
Publication date: August 22, 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Primera redención. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/primera-redencion.
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358
Auto historial alegórico.
D. Diego de Nájera.
La primera Redención
2 ejemplares
Legajo 20
17
358
Página izquierda en blanco.
En el margen superior izquierdo: P. En el centro, una cruz. En el margen superior derecho: 1. A la derecha, un sello circular de la Biblioteca Nacional.
La primera redención. Auto historial y alegórico de Navidad = Personas
La Piedad Amram La Ira La Voluntad Termute Faraón María Música
Salen cantando por un lado la Voluntad, y por otro la Ira vestida de negro.
¡Ah del apacible vulgo
de prados, flores y fuentes,
que, amigos del sol, esparcen
fragantes matices, risueñas corrientes!
¡Ah del horroroso vulgo
de peñascos que, rebeldes,
la sañuda frente adornan
con zarzas incultas, con funestos cipreses!
¡Ah de los fértiles campos
de Egipto que el sol guarnece
en sucesiva tarea
de rubias espigas, de fértiles mieses!
¡Ah de los campos de Egipto
que del Nilo sus corrientes
Con crecientes horrorosas
anegan tiranías, e inundan crueles.
Oíd mis piadosas voces.
Oíd mis iras ardientes.
Que os halagan.
Y que os castigan.
Oídme, escuchadme.
Notadme, atendedme.
Hijos de Jacob, que tristes,
en servidumbre inclemente,
Egipto os tiene cautivos,
ya podéis vivir alegres,
que el mismo Dios de Jacob
por su piedad excelente,
a quien os redima envía,
y a quien os libre previene;
hoy pues nacerá en Egipto
un capitán tan valiente
que a la prometida tierra
a pesar de Egipto os lleve.
Moradores del Egipto,
oíd el pregón aleve
que por boca de la Ira
el rey Faraón previene.
Manda su rigor, mirando
a que tanto el número crece
de los nietos de Jacob
que este reino comprende,
porque su gran multitud
a sobrepujarnos no llegue,
los naturales gitanos
que estos imperios poseen,
que a los que en sus doce tribus
de hoy adelante nacieren,
siendo varón, muera al punto;
y si es hembra, se reserve.
Y manda...
Sale Piedad
Sale Ira y todos
¡Tirana voz!
Que con acentos aleves
toda la campaña infestas
y los aires estremeces.
¿Quién eres, o quién te inspira,
iras, escándalos, muertes?
¿Tan feas como manchar
el duro acero inclemente
en esa inocente sangre,
quien tu infeliz labio mueve
a tantas crueldades? ¿Quién?
Escucha, aguarda, detente.
¿No me conoces?
¿Yo a ti?
¿Cuándo pude conocerte?
Pues yo a ti bien te conozco;
pero, ¿qué mucho si eres
tú la Piedad, y yo la Ira,
y si no, en el mundo siempre,
que la Piedad no conozca
a la Ira, y que inclemente
yo sepa lo que persigo,
tú ignores lo que aborreces?
Pie
Pues ya que de ti informada
estoy, sepa qué te mueve
a un pregón horroroso.
Cuando por darte no fuese
las quejas que de ti tengo,
es fuerza que te revele
los motivos que me incitan
y las causas que me impelen
por otra nueva razón.
Y ¿cuál es?
Que a ver llegues
con que exprese un concepto
alegórico, que hoy tiene
suspenso mi entendimiento.
Pues si tu deseo es ese,
ya te escucha la Piedad.
Es que quiero antes que empiece,
hacerte una prevención,
que es: si quieres atenderme,
que lo que eres en abstracto,
en concreto a serlo llegues.
Explícate más.
Sí haré;
tú en común la Piedad eres,
pues para mi entendimiento,
aquí has de ser solamente
la Piedad de Dios, y yo,
que la Ira soy, he de hacerme
la infernal ira; y así,
cuando mis voces oyeres,
haz cuenta que te habla en mí
todo el ejército ardiente
del abismo.
Así lo entiendo.
Prosigue ya.
Pues atiende.
Bien te acuerdas de aquel fiero,
sañudo motín rebelde
que infestó la tercer parte
de esas estrellas lucientes;
y no extrañes de mis voces,
que lo que sabes te acuerde,
que antes tendrás al oírlas,
por algún primor excelente,
que en lo común y sabido
con la novedad encuentres.
Bien te acuerdas que la causa
de mis cóleras crueles,
de mis rabiosos corajes,
de mis iras impacientes,
fue una envidia ocasionada
(¡ay, memoria, y lo que dueles!)
de un favor que Dios me hizo;
¡oh, infelices altiveces!,
pues siendo él favorecido,
yo, mi soberbia imprudente,
porque me precipitase,
hizo me desvaneciese.
El favor fue revelarme
Dios de su sagrada mente
algunos de sus misterios;
y yo, en vez de agradecerle
tan piadosa confianza,
opuesto tiranamente
a sus divinos decretos ,
Foliación: 4 [esquina superior derecha]
Amotiné esa rebelde
esfera, y caí desterrado
al abismo por siempre.
Mas ¿qué mucho que, irritado,
iras forje, saña engendre,
sin los altos favores
que llegaría a deberle
el hombre a Dios, pues no solo
le perdonaría clemente
sus yerros, pero, piadoso,
humanándose a su especie,
se hacía hombre por los hombres,
previniendo para este
efecto de María Virgen
claustro tan resplandeciente,
que la adorasen los cielos,
los ángeles la sirviesen,
siendo sol y luna adorno
de sus plantas y de su frente.
Desde este lance infelice,
mordido de aquella sierpe,
de la envidia, hospedé en mí
sañas, iras, furias, muertes;
al cielo publiqué guerra,
y al hombre tan felizmente
que pude al primer asalto
avasallarle y vencerle.
Y no porque esta victoria
vanaglorioso me deje,
sino porque Dios al que
tan piadoso favorece,
Eva engañada le diga,
hable Adán inobediente,
y aun Dios, ya que Dios tal vez
dice el texto que dijese
que de haber formado al hombre
arrepentía; ahora advierte
si tanto la vez primera
pudo una culpa ofenderle,
qué sería ver el mundo
tan lleno de delincuentes,
que resolviendo a anegarle
entre todos los vivientes
apenas un justo halló
en que el mundo se conserve.
Pero no tanto castigo
fue a enmendarle suficiente;
pues de aquellos que en el arca
salvó la piadosa suerte,
no faltó quien otra vez
el mundo de culpas pueble.
Solo el linaje de Abraham,
que de Sem es descendiente,
algunos justos produce.
Contra los cuales mis fuertes
rigores tanto se incitan,
como llegar a ponerles
hoy en Egipto cautivos;
y, puesto que ya me tienes
en Egipto, oye que Egipto
atención nueva requiere.
Y quizá es la novedad
que antes previne que oyeses:
es Egipto esta provincia,
abundante, rica y fértil,
a quien el Nilo fecunda
con menguantes y crecientes.
A esta Faraón domina,
nombre común a sus reyes,
tan mi vasallo, que vive
no solo en las torpes redes
de la idolatría ciego,
mas sus vasallos infieles
tanto a las supersticiones
viven dados, que no creen
más de lo que yo les dicto
en sombras y caracteres.
Aquí, pues, tengo cautivos
de Jacob los descendientes,
y aquí su Dios les asiste
y tanto les favorece,
que, empezando en doce hermanos
las tribus de que descienden,
tanto se han multiplicado
que nombre de pueblo tienen.
Yo, pues (que a mis conjeturas
no hay cosa que se reserve),
viendo que con ellos solo
la piedad de Dios se muestre,
y temiendo ha de nacer
que de mí librarlos piense,
He inducido a los tiranos
que airados no solamente
como a esclavos los maltraten,
como a viles los sujeten,
sino que agotar procuren
esta mi enemiga gente;
para lo cual me he valido
de un agorero que tienen
en opinión del más docto,
de cuyas voces entienden
que nacerá de las tribus
un capitán excelente,
que a todo Egipto le ponga
en el trance de perderse.
Previniose a las matronas
que asisten a las mujeres
de las tribus, que industriosas
procuren mañosamente
dar muerte a cuantos varones
nazcan, y ellas, aunque infieles,
piadosas no lo ejecutan,
y por esta acción merecen
(¡oh, piedad, y lo que vales!)
que Dios les haga mercedes;
viendo, pues, el poco fruto
deste precepto, a valerme
llegué del más riguroso,
pues mis desvelos ardientes
a Faraón obligaron
Aunque mande que se observe
aquel sangriento pregón
que antes dije, que contiene
que a los que en las tribus nazcan
se diese tirana muerte
a los varones, y
a las hembras se reserve.
Bien creerás que este rencor,
que esta cólera inclemente,
para con la causa común
que los mortales me deben,
también imaginarás
que el pedir que me atendieses
por darte quejas sería
de que la Piedad clemente
de Dios los quiera librar;
pues ya oí, que los adviertes,
que hoy nace quien la tierra
prometida los entregue.
También podrás discurrir
me empeñan a aborrecerles
ser solos los que en el mundo
alta adoración me nieguen.
Pues no, que mayor cuidado
traigo, ¡oh, infeliz yo mil veces!,
que hasta las sombras me asustan
y los niños me estremecen.
Bien sé yo que Dios al mundo
vendrá, y que el tiempo no es este
Reclamo: de
Foliación: 6
de su venida; no quiero
que este capitán valiente
que hoy nace de cautiverio
a sacar el pueblo viene,
redimiéndole en la triste
servidumbre que hoy padece;
y rompiendo sus prisiones,
también sé que ocultar quiere
Dios a mí tantos misterios,
que yo, sagaz y prudente,
quiero ensayarme a la sombra
para cuando la luz me llegue.
Y puesto que sumamente
el nombre que le previene
y Moisés y Mesías
tan poco se diferencie,
que casi tiene unas letras,
hoy a observar me previene
toda mi astucia su nacimiento:
cómo nace, cómo muere,
sus acciones, sus virtudes
y sus dudas, que me mueve
a creer que este será
copia del que el pecho teme,
que verdadero Mesías
al mundo felizmente
redimirá milagroso,
¿podré, ¡ay de mí!, responderle
que otra vegada esta tierra
Reclamo: Con
Cruz en el margen superior izquierdo de la página izquierda
Con tanta sangre inocente
como injusto rey derrama,
al tiempo, ¡oh tirana suerte!,
quitó toda razón, y al ver
que solo él se reserve
del amenaza de estragos;
no sé qué sombras se ofrecen
a mi confuso discurso;
no sé qué sombras me advierten
sangre, y nacimiento juntos,
que aunque el juicio no lo entiende,
toda la razón se pasma,
todo el pulso se entorpece,
todo el discurso se ciega,
y la sangre balbuciente
en vez de tiranas voces
ponzoña espumosa vierte.
Y alta Piedad, de Dios
ya que tanto favoreces
a este venturoso pueblo,
mis rencores impacientes
la batalla te presentan
hoy en campal duelo, quieren
medir sus fuerzas contigo
el pecho siempre rebelde:
de Faraón serán las armas
de que aquí pienso valerme;
este Moisés, que hoy nace
antes que animoso llegue
a empuñar el duro cetro,
tendrá la temprana muerte.
No dará paso sin riesgo,
y si a mi pesar hiciere
Dios que llegue a feliz logro
(que cuanto el alma lo teme)
la primera redención
y hacer consecuencia quiere
de esta para la segunda,
yo como sañuda sierpe
tanto he de infestar en culpas
su pueblo, que cuando llegue
la Piedad, pues en su mano
la Justicia está igualmente,
ni halle con quien lograrla,
ni quien la merezca encuentre:
pues no es bien que cuando lloro
en profundas lobregueces,
iras, estragos, rigores,
penas, lágrimas, desdenes,
ansias, y males, el hombre
opuesto a mis odios siempre,
halle en la Piedad de Dios
glorias, dichas, gozos, bienes.
Envenenada sirena,
áspid del jardín más bello,
que a Dios pudiste empañar
el más cristalino espejo
en que miró, y remiró
su hermosa imagen, supuesto
que Dios a su semejanza
se glorió de haberlo hecho,
+
Y tú, borrón de Behemot,
torpe, oscuro, horrible y feo,
¿qué importan de tus astucias
los aleves fingimientos,
si ya arrepentido el hombre
su culpa llora, y dispuesto
Dios a salvarle ha empeñado
su palabra, con qué intento
tantas cautelas fomentas
¿presumes acaso, necio,
prevalecer contra Dios?
no te escarmienta el eterno
castigo que estás llorando
pues que de ser protervo
fue siempre tu mayor daño
a mi conveniente intento
bien recelas que en sus santos
Dios se retrata, y es cierto
que este Moisés que nace
le ha de interpretar el tiempo
amigo de Dios. También
que ha de acabarse concede
al pueblo de servidumbre
y también que el rancio
que en ley escrita ha de darles,
que de testamento viejo
tendrá el nombre, para en ella
figuraba Dios inmenso
la nueva ley que de gracia
se ha de llamar; y sabiendo
que figura y figurado
han de tener un contexto
es preciso que en su vida,
en sus dichos y hechos
altos misterios se incluyan
que Dios figura en reflejos:
esto supuesto, y que tú
no has de alcanzar los misterios
que incluyen, aunque a dudarlos
te obligue tu astucia, y siendo
cierto que nunca podrás
ni estorbarlos ni entenderlos
y que trabajas en vano:
sin embargo te concede
de parte de Dios licencia
de que endurezcas el pecho
de Faraón, y que estés
a vista de los portentos
de Moisés, porque yo
valiéndome de instrumento
tan flaco como Termute,
su hija, por ahora intento
que veas cómo lo libra
Dios de su enojo sangriento:
y porque, ¡ay cuán corta!
la luz de tu entendimiento
es, cuando quiere ocultarte
Dios sus arcanos misterios
conmigo te acerca a ver
lo que hoy en el nacimiento
de Moisés pasa. Veamos
qué adelantas, y supuesto
Foliación: 8
que a batalla me has llamado,
no quiero yo en este duelo
más lid que la confusión
que he de dejar en tu pecho.
Pues supuesto que en nosotros
no se da lugar ni tiempo,
desde aquí podemos ver
lo que pasa, suponiendo
ya nacido a Moisés.
Pues corra la duda el velo.
Pónense a un lado del teatro y córrese una cortina, y se descubrirá una estancia como portal, a un lado estará Amram y a otro María, sentados, y entre los dos habrá un cestillo de mimbres con algunas pajas y en medio un niño del tamaño del natural.
¡Con qué saña que los miro!
En un portal discurriendo
están el librar al niño.
¿En portal?
Sí.
Ya tropiezo
con ilusiones.
Atiende.
¡Con qué dolor los atiendo!
¡María!
¡Ay de mí!
¿Qué tienes?
Necia, que aquel nombre me ha muerto,
déjame que por no oírle
baje hasta el profundo centro
del abismo.
Pues el nombre
¿te asusta?
Quiebre Ira y escóndese debajo.
Y con tanto exceso,
que ya parece que miro,
que desciende de los cielos
una mujer de ese mesmo nombre
coronada de luceros,
quebrantando mi frente
asienta su planta (¡oh nuevo
rigor!) sobre mi cabeza,
y así de su vista huyendo...
Espera, que aun no has probado
lo duro de aquel acero.
¿Pues hay más que pasar?
Sí.
Pues ya, aunque rabiando, atienda.
María, el rigor injusto
de un tirano soberbio,
de Faraón ha promulgado
aquel inicuo precepto
de que mueran los varones
de nuestra sangre, y temiendo
yo que por no obedecerle
quiera en mí vengarse ciego,
al ver Egipto bañado
en sangre de tantos tiernos
infantes, tomé el cuchillo
para ejecutarle fiero
como lo oímos, en este
hijo infeliz, pero viendo
su hermosura, que del brazo
inmóvil, helado y yerto,
darle la muerte es crueldad,
criarle en casa no puedo,
y así, entre que muera, o muera,
tengo elegido este medio:
en esta embreada cesta
y de unas pajas cubierto,
tú le has de llevar al Nilo,
que no quiero que ahogado
su madre como está...
recién nacido, bájelo,
que al verle vacile alguno,
penetren mi pensamiento,
y llegando a examinarlo,
no tenga su vida efecto;
solo harás, pues siendo virgen,
que nadie repare en esto,
en ti; y luego que en las aguas
le eches por la orilla donde,
como que vas a otra cosa,
podrás notar a qué puesto
esta mísera barquilla
arriba. Así te encomiendo,
hija, aquesta diligencia,
y cree que para esto,
amada, que ya en mi mente
te elegí, que sepas quiero
que es mi hijo el más amado,
su vida en tus manos dejo;
sí, María, quiero desde hoy
que seas, que aunque yerro,
virgen y madre, implican,
si obedeces mi precepto,
verás que de la obediencia
es este milagro nuevo.
¿Qué dices?
Que soy tu esclava,
y que haré tu mandamiento.
Córrese una cortina y salen al tablado la Ira, y Voluntad, Piedad.
¡Ay de mí, déjame huir,
que ya escuchar más no puedo!
Pues ¿qué viste?
Mucho he visto.
¿Qué entendiste?
Nada entiendo;
y no entenderlo y mirarlo
acrecienta mi tormento.
Y ¿qué has visto y no entendido?
¿Qué más pude ver, si veo
a un padre que a su hijo amado
le envía a la muerte expuesto,
y que en su mente previene
brazos virginales, tiernos,
que le alberguen, que este nace
a sacar de cautiverio
su pueblo, que en un portal
se abriga en pajas envuelto;
que el mundo en sangre inocente
está manchado, que al tierno
infante ha nacido apenas
cuando le amenaza el ceño
de un rey, y un duro cuchillo;
que aunque no logre el efecto
de acabarle, es misterioso
verle vendido y mísero
a la ley, el que a dar leyes
nace, que al agua y al yelo
va a entregarse; que una humilde
doncella con vencimiento
oficio de madre admite;
y lo que me pasma el pecho,
lo que me hiela el discurso,
es (de imaginarlo tiemblo),
que rabiando lo pronuncio,
en brazos (¡cielos, muero!)
Reclamo: de
Jhs. Ma. Jph. Sirvan +
(Vase)
Vaya el redentor del pueblo.
Castíguete tu osadía,
y pues te atreviste, necio,
a escudriñar tan arcanos,
abrásate con la duda;
que yo, mientras en el pecho
de Faraón tú infundes iras,
vigores, crueldades, celos,
en Termute inspiraré
piedad, blandura y sosiego.
(Vase)
Salen Faraón, Termute, la Ira y Amram.
Señor, no sabré la causa
yo de tanto sentimiento
como muestran tus tristezas,
tu enfado, tu suspenso,
¿qué ocasiona tus iras,
qué causa tus desalientos?
¡Ay de mí!, en vano procuro
disimular mi tormento:
siento un pasmo, un frenesí,
un letargo, un devaneo
que los sentidos ofusca
y arruina los sentimientos;
pues me parece que miro
a todo el gitano pueblo
sumergido entre los rojos
cristales del mar Bermejo;
mi reino todo asolado,
los primogénitos muertos,
y todo entre tantas plagas
y miserias, que no tengo
valor para referirlas.
Y que todos estos riesgos
le vienen por un aleve
vil israelita. Mas,
no es para aquí. Tú, ¿qué harías,
hija?
Señor, en este ameno
jardín, que el hermoso Nilo
cerca con cristales crespos,
a divertirme salía.
¿Quién le cultiva?
Este hebreo.
Llámale, en vano procuro
ocultar lo que aborrezco
a esta gente.
Pase acá,
que llama el rey.
Jardinero,
¿qué hacías?
Que planté
los verdes pimpollos tiernos;
con el agua de mis ojos
regaba, pidiendo al cielo
que el cierzo no los marchite
y crezcan, ya que nacieron.
Sí, pero si en el plantel
tantos en tan grande exceso
nacieron, y estas hierbas
extranjeras, que intentan
a las naturales plantas
no solo el dulce alimento
de la tierra les robaran,
mas al árbol corpulento
su multitud amenaza
a alzarse osado, y ciego,
cortarlos, y deshacerlos.
(Vase Faraón)
Libre el cielo de tu saña
al miserable suelo
que al río entregué, esperando
más piedad que de tu pecho.
Notable odio mi padre
tiene a este mísero pueblo,
de que yo compadecida,
serles de alivio deseo,
sin saber lo que me mueve
a esta piedad: Jardinero,
en tanto que a mí, mi padre
no esté, puedes lo molesto
aliviar de tu trabajo.
Págüete el Creador eterno,
señora, tanto favor,
pues no sé qué más veo
en ti, de que tú has de ser
el venturoso instrumento
de la libertad amada.
Aunque replicar no debo
a tus preceptos, señora,
y más tan justos preceptos,
siendo yo tu Voluntad,
deja que extrañe por nuevo
el cariño que a esta gente
tienes, que un piadoso afecto
tenerle tú, y yo ignorarle,
parece mal argumento,
pues siempre es la Voluntad
de estas acciones el dueño.
En mí esto es inclinación
natural.
Pues en supuesto
que no quieres que trabaje,
no se pierda todo: hablemos
un poco; dígame, hermano,
en este jardín ameno,
¿qué frutas tiene de gusto
para una dama?
Yo he puesto
el mayor cuidado en flores.
Mire, de eso acá tenemos
las hermosas grande copia;
ni puede haber jardín bueno
en donde no hay acerolas,
almendrucos, nisperillos,
acederas, lechuguinos,
y pámpanos.
Deja eso,
que si no miente la vista,
venir por el río veo
una cestilla embreada.
¡Ay de mí, valedme, cielos,
que es mi hijo!
La resaca
le va arrimando a este puesto.
¿Si vendrá esta cestita llena
de pepinos, y pimientos
en escabeche?
De palos
cubierta está.
Traerá huevos.
Procuremos alcanzarla.
Vase.
Y yo lo haré, si os sirvo en eso.
Si es canasta de sardinas,
me he de hartar como un tudesco.
Sale por una puerta la Piedad de labradora con una cestilla, y la Ira por otra.
Ahora es tiempo que asista
toda la piedad del cielo
al corazón de Termute,
y, para ablandar su pecho,
sea el aire todo dulzura,
pues traigo para este efecto
este traje de aldeana,
y como que acaso llego
cantando por este sitio,
he de esparcir por el viento
la ternura de mis voces.
Ahora que toma puerto,
llegando a tierra el bajel
en que este joven hebreo
viene, vuelva mi cuidado
a acechar, porque recelo
nuevo misterio en la nueva
metáfora; pues lo terso
y puro de los cristales
que le conducen me ha puesto
en nuevo cuidado, cuando
de las entrañas naciendo
toma tierra, y llega al mundo,
y cuando repite el eco:
Canta
Gloria a Dios en las alturas,
y paz
y paz al hombre en el suelo.
Ya le saca de las aguas;
¿mas no escuchas el acento,
señora, de aquella hermosa
labradora?
Sí, y suspensos
me ha dejado los sentidos;
llámala.
¡Qué lindo gesto,
labradora!
¿Qué mandáis?
Sale Amram con el niño en la cesta embreada.
Vase.
Ya lo que mandas he hecho.
Que el infante, y la piedad
llegan a Termute a un tiempo.
Cuando averiguar quería
lo que se oculta en el centro
de esta embreada cestilla,
oí vuestro dulce aliento
que me suspendió, y asió;
que no os detengáis os ruego
en mí, que yo más despacio
os podré servir.
Yo muero
por ver lo que hay en la cesta.
Ábrela.
¡Ay!
¿Qué es?
Un niño bello,
que tiritando de frío
viene en las pajas envuelto.
¡No vi más rara hermosura!
Sale María con una cesta en la mano.
Pues llegar la cesta veo
a las manos de la infanta,
yo, como que acaso vengo,
a ver
A ver a mi padre, haré
la deshecha.
Todo el cielo
en formar sus perfecciones
parece que estudio ha puesto.
Si pudiera introducirme
yo en su voluntad, sospecho
que hiciera le aborreciese,
acercarme a ella quiero.
Toca la Ira a la Voluntad.
Ay, señora, ¿no reparas
que viene este niño tierno
circuncidado?
Y ¿qué infieres?
Que, como está a los hebreos
mandado matar sus hijos,
alguno así le habrá puesto.
Este efecto es de la Ira.
Pero, pues Dios en su pecho
quiere que yo me introduzca,
no tendrá su engaño efecto.
Toca la Piedad a Termute.
Y ¿qué importa que lo sea?
Ya tomé en mis brazos, puesto
que no solo ha de valerle
la vida, mas criarle quiero
como a mi hijo.
Harás bien,
porque es hermoso en extremo.
Con qué gracia que me mira
con risa, y con llanto a un tiempo.
Parece que tiene hambre,
aunque trae puesto el puchero.
¿Quién tuviera aquí qué darle?
Yo, señora, acaso vengo
a traer este panal
a la ciudad, y le ofrezco
al niño, si lo permites.
Mar.
Yo, señora, que a lo mismo
iba con esta manteca,
la pongo a sus pies; y que me
hace infuso, no me bastan
los ya previstos misterios,
sino que dones le ofrezcan
como pastores, siendo estos
miel y manteca, porque
de acá se prevea el texto.
Conmigo todos venid.
Pues di, ¿qué intentas?
Intento
envolverle en ricos paños,
vestirle de adornos regios,
y hacerle criar al punto.
Aparte.
Yo, señora, que para ello
traeré quien criarle pueda,
así a introducirle vuelvo
en los pechos de su madre.
Y ¿si de tu padre el celo
siente que a un hebreo críes?
Que asentir antes pretende
adoptarle por mi hijo,
y hacer que mi padre mesmo
como a nieto le venere;
pues no sé, ni alcanzar puedo,
qué hechizo hay en su hermosura
tan atractivo, y violento,
que está obligando al cariño
aun a mayores extremos.
Y tú, que noticia tienes
de quien le críe, haz que luego
venga, y tú, niña zagala.
Pied
creedme, que el sonoro acento
vuestro, tanto me ha agradado
que con un cariño nuevo
juzgo, que por el oído
habéis entrado en mi pecho.
Vase Termute y las mujeres.
Cielos, ya que los acasos
así los habéis dispuesto,
solo os suplico que todo
redunde en servicio vuestro.
Vase.
Ya hidra de siete gargantas
has visto cuán sin efecto
la voluntad de Termute
tocaste, ya a tu despecho
habrás visto cuán en vano
apurar juzga tu ingenio
las luces, que en estas sombras
se ocultan: y ya estás viendo
que embarazar no podrás
su crianza. Y pues que fiera
todo esto han visto tus ojos
redúcete ya al estrecho
de tu abrasada prisión
y a tu lóbrego fuego negro.
Vase.
Ya que en el potro infame del dolor
abulta a un dolor otro dolor
me atormenta cruel
sirviéndome mi saña de cordel.
¡Oh! si en desdicha tal
sirviera en mi garganta de dogal,
discurra mi pasión
con la luz que le da la indignación,
lo que pasa por mí,
si a discurrirme atrevo en lo que vi.
Y a el infante nacido,
y en los altos misterios que infiero,
encuentra mi impiedad
mucha luz, pero poca claridad.
¿Qué significa, Cielos, Redentor,
Rosas, Portal, María, infiel furor
de Vengativo Rey,
sangre, cuchillo, Ley,
pecho afligido, lloro original,
y dones de manteca y de panal?
Y pues nada adelanto en discurrir
mejor es cautelar y prevenir
el modo de estorbar
que la sospecha llegue a ser pesar.
A que de mi dolor, pues sé que él
a ser Capitán nace de Israel,
madrugue mi pasión,
y antes, que el timbre logre del bastón,
de Faraón la saña probará.
Pues persuadido por mi engaño está
a que en esta nación
del Egipto valdrá la perdición.
Conozca el interés
que en la muerte tendrá de Moisés,
y puesto que hasta ahora no le dio
el ceño de mi ira a que aguardó,
que no influye en su pecho la impiedad,
el rencor, la malicia, la crueldad.
Y ya que esta nación
tanto cree cuanto es superstición,
cualquiera acción del Soberano notaré
y de ella tal pronóstico haré,
que Faraón por ella creerá...
Mas, mejor el efecto lo dirá
cuando a pesar del cielo mi pasión
estorbe la primera redención.
Vase. Y sale la Voluntad.
Ya que soy por mis pecados
voluntad de una Princesa
antojadiza, que ha dado
en la extraña, fuerte tema
de criar este muchacho
porque le halló en una cesta
en el río; aprensión,
vamos, mantillas, fajetas,
babadores, envolturas,
dijes, capillos, ombligueras,
fajas, y otras baratijas,
que no hay memoria en que quepan.
Que haya quien guste en el mundo
de muchachos, y que tengan
los mocos por donosura,
las babas por grageas,
los gritos por quiebros
y las lagañas por perlas;
pues ya lidiar con un ama
que consumirá una piedra
a desvergüenzas agudas
y a puras impertinencias.
Pues ya cuando nacen dientes,
cuando le dan las viruelas,
el sarampión, los colmillos,
y todo esto diz que es fiesta.
Pero ahí sale Termute.
Y la acompañan aquellas
dos zagalas, que también
yo hallé, aquel día, y al verlas
juntas les tengo misterios
porque al ver que una sea
tan sumamente piadosa
y al ver que la otra tenga
por nombre María, digo
Marta y María son estas
pero con música vienen
sin duda este festín muestra
que hoy es el día que admite
por su hijo la Princesa
al muchacho; habrá vencido
de Faraón la extrañeza
que tanto lo resistía:
Pero ya a esta sala llegan.
Canta la Música y salen Termute, la Piedad y María.
Serenísima Termute,
ostentando su clemencia
al hijo de los cristales
hacer su hijo desea.
Ya, soberana Termute,
que a tanto tu amor se empeña
que por su grandeza siendo
de los Egipcios heredera
haces tu hijo a este hermoso
infante para que tenga
aún estos misterios, pues
siendo tú en el mundo reina.
y representando en este
la humana naturaleza,
siendo el rostro distinto
linaje; cuando se mezcla
su linaje y tu linaje,
la sacra unión representa
que ha de redimir el mundo,
y más si se considera
que no es obra natural
sino por obra suprema
de los cristales, en que
dicen las sagradas letras
que el espíritu de Dios
volando se mira. Deja
que agradecida te estime
de tanto afecto las muestras.
En vano, bella zagala,
a quien tanto mi amor precia,
que dentro del pecho vives
y dentro del pecho alientas:
en vano han sido las gracias
que me rindes, porque de estas
antes soy yo la deudora,
pues tu persuasión discreta
tanto con mi padre pudo
que hoy me concede licencia
de adoptar por hijo mío
a Moisés, a quien tan tierna
quiero, que mi vida juzgo
que estriba en su vida mesma.
Hoy le adopto y hoy el reino
besarle la mano espera
como a hijo mío, y mi padre
es el primero que intenta,
por hacerme esta lisonja,
adorarle: aunque ahora queda
las estrellas consultando,
por no sé qué alta influencia
de una temida amenaza,
pero mi cariño espera
las ha de hallar favorables
y que algún astro se mueva
con soberanos influjos
a que a ver el niño venga.
Otro misterio tenemos
de adoración, rey y estrella,
si hubiera en Egipto pascua,
que era esto pascua dijera.
Llégame el niño, María,
que en verle el alma se alegra,
y ha dado en hallarse sola
bien en tus brazos.
Encierra
misterio.
Tu padre viene.
Pues recíbale halagüeña
la música, cuyos acentos
halaga, suspende y templa.
La soberana Termute...
sale
Salen Faraón con corona de rey, y la Ira.
Aunque hasta ahora no pude
introducir mi severa
ponzoña con Faraón,
pues tanto arrastrar se deja
del cariño de su hija,
que hoy en esta acción se empieza,
aquí he de lograr mi saña;
pues no sé qué luces nuevas
veo entre sombras y lejos,
que el pecho cobarde tiembla.
No murmuren que un rey malo
copia de tres santos sea
en el misterio de hoy;
pues si un malo una acción buena
hace, en ella imita al justo
aunque en lo demás difiera.
Ya, hija mía, que tu amor
tiene en mí tanta violencia
que a darte gusto me obliga,
y ya que el amor se engendra
en las estrellas, bien puede
decir que me trae mi estrella
a reconocer y amar
el niño que tú hoy aceptas
por tuyo. Mas, ¿dónde está?
De María en brazos, llega
a que le vea mi padre.
Reclamo: Far.
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Dándole la corona y la deje caer.
No, ni beldad más perfecta.
Ya no extraño tu cariño
que a tanta hermosura es deuda.
A veneración me mueve,
no sé qué ofrecerle pueda
aquí, que le sea agradable,
mas desta corona sea
el oro el don que le rinda.
¿Qué oro le ofreciese? ¡Oh, furia!
los rencores de mi ceño
que a tantas luces me ciegan.
Mirad, señor, que su peso
no podrán las manos tiernas
mantenerle.
Ya en el suelo
se cayó.
Y ocasión es esta
de mostrar toda mi saña
en humo y en fuego envuelta;
y si hasta aquí fue invisible,
desde aquí visible sea.
¿Qué has hecho, rey? ¿No reparas
en ver tu corona puesta
a las plantas de un hebreo
que la arroja, y la desprecia?
¿Quién eres tú, que así hablas?
Salen serpientes.
Salen culebras.
Soy el espíritu y la ciencia
de tus mágicos,
y de tus ramos;
y viendo cuán neciamente
Reclamo: tan
tantos avisos desprecias,
el último viene a darte.
Por más que la llama enciendas,
víbora infeliz, no es fácil
que contra mí prevalezcas.
¡Ay de mí!, de mis pasados
devaneos se renuevan
las especies: ¿si el acaso
o que mi corona vea
a los pies de aqueste infante,
qué predices?
Nada atiendas,
que cuanto esta finge y dice
es engaño y es cautela.
¿Cómo engaño, cuando quiero
que ostentando aquí mi ciencia
veáis todos la amenaza
que en representable idea
futuro el hado previene?
Pues conjurando severa
las fantasmas y las sombras
que el profundo abismo encierra,
os haré ver que, en llegando
ese infante a edad perfecta,
le habla su Dios de una zarza
que se abrasa y no se quema.
Cuyo asombroso portento,
cuya no entendida emblema,
con prodigioso misterio
deja mi atención suspensa,
que de este resulta, amagos,
que empuñando su obediencia
el bastón del cautiverio
en que está hoy la gente hebrea
la ha de sacar; y aunque Egipto
estorbar su fuga quiera,
no podrá, que amotinados
los elementos con fiera
saña todos conjurados
han de hacer a Egipto guerra.
Y así, ved el vago viento
cubierto de nubes densas.
Ved el sol agonizando
entre confusas tinieblas.
Mirad del undoso Nilo
las aguas en sangre envueltas,
y de ranas y mosquitos
toda la campaña llena.
Mirad de truenos y rayos
tan horrorosa tormenta,
que parece que del fuego
se viene al mundo la esfera
entre cuya lamentable
confusión. Ved cuál se mezclan
las voces de los gitanos
cuando en lamentables quejas
sus primogénitos muertos
tantas desdichas lamentan
diciendo:
Dentro.
¡Ay de mí infelice!
Pasa por el teatro una columna de fuego.
salga esta gente, que deja
de Egipto; y vos, miradles, ya
cómo salen, y se llevan,
con título de prestados,
joyas, ricas preseas;
mirad aquella columna
de fuego que les enseña
el camino, y que los guía
al mar Bermejo. ¡Qué pena,
que siguiéndoles vosotros,
los cristales les franquean
el paso, y que (¡más asmalle
entorpezca la lengua!)
al ver sea el primer paso
de esta su redención primera
pasar por el agua, e ignoro
qué embarga mis potencias,
qué mis sentidos arrastra,
qué mis iras amedrenta;
¡mas, ay de vosotros, tristes!
que ya os veo en las inquietas
olas del mar anegados,
y ya con fortuna deshecha
os traga el mar. ¡Y no siento
tanto las ruinas vuestras,
como ver su aleve pueblo
victorioso, y que a vista
de tierra de promisión
asista, y en las clemencias
que usa con ellos el cielo,
tres, por más raras y nuevas,
me pasman! ¿No veis (¡ay, triste!)
llover maná las esferas,
maná, que es de alma y de cuerpo
viático, que sustenta,
alimento, que regala,
y sustento, que recrea?
¿No veis que está todo el pueblo
herido de pestilencia,
metáfora del pecado,
y que en el aire se eleva
en una cruz enroscada
sierpe de metal, y que esta
de este contagio los libra?
¿Y no veis que una sangrienta
batalla amenaza a todos,
y que Moisés (¡qué pena!),
orando en un monte, cuando
tiene en cruz las manos puestas,
da a su pueblo la victoria?
Mas, ¡ay, triste de mí! que estas
amenazas son a mí,
no a vosotros, porque en ellas
veo mi fatal ruina;
y pues a todos nos cerca
este daño, a remediarle,
iré a que este infante muera,
que ya no tengo valor
para que mis ojos vean
tantos rasgos, tantas sombras,
tantos visos, tantas señas.
co
como mi furia amenazan
en la redención primera.
(Vase)
¡Ay de mí!, justas amenazas
y las confusas ideas
que antes me atormentaban
mucho dicen, mucho muestran.
Termute, entrega el infante.
¿Qué he de darle?, ¿no consideras
que está en su vida mi vida?
Antes a tus plantas puesta
he de rendir el aliento
que permita que le ofendas.
Y estos riesgos...
Son engaños.
Y estas sombras...
No las creas.
Y mis sustos...
No los dudes.
Y mis daños...
No los temas.
Temple mi piedad, luego,
señor, aunque cierto fuera
lo que aquella voz predice;
tiene sobre las estrellas
dominio el sabio; demás
de que yo por cosa cierta
te afirmo que mientras vivas
nada de aquesto suceda.
Y para que mejor temples
la saña que te ensangrienta,
este hermoso infante mira
en mis brazos.
Ya no da
fuerza en mí para el enojo,
pues, ¿qué habrá que no venza
ver en brazos de María
el redentor de la tierra?
Pues en albricias de que
tantos recelos desprecias,
el suceso en que me hallasteis
proseguiré...
Mas la letra
se ha de mudar, pues logrando
que el rey de su enojo ceda,
y siéndole ya de paz,
dando a Dios la gracia de ella,
diga el cántico...
(Lengua)
Que repita la voz.
Pronúnciela
todos, y...
Gloria a Dios en las alturas
y paz al hombre en la tierra.