de los ojos
para hacerme triunfo, baste
que haya llegado a rendirme,
sin el costo de inclinarme.
Mas ¡ay!, que ya un juramento
te condena, y quebrantarle
no pueden todos los sacros
privilegios celestiales.
O nunca fuera el enojo
en la irritación tan fácil;
fueran muchas menos iras
con el corazón desleales.
Suena terremoto, y vase oscureciendo el teatro.
Mas ¿qué novedad, qué estruendo
con sacrílegos celajes
aja de mis nobles luces
las bellas autoridades?
diciendo:
de Venus, dentro
Mueran los rayos,
las luces se empañen,
y el viento se lleve
la gala del aire.
Sale
Del cielo huyendo me valgan
sus fueros en sus altares.
Sale
Válgame el templo al peligro
de tantas calamidades.
El Coro dentro.
Y el viento se lleve
la gala del aire.
Terremoto.
Otra vez las aras busco
para que otra vez me amparen,
pues solo repite el viento
en sus acentos fatales:
Mueran los rayos,
las luces se empañen.
Sin duda Cupido, y Venus
repiten para mi ultraje:
y el viento se lleve
la gala del aire.
Sale cayendo Cuervo.
Aun para huir embaraza
a veces el ser cobarde.
Canta sola a un lado Cloris.
Muera mi aliento
triunfen mis males
y hagan las penas
que vida me falte.
Todos huyen su peligro
y solo esta Ninfa sabe
como infeliz hacer visos
de sus infelicidades.
Siendo peligros comunes
los que suspenden mis males
vienen a ser mi remedio
solo desdichas más graves
y así en lamentable acento
repitan hoy mis pesares.
Muera mi aliento,
triunfen mis males.
Y el viento se lleve
la gala del aire.
Ciérrase el punto.
Tiresias, despeja el templo,
porque lo que destos ultrajes
se quitare de atendidos,
se quitará de desaires.
Y esa ninfa esté encargada
de Cuervo, a los vigilantes
cuidados, hasta que el cielo
ofrezca serenidades.
¡Dueña yo! Viven los chismes,
que ya la lengua se me hace
pedazos por ver de quiénes
lo podré fingir galanes.
Voyme, y pues dejo a mi dueño,
diga porque el mal descanse.
Mueran los rayos.
las luces se empañen.
Vase.
Él y el Coro.
Vase.
De Cloris veré los riesgos
en los astros celestiales.
Y el viento se lleve
la gala del aire.
Ella y Cloris.
Vase.
Diga yo desconfiada
de que mi dueño me pague:
Muera mi aliento,
triunfen mis males.
Él y el Coro.
Vase.
Diga, pues huye mi dueño,
de que mi afecto la halague.
Mueran los rayos,
las luces se empañen.
Ella y Cloris.
Voyme donde mis desdichas
llorando infelices canten.
Muera mi aliento,
triunfen mis males
y hagan mis penas
que vida me falte.
A Cuerva
Terremoto.
Sigámosla, aunque a los sustos
este peligro la abate
ayudado de las voces
que dice en acentos graves
muera mi aliento
triunfen mis males
Vamos que ya con el chisme
podrá hacer algún donaire
y con eso más que digan
estos acentos fatales
Vanse.
mueran los rayos
las luces se empañen
y el viento se lleve
la gala del aire
Terremoto, y queda oscurecido el Teatro.
Fin de la primera Jornada
Sale Coronis y Cuervo detrás acechándola.
Tirano Amor, de tus iras
¿qué pretenden los incendios,
si cuanto dan a la llama
lo quitan de vida al fuego?
¿Dónde viva todo un cuidado
a morir con menos riesgo,
si da en manos de los sustos
lo que libra del deseo?
Dentro Flora canta a un lado y Céfiro a otro.
Al prado.
Al viento.
No, sino al prado.
No, sino al viento.
Yo digo que en casa de Baco
era un jarafe muy bueno.
pues después de muchos tragos
no le falta a un hombre el sueño.
Vamos, oráculos son
pues los mira mi recelo,
si al uno efímero alivio,
al otro traidor remedio.
Canta Zéfiro dentro.
Si de flores compones
tu hermoso cielo,
vayan al prado finos
mis rendimientos.
Canta Flora al otro lado dentro.
Si en el viento se copia
tu inestable afecto,
mejor van mis suspiros
dados al viento.
Pues ya va la luz de Apolo
con sus brillantes reflejos,
para el orbe, y para el susto
dos veces amaneciendo.
Aparece por un lado Apolo, y al
mesmo tiempo se irá poniendo lucido, y de gala el teatro, desapa reciendo la noche, con que acabó la primera jornada.
Quiero; mas ¿quién está aquí?
No sé.
¿Pues no eres cuervo?
Otra mortal de las siete,
preguntar lo que está viendo.
¿Qué amante ciega porfía
es esta que siente el pecho
pues venciéndole el peligro
vuelve a desafiar al riesgo?
Sin duda que solo aspira
a ver, y rendirse luego,
pues trae sin desintendencia
en los ojos el esfuerzo,
parece que con ser triunfo
halla en las lides el premio,
pues al corazón le niega
el uso de los alientos.
Mientras yo me estoy con ella
será un desdén sempiterno,
que se hacen muchos recatos
al susto de un embustero.
Ea, haré que me retiro
por no perder un momento.
Coronis, yo voy aquí
a decirle dos requiebros
a un amigo que no tiene
muy malas barbas, ya vuelvo.
Hace que se va, y escóndese
detrás de un bastidor.
¿Que luego hubiese el destino
de encargarme un hombre necio?
Esa honra te den los tuyos
por permisión de los Cielos.
Ya parece que ha cesado
aquel encontrado acento,
dejándole sus porfías
toda la duda a un pecho.
Sale Ysico al paño.
Ambicioso de mi daño
doy pasos hacia el tormento
que me ha obstinado el ser firme
a buscar los escarmientos.
Aquí está la bella ninfa
que con lo que va viviendo
me va alimentando el alma
a costa de mi decreto.
Quiero escucharla, veamos
si llevado del recelo
está el rato de infelice
sin la ingratitud lo bello.
Yo no entiendo este cuidado
que cuando más le alimento
lo que le doy de caricias
me va volviendo en veneno.
De amores habla la niña;
ea, cuidado escuchemos
que de estos cuentos de amor
he de fabricar mis cuentos.
Parece que oigo a Coronis
sin arte su sentimiento.
Veamos sin la hipocresía
qué traje viste su afecto.
Si será amor esta llama
que con ardor halagüeño
me hace olvidar un peligro
por discurrir un recelo?
No puede ser, que si acaso
de ese Pastor extranjero
en la lengua de los ojos
he escuchado algún requiebro,
también un risco, e insensible
escucha un suspiro, y tierno
no le llega a su sollozo
la docilidad de un eco.
Pero qué digo cuando hice
tan crecido sentimiento
al ver guardaba Retrato
de la Dama de otro.
Cielos
el retrato de mi hermana
que perdí en aquel festejo
es este, y pues en el valle
le hallo hoy: mas averigüemos
amor, y honor separaros
conque se atormenta el pecho.
Sale Trico.
Aquí debajo el dueño mío
Aquí de mi sufrimiento.
Injusta bella enemiga,
¿por qué tu rigor severo
contra un rendido que adora
arma el ultraje sangriento?
¿Por qué revocas esquiva
aquel apacible aliento
que a la vanidad le finge
el dolor de el cautiverio?
¿Por qué en retirar lo suave
de tus hermosos preceptos
me niegas el ejercicio
de estarte adorando dueño?
¿Por qué? mas en vano busco
razón en tus ojos, viendo
que puedes hacer injusta
tiranía tu silencio.
Responde, dime ¿no sabes amar?
No; pero ya temo
¿Qué?
Que si es de amor principio
sentir tu engañoso afecto
ya su tirana doctrina
no la ignora el sufrimiento.
Si va a este paso la Niña,
dentro a muy poco tiempo
con tan buena habilidad,
dará lecciones al Maestro.
Para olvidar las piedades
las ofensas escuchemos.
Pues antes dulce, adorado
hermoso traidor veneno
que pases a hacer razón
de tus desdenes tus celos
escucha para que aprendas
del amor estos ejemplos.
Enséñala, que poco a poco
irá aprovechando el tiempo.
¿Ves, oh Ninfa, esa Azucena
que botón fue primero
negada a las lisonjas
del crepúsculo tierno?
pues del Jazmín apenas
oyó el amante acento
cuando franqueó a sus ojos
los ámbares del seno.
Aquellas Esmeraldas
cuyos lazos estrechos
le negaron sus plantas
a los Rayos más bellos
apenas escucharon
el llanto a un arroyuelo
cuando dieron piadosas
pasaje a sus lamentos.
Aquella Tortolilla
que guardó casto lecho
al abrigo de un tronco
que cuna dio a su aliento:
apenas el arrullo
oyó de amor atento
cuando luego en sus plumas
dio tálamo a su afecto.
La llama más sedienta
de ver en sus incendios
a los troncos más duros
dar túmulos funestos:
en fin a las que llora
lágrimas pobre leño
cortés tal vez mitiga
las iras de su fuego.
Todo, oh ninfa, tributa
obediencia al dios ciego,
solo tu pecho vive
rebelde a sus imperios.
Vive Dios que si prosigue
con estos sermones temo
que han de convertir gentiles
a pie por el Universo.
Ea, valor, en tus voces
todo el dolor apuremos.
Cesa, y ya no inobediente
me acuses de ingrato el pecho,
pues parece que envidioso
de ese amor está sintiendo
de tus voces divertidas
tanto autorizado ejemplo.
Si ella se ha engolosinado
será su entretenimiento
en platillos de finezas
estar mamando puchero.
Mi pasión quiero explicarte,
pero que nos oigan temo.
Nadie lo sabrá, que soy
hombre de mucho silencio.
Ya estas son muchas ofensas
mandar a Tiresias quiero
que en debido sacrificio
la haga víctima a mi celo.
Desaparece Apolo, y canta
a un lado Zéfiro, y a otro Flora.
Si es el llanto la gala
de mis afectos,
pidan al prado tristes
su nácar bello.
Canta
Pues ya todo es suspiros
mi pobre aliento,
pido al viento los lleve
hacia mi dueño,
al prado, al viento, etcétera.
Pastores son que el camino
con la voz van divirtiendo,
mas, dime, tirano, ¿cómo
retrato de ajeno dueño
guardabas?
Yo, ¿qué retrato?
desentenderme pretendo.
El de la dama que adora
un pastor del valle nuestro.
Salen Céfiro y Flora, cada uno por un lado del teatro, y detiénense.
¿Cómo sin mirarle, Flora,
está el valle tan ameno?
¿Cómo sin Céfiro tienen
las flores tan dulce aliento?
A Isico allí con Coronis
miro y escucho.
Allí veo
dos amantes, ¡oh felices!,
pues gozáis vuestros sosiegos.
¿Del dueño de ese retrato
u del pastor (¡mal aliento!)
saber los nombres?
Si quieres
padecer todos sus celos
por escuchar de esa dama
solo el nombre lisonjero:
que ella es Cloris.
De Flora habla,
pero pasa, que no entiendo.
Parece que por el nombre
de Cloris, nombrarme atiendo.
Y el pastor que tanto adora
esa hermosura discreta,
que a su imagen en la copia,
de amor le fabrica templo:
¿cómo se llama?
Anfión.
¡Qué escucho!
¡Qué es esto que estoy oyendo!
Si Céfiro tanto engaño
oyese, ¿qué hiciera, cielos?
¿Parece que te suspendes
al oír que el retrato bello
de Cloris le guarda amante
el amor de Anfión atento?
Sí.
¿Luego me ofendes?
No.
¿Pues amar a otra hermosura
y ofenderme, no es lo mesmo?
Sí.
¿Luego cuando tú sientes
de otro galán los afectos
me ofendes?
No.
Si ella le pide
celos a Flora, ya tengo
en tanta afición perdida
confirmados los recelos
de Isico, y Anfión, pues ambos
son de su retrato dueños.
De tan grave implicación
descíframe ya el misterio.
Instrumentos.
Pues mientras me oyes encarga
las voces a tus silencios.
¿Pero qué dulce armonía,
el paso suspende al viento?
Sale Cloris por el primer bastidor.
de la frente del teatro, entre dos Ninfas:
Divierte tanta tristeza
con lo dulce del concento.
Aves, troncos, ondas, cielos,
una infelice oíd,
en quien su aliento
descanso quiere ver, pero es lamento.
Lloro un pesar, y un dolor
sin poderle resistir,
que el aliento del vivir
crece la llama al dolor,
siento impaciente el rigor
pues deseando padecer
aun no puedo merecer:
que al acto de voluntad
va quitando la crueldad
lo que pretende ofrecer.
Sea mérito el que fíe
toda mi venganza al cielo.
Sale Anfión con otro pastor.
Solicita en la armonía
templar tu infeliz tormento.
Qué importará la clemencia
en esa Deidad que adoro,
si lo que rendido lloro
es culpa de la paciencia.
Bien es que mi reverencia
afectos rinde a sus ojos;
pero en injustos enojos
porque infelices se vean
antes que víctimas sean
los hace el dolor despojos.
Y pues ausente gimo...
Y pues morir espero...
Busque en las flores la Deidad que venero.
Solicite en las aras el ruego que propicio...
Dice dentro Tiresias
Venga pues a morir al sacrificio.
¡Qué breve oráculo infausto
lo infelice me anticipa!
Coro de Apolo dentro
canta
Tiñan su cuello sangrientas cuchillas
y pase de el ara a quemarse en la pira
Sale Cuervo
Por diez que si no la llaman
que no deja la visita
Y pase de el ara a quemarse en la pira
Óyese tempestad, y sale Zéfiro
Averigüé; mas ¿quién une
el terror con la armonía?
Sale Flora
¿Si oiría Zéfiro, cielos?
Pero, ¿qué voz mal distinta
a preceptos de cadencias
hace que el viento repita:
Tiñan su cuello sangrientas cuchillas
A mí estas voces me llaman
A mí este rigor se inclina
Salen algunos pastores, y las zagalas que pudieron, apresurados, y tras ellos Tiresias deteniéndolos.
Deteneos, no imprudentes
querráis hacer que consiga
la violencia, lo que puede
ser mérito en esta Ninfa,
a quien misterioso el Cielo
hacer víctima destina:
dejadla, que antes espero
se ha de ofrecer tan activa
al acero, y a la llama
en el filo, y en la pira,
que a la ejecución se imputen
los créditos de remisa.
Primero ha de ser a tanta
deidad obsequio mi vida.
Cedo mi ofensa a los Dioses,
pues los Dioses la castigan.
Albricias, dolor, si en una
se acaban tantas desdichas.
Felice desdicha es esta,
si es la última de las mías.
Prosigue la tempestad.
¿Cuál de estas es la que al culto
divino felice destina?
Yo soy, pues...
Tiñan su cuello sangrientas cuchillas,
y pase del ara a quemarse en la pira.
La obediencia atenta duda
entre las dos indecisa
cuál ha de ser a la llama
mariposa peregrina;
mas yo que de Apolo tengo
esta duda convencida,
diré cuál es de las dos
de quien dice la armonía:
Tiñan su cuello sangrientas cuchillas.
¿Quién dudará que su docta
dignidad a mí me elija?
Si yo vivo amenazada
de Apolo, en vano confía
pasar mi aliento del susto
sin que el desmayo le rinda.
Todo es confusión, y solo
es cierta la pena mía.
Claro es que Cloris, mi hermana,
es a lo que oí la elegida.
Coronis es, que el semblante
con los sustos lo noticia.
En tantos sustos mi pena
solo es la que no peligra.
¿Cuál es, Tiresias, que pende
de tu explicación la activa,
religiosa, sacra, honesta
ejecución detenida?
Una es inocente, y otra
de Apolo blandas caricias
merece, con que mis voces
sus iras temen si aplican
a la inocente o la amada
el decreto de sus iras,
y así en equívoco acento
daré confusa armonía,
avisa a la voz mi aliento,
y al aliento Apolo avisa
como oráculo escuchad
mis voces; pastores, ninfas.
Sale Cuervo.
La zagala de quien pastor amante
se quejare ofendido siendo constante
es aquella que Apolo quiere que sirva
de víctima tierna a la luz ofendida.
Hieran su cuello sangrientas cuchillas, etcétera.
Aguarda, voz peregrina:
¿no conoce tu dulzura
que la más cruel hermosura
es la deidad más divina?
Detente, sagrado acento:
¿no sabes que es la porfía
de la hermosa tiranía
malograr un rendimiento?
Para este rumor sangriento
¿no adviertes que la belleza
hará culpa en la fineza
la queja de un desdichado?
Aunque fue el acento mío,
las cláusulas no formé,
pues llegó a ser voz sin que
lo supiera el albedrío.
Bravo bureo ha de haber
sobre cuál se ha de quemar,
yo las pusiera a la par
a todas juntas a arder.
A la que es más linda dama
como un tonto la quemara,
porque mejor se abrasara
aquella que más inflama.
Quemara a estas que achacosas
de cara, me infunden sustos,
pues sin culpar a los gustos,
si no son culpas ociosas
pendientes de desengaños,
todas las viejas marcadas
las dejara asaeteadas
por ladronas de sus años;
las muchachas, aunque hermosas,
las quemara, voto a Cristo,
porque siempre las he visto
grandísimas codiciosas.
Calla: vosotros debéis
quejaros de quien amáis,
no agraviados encubráis
las ofensas que tenéis.
Si aquí se arriesga la vida
de Cloris, diga mi pena
que, de impiedades ajena,
me paga compadecida.
Si Coronis aventura
entre mis quejas su muerte,
mienta felice mi suerte
a costa de su hermosura.
Si de Flora la deidad
peligrar puede, yo quiero
disimular que me muero
por no arriesgar su deidad.
So Tiresias, si usted quiere
acertarlo no me sea
bobo, ni a ninguna crea
que ninguna de estas quisiere.
Si dicen que a la clemencia,
ninguna falta severa,
pues será la vez primera
que en su amor su conveniencia.
Vuelve a aparecer Apolo.
Quédase como encubierto, y sale
Cupido con Venus en lo alto del
teatro, de modo que puedan llevarse
a Coronis a su tiempo.
Parece que mi pasión
me trae hacia la piedad
feriando yo mi deidad
por solo una adoración.
Aquí están todos, y entiendo
que la elección se procura
entre una, y otra hermosura;
pero ¿qué es lo que estoy viendo?
Pues amenazan de Apolo
estas concertadas voces
la vida de aquella ninfa,
de quien hoy fiamos que logren
el sosiego en la venganza
las justas indignaciones:
asistamos aquí ocultos
a que en asistencias goce,
la suave, blanda, benigna
piedad de nuestros favores.
Bien has dicho, que el empeño
cuando la asustan temores,
nuestro poder nos acusa
si seguro la socorre.
Pues ninguna han de acusar
vuestras finas atenciones,
y a competencia vosotras
os queréis rendir conformes.
Tú, Cuervo, que siempre eres
sin pasión a tus pasiones,
ve diciendo de estas ninfas
la condición que conoces.
Sí, señor, yo lo diré
en Dios, y en conciencia porque
lo primerito es el alma
a ver que no aquí en los señores
está Flora; (no hay que hacerme
del ojo que de esta vez
nada ha de haber que se ignore.)
Esta, señor, es golosa,
es enemiga de pobres,
pedigüeña, miserable,
gran vendedora de flores,
letrada, y como los diablos
enemiga de los hombres.
¿A quién desdeña?
A ninguno
pero en varias atenciones
de tantos zagales simples
es el diablo de los montes.
Necio, calla, que esa ninfa
a quien por Diosa conocen
las espumas en las ondas,
en las llamas los ardores,
las plumas en las cadencias
y en los jardines las flores.
Esta, cuyo hermoso imperio
cetro de beldad impone
desde la esfera de luces
hasta el elemento, donde
de verde escamado nácar
trono de zafir le esconde,
tan suave, tan dulzemente
sigue el Dios de los amores,
que si alguna vez esquiva
llega a armarse de rigores,
son flechas que su respeto
sostituye a sus arpones,
no ultrajes, que solo miran
sus nobles indignaciones.
para blanco de sus iras
aquellas viles pasiones
que al ruego se paran solo
porque el deseo se logre,
poniendo el pie sobre el ara
que esperaba adoraciones.
Flora, aunque estoy ofendido,
me obliga el alma a que adore.
Pues Céfiro agradecido
prueba que le corresponde
para decir con verdad
lo que sabes de Coronis.
Suspensa está toda el alma
del aliento de sus voces.
No, señor, deja esa niña
que es ternecica y tan dócil,
que en mi conciencia la juzgo
un pedazo de un buen hombre,
aquí el señor comedido
le estaba dando lecciones,
que de lástima es su maestro
del arte de los amores.
Bien es verdad le pedía
ella celos de una Cloris;
pero con tal mansedumbre
que no sabía por dónde
excusarse del trabajo
de tomar satisfacciones.
¿Luego Isico a Cloris? pero
el dolor me deja inmóvil.
Celos de Flora, sin duda,
volved al silencio voces.
¿Que un pastorcillo sea quien
me llega a ofender? ¡Oh Jove!
¿Cómo no celan tus iras
el respeto de los dioses?
Vive diez que los semblantes
de todos se descomponen.
Cuervo, calla; y tú piadoso
soberano sacerdote
los afectos hoy escucha
que en el corazón se esconden.
Entre los valles profundos
que al piso rico componen
quiso darme patria el cielo,
haciendo en tibios horrores
que fuese mi primer día
la escasa luz de la noche.
Fueron mis padres tan ricos
de humanos, frágiles dones,
que, o ya mirasen los valles,
o ya atendiesen los bosques,
o los montes reparasen,
solo admiraran entonces
en vegas, troncos y cumbres
la multitud que componen
de oro, de grana y de nieve,
las espigas en las flores,
las vides en los racimos.
y las fieles en vellones.
Pero apenas salir pude
de la tierna cuna donde
en sus colores las aves,
en sus aromas las flores
eran música fragrante,
eran ámbares acordes:
apenas de aquellos años
que misteriosos esconden
en los lloros que articulan
los anuncios que no se oyen,
salí al campo, cuando tratan
de ser mis competidores
el discurso con desvelos,
el corazón con pasiones.
¿Libre de amor, oh memoria?
con qué pasos tan veloces
a la pasada fortuna
presente desdicha expones.
Mas que a la lástima daba
a alegres celebraciones,
pobres perdidos suspiros
de más perdidos pastores,
robusta gentil tarea
impuse a los ocios, porque
no sabía el albedrío
qué hacer de la vida entonces.
Así pasaba, y un día
que encargando a las prisiones
la fiereza de lebreles
la saciedad de azores
eran cárcel de sus iras
alcándaras y cordones.
Salí al valle a divertirme
en las bellas confusiones
con que espejos los cristales
de cien pulidas colores
por el ámbar que les hurtan
los rizados les componen.
llevándose las corrientes
en sus frágiles albores,
por la lisonja que dejan
la hermosura con que corren.
Entre los varios emblemas
que de el Dios de los amores
descuidado vi aquel día
en la variedad del monte,
fueron hermosos jazmines,
que rompiendo sus botones
por salir al campo libres
a vestirse de candores
eran cortesano vulgo
en ordenado desorden.
Mas no bien otros cuarteles
galas al viento descogen
en bellas filas de nieve
de matar en escuadrones
cuando por ser prisioneros
ellas mismas se componen
de los lazos de sus galas
voluntarias las prisiones.
Reíme mucho de la idea
y de esta advertencia dócil
lecciones burlé, porque eran
de un escarmiento lecciones.
¿Si es el rendirse, decía,
un error de las pasiones
que se empieza en el descuido
y se alienta en los temores?
Un no entrar aquel aire
que en el halago se esconde,
por pasarse al corazón
entre las respiraciones.
¿cómo, si yo no me rindo,
las ajenas perfecciones
me han de rendir, cuando es fuerza
para que el triunfo se logre,
que sean parciales suyas
contra mí mis aficiones?
Esto he dicho porque cuando
llegue a contar mis dolores
no se juzgue que encarecen
mis sentimientos las voces.
En fin, por un accidente
hube de ir a Chipre, donde
gastados dos o tres años
volví al Piro, y allí pobre
fui el blanco común de todos
sus piadosos miradores.
Hallé difuntos mis padres
y todas mis posesiones
de un diluvio, y de un incendio
ya triunfos de ondas, y ardores.
Determiné retirarme
con una hermana (perdone
mi dolor que en el silencio
hasta que vengarme logre
han de estar mortificadas
mis justas indignaciones)
a una aldea que vecina
de unos felices pastores
sus afanes les pagaba
de los frutos las sazones.
Di yo a forzosas tareas
cuanto antes a diversiones
haciendo sudar el mármol
del duro cincel al golpe.
El rato que a este ejercicio
daba treguas, en el bronce
aplicaba los buriles
reduciéndoles lo informe
a pesar de su porfía
a bella lámina dócil.
Un día que honrando estaban
al pórfido mis sudores
pues en su bulto imprimía
una deidad de los bosques;
discurría contra aquellos
que se quejan de rigores.
¿Puede el ultraje, decía,
ser más que este risco inmóvil?
¿Puede lo hermoso en el pecho
tener menos compasiones?
¿Más sordo puede el desaire
ser al que amante le adore?
¿Darán menos esperanzas
los imposibles mayores?
Pues cómo hace la porfía
que el deseo aquí se logre
y halla de tanto escarmiento
son los suspiros padrones.
En fin acabé la estatua
y queriendo los primores
para darme vanidades
retocarla las facciones,
al aplicar el cuidado
el duro metal me impone
al movimiento del pulso,
un tan no visto desorden
que me hizo sentir sus luces
antes que sus rayos toque.
Sin duda que fue lo mismo
diose acá a mis turbaciones
hacerte hermosa, que hacerte
ingrata a mis atenciones.
Es posible, me decía,
que lo bello sea tan noble
que aun en el mármol retenga
sus fueros las perfecciones?
no debes a mis desvelos
el que deidad te coloque
la atención en el respeto,
el culto en las atenciones?
Pues como ya no permites
dejarte ver sin rigores,
más quiero callar si solo
el desaire me responde.
Ya desde aquí le asaltaban
al recelo los temores,
que el amor desde el amago
quiso que sintiese el golpe.
Un día que cortésmente
hospedé en mi albergue pobre
a un forastero, por darme
algunas satisfacciones,
de que el cortejo había sido
algo decente, ofreciome
una lámina diciendo
que aunque el dueño no conoce
por maravilla del arte
compró a un pintor sus primores.
Diómela, y fuese quedando
en mis ojos una noche,
con astros para el deseo,
para el cuidado sin norte.
Dísela, no sé qué afectos,
pero con severas voces,
para mandarme que calle
me dice que no responde.
Roguéla que recibiese
humildes adoraciones
y eso solo parecía
que estaba esperando dócil.
Lo sordo ya no juzgaba
por culpa de los colores
sino que era propiedad
haberla pintado inmóvil.
Pedíla que me dejare
rendir a sus perfecciones,
y acusóme que tuviese
algo sin rendir entonces.
¿Dónde está el arco, decía,
adorado dueño, dónde,
que los arpones padezco
sin poder ver los arpones?
Tenme por despojo tuyo,
ya decían mis fervores,
que recoger el trofeo
solo es que el triunfo se logre.
En fin, llegándola al pecho,
se la encargué a los temores,
temiendo que las finezas,
por ser indignas, la enojen.
Y viendo que ya podían
ser mis proprias aficiones
parciales contra mí mismo,
trato de inquirir adonde
pueda el corazón hallar
al dueño de sus pasiones,
por este, y otro cuidado
al Tiro inquieto desorden
fue mi esperanza, llevando
para los rumbos dos Soles,
y para la escasa tibia
trémula luz de la noche,
cuantos rayos contenían
en viriles dos faroles
navegamos felizmente
claro es que ya se conoce
sería muy poco tiempo
pues para infelices corre
la fortuna con ligeras
dobladas alas veloces.
Líbreme de la tormenta
de un milagro a los favores,
de este dolor de las almas
y de esa alma de los hombres.
Halléme en aquesta Arcadia,
y para que no se gocen
sin azares las fortunas,
perdí el retrato, y perdiose
en su imagen la alegría
que halagaba con ardores.
Callo aquí otras circunstancias
y digo que, pues Coronis
templa ya tantas tormentas,
ya afable me corresponde
en lo que debe, a una llama
que la rinde adoraciones,
deseáis que os dé sin sustos
los que podrán ser favores.
así logres vuestras dichas
sin los sustos, los temores
de esa que de errantes ruedas
su vago solio compone
desde el orbe de las luces
hasta las sombras del orbe.
¿Qué es lo que he escuchado, oh rabia!
¿Cómo su fin no disponer?
Ya estamos más obligados
a darles nuestros favores.
Pues el retrato perdido
se llora, no dudo porque
piedad presumo que es suya,
ser amante de Coronis.
Si perderle vi yo mismo
aquel retrato de Cloris,
¿quién dudará que es el dueño
de tan antiguos amores?
¿Cuál será la suspensión
entre tantas confusiones?
Señor, ¿qué le dije a usted?
qué le parece de este hombre,
es amante, y dice que es
pintor; qué bien se conoce.
Pues ya solo esta extranjera
queda, y pues nunca conoce
dudas la deidad, llevadla;
que puede ser que se enoje
de la dilación el Ara,
y cuando el ruego se forme
encuentre ya prevenidas
en el Solio indignaciones.
Aguardad.
Llevadla presto.
Llevan dos Ninfas a Cloris
que claro es que como noble
arriesgaréis vuestra vida.
porque su vida se logre.
No, sino porque es el dueño
de mis tiernas aficiones,
a quienes compadecida
o agradable corresponde.
¿Qué es lo que escucho? ¡Ay infame!
Frágil hermana, acabóse
la sospecha en la evidencia
de estos afectos traidores.
Coro dentro, de Apolo
Muera Coronis, y pase del ara
a rendir los ardores.
Sale Clarinda, y canta.
Oíd, plantas,
oíd, montes,
oíd, ninfas,
atended, pastores,
en mis voces atentas.
de Apolo las voces
manda que luego los ojos
se le vendan a Coronis,
y vaya donde de el ara
se eclipse con los ardores.
Manda que a Isico, su amante,
prendiéndole esos pastores,
le pongan donde a su muerte
la llamen sus compasiones.
Y así, vendándole el rostro
al templo vamos conformes,
que es sacrílega si alienta
la piedad contra los dioses.
Vosotros, a ese zagal
llevadle a ese templo, porque,
huyendo con la ternura,
toda una deidad no enoje.
¿Qué es esto, Cielos? ¿Qué tengo?
tan contra mí vuestros dioses!
Atan los brazos a Tisico, y Clarinda lleva de la mano a Coronis, vendado el rostro, hasta ponerla donde pueda subir por la parte que están Venus y Cupido.
Ahora.
Calla, que ya quiero
que logre nuestros favores.
Ay infeliz, que no aliento;
porque las voces,
partidas del dolor, no son razones.
Voy a las aras tierna
a morir porque logren
su venganza los cielos,
las llamas, sus ardores,
los hados, sus influjos,
descanso mis pasiones,
un culto, las deidades,
y un aviso los hombres.
Baja la tramoya, y llévala.
espiro, y quiero antes
que el desmayo me estorbe
decir que fue mi culpa
que el Dios de los amores
mas ay que Deidad quiere
que este injusto castigo no se logre.
Vamos.
Vamos pues que ya
socorrimos sus temores.
Desaparecen Venus, Cupido, y Coronis, y canta el Coro de Venus.
Viva Coronis,
y encuentre en un riesgo
de amor los favores.
Vase
Volaverunt, ahora puedes
cantar otros diez pregones,
vaya aquello de denantes:
ea, oíd, plantas, oíd, montes.
Vase con los acompañamientos.
Vamos a que sepa Apolo
lo que pasa con Coronis.
Vase Clarinda, y queda libre Isico.
Dejadle ya, pues si antes
iba a sentir los dolores
de verla morir, ya basta
que de su vista la roben,
sin saber a dónde guíen
los suspiros sus pasiones.
Vase.
Mas llego ahora a temer
que toque esta suerte a Cloris,
¡oh, si supiera mi vida
acabar con mis dolores!
Muera Coronis,
y pase del Ara a sentir los ardores.
Vase.
Voy a saber si mi vida
cabe con tantos rigores.
En tanto que se sosiegan
estas raras confusiones,
vamos donde sin testigos
el corazón se desahogue.
Ve guiando, pues, a la casa
de ese docto sacerdote,
por ver cómo esta armonía
su contrariedad compone;
pues cuando la una repite
en bien templados rumores:
¡Viva Coronis, y encuentre en un ruego
de amor los favores!
En oposición reñida
de esta otra parte se oye:
¡Muera Coronis, y pase del ara
a sentir los ardores!
Vase.
Múdase el teatro, donde se vean albergues de un lado, y de otro mucha arboleda.
Salen Tiresias y Clarinda.
Sin duda que la libraron
piadosos Cupido y Venus,
que solo el amor pudiera
encargarse de lo bello.
Mas, porque sin sacrificio
ocioso no esté el respeto
y la reverencia tenga
cuando adorare el incendio,
mérito y fervor logrado
en la llama y el afecto:
asiste con otras ninfas
a la extranjera, que temo
ha de pretender alguno
mancharse en el sacrilegio
porque el fuego de sus ojos
llegue a librarse de el fuego.
¿Dónde, pues, iré a buscarla?
Cantan Zéfiro, y Flora, dentro.
Al prado.
Al viento.
No vino al prado.
No vino al viento.
¿Quién acaso formaría
estos acordes acentos?
Yo en el prado suspiro,
porque en él veo
que a las flores las muda
lo lisonjero.
Doy al viento mis quejas
porque en el viento
se alentaron las plumas
para mi pecho.
Al prado, al viento,
no vino al prado, no vino al viento.
Pastores son, que el camino
con labor van divirtiendo,
mas porque sepas adónde
está esa Ninfa, ve luego
a ese Jardín donde guarda
mi ardiente amoroso celo,
lo que pertenece al culto
de la Deidad, y de el Templo.
Al bastidor Zéfiro, y Flora.
Nada está solo.
No importa,
aquí un rato esperaremos.
Pues voy, porque mi cuidado
quite el peligro a los riesgos.
Vase.
Vete feliz, que yo ahora
iré a consultar, pretendo
cómo acertaré rendido
a ofrecer grato el obsequio.
Vase.
Salen Zéfiro, y Flora.
Comienza pues a quejarte;
mal dije, empieza fingiendo
de modo, que tus delitos
puedan parecerme menos.
Diga el dolor las ofensas
y las quejas los acentos,
tengan estas de armonía
cuanto aquellas de silencio.
Desde mis primeros años
te rendí dos veces tierno
la voluntad sin violencia
sin albedrío el deseo.
Canta =
Fui más firmeza,
eras a mi afecto
fácil al enojo,
inmóvil al ruego.
Representa =
Crecí en fin, no sé si diga
que creció mi rendimiento,
pues no dejé libertad
ni a la fortuna, ni al tiempo.
Canta =
Pero tu hermosura
con su hechizo bello
era cada día
Representa.
Canta.
Representa.
Canta.
imagen del viento.
Apenas en la memoria
se iba dibujando el fecho,
cuando ya de tu retrato
otro pastor era dueño.
Y yo a labrar firme
del alma altar nuevo,
dando a tus desdenes
aparte otro templo.
De Céfiro ya no solo
vivo quejoso, pues tengo
de Tirso también, perdone
mi dolor a mi respeto.
Y tú, ni agradecer
cuanto estoy sufriendo,
ni el desdén escuchar
cuanto no me quejo.
Si te parece que ya
vencida a tus voces quedo,
oye estas cláusulas tiernas
a pesar de lo modesto
De el amor, de el dolor, de la queja,
que ofreces humilde, que dices atento,
escucha, si quieres, la paga que puede
darle hoy a tu pena sin culpa mi pecho.
Si el fervor, la ternura y el alma
rendiste a mis ojos los años primeros,
también en los tuyos fijó mi cuidado
el susto amoroso y el blando sosiego.
Si el pincel ha soñado en sus sombras
fijarme en el bronce, mentirme en el lienzo,
te juro a mi vida que nunca he dejado
me entallen cristales, me adulen espejos.
Si es el temor de que esos pastores
me rindan amantes corteses alientos,
si yo ni aun lo escucho, ¿qué culpa me imputas
pasando, Zefino, a amarme molesto?
Calla, mi bien, que como hallan
prevenidos mis deseos
tus suaves satisfacciones,
van llevando nuevo esfuerzo
en mi pasión a dejar
desvanecido el recelo.
Sale Cuervo, y quédase oculto
Recio aquí sonaban voces
de templados instrumentos,
¿si estará por aquí cerca
la tienda de algún barbero?
Céfiro.
¿Qué mandas?
¿En qué queda nuestro duelo?
En que yo quedo vencido.
Yo también rendida quedo.
Vanse
Sale Cuervo.
Entrambos están perdidos
y cualquiera de ellos muerto.
Sale Ísico pensativo
¡Ay, infeliz! ¿De qué modo
pudiera morirme, cielos?
Ahorcándose era muy fácil.
aunque costoso remedio.
Vive diez que no me ha oído,
ea, paciencia compremos
recado para algún chisme
a costa de este silencio.
¿Cómo acabará la vida
a manos de mi tormento?
Dándose con un puñal
por el costado derecho.
¿Es posible que el dolor
tan tibiamente le siento,
que aun no llega a persuadirme
que el mismo dolor me ofendo?
¡Quién explicarse pudiera!
¿para qué solo a los ecos
se fuera abrasando todo
el ámbito de los vientos?
Quizá así más que a la llama
los debiera a los reflejos.
Coronis dulce, adorado,
bellísimo, hermoso dueño,
¿dónde estás, que no respondes
de tu amante a los lamentos?
¿Es posible que la imagen
que deposita mi pecho,
teniéndome toda el alma,
no pueda usar de un aliento?
Canta dentro Coronis.
Sí.
¿Qué he escuchado, cuánto temo
que a la esperanza le burle
con esta dicha el deseo?
Corazón, segunda vez
el oráculo apuremos:
mi bien, ¿dónde estás?
Aquí.
Yo me escondo porque el hombre,
como es mozo, no me atrevo.
a ponerme a los peligros
de escucharle los requiebros.
¿Si fue engaño lo que he oído?
No, pero ¿qué es esto que veo?
Saldrá antes de este verso Coronis traída de Cupido, por lo alto del teatro.
Sin que ella mirarme pueda
mi favor la va asistiendo.
Canta.
Si aquí no me alienta suave
tu favor, Cupido bello,
irá en el temor el susto
tus favores ofendiendo
al primer paso que forme
en la tierra el movimiento;
si quieres que de ti fíe
la planta, zela al tropiezo,
perdona cuanto encargaren
mis voces a tus alientos,
que en lo cobarde no sabe
Representa, ya en el tablado, y sube el Amor.
ser cortesano el recelo.
Ya miro la aldea donde
debo a lo fatal del riesgo
tanto favor:
Mi bien, mi esposo, mi dueño,
que así se llama porque hallen
de este abrazo los afectos
la disculpa del recato
prevenida en el pretexto.
Felice yo.
Calla, y deja,
pues ya gozarte merezco,
que al cielo consagre humilde
el mismo favor del cielo.
Y ahora otra vez tus brazos
te logre en nudos estrechos,
antes que impedirlo quieran
los crueles hados adversos.
Miren qué bien va pagando
la discípula al maestro.
Y porque entrambos podamos
hablar de nuestros sucesos,
vamos a casa de Lisis
que allí estarás en secreto.
Vamos en hora felice,
dulce esposo, guía presto.
Canta dentro Apolo
Secretito, no en mis días,
buscar a Apolo deseo,
por contarle estas historias,
¿dónde le hallaré al momento?
Aquí.
Retírase a un lado Cuervo, y
sale Apolo cantando con una
Lira
También con pícaros habla
de un oráculo el misterio,
atendamos aunque pese
a tanta legión de miedos.
Aquí a solas este mal
salga a rendir el aliento,
pues el corazón postrado
desarma los movimientos.
Cuanto a los golpes del llanto
el muro del sufrimiento
ya desmoronando, acabe
de hacerlo ruina el incendio.
Las dos cortinas que inmoble
defensa, en los labios fueron,
ya desmanteladas, sirven
de sepulcro a los silencios.
Si quiere durar la vida
susténtese con el fuego,
que no es nuevo en un Vesubio
que la llama sea alimento.
El ser deidad, solo sirva
de darme un alivio menos,
pues me acuerda más pesares
en ver que no voy muriendo.
Y así, astros sentid,
llorad luceros,
que hoy abraza al Dios de las luces,
el Dios del incendio.
No sé si lo acierto, en fin
confiado en mis pies me llego.
Ya vuestra merced sabe, don Apolo,
que Coronis por el Viento:
Calla ya, que repetidos
se hacen los pesares nuevos.
Digo pues, Señor, que tiene
muy buena conciencia el Viento.
¿Por qué?
Porque ha restituido
la tal Ninfa al Valle nuestro.
Yo la he visto, y sé que está
en casa de Lisi en secreto.
Calla, no digas más,
sino encárgate tú atento
de sus acciones si acaso
volviere a verla luego.
Vase.
No pude decirle todo
lo de Ysico, vive el cielo,
que en la primera ocasión
que le he de embocar el cuento.
Sale Anfión al bastidor.
Allí está, si no me engaño,
hablando consigo Cuervo.
Señor, que Ysico se atreva
(solo de decirlo tiemblo)
a estarse con una dama
que está condenada al fuego?
Luego Ysico ha hablado a Cloris,
pues infelice al obsequio
es sola quien sentenciada
está de Apolo al decreto.
Pero tiene su disculpa,
que la ama por casamiento,
y en esto son las mejores
aquellas que duran menos.
Sale Anfión.
Quiero averiguar mi pena,
villano, cobarde, necio.
Discreto, valiente, noble,
adiós, que me voy huyendo.
Aguarda, mas cuando es fácil
poder alcanzar al miedo.
¿Qué es esto, aleves pesares?
¿Traidoras penas, qué es esto?
¿Por qué, sangriento discurso,
os volvéis contra vos mesmo?
Mas no importa, a un lance vayan
de la fineza los restos;
llévese toda mi vida
el amor o el escarmiento.
Este es el jardín, adonde
está Cloris (mal aliento)
encargada de las ninfas
hasta que la llame el templo
a ser hostia, la que ha sido
deidad en viriles bellos.
Coge una Lira diferente a la
que hubiere sacado.
en fineza y amor
sin dilación el empeño.
Estas cuerdas cuyas voces
unidas a mis acentos
son las coyundas más suaves
que impone blando Morfeo:
esta Lira a cuyo acorde
templado rumor sereno,
aun los escollos dormidos
nunca la vuelven los ecos.
Esta que como acompañe
el principio a mi lamento
aunque ella falte me deja
su virtud hasta el silencio:
será quien solo me ayude
a mi amante desempeño,
Y... pero ya las puertas
de los Jardines se abrieron
Ábrese el humo y aparecen Clarinda y Cloris sentadas con acompañamiento de Ninfas.
Enjuga ya el aljófar
tu hechizo bello,
no hagas que el sacrificio
sea escarmiento.
No a la pena le entregues
el pensamiento,
haga velo preciso
gloria el deseo.
Por fortuna celebra
mirarte obsequio,
y al que llega avisado
no llames riesgo.
Repetidla vosotras,
muchos festejos,
que en quien Fénix se quema
es gloria el fuego.
Cantan las que pudieren la primer copla; en fuga y a una y en empezando a tocar An- fión, se quedan dormidas.
Ahora veréis burlados
esos alivios groseros.
Toca, y canta
Párese el aire,
suspéndase el viento
y el silencio sea
rumor al silencio.
El prado, y sus matices,
el cielo, y sus luceros,
pues duerme Cloris bella
de su dormida luz, tomen ejemplo.
Fije el mar sus espumas
si está inmóvil su Venus
y espere de su oriente
que su luz le dé gala al movimiento.
Coge en los brazos a Cloris y vala llevando.
Solo a ti no te encargo
justas estos afectos,
pues mis pobres suspiros
te habrán hecho de mármol a sus ecos.
Ven, donde puedas solo
escucharme los ruegos,
pues más que la fineza
te va dando en tus brazos el respeto.
Conténtense las aras
con esperar tu cielo,
que de tanta hermosura
es la esperanza gloria del deseo.
Llévala, y repite dentro, alejándose, el estribillo, y acaba do se levantan asustadas las ninfas.
Cloris, Cintia, ¿qué miro?
Mas, ¡ay!, que a Cloris no veo.
Rara pena.
Cruel desgracia.
¿Quién con sacrílego aliento
se atrevió del opio torpe
¿A infundirnos los venenos?
¿Tiresias?
Sale Tiresias =
¿A qué me llamas?
A que sepas el más nuevo
dolor que pudo en la idea
fingirnos el pensamiento.
¿Cuál es?
Que Cloris robada:
Calla, y solícitos demos
a la diligencia, cuanto
hemos de dar al lamento.
Vanse, y ciérrase el Jardín
y salen Isico, y Coronis.
Ya en este Jardín de flores
alentar segura puedes;
que es propio de las bellezas
descansar en los vergeles.
Mas, ¡ay!, que cerrado miro
de Liris el casto albergue,
voy a buscarla, y en tanto
en ese país se divierte.
Vase
No te dilates, querido,
amado dueño, que temen
cobardes mis esperanzas
las envidias de mi suerte.
Sale Apolo a un bastidor.
Sale, y asústase Coronis.
Aquí ha de ser donde hallen
mis ojos aquel ardiente
veneno con que el sentido
gusta de darme la muerte.
Veré si con la armonía
su esquiva impiedad divierte.
¿Por qué, tirana Coronis,
huyes de mí?
Porque al verte
teme la vida ignorando
las razones por que teme.
Déjame que huya cobarde,
si matarme no pretendes,
a este monte donde sean
las ramas que le entretejen.
los troncos que le componen
segura prisión.
Detente: que ya mi amor abrasado
de tantas iras crueles,
ni puede sufrirte ultrajes
ni sufrir mi incendio puede,
y así corresponda afable:
o a la violencia,
enmudece.
Que asustados los sentidos
más huya tu vista aleve.
Vase huyendo, y canta Apolo.
¿Cómo, di, belleza injusta,
librarte de mí pretendes,
si tengo todas tus alas
en las plumas con que hieres?
¿Por dónde irán tus ardores
que no pueda conocerse
en los jazmines, que amantes
desatando irán su nieve?
Ya yo te sigo, que aguardo
a que fatigante llegues,
por ver si pierdes de ultrajes
lo que de el aliento pierdes.
Vase por un lado Apolo y sale por otro Coronis.
En vano con la carrera
procuro ya defenderme,
si en las fatigas el susto
las diligencias detiene.
En los cristales sagrados
de esa peregrina fuente
alentaré, mas ¡ay triste,
que ya la vida fallece!
Cae desmayada, y sale Apolo.
Mira a Coronis.
Por aquí las flores dicen
que pasaron sus desdenes,
pues de hermosura tan rara
aun las bellezas se ofenden.
Mas allí duda la vista
Cógela en los brazos.
Vuelve en sí.
del cristal en la corriente,
si es Coronis la que huye
o el cristal quien se suspende.
En fin, logré mi esperanza,
injusta beldad aleve,
debiendo más que a tus ojos
al favor de un accidente.
Alienta ya, y aunque vuelvas
a matarme, a vivir vuelve;
padezca siempre mi vida
como estés sin sustos siempre.
Déjame, tirano, ¡ay, triste!,
pero si ya ser no puede
que este intempestivo acaso
de haber sucedido deje,
ocioso es querer que armen
al pecho mis esquiveces,
solo te pido que afable
me perdones dócilmente
el tiempo que te injuriaron
groseras mis altiveces.
¿Cuándo tan amante tuyo?
pero Tiresias parece
que llega, tú te retira,
que me ofenderá con verte.
Retírase Coronis, y salen Tiresias, y las ninfas.
Sacra deidad, viendo el valle
que sacrificar no puede
a Coronis porque el viento
supo embarazarlo aleve:
aquella extranjera en quien
aunque sin culpa estuviese
fue misterio la amenaza
pues ya tu rigor merece.
Quisimos sacrificarte
y fiándola a que la celen
estas ninfas, hoy robada
en un letargo, la pierden
Sin que de tanto delito
conozcan al delincuente.
Bien sé que la halla mi activa
indignación inocente,
mas como de estos errores
hacer las finezas suelen.
Pues todos buscadla luego,
y en mis altares ardientes
en vez de Coronis, sea
holocausto reverente.
Pues discurrid ese bosque
mientras busco estos albergues
¡Oh! hallarla podamos porque
nuestro descuido se vengue.
Dulce dueño del sentido,
afable a mis ojos vuelve,
y aquí me espera que un solio
voy a buscarte decente.
De camino haré que suelto
venga a cuidarla, que teme
sucedidos mi desdicha
los acasos que haber puede.
¿Qué es lo que me ha sucedido,
o quién ignorar pudiere
acciones que las disculpas
aun no las hacen decentes?
Sale Isico.
No he podido ver a Lisi,
mas ¿cómo hallará su suerte
un triste, si a cada paso
aun sus esperanzas pierde?
Pero en fin, si tu hermosura
afable ya deja verse,
qué poco tiene que darme
la fortuna en cuanto tiene.
¡Ay!, y cuánto el corazón
haberte ofendido siente.
Sale Cuervo al bastidor.
Y qué de cosas perdiera
si tan breve no viniere.
Tuya soy, mi bien, confía
que nunca a faltar te lleguen
tiernas caricias, los blandos
dulces afectos corteses.
¿Qué prenda de tal fortuna
amorosa darme puedes?
Los brazos, pues como a esposo
el corazón te obedece.
Ya no hay que aguardar, señores,
el diablo que más espere.
Mi dueño, pero repara,
que hacia acá se acerca gente.
Pues encúbranos la sombra
sagrada de estos laureles.
Salen Céfiro y Flora.
Si averiguar tus sospechas
a un mismo tiempo pretendes
y, por mirarle infelice,
suspender las iras quieres,
ve a buscarle en este bosque;
pero aguarda, que aquí vienen.
Salen Anfión, y Cloris.
Zéfiro, ahora no es tiempo
que del enojo te acuerdes:
qué ocasión habrá en que pueda
mi dolor satisfacerte.
solo te pido me digas
adónde podré esconderme
con este robo que le he hecho
a mi desdichada suerte.
Dentro estas voces
Aquí.
Por acá se han ido
Ya no es posible valerte,
pues dicen todos:
Salen Tiresias, y Clarinda con acompañamiento de Pastores, y Ninfas
Pastores
Ved aquí al agresor, prendedle.
Acabad mi vida, penas.
Prenden a Anfión los pastores.
Canta.
Dioses, oídme clementes.
O queréis que yo viva,
o gustáis de mi muerte:
o a Cloris goce el alma,
o llevad esta vida que me ofende.
Hartas luces os sobran
en los orbes celestes,
¿qué falta puede haceros
la estrella que a mis dichas amanece?
Guardaos vuestras fortunas,
dejadme a mí mi suerte,
no os haga la razón
a pesar de los solios delincuentes.
Si la víctima solo
vuestras luces pretenden,
no arda poco este ruego.
en la fiera cortés que el labio enciende.
Ábrese el punto, y aparece Apolo en su trono, y a un lado su lira.
¿Quién con blandas armonías
tan infeliz se lamenta
que hace que venga a aliviarle
antes que forme otra queja?
Ese pastor que atrevido
ha robado a Cloris que era
lo que aguardaba la llama
para consagrarte ofrenda.
¡Qué tibiamente mis iras
al verlos sin culpa alientan!
¿Mas cuándo el amor más lince
con la pasión no se ciega?
Esto ha de ser, que es preciso
porque Coronis no muera
y las prevenciones logre
que rendido envíe a ofrecerla.
Retiradlos a esa estancia.
en tanto que se prevengan
los ministerios forzosos
a la religiosa hoguera.
Llévanlos, dos Ninfas, y Tiresias, y Clarinda
Y ahora vosotros todos
escuchadme que celebran
un triunfo, y una venganza
del Dios de Amor mis cadencias.
Toma la lira, y toca, y aparece donde antes Cupido, y Venus.
Ya está rendido, ahora falta
que de la aguda violencia
de los celos
Calla, y pase
a la ejecución la lengua
Nadie del rapaz vendado
llama dolor la influencia,
que hay esperanza que halague
si hay deseo que atormenta.
No siempre la desconfianza
huya airosa la cautela,
que es muchas veces su engaño
solo que nadie le crea.
Ejemplo felice a todos
mi amante fortuna sea,
y en mi posesión estudien
los sufrimientos paciencia.
Dueño de Coronis vivo
sin pedirle su clemencia,
que hay otra paga en las almas
sin el oro de sus flechas.
Castigo quise que fuese
que a la verdad me rindiera,
que mayor fortuna quiere
el alma que la belleza.
Sale Cuervo.
Señor, señor, ¿dónde, dónde?
Aquí la venganza empieza.
Sin duda estás en el cielo
que juzgo, a estar en la Tierra,
te hallara para decirte
una pesadumbre necia.
Albricias.
¿De qué?
De que
la he visto con evidencia.
Y sabe que la tal Ninfa
de presente se la pega
con un Esposo futuro,
y como en los Casamientos
entra luego la Pendencia,
se andan llegando a las manos.
Arroja el instrumento.
Cesa, cesa.
Mas ya a referirlo vuelve.
¿Qué dices?
Que se la pega.
Furioso.
¡Oh, pese a mi sufrimiento!
Y si acabara mi pena
con esta dura, voraz,
tirana llama violenta.
¿qué dices? ¿que tú lo viste?
Sí, Señor, que te la pega.
¡Oh, Amor, oh, tirano ciego,
templa el mal a mi paciencia!
Vamos, que ya está apuntada
del veneno la violencia.
Desaparecen Venus y Cupido.
¡Oh, sino, busca algún modo
con que esta Deidad se vea
apartada del sentido
porque de algún modo muera.
Sale Coronis poco a poco con una Ninfa.
A Isico dejo, temiendo
no dar alguna sospecha.
Pues ya Cloris destinada
está a la Pira, pasea
del Valle la bella dulce,
fresca variedad amena.
Señor: hela allí con la Madrina
que es muy moza para suegra.
Arma el arco, y dispárale
Déjame, que de esta suerte
me vengaré, mas la pena
me ha castigado la vida
por castigar una ofensa.
Cae en el suelo Coronis
Canta
¡Ay, Cielos! pero, ¿qué torpe
mortal veneno no deja
que pase la voz del pecho
a ser razón en la lengua?
Mas aliéntese el sentido
y antes del último, vea
este acento mal formado
quien valga a acusar mi Estrella.
Ya que el rigor va logrando
el veneno de su flecha,
¿con qué vanidades viven
de tu luz las influencias?
Para solo una desgracia
o nunca me amanecieras,
se excusaran en tu noche
tu ingratitud, y mis quejas.
No les perdono a tus iras;
pero el aliento me deja,
ya los desmayos encarga
lo que falta a la elocuencia.
Cae, entrándose dentro.
Canta...
Cáensele las plumas blancas, y quedará con otras negras de color de cuervo.
Haga mi voz que no acabe
mi fineza en su tragedia.
Suspende el dolor, y para,
ave, a la vela certera,
dándote el viento de pluma
la rizada pompa bella.
Tú, necio, pues que causaste
esta lastimosa escena,
ya la nieve que te viste
grave infausta sombra sea.
El zagal que con Coronis
Tercero fue de mi ofensa;
tronco le erija en el monte
padrones a su fineza.
Tú, Zéfiro, con Flora,
premio el uno en otro tengan,
siendo los dotes de entrambos
el amor y la belleza.
Danse las manos Zéfiro y Flora.
Feliz yo.
Más felice
seré yo con mi fineza.
Yo, solo cras, por los chismes,
sentiré, cras, no me entiendan.
Aparecen transformados Coronis en corneja e Isico en tronco.
Isico y Coronis ya
transformados se nos muestran.
Salen Clarinda, Tiresias, Anfión, Cloris y todos.
Este pastor desdichado
Esta infeliz extranjera...
Teneos, que el cielo ha vuelto
velador por la inocencia,
pues fue víctima Coronis
si ave la admira la esfera,
y así pidió por los sustos
favores a mi clemencia.
Solo la mano de Cloris
mi amante dicha desea,
pues rendido a su retrato
tanto ha que el alma se quema.
¿Cómo, si Cloris es Flora?
Porque esta noble belleza
se llama Cloris también
oculta en la Arcadia nuestra,
de quien es este retrato
que físico; pero mi ofensa.
Detente, que no te ofendo
aunque otra vez le tuviera
físico, pues en mi hermano
nunca de amor era prenda.
Danse las manos.
¿Qué dices? Nunca esperaba
menos luz de tu pureza.
Perdona, adorado dueño,
a mis desconfianzas necias.
Canta Apolo.
Los dos festejad el día
con galas, y con cadencias
mientras mi coro confunde
la venganza de mi diestra.
Canta el coro de Apolo dentro.
Teman la luz de Apolo
astros, y estrellas
si se venga con iras de la belleza.
Tened, que de esta otra parte
otras armonías suenan.
Coro de Venus dentro.
Teman dioses, y cielos
de amor las flechas.
pues ofensas de Venus
con celos venga.
Témanle que ya yo tengo
vengada también mi ofensa.
Conque bien prueba el Autor
su argumento en la comedia,
si de Amor en los afectos
también los Dioses se vengan.
Solo falta que en un Vítor
disimuléis lo que yerra,
pues si se vengan los Dioses
más perdona su Nobleza.
Y ahora digamos todos
porque se acabe la fiesta:
Todos, y la Música
Teman la Luz de Apolo
Astros, y estrellas,
si con iras se venga
de la belleza.
Vanse, y ciérrase el punto, y mientras se entran canta el Coro de Venus.
Teman dioses, y cielos
de Amor las flechas,
pues ofensas de Venus
con celos venga.
Fin.